Los Maestros y el sendero. Capítulo primero La existencia de los Maestros
Recopilación exclusivamente sin fines de lucro para las
Adicciones.
Rev. C.W. Leadbeater
Los Maestros y el sendero.
Capítulo primero
La existencia de los Maestros.
De las nuevas verdades expuestas por la Teosofía, una de las más importantes es la de la existencia de hombres perfectos, que se deduce lógicamente de las otras dos magnas verdades teosóficas del karma y de la evolución por medio de sucesivas encarnaciones.
Al observar en nuestro alrededor vemos palmariamente hombres en todos los grados de evolución, unos mucho más atrasados que nosotros en su desenvolvimiento y otros que en algún aspecto están evidentemente más adelantados. Por lo tanto, cabe la posibilidad de que haya algunos cuyo adelanto sea muchísimo mayor, pues si los hombres se van constantemente mejorando en el transcurso de una larga serie de vidas sucesivas en dirección hacia determinada meta, seguramente ha de haber algunos que ya hayan llegado a ella.
Hay entre nosotros quienes en el proceso evolutivo han conseguido actualizar tales o cuales de los sentidos superiores latentes en el hombre y que en el porvenir poseerá todo el género humano. Por medio de dichos sentidos vemos la escala de la evolución extendida por encima y por debajo de nosotros, y que hay hombres en todos los peldaños.
Numerosos testimonios afirman
directamente la existencia de hombres perfectos a quienes llamamos Maestros;
pero me parece que el primer paso que debemos dar es adquirir la certeza de que
deben existir tales hombres, y más adelante, en último término deduciremos que
a dicha clase pertenecen los hombres con quienes nos hemos puesto en contacto.
La historia de las naciones relata las hazañas de los genios en cada uno de los campos de la humana actividad. Fueron hombres que en su especial línea de acción y habilidad superaron a la masa general, hasta el punto de que muchas más veces de las que cabe imaginar, sus ideales estaban muy allá de la comprensión de las gentes, de modo que no sólo su obra se había perdido para la humanidad, sino que ni siquiera han conservado sus nombres.
Se ha dicho que la historia de una nación podía resumirse en las biografías de unos cuantos individuos y que siempre las minorías selectas inician los progresos en arte, música, literatura, ciencia, filosofía, filantropía, política y religión. A veces sobresalen en el amor a Dios y al prójimo como los insignes santos y filántropos; otras veces en el conocimiento del hombre y de la naturaleza como los eminentes filósofos, sabios y científicos; otras en su labor beneficiosa para la humanidad como los grandes libertadores y reformadores.
Al contemplar a estos hombres y considerar cuan altos están respecto del ordinario nivel de la humanidad y cuan adelantados en la evolución humana ¿no es lógico inferir que no podemos señalar los límites del alcance humano y que es posible que hayan existido y aun que ahora existan hombres mucho más adelantados que aquéllos, de magna espiritualidad, conocimiento y aptitud artística, hombres completos en cuanto a las humanas perfecciones, hombres precisamente como los adeptos o superhombres a quienes algunos de nosotros hemos tenido el inestimable beneficio de encontrar?
Esta Vía Láctea del ingenio humano que enriquece y hermosea las páginas de la historia es al propio tiempo la gloria y la esperanza de todo el género humano, porque sabemos que estos excelsos Seres son los precursores de los demás hombres y que como almenaras o faros iluminan el camino que debemos seguir si deseamos alcanzar la gloria que muy luego nos será revelada.
Hace largo tiempo que aceptamos la enseñanza de la evolución de las formas en que mora la vida divina. Ahora tenemos la complementaria y mucho más alta idea de la evolución de la vida, que nos demuestra que la razón del admirable desenvolvimiento de formas cada vez más superiores es que la siempre creciente vida las necesita como instrumento de expresión. Las formas nacen y mueren; las formas crecen, decaen y perecen; pero el espíritu se va desenvolviendo eternamente, anima las formas y progresa por medio de la experiencia en ellas adquirida; y cuando una forma ha prestado su servicio y está desgastada, la substituye otra mejor dispuesta a la expresión del espíritu.
