Libro Séptimo.
Material compilado únicamente para las Adicciones sin fines de Lucro.
La Luz de Asia.
Edwin Arnold.
Libro Séptimo.
El pesar agobiaba al rey Sudhodana
durante estos largos años, y en medio de su
corte de señores Sakyas añoraba la voz
y la presencia de su hijo; el pesar agobiaba también
a la dulce Yasodhara, que durante estos
largos años no conoció ninguna de las alegrías de la
vida, estando viuda de su señor y Amo.
Y cada vez que había oído hablar de un anacoreta
que había sido visto en países lejanos
por camelleros pastores, o por mercaderes que el cebo
de la ganancia condujera por apartados
senderos, los mensajeros del Rey partían y regresaban,
contando que habían visto santos
ascetas solitarios y sin morada; pero no se tuvo
nueva ninguna del que había sido el
coronamiento de la raza pura Kapilavastu, la gloria y la
esperanza de su monarca y el único amor
de la dulce Yasodhara, y que, a pesar de todo,
partiera lejos, olvidoso, muy cambiado,
acaso muerto.
Pero un día de la estación Vasanta99,
cuando las yemas argentadas brillaban sobre
los manglares y toda la tierra estaba
revestida de un manto primaveral, la Princesa estaba
sentada cerca del claro río del jardín,
cuyo brillante cristal guarnecido de lotos, reflejaba tan
a menudo en los tiempos felices ya
pasados, sus manos enlazadas y sus labios unidos en un
beso. Sus párpados estaban fatigados
por las lágrimas, sus tiernas mejillas enflaquecidas, la
graciosa curva de sus labios contraída
por el dolor; sus cabellos de brillantes reflejos estaban
ocultos y anudados como los usan las
viudas, no traía ningún adorno, y ninguna joya
prendía su vestido de duelo tosco y
blanco cruzado sobre su pecho. Sus piececitos delicados
se movían lentamente y con pena; ellos,
que en otro tiempo tenían la agilidad de los de la
gacela y la ligereza de la hoja de
rosa, cuando la voz amante de su esposo la llamaba. Sus
ojos, esas lámparas del amor, que en
otro tiempo eran como rayos del sol brillante en el
seno de la profunda obscuridad, opacos
ahora y vagando al acaso, apenas de daban cuenta
de las maravillas de la naciente
primavera, tan bajos tenía los párpados sedosos. En una de
99 La primavera.
las manos tenía un cíngulo adornado de
perlas, el de Siddartha, que guardaba como un tesoro
desde la noche de su partida.
—¡ Ah noche cruel, madre de los días de
la aflicción! ¿Qué amor fue tan implacable
para el amor como aquel que desdeñó
reducirlo a los límites de la vida?— Con la otra
mano conducía a su hijo, un niño de
hermosura divina, prenda dejada por Siddartha; se llamaba
Rahula, y tenía entonces siete años.
Caminaba alegremente al lado de su madre, con
el corazón regocijado al ver abrirse
sobre el mundo las floraciones primaverales.
Se detuvieron cerca de los estanques
cubiertos de lotos, y Rahula, riendo a sus reflejos,
arrojó arroz a los peces azules y
rojos; y ella, mirando a las grulla de rápido vuelo,
suspiró: “¡Oh criaturas aladas! Si en
vuestros viajes veis el sito donde mi amado Señor está
oculto, decidle que Yasodhara está
lista para morir a una palabra de su boca, a una caricia
de su mano”. Mientras la madre
suspiraba y jugaba el niño, algunas damas de las corte vinieron
y le dijeron: “Gran Princesa, entraron
por la puerta del Sur unos mercaderes de
Hastinpur, llamados Tripusha y Bhaluk,
hombres de importancia, que vienen de las playas
del mar tempestuoso, y que traen
maravillosos tejidos bordados de oro, hojas flameantes de
acero dorado, vasos de cincelado cobre,
marfiles, especias, hierbas y pájaros desconocidos,
tesoros de los pueblos lejanos; pero
traen uno que sobrepuja a todos, porque vieron a Él, a
tu Señor, a nuestro Señor, la esperanza
de todos los países, ¡Siddartha! Le han visto cara a
cara, y lo han adorado inclinando sus
frentes hasta el polvo, y le ofrecieron presentes; porque
se volvió, como estaba predicho, un
Revelador de la Sabiduría, honrado por todo el
mundo santo y prodigioso, un Buda que
ha liberado a todos los hombres, y salva a todas las
criaturas con dulces palabras y una
compasión inmensa como el cielo, y he aquí que viene
él hacia estos lugares, a juzgar por lo
que dicen”.
