Jesús. Renovación de los misterios antiguos por la venida de cristo - de la tentación a la transfiguración


Recopilación exclusivamente sin fines de lucro para las Adicciones.
Edouard Schure – Los Grandes Iniciados
Jesús
La misión del Cristo
 

Renovación de los misterios antiguos por la venida de cristo - de la tentación a la transfiguración

Tratemos de definir la constitución del ser sublime, de naturaleza única, salido del bautismo del Jordán.

El hijo de María, el Maestro Jesús, el Iniciado Esenio qué cedió al Cristo su cuerpo físico, ofrecióle al propio tiempo sus cuerpos etéreo y astral. Triple envoltura admirablemente armonizada y evolucionada.

A través de ella, el Verbo Solar que habló astralmente a Zoroastro y en cuerpo etéreo a Moisés bajo la forma de Elohim, hablará a los hombres al través de su hombre de carne y hueso. Faltaba eso para animarlos y convencerlos. ¡Tal opacidad oponían a la luz del alma y tal sordera a la palabra del Espíritu!.

Muchas veces, bajo diversas formas, se manifiestan los Dioses a los hombres desde el período atlante hasta los tiempos heroicos de Judea y de Grecia. Inspiraron a los rishis, iluminaron a los profetas, protegieron a los héroes.

Con el Cristo apareció por vez primera un Dios por completo encarnado en cuerpo de hombre. Y este fenómeno sin par en la Historia, se produjo en el céntrico instante de la evolución humana, es decir, en el punto inferior de su descenso en la materia.

¿Cómo remontará desde el oscuro abismo a las claras cumbres del Espíritu?. Precisa para ello el formidable impulso de un Dios hecho hombre. Realizado el impulso, continuará la acción del Verbo sobre la humanidad por medio de su efluvio. Pero no será ya necesaria su encarnación.

De ahí el maravilloso organismo del ser que hubo por nombre Jesús- Cristo. Por sus sensaciones, se sumerge en la carne; por sus pensamientos se remonta a los Arquetipos. En cada soplo suyo respira la Divinidad. La totalidad de su conciencia es continua en esta palabra que tan a menudo acude a sus labios: “Mi Padre y yo somos uno”.

Pero al mismo tiempo se halla unido a los sufrimientos de la humanidad con invencible ternura, por el inmenso amor que le hizo aceptar libremente su misión.

Su alma es una llama viva que emana de la perpetua combustión de lo humano por lo divino. Con esto puede uno capacitarse del poderío irradiador de semejante ser.

Envolvía su aura humana una vasta aureola celeste que le permitía comunicar con todas las potestades espirituales. Su pensamiento no tropieza jamás en las escabrosas sendas del razonamiento, sino que brota con el fulgor del rayo de esta céntrica Verdad que lo abarca todo.

Atraídas por esta fuerza primordial, precipítame las almas hacia Él y vibran y renacen bajo sus rayos. El objeto de su misión consiste en espiritualizar la tierra y el hombre, elevándolos a un estadio superior de evolución. El medio será a la vez moral e intelectual. Moral, por la expansión amorosa de este sentimiento de universal fraternidad que de Él emana como de un manantial inagotable. Intelectual y espiritual por la puerta que conduce a todas las almas anhelosas de Verdad hacia los Misterios. Así, en el transcurso de los tres años que duró su obra, inicia Cristo simultáneamente a su comunidad en la doctrina moral y a los apóstoles en los antiguos Misterios que Él rejuvenece y renueva, perdurándolos.

Pero al contrario de lo que acaeciera en Persia, en Egipto, Judea y Grecia, esta Iniciación, reservada antaño a unos cuantos elegidos, se propaga a la luz del día mediante reuniones públicas, para que la humanidad entera participe de ella.

La vida real de Jesús — dice Rodolfo Steiner — fue un acontecimiento histórico de lo que antes ocurría dentro de la Iniciación. Lo que hasta entonces permaneciera enterrado en el misterio del templo, debía por El recorrer la escena del mundo con incisivo realismo. La vida de Jesús es, pues, una pública confirmación de los Misterios”.

