Libro Primero. II.


Material compilado únicamente para las Adicciones sin fines de Lucro.

La Luz de Asia.
Edwin Arnold. 

Libro Primero. II.

divertían al pueblo. Además, vinieron mercaderes de países lejanos, trayendo, a la nueva de este nacimiento, ricos presentes en platos de oro; chales de pelo de cabra, nardo, jade, turquesas color de cielo crepuscular, tejidos tan finos que doce veces plegados no velaban un rostro pudoroso, cinturones bordados de perlas, madera de sándalo, homenajes de las ciudades tributarias; y llamaron a su Príncipe Savarthasiddh (el que hace prosperar todo), y para abreviar, Siddartha.

 Entre los extranjeros vino un santo de cabellos grises, Asita, cuyos oídos, desde hacía largo tiempo cerrados a los ruidos de la tierra, percibían las armonías celestes, y mientras estuvo en oración bajo su árbol pipal7, oyó que los Devas cantaban en honor del nacimiento de Buda. Estaba dotado de maravillosa ciencia, gracias a su edad y ayunos, y cuando se aproximó, tenía tan venerable aspecto, que el Rey le saludó, y la reina Maya puso a su hijo a los santos pies del asceta; pero cuando vio el Príncipe, exclamó el anciano:

“¡Ah Reina, no hagas esto!” Y se prosternó, hundiendo ocho veces en el polvo su rostro curtido, diciendo: “¡Oh niño, te adoro! ¡Tú eres Él! Veo la luz rosada, las líneas de las plantas de los pies, la dulce huella encorvada del Swastika8, los treinta y dos signos sagrados principales y las ochenta señales de menor importancia. Tú eres Buda, tú predicarás la Ley y salvarás a todos los seres que la aprendan, pero yo no te escucharé, porque moriré muy pronto, yo que no hace mucho llamaba a la muerte, sin embargo, te vi. Sabe ¡oh Rey! que eres la flor de nuestro árbol humano que sólo una vez se abre en muchas miríadas de años, pero que una vez abierta llena el mundo con el perfume de la Ciencia y la miel del Amor; de tu cepa real sale un loto celeste. ¡Feliz hogar! Sin embargo, no por completo dichoso, porque una espada, ¡oh Rey! atravesará tus entrañas a causa de este niño; y tú, dulce Reina, cara a todos los dioses y a todos los hombres, merced a este gran nacimiento, te has vuelto demasiada sagrada para sufrir por más tiempo; y como es un sufrimiento la vida, dentro de siete días alcanzarás el término del dolor”.

Lo que aconteció, porque la séptima noche la reina Maya se durmió sonriente y no despertó ya, y pasó, feliz, al cielo Trayastrinshas, donde innumerables Devas la honran y con cuidado velan a esta madre bienaventurada. Para el niño eligieron como nodriza a la princesa Mahapradhapati; su seno alimentó con noble leche a Aquel cuyos labios confortan a los mundos.

 Cuando cumplió ocho años, el Rey, previsor, pensó en enseñar a su hijo cuanto un príncipe debe aprender, porque pretendía desviar de él el destino milagroso demasiado sublime que le predijeran, las glorias y los sufrimientos de un Buda. Reunió por esto su Consejo de ministros, y les preguntó: “¿Cuál es el hombre más sabio, monseñores, para enseñar a mi príncipe lo que un príncipe debe saber?” Inmediatamente respondieron todos con voz unánime: “¡Oh Rey! Viswamitra es el más sabio, el más versado en las Escrituras y el más apto para enseñar las artes manuales y todo lo demás”. Entonces Viswamitra vino y escuchó las órdenes; y en el día propicio, tomó el Príncipe sus tablillas de sándalo rojo, cubiertas de fino polvo de esmeril y cuyos márgenes estaban ornados de piedras preciosas. Tomó también su estilo para escribir, y con los ojos bajos se colocó frente al sabio, que le dijo: “Niño, escribe esta Escritura”, y le dictó lentamente la estrofa llamada Gayatri, que sólo las personas de lato nacimiento deben escuchar:

