La Carta de un Adicto.
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Probé el primer porro cuando tenía 16 años. Al
principio viste que mucho no pega (hasta sospecho que fumé mal). Recuerdo que
en ese tiempo escribía en un block de notas de la compu las cosas que hacía
todos los días. Pensaba que cuando tuviera 50 años me gustaría leer ese archivo
y recordar las cosas que hacía de pibe.
En un momento la compu se rompió y la llevamos al
técnico amigo de papá. El “técnico covani”, que será siempre recordado por mí
como la persona que me mandó al frente ante mi viejo porque de curioso nomás
abrió el archivo y leyó “hoy nos fumamos unas flores con los pibes, un viaje”.
Como pueden observar, desde los comienzos fue todo muy
complicado. Creo que le debe pasar a mucha gente que fuma. Tus viejos no saben
lo que haces cuando salís con tus amigos. No importa de dónde seas, podes ser
rico o pobre, tener un millón de amigos o seguir juntándote con la barrita de
siempre. No te mientas. El faso siempre está dando vueltas por ahí y somos
cómplices en esta.
¡Qué alegría los primeros viajes! Después que pasas la
fase de “no me pega”, empieza el torbellino de la alegría. Pega siempre, todo
es un viaje. “Que viaje mirar Animal Planet re loco”, “que viaje comer Nutella
re loco”, “que viaje mirar las nubes re loco”, “que viaje caer a comer de tu
abuela re loco”, “que viaje mirar a las hormigas llevar hojas re loco”. Todo es
un viaje y todo es risas.
Detrás de esto, en mi profunda y honesta
consideración, se esconde el aburrimiento. Ya comiste Nutella mil veces,
miraste Animal Planet un montón de veces, fuiste a visitarla a tu abuela muchas
más. Llega un punto en la que esas situaciones cotidianas aburren. Necesitamos
un empuje, una aventura, una mirada diferente.
De repente descubriste que las hormigas transportan el
doble de su peso, que la cara de abuela tiene unas cosas raras, que el Nutella
se deshace en tu boca de una manera prodigiosa. Del aburrimiento pasamos al
conocimiento. A la otra visión. De repente te diste cuenta que todo es mejor si
estás re loco. Todo es mejor y no voy a meter con eso. Todo es mejor, en serio.
Pero volvamos al comienzo. ¿Por qué se torna aburrido
visitar a tu abuela si no estás locazo? ¿Por qué no podemos escuchar Pink Floyd
si no estamos muy locos? ¿Por qué necesitamos fumar antes de comer algo rico?
¿Necesitamos entender algo nuevo? ¿Qué buscamos?
Por un lado creo que la obsesión comienza con una
parte de nuestro ser que necesita emoción. Lo cotidiano es absurdo. Necesitamos
sorprendernos de esas cosas que ya probamos. Coger con tu novia re loco debe
estar muy bueno. Seguro que sí, pero, ¿no será que ya te aburriste de tu novia?
¿No será que el Nutella ya dejó de ser rico? ¿Quedarse despierto toda la noche
mirando documentales de animales no será un fiasco ya? ¿No necesitarás algo
nuevo?
Justamente creo que detrás de la obsesión por las
drogas se esconde la maldita cotidianeidad. El punto de fuga es el faso. Quiero
caer en esto porque me tocó estar detrás de eso. Hay gente que no lo entiende
al faso
Me he peleado con mil personas defendiendo el consumo.
Mi respuesta caía siempre en lo mismo, “fumar está muy bueno, te da otra visión
de las cosas, todo es mejor”. Interiormente hasta me creía mi visión bondadosa
de las cosas. Necesitamos una excusa pero no ahondamos en la verdadera causa de
nuestra adicción. No hay problemas, porque el faso nos hace olvidarnos.
