Jesús. Último viaje a Jerusalén - la promesa - la cena, el proceso, la muerte y la resurrección
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Adicciones.
Edouard Schure – Los Grandes Iniciados
Jesús
La misión del Cristo
Último viaje a Jerusalén - la promesa - la cena, el proceso, la muerte y la resurrección
“¡Hosanna al hijo de David!”. Ese grito se oía al paso de Jesús por la puerta oriental de Jerusalén, y las ramas de palma llovían bajo sus pies. Los que le acogían con tanto entusiasmo eran adeptos del profeta galileo, llegado de los alrededores y del interior de la ciudad para ovacionarle. Saludaban en él al libertador de Israel, que pronto sería coronado rey. Los doce apóstoles que le acompañaban compartían aún esa ilusión obstinada, a pesar de las predicciones formales de Jesús. Únicamente él, el Mesías aclamado, sabía que marchaba al suplicio y que los suyos sólo después de su muerte penetrarían en el santuario de su pensamiento. Él se ofrecía de un modo resuelto, en plena conciencia y voluntad plena. De ahí su resignación, su dulce serenidad. Mientras pasaba bajo el pórtico colosal practicado en la sombría fortaleza de Jerusalén, el clamor retumbaba bajo la bóveda y le perseguía como la voz del Destino que coge su presa: “¡Hosanna al hijo de David!”.
Por medio de esta entrada solemne, Jesús declaraba públicamente a las autoridades religiosas de Jerusalén, que asumía el papel de Mesías con todas sus consecuencias. Al siguiente día apareció en el templo, en el patio de los Gentiles y avanzando hacia los mercaderes de ganado y los cambistas, cuyas caras de usurero y ruido ensordecedor de las monedas profanaban el atrio del santo lugar, les dijo estas palabras de Isaías: “Escrito está: mi casa será una casa de oración, y vosotros la convertís en caverna de bandidos”. Los mercaderes huyeron, llevándose sus mesas y sus sacos de dinero, intimidados por los partidarios del profeta, que le rodeaban como una muralla sólida, pero aun más por su mirada y su gesto imperioso. Los sacerdotes, asombrados de tal audacia, quedaron sobrecogidos de tanto poder. Una diputación del sanhedrín vino a pedirle explicación con estas palabras: “¿Con qué autoridad haces estas cosas?”. A esa pregunta capciosa, Jesús según su costumbre, respondió con una cuestión no menos embarazosa para sus adversarios: “El bautismo de Juan, ¿De dónde venía, del cielo o de los hombres?”. Si los fariseos hubiesen respondido: Viene del cielo, Jesús les hubiera dicho:
Entonces, ¿Por qué no habréis creído?. Si hubieran dicho: Viene de los hombres, tenían que temer al pueblo, que tenía a Juan Bautista por un profeta. Respondieron, pues: Nada sabemos. ― “Y yo — les dijo Jesús — no os diré tampoco por qué autoridad hago estas cosas”. Más una vez parado el golpe, tomó la ofensiva y agregó: “Os digo en verdad que los modestos empleados y las mujeres de mala vida os aventajan en el reino de Dios”. Luego los comparó, en una parábola, al mal viñador que mata al hijo del dueño para tener la herencia de la viña, y se llamó a sí mismo: “la piedra angular que les aplastaría”. Con estos actos, con estas palabras, se ve que en su último viaje a la capital de Israel, Jesús quiso cortarse la retirada. Ya tenían, desde hacía tiempo, de su boca, las dos grandes bases de acusación necesarias para perderle: sus amenazas contra el templo y la afirmación de que él era el Mesías. Sus últimos ataques exasperaron a sus enemigos. A partir de aquel momento, su muerte, resuelta por las autoridades, sólo fue cuestión de oportunidad. Desde su llegada, los miembros más influyentes del sanhedrín, saduceos y fariseos, reconciliados en su odio contra Jesús, se habían entendido para hacer perecer al “seductor del pueblo”. Dudaban solamente respecto a prenderle en público, pues temían una sublevación popular. Ya varias veces, los agentes que habían enviado contra él habían vuelto ganados por su palabra o atemorizados por las multitudes. Varias veces los soldados del templo le habían visto desaparecer en medio de ellos, de un modo incomprensible. Así también el emperador Domiciano, fascinado, sugestionado y como cegado por el mago a quien quería condenar, vio desaparecer a Apolonio de Tyana, ¡ante su tribunal y en medio de sus guardias!. La lucha entre Jesús y los sacerdotes continuaba de día en día, con odio creciente del lado de ellos y del suyo con un vigor, una impetuosidad, un entusiasmo sobrexcitados por la certeza que tenía de lo fatal de su salida. Fue el último asalto de Jesús contra los poderes de su tiempo. En él desplegó una extrema energía y toda su fuerza, que revestía como una armadura la ternura sublime que podemos llamar: el Eterno Femenino de su alma. Aquel combate formidable terminó con terribles anatemas contra los falsificadores de la religión: “Desgraciados de vosotros, escribas y fariseos, que cerráis el reino de los cielos a los que en él quieren entrar... ¡Insensatos y ciegos, que pagáis el diezmo y descuidáis la justicia, la misericordia y la fidelidad!. Os parecéis a los sepulcros blanqueados, que parecen hermosos por fuera, pero que por dentro están llenos de despojos y toda clase de podredumbre!”.
Después de haber estigmatizado así ante los siglos la hipocresía religiosa y la falsa autoridad sacerdotal, Jesús consideró su lucha como terminada. Salió de Jerusalén, seguido de sus discípulos, y tomó con ellos el camino del Monte de los Olivos. Subiendo a él, se veía desde la altura el templo de Herodes en toda su majestad, con sus terrazas, sus vastos pórticos, su revestimiento de mármol blanco incrustado de jaspe y pórfido, el brillo de su techumbre laminada de oro y plata. Los discípulos, descorazonados, presintiendo una catástrofe, le hicieron notar el esplendor del edificio que el Maestro dejaba para siempre. Había en su entonación una mezcla de melancolía y de sentimiento, porque ellos habían pensado hasta el último momento verse en él como jueces de Israel, alrededor del Mesías coronado pontífice-rey. Jesús se volvió, midió el templo con los ojos y dijo: “¿Veis todo esto?. Ni una piedra quedará sobre otra”. (Mateo, XXIV, 2). Juzgaba de la duración del templo de Jehovah, por el valor moral de aquellos que lo ocupaban. Comprendía que el fanatismo, la intolerancia y el odio no eran armas suficientes contra los arietes y las hachas del César romano. Con su mirada de iniciado, que se había vuelto más penetrante por esa clarividencia que da la proximidad de la muerte, veía el orgullo judaico, la política de los reyes, toda la historia judía, llevarle fatalmente a aquella catástrofe. El triunfo no estaba allí; estaba en el pensamiento de los profetas, en esa religión universal, en ese templo invisible, del cual sólo él tenía entonces plena conciencia. En cuanto a la antigua ciudadela de Sion y al templo de piedra, veía ya al ángel de la destrucción en pie ante su puerta con una antorcha en la mano.
