Parte VI

 


Una Gran Aventura La Muerte.

Recopilación exclusivamente sin fines de lucro para las Adicciones.

Maestro Djwhal Khul.
Alice A. Bailey.

Parte VI

Las personas no relacionan la muerte con el sueño. Después de todo, la muerte es sólo un intervalo más extenso en la vida de acción en el plano físico; nos vamos "al exterior" por un período más largo.

(1) Para los no evolucionados, la muerte es un sueño y un olvido, porque la mente no está bastante despierta para reaccionar y el archivo de la memoria está prácticamente vacío.

(2) Para el ciudadano común y bueno, la muerte es la continuidad en su conciencia del proceso de la vida, y lleva a cabo los intereses y tendencias de esa vida. Su conciencia y sentido de percepción son los mismos e invariables.

(3) Deben tener siempre en cuenta que la conciencia sigue siendo la misma en encarnación física o fuera de ella, donde el desarrollo puede llevarse a cabo con mayor facilidad que cuando está limitado y condicionado por la conciencia cerebral. 

(4) Respecto a la masa humana común, que enfoca todas sus actividades y pensamiento en el plano físico, el período después de la muerte es de semi inconsciencia, de desconocimiento del lugar y de desorientación emocional y mental. En lo que a los discípulos concierne, se mantiene el contacto con las personas (generalmente con las que han estado asociados) durante las horas de sueño; continúan recibiendo impresiones del medio ambiente y de los asociados y reconocen la relación, y así (como en la tierra) asumen la responsabilidad.

(5) Por lo tanto, tomemos al hombre común. ¿Cuáles son sus primeras actividades y reacciones después de la restitución del cuerpo físico al depósito universal de sustancia? Permítanme enumerar algunas de dichas reacciones:

1.         Llega a ser conscientemente consciente de sí mismo. Esto involucra una claridad de percepción desconocida para el hombre común, mientras está en encarnación física.

2.         El tiempo (que constituye la sucesión de acontecimientos registrados por el cerebro físico) ya no existe tal como entendemos el término, y -a medida que el hombre dirige su atención a su más claramente definido yo emocional- surge invariablemente un momento de contacto directo con el alma. Esto se debe a que, aún en el caso del hombre más ignorante y subdesarrollado, el momento de la completa restitución no pasa inadvertido para el alma. Tiene un definido efecto egoico, algo parecido a un largo y fuerte tirón dado a la cuerda de una campana, si puedo emplear tan simple símil. Durante un breve segundo el alma responde, y la naturaleza de su respuesta es tal, que el hombre, situado en su cuerpo astral o más bien en su vehículo kama-manásico, ve ante sí, como en un mapa, las experiencias que ha tenido en la reciente encarnación. Registra y siente que el tiempo no existe.

3.         Como resultado del reconocimiento de dichas experiencias, el hombre aísla esas tres experiencias que constituyeron los tres principales factores condicionantes en la reciente vida y que contienen la clave de la futura encarnación, que iniciará próximamente. Todo lo demás es olvidado y todas las experiencias menores desaparecen de su memoria, no quedando en su conciencia nada más que lo que esotéricamente se denomina “las tres simientes o gérmenes del futuro”, relacionadas en forma peculiar a los átomos permanentes físico y astral, produciendo así la quíntuple fuerza creadora de las formas que aparecerán más tarde. Podría decirse que:

a.         La primera simiente determinará más adelante la naturaleza del medio ambiente físico en el cual ocupará su lugar el hombre que retorna. Está relacionada con la cualidad de ese medio ambiente futuro, condicionando así el campo necesario o zona de contacto.

b.         La segunda simiente determina la cualidad del cuerpo etérico como vehículo a través del cual las fuerzas de rayo pueden hacer contacto con el cuerpo físico denso. Delimita la estructura etérica o red vital, por la cual circularán las energías entrantes, y está particularmente relacionada con ese centro especial, entre los siete, que estará más activo y tendrá mayor vitalidad durante la próxima encarnación.