Entonces la sangre Yasodhara saltó
alegremente en sus venas, como las aguas del
Ganges cuando comienzan a fundirse las
primeras nieves en la montaña; se levantó, batió
las manos y rompió a reír con los ojos
bañados en lágrimas; —“¡Oh! —gritó ella—.
Hacedles venir de prisa cerca de mi
purdah100, porque mis oídos
tienen sed, como una garganta
seca, de beber sus nuevas benditas.
Introducidles y decidles que si es exacto, llenaré
sus cinturones de tanto oro y piedras
preciosas, que los envidiarán los reyes; venid también
vosotras, mis damas, porque tendréis en
esta ocasión recompensas, si los presentes pueden
expresar el reconocimiento de mi
corazón”.
Llegaron los mercaderes al palacio del
Placer y adelantaron a pasos lentos por sus
dorados senderos, con los pies
desnudos, en medio de las jóvenes que los miraban, y se maravillaron
de los esplendores de esta corte,
Cuando llegaron tras el purdah escucharon una
voz tierna y llena de ansiedad, trémula
y melodiosa, que dijo: “Venís de muy lejos, hermosos
Sires, y habéis visto a mi Señor, y lo
habéis adorado, porque se tornó un Buda adorado
por el mundo entero, santo y libertador
de los hombres, y está en camino hacia estos lugares.
¡Hablad! Porque si es así, seréis los
amigos de mi casa, bien venidos y amados”.
Tripusha respondió: “Vimos a este
Maestro sagrado, ¡oh Princesa! Nos prosternamos
a sus pies, porque el que era un
Príncipe se tornó más grande que el Rey de los reyes.
Bajo el árbol Bodhi, a orillas del
Falgu, se realizó por él la obra que debe salvar al
mundo, por él, el Amigo y el Príncipe
de todos los hombres, que es tuyo sobre todo, noble
dama, cuyas lágrimas le valieron al
mundo el consuelo de la palabra del Maestro. ¡Escucha!
Se encuentra bien, como un hombre que
está por encima de todos los males, exceptuado
100 En el
Norte de la India, las mujeres de alta casta no pueden mostrarse a los
extranjeros, y deben, para
conversar con ellos, permanecer ocultas tras una tapicería.
como un Dios de todas las miserias
terrenas, radioso de la Verdad que acaba de aparecer,
dorado y deslumbrador. Cuando pasa de
ciudad en ciudad, predicando los nobles medios
que conducen a la paz, los corazones de
los hombres siguen su camino, como se juntan las
hojas al soplo del viento o como el
ganado sigue al que conoce dónde están los pastos. Nosotros
mismos escuchamos con respeto, cerca de
Gaya, en el verde bosque Tchirnika, su
boca maravillosa. Estará aquí antes de
las primeras lluvias”.
Así habló y Yasodhara, sofocada de
alegría, apenas pudo responder. “¡Sed felices
ahora y siempre, dignos amigos que
traéis buenas nuevas! Pero en cuanto a esta grande
obra, ¿sabéis cómo se realizó?”