Jesús sabía que su hora estaba próxima, pero no quería dejarse sorprender por el sanhedrín y se retiró a Betania. Como tenía predilección por el Monte de los Olivos, a él iba casi todos los días para estar con sus discípulos. Desde aquella altura se disfrutaba de unas vistas admirables. Se abarcaban las severas montañas de la Judea y de Moab con sus tintes azulados y violáceos; se divisa a lo lejos un rincón del Mar Muerto como un espejo de plomo de donde se escapan vapores sulfurosos. Al pie del monte se extiende Jerusalén, dominado por el templo y la ciudadela de Sion. Aún hoy, cuando el crepúsculo desciende a las fúnebres gargantas de Hinnón y de Josaphat, la ciudad de David y del Cristo, protegida por los hijos de Ismael, surge imponente de aquellos valles sombríos. Sus cúpulas, sus minaretes retienen la luz moribunda del cielo y parecen esperar de continuo a los ángeles del juicio final. Allí dio Jesús a sus discípulos sus últimas instrucciones sobre el porvenir de la religión que había venido a fundar y sobre los destinos futuros de la humanidad, legándoles así su promesa terrestre y divina, profundamente ligada a su enseñanza esotérica destinada a iluminar el porvenir.
Claro está que los redactores de
los Evangelios sinópticos nos han transmitido los discursos apocalípticos de
Jesús en una confusión que los hace casi indescifrables. Su sentido sólo
comienza a ser inteligible en el de Juan. Si Jesús hubiera realmente creído en
su vuelta sobre las nubes algunos años después de su muerte, como lo admite la
exégesis naturalista; o bien, si se hubiese figurado que el fin del mundo y el
juicio final de los hombres tendrían lugar bajo aquella forma — como lo cree la
teología ortodoxa — entonces sólo hubiera sido un iluminado quimérico, un
visionario muy mediocre, en vez de ser el sabio iniciado, el Vidente sublime
que demuestra cada palabra de su enseñanza, cada paso de su vida.
Evidentemente, aquí más que nunca, sus palabras deben tomarse en el sentido
alegórico. Aquel de los cuatro Evangelios que nos ha transmitido mejor la
enseñanza esotérica del maestro, el de Juan, nos impone esta interpretación,
tan conforme por otra parte con el genio parabólico de Jesús, cuando nos cuenta
estas palabras del maestro: “Tendría aún que deciros muchas cosas, pero ellas
están por encima de vuestro alcance... Os he dicho esas cosas por medio de
semejanzas; pero el tiempo viene en que no os hablaré ya por medio de estos
rodeos, sino que os hablaré abiertamente de mi Padre”.
La promesa solemne de Jesús a los apóstoles se refiere a cuatro objetos, cuatro esferas crecientes de la vida planetaria y cósmica: la vida psíquica individual; la vida nacional de Israel; la evolución y el fin terrestres de la humanidad; su evolución y su fin divinos. Examinemos uno a uno esos cuatro objetos de la promesa, esas cuatro esferas de donde irradia el pensamiento del Cristo antes de su martirio, como un sol poniente, que llena de su gloria toda la atmósfera terrestre hasta el zenit, antes de lucir en otros mundos.
1. El primer juicio significa: el destino ulterior del alma
después de la muerte, el cual es determinado por su naturaleza íntima y por los
actos de su vida. Más arriba he expuesto esta doctrina, a propósito de la
conversación de Jesús con Nicodemo. En el Monte de los Olivos dijo sobre esto a
sus apóstoles: “Vigilaos a vosotros mismos, tened cuidado que vuestros
corazones no se apesadumbren por la concupiscencia y ese día os sorprenda”.
(Lucas, XXI, 34). Y también: “Estad preparados, pues el Hijo del Hombre vendrá
a la hora que menos penséis”. (Mateo, XXIV, 66).
2. La destrucción del templo y el fin de Israel. “Una nación se
elevará contra otra... Seréis entregados a los gobernantes para ser
atormentados... Os digo en verdad que esta generación no pasará sin que todas
esas cosas lleguen”. (Mateo, XXIV, 4-34).
3. El objetivo terrestre de la humanidad, que no se ha fijado
en una determinada época, sino que debe ser alcanzado por una serie de
cumplimientos escalonados y sucesivos. Ese objetivo es el advenimiento del
Cristo social, o del hombre divino sobre la tierra; es decir, la organización
de la Verdad, de la Justicia y del Amor en la sociedad humana, y por
consecuencia la pacificación de los pueblos. Isaías había ya predicho esa época
remota en una visión magnifica que comienza por estas palabras: “Por mí, viendo
sus obras y sus pensamientos, vengo para reunir todas las naciones y todas las
lenguas; ellas vendrán y verán mi gloria, y pondré mi signo entre ellas, etc”.
(Isaías, XXIV, 18-33). Jesús, completando esta profecía, explica a sus
discípulos cual será ese signo. Será la revelación completa de los misterios o
el advenimiento del Espíritu Santo, que él llama el Consolador o “el Espíritu
de Verdad que os conducirá en toda verdad”. “Y rogaré a mi Padre, que os dará
otro Consolador, para que eternamente viva entre vosotros, a saber, el Espíritu
de Verdad, que el mundo no puede recibir porque no lo ve; pero vosotros lo
conocéis ya porque habita en vosotros y estará en vosotros”. (Juan, XXIV,
16-17). Los apóstoles tuvieron esa revelación por anticipado; la humanidad la
tendrá más tarde, en la serie de los tiempos. Pero cada vez que ella tiene
lugar en una conciencia o en un grupo humano, les traspasa de parte a parte y
hasta el fondo. “El advenimiento del Hijo del Hombre será como un relámpago que
sale de Oriente y va hasta el Occidente”. (Mateo, XXIV, 27). Así, cuando se
enciende la verdad central y espiritual, ilumina a todas las otras y a todos
los mundos.
4. El juicio final significa el fin de la evolución cósmica de la humanidad o su entrada en un estado espiritual definitivo. Esto es lo que el esoterismo persa había llamado la victoria de Ormuzd sobre Ahrimán o del Espíritu sobre la materia. El esoterismo indo lo llama la reabsorción completa de la materia por el Espíritu o el fin de un día de Brahma. Después de millares y millones de siglos, debe llegar una época, en que, a través de la serie de encarnaciones y reencarnaciones, nacimientos y renacimientos, los individuos de una humanidad entren definitivamente en el estado espiritual o bien queden aniquilados como almas conscientes por el mal, es decir, por sus propias pasiones, que simbolizan el fuego de la gehena y el rechinar de dientes. “Entonces el signo del Hijo del Hombre aparecerá en el cielo. El Hijo del Hombre vendrá sobre la nube. Enviará sus ángeles con un gran sonido de trompetas y reunirá a sus Elegidos de los cuatro vientos”. (Mateo, XXIV, 30- 31). El Hijo del Hombre, término genérico, significa aquí la humanidad en sus representantes perfectos, es decir, el pequeño número de aquellos que se han elevado al rango de hijos de Dios. Su signo es el Cordero y la Cruz, es decir, el Amor y la Vida Eterna. La Nube es la imagen de los Misterios vueltos translúcidos, así como la materia sutil transfigurada por el espíritu, substancia fluídica que ya no es un velo espeso y oscuro, sino un vestido del alma ligero y transparente; no ya un obstáculo grosero, sino una expresión de la verdad; ya no una apariencia engañosa, sino la verdad espiritual misma, el mundo interior instantánea y directamente manifestado. Los ángeles que reúnen a los elegidos son los espíritus glorificados, salidos de la misma humanidad. La Trompeta que tocan, simbolizan el verbo vidente del Espíritu, que muestra a las almas tales como ellas son y destruye todas las apariencias engañosas de la materia.
