Jesús. Lucha con los fariseos - la huida a cesárea - la transfiguración


Recopilación exclusivamente sin fines de lucro para las Adicciones.
Edouard Schure – Los Grandes Iniciados
Jesús
La misión del Cristo

Lucha con los fariseos - la huida a cesárea - la transfiguración

Duró dos años aquella primavera galilea, en que, bajo la palabra de Cristo, los lirios angélicos relumbrantes parecían florecer en el aire embalsamado, y la aurora del reino del cielo levantarse sobre las atentas muchedumbres. Pero pronto se ensombreció el cielo, atravesado por siniestros relámpagos, heraldos de una catástrofe. La tempestad estalló sobre la pequeña familia espiritual como una de esas tempestades que barren el lago de Genezareth y tragan en su furia las débiles barquillas de los pescadores. Si los discípulos quedaron consternados, Jesús no se sorprendió, pues lo esperaba. Imposible era que su predicación y popularidad creciente no inquietasen a las autoridades religiosas de los judíos. Imposible también que la lucha entre ellas y él no se entablase a fondo. Aún más; la luz sólo de tal choque podía salir.

Los fariseos formaban en tiempo de Jesús un cuerpo compacto de seis mil hombres. Su nombre, Pershing, significaba: los separados o distinguidos. De un patriotismo exaltado, con frecuencia heroico, pero estrecho y orgulloso, representaban el partido de la restauración nacional; su existencia sólo databa de los Macabeos. Al lado de la tradición escrita admitían una tradición oral. Creían en los ángeles, en la vida futura, en la resurrección: pero esos vislumbres de esoterismo que les llegaban de Persia, quedaban ahogados bajo las tinieblas de una interpretación grosera y material. Estrictos observadores de la ley, pero enteramente opuestos al espíritu de los profetas, que colocaban la religión en el amor de Dios y de los hombres, hacían consistir la piedad en los ritos y en las prácticas, los ayunos y las penitencias públicas. Se les veía en los grandes días recorrer las calles, con la cara cubierta de hollín, clamando oraciones con aire contrito y distribuyendo limosnas con ostentación. Por lo demás, vivían con lujo, trabajando con codicia por obtener los cargos y el poder. Sin embargo, eran los jefes del partido democrático y tenían al pueblo bajo su mano. Los saduceos, por el contrario, representaban el partido sacerdotal y aristocrático y se componían de familias que pretendían ejercer el sacerdocio por derecho de herencia desde los tiempos de David. Conservadores a ultranza, rechazaban la tradición oral, sólo admitían la letra de la ley, negaban el alma y la vida futura. Se burlaban igualmente de las prácticas penosas de los fariseos y de sus extravagantes creencias. Para ellos la religión consistía únicamente en las ceremonias sacerdotales. Habían tenido en sus manos el pontificado bajo los seleúcidas, entendiéndose perfectamente con los paganos, impregnándose de sofisma griego y aun de epicureísmo elegante. Bajo los Macabeos, los fariseos les habían arrojado del pontificado. Pero bajo Herodes y los romanos, habían vuelto a ocupar su lugar. Eran hombres duros y tenaces, sacerdotes vividores que sólo tenían una fe: la de su superioridad, y una idea: guardar el poder que poseían por tradición.

¿Qué podía ver en aquella religión, Jesús, el iniciado, el heredero de los profetas, el vidente de Engaddi, que buscaba en el orden social la imagen del orden divino, en que la justicia reina sobre la vida, la ciencia sobre la justicia, el amor y la sabiduría sobre las tres?. ― En el templo, en lugar de la ciencia suprema y de la iniciación, la ignorancia materialista y agnóstica, considerando a la religión como un instrumento de poder; en otros términos: la impostura sacerdotal. ― En las escuelas y las sinagogas, en lugar del pan de vida y del rocío celeste para los corazones, una moral interesada, recubierta por una devoción formalista, es decir, la hipocresía. ― Muy lejos, sobre ellos, envuelto en un nimbo, César todopoderoso, apoteosis del mal, deificación de la materia; César, solo Dios del mundo de entonces, solo dueño y amo posible de los saduceos y fariseos, quiéranlo o no. ― Habiendo formado Jesús, como los profetas, su idea en el esoterismo persa, ¿Tenía o no razón en llamar a aquel reino el reino de Satán o de Ahrimán, es decir, la dominación de la materia sobre el espíritu a la que quería substituir la del espíritu sobre la materia?. Como todos los grandes reformadores, atacaba, no a los hombres, que por excepción podían ser excelentes, sino a las doctrinas y a las instituciones en que se encastilla la mayoría. Era preciso que la guerra fuese declarada a los poderes del día.

