Ocho Versos para Adiestrar la Mente
Material compilado únicamente para las Adicciones sin fines de Lucro.
Su Santidad el Dalai Lama.
ADIESTRAR LA MENTE
Ocho Versos para Adiestrar la Mente
Los siete primeros versos de los Ocho Versos para Adiestrar la Mente tratan
de las prácticas asociadas con el cultivo del aspecto del método del camino,
que son la compasión, el altruismo, la aspiración de alcanzar la budeidad, etc.
El octavo verso se centra en las prácticas para el cultivo del aspecto de la
sabiduría del camino.
Verso 1
Pensando en que todos los seres sentientes son aún más valiosos que la
joya que colma los deseos, con el fin de alcanzar el supremo propósito, pueda
yo siempre considerarles preciosos. Estas cuatro líneas tratan del cultivo del
amor hacia todos los seres sentientes. Lo que recalca principalmente este verso
es que se debe desarrollar una actitud que permita considerar a los demás como
seres preciosos, como si de joyas preciosas se tratara. Se podría preguntar:
"¿Por qué necesitamos cultivar el pensamiento de que los demás seres
sentientes son tan preciados y valiosos?". En cierto sentido, podemos
decir que los demás seres sentientes son realmente la fuente principal de todas
nuestras experiencias de alegría, felicidad y prosperidad, y no sólo en lo que
se refiere a nuestro trato cotidiano con otras personas. Podemos ver que todas
las experiencias deseables que apreciamos o aspiramos a obtener dependen de la
cooperación y la interacción con otros seres sentientes. Es un hecho evidente.
Del mismo modo, desde el punto de vista de un practicante del camino, muchos de
los elevados niveles de logros que se adquieren y el progreso que se obtiene en
el viaje espiritual dependen de la cooperación y de la interacción con los
otros seres sentientes. Además, en el estado resultante de la budeidad, las
actividades realmente compasivas de un buda sólo pueden surgir espontáneamente y
sin esfuerzo alguno en relación con los seres sentientes, pues son ellos los
recipientes y beneficiarios de esas actividades iluminadas. Así pues, no es
difícil comprender que los demás seres sentientes son, en cierto sentido, la
verdadera fuente de nuestra alegría, prosperidad y felicidad.
La alegría y las comodidades básicas de la vida, como la comida, el
cobijo, la ropa y las compañías, dependen de otros seres sentientes, y lo mismo
ocurre con la fama y el renombre. Nuestro confort y seguridad dependen de las
percepciones que otras personas tengan de nosotros y del afecto que sientan por
nosotros. Es casi como si el afecto humano fuera la base misma de nuestra
existencia. Nuestra vida no puede empezar sin afecto y nuestro sustento y
crecimiento adecuados, etc., depende de él. Para adquirir una mente serena,
cuanto mayor sea el afecto que sientas por los demás, mayor será tu
satisfacción. Yo creo que cuando más te interesas por los demás, más positivo
es el aspecto de los demás que aparece ante ti. Se debe a tu propia actitud.
Por otra parte, si rechazas a los demás, éstos aparecerán ante ti mismo de un
modo negativo.
Otra cosa que tengo clara es que, cuando piensas sólo en ti, se estrecha el
punto de mira de tu mente y, debido a este enfoque estrecho, las cosas desagradables
se magnifican y te dan miedo, te hacen sentir incómodo y te das cuenta de que
estás sufriendo. Sin embargo, en el momento en que piensas en los demás
sintiendo afecto por ellos, la mente se expande. Dentro de ese ángulo más
amplio, los problemas personales parecen no tener importancia y ésta es la gran
diferencia. Si te preocupas por los demás, manifestarás una fortaleza interior
a pesar de tus propias situaciones difíciles. Con esta fortaleza, tus problemas
personales parecerán más pequeños y menos fastidiosos. Cuando vas más allá de
tus problemas y cuidas de los demás, adquieres fortaleza interior, confianza en
ti mismo, valentía y una mayor sensación de serenidad. Éste es un claro ejemplo
de la manera que nuestra forma de pensar puede cambiar nuestras experiencias.