1.         LA TENTACIÓN DEL CRISTO

Aunque era Dios por esencia, debía Cristo atravesar por sí mismo la primera etapa de la evolución antes de comenzar su ministerio.

No le es posible al hombre ordinario adquirir la visión del mundo astral más que preparando su doble inferior que la oculta a su percepción. La tradición oculta lo llama Guardián del Umbral y lo simboliza la leyenda bajo la forma del Dragón. Es una astral condensación de todas las precedentes encarnaciones bajo un aspecto impresionante y terrorífico. No se puede disipar este fantasma que obstaculiza el paso al mundo espiritual más que extirpando del alma los últimos vestigios de las bajas pasiones.

Cristo, el puro Genio solar, no poseía doble inferior ni se hallaba sujeto al Karma. Limpio de toda mancha, no se había jamás separado de Dios. Pero la humanidad en medio de la que penetrara Cristo, poseía su Guardián del Umbral, es decir, la potestad cósmica que había impulsado su evolución precedente precipitándola en el cerco de la materia y, merced a la cual había conquistado la conciencia individual.

Es la potestad que al presente oculta a la mayoría de los hombres el mundo del Espíritu. La Biblia lo llama Satán, que corresponde al Ahrimán persa. Ahrimán es la sombra de Lucifer, su proyección y su contraparte inferior en los bajos mundos, el Daimón que ha perdido su divina conciencia, convertido en genio de las tinieblas, mientras Lucifer, a pesar de su caída, continúa siendo potencialmente el portaluz, actualizándose algún día.

He aquí por qué debía Cristo vencer a Ahrimán en el aura magnética de la tierra antes de dar principio a su misión. Ello justifica su ayuno de cuarenta días y las tres pruebas compiladas en tres imágenes en el Evangelio según Mateo.

El príncipe de este mundo somete sucesivamente a Cristo a la tentación de los sentidos (por medio del hambre), a la del temor (mostrándole el abismo en que intenta precipitarle), a la del poder absoluto (ofreciéndole todos los reinos de la tierra). Y por tres veces, reacciona Cristo en nombre de la palabra de Verdad que le habla y resuena en su interior como la armonía de las esferas.

Mediante esta invencible resistencia, vence a Ahrimán, que retrocede con sus innúmeras legiones ante el Genio Solar.

Se ha abierto una brecha en la tenebrosa envoltura que recubre la tierra.

Se ha abierto de nuevo el portal del alma humana. Cristo ya puede entrar.

En la educación que da Cristo a su comunidad, encontramos otra vez las cuatro etapas dé la antigua Iniciación, formuladas por Pitágoras en la siguiente forma:

1.         Preparación o instrucción,

2.         Purificación,

3.         Epifanía o iluminación,

4.         Suprema Visión o síntesis. (Léase Pitágoras).

Los dos primeros grados de esta Iniciación se destinaban al pueblo, es decir, a la totalidad, y se administraban junta y simultáneamente. Los dos últimos se reservaban a los apóstoles y particularmente a tres de ellos, administrándoselos gradualmente, hasta el fin de su vida.

Esta renovación de los antiguos Misterios representa, en un aspecto, una vulgarización y una continuación y por otra parte predisponían y capacitaban para la videncia sintética por medio de una más elevada espiritualidad.

2.         PRIMER GRADO: PREPARACIÓN

EL SERMÓN DE LA MONTAÑA Y EL REINO DE DIOS

Comienza la labor de Cristo por el idilio de Galilea y el anuncio del “Reino de Dios”.

Esta predicación nos muestra su enseñanza popular y significa a un tiempo preparación para los más sublimes Misterios que gradualmente revelará a los apóstoles, es decir, a sus más allegados discípulos. Corresponde a la preparación moral en los antiguos Misterios.

Pero no nos hallamos ya en los templos ni en las criptas. La Iniciación galilea tiene por escenario el lago de Genezaret, de claras aguas, sustentadoras de peces múltiples. Los jardines y boscajes de sus orillas, sus montañas azules de matices violáceos, cuyas vastas ondulaciones cercan el lago como copa de oro, todo este paraíso embalsamado por plantas silvestres, forma el más rotundo contraste con el infernal paisaje del Mar Muerto.

