Autobiografía Inconclusa. Alice A. Bailey.
Recopilación
exclusivamente sin fines de lucro para las Adicciones.
Maestro
Djwhal Khul
Alice
A. Bailey.
Autobiografía Inconclusa.
Prologo
Los cuatro
primeros capítulos de esta Autobiografía fueron escritos en el año 1945. Los
Capítulos Quinto y Sexto lo fueron en 1947. Estas fechas son significativas, en
relación con los acontecimientos mundiales de esa época.
El
primer original escrito a máquina fue copiado nuevamente en 1948, y leído y
corregido por la señora Alice A. Bailey. En distintas oportunidades varias
personas ayudaron a preparar el texto, y las copias de algunas partes fueron
entregadas también a unas pocas, para su comentario. En algunos casos no fueron
devueltas, pero de todas maneras resultaron incompletas, inexactas en ciertos
detalles y, finalmente, no fueron aprobadas por ella.
Tenía
proyectado escribir cuatro capítulos más de esta Autobiografía, pero nunca lo
hizo. La creciente presión del trabajo mundial, de cuya organización era
responsable la señora Bailey; las condiciones confusas y tensas en que se
hallaba la humanidad, con la que ella estaba sensiblemente sintonizada; el
sentido de futilidad y, por lo tanto, de negatividad de los hombres de buena
voluntad de todas partes, actitud que ella procuró arduamente contrarrestar; la
tensión que implicaba la falta de finanzas para la expansión del trabajo
mundial, y la frustración y decepción causadas por la incapacidad para
enfrentar las necesidades y, a menudo, la imposibilidad de aprovechar la
oportunidad, por falta de recursos, fueron algunas de las tensiones que
produjeron en ella un estado de total agotamiento. El vehículo físico no tenía
descanso. El estado cardíaco y sanguíneo empeoraba constantemente.
Durante
los dos últimos años de su vida luchó contra esas presiones y condiciones
adversas, con una voluntad realmente férrea. Su personalidad de primer rayo, se
irguió en un supremo esfuerzo por responder a la demanda de su alma. En 1946
tomó la decisión de imponerse a su invalidez. En consecuencia, según su costumbre,
trabajaba diariamente hasta el límite de su capacidad física, sin preocuparse
del dolor o la fatiga. Determinó pasar al más allá en plena actividad y ocupada
en su tarea, y así lo hizo. Aún en sus Últimos días, 1949, internada en un
hospital de Nueva York, recibía visitas, efectuaba reuniones con los miembros
de la comisión directiva y escribía cartas.
A
la hora de su muerte, su propio Maestro K. H. vino en su búsqueda, como se lo
había prometido desde tanto tiempo.
A
la mañana siguiente de su muerte, envié esta carta a sus miles de amigos y a
los estudiantes de todo el mundo.
Estimado amigo:
Esta
carta le anuncia el final de un ciclo y el comienzo de otro más útil y menos
restringido, para nuestra mutua amiga Alice A. Bailey. Se liberó pacífica y
felizmente, en la tarde del jueves 15 de diciembre de 1949. ‑
Hablando
juntos, esa su última tarde, me dijo: "Tengo mucho que agradecer. He
vivido una vida rica y plena. Innumerables personas, en todo el mundo, han
sido muy buenas conmigo".
Muchas
veces había deseado abandonar este mundo, pero la retenía únicamente su fuerte
voluntad de terminar su trabajo y el ardiente deseo de completar ciertos
arreglos para el futuro de la Escuela Arcana, que nos ayudaría a usted y a mí,
a ser mejores servidores de nuestros semejantes.
En
el transcurso de los años, había ideado y modelado el plan para nuestra
Escuela, con la precisión de su aguda mente, colmándolo con la potencia
magnética de su gran corazón, que tanto había sufrido.
Algunos
han preguntado el por qué de su sufrimiento –pues ella sufrió mental, emocional
y físicamente. Sólo yo sé cuán triunfalmente se abría para recibir el impacto
de diferentes tipos de fuerzas destructivas, tan prevalecientes en esta época
de tumulto mundial, y cuán asombrosamente las trasmutaba, protegiendo a todos
esos aspirantes luchadores y jóvenes discípulos, duramente presionados, que en
el transcurso de los años llegaron a ella y a su Escuela.
La
mayor parte del trabajo en su vida siempre fue subjetivo, y hemos visto y
observado sus efectos objetivos en el ir y venir externos, la hemos ayudado y
querido, criticándola a veces, quejándonos otras, pero siempre seguimos
adelante con ella y por ella, cada vez mejor y más arriba, lo cual no hubiera
sido posible de otra manera. Todos somos muy humanos y ella también lo fue.
¿Por
qué sufría? Porque eligió el sendero de los Salvadores del Mundo. Ahora ha
retornado a su Maestro K. H., a fin de realizar juntos un trabajo más osado
para Cristo.
Ella
nos pide que mantengamos la Escuela Arcana limpia y brillante tal como es
ahora, plena de ese poder salvador que emana de un grupo mundial de amorosos
corazones, que en verdad es eso, y que procuremos servir verdaderamente.
Sinceramente suyo,
(firmado)
FOSTER BAILEY
Nueva
York, 16 de diciembre de 1949
.
Introducción
Lo que
finalmente me decidió escribir acerca de mi vida, fue una carta que recibí en
1941, de un amigo que estaba en Escocia, donde me decía que, según su modo de
ver, podía prestar un gran servicio si explicaba a la gente cómo había llegado
a lo que soy, siendo de utilidad saber de qué manera una activa y rabiosa
cristiana ortodoxa llegó a convertirse en una muy conocida instructora
esotérica. Las personas podrían aprender mucho descubriendo en qué forma una
estudiante de la Biblia, teológicamente orientada, pudo llegar a la firme
convicción de que las enseñanzas orientales y occidentales deben amalgamarse y
fusionarse antes de que la verdadera religión universal –que todo el mundo
espera— aparezca en la Tierra. Es de valor saber que el amor de Dios antecede
al cristianismo y no reconoce fronteras. Esta fue la primera y más difícil
lección que tuve que aprender y me llevó largo tiempo, así como a todos los
fundamentalistas les cuesta aprender que Dios es amor; lo afirman, pero no lo
ponen en práctica, me refiero a la práctica de Dios.
Entre
otras cosas quisiera demostrar cómo el mundo de los seres humanos se abrió para
recibir a una mujer inglesa, consciente de su clase social, y cómo un mundo de
valores espirituales, con un gobierno directo, interno y espiritual, llegó a
ser un hecho comprobado para una cristiana de mente excesivamente estrecha. Me
vanaglorio con el nombre de cristiana, pero ahora pertenezco a la clase
incluyente y no a la excluyente.
Una
de las cosas que deseo destacar en esta narración es la realidad de la
dirección interna de los asuntos mundiales, y así familiarizar paralelamente a
más personas con la realidad de la existencia de Quienes son responsables
(detrás de la escena) de la guía espiritual de la humanidad y también de la
tarea de conducir a esa humanidad de la oscuridad a la Luz, de lo irreal, a lo
Real y de la muerte a la Inmortalidad.
Quiero
que los Discípulos de Cristo, los Maestros de Sabiduría, sean reales para las
personas, como lo son para mí y para muchos miles de personas en el mundo. No
me refiero a una realidad hipotética (si se me permite la frase) ni a un acto
de fe y credulidad. Quiero presentarlos tal cual son, Discípulos de Cristo,
hombres que están en la vida y son factores siempre presentes en los asuntos
humanos. Éstas son las cosas que tienen importancia y no las experiencias
terrenas, ni los acontecimientos y eventos en la vida de uno de Sus
trabajadores.
He
vivido muchas, encarnaciones en una. He tratado de avanzar constantemente,
aunque con suma dificultad (tanto psicológica como material), hacia un campo de
servicio cada vez más amplio. Quiero demostrar que en cada ciclo de experiencia
he tratado sinceramente de seguir una guía interna, y cuando lo he hecho
siempre ha significado un paso adelante en comprensión y progreso y una gran
capacidad para ayudar. El resultado de este progreso aparentemente ciego (como
cuando me casé y vine a vivir a los Estados Unidos) fue siempre una mayor
oportunidad. He desempeñado diversos papeles en mi vida. Fui una niña muy
desgraciada, excesivamente desagradable, una joven de sociedad, de la alegre
década (que para mí no lo era) de 1890, para convertirme después en una
evangelista y trabajadora social del tipo predicador de "Billy
Sunday". Repito: no era muy alegre, pero si joven y me interesaban
grandemente todas las cosas. Más tarde me casé con Walter Evans y me encontré
actuando como esposa del párroco de la Iglesia Episcopal Protestante de
California y madre de tres niñas.
Esa
variada experiencia de vivir y trabajar en Gran Bretaña, Europa, Asia y
América, hizo cambiar fundamentalmente mi actitud hacia la vida y las
personas. Permanecer estático en un solo punto de vista me parece poco
inteligente. Significa llegar a un punto, en el propio desarrollo, en que
dejamos de aprender y no podemos extraer el significado de los acontecimientos,
de las corrientes del pensamiento y las circunstancias, quedando mentalmente
pasivos frente a la vida. Esto es desastroso y malo. Sin duda ha de ser lo que
se denomina infierno. Lo terrible del infierno (en el cual no creo desde el
punto de vista ortodoxo) debe consistir en una eterna monotonía, en una forzosa
incapacidad de cambiar las condiciones.
Después
me convertí en una estudiante de esoterismo, una escritora cuyos libros
lograron amplia y constante difusión, traducidos a muchos idiomas. Más tarde
me encontré directora de una escuela esotérica (sin desearlo y sin la menor
intención) y organizadora, con Foster Bailey, del Movimiento Internacional de
la Buena Voluntad (no un movimiento pacifista), alcanzando tal éxito al
estallar la guerra en 1939, que contábamos con centros en diecinueve países.
Por lo
tanto no he sido inútil en lo que respecta al servicio mundial, pero no
pretendo que mi éxito se deba únicamente a mi esfuerzo personal. Siempre he
tenido la bendición de maravillosos amigos y colaboradores que –en el
transcurso de los años— a pesar de todo lo que les hice, continuaron
igualmente. He tenido muchísimos amigos y sorprendentemente muy pocos enemigos,
los cuales no me causaron realmente daño alguno; quizás se deba a que nunca me
fueron desagradables y siempre supe comprender por qué no les caí en gracia.
Foster Bailey, mi esposo, facilitó mi trabajó durante más de veinticinco años.
Creo que sin él, poco hubiera podido realizar. Cuando existe un amor profundo,
leal y comprensivo, respeto y continua camaradería, en realidad podemos
considerarnos ricos. Mi esposo ha constituido para mí una torre de fortaleza y
"la acogedora sombra de una gran roca en una tierra sedienta". Hay
cosas que al expresarlas en palabras pierden su significado y suenan a huecas y
fútiles cuando las escribimos. Nuestra relación es una de ellas. Debemos haber
vivido y trabajado juntos durante muchas vidas, y ambos esperamos seguir
juntos otras tantas. Nada más diré sobre esto. Frecuentemente me he preguntado
qué hubiera hecho yo sin la amistad comprensiva, el afecto y la firme
colaboración de mis innumerables amigos y colegas, que durante años me
apoyaron. No puedo nombrarlos, pero son las personas esencialmente
responsables del éxito del trabajo que hemos realizado como grupo.
Esta
autobiografía tiene, por lo tanto, un triple propósito, pues tres cosas deseo destacar, y espero
hacerlo con claridad.
Primero,
la realidad de la existencia de los Maestros de Sabiduría, que actúan bajo la
guía de Cristo. Quiero poner en claro la naturaleza de Su trabajo, y
presentarLos al mundo tal cómo los conozco personalmente, pues en los años
venideros otras personas darán testimonio de Su existencia y deseo allanarles
el camino. Esto lo ampliaré más adelante y mostraré cómo llegué a conocer
personalmente Su existencia. En la vida de cada uno de nosotros existen ciertos
factores convincentes que hacen posible el vivir. Nada puede alterar la propia
convicción interna. Los Maestros son para mí tal factor, y este conocimiento ha
constituido un punto estabilizador en mi vida.
Segundo,
quisiera señalar algunas de las nuevas tendencias en el mundo de hoy, que
decididamente están ejerciendo influencia en el género humano y elevando la
conciencia humana, y también puntualizar algunas de las ideas más nuevas que
surgen en el mundo del pensamiento humano y provienen del grupo interno de
Maestros, las cuales están introduciendo una nueva civilización y cultura y
–incidentalmente desde el ángulo de la eternidad—destruyendo muchas de las
viejas y queridas formas. Durante mi vida he visto, como lo ven las personas
reflexivas, la desaparición de muchas cosas inútiles en el campo de la
religión, de la educación y del orden social. Y eso es muy bueno.
Mirando
retrospectivamente, no puedo imaginar nada más espantoso que la perpetuación
de la era Victoriana, su fealdad por ejemplo, la afectación, el excesivo lujo
de las denominadas clases altas y la terrible condición en que debía debatirse
la clase trabajadora. En ese bien equipado, afectado y confortable mundo, viví
mi niñez. No puedo imaginar algo más enfermizo para el espíritu humano, que la
teología del pasado, que hacía resaltar la existencia de un Dios que salva a
unos pocos presumidos y condena a la mayoría a la perdición. Tampoco puedo
imaginar nada más conducente a la inquietud, a la guerra de clases, al odio y a
la degradación, que la situación económica del mundo de entonces, que fue por
muchas décadas grandemente responsable de la actual guerra mundial, (1914‑1945).
A
Dios gracias, vamos en camino hacia cosas mejores. El grupo que compartió
nuestro trabajo, junto con otros grupos que responden a la misma inspiración
de amor a la humanidad, habían desempeñado su pequeña parte para producir los
tan necesarios cambios. La tendencia del mundo hacia el federalismo, hacia la
comprensión y la colaboración y hacia todas las cosas que beneficiarán a todos
y no a unos cuantos elegidos, es muy alentadora. Nos encaminamos hacia la
fraternidad.
Tercero,
deseo demostrar cuán maravillosos son los seres humanos. He vivido en tres
continentes y en muchas naciones. He conocido a los muy ricos y a los muy
pobres, íntimamente y desde el ángulo de la más estrecha amistad; los seres más
encumbrados y los más desposeídos del mundo han sido mis amigos, y en todas las
clases, naciones y razas, he encontrado la misma humanidad, la misma belleza de
pensamiento, el mismo autosacrificio y el mismo amor por los demás, los mismos
pecados y flaquezas, el mismo orgullo y egoísmo, la misma aspiración y
objetivos espirituales y el mismo deseo de servir. Si pudiera presentar esto
con la fuerza y claridad necesarias, ello sólo justificaría este libro.
En
el amplio campo de la historia humana y al lado de los grandes personajes del
mundo ¿quién es Alice Ann Bailey? Una
mujer sin importancia que se vio obligada por las circunstancias (casi siempre
contra su voluntad), por una conciencia que se entrometía activamente y por el
conocimiento de lo que su Maestro quiso que hiciera: emprender ciertas tareas.
Una mujer que siempre temió a la vida (quizás en parte, debido a la excesiva
Protección durante la infancia), de naturaleza tan tímida que aún hoy tiene que
armarse de valor para llamar a la puerta, si es invitada a un almuerzo; es muy
hogareña, le gusta cocinar y lavar (sólo Dios sabe en qué medida ha hecho esto)
y aborrece la publicidad.
Aunque
nunca he sido robusta, poseo una vitalidad sorprendente. En el transcurso de
mi vida me he visto obligada a permanecer semanas y hasta meses en cama. En
estos últimos ocho años, me he mantenido viva gracias a la ciencia médica, pero
(y esto es algo de lo que me siento orgullosa) he seguido trabajando a pesar de
todo. He considerado a la vida como algo muy bueno, aun en lo que la mayoría
consideraría una época pésima. Siempre hubo mucho que hacer y mucha gente que
conocer. Lo único que lamento es haberme sentido siempre cansada. En un viejo
cementerio de Inglaterra, hay una lápida con una inscripción que puedo
comprender muy bien.
"Aquí yace una pobre mujer que estuvo siempre cansada.
Vivió en un mundo que le exigió demasiado.
No lloren por mí, amigos, que al país donde voy
No hay que pasar el plumero, barrer ni coser.
No lloren por mí, amigos, aunque la muerte nos separe,
Nunca más haré nada."
Esto
realmente sería el infierno y no deseo ir allí. Quiero tornar un cuerpo nuevo
y más adecuado y regresar para retomar los antiguos hilos, encontrar el mismo
grupo de colaboradores y continuar la tarea.
Si
la historia de mi vida sirve de aliento a otra persona para seguir adelante,
este libro será entonces de valor; si ayuda a quien aspira iniciar el impulso
espiritual y obedecerlo, algo se habrá ganado, y si puede infundir ánimo y
fortaleza y darles un sentido de la realidad a otros trabajadores y discípulos,
no habrá sido escrito en vano.
Podrán
ver que, como historia de una vida, la mía no tiene mucha importancia. Sin
embargo, como medio para probar ciertos hechos, que tengo la certeza serán
esenciales para la felicidad y progreso futuro de la humanidad –como la
realidad de la existencia de los Maestros, el futuro desarrollo, del cual la
guerra mundial que recién termina no es más que una etapa preparatoria, y la
posibilidad de establecer contactos espirituales telepáticos directos— y para
obtener conocimiento, todo lo que pueda decir será de utilidad. En el
transcurso de las épocas, muchos místicos aislados, hombres y mujeres que son
discípulos y aspirantes, han conocido todas estas cosas. Ha llegado el momento
en que las masas deben también conocerlas.
He
aquí la historia de mi vida. No se dejen engañar. No va a ser una exposición
profundamente religiosa. Soy una persona algo jovial y humorista, y siempre
estoy penosamente dispuesta a ver el lado cómico de las cosas.
Confidencialmente diré que el profundo interés que demuestran las personas por
sí mismas, por sus almas y todas las complejidades de las experiencias
relatadas, casi me anonadan. Me entran ganas de sacudirlos y decirles:
"Salgan y descubran su alma en los demás, y así descubrirán la propia".
Tiene fundamental interés lo que sucede en el mundo y en las mentes y corazones
de los hombres. El amplio alcance del progreso humano, desde las edades
primitivas hasta el alba de la inminente nueva civilización, tiene gran interés
e importancia espiritual. Las propias descripciones de los místicos medievales
ocupan su lugar, pero pertenecen al pasado; las conquistas de la ciencia
moderna (pero no el uso que el hombre hace de esas revelaciones) constituyen el
principal factor moderno espiritual; la lucha que se está librando entre las
ideologías políticas y entre el capital y el trabajo, además del derrumbe de
nuestros antiguos sistemas educativos, indican un fermento espiritual y divino,
que es la levadura de la humanidad. Sin embargo, el sendero místico de
introspección y de divina unión debe preceder al método esotérico de
conocimiento intelectual y percepción divina. Siempre ha sido así en la vida
del individuo y en la de toda la humanidad. El sendero místico y ocultista y el
camino del corazón y la cabeza deben fusionarse y mezclarse, entonces la
humanidad conocerá a Dios y no "irá simplemente tanteando en pos de Él”.
Este
conocimiento personal de Dios, llegará, no obstante, viviendo en forma normal
y lo más bellamente posible, sirviendo e interesándose por los demás, a fin de
descentralizarse. Esto se obtendrá por el reconocimiento del lado bueno de la
vida, por la bondad que hay en todas las personas, por la felicidad y por la
inteligente apreciación de la oportunidad –propia y ajena—. También se obtendrá
llevando una vida plena y efectiva. En el camposanto donde mis padres están
sepultados, había una lápida (que atraía la mirada, ni bien se atravesaban los
portales) donde se leían las palabras: "Hizo todo lo que pudo". El
epitafio de un fracasado siempre me pareció muy penoso. Por mi parte lamento no
haber hecho todo lo que pude, pero siempre traté de hacerlo lo mejor posible.
Trabajé. Cometí errores. Sufrí y gocé. Me divertí mucho viviendo y no tendré
una muerte dolorosa.
CAPITULO PRIMERO
Mirando
retrospectivamente hacia mi infancia, experimento un profundo sentimiento de
desagrado. Por supuesto no es una nota muy armoniosa para comenzar la historia
de mi vida. Los metafísicos denominan a esto un pronunciamiento negativo. Pero
ello es verdad. Recuerdo de mi infancia muy pocas cosas que fueron de mi
agrado, aunque gran parte de mis lectores quizás piensen que fue maravillosa,
comparada con la infancia de millares de personas. La mayoría de la gente dice
que la niñez es la época más feliz de la vida. No lo creo en lo más mínimo.
Para mí fueron los años en que gocé de más comodidades físicas y de lujo; años
libres de ansiedades materiales; pero al mismo tiempo, de interrogantes,
desilusiones, desdichados descubrimientos y soledad.
Al
escribir esto, soy consciente de que las congojas de la niñez (y quizás esto
sea verdad en la vida como un todo) parecen más grandes y terribles de lo que
fueron en realidad. La naturaleza humana tiene la curiosa tendencia de recordar
y acentuar los momentos desdichados y las tragedias, pasando por alto las
alegrías y gozos y olvidando los momentos de paz y felicidad. Nuestros momentos
de tensión y depresión parecen afectar nuestra conciencia (curioso agente
registrador de todos los acontecimientos) mucho más que las incontables horas
de la vida común. Si sólo nos diéramos cuenta, veríamos que esas plácidas y
tranquilas horas son, en último análisis, las que predominan. Horas, días, semanas
y meses, en que se forma y consolida el carácter, lo cual nos ayuda a enfrentar
las crisis –reales, objetivas y a veces trascendentales— que acontecen a
intervalos en el transcurso de los años. Entonces lo que desarrollamos como
carácter pasa las pruebas y señala el camino de salida, o fracasa y
descendemos, por lo menos, temporariamente. Así nos vemos obligados a seguir
aprendiendo. Al observar mi infancia, lo que se destaca en mi memoria no son
las horas incontables de vacía felicidad, los momentos de pacífica armonía ni
las semanas que se deslizaron sin que nada ocurriera, sino los momentos de
crisis y las horas en que me sentía intensamente desdichada, donde la vida
parecía llegar a su fin y no veía nada por delante que valiera la pena.
Recuerdo
que mi hija mayor pasó los mismos momentos después de los veinte años. Creía
que no valía la pena vivir y que la vida en sí era una monótona pérdida de
tiempo. Ella preguntaba: ¿Por qué la vida es tan tonta? ¿Por qué tengo que
vivirla? No sabiendo qué responderle, me puse a pensar en mi experiencia pasada
y recuerdo que le contesté: "Bien, mi querida, lo único que puedo decirte
es que nunca sabemos qué nos espera en un recodo del camino". He
comprobado que ni la religión ni las palabras de consuelo, generalmente sirven
de ayuda en los momentos de crisis. En el recodo del camino a ella la esperaba
el hombre con quien se casó; a la semana de conocerlo se comprometió, y desde
entonces ha vivido feliz.
Es
necesario aprender a recordar las cosas que nos causaron alegría y felicidad y
no únicamente las que nos trajeron dolor y dificultad. Lo bueno y lo malo
forman un todo muy importante que merece ser recordado. Lo bueno nos permite
mantener nuestra fe en el amor de Dios. Lo malo nos disciplina y nutre nuestra
aspiración. Los momentos arrobadores, que envuelven nuestro espíritu cuando
observamos una puesta de sol por ejemplo, o el silencio profundo e
ininterrumpido de los páramos y la campiña, son cosas que deben ser recordadas;
la línea del horizonte o el exuberante colorido de un jardín nos absorben y
aíslan de todo lo demás; la llegada de un amigo y su resultante momento de
comunión y satisfactorio contacto; la belleza del alma humana surgiendo triunfante
en medio de dificultades, son cosas que, no debemos dejar de reconocer.
Constituyen los grandes factores que condicionan la vida. Revelan lo divino.
¿Por qué esto se olvida tan fácilmente y en cambio las cosas desagradables,
tristes o terribles se fijan en nuestra mente? No lo sé. Aparentemente, en este
peculiar planeta, el sufrimiento se experimenta con más intensidad que la
felicidad, y su efecto parece ser más perdurable. También puede ser que temamos
la felicidad y la apartemos de nosotros por la influencia de esa característica
tan descollante en el hombre: el TEMOR.
En
los círculos esotéricos se habla muy eruditamente acerca de la Ley del Karma,
que después de todo no es más que el nombre dado en Orienté a la gran Ley de
Causa y Efecto; el énfasis siempre se pone sobre el mal karma y cómo evitarlo.
Sin embargo puedo afirmar que, tomándolo globalmente, hay más buen karma que
malo; lo digo a pesar de la actual guerra mundial, indescriptible horror que
nos ha rodeado y aún nos rodea a pesar del verdadero conocimiento de las cosas
que todo trabajador social constantemente debe enfrentar. El mal y el
sufrimiento pasarán, pero la felicidad permanecerá; ante todo vendrá la
comprensión de que lo que hemos construido mal debe desaparecer y se nos
ofrece ahora la oportunidad de construir un nuevo y mejor mundo. Esto es así
porque Dios es bueno, la vida y la experiencia también son buenas y la voluntad
al bien está eternamente presente. Siempre se nos dio la oportunidad de
corregir los errores y enderezar los enredos de que somos responsables.
Mi
infelicidad es tan remota que no puedo especificar los detalles ni tengo la
intención de relatar los que recuerdo. La mayoría de las causas se originaban
en mí misma y de ello estoy muy segura. Desde el punto de vista mundano no
tenía razón para sentirme desgraciada, y mi familia y amigos se hubieran
sorprendido grandemente al conocer mis reacciones. Cuántas veces se habrán
preguntado ustedes, ¿qué pasa en la mente de un niño? Los niños tienen ideas
definidas sobre la vida y las circunstancias, y les pertenecen de tal modo, que
nadie puede inmiscuirse en ellas, lo cual rara vez es reconocido. No puedo
recordar un solo momento en que no estuviera pensando, tratando de descifrar
cosas, formulando preguntas, rebelándome o esperando algo. Sin embargo, recién
a los 35 años descubrí que poseía una mente y que podía emplearla. Hasta ese
momento había sido un manojo de emociones y sentimientos; mi mente –o lo que de
ella poseía— me había utilizado a mí y no yo a ella. De todas maneras fui muy
desdichada hasta cerca de los 22 años –cuando me independicé para vivir mi
propia vida. En los primeros años estuve rodeada de belleza; mi vida tuvo
muchas variantes; conocí muchas personas interesantes. Nunca supe lo que era
carecer de algo. Fui educada en el consabido lujo de mi época y clase; me
cuidaron con la mayor solicitud, pero internamente aborrecía todo eso.
Nací el 16 de junio de 1880 en la ciudad, de
Manchester, en Inglaterra, donde mi padre trabajaba en un proyecto de
ingeniería vinculado con la firma de mi abuelo paterno ‑una de las más
importantes de Gran Bretaña. Nací por lo tanto bajo el signo de Géminis, que
significa conflicto entre los pares de opuestos ‑pobreza y riqueza, la cumbre
de la felicidad y las honduras del dolor, la atracción entre el alma y la
personalidad o entre el yo superior y la naturaleza inferior. Estados Unidos e
Inglaterra están regidos por Géminis, por lo tanto, en aquel país y en Gran
Bretaña será resuelto el gran conflicto entre capital y trabajo, dos grupos que
involucran los intereses de los muy ricos y de los muy pobres.
Hasta 1908 no conocí necesidades ni tuve
apremios de dinero; hice y deshice como quise; pero a partir de entonces conocí
las amarguras de la pobreza. Una vez viví durante tres semanas a pan duro y té,
sin azúcar ni leche, para que mis tres hijas tuvieran lo esencial para comer.
En mi infancia pasaba temporadas en grandes mansiones; sin embargo después
trabajé, para mantener a mis hijas, como obrera en una factoría, donde se
envasaban sardinas; hoy cuando veo una sardina siento repulsión. Mis amistades
(empleando este término en su verdadero sentido) abarcan desde las clases
inferiores hasta las superiores, incluyendo al Gran Duque Alejandro, cuñado
del último Zar de Rusia. Nunca he vivido durante mucho tiempo en el mismo
lugar, pues las personas regidas por Géminis siempre están en movimiento. El
más pequeño de mis nietos (nacido también bajo el signo de Géminis) cruzó el
Atlántico dos veces y atravesó el Canal de Panamá en dos ocasiones, antes de
cumplir los cuatro años. Bajo otro aspecto, de no haber sido precavida, estaría
siempre en la cumbre de la felicidad o de la excitación, o vencida por la
desesperación y la más profunda depresión. Como resultado de mucha
experiencia, he aprendido a evitar ambos extremos y a tratar de mantenerme en
el término medio, aunque no lo he logrado totalmente.
El conflicto mayor de mi vida ha sido la lucha
entre mi alma y mi personalidad, y aún continúa. Mientras escribo esto, viene a
mi memoria la reunión de cierto "Movimiento Grupal" en el que me vi
envuelta en 1935 en Ginebra, Suiza. Una dama de facciones plácidas y
sonrientes, pero duras, organizadora profesional de grupos, actuaba como
dirigente; también había una cantidad de personas ansiosas de dar testimonio de
sus pecados y del poder salvador de Cristo, dando la impresión (como una de
ellas testimonió) de que Dios se interesaba personalmente de si pedían
disculpas a su cocinera por una grosería. Según mi opinión, la buena educación
y no Dios, hubiera sido un incentivo suficiente. Entonces una atrayente señora
de cierta edad, elegante, de ojos chispeantes y buen humor, se puso de pie.
"Estoy segura que tiene un magnífico testimonio que presentar", le
dijo la que dirigía. La dama respondió, "no, la batalla se libra aún
entre Cristo y yo, y es dudoso saber quién ganará". Esa batalla continúa
siempre y, en el caso de un sujeto de Géminis que está despierto y presta
servicio, llega a convertirse en una cuestión vital y más bien personal.
También se supone que los regidos por Géminis
son como el camaleón, de carácter mutable y a menudo llenos de dobleces. Por lo
menos nada tengo de eso, a pesar de mis numerosos defectos, y es posible que mi
signo ascendente me salve. Para mi regocijo, astrólogos autorizados me asignan
diversos signos como ascendente –Virgo, porque amo a los niños y me gusta
cocinar y desempeñar el papel de madre en las organizaciones; Leo, porque soy
muy individualista (con lo cual quieren significar que tengo un carácter difícil
y dominador) y a la vez muy autoconsciente; Piscis, porque es el signo del
mediador o intermediario. Siento inclinación hacia Piscis, porque mi esposo es
de Piscis y mi muy querida hija mayor nació también bajo ese signo, y nos hemos
entendido tan bien que con frecuencia teníamos rencillas. Además he actuado
definidamente como intermediaria, en el sentido de que ciertas enseñanzas, que
la Jerarquía de Maestros quería hacer conocer al mundo en este siglo, aparecen
en los libros de los cuales he sido responsable. De todos modos, no interesa
cuál sea mi signo ascendente. Soy un verdadero sujeto de Géminis y aparentemente
ese signo ha condicionado mi vida y circunstancias.
Durante
mi infancia, la imperante y más bien incipiente desdicha se debió a varias
cosas. Era la menos agraciada de una familia famosa por su belleza, y no soy
fea. En las aulas fui siempre considerada como la más torpe y la menos
inteligente en una familia de inteligentes.
Mi
hermana, una de las niñas más hermosas que he conocido, poseía una inteligencia
superlativa, y aunque siempre le profesé un hondo afecto, ella no lo sentía por
mí, pues siendo una cristiana ortodoxa, consideraba que todo divorciado no
estaba en gracia con Dios. Se graduó de doctora en medicina y fue una de las
primeras mujeres en la historia de la Universidad de Edimburgo que obtuvo
distinciones (si la memoria no me falla) en dos oportunidades. Era aún muy
joven cuando publicó tres libros de versos, y he leído comentarios sobre esos
libros en el Suplemento Literario del diario The London Times, donde se
la consideraba como la más grande de las poetisas inglesas de la época.
Escribió también un libro sobre biología y otro sobre enfermedades tropicales
que, según creo, fueron considerados libros de texto. Mi hermana se casó con mi
primo hermano, Laurence Parsons, un prominente clérigo de la Iglesia de
Inglaterra, siendo en un tiempo párroco en Colonia del Cabo. Su madre fue la
tutora designada por la Corte de Chancery, para cuidar de mi hermana y de mí.
Hermana menor de mi padre, pasamos con Laurence, uno de sus seis hijos, mucho
tiempo juntos en nuestra infancia. Su esposo, mi tío Clare, un hombre algo duro
y severo, era hermano de Lord Rosse e hijo de aquel Lord Rosse que adquirió
fama por su telescopio, mencionado en La Doctrina Secreta. De niña le
tenía terror; sin embargo, antes de morir, me mostró otro aspecto poco
conocido de su naturaleza. Nunca olvidaré su gran bondad para conmigo durante
la primera guerra mundial, cuando me encontraba en Norteamérica en el mayor
desamparo y pobreza. Me escribía cartas comprensivas que me ayudaron mucho y me
hicieron sentir que en Inglaterra había personas que no me habían olvidado. Menciono
esto aquí, porque no creo que su familia, ni su nuera, mi hermana, tuvieran la
menor idea de las relaciones amistosas y felices que existieron entre mi tío y
yo, al final de su vida. Estoy segura que él nunca mencionó esto y yo tampoco
lo hice hasta ahora.
Mi
hermana se dedicó después a la investigación del cáncer y adquirió gran
renombre en tan necesario campo de trabajo. Estoy muy orgullosa de ella. Mi
afecto nunca ha variado y quiero que lo sepa si algún día lee esta
autobiografía. Afortunadamente creo en la gran Ley de Renacimiento, y alguna
vez afianzaremos más satisfactoriamente nuestras relaciones.
Me
parece que la mayor desventaja en la vida de un niño es carecer de un verdadero
hogar. Esta carencia nos afectó mucho a mi hermana y a mí. Antes de cumplir los
nueve años mis padres murieron de tuberculosis, que en esos tiempos se llamaba
consunción. El temor a la tuberculosis se cernía sobre ambas como una amenaza
constante en nuestros primeros años, a lo que sumaba el resentimiento que
sentía mi padre por nuestra existencia, especialmente por la mía.
Probablemente pensaría que mi madre podría haber vivido si el nacimiento de
dos criaturas no hubieran agotado sus recursos físicos.
Mi
padre se llamaba Frederic Foster La Trobe‑Bateman y mi madre Alice Hollinshead.
Los dos pertenecían a una rancia estirpe ‑el origen de la familia de mi padre
se remonta a varios siglos, anterior a las Cruzadas, siendo los antepasados de
mi madre descendientes de Hollinshead (el Cronista), de quien se dice que
Shakespeare obtuvo muchos de sus relatos. Los árboles genealógicos y el linaje
nunca los he considerado de gran importancia. Cada uno de nosotros lo posee,
aunque sólo algunas familias han conservado los registros. Que yo sepa, ninguno
de mis antecesores hizo nada particularmente interesante. Todos han sido
personas dignas, pero aparentemente simples. Como dijo mi hermana en una
ocasión: "se quedaron por siglos entre sus repollos”. Una estirpe limpia,
noble y culta, pero ninguno de ellos logró notoriedad, buena o mala.
A pesar de ello, el escudo de la familia es muy
interesante y, desde el punto de vista del simbolismo esotérico, de extraordinaria
significación. No conozco nada sobre heráldica ni los términos precisos para
describir el escudo. Consiste en una vara con un ala en cada extremo, viéndose
entre las alas la estrella de cinco puntas y la media luna. Esta última se
remonta, por supuesto, a las Cruzadas, en las que participó aparentemente
alguno de mis antepasados, pero prefiero considerar todo el símbolo como representando
las alas de la aspiración, el Cetro de la Iniciación, la meta y los medios, el
objetivo de la evolución y el incentivo que nos impulsa a todos hacia la
perfección –perfección que recibe eventualmente el aliciente del reconocimiento
por medio del Cetro. En el lenguaje del simbolismo, la estrella de cinco puntas
siempre ha representado al hombre perfecto, en vez la media luna se supone que
rige la forma o naturaleza inferior. Éste es el abecé del simbolismo oculto,
pero me interesó descubrirlo, en nuestro blasón.
Mi
abuelo fue John Frederic La Trobe‑Bateman, un ingeniero muy conocido, miembro
asesor del Gobierno Británico y responsable, en su época, de varios de los
sistemas municipales de aguas corrientes en Gran Bretaña. Formó una familia muy
numerosa. Su hija mayor, mi tía Dora, se casó con Brian Barttelot, hermano de
Sir Walter Barttelot de Stopham Park, en Pulborough, Sussex, y como fue
designada tutora nuestra al morir los abuelos, vivimos mucho con ella y sus
cuatro hijos. Dos de ellos fueron mis amigos íntimos durante toda mi vida.
Ambos eran mucho mayores que yo, pero nos queríamos y comprendíamos. Brian (el
Almirante Sir Brian Barttelot) hace apenas dos años que falleció, y su muerte
ha constituido una sensible pérdida para mi esposo Foster Bailey, y yo. Éramos
tres amigos íntimos, y extrañamos mucho las cartas que nos enviaba
constantemente.
De
todos mis muchos parientes, a quien más he querido fue a mi tía Margaret
Maxwell. No fue tutora nuestra, pero mi hermana y yo, durante años, pasamos
los veranos en su casa de Escocia, y me escribía regularmente, por lo menos una
vez al mes, hasta que murió pasados los 80 años. Fue una de las grandes
bellezas de su época, y el retrato que se conserva actualmente en el castillo
de Cardoness en Kirkcudbrightshire, la representa como una de las mujeres más
hermosas imaginables. Se casó con el "menor de los Cardoness", como a
veces se designa en Escocia al heredero, el hijo mayor de Sir William Maxwell,
pero su esposo, mi tío David, murió antes que su padre, por lo que nunca pudo
heredar el título. Le debo a esa tía mucho más de lo que pude retribuirle. Me
orientó espiritualmente, y aunque su teología era muy estrecha, sin embargo
ella era muy amplia. Me enseñó ciertas claves de la vida espiritual que nunca
me han fallado y ella tampoco me defraudó hasta su deceso. Cuando empecé a
interesarme por los asuntos esotéricos y dejé de ser una cristiana ortodoxa,
teológicamente orientada, me escribió que aunque no entendía esas cosas
confiaba en mí sinceramente, pues como conocía mi profundo amor a Cristo, no
importaba a qué doctrina pudiera renunciar, sabía que nunca renunciaría a Él.
Esa fue la pura verdad. Era hermosa, amorosa y buena. Su influencia se extendió
por todas las Islas Británicas. Había hecho construir y equipado especialmente
un pabellón de un hospital; sostenía misioneros en los países paganos y era
presidenta de la rama femenina de la Asociación Cristiana de Jóvenes de
Escocia. Si presté algún servicio a mis semejantes y logré de algún modo llevar
a la gente a alguna forma de realización espiritual, se debe en mayor parte a
su gran amor, que me inició en el buen camino. Fue una de las pocas personas
que sintió más cariño por mí que por mi hermana. Existió un vínculo entre
nosotras que se mantiene inquebrantable y que nunca se romperá.
He
mencionado a la hermana menor de mi padre, Agnes Parsons. Tenía otros dos
hermanos: Gertrudis, que se casó con un señor Gurney Leatham, y su hermano
menor Lee La Trobe‑Bateman, el único que queda. Mi abuela Anne Fairbairn, era
hija de Sir William Fairbairn. y sobrina de Sir Peter Fairbairn. Mi bisabuelo,
Sir William, según creo, fue socio de Watts, famoso por la máquina de vapor y
uno de los primeros constructores ferroviarios de la Era Victoriana. Por parte
de la madre de mi abuelo, cuyo apellido de soltera era La Trobe, desciendo de
Hugonotes franceses, por lo tanto, los.
La Trobe de Baltimore, están emparentados conmigo, aunque nunca los he visto.
Charles La Trobe, tío abuelo mío, fue uno de los primeros gobernadores de
Australia y otro La Trobe, el primer gobernador de Maryland. Edward La Trobe,
otro de los hermanos, fue un arquitecto muy conocido en Washington y en Gran
Bretaña.
Los
Fairbairn no pertenecían a la denominada cuna aristocrática, que tanto se
valora. Tal vez ésta fue la salvación del linaje Bateman, Hollinshead y La
Trobe. Pertenecían a la aristocracia de los cerebros y ello es muy importante
en estos días democráticos. Tanto William como Peter Fairbairn, empezaron su
vida como hijos de un pobre granjero escocés del siglo XVIII, terminándola en
la opulencia y conquistando títulos. El nombre de Sir William Fairbairn figura
en el diccionario de Webster, y la memoria de Sir Peter se perpetúa en una
estatua erigida en una plaza de Leeds, en Inglaterra. Recuerdo que hace unos
años fui a dar una conferencia en Leeds, y mientras cruzaba una plaza en taxi,
vi lo que me pareció la estatua de un anciano común con barba. Al día siguiente
fuimos con mi esposo a verla y descubrí que había estado criticando a mi tío
abuelo. Gran Bretaña era democrática aún en esos lejanos días, y cualquiera
tenía oportunidad de destacarse si poseía cualidades que lo justificaran. Quizás
esta mezcla de sangre plebeya es responsable de que muchos de mis primos y sus
hijos, hayan sido hombres notables o mujeres hermosas.