Tras la evolucionante forma
retoña siempre la Vida eterna, la Vida divina que penetra la naturaleza toda,
la cual no es más que la multicolor envoltura construida por el mismo Dios.
Dios alienta y vive en la belleza de las flores, en la robustez del árbol, en la agilidad y gracia del animal, y en el corazón y el alma del hombre.
La voluntad de Dios es evolución, y por ello toda vida adelanta y asciende, y resulta la cosa más natural del mundo la existencia de hombres perfectos en el último extremo de esta línea de siempre creciente poder, sabiduría y amor. Aun más allá de ellos, allí donde no llega nuestra mirada ni nuestra comprensión, se dilata una perspectiva todavía más esplendorosa de la que más adelante daremos alguna insinuación, que sería completamente inútil por de pronto.
La lógica consecuencia de todo
esto es que deben existir hombres perfectos y que no faltan indicios de la
existencia en todo tiempo de tales hombres, que en vez de abandonar por
completo el mundo para vivir en los reinos superhumanos o divinos, han permanecido
en contacto con la humanidad, movidos de su amor a ella, para auxiliarla en su
evolución de belleza, amor y verdad, y ayudar al cultivo del hombre perfecto,
tal como el botánico amante de las plantas se goza en la producción de una
perfecta naranja o una perfecta rosa.
Las crónicas de todas las grandes religiones demuestran la presencia de tales superhombres, tan henchidos de la vida divina que repetidamente se los consideró como representantes del mismo Dios.
En toda religión, y especialmente en sus comienzos, apareció un tal Ser, y en algunos casos más de uno. Los hinduistas tienen sus grandes avatares o encarnaciones divinas, como Shri Krishna, Shri Sancharacharya, el Señor Gautama el Buda, cuya religión se difundió por el Extremo Oriente, y una nutrida pléyade de rishis, santos e instructores.
Estos excelsos Seres no sólo se
interesan en despertar la naturaleza espiritual de los hombres, sino también en
todo cuanto contribuye a su bienestar en la tierra.
Todo cristiano conoce o debe conocer la larga serie de profetas, instructores y santos pertenecientes a su religión, y que en algún modo (acaso no bien comprendido) su Instructor supremo, el Cristo, fue y es el Hombre-Dios.
Todas las religiones primitivas (por decadentes que algunas de ellas estén en las naciones decaídas) y aun las de las tribus de los hombres primitivos, muestran como capital característica la existencia de superhombres que auxiliaban a las infantiles gentes entre las que moraban.
La enumeración de estos
superhombres, por interesante que fuese, nos desviaría de nuestro presente
propósito, por lo que para ello remitimos al lector a la excelente obra de
W. Williamson titulada La Magna Ley.
Hay muchas y recientes pruebas de la existencia de estos superiores Seres. En mi juventud nunca necesité prueba alguna, porque como resultado de mis estudios, estaba plenamente convencido de que debían existir tales hombres, pues me parecía su existencia perfectamente natural y mi único deseo era verlos cara a cara.
Sin embargo, entre los miembros más modernos de la Sociedad hay muchos que con suficiente razón necesitan conocer dichas pruebas.
Hay numerosos testimonios personales. La señora Blavatsky y el coronel Olcott, cofundadores de la Sociedad Teosófica, la doctora Annie Besant, nuestra actual presidente y yo mismo hemos visto a algunos de estos Seres superiores, y muchos otros miembros de la Sociedad han tenido también el beneficio de ver a uno o dos de Ellos, por lo que todo cuanto estas personas han escrito sirve de amplio testimonio.
Se ha objetado a veces diciendo que quienes vieron o les pareció ver a estos superhombres podían estar soñando o presa de alucinación. Creo que el único fundamento de semejante duda es que muy raras veces hemos visto a los Adeptos mientras ellos y nosotros actuábamos en cuerpo físico.
