Libro Octavo.


 Material compilado únicamente para las Adicciones sin fines de Lucro.

La Luz de Asia.
Edwin Arnold.

Libro Octavo.

Una vasta pradera se extiende a orillas del rápido Kohana, en Nagara; hay que

viajar durante cinco días en carretas de bueyes al Nordeste para ir de Benarés, la ciudad de

las pagodas, a este lugar. Los nevados picos del Himalaya dominan este país que todo el

año está cubierto de flores y de boscajes, cuya verdura mantienen las aguas del río; sus

pendientes son suaves, y frescas sus perfumadas sombras, y un soplo de salud, a pesar de

todo, reina todavía en estos sitios; el viento de la tarde rasa los espesos matorrales y la

aglomeración de piedras rojas esculpidas, hendidas por las raíces y las ramas de las higueras

cubiertas de un velo movedizo de hierbas y de follaje. La serpiente silenciosa se desliza

fuera de los artesonados de laca y cedro que se desmoronan y desenrolla sus anillos brillantes

en las losas de mármol perforado; el lacerto corre por los estrados de mosaico donde

caminaron los reyes; el zorro gris halla seguro asilo bajo los tronos rotos; solamente los picachos,

el río, las praderas en declive y las ligeras brisas no han cambiado. Todo lo demás,

desapareció, porque allí se levantaba la ciudad de Sudhodana y la colina donde una tarde de

crepúsculo de azul y oro el señor Buda se sentó para enseñar la Ley a los suyos que le escuchaban.

En los Libros Sagrados leeréis cómo reunidos en este sitio encantador —que en

otro tiempo fue jardín, con senderos en cuesta, fuente, estanques, terrazas rodeadas de rosas

y circundadas de alegres pabellones y de palacios con fachadas magníficas— se sentó el

Maestro, dominando a la multitud respetuosa que esperaba con recogimiento se abriesen

sus labios para enseñarles esta sabiduría que hizo dulce nuestra Asia; y cuatro mil lakhs de

almas pueden testificar lo que aconteció aquel día. Estaba sentado a la derecha de Rey y de

los Señores Sakyas; Anauda, Devadatta y toda la corte se agruparon en círculo a su alrededor;

detrás se encontraban Seryut y Mugallán, los primeros de los dulces hermanos de traje

amarillo que formaron su virtuosa compañía. Entre sus rodillas, Rahula sonreía, fijando sus

ojos de niño, asombrados, en el rostro imponente de su padre, mientras a sus pies estaba

sentada la dulce Yasodhara, libertada de los tormentos del corazón, y presintiendo este

amor feliz que no se alimenta con la ayuda de los sentidos efímeros, esta vida que no conoce

la vejez y esta muerte bendita, la última de todas, que viene cuando la Muerte está

muerta, la victoria de Siddartha y la suya. Colocó ella su mano entre las de Buda, y su sari

plateado cubrió los pliegues del amarillo traje de su esposo, siendo la persona más querida

para aquel cuya palabra esperan los tres mundos. No puedo dar ni siquiera una débil idea de

la espléndida lección, que salió de los labios de Buda. Soy un escriba que llegó tarde, que

ama al Maestro y a su amor por los hombres, narro su leyenda, sabiendo que era sabio, pero

que no tiene bastante ingenio para hablar sin la ayuda de los libros cuyos caracteres borró el

tiempo e hizo obscuro el antiguo sonido, que fuera en otro tiempo nuevo y poderoso y persuadiera

a todos los hombres. Conozco una parte de este gran discurso que pronunció Buda

en este dulce crepúsculo indio; se también que está escrito que los que lo escucharon fueron

muchos más numerosos que los que pueden verse; fueron lakhs y miríadas, todos los Devas

y los espíritus de los muertos se aglomeraron allí, porque los cielos estaban vacíos hasta la

séptima zona y los sombríos infiernos más recónditos abrieron sus barreras, además, la luz

del día se retardó más allá de su hora acostumbrada, alumbrando con su rosada luz los picachos

atentos, de manera que parecía que escuchaba en los valles y el día sobre las montañas,

sí, está escrito que la noche se detuvo entre ellos como una doncella del cielo herida