Om, tatsa viturvarenyam

7 Llamado también baniano, ficus religiosa.

8 Signo mágico que tiene la forma de una cruz con las extremidades encorvadas.

Bhargo devasta dhimahi

Dhiyo yo ra prachodayat.9

“Atcharya10, escribo”, respondió dulcemente el Príncipe; y rápidamente trazó en el polvo, no en una escritura, sino en muchos caracteres, la estrofa sagrada; la escribió en Nagri, en Dakshin, Ni, Mangal, Parusha, Yava, Tirthi, Uk, Darad, Sikhyani, Mana, Madhyachar, empleó las escrituras pintadas y el lenguaje de los signos, las lenguas de los hombres de las cavernas y de los pueblos del mar, de los que adornan las serpientes que viven bajo la tierra y de los que rinden culto a la llama y al sol, de los Magos y de los que habitan fortalezas; trazó una después de otra, con estilo, todas las escrituras de todas las naciones, leyendo los versos del maestro en cada lengua; y Viswamitra dijo: “Esto basta; pasemos a los números. Repite después de mí tu numeración hasta que alcancemos el lakh11: uno, dos, tres cuatro, hasta diez, y en seguida por decenas hasta los cientos y los mil”. Después de él, el niño contó las unidades, las decenas, leas centenas, y no se detuvo en el lakh, sino que murmuró dulcemente: “En seguida viene el koti, el nahut, el ninnahut, khamba, viskhamba, abad, attata; después se llega a los kumuds, grundhikas y utpalas, a los pundarikas, y por último, a los padumas, que sirven para contar las moléculas más ínfimas de la tierra de Hastinagir hasta el polvo más fino; pero más allá hay otra numeración, el Katha, que sirve para contar las estrellas de la noche; el Koti-katha, para enumerar las gotas de agua del Océano; Ingá, el cálculo de los círculos, Sarvanikchepa, por medio del cual se cuentan todas las arenas del Ganges, y en fin, llegamos a los Antah-Kalpas, cuya unidad es la arena de diez crores12 del Ganges. Si se desea una escala más vasta, la Aritmética emplea el Asankya, que es la numeración de todas las gotas de agua que caerían sobre los mundos durante una lluvia incesante de diez mil años; por último, se llega a los Maha-kalpas13, por los cuales cuentan los dioses su futuro y su pasado”.

“Está bien —replicó el sabio—, muy noble Príncipe; si sabes esto, ¿es necesario que te enseñe la medida de las líneas?” El niño respondió modestamente: “Atcharya, escuchadme.

Diez paramnus hacen un parasukshma; diez de estos últimos forman el trasarene; y siete trasarenes tienen la longitud de un átomo que flota en un rayo de sol; siete átomos son

del grueso de un pelo del bigote de un ratón, y diez de éstos hacen un likya, diez likyas un yuca, diez yucas un corazón de grano de cebada, que está contenida siete veces en una talla de avispa; se llega de esta manera al grano de mung14 y de mostaza, y al grano de cebada, de los que diez hacen una coyuntura de dedo; doce coyunturas forman un palmo; después llegamos al codo, a la pértiga, a la longitud del arco, de la lanza; veinte longitudes de lanza forma lo que se llama “un soplo”, que es el espacio que un hombre puede recorrer sin recobrar aliento, un gow es cuarenta veces la medida precedente, cuarenta gows forman un

9 Esta plegaria, tomada de los Vedas, solamente los brahmanes pueden aprenderla. He aquí la traducción literal que da Balfour (Cyclopoedia of India): “Om, meditemos sobre el supremo esplendor del sol divino, para que pueda alumbrar nuestros espíritus”. La palabra om o aum es una sílaba sagrada, compuesta de la gutural más abierta A y de la labial más cerrada M reunidas por la U, que se pronuncia arrojando el sonido de la garganta a los labios; es considerada por los brahmanes como el símbolo más general de todos los sonidos posibles, el sonido-Brchma, el Verbo. (Véase Swami Vivekananda, Bhakti Yoga, página 28).

10 Maestro (sánscrito).

11 Un lakh = 1.000.000

12 Un crore = 100 lakhs.

13 El Palpa es un día de Brahma; equivale a 4.320 millones de años; al fin de cada kalpa, el universo es

reabsorbido en la Divinidad.

