Jesús. Renovación de los misterios pasión, muerte y resurrección de cristo
Recopilación
exclusivamente sin fines de lucro para las Adicciones.
Edouard Schure – Los Grandes Iniciados
Jesús
La misión del Cristo
Renovación de los misterios pasión, muerte y resurrección de cristo
Rientes y soleados fueron los
tres años del ministerio de Jesús.
La vida errante a orillas del
lago y a través de los campos compártase con las más graves enseñanzas. La
terapéutica del cuerpo y del alma alterna con los ejercicios de la superior
videncia. A veces, diríase que asciende vertiginosamente el Maestro para elevar
a los suyos a su propia espiritual altura A medida que se eleva, la inmensa
mayoría le abandona en el camino. Sólo tres le acompañan hasta la cima, donde
caen postrados como bajo los rayos de la revelación.
Tal es la radiosa manifestación,
de hermosura y fuerza crecientes, de Cristo a través del maestro Jesús. Luego,
bruscamente, precipitase el Dios de esta gloriosa cumbre hasta el abismo de
ignominia. Voluntariamente, ante los ojos de sus mismos discípulos, dejase
prender por sus enemigos, entregándose sin resistencia a los peores ultrajes,
al suplicio y a la muerte. ¿Por qué esta honda caída?.
Platón, este prodigioso y
modesto iniciado que establece un lazo de transición entre el genio helénico y
el cristianismo, ha dicho en cierto lugar que “crucificase el alma del mundo
sobre la trama del universo en todas las criaturas y aguarda su liberación”.
Raro concepto en donde el autor del Tuneo parece presentir la misión de Cristo
en su aspecto más íntimo y trascendente. Porque esta palabra contiene a la vez
el enigma de la evolución planetaria y su solución por el Misterio de la cruz.
Después del largo encadenamiento del alma humana en los lazos de la materia, no
falta más que el sacrificio de un Dios para librarla y mostrarle la senda del
Espíritu.
Dicho en otra forma: para cumplir su misión después de haber iniciado Cristo a sus discípulos, debía, para completar su educación, atravesar una iniciación personal. El Dios debía descender hasta lo más hondo del dolor y de la muerte para identificarse con el corazón y la sangre de la humanidad, imprimiendo a la tierra renovado impulso.
El poderío espiritual se halla
en razón directa con los dones del alma. He aquí por qué dándose a la
humanidad, penetrando en humano cuerpo y aceptando el martirio, significó para
el mismo Cristo una superación.
Y aparecen los nuevos Misterios,
con carácter único como jamás se vieron y como indudablemente no se verán jamás
en el transcurso de las futuras evoluciones terrestres, sujetas a metamorfosis
múltiples. Porque se inició en estos Misterios a un Dios, Arcángel Solar,
actuando de hierofante el Padre, el Espíritu puro.
Del Cristo resucitado sale el
Salvador de la humanidad. De lo que resulta, para el hombre, una considerable
expansión de su zona de percepción espiritual y, por consecuencia, una
incalculable amplitud de sus destinos físico y celeste.
Más de un año hacía que
acechaban los fariseos a Jesús. Pero éste no quiso entregarse hasta llegar su
hora. ¡Cuántas veces discutiera con ellos en el umbral de las sinagogas y bajo
los grandes pórticos del templo de Jerusalén, donde paseaban, con suntuosidad
vestidos, los más altos dignatarios del religioso poder!. ¡Cuántas veces los
redujo al silencio con su inapelable dialéctica, oponiendo a sus ardides más
sutiles lazos!. ¡Y cuántas veces también les atemorizara con sus palabras, que
parecían descendidas del cielo, como el rayo: “En tres días derribaré el templo
y en tres días lo reconstruiré”!.