por repentino amor; las nubes ondulosas eran sus trenzados cabellos; las estrellas, las perlas

y diamantes de su corona; la luna su diadema, y las profundas tinieblas su vestidura. Era su

soplo contenido que venía en brisas perfumadas sobre las llanuras, mientras predicaba

nuestro Señor; y cuantos lo escucharon —extranjeros, esclavos de alta o baja casta, la sangre

arya o mletcha110 o habitantes de los juncales— creían escuchar su lengua natal. Y además

de esta multitudes de grandes y pequeños que se aglomeraron a orillas del río, las bestias,

los pájaros y los reptiles, está escrito —sintieron el amor universal de Buda y acogieron

las promesas de sus palabras compasivas, como sus vidas—, aprisionados en la forma

de un mono; de un tigre; de un gamo; de un oso hirsuto; de un chacal; de un lobo; de un

milano devorador de carroñas; de torcaces gris perla o de un pavo real vestido de pedrerías,

de un sapo encogido o de una manchada serpiente; de un lacerto; de un murciélago o hasta

de un pez que hendía las aguas del río, alcanzaron dulcemente los dinteles de la fraternidad

con el hombre, que tiene menos inocencia que estos animales; y con muda alegría aprendieron

que estaban rotos los lazos de su servidumbre, mientras Buda hablaba de esta manera

ante el Rey: “¡Om, Amitaya! No trates de medir con palabras lo Inconmensurable, ni de

hundir la sonda del pensamiento en lo Impenetrable. El que interroga se engaña, el que responde

se engaña. ¡No dice nada!

“Los libros enseñan que las tinieblas existían antes que todas las cosas, y Brahma

meditaba sólo en la noche; no contemplaba Brahma ni el origen, ni él ni ninguna luz pueden

ser vistos con ojos mortales, ni conocidos con ayuda del espíritu humano, uno después

de otro se levantarán los velos tras los primeros. Los astros siguen su curso y no preguntan.

Basta que la vida y la muerte, la alegría y el dolor permanezcan, así como la causa y el

efecto, y el curso del tiempo, y la marejada incesante de la existencia, que, siempre cambiante,

corre sin interrupción como un río cuyas olas se suceden, lentas o rápidas, las mismas

aunque diferentes, desde su lejano manantial hasta el mar donde se vierten. El mar,

evaporándose al Sol, restituye las pequeñas ondas perdidas, bajo la forma de nubes ligeras

que chorrearán de lo alto de la montaña, y correrán de nuevo, sin tregua y sin reposo. Esto

basta para comprender las apariencias, los Cielos, las Tierras, os Mundos y los cambios que

110 Bárbaros: nombre dado por los Aryos a los aborígenes que encontraron en la India.

los modifican, rueda poderosa que gira, movida con ahínco por la lucha y la fuerza sin que

nadie pueda detenerla ni ir en sentido inverso de su movimiento. ¡No supliquéis! ¡No se

iluminarán las tinieblas! ¡No pidáis nada al silencio, porque no puede hablar! ¡No atormentéis

por piadosos sufrimientos vuestros espíritus afligidos! ‘Ah! Hermanos, hermanas,

no esperéis nada de los dioses implacables, ofreciéndoles himnos y dones, no pretendáis

conquistarlos con sacrificios sangrientos; no los alimentéis con frutos y pasteles; hay que

buscar nuestra liberación en nosotros mismos; cada hombre se crea su cárcel, cada uno

tiene tanto poder como los más poderosos; porque para todas las Potencias que están encima,

alrededor y debajo de nosotros, como para las criaturas de carne y todo lo que vive ,

el cato es el que hace la alegría o el sufrimiento. Lo que fue trae lo que es, y lo que será,

peor o mejor, el último para el primero, el primero para el último; los Ángeles de los cielos

bienaventurados recogen los frutos de su pasado santo; los demonios en los mundos inferiores

llevan la pena de las acciones malas que en otro tiempo cometieran; nada dura; las bellas

virtudes caen en ruinas con el tiempo; así como los pecados inmundos se purifican. El

que penó como esclavo para volverse más tarde un príncipe, gracias a sus virtudes benéficas

y a los méritos que adquirió; el que fue Rey puede vagar sobre la tierra harapiento, a

causa de las cosas que hizo y de las que omitió hacer. Podéis elevar vuestro destino por encima

del de Indra, y hundirlo más bajo que el del gusano de la tierra o el átomo, miríadas de

existencias terminan en el primer resultado; miríadas de otras en el segundo. Sólo que,

mientras gira la rueda invisible, no hay ni paz, ni tregua, ni parada; el que asciende puede

caer, el que cae puede ascender; los rayos giran incesantemente.

