Material compilado únicamente para las Adicciones sin
fines de Lucro.
La
Luz de Asia.
Edwin
Arnold.
Libro Segundo. I.
Cuando nuestro Señor llegó a la edad de
dieciocho años, ordenó el Rey que se construyesen tres casas magníficas, una
de vigas pulidas, cubierta de madera de cedro, caliente para los días de invierno;
otra de mármoles veteados, fresca para el verano; la tercera de ladrillos, cubierta de tejas
azules, agradable para el tiempo de las siembras, cuando los champaks22
están
cubiertos de renuevos. Subha, Suramma y Ramma eran los nombres de las tres moradas; en su
derredor florecían jardines deliciosos cruzados por arroyos juguetones, sembrados de
bosquecillos olorosos, con gran número de pabellones brillantes y de bellos prados.
Siddartha vagaba a su sabor, encontrando a cada instante nuevas delicias, y pasó horas felices,
porque sangre joven y rica corría por sus venas; pero bien pronto las sombras de la
meditación tornaron, tal y como el espejo de plata de un lago se obscurece por el paso de las nubes.
Al notar esto el Rey, llamó a sus
ministros y les dijo: “Reflexionad, monseñores, en lo que dijo el viejo Rishi y en lo
que me explicaron los que interpretan los sueños. Este niño, que me es más querido que la
sangre de mi corazón, será un dominador del mundo que hollará a todos sus enemigos, un
Rey de reyes —y tal es mi deseo—, o bien caminará en el triste y humilde sendero de la
abnegación y de los piadosos sufrimientos, para ganar quién sabe qué bien, después de haber
perdido cuánto vale la pena de ser conservado; y a este fin se dirigen sus ojos pensativos
en medio de mis palacios. Pero sois sabios y me aconsejaréis. ¿Cómo podrán volverse sus
pasos por la senda gloriosa en que debe caminar, y cómo podrán realizar todos los signos
felices que le han dado la tierra para gobernarla, si él lo quiere?”
El más anciano respondió: “¡Maharadja!
El amor curará este ligero malestar. Tejed el encanto de los artificios de
la mujer en torno de este corazón desocupado. ¿Qué sabe este noble niño de la hermosura,
de los ojos que hacen olvidar el cielo y de los labios
22 (Ind.) Michelía champaka:
arbusto de flor odorífera.
embalsamados? Encontrad mujeres
acariciadoras y agradables compañeros de juegos, los pensamientos que no se pueden contener
con cadenas de bronce los ata fácilmente un cabello de mujer”. Todos aprobaron estas palabras. Pero el
Rey respondió: “Si nosotros le buscamos mujeres, ¿Qué acontecerá? El amor elige
a menudo de manera distinta; si arreglamos un jardín de bellezas para que pueda
elegir la flor que desee, sonreirá y evitará dulcemente la voluptuosidad que ignora”. Entonces
otro dijo: “El barasingh23 corre hasta que es
disparada la flecha fatal; le sucederá al
Príncipe lo que a los espíritus menos grandes; ciertos encantos, un rostro, le parecerán un
Paraíso; tal forma le parecerá más bella que la pálida aurora cuando despierta la mundo. Hazlo
así, ¡oh Rey mío! Dispón una fiesta donde los jóvenes del reino rivalicen en gracia y
juventud en los juegos habituales de los Sakyas. Que el Príncipe del premio a la hermosura,
y cuando las encantadoras victoriosas pasen frente a su trono, se notará si una o dos de
ellas cambian la tristeza obstinada de su dulce rostro; así podremos elegir para el amor con
los propios ojos del amor, y por medio de este artificio procurar la felicidad de Su
Alteza”.