En los primeros días de la Sociedad, cuando únicamente la señora Blavatsky había educido las facultades superiores, los Maestros solían materializarse de modo que se les pudiera ver, y así se mostraron físicamente en varias ocasiones, según relata la primitiva historia de nuestra Sociedad, aunque conviene advertir que no se manifestaron en cuerpo físico, sino en materializada forma.
Algunos de nosotros los vemos
habitual y constantemente durante el sueño, cuando actuamos en el cuerpo astral
o en el mental, según el grado de nuestro adelanto, y los visitamos y vemos en
cuerpo físico; pero entonces no estamos nosotros en cuerpo de carne y huesos, y
este es el motivo de escepticismo de las gentes del plano físico acerca de
tales experiencias.
Dicen los escépticos: «Pero como quien vio a esos Seres estaba fuera de su cuerpo físico, y los que se le aparecieron se presentaron fenoménicamente y luego desaparecieron ¿Cómo se sabe que en efecto eran quienes decís?»
Hay algunos, aunque pocos casos, en que el Maestro y quien lo vio estaban ambos en cuerpo físico, como le sucedió a la señora Blavatsky, a quien oí decir que había residido algún tiempo en un monasterio del Nepal en donde constantemente vio a tres Maestros en cuerpo físico. Algunos de Ellos han descendido más de una vez en cuerpo físico, de su montañero retiro de la India.
El coronel Olcott atestigua que
vio a dos Maestros en aquellas ocasiones. Encontró a los maestros Moría y
Kuthumi.
Damodar K. Mavalankar, a quien conocí en 1884, había visto al maestro Kuthumi en cuerpo físico. Otro caso es el de un caballero llamado S. Ramaswamier, a quien conocí por entonces, que había encontrado físicamente al maestro Moría según se lee en el capítulo titulado: De cómo un discípulo encontró a su Maestro, de la obra: Cinco años de Teosofía. Otro caso es el de W. T. Brown, de la Logia de Londres, quien también tuvo el beneficio de ver a un Maestro en análogas condiciones.
También hay en la India gran
número de testimonios no recopilados porque quienes veían a los Maestros
estaban tan seguros de la posibilidad de verlos que no consideraban necesario
registrar ningún caso individual.
Por mi parte puedo asegurar que en dos ocasiones he visto a un Maestro, estando ambos en cuerpo físico. Uno de ellos es el llamado Júpiter en Las Vidas de Alcione, y auxilió a la señora Blavatsky en la redacción de varios pasajes de la famosa obra Isis sin velo cuando la escribía en Filadelfia y Nueva York.
Mientras residía yo en Adyar, el
maestro Júpiter fue tan amable que le dijo a mi reverenciado instructor Swami
T. Subba Rao, que me llevase a visitarlo. Obedientes a esta invitación fuimos a
su casa, donde nos recibió muy afablemente, y tras larga e interesantísima
conversación, tuvimos el honor de comer con él, aunque era brahmán, y bajo su
techo nos cobijamos aquella noche y buena parte del día siguiente. No cabe
admitir en este caso ni la más leve ilusión.
El otro Adepto a quien tuve el placer de encontrar físicamente fue el conde de San Germán, llamado a veces el príncipe Rakoczi. Le vi en muy ordinarias circunstancias, sin previa invitación, como si hubiese sido casual el encuentro, en el Corso de Roma, por donde se paseaba como cualquier caballero italiano. Se me llevó al parque Pinciano y allí estuvimos sentados más de una hora, hablando de la Sociedad Teosófica y su obra, o mejor diré que El hablaba y yo escuchaba, aunque respondía a Sus preguntas.