Mi
padre no me quería, pero no me extraña cuando miro un retrato de mi niñez, pues
era flaca, atemorizada y alarmante. De mi madre no tengo recuerdos, murió a la
edad de 29 años, cuando yo tenía solamente seis. Todo lo que rememoro es su
hermoso cabello dorado y su dulzura, y también su funeral en Torquay,
Devonshire, porque mi reacción principal en esos momentos se puede sintetizar
en las palabras que dirigí a mi prima, Mary Barttelot: "mira, llevo
medias negras largas y ligas”, las primeras que usaba, con lo que me habían
sacado de la etapa de las medias cortas. Evidentemente en cualquier edad y
circunstancia la ropa siempre tiene importancia. Tuve un gran medallón de plata
que encerraba una miniatura de mi madre, el único retrato que de ella poseí y
que mi padre tenía la costumbre de llevar consigo dondequiera fuese. En 1928,
después de haber andado con él por todo el mundo, me lo robaron durante un
verano en que estuve ausente de mi casa de Stamford, en Connecticut,
conjuntamente con mi Biblia y un sillón de hamaca, roto. Fue el robo más raro
de que tuve noticias, por las cosas que eligieron llevarse.
La
pérdida personal de la Biblia fue para mí la más grande de las pérdidas. Era un
ejemplar excepcional que estuvo en mi poder durante veinte años. Regalo de una
amiga íntima de la infancia, Catherine Rowan‑Hamilton; estaba impresa en papel
muy fino, con un ancho margen para anotaciones, de casi dos pulgadas, donde se
hubiera encontrado la historia espiritual de mi vida, escrita microscópicamente
con una pluma de grabar. Había diminutas fotografías de amigos íntimos, y
autógrafos de mis compañeros espirituales en el sendero. Quisiera tenerla ahora
porque me diría mucho, recordaría a muchas personas y episodios y ayudaría a
describir mi desenvolvimiento espiritual, el desenvolvimiento de un
trabajador.
Cuando
contaba apenas unos meses me llevaron a Montreal, Canadá, donde mi padre era
uno de los ingenieros encargados de la construcción del Puente Victoria, sobre
el río San Lorenzo. Allí nació mi única hermana. Guardo sólo dos recuerdos
memorables de esa época. Uno, el serio disgusto que di a mis padres cuando
incité a mi hermanita a entrar juntas en un enorme baúl, donde guardábamos
nuestros muchos juguetes. Estuvimos encerradas por largo tiempo y casi nos
asfixiamos, pues se había cerrado la tapa. El otro, cuando hice mi primer
intento de suicidio. No hallaba a la vida digna de vivirse. La experiencia de
mis cinco años me hizo sentir que las cosas eran fútiles, de manera que decidí
morir, arrojándome desde lo alto de la empinada escalera de piedra de la
cocina. No lo logré. Bridget, la cocinera, me recogió al pie de la escalera y
me llevó arriba, llena de magulladuras y cardenales, donde encontré mucho
consuelo, pero ninguna comprensión.
En
el transcurso de mi vida intenté dos veces más poner fin a las cosas, y
descubrí que era muy difícil suicidarse. Esos intentos los hice antes de
cumplir los quince años. Traté de ahogarme con arena cuando tenía alrededor de
once, pero no es agradable sentir la arena en la boca, nariz y ojos, y decidí
postergar el día feliz de mi partida. En mi último intento traté de ahogarme en
un río de Escocia. Pero una vez Más el instinto de conservación fue demasiado
fuerte. Desde entonces ya no me interesa el suicidio, aunque siempre he
comprendido el impulso que hay detrás de él.
Este
estado de ánimo constante fue quizás el primer indicio de la tendencia mística
de mi vida, que más tarde motivó todos mis pensamientos y actividades. Los
místicos son personas que poseen un gran sentido del dualismo; incansables
buscadores, conscientes de algo que debe ser buscado; eternos amantes, en busca
de algo digno de su amor; conscientes siempre de aquello a lo cual deben
unirse. Están. regidos por el corazón y el sentimiento. En esa época no me
agradaba el "sentido" de la vida, ni apreciaba lo que el mundo
parecía ser o lo que tenía que ofrecer. Estaba convencida de que en otras
partes había cosas mejores. Era de carácter morboso, sentía autoconmiseración,
debido a mi soledad; fui excesivamente introspectiva (que suena mejor que decir
autocentrada), y estaba convencida de que nadie me quería y, pensando en ello,
¿por qué tenían que quererme? No los puedo culpar, porque nada daba de mí
misma. Vivía preocupada por mis reacciones hacia la gente y las circunstancias.
Era el centro desgraciado y autodramatizado de mi pequeño mundo. Este sentimiento
de que existían cosas mejores en otras partes, este sentir internamente a las
personas y las circunstancias y saber a menudo lo que pensaban o
experimentaban, fue el comienzo de la fase mística de mi vida, de lo cual pude
extraer todo el bien que más tarde descubrí.
Así
comencé conscientemente la eterna búsqueda del mundo de significados que debe
descubrirse para hallar respuesta a los enigmas de la vida y a los dolores de
la humanidad. El progreso está arraigado en la conciencia mística. Un buen
ocultista debe ser ante todo un místico activo (o un místico práctico, o quizás
ambos), y el desarrollo de la respuesta del corazón y el poder de sentir
(sentir correctamente) deben, natural y lógicamente, preceder al desarrollo
mental y a la capacidad de conocer. Sin duda alguna, el instinto de lo
espiritual debe preceder al conocimiento espiritual, del mismo modo que los
instintos en el animal, el niño y la persona poco evolucionada, siempre
preceden a la percepción intelectual. Indudablemente debe haber una visión que
preceda al método de desarrollar esa visión hasta convertirla en realidad.
Lógicamente existe la duda y a tientas se lo busca a Dios –antes de hollar
conscientemente "el camino" que conduce a la revelación.
Quizás
llegue el momento en que se preste cierta atención a los adolescentes de ambos
sexos, respecto al aprovechamiento de sus tendencias místicas normales,
tendencias que muy a menudo las tildan de fantasías de adolescente, que
finalmente desaparecen. Para mí, ofrecen oportunidades a los padres y tutores.
Este período podría ser utilizado en forma muy constructiva y orientadora.
Podría determinarse la orientación de la vida y evitarse muchos sufrimientos
posteriores, si el propósito, la causa de las dudas, los anhelos inexpresados y
las aspiraciones visionarias, fueran captados por los responsables de la
juventud. Podría explicársele a esa juventud que en ellos se está
desarrollando un proceso normal y correcto, resultado de la experiencia de
vidas pasadas, lo cual indica que deberían prestar atención al aspecto mental
de su naturaleza. Ante todo debiera puntualizarse que el alma, el hombre
espiritual interno, trata de hacer sentir su presencia y hace hincapié en la
universalidad del proceso, a fin de rechazar el sentimiento de soledad y la
falsa y peculiar sensación de aislamiento, rasgos perturbadores de tal
experiencia. Creo que este método de aprovechar los impulsos y sueños del
adolescente, recibirá mayor atención en el futuro. Considero los inocentes
sinsabores de mi adolescencia, simplemente como la eclosión de la faz mística
de mi vida, que con el tiempo dio lugar al aspecto ocultista, con la mayor
seguridad, comprensión e inalterable convicción que ella otorga.
Después
que abandonamos Canadá, mi madre enfermó gravemente y nos trasladamos a Davos,
Suiza, donde permanecimos por varios meses, hasta que mi padre la llevó a
Inglaterra, para morir. Después de su muerte nos fuimos todos a vivir con mis
abuelos, en su residencia de Moor Park, en Surrey. La salud de mi padre, en
aquel entonces, había desmejorado seriamente. No le favoreció mucho vivir en
Inglaterra, y poco antes de su muerte nos llevó a Pau, en los Pirineos.
Entonces yo tenía ocho años y mi hermana seis. Pero como el mal de mi padre
estaba muy avanzado regresamos a Moor Park y allí nos quedamos, mientras mi
padre con un valet‑enfermero emprendió un largo viaje a Australia. Nunca lo
volvimos a ver, porque falleció mientras viajaba de Australia a Tasmania.
Recuerdo perfectamente el día en que llegó a mis abuelos la noticia de su
muerte, así como también cuando volvió su valet, tiempo después, trayendo los
valores y pertenencias de mi padre. Es curioso que los pequeños detalles, como
el de este hombre, cuando entregó a mi abuelo el reloj de mi padre, se graban
en la memoria, en tanto que cosas de mayor importancia parecen perderse en el
recuerdo. Uno se pregunta qué condiciona la memoria de esta, manera y por qué
registra algunas cosas y otras no.
Moor
Park era una de esas grandes casonas inglesas que de ninguna manera son
hogareñas, y sin embargo llegan a serlo. No era muy antigua, puesto que había
sido construida por Sir William Temple en los tiempos de la Reina Ana. Sir
William había introducido los primeros tulipanes en Inglaterra. Su corazón,
guardado en una urna de plata, estaba enterrado bajo un reloj de sol situado
en medio del jardín, delante de los ventanales de la biblioteca. Moor Park era
una especie de museo, y algunos domingos se abría al público. Tengo dos
recuerdos de esa biblioteca, uno, cuando permanecía ante alguno de sus
ventanales y trataba de imaginarme la escena tal como la debió ver Sir William
Temple, en sus jardines y terrazas ocupadas por la presencia de nobles damas y
caballeros, llevando el atuendo de esa época. La otra escena no fue imaginaria.
Vi el féretro de mi abuelo, donde el cuerpo yacente tenía sólo una gran corona
enviada por la Reina Victoria.
Mi
hermana y yo llevamos una vida muy disciplinada en Moor Park, donde
permanecimos hasta que cumplí trece años, Habíamos vivido viajando y
cambiándonos de un lugar a otro, y creo que necesitábamos una buena, dosis de
disciplina. Las diferentes gobernantas que tuvimos se encargaron de su
aplicación. La única que recuerdo de esos lejanos días, tenía el curioso nombre
de señorita Millichap. De cabello hermoso y facciones vulgares, demostraba
recato en sus vestidos, abotonados desde el ruedo hasta lo alto del cuello.
Vivía enamorada del párroco de turno, un amor sin esperanza, porque no se casó
con ninguno de ellos. Teníamos una inmensa sala de clase en el piso alto, donde
una gobernanta, una niñera y una doncella, eran responsables de nosotros.
La disciplina que nos aplicaron continuó hasta
que fui mayor, y echando una mirada retrospectiva puedo apreciar cuán terriblemente
rígida era. Nuestra vida estaba programada cada treinta minutos; aún hoy puedo
ver el horario colgado en la pared de la sala de estudio, indicando el
siguiente deber. Recuerdo perfectamente que cuando consultaba ese horario me
preguntaba "¿Qué vendrá ahora?". Nos levantábamos a las seis, con
lluvia o sol, en invierno y en verano. Practicaba escalas en el piano durante
una hora, o bien preparaba las lecciones del día, si de acuerdo al horario le
correspondía a mi hermana estudiar el piano; tomábamos el desayuno a las ocho
en punto, en la sala de estudio y bajábamos al comedor a las nueve para orar en
familia. Teníamos que empezar el día recordando a Dios y a pesar de la
austeridad de la creencia familiar pienso que era un buen hábito. El jefe de
la familia se sentaba con su Biblia delante, y a su alrededor los familiares y
huéspedes, la servidumbre de acuerdo a su rango y obligaciones ‑primeramente el
ama de llaves, luego la cocinera, las doncellas, la sirviente principal y los
que la seguían: ayudante de cocina, criada, lacayo y el mayordomo, que cerraba
la puerta. Había verdadera devoción, mucha rebeldía, real aspiración y un
intenso aburrimiento, porque la vida es así. No obstante el resultado total de
ello era bueno y creo que en estos días vendría bien recordar un poco más a la
divinidad.
Desde las nueve y media hasta el mediodía
estudiábamos con la gobernanta, terminando con un paseo. Se nos permitía,
almorzar en el comedor, pero nos estaba prohibido hablar, y nuestro buen
comportamiento y silencio eran vigilados ansiosamente por nuestra gobernanta.
Aún hoy puedo recordar que a menudo caía en un arrobamiento o ensueño, con los
codos apoyados sobre la mesa y mirando por la ventana. De pronto me hacían
volver a la vida común las palabras de mi abuela, dirigidas a uno de los
lacayos que atendía la mesa: "James, por favor traiga dos platillos y
póngalos bajo los codos de la señorita Alice". James obedecía y allí
tenían que quedar mis codos hasta el final de la comida. Nunca he olvidado esa
humillación y, aún hoy, cincuenta años más tarde, todavía tengo conciencia de
quebrantar las reglas si apoyo mis codos sobre la mesa, cosa que no dejo de
hacer. Después del almuerzo teníamos que descansar en un tablero inclinado,
durante una hora, mientras nuestra gobernanta nos leía en alta voz algún libro
de urbanidad, volviendo luego a hacer un corto paseo para terminar nuestras
lecciones a las cinco.
A esa hora debíamos ir al dormitorio, donde la
niñera o la doncella nos cambiaba los vestidos. La orden era: vestido blanco
con lazo de color, medias de seda y el cabello bien peinado; luego debíamos
bajar a la sala tomadas de la mano. Allí nos esperaba toda la familia reunida,
después de tomar el té. Permanecíamos de pie delante de la puerta, y después de
hacer nuestras reverencias soportábamos el bochorno de las preguntas y de la
inspección, hasta que nuestra gobernanta nos venía a buscar. A las 6:30 p.m.
teníamos la cena en la sala de estudios, después de lo cual seguíamos con
nuestras lecciones hasta las 8 p.m., hora de ir a dormir. En esa época
victoriana nunca había tiempo para hacer lo que, como individuos, hubiéramos
querido hacer. Era una vida de disciplina, ritmo y obediencia, variando
ocasionalmente por los brotes de rebeldía y el consiguiente castigo.
Cuando he hecho un análisis de la vida que
llevaban mis tres hijas en los Estados Unidos, donde nacieron y vivieron hasta
el final de su adolescencia, y asistieron a las escuelas públicas de ese país,
me preguntaba frecuentemente, si les hubiera gustado la vida regimentada que
tuvimos que vivir mi hermana y yo. Con algo de éxito he tratado de dar a mis
hijas una vida feliz, y cuando se quejaban de la dureza de la vida, como lo
hacen normal y naturalmente todos los jóvenes, no he podido dejar de reconocer
qué vida maravillosa pasaron, en comparación con la de las niñas de mi
generación y condición social.
Hasta los veinte años mi vida estuvo
completamente disciplinada por la gente o el convencionalismo social de la
época. Yo no podía hacer esto ni lo otro, adoptar tal o cual actitud, pues era
incorrecto; ¿qué dirá o pensará la gente, si lo hago? Me decían:
"Hablarán de ti si haces esto o aquello"; "ésa no es la clase de
persona que debes conocer; no hables con ese hombre o esa mujer; la gente bien,
no habla ni piensa así; no debes bostezar ni estornudar en público; no debes
hablar si no te dirigen la palabra", y así sucesivamente. La vida estaba
totalmente restringida por las cosas que se tenía prohibido realizar, regida
por reglas minuciosas, cualquiera fuera la situación.
Otras dos cosas se destacan en mi memoria. Desde
la edad más temprana se nos enseñó a preocuparnos por los pobres y los enfermos
y a comprender que la fortuna implica responsabilidad. Varias veces por semana,
a la hora de nuestro paseo, íbamos a la despensa a buscar dulces y sopas para
algún enfermo que vivía en nuestra propiedad, o ropas para algún recién nacido
de uno de los arrendatarios, o libros destinados a alguien que, por alguna circunstancia,
debía permanecer en su casa. Esto puede ser un ejemplo del régimen
paternalista y feudalista de Gran Bretaña, pero tenía sus cosas buenas. Quizás
sea mejor que hoy haya desaparecido –personalmente así lo creo—, pero vendría
bien ese entrenado sentido de la responsabilidad y del deber hacia los demás,
entre la clase acaudalada de este país. Se nos enseñaba que el dinero y la
posición social implican ciertas obligaciones, las cuales debían cumplirse.
Otro recuerdo que conservo vívidamente en mi
memoria es la belleza de la campiña, los senderos floridos y los bosques, por
donde mi hermana y yo conducíamos nuestro carruaje, arrastrado por un pony. Era
lo que en aquellos días se llamaba "carruaje de gobernanta",
construido, presumo, especialmente para los niños. En los días de verano mi
hermana y yo solíamos salir en él, acompañadas por un pequeño paje de librea y
tricornio, de pie sobre el estribo. A veces pienso si mi hermana recordará aún esos
días.
Al morir mi abuelo, Moor Park fue vendido, y
fuimos a Londres a vivir con mi abuela, por una breve temporada. EI mejor
recuerdo que conservo de esa época es cuando dábamos vueltas en el parque con
mi abuela, en una victoria (como se denominaba ese tipo de carruaje) tirada por
una yunta de caballos, y en el pescante iban de librea el cochero y el lacayo.
Todo era muy aburrido y monótono. Después se tomaron otras disposiciones
respecto a nosotras, aunque hasta su muerte pasamos mucho tiempo con ella. Era
entonces muy anciana, pero aún poseía vestigios de su belleza. Debió haber sido
muy hermosa, como lo prueba un retrato pintado en la época de su casamiento, a
principios del siglo XIX. La segunda vez que volví a los Estados Unidos
después de ver a mis parientes llevando a mi hija mayor, infante aún, llegué a
Nueva York cansada, enferma, desdichada y añorando mi patria. Fui a almorzar al
hotel Gotham en la Quinta Avenida, y mientras estaba sentada en su sala de
espera, triste y deprimida, al tomar y abrir al azar una revista ilustrada, me
encontré con gran sorpresa con los retratos de mi abuela, abuelo y bisabuelo.
La impresión fue tan grande que derramé lágrimas, y desde entonces ya no me
sentí tan alejada de ellos.
Desde el tiempo que salí de Londres (cuando
contaba alrededor de trece años) hasta que se estimó terminada nuestra
educación, toda mi vida fue cambio y movimiento continuos. Como la salud de mi
hermana y la mía no se consideraban muy buenas, pasamos varios inviernos en la
Riviera francesa, donde alquilábamos una pequeña villa cerca de otra más
grande, en la cual residían un tío una tía. Allí teníamos instructores
franceses y una gobernanta residente para acompañarnos, y todas nuestras
lecciones eran en francés. Los veranos los pasábamos en casa de otra tía, en el
sur de Escocia, yendo y viniendo para visitar en Galloway a otros parientes y
relaciones. Ahora puedo darme cuenta que fue una vida abundante en contactos,
en bellos y ociosos días de verdadera cultura. Disponía de tiempo para leer y
de horas para mantener conversaciones interesantes. En otoño íbamos a
Devonshire, acompañadas siempre por una gobernanta, la señorita Godby, que
estuvo con nosotras desde que cumplí los doce años, hasta que entré en una
escuela complementaria a los dieciocho, en Londres. Fue una de las personas con
quien me sentí "apegada". Me despertó el sentido de
"pertenencia" y también fue una de las pocas personas en esa época de
mi vida, de quien sentí que me creía y quería realmente.
Tres personas despertaron en mí ese sentido de
confianza. Una de ellas fue mi tía, la señora Maxwell, en Castramont, de quien
ya me he ocupado. Acostumbrábamos pasar todos los veranos con ella, y fue,
recordando el pasado, una de las fuerzas básicas condicionantes de mi vida. Me
proporcionó una clave para vivir, por lo cual siento hasta hoy que todo lo
logrado en mi vida puede atribuírsele a su profunda influencia espiritual.
Hasta su muerte estuvo en estrecho contacto conmigo, aún cuando dejé de verla
veinte años antes de su deceso. La otra persona que siempre me comprendió fue
Sir William Gordon de FarIston. No nos unía parentesco carnal sino político, y
para todos era simplemente "el tío Billie". Fue uno de los hombres
–en esa época, un joven teniente— que dirigió "la carga de la Brigada
Ligera" en Balaklava, y según rumores, el único que, "llevando su
cabeza bajo el brazo", escapó de la carga. Cuando niña palpaba
frecuentemente los ganchos de oro que los cirujanos de entonces habían
insertado en su cráneo. Siempre me defendió, y aún ahora me parece oírle decir,
como lo hacía con frecuencia: "Confío en ti, Alice. Sigue tu propio
camino. Todo te irá bien".
La tercera persona fue la gobernanta, de quien
les he hablado. Siempre estuve en contacto con ella y la vi poco antes de su
muerte, acaecida en 1934. Era entonces una anciana, pero para mí siempre la
misma. Dos cosas le interesaban. Le preguntó a mi esposo si yo todavía creía en
Cristo, y demostró estar muy tranquila cuando le dijo que sí. Otra cuestión que
quiso aclarar conmigo fue un episodio extremadamente pérfido de mi vida, y era
si recordaba que cuando tenía catorce años, una mañana arrojé al inodoro todas
sus joyas y luego hice correr el agua. Bien que lo recordaba. Fue algo
deliberado. Me sentí furiosa contra ella por algo que he olvidado totalmente.
Fui a su habitación, recogí todo lo de valor, reloj, pulsera, prendedores,
anillos, etc., y los hice desaparecer irremediablemente. Pensé que no se daría
cuenta que yo lo había hecho. Pero descubrí que yo y mi progreso eran para ella
de más valor que sus posesiones. Como se
ve, no era una niña buena. No sólo tenía mal carácter, sino que siempre quería saber
qué era lo que hacía actuar a la gente y por qué se desempeñaban y comportaban
como lo hacían.
La señorita Godby acostumbraba llevar un diario,
de autoanálisis, en el cual todas las noches anotaba los fracasos diarios y,
en forma morbosa (de acuerdo a mi actual actitud hacia la vida), cada día
analizaba sus palabras y actos a la luz de la siguiente pregunta: ¿Qué hubiera
hecho Jesús?" Cierto día encontré ese libro, durante unos de mis merodeos
inquisitivos, y había tomado la costumbre de leer cuidadosamente sus
anotaciones. De allí descubrí que conocía quién le había sustraído y destruido
las alhajas, pero (como cuestión de disciplina para mí misma y con el fin de
ayudarme) no me iba a decir una palabra, hasta que mi propia conciencia me
impulsara a confesarlo. Sabía que inevitablemente lo confesaría, porque tenía
confianza en mí ‑por qué, no lo sé. Al cabo de tres días fui a verla y le conté
lo que había hecho, y la encontré más apesadumbrada por haberle leído sus
anotaciones privadas que por la destrucción de sus joyas. Como observarán, mi
confesión fue plena. Su reacción me dio un nuevo sentido de los valores. Me
hizo pensar seriamente, lo cual fue bueno para mi alma. Por primera vez empecé
a diferenciar entre los valores espirituales y los materiales. Para ella
constituía mayor pecado el que fuera bastante deshonesta por haber leído
anotaciones privadas, que por destruir cosas materiales. Me proporcionó la
primera gran lección de ocultismo, me hizo distinguir la diferencia entre el yo
y el no‑yo y entre los valores intangibles y los tangibles.
Mientras estaba con nosotros, se hizo de algún
dinero, no mucho, tanto como para no tener que ganarse el sustento más tarde.
Pero rehusó abandonarnos, porque sentía (como me dijo cuando tenía más edad)
que yo necesitaba de su cuidado y comprensión. He sido muy afortunada con mis
relaciones ¿no les parece?, pues la gente es principalmente amorosa, buena y
comprensiva, Quiero dejar constancia que ella y mi tía Margaret me prodigaron
algo de tanto significado espiritual y verdadero, que hasta hoy trato de vivir
de acuerdo a la nota que ellas emitieron. Ambas eran muy distintas. La señorita
Godby se caracterizaba por su sencillez, trasfondo y dotes comunes, pero sana y
afable. Mi tía era en extremo hermosa, muy conocida por su filantropía y sus
puntos de vista religiosos, e igualmente sana y afable.
Cuando cumplí dieciocho años fui enviada a una
escuela de Londres para terminar mi educación, en tanto que mi hermana fue
nuevamente al sur de Francia con una gobernanta. Nos separamos por primera
vez, quedando librada a mi propio arbitrio. Creo que no tuve mucho éxito en la
escuela. Era realmente buena en historia y literatura. Poseía una buena cultura
clásica, y mucho se puede esperar del intenso entrenamiento individual adquirido
desde la infancia, e impartido por un maestro particular bueno y culto. Pero en
matemáticas, hasta en la simple aritmética, era irremediablemente mala, tan
mala que fueron retiradas de mi programa esas asignaturas, pues no era posible
que una joven de dieciocho años tuviera que hacer sumas y restas a la par de
las de doce años. Espero que aún me recuerden (lo cual dudo) como la joven que
desde el tercer piso vaciaba las almohadas de plumas sobre las cabezas de los
huéspedes de la directora, mientras se dirigían solemnemente al comedor, en la
planta baja. Esto lo hacía en medio de los murmullos de admiración de las otras
jóvenes.
A esto siguió un intervalo, de un par de años,
de vida rutinaria y vulgar. Nuestro tutor alquiló una pequeña casa para mi
hermana y yo, en un pueblito de Hertforshire, cerca de Saint Albans,
instalándonos con una dama de compañía que nos dejó libradas a nuestra suerte.
De inmediato compramos las mejores bicicletas que se podían conseguir en ese
entonces, y empezamos a investigar los alrededores. Aún ahora recuerdo con
gran emoción, la llegada y desembalaje de las brillantes máquinas. Ibamos en
bicicleta a todas partes y nos divertíamos mucho. Explorábamos el distrito,
que en aquel entonces era pura campiña, y no el suburbio de hoy. Creo que en
esa época desarrollé mi afición por lo misterioso, que más tarde se convirtió
en una gran pasión por las novelas policiales y de misterio. Una asoleada
mañana, mientras empujábamos nuestras bicicletas por una empinada cuesta, dos
hombres descendían, y al cruzarse con nosotras, uno de ellos se volvió a su
compañero y le dijo: "Te aseguro amigo que corría como el demonio con una
sola pierna". Todavía estoy tratando de descifrar ese misterio.
En esa época realicé mis primeros intentos de
maestra. Me hice cargo de una clase de varones en la Escuela Dominical. Todos
rayaban en la adolescencia y sabía que eran muy díscolos. Estipulé enseñarles
en un salón desocupado situado cerca de la iglesia no en la Escuela Dominical,
y que debían dejarme sola mientras enseñaba. Pasamos momentos muy
emocionantes. Todo comenzó con un motín, y yo anegada en lágrimas, pero al cabo
de tres meses éramos un grupo de íntimos amigos. Lo que enseñé y cómo lo enseñé
lo he olvidado. Sólo recuerdo mucha risa, ruido y amistad. No sé si habré hecho
algo perdurablemente bueno, pero los mantenía sin hacer diabluras durante dos
horas, todos los domingos por la mañana.
Durante ese tiempo y hasta cumplir los veintidós
años, en que llegué a poseer mi pequeña renta (como también mi hermana),
vivimos la vida de las niñas de sociedad; teníamos lo que se llamaba ''tres
temporadas londinenses", participando de las consabidas fiestas, tés y
cenas, exhibiéndonos, sin lugar a dudas, en el mercado matrimonial. En esa
época era extremadamente religiosa, pero tenía que asistir a los bailes para
que mi hermana no fuera sola a esos lugares de perversión. En qué medida me
toleraba la gente con quien me encontraba, no lo sé. Era tan religiosa y
permanecía tan embebida en mi conciencia mística, y mi conciencia era tan
morbosamente sensible, que no podía bailar con un hombre o sentarme durante una
cena junto a alguien sin antes haberme cerciorado de que había sido
"salvado". Creo que lo único que me libró del aborrecimiento total y
violenta repulsión, fue el hecho de mi sinceridad y evidente disgusto por tener
que averiguarlo. Era muy joven, muy tonta, bien parecida e iba elegantemente vestida,
y a pesar de una ostentosa santidad, era inteligente, bien educada y, a veces,
interesante.
Siento un secreto respeto por mí misma al mirar
hacia atrás, porque era tan penosamente apocada y reticente, que sufría indecibles
angustias, mientras me obligaba a expresar mi preocupación por las almas de
gente desconocida.
Aparte del hecho de que mi tía y mi gobernanta
eran muy religiosas ¿por qué eran tan firmes mi aspiración espiritual y mi
estricta determinación de ser buena? El hecho de que esta determinación fuera
matizada por mi medio ambiente religioso, nada tiene que, ver con ello; lo
único que sabía hacer era expresar mi espiritualidad, asistiendo al primer
servicio de comunión todos los días, si era posible, y tratar de salvar a la
gente. Esa expresión particular de servicio y empeño religioso no podía
evitarla, pero eventualmente la trascendí. Pero ¿cuál fue el factor que me trasformó
de una joven de mal carácter, más bien vanidosa y ociosa, en una trabajadora y
(momentáneamente) en una fanática?
El 30 de junio de 1895 tuve una experiencia y
nunca he olvidado esa fecha. Durante meses había sufrido las desdichadas
agonías de la adolescencia. La vida no valía la pena vivirla. Sólo veía
desdichas y dificultades en todas partes. Tampoco había pedido venir al mundo,
pero aquí estaba. Acababa de cumplir quince años. Nadie me quería; sabía que
tenía un carácter odioso, y no me sorprendía que la vida fuera difícil.
Tampoco tenía un porvenir por delante, excepto el matrimonio y la vida
rutinaria de los de mi casta y clase. Odiaba a todos, con excepción de dos o
tres personas, y sentía envidia de mi hermana, de su inteligencia y belleza. Se
me había enseñado el cristianismo más estrecho y que la gente que no pensara
como yo, no podría ser salvada. La Iglesia Anglicana estaba dividida en dos,
el alto clero que era casi anglocatólico, y el bajo clero que creía en un
infierno para quienes no aceptaban ciertos principios, y en un cielo para
quienes los aceptaban. Durante seis meses del año pertenecía a un sector y los
otros seis meses (cuando no estaba en Escocia y bajo la influencia de mi tía) a
otro. Me sentía atraída por la belleza del ritual y la estrechez del dogma.
Ambos grupos introducían en mi conciencia el trabajo misionero. El mundo estaba
dividido entre los cristianos, que trabajaban duramente para salvar las almas,
y los herejes, que se arrodillaban delante de las imágenes para adorarlas. El
Buda era una imagen de piedra y nunca se me ocurrió, en aquel entonces, que sus
estatuas podían compararse con las estatuas e imágenes de Cristo de las
iglesias cristianas, que me eran tan familiares cuando estaba en el continente
europeo. Mi confusión era total. De pronto –encontrándome en el punto álgido de
mi desdicha y en medio de mi dilema y duda— se me apareció uno de los Maestros
de Sabiduría
Cuando ocurrió eso y hasta muchos años después,
no tuve la más remota idea de, quién podía ser, y quedé totalmente atemorizada.
Aunque joven, tenía la suficiente inteligencia como para saber algo acerca del
misticismo e historia religiosa de los adolescentes, pues había oído hablar de
ello a los que ayudaban en el trabajo religioso. Había asistido a muchas
reuniones de jubileo y visto a muchas personas "perder el control de sí
mismas", según lo denominaba yo. Por eso nunca relaté mi experiencia a
nadie, por temor a que se me clasificara como un "caso mental" que
debía vigilarse y manejar con cuidado. Me sentía intensa y espiritualmente
viva. Era anormalmente consciente de mis fallas. Estaba en casa de mi tía
Margaret de Kirkcudbridghtshire, en Castramont, y el ambiente en ese entonces
no podía ser mejor.
Era un domingo por la mañana. El anterior había
escuchado un sermón que despertó mi aspiración. Ese domingo, por alguna razón,
no fui a la iglesia. El resto de la familia estaba ausente, y solo la
servidumbre y yo quedamos en la casa. Me encontraba en la sala leyendo. De
pronto se abrió la puerta y entró un hombre alto, vestido a la europea (con un
traje de muy buen corte, según recuerdo) y un turbante que le cubría la cabeza;
se sentó junto a mí. Quedé petrificada al ver el turbante y no atiné a decir palabra
ni preguntar a qué venía. Entonces comenzó a hablar. Me dijo que yo debía
realizar un trabajo en el mundo, y que ello implicaba cambiar considerablemente
mi disposición, pues tenía que dejar de ser una criatura desagradable y obtener
cierta medida de autocontrol. Mi futuro servicio para Él y para el mundo,
dependía de cómo me manejara y de los cambios que llegara a efectuar. Me dijo
que si podía lograr un verdadero autocontrol confiaría en mí, y agregó que yo
viajaría por todo el mundo y visitaría muchos países "para realizar el
trabajo de mi Maestro". Desde entonces esas palabras resuenan en mis
oídos. Recalcó que todo dependía de mí y de lo que pudiera y quisiera hacer de
inmediato. Agregó que estaría en contacto conmigo a intervalos, durante varios
años.
La entrevista fue muy breve. No pronuncié una
sola palabra, limitándome a escuchar, mientras Él hablaba con mucho énfasis.
Habiendo dicho lo que tenía que decir, se levantó y salió de la habitación,
deteniéndose en la puerta por un minuto, para dirigirme una mirada que
recuerdo nítidamente hasta hoy. No supe qué pensar de lo ocurrido. Al
recuperarme del sobresalto me sentí al principio atemorizada y creí que me
estaba volviendo loca o que me había quedado dormida, soñando, entonces reaccioné
y experimenté una plácida satisfacción, considerándome una Juana de Arco (mi
heroína de esa época) que, como ella, había tenido visiones espirituales y
había sido elegida para una gran obra. No podía imaginarme cuál sería, pero me
veía como la dramática y admirada instructora de miles de personas, error muy
común entre los principiantes, y lo he podido comprobar en muchos grupos
ocultistas. La sinceridad y la aspiración de las personas, logran producir
algún contacto interno espiritual, que luego interpretan en términos de éxito e
importancia personales. Para mí fue una reacción causada por el sobrestímulo, a
la cual le siguió otra que permitió destacar en mi mente la crítica que había
hecho acerca de mí. Llegué a la conclusión que quizás, después de todo, no era
yo de la categoría de Juana de Arco, sino simplemente alguien que podía ser
mejor de lo que había sido, que debía comenzar a controlar un carácter bastante
violento. Comencé a hacerlo. Traté de no ser tan iracunda y a controlar mi
lengua, y durante un tiempo me porté tan bien que mi familia se preocupó;
creían que estaba enferma y casi me rogaron que reasumiera mis despliegues
explosivos. Me había vuelto virtuosa, dulce y sentimental.
Mientras transcurrían los años, descubrí que a
intervalos de siete años (hasta los treinta y cinco) tuve indicios de la
supervisión y del interés de ese personaje. En 1915 descubrí quién era y que
otras personas lo conocían. Desde entonces nuestras relaciones se han ido
estrechando, al punto que hoy puedo entrar en contacto con Él a voluntad. Esta
disposición de hacer contacto con un Maestro sólo es posible cuando un
discípulo también está dispuesto a valerse únicamente de ello en momentos
excepcionales y de verdadera emergencia para el servicio mundial.
Descubrí que el visitante era el Maestro K. H.,
Koot Hoomi, que está muy cerca de Cristo, pertenece a la línea de la enseñanza
y es un destacado exponente del amor‑sabiduría, de lo cual Cristo es la más
cabal expresión. El verdadero valor de esta experiencia no reside en el hecho
de que yo, una joven llamada Alice La Trobe‑Bateman tuviera una entrevista con
uno de los Maestros, sino que, sin saber absolutamente nada de Su existencia,
conociera a uno de Ellos y conversara conmigo. El valor también reside en que
todo lo que me dijo se cumplió (después que arduamente cumplí con los
requisitos) y porque descubrí que no era el Maestro Jesús, como supuse
lógicamente, sino un Maestro sobre quien nunca había oído hablar, siéndome
totalmente desconocido. De todos modos, el Maestro K. H. es mi Maestro
bienamado y real. He trabajado para Él desde los quince años, y soy ahora uno
de los discípulos avanzados de Su grupo o (como se lo designa esotéricamente)
de Su Ashrama.
Hago estas declaraciones con un propósito bien
definido. Tantas tonterías se han dicho sobre estas cosas y tantas
afirmaciones han hecho quienes no tienen la experiencia ni la orientación mental
y espiritual requeridas, que los verdaderos discípulos se avergüenzan de
mencionar su trabajo y posición. Quiero allanarles el camino futuro a todos los
discípulos y desmentir las estupideces que postulan muchas de las llamadas
escuelas esotéricas de pensamiento. Decir que se pertenece al discipulado es
permitido, eso no divulga nada y sólo tiene valor si se está respaldado por una
vida de servicio. Nunca es permitida la afirmación de ser un iniciado de cierto
grado, excepto entre los de igual grado, entonces ya no es necesaria. El mundo
está lleno de discípulos. Dejen que ellos lo reconozcan y se mantengan unidos
por el vínculo del discipulado y faciliten a los demás la misma realización.
Así se comprobará la realidad de la existencia de los Maestros en forma
correcta, por medio de la vida y los testimonios de quienes son entrenados por
Ellos.
Otro hecho que tuvo lugar más o menos al mismo
tiempo, me convenció de que existía otro mundo de cosas. Fue algo que en esa
época no podía imaginarme, pues no creía posible tal acontecimiento. Por dos
veces tuve un sueño en plena conciencia vigílica. Lo denominé sueño, porque
entonces no cruzó por mi mente lo que podía ser. Ahora sé que participé en algo
ocurrido verdaderamente, pero no llegué a comprender cuándo tuvo lugar ese
doble acontecimiento. En ello reside su valor, pues no hubo oportunidad para la
autosugestión, pensamiento ansioso o imaginación excesivamente vívida.
Dos veces (mientras vivía y trabajaba en Gran
Bretaña) participé en una ceremonia extraordinaria, y recién después de casi
dos décadas descubrí de qué se trataba. Supe que la ceremonia en la cual tomé
parte, tiene lugar todos los años en el momento de la "Luna llena de
mayo". Es el plenilunio correspondiente al mes de Vaisaka (Tauro), según
su antigua denominación en el calendario hindú. Este mes tiene una importancia
vital para todos los budistas. El primer día es la fiesta nacional conocida
como el Año Hindú. Este extraordinario acontecimiento se celebra todos los años
en un valle de los Himalayas, y no es un acontecimiento mítico subconsciente
sino un evento real en el plano físico. Estando completamente despierta, de
repente me encontré en este valle, formando parte de una vasta y ordenada
muchedumbre, en su mayor parte oriental, con un gran porcentaje de
occidentales. Sabía exactamente dónde estaba ubicada entre ese gentío, y me di
cuenta que era el lugar que me correspondía, e indicaba mi grado espiritual.
El valle era amplio, de forma ovalada, rocoso,
bordeado por altas montañas. La gente aglomerada en el valle miraba al este,
hacia un estrecho paso semejante en su extremo al cuello de una botella. A
cierta distancia de este paso, en forma de embudo, se alzaba una inmensa roca,
elevándose desde el suelo como una gran mesa y sobre ella se veía un cuenco de
cristal lleno de agua, de más o menos un metro de diámetro. A la cabeza de la
muchedumbre y delante de la roca se hallaban tres Personajes formando un triángulo,
y con gran sorpresa vi que quien ocupaba el ápice del triángulo era el Cristo.
La multitud expectante parecía estar en continuo movimiento y, mientras se
movían, iban formando grandes y familiares símbolos ‑la cruz en sus diversas
formas, el círculo con el punto en el centro, la estrella de cinco puntas y
varios triángulos entrelazados. Era una especie de solemne danza rítmica, muy
pausada y decorosa, pero completamente silenciosa. De pronto los tres
Personajes, delante de la roca, extendieron Sus brazos al cielo. La multitud
quedó inmóvil. En el extremo lejano, desde el cuello de la botella, apareció
en el cielo un personaje flotando sobre el paso, aproximándose lentamente a la
roca. En forma cierta y subjetiva, comprendí que era el Buda. Sentí que lo
reconocía, sabiendo que de ninguna manera empequeñecía a nuestro Cristo. Tuve
una vislumbre de la unidad del Plan al que el Cristo, el Buda y todos los
Maestros se dedican eternamente. Me di cuenta, por primera vez, aunque en forma
vaga e incierta, de la unidad de toda manifestación y existencia –el mundo
material, el reino espiritual, el discípulo aspirante, el animal que evoluciona
y la belleza de los reinos vegetal y mineral—, constituyendo un todo divino y
viviente que progresa para demostrar la gloria del Señor. Capté en forma vaga
que los seres humanos necesitan del Cristo, del Buda y de todos los miembros
de la Jerarquía planetaria, y que había sucesos y acontecimientos de mayor
importancia para el progreso de la raza que los registrados por la historia. Me
quedé anonadada, porque para mí, en esa época, los herejes seguían siendo
herejes y yo era cristiana. Profundas y fundamentales dudas embargaron mi
mente. A partir de entonces mi vida quedó impregnada, como lo sigue estando
hoy, por el conocimiento de que existen los Maestros y ocurren hechos
subjetivos en los planos espirituales internos y en el mundo de significados,
que constituyen parte de la vida misma, y quizás la más importante. Desconocía
la forma en que podían ser adaptadas esas cosas, a mi limitada teología y vida
diaria.
Se dice que las experiencias espirituales más
íntimas y profundas nunca deben discutirse ni relatarse. Ésta es una verdad
fundamental, y nadie que las "haya experimentado" realmente, se
interesará por tales discusiones. Cuanto más profunda y vital sea la
experiencia, menor será la tentación de narrarla. únicamente a los
principiantes que les ha ocurrido un acontecimiento imaginario o teórico en su
conciencia, proclaman tales experiencias. He relatado deliberadamente los dos
hechos subjetivos mencionados (¿o fue subjetivo sólo el primero?), pues creo
que ha llegado el momento en que las personas preparadas, reconocidas como
sensatas e inteligentes, agreguen su testimonio al de los frecuentemente
desacreditados místicos y ocultistas. Estoy bien conceptuada como mujer
inteligente y normal, eficaz dirigente y autora creadora, y deseo agregar mi
comprobado conocimiento y convicción a lo que han testimoniado muchos otros, a
través de las edades.