“Si estuvieseis sujetos a la rueda del cambio sin que hubiese medio de romper

vuestras cadenas, el corazón del Ser libre sería maldito, el Alma de las cosas sería un cruel

dolor. ¡Pero no estáis atados! El Alma de las cosas es suave; el corazón del Ser tiene una

paz celeste; la voluntad es más fuerte que el dolor; lo que era bueno se torna mejor, y después

excelente. Yo, Buda q, Buda, que lloré todas las lágrimas de mis hermanos, yo, cuyo

corazón fue roto por el dolor del mundo entero, río y soy feliz, ¡porque he aquí la Libertad!

¡Oh! ¡Vosotros, los que sufrís, sabed que sufrís por vosotros mismos! Ningún otro os excita

u os retiene para haceros vivir o morir, y haceros gritar sobre la rueda y abrazar sus rayos

de agonía, sus llantos de lágrimas, su cubo de nada. ¡Escuchad, os voy a mostrar la Verdad!

Más bajo que le Infierno, más alto que el Cielo, más distante que las estrellas más lejanas,

más allá de la morada de Brahma, hay un Poder estable y divino, que existe antes del comienzo

y que no tendrá fin, eterno como el espacio y seguro como la certidumbre, que se

mueve hacia el bien y no sufre sino sus propias leyes. Es el que hace florecer los rosales, su

arte es el que fabrica las hojas de los lotos; bajo el suelo obscuro y en las simientes silenciosas,

es él quien teje el ropaje de la Primavera; he aquí su colorido en las nubes gloriosas

y sus esmeraldas en la cola del pavo real; los astros son sus moradas, la luz, el viento y la

lluvia sus esclavos, él hace salir de las tinieblas el corazón del hombre, y del huevo obscuro

el faisán de cuello alaciado; siempre en obra, hace amable lo que no era sino cólera y destrucción.

Los huevos grises en el nido del colibrí dorado con sus tesoros, las células hexagonales

de la abeja son sus vasijas de miel, la hormiga tiene sus preceptos, y los conoce

bien la paloma blanca. Despliega las alas del águila que levanta su presa a su arbitrio; hace

regresar a la loba cerca de sus lobeznos; encuentra alimento y amigos para los seres que

nadie ama. Nada le repugna ni le detiene; ama todo; hace brotar la dulce leche en el seno de

las madres; hace fluir también las gotas blancas que destilan los colmillos de las serpientes.

Regula la armonía de los globos en marcha por la bóveda infinita del cielo; oculta en los

abismos de la tierra el oro, las sardonias, los zafiros y las lazulitas. Elaborando sin cesar sus

misterios, se oculta en los verdes claros de las selvas y alimenta plantas extrañas al pie de

los cedros, inventando hojas, flores y briznas de hierba; mata y salva, sin otro fin que realizar

el Destino; la Muerte y el Dolor son las lanzaderas de su oficio, y el Amor y la Vida los

hilos. Hace y deshace, corrigiendo todo; lo que ejecutó es mejor que lo que existía antes; la

obra maestra que proyectó se perfecciona lentamente bajo sus manos hábiles. Tal es su obra

sobre las cosas que veis, pero las cosas invisibles tienen más importancia; los corazones y

los espíritus de los hombres, los pensamientos de los pueblos, sus caminos y sus voluntades

están sometidos también a la gran Ley. Invisible, os socorre con sus manos benéficas, no se

le oye, y sin embargo, habla más fuerte que la tempestad, La piedad y el amor son la

herencia del hombre, porque una larga violencia modeló la masa ciega. Nadie puede menospreciarlo,

quien le desobedece pierde, quien le sirve gana, retribuye el bien cubierto por

la paz y la felicidad, el mal oculto por los sufrimientos. Ve en todo lugar y percibe todo; sed

justo, él os recompensará, sed injusto, él os recibirá el salario merecido, aun cuando el

