Propósito Protector del Cuerpo Etérico.
Tratado sobre Fuego Cósmico.
Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul
(Alice A. Bailey)
Adaptado como <sugerencia> para el tratamiento y
estudio de las Adicciones.
Propósito Protector del Cuerpo Etérico.
Después de esta extensa dilucidación
dejaremos las cosas cósmicas e incomprensibles y entraremos en lo que atañe a
la evolución; estudiaremos la materia del cuerpo etérico del hombre y el daño
que le puede ocasionar si no llena (por haber quebrantado la ley) su función
protectora. Ante todo veamos cuáles son esas funciones protectoras:
Primero. La trama etérica actúa como separadora y
divisoria entre el cuerpo astral y el físico denso.
Segundo. Permite la circulación o afluencia de la
vitalidad o fluido pránico, acción que realiza en tres etapas.
En la primera etapa se reciben el fluido
pránico y las radiaciones solares, que circulando tres veces por el triángulo
pránico y distribuyéndose de éste a la periferia del cuerpo, animan y vitalizan
los órganos físicos, lo cual permite que el cuerpo de materia densa actúe
automática o subconscientemente. Cuando el etérico desempeña perfectamente su
función, protege de las enfermedades; el hombre que absorbe y distribuye el
prana correctamente, desconoce las dolencias de la carne. Los médicos
deben tener esto en cuenta, pues cuando llegue a ser debidamente comprendido
traerá cambios fundamentales en la medicina y en vez de curativa será preventiva.
En la segunda etapa los fluidos pránicos
comienzan a fusionarse con el fuego en la base de la columna vertebral y a
impulsar dicho fuego lentamente hacia arriba, transfiriendo su calor de los centros
situados debajo del plexo solar a los tres centros superiores, cardíaco,
laríngeo y coronario. Este es un proceso largo y lento cuando se lo deja
exclusivamente librado a las fuerzas de la naturaleza. En esta etapa se
permite, en ciertos casos, acelerar el proceso, a fin de equipar a los que
trabajan para servir a la humanidad. Es el objetivo que persigue todo
entrenamiento oculista.
Este aspecto del tema será tratado más
adelante cuando encaremos el tópico que trata de “El Kundalini y la Columna Vertebral ”.
En la tercera etapa la materia radiante y activa
o prana, se fusiona con el fuego latente en la materia en forma más perfecta;
esto trae por resultado, como veremos más adelante, ciertos efectos.
Produce el aceleramiento de la vibración
normal del cuerpo físico, a fin de que responda con más rapidez a la nota
superior del Ego, causando además la constante elevación de los fuegos fusionadores
a través del triple canal de la columna vertebral. Este fuego vitalizador que
se ha fusionado en la segunda etapa llega hasta un centro situado en la parte
inferior de los omóplatos, punto de conjunción y de total fusión del fuego
proveniente de la base de la columna vertebral y del fuego que circula por el
triángulo pránico. Se recordará que uno de los vértices de este triángulo se
origina allí. Una vez que el triple fuego básico y el triple fuego pránico se
unen y fusionan, la evolución avanza con mayor rapidez. Esto se efectúa
definidamente en la
primera Iniciación , cuando la polarización sé fija en
cualquiera de los tres centros superiores, lo cual depende del rayo a que
pertenece el individuo.
A consecuencia de esta fusión, tiene lugar
un cambio en la acción de los centros, que se convierten en “ruedas que giran
sobre sí mismas” y su movimiento exclusivamente giratorio se transforma en
actividad cuadridimensional, manifestándose como centros giratorios
irradiantes de fuego viviente.
Los tres centros principales de la cabeza
(el orden consecutivo varía de acuerdo al Rayo) entran en actividad,
desarrollándose entre ellos un proceso similar al efectuado en el triángulo
pránico. Al no ser ya tres los centros que reaccionan débilmente al reciproco
movimiento vibratorio (sintiendo cada uno el calor y el ritmo de los otros,
aunque en forma separada), el fuego salta de un centro a otro, quedando unida
cada rueda giratoria por una cadena de fuego, hasta formar un triángulo ígneo
por el cual los fuegos kundalínico y pránico van oscilando hacia atrás y hacia
adelante a la vez que circulando. El fuego kundalínico produce el calor del
centro, así como su intenso fulgor y brillo, mientras que el fuego pránico
emanante produce creciente actividad y rotación.
A medida que transcurre el tiempo, entre la
primera y la cuarta iniciaciones, el cuerpo etérico y el triple canal de la
columna vertebral se limpian y purifican gradualmente, gracias a la acción del
fuego, hasta que (como dicen los cristianos) se quema toda la “escoria” y nada
impide ya el avance de esta llama.
A medida que el fuego kundalínico y el prana
continúan su tarea y el canal se va despejando, los centros se hacen más
activos y el cuerpo se purifica, entonces, la llama del Espíritu o el fuego proveniente
del Ego desciende con más energía, hasta que emana de la cúspide de la
cabeza una llama resplandeciente, surgiendo hacia arriba y a través de los
cuerpos, en dirección a su fuente de origen, el cuerpo causal.
