Los Maestros y el sendero. Capítulo III El sendero hacia el Maestro
Recopilación exclusivamente sin fines de lucro para las
Adicciones.
Rev. C.W. Leadbeater
Los Maestros y el sendero.
Capítulo III
El sendero hacia el Maestro
Siempre ha existido una Fraternidad de Adeptos, la Gran Fraternidad Blanca. Siempre han existido aquellos que saben, los poseedores de la interna sabiduría, y nuestros Maestros figuran entre los actuales representantes de esta potísima estirpe de videntes y sabios. Parte del conocimiento que Ellos entrojaron durante innumerables eones está a la disposición de todo ser humano en el plano físico, con el nombre de Teosofía. Pero aun hay más allá. Al hablar alguien en cierta ocasión del enorme cambio operado por la Teosofía en nuestra conducta, y del admirable alcance de la doctrina de la reencarnación, el maestro Kuthumi repuso sonriente:
—Sí, es verdad; pero nosotros no hemos hecho hasta ahora otra cosa que levantar una punta del velo.
Cuando ya hayamos asimilado completamente el conocimiento recibido y nos conduzcamos con arreglo a Sus enseñanzas, la Fraternidad estará dispuesta a levantar un poco más el velo, pero sólo cuando cumplamos dichas condiciones.
El Sendero está abierto para cuantos anhelan saber y adelantar más; pero quien aspire a acercarse a los Maestros y alcanzarlos habrá de ser inegoísta como lo son Ellos, habrá de olvidarse de su personalidad y dedicarse enteramente al servicio de la humanidad como Ellos se dedican. El punto de vista de los Maestros es tan distinto del nuestro que por de pronto no alcanzamos a comprenderlo. Tienen sus particulares afectos como los tenemos nosotros y seguramente aman a unos hombres más que a otros; pero nunca permitirán que estos sentimientos influyan lo más mínimo en su obra. Se ocuparán muchísimo de un hombre si en él descubren las semillas de futura grandeza y si conocen que no serán tiempo ni trabajo perdidos los que en él inviertan. En el ánimo de los excelsos Seres no cabe el menor asomo de favoritismo. Única y exclusivamente consideran la obra que se ha de hacer, la obra de la evolución y la valía de un hombre con relación a ella, y si nosotros nos capacitamos para tomar parte en la obra de la evolución, muy rápidamente progresaremos.
Pocos se dan cuenta de la
magnitud de esta empresa, ni de la gravedad de su petición cuando desean que se
les admita como discípulos. Los adeptos se relacionan con el mundo entero por
medio de enormes efluvios de energía, con los que influyen en los cuerpos
causales de millones de seres o en el plano búdico, y constantemente aunque
gradualmente enaltecen en gran escala los cuerpos superiores de las gentes. Sin
embargo, el mismo Maestro que emplea su vida en esta obra, atiende a veces a
los pormenores relacionados con un discípulo. Todos cuantos se atrevan a
solicitar su admisión como dis- cípulos han de advertir la estupenda índole de
las fuerzas y de la obra en que se han de empeñar y de la excelsitud de los
Seres con quienes se han de relacionar. Por muy poco que se comprenda la
magnitud de todas estas cosas se echará de ver por qué los adeptos no quieren
emplear energía en un discípulo, a no ser que conozcan que dentro de un plazo
prudencial podrá añadir en recta dirección una poderosa corriente de energía en
beneficio del mundo. Los adeptos están encargados de llevar a cabo el plan del
Logos del sistema y quienes de nosotros anhelen acercárseles, han de aprender a
conducirse igualmente y vivir tan sólo para la obra. Quienes así lo hagan,
atraerán sin duda la atención de los excelsos Seres, quienes les enseñarán a
ayudar y favorecer al mundo.
Lento pero constante es el
progreso humano. Por lo tanto, va aumentando el número de hombres perfectos, y
todo el que haga el tremendo esfuerzo requerido, llegará al adeptado. En
circunstancias normales se necesitan muchas vidas antes de alcanzar tan alto
nivel; pero precisamente ahora se nos depara la posibilidad de apresurar
nuestro adelanto en el Sendero y concentrar en unas cuantas vidas terrenas la
evolución que a paso ordinario tardaría millares de años. Tal es el esfuerzo
que están haciendo algunos miembros de la Sociedad Teosófica en cuya Escuela
Interna o Esotérica se enseña a los hombres a prepararse más rápidamente para
dicha magna obra. Esta preparación requiere mucho dominio propio y determinado
esfuerzo perseverante año tras año, que a menudo da muy pocas muestras
exteriores de adelanto, porque entraña el desenvolvimiento de los cuerpos
superiores con preferencia al físico, y dicho desenvolvimiento no siempre se
manifiesta notoriamente en el plano físico.