Harto a menudo retábales de
frente y algunos de sus epítetos clavábanse en sus carnes como arpones:
“¡Hipócritas!. ¡Raza de víboras!. ¡Sepulcros blanqueados!”. Y cuando, furioso,
intentaron prenderle en el mismo templo, Jesús, ante varias tentativas, apeló
al mismo medio que empleara más tarde Apolonio de Tyana, ante el tribunal del
emperador Dominiciano. Rodeóse de invisible velo y desapareció a sus ojos. “Y
pasó entre ellos sin ser visto”, dicen los Evangelios.
Sin embargo, todo se hallaba
preparado en la gran Sinagoga para juzgar al peligroso profeta que amenazó
destruir el templo y que se llamaba el Mesías. Desde el punto de vista de la
ley judía, ambas ofensas eran suficientes para condenarle a muerte. Caifás dijo
en pleno sanhedrín: “Precisa que un solo hombre perezca para todo el pueblo de
Israel”. Y cuando el cielo habla por boca del infierno, la catástrofe es
inminente.
En fin, la conjunción de los
astros bajo el signo de la Virgen, señaló la fatídica hora en el cuadrante del
cielo como en el cuadrante de la historia y proyectó su negro dardo en el alma
solar de Cristo.
Reúne a sus apóstoles en el retirado paraje de costumbre, una cueva del Monte de los Olivos, y les anuncia su muerte próxima. Consternados, no lo comprenden ni lo comprenderán hasta más tarde. Es día de Pascua. Dispone Jesús el ágape de despedida en una morada de Jerusalén.
Y he aquí a los doce apóstoles
sentados en la sala abovedada, próxima la noche. Sobre la mesa humea el cordero
pascual, que para los judíos conmemora la huida del Egipto, que será el símbolo
de la suprema víctima.
Al través de las ventanas
arcadas, dibújase la oscura silueta de la ciudadela de David, la centelleante
techumbre de oro del templo de Herodes, la siniestra fortaleza Antonia, donde
impera la lanza romana, bajo la pálida lumbre del crepúsculo.
Hay un depresivo silencio en el
ambiente, una atmósfera aplastante y rojiza. Juan, que ve y presiente más que
los otros, pregúntase por qué, en la oscuridad creciente, aparece en torno de
la cabeza de Cristo un halo suave de donde emergen rayos furtivos que pronto se
apagan, como si la hondura del alma de Jesús temblara y se estremeciera ante su
resolución postrera.
Y calladamente el discípulo
amado inclina su cabeza sobre el corazón del Maestro.
Por fin rompe éste el silencio:
“En verdad os digo que uno de vosotros me traicionará esta noche”. Como grave
murmullo, recorre la palabra los doce, semejante a la alarma de naufragio en
una nave en peligro.
“¿Quién?. ¿Quién?”. Y Jesús, señalando a Judas que oprime
su bolsa, convulsivamente, añade sin cólera: “Ve y haz lo que debes”. Y
viéndose descubierto, sale el traidor con reconcentrada ira.
Entonces Jesús, partiendo el pan
y presentando la copa, pronuncia solemnemente las palabras que consagran su
misión y que repercuten al través de los siglos: “Tomad... éste es mi cuerpo.
Bebed... ésta es mi sangre”. Los apóstoles sobrecogidos comprenden menos
todavía. Sólo Cristo sabe que en aquel momento ejecuta el supremo acto de su
vida.
Por medio de sus palabras,
inscritas en lo Invisible, se ofrece a la humanidad, se sacrifica con
antelación. Momentos antes, el Hijo de Dios, el Verbo, más libre que todos los
Elohim, hubiera podido retroceder rehusando el sangriento holocausto.
Ahora ya no puede. Las palabras
han recibido su juramento. Y, como una aureola inmensa, sienten los Elohim que
asciende hacia ellos la divina contraparte de Jesús-Cristo, su alma solar, con
todos sus poderes. Y la retienen en su círculo atento, fulgurante prenda de
divino sacrificio que no devolverán hasta después de su muerte. Sobre la tierra
no permanece más que el Hijo del Hombre, víctima que avanza hacia el suplicio.