Este cuadro, con la multitud inocente y cándida que lo habita, era necesario al comienzo de la misión del Mesías. El Dios encarnado en el cuerpo de Jesús de Nazaret, sustenta un divino plan gestado durante siglos en líneas vastas como rayos solares. Ahora que es hombre y cautivo de la tierra, el mundo de las apariencias y de las tinieblas, precisa buscar la aplicación de aquel plan, paso a paso, grado por grado, sobre su pedregosa senda.

Se hallaba bien parapetado para ello. Leía en las conciencias, atraía a los corazones. Con una mirada penetraba en las almas, leyendo en sus destinos. Cuando decía al pescador Pedro, mientras aparejaba sus jarcias sobre la playa: “Sígueme y te convertiré en pescador de hombres”. Pedro se levanta y le sigue.

Cuando aparece, en el crepúsculo, con su blanco manto de esenio, con la peculiar aureola que le circundaba, Santiago y Juan le preguntan: “¿Quién eres?”. Y Él responde sencillamente: “Venid a mi Reino”. Y ellos van.

Ya le sigue un cortejo de pescadores, de peajeros, de mujeres jóvenes y viejas, al través de pueblos, campos y sinagogas.

Y helo aquí predicando sobre la montaña, a la sombra de una grande higuera: ¿Qué dice?. “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados. Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque serán colmados. Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios”.

Estas verdades impregnadas de la voz intensa y la mirada del Maestro, no se dirigen a la razón, sino al sentimiento puro. Penetran en las almas como célico rocío sustentando mundos. Contienen todo el misterio de la vida espiritual y la ley de las compensaciones que enlaza las vidas.

Los que reciben estas verdades no miden su alcance, sino que penetran su sentido con el corazón, bebiéndolas como licor que embriaga. Y cuando el Maestro añade: “El Reino de los Cielos se halla dentro de vosotros”, una flor de júbilo se abre en el corazón de las mujeres como una rosa prodiga todo su perfume al impulso del viento.

La palabra de fraternidad por cuyo medio se suele definir la enseñanza moral de Cristo, es harto insuficiente para expresar su esencia.

Una de sus características es el entusiasmo que provoca y la fe que exige. “Con el Cristo algo insólito penetra en el humano yo, algo que le permite percibir, hasta las últimas profundidades de su alma, este mundo espiritual no percibido hasta entonces más que mediante los cuerpos etéreo y astral”.

Antes, tanto en la civilización espontánea como en los Misterios, había siempre parte de inconsciencia. El Decálogo de Moisés, por ejemplo, no habla más que al cuerpo astral y se presenta bajo la forma de Ley, no de Vida. La Vida del Amor no entra en la humanidad más que por medio de Cristo. También Buda aportó al mundo la doctrina del Amor y de la Piedad. Pero su misión consistía en inculcarla mediante el razonamiento”.

Cristo es el Amor en persona y trae con él el Amor”.

Su sola presencia lo actualiza potentemente, irresistiblemente, como radiante sol”.

Existe una diferencia entre la comprensibilidad de un pensamiento y la fuerza que nos inunda como un torrente de vida. Cristo aportó al mundo la Substancia del Amor y no solamente la Sabiduría del Amor, dándose, vertiéndose por entero en la humanidad”. (Rodolfo Steiner, Conferencias de Basilea sobre el Evangelio de Lucas).

De ahí proviene la índole de fe que reclama Cristo a los suyos. La fe, en el sentido del Nuevo Testamento, como harto a menudo pretenden los llamados ortodoxos, no significa una adhesión y una sumisión ciega de la inteligencia a dogmas abstractos e inmutables, sino una convicción del alma y una plenitud de amor capaces de desbordar de un alma para verterse en otra. Es una perfección que se comunica. Cristo ha dicho: “No basta que deis a los que os pueden devolver. Los peajeros hacen lo mismo. Ofreced a aquéllos que no puedan corresponderos”. “El amor de Cristo es un amor desbordante y sumergente”. (Rodolfo Steiner, Conferencias de Basilea sobre el Evangelio de Lucas).