Dharma111 tardará en hacerse sentir. No conoce ni la cólera ni el perdón; sus medidas son

de una precisión absoluta, su balanza es infalible, el tiempo no existe para él, juzgará

mañana o largo tiempo después. Gracias a él, el asesino se hiere con su propia arma, el juez

injusto pierde su defensor, la lengua falaz condena su mentira, el ladrón rapaz y el

expoliador dan el producto de sus rapiñas. Tal es la Ley que se mueve hacia la Justicia, que

nadie puede evitar o detener, su corazón es el Amor, su fin es la Paz y la Perfección

exquisita. ¡Obedeced!

“Los libros dicen verdad, hermanos míos; la vida de cada hombre es el resultado

de sus existencias anteriores; los errores pasados traen los disgustos y los sufrimientos, el

bien pasado aporta la felicidad. Recogéis lo que sembrasteis. ¡Ved este campo! El sésamo

fue sésamo y trigo el trigo. El silencio y la sombra lo saben, ¡así nace el destino del hombre!

Viene a cosechar tanto sésamo o trigo como el que sembró en una existencia anterior,

y tantas hierbas malas y venenosas que enferman a él y a la tierra dolorosa. Si trabaja bien,

arrancándolas y plantando en su lugar semillas benéficas, el suelo será fecundo, hermoso y

puro, y será rica la cosecha. Si el que vive, aprendiendo de dónde viene el dolor, lo sufre

pacientemente, esforzándose en pagar las viejas deudas adquiridas por sus antiguas faltas,

practicando siempre el Amor y la Verdad, sin causarle mal a nadie, purga completamente

de mentira y de egoísmo su sangre, sufriendo todo con mansedumbre y no devolviendo sino

perdones y bien para las ofensas; si a cada día se vuelve más compasivo, santo, justo, amable

y sincero, y arranca el deseo de todos los lugares donde se aferra con raíces sangrientas,

hasta que el amor de la vida termine; si obra así, a su muerte comienza una nueva existencia

que es como la suma de su yo, una cuenta detenida de su existencia, cuyos males son

muertos y pagados, y cuyo bien, reciente o lejano, está vivo y poderoso, de tal manera, que

también recoge los frutos. Un hombre así no tiene necesidad de lo que llamamos vida; lo

que ha comenzado en él es la eternidad; realizó su destino humano. No padecerá ya tormentos,

no lo mancharán ya los pecados, el sufrimiento de las alegrías y los dolores terrenos

no turbarán ya su paz eterna, y las muertes y las existencias no recomenzarán para él.

Entra en el Nirvana. No forma más que uno con la Vida, y sin embargo, no vive; es bienaventurado,

porque cesó de ser. ¡Om, mani padmé, om!112 ¡La gota de rocío se pierde en el

seno del mar deslumbrante!

111 (Sáns.) Ley.

112 ¡Om, la joya en el loto! Plegaria de los budistas tibetanos. Buda está representado generalmente con una

flor de loto en la mano que contiene una joya.

“Tal es la doctrina del Karma. ¡Aprended! Sólo cuando desaparecieron todas las

escorias del pecado, sólo cuando la vida muere como una llama agotada, la muerte muere

completamente en ella. No digáis: “Soy”, “fui” o “seré”. No penséis que pasáis de una

habitación de carne a otras como viajeros que recuerda u olvidan que estuvieron bien o mal

alojados. La suma de las existencias anteriores, que constituye la última, torna nuevamente

en el universo; construye su morada como el gusano de seda el capullo que lo encierra,

toma su substancia y sus funciones, como el huevo de la serpiente, durante la incubación,

toma sus escamas y sus colmillos, como las semillas de los empenachados arbustos vuelan

encima de las rocas, de las tierras gredosas y los arenales, hasta que encuentran el pantano

propicio y se multiplican. Lo mismo acontece para el ser feliz o desgraciado, Cuando la

muerte hiere al asesino cruel, sus fragmentos impuros y ensangrentados vagan llevados por

vientos brumosos y pestilentes. Pero cuando el hombre bueno y justo muere, soplan suaves

brisas; el mundo se torna más hermoso, como un río del desierto que desaparece repentinamente

para reaparecer en seguida brillando con fulgor más puro. Así el mérito adquirido

hace alcanzar una era más venturosa, que está más alejada para el demérito; sin embargo, es

preciso que esta Ley de Amor reine soberanamente sobre el mundo entero antes de las

