Buda VIII. Conclusiones
Recopilación
exclusivamente sin fines de lucro para las Adicciones.
Edouard Schure – Los Grandes Iniciados
Buda.
Conclusiones
No es difícil hacer la crítica
del budismo desde el punto de vista filosófico. Religión sin Dios, es moral sin
metafísica, no tiende puente alguno entre lo finito y lo infinito, entre el
tiempo y la eternidad, entre el hombre y el universo. Hallar este puente es el
supremo anhelo del hombre, la razón de ser de la religión y de la filosofía.
Buda hace emerger el mundo de un
deseo de vida ciego y nocivo.
¿Cómo explicar entonces la
armonía del Cosmos y la inextinguible sed de perfección innata en el espíritu?.
He aquí la contradicción metafísica.
Buda reconoce que de día en día,
de año en año, de encarnación en encarnación, por la victoria sobre sus
pasiones, labora el Yo humano su perfeccionamiento. Pero no le otorga ninguna
realidad trascendente, ningún valor inmortal. ¿Cómo explicar entonces todo este
trabajo?. He aquí la contradicción psicológica.
Da por fin el Buda como ideal y
único fin al hombre y a la humanidad el Nirvana, concepto puramente negativo,
la cesación del mal por la cesación de la conciencia. Este saltus mortalis en
el vacío de la negación, ¿Equivale acaso a la inmensidad del esfuerzo?. He aquí
la contradicción moral.
Estas tres contradicciones que
emanan una de otra encajándose rigurosamente, indican suficientemente la
flaqueza del budismo como sistema cósmico.
No es menos cierto que el
budismo ha ejercido profunda influencia sobre el Occidente. Cuando la religión
y la filosofía atraviesan una honda crisis como en la época alejandrina,
durante el Renacimiento y en la actualidad, óyese en Europa como un eco lejano
y traspuesto del pensamiento budista. ¿De dónde le proviene esta fuerza?. ¿De
su doctrina moral y de sus conclusiones?. De ninguna manera. Proviene de que
Buda fue el primero en divulgar a la luz del día la doctrina que los brahmanes
no pronunciaban más que a media voz en el vedado secreto de sus templos. Esta
doctrina es el verdadero misterio de la India, el arcano de su sabiduría. Me
refiero a la doctrina de la pluralidad de las existencias y al misterio de la
reencarnación.
En un libro antiquísimo, durante
una reunión, dice un brahmán a su colega: “¿Dónde va el hombre después de la
muerte?. Te lo diré, Yainavalkia, respondió el otro; pero sólo nosotros debemos
saberlo. Ni una palabra a los demás sobre ello”. Y hablaron de la
reencarnación. (“Upanishad de los cien senderos”, citado por Oldenberg).
Este pasaje prueba que en cierta
época fue considerada esta doctrina como esotérica entre los brahmanes.
Tuvieron para ellos excelentes razones. Si no es verdad que fuese más allá en
los laboratorios secretos de la naturaleza y el proceso de la evolución
universal, no lo es menos que el vulgo pudiera hacer mal uso de ella.
Para expresar la singular
fascinación, el encanto insinuante y temible que ha ejercido este misterio
sobre las almas ardientes y soñadoras, permitidme recurrir a una vieja leyenda
índica.
Cuenta la leyenda que, en remotísimos tiempos, una Apsara, ninfa celeste, quiso seducir a un asceta que permaneciera insensible a todas las tentaciones de cielo y tierra, recurriendo a una ingeniosa estratagema.
Moraba el asceta en una
inextricable selva virgen que sobrecogía de terror, a la orilla de un estanque
cubierto de toda suerte de plantas acuáticas.
Cuando las apariciones celestes
o infernales planeaban sobre el espejo de sus ondas para tentar al solitario,
bajaba éste los ojos y contemplaba su reflejo en el estanque sombrío. Las
imágenes invertidas y deformadas de las ninfas o de los demonios tentadores,
bastaban para calmar sus sentidos y restablecer la armonía en su turbado
espíritu. Porque aquello le demostraba las consecuencias de su caída en la
materia inmunda.