Tal es la predicación de este “Celeste Reino” que reside en la vida interior y que a menudo compara el Divino Maestro a un grano de mostaza. Sembrado en tierra convertiráse en erguida planta que a su vez producirá semillas a millares.

Este celeste reino que subyace en nosotros contiene en germen todo lo demás. Ello basta a los sencillos, a los que Jesús dirá: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

La vida interior contiene en sí la felicidad y la fuerza. Pero en el pensamiento de Cristo no es más que la antesala de un más vasto reino de infinitas esferas: el reino de su Padre, el mundo divino cuya senda quiere abrir de nuevo a todos los hombres y dar la esplendorosa visión a sus elegidos.

Esperando, la ingente comunidad que rodea al Maestro se acrecienta y viaja con Él, acompañándole de una orilla a otra del lago, bajo los naranjales del llano y los almendros de los alcores, entre los trigos maduros y los blancos lirios de violada corola que salpican las hierbas de las montañas.

Predica el Maestro el Reino de Dios a las multitudes desde una barca amarrada junto al puerto, en las diminutas sinagogas o bajo los grandes sicómoros del camino.

La turba le llama ya el Mesías aun sin comprender el alcance de este nombre e ignorando hacia dónde les conducirá. Pero Él está allí y esto les basta.

Tan sólo las mujeres presienten quizá su naturaleza sobrehumana y, adorándolo con amor lleno de ímpetus y turbaciones, alfombran su camino con flores. Él mismo gozaba en silencio, a manera de un Dios, de esta terrestre primavera de su Reino.

Humanízase su divinidad y enternece frente a todas aquellas almas palpitantes que esperan de Él la salvación, mientras va desentrañando sus entremezclados destinos adivinando su porvenir. Sentía el gozo de esta floración de las almas como el callado esposo de las bodas de Cana gozaba de la esposa silente y perfumada en medio de su séquito de paraninfos.

Según los Evangelios, un dramático episodio proyecta su sombra en las ondas solares que cabrillean sobre esta primavera galilea. ¿Es el primer asalto de las fuerzas hostiles que actúan contra Cristo desde lo invisible?.

Cuando cierto día atravesaban el lago, desencadenóse una de las terribles borrascas tan frecuentes en el mar de Tiberíades. Dormía Jesús en la popa. ¿Hundiríase la bamboleante nave?. Despertaron al Maestro, quien con los brazos tendidos calmó las olas mientras el esquife, con viento propicio, hendía el hospitalario puerto.

He aquí al menos lo que nos relata Mateo. ¿Qué se opone a su veracidad?.

El Arcángel solar, en directa comunicación con las potestades que gobiernan la terrena atmósfera, pudo muy bien proyectar su voluntad, como mágico círculo, en el torbellino de Eolo. Pudo trocar en azul el oscuro cielo y crear por un instante durante la tormenta el ojo de la tempestad con el corazón de un Dios.

¿Realidad o símbolo?. En ambos casos, verdad sublime. Dormía Cristo en la pesquera barca en el seno de las olas irritadas. ¡Qué soberbia imagen de la paz del alma consciente de su divina patria en medio de los rugientes elementos y de las pasiones desencadenadas!.

3.         SEGUNDO GRADO DE LA INICIACIÓN: PURIFICACIÓN CURACIONES MILAGROSAS - LA TERAPÉUTICA

CRISTIANA

En todos los Misterios antiguos sucedía a la preparación moral e intelectual una purificación del alma encaminada a desenvolver nuevos órganos que capacitaban, por consiguiente, para ver el divino mundo.

Era en esencia una purificación de los cuerpos astral y etéreo. Con el Cristo, repetimos, descendió la Divinidad, atravesando los planos etéreo y astral hasta llegar al físico. Por tanto, su influencia se ejercía aún sobre el cuerpo físico de sus fieles, al través de los otros dos, transformando de esta manera todo su ser, desde lo más bajo a lo más alto. Su influjo, atravesando las tres esferas de vida, borboteará en la sangre de sus venas alcanzando las cumbres del alma.

Porque Cristo es a la vez médico del cuerpo y del alma. De ahí esta nueva terapéutica de inmediatos efectos, deslumbrantes y trascendentes. Magnífico ejemplo jamás igualado sobre cuyas huellas andarán los creyentes del Espíritu.