Quien oye hablar de los Maestros
y su obra y comprende bien todo cuanto significa y entraña debe sentirse
inmediatamente movido por el interno deseo de conocerlos y entrar a su
servicio. Cuanto más aprende mayormente admira la belleza y gloria del plan de
Dios y más vivo es su anhelo de tomar parte en la obra. Una vez convencido de
que Dios tiene un plan de evolución desea ser colaborador de Dios y ninguna
otra cosa puede darle cumplida satisfacción.
Entonces se pregunta: «¿Qué debo hacer?» Y la respuesta es: «Trabajar tanto como puedas en auxilio del progreso de la humanidad, como trabaja el Maestro. Comienza con lo que tengas ocasión de hacer y puedas hacerlo, aunque al principio sea algún humilde menester externo, y en cuanto adquieras las necesarias cualidades de carácter se te confiará el aspecto superior de la tarea hasta que por el esfuerzo de portarte y obrar óptimamente poseas las cualidades que exige la admisión en la Gran Fraternidad Blanca.»
Recuerdo que cuando por vez
primera tuve la satisfacción de ponerme en más estrecho enlace con el Maestro,
le pregunté por carta qué debía hacer y me respondió como sigue:
«Debéis hallar apropiada labor.
Ya sabéis lo que nosotros hacemos. Participad en nuestra obra del modo que
podáis. Si yo os encargara determinada labor, la haríais, pero el karma sería
mío porque yo os lo encargué, y vos sólo cosecharíais el karma de la obediencia
voluntaria, que si bien es muy bueno, no es el resultante de iniciar una
fructífera acción. Deseo que hagáis algo por vuestra propia iniciativa, pues
así recaerá en vosotros el karma de la buena acción.»
Creo que todos podemos
aplicarnos estas palabras y comprender que no hemos de esperar a que se nos
encargue o confíe tal o cual obra, sino ponernos espontáneamente a trabajar.
Hay muchísima obra de índole modesta que realizar en relación con la Teosofía.
Quizás alguien prefiera la parte más ostentosa, como dar conferencias ante
numerosos auditorios, y habrá quienes a ello se brinden; pero hay gran porción
de trabajo monótono y fatigoso en relación con la Sociedad Teosófica, y no
siempre encontramos quienes voluntariamente lo hagan.
La reverencia y el amor a
nuestros Maestros deben movernos a hacer voluntariamente lo que quiera que en
su servicio redunde por humilde que sea, pues podemos tener la seguridad de
que los servimos siempre que ayudamos a la Sociedad fundada por dos de Ellos.
De muy señalado carácter son las cualidades que para la admisión en la Gran Fraternidad Blanca se han de adquirir durante la obra realizada en la primera parte del Sendero. Son siempre esencialmente las mismas aunque se les ha dado muy diversos nombres en los últimos veinticinco siglos; pero la más reciente y sencilla exposición de ellas se encuentra en el admirable libro de Krishnamurti titulado: A los pies del Maestro.
Aunque el señor Krishnamurti es
ante las gentes el autor del libro, su contenido es casi todo original del
Maestro Kuthumi, según declara el mismo autor al decir en el prefacio:
«Estas palabras no son mías, sino del Maestro que me enseñó». Cuando se publicó el libro, el cuerpo del señor Krishnamurti era de trece años de edad, y los planes del Maestro requerían que tuviese pronto conocimiento de las condiciones seguidas para la iniciación.
El texto del libro contiene
cuanto el Maestro creyó a propósito para concentrar la esencia de la necesaria
enseñanza en la forma más breve y sencilla posible. A no ser por las exigencias
de este caso particular, nunca hubiéramos podido disponer de una exposición tan
clara, concisa, completa y que abarcara todos los puntos esenciales. Muchos
libros se han publicado con los pormenores de las etapas del Sendero probatorio
y variedad de argumentos para definir el exacto significado de los términos
sánscritos y palis; pero en el citado libro del señor Krishnamurti, el Maestro
desvanece gallardamente toda ambigüedad y se contrae a dar la esencia de la
doctrina en palabras de los modernos idiomas o apropiados a la mentalidad de la
vida del día.