Este parecer se juzgó bueno. Así pues,
desde el día siguiente, los pregoneros invitaron a las mujeres jóvenes y
bellas para que viniesen al palacio, donde se efectuaría un concurso en el que el Príncipe
distribuiría los premios: un objeto precioso para cada una, el más precioso para la que fuese juzgada
la más bella. Entonces las jóvenes de Kapilavastu se aglomeraron a la puerta; cada una
acabada de peinar y anudar su cabellera sombría, de lustrar sus pestañas con el surma24,
de bañarse y perfumarse; todas estaban cubiertas de chales y con vestidos de los más
rientes colores; sus manos y sus finos pies estaban frescamente teñidos de carmín y sus
tilkas brillaban. Era un hermoso espectáculo el de todas las jóvenes indias, que
desfilaban con lentitud frente al trono, fijos en tierra los ojos negros y rasgados; porque cuando vieron
al Príncipe, lo que hizo latir los turbados corazones, más que el respeto de su
majestad, fue que estaba sentado tan tranquilo, tan amable, pero tan superior a ellas. Cada
joven tomó su regalo con los párpados bajos, no atreviéndose a mirarle; y si los
asistentes aclamaban a alguna de ellas como la más hermosa y digna de las sonrisas reales,
permanecía como una gacela amedrentada al tocar la graciosa mano, después corría a unirse con sus
compañeras, temblando por este favor: tanto así parecía. El divino, augusto, sagrado y
por encima del mundo. Así que desfilaron una en pos de otra las bellas jóvenes, las flores
de la ciudad, terminó toda esta procesión magnífica, y se hubieron agotado los presentes,
llegó la última, la joven Yosodhara, y los que estaban sentados al lado de Siddartha vieron
turbarse al Príncipe cuando se acercó la virgen radiosa.
Sus formas parecían modeladas en el
cielo; su anda como era el de Parvati25;
sus ojos como los de una corza en la estación del
amor; su rostro era tan bello, que las palabras no pueden pintar su encanto; y ella sola miraba
al Príncipe al rostro, con las manos cruzadas sobre el seno y con el gracioso cuello
descubierto. “¿Hay un presente para mí?”, preguntó sonriendo. “No hay ya regalos
—respondió el Príncipe—; pero toma éste en compensación, querida hermana, cuya gracia es el
orgullo de nuestra ciudad”. Al decir esto, se quitó su collar de esmeraldas y lo abrochó al
cuello sedoso y moreno de la joven; sus ojos se encontraron, y de esta mirada brotó el
amor.
Largo tiempo después —cuando se
esparció la luz—, si se preguntaba al Señor Buda por qué su corazón se había
inflamado así a la primera mirada de la joven Sakya,
23 (Ind.)
Ciervo.
24 Polvo de
antimonio.
25 Diosa,
esposa de Shiva.
respondía: “No éramos extraños, como
nos pareció a nosotros y a todos los asistentes; en edades remotas, el hijo de un cazador,
jugando con las jóvenes de las selvas cerca de los manantiales de Yamuna, donde se levanta
Nandalevi26, fue elegido como árbitro, mientras ellas corrían bajo los pinos, como las
liebres que se recrean en sus rondas alegres a la hora del crepúsculo; coronó a una de flores
brillantes como estrellas, a otra con largas plumas arrancadas a los puntados faisanes y a
las perdices de los juncales, a una tercera con bellotas de pino; pero la que llegó al
último fue la primera para él, y el mancebo le dio un cervatillo domesticado y el amor de su
corazón. Y vivieron en la selva largos años felices, y en la selva murieron unidos. ¡Ved cómo
la simiente oculta brota del suelo después de años de sequía! De igual modo, el bien y el
mal, los sufrimientos y los placeres, los odios y los amores, y todas las acciones pasadas
tornan de nuevo a la luz trayendo hojas brillantes o sombrías, un fruto dulce o amargo. Y
bien, yo fui ese joven, y ella era Yasodhara, y mientras gire la rueda de la vida y de
la muerte, lo que fue subsistirá entre los dos”.