Pero sólo Él conoce también el
significado de “el cuerpo y la sangre de Cristo”. Remotamente, ofrecieron los
Tronos su cuerpo para la creación de la nebulosa. Soplaron los Arqueos
(Representaciones del Vital principio ― N. de la T.) y en la saturniana noche
apareció el sol. Dieron los Arcángeles su alma de fuego para crear a los
Ángeles, prototipos del Hombre.
Y por último, daría Cristo su
cuerpo para salvar a la humanidad. De su sangre debía surgir la fraternidad
humana, la regeneración de la especie, la resurrección del alma...
Y mientras ofrece a sus discípulos el cáliz donde rojea el áspero vino judío..., piensa de nuevo Jesús en su visión celeste, su sueño cósmico anterior a su encarnación, cuando respiraba todavía en la zona solar, cuando le ofrecieron los doce grandes profetas a El, el decimotercio, el amargo cáliz..., que aceptó.
Pero los apóstoles, excepto
Juan, que percibe lo inefable, no pueden comprender. Presienten que algo
terrible se acerca y tiemblan y palidecen. La incertidumbre, la duda, madre del
pavor cobarde, les sobrecoge.
Cuando Cristo se levanta y dice:
“Vayamos a orar a Getsemaní”, los discípulos le siguen dos a dos. Y el triste
cortejo sale por la profunda poterna de la puerta de oro, desciende por el
siniestro valle de Hinnón, cementerio judío, y el valle de la Sombra Mortal.
Traspasan el puente de Cedrón y ocúltame en la cueva del Monte de los Olivos.
Los apóstoles permanecen mudos,
impotentes, aterrados. Bajo los viejos árboles del monte, de retorcidos gestos,
de follaje espeso, el círculo infernal se estrecha sobre el Hijo del Hombre
para oprimirle con su mortal argolla.
Duermen los apóstoles. Ora Jesús
y su frente se cubre de un sudor de sangre. Era necesario que sufriera la
angustia sofocante, que bebiera hasta las heces el cáliz, que saboreara la
amargura del abandono y de la desesperación humana.
Por fin, lucieron armas y
antorchas bajo los árboles. Y aparece Judas con los soldados y, acercándose a
Jesús, le da el beso de traición que le designa a los guerreros mercenarios.
Hay en verdad una dulzura
infinita en la respuesta de Cristo: “Amigo mío, ¿A qué viniste?”. Aplastante
dulzura que arrastrará al traidor hasta el suicidio, a pesar de la negrura de
su alma.
Transcurrido este acto de amor
perfecto, Jesús permanecerá impasible hasta el fin. Se hallaba acorazado contra
todas las torturas.
Helo aquí ante el sumo sacerdote
Caifás, tipo del saduceo empernido y del orgullo sacerdotal falto de fe.
Se confiesa Jesús el Mesías y desgarra el pontífice sus vestiduras condenándole con ello a muerte. Pilatos, pretor de Roma, intenta salvar al Galileo creyéndole un inofensivo visionario, porque este pretendido “Rey de los Judíos” que se llama “hijo de Dios”, añade que “su reino no es de este mundo”. Pero los sacerdotes judíos, evocando la sombra celosa de César y la turba aullando: “Crucifícale”, deciden al procónsul, después de lavarse las manos por tal crimen, a entregar al Mesías en manos de los brutales legionarios romanos. Y le revisten con manto de púrpura, ciñen su frente con corona de espinas y colocan una caña en sus manos como irrisorio cetro. Llueven sobre él golpes e insultos. Evidenciando su desprecio hacia los judíos, exclama Pilatos: “He aquí a vuestro rey”. Y añade con amarga ironía: ¡Ecce Homo! como si toda la abyección y la miseria humana se condensaran en el profeta flagelado.
La claudicante antigüedad y aun
los mismos estoicos no comprendieron mejor que Pilatos al Cristo de la Pasión.
No vieron más que el exterior represivo, su aparente inercia que les
soliviantaba de indignación...