El esotérico concepto del milagro no se fundamenta en un truncamiento o en una tergiversación de las leyes de la naturaleza, sino en una acumulación de fuerzas dispersas eri el Universo sobre un punto dado y en una aceleración del proceso vital de los seres. Antes que lo realizara Cristo, milagros análogos se habían operado ya en los santuarios de Asia, Egipto y Grecia, en el de Esculapio en Epidauro, entre otros, como atestiguan inscripciones múltiples.

Sin embargo, los milagros de Cristo se caracterizan por su intensidad y moral trascendencia. Paralíticos, leprosos, endemoniados o ciegos, sienten los enfermos, una vez curados, transformada el alma. Restablécese el equilibrio de las fuerzas en su cuerpo por el fluido del Maestro, pero simultáneamente les ha otorgado su divina belleza el rayo de la esperanza y su amor la lumbre de la fe. Su contacto con Cristo repercutirá en todas sus existencias futuras.

Lo justifica la cura del paralítico. Treinta años estuvo esperando junto al estanque de Betesta sin lograr sanar. Díjole simplemente Cristo: “Levántate y anda”. Y se levantó. Después le dijo al enfermo curado: “Ve y no peques más”.

Amor transformado en acción, he aquí el don de Cristo. Lo reconoció Lucas como médico del cuerpo y del alma, porque también ejerció él la medicina practicando el arte de sanar por medio del Espíritu. Por ello pudo comprender la terapéutica de Jesús. Al través de Lucas aparecen las elevadas enseñanzas del Budismo como rejuvenecidas por un manantial de Juventud”. (Rodolfo Steiner, Conferencias de Basilea sobre el Evangelio de Lucas).

4.         TERCER GRADO DE LA INICIACIÓN: ILUMINACIÓN LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

Se admite generalmente, en nuestros días; la opinión de que Jesús trajo únicamente el Reino de Dios para los sencillos, ofreciendo a todos una enseñanza única, acabando con ello todo Misterio.

Nuestra época, que ha creído encontrar ingenuamente una nueva religión en la democracia, ha intentado circunscribir al más grande de los Hijos de Dios a este ideal mezquino y grotesco, consistente en el derrumbamiento de los elegidos, de los que sobrepujan la generalidad. El más ilustre de sus biógrafos, ¿No se ha creído en el deber de dar a Jesús, no lejos de nuestros días, el más absurdo de los epítetos llamándolo “amable demócrata”?.

Ciertamente intentó Jesús facilitar la verdadera senda a todas las almas de buena voluntad, pero sabía también que era necesario dosificar la verdad según el grado de las inteligencias. El buen sentido por sí solo excusa la creencia de que un espíritu de tal profundidad desconociera la ley de la jerarquía que rige el universo, la naturaleza y los hombres. Los cuatro Evangelios refutan la opinión de que la doctrina de Cristo carece de grados y de misterios.

Solicitando los apóstoles a Jesús por qué habla al pueblo por medio de parábolas, responde: “Porque a vosotros os es dado conocer los Misterios del Reino de los Cielos. Pero a ellos no les es dado. Porque al que ya posea, más se le dará. Pero al que de todo carezca se le despojará de lo dado”. (Mateo, XIII, 10 y 11). Significa esto que la verdad consciente, es decir, cristalizada por medio del pensamiento no se destruye, y se convierte en centro de atracción para las nuevas verdades, mientras que la verdad flotante e instintiva se esteriliza y desperdicia bajo la multiplicidad de impresiones. Cristo tuvo su doctrina secreta reservada a los apóstoles, a la que llamaba “Misterios del Reino de los Cielos”.

Pero hay más todavía. Contemplada de cerca la jerarquía, se acentúa y escalona conforme a los cuatro grados de la Iniciación clásica.