Con la activación simultánea de los fuegos
de la materia y del Espíritu, los de la mente o manas arden con mayor
intensidad. Éstos son los fuegos conferidos en la individualización. Son
nutridos continuamente por el fuego de la materia, y su calor aumenta debido
al fuego solar emanante, que tiene su origen en los niveles cósmicos de la mente. Este aspecto
del fuego manásico se desarrolla como instinto, memoria animal y recuerdo
activo, tan evidentes en el hombre poco evolucionado. A medida que transcurre
el tiempo, el fuego de la mente arde con más brillo, hasta que empieza a quemar
y a traspasar la trama etérica -en esa parte de la trama que resguarda al
centro situado en la cúspide de la cabeza, permitiendo así la entrada al fuego
del Espíritu. De esta manera se produce lo siguiente:
La mente o el aspecto voluntad, desde el
plano mental, dirige y regula conscientemente el fuego kundalínico. Por el
poder mental del hombre, se mezclan los dos fuegos de la materia, primero entre
sí, y luego con el fuego de la mente.
Dicha fusión destruye (por Ley y orden) la
trama etérica, trayendo la consiguiente continuidad de conciencia, permitiendo
que penetre en la vida personal del hombre, la “Vida más abundante”, o tercer fuego del
Espíritu.
La precipitación del Espíritu y el ascenso
de los fuegos internos de la materia (regulados y dirigidos por la acción
consciente del fuego de la mente) producen los correspondientes resultados en
los mismos niveles de los planos astral y mental, produciéndose así un
contacto paralelo, y prosiguiendo en forma ordenada la gran tarea de
liberación.
Las tres primeras iniciaciones perfeccionan y conducen a la
cuarta, donde la intensidad y unidad de estos fuegos consumen totalmente las
barreras, liberándose el Espíritu de su triple envoltura inferior mediante el
esfuerzo conscientemente dirigido. El hombre ha consumado así, conscientemente,
su propia liberación. Estos resultados son auto inducidos por el hombre al
emanciparse en los tres mundos, quien destruye la rueda de los renacimientos,
en vez de ser destruido por ella.
Por lo expuesto, es evidente la gran
importancia que tiene el vehículo etérico al actuar como factor separador de los fuegos. Esto pone de
manifiesto los peligros a que está expuesto quien trate de manipular,
ignorante, imprudente y caprichosamente, dichos fuegos.
Si alguien, valiéndose del poder de la
voluntad o por el desarrollo excesivo del aspecto mental de su temperamento,
adquiere el poder de fusionar y activar los fuegos de la materia, corre peligro
de obsesión, locura, muerte física o de que una terrible enfermedad ataque
alguna parte del cuerpo; también corre el riesgo de desarrollar excesivamente
el impulso sexual, debido a que la fuerza activa asciende en forma desordenada,
forzando su irradiación a centros indeseables.
La razón de esto reside en que la materia de
su cuerpo no está suficientemente purificada para resistir la unión de las
llamas, y el canal ascendente de la columna vertebral se halla obstruido o bloqueado,
por consiguiente actúa como barrera, haciendo que la llama retroceda hacia
abajo; esta llama (conjunción de llamas producidas por el poder de la mente,
sin el simultáneo descenso del
poder, desde el plano del espíritu) al quemar el etérico, permite la entrada de
fuerzas, corrientes y hasta entidades
extrañas e indeseables. Éstas destruyen, rasgan y deterioran lo que queda
del vehículo etérico, de los tejidos del cerebro y hasta del mismo cuerpo
físico denso.
El hombre desprevenido, que no sabe a qué
Rayo pertenece, y por lo tanto desconoce la exacta forma geométrica triangular
del correcto sistema de circulación entre un centro y otro, impulsará el avance
del fuego en forma indebida, quemando así los tejidos; esto dará por resultado
(si no ocurre algo peor) retrasar en varias vidas el reloj de su progreso
evolutivo, porque tendrá que dedicar mucho tiempo a reconstruir lo destruido y
a recapitular correctamente el trabajo que debe efectuar.
Si el hombre persiste vida tras vida en esta
línea de acción, descuidando su desarrollo espiritual y concentrando su
esfuerzo intelectual en la manipulación de la materia para fines egoístas, y si
a pesar de las advertencias de su yo interno y de aquellos que vigilan,
continúa haciéndolo durante un extenso período de tiempo, puede acarrearse la
propia destrucción, que significará el fin de su Manvántara o ciclo. También,
la unión de estos fuegos, el de la material y la doble expresión del fuego
mental puede llegar a destruir totalmente el átomo físico permanente y con
ello cortar la conexión con el yo superior por eones de tiempo.
H. P. B. se ha referido a algo de esto
cuando habla de las “almas perdidas” aquí debemos hacer hincapié sobre la
realidad de este terrible desastre y advertir sobre los peligros que amenazan a
quienes tratan de manipular los fuegos de la materia.
La fusión de estos fuegos ha de ser el
resultado del conocimiento espiritualizado, dirigida únicamente por la Luz del
Espíritu, que es amor y actúa por medio del amor y busca la unificación y la
total fusión, no desde el punto de vista de los sentidos o de la satisfacción
material, sino con el fin de obtener la liberación y la purificación y establecer
la unión superior con el Logos; dicha unión no debe desearse para fines
egoístas porque constituye la meta de la perfección grupal cuya finalidad es
prestar un mayor servicio a la raza.

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