Durante todo ese tiempo me había dedicado a las
buenas obras. Era trabajadora activa de la rama Femenina de la Asociación
Cristiana de Jóvenes. Asistía (pero sufría debido a mi juventud) a las
reuniones de los dirigentes de esa organización porque mi tía era la
presidenta. Empleaba mucho tiempo en grandes reuniones hogareñas, donde era
bien recibida como Alice La Trobe‑Bateman, y allí luchaba con las almas de mis
contemporáneos a fin de salvarlos. Siendo muy buena en ese menester, ahora me
pregunto ‑desde el punto de vista de una sabiduría más mundana- se salvaban
más rápidamente sólo para librarse de mí, por ser tan pertinaz y ansiosa. Al
mismo tiempo, la tendencia mística de mi vida iba profundizándose; Cristo fue
para mí una realidad siempre presente. Ambulando por los páramos de Escocia,
recorriendo los bosques de naranjos de Mentone en el sur de Francia, o las
colinas de Montreaux en el lago de Ginebra, trataba de sentir a Dios. Tendida
de espaldas en la campiña o a la vera de una roca, escuchaba el silencio que me
rodeaba y trataba de oír la Voz, después de haberse acallado las numerosas
voces de la naturaleza y de mi interior. Sabía que detrás de todo lo que podía
ver y palpar existía algo invisible, pero que podía sentirse, siendo mucho más
real y verdaderamente esencial que lo tangible. Me habían enseñado a creer en
un Dios Trascendente, externo a su mundo creado, inescrutable, impredecible, a
menudo cruel (a juzgar por lo que relata el Antiguo Testamento), que ama sólo a
los que, lo reconocen y aceptan, sacrificando a su Hijo unigénito para que la
gente como yo, se salve y nunca perezca. En lo más íntimo criticaba esta
presentación de un Dios amoroso, aunque lo aceptaba automáticamente. Pero
estaba muy lejos, distante, era inalcanzable.
Sin embargo, todo el tiempo, algo en mi
interior, incipiente e indefinible, buscaba a Dios Inmanente, un Dios detrás de
todas las formas, que pudiera descubrirse en todas partes, tocarse y conocerse
realmente. Un Dios que amara a todos los seres, buenos y malos, y que los
comprendiera tanto como a sus limitaciones y dificultades. Este Dios no era de
manera alguna la tremenda y terrible Deidad que yo conocía, reverenciado por
la Iglesia Cristiana. Sin embargo, teológicamente no existía tal persona, sino
únicamente un Dios que debía ser aplacado, celoso de Sus derechos, que en un
proyecto carente de lógica pudo sacrificar a su Hijo Unigénito para salvar a la
humanidad, y que por su progenie no poseía el amor del padre común. Éstos eran
los pensamientos que trataba de arrancarme como pecaminosos y falsos, pero sutilmente
me acuciaban detrás de la escena. No obstante Cristo siempre estaba presente.
Lo conocía; Él luchaba y suspiraba por la humanidad; agonizaba para salvarla,
pero era incapaz de salvar a la gente en gran escala y, por lo tanto,
permanecía y veía como iban al infierno. En esa época no me formulaba todo esto
con claridad; yo fui salvada y me sentía feliz por ello. Trabajaba arduamente
para salvar a otros, y era una lástima que Dios hubiera creado un infierno;
pero lógicamente, daba por sentado que Él sabía lo que hacía, y de todos modos
ningún cristiano había dudado de Dios, sino que simplemente aceptaba lo que se
les decía, respecto a los dictámenes de Dios, y nada más.
Éste era mi trasfondo espiritual y mi campo de
reflexión. Desde el punto de vista mundano las cosas no resultaban tan
fáciles. Ni mi hermana ni yo nos habíamos casado, a pesar de las oportunidades,
la buena posición y las amplias relaciones personales. Creo que fue un gran
alivio para nuestros tíos y tías llegar a nuestra mayoría de edad, salir de los
atrios de Chancery y quedar libradas a nuestra suerte. En realidad, alcancé mi
mayoría de edad cuando mi hermana menor cumplió los veintiún años.
Entonces comenzó un nuevo cielo para nosotras.
Cada una siguió su camino. Nuestros intereses eran totalmente distintos, y
apareció la primera brecha entre nosotras: mi hermana eligió la medicina, y
después de algunos meses de preparación, ingresó en la Universidad de
Edimburgo, donde terminó una brillante carrera. En cuanto a mí, no sabía
exactamente qué haría en esa época. Había recibido una educación clásica
extremadamente buena, hablaba francés con toda fluidez y algo de italiano;
tenía bastante dinero como para vivir confortablemente en esos días en que no
se gastaba mucho y se vivía relativamente con comodidad; creía firmemente en el
Cristo, pues ¿no era yo acaso, una de las elegidas?, y también creía en un
cielo de felicidad para quienes pensaban como yo, y en un infierno para los
que no pensaban así, aunque después de haber hecho todo lo posible para salvar
sus almas, trataba de no preocuparme mucho por ellos. Tenía en verdad un
conocimiento profundo de la Biblia, buen gusto para vestir, era bien parecida,
y profunda y completamente ignorante de las realidades de la vida. Nada se me
había informado acerca de sus procesos y ésta fue la base de mis muchas
desilusiones, a medida que la vida seguía su marcha. Parecía (en esa época) que
estaba sujeta a una curiosa "protección" en el trabajo peculiar y
fuera de lo común, que elegí hacer en ese nuevo ciclo de mi vida, de los
veintiuno a los veintiocho años. Siempre había llevado una vida muy protegida,
y no salía sin la dama de compañía, un familiar o una doncella. Era tan
inocente que por eso mismo no me pasaba nada.
Esto lo demuestra un hecho peculiar ocurrido
cuando tenía alrededor de diecinueve años. Había ido a pasar una temporada en
una de las grandes mansiones de Inglaterra, llevando a mi doncella. Es
innecesario decir que no recuerdo el nombre ni el lugar. Era la única persona
en esa mansión señorial que carecía de título nobiliario. La primera noche noté
que mi doncella se preparaba para dormir en una pequeña sala de estar, al lado
de mi dormitorio, y cuando le expresé mi sorpresa, me dijo que no tenía la menor
intención de dejarme sola, me gustara o no. Yo no comprendía nada de lo que
pasaba, ni tampoco entendía mucho de lo que se conversaba en las comidas. Estoy
convencida de que los numerosos huéspedes estaban completamente aburridos conmigo
y me consideraban una perfecta idiota. Las indirectas y réplicas
significativas me hacían creer y sentir una tonta. Me quedaba el único consuelo
de estar muy bien vestida, ser elegante y saber bailar. A los dos días de estar
allí, una mañana, del desayuno, se me aproximó un caballero muy conocido –encantador,
fascinante, buen mozo, pero de dudosa reputación— y pidió hablar conmigo. Nos
dirigimos a una sala, denominada el salón rojo, y cuando estuvimos solos me
dijo: "He dicho a la dueña de casa que usted se irá en el tren de las
10:30 de la mañana; el carruaje estará dispuesto para esa hora, a fin de
conducirla a la estación; su doncella ya recibió órdenes de preparar sus
enceres. Le pregunté que había hecho yo. Palmeándome el hombro me respondió:
"Voy a darle dos razones. Una, que para la mayoría de las personas que
están aquí, aunque no para mí, usted es una aguafiestas, pues aparenta estar
siempre perpleja u ofendida. La otra, que no parece ofendida cuando debiera
estarlo. Eso es realmente serio. Llegué a la conclusión que, debido a su
ignorancia, sería mejor que alguien se ocupe de usted".
Partí, como lo había dispuesto, sin saber si
debía sentirme halagada u ofendida. Este episodio revela no sólo la estupidez
e ignorancia de las niñas de mi rango en los días victorianos, sino el hecho
de que algunos hombres, considerados muy frívolos, pueden ser buenos y
comprensivos.
Con este trasfondo y equipo, y con la firme
determinación de salvar a las almas perdidas, me dediqué a hacer algo que creí
útil. Por otra parte, tenía el propósito de ser libre, a cualquier precio.
CAPITULO SEGUNDO
Terminó esa
etapa fácil de mi vida, de relativa responsabilidad y sin preocupaciones.
Había durado veintidós años, y fue la única vez en mi vida que formé parte de
una familia, con el trasfondo, el prestigio y la seguridad que ello implicaba.
Me divertí mucho, conocí mucha gente, viajé bastante. No recuerdo cuántas veces
crucé el Canal de la Mancha en mis muy frecuentes viajes de ¡da y vuelta a
Europa. Afortunadamente soy buen marinero y me agrada el mar por encrespado
que esté. No puedo recordar las amigas personales de esa época, excepto una,
con quien continúo la amistad y mantengo aún correspondencia. Nos conocimos en
Suiza y juntas aprendimos a hacer encajes de Irlanda. Siempre me sentí
orgullosa de esa proeza, y mi orgullo aumentó cuando vendí en una ocasión dos
yardas de blondas a treinta dólares la yarda, a beneficio de la Sociedad del
Templo Misionero, pues en esos días yo, personalmente, no necesitaba dinero.
Pero
había llegado el momento en que sentía la necesidad de prestar alguna utilidad
al mundo y justificar mi existencia. En esos días expresaba este anhelo con la
frase: "Jesús fue por el mundo haciendo el bien" y yo, como Su
seguidora, debo hacer lo mismo. De modo que comencé furiosa y fanáticamente
"a hacer el bien". Me convertí en evangelista, vinculada al ejército
británico.
Echando
una mirada a esa época, en que actuaba como evangelista entre las tropas
británicas, me doy cuenta que fue la etapa más feliz y satisfactoria de toda mi
vida. Sentía gran satisfacción por mí misma y por todo lo que me concernía.
Hacía cuanto quería, y todo con mucho éxito. No tenía ninguna preocupación (aparte
de la esfera de trabajo que había elegido) ni responsabilidad. Sin embargo,
comprendo que fue un ciclo importante en mi vida, que alteró por completo todas
mis actitudes. Lo que me ocurrió durante ese período no lo comprendí entonces,
pero tuvieron lugar grandes cambios internos. Sin embargo fui muy extrovertida
en mi modo de pensar y actuar, relativamente inconsciente de ello. Había roto
con mi familia y puesto fin a mi vida de niña de sociedad.
Cuando
digo "rompí" con los míos, no quiero significar que había cortado
toda relación. Siempre he mantenido contacto con mi familia, desde entonces
hasta hoy, pero nuestros caminos se apartaron, nuestros intereses fueron y son
completamente distintos y nuestra relación actual no es de parientes sino de
amigos. En forma amplia y general, creo haber pasado una vida más interesante
y agitada que la de ellos. Nunca sentí que los lazos consanguíneos tuvieran
importancia. ¿Por qué tiene que simpatizar la gente entre sí y estar en íntimo
contacto, sólo por haber tenido afortunada o desgraciadamente los mismos
abuelos? Esto no parece razonable y creo que ha traído una serie de
dificultades. Es una gran cosa cuando la amistad y el parentesco coinciden,
pero para mí, la amistad, los recíprocos intereses y las actitudes similares
hacia la vida, son mucho más importantes que los lazos de la sangre. Deseo que
mis hijas me quieran porque soy su amiga, les he probado mi amistad y soy digna
de su cariño. No espero su confianza ni su aprecio por ser su madre. Las amo a
ellas, no especialmente por4ue son mis hijas sino por sí mismas. Cuando los
niños pequeños no requieren ya el cuidado físico, creo que los padres harían
bien en cultivar con ellos la amistad.
Poseía absoluta seguridad de todo (cuán
maravilloso y deliciosamente juvenil me parece eso ahora) –Dios, la doctrina,
mi habilidad para hacer las cosas, la seguridad de mi conocimiento y la
infalibilidad de cualquier consejo que pudiera dar. Tenía una respuesta para
todo y sabía con exactitud lo que debía hacer. Manejaba la vida y las
circunstancias, con el toque seguro de la inexperiencia más completa, y la
solución de todo problema y el remedio para todo mal siempre venían en
respuesta a una sola pregunta: "¿Qué haría Jesús en idénticas
circunstancias?" Habiendo decidido lo que Él haría (y me pregunto cómo lo
sabía), lo hacía o aconsejaba. a otros que siguieran la misma regla. Al mismo
tiempo, sin darme cuenta ni expresarlo, comenzaba a hacerme preguntas, aunque
rehusaba contestármelas, y detrás de toda esa seguridad y dogmatismo, se
realizaban grandes cambios. Sé que ese período fue testigo del paso definido
que di en el sendero. Lentamente, sin que mi conciencia cerebral lo supiera,
estaba pasando de la etapa de autoridad a la de experiencia; de la estrecha
creencia teológica a la de inspiración verbal de las Escrituras, y de las
interpretaciones de mi escuela de particular convicción religiosa a un
conocimiento seguro y cierto de las verdades espirituales que han testimoniado
los místicos de todas las épocas y por las que muchos de ellos sufrieron y
murieron.
Me encontré eventualmente en posesión de un
conocimiento que había resistido la prueba del tiempo y las dificultades, corno
no lo habían hecho mis creencias anteriores. Conocimiento que continúa y
constantemente me indica lo mucho, lo mucho que aún debo saber. El conocimiento
verdadero nunca es estático; sólo constituye una puerta abierta para campos más
vastos de sabiduría, realización y comprensión. Es un proceso de crecimiento
viviente. El conocimiento debe conducir de un desenvolvimiento a otro. Es como
si alguien escalara una montaña y, en el momento de alcanzar la cumbre, viese
de pronto ante su vista la tierra prometida hacia la que debe marchar
inevitablemente; pero (al otro lado de esa tierra prometida) aparece a la
distancia otra montaña, ocultando regiones aún más vastas.
En una época de mi vida tenía la costumbre de
asomarme a la ventana de mi dormitorio y observar a la distancia esa estupenda
montaña del Kinchengunga, uno de los más altos picos de los Himalayas. Parecía
tan cercano, como si casi un día de camino pudiera conducirme a su pie, pero
sabía que a un buen escalador le tomaría por lo menos doce semanas de duras
jornadas para llegar hasta allí, más la terrible ascensión hasta su cúspide,
proeza pocas veces realizada. Lo mismo ocurre con el conocimiento. Lo que vale
la pena alcanzar raras veces es fácil lograr y constituye en sí la base para un
mayor conocimiento.
Siento compasión por esas personas que creen
saberlo todo y tienen respuesta a cualquier pregunta, y comprendo que hay que
tenerles paciencia. Ésa era mi actitud en aquella temprana época y no tenía el
buen humor de divertirme a costa mía. Todo lo hacía con intensa seriedad. Hoy
puedo reírme, y estoy bien segura que no conozco todas las respuestas. Me he
quedado con muy pocas doctrinas y dogmas, si en verdad me queda alguno. Tengo
la convicción de la existencia del Cristo y de los Maestros, Sus discípulos; de
que existe un plan que Ellos tratan de desarrollar en la tierra y también que
representan en Sí mismos, la respuesta y garantía de la realización final del
hombre, y que así como Ellos son, seremos algún día nosotros. Hoy ya no puedo
decir con seguridad y aplomo, lo que la gente debe hacer. Por eso pocas veces
doy consejos. Ciertamente no pretendo interpretar el pensamiento de Dios ni
decir lo que Él desea, como lo hacen los teólogos del mundo.
Calculo que en el transcurso de mi vida se
habrán acercado a mí, textualmente, miles de personas para que yo les dijera,
aconsejara y sugiriera lo que debían hacer. Hubo un período en que mi
secretario concedía citas cada veinte minutos. Creo que una de las razones de
tantas entrevistas se debe a que nunca cobré, y a la gente le agrada recibir
cualquier cosa gratuitamente. A veces pude ayudar a quien disponía de una mente
abierta y estaba dispuesto a escuchar, pero la mayoría quiere hablar y sentar
las bases para justificar sus propias ideas preconcebidas, sabiendo de antemano
lo que uno le va a decir. Mi técnica ha sido generalmente dejar que las
personas se cansen de hablar, y cuando han terminado, con frecuencia hallan la
respuesta y la solución a sus propios problemas, lo cual es muy sensato y
conduce a una acción efectiva. Sin embargo, si sólo quieren oírse hablar y
creen saberlo todo, frecuentemente me embarga el temor y nada puedo hacer.
No me interesa si la gente está o no de acuerdo
con mi caudal particular de conocimientos o con mi manera de formular la verdad
(pues todos tenemos nuestra manera de hacerlo), pero no puedo ayudar a quienes
están totalmente satisfechos de su propia verdad. Para mí el infierno (si
existe, lo cual dudo) constituiría un estado de total satisfacción por nuestros
propios puntos de vista y, por lo tanto, una condición estática que detendría
permanentemente toda evolución mental y progreso. Afortunadamente sé que la
evolución es muy larga y prosigue continuamente; la historia y la civilización
lo prueban. Sé también que detrás de todos los procesos hay una Inteligencia y
por eso ninguna condición estática es posible.
En esa época era una fundamentalista
intransigente. Había iniciado mi carrera enteramente convencida de que ciertas
doctrinas teológicas fundamentales, según lo expresaban las autoridades
eclesiásticas, constituían compendios de la verdad divina. Sabía exactamente
qué quería Dios y (debido a mi total ignorancia) estaba dispuesta a discutir
cualquier tema concebible, sabiendo que mi punto de vista sería el correcto.
Hoy frecuentemente creo haberme equivocado en mis diagnósticos y
prescripciones. Tengo también una sólida creencia en la existencia del alma
humana y en la capacidad de esa alma para conducir al hombre de "la oscuridad
a la luz y de lo irreal a lo real", mencionando la más antigua plegaria
del mundo. Tuve que aprender en esos días que “el amor de Dios es mucho más
amplio que la mente del hombre, y que el Corazón del Eterno es maravillosamente
bondadoso". Pero no era un Dios bondadoso el que yo proclamaba. Dios era
bondadoso conmigo porque me había abierto los ojos y los de quienes pensaban
como yo, pero ese Dios estaba dispuesto a mandar al infierno al resto del
mundo no redimido. La Biblia lo decía y tenía razón. De ninguna manera podía
estar equivocada. En ese entonces yo estaba de acuerdo con los pronunciamientos
de un famoso Instituto Bíblico de los Estados Unidos, que "se basaban en
los manuscritos originales y autografiados de la Biblia". Hoy me gustaría
preguntarles dónde están esos manuscritos autografiados. En esa época creía en
la inspiración verbal de las Escrituras y nada sabía de las vicisitudes y
aflicciones que sufren todos los traductores honestos, que sólo pueden dar un
significado aproximado del texto original. únicamente durante estos últimos
años, cuando mis propios libros iban a ser traducidos a varios idiomas, me di
cuenta de la total imposibilidad de la inspiración verbal. Si Dios hubiera
hablado y Cristo predicado Sus sermones en inglés, sólo entonces quizás
estaríamos seguros de lo que habrían dicho. Pero no es así.
Recuerdo una vez en que ocho o nueve personas
(todas de distinta nacionalidad) sentadas alrededor de una mesa, junto con mi
esposo y yo, a orillas del Lago Maggiore en Italia, tratábamos de encontrar el
equivalente en alemán de la palabra anglosajona “mind" (mente) o "the
mind" (la mente). La cuestión había surgido con motivo de la traducción
al alemán de uno de mis libros. Desesperados, tuvieron que abandonar la
búsqueda, porque no existe un verdadero equivalente de lo que queremos
significar cuando hablamos de "the mind". La palabra
"intelecto" no tiene el mismo significado. Los alemanes dijeron que
la voz "geist" no contenía el significado y aunque buscamos
incansablemente un vocablo que expresara la misma idea, no dimos con él, y eso
que había profesores alemanes que trataban, con nosotros, de hallarlo. Quizás
aquí resida el problema de Alemania. En esa oportunidad me di cuenta de cuán
verdaderamente difícil es hacer una traducción correcta.
Una de las palabras que aparecen constantemente
en los libros esotéricos es el término "sendero", con el cual se
quiere significar el Camino de retorno a nuestra fuente de origen, a Dios y al
centro espiritual de toda vida. Cuando se traduce al francés , se empleará la
palabra “¿chemin?", "¿rue?", “¿sentier?", o ¿cuál? Por lo
tanto, cuando se intenta traducir al inglés un libro tan antiguo como el Nuevo
Testamento, ¿puede encontrarse en él tal cosa como una inspiración verbal?
Probablemente el Antiguo Testamento sea una antigua traducción del arameo o
del hebreo, al griego antiguo, y del griego al latín, y de éste al inglés
antiguo, del cual, en una fecha muy posterior, se llegó a la versión oficial de
Saint James. Lo mismo sucede con las traducciones de la Biblia en los demás
idiomas. Me enteré de que hace unas cuantas décadas, mientras se estaba
traduciendo al francés el Nuevo Testamento, al llegar el traductor a las
palabras de Cristo donde dice: "Yo soy el agua de la vida", lo
tradujo tranquilamente como "eau de vie" y así se publicó. Al darse
cuenta que esas tres palabras significan en francés "brandy",
tuvieron que reimprimir esa parte haciendo decir a Cristo: "Yo soy el agua
viviente", "eau vivante", que no es exactamente lo mismo. Las
traducciones de la Biblia han pasado por muchas manos, resultado del
pensamiento teológico de muchos monjes y traductores. De aquí las
interminables disputas de los teólogos sobre interpretaciones y significados,
las probables traducciones incorrectas de los muy antiguos términos y las
crudas intercalaciones, aunque bien intencionadas, de los primeros monjes
cristianos que trataron de verter a su lengua materna los antiguos escritos.
Ahora me doy cuenta cabal de todo eso, pero en aquellos días la Biblia en
inglés era infaliblemente correcta, pues yo ignoraba las dificultades que
presenta la traducción. Ése era mi estado de ánimo, cuando un gran cambio tuvo
lugar en mi vida.
Al comunicar mi hermana su intención de
inscribirse en la Universidad de Edimburgo para seguir medicina, se me presentó
inmediatamente el problema de qué haría yo. No quería vivir sola o pasar el
tiempo en viajes y diversiones. Y cosa sorprendente, no deseaba ser misionera.
Me había dedicado a las buenas obras, pero ¿a qué buenas obras en particular?
Tengo una gran deuda con un clérigo que me Conocía muy bien, y me sugirió que
dedicara mi vida a predicar el Evangelio. No me sedujo mayormente. Los evangelistas
que había conocido (y fueron numerosos) no me impresionaron mucho. Me parecía
un grupo de gente mal educada, que usaba ropa barata y mal confeccionada, cuyos
cabellos necesitaban ser peinados y eran demasiado buenos para estar acicalados.
No me podía imaginar gritando y vociferando como ellos, en una tarima, según
las circunstancias, para atraer a la gente. Vacilé, reflexioné y conversé
sobre el punto con mi tía, quien también dudó y no supo qué decir. Las niñas
de mi clase no hacían tales cosas. La ropa, la dicción, el peinado y las
alhajas, no atraerían a las personas que frecuentaban las reuniones para
despertar la fe, buscando su salvación. Eso no era apropiado. Pero oré, esperé
y creí que algún día recibiría un "llamado"' para saber lo que
tendría que hacer.
Mientras tanto, para ocupar el tiempo, y como
entretenimiento, me enamoré (así lo creí) de un clérigo de apellido Roberts.
Era terriblemente aburrido y espantosamente tímido, varios años mayor que yo,
pero no llegamos a nada y me aparté; de manera que podrán ver que no era muy
profundo mi sentimiento.
Entonces alguien me sugirió inesperadamente que
visitara los Hogares Sandes para Soldados, en Irlanda, y después de ubicar a mi
hermana en su alojamiento de Edimburgo, fui a Irlanda a investigar el asunto.
Encontré que esos Hogares eran algo excepcional y que la señorita Elise
Sandes, era una mujer culta, encantadora y exquisita. Su personal estaba
constituído por niñas y mujeres de mi rango. La señorita Sandes había
abandonado su vida para mejorar la condición de los reclutas y manejaba los
hogares en forma muy distinta de la que vemos hoy generalmente en los cuarteles
del ejército, y muy distinto también del trabajo evangélico llevado a cabo en
nuestras ciudades. La señorita Sandes había establecido muchos hogares en
Irlanda y varios en la India. Algunas personas que trabajaban en ellos, Edith
Arbuthnot-Holmes, Eva Maguire, John Kinahan, Catherine Rowan‑Hamilton, y
varias más, fueron amigas mías y me ayudaron a adaptarme al cambio de ambiente.
Mi primera experiencia fue el Hogar para
Soldados en Belfast. En todos ellos había grandes cafeterías en las cuales
cientos de hombres comían todas las noches, a precio de costo. Tenían salas
donde podían escribir cartas, dedicarse a juegos, sentarse junto al fuego, leer
periódicos, jugar al ajedrez y a las damas y alternar con nosotras, si se
sentían solos, aburridos o nostálgicos. Había generalmente dos damas en cada
hogar y teníamos allí nuestras habitaciones. Solía haber en esas residencias un
gran dormitorio donde los soldados y marineros con licencia, podían descansar,
y también una sala de reuniones para las sesiones evangélicas, que contaban con
un armonio, libros de cánticos, biblias y sillas, amén de alguien que pudiera
predicar sobre las Escrituras y pedir por la salvación de las almas de los
presentes. Tuve que aprender todos los aspectos del trabajo y era muy ardua la
tarea, aunque de mi agrado. Los primeros meses fueron los más difíciles. No es
fácil para una niña tímida (y era anormalmente tímida) entrar en una habitación
donde hay trescientos hombres y ninguna otra mujer, y conquistar su amistad,
sentarse con ellos, jugar a las damas, ser atenta, permanecer impersonal y, al
mismo tiempo, dar la sensación de interesarse por ellos y querer ayudarlos.
Nunca olvidaré la primera sesión evangélica que
dirigí. Estaba acostumbrada a mis pequeñas clases bíblicas y a expresarme en
las reuniones de oración, sin la menor aprensión. Estaba segura que iba a
hacerlo, me resultaba más fácil que presentarme ante un soldado, inquirir su
nombre, sentarme, jugar con él, preguntarle por su hogar y llevarlo
gradualmente al serio asunto de su alma. Por lo tanto estaba dispuesta a
dirigir la reunión.
Un domingo por la tarde me encontré encaramada
en una tarima, en una amplia habitación, frente a unos doscientos soldados y
algunos miembros de la Real Policía Irlandesa. Comencé con toda fluidez, luego
fui aminorando la voz y experimenté el pánico del auditorio; eché una mirada a
esos hombres, prorrumpí en lágrimas y huí de la tarima. Juré que no volvería
allí aunque me arrastraran con caballos, pero a su debido tiempo y en respuesta
a mi pregunta: ¿”qué hubiera querido Jesús que yo hiciera?", volví humildemente.
Pero lo ridículo del caso fue que, habiendo llegado a esa decisiva conclusión,
a la noche siguiente concurrí al salón de reuniones para prepararme y empecé a
encender las lámparas de gas. Casi fui arrojada al lado opuesto del salón, mi
cabello resultó chamuscado y no pude dirigir la reunión esa noche. La
explosión fue como un punto y aparte.
Varias semanas después retorné. Esta vez había
memorizado mi disertación y todo fue bien hasta que, en la mitad del tema,
llegué a un punto en que había pensado citar un poema para aligerar y variar
mi tema. Había ensayado esa poesía delante del espejo con buenos resultados.
Las dos primeras líneas salieron bien, después me aturdí. No recuerdo lo que
ocurrió. Quedé paralizada, roja hasta la raíz de los cabellos y toda
temblorosa, cuando súbitamente surgió del fondo del salón una voz que dijo:
"Ánimo señorita, Yo terminaré la poesía y le daré tiempo para pensar lo
que va a decir después". Pero ya había desaparecido de la tarima y estaba
anegada en lágrimas en mi habitación. Había fracasado, Jesús y yo habíamos
fracasado, pensé que sería mejor abandonarlo todo. Estuve despierta y llorando
toda la noche y rehusé abrir la puerta a una de mis compañeras que quería
entrar a consolarme. Pero me mantuve firme. Por orgullo no podía dejar de
hablar desde la tarima y poco a poco me fui acostumbrando a difundir las enseñanzas
de la Biblia a un grupo de hombres.
Sin embargo el proceso me resultaba penoso. En
las noches previas a la charla no dormía, pensando en lo que iba a decir,
luego me quedaba despierta la noche siguiente, horrorizada por lo que había
dicho. Este ritmo ridículo continuó hasta que una noche me enfrenté conmigo
misma y no cejé hasta descubrir en qué residía mi falla. Llegué a la conclusión
de que sufría de egoísmo y egocentrismo y le daba demasiada importancia a lo
que la gente pensaba de mí. Mi primera educación recibía su primero y duro golpe.
Comprendí que si verdaderamente estaba interesada en mi tema, si apreciaba
realmente a mi auditorio y no a Alice La Trobe‑Bateman y si podía llegar a un
punto donde ya no me importara un comino (entonces no empleaba esa palabra),
podría salir adelante y ser realmente útil.
Aunque parezca extraño, no tuve ninguna
dificultad a partir de esa noche. Me acostumbré a entrar en un salón atiborrado
de público en la India, con quizás cuatrocientos o quinientos soldados por
auditorio, treparme a una mesa, obtener su atención y aún más, mantenerla. Me
convertí en una buena oradora y le tomé gusto hablar en público, de tal modo
que hoy me siento más feliz en un estrado que en cualquier otra parte. Belfast
fue testigo a este respecto de mi liberación.
Varios años más tarde, recuerdo que una vez me
sentí muy halagada por el gran éxito de mi clase bíblica dominical nocturna,
dada en Lucknow, India. Un buen número de maestros castrenses habían tomado la
costumbre de venir todos los domingos a escucharme (siempre acompañada con
cientos de soldados) y empecé a sentir un pequeño envanecimiento, y pensé que
debía ser realmente buena si hombres inteligentes como aquellos venían domingo
tras domingo a escucharme. Me dediqué por entero a ello. Al finalizar la serie
de mis charlas, me hicieron un obsequio. El mayor de ellos se me aproximó al
final de mi perorata y me hizo entrega de un pergamino de casi un metro de
largo, atado con una ancha cinta azul, endilgándome un hermoso discurso. Pero
era todavía demasiado tímida para desdoblar el pergamino delante de ellos. Esa
noche, cuando me retiré a mis habitaciones, desaté la cinta y encontré, con
magnífica letra, hasta el menor error gramatical y toda metáfora traspuesta en
el transcurso de mis charlas. Me consideré permanentemente curada y liberada
cuando descubrí que el efecto que me produjo fue hacerme reír, hasta que las
lágrimas corrían por mis mejillas.
No me agrada escribir mis charlas, como lo hacen
muchos buenos oradores que emplean breves notas y hablan inapropiadamente,
dejando que sus oyentes extraigan los necesarios conceptos. Miro lo escrito y
me pregunto: “¿Puedo haber dicho esto?". Estoy segura que el secreto para
hablar bien, siempre que se posea fluidez, consiste en valorar el auditorio y
ponerlo a tono, tratando de ser simplemente humana. Nunca intenté pronunciar
discursos. Sólo me dirigí a mi auditorio como lo haría ante un solo ser humano.
Les infundo confianza. Nunca adopto una pose de sábelo todo. Les digo:
"ahora lo veo así", "cuando lo vea distinto lo diré". Nunca
presento una verdad (tal como la veo) en forma que resulte dogmática. A menudo
expreso a la gente: "De aquí a cinco mil años esta enseñanza que llamamos
ahora avanzada, será el abecé para los niños pequeños, lo que nos demuestra
cuán infantiles somos hoy". En los debates, al final de una charla (que
tanto me gustan), no tengo reparos en admitir que no sé algo, y esto lo hago
frecuentemente. Los conferencistas que creen disminuir su prestigio si admiten
falta de conocimiento y son, en consecuencia, evasivos o pomposos, tienen mucho
que aprender. El auditorio gusta del conferencista que puede enfrentarlos y
decirles: "Mi Dios, no tengo la menor idea acerca de lo que me
pregunta".
Volviendo a la ciudad de Belfast, mis superiores
descubrieron que poseía, una disposición especial para salvar almas, y
establecí un récord tan bueno, que la señorita Sandes me mandó buscar para que
la acompañara al Campamento de Artillería de Irlanda central, a fin de recibir
un verdadero entrenamiento. Era una hermosa campiña verde y nunca olvidaré el
día que llegué allí. A pesar de toda esa belleza, mucho me impresionó la enorme
cantidad de huevos que había por todas partes, en la bañera, cacerolas, cajones
del tocador y en cajones debajo de la cama. Si mal no recuerdo había cien mil
huevos en la casa y por supuesto todos estaban en recipientes. Supe que en la
cafetería del Hogar para Soldados se usaban por noche 72 docenas de huevos, y
como había tres Hogares en ese distrito, se utilizaban en cantidad. Por lo
tanto los huevos tenían prioridad sobre todo, excepto el Evangelio.
Mi primera tarea cada mañana, después de pasar
bajo un árbol una hora tranquila con la Biblia, consistía en hornear bollos
(cientos de ellos), y luego de cargarlos en un carruaje tirado por un burro,
llevarlos a las cabañas donde se reunían los hombres por la noche. Un día el
asno me causó una gran humillación. Avanzaba alegremente por una callejuela de
la campiña con mi carga de bollos, cuando oí galopar a una patrulla de
artillería. Apresuradamente traté de apartarme a un lado del camino, pero ese
condenado burro plantó sus cuatro patas firmemente en el suelo y no quiso
moverse. Inútiles fueron los ruegos y los latigazos. La patrulla se detuvo a
pocos pasos. Los oficiales me gritaban que me apartara. No podía hacerlo.
Finalmente un grupo avanzó y alzando al carruaje, a mí y al asno, nos arrojaron
a la zanja, prosiguiendo su marcha la patrulla.
Las burlas de los artilleros acerca de este
episodio nunca tuvo fin. Hicieron correr el rumor de que mis bollos eran tan
pesados que el pobre burro no podía moverse, y entraban en la cabaña cojeando,
y decían que una miga de mis bollos les había caído sobre un pie. Me acostumbré
al ruido de los grandes cañones y supe que los hombres quedaban sordos cuando
las baterías abrían el fuego durante la noche; también me habitué a sus
borracheras y aprendí a no hacer caso a un ebrio y a manejarlo, pero nunca pude
acostumbrarme a los huevos fritos, especialmente si iban acompañados de una
taza de cocoa. Creo haber vendido más cocoa, huevos y cigarrillos que
cualquier otra persona.
Fueron días felices y muy atareados. Adoraba a
la señorita Sandes y ¿quién no la adoraba? La quería por su belleza, por su
fuerza mental, por su conocimiento de la Biblia, por su comprensión de la
humanidad y también, por su exuberante sentido del buen humor. Creo que más la
quería porque me di cuenta que me quería realmente. Compartía su dormitorio, en
la extraña casita en que vivíamos, y hasta ahora puedo verla durmiendo, con
una media negra atada sobre sus ojos, para preservarlos de la primera luz de la
mañana. Tenía una comprensión mucho más amplia que sus ayudantes. Recuerdo su
mirada de aprobación sin pronunciar palabra. Trabajábamos duramente para salvar
almas y ella nos observaba, nos deseaba éxito y frecuentemente pronunciaba la
palabra que necesitábamos; sé que a menudo nos observaba con gran regocijo
cuando luchábamos y nos esforzábamos.
En una ocasión se produjo en mí un gran choque,
y realmente creo que eso inició el ciclo de interrogantes internos, que posteriormente
me sacaron de mi pantano teológico. Durante tres semanas había estado
forcejeando por salvar el alma de un miserable, sucio y pequeño soldado. Era lo
que en Inglaterra llamamos “una cosa repelente", mal soldado y mal hombre.
Jugaba a las damas con él noche tras noche y le gustaba, y lo instaba a asistir
a las reuniones evangélicas, las cuales toleraba. Le rogaba que se salvara,
pero sin resultado. Elisa Sandes observaba muy divertida, hasta que le pareció
que el asunto se prolongaba demasiado. Una noche me llamó y fui a donde ella
estaba, parada junto al piano, en una de las cabañas repletas de hombres, y
allí tuvo lugar el diálogo siguiente:
‑"Alice, ¿ves ese hombre que está
allí?" dijo, señalando a quien era "mi problema".
‑"Sí",
le respondí, "Usted se refiere al hombre con quien he estado jugando a las
damas?"
‑"Pues
bien, mi querida, haz el favor de mirar su frente", lo miré y dije que me
parecía demasiado estrecha. Ella asintió.
‑"Ahora
mira sus ojos. ¿Qué hay de malo en ellos?"
‑"Parecen
estar demasiado juntos", repliqué.
‑"Exactamente.
¿Qué me dices de su mentón y de la forma de su cabeza?"
‑"Pero
si no tiene mentón y su cabeza es muy pequeña y redonda", dije
completamente intrigada.
-"Pues
bien, mi querida Alice, ¿por qué no dejas que Dios se haga cargo de él?" y
diciendo esto se alejó. Desde entonces he dejado a muchas personas a cargo de
Dios.
Quiero dejar aclarado
que en esa época creía en la conversión y en el poder de Cristo para salvar, y
hoy lo creo mil veces más. Sé que la gente puede salir del error, y los he
visto una y otra vez descubrir en sí mismos esa realidad que San Pablo llama: "Cristo
en ti esperanza es de gloria". Sobre ese conocimiento cifro mi salvación
eterna y la salvación de toda la humanidad". Sé que Cristo vive y que
nosotros vivimos en Él, que Dios es nuestro Padre, y que en el gran Plan de
Dios, todas las almas, oportunamente, hallan su camino de retorno a Él. Sé que
la vida crística en el corazón humano, puede guiar a todos los hombres de la
muerte a la inmortalidad. Sé que porque Cristo vive, viviremos también y
seremos salvos por Su vida. Pero frecuentemente pongo en duda las técnicas
humanas y creo que el método de Dios con frecuencia es mejor, y que a menudo
deja descubrir nuestro propio camino de retorno, sabiendo que en cada uno de
nosotros hay algo de Él, que es divino, que nunca muere y que llega a nuestro
conocimiento. Sé que nada en el Cielo o en el Infierno puede interponerse
entre Dios y Sus criaturas. Sé que Él se mantiene vigilante, "hasta que el
último cansado peregrino haya encontrado el camino al hogar". Sé que todas
las cosas actúan juntas para bien de quienes aman a Dios, significando con ello
que no amamos a una deidad abstracta y lejana, sino a nuestros semejantes. Amar
a nuestros semejantes es una evidencia, quizás indefinida pero muy segura, de
que amamos a Dios. Elisa Sandes me enseñó eso con su vida y su amor, su
inteligencia y su comprensión.
Mi estadía en Irlanda
no duró mucho, pero fue una época deliciosa. Nunca había estado antes en
Irlanda, y pasé gran parte de mi tiempo en Dublín y en el Campamento Currach,
no lejos de Kildare. Mientras me encontraba en Currach realicé un trabajo muy
peculiar, que de saberlo mi familia, habría causado un escándalo. No los
hubiera culpado. Debe recordarse que en esa época las niñas no gozaban de la
libertad que tienen ahora y, después de todo, yo tenía solamente veintidós
años.
Una de las baterías de
la Real Caballería de Artilleros, estaba en ese entonces estacionada en la
Barraca de Newbridge, y los hombres de la batería (a quienes conocí durante el
verano en el campamento de práctica) me pedían que fuera todas las noches a su
Salón de Moderación. Eso indicaba llegar allí a las seis de la tarde y regresar
muy entrada la noche, porque había obtenido permiso para celebrar una reunión
evangélica en ese salón, una vez cerrada la cantina. Después de discutirlo un
poco, se convino en que yo aceptara las cosas y todas las noches me dirigía
allí en mi bicicleta después de la detestable cena inglesa llamada "high
tea". Regresaba entre las 11 y 12 p.m., escoltada por dos soldados, y cada
noche los hombres de la batería debían determinar quién me acompañaría,
después de obtenido el permiso necesario, Nunca sabía si mi escolta sería un
buen cristiano en quien se podía confiar o un canalla. Creo que echaban la
suerte, y si recaía en un ebrio sus solícitos camaradas le impedían con sumo
cuidado visitar la cantina ese día. De todos modos, imagínense ustedes a una
joven, con un trasfondo victoriano, rigurosamente protegida, regresar en
bicicleta todas las noches con dos soldados de los que nada sabía; sin embargo,
ni una sola vez me dijeron una palabra que pudiera ofender a la solterona más
puritana, y eso me agradaba mucho.
Quienes acudían a la
cantina iban a verme al salón todas las noches. Nunca hice hincapié para que
asistieran a la reunión, pero nos llevábamos muy bien. Allí fue donde aprendí a
distinguir los diferentes tipos de ebrios. Tenemos lógicamente el tipo pendenciero.
Tuve que intervenir en muchas peleas. Nunca me causaron daño, y estoy segura
que me consideraban una plaga. Tampoco me molestaron. Mi intervención nunca me
trajo sufrimiento. La policía militar agradecía mi ayuda para tranquilizar a
los hombres. Me hice una experta en eso. Tenemos también al ebrio afectuoso,
que francamente me aterrorizaba. Nunca sabía lo que haría o diría, pero siempre
me las arreglé para tener una silla o mesa entre él y yo. Los domadores de
fieras saben que es muy útil una silla entre el domador y un león enojado;
puedo recomendar con toda confianza esta treta para el caso de un ebrio
afectuoso. El bebedor taciturno es muy difícil de tratar, pero no es tan común.
También aprendí a distinguir entre aquellos a quienes la bebida les afecta las
piernas y a otros la cabeza, siendo distinta la técnica a emplearse en cada
caso. La policía militar me pidió muchas veces que ayudara a llevar
pacíficamente al cuartel a algún soldado ebrio. Se ocultaban y, manteniéndose
cerca, observaban el espectáculo que representaba yo y el borracho, haciendo
eses por el camino; se imaginarán el horror que habría experimentado mi tía al
ver este caminar errátil, pero yo lo hacía por "amor a Jesús", y ni
una sola vez alguno intentó ser grosero. No obstante, no me habría agradado ver
a una de mis propias hijas en una situación similar y hubiera sentido que lo
que es bueno para los adultos no siempre puede serlo para los párbulos.