c.         La tercera simiente da la clave del vehículo astral en el que estará polarizado el hombre en la siguiente encarnación. Recuerden que me refiero al hombre común, no al ser humano evolucionado, discípulo o iniciado. Es la simiente que -por medio de las fuerzas de atracción- pone al hombre otra vez en relación con quienes amó anteriormente o estuvieron en estrecho contacto con él. Debería aceptarse como un hecho que la idea grupal rige subjetivamente todas las encarnaciones y que el hombre encarnado renace no sólo por el propio deseo de obtener experiencias en el plano físico, sino también por el impulso grupal y de acuerdo al karma grupal, además del propio. Debería dársele a este punto mayor énfasis. Una vez que sea verdaderamente captado y entendido, desaparecerá en gran parte el temor que engendra la idea de la muerte. Lo familiar y amado seguirá siendo familiar y amado, porque la relación ha sido estrechamente establecida durante muchas encarnaciones, y según lo expresa El Antiguo Comentario:

“Las simientes que determinan el reconocimiento no están exclusivamente en mí y en ti, sino también en el grupo; dentro del grupo relacionan mutuamente a sus miembros en tiempo y espacio. Sólo en las tres inferiores hallan su verdadera existencia quienes están vinculados. Cuando el alma conoce al alma en el lugar de reunión, hasta donde llega el llamado del Maestro, dichas simientes desaparecen”.

Será evidente, por lo tanto, que es necesario entrenar a los niños a reconocer y beneficiarse de la experiencia, pues una vez aprendida, facilitará grandemente esta tercera actividad en el plano astral después de la muerte.

4.         Habiendo completado “la experiencia del aislamiento” el hombre buscará, y automáticamente hallará, a quienes la influencia de la tercera simiente los señala como que forman constantemente parte de la experiencia grupal, de la cual consciente o inconscientemente es un elemento. Una vez establecida nuevamente la relación (si los buscados no han eliminado todavía el cuerpo físico), el hombre actúa, como lo haría en la tierra, en compañía de sus íntimos y de acuerdo a su temperamento y grado de evolución. También buscará a quienes están más estrechamente ligados a él, a aquellos que ama u odia, si se hallan aún en encarnación física, y -así como lo hizo en la tierra- permanecerá cerca de ellos, consciente de sus actividades, aunque (a no ser que estén muy evolucionados) ellos no se den cuenta de la de él. No puedo darles ningún detalle del recíproco toma y daca ni de los modos y métodos de contacto. Cada persona es diferente, cada temperamento es mayormente excepcional. Sólo trato de poner en claro ciertas líneas básicas de conducta, seguidas por el hombre antes del acto o actos, de eliminación.

Estas cuatro actividades abarcan diversos períodos, desde el ángulo de “aquellos que viven en lo inferior”, aunque el hombre que vive en el plano astral desconoce el tiempo. Gradualmente el engaño y el espejismo (en orden inferior o superior) se desvanecen, y el hombre entra en la etapa en que sabe -porque la mente es ahora más incisiva y dominante- que está preparado para la segunda muerte y la eliminación total del cuerpo kámico o el vehículo kama-manásico.

(6) Después de la muerte y particularmente si ha tenido lugar la cremación, el hombre, en su cuerpo kama-manásico, está tan consciente y atento a su medio ambiente como cuando estaba vivo en el plano físico. Esta fraseología concede cierta elasticidad respecto a la amplitud de la percepción y observación; por lo tanto la misma elasticidad debe tenerse en cuenta para quienes se hallan en el plano físico. No toda la gente está igualmente despierta ni es consciente de las circunstancias o de la experiencia inmediata.

No obstante, debido a que la mayoría de las personas son más conscientes emocional que físicamente, y viven en gran medida enfocadas en sus vehículos astrales, el hombre está bastante familiarizado con el estado de conciencia en que se encuentra. Recuerden que un plano es esencialmente un estado de conciencia y no un lugar, según creen muchos. Las personas autoconscientes reconocen esto por medio de la reacción enfocada, porque constantemente y en forma característica son conscientes de sí mismas, sensibles al tema de su medio ambiente y de sus deseos exteriorizados o (en lo que respecta a las personas evolucionadas que actúan en niveles más elevados del plano astral) son sensibles a la exteriorización del amor y la aspiración; el hombre siempre es absorbido por aquello que ocupó su atención e involucró el principio kámico durante su experiencia en la encarnación.

Vuelvo a recordar que en ese momento no hay cerebro físico que responda a los impactos generados por el hombre interno, y también que el sexo, tal como se lo comprende en sentido físico, no existe. Los espiritistas harían bien en recordar esto y en darse cuenta de la estupidez y también de la imposibilidad de concretar esos matrimonios espirituales que ciertas escuelas de pensamiento enseñan y practican. El hombre, en su cuerpo astral, se halla libre de sus impulsos estrictamente animales que, en el plano físico, son normales y correctos, pero ahora nada significan para él en su cuerpo kámico.