Sintiéndose Jesús en vísperas de muerte abrió y desarrolló así ante los apóstoles asombrados, las altas perspectivas que, desde los tiempos antiguos, habían formado parte de la doctrina de los misterios, pero a las que cada fundador religioso siempre ha dado una forma y un color personales. Para grabar aquellas verdades en su espíritu, para facilitar su propagación, las resumió en aquellas imágenes de audacia extrema y energía incisiva. La imagen reveladora, el símbolo parlante era el idioma universal de los iniciados antiguos. Este idioma posee una virtud comunicativa, una fuerza de concentración y duración que falta al término abstracto. Al servirse de él, Jesús no hizo más que seguir el ejemplo de Moisés y de los profetas. Sabía que la idea no sería comprendida al pronto, y quería imprimirla con caracteres flamígeros en el alma cándida de los suyos, dejando a los siglos el cuidado y la misión de generar los poderes contenidos en su palabra. Jesús se siente unificado con todos los profetas de la Tierra que le habían precedido, como él portavoces de Vida y del Verbo eternos. En tal sentimiento de unidad y de solidaridad con la verdad inmutable, ante aquellos horizontes sin límites de una radiación sideral, que sólo se ven desde el cénit de las Causas primeras, osó decir a sus discípulos estas altivas palabras: “El cielo y la tierra pasaran, pero mis palabras, no”.
De este modo se deslizaban las mañanas y las tardes en el Monte de los Olivos. Un día, por uno de esos movimientos de simpatía propios de su naturaleza ardiente e impresionable, que le hacía volver bruscamente de las más excelsas alturas a los sufrimientos de la Tierra, que como suyos sentía, derramó lágrimas por Ierushalaim, por la ciudad santa y su pueblo, cuyo terrible destino presentía. El suyo también se aproximaba a pasos de gigante. Ya el sanhedrín había deliberado sobre su destino y decidió su muerte; ya Judas de Keriot había prometido entregar a su Maestro. Lo que determinó aquella negra traición no fue la avaricia sórdida, sino la ambición y el amor propio herido. Judas, tipo de egoísmo frío y de positivismo absoluto, incapaz del menor idealismo, sólo por especulación mundana se había hecho discípulo del Cristo. Contaba con el triunfo terrestre inmediato del profeta, y con el provecho qué de esto sacaría. Nada había comprendido de esta profunda palabra del Maestro: “Los que quieran ganar su vida la perderán y los que quieran perderla la ganarán”. Jesús, en su caridad sin límites, le había admitido en el número de sus discípulos con la esperanza de cambiar su naturaleza. Cuando Judas vio que las cosas iban mal, que Jesús estaba perdido, sus discípulos comprometidos, frustradas todas sus esperanzas personales, su decepción se convirtió en rabia. El desgraciado denunció a aquel que, a sus ojos, era un falso Mesías y por el cual se creía engañado. Con su penetrante mirada, Jesús había adivinado lo que pasaba en el infiel apóstol. Decidió no evitar más el destino, cuya inextricable red se cerraba cada día más a su alrededor. Estaban en vísperas de Pascuas, y ordenó a sus discípulos que preparasen la comida en la ciudad, en casa de un amigo. Presentía que sería la última, y quería darle una solemnidad excepcional.
Hemos llegado al último acto del drama mesiánico. Era necesario alcanzar en su fuente el alma y la obra de Jesús, iluminar interiormente los dos primeros actos de su vida: su iniciación y su carrera pública. El drama interior de su conciencia en ellos se ha desarrollado. El acto último de su vida, o el drama de la pasión, es la consecuencia lógica de los dos precedentes. Conocido de todos, se explica por sí solo. Porque lo propio de lo sublime es ser a la vez sencillo, inmenso y claro. El drama de la pasión ha contribuido de un modo poderoso a formar el cristianismo. Ha arrancado lágrimas a todos los hombres que tienen corazón, y ha convertido a millones de almas. En todas esas escenas, los Evangelios presentan una belleza incomparable. Juan mismo desciende de sus alturas. Su narración circunstanciada adquiere aquí la verdad punzante de un testigo ocular. Cada uno puede hacer revivir en sí mismo el drama divino, nadie puede corregirlo. Voy únicamente, para acabar este trabajo, a concentrar los rayos de la tradición esotérica sobre los tres acontecimientos esenciales por los que terminó la vida del divino Maestro: la santa Cena, el proceso del Mesías y la resurrección. Si hacemos luz sobre esos puntos, iluminarán el pasado de toda la carrera del Cristo, y el futuro del cristianismo.
Los doce formando trece con el Maestro, se habían reunido en las habitaciones superiores de una casa de Jerusalén. El desconocido amigo, el huésped de Jesús, había adornado la habitación con rico tapiz. Según la moda oriental, los discípulos y el Maestro se reclinaron tres a tres en cuatro anchos divanes en forma de tricliniums, dispuestos alrededor de la mesa. Cuando trajeron el cordero pascual, los vasos llenos de vino y la copa preciosa, el cáliz de oro prestado por el amigo desconocido, Jesús, colocado entre Juan y Pedro, dijo: “He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua, porque os digo que no comeré en otra hasta que se celebre en el reino del cielo”. (Lucas, XXII, 15). Después de esas palabras, los semblantes se oscurecieron y la atmósfera se entenebreció. “El discípulo que Jesús amaba”, y que era el único que lo adivinaba todo, inclinó en silencio su cabeza sobre el pecho del Maestro. Según costumbre de los judíos en la comida de Pascuas, comieron en silencio las hierbas amargas y el charoset. Entonces Jesús tomó el pan y habiendo dado gracias, lo partió y distribuyó diciendo: “Éste es mi cuerpo, que os doy: haced esto en memoria mía”. De igual modo les dio la copa después de la comida; diciéndoles: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre que se vierte por vosotros”. (Lucas, XXII, 19-20).
