Libro Segundo. II.


Material compilado únicamente para las Adicciones sin fines de Lucro.

La Luz de Asia.
Edwin Arnold.

Libro Segundo. II.

 de negro, como el velo que llevaba Yasodhara para mí; el combate fue ardiente en la selva, los dientes y las garras destrozaron, en tanto que, bajo un nim la soberbia tigresa veía cómo nos desangrábamos, heridos cruelmente. Y recuerdo que al final vino gruñendo, pasó frente a los otros reyes de la selva cubiertos de mordidas, a los que yo había vencido, y con su lengua acariciadora lamió mi flanco jadeante; luego, caminando altiva, vino conmigo al juncal, amorosamente. La rueda del nacimiento y de la muerte gira abajo y arriba”.

 Entonces la joven fue dada al Príncipe por unión voluntaria37; y cuando los astros fueron favorables —Mesha, el Ram rojo era el señor del cielo— se celebró la fiesta del matrimonio según las costumbre de los Sakyas. El gadi, de oro fue colocado, tendidos los tapices; colgaron las guirnaldas nupciales, ataron los hilos a los brazos de los prometidos, después fue partido el dulce pastel; se regó arroz y attar, flotaron las dos pajas sobre la leche rojiza y se aproximaron, lo que presagiaba el amor hasta la muerte; los esposos dieron en seguida los siete pasos alrededor del fuego, se regalaron presentes a los religiosos, se hicieron limosnas y ofrendas a los templos, y, en fin, cantaron los mantras y ataron juntos los vestidos del novio y la novia. Entonces, el padre anciano dijo: “Honorable Príncipe; la que era nuestra, desde ahora es tuya solamente; se bueno para ella, que ha puesto su vida en ti”. Luego acompañaron a la dulce Yasodhara a la casa conyugal, con cantos y trompetas, y la pusieron en brazos del Príncipe, todo fue sólo amor.

 Pero el Rey no tenía en cuenta nada más al amor; les hizo construir una prisión de amor magnífica, tal, que sobre toda la tierra no había maravilla semejante a Vishramván, el palacio del recreo del Príncipe. En medio del inmenso terreno que rodeaba al palacio se elevaba una montaña verdegueante, cuya base bañaba el río Rohiui, que desciende murmurando del Himalaya para llevar su tributo a las olas del Ganges. Al Sur, un boscaje de tamarindos, tapizado de flores de ganthi color azul pálido, cerraba el horizonte; sin embargo, el ruido de la ciudad llegaba en las del viento, tan suave como el zumbido lejano de las abejas en los sotos. Por el Norte se levantaban, con saltos prodigiosos, los picos inmaculados del Himalaya enorme, alineando sus hileras deslumbradoras de blancura que suben al asalto del cielo azul —vírgenes, infinitos, maravillosos—, y este universo erguido de crestas y de rocas agudas, redondas o planas de verdosas pendientes y de agudas de hielo, de barrancas desgarradas y escarpados precipicios, elevaba tan alto el pensamiento, que creía alcanzar el cielo y conversar con los dioses.

 Debajo de las nieves se extendían selvas sombrías, donde brillaban cascadas bulliciosas veladas por las nubes; más abajo crecían las encinas rosas y los grandes pinos, donde resonaban los reclamos de los faisanes, el rugido de la pantera, el balido del carnero salvaje sobre las rocas y el grito de las águilas inquietas; más abajo aún, brillaba la pradera como un tapiz de plegaria al pie de estos divinos altares. Enfrente, los arquitectos construyeron el pabellón espléndido sobre una elevada terraza, lo flanquearon con torres y lo rodearon con galerías de columnas. Los tallados de las vigas representaban historias de los viejos tiempos, Radha42 y Krishna; las

36 (Ind.) Lilas de Persia.

37 Modo de los Gaudharvas o músicos celestes, una de las ocho maneras de matrimonio indicado por la ley de Manú, que la define: “la unión de una joven y de un joven que resulta de un voto mutuo”.

38 (Ind.) Cojín sobre el cual se sientan los esposos durante las fiestas nupciales.

39 (Ind.) Perfume, esencia.

40 Ceremonia esencial del matrimonio, según la ley brahmánica.

41 Plegarias, fórmulas mágicas.

42 Una de las favoritas de Krishna, Este último es uno de los dioses más populares de la India, y sus amores son el tema de numeroso poemas.

 vírgenes de los bosques, Sita43, Hunaman44 y Draupadi45; y sobre el pórtico de en medio, el dios propicio Ganesha46, con su disco y su garfio —colocado allí para obtener la sabiduría y la prosperidad—, estaba sentado, enrollando su trompa oblicua. Por los caminos sinuosos del jardín y del patio se llegaba a la puerta interior de mármol blanco veteado de rosa; el dintel era de lapislázuli, el umbral de alabastro, y las puertas de sándalo, con los paños adornados de pinturas, franqueando el umbral, se paseaba uno, encantado, en vestíbulos soberbios y en cámaras sombrosas, subía por escaleras magníficas, atravesaba galerías enrejadas, admiraba ricos artesonados y haces de columnas y frescas fuentes bordeadas de lotos y de nelumbos con surtidores de aguas y peces que brillaban en el cristal, escarlatas, dorados y azules. En las soleadas alcobas las gacelas de grandes ojos ramoneaban las rosas abiertas; los pájaros color de arco iris revolaban entre las palmas, las palomas verdes y grises construían sus nidos sobre las cornisas doradas, en las losas brillantes, los pavos desplegaban los esplendores de sus colas, mientras las garzas blancas como la leche y los pequeños búhos domésticos los contemplaban tranquilamente. Los pericos de collares color de ciruela se balanceaban de fruto en fruto, los colibríes volaban de flor en flor, los tímidos lagartos se calentaban sin recelo en los enrejados; las ardillas venían a comer en la mano, porque la paz reinaba en todas partes, la cuta serpiente negra, que da la buena suerte a las familias, dormía, calentando sus anillos al sol, bajo las flores; cerca de allí, los monos de ojos obscuros hacían gestos a los cuervos.