Kalpas se terminen. ¿Cuál es el obstáculo? ¡Hermanos míos! Es la obscuridad, que esparce

la ignorancia, la que os extravía y os hace tomar las apariencias como realidades y os inspira

el deseo ardiente de poseerlas, y cuando las tenéis, os atan a las concupiscencias, que

causan vuestros dolores. Vosotros que queréis seguir el camino del centro, trazado por la

clara Razón y aplanado por la dulce Quietud, vosotros que queréis conocer el camino elevado

del Nirvana, escuchad las cuatro nobles Verdades:

“La primera Verdad es la del Dolor. ¡No os dejéis engañar! La vida que amáis es

una larga agonía; sólo quedan sus penas, sus placeres son como pájaros que brillan y vuelan.

Sufrimiento del nacimiento, sufrimiento de los días desesperados, sufrimiento de la ardiente

juventud y de la edad madura, sufrimiento de los fríos y grises años de la vejez y sufrimiento

final de la muerte; he aquí lo que llena vuestra lastimosa existencia. El amor es

una cosa dulce, pero las llamas fúnebres deben besar los senos sobre los cuales descansáis y

los labios a los que unís los vuestros. Valerosa es la virtud guerrera, pero los buitres desgarran

los miembros del jefe y del Rey. La tierra es magnífica, pero todos los huéspedes de

sus selvas conspiran para su muerte recíproca, en su sed de vivir; los cielos son de zafiro,

pero los hombres hambrientos, por más que gritan, no hacen caer una gota de agua. Preguntad

a los enfermos, a los afligidos, preguntad al que claudica apoyado en su bastón, solo

y extraviado: “¿Amas la vida?” Y os dirán que el niño tiene razón al llorar desde que nace.

“La segunda Verdad es la Causa del Dolor. ¿Qué sufrimiento viene de sí mismo y

no del Deseo? Los sentidos y los objetos percibidos se encuentran y se enciende la viva

chispa de las pasiones; así se inflama Trishna, concupiscencia y sed de las cosas. Os aficionáis

desatinadamente a sombras, os ilusionáis con sueños, plantáis en medio un falso yo,

y establecéis a su alrededor un mundo imaginario. Estáis ciegos para las claridades supremas,

sordos para las voces de las brisas más suaves que vienen de más alto que el cielo de

Indra, mudos para los reclamos de la verdadera vida que conserva el que desechó la vida

engañosa. Así vienen las luchas y las concupiscencias que hacen reinar la guerra en el

mundo, así sufren los pobres corazones engañados y corren las lágrimas amargas, así cruzan

las pasiones, las envidias, las cóleras y los odios; así los años crueles, con los pies rojos

de sangre, siguen a los años manchados de carnicerías. Por esto, ahí donde debería brotar el

grano se extiende la hierba birán con su mala raíz y sus flores venenosas; con trabajo, las

buenas simientes encuentran suelo propicio donde puedan caer y brotar. Y el alma se va,

saturada de emponzoñados brebajes, y Karma renace con un deseo ardiente de beber de

nuevo; excitado por los sentidos, el Yo fogoso comienza otra vez y cosecha nuevos desencantos.

“La tercera Verdad es la Cesación del Dolor. La paz es la que debe vencer al amor

del Yo y el apego a la vida, arrancar de los pechos la pasión de raíces profundas y calmar la

lucha interior; así está satisfecho el amor de estrechar a la eterna hermosura; se tiene la gloria

de ser dueño de sí mismo y el placer de vivir por encima de los dioses; se poseen riquezas

infinitas, porque se amasa el tesoro de los servicios prestados, de los deberes cumplidos

con caridad, de las palabras benévolas y de la vida pura, no se perderán estas riquezas en el

curso de la existencia, y ninguna muerte las despreciará. Entonces desaparece el Dolor,

porque cesaron la Vida y la Muerte; ¿cómo puede alumbrar la lámpara cuyo aceite se consumió?