Tal es la institución de la cena en toda su sencillez. Ella contiene más cosas que las que se dice y sabe comúnmente. No solamente ese acto simbólico y místico es la conclusión y resumen de la enseñanza de Cristo, sino que también es la consagración y rejuvenecimiento de un símbolo muy antiguo de la iniciación. Entre los iniciados de Egipto y Caldea, como entre los profetas y los esenios, el ágape fraternal marcaba el primer grado de la iniciación. La comunión bajo la especie del pan, ese fruto de la espiga, significaba el conocimiento de los misterios de la vida terrestre, al mismo tiempo que el reparto de los bienes de la tierra y por lo tanto la unión perfecta de los hermanos afiliados. En el grado superior, la comunión bajo la especie del vino, esa sangre de la vid penetrada por el Sol, significaba la partición de los bienes celestes, la participación en los misterios espirituales y en la ciencia divina. Jesús, al legar esos símbolos a los apóstoles, los amplió, pues a través de ellos extiende la fraternidad y la iniciación, antes limitada a algunos, a la humanidad entera. Añade el más profundo de los misterios, la mayor de las fuerzas: la de su sacrificio. De éste forma la cadena del amor invisible, pero infrangible, entre él y los suyos. Ella dará a su alma glorificada un poder divino sobre aquellos corazones y sobre el de todos los hombres. Esa copa de la verdad, venida del fondo de las edades proféticas, ese cáliz de oro de la iniciación, que el anciano esenio le había presentado llamándole profeta, ese cáliz del amor celeste que los hijos de Dios le habían ofrecido en el transporte de su más dulce éxtasis, — esa copa donde ahora ve relucir su propia sangre — la tiende a sus discípulos bien amados con la ternura inefable del adiós supremo.
¿Comprenden los apóstoles, ven ese pensamiento redentor que abarca los mundos?. Él brilla en la profunda y dolorosa mirada que el Maestro pasea del discípulo amado a aquel que le va a traicionar. No, no le comprenden aún, respiran penosamente, como en un mal sueño; una especie de vapor pesado y rojizo flota en el aire, y se preguntan de dónde viene la extraña radiación de la cabeza del Cristo. Cuando por fin Jesús declara que va a pasar la noche en oración en el huerto de los olivos y se levanta para decir: ¡Vamos! no sospechan ellos lo que va a ocurrir.
Jesús ha pasado la noche y la angustia de Getsemaní. De antemano, con terrible lucidez, ha visto estrecharse el círculo infernal que va a ahogarle. En el terror de esta situación, en la horrible espera, en el momento de ser cogido por sus enemigos, tembló; por un instante su alma retrocede ante las torturas que le aguardan; un sudor de sangre gotea de su frente. ― Luego la oración le conforta. Rumores de voces confusas, luces de antorchas bajo los sombríos olivos, ruido de armas: es la tropa de los soldados del sanhedrín. Judas, que les conduce, besa a su maestro para que reconozcan al profeta. Jesús le devuelve su beso con inefable piedad y le dice: “Amigo, ¿A qué has venido?”. El efecto de esta dulzura, de aquel beso fraternal dado en cambio de la más baja traición, será tal sobre aquella alma tan dura, que un instante después Judas, lleno de remordimientos y de horror de sí mismo, va a suicidarse. Con sus rudas manos, los soldados cogen al rabí galileo. Los discípulos, atemorizados, huyen tras una corta resistencia, como un puñado de juncos dispersados por el viento. Sólo Juan y Pedro se quedan cerca y siguen al maestro al tribunal, con el corazón oprimido y el alma ligada a su destino. Pero Jesús se halla en perfecta calma. A partir de aquel momento, ni una protesta, ni una queja saldrán de su boca.
El sanhedrín se ha reunido apresuradamente en sesión plena. A media noche Jesús comparece ante él, porque el tribunal quiere terminar pronto con el peligroso profeta. Los sacrificadores, los sacerdotes revestidos con túnicas de púrpura, amarillas, moradas, cubiertos con sus turbantes, están solemnemente sentados en media luna. En medio de ellos, sobre un sitio más elevado se halla Caifás, el gran pontífice, tocado con la migbáh. A cada extremo del semicírculo, sobre dos pequeñas tribunas coronadas por una mesa, se hallan los dos escribanos, uno para la condena, otro para la libertad advocatus Diaboli, advocatus Dei. Jesús, impasible, de pie en el centro con su túnica blanca de esenio. Oficiales de justicia, armados de correas y de cuerdas, le rodean con los brazos desnudos, la mano en la cadera y la mirada dura. Todos son testigos de cargo, ni un solo defensor. El pontífice, el juez supremo, es el acusador principal; el proceso se dice ser una medida de salud pública contra un crimen de lesa religión; en realidad la venganza preventiva de su sacerdocio inquieto que se siente amenazado en su poder.
Caifás se levanta y acusa a Jesús de ser un seductor del pueblo, un mesit. Algunos testigos recogidos en la multitud declaran contradiciéndose. Por fin uno de ellos da cuenta de estas palabras, consideradas como una blasfemia y que el Nazareno había lanzado más de una vez a la cara de los fariseos, bajo el pórtico de Salomón: “Yo puedo destruir el templo y levantarlo en tres días”. Jesús calla. “¿No respondes?”, dice el sumo sacerdote. Jesús, que sabe que será condenado y no quiere prodigar su verbo inútilmente, guarda silencio. Más, aun probadas aquellas palabras, esto no basta para motivar una pena capital. Es precisa otra confesión más grave. Para obtenerla del acusado, el hábil saduceo Caifás le dirige una pregunta de honor, la cuestión vital de su misión. La mayor habilidad consiste con frecuencia en ir rectamente al hecho esencial. “Si eres el Mesías, dínoslo”. Jesús responde al pronto de un modo evasivo, prueba que se da cuenta de la estratagema: “Si os lo digo no me creeréis; y si os lo pregunto no me responderéis”. No habiendo logrado Caifás lo que se proponía con su pregunta capciosa de juez de instrucción, usa de su derecho de gran pontífice y dice con solemnidad: “Yo te conjuro, por el Dios vivo, a que nos digas si eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Interpelado así, reducido a desdecirse o afirmar su misión ante el más elevado representante de la religión de Israel, Jesús no duda ya y responde tranquilamente: “Tú lo has dicho; pero en verdad os digo que desde ahora veréis al Hijo de Dios sentado a la diestra de la Fuerza y venir sobre las nubes del cielo”. (Mateo, XXVI, 64). Al expresarse así, en el lenguaje profético de Daniel y el libro de Enoch, el iniciado esenio Iéhoshua ya no habla a Caifás como individuo. Sabe que el saduceo agnóstico es incapaz de comprenderle. Habla al soberano pontífice de Jehovah, y a través de él a todos los pontífices futuros, a todos los sacerdotes de la tierra, y les dice: “Después de mi misión sellada por mi muerte, el reino de la Ley religiosa sin explicación ha terminado en principio y de hecho. Los Misterios serán revelados y el hombre verá lo divino a través de lo humano. Las religiones y los cultos que no sepan demostrarse y vivificarse uno por lo otro, quedarán sin autoridad alguna”. He aquí, según el esoterismo de los profetas y de los esenios, el sentido de la expresión del Hijo sentado a la diestra del Padre. Así comprendida, la respuesta de Jesús al sumo sacerdote de Jerusalén que contiene el testamento intelectual y científico del Cristo a las autoridades religiosas de la tierra, como la institución de la Cena contiene su testamento de amor y de iniciación a los apóstoles y a los hombres.