Sin embargo, todos los
acontecimientos de la vida de Jesús poseen a la vez que una trascendencia
simbólica, una significación mística que influye en la humanidad futura. Los
pasos de la Cruz, evocados, en astrales imágenes por los santos de la Edad
Media, se convirtieron para ellos en instrumentos de iniciación y
perfeccionamiento. Los hermanos de San Juan y los templarios, los cruzados que
concibieron la conquista de Jerusalén para alzarla a capital del mundo, los
misteriosos rosacruces de XIV siglo, que prepararon la reconciliación de la
ciencia con la fe, del Oriente con el Occidente por medio de una magna
sabiduría, todos estos hombres consagrados a la actividad espiritual en el más
amplio sentido de la palabra, hallarían en la Pasión de Cristo una inagotable
fuente de poder. Al contemplar la Flagelación, la imagen moribunda de Cristo
les decía: “Aprende de mí a permanecer impasible bajo los azotes del destino,
resistiendo todos los dolores, y adquirirás un nuevo sentido: la comprensión
del dolor, sentimiento de la unidad con todos los seres. Porque si consentí en
sacrificarme para todos los hombres, fue para enseñorearme de lo mis profundo
de su alma”.
La Corona de espinas les inclinó a desafiar moral e intelectualmente al mundo, soportando el desprecio y el ataque contra lo más caro y querido, diciéndoles: “Arrostra valientemente los golpes, cuando todos se vuelven contra ti. Aprende a afirmar contra la negación del mundo. Sólo así te convertirás en ti mismo”.
La escena de la Cruz a cuestas
les sugería una nueva virtud diciendo: “Esfuérzate en sobrellevar el mundo
sobre tu conciencia como consintiera Cristo en llevar la Cruz para
identificarse con la tierra. Aprende a sobrellevar el cuerpo como una cosa
externa. Necesario es que el espíritu sujete al cuerpo con su voluntad como
sujeta la mano el martillo”.
Por tanto, el Misterio de la
Pasión no significó en manera alguna para el Occidente y los pueblos norteños
un motivo de pasividad, sino una renovación de energía por medio del Amor y del
Sacrificio.
La escena del Gólgota es el
último término de la vida de Cristo, el sello impreso sobre su misión, y por
tanto, el más profundo Misterio de dolor es algo tan sagrado, que mostrar su
imagen a los ojos de la multitud puede parecer sacrílega profanación.
¿A qué viene la lúgubre escena de la crucifixión?, se
preguntaban los paganos de los primeros siglos. ¿De este martirio cruel ha de
surgir la salvación del mundo?. Y muchos pensadores modernos han repetido: ¿La
muerte de un justo tiene que salvar necesariamente a la humanidad?. ¡En tal
caso Dios es un verdugo y el universo un potro de tortura!.
Rodolfo Steiner ha dado a tan
agudo problema la más filosófica respuesta: “Hay que evidenciar a los ojos del
mundo que siempre lo espiritual ha vencido a lo material. La escena del Gólgota
no es otra cosa que una Iniciación transportada sobre el plano de la historia
universal. De las gotas de sangre vertidas sobre la cruz, mana un torrente de
vida para el espíritu. La sangre es la substancialización del yo. Con la sangre
derramada en el Gólgota penetraría el amor de Cristo en el humano egoísmo como
vivificante fluido”.
Lentamente, la cruz se levanta sobre la siniestra colina que domina Sión. En la víctima ensangrentada que se estremece y palpita bajo el infame suplicio, respira un alma sobrehumana. Pero Cristo entregó sus poderes a los Elohim, y siéntese como desprendido de su aura solar, en soledad horrible, en lo más hondo de un abismo de tinieblas donde gritan los soldados y vociferan los enemigos.
Oscura nube pesa sobre
Jerusalén. La terrena atmósfera es sólo un prisma de la vida universal. Sus
fluidos, vientos, elementales espíritus, alimentanse a veces con las pasiones
humanas mientras responden a las impulsaciones cósmicas por medio de sus tempestades
y convulsiones.