Pro los que espiaban al Príncipe
durante la distribución de los presentes vieron y oyeron todo, y contaron al Rey, atento,
cómo había permanecido atento su hijo hasta que llegó Yasodhara, la hija del gran
Suprabudha, como súbitamente se demudó a su vista, cómo se habían visto los dos, y el
regalo de la joya, y el brillo de sus ojos elocuentes. El buen Rey dijo sonriendo: “Mirad;
hemos encontrado un cebo; busquemos, sin embargo, un medio de servirnos de él
para atraer a nuestro halcón fuera de las nubes. Enviemos mensajeros para pedir a la
joven en matrimonio para mi hijo”. Pero era costumbre entre los Sakyas que cuando
alguien pedía a una joven de noble casta, bella y codiciada, probase su destreza en las
artes de la guerra, en un concurso contra todos los pretendientes, y esa costumbre no
sufría excepción ni para los reyes. Por esto el padre respondió: “Decidle al Rey: las joven
es solicitada por príncipes vecinos y lejanos; si su muy noble hijo puede armar el arco,
manejar la espada y montar a caballo mejor que ellos, será el mejor en todo y el mejor para
nosotros, ¿pero cómo podrá así ser dados sus hábitos claustrales?” Entonces el corazón del
Rey se afligió porque le Príncipe solicitaba en vano a la dulce Yasodhara, ya que tenía como
rivales a Devadatta, el más diestro en el manejo del arco; Ardjuna, domador de todos los
corceles fogosos, y Nanda, maestro en esgrima; pro el Príncipe se rio con disimulo, y dijo:
“También aprendí estas cosas. Haz proclamara que tu hijo se medirá con todos los que
vengan, en los juegos escogidos por ellos. Creo que no perderé por tales mi amor”. Se hizo
saber que de allí a siete días el príncipe Siddhartha desafiaba a todos los que quisiesen
medirse con él en los ejercicios viriles, y que la corona del vencedor sería Yasodhara.
Al séptimo día, los señores de los
Sakyas y la gente de la ciudad y del campo a la redonda se reunieron en el maidán27,
y la joven vino también, rodeada de su familia, en un cortejo de novia, con música, literas
vistosamente adornadas y bueyes con los cuernos dorados, con caparazones de flores.
Devadatta, de cepa real, pidió su mano; lo mismo hicieron Nanda, Ardjuna, ambos de noble
linaje, la flor y nata de los jóvenes que allí se encontraban; en seguida llegó el
Príncipe, caballero en su corcel blanco, Kantaka, que relinchaba, sorprendido de ver esa
multitud extraña, a la que no estaba acostumbrado, Siddhartha miraba también con ojos
asombrados a todo este pueblo nacido a los pies del trono, que vivía y se alimentaba de
manera distinta a la de los reyes, y sin embargo tan semejante, quizá, en sus goces y
dolores. Pero cuando el Príncipe vio a la dulce Yasodhara,
26 Montaña
de las provincias del Noroeste, habitada por una diosa: Nanda.
27 Prado.
una sonrisa iluminó su rostro, detuvo
el caballo con las bridas de seda, saltó a tierra y exclamó: “No es digno de esta perla el
que no sea el más digno; que mis rivales prueben si fui demasiado atrevido para aspirar a
su mano”. Entonces Nanda propuso la prueba del arco, y colocó un tambor de bronce a
seis gows28, Ardjuna igualmente a seis y Devadatta
a ocho; pero el príncipe Siddhartha les
rogó que colocaran el tambor a diez gows de la línea, de manera que este blanco no apareciese
más grande que un kauri29. En seguida tiraron, y Nanda atravesó su tambor, Ardjuna el
suyo y Devadatta lo mismo, de manera que la multitud lanzó un grito de admiración y
la dulce Yasodhara cubrió con su sari30 de
oro sus ojos tímidos, temerosa de ver que la
flecha de su Príncipe no diera en el blanco. Pero él tomó su arco de junco barnizado de
laca, atado con nervios y provisto de una cuerda de plata, que sólo unos brazos vigorosos
podían tender; lo hizo resonar, riendo a hurtadillas, tendió la cuerda torcida hasta que las
puntas se tocaron y la parte gruesa del arco se rompió.