Entonces Bhaluk contó, según el decir
de la gente del valle, esta noche terrible de
luchas, cuando se obscureció el aire
con sombras diabólicas, tembló toda la tierra y las
aguas se hincharon a la cólera de Mara,
Dijo también que espléndida apareció el alba radiosa
con las esperanzas que nacían para los
hombres, y cómo fue encontrado el Señor regocijándose
bajo su árbol. Pero, dijo él, durante
muchos días el fardo de la liberación descansó
sobre su corazón como un lingote de
oro, porque era preciso hacerlo escapar a todos
los tormentos de la duda para llevarlo
sin daño a las riberas de la Verdad; porque, como
pensó Buda, los hombres que aman sus
pecados y se engríen con los engaños de los sentidos
y beben en mil fuentes del error, no
tienen entendimiento para ver ni energía para romper
el lazo carnal que los ata, ¿cómo
podrían conocer las doce Nidanas101 y la Ley
liberatriz, cuya novedad les espanta,
lo mismo que el pájaro enjaulado se aleja de la puerta
abierta? No habremos gozado de las
ventajas de la victoria, si en esta tierra sin refugio,
Buda que encontró el camino, la hubiese
juzgado demasiado ardua para los pies de los
mortales y hubiese pasado sin ser
seguido por nadie. Así, pues, nuestro Señor, en su
compasión, reflexionó; pero en este
momento resonó una voz tan desgarradora como el
grito del alumbramiento, como si la
tierra gimiese; “Seguramente estamos perdidas mis
criaturas y yo”. Luego, después de un
silencio, el viento del Oeste murmuró esta
imploración: “¡Oh Ser poderoso, permite
que sea divulgada tu gran Ley!” Entonces el
Maestro demoró en las criaturas sus
miradas; vio que eran las que debían escuchar la Ley y
las que debían esperarla, lo mismo que
el sol ardiente que dora los lagos cubiertos de lotos
ve cuáles botones están próximos a
abrirse a sus rayos y cuáles los que aún no salen de sus
tallos; entonces dijo sonriendo
divinamente: “Sí, voy a predicar; que los quieran
escucharme aprendan la Ley”.
Después —dijeron— atravesó las montañas
que fue a Benarés, donde instruyó a
los Cinco, mostrándoles como deben ser
destruidas la vida y la muerte, y cómo el hombre
no sufre otro destino que el que se
creó por sus acciones pasadas, ni otros infiernos que el
que él se hace, que ningún cielo está
bastante elevado para aquellos que vencieron sus pasiones.
Esto aconteció el décimoquinto día de
Vaishaya102, en pleno mediodía,
y esa noche
hizo luna llena.
101 Las doce
Nidanas son las doce condiciones de la existencia, que se encadenan por la ley
de causa y efecto:
la comprobación fundamental es que el
dolor es inherente al ser; la causa del dolor es el nacimiento, la cusa
del nacimiento es la concepción, la
cusa de la concepción es el deseo, éste proviene de la sensación, que tiene
por causa el contacto; el contacto
tiene por causa los sentidos; los sentidos tiene por causa la forma expresada
por el nombre (nama-rupa), que tiene
por causa el entendimiento, en entendimiento tiene por causa los
conceptos, causados a su vez por la
ignorancia (avidya), de donde se desprende: que es preciso suprimir esta
última para alcanzar la felicidad.
102 Mes que corresponde al fin de mayo y principio de junio.
Entre los Rishis, Kaundinya el primero
adquirió las cuatro Verdades y entró en el
Sendero, y después de él Bkadraka,
Asvadith, Basava, Mahanama; luego, en el parque de
los gamos, el príncipe Yasad y
cincuenta y cuatro gentiles-hombres, sentados a los pies del
Buda, escucharon la palabra bendita del
Maestro, le adoraron y le siguieron; porque la paz
y la ciencia de la era nueva abierta a
los hombres nacieron en los corazones de todos los
que le escucharon, como brotan la
verdura y las flores cuando salta el agua en una llanura
sabulosa.
Estos sesenta discípulos —siguieron
diciendo— fueron enviados por nuestro Señor
para enseñar la Ruta
después de que hubieran aprendido a dominarse y estuvieron
libres
de sus pasiones; por lo que hace al que
honra al mundo, dejó el parque de los gamos e
Isipathan para ir hacia el Sur, a
Yashti, y en el reino del rey Bimbisara, donde predicó durante
numerosos días; después que fueron
convertidos el rey Bimbisara y su pueblo, aprendieron
la Ley del Amor y las reglas de la
vida. Y dio él al Maestro (después de verter agua
en las manos de Buda)103
el
Jardín de los bambúes, llamado Weluvana,
donde se encuentran
ríos, cavernas y claros deliciosos, y
el Rey colocó allí una piedra en la que hizo grabar esta
inscripción: “Los efectos y la causa de
la vida, Tathagata104 nos lo enseñó claramente, lo
que libra del mal de la vida, nuestro
Señor nos lo hizo saber”.