 Y toda esta casa de amor estaba llena de servidores dóciles; a la menor señal acudía gente de rostro amable, de habla suave y de servicio diligente, cada uno era feliz de hacer feliz a alguien, experimentaba placer al dar, estaba orgulloso de obedecer, de modo que la vida se deslizaba encantadora como un río guarnecido de flores perpetuas, y Yasodhara era la reina de esta corte encantada.

Pero más allá de estas cien cámaras magníficas estaba oculto un aposento donde el arte prodigara todas sus deliciosas fantasías para apaciguar el espíritu. Se penetraba a él por un patio cerrado, a cielo abierto, en medio del cual se encontraba una fuente mármol blanco como la leche, cuyos bordes, escalones y friso estaban incrustados de ágatas, matizadas delicadamente. Era grato pasar horas indolentes en este refugio de frescura deliciosa, como el caminar sobre la nieve en el estío; los rayos del sol filtraban sus oros, y al pasar a través del porche y del hielo, se suavizaban, tomaban tintes argentinos, se volvían pálidos y casi sombríos, como si la luz se detuviera y se cambiase en crepúsculo en el amor y en el silencio que reinaba a la puerta de esta agua.

 Porque tras esta puerta se encontraba la cámara maravillosa y exquisita, maravilla del mundo; la suave luz de las lámparas perfumadas resbalaba, a través de las ventanas de nácar y de los cortinajes sembrados de estrellas, sobre las tapicerías de tela de oro, los lechos de seda, y el esplendor de las pesadas purdahs47, que no se levantaban sino para dejar pasar a la más bella. Nadie sabía si allí era de noche o de día, porque la luz se filtraba siempre tenue, más brillante que la aurora, pero también más suave que el crepúsculo, y siempre soplaban brisas deliciosas más agradables que las de la mañana, pero tan frescas como las de la media noche, y noche y día cantaban los laúdes, noche y día llevaban manjares deliciosos, frutos cubiertos de rocío, helados

43 Esposa de Rama y heroína del Ramayana.

44 Mono que ayuda a ayuda a Rama a recuperar a Sita, robada por Rayana.

45 Heroína de Mahabharata.

46 Hijo de Siva y de Parvati, dios de la Sabiduría. Es representado con una cabeza de elefante, porque este animal es considerado por los indostánicos como el emblema de la sagacidad. En cada ciudad y en cada palacio indio, una de las puertas está colocada bajo la invocación de Ganesha.

 hechos con nieve del Himalaya, delicadas confiterías, y leche de cocotero en su copa marfileña. Y noche y día se encontraba allí una cuadrilla escogida de bailarinas de nautch, de coperos y de músicos, agradables servidores del amor, que abanicaban los ojos del Príncipe feliz, y cuando se despertaba, llevaban sus pensamientos a la alegría, por la música que resonaba en medio de las flores, por el encanto de las canciones amorosas y las danzas alucinantes acompañadas del repiqueteo de los cascabelees atados a los tobillos de las bayaderas, por los movimientos de sus brazos y los sonidos de la vina48 de cuerda de plata, mientras las esencias del almizcle y champack y las niebla azul que esparcía los aromas quemados hacían languidecer nuevamente su alma y lo invitaban otra vez a dormir en los brazos de la dulce Yasodhara, y así vivía Siddartha, olvidado del resto del mundo.

Además, el Rey ordenó que dentro de los muros de este palacio jamás de hablara de la muerte, de la vejez, del pesar, del dolor o de las enfermedades. Si alguna hermosura se marchitaba en esta corte amable, si sus pies no podían ya danzar, la inocente criminal era expulsada de este paraíso, por temor de que el Príncipe sufriese al ver su desgracia.

Vigilantes intendentes cuidaban de ejecutar la sentencia contra cualquiera que hablase del triste mundo exterior donde reinan los sufrimientos y las quejas, los temores y las lágrimas, y el llanto de los afligidos y el humo horrible de las piras. Se consideraba como traición el que apareciera un hilo de plata en la cabellera de una cantadora o de una bailarina, y a cada aurora recogían las rosas marchitas, barrían las hojas muertas y separaban todo lo que pudiera ser motivo de tristeza. Porque, decía el Rey: “Si pasa su juventud lejos de todas estas cosas que incitan a meditar y a incubar los huevos vacíos del pensamiento, la sombra de este destino, demasiado vasto para un hombre, se debilitará quizá, y lo veré transformarse en un soberano todopoderoso que gobernará todos los países, si quiere, y será el Rey de los reyes y la gloria de su tiempo”.

 Así, pues en torno de esta prisión encantada en la que el amor era el carcelero y los deleites las rejas, pero lejos de las miradas, hizo construir el Rey un muro grueso, con una puerta de dos batientes, de bronce; eran necesarios cien hombres para moverla sobre sus goznes, y el chirrido formidable se extendía a media vodjana de distancia. Hizo una segunda puerta y luego una tercera tras la anterior, de manera que era preciso franquear tres puertas para salir del palacio del gozo. Eran tres puertas con aldabas, reforzadas con barras, y cerca de cada una estaba colocado un guardia fiel; y la consigna del rey decía: “No dejéis pasar a nadie, aunque fuese a mi hijo el Príncipe, porque me respondéis con vuestra cabeza”.

48 Especie de cítara, terminada por una calabaza que le servía de caja de armonía.

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