En diferentes circunstancias he visto a otros miembros de la Fraternidad. Mi primer encuentro con uno de ellos ocurrió en un hotel de El Cairo. Me encaminaba yo a la India con la señora Blavatsky y otras personas, y nos detuvimos algunos días en dicha población. Acostumbrábamos reunimos en la habitación de la señora Blavatsky para trabajar, yo estaba sentado en el suelo, recortando y ordenando para ella unos cuantos artículos periodísticos que necesitaba. Se hallaba la señora Blavatsky sentada junto a una mesa tan cercana que con mi brazo le rozaba las faldas. La puerta del aposento estaba ante nuestra vista, y sin que nadie la abriera, apareció de repente un hombre que se interpuso entre ambos. El sobresalto me hizo dar un brinco y me quedé confuso; pero la señora Blavatsky exclamó jocosamente:
—Si no sabe usted lo bastante
para no sobresaltarse de nimiedades como ésta, no adelantará usted mucho en la
labor oculta.
Me presentó la señora Blavatsky
al recién venido, que a la sazón no era todavía adepto sino arhate, el grado
inferior inmediato, pero que hoy es el maestro Djwhal Khul.
Algunos meses después de este incidente se nos presentó el maestro Moría lo mismo que si tuviese cuerpo físico. Se paseó por la habitación, donde yo esperaba a la señora Blavatsky que se hallaba en el contiguo dormitorio. Aquella fue la primera vez que le vi clara y distintamente, pues aun no había yo educido mis latentes sentidos lo bastante para recordar lo que veía en cuerpo sutil. En parecidas condiciones vi al maestro Kuthumi en la azotea de la Residencia central de Adyar. Se apoyaba en la balaustrada como si acabara de materializarse en el aire del lado opuesto. También vi varias veces del mismo modo y en la misma azotea al maestro Djwhal Khul.
Supongo que no se dará tanto valor a estas pruebas, porque los Maestros se presentaban como apariciones; pero como desde entonces aprendí a usar libremente mis vehículos superiores y a visitar de este modo a los excelsos Seres, puedo atestiguar que Aquellos que en los primeros años de la Sociedad Teosófica se materializaban ante nosotros son los mismos Adeptos a quienes desde entonces he visto en sus propias casas.
Las gentes han insinuado que acaso soñáramos yo y cuantos han tenido las mismas experiencias, pues las visitas se efectúan durante el sueño del cuerpo; pero yo replico a esto diciendo que habría de ser un muy persistente sueño, por cuanto lo tengo desde hace cuarenta años y simultáneamente lo han tenido gran número de gentes.
Quienes deseen reunir pruebas acerca de estas materias, y es un deseo muy razonable, deben consultar la primitiva bibliografía de la Sociedad Teosófica. Si hablan con nuestra Presidente, escucharán de sus labios que ha visto en diversas ocasiones a algunos de estos insignes Seres, y muchos de nuestros miembros darán sin vacilar pleno testimonio de que han visto a un Maestro. Puede ser que durante la meditación vieran Su rostro y más tarde tuviesen prueba concreta de la realidad de Su ser.
Muchas pruebas da el coronel Olcott en su libro: Hojas de un viejo Diario, y hay un interesante tratado con el título ¿Existen los hermanos? escrito por A. O. Hume, quien ejerció altos cargos en la administración civil de la India y colaboró asiduamente con nuestro difunto vicepresidente A. P. Sinnett. Dicho tratado se publicó en la obra titulada: Insinuaciones sobre Teosofía Esotérica.
El señor Hume era un escéptico angloíndio,
de mente legalista; intervino en la cuestión relativa a la existencia de los
Hermanos (1) y aun en aquella temprana fecha reconoció que había abrumadores
testimonios de que existían. Desde la publicación de aquél ha aumentado el
número de testimonios.
La amplitud e intensidad de la visión y demás facultades resultantes del desenvolvimiento de nuestras potencias latentes, nos ha enseñado por constante experiencia que además de los humanos hay otros órdenes de seres, algunos de los cuales son superiores a nosotros y están en un nivel análogo al de los Adeptos. Entre ellos encontramos los devas o ángeles y otros que se hallan mucho más adelantados que nosotros en todos los aspectos.