“Está hecho para jugar, no para servir
—dijo—; ¿nadie tiene un arco más conveniente para los señores Sakyas?” Y alguien dijo:
“Hay el arco de Sinhahanu, conservado en el templo desde no sé cuándo, que nadie pudo
tender, y que no podría tirar si lo hubiese tendido”. “¡Id a buscarme —exclamó— esta arma digna de
un hombre!” Trajeron el viejo arco de acero negro incrustado de guirnaldas de oro y
curvado como los cuernos del bisonte, y por dos veces Siddhartha ensayó la resistencia
del arma sobre su rodilla; después dijo: “Tirad ahora con éste, primos míos”. Pero no
pudieron tender el arco inflexible el largo de una mano.
Entonces el Príncipe, inclinándose
ligeramente, tendió el arco, aproximó el ojo a la muesca y tiró firmemente la cuerda, que, como
un ala de águila, hizo resonar el aire con un sonido tan claro y tan fuerte, que los
enfermos que se habían quedado en sus casas ese día preguntaron: “¿Qué sonido es ese?” Y se
les respondió: “Es el sonido del arco de Sinhahanu, que el hijo tendió y que va
a disparar”. Entonces, ajustando una buena flecha, tiró y aflojó la cuerda y el dardo
agudo hendió el cielo, atravesó el tambor más lejano, después, sin detener su vuelo, se
deslizó por la llanura hasta perderse de vista.
En seguida Devadatta desafió a sus
rivales con la espada, y hendió un árbol de seis dedos de grueso. Ardjuna uno de
siete, y Nanda uno de nueve; pero dos troncos semejantes estaban juntos, y la hoja de
Siddhartha los cortó de un tajo chispeante, profundo, pero dado tan recto que los
dos troncos permanecieron derechos, y Nanda gritó: “Su hoja se ha vuelto”. Y la joven
tembló de nuevo al ver en pie a los árboles; pro en este momento los Devas del aire, que
vigilaban, soplan ligeras brisas del Sudeste, y las dos coronas de verdura cayeron con
estrépito en la arena, completamente abatidas.
Trajeron entonces los corceles, de
sangre pura, fogosos, y tres dieron vuelta al maidán; pero el blanco Kantaka dejó al
más rápido de ellos muy atrás; iba a tanta velocidad, que en el espacio que tardó
en caer la espuma de su boca a tierra, había recorrido veinte lanzas; pero Nanda dijo:
“Nosotros también podríamos ganar con un corcel como Kantaka; traed un caballo cerril, y
veremos quien lo monta mejor”. Entonces los sais31 trajeron un garañón negro como la
noche, atado con tres cadenas, con los ojos salvajes, los ollares dilatados, sin freno ni silla,
porque ningún caballero lo había montado aún. Cada uno de los jóvenes Sakyas saltó sobre
su ancho lomo, pero el fogoso corcel corcoveó tan fuertemente que los arrojó al suelo,
cubiertos de polvo y la vergüenza. Sólo Ardjuna pudo sostener un instante, y habiendo hecho
desatar las cadenas, fustigó los flancos del negro
28 Medida de
longitud que equivale a 1.300 pies ingleses, poco más o menos.
29 Pequeña
concha empleada como moneda en ciertas partes de la India.
30 Vestido
de las mujeres.
31 (Ind.) Palafrenero.
corcel, tiró del bocado y contuvo con
mano firme la boca soberbia del animal, de manera que en una tempestad de furor, de rabia
y de temor, el garañón salvaje dio una vez la vuelta a la llanura, medio domado; pero
repentinamente se volvió enseñando los dientes, hizo presa en un pie de Ardjuna, lo
desarzonó, y lo habría matado si los palafreneros, que corrieron en su auxilio, no hubieran
arrastrado a la bestia furiosa. Entonces todos los hombres gritaron: “No dejéis que
Siddhartha monte este Bhut32, cuyo hígado es una tempestad y cuya sangre es una llama
roja”. Pero el Príncipe dijo: “Desatad las cadenas; dadme solamente su melena”.
