Buda. LA INDIA
Recopilación exclusivamente sin fines de lucro
para las Adicciones.
Edouard Schure –
Los Grandes Iniciados
Buda.
LA INDIA
La India es, por excelencia, el
país de los misterios y de las ocultas tradiciones por ser el más antiguo y el
de más densa historia del mundo. En ninguna parte la humanidad ha vivido tanto
en plena naturaleza. Allí, montañas enormes han surgido tras las montañas;
especies se han revuelto sobre especies y hazas humanas se han deslizado unas
sobre otras como el limo de los ríos.
El Djampudvipa, la tierra
erizada de montañas (así llama a su patria Valmiki, el Hornero indo), ha visto
evolucionar seres vivientes, desde los saurios y las monstruosas serpientes de
la Lemuria, hasta los más bellos ejemplares de la raza aria, los héroes del
Ramayana, de tez clara y ojos de loto.
La India ha visto toda la escala
de los tipos humanos, desde los descendientes de las primitivas razas, de
condición casi semianimálica, hasta los sabios solitarios de los Himalayas y el
perfecto Buda, Sakia-Muni.
Y de todo cuanto ha pululado
durante edades innumerables bajo el sol de los trópicos sobre su suelo fecundo,
la India ha conservado algo. Monumentos grandiosos, animales raros, tipos de
humanidades desaparecidas, recuerdos de épocas inmemoriales que flotan aún en
el aire embalsamado y en las antiguas plegarias.
De los tiempos antediluvianos
guarda ella al elefante, majestuoso y sabio, la boa voraz y los ejércitos de
monos retozones. Del período védico subsiste el culto de los elementos y de los
antepasados.
A pesar de la invasión musulmana y de la conquista inglesa, la civilización brahmánica reina como perpetua señora con sus millones de divinidades, sus vacas sagradas y sus faquires, sus templos ahondados en el corazón de los montes y sus pagodas monstruosas, pirámides de dioses superpuestos, erguidas en los bosques y en los llanos. Allí nadie se asombra de hallar los más violentos contrastes. El más grosero fetichismo vive en paz con la más refinada filosofía. Al lado del misticismo y del pesimismo trascendente, las religiones primitivas celebran todavía sus agitados ritos.
Los viajeros que han asistido a
la fiesta primaveral de Shiva, en Benarés, lo han experimentado. No sin asombro
han visto todo un pueblo compuesto de brahmanes y maharajás, príncipes y
mendicantes, sabios y faquires, mancebos semidesnudos y mujeres de maravillosa
hermosura, niños de porte grave y ancianos tambaleantes, salir como una marea
humana de los palacios y de los templos que bordean la orilla izquierda del
Ganges sobre un sendero de dos leguas. Han contemplado esta multitud,
ostentando sedas suntuosas y sórdidos harapos, descender las gradas
gigantescas, para lavar sus pecados en las aguas pútridas del sacro río y
saludar con exclamaciones entusiastas, acompañadas de una lluvia de flores, a
la Aurora índica, la Aurora de frente de rosa y corazón de ámbar que precede al
fulgurante sol. Y han percibido la honda sensación del culto védico, todavía
viviente en el corazón de la India y la grande emoción religiosa de los
primeros días de la humanidad aria.
Otros viajeros, impelidos por
una especie de piedad ancestral y por la sed de los orígenes, penetraron hasta
el manantial del Ganges. Y ésos gustaron una sensación todavía más intensa y
más rara, ya que oyeron los himnos sacros de los peregrinos al apuntalar el
alba, el rumor de las aguas fluidas, de las nieves eternas y las primeras
lumbres matinales en el éter puro de las cimas himaláyicas.
¿De dónde provienen, pues, a
este pueblo y esta tierra, su carácter maravilloso y único?. ¿A qué se debe que
aquí el pasado venerable y lejano domina aún el presente mientras que en
nuestras urbes de Occidente la actualidad absorbe lo pasado en su fiebre de
renovación, pareciendo como si quisiera pulverizarlo bajo la rabia ciega de sus
máquinas?.
La respuesta se halla en la misión providencial de la India. Esta misión consiste en perpetuar al través de los años y divulgar entre otras naciones las más antiguas tradiciones humanas y la ciencia divina subyacente en el alma. Todo contribuye a ello, la configuración geológica, las virtudes que irradian de la raza iniciadora, la elevación y la amplitud de su inspiración primera y también la diversidad de las razas que han hecho de este suelo un turbador y prodigioso hormiguero humano.
El mar y la montaña, que moldean
la faz del planeta, se han conjurado para hacer de la India el país de la
contemplación y del ensueño, rodeándolo de sus masas líquidas y rocosas.
Al Sur, el Océano Indico
envuelve sus costas casi doquiera inabordables. Al Norte se iza la barrera
infranqueable, la más alta cordillera del globo, “el Himalaya, dosel del mundo
y trono de los dioses”, que la separa del resto del Asia y que parece querer
juntarla con el cielo.
También los Himalayas prestan a
la India su carácter único entre los países tropicales. Todas las estaciones,
la flora y la fauna toda, se escalonan en sus flancos, desde la palmera gigante
al abeto alpino, desde el rayado tigre de Bengala a la lanuda cabra de
Cachemira. De sus domos de hielo viérteme, hacia las planicies tostadas, tres
grandes ríos: el Indo, el Ganges y el Brahmaputra. En fin, por las brechas de
Pamir ha descendido la raza electa de los conquistadores guiada por sus dioses.
Vertiente humana, no menos fecunda que, mezclándose con las razas indígenas,
debía crear la civilización índica.
Parece que el poeta Valmiki haya
resumido el milagro ario al comienzo de su Ramayana cuando describe el Ganges
lanzándose desde el alto cielo sobre los Himalayas, a la invocación de los más
poderosos ascetas. Al principio los Inmortales se mostraron en todo su
esplendor, y a su venida, el cielo se iluminó con claridad deslumbradora. Luego
el río descendió y la atmósfera se llenó de espuma como lago argentado por
multitud de cisnes. Después de saltar de cascada en cascada, de valle en valle,
ganó el Ganges la llanura. Los dioses le precedían sobre sus carros
centelleantes; los delfines y las ninfas celestes, las Apsaras, danzaron sobre
sus ondas. Hombres y bestias siguieron su curso majestuoso. Ganó por fin el
mar, pero ni el mismo Océano pudo detenerlo. El río santo se sumergió hasta el
fondo de los infiernos y las almas se purificaron en sus ondas para remontar
hacia los Inmortales.
Soberbia imagen de la sabiduría primordial que, descendiendo de las alturas celestes, se hunde hasta las entrañas de la tierra para arrebatarles su secreto.

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