La astuta Apsara proyectó, pues,
esconderse en una flor, para seducir al anacoreta. De las profundidades del
estanque hizo emerger un loto maravilloso. Un loto distinto de todos los demás.
Éste, como es sabido, dobla su cáliz bajo el agua durante la noche y no aparece
hasta que lo besa el sol. El loto aquel, por el contrario, permanecía invisible
durante el día, pero al llegar la noche, cuando la suave luz de la luna
deslizábase entre el tupido penacho de los árboles hasta el estanque inmóvil,
veíase agitar su superficie, y de su oscuro seno brotaba un gigantesco loto de
mil hojas, de blancura deslumbradora, grande como un pomo de rosas.
Entonces, de su cáliz de oro, vibrante bajo el rayo inflamado de la luna, emergió la divina Apsara, la ninfa celeste, de cuerpo nacarado y luminoso. Tocaba su cabeza un velo estrellado arrebatado del cielo de Indra. Y el asceta que resistió a todas las Apsaras descendidas directamente del cielo, cedió al encanto de aquella que, nacida de la flor de agua, parecía remontar del abismo, y ser a un tiempo hija de la tierra y del cielo.
Del mismo modo que la ninfa
celeste sale del abierto loto, en la doctrina de la reencarnación sale el alma
de la naturaleza de mil hojas como la última y más perfecta expresión del
divino pensamiento.
Dicen los brahmanes a sus
discípulos: Así como el universo es el producto del pensamiento divino que sin
cesar organiza y vivifica, así el cuerpo humano es el producto del alma que lo
envuelve a través de la evolución planetaria y de él se sirve como instrumento
de trabajo y de progreso.
Las especies animales no poseen
más que un alma colectiva, pero el hombre es dueño de un alma individual, una
conciencia, un yo, un destino exclusivo, garantía de su permanencia. Después de
la muerte, liberada el alma de su efímera crisálida, vive una nueva vida más
vasta en el esplendor espiritual. Retorna, en cierto modo, a su propia patria y
contempla al mundo del lado de la luz y de los dioses, después de haber actuado
en su fase humana y sombría.
Pero no se halla bastante
adelantado para permanecer definitivamente en aquel estado que todas las
religiones llaman cielo. Transcurrido un período de tiempo proporcionado a su
esfuerzo en la tierra, siente el alma la necesidad de una nueva experiencia para
adelantar un paso más. Y vuelve a la encarnación en condiciones determinadas
por la vida precedente.
Tal es la ley de Karma, o de encadenamiento causal de las vidas, sanción y consecuencia de la libertad, justicia y lógica del placer y de la desdicha, razón de la desigualdad de condiciones, organización de los destinos individuales, ritmo del alma que anhela remontar a su divino origen a través del infinito. Es la concepción orgánica de la inmortalidad en armonía con las leyes del Cosmos.
Aparece Buda, alma de profunda
sensibilidad, forjada por el tormento de las causas últimas. Al nacer parecía
abrumado ya por el peso de multitud de existencias y sediento de paz suprema.
La lasitud de los brahmanes,
inmovilizados en un mundo estancado, se centuplica en él con un sentimiento
nuevo: una piedad inmensa por todos los hombres y el anhelo de arrancarlos del
sufrimiento. Es un transporte de sublime generosidad, anhela la salvación de
todos. Pero su sabiduría no iguala la grandeza de su alma y su impulso no se
halla a la altura de su visión.
Una iniciación incompleta le
muestra el mundo en su más tenebroso instante. No comprende más que la maldad y
el dolor. Ni Dios, ni universo, ni alma, ni belleza, ni amor hallan gracia ante
sus ojos. Sueña en sumergir para siempre a los agentes de la ilusión y del
dolor en el abismo de su Nirvana.
A pesar de la excesiva severidad
de su disciplina moral, aunque la piedad que predicara estableciera entre los
hombres un lazo de universal fraternidad, su obra fue parcialmente negativa y
disolvente. Atestigua este aserto la historia del budismo. Social y
artísticamente no ha creado nada fecundo. Donde se instala en bloque, engendra
la pasividad, la indiferencia y el descorazonamiento.