Y llegaron para Jesús las horas de agonía, aplastantes como eternidades. A pesar de los desgarramientos del suplicio, continúa siendo el Mesías. Perdona a sus verdugos, consuela al ladrón que mantiene la fe. Próxima la muerte, siente Jesús la abrasante sed de los ajusticiados, presagio de liberación. Pero antes de vaciar su cáliz, debía experimentar este sentimiento de soledad que le obligaría a exclamar: “Padre mío, ¿Por qué me has abandonado?”, seguido de la palabra suprema: “Todo ha terminado”, que imprime el sello del Eterno sobre la frente de los siglos suspensos.
Un postrera exclamación brota
del pecho del crucificado con estridencias de clarín o semejante al simultáneo
desgarrar de las cuerdas de un arpa. Tan terrible y poderoso fue aquel grito,
que los legionarios romanos retrocedieron balbuciendo: “¿Sería acaso el Hijo de
Dios?”.
Ha muerto Cristo y, sin embargo,
Cristo está vivo, ¡Más vivo que nunca!. A los ojos de los hombres, no resta de
él más que un cadáver suspendido bajo un cielo más oscuro que el averno. Pero
en los mundos astral y espiritual, refulge un chorro de luz seguido del
retumbar de un trueno de mil ecos.
De un solo ímpetu, el alma de
Cristo refúndese en su aura solar seguida por océanos de almas y saludada por
el hosanna de las regiones celestes. Desde entonces hasta ahora, los videntes
de ultratumba y los Elohim saben que se ganó la victoria, que se ha desvanecido
el aguijón de la muerte, que se ha resquebrajado la lápida que cubre los
sepulcros, viéndose las almas flotar sobre sus esqueletos mondos.
Cristo ha reintegrado su reino
con sus poderes centuplicados por su sacrificio.
Y ya con renovado impulso se
halla presto a penetrar en el corazón del Infinito, en el burbujeante centro de
luz, de amor y de belleza al que llama su Padre. Pero su compasión le atrae
hacia la tierra de la que por martirio ha devenido dueño.
Una bruma siniestra, un melancólico silencio continúan envolviendo a Jerusalén. Las santas mujeres lloran sobre el cadáver del Maestro. José de Arimatea le da sepultura. Los apóstoles se ocultan en las cavernas del valle de Hinnón, perdida toda esperanza, ya que desapareció el Maestro.
Nada ha cambiado, en apariencia,
en el opaco mundo de materia. Y sin embargo, un singular acontecimiento ha
ocurrido en el templo de Herodes. En el preciso momento en que Jesús expiraba,
el espléndido velo de lino, de jacinto y púrpura teñido, que cubría el
tabernáculo, se desgarró de arriba abajo. Y un levita que pasaba vio en el
interior del santuario el arca de oro contorneada por querubines de oro macizo
con sus alas tendidas hacia la bóveda. Y sucedió algo inaudito, porque los ojos
profanos pudieron contemplar el misterio del santo de los santos donde el
propio pontífice máximo no podía penetrar más que una vez al año. Los
sacrificadores echaron a la multitud temerosos de que presenciara el
sacrilegio.
He aquí el significado del
hecho: la imagen del Querubín que tiene cuerpo de león, alas de águila y cabeza
de ángel, semeja la de la esfinge y simboliza la evolución completa del alma
humana, su descenso en la carne y su retorno al Espíritu. Cristo hizo que se
desgarrara el velo del santuario resolviendo el enigma de la Esfinge.
En adelante, el Misterio de la
vida y de la evolución se hace asequible para cuantos osan y quieren.
Y ahora, para explicar la misión
realizada por el espíritu de Cristo, mientras los suyos velaban sus exequias,
debemos apelar una vez más al acto capital de la iniciación egipcia.
Permanecía el iniciado tres días
y tres noches sumergido en letárgico sueño en el interior de un sarcófago, bajo
la vigilancia del hierofante. Duran- te este tiempo y con relación a su grado
de adelanto, efectuaba su viaje por el otro mundo.