14 (Ind.) Phaseolus mungo, grano comestible. 

inmediatamente el joven Príncipe indicó sin equivocarse el número total de átomos. Pero Viswamitra, al escucharlo, se prosternó ante el niño, exclamando: “Tú eres el maestro de tus maestros; eres tú, y no yo, el que es el Gurú.15 ¡Oh! Te adoro, dulce Príncipe, que no has venido a mis escuela sino para mostrarme que sabes todo sin libros y que también sabes practicar el sincero respeto”.

 El Señor Buda tuvo este mismo respeto para todos sus profesores, aunque supo más que ellos; hablaba de modo amable, aunque era tan sabio; tenía aspecto de príncipe con maneras dulces; era modesto, deferente, tenía tierno el corazón, y sin embargo, dotado de un valor intrépido; ningún caballero era más atrevido en la alegre caza a las tímidas gacelas; ningún conductor de carro más diestro en las carreras que se efectuaban en los patios del palacio; sin embargo, en medio del juego, el niño se detenía a menudo dejando escapar el gamo; frecuentemente abandonaba una carrera casi ganada, porque los corceles fatigados, ya no tenían aliento, o porque veía a los príncipes compañeros de sus juegos afligidos de perder, o porque se apoderaba de él algún ensueño pensativo. Y con los años, este carácter compasivo no hizo sino crecer como un árbol que sale de dos tiernos renuevos y acaba por extender su sombra a lo lejos; no conocía la tristeza, el dolor y las lágrimas; los conocía sólo como nombres extraños que se aplican a cosas que los reyes no experimentan ni deben sentir jamás. Sucedió entonces que en el jardín real, un día de primavera, pasó una bandada de cisnes silvestres que volaban hacia el Norte para buscar sus nidos en el corazón del Himalaya; los pájaros, alegres, volaban, guiados por el amor, marcando el paso de su banda nivosa con sus tiernos gritos; y Devatta, primo del príncipe, tendiendo su arco, disparó una flecha bien apuntada que alcanzó las anchas alas del primer cisne, tendidas para deslizarse por el libre camino azul, de manera que cayó atravesado por la punta cruel, y grandes gotas de sangre escarlata mancharon sus plumas inmaculadas, viendo esto, el príncipe Siddartha levantó tiernamente al pájaro, y lo oprimió contra su seno, se sentó con las piernas cruzadas como lo hace el Señor Buda, ya para calmar el terror del animal silvestre, arregló sus alas maltrechas, calmó su precipitado corazón, le acarició dulcemente con sus manos buenas y ligeras, tersas como hojas de plátano frescamente abiertas; y mientras que con su mano izquierda retenía al pájaro, con la mano derecha quitaba el acero cruel y ponía hojas frescas y miel calmante en la herida. Y a tal grado ignoraba el niño lo que era el dolor, que apretó curiosamente la flecha con su mano, y se sobresaltó al sentir su punta, y llorando acarició de nuevo a su pájaro. 

Entonces vino alguien que dijo: “Mi Príncipe tiró contra un cisne que cayó aquí en medio de las rosas, y os ruega que se lo enviéis. ¿Queréis hacerlo?” “No —respondió Siddhartha—; si el pájaro hubiese muerto, estaría bien devolvérselo al que lo mató; pero el cisne vive, mi primo no dio muerte sino a la celeridad divina que agitaba esta ala blanca”. Y Devatta replicó: “El ave silvestre, viva o muerta, es del que la abatió; en las nubes a nadie pertenece; pero caída es mía. Dame mi presa, primo”. Entonces nuestro Señor oprimió contra su tierna mejilla el cuello del cisne y dijo gravemente:

“¡Os digo que no! El pájaro es mío: es la primera de las miríadas de cosas que me pertenecerán por el derecho de la piedad y de la omnipotencia del amor. Porque ahora se, por lo que en mí se agita, que enseñaré la compasión a los hombres y seré un intérprete del mundo que no puede hablar, y disminuiré el flujo maldito del dolor universal. Pero si el Príncipe contesta, que someta el caso a los sabios y esperaremos su decisión”. Así se hizo; el asunto

15 Preceptor.

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