Y en este jardín —dijeron— hubo una
gran asamblea, donde el Maestro enseñó la
sabiduría y el poder, ganando todas las
almas que le escuchaban, de tal modo, que novecientas
personas vistieron el traje amarillo,
semejante al del Maestro, y propagaron su Ley,
y he aquí el precepto por el cual
termina:
“El mal aumenta las deudas que tienen
que pagarse, el bien liberta y paga; evita el
mal, haz el bien; conserva tu imperio
sobre ti mismo. Tal es la Ruta”.
Cuando hubieron terminado de hablar de
él, la Princesa los recompensó con presentes
y cumplimientos más preciosos que las
joyas: “¿Pero por qué camino pasa mi Señor?,
preguntó ella. Los mercaderes dijeron:
WA sesenta vodhans de los muros de la ciudad,
en dirección de Radhagriha donde el
sendero fácil pasa por Sona y las montañas.
Nuestros bueyes, que hacen ocho koss
por día, llegan en un mes”.
Al saber esta nueva, el Rey envió
gentiles-hombres de su corte de caballeros en
soberbios corceles, nueve mensajeros
separados, y cada embajador estaba encargado de decir:
“El rey Sudhodana, envejecido por los
siete años, durante los cuales estuvo privado de
ti no cesó de buscarte; ruega a su hijo
que vuelva a tomar posesión del trono y del pueblo
de este reino que suspira después de
él, por el temor de morir antes de haber visto nuevamente
tu rostro”. Yasodhara envió también
nueve caballeros encargados de decirle: “La
Princesa de tu casa, la madre de
Rahula, desea ardientemente ver tu rostro como el grávido
corazón de las caléndulas suspira por
la luna, como los pálidos botones de asokas aguardan
el pie de una mujer105;
si encontraste más de lo que habías perdido, ella reclama su parte, la
de Rahula, pero sobre todo te reclama a
ti”. Los Señores Sakyas partieron apresuradamente,
pero aconteció que cada uno de ellos
entró en el Jardín de los bambúes a la hora en que
Buda enseñaba su Ley; y cada uno al
escucharle, se olvidó de hablar, no pensó más en el
Rey y su mensaje ni en la triste
Princesa; no tuvieron miradas sino para el Maestro, sus corazones
seducidos estuvieron suspensos de los
labios sagrados, que murmuraban palabras
103 Forma de
la donación, según el derecho indostánico antiguo.
104 Literalmente,
el que obra de la misma manera; es uno de los nombres de Siddartha, que indica que siguió
la misma vía que los Budas anteriores.
105 El
Ramayana cuenta que Sita, refugiado en un matorral de asoka, fue blanco de las
obsesiones del demonio
Ravana, y resistió victoriosamente; por esto las mujeres indias veneran el asoka y comen sus flores.
llenas de compasión y de autoridad,
perfectas, puras y que iluminaban todas las cosas.
¡Ved! Como una abeja robando para su
colmena, que ve mogras en abundancia y siente esparcido
en el aire su exquisito perfume, no
piensa en que está ya plena de miel; no le da
cuidado que caigan la noche o la
lluvia, es preciso que sacie su instinto sobre estas flores
deliciosas y beba su néctar, así estos
mensajeros, uno después de otro, escuchando los discursos
del Buda, descuidaron el objeto de su
viaje, y olvidados de todos los demás, se mezclaron
al auditorio del Maestro. Por esto
envío el Rey a Udayi, el más grande personaje de
la corte y el más fiel, que había sido
el compañero de juegos de Siddartha en días más felices:
éste atravesando el Jardín, se tapó los
oídos con copos de algodón; escapó así al peligro
sublime de estos lugares, y repitió el
mensaje del Rey y de la Princesa.