En un momento, pasé de ser un fumador ocasional, el
llamado “fumador-social-de-chirulo”, que fuma solo cuando hay uno dando
vueltas, a ser el fumador 24/7. Fumaba todos los días porque lo necesitaba. Lo
necesitaba para comer, para dormir, para jugar al fútbol, para salir a pasear,
para salir de joda. Era una necesidad vivir en constante estado de no lucidez.
Era una parte de mí. Era yo en mi relación con el faso, mi verdadero yo. O por
lo menos eso es lo que yo me contaba.
Todas las noches antes de irme a dormir fumaba uno
para escaparme de los problemas del día. Había noches en las que probaba no
fumar, para ver si podía dormir igual. Me terminaba levantando a la madrugada a
fumar porque no había manera. De la nada me había convertido en un adicto, sin
querer queriendo. A los problemas, le había sumado un problema más. No había
escapatoria. ¿No hay escapatoria? Los fumadores tenemos un fuerte: el problema
con las drogas siempre es de otros. Nosotros nos decimos que no somos adictos
porque el problema lo tienen los pibes en la villa que fuman paco todo el día.
Nosotros, la clase-media, fumamos porque somos
rebeldes y no queremos convivir con los problemas mundanos de la sociedad. Nos
rebelamos ante el sistema con un faso en la mano. Y sin querer queriendo,
terminamos siendo un problema más, siendo sin querer un número más en la
estadística que discuten afamados doctores en sus convenciones. Pero igual,
nosotros no somos el problema, el problema son los pibes de la villa.
Hay gente que jamás ha probado marihuana y critica a
los fumadores con el Wikipedia abierto. Esta gente no puede entender al fumador
porque nunca ha estado en su posición. Y si yo digo que la gente fuma porque
está aburrido de su miserable vida carente de emociones, seguro que vos también
sos un ser afligido pero que la caretea. De ahí la pelea que se remonta a
tiempos de Sarmiento con su dicotomía civilización-barbarie, careta-drogón.
De ahora en más, cuando veas a alguien fumando decile
que empiece kung fu o que haga un curso de cocina. Seguro que él a la segunda
clase cae re locazo. Pero no importa, vos lo entendiste. Cada loco con su
viaje.
Siguiendo con estos lineamientos, el fumador fuma
porque está aburrido y el careta caretea su apatía por el mundo. El fumador
quiere que pase algo todo el tiempo. El mundo es insoportable. ¿Dónde está el
problema? El problema es, y a esto lo digo con conocimiento de causa, que la
marihuana abre las puertas hacia otras drogas. Si, señora de 70 años, usted
tenía razón.
De la marihuana salté a la cocaína, al LCD, a la pasti
y a la keta. ¿Por qué? Porque la marihuana me aburrió y quería probar cosas
nuevas. Tomé más cocaína de la que hubiera querido, tomé muchos más cartones
porque está buenísimo, la rueda me hacía bailar sonidos inbailables y la keta
me dejaba tirando cortes.
No voy a entrar en los efectos que tiene cada cosa
sobre uno, porque es un mundo sin fin. Cada loco con su viaje. El tema viene a
colación porque realmente es necesario decir que en personalidades obsesivas es
un patrón que se repite. La aventura y el riesgo de ser atrapado con una sabol
en la billetera es un patrón de conducta que se repite.
Más de una vez, se me ocurría pensar por qué hacía lo
que hacía. Nunca llegaba a conclusiones muy profundas porque todo el viaje que
hiciste para llegar hasta ahí valió la pena. Me acostaba a dormir pensando que
no quería tomar más, que era la última vez que tomaba merca. Siempre es la última
vez y siempre hay una más.
Las drogas son realmente un flagelo. Le pasa a
cualquiera, no distingue clase social, edad, condición ni género. El tema es
que son pocos los que se hacen la pregunta a tiempo porque están demasiado
preocupados viendo cómo hacen para pegar una bolsa para el fin de semana. El
drogadicto realmente no sabe qué es un drogadicto.