Por ejemplo, las cuatro cualidades llamadas en sánscrito viveka, vairagya, shatsampatti y mumukshutva, se traducen en el libro A los pies del Maestro con las palabras de equivalente significado discernimiento, indesideración, bondad y amor. Sin embargo, la traducción fiel de mumukshutva no es amor, porque dicha palabra sánscrita expresa deseo de liberación. Pero el Maestro parece argüir diciendo que el intenso deseo de liberación equivale al de trascender toda traba mundana, de modo que aun viviendo entre estas trabas no se experimente ni el más leve sentimiento de estar ligado a ellas. Pero semejante liberación sólo puede lograrse por medio de la unión con el supremo Ser inmanente en todas las cosas, es decir, por la unión con Dios. Y Dios es amor. En consecuencia, sólo cuando lleguemos a estar henchidos del amor divino alcanzaremos la liberación.
No es posible describir las
cualidades más hermosas y satisfactoriamente como están descritas en A los pies
del Maestro, y cabe decir confiadamente que quien practicara con toda
escrupulosidad las enseñanzas expuestas en dicho libro, pasaría inmediatamente
por el portal de la iniciación. Fue para el Maestro un caso excepcional emplear
tanto tiempo en la directa enseñanza de un individuo; pero por medio del señor
Krishnamurti han llegado las enseñanzas a conocimiento de millares de gentes a
quienes auxiliaron inconcebiblemente.
Muy sencillo es el relato de cómo se escribió A los pies del Maestro. Todas las noches me llevaba yo al jovencito Krishnamurti en cuerpo astral a casa del Maestro para que le enseñase. El Maestro hablaba con él unos quince minutos cada noche, y al terminar la plática resumía el Maestro en unas cuantas frases o en una sola máxima los principales puntos que le había enseñado, y se repetía el sumario hasta que el joven lo aprendía de memoria. Al despertarse por la mañana, recordaba el sumario y lo transcribía. El texto de A los pies del Maestro contiene todos estos resúmenes, epítomes o sumarios de las enseñanzas del Maestro y con sus propias palabras. El joven los transcribía algo trabajosamente porque a la sazón no conocía bien el idioma inglés; pero la transcripción era exacta pues sabía los sumarios de memoria. Tiempo después marchó el joven Krishnamurti a Henares con nuestra Presidente. Desde allí me escribió a Adyar donde yo estaba, pidiéndome que coleccionara y le enviase todas las notas que el había tomado de lo que el maestro le había dicho. Yo las coleccioné lo mejor que el pude y las copie a máquina.
Entonces me pareció que como
todo era palabras del Maestro, sería mejor asegurarme de que no había error de
la transcripción, ya al efecto le enseñé al maestro Kuthumi la copia
mecanográfica, suplicándole que tuviera la amabilidad de
repasarla. La leyó, cambió aquí
y allá algunas palabras, puso unas cuantas apostillas aclaratorias y añadió
unas pocas frases que yo le había oído durante las lecciones y estaban
omitidas. Después me dijo: «Ahora me parece que está bien. Es aceptable.» Pero
enseguida repuso: «Se lo enseñaremos al Señor Maitreya.» En efecto, fuimos los
dos, él con la copia en la mano, a enseñárselo al Instructor del Mundo, quien
la leyó, aprobó y dijo: «Debiérais hacer con esto un libro que sirviese para
que las gentes conozcan a Alcione.»
Sin embargo, nosotros no teníamos intención de publicar en el mundo profano dichas enseñanzas ni considerábamos conveniente que el pensamiento público se concentrara en un muchacho de trece años que aún había de completar su educación. Pero en el mundo oculto hacemos lo que se nos manda y, en consecuencia, a la mañana siguiente estaba ya el original en la imprenta.
Sobrevinieron todos los
inconvenientes que de la publicación recelábamos; pero el Señor Maitreya seguía
teniendo razón y nosotros no, porque el bien que el libro ha allegado al mundo,
excede inimaginablemente de las tribulaciones .que nos causó su publicación.