Entonces nuestro Señor abatió
dulcemente su cabeza, y dijo delante de la multitud
congregada: “Seguramente iré; es mi
deber y es mi voluntad; que nadie omita reverenciar a
los que dieron la vida, de donde viene
el medio de no vivir ya ni de morir, sino de llegar
sano y salvo al Nirvana bendecido, si
se observa la ley, si se libra uno de pasados errores,
sin añadir nuevos, y si se alcanza el
amor perfecto y la caridad que inspira el amor. Decidle
al Rey y a la Princesa que me pongo ya
en camino para ir a encontrarlos”. A esta nueva el
pueblo de Kapilavastu la blanca y de
los contornos se preparó para recibir a su Príncipe. En
la puerta del Sur se levantó un
brillante pabellón con pilares enguirnaldados de flores y tapicerías
de seda roja y verde bordadas de oro;
se alfombraron los caminos con ramas olorosas
de nim y de mango, y se regaron
opulentamente muhsukhs106 de esencias de
sándalo y
jazmín en el polvo, y flotaron las
banderas; y el día en que llegaría, una orden previno
cuántos elefantes de haudas107
de
plata y de dorados colmillos debían alinearse frente al
vado; dónde redoblarían los tambores
para anunciar la llegada de Siddartha, adónde saldrían
a su encuentro los señores para
saludarlo, y en qué lugar debían arrojar las flores las
bayaderas, danzando y cantando, de modo
que su corcel se hundiese hasta las corvas en las
rosas y las balsaminas, y que los
senderos estuviesen bellos, y la ciudad vibrara a los sones
de la música y la alegría ruidosa. Tal
fue la orden dada, y cada uno escuchó atentamente
para oír el primer sonido del tambor
que anunciaba su llegada.
Pero Yasodhara, deseosa de preceder a
los demás, fue en su litera hasta los muros
de la ciudad, en el lugar en donde se
levantaba el brillante pabellón. Alrededor se extendía
un magnífico jardín, llamado Nigrodha,
sombreado por datileros, de verdes penachos, recientemente
arreglado, de aspecto risueño, con sus
senderos tortuosos y sus cuadros de
frutos y flores; porque la ruta del Sur
se dilataba de un lado guarnecida por árboles floridos,
y del otro por chozas del barrio donde
vivían, fuera de las puertas de la ciudad, las gentes
de baja casta, pueblo pobre y paciente,
cuyo contacto sería una grave mancha para el
Kshatrya y el sacerdote de Brama. Esta
gente también esperó con ansiedad, levantándose
antes de la aurora para ver el
horizonte, para treparse a los árboles y escuchar desde allí el
lejano bramido de los elefantes o el
sonido del tambor de la pagoda, y como nadie venía, se
pretendían arreglar modestos adornos en
honor del Príncipe, barriendo los umbrales de sus
puertas, desplegando banderas,
ensartando acanaladas hojas de higuera para hacer guirnaldas,
limpiando el Lingam, cubriendo con
follajes nuevos el arco de triunfo de la ciudad, ya
marchito, y preguntando sin cesar a los
viajeros si se había encontrado algún obstáculo en
el camino el gran Siddartha. La
Princesa los miró con sus hermosos ojos lánguidos, y como
ellos exploraba el camino del Sur, como
ellos aguzaba el oído para oír si los transeúntes
106 Muhsukhs
(ind.), odres de piel de cabra de los que se sirven para regar las calles.
107 Hauda, asiento o litera que se coloca en el dorso del elefante.
daban nuevas de la ruta. Sucedió que
vio ella a un hombre que se aproximaba a pasos lentos,
con la cabeza rasurada, sobre la
espalda un vestido amarillo, y en torno de la cintura el
manto de los eremitas, y que tenía en
la mano una escudilla en forma de calabazo que tendía
un momento a la puerta de cada choza,
recibiendo limosnas con admirable muestras de
agradecimiento, y continuando su camino
sin un reproche cuando nada se le daba. Le seguían
dos hombres vestidos con el traje
amarillo, pero el que llevaba la escudilla parecía tan
majestuoso, tan respetable, esparcía a
su paso una impresión tan imponente y seducía a tal
grado a todo el mundo con sus dulces
ojos de Santo, que al tenderle sus limosnas los moradores
le miraban con respeto, y algunos se
prosternaban con adoración, y otros iban a buscar
nuevos dones, lamentando ser pobres, de
manera que poco a poco los niños, los hombres
y las mujeres caminaban tras sus
huellas cuchicheando: “¿Quién es? ¿Quién? ¿Cuándo
ha tenido un Rishi este aspecto?” Pero
cuando llegó con su lento paso cerca del pabellón, se
levantó repentinamente la puerta de
seda, y Yasodhara, sin velo, se cruzó en su camino
gritando: “¡Siddartha! ¡Señor!” con los
ojos brillantes y las manos juntas; después cayó soñando
sollozando a sus pies y permaneció así.