La Guía de los Modos de Proceder del Bodhisattva (Bodicariavatara)
especifica que existe una diferencia fenomenológica entre el dolor que se
experimenta cuando uno toma sobre sí mismo el de otro ser y el dolor que procede
directamente del propio dolor y sufrimiento. En el primer caso hay un elemento
desagradable, porque se está compartiendo el sufrimiento de los demás; no
obstante, como señala Shantideva, hay también un determinado grado de
estabilidad pues, en cierto sentido, ese dolor se está aceptando voluntariamente.
El hecho de participar voluntariamente en el sufrimiento de otros genera
fortaleza y confianza en uno mismo. Pero en el segundo caso, cuando se
experimenta el propio dolor y sufrimiento, hay un elemento involuntario y,
debido a la falta de control, la persona se siente débil y completamente
agobiada.
En las enseñanzas budistas sobre altruismo y compasión se emplean expresiones
como: "Uno debe ignorar su propio bienestar y desear el bienestar de los
demás". Es importante comprender en su propio contexto estas afirmaciones referentes
a la práctica de compartir voluntariamente el dolor y el sufrimiento de otro
ser. Lo fundamental, aquí, es que si no tienes capacidad para amarte a ti
mismo, simplemente no hay bases sobre las que construir un sincero afecto por
los demás. Amarse a sí mismo no significa que uno esté en deuda consigo mismo. Más
bien, la capacidad de amarse a sí mismo o de ser amable con uno mismo ha de
basarse en un hecho muy fundamental de la existencia humana: nuestra tendencia
natural a desear felicidad y a evitar el sufrimiento. Cuando existan esas bases
en uno mismo, uno podrá extenderlas a otros seres sentientes. Así pues, cuando
encontramos en las enseñanzas afirmaciones como, “ignora tu propio bienestar y
desea el bienestar de los demás”, debemos comprenderlas en el contexto de
adiestrarse según el ideal de la compasión. Esto es importante si no queremos
dejarnos llevar por un modo egoísta de pensar, que ignora el impacto de las
propias acciones en otros seres sentientes.
Como he dicho antes, es posible desarrollar la actitud de considerar a los
demás seres sentientes como seres preciosos cuando se reconoce el importante
papel que su amabilidad juega en la propia experiencia de alegría, felicidad y
éxito. Ésta es la primera consideración. La segunda es que, mediante el
análisis y la contemplación, podemos llegar a comprender que gran parte de la
desdicha, el sufrimiento y el dolor que experimentamos resulta, en verdad, de
una actitud egocéntrica que busca el propio bienestar a expensas de otros,
mientras que gran parte de la alegría, la felicidad y el sentimiento de
seguridad en nuestras vidas surge de pensamientos y emociones que buscan el
bienestar de otros seres sentientes. Contrastando estas dos formas de
pensamiento y emoción, uno se convence de la necesidad de considerar el
bienestar de los demás como algo muy valioso.
Existe otro hecho con respecto al cultivo de pensamientos y emociones que
aprecian el bienestar de los demás: el interés propio y los propios deseos son
satisfechos como consecuencia de trabajar para otros seres sentientes. Como
señala Ye Tsongkapa en Gran Exposición del Camino a la Iluminación (Lamrim
Chenmo): "Cuando el practicante se implica en actividades y pensamientos
que están centrados y dirigidos al logro del bienestar de otros, verá realizada
su propia aspiración, sin tener que hacer para ello esfuerzo alguno".
Quizá ya habéis oído el comentario que hago muy a menudo de que, en cierto
sentido, los bodisatvas, los practicantes compasivos del camino budista, son inteligentemente
egoístas, mientras que las personas como nosotros somos egoístas estúpidos.
Pensamos en nosotros e ignoramos a los demás y el resultado es que siempre nos
sentimos desgraciados y sufrimos. Ha llegado el momento de pensar con más
sabiduría, ¿no es cierto? Esto es, al menos, lo que yo creo. En un momento dado
puede plantearse la siguiente pregunta: "¿Es posible cambiar realmente
nuestra actitud?". Mi respuesta, basándome en mi pequeña experiencia, es,
sin dudarlo: ¡Sí! Y me parece evidente. La mente es muy peculiar. A veces es
tozuda y cuesta mucho hacerla cambiar pero, con un esfuerzo continuo y un
convencimiento basado en la razón, puede llegar a ser muy honesta. Cuando
realmente sentimos necesidad de cambiar, nuestra mente puede hacerlo. La mente
no se transformará sólo con desearlo y rezar, no obstante, con convencimiento y
razón, una razón basada en última instancia en la propia experiencia, podremos
transformarla.