Millares de gentes nos han escrito diciéndonos que la lectura del libro cambió
radicalmente su conducta y los movió a mirar todas las cosas desde un punto de
vista completamente distinto y más certero de] en que hasta entonces se habían
colocado.
Se ha traducido A los pies del Maestro a veintisiete idiomas y se han impreso más de cien mil ejemplares en unas cuarenta ediciones. Ha realizado este libro una labor maravillosa.
Sobre todo lleva la especial
licencia del aveniente Instructor del Mundo, y esta circunstancia acrecienta
su valor, pues nos da una idea de lo que serán las enseñanzas del Instructor.
Otros libros hay también muy útiles para quien se esfuerce en entrar en el Sendero. Son La Voz del Silencio y Luz en el Sendero que al efecto se nos dieron, y los admirables libros de nuestra Presidente titulados: Hacia el Templo y El Sendero del discipulado que son de inestimable valía.
Si lee y medita estos libros, no
tendrá el aspirante duda alguna de lo que haya de hacer. Ha de esforzarse en
dos puntos principales: la reforma de su carácter y la labor en beneficio del
prójimo.
Las enseñanzas de los citados
libros le invitan a tomar respecto do la vida una actitud por completo
diferente, según se infiere de las frases de un Maestro que dice:
«Quien aspire a trabajar con nosotros y para nosotros ha de abandonar su mundo y venirse al nuestro.»
Esto no significa, como han supuesto algunos orientalistas, que el candidato haya de apartarse del trato de las gentes y de sus diarias ocupaciones mundanas, y retirarse al yermo, a la cueva o a la montaña; pero sí que ha de desechar por completo su actitud mental respecto del mundo y asumir la del Maestro. El hombre mundano juzga de los sucesos del mundo según afectan a sus personales intereses; el Maestro los juzga únicamente según influyen en la evolución de la humanidad. Todo cuanto contribuya a favorecer la marcha de la humanidad por el camino del progreso es bueno y debe apoyarse. Todo cuanto de un modo u otro se oponga, interrumpa, estorbe o retarde el adelanto de la humanidad es malo y debe combatirse. Es bueno cuanto favorece la evolución. Es malo cuanto la perjudica.
En esto vemos un criterio muy diferente del profano, y nos proporciona una piedra de toque para comprobar lo que hemos de favorecer y lo que hemos de combatir, pudiendo aplicar también este criterio a las cualidades de nuestro carácter. Seremos útiles al Maestro en tanto podamos colaborar con El aunque sea en humildísimos menesteres, y nuestra mejor obra será el hacernos semejantes a El de modo que miremos el mundo como El lo mira.
Si trabajamos en correspondencia
con el Maestro, cada vez nos colocaremos en mayor simpatía con El y nuestros
pensamientos se parecerán más y más a los suyos, con lo que nos acercaremos a
El en pensamiento y obra hasta el punto en que llamemos su atención, pues
siempre está en vigilancia de quienes puedan servirle de auxiliares en su
labor. Una vez se haya fijado en nosotros nos atraerá hacia El para observarnos
desde más cerca y con mayor detenimiento, a cual efecto nos pondrá en contacto
con cualquiera que ya sea discípulo. Por lo tanto no hay necesidad de hacer
especial esfuerzo para llamarle la atención.
Nos dice la señora Blavatsky que
el Maestro se fija en quienquiera que ingresa en la Sociedad Teosófica, y añade
que aun en algunos casos lo estimula al ingreso a causa de sus precedentes
vidas. Así parece que los excelsos Seres saben mucho de nosotros antes de que
conozcamos algo de Ellos. El adepto nada olvida. Está siempre en posesión de
cuanto le ha sucedido y si por coincidencia mira a una persona, ya para siempre
la recuerda.
Cuando alguien ingresa en la
Escuela Esotérica, se establece un definido enlace, no todavía directamente con
el Maestro, sino antes con la cabeza visible de la Escuela y por su conducto
con el Maestro, quien es la cabeza invisible.
El lazo así establecido con la cabeza visible se va estrechando a medida que el candidato adelanta en la Escuela. En las etapas preliminares es muy débil el lazo, que se fortalece
algún tanto al efectuar la
promesa y cuando dan la correspondiente, a los grados superiores se estrecha
todavía más el lazo, lo cual queda de manifiesto en la mayor intensidad de la
línea mental que enlaza a cada uno de los miembros de la Escuela con la Cabeza
visible, porque en ella está pensando constantemente el candidato durante la
meditación, que fortalece y abrillanta el lazo.