Sobre la cabeza de Caifás, Jesús
ha hablado al mundo. Pero el saduceo, que ha obtenido lo que quería, no le
escucha ya. Desgarrando su túnica de fino hilo, exclama: “¡Ha blasfemado!. ¿Qué
necesidad tenemos ya de testigos?.
¡Habéis oído su blasfemia!. ¿Qué os parece?”. Un murmullo unánime y lúgubre del sanhedrín responde: “Ha merecido la muerte”. En seguida la injuria vil y brutal de los inferiores responde a la condena del tribunal. Los agentes le escupen, le golpean en la cara y le gritan: “¡Profeta, adivina quién te dio!”. Bajo este desbordamiento de bajo y feroz odio, el sublime y pálido rostro del gran mártir vuelve a adquirir su inmovilidad marmórea y visionaria. Se dice, hay estatuas que lloran; también hay dolores sin lágrimas y oraciones mudas de víctimas, que aterrorizan a los verdugos y les persiguen por el resto de su vida.
Más no todo ha terminado. El sanhedrín puede pronunciar la pena de muerte; para ejecutarla, es preciso el brazo secular y la aprobación de la autoridad romana. La escena con Pilatos, contada en detalle por Juan, no es menos notable que la de Caifás. Aquel curioso diálogo entre Cristo y el gobernador romano, en que las interjecciones violentas de los sacerdotes judíos y los gritos de un populacho fanatizado representan el papel de los coros en la tragedia antigua, tiene la persuasión de la gran verdad dramática. Pónese al descubierto el alma de los personajes, mostrándose el choque de las tres potencias en juego: el cesarismo romano, el judaísmo estrecho y la religión universal del Espíritu representada por el Cristo. Pilatos, muy indiferente a esta querella religiosa, pero muy molesto con el asunto porque teme que la muerte de Jesús lleve consigo una sublevación popular, le interroga con precaución y le tiende una escala de salvamento, esperando que se aproveche de ella. “― ¿Eres tú el rey de los Judíos?. ― Mi reino no es de este mundo. ― ¿Eres tú, pues, rey?. ― Sí; he nacido para eso y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Pilatos no comprende mejor esta afirmación del reino espiritual de Jesús, que Caifás ha comprendido su testamento religioso, “¿Qué es la verdad?”, dice encogiendo los hombros, y esta respuesta del caballero romano escéptico revela el estado de alma de la sociedad pagana de entonces, como de toda sociedad decadente. Pero no viendo por otra parte en el acusado más que un soñador inocente, añade: “No encuentro ningún crimen en él”. Y propone a los judíos soltarle, mientras el populacho instigado por los sacerdotes vocifera: “¡Suéltanos a Barrabás!”. Entonces Pilatos, que detesta a los judíos, se da el placer irónico de hacer azotar con vergajos a su pretendido rey. Cree que esto bastará a los fanáticos. Éstos se ponen aún más furiosos y claman con ira: ¡Crucifícale!.
A pesar de aquel desencadenamiento de las pasiones populares, Pilatos resiste. Está cansado de ser cruel: ¡Ha visto correr tanta sangre en su vida, ha enviado tantos rebeldes al suplicio, ha oído tantos gemidos y maldiciones sin salir de su indiferencia!... Pero el sufrimiento mudo y estoico del profeta galileo, bajo el manto de púrpura y la corona de espinas, le ha sacudido con un estremecimiento desconocido... En una visión extraña y fugitiva de su espíritu, sin que pueda medir su alcance, ha dejado salir de sus labios estas palabras: “¡Ecce Homo!. ¡He aquí al hombre!”. El rudo romano estaba casi emocionado; iba a absolver. Los sacerdotes del sanhedrín que le espiaban con mirada penetrante, notaron esa emoción y se asustaron, pues veían que la presa se les escapaba. Astutamente se concertaron entre sí. Luego con voz unánime, exclamaron levantando su mano derecha y volviendo la cabeza con un gesto de horror hipócrita; “Se ha hecho pasar por hijo de Dios”.
Cuando Pilatos hubo oído aquellas palabras, dice Juan, tuvo aún más temor. ¿Temor de qué?. ¿Qué efecto podía causar aquel hombre al romano incrédulo que despreciaba con todo su corazón a los judíos y a su religión y sólo creía en la religión política de Roma y de César?. Hay una razón seria para ello. Aunque le diesen sentidos diferentes, el nombre de hijo de Dios estaba bastante difundido en el esoterismo antiguo, y Pilatos, aunque escéptico, era algo supersticioso. En Roma, durante los misterios menores de Mithras, en que los caballeros romanos se hacían iniciar, había oído decir que un hijo de Dios era una especie de intérprete de la divinidad. A cualquier nación, a cualquier religión que perteneciese, atentar a su vida era un gran crimen. Pilatos apenas creía en aquellos ensueños persas, pero el nombre le inquietaba a pesar de todo y aumentaba su perplejidad. Viendo esto los judíos lanzan al procónsul la acusación suprema: “Si das la libertad a este hombre, no eres amigo del César: porque quien se hace rey, se declara contra el César... nosotros no tenemos otro rey que el César”. Argumento irresistible; negar a Dios es poco, matar nada es, pero conspirar contra César es el crimen de los crímenes. Pilatos se ve obligado a rendirse y a pronunciar la sentencia. Así, al final de su carrera pública, Jesús se encuentra frente al dueño del mundo a quien ha combatido indirectamente, como oculto adversario, durante toda su vida. La sombra de César le envía a la cruz. Lógica profunda de las cosas: los judíos le han entregado, pero el espectro romano le mata extendiendo su mano; mata a su cuerpo, pero Él, el Cristo glorificado, quitará para siempre a César la aureola usurpada, la apoteosis divina, aquella infernal blasfemia del poder absoluto.
Pilatos, después de haberse
lavado las manos de la sangre del inocente, pronunció la palabra terrible:
Condemno, ibis in crucem. Ya la muchedumbre impaciente se agolpa hacia el
Gólgota.
Estamos sobre la altura pelada y cubierta de osamentas humanas que domina a Jerusalén; lleva el nombre de Gilgal, Gólgota, o lugar del cráneo, siniestro desierto consagrado desde siglos antes a los suplicios más horribles. La montaña no tiene árboles: allí no crecen más que horcas. En aquel sitio, Alejandro Janeo, el rey judío, había asistido con todo su harén a la ejecución de cientos de prisioneros; allí Varus había hecho crucificar a dos mil rebeldes; y allí era donde el dulce Mesías, anunciado por los profetas, debía sufrir el atroz suplicio, inventado por el genio atroz de los fenicios, adoptado por la ley implacable de Roma. La cohorte de los legionarios forma un gran círculo en la cumbre de la colina y separa a golpes de lanza a los últimos fieles que han seguido al condenado. Son mujeres galileas; mudas y desesperadas, se arrojan al suelo. Ha llegado la hora suprema de Jesús. Es preciso que el defensor de los pobres, de los débiles y de los oprimidos, acabe su obra en el martirio abyecto, reservado a los esclavos y a los bandidos. Se necesita que el profeta consagrado por los esenios se deje clavar en la cruz aceptada en la visión de Engaddi; es preciso que el hijo de Dios beba el cáliz entrevisto en la Transfiguración; es preciso que descienda al fondo del infierno y del horror terrestre. Jesús ha rehusado el brebaje tradicional preparado por las piadosas mujeres de Jerusalén y destinado a aturdir a los condenados. Sufrirá su agonía en plena conciencia. Mientras le atan sobre el madero, mientras los rudos soldados clavan con grandes martillazos los clavos en aquellos pies adorados por los desgraciados, en aquellas manos que sólo sabían bendecir, la negra nube de un sufrimiento desgarrador apaga sus ojos, ahoga su garganta. Más desde el fondo de aquellas convulsiones y de aquellas tinieblas infernales, la conciencia del Salvador siempre despierta, sólo tiene una palabra para sus verdugos: “Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen”.