Los pueblos budistas han permanecido en estado de estancamiento. Los que han desarrollado una actividad sorprendente, como el Japón, ha sido merced a instintos y a principios contrarios al budismo.
Buda tuvo, sin embargo, un alto
mérito y desempeñó un gran papel al divulgar la doctrina de la reencarnación,
que era antes exclusivo patrimonio de los brahmanes. El difundió esta verdad
fuera de la India y entró en la conciencia universal. Aunque repudiada
oficialmente o velada por la mayor parte de las religiones, no cesa de
desempeñar en la historia del humano espíritu su misión de levadura vivaz.
Solamente lo que fue para Buda razón de renuncia y de muerte, deviene para las
almas enérgicas y para las razas fuertes, motivo de afirmación y de vida.
¡Qué otra modalidad o qué color
distinto tomará la idea de la pluralidad de existencias entre los arios y aun
entre los semitas que la adoptaron! Sea en las orillas del Nilo, en Eleusis o
en Alejandría, ya se trate de los sucesores de Hermes, de Empédocles, de
Pitágoras o de Platón, tomará un carácter heroico. No será ya la rueda fatal de
Buda, sino una entusiasta ascensión hacia la luz.
La India posee las llaves del
pasado, pero no las del porvenir. Es el Epimeteo de los pueblos, pero no su
Prometeo. Se ha dormido en su sueño.
El iniciado ario, por el
contrario, aporta a ,1a idea de la pluralidad de las vidas la necesidad de
actuación y de desenvolvimiento infinito que arde en su corazón como la llama
inextinguible de Agni. Sabe que el hombre no posee más que la tierra que riega
con su sudor y su sangre, que no aguarda más que el cielo al cual con toda su
alma aspira.
Sabe que el universo es una
tragedia formidable, pero que la victoria es para los valerosos y los
creyentes. La lucha en sí es para él un placer y un aguijón el sufrimiento, y
la acepta al precio de los sublimes goces del amor, de la contemplación y de la
belleza. Cree en el porvenir de la tierra como en el del cielo. La sucesión de
vidas no le atemoriza, a causa de su variedad. Sabe que el cielo esconde en su
azul combates sin nombre, pero también felicidades ignotas. Los viajes cósmicos
le prometen mayores maravillas aún que los viajes terrestres.
Cree, en fin, con el Cristo y su
Verbo, en una victoria final sobré la maldad y la muerte, en una
transfiguración del mundo y de la humanidad, al cabo de las edades, por el
completo descenso del Espíritu en la carne.
El antiguo budismo y el pesimismo contemporáneo afirman que todo deseo, toda forma, toda vida, toda conciencia son un mal y que el único refugio es la total inconsciencia. Su felicidad es completamente negativa.
El ario considera la lasitud de
vivir como una cobardía. Cree en una felicidad activa en la expansión de su
deseo, como en la soberana felicidad del amor y del sacrificio. Para él las
formas efímeras son mensajeras de lo divino.
Cree, pues, el ario en la
posibilidad de la acción y de la creación en el tiempo con la conciencia del
Eterno. Habiéndolo experimentado y vivido, siente su alma parecida a una nave
siempre flotante en medio de la tempestad. Es el único reposo, la divina calma
a que aspira.
En una palabra. En el concepto
ario, la desaparición del universo visible, lo que el indo llama el sueño de Brahma,
no será otra cosa que un sueño inenarrable, un silencio del Verbo recogiéndose
en sí mismo para oír cantar las armonías íntimas con sus miríadas de almas y
preparándose para una nueva creación.
Pero no seamos demasiado
injustos con la India y su Buda, porque ellos nos han legado el tesoro de la
más antigua sabiduría. Tributémosles, al contrario, el culto de la gratitud
debida a los más remotos antepasados y a los primitivos misterios religiosos de
nuestra raza.
Cuando la mujer inda subía a la
pira de su esposo y la mortífera llama la alcanzaba, echaba a sus hijos su
collar de perlas en postrera señal de despedida.
Así la India agonizante, sentada sobre la tumba de sus héroes arios, lanza hacia el joven Occidente la religión de la piedad y la idea fecunda de la reencarnación.

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