Según el lenguaje de los tiempos
era como resucitado y dos veces nacido, porque recordaba al despertar su
anterior permanencia en él imperio de los muertos. También realizó Cristo su
viaje cósmico mientras permanecía en el sepulcro antes de su resurrección
espiritual a los ojos de los suyos. Todavía hay en ello un paralelismo entre la
Iniciación antigua y los modernos Misterios que aportó Cristo al mundo.
Paralelismo, aunque también mayor amplitud. Porque el viaje astral de un Dios
que atravesara la prueba de la muerte física debía, necesariamente, pertenecer
a una índole distinta, de más vasto alcance que el tímido bogar de un simple
mortal en el reino de los muertos, en la barca de Isis. (Esta barca era en
realidad el cuerpo etéreo del iniciado, que el hierofante separaba del cuerpo
físico, arrastrado por el torbellino de las corrientes astrales).
Dos corrientes psico fluidas envuelven al globo terrestre con anillos múltiples como eléctricas serpientes en perpetuo movimiento. Moisés llama a una Horeb y Orfeo llámala Erebo. Podría llamarse también fuerza centrípeta porque tiene su centro en el interior de la tierra y a ella conduce todo cuanto se precipita en su flujo torrencial. Es el abismo de las generaciones, del deseo y de la muerte; la esfera de experimentación llamada también por las religiones purgatorio. Arrastra en sus remansos y torbellinos a todas las almas todavía sujetas a sus pasiones terrenas. A la otra corriente la denomina Moisés Yona y podríamos definirla como fuerza centrífuga, porque en ella subyace la potencialidad de expansión como en la otra la de contracción y se halla relacionada con todo el Cosmos. Por ella ascienden las almas al sol y al cielo y por su mediación también se hacen asequibles las divinas influencias. Por ella descendiera Cristo bajo el símbolo de la Paloma.
Si los iniciados predispuestos
para el viaje cósmico por un alma altamente evolucionada hubieran sabido en
todo tiempo alcanzar la corriente Yona después de su muerte, la inmensa
multitud, de almas entenebrecidas por los vahos de la carne, difícilmente
volverían, sin abandonar apenas de una encarnación a otra la región de Horeb.
El tránsito de Cristo por los
limbos crepusculares, abrió una brecha perdurando en circuitos luminosos y
franqueando de nuevo a las almas perdidas, como las del segundo círculo del
Infierno de Dante, las rutas celestes.
Así alumbraría la misión de
Cristo, ampliando los límites de la vida después de la muerte como ampliara y
alumbrara la vida sobre la tierra.
Pero lo esencial de su misión
consiste en llevar la certeza de la resurrección espiritual en el corazón de
los apóstoles que debían divulgar su pensamiento por el mundo. Después de
resucitar por sí mismo debía resucitar en ellos y por ellos para que este hecho
planeara sobre toda la historia futura. La resurrección de Cristo debía ser la
prenda de la resurrección de las almas en esta vida como de su fe en la otra.
Por ello no bastaba que Cristo
se manifestara a los suyos en visión astral durante el profundo sueño.
Necesitaba mostrarse durante la vigilia, en el plano físico, y que la
resurrección tuviera para ellos, en cierto aspecto, una apariencia material.
Y tal fenómeno, aunque difícil
para otros, podía fácilmente realizarlo Cristo, porque el cuerpo etéreo de los
grandes Adeptos — y el de Cristo debía poseer una vitalidad particularmente
sutil e intensa — se conserva durante mucho tiempo después de acaecida su
muerte, perdurando en la materia una porción de su influjo. Basta que el
Espíritu la anime para en determinadas condiciones hacerla visible.
La fe en la resurrección no nace
bruscamente en los apóstoles, sino que debía insinuarse en ellos como una voz
que persuade por el acento del corazón, como un soplo de vida que se comunica.
Se posesiona de su alma como avanza paulatinamente el día, transcurrida la
profunda noche.