(7) Nuevamente puntualizaré que al considerar la conciencia del alma que se retira (observen esta frase), cuando inicia el acto de restitución, trato un tópico que no se puede comprobar en forma tangible ni física. A veces los hombres son traídos nuevamente a la existencia en el preciso instante que se produce la total restitución física. Esto sólo puede hacerse mientras la entidad consciente ocupa todavía el vehículo etérico, aunque haya logrado abandonar el cuerpo físico denso con toda intención y propósito. Aunque el cuerpo etérico interpenetra todo el cuerpo físico, es mucho más grande que ese cuerpo, y el cuerpo astral y la naturaleza mental pueden hallarse aún etéricamente polarizados, aunque esté bien encaminado el retiro y se haya producido la muerte del cuerpo físico, la cesación de toda actividad cardíaca y la concentración del enfoque básicamente etérico en la región de la cabeza, del corazón o del plexo solar.

(8) Desde el momento de la total separación de los cuerpos físico denso y etérico, y a medida que se emprende el proceso de eliminación, el hombre es consciente del pasado y del presente; cuando la eliminación es total y ha llegado el momento de hacer contacto con el alma y el vehículo manásico está en proceso de destrucción, entonces inmediatamente tiene conciencia del futuro, pues la predicción es un haber de la conciencia del alma, participando el hombre de ella temporariamente. Por lo tanto, el pasado, el presente y el futuro se ven como uno; entre una encarnación y otra y durante el continuado proceso de renacimiento se va desarrollando el reconocimiento del Eterno Ahora. Esto constituye un estado de conciencia (característico del estado normal del hombre evolucionado) que puede ser denominado devachánico.

(9) Para el aspirante, la muerte es la entrada inmediata en una esfera de servicio y de expresión a la que está muy acostumbrado, percibiendo en seguida que no es nueva.

(10) No tengo la intención de detallar la técnica del proceso de eliminación. Los seres humanos pasan por tantos estados diferentes -intermedios entre los tres ya delineados- que sería imposible definir o precisar. La atrición es relativamente fácil de comprender, porque al no producirse un llamado de la sustancia física evocando el deseo, el cuerpo kámico muere, y nada existe para nutrir este vehículo. El cuerpo astral viene a la existencia por medio de la interacción recíproca entre el plano físico, que no es un principio, y el principio deseo; durante el proceso de renacer, este principio es utilizado con dinámica intención por el alma en el vehículo mental a fin de invertir el llamado, entonces la materia responde al llamado del hombre que reencarna.

El hombre kámico, después de un largo proceso de atrición, queda liberado dentro de un vehículo mental embrionario; este período de vida sentimental es excesivamente breve y llevado a su fin por el alma, que repentinamente “dirige su ojo a aquel que espera”, y por el poder de esa potencia dirigida, reorienta instantáneamente al hombre kámico individual hacia el sendero descendente del Renacimiento. El hombre kama-manásico aplica el proceso de retiro y responde a la “atracción” del cuerpo mental en rápido desarrollo. Este retiro es cada vez más acelerado y dinámico, hasta llegar a la etapa en que el discípulo en probación -regido por un creciente contacto con el alma- destroza el cuerpo kama-manásico, como una unidad, por un acto de voluntad mental, complementado por el alma.

Observarán que la experiencia “devachánica” necesariamente será más breve en relación con esta mayoría que con la minoría kámica, porque la técnica devachánica de recapitulación y reconocimiento de las implicaciones de la experiencia, lentamente va controlando al hombre en el plano físico, para obtener la significación del significado y aprender constantemente mediante la experiencia, mientras está encarnado. De este modo, podrán darse cuenta que la continuidad de la conciencia también se desarrolla paulatinamente, y la percepción del hombre interno comienza a demostrarse en el plano físico, al principio por intermedio del cerebro físico y luego independientemente de esa estructura material. He dado aquí una definida insinuación sobre un tema que recibirá amplia atención durante los próximos doscientos años.

En la persona manásica, la personalidad integrada actúa, como hemos visto, de dos maneras, que dependen necesariamente de la integración lograda, la cual será de dos clases:

1.         La personalidad integrada, enfocada en la mente, adquiriendo una constante y creciente relación con el alma.

2.         El discípulo, cuya personalidad integrada está ahora integrándose rápidamente con el alma y es absorbida por ella.