La lucha se entabló en las sinagogas de Galilea para continuar bajo los pórticos del templo de Jerusalén, donde Jesús se estacionaba, predicando y haciendo frente a sus adversarios. En esto, como en toda su carrera, Jesús obra con esa mezcla de prudencia y de audacia, de reserva meditativa y de acción impetuosa que caracterizaba su naturaleza maravillosamente equilibrada. No tomó la ofensiva contra sus adversarios, esperó su ataque para contestarles. El ataque no se hizo esperar. Los fariseos estaban celosos de su fama desde el principio, a causa de sus curaciones. Pronto sospecharon en él a su enemigo más peligroso. Entonces le abordaron con esa urbanidad burlona, esa maldad astuta velada por hipócrita dulzura que les era propia y habitual.

Cual sabios doctores, hombres de importancia y de autoridad, le pidieron razón de su trato con los empleados de baja clase y gentes de mala vida. ¿Por qué sus discípulos osaban rebuscar espigas el día del sábado?. Eran violaciones graves contra sus prescripciones. Jesús les respondió, con su dulzura y amplitud de ideas, con palabras de ternura y mansedumbre. Ensayó sobre ellos su verbo de amor. Les habló del amor de Dios, que se regocija más de un pecador arrepentido que de algunos justos. Les contó la parábola de la oveja perdida y del hijo pródigo. Embarazados, se callaron al pronto; más habiéndose concertado de nuevo, volvieron a la carga reprochándole el curar enfermos en sábado. “¡Hipócritas!

respondió Jesús con un relámpago de indignación en los ojos —, ¿No quitáis la cadena del cuello de vuestros bueyes para conducirles al abrevadero el día del sábado, y la hija de Abraham no va a poder ser libertada tal día de las cadenas de Satán?”. No sabiendo ya qué decir, los fariseos le acusaron de expulsar los demonios en nombre de Belzebuth. Jesús les respondió, con tanto tacto y sutileza como profundidad, que el diablo no se expulsa a sí mismo, y agregó que el pecado contra el Hijo del Hombre será perdonado, pero no el cometido contra el Espíritu Santo, queriendo decir con ello que hacía poco caso de las injurias contra su persona, pero que negar el Bien y la Verdad cuando se ven, es la perversidad intelectual, el vicio supremo, el mal irremediable. Estas palabras eran una declaración de guerra. Le llamaban:

¡Blasfemo!; a lo que respondía: ¡Hipócritas!. ¡Secuaz de Belzebuth!; a lo que respondía: ¡Raza de víboras!. A partir de ese momento, la lucha fue envenenándose y creciendo siempre. Jesús desplegó en ella una dialéctica fina y apretada, incisiva. Su palabra fustigaba como un látigo, atravesaba como un dardo. Había cambiado de táctica; en lugar de defenderse, atacaba y respondía a las acusaciones con acusaciones más fuertes, sin piedad para el vicio radical: la hipocresía. “¿Por qué saltáis sobre la Ley de Dios a causa de vuestra tradición?. Dios ha ordenado: Honra a tu padre y a tu madre; vosotros dispensáis de honrarlos cuando el dinero afluye al templo: Sólo servís a Isaías con los labios, sois devotos sin corazón”.

Jesús no cesaba de ser dueño de sí mismo; pero se exaltaba, se crecía en aquella lucha. A medida que le atacaban, se afirmaba más alto como Mesías. Comenzaba a amenazar al templo, a predicar la desgracia de Israel, a hacer alusión a los paganos, decir que el Señor enviaría otros obreros a su viña. Entonces, los fariseos de Jerusalén se excitaron. Viendo que no podían cerrarle la boca ni comprarle, cambiaron a su vez de táctica, imaginando un lazo para perderle. Le enviaron comisionados para hacerle decir una herejía que permitiera al sanhedrín prenderle como blasfemo, en nombre de la ley de Moisés, o condenarle como rebelde por el gobernador romano. De ahí la cuestión insidiosa sobre la mujer adúltera y sobre la moneda de César. Penetrando siempre en los designios de sus enemigos, Jesús los desarmó con sus respuestas, cual profundo psicólogo y estratega hábil. Viendo que era imposible perderle de ese modo, los fariseos trataron de intimidarle acosándole a cada paso. Ya la masa del pueblo, trabajada por ellos, se apartaba de él viendo que no restauraba el reino de Israel. Por todos lados, hasta en la más pequeña aldea, encontraba caras cautelosas e incrédulas, espías para vigilarle, emisarios pérfidos para descorazonarle. Algunos fueron a decirle: “Retírate de aquí, pues Herodes (Antipas) quiere hacerte morir”. Jesús respondió seguro de sí mismo: “Decid a ese zorro que nunca ocurre que muera un profeta fuera de Jerusalén”. Sin embargo, tuvo que pasar varias veces el lago de Tiberiades y refugiarse en la costa oriental, para evitar aquellas celadas. Ya no estaba en seguridad en punto alguno. En este tiempo ocurrió la muerte de Juan el Bautista, a quien Antipas había hecho cortar la cabeza, en la fortaleza de Makerus. Se dice que Aníbal, al ver la cabeza de su hermano Asdrúbal, muerto por los romanos, exclamó: “Ahora reconozco el destino de Cartago”. Jesús pudo reconocer su propio destino en la muerte de su predecesor. De él no dudaba desde su visión de Engaddi; no había comenzado su obra sin aceptar la muerte de antemano; y sin embargo, aquella noticia, traída por los discípulos entristecidos del predicador del desierto, emocionó a Jesús como una fúnebre advertencia. Entonces exclamó: “No le han reconocido, pero le han hecho lo que han querido; así es como el Hijo del Hombre expiró por ellos”.

