Krishna. IV La juventud de Krishna
Recopilación exclusivamente sin fines de lucro para las
Adicciones.
Edouard Schure – Los Grandes Iniciados
Krishna.
IV
La juventud de Krishna
Al pie del monte Meru se extendía un fresco valle lleno de praderas y dominado por vastos bosques de cedros, por donde pasaba el soplo puro del Himavat. En este alto valle habitaba un pueblo de pastores sobre el cual reinaba el patriarca Nanda, amigo de los anacoretas. Allí Devaki encontró un refugio contra las persecuciones del tirano de Madura; y allí, en la morada de Nanda, nació su hijo Krishna. A excepción de Nanda, nadie supo quién era la extranjera y de dónde procedía aquel hijo. Las mujeres del país dijeron únicamente: “Es un hijo de los Gandharvas. (Son los genios que, en toda la poesía india, se supone presiden a los matrimonios de amor). Porque los músicos de Indra deben haber presidido a los amores de esa mujer que parece una ninfa celeste, una Apsara”. El hijo maravilloso de la mujer desconocida creció entre los rebaños y los pastores, ante los ojos de su madre. Le llamaban “el Radiante”, porque su sola presencia, su sonrisa y sus grandes ojos tenían el don de difundir la alegría. Animales, niños, mujeres, hombres, todo el mundo le quería, y él parecía querer a todo el mundo, sonriendo a su madre, jugando con las ovejas y los niños de su edad o hablando con los viejos. El niño Krishna no tenía temor alguno; lleno de audacia ejecutaba acciones sorprendentes. A veces se le encontraba en los bosques, recostado sobre el musgo, abrazando a jóvenes panteras y abriéndoles la boca sin que se atreviesen a morderle. Tenía también inmovilidades repentinas, admiraciones profundas, tristezas extrañas. Entonces se apartaba de todos, y grave, absorto, miraba sin responder. Pero sobre todas las cosas y todos los seres, Krishna adoraba a su joven madre, tan bella, tan radiante, que le hablaba del cielo de los Devas, de combates heroicos y de cosas maravillosas que ella había aprendido con los anacoretas. Y los pastores que conducían sus rebaños bajo los cedros del monte Meru decían: “¿Quién es esta madre y quién su hijo?. Aunque vestida como nuestras mujeres, parece una reina. El hijo maravilloso se ha criado con los nuestros, y sin embargo no se les parece. ¿Es un genio?. ¿Es un dios?. Quienquiera que sea, nos traerá felicidad”.
Cuando Krishna tuvo quince años,
su madre Devaki fue vuelta a llamar
por el jefe de los anacoretas.
Un día desapareció sin decir adiós a su hijo.
Krishna, no viéndola ya, fue a
buscar al patriarca Nanda y le dijo:
— ¿Dónde está mi madre?.
Nanda respondió, inclinando la
cabeza: — Hijo mío, no me lo preguntes. Tu madre ha partido para un largo
viaje. Ha vuelto al país de donde vino, y no sé cuándo volverá.
Krishna no respondió nada, pero
cayó en una meditación tan profunda que todos los niños se apartaban de él como
sobrecogidos por un temor supersticioso. Krishna abandonó a sus compañeros,
dejó sus juegos, y perdido en sus pensamientos, se fue solo por el monte Meru y
erró así durante varias semanas. Una mañana llegó a una alta cima cubierta de
árboles, desde donde la vista se extendía sobre la cordillera del Himavat. De
repente divisó cerca de él un anciano, de elevada estatura, vestido con el
traje blanco de los anacoretas, en pie bajo los cedros gigantescos, bañado por
la luz matutina. Parecía un centenario; su barba de nieve y su frente brillaban
con majestad. El joven lleno de vida y el anciano se miraron largo tiempo. Los
ojos del viejo se posaban con complacencia sobre Krishna. Éste quedó tan
maravillado al verle, que enmudeció lleno de admiración. Aunque por primera vez
le veía, pareció conocerle.
— ¿A quién buscas? — le dijo por fin el anciano.
— A mi madre.
— Tu madre no está ya aquí.
— ¿Dónde la encontraré?.
— Al lado de Aquel que no cambia nunca.
— Pero ¿Cómo encontrar a Aquel?.
— Busca.
— Y a ti, ¿te volveré a ver?.
— Sí; cuando la hija de la Serpiente incite al crimen al hijo
del Toro, entonces me volverás a ver en una aurora de púrpura. Entonces matarás
al Toro y aplastarás la cabeza de la Serpiente. Hijo de Mahadeva, sabe que tú y
yo no formamos más que uno solo en Aquél. ¡Busca, busca, busca siempre!.
Y el centenario extendió las manos en signo de bendición. Después se volvió dando algunos pasos bajo los altos cedros, en dirección del Himavat. De pronto pareció a Krishna que su forma majestuosa se volvía transparente, después temblorosa, y desapareció en el brillo de las finas hojas de las ramas, en una vibración luminosa. (Es una creencia constante en la India que los grandes ascetas pueden manifestarse a distancia bajo una apariencia visible, mientras su cuerpo queda sumergido en un sueño cataléptico).