Tal es el alba clara que se alza
sobre la grisácea Palestina. Escalónense las apariciones de Cristo para surtir
efectos crecientes. Leves al principio y fugitivas como sombras, aumentan luego
en radiación y fuerza.
Pero ¿Cómo ha desaparecido el
cuerpo de Jesús?. ¿Lo ha consumido el Fuego Original bajo el aliento de las
Potestades como el de Zoroastro, de Moisés y Elías y tembló por ello la tierra,
la guardia derribada, como describe el Evangelista?. ¿O bien, sutilizado,
espiritualizado hasta el punto de despojarse de toda partícula material
fundióse entre los elementos como un perfume en el agua, como un bálsamo en el
aire?. Sea lo que fuere, mediante maravillosa alquimia se diluyó en la
atmósfera su quintaesencia exquisita.
Pero he aquí a María Magdalena,
portadora de esencias, viendo en el sepulcro vacío a “dos ángeles de faz
radiosa y vestiduras níveas”. Vuélvese asustada y se encuentra con un personaje
que no reconoció, sobresaltada, y cuya voz pronuncia su nombre: “María...”
Conmovida hasta la médula reconoce al Maestro y se arroja a sus pies para rozar
el extremo de su túnica.
Pero Él, como si temiera el
contacto harto material de aquella de quien “alejara siete demonios”, dice: “No
me toques... ¡Ve y di a los apóstoles que he resucitado!”.
Aquí habla el Salvador a la
mujer apasionada, a la pecadora convertida en fervorosa del Señor. Con una sola
palabra vierte hasta el fondo de su corazón el bálsamo de eterno Amor, porque
sabe que al través de la Mujer alcanzará el alma de la humanidad.
Cuando Jesús se aparece luego
secretamente a los once, reunidos en una casa de Jerusalén y les da cita en
Galilea, el Maestro reúne su rebaño electo para la obra futura.
En el patético crepúsculo de
Emaús, el divino sanador de almas enciende de nuevo la fe en el ardiente
corazón de dos discípulos afligidos.
En las playas del lago de
Tiberíades se aparece a Pedro y a Juan, preparándolos para su difícil misión.
Y cuando por fin se muestra a
los suyos por vez postrera sobre la montaña de Galilea, les dice estas
palabras: “Id y predicad el Evangelio por doquiera... ¡Yo estaré con vosotros
hasta el fin del mundo!”.
Es la solemne despedida del
Maestro y el testamento del Rey de los Arcángeles solares.
Así el místico acontecimiento de
la resurrección, que debía nacer entre los apóstoles como tímida aurora, se
intensifica y aclara, finalizando en un glorioso poniente que consolida su
pensamiento eterno, envolviéndolo en su púrpura suntuosa y profética.
Una vez más, años más tarde,
aparecerá Cristo de una manera excepcional a Pablo, su adversario, en el camino
de Damasco, para convertirlo en su más fervoroso defensor.
Si las precedentes apariciones de Cristo se hallan como revestidas de un nimbo de ensueño, posee ésta un carácter histórico incontestable. Más insólita que las otras, posee una radiación victoriosa. Todavía la cantidad de fuerza aplicada se equipara con el resultado perseguido. Porque de esta visión fulminante debía salir la misión del apóstol de los gentiles, que convertiría al Cristo a la humanidad greco-latina y por ella a todo el Occidente.
Como astro radiante, promesa de
un mundo que vendrá, planea sobre la densa bruma del horizonte, así la
resurrección espiritual planea sobre la obra entera de Cristo. Es su necesaria
conclusión y su corolario.
Ni el odio, ni la duda ni el mal
han sido desterrados. No deben desaparecer todavía, porque son a manera de
fermentos para la evolución.
Pero en adelante, nada podrá
arrancar del corazón del hombre la Esperanza inmortal. Por cima de fracasos y
muertes, un coro inextinguible cantará al través de las edades: “¡Cristo ha
resucitado!. ¡Se han abierto las rutas de la tierra y del cielo!”.

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