El adicto a las drogas sólo se divierte diferente. “Yo
no puedo salir a bailar si no tomo un cartón”. ¿Saben cuántas veces se me cayó
esa frase de la boca? Miles. Hablo por mí pero seguro que son muchos los que no
pueden hacer algo sin la necesidad de una droga de por medio. ¿Y sabes cuál es
la pregunta? La pregunta es por qué haces lo que haces.
Les aseguro que es una sensación tan hermosa ser
libre. En mi percepción, lo mío fue fuerte. Quizás hay algunos que se la
aguantan mucho más, porque vieron que en el mundillo de las drogas siempre hay
alguno que se aguanta más drogas que otros. Les puedo asegurar que siempre hay
uno más guapo.
En definitiva, yo sentí que no podía más. No podía
fumar un porro más ni tomar una pastilla más. Sentía que si lo hacía una vez
más me moría. Llegué al punto de tener ataques de pánico por la abstinencia. Mi
cuerpo necesitaba pero mi cabeza ya lo había entendido. Mi cabeza entendió que
a mis problemas los tenía que solucionar por otro lado.
Después de eso, paz. De repente ya no estás pensando
más que vas a consumir el fin de semana. Es como volver a empezar. Te sacas la
careta, y ves que todo te conmueve. Las hormigas llevando hojas volvieron a ser
un viaje, pero en serio. Tu abuela volvió a ser un amor e ir a su casa a comer
es alucinante. Todo lo que queres hacer lo haces cuando queres. Te diste cuenta
que en realidad el cobarde eras vos. El que le huía a los problemas fumándote
uno eras vos. El que se tomaba un cartón para poder reírse eras vos. El careta
eras vos.
El darte cuenta es complicado. Es difícil darte cuenta
si no tenes nadie al lado que te diga que eso no te hace nada bien. Por lo
general, sentís que todos te atacan cuando te dicen que deberías dejar de
drogarte. Nadie te entiende. Que se vayan al carajo. Son uno más en el sistema
anti-drogas. Y vos seguís. Y está todo bien y todo va a estar bien. Nadie murió
por fumarse un churro. Sí, estamos de acuerdo, pero acordate de contárselo a
todos tus sueños mientras seguís tirado mirando documentales de animales.
Creo que nadie llega a preguntarse las cosas porque
está demasiado hasta las manos y es demasiado orgulloso para entenderlo. El
drogadicto tiene el orgullo de ser un perseguido, de ser un rebelde. El
drogadicto no escucha porque nadie lo entiende. “Escuchando al aire aprendí a
elegir”, reza una canción.
Búscate, conócete, pregúntate si no estarás queriendo
llamar la atención, ya sea a tu viejo abandonador, al sistema que te aplasta, a
las cuentas que te corren, a las cosas que no te dejan ser o a tu vieja que es
más drogadicta que vos. Pregúntate si realmente te gusta salir a bailar o lo
haces porque van tus amigos y no queres quedarte solo. “El precio de la libertad
es la soledad”, dijo una vez el indio.
Consúltalo con la almohada, pregúntate porque todo
tiene que girar con una flor en el medio. ¿Presión social? “Dale puto una seca
nomás, están ricasas”. Pregúntate porque terminas diciendo que si cuando en
realidad no queres saber nada. Llega al fondo. Si necesitas fumarte un porro
bien grande para encontrar las respuestas, hacelo. Pero te aseguro que te vas a
olvidar de todas las conclusiones. ¿Ir al psicólogo? Difícil que alguien te
entienda más que vos mismo. ¿Dejar de juntarte con tus amigos? Puede ser, pero
las decisiones las tomaste siempre vos. ¿Qué hago? Solo vos lo sabes.
Es un tema mambo negro. De todos modos, hace más de un
año que no consumo y estoy feliz con eso.
Ahora, los pajaritos sonríen y se posan sobre mis
hombros. Los días son un amanecer hermoso y las montañas dibujan figuras
animadas.
Mentira, nada de eso pasa. El mundo sigue siendo una
mierda, pero yo no me escapo más.
¿Vas a seguir escapando?
Ezequiel.
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