Mi trabajo era muy
variado: llevar cuentas, arreglar las flores en los cuartos de lectura,
escribir cartas a los soldados, efectuar reuniones interminables sobre el
Evangelio, presidir las plegarias diarias, estudiar asiduamente la Biblia, y
ser muy, muy buena. Compraba toda clase de libros que pudieran ayudarme a
predicar mejor, tales como: "Ayuda para Predicadores”, "Charlas para
Maestros", "Discursos para Discípulos”, "Esbozos para Trabajadores"
(tenía personalmente cuatro libros) y otros con títulos igualmente tentadores.
Intenté a menudo publicar un libro que se titularía "Ideas para Idiotas”,
y hasta lo empecé, pero nunca se materializó. Hasta donde me consta, me llevé
siempre bien con mis compañeros de trabajo. Mi fuerte complejo de inferioridad
me condujo siempre a admirarlos, lo cual eliminó eficazmente toda envidia.
Una mañana, Elise
Sandes recibió una carta que, según pude observar, la perturbó mucho. Theodora
Schofield, que se encontraba al frente de la obra en la India, no estaba muy
bien y al parecer necesitaba regresar a su patria para descansar. Pero aparentemente
nadie allí podía reemplazarla. Elise Sandes se estaba poniendo vieja, y tampoco
se podía prescindir de Eva Maguire. La señorita Sandes, con su franqueza
habitual, dijo que me enviaría a mí, si tuviera dinero, pues "aunque no
eres del todo buena, probablemente serás mejor qué nada". El viaje a la
India era muy costoso en ese entonces, y ella tenía que costear el regreso de
Theodora. Con mi usual y complaciente reacción religiosa dije: "Si Dios
quiere que yo vaya enviará dinero". Ella me miró, pero no hizo comentario
alguno. Dos o tres días más tarde, mientras tomábamos el desayuno, lanzó una
exclamación al abrir una carta. Me alcanzó el sobre. No tenía ninguna misiva
ni indicación del remitente, pero en su interior había un cheque por quinientas
libras, con estas palabras: "Para el trabajo en la India". Nadie
sabía de dónde procedía ese dinero, pero lo aceptamos como si viniera
directamente de Dios. El problema del viaje, por lo tanto, se había resuelto y
nuevamente me preguntó si estaba dispuesta a ir a la India de inmediato, aunque
no obstante recalcó que yo no estaba muy capacitada, pero por el momento no
tenía a quien enviar. A veces me pregunto si no habrá sido mi Maestro quien
envió el dinero, en verdad no lo sé, y nunca se lo pregunté porque no tenía
importancia. Era esencial que fuera a la India a aprender ciertas lecciones y
preparar el escenario para el trabajo que años atrás me había dicho que podía
realizar para Él.
Escribí a mi familia
pidiendo permiso para ir aunque de cualquier manera hubiera ido, pues quería
hacer las cosas como era debido y por lo menos ser cortés. Mi tía Clare Parsons
me escribió que aprobaba el proyecto, siempre que contara con pasaje de retorno,
de modo que saqué pasaje de ida y vuelta. Luego fui a Londres a comprar un
equipo para la India y como en aquel entonces no tenía restricciones
económicas, compré todo lo que se me antojó y esto me complació; en otras
palabras, me regalé lo que quise. Incidentalmente, cuando mi equipaje,
conteniendo todas mis cosas nuevas, llegó a Quetta, en Beluchistán, me encontré
que habían robado todo su contenido y lo habían reemplazado por harapos sucios
y mugrientos.
Afortunadamente,
llevaba conmigo mucha ropa, pero fue la primera lección importante que me hizo
comprender lo efímero de las cosas. De todos modos, como me gustaba vestir
bien, y todavía me agrada, mandé buscar otro equipo.
Mi hermana y mi tía
fueron a despedirme al muelle de Tilbury, y debo admitir que jamás disfruté
tanto en mi vida como en aquel largo viaje de tres semanas a Bombay. Siempre me
gustó viajar (como a todas las personas de Géminis) y siendo al mismo tiempo orgullosa,
en mi fuero interno sentí placer al ver que la reposera (prestada por mi tío)
ostentaba un título. Las pequeñas cosas agradan a las pequeñas mentes, y la mía
era en esa época muy pequeña, estaba prácticamente dormida.
Recuerdo muy bien ese
primer viaje. En la mesa del comedor tenía de compañeros a dos damas y cinco
caballeros, de aparente buena posición y muy sofisticados, los cuales
evidentemente gustaban de nuestra compañía, pero yo me sentía muy inquieta.
Hablaban de juego y carreras, bebían mucho, jugaban a los naipes y, lo que era
peor, nunca oraban antes de empezar a comer. Nuestra primera comida me dejó
consternada. Después del almuerzo me retiré a mi camarote y oré fervorosamente
pidiendo fuerzas para hacer lo que correspondía. A la hora de la cena no tuve
valor y oré nuevamente. Resultó que a la mañana siguiente, durante el desayuno,
pronuncié unas palabras, arreglándomelas para que estuvieran presentes en el
comedor los cinco caballeros, antes que las dos damas. Me sentía aterrorizada y
completamente avergonzada, pero pensé en lo que Jesús hubiera hecho. Miré a
los hombres y dije con rapidez y nerviosidad: "No bebo ni bailo, no juego
a los naipes ni voy al teatro, sé que me detestarán y me parece mejor buscar
otra mesa". Se hizo un silencio de muerte. Entonces uno de los caballeros
(de apellido muy conocido, por lo cual no quiero nombrarlo), se puso de pie e
inclinándose por sobre la mesa, extendió su mano y me dijo: "Choque, si se
queda con nosotros no la abandonaremos y trataremos de ser en lo posible más
buenos". Tuve un viaje muy delicioso. Esos señores resultaron
increíblemente amables conmigo y los recuerdo con afecto y gratitud. Fue, el
viaje más placentero que hice, y eso que realicé la travesía de Londres a
Bombay seis veces en cinco años, de manera que tenía alguna experiencia. Que
esos caballeros se hayan divertido, es otra cosa, pero fueron extremadamente
gentiles. Uno de ellos me envió después una serie de libros religiosos para uno
de los Hogares para Soldados. Otro mandó un valioso cheque, y otro, un
ferroviario prominente, un pase libre para el Gran Ferrocarril de la Península
India, que usé durante mi permanencia en ese país.
Cuando llegamos a
Bombay, esperaba trasbordar y tomar el barco de la compañía British India a
Karachi, y seguir luego a Quetta, en Beluchistán. Pero no sucedió así, aunque
más tarde lo hice. Encontré un cable en el que se me ordenaba bajar a Bombay y
tomar el expreso a Meerut, en la India central. Me sentí anonadada. Nunca en
mi vida había viajado sola. Llegaba a un país donde no conocía a nadie y no
sólo debía cambiar mi pasaje de vapor a Karachi, sino obtener el pasaje a
Meerut en tren. Como paloma mensajera me dirigí a la Asociación Cristiana de
Jóvenes, rama femenina, donde fueron muy atentos conmigo y se ocuparon de todos
los detalles. Como recordarán, era joven, bonita y las niñas bien, procedían de
otro modo.
En la estación de
Bombay, tuve una experiencia muy aleccionadora y humana, lo cual demuestra
cuán maravillosos son los seres humanos, y lo puedo probar según observarán en
este libro, y lo probaré. Como se habrán dado cuenta, era una presumida consumada,
aunque bien intencionada. Era casi demasiado buena para vivir y, por cierto,
suficientemente santurrona como para que me aborrecieran. No había tomado parte
en la vida común de a bordo, pero me paseaba ufanamente por cubierta con una
gran Biblia bajo el brazo. Uno de los pasajeros despertó mi aborrecimiento, desde
que salimos de Londres. Era la vida del barco; se ocupaba de las apuestas
diarias, arreglaba los bailes y representaciones teatrales, jugaba a los naipes
y me constaba que bebía excesivamente whisky con soda. El viaje duró tres
semanas, y yo lo miraba con desdén. De acuerdo a mi modo de ver era un demonio.
Me habló una o dos veces, pero le aclaré que no quería tener ningún trato con
él. Mientras esperaba el tren en la gran estación de Bombay, atemorizada y
deseando no estar allí, este hombre se me acercó y me dijo: "Jovencita, yo
no le agrado y me lo ha dado a entender con toda claridad, pero tengo una hija
de su misma edad, y que me condenen si quisiera verla viajar sola por la India.
Le guste o no, me indicará usted cuál es su compartimiento. Quiero ver cuáles
son sus compañeros de viaje y piense lo que quiera de mi decisión. También iré
a buscarla a las estaciones donde bajaremos a comer". Lo que me ocurrió en
tal momento no lo sé, lo miré directamente a los ojos y le dije: "Estoy
amedrentada, por favor, cuídeme". Lo hizo con todo cuidado, y la última
visión que tengo de él, es su figura en un empalme ferroviario, de pie, en
piyama y bata de casa, dando una propina al guarda para que me cuidara, pues
iba a seguir otro camino.
Tres años después me
encontraba en Rhanikhet, en los Himalayas, donde había ido a abrir un nuevo
Hogar para Soldados. Desde un distrito lejano llegó un mensajero que me entregó
una nota de un amigo de ese hombre, rogándome fuera a verlo porque tenía poco
tiempo de vida y necesitaba ayuda espiritual. Había pedido que me llamaran. Mi
compañera de trabajo y dama de compañía no me permitió ir, y estaba muy
escandalizada. No fui, el hombre murió, y nunca me lo he perdonado; pero ¿qué
podía hacer? La tradición, la costumbre y la mujer bajo cuya responsabilidad
estaba, todo conspiraba contra mí, y me sentía desgraciada e indefensa. En el
trayecto entre Bombay y Meerut, aquel hombre me había dicho sin ambages, una
noche, durante la cena, que yo no tenía nada de complaciente y santa como
parecía, y que algún día descubriría que era un ser humano como todos. En esa
época estaba sumido en grandes y serias dificultades, y me preguntó si podría
ayudarlo. Regresaba de Inglaterra donde había internado a su esposa en un
manicomio; recién habían matado a su hijo, y su única hija había huido con un
hombre casado. No tenía a nadie en el mundo. Lo único que me pedía era una palabra
amable. Se la di, pues había llegado a apreciarlo. Al morir me llamó, y siento
mucho no haber ido.
A partir de esa época
llevé una vida muy agitada. Era de suponer que (en ausencia de la señorita
Schofield) yo era responsable de un número de Hogares para Soldados, en
Quetta, Meerut, Luchnow, Chakrata, y otros dos, que ayudé a abrir en Umballa y
Rhanikhet, en los Himalayas, cerca de Almora. Chalcrata y Rhanikhet estaban al
pie de la montaña, a unos cinco o seis mil pies de altura, siendo, por
supuesto, lugares de veraneo. De mayo a setiembre nos convertíamos en
"loros barranqueros". Había otro hogar en Rawal Pindi, pero nada
tenía que ver con él, excepto la vez que fui por un mes a relevar a la señorita
Ashe, que estaba a su cargo. En cada uno de esos hogares había dos mujeres y
dos encargados responsables de la cafetería y el mantenimiento general del
lugar. Estos administradores eran en su mayoría ex‑soldados, y guardo la más
feliz memoria de su amabilidad y ayuda.
Siendo joven e
inexperta, no conocía a nadie en todo el continente asiático; necesitaba más
protección de la que creía en ese entonces; tendía a hacer las cosas más
estúpidas, sencillamente porque no conocía el mal, ni tenía la más remota idea
de las cosas que podían ocurrirle a las jóvenes. Por ejemplo, en una ocasión en
que sufría terriblemente de dolor de muelas, llegué al punto de no resistirlo
más. No había entonces dentista permanente en el acantonamiento donde
trabajaba; de vez en cuanto aparecía un dentista ambulante (generalmente
norteamericano) e instalaba su consultorio en el “dak" (bungalow o casa de
descanso) para atender a quienes se presentaran. Oí decir que había uno en el
pueblo, de modo que fui sola, sin decir una palabra a mis compañeras. Me
encontré con un joven norteamericano, su ayudante y otro hombre más. La muela
estaba en malas condiciones y había que extraerla, de modo que le pedí que me
aplicara gas y la extrajera. Me miró extrañado, pero lo hizo. Recuperada de los
efectos del gas, me reprendió, diciendo que yo no tenía prueba alguna de ser él
un hombre decente, que mientras estaba bajo los efectos de la anestesia, había
permanecido a su merced y sabía por experiencia que ambulaban perdularios por
la India y no era gente buena. Antes de salir me arrancó la promesa de que
seria más cuidadosa en el futuro. Así fue por regla general. Lo recuerdo con
gratitud, aunque he olvidado su nombre. En aquel entonces era totalmente
temeraria, no conocía el miedo. Esto se debía en parte a mi irreflexión natural
y también a la ignorancia, y además a la seguridad de que Dios velaría por mí.
Aparentemente así Lo hizo, supongo que basado en el principio de que los
borrachos, los niños y los tontos no son responsables y necesitan protección.
Por lo tanto,
primeramente fui a Meerut, donde conocí a la señorita Schofield que me enseñó
algunas de las cosas que debía saber durante su ausencia temporaria. Mi mayor
dificultad residía en que era demasiado joven para esa responsabilidad. Lo que
aconteció después exigió mucho de mí. No poseía experiencia y por lo tanto
ningún sentido de los valores relativos. Las cosas sin importancia me parecían
de excesivo valor, las serias no. Mirando esos años y tomando las cosas
globalmente, no creo haber actuado tan mal.
Al principio me asombró
el maravilloso Oriente. Todo era nuevo, extraño y completamente distinto de lo
que había imaginado. El color, los hermosos edificios, la suciedad y la
degradación, las palmeras y los bambúes, los hermosos niños y las mujeres, llevando
en esos días cántaros sobre la cabeza; los búfalos acuáticos y los extraños
carruajes, tales como los "gharries" y los "ekkas" (me
pregunto si todavía existen), los bazares colmados de gente, las calles con sus
típicos negocios de platería y hermosas alfombras, los nativos de andar
silencioso, los musulmanes, hindúes, sikhs, rajputs, gurkhas, soldados y
policías nativos, de vez en cuando un elefante con su conductor, olores raros,
idiomas desconocidos, el sol siempre brillando, excepto durante el monzón, y
el constante y eterno calor. Estos son algunos de los recuerdos que guardo de
esa época. Amaba a la India. He abrigado la esperanza de volver algún día, pero
me temo que pueda hacerlo en esta vida. Tengo muchas amistades allí y amigos
hindúes que viven en otros países. Conozco algo del problema de la India, su
anhelo de independencia, sus conflictos y luchas internas, sus innumerables
razas y lenguas, su prolífica población y sus numerosos credos. No la conozco
íntimamente, porque residí pocos años, pero supe amar a su pueblo.
En los Estados Unidos
nada se conoce del problema de la India, por eso no pueden aconsejar a Gran
Bretaña lo que debe hacer. Los vehementes discursos de los fogosos hindúes,
aquí parecen exagerados en relación con las mesuradas seguridades que da el
Rajá británico de que tan pronto como los musulmanes e hindúes resuelvan sus
diferencias, la India podrá ingresar como estado del dominio británico u
obtener su total independencia. En repetidas oportunidades se trató de redactar
una constitución que permita a los musulmanes (una poderosa minoría rica y belicosa
de 70 millones) vivir en paz con los hindúes; una constitución que satisfaga a
ambos grupos, así como también a los principados hindúes y a los millones de
personas que no reconocen o responden al Partido del Congreso Hindú.
Le pregunté a un
destacado hindú, hace unos años, cuál era su opinión sobre lo que sucedería si
los ingleses retiraran sus tropas y su atención de la India. Le pedí que
respondiera honestamente, pero no como propagandista. Vaciló y dijo:
"motines, guerra civil, asesinato, pillaje y matanza de miles de pacíficos
hindúes por los musulmanes". Sugerí que el método más lento de educar
podría ser por lo tanto más inteligente. Se encogió de hombros y volviéndose
hacia mí, dijo: "Alice Bailey, ¿qué está haciendo en un cuerpo inglés?
Usted es la reencarnación de un hindú y ha tenido un cuerpo hindú durante
muchas vidas". "Supongo que lo he tenido", repliqué, y a
continuación nos pusimos a discutir el hecho innegable de que la India y Gran
Bretaña están íntimamente vinculadas, tienen mucho karma que agotar juntas y
alguna vez tendrán que hacerlo, y ese karma no es totalmente británico.
Resulta interesante
constatar que durante la última guerra, nunca se aplicó en la India el sistema
de reclutamiento obligatorio, sino que se alistaron voluntariamente varios
millones, y solamente unos pocos, entre los 550 millones de habitantes de la
India y Birmania, colaboraron con los japoneses. La India debe ser libre y lo
será en forma correcta. El verdadero problema no está entre los británicos y
los nativos, sino entre los hindúes y musulmanes; estos últimos conquistaron a
la India. Cuando se resuelva ese problema interno, la India será libre.
Algún día todos seremos
libres. El odio racial desaparecerá; la ciudadanía será importante, pero más lo
será la humanidad como un todo. Los límites y los países asumirán el lugar que
les corresponde en el pensamiento humano, pero la buena voluntad y la
comprensión internacional serán de mayor interés. Las diferencias religiosas y
los odios sectarios se desvanecerán con el tiempo, y oportunamente
reconoceremos "un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todo, en todo
y en nosotros mismos". Éstos no son sueños vanos ni visionarios, sino
realidades que surgen lentamente, y surgirán con mayor rapidez cuando los
correctos sistemas educativos condicionen a las generaciones venideras, cuando
las iglesias despierten a la realidad de Cristo (no a las interpretaciones
teológicas) y cuando el dinero y los productos de la tierra sean considerados
como bienes que deben compartirse. Entonces los problemas críticos
internacionales asumirán el lugar que les corresponde y el mundo de los hombres
avanzará, en paz y seguridad, en pos de la nueva cultura y civilización
futuras. Quizás mis profecías no tengan interés para todos mis lectores. Pero
esos asuntos me interesan e interesan, a todos los que aman a sus semejantes.
Guardo pocos recuerdos,
pero en particular algo que me sucedió durante esas primeras semanas que pasé
en Meerut, aunque mi verdadera experiencia empezó en Quetta. Se destaca en mi
mente el Hogar para Soldados como una de las facetas más interesantes de mi
trabajo. Quetta me agrada. Se alza a unos cinco mil pies de altura, es una
región muy calurosa y seca en verano, con una temperatura de varios grados bajo
cero en invierno. Sin embargo, cuando estaba allí, aún en los días más fríos,
teníamos que usar casco para el sol, que hoy no se usa tanto. Dos de mis hijas,
que viven con sus esposos en la India, desde hace varios años, raras veces los
usan y se ríen de lo que digo. Pero en mis días, su uso era de rigor.
Quetta es la ciudad más
grande de Beluchistán, especie de amortiguador entre la India y Afghanistán.
Esporádicamente viví casi dos años allí y cinco veces fui a la India cruzando
el desierto de Sind. Hay poca vegetación en Beluchistán, excepto enebros, pero
donde hay riego crece todo. Pocas veces he visto, en otra parte, rosas como
las de Beluchistán y en esa época florecían en todos los jardines. En
primavera, toda la región se cubre de cosmos, luego aparecen girasoles. A
propósito de estas flores tengo una anécdota que contar. Rablaba una tarde en
mi clase bíblica dominical en Quetta, y explicaba a los soldados cómo el ser
humano, natural y normalmente se dirige a Dios. Me valí del girasol para
ilustrar lo dicho, explicando que se lo denomina así porque sigue el curso del
sol en el cielo. A la mañana siguiente, un soldado apareció en la puerta de
nuestra sala de estar, con la cara muy seria, y me pidió si no tenía
inconveniente en salir al jardín por un minuto. Lo seguí, y sin decirme
palabra, el soldado señaló dos girasoles. Cada uno de los cientos de girasoles
daban la espalda al sol.
Quetta fue el lugar
donde tuve mi primera responsabilidad, quedando más o menos librada a mi propia
suerte, aunque estaba conmigo la señorita Clara Shaw. Las tropas destacadas en
Quetta habían tomado posesión del Hogar para Soldados, en tal grado, que se
había perdido todo control. Me imagino que la dama que se hallaba a su cargo
estaba atemorizada, aunque probablemente no tanto como yo. Noche tras noche un
grupo de soldados se divertía tratando de destrozar todo. Venían en grupos de a
veinte, penetraban en la cafetería pedían cocoa y huevos fritos y se pasaban la
noche arrojándolos contra las paredes. Se imaginarán el resultado. El desorden
era abominable y peor su actitud. Me enviaron allí para ver lo que podía hacer.
Estaba sencillamente aterrorizada y no sabía cómo proceder. Me pasé las
primeras noches yendo y viniendo de la cafetería a las salas de lectura,
sacando en conclusión que mi presencia empeoraba las cosas. Se había corrido la
voz de que era una joven muy terca, capaz de denunciarlos a las autoridades,
por lo tanto se habían propuesto hacerme pasar un mal rato.
Cuando descubrí por fin
quiénes y cuántos eran los cabecillas, una mañana mandé a un ordenanza al
cuartel para invitar a los que no hacían guardia, a presentarse en el Hogar
para Soldados a determinada hora. Por alguna razón ninguno estaba de guardia y
la pura curiosidad los había atraído a todos. Cuando llegaron, los hice subir a
los "gharris" (carruajes nativos) con todo lo necesario para un
picnic y los llevé a un paraje que en esos días se denominaba Woodcock Spinney.
Era un hermoso día, caluroso y diáfano, y el hecho de que el lugar estuviera
infectado de reptiles (de la especie llamada kraits, víboras muy pequeñas y
mortíferas) pareció no preocuparnos. Preparamos té y narramos cuentos tontos;
resolvimos adivinanzas y ni una sola vez hablamos de religión, tampoco me
referí a sus iniquidades, y al caer la tarde, regresarnos. No dije ni una
palabra de censura, crítica o súplica. En verdad el grupo se sintió
desconcertado durante la tarde, y cuando regresamos al cuartel, aún estaban
perplejos. A la tarde siguiente, uno de los administradores de nuestra
cafetería vino y me pidió que concurriera a ella. Me encontré con esos hombres
limpiando las paredes, pintándolas, fregando los pisos y dejando el lugar como
nunca lo había estado antes. Se me presenta el interrogante: ¿era tan grande
mi temor que no pude encarar el problema, o fui simplemente muy hábil? Las
cosas sucedieron así, yo no las planifiqué intencionalmente.
Esa vez aprendí una
gran lección. Comprobé personalmente, con la mayor sorpresa, que la comprensión
y el amor actúan en los individuos allí donde la condenación y las acusaciones
fracasarían. Nunca más tuve molestias con ese grupo de provocadores. Uno de
ellos continúa siendo amigo mío, aunque perdí de vista al resto en los cuarenta
años transcurridos desde entonces, el cual vino a verme cuando estuve en
Londres en 1934 y conversamos de esos lejanos días. Había prosperado. Sin
embargo hice un descubrimiento perturbador. Esos hombres habían sido
conquistados para realizar cosas mejores, no a causa de mi prédica elocuente o
por hacer hincapié en el precepto teológico de que la sangre de Cristo podía
salvarlos, sino sencillamente por la comprensión amorosa. No creí que eso
fuera posible. Todavía tenía que aprender que el amor es la nota clave de la
enseñanza de Cristo, y que Su amor y Su vida salvan, no la frenética afirmación
teológica del temor al infierno.
Muchos pequeños
incidentes están relacionados con la época que pasé en la India, que podría
relatar, pero probablemente tienen más interés para mí que para otros. Iba de
un Hogar a otro, revisando las cuentas, entrevistando a los administradores,
realizando interminables reuniones evangélicas, hablando a los soldados
acerca de sus almas y de sus familias, visitando los hospitales militares y
ocupándome de los numerosos. problemas que naturalmente se presentaban cuando
cientos de hombres se encontraban lejos del hogar, enfrentados con los
problemas de la vida en un clima cálido y en una civilización extraña. Llegué a
ser muy conocida en muchos regimientos. Una vez se me ocurrió conocer el
número de regimientos en que había trabajado en Irlanda y la India y comprobé
que eran cuarenta. A muchos de ellos le habían puesto mi nombre. Un famoso
regimiento de caballería me llamaba "abuelita". En otro regimiento de
guardias, por alguna razón desconocida, siempre me llamaban "China".
En otro conocido regimiento de infantería al hablar o escribir respecto a mí,
usaban las siglas B.O.L., que significaba Benevolent Old Lady (Benevolente
Anciana). La mayoría de los muchachos me llamaban sencillamente
"Madre", probablemente porque era tan joven. Mi correspondencia se
hizo bastante nutrida y llegué a conocer muy bien la mentalidad del soldado, y
nunca encontré que se expresaron como dice Rudyat Kipling. En realidad el
soldado común se resiente por la descripción que este autor hace de ellos.
Jugué miles de partidas
de damas, llegando a ser una experta, no por jugar científicamente, sino porque
poseía el misterioso poder de adivinar lo que mi oponente iba a hacer. Mientras
tanto el olor de la cocoa y los huevos fritos persistía en mi nariz. Acostumbraba
a ensayar en el piano cantos populares en la sala de lectura, hasta me enfermé
de tanto oír cantar a los hombres: “Como la hiedra me aferraré a ti",
etc., y "Todas las caras de los pensamientos me miran y sonríen",
canciones populares de entonces. Los hombres tenían sus propias versiones de
las letras, que procuraba no oír, para no tener que intervenir. Durante horas y
horas ejecutaba himnos en el armonio, casi de memoria. Tenía en esa época muy
buena voz de mezzo soprano, con una amplia extensión y muy buena técnica. La
perdí cantando en salones llenos de humo. Creo que vendí más cigarrillos que
una cigarrería. Me divertía mucho dirigiendo los himnos en cada reunión. Los
soldados son impertinentes y cuando pedían que cantara "el himno del
pollo", no tardé mucho en reconocer que querían que "volara como ave
hacia la fuente", y que el himno de la niña que dio a luz, tenía que ver
con la estrofa de una canción que aludía "al tierno cuidado que una madre
prodigaba a su niña". Usábamos el libro de himnos de Moody y Sankey, que
tiene buenas cualidades por sus hermosas y airosas tonadas, pero como
literatura y poesía es simplemente horrible.
Recuerdo que una noche
en Chakrata tuve un acto fallido, al anunciar que se iba a cantar el himno
"Nos reuniremos en el río” donde se asegura que seremos felices, si lo
hacemos. Con voz alta y clara dije: "soldados, cuando cantemos este himno
debemos decir «cuando nos reunamos en el río seremos felices por sempre» o «cuando
nos reunamos en el rao seremos felices por siempre»". Alcé la
vista, y vi en el fondo del salón a un general, su edecán y su plana mayor, que
habían venido a inspeccionar el Hogar y a ver lo que hacíamos. Vieron con
asombro a una joven, impertinente en su religiosidad, vestida de blanco, con un
lazo azul, que no se parecía en nada a la evangelista que se habían imaginado.
Siempre he recibido infinitas atenciones de parte de los oficiales de los
distintos regimientos, y creo que los momentos en mi vida (ya muy lejanos) que
me he sentido realmente orgullosa y jactanciosa, eran al salir de la iglesia
cuando después del desfile, recibía el saludo de los oficiales y soldados. Esa
emoción aún perdura en mí.
Mi vida pasó, en esos
años de formación, casi totalmente entre hombres. A veces durante semanas
enteras no hablaba con ninguna mujer, excepto con mi compañera de trabajo y
dama de compañía. Cándidamente admito que hasta hoy no comprendo la mentalidad
femenina. Por supuesto es una generalización, y como todas las generalizaciones
no es totalmente verdadera. Tengo amistades femeninas y las aprecio mucho, pero
como regla general prefiero la mentalidad masculina. Un hombre puede causar
serios trastornos ocasionalmente; una mujer proporciona pequeñas y estúpidas
dificultades en todo momento y no me gusta preocuparme de ellas. Supongo que
no soy feminista, pero sé que si las mujeres son en verdad femeninas e
inteligentes, podrán ascender a la cima.
Mis mañanas, con un
promedio de quince reuniones evangélicas por semana, estaban dedicadas al
estudio de la Biblia, a revisar la correspondencia diaria, consultar con los
administradores y arrancarme los cabellos con la contabilidad, porque nunca
tuve facilidad para los números. Dábamos de comer a los quinientos o
seiscientos hombres de cada cafetería, por noche, y eso implicaba excesiva
compra y venta. Mis tardes las pasaba en algún hospital, generalmente en las
salas donde no había enfermeras, pues la presencia femenina era allí más
necesaria. En esos grandes hospitales militares iba de un pabellón a otro, con
artículos, folletos y libros y cargada de opúsculos. Sólo puedo recordar el
título de dos de esos opúsculos, "Por qué la abeja picó a la madre"
(nunca pude saber por qué) y el otro, "Charlas sencillas para gente
sencilla".
Llegué a ser muy
conocida en los hospitales; los capellanes de todas las denominaciones me
requerían constantemente para estar al lado de los soldados que agonizaban, y
si no me era posible ayudarlos por lo menos el moribundo podía tomarse de mi
mano. Mientras atendía a esos hombres y, los acompañaba durante su tránsito al
otro mundo, aprendí algo muy importante, y era que la naturaleza o Dios, cuida
de las personas en esos momentos y mueren sin temor alguno, a menudo muy
contentos de marcharse, o si no en estado de coma y físicamente inconscientes.
Sólo dos moribundos, a quienes acompañé, murieron en forma distinta. Uno de
ellos, en Lucknow, murió maldiciendo a Dios y a su madre y despotricando contra
la vida. El otro fue un horrible caso de hidrofobia. La muerte no es tan
temible cuando uno la enfrenta cara a cara. A menudo me ha parecido como un
amigo bondadoso y nunca tuve la sensación de que llegaba a su fin algo real y
vital. No sabía nada de investigaciones psíquicas ni de la ley de renacimiento,
y sin embargo en esos días de creencias ortodoxas estaba segura de que morir
sólo era emprender otra tarea. En realidad, subconscientemente, nunca creí en
el infierno, y desde el punto de vista cristiano, gran parte de los ortodoxos
deberían estar allí.
No tengo la intención
de hacer una disertación sobre la muerte, pero quisiera dar aquí una definición
que siempre me pareció adecuada. La muerte es "un toque del alma,
demasiado fuerte, para que el cuerpo la pueda resistir", es un llamado de
la divinidad que no acepta negativa, es la voz de la Entidad espiritual interna
que dice: retorna por un tiempo a tu centro o fuente de origen, y reflexiona
sobre las experiencias realizadas y las lecciones recibidas, hasta llegado el
momento de volver a la tierra para otro ciclo de aprendizaje, de progreso y de
enriquecimiento.
El ritmo y el interés
por el trabajo hicieron presa de mí, y llegué a amar esa tarea, pese a que mi
salud nunca fue buena y sufría terribles jaquecas. Los dolores de cabeza me
obligaban a guardar cama durante días, pero siempre me recobraba y hacía lo que
debía hacer. Me encontraba afrontando problemas para los que (como he dicho
anteriormente) no tenía la capacidad necesaria, y algunos de ellos eran
trágicos. Tenía verdaderamente tan poca experiencia de la vida, que cuando
tomaba una decisión nunca estaba segura de que fuera lo mejor o lo correcto.
Tuve que enfrentarme con cosas que ni aún hoy quisiera tratar. Una vez un
hombre mató a otro y buscó refugio donde yo me encontraba, y tuve que
entregarlo a la justicia a pedido de la policía. Otra vez uno de los
administradores huyó de nuestros Hogares llevándose todo el dinero que había
allí, y tuve que pasarme la noche persiguiéndolo hasta una estación de
ferrocarril. Recuerden que eso no se hacía en mi época y que, desde el punto de
vista de la señora Grundy, mi conducta era escandalosa.
Una mañana me desperté
en Lucknow con la fuerte impresión de que debía partir de inmediato a Meerut.
Tenía un pase libre de primera clase en el Gran Ferrocarril de la Península
India, y podía ir y venir a mi antojo por todo el norte del país. Mi compañera
trató de persuadirme para que no fuera, pero sentí que alguien me necesitaba.
Cuando llegué a Meerut, hallé que uno de los administradores había sufrido un
ataque de insolación y se había vuelto loco al golpear la cabeza contra una
viga. Encontré a su joven esposa y a su hijo, presas de una gran emoción. El paciente
padecía de manía suicida, y el doctor me previno que eso podía degenerar en una
tendencia homicida. Entre su joven esposa y yo lo cuidamos durante diez días,
hasta que pude conseguirle pasaje para Inglaterra, donde más tarde se recuperó.
Otro administrador sufrió un ataque de depresión
y amenazaba suicidarse. Lo estudié durante un tiempo, y al fin me cansé de oír
su constante amenaza, de modo que un día traje una cuchilla, se la ofrecí, y le
dije que dejara de hablar y se suicidara. Al ver el arma se asustó, entonces le
regalé un pasaje para Inglaterra. Esos fueron algunos de los hombres que
sucumbieron al clima, a la soledad y a la incomodidad general en que se vivía
en la India en esa época. Sabíamos poco de psicología en ese entonces, y no era
mucho lo que se hacía por los hombres, desde el punto de vista de los problemas
mentales. Algunas de las situaciones que tuve que enfrentar, para las cuales no
estaba preparada, constituyeron constantes emergencias que finalmente me
abatieron. Pero juntamente con esos acontecimientos tuve momentos muy hermosos
y éxito en mantener a los hombres en los Hogares, apartándolos de los distritos
de tolerancia. Atribuía esto a mi profuso poder espiritual y a mi elocuente
oratoria. Pienso ahora que eso ,se debía a que era joven y alegre, y no había
competidoras. Los soldados no tenían con quién hablar, excepto con las damas de
los Hogares. Supongo que mi arte consistía en que los hombres sintieran que los
apreciaba y, en realidad, era así.
Regresé a Inglaterra tres veces durante mi
permanencia en la India, porque creían que el viaje de tres semanas, que duraba
cada travesía, favorecía mi salud. Soy muy buena marinera y me siento muy bien
en el mar. En una ocasión tardé tres semanas para regresar a Gran Bretaña;
mientras estuve allí permanecí una semana en Irlanda, otra en Escocia y otra en
Inglaterra, desde donde tomé el barco de vuelta a la India. He pasado muchos
días y meses en el mar. He perdido la cuenta de las veces que crucé el Atlántico.
Todo el tiempo prediqué constante y
enérgicamente la antigua religión. Era terriblemente ortodoxa o –expresándolo
en palabras modernas— una fundamentalista irreflexiva, porque ningún fundamentalista
emplea la mente. Tenía muchos discusiones con los soldados y oficiales
liberales, pero me adhería con dogmática firmeza a las declaraciones
doctrinales de que nadie podía salvarse y llegar al cielo, a no ser que creyese
que Jesús habla muerto por sus pecados, a fin de aplacar a cualquier Dios
iracundo, o a menos que su conversión se cumpliera, lo cual significaba que
debía confesar sus pecados y dejar de hacer todo lo que quería. No debía beber,
jugar a los naipes, maldecir, ir al teatro ni, lógicamente, tener nada con
mujeres. Si no quería cambiar así su vida, al morir iría inevitablemente al
infierno, donde se quemaría eternamente en el lago de fuego y azufre. Sin
embargo la duda poco a poco empezó a penetrar en mi mente, y tres episodios de
mi vida comenzaron a asumir una exagerada proporción. Lo que ellos implicaban
me acuciaba constantemente y fueron en gran parte responsables de un cambio en
mi actitud hacia Dios y hacia el problema de la salvación eterna. Permítanme
narrarlos, y tendrán oportunidad de ver la secuencia de mi perturbación
interna.
Hace muchos años, en mi adolescencia, una tía,
radicada en Escocia, tenía una cocinera llamada Jessie Duncan. Fue mi gran
amiga desde la infancia. Recuerdo que me escapaba a la cocina para pedirle un
pedazo de torta que siempre sabía tener. Durante el día se comportaba como
sirvienta, poniéndose de pie cuando yo entraba en la cocina, no se sentaba
nunca en mi presencia, respondía sólo cuando le hablaba y era completamente
correcta en su actitud hacia todos los demás. Pero por las noches, terminada su
labor del día, al acostarme, venía a mi habitación y se sentaba al borde de la
cama y charlábamos largamente. Era muy buena cristiana. Me tenía mucho afecto y
me veía crecer con interés. Era mi íntima amiga, aunque me trataba en forma
áspera, cuando creía que la ocasión lo justificaba. Si no le agradaba mi
comportamiento me lo advertía, como también velaba por mi buena conducta. No
creo que mucha gente en América se dé cuenta o aprecie el tipo de amistad y
vinculación que puede existir entre las llamadas clases superiores y sus viejos
servidores. Es esa verdadera amistad y profundo afecto que existe por ambas
partes.
Una noche Jessie vino a verme. Esa tarde yo
había hablado en una reunión evangélica en el pequeño salón de la aldea, y
pensé que lo había hecho a la perfección. Estaba inmensamente complacida de mí
misma. Había asistido Jessie y la demás servidumbre, y descubrí que me había
escuchado con ánimo crítico y no estaba muy contenta. Estábamos discutiendo
acerca de esa reunión, cuando de pronto se inclinó hacia mí, y tomándome por
los hombros me sacudió suavemente para recalcar lo que tenía que decirme:
"Cuándo aprenderá señorita Alice, que hay doce portales en la Ciudad
Santa, en donde todo el mundo podrá entrar por cualquiera de ellos. Todos se
encontrarán en la plaza del mercado, pero no todos lo harán por su portal,
señorita". No pude imaginarme entonces lo que quería decir, y ella fue lo
bastante astuta para no revelármelo. Nunca olvidé sus palabras. Recibí una de las
primeras lecciones de su amplitud de visión y del inmenso amor de Dios y su
preocupación por Su pueblo. En ese entonces ella no sabía que repetiría sus
palabras a miles de personas en mis conferencias públicas.
La fase siguiente de esta lección se me presentó
en la India. Había ido a Umballa a abrir un Hogar para Soldados, llevando
conmigo a mi asistente personal, un nativo de nombre Bugaloo, que me quería
realmente. Creo que no he escrito bien su nombre, pero eso no interesa. Era un
anciano de larga y blanca barba, y nunca me dejaba hacer la menor cosa si él se
encontraba cerca. Me cuidaba meticulosamente, iba a todas partes conmigo, arreglaba
mi habitación y me traía el desayuno todos los días.
Una vez me encontraba en la galería de nuestra
Sede en Umballa, mientras observaba desde el camino que pasaba por delante del
destacamento, a las multitudes y a las numerosas hordas de indos; hindúes,
mahometanos, pathans, sikhs, gurkas, rajputs y babus, barrenderos, hombres,
mujeres y niños, que transitaban incesantemente por el camino y lo hacían en
forma silenciosa y pensativa, venían de alguna parte, iban a algún lugar y eran
legión. De pronto el anciano Bugaloo se me acerco, puso su mano sobre mi brazo
(algo que un criado hindú jamás se atrevería a hacer) y lo sacudió para
llamarme la atención. Luego, en un curioso inglés, me dijo: "Señorita
Baba, escuche: Hay aquí millones de personas. Millones que han estado aquí por
largos años, antes que vinieran ustedes los ingleses. El mismo Dios que me ama
a mí, la ama a usted". Desde entonces me he preguntado con frecuencia
quien sería este viejo, y si mi Maestro K. H. no lo habría empleado para romper
el cascarón del formulismo que me cubría. Este anciano parecía un santo y
actuaba como tal y, probablemente, era un discípulo. Me encontré nuevamente
frente al mismo problema que me había presentado Jessie Duncan, el problema del
amor a Dios. ¿Qué había hecho Dios por millones de seres que en el transcurso
de las épocas vivieron en el mundo antes de la venida de Cristo? ¿Habían muerto
todos e ido al infierno, sin haber sido salvados? Yo conocía el trillado
argumento de que Cristo, durante los tres días en que Su cuerpo permaneció en
la tumba, fue "a predicar a los espíritus que estaban en la prisión",
es decir, en el infierno, lo cual no me parecía justo. ¿Por qué darles sólo una
pequeña oportunidad de tres días, después de haber pasado miles de años en el
infierno, por haber vivido antes de que Cristo viniera? Por lo tanto, podrán
ver que estos interrogantes internos repercutieron poco a poco en mi oído
espiritual.
El otro episodio tuvo lugar en Quetta. Decidí
que era absolutamente necesario, tanto para mi paz mental como para el bien de
los soldados, dar una charla acerca del infierno. En mis años de evangelista
nunca lo había hecho. Siempre eludí el problema y esquivé la cuestión. Tampoco
había hecho una afirmación definida de que existía un infierno y que yo creyera
en él, ni estaba completamente segura de la existencia de un infierno, pero sí
de que había sido salvada y no sería enviada allí. En realidad, si existía,
debía hablarse de él, ya que Dios lo empleaba para introducir a tanta gente
indeseable. De modo que decidí leer todo lo referente al infierno y también
averiguar lo que existía a ese respecto. Estudié el tema durante un mes,
leyendo especialmente las obras de ese teólogo desagradable que era Jonathan
Edwards. No tienen una idea de cuán abominables son algunos de sus sermones.
Son atroces y revelan una naturaleza sádica. En bina parte, por ejemplo, habla
de los infantes que mueren sin bautismo y los tilda de "pequeñas
víboras" ardiendo en el fuego del infierno. Eso sí me pareció realmente
injusto. Ellos no pidieron nacer, eran demasiado pequeños para saber algo
acerca de Jesús, ¿por qué, entonces, debían consumirse en el fuego por toda la eternidad?