Puesto que en el transcurso de nuestro desenvolvimiento hemos llegado a comunicarnos con los adeptos, les hemos preguntado reverentemente que cómo alcanzaron tan superior nivel. Unánimemente responden todos que no ha mucho tiempo estaban en donde ahora estamos nosotros. Se elevaron sobre las filas de la ordinaria humanidad, y nos dicen que con el tiempo seremos lo que Ellos son y que la Vida evoluciona gradualmente en progresión ascendente, mucho más allá de cuanto podemos concebir, hasta identificarse con la Divinidad.
Vemos que hay varias etapas definidas en la primitiva evolución: el vegetal, superior al mineral; el animal, superior al vegetal; el hombre, superior al animal. De la propia suerte, el reino humano tiene determinado límite, allende el cual se dilata el reino superhumano. Más allá de los hombres están los superhombres.
Al estudiar este sistema o plan de evolución vemos que en el hombre concurren tres principios: cuerpo, alma y espíritu, que se subdividen en diversas modalidades. Tal es la constitución del hombre según declaró San Pablo hace dos mil años. El espíritu o mónada es el aliento de Dios (2), la chispa divina, el verdadero hombre, aunque más exactamente diríamos que planea sobre el hombre tal como lo conocemos.
(1) También se da este nombre a los maestros porque pertenecen a
la gran fraternidad y porque son los hermanos mayores del linaje humano.
(2) La palabra espíritu deriva de la latina spiro que significa
aliento.
El plan de desenvolvimiento de
la mónada consiste en que ha de descender a la materia para adquirir definido y
exacto conocimiento experimental del mundo objetivo.
En cuanto somos capaces de observar, la mónada o chispa divina no puede descender hasta nuestro actual nivel ni llegar directamente al plano físico donde pensamos y actuamos. Acaso depende esta imposibilidad de la muchísima diferencia entre las vibraciones de la mónada y las de la materia física, por lo que han de haber condiciones y estados intermedios. Desconocemos en qué plano de la naturaleza existe originariamente la chispa divina, porque está fuera de nuestro alcance. Su inferior manifestación o reflejo desciende hasta el plano cósmico inferior, según expusimos en Un Libro de texto de Teosofía.
Comúnmente hablamos de siete
planos de existencia, que son las subdivisiones o subplanos del plano cósmico
inferior, llamado prakrítico o plano físico del Cosmos.
La mónada puede descender hasta
el segundo de dichos siete planos, al que por ello le llamamos plano monádico,
pero no puede llegar a un nivel inferior. A fin de relacionarse con la materia
densa, irradia una porción de sí misma a través de los dos planos
inmediatamente inferiores, o sean el tercero y cuarto, y a dicha porción de la
mónada le llamamos ego o alma.
El divino Espíritu, muy por arriba de nosotros, no hace más que planear sobre nosotros.
El alma, pequeña y parcial representación del espíritu (1), no puede descender más abajo de la parte superior del plano mental (2) y para relacionarse con los planos inferiores ha de proyectar en ellos una porción de sí misma que constituye la personalidad. Por lo tanto, esta personalidad, que la mayoría de las gentes toman por su verdadero ser, no es más que el fragmento de un fragmento.
La evolución de los reinos inferiores predispone al desenvolvimiento de la constitución humana. Un animal, mientras vive en el plano físico, y durante algún tiempo después en el astral, tiene alma tan individual y separada como la del hombre; pero cuando el animal termina su vida astral su alma no reencarna en otro cuerpo, sino que retorna a una especie de almario llamado en nuestros libros alma grupal. Puede compararse el alma grupal a un depósito de agua que sirviese para satisfacer las necesidades de la misma especie, como, por ejemplo, veinte caballos. Cuando ha de nacer un caballo, es como si sacáramos del depósito el agua que cabe en un vaso. Durante la vida del caballo, las experiencias por las que pasa modifican su alma y aprende las lecciones consiguientes, que pueden compararse a diversas materias colorantes echadas en agua del vaso. Al morir el caballo, esta agua se vuelca en el depósito y la materia colorante se diluye por toda la masa.
(1) Es como si la mónada bajara un dedo de fuego, y el extremo de
ese dedo fuese el alma.
(2) Es el quinto plano contando de arriba abajo. El séptimo e ínfimo es el plano físico.