Cuando Krishna descendió del
monte Meru, parecía como transformado.
Una energía nueva irradiaba de
su ser. Reunió a sus compañeros y les dijo: “Vamos a luchar contra los toros y
las serpientes; vamos a defender a los buenos y a subyugar a los malvados”.
Con el arco en la mano y la
espada al cinto, Krishna y sus amigos, los hijos de sus pastores, convertidos
en guerreros, comenzaron a batir las selvas luchando contra las bestias
feroces. En el fondo de los bosques, se oían los aullidos de las hienas, los
chacales, los tigres, y los gritos de triunfo de los jóvenes. Krishna mató y
domó leones, hizo la guerra a reyes y libertó a tribus oprimidas. Más la
tristeza invadía el fondo de su corazón. Su alma sólo tenía un deseo profundo,
misterioso, oculto: encontrar a su madre y volver a hallar al extraño y sublime
anciano. Recordaba sus palabras: “¿No me prometió que le vería cuando aplastase
la cabeza de la serpiente?. ¿No me dijo que encontraría a mi madre al lado de
Aquel que no cambia nunca?”. Pero por mucho que luchaba y vencía, no había
vuelto a ver ni al viejo sublime ni a su madre radiante. Un día oyó hablar de
Kalayeni, el rey de las serpientes, y pidió luchar con el más terrible de sus
animales en presencia del mago negro. Se decía que aquel animal, adiestrado por
Kalayeni, había ya devorado centenares de hombres, y que su mirada helaba de
espanto a los más valientes. Del fondo del templo tenebroso de Kali, Krishna
vio salir, a la voz de Kalayeni, un largo reptil azul verdoso. La serpiente
enderezó lentamente su cuerpo grueso, hinchó su cresta rojiza, y sus ojos
penetrantes se encendieron en su cabeza monstruosa, cubierta de conchas
relucientes. “Esta serpiente, dijo Kalayeni, sabe muchas cosas, es un demonio
poderoso. No se las dirá más que a quien la mate; ella mata a los vencidos. Te
ha visto, te mira, estás en su poder. Sólo te resta adorarla o perecer en una
lucha insensata”. A estas palabras, Krishna se indignó, porque sentía que su
corazón era como la punta del rayo. Miró a la serpiente y se lanzó sobre ella,
cogiéndola por debajo de la cabeza. Hombre y serpiente rodaron por las
escaleras del templo. Pero antes que el reptil se le hubiese enroscado, Krishna
le cortó la cabeza con su espada y, desembarazándose del cuerpo, que se
retorcía aún, el joven vencedor levantó, con aire de triunfo, la cabeza de la
serpiente en su mano izquierda. Aquella cabeza vivía aún; miraba a Krishna y le
dijo: “¿Por qué me has matado, hijo de Mahadeva?
¿Crees encontrar la verdad
matando a los vivos?. ¡Insensato: no la encontrarás más que agonizando tú
mismo. La muerte está en la vida, la vida está en la muerte. Teme a la hija de
la serpiente y a la sangre vertida. ¡Guárdate! ¡Ten cuidado!”. Hablando así, la
serpiente murió. Krishna dejó caer la cabeza del reptil y se marchó lleno de
horror. Kalayeni dijo: “No puedo nada sobre este hombre; sólo Kali podría
dominarle con un encanto”.
Tras un mes de abluciones y de
oración en la orilla del Ganges, luego de haberse purificado en la luz del sol
y en el pensamiento de Mahadeva, Krishna volvió a su país natal, entre los
pastores del monte Meru.
La luna de otoño mostraba sobre
los bosques de cedros su globo resplandeciente; de noche el aire se embalsamaba
con el perfume de los lirios silvestres, donde las abejas murmuraban durante el
día. Sentado bajo un gran cedro, al borde de una pradera, Krishna, cansado de
los varios combates de la tierra, soñaba en combates celestes y en lo infinito
del cielo. Cuanto más pensaba en su radiante madre y en el anciano sublime, más
sus hazañas juveniles le parecían despreciables, y más las cosas del cielo se le
hacían vivas. Un encanto consolador, una divina reminiscencia, le inundaban por
completo. Un himno de reconocimiento a Mahadeva subió de su corazón y desbordó
de sus labios en una melodía, suave y angélica. Atraídas por aquel canto
maravilloso, las Gopis, las hijas y las mujeres de los pastores, salieron de
sus moradas. Las primeras, al ver a las mayores de la familia en su camino,
volvieron a entrar en seguida, después de simular que cogían flores. Algunas se
aproximaron más, llamando: ¡Krishna!, ¡Krishna!, y después huyeron
avergonzadas. Animándose poco a poco, las mujeres rodearon a Krishna por
grupos, como gacelas tímidas y curiosas encantadas por sus melodías. Él,
abstraído en el sueño de los dioses, no las veía. Atraídas más y más por su
canto, las Gopis comenzaron a impacientarse de que no se fijara en ellas.