1.         En primer lugar el pueblo, al que otorga la enseñanza moral bajo la forma de símiles y parábolas.

2.         Siguen luego los setenta, que recibieron la interpretación de aquellas parábolas.

3.         Luego los doce apóstoles, iniciados en los “Misterios del Reino de los Cielos”.

4.         Y entre ellos los tres elegidos: Pedro, Santiago y Juan, iniciados en los más profundos Misterios del mismo Cristo, los únicos que presenciaron la Transfiguración. Y aun es necesario añadir a todo eso que, entre estos últimos, Juan era el único epopto verdadero según los Misterios eleusinos y pitagóricos, es decir, un vidente con la comprensión de cuanto ve.

Y en efecto, el Evangelio de Juan revela, desde el principio al fin, la índole de la más elevada Iniciación. La Palabra creadora, “la Palabra que fue con Dios en el principio y que es Dios mismo” vibra allí desde los primeros versículos como la armonía de las esferas, eterna moldeadora de los mundos.

Pero al lado de esta metafísica de Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es a manera del leitmotiv de todo el Evangelio, en el que se ha señalado precisamente la influencia alejandrina en lo que concierne a la forma que envuelve las ideas, hallamos en el Evangelio de Juan una familiaridad y un realismo emocionante, incisivos y sugerentes detalles que manifiestan una especial intimidad entre Maestro y discípulo. Percíbese esta característica en todo el relato de la Pasión y más particularmente en todas las escenas de Betania, de las que la más importante es la resurrección de Lázaro.

Lázaro, al que Juan designa simplemente como hermano de Marta y de María de Betania, es el más singular y enigmático de todos los personajes evangélicos. Sólo Juan lo menciona; los sinópticos lo desconocen. No aparece más que en la escena de la resurrección. Operado el milagro, desaparece como por escotillón. Y sin embargo, integra el grupo más inmediato a Jesús, entre los que le acompañan hasta la tumba.

Y ello sugiere una doble e involuntaria pregunta: ¿Quién es esta vaga individualidad de Lázaro que atraviesa como un fantasma entre los demás personajes tan definida y vivamente dibujados en el teatro evangélico?. ¿Qué significa por otra parte su resurrección?.

Según la conocida tradición, Cristo no tuvo otra idea, al resucitar a Lázaro, que demostrar a los judíos que Él era el Mesías. No obstante, este hecho relega el Cristo al nivel de un taumaturgo vulgar. La crítica moderna, siempre presta a negar rotundamente cuanto le estorba, zanja la cuestión declarando que aquel milagro es, como todos los demás, fruto de la imaginación popular, que equivale a decir, según otros, que toda la historia de Jesús no es otra cosa que una leyenda fabricada a deshora y que Cristo no existió nunca.

Añadamos a ello que la idea de la resurrección es el meollo del pensamiento cristiano y el fundamento de su impulso. Precisa justificar esta idea según las leyes universales, tratando de comprenderla e interpretarla. Suprimirla pura y simplemente, significaría despojar al cristianismo de su lumbre y de su fuerza. Sin alma inmortal, carece de palanca.

La tradición rosicruciana nos proporciona, respecto a este turbador enigma, una solución tan osada como luminosa. (Véase E1 Misterio Cristiano y los antiguos Misterios, por Rodolfo Steiner). Porque simultáneamente hace salir a Lázaro de su penumbra revelando al propio tiempo el carácter esotérico, la verdad trascendente de su resurrección.

Para cuantos desgarraron el velo de las apariencias, Lázaro no es más que Juan, el apóstol. Si no lo ha confesado, debido es a una especie de delicado pudor y por la admirable modestia que caracteriza a los discípulos de Jesús. El deseo de no sobrepujar a sus propios hermanos, le privó de revelar a través de su mismo nombre el mayor acontecimiento de su vida, que le convirtió en un Iniciado de primer orden. Ello justifica el antifaz de Lázaro con que se encubre en aquella circunstancia el apóstol Juan.

Por lo que a su resurrección se refiere, toma por este mismo hecho un carácter nuevo y se nos revela como la fase capital de la antigua Iniciación correspondiente al tercer grado.

En Egipto, después de hallarse sometido el iniciado a prolongadas pruebas, lo sumía el hierofante en letárgico sueño, permaneciendo durante tres días yacente en un sarcófago, en el interior del templo.

