Buda VII. Muerte de Buda
Recopilación
exclusivamente sin fines de lucro para las Adicciones.
Edouard Schure – Los Grandes Iniciados
Buda.
Muerte de Buda
A la edad de ochenta años
hallábase Buda en Beluva, pasando su solaz de estio, cuando cayó enfermo y
sintió la muerte próxima.
Entonces pensó en sus
discípulos: “No conviene, se dijo, entrar en el Nirvana sin antes hablar a los
que tienen puesta su vista en mí. Debo vencer con mi fuerza la enfermedad y
retener la vida”. Y la dolencia del Sublime desapareció.
Sentóse Buda a la sombra de la
mansión que le tenían destinada. Ananda, su discípulo predilecto, acudió
manifestándole su pena y añadiendo: “Sé que el Bienaventurado no entrará en el
Nirvana sin comunicar su voluntad a la comunidad de sus discípulos”. “¿Qué
solicita la comunidad? — preguntó Buda —. He predicado la doctrina. Yo no
quiero reinar sobre la comunidad, Ananda. Que la verdad sea vuestra antorcha.
Aquel que ahora y después de mi muerte sea su propio faro y su único refugio,
aquel que no busque cobijo más que en la verdad y ande por la recta vía es mi
discípulo”.
Y Buda se levantó, reunió a los
otros fieles y emprendió la marcha, deseoso de caminar enseñando, hasta el fin.
Detúvose algún tiempo en Vesala,
pero al llegar a Kusínara las fuerzas le abandonaron. Tendiéronle sobre una
alfombra, entre dos árboles gemelos. Y permaneció recostado como un león
fatigado.
No pudiendo soportar el espectáculo, Ananda, el discípulo amado, penetró en la casa y lloró. Presintiendo Buda su tristeza, lo mandó llamar y le dijo: “No gimas, Ananda. ¿No te he dicho ya que es preciso abandonar cuanto amamos?. ¿Cómo puede escapar a la destrucción lo que ha nacido y se halla sujeto a lo efímero?. Pero durante mucho tiempo has honrado, Ananda, lo Perfecto, y en su nombre has rebosado de amor, de bondad, de gozo, practicado el bien, Ananda. Esfuérzate ahora y pronto estarás libre de pecado”. Poco antes de expirar, Buda dijo: “Tal vez tengas este pensamiento, Ananda. La palabra ha perdido su Maestro. No tendremos ya Maestro. No penséis así. La Doctrina y la Orden que os he enseñado serán vuestro maestro cuando yo haya partido”.
Sus últimas palabras fueron: “Valor, discípulos míos. Todo cuanto sobrevenga, es perecedero. ¡Luchad sin cesar!”.
Cerraba la noche. Pero he aquí
que el cuerpo y la faz del Sublime resplandecían como si hubieran devenido
transparentes. Este reflejo misterioso perduró hasta la exhalación de su último
suspiro. Luego, extinguióse bruscamente. Y en el mismo instante, de la copa de
los árboles gemelos se desprendió una lluvia de flores que cayó sobre el Buda.
Acababa de entrar en el Nirvana.
Llegaron entonces las mujeres de
Kusínara que habían permanecido alejadas del Maestro, y suplicaron ver al
Bienaventurado. Otorgó el favor Ananda, a pesar de las protestas de los demás.
Se arrodillaron ellas, junto al cadáver, e inclinadas y sollozantes inundaron
de ardientes lágrimas la faz helada del Maestro que en vida les alejara de su
presencia.
Estos detalles conmovedores,
esta aureola discreta que la tradición hace planear sobre la muerte de Buda,
evidencian quizá mejor aunque sus postreras pláticas lo que pasaba en el
trasfondo de su conciencia y en la de sus discípulos. Como una oleada de lo
Invisible, lo maravilloso invadió el vacío del Nirvana.
Así las fuerzas cósmicas,
relegadas o combatidas por Sakia-Muni como peligrosas, porque veía en ellas las
tentadoras del fatal Deseo, aquellas fuerzas que había con celo proscrito de su
comunidad y de su doctrina, flores de Esperanza, Lumbre celeste, Eterno-Femenino,
tejedoras infatigables de la vida terrestre y de la vida divina, estuvieron
presentes en su hora postrera.
Sutiles, enlazantes, irresistibles, llegaron rozando y recogiendo el alma del formidable asceta para decirle que no las suprimiría ni las vencería.

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