Me saturé con la idea del infierno y atiborrada de información, olvidando que
nadie volvió de allí para decirnos o contarnos si existía o no, esa tarde hablé
desde el estrado a quinientos hombres, dispuesta a aterrorizarlos y llevarlos a los tribunales celestiales.
Era un salón inmenso con amplios ventanales de
estilo francés que daban a un rosedal, en esa época florecido. Espeté lo que
tenía que decir, grité, vociferé y recalqué el peligro en que se hallaba el
auditorio. Me dejé llevar por el tema, pensando en el infierno, y olvidé lo que
me rodeaba. De pronto, transcurrida media hora, me di cuenta de que no tenía
auditorio. Uno a uno los hombres se habían escapado por los ventanales.
Estuvieron escuchando hasta que no aguantaron más, y se reunieron en torno a los
rosales para reírse de esta pobre tonta. Me quedé con un puñado de soldados de
espíritu religioso, a quienes sus camaradas llamaban "tragabiblias",
con toda irreverencia. Eran miembros del grupo de oración y esperaron en
silencio, con gentileza e impasibles, que terminara. Cuando llegué a un
tambaleante final, se me acercó un sargento con mirada de lástima y me dijo:
"Señorita, usted sabe que mientras dijo la verdad, escuchamos todo lo que
tuvo que decirnos, pero cuando empezó a decir mentiras, la mayoría de nosotros
se levantó y se fue, eso hicimos". Fue una lección drástica y violenta,
que en ese entonces no comprendí. Creía que la Biblia enseñaba la existencia
del infierno, por lo tanto, todo lo que consideraba de valor recibió un
sacudón. Si la enseñanza acerca del infierno no era verdad ¿qué cosas no
serían falsas?
Estos tres episodios obligaron a mi mente a
formular los más serios interrogantes, lo cual ayudó a que oportunamente
tuviera un colapso nervioso. ¿Había estado yo equivocada todo el tiempo? ¿Debía
aprender algunas cosas más? ¿Existían otros puntos de vista que podrían
posiblemente ser correctos? Sabía que mucha gente buena no pensaba como yo y
hasta entonces había sentido lástima por ellos. Si Dios es tal como me lo
figuraba (y ¡oh terrible pensamiento!), si Dios es tal como lo imaginaba y si
realmente yo comprendía a Dios y lo que Él deseaba, ¿podría Él ser Dios?
–porque (si yo lo comprendía) debía ser tan perecedero como yo. ¿Existía un
infierno? y si existía ¿por qué Dios enviaba a alguien a un lugar tan
desagradable si era un Dios de amor? Yo no lo podría hacer. Yo, Dios, diría a
la gente: "Si no pueden creer en Mí, lo lamento, pues realmente merezco
que crean en Mí, pero no puedo ni quiero castigarlos simplemente por eso. Quizás
¿no habrán oído o no puedan evitar el oír hablar cosas erróneas sobre Mí?"
¿Por qué debía ser yo más bondadosa que Dios? ¿Sabía yo de amor más que Dios? y
si era así, ¿cómo Dios podía ser Dios, y por lo tanto ser yo más grande que Él
en ciertos aspectos? ¿Sabía yo lo que estaba haciendo? ¿Cómo podía seguir
enseñando? Y así sucesivamente. Empezó a manifestarse un cambio en mis puntos
de vista y en mi actitud. Había comenzado una pequeña fermentación,
fundamental en sus resultados y angustiosa en sus implicaciones. Estaba muy
preocupada y no dormía bien. No podía pensar con claridad ni me animaba a
consultar a nadie.
En 1906 empecé a decaer físicamente. Los dolores
de cabeza que siempre sufría, aumentaron, y quedé deshecha. Tres cosas fueron
la causa de este decaimiento: primero, me había hecho cargo de demasiada
responsabilidad para mis pocos años y, segundo, sufría una aguda perturbación
síquica. Cuando había trastornos y dificultades en conexión con el trabajo, me
culpaba íntimamente a mí misma. Aún debía aprender la lección de que el
verdadero fracaso era considerarse derrotado y ser incapaz de continuar.
adelante. Pero lo que más me importaba era que la trama interna de mi vida
comenzaba a desmoronarse. Había puesto en juego toda mi vida por las palabras
de San Pablo: "Conozco a Aquél en Quien he creído y estoy persuadido de
que Él retendrá lo que le he confiado hasta ese día". Pero ya no estaba tan
segura de que existiera el día del Juicio, ni tampoco de lo que le había
confiado yo a Cristo; dudaba de todo lo que me habían inculcado. De lo único
que nunca dudé y que estaré eternamente segura, es de la realidad de la
existencia de Cristo. Sé en Quién he creído. Ese hecho soportó la prueba, no va
basada en la creencia, sino en el conocimiento. Cristo EXISTE. Es el
"Maestro de Maestros y el Instructor de ángeles y hombres".
Pero más allá de este hecho inalterable, toda la
trama mental de mi vida y mi actitud hacia la trillada teología de mis compañeros
de tarea, fue sacudida hasta los cimientos, y este sacudón duró hasta 1915.
Desafortunadamente para mí y también constituyendo la tercera razón de mi
decaimiento físico, me enamoré, por primera vez en mi vida, de un soldado raso
que pertenecía al regimiento de húsares. Muchas veces creí estar enamorada.
Recuerdo bien a un mayor de cierto regimiento (hoy un general famoso) que quería
casarse conmigo. Fue una época muy divertida. Enfermé de sarampión, mientras
me encontraba en determinado sector de la India, y me habían llevado como
paciente externa a un hospital de nativos dirigido por médicos ingleses.
Diagnosticaron sarampión, me pusieron en cuarentena en un chalet del
establecimiento, con mi viejo criado que dormía por la noche delante de la
puerta. No pude haber tenido un acompañante más perfecto. Tres médicos y este
mayor de quien hice alusión, pasaban las noches conmigo. Puedo verlos sentados
en torno de una mesa con una lámpara de petróleo, pues era invierno, y el doctor
X con sus pies sobre el hogar leyendo el diario, el otro médico el mayor,
jugando al ajedrez y yo, llena de ronchas, cosiendo afanosamente. Una
insignificante gobernanta me robó al mayor, cual no fue muy lisonjero por
cierto, y uno de los médicos me profesó un amor sin esperanzas durante años.
Hasta llegó a perseguirme de la India a Escocia, para mi horror y espanto y
sorpresa de mi familia que no podía comprender por qué me quería tanto. Otros
hombres se habían interesado por mí, pero ninguno me interesó hasta conocer a
Walter Evans.
Era bien parecido. De mente brillante y muy
educado, y por mis buenos oficios se había convertido totalmente a mis ideas.
De no estar ocupada en mi tarea en esos momentos, no hubiera existido problema
alguno, excepto el económico, pero la dificultad residía en la suposición de
que las damas que trabajaban en los Hogares Sandes para Soldados, tenían tales
conexiones aristocráticas (y realmente las tenían), que la posibilidad o
probabilidad de un matrimonio con un soldado, estaba fuera de toda cuestión. El
bien definido sistema de castas en Gran Bretaña, contribuía a sostener esta
posición. Las demás no debían, no podían y generalmente no querían enamorarse
de un soldado raso. Me encontraba, por lo tanto, no sólo frente a mi problema
personal, pues Walter Evans no era de la misma condición social, sino que
también abandonaba el trabajo, dificultando las cosas para mis compañeras de
labor. Estaba totalmente frenética y me sentía traidora. El corazón me
impulsaba en un sentido y la cabeza decía rotundamente "no", me
sentía enferma y tan mal que no podía pensar con claridad.
Me disgusta tener que referirme a este período
de mi vida y detesto enormemente remover el polvo de los años que siguieron.
Me habían educado para demostrar digna reticencia; mi trabajo en los Hogares
Sandes para Soldados, me había enseñado a no hablar de mí misma. De todas
maneras, no me gusta entablar discusiones en torno de mi propia persona,
especialmente acerca de los hechos de mi vida relacionados con Walter Evans.
Gran parte de mi tiempo, en los últimos veinte años, lo pasé escuchando las
confidencias de personas con preocupaciones y duras experiencias. Me han
asombrado los detalles íntimos que me confiaron, aparentemente con alegría.
Nunca pude comprender este quebrantamiento de las reglas, en los detalles
personales, de allí mi dificultad para escribir esta autobiografía.
Cierta noche calurosa en Locknow que no podía
dormir, me puse a caminar de un lado a otro en mi habitación, totalmente desolada.
Salí a la amplia galería bordeada de arbustos florecidos, pero sólo encontré
mosquitos. Retorné a mi habitación, me detuve por un momento junto al tocador.
De pronto, un ancho haz de luz brillante inundó mi cuarto y oí la voz del
Maestro que vino a mí cuando tenía quince años. Esta vez no lo vi, pero
permanecí de pie en medio de la habitación escuchándolo. Me dijo que no me
preocupara indebidamente, que estaba bajo observación, haciendo lo que Él
quería que hiciese, que todo había sido planificado y se iba a iniciar el
trabajo que debía realizar en mi vida, delineado anteriormente, pero ahora
irreconocible para mí. No me ofreció solución para ninguno de mis problemas ni
me dijo lo que tenía que hacer. Los Maestros nunca lo hacen ni dicen al
discípulo lo que debe hacer, dónde debe ir o cómo manejar una situación, a
pesar de todas las tonterías de los devotos y bien intencionados. El Maestro es
un ejecutivo muy ocupado y Su tarea consiste en guiar al mundo. Nunca pronuncia
palabras dulces a personas mediocres, sin influencia alguna o que no han
desarrollado la capacidad de servir. Menciono esto último porque es algo que
debe ser aclarado, pues ha desviado a mucha gente buena. Aprendemos a ser
Maestros resolviendo nuestros propios problemas, corrigiendo nuestros errores,
aliviando parte de la carga de la humanidad y olvidándonos de nosotros mismos.
Esa noche, el Maestro no me dio ningún consuelo, ni me felicitó ni pronunció
lindas palabras; lo único que me dijo fue, "el trabajo debe ir adelante.
No lo olvides. Disponte a trabajar. No te dejes engañar por las circunstancias."
Tengo que reconocer, para decir las cosas como
son, que Walter Evans se comportó perfectamente bien. Se dio cuenta de la
situación, haciendo todo lo que estuvo a su alcance para mantenerse en segundo
plano y facilitarme las cosas. Cuando llegó la época del calor, me fui a
Rhanikhet con la señorita Schofield, y allí, todo lo que había entre Walter
Evans y yo, se definió. Pasamos un verano riguroso. Habíamos establecido un
nuevo Hogar para Soldados y no me había sentido muy bien durante ese período.
Walter Evans había venido con su regimiento de caballería; él y otros soldados
me enseñaron a cabalgar mejor de lo que sabía. La señorita Schofield veía lo
que iba ocurriendo. Éramos amigas íntimas, siendo esto afortunado. Me conocía
bien y confiaba plenamente en mí. Un día, hacia el final del verano, cuando
terminó el monzón, me dijo que dentro de una semana se cerraría el Hogar y que
me encargaba esa tarea, a pesar de saber que Walter Evans estaba allí y yo iba
a quedar sola en la casa. La víspera, antes de salir para Rhanikhet, llamé a
Walter Evans para decirle que toda relación entre nosotros era imposible, que
no lo vería nunca más, siendo definitiva esta despedida. Aceptó mi decisión, y
yo regresé a la llanura.
Una vez allí, me derrumbé del todo. Estaba
agotada por exceso de trabajo, con continuas y terribles jaquecas y, como punto
culminante, este asunto amoroso. Nunca he podido tomar las cosas a la ligera,
ni lo he hecho, a pesar de mi gran sentido del humor que tantas veces ha
salvado mi vida. Siempre tomé la vida y las circunstancias con mucha seriedad y
viví una vida mental muy intensa. Tengo la idea que en una vida anterior les
fracasé seriamente a los Maestros. No recuerdo lo que fue, pero albergo el
profundo sentimiento de que en esta vida no fracasaré y que debo triunfar. Cómo
fracasé en el pasado, no interesa, pero hoy no debo hacerlo.
Siempre me han molestado las tonterías de la
gente acerca del recuerdo de las vidas pasadas. Soy profundamente escéptica en
lo que concierne a ello. Creo que los numerosos libros que se han escrito,
dando detalles de las vidas pasadas de ocultistas prominentes, evidencian una
vívida imaginación, no son verídicas y engañan al público. Esta creencia ha
sido reforzada por el hecho de que en mi trabajo he tropezado, por docenas, con
Marías Magdalenas, Julios Césares y otros personajes importantes, que confesaron
ampulosamente su identidad, no obstante, en esta vida son gente muy común y
poco interesante. Estos famosos personajes parecen haber sufrido un penoso
deterioro desde sus últimas encarnaciones, lo que hace surgir en mi mente una
duda acerca de la evolución. Además no creo que en el largo cielo de experiencia
del alma, ésta recuerde o le interese el cuerpo que ocupaba, o lo que realizó
hace cien años o dos, u ocho o mil años atrás, del mismo modo que mi
personalidad actual no tiene la menor idea ni interés en lo que hice el 17 de
noviembre de 1903 a las 3.45 p.m. Probablemente una sola vida no tendrá más
importancia para el alma que para mí 15 minutos en 1903. Por supuesto que habrá
algunas vidas, ocasionalmente, que se destacarán en el recuerdo del alma, así
como hay días inolvidables en esta vida, pero son pocos y ocurren muy de vez en
cuando.
Sé que innumerables vidas de experiencia y
amargas lecciones, han hecho de mí lo que soy. Estoy segura que el alma podría
(si quisiera perder tiempo) recordar sus pasadas encarnaciones, porque el alma
es omnisciente, pero ¿de qué me serviría? Sería solamente una forma de
egocentrismo y una historia penosa. Si poseo hoy alguna sabiduría y si
cualquiera de nosotros puede evitar cometer errores mayores en la vida, se debe
a que hemos aprendido, por duras experiencias, a no volver a hacer esas cosas.
El pasado (desde el actual punto de vista espiritual) probablemente resulte
vergonzoso en grado sumo. Hemos matado, robado, difamado y engañado; fuimos
egoístas, perjuros, ambiciosos y desleales. Pero hemos pagado el precio,
porque la gran ley a que se refiere San Pablo: "Lo que un hombre sembrare,
eso recogerá", actúa siempre y rige eternamente. Por eso hoy no hacemos
esas cosas, porque no nos agradó el precio que tuvimos que pagar y pagamos.
Creo que ha llegado el momento, para esos idiotas que pierden tanto tiempo y
esfuerzo en recordar sus pasadas encarnaciones, de despertar a la realidad y
de que si se vieran como realmente fueron, guardarían eterno silencio.
Quienquiera yo haya sido y hecho en una vida anterior, fracasé. Los detalles no
interesan, pero el temor al fracaso está profundamente arraigado y es innato
en mi vida. De aquí el profundo complejo de inferioridad que sufro, pero trato
de ocultarlo en bien de la obra que realizo.
Por eso, con gran determinación e íntimo sentido
de heroísmo, dispuse llevar una vida de solterona y traté de seguir adelante
con la obra.
No obstante, no bastaron mis buenas intenciones
para continuar con el trabajo. Estaba demasiado enferma. La señorita Schofield,
por lo tanto, resolvió llevarme de nuevo a Irlanda y ver lo que Elise Sandes
sugeriría. Me sentía demasiado enferma para protestar, y había llegado al punto
en que no me importaba vivir o morir. Clausuré el Hogar para Soldados en
Rhanikhet y, hasta donde sabía, todas las cuentas estaban en orden. Traté de
efectuar las reuniones evangélicas hasta el final, pero ahora me doy cuenta de
que ya no hacía impacto. Sólo recuerdo la gran bondad del Coronel Leslie que
supervisó mi traslado de Rhanikhet a la llanura. Fui en carruaje, crucé un
torrentoso río sobre las espaldas de un hombre y viajé en un carrito durante
muchas millas; luego tomé otro, carruaje que me llevó a un lugar donde pude
tomar el tren hacia Delhi. Entonces no existía Nueva Delhi. El coronel se ocupó
de todo, almohadones, cobijas, comida, y lo que pudiera necesitar. Mi
"durzi” o sastre personal, decidió acompañarme hasta Bombay, pagando sus
propios gastos, simplemente porque sentía cariño por mí. Él y mi acompañante
me cuidaron y jamás he olvidado su bondad y gentil ayuda.
Cuando llegué a Delhi, el Jefe de la estación me
informó que el gerente general había enviado desde Bombay un vagón especial
para mí. Cómo supo que estaba enferma, no lo sé, pero era uno de los cinco
hombres mencionados, al referirme a mi primer viaje. Nunca le di las gracias,
pero le estoy muy reconocida.
Nada recuerdo de ese viaje de la India a
Irlanda, exceptuando os casos. Uno, mi llegada a Bombay al hotel. Recuerdo que
subí mi cuarto y me tendí en la cama, demasiado cansada para lavarme y
desempacar mis cosas; también que al despertar, diecisiete horas después, me
encontré de un lado de la cama con el rostro de la señorita Schofield y del
otro con el del doctor. He dormido en esa forma una o dos veces en mi vida,
cuando he estado agotada al máximo. El segundo caso fue cuando me embarcaron en
un buque de la compañía P. y 0., donde, para mi vergüenza y horror, me puse a
llorar debido a la gran debilidad y agotamiento nervioso. Lloré todo el viaje
de Bombay a Irlanda; lloré en el camarote, en la cubierta y durante las
comidas, y desembarqué en Marsella con lágrimas que corrían por mis mejillas.
Lloré en el tren que me condujo a París, en el hotel de esa ciudad, en el tren
a Calais y en el barco que me llevó a Inglaterra. Lloré incesante y
desesperadamente, sin poder evitarlo, por mucho esfuerzo que hice. Recuerdo
haber reído solamente dos veces, pero reí de veras. Una cuando descendimos en
Avignon para comer; al entrar a un restaurante, el mozo que atendía me lanzó
una mirada y dejó caer de las manos, uno por uno, tres docenas le platos
–honestamente creo que al verme llorar y llorar. Otra cosa que me hizo reír fue
en una pequeña estación de Francia, donde el tren se detuvo por diez minutos.
Una dama de nuestro compartimiento descendió del tren para ir a la sala de
señoras. En esa época los trenes carecían de todo tipo de comodidades. Entonces
se trataba de dar más categoría al reservado, aplicándole las siglas W. C.
(Water Closet). Volvió al tren riendo a carcajadas, y cuando pudo, me dijo:
"Mi querida, como sabe, fui al Wesley and Chapel (Capilla Wesley), no
estaba muy limpia pero, uno siempre espera que los W. C. sean feos. Pero lo que
me desconcertó, fue un cómico portero francés parado impacientemente en la
puerta, para alcanzarme la hoja de himnos". Dejé de llorar por unos
minutos y comencé a reírme hasta enfermar, entonces la señorita Schofield creyó
que me había dado un ataque de histeria.
Por fin llegamos, a Irlanda y me encontré con mi
querida señorita Sandes. Recuerdo que experimenté alivio y que me invadió el
sentimiento de haber terminado con todas mis dificultades. Por lo menos ella
comprendería la situación y apreciaría lo que había hecho. Para mi asombro
descubrí que todo mi gallardo sacrificio fue considerado por ella como un
gesto absolutamente innecesario. Me creyó, y quizás con toda razón, una
criatura aturdida que se refugia en lo dramático. Por supuesto, se sintió
profundamente decepcionada conmigo. Yo hice justamente lo que sus muchachas
nunca hubieran hecho. Había contado con mi ayuda por muchos años y hasta hizo
los trámites necesarios para asociarme a su obra, pese a mi juventud. Consideró
que podía hacerlo porque, según me dijo, le agradaba mi sentido del humor,
reconocía mi integridad básica y lo que ella llamaba mi "aplomo espiritual",
y además sabía que era esencialmente honesta. En realidad una vez me dijo,
mientras caminábamos por una senda de la campiña, en Irlanda, que mi franqueza
podía acarrearme trastornos, y que mejor sería que aprendiera a no decir la
verdad abiertamente. A veces el silencio puede ser muy útil.
En consecuencia, llegué a la conclusión de que
había fallado en mi trabajo y por lo tanto a la señorita Sandes. Ya había
dejado de llorar y me sentía contenta de estar con ella. Aún puedo ver la
salita de la pensión, en la pequeña villa o pueblo, a orillas del mar, cerca de
Dublin, donde fue a esperar a Theo Schofield y a mí. Oyó mi historia de labios
de Theo, que tanto me quería. Oyó también mi propia versión, la historia de una
santa aturdida y martirizada, por lo menos eso me consideraba entonces. Esa noche
me mandó a la cama diciéndome que me vería a la mañana siguiente. Después del
desayuno me dijo que en realidad no había razón para no casarme si así lo
deseaba, siempre que el asunto se hiciera con toda discreción. La situación
requería, lo que en el Bhagavad Gita, esa antigua Escritura de la India, se
llama "habilidad en la acción". La señorita Sandes me quería y
mimaba y me recomendó no afligirme. Me sentía demasiado cansada para
preocuparme y también para pensar acerca de la "habilidad en la acción".
Me quedé azorada al saber que mi maravilloso y heroico sacrificio espiritual
para bien de la obra, era considerado innecesario. Me sentí abandonada.
Durante ese día desarrollé un estado de ánimo terrible; sentíme tonta o
estúpida. Entonces abandoné a esas dos maduras y queridas damas, que quedaron
discutiendo acerca de mí y mis planes; salí a caminar para sentir el fresco aire
de la noche. Estaba hastiada, desanimada y descorazonada; recuerdo únicamente
que un policía me levantó y me sacudió (parece que hubiera estado destinada a
ser sacudida por la gente) y mirándome con profunda sospecha, me dijo:
"Trate de no desmayarse en lugares como éste. Son las nueve de la noche,
tiene suerte que la haya visto. Vaya a su casa". Arrastrándome me volví,
muerta de frío y empapada por la lluvia y las salpicaduras del agua del mar que
barría el muelle, donde aparentemente había estado tirada por largo rato.
Balbuceando, narré lo acontecido a Elise y a Theo, los cuales amorosamente me
pusieron en cama. Creo que adquirí cierto sentido de proporción y comprendí que
para los jóvenes resultan trágicos los acontecimientos de la vida y que la
exageración de los hechos es una reacción natural de la juventud.
Al día siguiente me dirigí a Edimburgo para
visitar a mi querida tía Margaret Maxwell. Allí mis problemas se complicaron
más, no sólo por su solicitud para conmigo, sino por la llegada de un hombre
muy agradable y encantador que me había seguido desde la India para proponerme
matrimonio. Sobre esa complicación vino otra. A la mañana siguiente recibí una
carta de un oficial del ejército, que estaba en Londres, en la que me decía
que accediera a casarme con él inmediatamente. Ahí estaba yo, con una solícita
tía, dos compañeras de trabajo ansiosas por serme útiles y tres hombres en mis
manos. Sabía que a mi tía podía hablarle de Walter Evans, y así lo hice,
exponiendo con franqueza la situación. No me atreví a mencionar a los otros
dos, pues por su actitud conservadora habría pensado que algo en mí no funcionaba
bien, por haber esperanzado a tres hombres simultáneamente, lo cual no era
así. A decir verdad nunca fui coqueta.
Disponía de sólo una semana para estar en
Edimburgo, antes de partir para Londres, debido a que mi pasaje de vuelta a Bombay
había sido reservado antes de abandonar la India. Mi problema consistía en
saber a quién recurrir para aconsejarme. Pude hacerlo fácilmente. Fui a la Casa
de la Diaconesa, en Edimburgo, para ver a la directora de las diaconesas de la
Iglesia Escocesa. Era hermana de Sir Williams Maxwell, del castillo de Cardoness,
cuñada de mi tía con la que vivía. Para mí era siempre "tía Alice", a
quien adoraba por no haber en ella la más mínima estupidez o estrechez de
criterio. Me parece estar viéndola, alta y erecta, con su uniforme de
diaconesa, irguiéndose para darme la bienvenida en su hermoso saloncito. Su
uniforme era de una gruesa seda marrón, y generalmente usaba cuellos y puños de
fino encaje que solía hacerle, pues yo, era una excelente tejedora. Aprendí a
tejer encajes de punto irlanda cuando era muy joven, y eran realmente
hermosos. Durante muchos años le tejí cuellos y puños, agradecida por la
comprensión que siempre me demostró. Nunca se casó, pero conocía la vida y
amaba a la gente. Le conté el asunto de Walter Evans, y del Mayor del Ejército
en Londres, y también del idiota acaudalado y tonto que me había seguido hasta
allí y que en ese momento me esperaba afuera. Me parece verla al levantarse e
ir hacia la ventana, espiar a través de la cortina de encaje y reírse.
Conversamos durante dos horas, quedando el asunto en sus manos, para pensarlo
y rogar sobre lo que yo debía hacer. Me prometió que haría lo humanamente
posible para resolver mi problema, pues debido a mi enfermedad no podía razonar,
y además tenía muy poco sentido común. Fue un alivio dejar todo en sus hábiles
manos, y regresé a casa de mi tía, sintiéndome mejor. Al cabo de unos días
volví a Londres para embarcarme otra vez para la India, acompañada por Gertrude
Davies‑Colley, quien quedaría conmigo y me cuidaría, porque evidentemente estaba
demasiado enferma para quedarme sola.
De manera que volví a mi trabajo sin tener la
más remota idea de cómo se desarrollaría mi vida. Decidí vivir al día, sin
mirar el futuro. Confiaba en el Señor y en mis amigos, y esperé.
Mientras tanto tía Alice se puso en contacto con
Walter Evans. Su contrato con el ejército estaba a punto de expirar y. debía
abandonar la India. Mi tía le pagó todos los gastos para que fuera a los
Estados Unidos a seguir allí un curso de teología, donde se graduaría de
clérigo de la Iglesia Episcopal, que en Norteamérica es equivalente al de la
Iglesia Anglicana. Hizo esto para procurarle una posición social que facilitara
mi oportuno casamiento. Lo realizó todo abiertamente, informándome de cada paso
que daba y enterando también a la señorita Sandes. Sin embargo, se hizo
silencio en lo que concernía a mi trabajo en el ejército, y con el tiempo
abandoné la India, entendiéndose que vo Ía para casarme con un clérigo.
Regresé a Umballa y realicé todo el trabajo
necesario durante el invierno; luego en el verano fui a Chalcrata a dirigir el
Hogar para Soldados de esa región. Mi salud empeoraba cada vez más v mis
jaquecas eran más frecuentes. Allí el trabajo era muy pesado y recuerdo, con
gratitud, la bondad y gentileza de dos hombres que hicieron tanto por mí, que
de no haber sido por ellos pensé muchas veces si estaría aún viva. Uno era el
coronel Leslie, cuyas hijas, de mi misma edad, eran amigas mías. Frecuentaba mucho
su hogar y me cuidaba con toda solicitud; el otro, el coronel Swan, médico
oficial del ejército del distrito, a quien yo consultaba en su carácter de
médico. Hizo todo lo que pudo por mí, a veces me cuidaba durante horas, pero
empeoré tanto, que ambos, el coronel Leslie y el coronel Swan, tomaron el
asunto en sus manos, cablegrafiaron a mis parientes y a la señorita Sandes, explicando
que me enviarían de regreso a Inglaterra en el primer barco que zarpara.
Cuando regresé a Londres fui a ver a Sir Alfred
Schofield, hermano de Theo Schofield, uno de los más destacados neurólogos y
clínicos de Londres. Me puse totalmente en sus manos. Era un hombre de
inteligencia brillante y realmente me comprendía. Le consulté aterrorizada por
mis jaquecas. Creía tener un tumor en el cerebro, o que me estaba volviendo
loca, u otra tontería por el estilo, y estaba demasiado enferma físicamente
para combatir esas fobias con éxito. Después de breve conversación se levantó
del escritorio, y encaminándose, hacia uno de los anaqueles de su biblioteca,
extrajo un grueso y pesado volumen. Al abrirlo, me señaló determinado párrafo y
me dijo: “Joven, lea estas cuatro o cinco líneas y elimine sus temores".
Me enteré que la jaqueca no era nunca fatal, que no traía consecuencias sobre
la mentalidad del sujeto y que las víctimas eran generalmente personas
mentalmente bien equilibradas y con fuerza mental. Tuvo la inteligencia
suficiente para adivinar mis temores ocultos, y lo menciono para bien de otros.
Me envió a la cama por seis meses y me dijo que cosiera todo el tiempo. De modo
que me dirigí a casa de mi tía Margaret, en Casttamont, volví a mi antiguo
dormitorio, que ocupé durante tantos años, y le confeccioné a mi hermana un
ajuar completo de ropa interior, enaguas con frunces y puntillas, cosidas a
mano con punto fantasía; calzones con volados (que en esos días ni se
mencionaban) y un cubrecorsé, de los que ya no se ven y están fuera de moda,
como el fabuloso y extinto "dodo”. Debo decir en mi favor que era una
buena bordadora y lencera. Todos los días me levantaba e iba a caminar por los
páramos, y cada semana me sentía levemente mejor. Walter Evans me escribía
regularmente desde Norteamérica.
CAPITULO TERCERO
ME resulta difícil describir los años siguientes,
como también explicar esa fase de mi vida. Retrotrayéndome a esa época, sé muy
bien que mi sentido del humor me abandonó temporalmente, y cuando esto sucede a
quien habitualmente se ríe de la vida y las circunstancias, es algo terrible.
Cuando digo “humor” no quiero significar un sentido humorista, sino
predisposición a reírse de uno mismo, de los hechos y de las circunstancias y
en relación con el propio medio ambiente y equipo. No creo que posea un sentido
humorístico. Simplemente, no comprendo las historietas de los periódicos
dominicales y tampoco puedo recordar un chiste, pero poseo sentido del humor y
no tengo dificultad en hacer reír a carcajadas a un auditorio por numeroso o
pequeño que sea. Siempre puedo reírme de mí misma, pero en dichos años nada
hubo divertido, y mi problema consiste en describir este ciclo sin ser
mortalmente aburrida o presentar un cuadro deprimente de una mujer
desgraciada, pues eso era yo. Lo haré y relataré mi historia con su
sufrimiento, dolor y angustia, lo mejor que pueda, pidiéndoles que tengan
paciencia. Fue el período trascurrido entre veintiocho felices años y otros
veintiocho años también felices, que aún continúan siéndolo.
Hasta
1907 había tenido mis desvelos y problemas, pero eran básicamente
superficiales. Tuve éxito desempeñando un trabajo que me agradaba. Estaba
rodeada de personas que me apreciaban, y no recuerdo haber tenido cuestiones
con mis colaboradores. No sabía lo que eran necesidades económicas. En la India
podía viajar a donde quería y retornar a Gran Bretaña sin preocupaciones. En
realidad no tenía dificultades personales que encarar.
Pero llegamos aquí a un ciclo de mi vida, de siete
años, donde sólo conocí dificultades que afectaron a toda mi naturaleza. Entré
en un período de gran zozobra mental. Debí afrontar situaciones que exigían la
máxima reacción emocional de que era capaz, y físicamente la vida se hizo en
extremo dura. Creo que estos períodos, difíciles de aceptar, son necesarios en
la vida de todos los discípulos activos, pero estoy firmemente convencida que si
los enfrentamos con pleno conocimiento y determinación del alma,
inevitablemente siempre tendremos la fortaleza necesaria para dominar las
circunstancias. El resultado es siempre (en mi caso y en el de quien se
esfuerza por trabajar espiritualmente) adquirir mayor capacidad para satisfacer
la necesidad humana y ser una mano fuerte tendida en la oscuridad” para otros
compañeros peregrinos. Mientras una de mis hijas atravesaba por una
experiencia terrible, permanecí con ella, y pude observar cierta capacidad
—como resultado de sufrir pacientemente durante cinco años— que de otra manera
no habría sido posible, pues aún es joven, y tiene un futuro útil y
constructivo por delante. No hubiera podido ayudarla de no haber pasado por la
misma prueba de fuego.
Después de estar enferma seis meses, se tomaron
disposiciones para mi casamiento. El poco dinero que me pertenecía fue
legalmente administrado, de modo que Walter Evans no pudiera tocarlo. Tía Alice
le envió el dinero necesario para su ropa y para venir a Escocia a buscarme. En
esa época vivía con mi tía, la señora de Maxwell, en Castramont. El matrimonio
fue celebrado por el señor Boyd-Carpenter, en la capilla privada de la casa de
un amigo. El hermano mayor de mi padre, William La Trobe-Bateman (también un
religioso), fue mi padrino.
Inmediatamente después del casamiento pasamos una
temporada en casa de los parientes de Walter Evans, en el norte de Inglaterra.
Un pariente político, presente en la boda, relacionado con media Inglaterra, me
despidió aparte, diciéndome: “Alice, ahora que te has casado con este hombre,
irás a visitar a su familia. Hallarás que no son como los tuyos, tu deber
consistirá en que se sientan igualmente como los tuyos. Por amor al cielo, no
seas pedante”. Con estas palabras me introdujo en un período de mi vida en el
que abandoné todo rango y posición social y, repentinamente, descubrí a la
humanidad.
No soy de esas personas que creen que sólo el
proletariado es bueno y está en lo cierto, y que la clase media constituye la
sal de la tierra, mientras que la aristocracia es completamente inútil y
debería desaparecer. Tampoco acepto la idea de que sólo los intelectuales
pueden salvar al mundo, aunque es el punto de vista más sensato, porque el
intelectual puede surgir de todas las capas sociales. He hallado personas
terriblemente pedantes entre la denominada clase inferior, y también he
conocido tipos similarmente virulentos en la aristocracia. El puritanismo y el
conservadurismo de la clase media es la gran fuerza equilibradora de toda
nación. El empuje y rebeldía de las clases inferiores promueve el
engrandecimiento de los pueblos, mientras que la tradición, la cultura y la
actuación de la aristocracia, constituyen el valioso acerbo de una nación.
Todos estos factores son de correcta y sensata utilidad, pero todos pueden
también ser mal empleados. El conservadorismo puede ser peligrosamente
reaccionario; una rebelión justa puede trasformarse en una revolución
fanática, mientras que el sentido de responsabilidad y de superioridad,
frecuentemente evidenciado por las clases, puede degenerar en un “paternalismo
estupefaciente”. No existe nación donde no hay diferencias de clases. Puede
haber una aristocracia de nacimiento en Gran Bretaña, pero en Estados Unidos
hay una aristocracia adinerada igualmente característica, excluyente y rígida
en sus barreras. ¿Quién puede decir cuál es mejor o peor? Me crié en un sistema
de castas muy rígido, y nada en mi vida había contribuido a hacerme sentir en
un pie de igualdad con quienes no pertenecían a mi casta. No obstante aún debía
descubrir que detrás de las diferencias de clases en Occidente y del sistema
de castas en Oriente, existe una gran entidad que denominamos humanidad.
De todos modos, con mis hermosos vestidos, mis
costosas alhajas, mi voz cultivada y mis modales sociales, me lancé a integrar
la familia de Walter Evans, sin pensar ni medir la situación. Hasta la antigua
servidumbre veía la situación con cierto escepticismo. El viejo cochero,
Potter, nos condujo a la estación, después de la ceremonia. Aún lo puedo ver
con su librea y una cocarda en su galera. Me conocía desde pequeñita; cuando
llegamos a la estación descendió, me tomó la mano y me dijo: “Señorita Alice,
el hombre no me gusta, pero no quisiera decírselo; si no la tratara bien,
regrese inmediatamente. Envíeme sólo algunas líneas y la esperaré en la
estación”. Luego se marchó sin más palabras. El jefe de la pequeña estación
escocesa nos había reservado un coche hasta Carlisle. Después de acompañarme
hasta el mismo, me miró a los ojos y dijo: “No es lo que yo hubiera elegido
para usted señorita Alice, espero que sea feliz”. Nada de esto causó en mí la
menor impresión, y se me ocurre que dejé a un grupo de parientes, amigos y
servidumbre, muy preocupados. Yo estaba completamente ajena a todo ello. Había
hecho con sacrificio lo que creía correcto, recibiendo ahora la recompensa. El
pasado quedaba atrás. Mi tarea con los soldados había terminado. Ante mí se extendía
el futuro maravilloso con el hombre a quien creía adorar; íbamos hacia América,
un país nuevo y asombroso.
Antes de llegar a Liverpool paramos en casa de la
familia de mi esposo; nunca pasé un momento más penoso. Eran buenos, cariñosos
y dignos, pero jamás había comido con gente de esa clase, ni dormido en una
cama de ese tipo, sin servidumbre. Me horrorizaba, y ellos sentían lo mismo
por mí, aunque estaban algo orgullosos porque Walter Evans había logrado tanto
por sí mismo. Quisiera ser justa con Walter y confesar que años después cuando
nos separamos, él había ingresado en una de las grandes universidades a fin de
seguir un curso para graduados, y en ese entonces recibí una carta del rector
de la universidad pidiéndome que volviera a su lado. Me imploraba (como persona
anciana y experimentada) que fuera al lado de mi esposo, señalando que en su
larga experiencia con miles de jóvenes, nunca había conocido a nadie tan bien
dotado, espiritual, mental y físicamente, como Walter. Por lo tanto no era de
extrañar que me hubiera enamorado y casado con él. Todos los indicios eran
buenos, excepto su condición social y su falta de dinero, pero como íbamos a
vivir a Norte América, eso no sería de importancia, pues dentro de poco se ordenaría
en la Iglesia Episcopal. Podríamos arreglarnos con su salario y mi pequeña
renta.
Fuimos directamente de Inglaterra a Cincinati,
Ohio, y mi esposo estudiaba en el Seminario Teológico de Lane. Inmediatamente
resolví tomar juntamente con él los distintos cursos, mientras que con el
dinero que yo poseía nos mantuvimos los dos y pagamos todos los gastos.
Cuando entré a analizar los detalles de la vida
matrimonial, descubrí que nada tenía en común con mi esposo, excepto nuestros
puntos de vista religiosos. Él ignoraba toda mi raigambre y yo la de él. Ambos
tratamos entonces de llevar nuestro matrimonio adelante, pero fracasamos. Creo
que hubiera muerto de pena y desesperación, a no ser por la mujer de color que
tenía a su cargo la casa de pensión, lindando con el Seminario, en cuyo piso
alto teníamos nuestra habitación. Su nombre era señora Snyder, y se encariñó
conmigo a primera vista. Me mimaba y cuidaba en toda forma. Me amonestaba y
defendía; por alguna razón desconocida detestaba la sola presencia de Walter
Evans y sentía placer en decírselo. Se preocupaba para que yo siempre tuviera
lo mejor. Por mi parte la quería y era mi confidente.
Fue entonces cuando, por primera vez en mi vida,
enfrenté el problema racial. No albergaba sentimientos racistas, excepto que no
admitía el matrimonio entre negros y blancos, pues ninguna de las partes podía
ser feliz. Quedé anonadada al descubrir que la Constitución Norteamericana
postulaba la igualdad para todos los hombres, pero que, por el impuesto al voto
y la poca educación, trataban cuidadosamente de que el negro no fuera igual.
Las cosas están mejor en el norte que en el sur, aunque el problema del negro
debe resolverlo el pueblo estadounidense. La Constitución ya lo ha resuelto.
Recuerdo que en el Seminario Teológico de Lane se había invitado a un profesor
negro, el doctor Franklin, para dar una conferencia al estudiantado. Al salir
de la capilla nos encontrábamos algunos profesores, mi esposo y yo, comentando
la brillante prédica del doctor Franklin, cuando acertó a pasar a nuestro
lado. Uno de los profesores lo detuvo y le dio dinero para que pagara su
almuerzo. Ni siquiera lo consideraban digno de almorzar con nosotros, pero sí
podía hablarnos sobre los valores espirituales. Estaba tan horrorizada que, con
mi habitual impetuosidad, corrí hacia un profesor y su esposa, a quienes
conocía, y les relaté el episodio. Inmediatamente regresaron conmigo y lo
llevaron a su hogar para almorzar juntos. La comprobación del sentimiento
racista fue como el descubrir una puerta abierta hacia el gran hogar de la
humanidad. Aquí había un gran sector de conciudadanos a quienes se les negaban
los derechos que la Constitución les otorga. Desde entonces he pensado, leído y
hablado mucho acerca de este problema de las minorías. Tengo muchos amigos
negros, y creo poder asegurar que nos comprendemos perfectamente. He conocido
negros tan cultos, prolijos y sensatos, en su modo de pensar, como muchos
amigos blancos. He tratado el tema con ellos, descubriendo que sólo piden igual
oportunidad, educación, trabajo y condiciones de vida. Ninguno ha reclamado
igualdad social, aunque llegará el momento en que deberán tenerla y la tendrán.
He descubierto que la actitud del negro culto y educado, hacia los miembros
subdesarrollados de su raza, es razonable y sensata, y un eminente abogado de
raza negra, cierta vez me dijo: “La mayoría de nosotros, especialmente en el
sur, somos niños, necesitamos cariño y ser educados como niños”.
Hace algunos años, en Londres, recibí la
carta de un científico, el doctor Just, que me preguntaba si podía concederle
una entrevista, pues deseaba hablar conmigo a raíz de haber leído algunos de
mis escritos. Lo invité a almorzar en el club y al llegar comprobé que era
negro, muy negro por cierto, resultando una persona encantadora y muy
interesante; iba de regreso a Washington luego de haber dictado conferencias en
la Universidad de Berlín, siendo uno de los más destacados biólogos del mundo.
Mi actual esposo y yo lo invitamos varias noches en nuestra casa de Tunbridge
Wells y ciertamente disfrutamos mucho con su visita. Una de mis hijas le
preguntó si era casado. Recuerdo que cuando se dirigió a ella, le dijo: “Mi
estimada señorita, nunca soñaría en pedir a una niña de su raza que se case
conmigo y sufra el inevitable ostracismo, y no he encontrado entre las de mi
raza ninguna que me pudiera dar el compañerismo intelectual que deseo. No,
nunca me he casado”. Ya ha fallecido, y por cierto lo he lamentado mucho. Tenía
la esperanza de estrechar nuestra amistad con este excelente caballero.