La vieja cuenta cargada de deudas está liquidada, la nueva está en blanco; así alcanza

la felicidad el hombre.

“La cuarta Verdad es la Vía. Está abierta, amplia y unida, accesible a todos los

pies, desembarazada y vecina al Noble Sendero Óctuple, que va recto a la paz y el refugio.

¡Escuchad! Numerosas huellas conducen a estos picos gemelos cubiertos de nieve, en torno

de los cuales se enredan las nubes doradas; trepando por las pendientes suaves o escarpadas

se llega a las cimas donde aparece otro mundo. Los que tienen miembros vigorosos pueden

afrontar el camino recto y peligroso que va directamente por el flanco de la montaña; los

débiles están obligados a dar rodeos por caminos más largos, descansando en muchos lugares.

Tal es el Sendero Óctuple que conduce a la paz; camina por alturas más o menos

abruptas. El alma animosa se apresura, el alma débil se atrasa, todas alcanzarán las nieves

bañadas de sol.

“La primera práctica buena es la Doctrina recta; caminad con el temor de la

Dharma, evitando toda ofensa; pensad en el Karma que hace el destino del hombre, y gobernad

vuestros sentidos.

“La segunda es la Intención recta. Tened buenos sentimientos para todo lo que

vive; sofocad en vosotros la malevolencia, la avidez y la cólera, de tal manera que vuestras

existencias se asemejen a las suaves brisas que pasan.

“La tercera es el Lenguaje recto. Vigilad vuestros labios como si fueran las puertas

de un palacio habitado por un Rey; que todas vuestras palabras sean tranquilas, francas

y corteses, como si estuviera presente su Majestad.

“La cuarta es la Conducta recta. Que cada una de vuestras acciones ataque una

falta o ayude a crecer un mérito; como se ve el hilo de plata a través de las cuentas de cristal

de un collar, dejad que el amor aparezca a través de vuestras buenas acciones.

“Hay cuatro rutas más elevadas. Pero sólo pueden seguirlas los pies que no hollarán

más las cosas terrestres; son la Pureza recta, el Pensamiento recto, la Soledad recta y

el Éxtasis recto. ¡No pretendas volar hacia el sol almas cuyas alas no tienen plumas

todavía! ¡El aire de las regiones inferiores es suave, y los instrumentos domésticos a los que

estás acostumbrada no son peligrosos! Solamente los seres vigorosos pueden abandonar el

nido que cada uno se construye. El amor de la mujer y del niño son preciosos, lo sé; la

amistad y los entretenimientos de la vida son agradables; las caridades amables de una vida

virtuosa son útiles; sus temores, aunque falsos, están anclados sólidamente. Vivid así los

que estáis obligados; haced de vuestra debilidad una escala de oro; elevaos, por la práctica

diaria de estas apariencias, hasta las verdades más dignas de ser amadas. Así llegaréis a más

serenas cumbres, ascenderéis más fácilmente, encontraréis menos abrumador el peso de

vuestras culpas y adquiriréis una voluntad más firme para quebrantar los lazos de los

sentidos, entrando en el Sendero. El que comienza de este modo alcanza el Primer Grado,

conoce las Nobles Verdades y la Ruta Óctuple, tarde o temprano alcanzará la morada

bendita del Nirvana.

“El que llega al Segundo Grado, emancipado de las dudas, las ilusiones y la lucha

interior, dueño de todas las concupiscencias y libertado de los sacerdotes y de los libros, no

tendrá que vivir sino una existencia.