Más tarde, cuando la afligida Princesa
fue internada en el noble sendero y alguien
suplicó a Buda que le dijese por qué
habiendo hecho voto de renunciar a toda pasión
humana y al contacto, suave como una
flor y conquistador, de las manos de la mujer, había
soportado este abrazo, el Maestro dijo:
“El más grande como el más pequeño están sujetos
al amor, aunque el primero se eleva a
alturas más serenas. Poned cuidado en que ninguna
alma liberada de los lazos hiera a las
almas todavía atadas con la ostentación de su libertad.
Sois tanto más libres cuanto vuestra
libertad fue adquirida por la paciencia y los suaves
procedimientos de la sabiduría. Tres
eras de largas pruebas llevan a los Bodhisats108
—que
serán los guías y salvadores de este
mundo obscuro— a la liberación: la primera es la firme
Resolución;
la segunda la de la Tentativa,
y la tercera la de la Nominación. ¡Ved!
Viví en la
era de la resolución, deseando el bien,
buscando la sabiduría, pero mis ojos estaban sellados.
Contad los granos de este campo de
higueras, y esos años hace que fui Ram, un mercader
de la costa meridional, situada frente
a Lanka, donde se ocultan las perlas. En estos
tiempos remotos, Yasodhara vivía
conmigo en nuestra ciudad a orillas del mar, era encantadora
como hoy, y tenía por nombre Lukshmi.
Recuerdo que partí a un viaje para ganar
nuestra vida, porque nuestra casa era
pobre y humilde. Ella, con lágrimas ardientes, me suplicó
que no partiese y que no afrontara los
peligros de la tierra y el mar. “¿Cómo podrá
abandonar el amor al que ama?”, gimió
ella, Sin embargo, partí, intentando la aventura;
pasé el estrecho, y después de
tempestades y de pruebas, después de una lucha encarnizada
con las criaturas del abismo y de
incesantes sufrimientos, buscando en el mar le arranqué
una perla brillante como la luna, tal,
que los reyes se desprenderían de sus tesoros para poseerla.
Luego regresé gozoso a las montañas;
pero el hambre asolaba el país, caí enfermo de
inanición en mi viaje de vuelta, y con
gran trabajo llegué a mi morada, ocultando en mi
cinturón esta joya pura del mar. Pero
tampoco allí había alimento, y en el umbral, aquella
por la que había penado tanto —más que
por mí mismo— yacía muda, próxima a morir,
falta de un poco de grano. Entonces
grité: “Si alguien tiene grano aquí, he aquí el precio de
un reino por una existencia. Dadme
alimento para Lukshmi y tomad mi perla brillante
como la luna”. A estas palabras, un
vecino trajo el resto de su provisión, tres seres109
de
108 Bodhisats
o Bodhisatwas: los que alcanzaron la sabiduría suprema (Bodhi) y que, sin
embargo, consienten,
para bien de la Humanidad, en seguir
siendo criaturas (satwas); están destinados s volverse Budas en una
futura existencia.
109 Medida de capacidad que equivale poco más o menos a medio litro.
mijo, y tomó la joya maravillosa. Pero
Lukshmi vivió y suspiró, volviendo a la vida: “¡Ah!
Me amas en efecto”. Cambié mi perla a
propósito en esa vida, para reconfortar un corazón
y un espíritu abatidos; pero estas
perlas puras, mis últimas conquistas, arrancadas a una ola
más profunda —las doce Nidanas y la ley
del Bien— no pueden ser cambiadas ni empañadas,
y deben alcanzar su hermosura perfecta
dándolas por nada. Porque lo que un hormiguero
es al lado del monte Merú, lo que es el
charco de agua formado por el rocío de paso
de un corzo saltador en comparación de
los mares infinitos, fue mi don de otro tiempo en
comparación de lo que ahora he hecho.
Así, el amor, vuelto más vasto una vez libre de las
ataduras de los sentidos, fue muy sabio
cediendo a un corazón más débil, y de este modo,
los pies de la dulce Yasodhara lo
condujeron a la paz y a la felicidad, siendo guiados tiernamente”.