Constantemente,
durante mis treinta y seis años de residencia en este país, me he sentido
asombrada y aterrorizada por las actitudes de muchos norteamericanos hacia sus
compatriotas de la minoría negra. El problema tiene que ser resuelto y dársele
al negro el lugar que le corresponde en la vida nacional. No deben ni deberán
ser disminuidos. Les toca a ellos demostrar su capacidad, y de nosotros depende
el darles la oportunidad para hacerlo; que las detestables exteriorizaciones y
el odio ponzoñoso de un hombre tal como el senador Bilbo, sean eliminados>
pues hay un gran número de personas como él. Nuevamente repito: creo que el
problema racial no puede ser resuelto hoy por el matrimonio entre razas (no
hago profecías acerca del futuro). Debe ser resuelto por una justicia
temeraria, el reconocimiento de que todos los hombres son hermanos, y que si el
negro constituye un problema la culpa es nuestra. Si no posee la apropiada
educación ni ha sido adecuadamente entrenado en la técnica de la ciudadanía,
reitero, nuestra es la culpa. Ha llegado el momento en que los hombres
prominentes de la raza blanca, los congresistas de ambas cámaras y los diversos
partidos, cesen de vociferar por la democracia y las elecciones libres en los
Balcanes o en otras partes, y apliquen los mismos principios a sus propios
estados sureños. Perdonen esta diatriba, pues como podrán observar, tengo una
fuerte convicción sobre el asunto.
Esta mujer de
color, la señora Snyder, me cuidó y atendió maternalmente durante meses
enteros, hasta que nació mi hija mayor. Hizo venir a su propio médico, que no
era de color ni tampoco muy bueno, de modo que no tuve la asistencia idónea que
debí tener. No fue culpa de ella, pues hizo todo lo que pudo para pasar el
trance. No tuve suerte con los nacimientos de mis tres criaturas, sólo una vez
conté con los cuidados de una enfermera profesional. De todas maneras, durante
el nacimiento de mi primera hija, carecí de un experto cuidado. Walter Evans en
todos los casos se ponía histérico, y demandaba casi toda la atención del
médico, pero la señora Snyder tenía la fortaleza de una torre y jamás la
olvidaré. Luego el médico envió una enfermera, pero era tan incompetente que
sufrí mucho en sus manos, pasando tres meses de gran malestar y angustia.
Después nos
mudamos del seminario a otra vivienda. Tomamos un pequeño departamento donde,
por primera vez, quedé sola con una criatura y toda la tarea hogareña. Hasta
entonces nunca había lavado un pañuelo ni cocinado un huevo o hecho una taza de
té, siendo una mujer joven, totalmente inexperta. Fue tan dura mi experiencia
en aprender a hacer las cosas, que me he preocupado porque mis hijas conozcan
todo lo referente al cuidado del hogar. Son muy competentes. Estoy segura de
que no fue un período fácil para Walter Evans y comencé a darme cuenta
—viviendo sola con él y cuando nadie nos podía escuchar— que él iba adquiriendo
un carácter violento.
Mi derrota la
constituía el lavado semanal. Acostumbraba ir al sótano provista de las usuales
bateas para el lavado, y había traído conmigo el hermoso ajuar de mi infancia,
metros de fuerte franela y prendas con aplicaciones de encaje legítimo, de un
valor casi incalculable, una docena de cada una, y lo que hice con ellas fue
lamentable y doloroso. Cuando terminé de lavarlas tenían un aspecto de lo más
peculiar. Cierta mañana oí golpes en la puerta y, al abrir, me encontré con una
señora que vivía en el departamento de abajo. Mirándome preocupada, dijo: “Vea
señora Evans, hoy es lunes y día de lavado, no puedo permitir su forma de
hacerlo. Soy una sirvienta inglesa y tengo suficiente inteligencia para darme
cuenta que usted es una dama inglesa; hay cosas que yo conozco y usted no, y
los lunes por la mañana bajaré con usted y le enseñaré a lavar, hasta que lo
crea necesario. Lo dijo como si lo hubiera aprendido de memoria, y cumplió su
palabra. Actualmente nada ignoro sobre el lavado de la ropa, lo debo todo a la
señora de Schubert. He aquí otro ejemplo de alguien por quien nada había hecho
yo, pero que siendo un ser humano recto y bondadoso, me dio así otra vislumbre
de la casa de la humanidad. Nos hicimos muy amigas y me defendía cuando Walter
Evans estaba furioso. Repetidas veces hallé refugio en su pequeño departamento.
A veces me pregunto si ella y la señora Snyder todavía vivirán. Creo que no,
pues tendrían una edad muy avanzada.
Cuando Dorothy tenía seis
meses volví a Gran Bretaña para visitar a mi familia, dejando que mi esposo
finalizara sus estudios teológicos y se ordenara. Esta fue la última visita que
hice a Inglaterra en veinte años, y no tengo un recuerdo particularmente feliz
de ello. No podía interiorizar a mi familia de mi infelicidad, ni que había
cometido un error. Mi orgullo no me lo permitía, pero sin duda lo presintieron,
aunque no me formularan preguntas. Mi hermana se casó mientras estuve allí, con
mi primo Laurence Parsons. Tuvimos la acostumbrada reunión familiar en casa de
un tío. Permanecí unos meses más en Inglaterra y luego regresé a los Estados
Unidos. Entretanto mi esposo se había graduado en el seminario, ordenándose y
obteniendo un cargo junto al obispo de San Joaquín, en California. Fue
maravilloso para mí, pues el obispo y su esposa fueron verdaderos amigos y aún
recibo noticias de la señora. Mi hija menor lleva su nombre, y siendo una de
las personas a quien más quiero, me referiré a ella más adelante.
Regresé a los
Estados Unidos en un pequeño barco que amarró en Boston. Fue el viaje más
espantoso que tuve. El barco era sucio, pequeño, tenía cuatro personas en cada
camarote, servían las comidas en largas mesas y los hombres no se quitaban el
sombrero para comer. Lo recuerdo como una pesadilla. Todas las cosas malas
llegan a su fin y amarramos en Boston bajo una copiosa lluvia; estaba
desesperada; con dolor de cabeza; me habían robado mi “nècessaire” con sus
engarces de plata, perteneciente a mi madre. Dorothy, que tenía alrededor de un
año, era muy pesada para llevarla en brazos. Tenía pasaje de turista expedido
por la Agencia de Turismo Cook; su agente, que estaba a bordo, me condujo a la
estación del ferrocarril donde tenía que esperar hasta medianoche, y luego de
explicarme lo que debía hacer, me sirvió una taza de fuerte café y se alejó.
Cansada, me senté durante todo el día, en un banco de la estación, tratando de
tranquilizar a una criatura inquieta. Se acercaba el momento de la llegada del
tren, y me preguntaba cómo me las arreglaría; de repente veo a mi lado al
representante de la agencia de turismo, sin uniforme, que me dice: “Usted me
tuvo preocupado por la mañana y durante todo el día, y decidí yo mismo ubicarla
en el tren”. Luego tomó a la niña en brazos, llamó a un mozo y me ubicó, lo
mejor posible, en el tren para California. Los vagones dormitorios de esa época
no eran tan confortables como los de hoy. Aquí también alguien fue bondadoso
conmigo, sin haber hecho nada por él. No crean que insinúo que había en mí algo
agradable y fascinante, para que las personas espontáneamente me ayudaran.
Tengo la vaga idea de que no era en absoluto encantadora, sino más bien
petulante y arrogante, parca hasta la estupidez, y terriblemente británica. No,
no era eso, sino que los seres humanos’ comunes son internamente bondadosos y
les gusta ayudar. No olviden que el propósito de este libro consiste en
comprobarlo. No estoy inventando ejemplos, sino relatando acontecimientos
reales.
Mi esposo fue, primero, rector de una pequeña iglesia en R...,
aprendiendo allí los deberes inherentes a la esposa de un clérigo y las
continuas exigencias. Fui presentada al sector estrictamente femenino de la
congregación. Tuve que hacerme cargo de la Misión de Damas, efectuar reuniones
de madres, frecuentar la iglesia, e incesante e ininterrumpidamente, escuchar
los sermones de Walter. Como en esos distritos misioneros todas las familias de
ministros debíamos alimentarnos mayormente de pollo, aprendí por qué es
considerada un ave sagrada, pues abundan mucho en el ministerio.
Este período
señaló otra etapa en la expansión de mi conciencia. Nunca en mi vida me
encontré con una comunidad como la de ese pequeño pueblo. Tenía alrededor de
mil quinientos habitantes, pero había once iglesias, cada una con ínfima
cantidad de feligreses. Entre los hacendados que vivían en las afueras había hombres y mujeres cultos que habían leído
y viajado mucho, y a veces me reunía con ellos. Pero la mayor parte de la
población estaba constituida por pequeños comerciantes, personas vinculadas al
ferrocarril, plomeros, gente que trabajaba en los viñedos y en la cosecha de
fruta y algunos maestros de escuela. La rectoría, pequeña casa de seis
habitaciones, estaba ubicada entre dos grandes casas; en una se albergaban doce
niños con sus padres, por lo cual yo vivía constantemente entre la algarabía de
voces infantiles. El pequeño típico pueblo, con los frentes de los negocios
simulados, delante de los cuales había palenques para atar caballos y carruajes
(pues eran aún muy escasos los automóviles), tenía también su oficina de
correo, de donde salían todas las murmuraciones y cuentos. El clima era
espléndido, a pesar de tener un verano seco y caluroso. No obstante me
encontraba completamente aislada, tanto cultural como mental y espiritualmente.
No había nadie con quien pudiera entablar conversación. Parecía que ninguno
hubiera visto ni leído nada y el único tema de conversación versaba sobre
cosechas, niños, alimentos y chismes lugareños. Durante muchos meses anduve con
la nariz fruncida, llegando a la conclusión de que nadie era suficientemente
bueno como para tenerlo de amigo. Lógicamente, cumplía con mis deberes de
esposa del ministro, y estoy segura de que era amable y servicial, pero siempre
tenía la impresión de que existía una barrera. No quería saber nada con los
feligreses, y esto no lo ocultaba. Inicié una clase acerca de temas bíblicos y
tuve gran éxito. Numéricamente los asistentes sobrepasaban a la congregación
dominical de mi esposo, lo que quizás haya contribuido a aumentar las
dificultades, empeoradas cada vez. Asistían los miembros de las distintas
iglesias, excepto la católica, y constituía uno de los puntos luminosos de la
semana, creo que en parte se debía a que ello me ligaba al pasado.
El carácter de mi esposo
excedía todos los límites y yo vivía constantemente atemorizada de que los
miembros de la congregación se dieran cuenta y perdiera su puesto. Como
clérigo, lo querían mucho e impresionaba muy bien con la estola y la
sobrepelliz. Era un orador excelente. Honestamente no creo que yo fuera
culpable de su mal carácter. El aforismo: “¿qué quiere Jesús que haga?”, aún
regía mi vida. No siendo una persona iracunda o violenta, creo que mi silencio
y paciencia ilimitada agravaban la situación. Sin embargo, nada de lo que yo
hiciera lo complacía, y después de destruir todas las fotografías y libros que
consideraba de algún valor para mí, había tomado la costumbre de golpearme,
aunque nunca llegó a tocar a Dorothy. Siempre fue condescendiente con los
niños.
Mi hija Mildred
nació en agosto de 1912 y fue entonces cuando realmente desperté. Descubrí el
asombroso hecho de que el mal no residía en las personas del lugar, sino en mí.
Había estado tan preocupada por los problemas de Alice La Trobe-Bateman que, al
parecer, mi matrimonio desafortunado se debió a que me olvidé de Alice Evans,
un ser humano. Cuando Mildred nació, enfermé gravemente, entonces descubrí a la
gente de ese pueblito. El nacimiento de Mildred se había retrasado en diez
días; el calor era insoportable; los doce niños que vivían al lado armaban un
terrible bullicio; hacía varios días que yo estaba enferma, y se derrumbó el
pozo séptico. Me imaginaba a Dorothy, que tenía mas o menos dos años y medio,
corriendo de un lado a otro y cayéndose en el pozo. Walter no me ayudaba.
Simplemente desaparecía para cumplir con los deberes parroquiales. Como
enfermera tenía a una jovencita judía cuyos temores aumentaban respecto a mí, y
continuamente llamaba por teléfono al médico, que demoraba su venida. Repentinamente
se abre la puerta de mi habitación y sin llamar entra la esposa del cantinero.
Me echa una sola mirada, toma el teléfono, llama casa por casa hasta dar con el
médico, y le ordena venir inmediatamente. Toma a Dorothy, la acomoda debajo de
su brazo y con una señal afirmativa me asegura que con ella estaría muy bien, y
desapareció. Por tres días no vi a Dorothy ni me preocupaba, pues me sentía muy
enferma. Mildred nació con la ayuda de fórceps, y esto me provocó dos
hemorragias muy serias, recuperándome gracias al buen cuidado de las
enfermeras. Por el pueblo corrió la voz acerca de mi precaria situación y
empezaron a llegar muchas cosas; vino tanta gente bondadosa a hacer los
quehaceres, que les debo eterno agradecimiento. Traían crema, tortas, oporto y
fruta fresca. Las mujeres llegaban por la mañana, se dedicaban a lavar la ropa,
a sacudir el polvo, barrer, acompañándome mientras cosían y remendaban.
Relevaban a la enfermera. Invitaban a mi marido a sus hogares, a fin de que no
molestara, por lo cual súbitamente desperté a la realidad de que el mundo
estaba lleno de gente amorosa y de que había estado ciega toda mi vida. Así me
adentré más en la casa de la humanidad.
Entonces comenzó
la verdadera dificultad. La gente no tardó en darse cuenta del verdadero
carácter de Walter Evans. Sin tener la ayuda de una enfermera ni de otra
persona, me levanté al noveno día después del nacimiento de Mildred. La esposa
del sacristán, horrorizada, me encontró ese día lavando, sabiendo que yo casi
podía haber muerto diez días antes, y fue a buscar a Walter Evans y le dio una
buena reprimenda. De nada valió, pero ella entró en sospecha y se dedicó a
vigilarme cuidadosamente y a estrechar aún más nuestra amistad. El mal carácter
de Evans adquirió serias proporciones, siendo lo más curioso que (fuera de su
salvaje e ingobernable temperamento) no tenía vicios de ninguna especie. Jamás
bebía, nunca blasfemaba ni jugaba. Fui la única mujer que le interesó y besó, y
creo firmemente que se mantuvo así hasta su muerte, hace unos pocos años. A
pesar de ello no podíamos convivir y llegó a ser eventualmente peligrosa la
convivencia con él. Un día la señora del sacristán me encontró con la cara seriamente
magullada. Me sentía indispuesta y muy cansada, y ante su bondad y atención le
confesé que mi marido me había arrojado medio kilo de queso, haciendo impacto
en mi cara. Ella regresó a su hogar y poco después vino el Obispo. Quisiera,
por medio de estas páginas, expresar la bondad, solicitud y comprensión del
Obispo Sanford. Lo conocí por primera vez cuando recibí la confirmación. Me
hallaba en la cocina lavando los platos, después de haber servido la cena,
cuando oí que alguien los secaba; creí que era una de las feligresas, pero
asombrada, vi al Obispo realizando ese acto, característico en él. Se
entablaron muchas discusiones y conversaciones, resolviéndome eventualmente dar
a Walter otra oportunidad para enmendarse. Inmediatamente nos mudamos a otra
parroquia, lo cual me agradó mucho, pues la rectoría era bastante mejor. Había
mayor número de habitantes en la comunidad y nos hallábamos más cerca de
Ellison Sanford, persona muy agradable y la mejor amiga que he tenido.
Mi salud en general fue mejorando y, a pesar
de las constantes explosiones de ira, la vida iba adquiriendo más color.
Vivíamos cerca de la ciudad donde residían el Obispo y su señora y, por
supuesto, los veía muy a menudo. En esa parroquia muchos hablábamos el mismo
idioma, pero en otros aspectos los días eran difíciles y hacia fin del otoño
nuevamente volví a enfermarme. En enero esperaba el nacimiento de mi hija más
pequeña, Ellison, cuando mi esposo, en uno de sus ataques de ira, me arrojó
escaleras abajo, lo cual tuvo consecuencias para la criatura. Después de nacer,
su estado era muy delicado, siendo calificada como “niño azul” como se dice
familiarmente, con una de las válvulas cardíacas deficiente, y durante años
nadie creyó que podría criarla. Pero lo hice y hoy es casi la más fuerte de la
familia.
Las cosas iban de mal en
peor. Todo el mundo estaba enterado de lo que sucedía en la rectoría, y cada
uno hacía lo posible por ayudar. Una gentil jovencita se ofreció para vivir con
nosotros como huésped pago, a fin de tener alguien conmigo en la casa. Con el
tiempo llegó a asustarse, pero no me abandonó. Constantemente, día tras día,
era arado el campo colindante con la rectoría. Una vez, por curiosidad,
pregunté al que estaba arando por qué lo hacía con tanta frecuencia, me
respondió que por decisión de un grupo de hombres, alguien debía estar cerca de
mí, por eso se turnaban en la tarea de arar el campo. Las encargadas de la
central telefónica se dieron cuenta de la situación y habitualmente me llamaban
a intervalos, para interesarse por mi salud. El médico que me asistió al nacer
Ellison, se preocupaba mucho, y me hizo prometerle esconder todas las noches
debajo de mi colchón el cuchillo de cortar carne y el hacha. La idea de que
Walter no estaba en sus cabales se difundía. Recuerdo despertar una noche y oír
salir a alguien precipitadamente de mi habitación y bajar las escaleras. Era el
médico que había venido a cerciorarse de que me hallaba bien. Nuevamente podrán
ver cómo la bondad me rodeaba por todas partes. Sin embargo, me sentía
humillada y herida en mi orgullo.
Cierta
mañana me llamó una amiga pidiéndome que le llevara las niñas, pero que ella
pasaría a buscarme. Fui y pasamos momentos muy agradables. Sin embargo, al
regresar me enteré que a Evans lo habían llevado a San Francisco y un clínico y
un psiquiatra lo tenían en observación a fin de descubrir si estaba mentalmente
desequilibrado. Afortunadamente para mí, el médico llegó a la conclusión que no
era lunático, sino malo, y lo único grave de que padecía era su temperamento,
fuera de todo control. En el ínterin, Ellison enfermó gravemente de “cólera
infantum”, sin esperanza de recuperarse. Recuerdo perfectamente un sofocante
día estival, durante ese terrible período, en que Ellison estaba muy grave,
acostada sobre una manta en el piso y mis otra hijas jugando en el patio de una
vecina. Llegó el médico trayendo una criatura en brazos, seguido por una mujer
alta y agraciada, en tal estado, como para internarse en un hospital. Me dijo
que traía la criatura para dejarla a mi cuidado y le hiciera el favor de acostar
a la madre y también la atendiera. Así lo hice, y durante ‘tres días cuidé a
dos criaturas y a una mujer —demasiado enferma, indispuesta y deprimida como
para cuidar de su vástago. Hice todo lo que estuvo a mi alcance, pero la
criatura expiró en mis brazos. Nada pudo salvarla, habiendo tenido hábiles
cuidados del médico y siendo yo muy buena enfermera. El médico era muy versado;
sabía que yo tenía bastante con mi situación hogareña, pero necesitaba aprender
que no era la única que sufría, otras personas sufrían tan severamente como yo,
y siendo mi energía mayor de lo que creía, bien podía emplearla. Siempre me ha
asombrado la sabiduría y el profundo conocimiento sicológico de los médicos
lugareños. Conocen la gente; viven vidas sacrificadas; son competentes, debido
a su vasta experiencia; en las emergencias se desenvuelven con rapidez y
eficiencia, pues no dependen de nadie sino de ellos mismos. Personalmente he
contraído una gran deuda con los médicos —en ciudades y pueblos—, los cuales
han sido también mis amigos.
Después me
aconsejaron llevar a Ellison al Hospital de Niños, en San Francisco, para ver
si algo podía hacerse. Ellison Sanford se hizo cargo de mis dos niñas, a pesar
de que ella tenía cuatro, y partí hacia el norte con mi hijita. Los médicos del
hospital me dijeron que no podría vivir, que debía dejarla y regresar a mi
hogar para cuidar de mis otras hijas. No me extenderé sobre las vicisitudes de
ese episodio. Quienes tienen hijos lo comprenderán. Nunca creí volver a verla,
pero milagrosamente se recuperó; la trajo su padre, que también había sido dado
de baja, con un certificado de buena salud. Como verán, nada de esto es alegre.
Tampoco me alegra contarlo.
Enfrentamos un año
muy peculiar y difícil. Al obispo le resultaba imposible dar un cargo a Walter
Evans. Casi estaba agotado el dinero que poseíamos y disminuía
considerablemente mi pequeña renta, a causa de la guerra. Cuando Walter volvió
a San Francisco, quedé con mis tres hijas y un montón de cuentas a pagar. Él
nunca tuvo sentido del valor del dinero; el que yo le daba o el que constituía
parte de su estipendio, para pagar las cuentas, lo invertía en lujos
innecesarios. Salía de casa para pagar la cuenta mensual del almacén y volvía
con un fonógrafo.
Mientras viva, no
olvidaré la extraordinaria bondad del dueño del almacén, en el pequeño pueblo
donde vivíamos; Walter Evans ocupó su último cargo en la diócesis de San
Joaquín. Le debíamos más de doscientos dólares, lo cual yo ignoraba.
Lógicamente por el pueblo corría la voz acerca de lo sucedido. A la mañana
siguiente, después que mi esposo había sido enviado a San Francisco, el dueño
del almacén me llamó por teléfono. Era judío, de apariencia muy ordinaria.
Nunca había hecho nada por él, excepto demostrarle cortesía y, siendo muy
británica, le demostré que no albergaba sentimientos antijudíos, porque jamás
hubo en Gran Bretaña actitudes antisemitas, especialmente durante mi juventud.
Algunos de nuestros más grandes hombres han sido judíos, como Lord Reading,
Virrey de la India, y otros. El almacenero solicitaba mis pedidos por teléfono.
Al preguntarle cuánto le debíamos respondió: “más de doscientos dólares”, pero
me dijo que no me preocupara, pues sabía que lo pagaríamos aunque tardáramos
cinco años. Luego agregó, “si no hace el pedido le enviaré igualmente lo que
creo necesario, y eso no le agradará ¿verdad?”. Hice el pedido. Cuando esa
mañana llegaron las provisiones a la rectoría, encontré un sobre conteniendo
diez dólares en calidad de “dinero al margen” por si no tenía dinero a mano,
que fueron agregados a la cuenta, pues comprendía que yo no aceptaría caridad.
También me pidió la llave de la caja para la recepción de la correspondencia;
así él se encargaría de las cartas que llegaran. Me sentí y aún me siento
profundamente endeudada con él. Tardé más de dos años para liquidar la cuenta,
pero la pagué. Cada vez que le enviaba cinco ‘dólares yo recibía una carta de
agradecimiento, como si le hubiera hecho un favor.
Descontando el hecho de
que había sido educada en Inglaterra, donde no ha prevalecido el sentimiento
antijudío y se comprende mejor que en los Estados Unidos el problema de los
negros, he contraído profundas deudas con estas dos sufrientes minorías. El
problema de los negros me ha parecido más sencillo que el de los judíos y de
más fácil solución.
El problema de los
judíos lo he considerado casi insoluble. No le veo salida, excepto mediante el
lento proceso evolutivo y una campaña planificada de educación. No albergo
sentimientos antijudíos; algunos de mis más preciados amigos lo saben, como el
doctor Roberto Assagioli, Regina Keller y Víctor Fox, a quienes amo
entrañablemente. Pocas personas en el mundo están tan cerca mío, y recurro a
ellos cuando necesito consejos y comprensión, y nunca me fallaron. Oficialmente
figuro en la “lista negra” de Hitler, debido a mi defensa de los judíos, en mis
conferencias por toda Europa. No obstante, a pesar de conocer muy bien sus
maravillosas cualidades, su contribución a la cultura y enseñanza occidentales,
su acerbo y admirables dones en las artes creadoras, aún no alcanzo a ver la
inmediata solución de su crucial y terrible problema.
Ambas partes son
culpables. No me refiero a la culpabilidad, o más bien a la maldad criminal de
los alemanes o de los polacos hacia sus conciudadanos judíos. Me refiero a
todas esas personas que están a favor y no en contra del judío. Nosotros los
cristianos aún no sabemos qué debemos hacer para liberar a los judíos de la
persecución —persecución que data de muchos, muchos siglos. Los egipcios en las
primeras épocas de la historia bíblica los persiguieron, y ésa ha sido su
crónica en el trascurso de los años. Vacilo ante la idea de exponer mis
conclusiones, pero lo haré con la esperanza de que sirvan de ayuda.
Sin embargo, sólo
podré explayarme brevemente sobre uno o dos puntos, anticipándoles que,
lógicamente, lo haré en forma inadecuada.
Debe existir
alguna causa básica para esta constante e incesante persecución, y alguna razón
por la cual no se los quiere. ¿Cuál puede ser? Probablemente la causa
fundamental esté profundamente arraigada en ciertas características raciales.
La gente se queja (y frecuentemente tiene razón) de que los judíos desmerecen
el ambiente de cualquier distrito donde residen. Cuelgan la ropa de cama y de
vestir fuera de las ventanas. Viven en la calle, se sientan en grupos en las
aceras. Durante siglos los judíos moraron en carpas, obligados a vivir de esa
manera, y quizás aún reaccionan a esas cualidades hereditarias. Otra queja es
que si se permite a un judío entrar en un grupo u organización comercial, no
pasa mucho tiempo sin que sus hermanos, primos y tíos entren también. Los
judíos han tenido que unirse debido a los siglos de persecución pasados. Se
dice que el judío es netamente materialista y que, para él, el poderoso dólar
tiene más importancia que los valores éticos, siendo rápido y ducho en
aprovecharse de los cristianos. La religión judía no hace hincapié sobre la
inmortalidad o la vida después de la muerte, y ello es verdad, pues he
discutido este problema con estudiantes judíos de teología. Entonces ¿por qué
no hemos de obtener lo mejor de la vida en el orden material? Comamos y bebamos
y acumulemos bienes mundanos, pues mañana moriremos. Todo esto es muy
comprensible pero no hace a las buenas relaciones.
He estudiado,
reflexionado e interrogado, y ciertas cosas se han esclarecido en mi mente,
constituyendo para mí parte de la respuesta. Los judíos se han aferrado a una
religión básicamente caduca. 1-lace unos días me pregunté qué parte del Antiguo
Testamento valdría la pena conservar. En su mayor parte es terrible y cruel, y
únicamente se salva de los reglamentos de la Oficina de Correos, porque tal
literatura está contenida en la Biblia. Llegué a la conclusión de que debían
conservarse los mandamientos y también uno o dos relatos de la Biblia, como el
amor de David y Jonathan, los Salmos 23 y
91 y otros más, y cuatro capítulos del Libro de Isaías. El resto no tiene valor
o es indeseable; el remanente nutre el orgullo y el nacionalismo de los
pueblos. Lo que separa a los judíos ortodoxos de los cristianos son sus
prohibiciones religiosas, pues es mayormente una religión regida por el
precepto de “No cometerás.. . “,“No harás.. .“, etc. El aspecto condicionante
del pensamiento cristiano, respecto al judío joven y ortodoxo, es su
materialismo, del cual Shylock es el símbolo.
Al escribir esto
me doy cuenta de que mis palabras son inadecuadas y no del todo justas; sin
embargo, desde el ángulo de una amplia generalización, son veraces, aunque
desde el punto de vista del judío individual, en la mayoría de los casos, son
totalmente injustas. Existen muchas cosas similares entre judíos y germanos. El
alemán se considera a sí mismo como miembro de la “super raza”, mientras que el
judío ortodoxo se considera como “pueblo elegido”. El alemán pone el énfasis
sobre la “pureza racial” y los judíos también lo han hecho en el trascurso de
las épocas. Parecería que los judíos no son asimilables. Los he conocido en
Asia, en la India, en Europa y aquí también, y a pesar de su ciudadanía siguen
siendo judíos, estando separados de la nación donde residen. No he visto que
esto suceda en Gran Bretaña ni en Holanda.
Los cristianos
frecuentemente han tratado en forma abominable a los judíos, y muchos de
nosotros nos condolemos y trabajamos arduamente para ayudarlos. En la
actualidad, uno de los obstáculos proviene de los judíos mismos. Personalmente
nunca he conocido a un judío que admitiera la posibilidad de que la culpa o la
provocación surgiera de su parte. Adoptan siempre la posición de que son ellos
los perseguidos, y que todo el problema se solucionaría si los cristianos
emprendieran la debida acción. Miles de nosotros estamos tratando de
emprenderla, pero no obtenemos la más mínima cooperación de su parte.
Perdonen esta disgresión,
pero el recuerdo de mi gran amigo Jacobo Weinberg me hizo encarar un tema que
me produce aguda preocupación. Por lo tanto, Walter y yo enfrentamos el
problema de lo que debíamos hacer. Comprendí que su destino estaba en mis manos.
Si podía inducirlo a comportarse bien y darme un trato más decente, con el
tiempo el Obispo trataría de asignarle algún cargo en otra diócesis, donde su
pasado no constituiría un obstáculo, aunque dicho obispo lógicamente debía
conocer los detalles. Recuerdo perfectamente la noche que llana y malamente
presenté a Walter la situación, después de haber sostenido una prolongada
conversación con el Obispo. Le hice ver que su destino se hallaba realmente en
mis manos y sería inteligente que dejara de golpearme. Además, que podía
obtener el divorcio en cualquier momento, por la fuerza del testimonio del
médico que me atendió, después que nació Ellison, y pudo observar las
magulladuras en todo mi cuerpo. Desde el punto de vista de la Iglesia Episcopal
la amenaza era poderosa. Terminaría su carrera de sacerdote. Siendo un hombre
orgulloso (e internamente le aterrorizaba la publicidad), desde ese día jamás
volvió a ponerme la mano encima. Malhumorado no me dirigía la palabra durante
días enteros, dejando a mi cargo todo el trabajo, sin darme lugar para temerle.
Conseguimos una casita de
tres habitaciones en las profundidades de un agreste paraje cerca de Pacific
Grove. Comencé a criar gallinas y obtenía algún dinero vendiendo huevos.
Descubrí que si las gallinas no se crían en amplia escala (lo cual involucra capital),
las ganancias son magras. Las gallinas son estúpidas, con cara de idiotas y
hábitos necios; carecen totalmente de inteligencia; la única parte emocionante
en la cría de aves es la búsqueda de huevos, y es una tarea sucia. Pero me las
arreglé para alimentar a la familia, consistiendo en ocho dólares mensuales la
renta de la casita, y ni eso valía.
En esa época mi
vida era sumamente monótona —cuidar tres hijas un esposo malhumorado y varios
centenares de estúpidas gallinas. No tenía baño ni instalaciones sanitarias
internas. Constituía todo un problema mantener limpias a las niñas y la casa.
Prácticamente no poseíamos dinero, parte de la cuenta del almacenero se pagó
con huevos, lo cual éste aceptaba por ser amigo mío. Acostumbraba yo a
internarme en el monte de los alrededores, empujando una carretilla con mis
hijas detrás, y recogíamos leña para el fuego. Sin embargo, puedo asegurar que
no era una época agradable. Repito que tampoco me alegra relatarlo. Era algo
parecido a una nueva reencarnación, y el contraste entre esa vida aburrida de
madre y cuidadora del hogar, criadora de aves, jardinera, y la vida acaudalada
de mi niñez y la plenitud de mi vida como evangelista, terminó por abrumarme
totalmente.
Me forjé la idea
de ser una nulidad y que en alguna parte habría desviado el camino, de lo
contrario no estaría en esta situación. El antiguo complejo cristiano de que
era una “miserable pecadora” llegó a agobiarme. Mi conciencia, morbosamente
acondicionada por la teología fundamentalista, continuamente me decía que
estaba pagando el precio de mis interrogantes dubitativos, y que de haberme
aferrado a la fe y seguridad de mi niñez no me hallaría ahora en tal
predicamento. La Iglesia me había fallado debido a que Walter era eclesiástico,
y los otros que conocí de su misma profesión, todos mediocres, excepto el
Obispo, un santo, pero argumentaba que igual lo hubiera sido aún siendo
instalador de cañerías o un corredor de bolsa. Poseía yo bastante conocimiento
de teología como para haber perdido mi fe en las interpretaciones teológicas, y
me embargaba el sentimiento de que nada me restaba, excepto una vaga creencia
en Cristo, el cual parecía hallarse muy distante. Me sentí abandonada por Dios
y los hombres.
Quiero exponer que
mi mente no alberga ninguna duda de que la Iglesia está perdiendo la jugada, a
no ser que cambie su técnica. No alcanzo a comprender por qué los eclesiásticos
no van a la par de la época. El desarrollo evolutivo en todos los sectores es
una expresión de la divinidad, y la condición estática de la interpretación
teológica es contraria a la gran ley del universo, la evolución. Después de
todo, la teología es sólo la interpretación y comprensión del hombre respecto a
su creencia en Dios. Pero es el cerebro humano perecedero el que piensa y ha
pensado durante el trascurso de las edades. Por eso otros cerebros humanos y
perecederos aparecen y dan otras interpretaciones más profundas, significativas
o amplias, fundando así una teología más progresista. ¿Quién osaría negar que
ellos tienen tanta razón como los eclesiásticos del pasado? A no ser que las
Iglesias amplíen su visión, eliminen las disputas acerca de detalles sin
importancia, y prediquen el Cristo resucitado, viviente y amoroso, en vez de un
Cristo muerto, sufriente, sacrificado por un Dios iracundo, perderán la
fidelidad de las generaciones venideras, y esto con razón. Cristo vive
triunfante y siempre presente. Por su vida somos salvos. La muerte que Él
padeció también podemos padecerla —según la Biblia, triunfalmente. Las Iglesias
deberán comenzar por sus seminarios teológicos. He recibido entrenamiento
teológico y sé de lo que hablo. Ya no ingresarán en ellos hombres jóvenes e
inteligentes, si se los enfrenta con interpretaciones caducas respecto a las
verdades vivientes que reconocen como tales. No les interesa el nacimiento
virginal, sino la realidad de Cristo. Saben demasiado como para aceptar la
inspiración verbal de las Escrituras, pero están dispuestos a creer en la
palabra de Dios. Hoy, la vida está tan colmada de actividades, héroes, belleza,
tragedias, hecatombes, realidades y gloriosas oportunidades, que la actual
generación no tiene tiempo para ocuparse de las puerilidades de la teología.
Afortunadamente existen, dentro de la Iglesia, unos pocos hombres de visión,
que oportunamente cambiarán la actitud reaccionaria, pero esto llevará tiempo.
Mientras tanto, los cultos y los “ismos” sofocarán a los pueblos, lo cual no
tendría lugar si la Iglesia despertara y proporcionara, a una humanidad
investigadora y apremiante, lo que necesita —nada de soporíferos,
arbitrariedades ni dulces trivialidades, sino el Cristo viviente.
Si mal no
recuerdo, después de seis meses de llevar esa vida, volví a ver al Obispo y le
dije que Walter se comportaba bien. Entonces, bondadosamente se dedicó a buscar
algún lugar donde pudiera nuevamente asumir su trabajo eclesiástico. Finalmente
obtuvo una pequeña feligresía en un pueblo minero de Montana, con la salvedad
de que parte de su estipendio debía enviármelo mensualmente. Mientras tanto,
fui a vivir en una casita de tres habitaciones en un distrito más poblado de
Pacific Grove. Esto ocurría en 1915, siendo la última vez que vi a Walter
Evans. Nunca más envió parte de su estipendio y sus cartas eran cada vez más
ofensivas, plenas de amenazas e insinuaciones. Nada podía hacer yo y comprendí
que debía encarar la vida sola y hacer todo lo posible por mis tres pequeñas
hijas.
La guerra en
Europa estaba en pleno apogeo, e involucraba a cada uno de mis allegados.
Esporádicamente recibía mi pequeña renta, pagaba altos impuestos y no llegaba
la orden bancaria por haberse hundido el barco que traía la correspondencia. Me
encontraba en una situación muy difícil; no tenía en el país pariente alguno a
quien recurrir y (con excepción del Obispo y su señora) tampoco tenía amigos
con quienes me hubiera complacido hablar. Sin embargo estaba circundada por
buenos y bondadosos amigos, pero ninguno de ellos se encontraban en posición de
ayudarme y, mirando atrás, dudo si les comuniqué cuán seria era mi situación.
El Obispo quería escribir a mi familia comunicándole lo que ocurría, pero no se
lo permití. Siempre creí fervientemente en el refrán que dice “de acuerdo a
como hacemos nuestro lecho, así dormiremos”. No me ha gustado lloriquear ni
quejarme a los amigos. Sabía que “Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo”, pero
en esa época admití también que Dios me había fracasado y que no podía lloriquearLe.
Busqué por todas
partes algo que hacer para ganar dinero, sólo descubrí ser una persona
totalmente inútil. Podía hacer preciosos encajes, pero nadie los quería ni
necesitaba, y tampoco había en Norteamérica material para hacerlos. No tenía
aptitudes especiales ni sabía escribir a máquina; tampoco podía dar lecciones
no sabía en qué ocuparme. En ese distrito sólo existía la industria de la
sardina, y antes de permitir que mis hijas pasaran hambre, me ofrecí como
obrera en esa industria.
Recuerdo el momento de
crisis en que tomé esa resolución. Fue una gran crisis espiritual. Como señalé
anteriormente, había llegado a Norteamérica con muchas dudas en mi mente,
respecto a las verdades espirituales en las que podían tenerse fe. El estudio teológico
que inicié al llegar aquí de nada me sirvió. Cualquier curso teológico
quebranta la fe del hombre si no es suficientemente inteligente para hacer
preguntas y si no acepta ciegamente lo que los eclesiásticos dicen. Los
comentarios consultados en la biblioteca teológica, me resultaron vacuos, mal
escritos y triviales. No respondían a ninguna pregunta; se ocupaban de
abstracciones; eludían las realidades, aunque afirmaban conocer exactamente lo
que Dios significaba e intentaba, y trataban de resolver todos los problemas
citando a San Agustín, Tomás de Aquino y los santos de la Edad Media. Los
teólogos nunca enfrentan los problemas básicos, se apoyan en la trivial
afirmación de que “Dios lo dijo”. Quizás no lo dijera o tal vez la traducción
fuera inexacta y la frase en consideración fue intercalada, de las que hay
tantas en la Biblia. Entonces surgió la duda en mi mente: ¿por qué Dios habló
únicamente a los judíos? No conocía en esa época otras Escrituras del mundo y,
de haberlas conocido, yo no las hubiera aceptado como tales. Había partes del
Antiguo Testamento que me escandalizaban y otras que me obligaban a preguntarme
con frecuencia cómo se permitía su distribución por correo. En cualquier otro
libro habrían sido calificadas de obscenas, pero en la Biblia estaban bien.
Empecé a creer que mis interpretaciones no eran tan buenas como las de los
demás. Recuerdo una vez, meditando sobre un versículo de la Biblia, donde dice:
“Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”, me pareció como que Dios
llevase un sinnúmero de estadísticas. Consulté a un teólogo en el Seminario, y
en respuesta dijo que aquella afirmación bíblica demostraba que Dios no estaba
limitado por el factor tiempo. A continuación descubrí que la Cruz no era un
símbolo cristiano sino que antedataba al cristianismo, y eso fue el golpe
definitivo.
Por lo tanto me
encontraba totalmente desilusionada de la vida, de la religión, con sus
afirmaciones ortodoxas, y de la gente, principalmente de mi marido, al que
había idealizado. Anteriormente cientos y miles de personas me necesitaban,
ahora nadie, excepto mis tres hijas. Sólo un puñado de ellas, muy ocupadas, se
preocupaba de lo que podía sucederme, mientras que antes eran innumerables
quienes lo hacían. Me parecía haber llegado a la etapa de total nulidad,
desempeñando tareas hogareñas, llevando la rutinaria vida pueblerina con
cientos de mujeres sin posición social alguna, sin educación ni talento, que se
las arreglaban mejor que yo. Estaba cansada de lavar pañales, rebanar pan y
untar manteca. Supe lo que era la desesperación absoluta; mi único consuelo
eran las niñas, tan pequeñas que su falta de comprensión lo contrarrestaba.
La culminación de esto
llegó un día en que, encontrándome tan desesperada, dejando las niñas al
cuidado de una vecina me interné sola en el bosque. Durante horas estuve
tendida boca abajo, luchando con mi problema; me levanté y, apoyada en un
enorme árbol, que seguramente podría hoy reconocer si el terreno no se ha
parcelado, me dirigí a Dios, diciéndole que no podía soportar más esta
desesperación y que aceptaba lo que fuese si sólo me liberaba para llevar una
vida más útil. Le dije que había agotado los recursos de hacer todo “en nombre
de Jesús” y hecho lo imposible para bien de Él; que había barrido y limpiado,
cocinado, lavado y cuidado de las tres niñas según mi capacidad, y ¿qué?