“Más allá se encuentra el Tercer Grado; allí, el espíritu majestuoso se ha vuelto

puro, se ha elevado hasta el amor de todos los seres y a la paz perfecta. Está terminada la

vida y destruida la cárcel de ella. Pero algunos sobrepasan seguramente a todo lo que es

vivo y visible, para alcanzar el fin supremo por el Cuarto Grado, el de los Santos —los

Budas— de almas inmaculadas. ¡Ved! Como enemigos crueles, degollados por un guerrero,

los diez Pecados yacen en el polvo a lo largo de estos Grados: desde luego, el Egoísmo, la

falsa Fe, la Duda, el Odio y la Concupiscencia. El que venció a estos cinco pecados franqueó

tres de los cuatro Grados; pero quedan todavía el Amor de la vida sobre la tierra, el

Deseo del cielo, el Amor propio, el Error y el Orgullo. Como el que permanece en estas cimas

nevadas sólo tiene por encima de él el azul infinito, así el hombre, cuando mató estos

últimos pecados, llegó a la zona del Nirvana. Los dioses colocados debajo de él, lo envidian;

la ruina de los Tres mundos no lo alteraría; para él toda vida está vivida, todas las

muertes están muertas; no le construirá el Karma nuevas moradas. No buscando nada, posee

todo; su Yo desaparece y se funde en el universo; si algunos enseñan que el Nirvana es

la cesación del ser, decidles que mienten. Si algunos enseñan que el Nirvana es vivir, decidles

que se engañan, porque no saben nada a este respecto, ignoran qué luz brilla encima

de sus lámparas rotas, y que la felicidad está fuera de la vida y del tiempo. ¡Entrad en el

Sendero! ¡No hay peor dolor que el Odio, ni sufrimiento como el de la Pasión, ni engaño

como el de la Sensación! ¡Entrad en el Sendero! Ya está muy avanzado el que aplasta con

los pies su pecado preferido. ¡Entrad en el Sendero! ¡Allí manan las fuentes benéficas que

aplacan cualquiera sed, allí florecen las inmortales flores que tapizan alegremente todos los

caminos! ¡Allí se apresuran las horas más ligeras y más dulces!

“El tesoro de la Ley es más precioso que las joyas, su dulzura es superior a la de la

miel; sus delicias sobrepasan a cualquiera comparación. Para vivir así, escuchad bien las

Cinco Reglas:

“No matéis, sed compasivos, y no detengáis en su camino ascendente al ser más

ínfimo.

“Dad y recibid libremente, pro no le toméis a nadie sus bienes por avidez, por medio

de la violencia o el fraude.

“No levantéis falsos testimonios, no calumniéis, no mintáis; la verdad es la expresión

de la pureza interior.

“Evitad las drogas y las bebidas que turban el espíritu, iluminad vuestros espíritus,

purificad vuestro cuerpo; no hagáis uso del jugo del Soma.

“No toquéis a la mujer de vuestro vecino y no cometáis pecados carnales ilegítimos

y contra la Naturaleza”.

Después habló el Maestro de los deberes para con los padres, los hijos, los camaradas,

los amigos enseñando cómo los que no pueden quebrantar desde luego las estrechas

cadenas de los sentidos, cuyos pies son muy débiles para escalar el camino más abrupto,

deben ordenar su vida carnal de tal modo que aquí abajo todos sus días transcurran irreprochables

y en la realización de obras caritativas; que intente sus primeros pasos mal seguros

en el Sendero Óctuple, que vivan puros, humildes, pacientes, compasivos, que amen a todos

los seres como a sí mismos; porque lo que es malo es el resultado del mal cometido en el

pasado, y lo que es bueno proviene del bien anterior. Dijo que, obrando de este modo, el

hombre se libra del Yo y socorre al mundo; que así se vuelve más feliz en la vida siguiente,

pasa a un ser más perfecto. Después narró lo que sigue: largo tiempo antes, cuando nuestro

Señor se paseaba cerca de Radhagrija, en el bosque de bambúes, un día, al despuntar la aurora,

vio al jefe de una familia Singala que, después de haberse bañado, saludaba a la tierra

con la cabeza descubierta, al cielo y a los cuatro puntos cardinales, arrojando con ambas

manos arroz blanco y rojo. “¿Por qué te inclinas así, hermano mío?”, preguntó el Maestro.