El tiempo es también un factor importante y, con tiempo, las actitudes mentales
pueden cambiar. Estoy seguro. Una cosa que debo aclarar aquí es que algunas
personas, especialmente las que se consideran realistas y prácticas, son
demasiado realistas y están demasiado obsesionadas con el aspecto práctico.
Quizá piensen: “Estas ideas de desear la felicidad de todos los seres
sentientes y de cultivar pensamientos de apreciar el bienestar de todos los
seres no son realistas, son excesivamente idealistas. No contribuyen de ningún
modo a la transformación de la propia mente o al desarrollo de alguna
disciplina mental porque son completamente inalcanzables”.
Quienes piensen de esta manera, quizá consideren más eficaz empezar por
un círculo reducido de personas con las que uno tenga una interacción directa
y, más adelante, ampliar e incrementar los parámetros. Quizá crean que no tiene
sentido alguno pensar en todos los seres sentientes, ya que hay un número
infinito de ellos y, aunque puedan sentir cierta conexión con los seres humanos
que viven en su mismo planeta, consideran que los infinitos seres sentientes en
sus múltiples sistemas de mundos y universos no tienen nada que ver con su
propia experiencia como individuo. Probablemente se pregunten; “¿Qué sentido
tiene tratar de cultivar la mente que intenta incluir dentro de su esfera a todos
y cada uno de los seres vivos?”.
Ésta podría ser, en cierto modo, una objeción válida, pero lo que es
importante, aquí, es comprender el impacto de cultivar tales sentimientos
altruistas. La cuestión es intentar ampliar el radio de acción de la propia
empatía hasta que llegue a abarcar a toda forma de vida con capacidad para sentir
dolor y experimentar felicidad. Es cuestión de definir un organismo vivo como
un ser sentiente. Este sentimiento es muy poderoso y no hay necesidad de ser
capaz de identificar en términos específicos a cada uno de los seres vivos para
que sea eficaz. Tomemos, por ejemplo, la naturaleza universal de la
impermanencia. Cuando cultivamos el pensamiento de que las cosas y los
acontecimientos son impermanentes, no necesitamos analizar individualmente cada
elemento que exista en el universo para poder convencernos de ello.
La mente no funciona así. Es importante comprender este punto. En el
primer verso se hace una referencia explícita al agente "yo": "Pueda
yo considerar siempre a los demás como seres preciosos". Quizá pueda ser
útil, en este estadio, dar una breve explicación de lo que significa este
"yo" según la comprensión budista. Generalmente, nadie discute si las
personas, tú, yo y los demás, existen. Nadie pone en duda la existencia de
alguien que pasa por una experiencia de sufrimiento. Decimos: “veo a tal
persona”, “oigo a tal persona”, y utilizamos constantemente el pronombre de la
primera persona en nuestro discurso. No hay discusión sobre la existencia del
nivel convencional del “yo” que todos nosotros experimentamos en nuestra vida
cotidiana. No obstante, surgen preguntas cuando intentamos comprender lo que es
realmente ese “yo” o "entidad". Para profundizar en estas cuestiones,
debemos tratar de llevar el análisis un poco más allá de nuestra vida
cotidiana, podemos, por ejemplo, pensar en nuestra juventud. Cuando recordamos
algo de nuestra juventud, nos identificamos íntimamente con el estado de aquel cuerpo
y con el sentimiento del “yo” de aquella época.