Recuerdo
nítidamente la profundidad de mi desesperación al no recibir respuesta, pues
estaba muy segura que al llegar al máximo obtendría respuesta, que percibiría
alguna visión u oiría como otras veces, una voz que me diría lo que debía
hacer. Pero no tuve la visión ni oí la voz, entonces volví apresuradamente a
casa y preparé la cena. Sin embargo, había sido escuchada y no lo sabía; se
estaba planificando mi liberación sin saberlo. Imperceptiblemente una puerta se
abría y, aunque no lo comprendí, estaba frente al período más feliz y rico de
mi vida. Años más tarde les dije a mis hijas que “nunca sabemos qué
encontraremos en un recodo del camino
Al día siguiente
fui a pedir trabajo a una de las grandes industrias de conservas de sardina. Lo
obtuve, pues era la época de mayor trabajo y necesitaban obreras. Convine con
una vecina en que ella se ocupara de las niñas, pagándole la mitad de mi jornal,
cualquiera fuese. El trabajo era a destajo; sabía que era ágil, esperaba ganar
buen dinero, y así fue. Salía de casa a las 7 de la mañana, volvía a las 4 de
la tarde. Durante los tres primeros días el ruido, el olor, el ambiente, al
cual no estaba acostumbrada, la larga caminata hasta la fábrica y el ir y
venir, me afectaban tanto que al llegar a casa me desplomaba.
Pero me fui
acostumbrando, pues la naturaleza es muy adaptable y considero ese período como
la experiencia más interesante de mi vida. Estando entre la masa lugareña, no
era nadie, y yo siempre había creído que era alguien. Desempeñaba un trabajo
que cualquiera podía hacerlo, pues no era especializado. Primeramente estuve en
la sección de etiquetas, pegándolas, en los grandes envases ovalados de las
“Sardinas Del Monte”, pero el dinero que ganaba no era suficiente para
compensar mi esfuerzo. En esa sección fueron todos bondadosos. Creo que se
dieron cuenta de mis temores, porque cierta vez el obrero distribuidor de los
envases en que se pegaban las etiquetas, dándome un golpecito en las costillas
en forma grosera, me dijo: “He averiguado quien es usted. La hermana de mi
mujer es de R... y me ha contado cosas de usted. Si necesita alguien que la
defienda y la proteja de los insolentes, recuerde que aquí estoy”. Nunca volvió
a hablarme, pero observé que me vigilaba. Desde entonces nunca me faltaron
envases para pegar etiquetas y siempre le he estado agradecida.
Alguien me
aconsejó que me cambiara a la sección de envasado de sardinas, así lo hice.
Eran obreros incultos, mujeres bastantes toscas, mejicanos y un tipo de hombre
que nunca había conocido, ni aún en el trabajo social. Al iniciarme en esa
sección trataron de hacerme la vida inaguantable, burlándose de mí. No
pertenecía a su categoría. Evidentemente era demasiado buena, excesivamente
decente y no sabían qué pensar de mí. Un grupo tomó la costumbre de reunirse en
la puerta de la fábrica y al yerme aparecer cantaban: “Más cerca de Ti, Dios
mío”. Al principio no me agradaba y me estremecía pensar que tenía que
atravesar esa puerta; pero, después de todo, por mi gran experiencia en manejar
a los hombres, poco a poco fui conquistándolos hasta llegar en realidad a
divertirme. Nunca me faltaba pescado para envasar. Sobre mi taburete llegaba
misteriosamente todos los días un periódico limpio. Me cuidaban de todas
maneras, y reiteraré que todo esto nada tenía que ver con mi atracción
personal. No sabia cómo se llamaban. Nunca había tenido la más ligera atención
hacia ellos, y a pesar de todo eran simplemente buenos conmigo y nunca los he
olvidado. Aprendí a apreciarlos y llegamos a ser buenos amigos, pero nunca me
agradaron las sardinas. Llegué a la decisión de que si debía ser envasadora de
pescado, lo haría en forma tal que conviniera económicamente. Necesitaba ganar
dinero para las niñas, de manera que me dediqué al problema del envasado.
Observaba a otros envasadores; estudiaba cada movimiento que hacían para evitar
todo esfuerzo innecesario, con el resultado de que, a las tres semanas, era la
mejor envasadora de la fábrica. Mi promedio de embalaje sumaba diez mil
sardinas por día, en varios cientos de envases. A los visitantes de la fábrica
se os invitaba para yerme trabajar; me observaban atentamente y, como
recompensa a mi buen trabajo, oía los siguientes comentarios: “Qué hace una
mujer como ésta en una fábrica?”, “parece demasiado buena para este trabajo,
pero probablemente sea mala”, “debe haber hecho algo en su vida para tener que
hacer este tipo de trabajo”, “no nos dejemos engañar por las apariencias,
probablemente sea una mala persona”. Trascribo estas frases literalmente.
Recuerdo que una vez el capataz de la fábrica, al oír los comentarios que hacía
un grupo de visitantes, observó el efecto que me producían. Habían sido
especialmente groseros y mis manos temblaban de furia. Cuando el grupo se
retiró, con una expresión bondadosa en su rostro se acercó y me dijo: “No se
preocupe, señora Evans, aquí la llamamos «el brillante caído en el lodo»”. Esto
me compensó ampliamente por todo lo que habían dicho. No es de extrañar mi
inalterable e inmutable fe en la belleza y divinidad de la humanidad. La
historia podía variar si esas personas hubiesen tenido obligaciones conmigo;
pero todo ello expresaba la bondad espontánea del alma humana hacia quien
sufría las mismas dificultades. Por regla general los pobres son bondadosos con
los pobres.
Narraré otro
relato que pone aún más de manifiesto esta bondadosa actitud humana. Una vez,
al sonar la campana para el almuerzo, se me acercó un hombre de cierta edad,
fuerte, bajo, sucio, mal oliente, con un aspecto terrible y me dijo: “Venga a
la vuelta de la esquina que debo hablarle”. Nunca tuve miedo a los hombres, así
que fui al lugar indicado. Metió la mano en el pantalón y extrajo la mitad de
un delantal blanco y limpio y dijo: “Mire, señorita, esta mañana le hurté esto
a mi mujer y lo colgaré de un clavo, no me gusta que se seque las manos en ese
trapo sucio que hay en el baño de las mujeres, la otra mitad la colgaré cuando
ésta se ensucie. Se fue sin darme tiempo a que le diera las gracias; no volvió
a hablarme nunca más, pero siempre hubo un trapo limpio donde secarme las
manos.
Estoy convencida de que en la vida
cosechamos lo que sembramos; había aprendido a no adoptar actitudes de
superioridad, ni a sermonear, sino sencillamente a ser bien educada y afable y,
como consecuencia, obtuve de la gente buena educación y amabilidad y todo el
mundo puede hacer lo mismo —ésta es la moraleja de mi relato. Recuerdo que hace
algunos años vino una mujer a consultarme a la oficina de New York. El núcleo
de su historia lo constituía los momentos difíciles por los que pasaba; todo el
mundo murmuraba de ella y no sabía cómo evitarlo. Se lamentaba y lloraba; el
mundo era cruel, porque contaba crueldades de ella y me pedía que por favor la
ayudara. Como no la conocía e ignoraba los hechos, hice lo que pude. Lo curioso
fue que días más tarde concurrí a un restaurante con mi marido Foster Bailey, y
nos sentamos en un reservado. En otro, al lado nuestro, estaba esta mujer,
aunque ella no me vio. Hablaba en voz alta y clara con una amiga, de manera que
podía oír todas sus palabras. Lo que decía acerca de sus amigos era increíble.
No pronunció una palabra amable. Le contaba a su amiga las cosas más abyectas
sobre sus relaciones. Después de oírla llegué a la solución de su problema, y
la próxima vez que vino a verme, le manifesté lo observado; quizás
se lo dije en forma muy cruda, pues no volví a verla. Seguramente le resulté
desagradable, porque ciertamente, no le habrá gustado oír la verdad.
Trabajé en la
fábrica durante varios meses. Mientras tanto, Walter Evans, había abandonado
Montana e ingresado a una Universidad al este del país, para seguir un curso de
posgraduados. Raras veces tenía noticias suyas. No me enviaba dinero, y en 1916
consulté con un abogado a fin de obtener el divorcio. No podía enfrentar la
perspectiva de volver a él y exponer a mis hijas a su malhumor y peor genio. No
dio indicio de haber cambiado ni demostró mayor sentido de responsabilidad, en
lo que se refería a mí y a las niñas. En 1917, cuando los Estados Unidos
entraron en la guerra, fue a Francia con la Y.M.C.A. (Asociación Cristiana de
Jóvenes) y se quedó allí hasta que finalizó la contienda. Su conducta fue
distinguida y se le otorgó la Cruz de Guerra. Por lo tanto cancelé el proceso
de divorcio, pues existía un fuerte sentimiento contra las mujeres que pedían
el divorcio mientras sus maridos estaban en el frente. Nunca me pareció lógico
que un hombre, ya sea en el frente o en su hogar, sea diferente. Tampoco he comprendido
por qué a todo soldado se lo considera un héroe de guerra; probablemente ha
sido enrolado sin tener otra alternativa. Conozco muy bien al soldado y sé
cuánto detesta ser calificado de héroe por el público y los diarios.
Dejé de escribirle a Evans, y sentí un gran alivio al saber que estaba
lejos. Mis hijas se ‘hallaban bien, siendo para mí un gran consuelo, y yo, a
pesar de mis 46 kilos, gozaba de buena salud. Me arreglé para cuidarlas, y
lentamente capeé el temporal. Aún me hallaba confusa espiritualmente, pero
estaba demasiado ocupada en ganar dinero, cuidar de mis tres hijas y disponer
de tiempo para pensar en mi alma
CAPITULO CUARTO
Walter Evans me abandonó cuando tenía 35 años. Por
lo que he podido observar, esta edad es con frecuencia la encrucijada para
muchas vidas. A esa edad se sabe el trabajo que corresponde realizar en la
vida o si en determinada vida se ha de obtener cierta medida de plenitud y
también ser de utilidad. Los adeptos a la ciencia de los números probablemente
afirmarán que esto se debe a que 7 x 5 = 35; el número 7 indica la terminación
de un ciclo completo y es una puerta abierta hacia una nueva experiencia; mientras
que el 5 es el número de la mente y de la criatura inteligente llamada hombre.
No sé si es así, pero algo debe existir en la ciencia de los números, porque se
dice que Dios trabaja con números y fórmulas, pero nunca me han causado
impresión estas deducciones.
Lo cierto es que en 1915 entré en un ciclo
totalmente nuevo donde descubrí, por primera vez, que poseía una mente, y
comencé a utilizarla y a comprobar su flexibilidad y potencia y a emplearla
como “faro” dirigido a mis propios asuntos e ideas, a las cuestiones del mundo
que me rodea y a un reino aún por descubrir, que podría denominarse espiritual
—mundo que Patanjali, antiguo instructor hindú, denomina “la nube de cosas
conocibles”.
En la difícil época en que trabajaba como obrera de una fábrica,
conocí la teosofía. No me gusta esta palabra, pese a su hermosa implicación y
significado. Representa en la mente de la mayoría algo que esencialmente no es.
Espero demostrar, si puedo, lo que realmente es. Esto señaló el comienzo de una
nueva era espiritual en mi vida.
En Pacific Grove vivían dos inglesas que
pertenecían a mi mismo medio social británico. No había entablado conocimiento
con ellas, pero deseaba hacerlo, debido, en gran parte, a que me sentía muy
sola. Anhelaba conocer a alguien de la madre patria; las había visto en las
calles del pequeño pueblo. Corría el rumor de que preparaban una reunión en su
casa para tratar un tema peculiar, y una amiga común me consiguió una
invitación. Mis móviles no eran muy elevados, pues no iba movida por el deseo
de escuchar algo nuevo e interesante u obtener ayuda, sino porque quería
conocer a esas dos mujeres.
La charla me resultó pesada y el conferenciante muy pobre. No podía
imaginarme otro peor que ése. Comenzó su charla con esta seca declaración:
“Hace diecinueve millones de años, los Señores de la Llama vinieron de Venus y
plantaron la simiente de la mente en el hombre”. Exceptuando a los teósofos
presentes, no creo que en la habitación alguien supiese de qué hablaba. Nada de
lo que decía tenía sentido para mí. Una de las razones era que en esos días yo
compulsaba los ciclos evolutivos en la Biblia, la cual ubicaba la fecha de la
creación en el año 4004 antes de Cristo. Había estado muy ocupada con mis funciones de madre como para tener
tiempo de leer libros sobre la evolución. No me convencía mucho la teoría de la
evolución y recuerdo haber leído a Darwin y a Herbert Spencer con el
sentimiento de ser culpable y desleal a Dios. Pensar que el mundo tuviera
diecinueve millones de años era una blasfemia.
El conferencista deambuló por todo el mundo del
pensamiento. Informó al auditorio que cada uno de los presentes poseía un
cuerpo causal y que aparentemente ese cuerpo estaba habitado por un
agnishvatta. Me pareció toda una estupidez y dudo que un conferenciante así,
pueda prestar ayuda a alguien. En ese momento resolví, que si alguna vez tenía
que dar una conferencia, no hacer lo que ese disertante teósofo había hecho.
Pero logré una cosa, la amistad de esas dos mujeres. Me tomaron bajo su cuidado
y me facilitaron libros. Entraba y salía de su casa y hacía la mar de
preguntas.
Mis días se hicieron interminables. Me levantaba a
las 4 de la mañana, limpiaba la casa, preparaba el almuerzo para las tres
niñas, a las 6 les daba el desayuno, después de lavarlas y vestirlas. A las
6.30 de la mañana las llevaba a casa de la vecina e iba a la fábrica a envasar
las dichosas sardinas. Por la tarde, si el tiempo era bueno, almorzaba en la
playa. Generalmente a las 4 ó 4.30 de la tarde regresaba a casa. En invierno,
me quedaba en casa para jugar con mis niñas o leerles. En verano las llevaba a
la playa. A las 7 de la tarde regresábamos para la cena y luego las acostaba.
Después ponía la ropa en remojo o el pan a leudar, me acostaba y leía sin
descanso hasta la media noche.
Soy de ese tipo de persona que, por temperamento, requiere
dormir pocas horas. Siendo aún niña, un médico (que me conocía muy bien) me
dijo que sólo necesitaba cuatro horas de sueño, y tenía razón. Hasta ahora me
levanto habitualmente a las 4.30 y, después de desayunarme, escribo y trabajo
hasta las 7. Éste ha sido el ritmo de mi vida y quizás una de las razones por
las que he podido realizar tantas cosas.
Otra de las razones que me ayudó a trabajar tan
arduamente fue la disciplina extremadamente ordenada que observé durante mi
niñez, por eso nunca pude estar ociosa. Tampoco se me permitió estar sin hacer
nada, de manera que siempre hago algo. Hay una tercera razón y creo que será de
utilidad para muchas personas. Ansiaba conocer tantas cosas que debía buscar
tiempo para ello, y a la vez ocuparme de mis hijas. Nunca las descuidé, pero me
exigió mucha reflexión, planeamiento y disciplina. Así aprendí a planchar,
teniendo un libro delante, y hasta hoy puedo leer y planchar simultáneamente
sin quemar la ropa. Aprendí a pelar papas mientras leía, sin cortarme, y puedo
desgranar y limpiar guisantes leyendo un libro; cuando coso o remiendo siempre
leo, porque deseo obtener mayor conocimiento, y muchas mujeres podrían hacer
lo mismo si en verdad se interesan. Pero ocurre que no tienen suficiente
interés. Además leo con gran rapidez, captando párrafos y hasta páginas
enteras con igual prontitud con que los demás leen una frase. No recuerdo el
término técnico para denominar esta capacidad visual. Muchas personas lo hacen
y muchas más podrían realizarlo si se lo propusieran.
Llegué a un arreglo con mi propia conciencia, en
lo que respecta a mi deber de madre y ama de casa. Tuve oportunidad de observar
a una señora amiga que tenía cinco hijos, quien aparentemente había recibido
un llamado del Señor para ir a enseñar, y así lo hizo, pero a expensas de los
niños, que dejó al cuidado de la hija mayor de sólo 15 años. La muchacha hacía
lo que podía, pero atender cuatro criaturas es algo serio. Teníamos que ayudarla
a darles de comer, bañarlos y disciplinarlos cuando era necesario. Fue una
lección para mí, y un terrible ejemplo de lo que no debía hacer. Por eso decidí
que hasta que mis niñas no llegaran a la mayoría de edad, dedicaría todo el
tiempo a ellas y al hogar. Llegado ese momento y cuando pudieron ayudar, nos
repartimos el trabajo.
Alrededor de 1930, cuando las tres eran
prácticamente mayores, les dije que debían considerarme como consejera y madre.
Pero habiéndoles dedicado ya veinte años enteros, desde este momento
antepondría a ellas mi tarea pública. También les recordé que siempre estaría
con ellas, creo que lo recordarán o lo harán después que me haya ido de este
mundo.
De manera que leí, estudié y reflexioné. Mi mente despertó,
mientras luchaba con las ideas presentadas y trataba de adaptar mis propias
creencias a los nuevos conceptos. Entonces conocí a dos señoras ancianas que
vivían en dos chalets contiguos, lo cual era indispensable, pues disputaban
todo el tiempo. Ambas habían sido discípulas personales de H. P. Blavatsky,
recibiendo de ella entrenamiento y enseñanza.
Conocí La Doctrina Secreta, grandiosa obra
de H. P. B. Me intrigó, aunque me dejó totalmente desconcertada. No entendía
nada. Para los principiantes es un libro muy difícil, está mal recopilado y
carece de continuidad. H. P. B. empieza con un tema, se desvía a otro, inicia,
dilucida extensamente un tercero y, si seguimos, hallaremos que vuelve al tema
original después de sesenta o setenta páginas.
Claude Falls Wright, secretario de E. P. B., me
dijo que al preparar esta monumental obra (porque en verdad lo es), su autora
escribía una página tras otra sin enumerar, arrojándolas al suelo a medida que
las llenaba. Terminada la tarea del día, el señor Wright y otros ayudantes,
recogían las hojas y trataban de ordenarlas, y según decía, lo admirable es que
el libro haya salido tan claro. Su publicación constituyó un gran
acontecimiento mundial, y la enseñanza contenida ha revolucionado el
pensamiento humano, aunque la gente no lo crea.
Las horas dedicadas a su estudio las considero
como las más valiosas de mi vida, y los antecedentes y conocimientos que me
aportaron hizo posible lo mejor de mi trabajo en el campo ocultista. Pasaba
las noches en la cama leyendo La Doctrina Secreta y contra mi costumbre
olvidaba leer la Biblia. Me agradaba ese libro, y al mismo tiempo me disgustaba
de todo corazón. Creí que estaba mal escrito, que era incorrecto e incoherente,
pero no podía dejarlo.
Fue entonces que estas dos señoras ancianas me
tomaron a su cargo. Día tras día, durante semanas, se dedicaron a enseñarme. Me
mudé a una pequeña casa para estar cerca de ellas. Era un lugar seguro para mis
criaturas, con árboles para trepar, un jardín que arreglar y nada que pudiera
causarme ansiedad. Mientras mis hijas jugaban, me sentaba en el porche de uno
de los chalets y conversaba y escuchaba. Muchos de los discípulos personales de
H. P. B. me ayudaron, y personalmente se preocuparon de hacerme comprender lo
que despertaba en el pensamiento humano la aparición de La Doctrina
Secreta.
Me ha causado siempre gracia que los teósofos
ortodoxos desaprobaran mi forma de presentar las verdades teosóficas. Pocos o
ninguno de los que han manifestado su desaprobación, tuvieron el privilegio de
recibir enseñanza de los discípulos personales de E. P. B. durante meses y
semanas enteras; estoy absolutamente segura de que, gracias a esos antiguos
estudiantes, poseo una percepción más clara que la mayoría de ellos, sobre lo
que La Doctrina Secreta está destinada a difundir, y ¿por qué no había
de tenerla? Me enseñaron bien y estoy agradecida.
Luego me asocié a la logia teosófica de Pacific
Grove y comencé la enseñanza. Recuerdo el primer libro que comenté. Era la gran
obra de la señora Besant: Estudio sobre la Conciencia. No sabia nada
acerca de la conciencia ni podía definirla. Aprendía seis páginas a la vez,
antes de dar clase, arreglándomelas para que no se dieran cuenta, y nunca
descubrieron lo poco que sabía; pero sé que si los estudiantes aprendían, yo
aprendía mucho más. ¿Qué había en esta enseñanza que comenzó a satisfacer mi
mente interrogadora, y mi perturbado corazón? Había ido a la deriva sobre un
pináculo de insatisfacciones. En esa época sólo tenía la seguridad de dos
cosas: la realidad de Cristo y ciertos contactos internos que no podía negar,
sin ser deshonesta conmigo misma, aunque no podía explicarlos. Con gran
asombro de mi parte, la luz comenzó a alborar. Descubrí tres nuevas ideas
básicas, nuevas para mí, y eventualmente todas encajaron con el programa general
de mi vida espiritual, proporcionándome la clave de los asuntos mundiales. No
hay que olvidar que había comenzado la primera fase de la guerra mundial
(1914-1918); estoy escribiendo esto al final de la segunda fase (1939-1945).
Primero descubrí que existe un grandioso y divino
Plan. Me di cuenta de que nuestro universo no está formado por “un fortuito
conglomerado de átomos”, sino que es el desarrollo de un gran diseño o canon
para la gloria de Dios. Descubrí también que una raza humana tras otra, han
aparecido y desaparecido eh nuestro planeta y que cada civilización y cultura
ha visto a la humanidad dar un paso más avanzado en el sendero de retorno a
Dios. Segundo, descubrí que existen Quienes son responsables del desarrollo del
Plan, que paso y a paso y etapa tras etapa han guiado al género humano en el
trascurso de los siglos. Hice un descubrimiento asombroso, asombroso porque
poco sabía, que la enseñanza sobre este Plan o Sendero era idéntica, ya fuera
presentada en Occidente u Oriente o impartida antes o después de la venida de
Cristo. Descubrí que el Cristo estaba a la cabeza de esta Jerarquía de Guías
espirituales, y cuando me di cuenta de ello, tuve la sensación de que había
vuelto a mí, en forma más íntima y estrecha. Supe que era “Maestro de Maestros
e Instructor de ángeles y hombres”, que los Maestros de la Sabiduría eran Sus
estudiantes y discípulos, del mismo modo que personas como yo éramos
estudiantes de algún Maestro. Aprendí que, cuando en mis días de ortodoxia
hablaba sobre Cristo y Su Iglesia, en realidad hablaba sobre el Cristo y la
Jerarquía planetaria. Supe que la presentación esotérica de la verdad de
ninguna manera disminuía al Cristo. Por cierto, Él era el Hijo de Dios, el
Primogénito de una gran familia de hermanos, como ha dicho San Pablo, garantizando
nuestra propia divinidad.
La tercer enseñanza que descubrí y me costó
aceptarla por largo tiempo, fueron dos creencias, la Ley de Renacimiento y la
Ley de Causa y Efecto, llamadas Leyes de la Reencarnación y del Karma
respectivamente por los teósofos, que tan a menudo quieren aparecer como
eruditos. Personalmente creo que esta enseñanza tan necesaria habría hecho
progresos más rápidos si los teósofos no se hubiesen dejado llevar por el
espejismo de los términos sánscritos. Si hubieran enseñado la Ley de
Renacimiento en vez de la Doctrina de la Reencarnación y presentado la Ley de
Causa y Efecto en vez de la Ley de Karma, se hubiera producido un
reconocimiento más general de la verdad. No digo esto con espíritu crítico,
porque también sucumbí al mismo espejismo. Echando una mirada retrospectiva a
mis primeras clases y conferencias, no puedo menos que sonreírme del generoso
empleo de frases técnicas con palabras sánscritas, y las detalladas
referencias que hacía sobre la Sabiduría Antigua. Me he dado cuenta que a medida
que he envejecido soy más sencilla y tal vez un poco más sabia.
Cuando descubrí que existe una Ley de
Renacimiento, hallé que muchos de mis problemas, personales e individuales,
podían ser solucionados. Gran parte de quienes estudian la Eterna Sabiduría
les resulta difícil al principio, aceptar el hecho de la Ley de Renacimiento.
Parece ser muy revolucionaria, tendiendo a evocar un espíritu de cansancio y
fatiga espiritual. Una sola vida es lo bastante dura, como para detenernos a
pensar sobre las numerosas vidas que hemos pasado y las que tenemos por
delante. Sin embargo, si comparamos las alternativas de la teoría, resulta ser
la mejor y más aceptable. Existen sólo otras dos teorías que realmente merecen
atención. Una es la alternativa mecánica que considera al hombre como si fuera
puramente material, sin alma y efímero, de manera que cuando muere se disuelve
en el polvo del cual ha salido. El pensamiento, según esta teoría, es simplemente
una secreción del cerebro y de su actividad, así como otros órganos producen su
peculiar secreción fenoménica y, por lo tanto, no existe ninguna finalidad ni
razón para que el hombre exista. Esto yo no podía aceptarlo, ni nadie lo acepta
ampliamente.
Luego tenemos “la creación única”, teoría que
sustenta el cristiano ortodoxo, la cual sostuve sin cerciorarme de su
veracidad. Esta teoría presenta a un Dios inescrutable que trae a la existencia
almas humanas durante una sola vida, y de acuerdo a sus actos y pensamientos en
esa vida así será su futuro eterno. Esto no le concede al hombre un pasado sino
un presente importante y un interminable futuro, que depende de las decisiones
tomadas en una sola vida. Lo que rige las decisiones de Dios, respecto al lugar,
raigambre y dotes, correspondientes al hombre, son desconocidas. Aparentemente
no tiene lógica la actuación de Dios en este Plan de “la creación única”. Me ha
preocupado mucho esta aparente injusticia de Dios. ¿Por qué tenía yo que nacer
en circunstancias tan auspiciosas, rica, hermosa, con buenas oportunidades y
las numerosas experiencias interesantes que la vida me ha deparado? ¿Por qué
tiene que haber gente como aquel mísero soldado, de quien me rescató la
señorita Sandes, que nació pobre, sin don alguno, evidentemente sin raigambre
ni capacidad para lograr éxito en esta vida? Ahora sé por qué podía dejarlo en
manos de Dios; sabía que ambos, él y yo, en su propio lugar, ascenderíamos la
escala de evolución vida tras vida, hasta que algún día, para cada uno de
nosotros, resultaría verdad de que “como Él es, así somos nosotros en este
mundo”.
Me parecía razonable que “lo que un hombre
siembre, eso cosechará”. Me regocijaba que podía citar a San Pablo y al mismo
Cristo para sustanciar estas enseñanzas. Una clara luz se vertía sobre la
antigua teología. Empezaba a descubrir que lo único errado eran las
interpretaciones de la verdad hechas por el hombre, y a darme cuenta de cuán
estúpido era aceptar, tanto de un predicador erudito o un estudioso, lo que
ellos imaginaban que Dios quiso significar. Si estaban en lo cierto,
intuitivamente se sabría, pero la intuición no actúa, a no ser que la mente
esté desarrollada, y eso ha traído mucha dificultad. La masa no piensa y el
teólogo ortodoxo, diga lo que diga, siempre tendrá seguidores. Con la mejor
intención del mundo explota así a los irreflexivos. Se me ocurrió también que
no existía razón para aceptar la interpretación de la Biblia, hace 600 años,
por algún sacerdote o instructor, en una forma probablemente adecuada a ese
tiempo y época, pero no aceptable para esta era y civilización distintas, con
problemas ampliamente diferentes. Si la verdad acerca de Dios es verdadera,
entonces debe ser expansiva e incluyente, no reaccionaria y excluyente. Si
Dios es Dios, Su divinidad debe adaptarse a la divinidad que empieza a surgir
en los hijos de Dios, y hoy un hijo de Dios es una expresión muy distinta de la
divinidad de un hijo de Dios de hace 5.000 años.
Como podrán observar, mi horizonte espiritual se
ampliaba. Se hizo la luz en los cielos, y había dejado de ser un esforzado discípulo,
aislado, abandonado, inseguro de todo y, según yo creía, sin tener nada que
hacer. Percibí lentamente que formaba parte de una gran comunidad de hermanos.
Vislumbré claramente que podía colaborar en el Plan si lo deseaba, buscar a los
que habían trabajado conmigo en vidas anteriores, procurando que mi siembra
fuera buena, y hallar el lugar que me correspondía en la tarea de Cristo. Traté
de acercarme un poco más a esa Jerarquía espiritual, que inconscientemente
siempre supe existía y parecía necesitar colaboradores.
Todas estas cosas empezaron a desarrollarse
gradualmente en mi conciencia entre 1916 y 1917. No surgieron en mí como ideas
bien perfiladas y formuladas, sino como verdades que iba reconociendo
lentamente y a las cuales me ajustaba gradualmente, y debía encontrar la forma
de aplicarlas. Observé mi propia vida. Analicé a mis tres hijas a este
respecto, y lo hallé muy iluminador. Descubrí que el karma que me liga a mi
hija menor Ellison, es principalmente físico. Le salvé la vida año tras año,
con asiduo cuidado. Durante ocho años durmió conmigo, por prescripción médica,
para que pudiera absorber mi vitalidad. Día tras día, vigilándola cuidadosamente
y evitándole practicar ejercicios violentos, trepar a una colina o subir una
escalera, logré curarla de una dificultad cardíaca, siendo hoy la más fuerte de
la familia. Actualmente Ellison ya no me necesita. Se ha casado y es feliz,
reside en la India y tiene dos hijos. Estoy segura que está orgullosa de mí,
pero nuestra relación pertenece al pasado. El vínculo entre mi hija mayor y yo,
es muy íntimo, y probablemente a ello se debe que tengamos terribles reyertas.
Existe entre nosotras un fuerte apego interno y aunque actualmente la veo muy
poco, estoy segura de ella y ella de mí. Mi segunda hija, Mildred, tiene un
karma muy unido al mío. Nos sentimos peculiarmente apegadas una a la otra, sin
embargo sé que ella se siente totalmente libre. Aunque se ha casado dos veces,
hemos estado juntas en las circunstancias más extrañas; le estoy agradecida por
su amor y sobre todo por su amistad. Sería bueno que madres e hijas y padres e
hijos valoraran, algo más de lo acostumbrado, la amistad en sus relaciones.
Estoy convencida de que si pudiera ver retrospectivamente nuestras relaciones
pasadas, de acuerdo a la Ley de Renacimiento, la actual situación feliz entre
mis hijas y yo, sería claramente explicada. No debe inferirse por eso que
siempre nos hemos llevado bien. Han habido escenas tormentosas y malos
entendidos. No siempre me han comprendido, y con frecuencia me han hecho
sufrir, deseando cambiar las cosas, en la esperanza de que actuaran de modo
distinto, etc., etc.
Hacia fines de 1917 Walter Evans fue a Francia con
la Asociación Cristiana de Jóvenes, y el Obispo, amigo mío, arregló para que
me asignaran cien dólares mensuales de su salario, que esta Asociación me
enviaba directamente, hasta que terminó su trabajo con ellos. Esa suma, más mi
pequeña renta, que empezó a llegarme regularmente, permitió dejar mi tarea en
la fábrica envasadora de sardinas y hacer otros planes. Mi trabajo en la logia
teosófica de Pacific Grove comenzaba a dar resultados y yo empezaba a ser
conocida como estudiante.
En vista de que mis finanzas eran más o menos
estables, me sugirieron ir a Hollywood, donde estaba la Sede de la Sociedad
Teosófica, en Crotona. Decidí mudarme, y nos fuimos a fines de 1917. Encontré
una pequeña casa cerca de esa sede y me establecí allí con las niñas en
Beechwood Drive.
Hollywood no estaba entonces tan corrompida. La
industria cinematográfica era por supuesto la más importante, pero en esa época
la ciudad era muy sencilla. Las calles principales estaban bordeadas por
árboles de pimienta y no había la inquietud, el impetuoso impulso ni el falso
brillo y fulgor de la moderna Hollywood de hoy. En esos días era un lugar
mucho más apacible y reposado. Quiero dejar constancia de la impresión
perdurable que llevé cuando dejé la ciudad, respecto a la rectitud, amabilidad,
amplitud y comprensión de los grandes artistas de cine. He conocido a muchos de
ellos, y son magníficos y humanos. Por supuesto, existe cierto elemento malo,
pero ¿en qué sector de la sociedad humana no lo hay? En todos los grupos,
comunidades, clases y organizaciones, tenemos gente mala. Hay también personas
extraordinariamente buenas, otras de absoluta mediocridad, que no tienen
suficiente desarrollo para ser muy buenas o muy malas.
Hace algunos años, estando en Nueva York y
encontrándome en un taxi por la Quinta Avenida, de pronto el conductor se
volvió y me preguntó: “Dígame señora, ¿ha conocido usted alguna vez a un judío
bueno?” Le respondí que sí, efectivamente, y que algunos de mis amigos más
íntimos eran judíos. Entonces me preguntó si había conocido algún judío malo, y
le contesté que había conocido muchos. El hombre me interrogó luego si conocía
algún cristiano bueno, y naturalmente le repliqué: “Por supuesto, en realidad
creo ser uno de ellos”. Y a continuación, si conocía algún cristiano malo y
también mi respuesta fue afirmativa. “Entonces señora, usted verá que sólo
quedan seres humanos”. Tal ha sido mi experiencia en todas partes. No importa a
qué raza o nación pertenezcamos, en el fondo, básicamente, todos somos iguales.
Cometemos las mismas faltas, tenemos iguales fracasos, las mismas urgencias y
aspiraciones, las mismas metas y deseos; creo que debemos comprender esto en
forma más aguda y práctica.
Necesitamos también liberarnos de la impronta que
en nosotros ha plasmado la historia y sus nacionalismos cristalizantes. La historia
de cada nación es penosa, y condiciona nuestro pensamiento. Grandes formas
mentales nacionales rigen las actividades de cada nación, y de ellas debemos
liberarnos. Podemos comprobarlo fácilmente si observamos a alguna de las
naciones más destacadas y sus características. Tomemos los Estados Unidos por
ejemplo. Los Padres Peregrinos dejaron en este país su sello y marca, pero
estoy de acuerdo con un amigo cuando dice que los verdaderos fundadores de
esta parte de América fueron las valientes madres peregrinas, pues se
adaptaron a vivir con los padres peregrinos, siendo femenina la civilización de
los Estados Unidos. Esos Padres Peregrinos deben haber constituido un grupo de
hombres de mente estrecha, duros, que se creían superiores, de difícil convivencia
y que siempre tenían razón.
La cautela, la reticencia y el sentido de
superioridad de los británicos es algo que ellos mismos debieran superar;
también debe ser restablecida para bien de Europa, e igualmente superada la
certeza de los franceses acerca de la gloria de Francia, que la convirtió en
guía durante la Edad Media. Toda nación tiene fallas destacables, de las cuales
las demás naciones son conscientes, más que de sus virtudes. La vivencia de
América se olvida ante la irritabilidad que evoca nuestra jactancia. La
justicia inherente al británico no se tiene en cuenta cuando vemos que el
mismo británico rehúsa dar explicaciones acerca de sí mismo. El brillante
intelecto francés no es acentuado por quienes son conscientes de la total
carencia de conciencia internacional por parte de Francia. Hoy día, los Estados
Unidos, con su juventud exuberante, su prometedora seguridad y su habilidad
juvenil para solucionar sus propios problemas y los del resto del mundo, va
llevando esa herencia hacia un futuro de utilidad maravillosa y de belleza sin
parangón.
Las mismas criticas y virtudes podrían adjudicarse
a cada nación, y lo mismo sucede con la gente. Todos tenemos fallas muy
manifiestas que nos denuncian ante el mundo en forma tan elocuente, que
nuestras virtudes igualmente manifiestas son olvidadas. Una de las cosas que
más me molestaba cuando empecé a escribir esta autobiografía, fue el temor de
que, inconscientemente quizás y sin deliberada intención, me colocara en la
mejor posición posible. Tengo buenas cualidades; no puedo ser desviada de mis
propósitos; amo realmente a la gente; no tengo el menor orgullo. Tengo fama de
orgullosa, y creo que se debe principalmente a mi apariencia; acostumbro a
caminar muy erecta y con la cabeza erguida, pero así andaría todo aquel que
(como discípulo en un aula) hubiese tenido que dar lecciones con tres libros
sobre la cabeza y una ramita de espinoso muérdago bajo la barbilla. No creo ser
egoísta ni pienso mucho en mi salud; creo poder decir honestamente que no
practico la autoconmiseración. Soy normalmente conservadora, y aunque
acostumbraba a ser muy criticona, ya no lo soy, porque tengo la virtud de ver
por qué la gente es como es, pues a pesar de sus fallas, mi actitud hacia ella
no se altera. No guardo rencor, quizás debido a que estoy demasiado ocupada y
porque no admito el menor vestigio de veneno en mi alma. Sé que tengo un
carácter irritable y admito que a los demás les resulte difícil convivir
conmigo, porque me obligo a mí misma y a los que están asociados conmigo; pero
mi falla más destacable, la cual me ha causado más dificultades durante mi
vida, es el temor.
Menciono esto deliberadamente, por haber
descubierto que mis amigos y estudiantes sienten gran alivio cuando se dan
cuenta que he sido víctima del temor toda mi vida, y esto los ayuda. He temido
al fracaso, a tener defectos, a lo que la gente pudiera pensar de mí, y temo a
la oscuridad y también a que la gente me considere superior. Siempre me ha
parecido perjudicial ser puesta en un pedestal y considerada de esa manera. En
esto estoy de acuerdo con el proverbio chino que dice: “Quien está colocado en
un pedestal no puede moverse sino para descender de él”. Encuentro irritante
la actitud que adoptan los guías de grupo o instructores esotéricos, así como
la de muchos sacerdotes y clérigos. Adoptan una pose como si realmente fueran
los ungidos del Señor; actúan como si fueran distintos de los demás, y no como
seres humanos que tratan humildemente de ayudar a sus semejantes. Como
resultado de mi raigambre y entrenamiento, sentía temor por lo que la gente
podía decir. Esto ya no me preocupa, pues he descubierto que con razón o sin
ella, siempre estamos equivocados para cierto sector del público. La mayoría de
mis temores se deben a otras personas (mi esposo y mis hijas); además siento un
miedo personal que nunca he podido desarraigar, es el temor a la oscuridad de
la noche, si me encuentro sola en la casa o departamento. Nunca conocí lo que
era este temor, hasta que trabajé en el Hogar para soldados en Quetta; en esa
época tuve una experiencia que significó mucho para mí, y aunque no he
permitido que afectara mis actos, tuve que luchar contra ella, por eso enseñé a
mis tres niñas a no temer a la oscuridad.
Mi compañera de tarea se había enfermado gravemente de tifus. La
cuidé durante la crisis, hasta que la llevaron al hospital, quedándome
completamente sola en el enorme edificio; siendo entonces muy joven y muy
decente, no permití que los dos administradores del Hogar (dos ex soldados
ingleses) durmieran en la misma casa, porque pensé que ello daría ocasión a
murmuraciones y habladurías, de modo que cada noche, cuando los soldados se
iban, uno de los administradores me acompañaba hasta mi cuarto; a las 11.30 p.
m. más o menos echaba un vistazo al baño y armarios, miraba debajo de la cama y
cerraba con llave todas las puertas que daban a mi habitación. Luego estaba
atenta cuando cerraba las otras habitaciones. Mi dormitorio tenía cuatro
puertas; una daba a la galería, otra a la sala, una tercera a la habitación de
mi compañera y otra al baño. Nunca me sentí nerviosa y la requisa de mi
habitación fue una precaución de ese buen hombre. Mi cama ocupaba exactamente
el centro de la habitación y tenía las patas dentro de hondos platillos con
agua, en prevención de los insectos. En esa época, en la India, se dormía
siempre con una lámpara encendida.
Cierta vez me desperté a las dos de la mañana, al
oír un ruido en la sala, y vi que el picaporte de la puerta se movía y daba
vuelta. Afortunadamente estaba con llave. Sabía que no podía ser uno de los
administradores, no pude ver ni oír al sereno, y pensé que sería algún montañés
o ladrón que trataba de llegarse hasta la sala donde estaba la caja fuerte.
Muchos cientos de rupias se depositaban allí cada noche. Era esa época del año
en que se permitía a las tribus montañesas bajar hasta el acantonamiento. Se
doblaban las guardias y se tomaban las debidas precauciones para mantenerlas
bajo vigilancia, pues en la frontera se vivían días tormentosos. Sabía que si
lograban entrar en mi habitación significaría mi fin, porque era una gran
virtud matar a una mujer blanca. Me veía con un cuchillo clavado en el corazón.
Durante cuarenta y cinco minutos, sentada en la cama, observé cómo trataban de
derribar las sólidas puertas. Sin duda no se atrevían a ir hasta la puerta de
la galería por temor a ser vistos, y para llegar hasta mí por el baño o por la
otra habitación, hubieran tenido que derribar dos puertas en cada caso, a
riesgo de hacer demasiado ruido. Descubrí entonces que cuando el temor alcanza
cierto grado de intensidad, nos sentimos tan desesperados que enfrentamos
cualquier peligro. Me levanté, abrí la puerta y vi a los administradores que se
consultaban para golpear la puerta y despertarme, sin saber si estaba viva o
muerta. Habían dormido en carpas en el jardín y capturado a dos montañeses, y
muy estúpidamente no se les había ocurrido golpear fuerte la puerta y llamarme,
pues en ese caso no me hubiese asustado. Después de este episodio, mi servidor,
el viejo Bugaloo, durmió siempre afuera en la galería, donde podía llamarlo
fácilmente.
Dos o tres meses después, regresé a mi patria, y
fui a pasar varias semanas a una antigua casona escocesa, como lo hacía muchos
años, en mi infancia. En la casa había muchos huéspedes, dieciocho más o menos,
y por error cierta noche un hombre muy simpático entró en mi alcoba (porque su
habitación era contigua a la mía). Había estado leyendo hasta tarde en la
planta baja, y mientras subía, el viento le apagó la vela y al mismo tiempo
abrió la puerta de mi habitación. Creyó que encontraría la suya fácilmente,
palpando la pared, ya que su habitación estaba al lado de la mía. Al hallarse
con una puerta abierta, pensó lógicamente que era la de su habitación. Entre
tanto el viento me había despertado, y al saltar de la cama para cerrar la
ventana, tropecé con él. Esto que coronaba mi experiencia de unos meses atrás,
agravó las cosas y contribuyó a cimentar un estado de temor que nunca he podido
vencer.