Durante este período el yerto cuerpo físico denotaba todas las apariencias de la muerte, mientras el cuerpo astral, por completo liberado, se expandía libremente en el Cosmos. Desprendíase asimismo el cuerpo etéreo, asiento de la memoria y de la vida a semejanza del astral, aunque sin abandonarlo completamente, porque ello implicaría la inmediata muerte.

Al despertar del estado cataléptico provocado por el hierofante, el individuo que salía del sarcófago ya no era el mismo. Su alma viajó por el otro mundo y lo recordaba. Se había convertido en un verdadero Iniciado, en un engranaje de la mágica cadena “asociándose según una antigua inscripción al ejército de los grandes Dioses”.

Cristo, cuya misión consistió en divulgar los Misterios a los ojos del mundo, engrandeciendo sus umbrales, quiso que su discípulo favorito trascendiera a la suprema crisis que libra al directo conocimiento de la Verdad. Todo en el texto evangélico conspira para predisponerle al acontecimiento.

María envía desde Betania un mensajero a Jetos, que predica en Galilea, quien le transmite: “Señor, se halla enfermo Aquel a quien tú amas” (¿No designa claramente la frase al apóstol Juan, el discípulo amado de Jesús?).

Pero en lugar de acudir Jesús al llamamiento, aguarda dos días diciendo a sus discípulos: “No conduce esta enfermedad a la muerte, sino a la divina gloria, para que el Hijo de Dios sea glorificado... Nuestro amigo Lázaro duerme; pero yo le despertare”.

Así sabía Jesús con antelación cuanto iba a ejecutar. Y llega al preciso momento para realizar el fenómeno previsto y preparado. Cuando en presencia de las hermanas desconsoladas y de los judíos que acudieran frente a la tumba tallada en la roca, retírase la piedra que ocultaba al durmiente en letárgico sueño, que creían muerto, exclama el Maestro: “¡Levántate, Lázaro!”.

Y aquel que se yergue ante la multitud asombrada no es el legendario Lázaro, pálido fantasma que ostenta todavía la sombra del sepulcro, sino un hombre transfigurado, de radiosa frente. Es el apóstol Juan... y ya los fulgores de Patmos llamean en sus ojos porque ha contemplado la divina lumbre. Durante su sueño, ha vivido en lo Eterno. Y el pretendido sudario ha devenido el manto de lino del Iniciado. Ahora comprende el significado de las palabras del Maestro: “Yo soy la resurrección y la vida”.

El Verbo creador: “¡Levántate, Lázaro!” ha vibrado hasta la médula de sus huesos y lo ha convertido en un resucitado del cuerpo y del alma, Juan comprende ahora por qué es el discípulo más amado; porque sólo él le comprende en verdad.

Pedro continuará siendo el hombre del pueblo, el creyente impetuoso y cándido que desmayó en los últimos instantes. Juan será el Iniciado y el vidente que acompañará al Maestro al pie de la cruz, en la oscuridad de la tumba y en el esplendor del Padre.

5.         CUARTO GRADO INICIATICO: VISIÓN SUPREMA LA TRANSFIGURACIÓN

Epifanía o Visión suprema significa, en la Iniciación pitagórica, la visión conjuntiva a la que debe seguir la espiritual contemplación.

Es la íntima comprensión y la asimilación profunda de las cosas en espíritu contempladas. La Videncia conduce a una concepción sintética del Cosmos. Es la coronación iniciática. A tal fase corresponde, en la educación dada por Cristo a los apóstoles, el fenómeno de la Transfiguración.

Recordemos las circunstancias en las que tiene lugar tal acontecimiento.

Palidecía la primaveral aurora del idilio galileo. Todo en torno de Cristo se ensombrecía. Sus mortales enemigos, fariseos y saduceos, acechaban su retorno a Jerusalén para prenderle y entregarlo a la justicia.

En las fieles ciudades de Galilea las defecciones se producían en masa bajo las calumnias de la gran Sinagoga acusando a Jesús de blasfemia y sacrilegio. Y a no tardar, Cristo, disponiéndose a su postrer viaje, se despedía tristemente desde un elevado promontorio de sus ciudades queridas y su lago bienamado: “¡Maldición a ti, Cafarnaúm; a ti, Corazin, y a ti, Betsaida!”. Iracundos asaltos oscurecían cada vez más su aureola de Arcángel Solar.