La Cabeza visible o Jefe externo
de la Escuela Esotérica está ya identificado con su Maestro; y por lo tanto,
quien con el Jefe se relaciona queda también relacionado con el Maestro. De
esta suerte, todos los pertenecientes a la Escuela Interna están en contacto
con su Maestro, que es el maestro Moría, aunque trabajan en modalidades de
actividad distintas de las de El y serán discípulos de otros Maestros cuando se
les ponga a prueba. Sin embargo, aun mientras permanezcan en la Escuela
Esotérica recibirán la influencia del que ha de ser su Maestro, porque si bien
los adeptos viven separadamente en el mundo físico, están en realidad tan
unidos, que relacionarse con uno equivale a ponerse en relación con todos.
Parecerá una vaga e indirecta relación; pero no es lo que desde nuestro bajo
punto de vista nos figuramos, pues los adeptos están admirablemente unidos en
estrecho haz en los planos superiores.
Durante la preliminar etapa de
este indirecto enlace por medio del Jefe visible, el Maestro puede emplear por
instrumento, si así lo desea, a cualquiera de los individuos de la Escuela
Esotérica; pero no suele hacerlo porque es cosa en El insólita transcribir su
energía por un conducto no especialmente preparado. Pero El conoce algún tanto
a los que están en su Escuela, y este conocimiento se manifiesta a veces en la
emisión de un auxiliador pensamiento a los que trabajan para El. Sé de un caso
en que se valió de un miembro de la Escuela que estaba dando una conferencia,
para exponer nuevos puntos ante el auditorio. Desde luego que se vale mucho más
frecuentemente de sus discípulos, pero también a veces de algunos que no lo
son.
Cuando el estudiante comprenda todo esto, ya no preguntará; « ¿Qué haré para llamar la atención del Maestro?» Sabrá que es completamente innecesario esforzarse en llamarle la atención y que no hay ni el más leve temor de que nadie le pase inadvertido.
Sobre este particular recuerdo
muy bien un incidente de mis primeros días de relación con los Maestros.
Conocía yo en el plano físico a un sujeto eruditísimo y de suma santidad de
carácter, quien creía firmemente en la existencia de los Maestros y dedicó su
vida a la obra de habilitarse para el servicio. Parecíame un hombre tan a
propósito en todos conceptos para el discipulado, y tan superior a mí en muchos
aspectos, que no podía comprender cómo no estaba ya reconocido. Como yo era a
la sazón novicio e ignorante aproveché una favorable oportunidad que se me
deparaba, y muy humildemente y como si de antemano me disculpara, le hablé al
Maestro de aquel hombre, insinuando que tal vez podría ser un eficaz
instrumento. El Maestro me respondió sonriendo amablemente con juguetón acento:
—No temáis que se nos haya pasado por alto vuestro amigo. Nadie puede quedar inadvertido. Pero en este caso hay todavía un karma que se ha de agotar, y por ello no es posible tomar en cuenta vuestra insinuación. Vuestro amigo saldrá del plano físico, y luego retornará. Entonces será completa la expiación y podrá cumplirse lo que para él deseáis.»
Dicho esto, con la gentil amabilidad que tan señaladamente lo caracteriza, entrefundió aun más íntimamente. Su conciencia con la mía y la elevó a un plano superior al que yo entonces podía alcanzar, y desde aquella altura me mostró cómo los excelsos Seres observan el mundo. La tierra entera aparecía ante nosotros con sus millones de almas, la mayoría rudimentarias y por lo tanto inconspicuas; pero si entre toda aquella enorme multitud había una alma que aunque aún lejana, se acercaba al punto en que se la podía utilizar en buen servicio, sobresalía de entre la masa humana como un brillante faro en noche obscura.
El Maestro me dijo:
—Ya veis cuán imposible sería
que nadie nos pasara por alto, ni aunque estuviera todavía muy lejos de la
posibilidad de ser aceptado como probacionario.