Cuando éramos jóvenes había un “yo”. Cuando nos hacemos mayores hay un
“yo”. Y también hay un “yo” que abarca ambos estadios. Un individuo puede
recordar sus experiencias de juventud. Un individuo puede pensar en las
experiencias de su vejez, etc. Podemos ver que existe una estrecha
identificación con nuestros estados físicos y con nuestro sentimiento de un
“yo”, con nuestra consciencia del “yo”. Muchos filósofos y los pensadores
religiosos en particular, han tratado de comprender la naturaleza del
individuo, ese “yo”, que mantiene la continuidad a lo largo del tiempo. Esto ha
tenido una importancia relevante en la tradición india. Las escuelas no
budistas indias hablan del Atman, que se traduce, generalmente, como “yo” o “alma”.
Y en otras tradiciones no budistas se dan explicaciones acerca del “alma"
del ser, etc. El Atman, en el contexto indio, tiene el significado específico
de un agente que es independiente de los hechos empíricos del individuo. En la
tradición hindú, por ejemplo, se cree en la reencarnación, lo que ha dado lugar
a un gran número de debates. También he hallado referencias sobre ciertas
formas de prácticas místicas en las que una consciencia o alma asume el cuerpo de
una persona que acaba de fallecer. Si queremos que la reencarnación tenga
sentido, si queremos que tenga sentido el que un alma asuma otro cuerpo,
entonces, tiene que postularse por un agente independiente que sea independiente
de los hechos empíricos del individuo. Por lo general, las escuelas indias no
budistas han llegado a la conclusión de que el “yo” se refiere realmente a este
agente independiente o Atman, a lo que es independiente de nuestro cuerpo y
mente. Las tradiciones budistas en su totalidad han rechazado la tentación de
postular por un “yo”, un Atman o un alma que sea independiente de nuestro
cuerpo y mente.
Entre las escuelas budistas hay consenso sobre el punto de que el “yo” o
la “entidad” ha de ser comprendido en términos de la agregación de cuerpo y
mente. Pero cuando hablamos de lo que se quiere decir exactamente con el
término “yo” o “persona", encontramos divergencia de opiniones incluso
entre los pensadores budistas. Muchas escuelas budistas mantienen que, en el
análisis final, debemos identificar el “yo” con la consciencia de la persona.
Mediante el análisis, podemos demostrar que nuestro cuerpo es como un hecho
contingente y que lo que continúa a través del tiempo es la consciencia del
ser.
Evidentemente, otros pensadores budistas han refutado la moción que identifica
el “yo” con la consciencia. Budapalita y Chandrakirti, por ejemplo, han
rechazado la propuesta de buscar un “yo” que more o permanezca eternamente.
Argumentan que seguir ese tipo de razonamiento es, en cierto sentido, sucumbir
a la arraigada necesidad de aferrarse a algo. Un análisis de la naturaleza del
“yo”, de acuerdo con este planteamiento, no producirá nada porque la búsqueda
aquí implicada es metafísica; es la búsqueda de un “yo” metafísico en la cual,
como defienden Budapalita y Chandrakirti, vamos más allá del ámbito de la comprensión
del lenguaje de cada día y de la experiencia de cada día. Por consiguiente, el
“yo”, la persona y el agente han de ser comprendidos puramente en términos del modo
en que experimentamos y sentimos nuestro “yo”. No tenemos que rebasar el nivel
de comprensión convencional del “yo” y de la persona.
Debemos comprender nuestra existencia en términos de una existencia física y mental, de forma que el “yo” y la persona sean entendidos, en cierto sentido, como designaciones dependientes de la mente y el cuerpo. Chandrakirti utiliza el ejemplo del carro en su Guía del Camino del Centro (Madiamakavatara). Cuando sometemos a análisis el concepto “carro", no podemos hallar ningún carro metafísicamente o substancialmente real que sea independiente de las partes que constituyen el carro. Pero esto no quiere decir que el carro no exista. Del mismo modo, cuando sometemos el “yo”, la naturaleza del “yo”, a este mismo análisis, no podemos encontrar un “yo” que sea independiente de la mente y el cuerpo que constituyen la existencia del individuo o del ser. Esta comprensión del “yo” como un ser originado dependientemente tiene que ser extendida también a nuestra comprensión de otros seres sentientes. Los otros seres sentientes son, una vez más, designaciones que dependen de la existencia física y mental. La existencia física y mental está basada en los agregados, que son los componentes psicofísicos de los seres.

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