La noticia de la muerte de Juan Bautista, decapitado por Herodes Antipas, advirtió a Jesús que se acercaba su hora. Conocía su destino y no retrocedía ante él. Pero una pregunta le asaltaba: “¿Han comprendido mis discípulos mi Verbo y su misión en el mundo?”. La mayor parte, impregnados del pensamiento judío, imaginaban al Mesías como dominador de los pueblos por medio de las armas. No hallábanse todavía lo suficientemente preparados para comprender la tarea que asumía el Cristo en la historia. Jesús quiso preparar a sus tres elegidos. El relato de Mateo es, en lo que a ello se refiere, especialmente significativo y de singular relieve.

Seis días después, llamó Jesús a Pedro, Santiago y Juan, su hermano, y les condujo lejos, a la cima de una montaña. Y ante ellos se transfiguró.

Resplandecía como el sol su semblante y lucieron como la misma luz sus vestiduras, al tiempo que aparecían Moisés y Elías, quienes permanecieron un rato en su presencia. Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: “Señor, bueno será permanecer aquí. Hagamos, si tú quieres, tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y la última para Elías”. Mientras continuaba hablando, una nube resplandeciente los envolvió. Y súbitamente una voz salió de la nube aquella, diciendo: “He aquí a mi Hijo bienamado en quien he puesto todo mi afecto. ¡Escuchadle!”. Al oír estas palabras cayeron los discípulos de bruces al suelo, presa de gran pavor.

Pero Jesús se les aproximó hasta tocarles y dijo: “¡Levantaos!. Desechad el miedo de una vez”. Entonces levantaron los ojos y sólo vieron a Jesús. (Mateo, XVII, 1-8). En su lienzo sobre la Transfiguración, Rafael ha interpretado maravillosamente, con su genio angélico y platónico, el trascendente sentido de esta visión. Los tres mundos, físico o terrestre, anímico, o astral y divino o espiritual, que domina y compenetra los demás con su radiación, clasificados y diferenciados en tres grupos, constituyen las tres subdivisiones del cuadro.

En la parte inferior, en la base de la montaña, percíbese a los apóstoles no iniciados y a la multitud que razona y disputa entre sí sobre los acontecimientos de un milagro. Ésos no ven a Cristo. Solamente entre la turba el poseso sanado percibe la visión y lanza un grito. En cuanto a los demás, no tienen abiertos aún los ojos del alma.

En la cumbre de la montaña, Pedro, Santiago y Juan duermen profundamente. No poseen todavía la capacidad para la videncia espiritual en el estado de vigilia. Cristo, que aparece levitado de la tierra entre fulgurantes nubes en medio de Moisés y Elías, representa la aparición de los tres elegidos. Contemplando y comprendiendo esta visión, los tres apóstoles iniciados tienen ante sí, en estos tres símiles, resumida toda la evolución divina.

Porque Moisés, el profeta del Sinaí, el formidable condensador del Génesis, representa la historia de la tierra desde el origen del mundo. Simboliza todo el pasado. Elías encarna a Israel y a todos sus profetas, anunciadores del Mesías, simbolizando el presente.

Cristo es la encarnación radiosa y transparente del Verbo Solar, el Verbo creador que sostiene nuestro mundo desde sus orígenes y que habla ahora a través de un hombre, y simboliza el porvenir. (En el libro sobre Jesús he tratado de definir el estado íntimo del alma de Cristo en el instante de la Transfiguración).

La voz que perciben los apóstoles, es la universal Palabra del Padre, del Espíritu puro de donde emanan los Verbos, semejante a la música de las esferas que recorre los mundos regulando sus ritmos, percibida sólo de los clarividentes. En aquella hora única y solemne, se traduce en lenguaje humano para los apóstoles.

Así, la visión del Tabor sintetiza en un lienzo, con magna simplicidad, toda la evolución humana y divina. La Transfiguración fue el comienzo de una nueva modalidad del éxtasis y de la visión espiritual profunda.

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