Capitulo III. La Segunda Iniciación.
Material compilado únicamente para las Adicciones sin fines de Lucro.
De Belén al Calvario.
Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul
(Alice A. Bailey)
Capitulo III. La Segunda Iniciación.
LA SEGUNDA INICIACIÓN... EL BAUTISMO EN EL JORDÁN.
La primera iniciación se ha realizado. Cristo ha nacido en Belén. El alma ha alcanzado su expresión externa, y ahora esta alma –Cristo (como el representante histórico de todo lo que el alma puede ser) el iniciado individual– va hacia la grandeza. La misión del Salvador se inicia definidamente en ese momento, pero en bien de los que vendrán después, Él debe emitir la nota de la purificación y adaptarse a los requisitos del ritual y a la tendencia general del pensamiento de Su época. El iniciado que ha dado el primer paso, debe acentuar la purificación de la naturaleza inferior, esencial para el prefacio de la segunda iniciación. El bautismo de Juan fue el símbolo de esta purificación. Cristo Se sometió al bautismo, haciendo caso omiso a las protestas del Bautista, diciéndole: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”.
Cristo alcanzó la madurez. La tradición dice que tenía treinta años cuando fue bautizado y comenzó su breve, aunque espectacular, vida pública. ¿Quién puede decir cuánta verdad encierra esto desde el punto de vista histórico? No reviste mayor importancia, Cristo fue, es y siempre será. Hablando simbólicamente, era necesario que Cristo cumpliera treinta años, porque ese número es significativo en lo que a la humanidad concierne. Treinta significa el perfeccionamiento de los tres aspectos de la personalidad: el cuerpo físico, la naturaleza emocional y la mente. Los tres constituyen el aspecto forma del hombre y velan u ocultan al alma. Son en realidad el mecanismo de contacto del hombre con el mundo externo, el equipo por el cual su conciencia se desarrolla y despierta, y todos constituyen el “mecanismo de respuesta”, según los sicólogos. Sabemos que el hombre es un animal físico, un ser emocional y sensorio y una entidad pensante. Cuando las tres partes de la naturaleza inferior del hombre funcionan armónicamente y forman una unidad, para ser empleada por el hombre interno, dan por resultado una personalidad integrada, un yo inferior eficiente. Esto testimonia el número treinta. Diez es el número de la perfección y treinta es la perfección de las tres partes del equipo del alma.
En la segunda iniciación, Cristo permaneció ante Dios, el Iniciador, pues sus tres aspectos habían sido purificados y alcanzaron la madurez. Su mecanismo estaba preparado y dispuesto para la tarea, permitiéndole dar pruebas de esa purificación y de la tensa actitud que Le capacitaría para llevar a cabo satisfactoriamente Su misión. Esto tuvo que probarlo ante Dios y el hombre, mediante la purificación que obtuvo por el bautismo y las consiguientes tentaciones en el desierto. Preparado para Su obra, poseía lo que el Dr. W. H. Sheldon denominó “los tres elementos principales para una gran mente, esto es, entusiasmo, visión intuitiva y un efectivo equipo sistematizado”, agregando más adelante que los dos primeros “son los de mayor importancia, porque no pueden adquirirse cuando una persona ha llegado a la vida adulta sin ellos”.
El alma, que es el Cristo oculto en todos nosotros, es el mediador entre el espíritu (el Padre) y el ser humano. Cristo hizo hincapié en esto cuando llamó la atención sobre la divinidad esencial del hombre, hablando de Dios como “nuestro Padre”, así como fue el Padre de Cristo. Era la luz lo que vino a mostrar y que vio en todos nosotros (oculta y velada) exhortándonos a que dejemos brillar esa luz. Nos desafió a mostrar la perfección que Él encarnó y ordenó que la demostráramos. Nos probó lo que era posible y pidió que lo expresemos. En esta forma excepcional de revelación, Cristo no tiene igual, porque fue el más grande, elevado y verdadero de los mensajeros que aparecieron en este mundo, pero no porque (¿ me atreveré a decirlo?) fuese el más grande de los que podían venir. No me atrevo a limitar a Dios así.
De acuerdo a la revelación evolutiva sobre la naturaleza de la divinidad, parece ser que Cristo fue la culminación del pasado, la indicación del futuro. ¿ No sería acaso posible que haya aspectos y características de la naturaleza divina, de los cuales no tengamos aún el más remoto concepto hasta ahora? ¿ No será probable que nuestro mecanismo sensible sea todavía inadecuado para captar la plenitud de Dios? ¿ No podrá ser que nuestro mecanismo de percepción requiera un mayor desarrollo evolutivo antes de que otras características divinas y espirituales puedan ser reveladas sin peligro a nosotros y en nosotros? Podrá haber futuras revelaciones de tan estupenda belleza y maravilla que ni siquiera podemos formarnos la menor idea de su posible delineamiento. De lo contrario Dios estaría limitado y estático, y sería incapaz de hacer más de lo que hizo. ¿ Cómo intentar decir que es posible para nosotros visualizar los límites de la naturaleza de la Deidad?
¿Cómo puede el intelecto humano creer con toda arrogancia que le es posible reconocer, aunque sea por medio de Cristo, los objetivos fundamentales de la Voluntad divina? La historia del desarrollo de la conciencia humana prueba que la verdad se ha dado en forma progresiva y que esa brillante galaxia constituida por los Instructores del Mundo dio una interpretación de la Deidad cada vez más amplia, llegando, en el transcurso del tiempo, a un mayor y creciente número. Cristo nos ha dado la revelación más elevada e incluyente a lo que la conciencia humana puede responder, hasta la era actual. Pero, ¿ cómo atrevernos a decir que no es posible para Dios hacer más, cuando estamos dispuestos a recibirlo? Para ello nos preparamos rápidamente. Hasta el propio Cristo dijo a Sus discípulos, “el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también, y aún mayores hará”

Comentarios
Publicar un comentario