Pero cuando supo el Rey que había
llegado Siddartha rasurado, cubierto con el lúgubre
traje de los mendigos y tendiendo una
escudilla para recoger los restos de la pitanza
de la gente de baja casta, un pesar
rencoroso expulsó el amor de su corazón. Tres veces escupió
la tierra, se arrancó la plateada barba
y salió precipitadamente, mientras los cortesanos
temblaban a su paso. Montó, frunciendo
las cejas, en su caballo de guerra, le hundió las
espuelas, e inflamado de cólera corrió
a través de las avenidas y de las calles, llenas de una
multitud sofocada de asombro, que
apenas pudo decir: “¡El Rey! ¡Prosternaos!”, antes que
hubiese pasado el ruidoso galope de su
corcel. Al dar vuelta al muro de la pagoda, desde
donde se veía la puerta del Sur,
encontró a una gran multitud que obstruía el paso y aumentaba
sin cesar, siguiendo a Siddartha, cuya
serena mirada se cruzó con la del viejo Rey.
Y la cólera de éste desapareció cuando
Buda fijó sus ojos llenos de dulzura y de respeto en
las cejas fruncidas de su padre; luego
los bajó y se arrodilló ante él con noble humildad.
Porque se enterneció al ver al
Príncipe, al comprenderlo, la percibir la gloria celeste que coronaba
su frente y esa majestad que hacía
caminar tras sus huellas a todos los hombres en
medio de un silencio respetuoso.
Sin embargo, el Rey dijo: “¿Es posible
que el gran Siddartha torne furtivamente a
su reino vestido de harapos, rasurado,
con sandalias y mendigando su alimento a las gentes
de baja casta, él, cuya vida era la de
un Dios? ¡Hijo mío! ¡Heredero de este espacioso imperio
y heredero de reyes, que con sólo batir
las manos podías hacerte traer por servidores solícitos
cuanto puede producir la tierra! Debías
llegar con los honores propios de tu rango,
rodeado de chispeantes lanzas y del
rumor de hombres y caballos. ¡Mira! Todos mis caballos
están acampados en el camino, y toda mi
ciudad espera a las puertas, ¿dónde moraste
durante estos malos años, mientras tu
padre gemía bajo su corona y tu esposa vivía aquí
como las viudas, renunciando a todas
las alegrías, no escuchando jamás los cantos y la música,
sin ponerse nunca su traje de fiesta,
hasta ese día en que, cubierta con su vestido de
oro, vino a recibir a su esposo
mendicante, vestido con pingajos amarillos? ¿Por qué hiciste
esto hijo?
“Padre mío —respondió Buda—, es la
costumbre de mi raza”.
“Tu raza —replicó el Rey— cuenta cien
tronos desde Maha Sammat, pero nunca
una acción como esta”.
“No hablo de mi línea mortal —dijo el
Maestro—, sino de la descendencia invisible
de los Budas, pasados y futuros. Soy
uno de ellos, y lo que hicieron lo hago yo, y lo que
ahora sucede aconteció otras veces; en
otro tiempo, Un Rey, cubierto con su armadura, vino
también a la puerta de su ciudad para
recibir a su hijo, un Príncipe vestido como un ermitaño,
y este Salvador predestinado de los
mundos, superior por su amor y su imperio sobre
sí mismo a los reyes más grandes por su omnipotencia, se prosternó, como lo hago ahora, y
ofreció su amor y humildad a aquel
hacia el cual estaba ligado por una deuda de ternura, las
primicias del tesoro que había traído,
por esto os las ofrezco ahora”.
Entonces el Rey, sorprendido, preguntó:
“¿Qué tesoro?” Y el Maestro tomó suavemente
la mano real, y continuó su camino a
través de las calles y el pueblo respetuoso,
teniendo a su lado al Rey y a la
Princesa, y dijo cosas que infundían paz y pureza, estas
cuatro nobles Verdades que contienen
toda la sabiduría, como las playas contienen los
Océanos; dijo las ocho Reglas, con la
ayuda de las cuales, cada uno, monarca o esclavo,
puede, si lo quiere, seguir el Sendero
perfecto que contiene cuatro Tiempos y ocho Preceptos,
con ayuda de los cuales, los que viven,
poderoso o miserables, sabios o ignorantes, deben
tarde o temprano, escapar a los ciclos
de la vida y alcanzar el Nirvana bendito. Llegaron
así a la entrada del palacio, Sudhodana
con la frente desarrugada, bebiendo las palabras
benéficas y llevando en la mano la
escudilla de Buda, mientras una luz nueva iluminaba los
ojos encantadores de la dulce Yasodhara
y secaba sus lágrimas; y esa noche entraron en la
Vía de la Paz.

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