Los doce se inquietaban; Jesús vacilaba sobre el camino que había de seguir. No quería dejarse coger, sino ofrecerse voluntariamente una vez terminada la obra y morir como profeta a la hora elegida por él mismo. Acosado hacía ya un año, habituado a ocultarse del enemigo por medio de marchas y contramarchas, asqueado del pueblo cuyo enfriamiento sentía después de los días de entusiasmo, Jesús resolvió otra vez más huir con los suyos. Llegado a la cumbre de una montaña con los doce, se volvió para mirar por última vez su lago amado, en las orillas del cual había querido hacer lucir el alba del reino de los cielos. Abarcó con la mirada aquellos pueblos de la orilla o de las laderas de los montes anegados en sus oasis de verdes plantaciones y blancos bajo el velo dorado del crepúsculo, todas aquellas aldeas queridas donde había sembrado la palabra de vida y que ahora le abandonaban. Tuvo el presentimiento del porvenir. Con mirada profética, vio aquel país espléndido cambiado en desierto bajo la mano vengadora de Ismael, y estas palabras sin cólera, pero llenas de amargura y de melancolía, salieron de su boca: “¡Desgraciada de ti, Cafarnaúm!. ¡Desdichada, Korazaín!. ¡Infeliz Betsaida!”. Luego, volviéndose hacia el mundo pagano, tomó con los apóstoles el camino que conduce, remontando el valle del Jordán, de Gadara a Cesárea de Filipo.

Triste y largo fue el camino del grupo fugitivo a través de grandes llanuras de juncos y las marismas del alto Jordán, bajo el sol ardiente de Siria. Pasaban la noche en las tiendas de los pastores de búfalos, o en casa de esenios establecidos en las aldehuelas de aquel país perdido. Los discípulos acongojados bajaban la cabeza; el maestro, triste y silencioso, se sumergía en su meditación. Reflexionaba en la imposibilidad de hacer triunfar su doctrina en el pueblo por la predicación, en las maquinaciones temibles de sus adversarios. La lucha suprema era inminente; había llegado a un callejón sin salida; ¿Cómo salir de él? Por otra parte, su pensamiento iba con infinita solicitud a su familia espiritual diseminada, y sobre todo a los doce apóstoles que, fieles y confiados, habían dejado todo por seguirle, familia, profesión, fortuna, y que sin embargo iban a quedar destrozados en sus corazones y a sufrir gran decepción en la esperanza de un Mesías triunfante. ¿Podía abandonarles a sí mismos?. ¿Había penetrado bastante la verdad en ellos?.

¿Creerían en él y su doctrina a pesar de todo?. ¿Sabían quién era él?. Bajo el imperio de esta preocupación, les preguntó un día: “¿Qué dicen los hombres que soy yo, el Hijo del Hombre?”. ― Y ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan Bautista; otros que Jeremías o uno de los profetas”. ― “Y vosotros, ¿Quién decís que soy?”. Entonces, Simeón-Pedro, tomando la palabra, dijo: “Tú eres el Cristo, el hijo de Dios vivo”. (Mateo, XVI, 13-18).