Cuando nace otro caballo, se
llena otro vaso con el agua del depósito; pero se comprende que es
materialmente imposible sacar las mismas gotas que formaron el agua del vaso
símbolo de la vida del caballo precedente (1).
Cuando un animal ha evolucionado lo bastante para poder entrar en el reino humano, ya no vuelve su alma al grupo de su especie sino que permanece como separada entidad, con nuevo y hermoso destino. El alma madre, el agua del depósito se convierte en vehículo de algo muy superior, y en vez de actuar como alma, queda animada. No hay en el plano físico nada con que comparar acertadamente este fenómeno, a no ser que imaginemos la inyección del aire en el agua hasta el punto de convertirla en agua aérea. Si aceptamos este símil, el agua que antes era el alma del animal, se ha convertido en el cuerpo causal de un hombre, y el aire inyectado en el agua es el ego a que ya nos referimos, o sea el alma humana, parcial manifestación del divino Espíritu.
Este descenso del ego está simbolizado en la mitología griega por la crátera (2) y en las leyendas medievales por el Santo Grial o cáliz que representa el resultado de la inferior evolución en que se ha vertido el vino de la Vida divina para que naciese el alma humana. Así es, según ya dijimos, que la antes alma animal se convierte en el cuerpo causal del hombre, y tiene su propio asiento en la parte superior del plano mental como permanente vehículo del ego o alma humana, al que se transfiere todo lo aprendido en el transcurso de la evolución.
De allí en adelante, el progreso
del ego tiene por objetivo retornar al plano inmediatamente inferior al
monádico, llevando consigo el resultado de su descenso en forma de experiencias
ganadas y cualidades adquiridas. En todos nosotros está el cuerpo físico
completamente desenvuelto y por ello se supone que lo dominamos; pero ha de
estar bajo el absoluto gobierno del alma. Ya lo está en las clases superiores
de la humanidad, aunque a veces se rebela y desboca. El cuerpo astral también
está desarrollado, pero todavía no sujeto a un perfecto dominio, pues aun entre
las clases superiores hay muchas víctimas de sus emociones, porque en vez de
dominarlas se esclavizan a ellas y los arrastran a donde no quisieran ir, como
el desenfrenado caballo arrastra al jinete.
Podemos admitir en consecuencia que en las clases más adelantadas de la actual humanidad, el cuerpo físico está completamente desarrollado y sujeto a gobierno; el cuerpo astral también está del todo desarrollado pero no bajo completo dominio; el cuerpo mental está en proceso de evolución y todavía muy lejos de su acabado desenvolvimiento. Mucho camino queda aún por andar antes de que estos tres cuerpos, físico, astral y mental se sometan completamente al gobierno del alma. Cuando esto suceda, la naturaleza inferior se sumirá en la superior y el ego prevalecerá en el hombre, pues aunque no sea todavía perfecto, los diferentes vehículos están de tal suerte armonizados que todos tienen el mismo objetivo de perfección.
(1) Para más amplio informe de este proceso, véase Un libro de
texto de Teosofía., publicado por la
«Biblioteca Orientalista».
(2) Vasija muy grande que se colocaba en medio de la mesa, llena
de vino, y de la cual iban llenando sus copas los convidados. (N. del T.)
El ego va poco a poco dominando
los vehículos personales hasta identificarlos consigo, y entonces comienza la
mónada a dominar al ego, hasta que, así como antes se identificó la
personalidad con el ego, se identifique el ego con la mónada, y obtenga el hombre
el resultado final de su descenso a la materia, es decir, que se convierta en
superhombre o adepto.
Por vez primera entra entonces
en la vida real, porque todo su estupendo proceso de evolución por los reinos
inferiores y después por el humano hasta llegar al adeptado, no es más que la
preparación a la verdadera vida del espíritu que empieza cuando el hombre
transciende la humana evolución.