He aquí el fondo del cáliz: las horas de la agonía desde mediodía a la puesta del sol. La tortura moral se suma y agrega a la tortura física. El iniciado ha abdicado de sus poderes; el hijo de Dios va a eclipsarse; sólo queda el hombre que sufre. Durante algunas horas va a perder su cielo, a fin de medir el abismo del sufrimiento humano. La cruz se eleva lentamente con su víctima y su letrero, última ironía del procónsul: “¡Éste es el rey de los judíos!”. Ahora las miradas del crucificado ven flotar en una nube de angustia a Jerusalén, la ciudad santa que ha querido glorificar y que le lanza el anatema. ¿Dónde están sus discípulos?. Desaparecieron. Sólo oye las injurias de los miembros del sanhedrín, que juzgan que el profeta ya no es de temer y triunfan en su agonía. “¡Ha salvado a los otros, dicen, y no puede salvarse a sí mismo!”. A través de aquellas blasfemias, de aquella perversidad, en una visión aterradora del porvenir, Jesús ve todos los crímenes que los potentados inicuos, los fanáticos sacerdotes, van a cometer en su nombre. ¡Se servirán de su signo para maldecir!. ¡Crucificarán con su cruz!. No es el sombrío silencio del cielo velado para él, sino la luz perdida para la humanidad quien le hace lanzar aquel grito de desesperación: “Padre mío, ¿Por qué me has abandonado?”. Entonces la conciencia del Mesías, la voluntad de toda su vida, brota en un último relámpago y su alma se escapa con este grito: “Con sumado está”.
¡Oh sublime Nazareno, Oh divino Hijo del Hombre, ya no estás aquí!. Con rápido vuelo sin duda tu alma ha vuelto a encontrar, en una luz más brillante, tu cielo de Engaddi, tu cielo del monte Tabor!. Has visto a tu Verbo victorioso volando sobre los siglos, y no has querido otra gloria que las manos y las miradas levantadas hacia ti de aquellos que has curado y consolado... A tu último grito, incomprendido por tus guardas, un escalofrío les ha estremecido. Los soldados romanos se han vuelto, y ante la extraña radiación dejada por tu espíritu sobre la faz tranquila de aquel cadáver, tus verdugos asombrados se miran y dicen: “¿Será un dios?”.
¿Ha concluido realmente el drama?. ¿Terminó la lucha formidable y silenciosa entre el divino Amor y la Muerte que se ha lanzado sobre él con los poderes reinantes en la tierra?. ¿Dónde está el vencedor?. ¿Lo son aquellos sacerdotes que descienden del Calvario, contentos de sí mismos, seguros, puesto que han visto expirar al profeta, o lo será el pálido crucificado ya lívido?. Para aquellas mujeres fieles que han dejado aproximar los legionarios romanos y que sollozan al pie de la cruz, para los discípulos consternados y refugiados en una gruta del valle de Josaphat, todo ha terminado. El Mesías que debía sentarse en el trono de Jerusalén ha perecido miserablemente en el suplicio infame de la cruz. El Maestro ha desaparecido; con él la esperanza, el Evangelio, el reino del cielo. Un triste silencio, una desesperación profunda pesan sobre la pequeña comunidad. Pedro y Juan mismos están anonadados. Todo lo ven oscuro a su alrededor; ya no luce en su alma un rayo de esperanza. Sin embargo, de igual modo que en los misterios de Eleusis una luz deslumbradora sucedía a las tinieblas profundas, así en los Evangelios a aquella desesperación inmensa sucede una súbita alegría, instantánea, prodigiosa, que hace irrupción como la luz del sol en la aurora, y este clamar vibrante de alegría se propaga en toda la Judea: ¡Ha resucitado!.
La primera es María Magdalena que, errando a la ventura alrededor del sepulcro, ha visto al Maestro y ha reconocido su voz que la llamaba por su nombre: ¡María!. Loca de contento, se ha precipitado a sus pies. Ha visto a Jesús mirarla, hacer un gesto como para prohibirla tocarle, luego desvanecerse bruscamente la aparición, dejando alrededor de Magdalena una tibia atmósfera y la certidumbre de una presencia real. Después las santas mujeres encuentran al Señor y le oyen decir estas palabras: “Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea y allá me verán”. La misma noche, estando reunidos los once y las puertas cerradas, vieron entrar a Jesús. Ocupó lugar en medio de ellos, les habló dulcemente, reprochándoles su incredulidad. Luego dijo: “Id por el Mundo y predicad el Evangelio a toda criatura humana”. (Marcos, XVI, 15). Cosa extraña; mientras le escuchaban, todos estaban como en un sueño, habían por completo olvidado su muerte, le creían vivo y estaban persuadidos de que el Maestro no les abandonaría. Más en el instante en que iban a hablar, le habían visto desaparecer como una luz que se apaga. El eco de su voz vibraba aún en sus oídos. Los apóstoles, deslumbrados, buscaron en el sitio que dejó vacío; un vago resplandor flotaba en él; de repente se esfumó. Según Mateo y Marcos, Jesús reapareció poco después sobre una montaña, ante quinientos hermanos reunidos por los apóstoles. Otra vez se mostró de nuevo a los once reunidos. Luego las apariciones cesaron. Pero la fe se había creado; la impulsión estaba dada, el cristianismo vivía. Los apóstoles, henchidos de sagrado fuego, curaban enfermos y predicaban el Evangelio de su Maestro. Tres años más tarde, un joven fariseo llamado Saulo, animado contra la nueva religión de violento odio y que perseguía a los cristianos con juvenil ardor, fue a Damasco con algunos compañeros. En el camino se vio súbitamente envuelto en un relámpago tan deslumbrador que cayó a tierra.
Tembloroso, exclamó: “¿Quién
eres?. Y oyó decir a una voz: Soy Jesús, a quien persigues; duro te sería
volverte contra los aguijones”. Sus compañeros, tan asustados como él, le
levantaron. Habían oído la voz sin ver nada. El joven, cegado por el rayo, sólo
después de tres días de oscuridad pudo recobrar la vista. (Hechos, IX, 1-9).