Tomó ésta con tranquilidad y diciendo
algunas palabras en voz baja colocó su mano derecha frente
a los ojos del garañón y la pasó suavemente por su cabeza irritada a todo lo largo del
suelo y por los flancos jadeantes; y los espectadores, asombrados, vieron perder su arrogancia
fogosa al corcel negro como la noche, y quedarse apaciguado y tranquilo como si conociese
a nuestro Señor y lo respetara. Y no se movió mientras Siddhartha lo montaba; después
caminó dócilmente bajo la dirección de la rodilla y de la brida, ante las miradas de
todos, de manera que el pueblo gritó: “No luchéis más, porque Siddhartha es el mejor”. Y los
pretendientes respondieron: “Es el mejor”. Y Suprabudha, padre de la joven, dijo:
“El deseo de nuestros corazones era verte alcanzar el premio, porque es a ti al que
preferimos; pero dime, ¿por qué sortilegios aprendiste las artes viriles, en medio de tus bosquecillos
de rosas y de tus sueños, cuando otros no los han aprendido en la guerra, la caza y todos
los ejercicios? Lleva ¡oh Príncipe! El tesoro que ganaste”.
A estas palabras, la adorable joven
india se levantó de levantó de su sitio, atravesó entre la multitud, tomó una
corona de flores de mogra33, suavemente levantó sobre la frente su velo negro y oro, pasó
altivamente frente a los jóvenes y llegó al sitio en que se encontraba Siddhartha en su gracia
divina, realzada por el corcel negro, que, inclinando su cuello vigoroso, lo pasó dulcemente
bajo el brazo de su señor. Se inclinó ante ella el Príncipe, mientras su rostro irradiaba
con la alegría celeste del amor feliz; después ató a su cuello el collar perfumado y apoyó su
cabeza exquisita sobre el pecho de Siddhartha, y se prosternó a sus pies con los ojos
brillantes de felicidad, diciendo: “¡Querido Príncipe, mírame que soy tuya!” Y toda la
multitud se regocijó al verlos pasar, con las manos unidas y latiendo al unísono sus corazones,
mientras el velo negro y oro cubría nuevamente a la joven.
Largo tiempo después —cuando se
esparció la luz de la fe— se preguntó al Señor Buda, respecto a esos acontecimientos,
por qué llevaba ella ese velo negro y oro y caminaba tan altivamente, y aquel al
que honra el universo, respondió: “Antes de mí se ignoraba esto, aunque parecía saberse a
medias: mientras la rueda del nacimiento y de la muerte gire, las cosas y los
pensamientos pasados y las vidas existentes tornan. Me acuerdo, sin embargo, remontando
miríadas de años, de la época en que vagaba en las montañas boscosas del Himalaya, siendo
un tigre hambriento de piel rayada, yo, que soy ahora Buda; acostado en la hierba kusa34
acechaba
con los verdes entrecerrados los rebaños que pasaban, y se aproximaban más y más
a su muerte, avanzando a mi guarida; o bajo las estrellas vagaba, salvaje, insaciable,
en busca de una presa, olfateando en los senderos la huella de un hombre o de un gamo. En
medio de los felinos, que eran entonces mis compañeros, huéspedes del juncal espeso
o del djihl35 cubierto de cañas,
una tigresa, la más bella de la selva, provocaba la guerra
entre los machos; su piel era de oro brillante, bordada
32 Mal
genio.
33 Jazmín.
34 Hierba
usada por los Indostánicos en las ceremonias religiosas.
35 (Ind.)
Terreno pantanoso.
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