En esta etapa de desarrollo de la mente y de constante control mental (basada en el hecho de que la conciencia del hombre está ya definidamente enfocada y permanentemente centrada en el vehículo mental), los procesos previos a la destrucción del cuerpo astral, por medio de la atrición y el “dinámico rechazo”, se llevan a cabo durante la encarnación física. El hombre encarnado rehúsa ser regido por el deseo; lo que queda del cuerpo astral ilusorio es dominado entonces por la mente, y el anhelo de satisfacer los deseos es rechazado con plena y consciente deliberación, ya sea por las ambiciones egoístas y las intenciones mentales de la personalidad integrada o por inspiración de la intención del alma, que subordina la mente a su propósito.

Cuando se ha logrado esta etapa de evolución, el hombre puede entonces disolver los últimos vestigios de todo deseo por medio de la iluminación. En las primeras etapas de la vida puramente manásica o mental, esto se logra por medio de la iluminación que el conocimiento proporciona, e involucra principalmente la innata luz de la sustancia mental. Más adelante, cuando el alma y la mente establece una estrecha relación, la luz del alma acelera y complementa el proceso. Entonces el discípulo emplea métodos más esotéricos, pero sobre éstos no me explayaré. La destrucción del cuerpo mental ya no se produce por el poder destructor de la luz misma, sino que es acelerado mediante ciertos sonidos que emanan desde el plano de la voluntad espiritual; al finalizar el ciclo de encarnación éstos son reconocidos por el discípulo, y algún iniciado avanzado del Ashrama o el Maestro Mismo, le permite utilizarlos en palabras-formas adecuadas.

(11) Llegamos ahora a la enunciación de una nueva ley que sustituye a la Ley de la Muerte y se refiere únicamente a quienes están en las últimas etapas del sendero del discipulado o en las primeras etapas del sendero de iniciación.

Ley X

Atiende, oh discípulo, al llamado que el Hijo hace a la Madre, y luego obedece. La Palabra anuncia que la forma ha cumplido su propósito. El principio mente (el quinto principio A.A.B.) entonces se organiza y luego repite la Palabra. La forma expectante responde y se desprende. El alma queda liberada.

Responde, oh Naciente Uno, al llamado que proviene de la esfera de la obligación; reconoce el llamado que surge del Ashrama o de la Cámara del Concilio, donde espera el Señor Mismo de la Vida. Se emite el Sonido. Tanto el alma como la forma deben renunciar al principio vida y así permitir a la Mónada liberarse. El alma responde. La forma rompe entonces la conexión. La Vida queda ya liberada, debido a la cualidad del conocimiento consciente y al fruto de todas las experiencias. Estos son los dones del alma y de la forma combinados.

He querido aclarar en sus mentes, la diferencia entre la enfermedad y la muerte, tal como las experimenta el hombre común, y ciertos procesos correspondientes a la disolución consciente, como son practicados por el discípulo avanzado o el iniciado. Estos procesos posteriores involucran una técnica que se va desarrollando lentamente, en la cual (en las primeras etapas) el discípulo es aún víctima de la tendencia que posee la forma a producir enfermedad como sucede con todas las formas de la naturaleza. Esta tendencia trae la subsiguiente muerte, pasando por las etapas benignas de las enfermedades y la consiguiente muerte pacífica, hasta las etapas en que la muerte se produce por un acto de la voluntad, el momento y el modo lo determina el alma, registrado y plasmado conscientemente por el cerebro.

En ambos casos se manifiesta el dolor, pero en el sendero de iniciación el dolor es mayormente rechazado, no porque el iniciado trate de evitar el dolor, sino porque desaparece la sensibilidad de la forma hacia los contactos indeseables, y con ello desaparece también el dolor; el dolor es el guardián de la forma y el protector de la sustancia; advierte el peligro; indica ciertas etapas definidas en el proceso evolutivo; está relacionado con el principio por el cual el alma se identifica con la sustancia. Cuando cesa la identificación, el dolor, la enfermedad y también la muerte, pierden su aferramiento sobre el discípulo; el alma ya no está sujeta a sus requerimientos, y el hombre queda liberado, porque la enfermedad y la muerte son cualidades inherentes a la forma y están sujetas a las vicisitudes de la vida de la forma.

 

 

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