Saulo se convirtió a la fe de
Cristo y fue Pablo, el apóstol de los Gentiles. Todo el mundo está de acuerdo
en decir que sin aquella conversión el cristianismo confinado en Judea, no
hubiese conquistado el Occidente.
Tales son los hechos relatados por el Nuevo Testamento. Por esfuerzos que se hagan para reducirlos al mínimo, y cualquiera que sea por otra parte la idea religiosa o filosófica que a ello se relacione, es imposible hacerlos pasar por pura leyenda y rehusarles el valor de un testimonio auténtico, en cuanto a lo esencial. Desde hace dieciocho siglos las olas de la duda y de la negación han asaltado la roca de este testimonio; hace cien años que la crítica se ha encarnizado contra él con todos sus útiles y todas sus armas. Ella ha podido desquiciarlo en ciertos puntos, pero no moverlo de su lugar. ¿Qué es lo que hay tras las visiones de los apóstoles?. Los teólogos primarios, los exégetas de la letra y los sabios agnósticos podrán disputar sobre él hasta el infinito y batirse en la oscuridad; no se convertirán unos a otros y razonarán en el vacío, en tanto que la Teosofía, que es la ciencia del Espíritu, no haya ampliado sus concepciones y que una Psicología experimental superior, que es el arte de descubrir el alma, no les haya abierto los ojos. Pero, no colocándonos aquí más que en él punto de vista del historiador concienzudo, es decir, de la autenticidad de esos hechos como hechos psíquicos, hay una cosa de que no se puede dudar y es que los apóstoles han tenido esas apariciones y que su fe en la resurrección del Cristo ha sido inquebrantable. Si se rechaza la narración de Juan, como habiendo recibido su definitiva redacción cien años aproximadamente después de la muerte de Jesús, y la de Lucas sobre Emaús como una amplificación poética, quedan las afirmaciones simples y positivas de Marcos y Mateo, que son la raíz misma de la tradición y de la religión cristiana. Queda aún algo más sólido e indiscutible: el testimonio de Pablo. Queriendo explicar a los Corintios la razón de su fe y la base del Evangelio que predica, enumera por su orden seis apariciones sucesivas de Jesús: las de Pedro, a los once, a los quinientos “cuya mayor parte vive aún”, a Santiago, a los apóstoles reunidos, y finalmente su propia visión en el camino de Damasco. (Corintios, XV, 1-9). Tales hechos fueron comunicados a Pablo por el mismo Pedro y por Santiago tres años después de la muerte de Jesús, poco después de la conversión de Pablo; cuando hizo su primer viaje a Jerusalén. Los relatos provienen de testigos oculares. En fin, de todas esas visiones, la más incontestable no es la menos extraordinaria, quiero decir la del mismo Pablo; en sus epístolas se refiere a ella sin cesar como fuente de su fe. Dados el estado psicológico precedente de Pablo y la naturaleza de su visión, ésta viene de fuera y no de dentro; es de un carácter inesperado y fulminante y cambia su ser de pies a cabeza. Como bautismo de fuego templa su alma, la reviste de una armadura infrangible, y hace de él ante el mundo el defensor invencible del Cristo.
De este modo, el testimonio de Pablo tiene una doble fuerza, en tanto que afirma su propia visión y corrobora la de los otros. Si se quisiera dudar de la sinceridad de tales afirmaciones, sería preciso rechazar en masa todos los testimonios históricos y renunciar a escribir historia. Agreguemos que si no puede haber crítica exacta sin un cotejo exacto y una selección razonada de todos los documentos, tampoco puede haber historia filosófica si no sé deduce la grandeza de los efectos de la grandeza de las causas. Se puede no conceder ningún valor objetivo a la resurrección y considerarla como un fenómeno de alucinación pura — como lo hacen Celse, Strauss y M. Renán. Pero en ese caso, preciso es fundar la más grande revolución religiosa de la humanidad sobre una aberración de los sentidos y sobre una quimera del espíritu. (Strauss ha dicho: El hecho de la resurrección sólo es explicable como un juego de charlatán al servicio de la historia universal, ein weltthistorischer humburg. La frase es más cínica que aguda y no explica las visiones de los apóstoles y de Pablo).
No hay que engañarse; la fe en
la resurrección es la base del cristianismo histórico. Sin esta confirmación de
la doctrina de Jesús por un hecho deslumbrador, su religión no hubiera tan
siquiera comenzado.
Aquel hecho operó una revolución total en el alma de los apóstoles. De judaica que era, su conciencia se convirtió en cristiana. Para ellos el Cristo glorioso, vive; él les ha hablado; el cielo se ha abierto; el más allá ha ingresado en el más-acá; la aurora de la inmortalidad ha tocado a su frente y abrasado sus almas con un fuego que no puede apagarse ya. Sobre el reino terrestre de Israel que se derrumba, han entrevisto en todo su esplendor el reino celeste y universal. De ahí sus alientos para la lucha, su alegría en el martirio. De la resurrección de Jesús parte ese impulso prodigioso, esa inminente esperanza que lleva el Evangelio a todos los pueblos y va a bañar con sus ondas los últimos confines de la tierra. Para que el cristianismo triunfase, se precisaban dos cosas, como dice Fabre d’Olivet: que Jesús quisiera morir y que tuviese la fuerza de resucitar.
Para concebir del hecho de la resurrección una idea racional, para comprender también su alcance religioso y filosófico, no hay más que tener en cuenta el fenómeno de las apariciones sucesivas y separar desde el principio la absurda idea de la resurrección del cuerpo, una de las mayores piedras de toque del dogma cristiano que, en este punto como en muchos otros, es absolutamente primario e infantil. La desaparición del cuerpo de Jesús puede explicarse por causas naturales y hay que notar que el cuerpo de varios grandes adeptos ha desaparecido sin dejar rastro y de un modo tan misterioso como éste, entre otros el de Moisés, de Pitágoras y de Apolonio de Tyana, sin que se haya podido jamás saber qué ha sido de ellos. Quizás los hermanos conocidos o desconocidos que velaban sobre ellos hayan destruido por el fuego los despojos de su Maestro para substraerlos a la profanación de sus enemigos. Sea de ello lo que quiera, el aspecto científico y la grandeza espiritual de la resurrección sólo aparecen si se la comprende en el sentido esotérico.