En boca de Pedro y en el pensamiento de Jesús, esa frase no significa como lo quiso más tarde la Iglesia: Tú eres la única encarnación del Ser absoluto y todopoderoso, la segunda persona de la Trinidad; sino sencillamente, eres el elegido de Israel anunciado por los profetas. En la iniciación inda, egipcia y griega, el término de Hijo de Dios significaba una conciencia identificada con la verdad divina, una voluntad capaz de manifestarla. Según los profetas, aquel Mesías debía ser la mayor de las manifestaciones. Sería el Hijo del Hombre, es decir, el Elegido de la Humanidad terrestre; el Hijo de Dios, es decir el Enviado de la Humanidad celeste, y como tal contendría en sí al Padre o Espíritu, que por Ella reina sobre el universo.

Al oír aquella afirmación de los apóstoles por boca de su portavoz, Jesús experimentó inmensa alegría. Sus discípulos le habían comprendido; él viviría en ellos; el lazo entre el cielo y la tierra quedaría establecido. Jesús dijo a Pedro: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás; porque ni la carne ni la sangre te han revelado eso sino Mi Padre que está en los cielos”. Por esta respuesta, Jesús da a entender a Pedro que le considera como iniciado al mismo título que él mismo; por la visión interna y profunda de la verdad. He aquí la única revelación, he aquí “la piedra sobre la cual el Cristo quiere construir su Iglesia y contra la cual las puertas del infierno no prevalecerán”. Jesús sólo cuenta con el apóstol Pedro, en cuanto a posesión de aquella inteligencia. Un instante después, habiendo éste vuelto a su estado de hombre natural, tímido y limitado, el maestro le trata de modo bien diferente. Habiendo anunciado Jesús a sus discípulos que iba a ser muerto en Jerusalén, Pedro empezó a protestar: “Dios no lo quiera Señor, eso no ocurrirá”. Pero Jesús, como si viera una tentación mundana en aquel movimiento de simpatía, que tendía a quebrantar su gran resolución, se volvió vivamente hacia el apóstol y dijo: “¡Retírate de mí, Satanás!; eres un escándalo para mí, pues no comprendes las cosas que son de Dios, sino únicamente las que son de los hombres”. (Mateo, XVI, 21-28). Y el gesto imperioso del maestro decía: ¡Adelante, a través del desierto! ― Intimidados por su voz solemne, se pusieron en camino por las colinas pedregosas de la Galonítida. Esta huida, en la que Jesús lleva a sus discípulos fuera de Israel, parecía una marcha hacia el enigma de su destino mesiánico, del cual buscaba la solución.

Habían llegado a las puertas de Cesárea. La ciudad, que era pagana desde Antíoco el Grande, se asentaba en un oasis de verdor en las fuentes del Jordán, al pie de las cimas nevadas del Hermón. Tenía su anfiteatro, resplandecía de lujosos palacios y de templos griegos. Jesús la atravesó avanzando hasta el lugar donde el Jordán se escapa, mugiente y claro, de una caverna de la montaña, como la vida brota del seno profundo de la inmutable naturaleza. Había allí un pequeño templo dedicado a Pan, y en la gruta, a orillas del naciente río, una multitud de columnas, de ninfas de mármol y de divinidades paganas. Los judíos sentían horror ante aquellos signos de culto idólatra. Jesús los miró sin cólera, con indulgente sonrisa. En ellos reconoció las efigies imperfectas de la divina belleza de la que llevaba en su alma radiantes modelos. No era su misión maldecir al paganismo, sino transfigurarlo; no había venido para lanzar el anatema a la tierra y a sus energías y poderes misteriosos, sino para mostrarle el cielo. Su corazón era bastante grande, su doctrina bastante vasta para abarcar todos los pueblos y decir a todos los cultos: “Levantad la cabeza y reconoced que todos tenéis un mismo Padre”. Y sin embargo estaba allí, expulsado como un animal feroz al extremo límite de Israel, oprimido, ahogado entre dos mundos que le rechazaban igualmente. Ante él, el mundo pagano, que aun no le comprendía y donde su palabra expiraba impotente; tras él, el mundo judío, el pueblo que apedreaba a sus profetas, se tapaba los oídos para no oír a su Mesías; la banda de los fariseos y de los saduceos acechaba su presa. ¿Qué valor sobrehumano, qué acción inaudita era, pues, precisa para romper todos aquellos obstáculos, para penetrar, más allá de la idolatría pagana y de la dureza judía, hasta el corazón de la humanidad doliente, que él amaba con todas sus fibras, y hacerla oír su verbo de resurrección?. Entonces, por una súbita inspiración, su pensamiento saltó y descendió el curso del Jordán, el río sagrado de Israel; voló del templo de Pan al templo de Jerusalén, midió toda la distancia que separaba al paganismo antiguo del pensamiento universal de los profetas y, remontando a su propia fuente, como el águila a su nido, consideró desde la angustia de Cesárea hasta la visión de Engaddi. De nuevo, vio surgir del Mar Muerto aquel fantasma terrible de la cruz... ¿Había llegado la hora del gran sacrificio?. Como todos los hombres, Jesús tenía en sí dos conciencias. Una terrestre, le mecía en la ilusión, diciéndole: ¡Quién sabe!, quizá evitaré el destino; la otra, divina, repetía implacablemente: el camino de la victoria pasa por la puerta de la congoja. ¿Era, por fin, preciso obedecer a ésta?.