Por nuestra parte no podemos hacer otra cosa que trabajar de firme en el perfeccionamiento de nuestro carácter, y por el desenvolvimiento de nuestro ser y nuestra inegoísta devoción al interés del prójimo, predisponernos por todos los medios posibles a merecer el honor que anhelamos, con la seguridad de que el Maestro nos reconocerá en cuanto estemos dispuestos. Pero hasta que se nos pueda utilizar económicamente, o sea de modo que la energía empleada por medio de nosotros dé en nuestra obra resultados tan fructíferos como si se empleara por cualquier otro medio, faltaría el Maestro a su deber si nos pusiera en relación con Él.
Podemos tener la absoluta seguridad de que no hay excepciones en esta regla, aunque nos parezca haber notado alguna. Es posible que un Maestro ponga a prueba a un hombre mientras todavía tenga notorios defectos; pero cabe la seguridad de que en tal caso posee el designado muy hermosas cualidades internas que compensan sobradamente los superficiales defectos. Como todos nosotros, los Maestros de Sabiduría han dejado tras sí numerosas vidas durante las cuales anudaron ciertos lazos kármicos, y así sucede que determinado individuo tiene contra Ellos un crédito por algún servicio hace largo tiempo prestado. En la serie de vidas que escudriñamos, hemos encontrado algunos ejemplos de esta clase de lazos kármicos.
Recordemos también que todo el que meditabundamente piensa en el Maestro, establece con El muy definida relación, la cual se le muestra al clarividente como una especie de línea de luz. El Maestro siente en su subconciencia el choque de esta línea y emite en respuesta una continua corriente magnética que persiste hasta mucho después de terminada la meditación, cuya práctica regular ayuda muchísimo al aspirante, y su regularidad es uno de los más importantes factores del buen resultado. Se ha de efectuar todos los días a la misma hora y perseverar firmemente en ella, aunque de pronto no tenga positivas consecuencias. En este caso, es preciso poner mucho cuidado en evitar el desaliento que dificultaría la recepción de la influencia del Maestro, y fuera prueba de que el aspirante piensa más en sí mismo que en Él.
Algunos preguntan de palabra o
por escrito a nuestra Presidente y a mí mismo, diciendo: «¿Por qué no me
utiliza el Maestro? Soy su ardiente devoto y anhelo que de mí se sirva, que me
lleve a su lado y me enseñe. ¿Por qué no lo hace así?»
Varias razones hay para ello. Unas veces porque el preguntante adolece de algún grave defecto, que ya de por sí es suficiente razón. Otras veces, y me apena decirlo, es el orgullo, pues puede tener tan buen concepto de sí mismo, que no sirva para recibir lecciones, aunque se figure que sirve. En algunos casos, en nuestra civilización el defecto es la irascibilidad, pues una persona de notoria bondad y reconocido mérito, puede tener los nervios tan desentonados que le sea imposible permanecer en constante contacto con el Maestro. Hay otros casos en que el impedimento está en la curiosidad. Algunos se sorprenden de que la curiosidad sea un defecto, pero seguro lo es gravísimo husmear vidas ajenas y sobre todo querer enterarse del grado de progreso oculto en que se halla el prójimo. Al Maestro le sería imposible atraer a quien tuviera semejante flaqueza de carácter. Otro frecuente impedimento es la quisquillosidad o propensión a darse por ofendido. Hay aspirante de excelentes prendas que por quisquilloso no puede servir de instrumento al Maestro, porque le es imposible congeniar con nadie. Habrá de esperar hasta que aprenda a adaptarse al trato de gentes y trabajar en cooperación con los demás. Muchos solicitantes pecan de este defecto, y si se lo decimos se molestan porque se figuran que no lo tienen y que nosotros nos equivocamos. Pocos son los que hacen caso de la advertencia y procuran enmendarse.
Recuerdo muy bien que una señora
me preguntó estando yo en una ciudad de los Estados Unidos:
— ¿Qué tiene el Maestro contra mí? ¿Por qué no me puedo acercar
a él? Yo le pregunté a mi vez:
— ¿De veras desea usted saberlo?
Respondió que ciertamente
ansiaba saberlo, y así me conjuró a que por medios ocultos, o clarividentemente
o como yo quisiera le examinase sus vehículos y sus vidas pasadas, para
resolver en consecuencia la actitud que debía adoptar.
Le tomé la palabra y le dije:
—Pues bien, si verdaderamente
desea usted saber él por qué, le digo que está usted muy pagada de sí misma,
pues piensa usted siempre en su persona y no lo bastante en la obra.