Entre los egipcios, como entre los persas de la religión mazdeana de Zoroastro, antes y después de Jesús en Israel, como entre los cristianos de los primeros siglos, la resurrección ha sido comprendida de dos maneras, una material y absurda, otra espiritual y teosófica. La primera es la idea popular finalmente adoptada por la Iglesia después de la represión del gnosticismo; la segunda es la profunda idea de los iniciados. En el primer sentido, la resurrección significa la vuelta a la vida del cuerpo material, en una palabra, la reconstitución del cadáver descompuesto o dispersado, que se figuraban debía tener lugar al advenimiento del Mesías o en el juicio final. Inútil es hacer resaltar el materialismo grosero y lo absurdo de esa concepción. Para el iniciado la resurrección tenía un sentido muy diferente y se relacionaba con la constitución ternaria del hombre. Ella significaba la purificación y la regeneración del cuerpo sideral, etéreo y fluídico, que es el organismo del alma y en cierto modo la cápsula del espíritu. Esa purificación puede tener lugar desde esta vida por el trabajo interno del alma y cierto modo de existencia; pero no tiene lugar más que después de la muerte para la mayor parte de los hombres, y sólo para aquellos que de uno u otro modo han aspirado a lo justo y a lo verdadero. En el otro mundo la hipocresía es imposible. Allí las almas aparecen tal como en realidad ellas son; ellas se manifiestan fatalmente bajo la forma y el color de su esencia; tenebrosas y repugnantes si son malas; radiantes y bellas si son buenas. Tal es la doctrina expuesta por Pablo en la epístola a los Corintios, donde dice formalmente: “Hay un cuerpo animal y un cuerpo espiritual”. (Corintios, XV, 39-46). Jesús lo anuncia simbólicamente, pero con más profundidad para quien sabe leer entre líneas, en su conversación secreta con Nicodemo. Cuanto más espiritualizada está un alma, más grande será su alejamiento de la atmósfera terrestre, más lejana la región cósmica que la atrae por su ley de afinidad, más difícil su manifestación a los hombres.
De modo que las almas superiores no se manifiestan casi nunca al hombre, más que en el estado de sueño profundo o éxtasis. Entonces, con los ojos físicos cerrados, el alma medio desprendida del cuerpo, a veces ve a otras almas. Ocurre a veces que un gran profeta, un verdadero hijo de Dios se manifiesta a los suyos de un modo sensible y en estado de vigilia, a fin de persuadirles mejor, impresionando sus sentidos y su imaginación. En tal caso, el alma desencarnada llega a dar momentáneamente a su cuerpo espiritual una apariencia visible, a veces hasta tangible, por medio de un dinamismo particular que el espíritu ejerce sobre la materia por las fuerzas eléctricas de la atmósfera y las fuerzas magnéticas de los cuerpos vivos.
Es lo que ocurrió, según todas
las apariencias, en el caso de Jesús. Las apariciones reseñadas por el Nuevo
Testamento entran alternativamente en una u otra de estas dos categorías:
visión espiritual y aparición sensible. Es cierto que tuvieron para los apóstoles
el carácter de una realidad suprema. Hubieran ellos dudado antes de la
existencia del cielo y de la tierra, que de su comunión viviente con el Cristo
resucitado. Porque aquellas visiones emocionantes del Señor eran cuanto había
de más radiante en su vida, de más profundo en su conciencia. No existe lo
sobrenatural, pero sí lo desconocido de la naturaleza, en su continuación
oculta en lo infinito, y la fosforescencia de lo invisible en los confines de
lo visible. En nuestro estado corporal presente nos cuesta trabajo creer y aun
concebir la realidad de lo impalpable; en el estado espiritual, la materia es
la que nos parece lo irreal y lo no existente. Pero la síntesis del alma y de
la materia, esas dos fases de la substancia una, se encuentra en el Espíritu.
Porque si nos remontamos a los principios eternos, a las causas finales, las
leyes innatas de la Inteligencia explican el dinamismo de la naturaleza; y el
estudio del alma, por psicología experimental, explica las leyes de la vida.
La resurrección, comprendida en el sentido esotérico, como acabo de indicarlo, era, pues, a la vez la conclusión necesaria de la vida de Jesús y el prefacio indispensable a la evolución histórica del cristianismo. Conclusión necesaria, pues Jesús la había anunciado varias veces a sus discípulos. Si tuvo poder para aparecer después de su muerte con aquel esplendor triunfal, ello fue debido a la pureza, a la fuerza innata de su alma, centuplicada por la magnitud del esfuerzo y de la obra cumplida.
Visto desde fuera y desde el punto de vista terrestre, el drama mesiánico termina en la cruz. Sublime en sí, le falta sin embargo el cumplimiento de la promesa. Visto desde dentro, desde el fondo de la conciencia de Jesús y desde el punto de vista celeste, tiene tres actos que culminan en la Tentación, la Transfiguración y la Resurrección. Esas tres frases representan en otros términos: la Iniciación del Cristo, la Revelación total y la Coronación de la obra, y corresponden bastante bien con lo que los apóstoles y los cristianos iniciados de los primeros siglos llamaron los misterios del Hijo, del Padre y del Espíritu Santo.
Coronación necesaria, decía, de la vida del Cristo, y prefacio indispensable de la evolución histórica del cristianismo. El navío construido en la playa tenía necesidad de ser lanzado al océano. La resurrección fue además una puerta de luz abierta sobre toda la reserva esotérica de Jesús. No nos admiremos de que los primeros cristianos hayan quedado deslumbrados y cegados por su fulgurante irrupción, de que hayan comprendido con frecuencia la enseñanza del Maestro a la letra, y hayan equivocado el sentido de sus palabras. Pero hoy que el espíritu humano ha recorrido el ciclo de las edades, de las religiones y de las ciencias, adivinamos lo que un San Pedro, un San Pablo, lo que el mismo Jesús entendían por los misterios del Padre y del Espíritu. Vemos que contenían lo que la ciencia psíquica y la intuición teosófica del Oriente habían conocido de más elevado y verdadero. Vemos también el poder de nueva expansión que el Cristo dio a la antigua, a la eterna verdad, por la grandeza de su amor, por la energía de su voluntad. Percibimos en fin el lado a la vez metafísico y práctico del cristianismo, que constituye su poder y su vitalidad.
Los viejos teósofos de Asia han
conocido las verdades trascendentes. Los brahmanes hasta encontraron la clave
de la vida anterior y futura, formulando la ley orgánica de la reencarnación y
dé la alternativa de las vidas. Pero a fuerza de sumergirse en el más allá y en
la contemplación de la Eternidad, olvidaron la realización terrestre: la vida
individual y social. La Grecia, primitivamente iniciada en las mismas verdades
bajo formas más veladas y más antropomórficas, se fijó, por su genio propio, en
la vida natural y terrestre. Esto le permitió revelar por el ejemplo las leyes
inmortales de lo Bello y formular los principios de las ciencias de
observación. Pero, en ese punto de vista, su concepción del más allá se
estrechó y oscureció gradualmente. Jesús, por su amplitud y su universalidad,
abarca los dos extremos de la vida. En la oración dominical, que resume su
enseñanza, dice: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. Y el
reino divino sobre la tierra significa el cumplimiento de la ley moral y social
en toda la riqueza, en todo el esplendor de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero.
Es decir, que la magia de su doctrina, su poder de desenvolvimiento en cierto
modo ilimitado, residen en la unidad de su moral y de su metafísica, en su fe
ardiente en la vida eterna, y en su necesidad de comenzarla en la tierra por la
acción, por la caridad activa. El Cristo dice al alma abrumada bajo todos los
pesos de la tierra: ¡Levántate, pues tu patria está en el cielo; pero si has de
crearlo y llegar a él, pruébalo desde aquí por tus obras y por tu amor!.

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