El reino humano es el curso superior de la escuela del mundo, y cuando el hombre aprende todas las lecciones de dicho curso pasa a la vida real, a la vida del glorificado espíritu, a la vida de Cristo. Muy poco sabemos de lo que esta vida sea, aunque vemos a algunos que la comparten. Su gloria y esplendor superan a toda comparación y transcienden nuestro entendimiento; y no obstante, es una vivida y viviente realidad que todos hemos de alcanzar seguramente algún día aunque no queramos. Si obramos egoístamente y vamos contra la corriente de evolución, retardaremos nuestro progreso, pero al fin y al cabo no podremos evitarlo.
Terminada la evolución humana, el hombre perfecto desecha sus diversos cuerpos materiales, pero conserva el poder de revestirse de cualquiera de ellos siempre que los necesite en el transcurso de su labor. En la mayoría de los casos, el adepto ya no necesita cuerpo físico ni astral ni mental ni siquiera causal, pues reside permanentemente en su elevadísimo nivel. Pero cuando por algún propósito necesita relacionarse con un plano inferior, ha de revestirse temporáneamente de un vehículo apropiado a dicho plano, porque sólo por medio de la respectiva materia puede relacionarse con los habitantes del plano. Si desea conversar con los hombres del mundo físico ha de asumir cuerpo físico, o por lo menos materializarse parcialmente, pues de lo contrario no podría hablar. De la propia suerte, si desea impresionar nuestra mente ha de revestirse de cuerpo mental. Siempre que su labor requiera por instrumento un vehículo inferior, puede asumirlo, pero sólo lo retiene temporáneamente.
El hombre perfecto tiene ante sí siete senderos de progreso por donde encaminarse (1). El mundo está en gran parte dirigido y guiado por una Fraternidad de Adeptos a la que pertenecen nuestros Maestros; pero los estudiantes de Teosofía suelen forjarse muy equivocados conceptos de Ellos. Unas veces los consideran como una numerosa comunidad monástica residente en ignoto lugar. Otras veces creen que son ángeles, y muchos se figuran que todos son naturales de la India y que residen en los Himalayas. Ninguna de estas suposiciones es verdadera. Hay una gran Fraternidad cuyos miembros están en continua relación; pero como se comunican en los planos superiores no tienen necesidad de vivir juntos. Algunos de estos excelsos Hermanos, a quienes llamamos Maestros de Sabiduría, asumen, como parte de su actuación, la tarea de aceptar discípulos aprendices para enseñarles; pero estos Maestros son minoría en la poderosa corporación de superhombres.
(1) Los enumeraremos en otro capítulo.
Las facultades del adepto son en verdad muchas y muy admirables; pero todas son natural y elevada ampliación en grado superior de las propias del hombre ordinario. A mi entender, la principal característica del adepto, comparado con el hombre ordinario, es que mira y considera las cosas desde muy distinto punto de vista, porque está completamente limpio de los pensamientos egoístas que de tal modo prevalecen en la mayoría de las gentes. El adepto ha eliminado la naturaleza inferior y no vive para sí mismo sino para toda la humanidad; y sin embargo, de un modo que él solo comprende, también queda incluido en toda la humanidad. Ha llegado a la etapa en que en su carácter no hay tacha ni un pensamiento ni emoción referente al yo personal. Su único propósito es favorecer el adelanto de la evolución y obrar en armonía con el Logos que la dirige.
La característica que en importancia sigue a la anterior es su completo desenvolvimiento. Todos nosotros somos imperfectos. Ninguno ha alcanzado el superior nivel en ninguna fase de su carácter y aun los mismos sabios y los santos sólo han llegado a la excelencia en un solo aspecto, y están todavía por desenvolver otros matices de su naturaleza. Todos poseemos el germen de las diferentes características, pero parcialmente desenvueltas y unas en mayor grado que otras. Pero el adepto está plenamente desarrollado y es un hombre de perfecta devoción, amor, simpatía y compasión, al par que su mente es muchísimo más comprensiva de lo que podemos imaginar y posee admirable y divina espiritualidad. Se halla por encima y mucho más allá de todos los hombres conocidos porque está acabadamente evolucionado.

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