En todos los grandes momentos de su vida, vemos a Jesús retirarse a la montaña para orar. ¿No había dicho el sabio védico: “La oración sostiene el cielo y la tierra y domina a los Dioses”?. Jesús conocía aquella fuerza de las fuerzas. Habitualmente no admitía a ningún compañero en sus retiros, cuando descendía al arcano de su conciencia. Esta vez condujo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, Juan y Santiago, sobre una alta montaña para pasar la noche en ella. La leyenda quiere que ese monte sea el Tabor. Allí tuvo lugar, entre el maestro y los tres discípulos más iniciados, esa escena misteriosa que los Evangelios cuentan con el nombre de Transfiguración. Al decir de Mateo, los apóstoles vieron aparecer, en la penumbra transparente de una noche de Oriente, la forma del maestro luminosa y como diáfana, su cara resplandecer como el sol y sus vestiduras volverse brillantes como la luz, mostrándose luego dos figuras a su lado, que ellos tomaron por las de Moisés y Elías. Cuando salieron temblorosos de su extraña postración, que a la par les parecía un sueño más profundo y una vigilia más intensa, vieron al maestro solo a su lado, tocándoles para despertarles por completo. El Cristo transfigurado que habían contemplado en aquella visión, no se borró ya de su memoria. (Mateo, XVII, 1-8).

Pero el mismo Jesús, ¿Qué había visto, qué había sentido y atravesado durante aquella noche que precedió al acto decisivo de su carrera profética?. Un gradual desvanecimiento de las cosas, bajo el fuego de la oración; una ascensión de esfera a esfera en alas del éxtasis; sintió poco a poco que entraba por su conciencia profunda en una existencia anterior, toda espiritual y divina. Lejos de él los soles, los mundos, las tierras, torbellinos de encarnaciones dolorosas; más bien en una atmósfera homogénea, una substancia fluida, una luz inteligente. En aquella luz, millones de seres celestes forman una bóveda moviente, un firmamento de cuerpos etéreos, blancos como la nieve, de donde brotan dulces fulguraciones. Sobre el torbellino brillante donde se hallaba en pie, seis hombres con vestiduras sacerdotales y poderosa estatura, elevan en sus manos un Cáliz resplandeciente. Son seis Mesías que han pasado ya por la tierra; él es el séptimo, y aquella Copa significa el Sacrificio que debe cumplir encarnándose a su vez. Bajo aquel torbellino, aquella nube, retumba el trueno; un abismo negro se abre; el círculo de las generaciones, la sima de la vida y de la muerte, el infierno terrestre. Los hijos de Dios, con suplicante ademán, elevan la Copa; el cielo inmóvil espera. Jesús, en signo de asentimiento, extiende los brazos en forma de cruz, como si quisiera abrazar al mundo. Entonces los hijos de Dios se prosternan, la cara contra tierra; un grupo de ángeles-femeninos con largas alas y ojos bajos, se lleva el Cáliz incandescente hacia la bóveda de luz. El hosanna se repite de cielos en cielos, melodioso, inefable... Pero Él, sin escucharlo siquiera, se sumerge en el abismo...

He aquí lo que había ocurrido en el mundo de las Esencias, en el seno del Padre, donde se celebran los misterios del Amor eterno y donde las revoluciones de los astros pasan ligeras como ondas. Esto es lo que había jurado cumplir; para eso había nacido; para eso había luchado hasta el día. Y aquel gran juramento le coronaba al término de su obra, por la plenitud de su ciencia divina vivida en el éxtasis.

¡Juramento formidable, terrible cáliz!. Preciso era beberlo. Después de la embriaguez del éxtasis, despertaba en el fondo del abismo, al borde del martirio. No había ya duda, los tiempos habían llegado. El cielo había hablado; la tierra pedía auxilio.

Entonces, volviendo sobre el camino andado, por lentas etapas, Jesús descendió el valle del Jordán y tomó el camino de Jerusalén.

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