“¡Es la regla, Señor! —respondió. Nuestros padres nos enseñaron que a cada aurora antes

de ponerse a trabajar, hay que conjurar el mal que viene del cielo que nos cubre, de la tierra

que está bajo nuestros pies y de todos los vientos que soplan”. Entonces, aquel al que honra

el mundo, dijo: “No riegues arroz, sino ofrece a todos pensamientos y actos de amor, a tus

padres mirando hacia el Este de donde viene la luz; a tus maestros, volviéndote al Sur, de

donde vienen ricos presentes, a tu mujer y a tus hijos, mirando al Oeste, donde brillan tiernos

y apacibles colores y donde acaban todos los días; a tus amigos, a tus parientes y a todos

los hombres, mirando hacia el Norte, a los seres más humildes, inclinándote a la tierra;

a los Santos; a los Ángeles y a los muertos bienaventurados, contemplando el cielo, así se

evitarán todos los males, y habrás, como conviene, honrado las seis direcciones principales”.

Pero a los suyos, a los revestidos con la túnica amarilla, a los que, como águilas

en su despertar, vuelan con desdén del valle bajo de la vida, y llevan su ímpetu hacia el sol,

a éstos les enseñó las Diez Observancias (el Dasa-Sil); dijo que un asceta de conocer las

Tres Puertas y los Triples Pensamientos, los Séptuples Estados del Alma, los Quíntuples

Poderes, las Ocho grandes Puertas de la Pureza, los Modos de la Inteligencia Idhi,

Upeksha, las Cinco Grandes Meditaciones, que son un alimento más dulce que el Amrit

para las almas santas; los Sjhanas y los Tres principales Refugios; enseñó también a los suyos

cuáles deben ser sus habitaciones, cómo deben vivir libres de los lazos del amor y la riqueza,

lo que deben comer, beber y llevar, tres vestidos sencillos de color amarillo y de tela

cosida, dejando al descubierto la espalda, un cinturón, una vasija y un colador113. Estableció

también las sólidas bases de nuestro Sangha, esta noble orden del traje amarillo, que existe

todavía en nuestros días para salud del mundo.

Habló así toda la noche, enseñando la Ley, y nadie sintió que el sueño cerrara sus

ojos, porque cuantos le escucharon se regocijaban con una alegría infatigable. El mismo

Rey, cuando terminó el sermón, se levantó de su trono, y con los pies desnudos se inclinó

profundamente ante su hijo, besó la orla de su túnica y le dijo: “Acéptame, hijo mío, como

el más humilde y el último de tus compañeros”. Y la dulce Yasodhara, por completo feliz

entonces, exclamó: “¡Bienaventurado! Da en herencia a Rahula el tesoro real de tu palabra”.

Y de este modo entraron en el Sendero estas tres personas.

Aquí concluye lo que escribí, yo que amo al Maestro a causa de su amor hacia nosotros.

Sé poco y dije pocas cosas sobre el Señor y las Vías de la Paz.

Durante cuarenta y cinco años continuados indicó estas vías en muchos países y

en muchas lenguas, y dio a nuestra Asia esta luz que brilla siempre y que conquista el

mundo por el soplo de su gracia poderosa. Todo esto está escrito en los Libros Santos, así

como los lugares donde aconteció y los emperadores que hicieron grabar sus dulces pala-

113 Para filtrar el agua, con el objeto de absorber los animalillos que en ella se encuentran.

bras en las rocas y las cavernas114, y cómo —cuando se cumplieron los tiempos— el Buda,

el gran Tathagata, murió como un hombre, en medio de los hombres, habiendo terminado

su obra; y cómo millares y millares de lakhs de personas han seguido después el Sendero

que conduce adonde él se fue, al Nirvana, donde mora el Silencio.

¡Oh, Señor Bendito! ¡Oh poderoso liberador! Excusa la debilidad de este escrito

que te hace conocer mal, porque con débil inteligencia mide tu amor sublime. ¡Oh! Tú que

nos amas, Hermano, Guía, Lámpara de la Ley, me refugio en tu nombre y en Ti. Me

refugio en tu Ley del Bien. Me refugio en tu Regla. ¡Om, el rocío brilla sobre el loto!

¡Levántate, gran Sol! ¡Levanta mi hoja y mézclame a la onda! ¡Om, mani padmé, om! ¡Se

eleva la aurora, la gota de rocío se pierde en el seno del mar deslumbrador!

114 Las inscripciones de Asoka, que se han encontrado en gran número en todo el Norte de la India.


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