Nichdali, la hija de Nanda, con los ojos cerrados, había caído en una especie
de éxtasis. Su hermana Sarasvati, más atrevida, se deslizó al lado del hijo de
Devaki, y le dijo con voz cariñosa:
— ¡Oh, Krishna!. ¿No ves que te escuchamos y que no podemos
dormir en nuestras moradas?. Tus melodías nos han embelesado, ¡Oh, héroe
adorable!, y henos aquí, encadenadas a tu voz, y no pudiendo ya vivir sin ti.
— Canta más — dijo una joven —; enséñanos a modular nuestras
voces.
— Enséñanos la danza — dijo una mujer, y Krishna, saliendo de su sueño, lanzó sobre las Gopis benévolas miradas. Les dirigió palabras amables, y cogiéndolas de la mano, las hizo sentar sobre el césped, a la sombra de los grandes cedros, bajo la luz de la luna brillante. Entonces les contó lo que había visto en su ensimismamiento: la historia de los dioses y de los héroes, las guerras de Indra, y las hazañas del divino Rama. Mujeres y mozas escuchaban encantadas. Aquellas narraciones duraban hasta el alba. Cuando la rosada aurora subía tras el monte Meru, y los kokilas comenzaban a cantar bajo los cedros, las hijas y las mujeres de los Gopis volvían furtivamente a sus viviendas. Pero al día siguiente, en cuanto la luna mágica mostraba su creciente, volvían más ávidas dé escucharle. Krishna, al ver que se exaltaban con sus relatos, las enseñó a cantar con sus voces y a figurar con sus gestos las acciones sublimes de los héroes y de los dioses. A las unas dio vinas, de cuerdas vibrantes como almas; a las otras, címbalos, sonoros como los corazones de los guerreros, y tambores, que imitaban el trueno. Eligiendo a las más bellas, las animaba con sus pensamientos, y, con los brazos extendidos, andando y moviéndose en un sueño divino, las bailarinas sagradas representaban la majestad de Varuna, la cólera de Indra matando al dragón, o la desesperación de Maya abandonada. De este modo, los combates y la gloria eterna de los dioses, que Krishna había contemplado en sí mismo, revivían en aquellas mujeres dichosas y transfiguradas.
Una mañana, las Gopis se habían
dispersado. Los timbres de sus instrumentos variados, de sus voces musicales y
alegres se habían perdido a lo lejos. Krishna, solo bajo el gran cedro, vio
venir a las dos hijas de Nanda: Sarasvati y Nichdali, que se sentaron a su
lado. Sarasvati, echando sus brazos alrededor del cuello de Krishna, y haciendo
ruido con sus brazaletes, le dijo: “Al enseñarnos los cantos y las danzas
sagradas, has hecho de nosotras las más dichosas de las mujeres; pero seremos
las más desdichadas cuando te marches. ¿Qué será de nosotras cuando no te
veamos más?. ¡Oh Krishna!. Sé nuestro esposo: mi hermana y yo seremos tus
mujeres fieles, y nuestros ojos no tendrán el dolor de perderte”. Mientras
Sarasvati hablaba así, Nichdali cerró los párpados como si cayera en éxtasis.
— Nichdali; ¿Por qué cierras los ojos? — preguntó Krishna.
— Está celosa — respondió Sarasvati riendo —. No quiere ver mis
brazos rodeando tu cuello.
— No — respondió Nichdali ruborizándose —: cierro los ojos para
contemplar tu imagen que está grabada en el fondo de mí misma. Krishna, puedes
marchar: no te perderé nunca. Krishna estaba pensativo. Rechazó sonriendo los
brazos de Sarasvati, que apasionadamente oprimían su cuello, y mirando
alternativamente a las dos mujeres, pasó sus brazos alrededor de sus talles.
Primero posó su boca sobre los labios de Sarasvati, luego sobre los ojos de
Nichdali. En esos dos largos besos, el joven Krishna pareció sondear y saborear
todas las voluptuosidades de la tierra. Más, de repente, se estremeció y dijo:
— Eres hermosa, ¡Oh, Sarasvati!, tú cuyos labios tienen el perfume del ámbar y de todas las flores; eres adorable, ¡Oh Nichdali!, tú cuyos párpados velan profundos ojos y sabes sondear tu propia alma. Os amo a las dos.
Pero ¿Cómo voy a ser vuestro
esposo, puesto que mi corazón tendría que dividirse entre ambas?.
— ¡No amará nunca! — dijo Sarasvati con despecho.
— Sólo amaré con amor eterno...
— ¿Y qué es preciso para que ames así? — dijo Nichdali con
ternura. Krishna se había levantado; sus ojos llameaban.
— ¿Para amar con amor eterno? — dijo —. ¡Es preciso que la luz
del día se extinga, que el rayo caiga en mi corazón, y que un alma se lance
fuera de mí hasta el fondo del cielo!.
Mientras hablaba, pareció a las jóvenes que crecía de un codo. De repente, tuvieron miedo de él, y volvieron a su casa llorando. Krishna tomó solo el camino del monte Meru. La noche siguiente, las Gopis se reunieron para sus juegos, pero en vano esperan a su maestro. Había desaparecido, no dejando más que una esencia, un perfume de su ser: los cantos y las danzas sagradas.

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