Esta respuesta la ofendió
vivamente y marchóse diciendo que no se fiaba mucho de mi clarividencia. Sin
embargo, tuvo el valor de volver dos años después a decirme:
—Lo que usted me dijo es verdad.
Voy a procurar enmendarme con todas mis fuerzas.
Como este caso hay mil, con la
única diferencia de que el de la referida señora ha sido el único en que el
interesado reconoció su falta.
La presunción es una variedad de
orgullo muy frecuente en nuestros días. La personalidad que hemos ido formando
en el transcurso de millares de años se ha fortalecido de tal manera que es
dificilísima tarea invertir su actitud y acostumbrarla a mirar las cosas bajo
el aspecto en que las ven otros. Es preciso apartarse del centro de su círculo,
según expuse en La vida interna, para acercarse al Maestro.
Sin embargo, ocurre algunas
veces que el interrogante no tiene ningún defecto notable, y al examinarlo,
sólo cabe decirle:
—No veo en usted ningún defecto
grave; pero es preciso que se perfeccione usted en conjunto.
'Muy desagradable es dar
semejante respuesta; pero lo cierto es que todavía no están lo bastante
evolucionados y han de progresar antes de ser útiles. Se necesita no poca
fortaleza y magnanimidad para colocarse respecto de la obra en la misma actitud
que el Maestro, contra los pensamientos del mundo.
Quienes siguiendo la corriente
de la evolución lleguen a esta etapa en un lejano porvenir, encontrarán la
tarea más fácil, porque la pública opinión estará entonces armonizada con
dichos ideales. Sin embargo, ahora debemos resistir a lo que los cristianos
llaman la tentación, es decir, la pesadumbre del vulgar criterio, porque
millones de gentes en nuestro alrededor emiten egoístas pensamientos. Para
combatirlos, es necesario un esfuerzo enérgico, perseverancia y positivo valor.
Debemos proseguir tenazmente la tarea, y aunque repetidas veces desfallezcamos,
no hemos de amilanarnos, sino erguirnos y marchar adelante.
Los cuerpos astral y mental del
candidato debieran manifestar continuamente las armónicas emociones de amor,
devoción, simpatía y aspiración intelectual; pero en vez de vibrar estas cuatro
primarias emociones con espléndidos y hermosos colores, se ve generalmente el
cuerpo astral manchado con vórtices rojos, morenos, grises y negros, en número
a veces de más de ciento. Se parecen a como si el cuerpo físico estuviera
cubierto de verrugas que menoscabaran la sensibilidad de la piel. El candidato
ha de eliminar dichos vórtices y desenredar la usual madeja de mezquinas
emociones.
En el Sendero no caben términos medios. Muchos están en la reservada actitud en que se colocaron Ananías y Sefira, quienes repugnaron declarar lo que poseían en bienes terrenos, no precisamente con intento de engañar, sino porque no tenían seguridad en el éxito de la novel religión cristiana. Eran muy entusiastas y dispuestos a dar cuanto pudiesen; pero se figuraban que sería prudente reservarse algo por si fracasaba el movimiento. No merecían que se les vituperase por esta circunstancia, sino que lo malicioso y falaz fue que sabiendo que se habían reservado algo, dijesen que lo habían entregado todo. Muchos hay actualmente que siguen su mal ejemplo; y no creo que el relato sea verídico porque los apóstoles se mostraron muy severos contra ellos.
Así tampoco entregamos nosotros todo cuanto tenemos, pues nos reservamos algo de nosotros mismos, no precisamente dinero ni bienes materiales sino personales sentimientos que nos alejan de los pies del Maestro. En ocultismo no vale esta restricción. Debemos seguir al Maestro sin reservas. No digamos: «Seguiré al Maestro mientras no me haga trabajar con tal o cual persona; o seguiré al Maestro, con la condición de que todo cuanto yo haga se publique en los periódicos.» No hemos de establecer nosotros las condiciones; pero tampoco hemos de dar de mano nuestros deberes en el plano físico. Lo necesario es que pongamos nuestro entero ser a disposición del Maestro. Hemos de prepararnos a renunciar a todo, cederlo todo e ir a donde convenga, no como una prueba, sino porque el amor a la obra sea el supremo sentimiento de nuestra vida.

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