He tenido otros dos grandes sustos en mi vida al
encontrarme sola en una casa, y no pretendo tener valor, excepto no permitir
que condicionen mis actos y poder quedarme sola cuando me veo obligada a ello.
Me aterrorizan las cosas que puedan sucederle a mis hijas, y como tengo una
excesiva imaginación, sé que gran parte de mi vida la he destinado a
preocuparme de cosas que nunca han sucedido.
El temor es la característica básica de la
humanidad. Todo el mundo tiene miedo, y cada uno siente temor hacia algo
especial. Si alguien me dice que nunca tuvo miedo, miente. Siente temor a algo.
No hay por qué avergonzarse de ello y, con frecuencia, cuanto más evolucionada
y sensible es una persona, mayores son sus temores. Independientemente de sus
temores y fobias particulares, las personas sensibles son propensas a
sintonizar los temores, depresiones y terrores de los demás. Por lo tanto
captan temores que no les pertenecen, pero son incapaces de diferenciar los
propios e innatos. Esto es muy cierto en la actualidad. Temor y terror rigen el
mundo y muy fácilmente la gente es dominada por el temor. La guerra engendra el
temor, y Alemania con sus tácticas terroristas lo utilizó e hizo todo lo
posible por acrecentarlo en el mundo. Tomará mucho tiempo eliminar el temor,
pero avanzamos un paso cuando hablamos o trabajamos por la seguridad de todos.
Existen escuelas de pensamiento que enseñan que el
temor materializará aquello que tememos si nos dejamos llevar por él. Personalmente
no lo creo, porque durante mi vida temí por cosas que nunca se produjeron, y
como poseo un fuerte poder mental hubiera podido materializar algo fácilmente.
Quizás se pregunten: ¿cómo se puede combatir el temor? Bien, sólo puedo
explicar lo que me ha dado buenos resultados. Nunca combato el temor. Adopto
la posición positiva de que si es necesario puedo vivir con mis temores sin
prestarles atención. No lucho contra ellos ni discuto conmigo misma;
simplemente reconozco mis temores por lo que son, y sigo adelante. Creo que la
gente debe aprender a aceptar con más paciencia las cosas como son y no perder
el tiempo forcejeando consigo mismo y con sus problemas individuales. Los problemas
de otros nos resultan más provechosos desde el punto de vista de la ayuda
general. La concentración en el servicio puede llevar y en verdad lleva, al
olvido de sí mismo.
También me he interrogado: ¿por qué no he de sentir
temor? Todo el mundo lo tiene y quién soy yo para estar exenta de la suerte
común. Este mismo argumento puede ser aplicado a muchas cosas. Hay escuelas de
pensamiento que engañan al público cuando le dicen que, por ser divino, el
hombre está exento de dolor, mala salud y pobreza. Por supuesto, la mayoría son
sinceras, pero su énfasis es erróneo, pues obligan a pensar que el bienestar
material y la prosperidad son de enorme importancia, que todos tienen derecho
a ello y que lo obtendrán si afirman su divinidad, la cual poseen, pero no
están suficientemente evolucionados para expresarla. ¿Por qué debo estar yo
exenta de esas cosas cuando toda la humanidad sufre por ellas? ¿Por qué he de
ser rica, si ni la pobreza ni la riqueza tienen importancia? ¿Quién soy yo para
disfrutar de una salud perfecta, cuando el destino de la humanidad, en esta
época, parece ser todo lo contrario? Creo firmemente que cuando por medio del
proceso evolutivo, pueda expresar con toda plenitud la divinidad que mora en
mí, gozaré de perfecta salud. No me importara ser rica ni pobre ni tampoco
popular entre otras personas.
Expongo esto objetivamente, porque tales doctrinas
engañosas arrastran la conciencia pública y conducen eventualmente a la
desilusión. Llegará el momento, cuando nos liberemos de todos los males de la
carne, que obtendremos un sentido distinto de los valores y no utilizaremos
nuestros poderes divinos para obtener bienes materiales. Todas las cosas buenas
llegan a los que viven inofensivamente y son al mismo tiempo bondadosos y
considerados. La inofensividad es la clave de todo, y dejo que descubran por
sí mismos cuán difícil resulta ser inofensivos en palabra, acción y
pensamiento.
La vida en Hollywood se me hizo más fácil. Mis niñas estaban en
edad para asistir a la escuela y al jardín de infantes. Hice muchos amigos, y
en Crotona los jardines de la Sede Teosófica, eran hermosos. La comunidad
consistía de más o menos quinientas personas, algunas de las cuales vivían
allí y otras en Hollywood o Los Angeles. Había salones para conferencias,
aulas, un santuario, donde se reunían los miembros de la sección esotérica, y
una cafetería. El lugar era muy bien administrado y al llegar me pareció un
paraíso terrenal, considerando a todos profundamente espirituales. Creí que
los dirigentes e instructores eran por lo menos iniciados de alto grado. Asistí
a reuniones y clases y aprendí mucho, por lo que estoy muy agradecida. Después
de poco tiempo, se me pidió encargarme de la cafetería y, bendita ignorancia,
acepté muy regocijada la responsabilidad. Por supuesto era un establecimiento
estrictamente vegetariano, y me había hecho vegetariana desde que conocí las
enseñanzas teosóficas. Mis hijas nunca habían probado carne, pollo ni pescado,
y yo sufría del común complejo de superioridad que tan a menudo caracteriza en
forma destacada al vegetariano.
Estoy convencida de que en la vida de todo
discípulo llega siempre una etapa en que se debe ser vegetariano. Del mismo
modo llega una vida en que el hombre o mujer deben ser célibes. Esto sirve para
poder demostrar el control adquirido sobre la naturaleza física. Cuando uno ha
aprendido a ejercer ese control y ya no es atraído por los apetitos de la
carne, puede casarse o no, comer carne o no y hacer lo que mejor le plazca o le
indique su karma o las circunstancias. Una vez logrado, la situación cambia. Las
disciplinas físicas constituyen un aspecto del entrenamiento, y cuando se
aprende la lección, ya no son necesarias.
El argumento que presenta el vegetarismo, basado
en la crueldad de sacrificar animales para comerlos, quizás no sea tan sólido
como lo creen las personas de tipo emocional y sentimental. Mucho me ha
preocupado esto pues amo a los animales. Quisiera hacer dos sugerencias que me
fueron muy útiles. Hay una ley de sacrificio que rige todo el proceso
evolutivo. El reino vegetal extrae su sustento del reino mineral, porque sus
raíces están hundidas en el reino mineral. El reino animal extrae en gran
escala su sustento del reino vegetal y vive de la vida de ese reino. Algunos
animales superiores son carnívoros y, de acuerdo a la ley de evolución, son
presa uno de los otros, no siendo inducidos a ello por el pensamiento del
hombre, como pretenden algunos fanáticos. En consecuencia, podría decirse que
el reino humano extrae su sustento del reino animal y, debido a que el hombre
es el macrocosmos para los otros tres reinos inferiores, podría suponerse,
lógicamente, que extrae su vida de los otros tres, y así lo hace. En las
antiguas escrituras de Oriente se indica que el reino humano es “el alimento de
los dioses”, y con esa afirmación se completa la gran “cadena del sacrificio”. Mi segundo punto se
refiere a la Ley de Causa y Efecto o de Karma, como la denominan los teósofos.
En la época del hombre primitivo el género humano era víctima del reino animal
y carecía de toda defensa. En el pasado los animales salvajes acechaban a los
seres humanos. La Ley de Retribución rige en todos los reinos. Posiblemente
esta ley sea uno de los factores que ha llevado a la humanidad hacia el. Forjé
esto en mi propia conciencia, a su debido tiempo, pero no con rapidez.
Me hice cargo de la cafetería y aprendí a ser una buena
cocinera vegetariana. Mi primer quehacer en Crotona fue vaciar los recipientes
de desperdicios. Como verán, comencé desde abajo. Observaba con mucho interés a
la gente, la mayoría desconocida para mí. Francamente muchos de ellos me
agradaban y muy pocos me disgustaban. Llegué a dos conclusiones: que a pesar de
todo lo que se dice sobre dietas equilibradas, ellas no eran particularmente
saludables, y descubrí también que cuanto más rígido y sectario era su
vegetarismo, tanto más criticón parecía ser el individuo. Había en Crotona
vegetarianos que no querían comer queso, leche ni huevos, porque son productos
animales, creyéndose excesivamente buenos y en camino hacia la iluminación
espiritual, pero la reputación de nadie se libraba de ellos. He estado
pensando sobre esto y llegué a la conclusión de que más vale comer un pedazo de
carne y tener una lengua compasiva, que ser estrictamente vegetariano y mirar
el mundo desde un pedestal de superioridad. Por otra parte debo señalar que las
generalizaciones son inexactas. He conocido muchos vegetarianos encantadores,
amables y buenos.
En 1918 descubrí quién fue mi visitante en Escocia
cuando tenía15 años. Había sido admitida en la sección esotérica (S. E.) de la
Sociedad Teosófica, y asistía a las reuniones. La primera vez que entré en el
santuario vi los conocidos retratos de Cristo y de los Maestros de Sabiduría,
como los denominan los teósofos.
Me sorprendió ver el retrato de mi visitante,
mirándome directamente. No había error posible. Era el hombre que había
entrado en la sala de la casa de mi tía, y no el Maestro Jesús. Siendo muy
inexperta, salí en busca de uno de los antiguos pobladores de Crotona y
pregunté el nombre de ese Maestro. Me dijo que era el maestro K. H. Luego
cometí un error fundamental, y desde entonces tuve que pagarlo. Creyendo que
les agradaría, y sin la más mínima intención de ser jactanciosa, con toda
inocencia dije: “Oh, ha de ser mi Maestro, porque he conversado con Él y he
estado bajo Su guía desde entonces”. La persona a quien me dirigí me miró y
dijo con tono cortante: “¿Debo entender que usted se considera un discípulo?”.
Por primera vez en mi vida enfrenté la técnica de la rivalidad en la Sociedad
Teosófica. No obstante, fue una lección saludable que me resultó benéfica.
Aprender a callar es algo esencial en el trabajo grupal, y constituye una de
las primeras lecciones que todo afiliado a la Jerarquía debe aprender.
Durante todo ese tiempo las niñas crecían y
aprendían, y eso me deleitaba. En las breves y ocasionales cartas de Walter
Evans nada había que indicara un cambio, y empecé a considerar nuevamente la
necesidad de obtener el divorcio. A medida que se aproximaba el fin de la
guerra, consulté a un abogado, quien me dijo que no habría dificultades.
En enero de 1919 conocí a Foster Bailey, y después
que se me acordó el divorcio, nos comprometimos para casarnos. Los trámites
para el divorcio fueron iniciados antes de conocernos. Estaba asustada y temía
el juicio al respecto, pero no pudo ser más simple. La evidencia presentada era
muy buena, y los testigos de inmejorable reputación. Una vieja amiga, que me
conocía desde largo tiempo, la señora Weatherhead, me acompañó al juzgado. Presté
el juramento de práctica. El juez me hizo una o dos preguntas respecto a la
residencia y edad de las niñas, luego dijo: “He leído las declaraciones de sus
testigos, señora Evans, tome el edicto y asuma la custodia de sus hijas. Buenos
días. Venga el siguiente caso”. Así terminó ese ciclo. Era libre y sabía que
había hecho lo mejor que podía hacer por las niñas. California es uno de los
estados donde es más difícil obtener el divorcio, y la rapidez con que se
desarrolló mi juicio testifica la razón que me asistía y la correcta evidencia
de mi caso. Walter Evans no presentó querella.
En el trascurso del año 1919 Foster Bailey y yo
estuvimos cada vez más activos en la obra teosófica, e íntimamente unidos a
nosotros estaba el doctor Woodruff Shepherd. Entonces yo vivía en Beechwood
Drive con las tres niñas, y Foster Bailey vivía en una carpa en Crotona.
Había sido desmovilizado después del armisticio,
pero tuvo licencia varios meses por enfermedad, pues el avión que piloteaba se
estrelló mientras entrenaba observadores del ejército. Me fue presentado por
Dot Weatherhead, después de una conferencia que yo había dado en Crotona, y
también me introdujo en la verdad esotérica y me hizo conocer dicho lugar.
Foster Bailey resume su recuerdo de esa presentación, en las palabras
siguientes: “Todo lo que vi fue un montón de cabellos y una mujer huesuda”.
Siempre he tenido mucho cabello. Es herencia de familia y mis tres hijas
tienen una abundante y hermosa caballera. Nunca olvidaré una observación de mi
hija mayor, Dorothy (famosa por sus frases de doble sentido). Un día en
Inglaterra me había lavado la cabeza y estaba sentada en el jardín de Ospringe
Place en Favershan, secándome el cabello. Dorothy se asomó a una ventana y
gritó: “Oh, mamá, si pudieras dar la espalda a la gente para que vieran sólo tu
hermosa cabellera, nunca sabrán lo vieja que eres”.
Hacia fines de 1919, el señor Bailey fue elegido
Secretario Nacional de la Sociedad Teosófica, al señor Shepherd lo nombraron
director de publicidad y yo fui designada editora de la revista “The
Messenger”, de esa sección, y presidenta del comité que dirigía en Crotona.
Todos los aspectos del trabajo y los distintos reglamentos y principios que
regían la administración quedaron a nuestra disposición. El Secretario General,
A. P. Warrington era íntimo amigo nuestro y todos los trabajadores más antiguos
también lo eran, por lo cual parecía reinar la más completa armonía y
verdadero espíritu de colaboración. Poco a poco, sin embargo, empezamos a
descubrir cuán superficial era esa armonía. Lentamente nos introdujimos en un
período muy difícil y deprimente. Dedicábamos nuestro afecto y lealtad personal
a nuestros amigos y miembros de la comisión ejecutiva; pero nuestro sentido de
justicia y nuestra adhesión a los reglamentos eran constantemente traicionados.
La verdad de las cosas es que, en la administración de la Sociedad Teosófica,
en los Estados Unidos y en mayor grado en Adyar (centro internacional), eran
entonces reaccionarios y anticuados en cuanto a un nuevo acercamiento a la vida
y a la verdad; la libertad de interpretación y la impersonalidad constituían
las características que debían regir los principios y métodos, pero no sucedía
así.
La sociedad se había fundado para establecer la
fraternidad universal, pero estaba degenerando en un grupo sectario que se
preocupaba más en fundar y sostener logias y aumentar el número de miembros,
que difundir entre el público las verdades de la Sabiduría Eterna. La norma de
no admitir a nadie en la sección esotérica, para recibir enseñanza espiritual,
a no ser que fuera miembro de la Sociedad Teosófica durante dos años, prueba lo
antedicho. ¿Por qué no debía darse enseñanza espiritual a una persona, hasta no
haber demostrado durante dos años lealtad a la organización? ¿Por qué debía
exigirse a los miembros romper sus vínculos con otros grupos y organizaciones
y prometer lealtad a lo que se denomina “Guía Externo” de la sección exotérica,
cuando la única expresión de lealtad debería ser dedicación y servicio al
semejante, a la Jerarquía espiritual y ante todo a la propia alma? Ninguna
persona tiene el derecho de exigir hacia ella lealtad espiritual. Lo único que
se le puede exigir al ser humano es, ante todo, lealtad a su propia divinidad
interna, el alma, y más tarde al Maestro, bajo Cuya guía puede servir más
eficazmente a sus semejantes.
Recuerdo que en una de las primeras reuniones de
la sección esotérica a que asistí, la señorita Poutz, secretaria entonces de
esa sección, hizo la asombrosa declaración de que nadie en el mundo podía ser
discípulo de los Maestros de Sabiduría, a no ser que la señora Besant se lo
notificara. Esa afirmación destruyó mi espejismo, aunque no hablé con nadie
sobre ello, excepto con Foster Bailey. Sabía que era discípula del Maestro K.
H. y que lo había sido hasta donde podía recordarlo. Evidentemente la señora Besant
me había pasado por alto. No podía entender por qué los Maestros, que se
suponen poseen conciencia universal, habrían de buscar Sus discípulos
únicamente en las filas de la Sociedad Teosófica. Sabía que eso no podía ser,
y también que Ellos no podían tener una conciencia tan limitada; más tarde
conocí a muchos discípulos de los Maestros que jamás habían estado en contacto
con la Sociedad Teosófica ni oído hablar de ella. Justamente cuando creí haber
hallado un centro de luz y comprensión espirituales, descubrí que me había
metido en una secta.
Entonces nos dimos cuenta que la sección esotérica
ejercía un dominio absoluto sobre la Sociedad Teosófica. Los miembros eran
buenos únicamente si aceptaban la autoridad de la sección esotérica y estaban
de acuerdo con todos los dictámenes del “Guía Externo”, y si eran leales a las
personas recomendadas por los dirigentes de la sección esotérica de cada país.
Algunos de los dictámenes eran ridículos. Muchos de los recomendados eran mediocres,
hasta la enésima potencia. Otros considerados iniciados, no eran
particularmente inteligentes ni amorosos, porque el amor y la inteligencia en
su máxima medida es la característica del iniciado. Siempre había rivalidades
y pretensiones entre los miembros más avanzados y, por lo tanto, una lucha
constante entre personalidades, lucha que no se limitaba a batallas orales,
sino que se expresaba también en artículos aparecidos en revistas. Nunca
olvidaré el espanto que me causó lo que me dijo alguien en Los Ángeles: “Si
quiere saber lo que no es la fraternidad, vaya a vivir a Crotona”, ignoraba que
yo vivía allí.
La situación era muy seria, y tan grande la
separación en la sección que defendía la fraternidad, la impersonalidad, la sencillez
y la dedicación al servicio de la humanidad, que Foster cablegrafió a la señora
Besant comunicándole que si la sección esotérica seguía dominando a la Sociedad
Teosófica, dicha sección sería atacada muy seriamente a corto plazo. Fue
entonces que la señora Besant envió a B. P. Wadia a los Estados Unidos para investigar
y averiguar que pasaba; en consecuencia se hicieron reuniones oficiales,
actuando como árbitro Wadia. Foster, el doctor Shepherd, yo y muchos otros,
representábamos al sector democrático; el señor Wárrigton, la señorita Poutz y
sus adherentes, representaban la parte autoritaria y dominante de la sección
esotérica. Nunca en mi vida había estado mezclada en las querellas de una
organización, siendo un período no muy grato. Apreciaba a algunas de las
personas del sector opuesto, lo cual me perturbaba excesivamente. Con el
tiempo, la dificultad se extendió a toda la sección, y los miembros iban
renunciando.
Mientras tanto trabajábamos intensamente en nuestras
oficinas de la Sociedad Teosófica; las niñas estaban bien, teníamos proyectado
casarnos en cuanto las cosas estuvieran más o menos estabilizadas. Nuestra
renta se había reducido seriamente. Los salarios de Crotona ascendían a diez
dólares semanales. Después del divorcio Walter Evans no me remitía dinero.
Foster nada poseía en esa época. Había abandonado su trabajo de abogado durante
la guerra, aunque intentaba reasumirlo. Era una antigua profesión de la
familia, y cuando sólo tenía veintiocho años ganaba anualmente grandes sumas de
dinero. Abandonó todo, a fin de ayudarme en el trabajo que ambos llevaríamos a
cabo y que gradualmente se iba configurando; éste fue uno de los muchos
sacrificios que hizo cuando decidió compartir mi destino. Las niñas lo adoraban
y lo adoran, y las relaciones se han mantenido siempre muy afectuosas, lo cual
significó para él un gran sacrificio. Desde el principio el cariño fue mutuo.
Una vez, al venir él por Beechwood Drive con el propósito de visitarme, conoció
a Dorothy, la mayor, cuando ésta tenía más o menos nueve años. De pronto oyó
chillidos y gritos proveniente de un árbol que estaba frente a él. Al ir
apresuradamente al lugar, vio a una niña en una rama, colgando de las piernas.
La miró y dijo simplemente: “Déjate caer”, y ella cayó en sus brazos; desde entonces
a menudo dice que, simbólicamente, ella ha estado siempre en sus brazos. A
Mildred la conoció gravemente enferma, atacada de sarampión reprimido, con
altísima fiebre, sin saber qué mal la aquejaba. Mildred es de carácter
básicamente introvertido y no era extraño que sufriera de sarampión
“reprimido”. Tratamos de localizar a un especialista; mientras tanto una amiga,
la señora Copley Enos y yo, nos pasábamos el día envolviéndola en sábanas
mojadas, a fin de bajarle la fiebre. Foster vino a ayudarnos. Al penetrar en la
habitación, Mildred lo miró, y desde ese momento han sido íntimos. Conoció a
Ellison como una niña gorda y muy sucia que hacía tortas de barro en el fondo
de la casa.
Por lo tanto, la vida de Foster y la mía se
desenvolvía vinculada con el trabajo de relaciones públicas, proyectando y
haciendo arreglos para el futuro. La situación de la Sociedad Teosófica era
cada vez más difícil; se estaban haciendo preparativos para la convención de
1920, cuando hizo crisis la situación. Respecto a mi experiencia interna, debo
decir que la Sociedad Teosófica me había desilusionado, lo mismo que el
cristianismo ortodoxo, aunque la situación no era tan aguda, porque grandes y
fundamentales verdades básicas habían llegado a tener significado para mí,
pues Foster y yo teníamos planeado casarnos y ya no me encontraba sola.
Llego ahora a un acontecimiento de mi vida del
cual no me atrevo a hablar. Concierne el trabajo que estuve realizando en los
últimos veintisiete años, que fue mundialmente reconocido y ha despertado la
curiosidad de todo el mundo. A veces he sido puesta en ridículo y han
sospechado de mí, lo cual comprendo perfectamente, pues hasta yo sospechaba de
mí misma. Me pregunto por qué me ocupo de este asunto y no sigo la norma que
hasta ahora me he fijado, dejar que mi trabajo y los libros hablen por sí mismos
y constituyan la mejor defensa. Creo que tengo dos razones.
Ante todo, deseo señalar el estrecho vínculo que
la Jerarquía interna de Maestros establece con los hombres, y también allanar
el camino para esas personas que realizan el mismo tipo de trabajo, siempre
que sea el mismo. Existen numerosos aspectos de tos llamados escritos síquicos.
Las personas no saben distinguir entre la expresión de un pensamiento ansioso,
o el surgimiento de un subconsciente bueno, dulce, bien intencionado y
cristiano, o un escrito automático, la captación de corrientes mentales (que todos
lo hacen), o el fraude directo; además hay esos escritos que son el resultado
de una fuerte sensibilidad telepática subjetiva y la respuesta a la impresión
proveniente de ciertas y elevadas fuentes espirituales. Repetidas veces
aparecen en la Biblia las palabras: “Y el Señor dijo” y algún profeta o vidente
lo escribió. Gran parte de ello es hermoso y de importancia espiritual. Sin
embargo, casi todo lleva la firma de la frágil humanidad que expresa sus ideas
acerca de Dios, Su celo, Su espíritu de venganza y Su sed de sangre. Se dice
que los grandes músicos oyen sinfonías y corales por medio del oído interno y
que las traducen en signos musicales. ¿De dónde sacan nuestros grandes poetas y
artistas su inspiración, a través de las edades? La extraen de una fuente
interna de belleza.
El tema se ha desacreditado, debido a los
innumerables escritos de carácter metafísico y espiritista, de erudición muy
pobre, cuyo contenido es tan inferior y mediocre, que las personas cultas se
mofan y no se molestan en leerlos. En consecuencia quisiera demostrar que
existe otro tipo de impresión e inspiración que puede dar como resultado
escritos fuera de lo común, e impartir las enseñanzas que requieran las
generaciones futuras. Digo esto con toda humildad, pues soy sólo la pluma o el
lápiz, la taquígrafa o trasmisora de la enseñanza de alguien a quien
reverencio y respeto y he sido muy feliz en servirlo.
En noviembre de 1919 establecí mi primer contacto con El
Tibetano. Había enviado a mis hijas a la escuela y, con la idea de tener
algunos minutos para mí, salí en dirección a una colina, cerca de la casa. Allí
me senté y comencé a reflexionar, cuando de pronto me sentí alarmada, y presté
atención. Oí lo que me pareció una clara nota musical, emitida desde el cielo,
resonando en la colina y dentro de mí. Entonces escuché una voz que decía:
“Deberán escribirse ciertos libros para el público. Tú puedes escribirlos. ¿Lo
harás?” Inmediatamente respondí: “No, de ninguna manera. No soy una vulgar
síquica, ni quiero ser atrapada en ello”: Quedé sorprendida al darme cuenta que
hablaba en voz alta. La voz continuó y dijo que las personas inteligentes no
juzgan precipitadamente, que yo tenía un don especial para la telepatía
superior y lo que se me pedía no implicaba aspecto alguno de psiquismo
inferior. Repetí que no me importaba ni interesaba un trabajo de carácter
psíquico. El ser invisible que me hablaba tan clara y directamente dijo
entonces que me daría tiempo para reflexionar, que en ese momento no aceptaría
mi respuesta y volvería exactamente dentro de tres semanas para saber qué habla
decidido.
Me sacudí como quien despierta de un sueño,
regresé a casa y olvidé el hecho por completo. No pensé más en lo ocurrido ni
se lo conté a Foster. Durante cierto lapso nunca lo recordé, pero al finalizar
las tres semanas, una noche estando sentada en la salita, después que mis hijas
se habían acostado, oí nuevamente la voz para proponerme lo mismo. Volví a
rehusar, pero mi interlocutor me rogó que volviera a considerar la propuesta,
por lo menos un par de semanas más, y ver qué podía hacer. Esto despertó mi curiosidad,
pero aún no estaba convencida. Decidí probar por un par de semanas o un mes,
para determinar mi decisión. Durante esas semanas recibí los primeros
capítulos de “Iniciación Humana y Solar”.
Quiero dejar bien aclarado que el trabajo que hago
de ninguna manera está relacionado con la escritura automática. La escritura
automática, con excepción de rarísimos casos (desgraciadamente cada cual cree
que su propio caso es la excepción), es muy peligrosa. Nunca se supone que un
aspirante o discípulo sea un autómata y que tampoco deje de controlar
conscientemente alguna zona de su equipo. Si lo hace, entra en un estado de
negatividad peligrosa. El material recibido es generalmente mediocre. No contiene
nada nuevo y con frecuencia se olvida a medida que trascurre el tiempo. Muchas
veces el estado negativo del sujeto permite la entrada a una segunda fuerza,
la cual, por razones especiales, no es de un grado tan elevado como la primera.
Luego existe el peligro de la obsesión. Hemos tratado muchos casos de obsesión
como consecuencia de la escritura automática.
En el trabajo que realizo no hay negatividad, asumo una actitud
de atención positiva e intensa. Retengo el pleno control de todos mis sentidos
de percepción y nada de lo que hago es automático. Sencillamente escucho,
anoto las palabras que oigo y registro los pensamientos que se introducen uno
tras otro en mi cerebro. Nada cambio de lo que se me ha dado, la única
excepción es pulir el idioma o reemplazar un vocablo poco usual por otro más
claro, cuidando siempre de conservar el sentido. En lo dictado por El Tibetano
nunca he cambiado nada. De haberlo hecho, no me hubiera dictado nada más.
Quiero dejar esto bien aclarado. No siempre comprendo lo que se me dicta, ni
tampoco estoy de acuerdo, pero registro todo honestamente para descubrir luego
que tiene sentido y evoca respuesta intuitiva.
Ese trabajo de El Tibetano ha intrigado
grandemente a las personas y a los sicólogos de todas partes. Discuten acerca
de la causa de este fenómeno y argumentan que lo que escribo es probablemente
producto de mi subconsciente. Se me ha dicho que Jung acepta la posición de que
El Tibetano es mi yo superior personificado y que Alice A. Bailey es el yo
inferior. Algún día (si tengo el placer de encontrarme con él) le preguntaré
cómo puede ser que mi yo superior personificado me envíe encomiendas desde la
India, pues eso ha estado haciendo.
Hace unos cuantos años, un amigo muy dilecto,
Henry Carpenter, que había estado en contacto muy íntimo con Foster y yo,
desde el principio de nuestra tarea, fue a la India para tratar de comunicarse
con los Maestros en Shigatzé, pequeña aldea nativa en los Himalayas, justamente
al otro lado de la frontera tibetana. Por tres veces lo intentó, a pesar de que
yo le había dicho que podría encontrar al Maestro aquí en Nueva York si daba
los pasos adecuados y el momento era propicio. Quería decirle a los Maestros,
lo cual me causaba gracia, que yo pasaba por un período muy difícil y era
conveniente hacer algo. Como amigo personal de Lord Reading, exvirrey de la
India, se le dieron todas las facilidades para llegar a destino, pero el Dalai
Lama le negó permiso para cruzar la frontera. En su segundo viaje a la India,
encontrándose en Gyantse (el lugar más cercano de la frontera al que pudo
llegar) oyó un gran alboroto en la empalizada del bungalow de un “dak".
Fue a ver de qué se trataba y se encontró con un lama montado en un burro que
acababa de atravesar la empalizada. Era asistido por cuatro lamas y todos los
nativos de la aldea los rodeaban y se inclinaban ante ellos. El señor
Carpenter, por medio de su intérprete, hizo averiguaciones y así supo que el
lama era un abad de un monasterio ubicado al otro lado de la frontera tibetana
y había venido especialmente para hablar con él.
El abad expresó su interés por el trabajo que
estábamos realizando y le preguntó por mí. También inquirió noticias de la Escuela
Arcana, y le entregó dos grandes paquetes de incienso para mí. Más adelante,
Carpenter vio al general Laden Lha en Darjeeling. El general era tibetano,
educado en Gran Bretaña en una escuela pública y en la universidad, y tenía a
su cargo el servicio secreto de la frontera tibetana. Ya ha fallecido; fue un
gran hombre y muy bueno. El señor Carpenter le contó su experiencia con el
lama, que dijo ser abad de un monasterio de lamas. El general negó rotundamente
tal posibilidad. Dijo que el abad era un grande y santo hombre y que nunca se
supo que hubiera cruzado la frontera y visitado a un occidental. Sin embargo,
cuando Carpenter regresó al año siguiente, el general Laden Lha admitió su
error y que el abad en verdad había bajado a verlo.
Después de haber escrito casi un mes para El
Tibetano, me sentí totalmente atemorizada y rehusé rotundamente continuar con
el trabajo. Le dije que las tres niñas sólo me tenían a mí para atenderlas, que
si me enfermaba o enloquecía (como muchos síquicos) quedarían solas y no me
atrevía a correr ese riesgo. Aceptó mi decisión, pero me dijo que tratara de
ponerme en contacto con mi Maestro K. H. y conversara sobre el asunto. Después
de reflexionar más o menos una semana decidí ponerme en contacto con K. H.;
así lo hice, siguiendo una técnica muy especial que Él mismo me había enseñado.
Cuando tuve la oportunidad de entrevistarme con K. H. tratarnos la cuestión con
toda amplitud. Mi Maestro me aseguró que respecto a mi no existía el menor
peligro, físico ni mental, y que se me ofrecía la oportunidad de realizar un
trabajo realmente valioso. Me dijo ser Él mismo quien sugirió a El Tibetano que
yo podría ayudarlo, y que no me trasfería a Su ashrama o grupo espiritual,
pues deseaba que continuara trabajando en el Suyo. Acepté por consiguiente el
deseo de K. H. y manifesté a El Tibetano que trabajaría con Él. Sólo he sido su
amanuence y secretaria, pero no pertenezco a Su grupo. Por otra parte no se ha
inmiscuido nunca en mi trabajo o entrenamiento personal. La primavera de 1920
fue un período de feliz colaboración con Él, mientras tanto estudiaba como
discípulo avanzado en el ashrama de mi propio Maestro.
Desde entonces he escrito muchos libros para El
Tibetano. Poco después de haber concluído los primeros capítulos de Iniciación
Humana y Solar, le mostré el manuscrito a B. P. Wadia. Se entusiasmó
y me dijo que publicaría cualquier cosa “proveniente de esa fuente”, y publicó
los primeros capítulos en la revista “The Theosophist”, editada en Adyar, la
India. Luego surgió la usual envidia y actitud reaccionaria de los teósofos y
nada más se publicó.
El estilo de El Tibetano ha mejorado con el correr
de los años. Al principio el dictado en inglés era engorroso y pobre, pero nos
arreglábamos para lograr un estilo y presentación acorde con las grandes
verdades que Él debía revelar y mi esposo y yo debíamos llevar a la atención
pública.
En los primeros tiempos que escribía para El
Tibetano, debía hacerlo a horas establecidas, y el dictado era claro, conciso y
definido. Se me dictaba palabra por palabra, en tal forma, que en verdad podía
decir que oía nítidamente una voz. Por lo tanto comencé con la técnica de
clariaudiencia, pero pronto descubrí, a medida que se sintonizaban nuestras
mentes, que ello era innecesario y que si me concentraba bastante y enfocaba
adecuadamente mi atención podía recibir y anotar los pensamientos de El Tibetano
(ideas formuladas y expresadas con sumo cuidado), a medida que los volcaba en
mi mente. Esto implicaba alcanzar y mantener un intenso y enfocado punto de
atención. Es algo así como la habilidad de un aventajado estudiante, en la
meditación, cuando puede mantener un punto determinado de atención espiritual
en el nivel más elevado posible, lo cual puede ser fatigoso en las primeras
etapas, cuando se realizan grandes esfuerzos para lograrlo, pero posteriormente
ya no lo requiere y los resultados son, claridad de pensamiento y un estímulo,
con buenos y definidos efectos físicos.
Actualmente, como resultado de veintisiete años de
trabajo, puedo ponerme instantáneamente en relación telepática con El Tibetano,
sin la más mínima dificultad: conservo, y así lo hago, mi propia integridad
mental todo el tiempo, y siempre argumento con Él cuando, a veces, como
occidental, me parece conocer mejor algunos aspectos de la presentación.
Cuando discutimos cualquier tema, escribo invariablemente el texto tal como Él
quiere, aunque probablemente modifique su presentación después de haberlo discutido
conmigo, pero si no cambia sus palabras o punto de vista, no altero en absoluto
lo dicho.
Después de todo, los libros son Suyos y no míos y,
básicamente, la responsabilidad es Suya. No me permite cometer errores y repasa
con sumo cuidado el borrador final. No es sólo la simple cuestión de recibir su
dictado y presentárselo una vez pasado a máquina, sino la cuidadosa revisión,
por su parte, del borrador final. Menciono esto deliberadamente, porque algunas
personas, cuando El Tibetano dice algo con lo cual no están de acuerdo personalmente,
tienden a considerar el punto en desacuerdo como una intercalación mía. Aunque
no siempre comprendo ni estoy de acuerdo con lo que me dicta, eso nunca lo he
hecho; reitero nuevamente que he publicado con exactitud lo que El Tibetano ha
dicho. Este punto lo sostengo enfáticamente.
Algunos estudiantes, cuando no comprenden lo que
El Tibetano quiere significar, dicen que Sus ambigüedades, como las denominan,
se deben a mi captación errónea. Donde existen ambigüedades, y son numerosas
en Sus libros, es debido a que no puede ser más claro, por las limitaciones de
sus lectores y por la dificultad de encontrar palabras que expresen las nuevas
verdades y las percepciones intuitivas que todavía se ciernen en los límites
de la conciencia humana en desarrollo.
Los libros que Él ha escrito son considerados muy importantes
por los Instructores responsables de difundir las nuevas verdades que la
humanidad necesita. Se ha impartido además una nueva enseñanza sobre el
entrenamiento espiritual y también relacionada con la preparación de
aspirantes para el discipulado. Se están haciendo grandes cambios en métodos y
técnicas, y por eso El Tibetano puso especial cuidado en que yo no cometiera
errores.
En la segunda fase de la Guerra Mundial, que
comenzó en 1939, muchos pacifistas y personas bien intencionadas, aunque
irreflexivas, pertenecientes a la Escuela Arcana y al público en general,
hasta quienes pudimos llegar, presumieron que yo había escrito los artículos y
folletos que respaldan a las Naciones Aliadas, y sobre la necesidad de derrotar
a las potencias del Eje, no siendo El Tibetano responsable del punto de vista
antinazi de esos artículos. Esto tampoco es verdad. Los pacifistas adoptaron el
punto de vista ortodoxo e idealista, de que siendo Dios amor no podía ser antigermano
o antijaponés. Debido a que Dios es amor no tenía otra alternativa, ni tampoco
la tenía la Jerarquía que actuaba bajo el Cristo, y lo único que podía hacer
era mantenerse firme al lado de los que trataban de liberar a la humanidad de
la esclavitud, el mal, la agresión y la corrupción. Nunca han sido más verdaderas
las palabras de Cristo: “El que no está conmigo, está contra mí”. En los
escritos de esa época El Tibetano expresó Su firme e inquebrantable posición, y
hoy (1945), al comprobarse las inenarrables atrocidades, crueldades y política
de avasallamiento de las naciones del Eje, Su actitud ha quedado justificada.
Durante todo este tiempo las cosas iban empeorando
en Crotona. Wadia acababa de llegar (como representante de la señora Besant) y
promovía dificultades; nosotros colaboramos plenamente con él a fin de devolver
a la Sociedad Teosófica su impulso original de fraternidad universal;
colaboramos porque en esa época Wadia parecía que, sensata y sinceramente, se
interesaba en realidad por dicha sociedad. La brecha producida allí se
ensanchaba progresivamente y la línea de demarcación se hacía más evidente
entre quienes mantenían un punto de vista democrático y los que apoyaban la
autoridad espiritual y el control absoluto de la Sociedad Teosófica por la
sección esotérica.
El postulado original de la Sociedad Teosófica se
fundaba en la autonomía de las logias dentro de las diversas secciones nacionales,
pero en la época en que Foster Bailey y yo comenzamos a trabajar, la situación
había cambiado fundamentalmente. Las personas que se hacían cargo de cualquier
logia eran miembros de la sección esotérica, y por su intermedio la señora
Besant y los dirigentes de Adyar, controlaban todas las secciones y logias. Si
uno no aceptaba los dictámenes de los miembros de la sección esotérica de cada
logia caía en desgracia, resultando casi imposible trabajar en ella. Las
revistas de las distintas secciones, así como la revista internacional “The
Theosophist”, sólo se ocupaban de querellas personales. Se publicaban
artículos para atacar o defender a determinado individuo. La sociedad era
invadida por una fuerte oleada de psiquismo, debido a las manifestaciones sobre
psiquismo de Leadbeater y al extraordinario control que él ejercía sobre la
señora Besant. El corolario del escándalo, conectado con Leadbeater, daba mucho
que hablar. Las declaraciones de la señora Besant sobre Krishnamurti causaron
la total escisión de la sociedad. Desde Adyar se impartían órdenes que pretendían
provenir de uno de los Maestros para el Guía
externo, y decían que todo miembro de la Sociedad Teosófica debía
interesarse por cada uno de los tres sistemas de trabajo —la orden
francmasónica, la orden de servicio y el movimiento educativo. Si uno no lo
hacía era considerado desleal y un mal teósofo, que no obedecía las demandas de
los Maestros.
Los libros que Leadbeater publicaba en Adyar
contenían implicaciones síquicas imposibles de verificar y poseían una fuerte
dosis de astralismo. Una de sus obras más importantes: “El Hombre, ¿de Dónde y
Cómo Vino, y a Dónde Va?” Comprueba, para mí, la deshonestidad fundamental de
lo que escribió. Describe en él, el futuro y el venidero trabajo de la
Jerarquía, y lo curioso y llamativo es que la mayoría de las personas,
destinadas a desempeñar altos cargos en la Jerarquía y en la próxima
civilización eran todos amigos personales de Leadbeater. Conocí a algunos de
ellos personas dignas, amables, mediocres, ninguna era intelectualmente un
gigante y la mayoría, nulidades. He viajado mucho, he encontrado tanta gente
más eficaz para el servicio mundial, con mayor inteligencia para servir al
Cristo y reales exponentes de la fraternidad, que me di cuenta de la futilidad
e inutilidad de este tipo de literatura.
Por estas causas los miembros abandonaban la
Sociedad Teosófica disgustados y perplejos. Muchas veces he pensado cuál
habría sido el futuro de la Sociedad si hubieran tenido la entereza suficiente
de quedarse, negándose a ser expulsados y luchando por mantener la base
espiritual del movimiento. Pero no lo hicieron, y un gran número de personas
dignas se retiraron, sintiéndose frustradas, impedidas e incapaces de trabajar.
Personalmente nunca renuncié, y sólo dejé de abonar mis cuotas anuales estos
últimos años. Escribo esto detalladamente porque tal situación o antecedente,
hizo necesarios los cambios que sobrevinieron, y debido a ello fue adquiriendo
forma nuestro trabajo para los veinte años siguientes.
Los discípulos de los Maestros residen en todas partes
del mundo, y trabajan en muy diversos aspectos, a fin de llevar a la humanidad
hacia la luz y materializar el reino de Dios sobre la tierra; la actitud de la
Sociedad Teosófica, al considerarse único canal y rehusar el reconocimiento de
otros grupos y organizaciones, como partes integrantes e igualmente importantes
del Movimiento teosófico mundial (no de la Sociedad Teosófica), es la verdadera
causante y responsable de su pérdida de prestigio. Parece ser un poco tarde
para corregir sus métodos, salir del aislamiento y separatividad y formar
parte de un Gran Movimiento Teosófico que está difundiéndose actualmente por el
mundo. Este movimiento no sólo se expresa por medio de los diversos grupos
ocultistas y esotéricos que existen, sino también mediante los sindicatos laborales,
los planes que se han hecho para lograr la unidad mundial y la rehabilitación
de posguerra, la nueva visión del sector político y el reconocimiento de las
necesidades de la humanidad en todas partes. Es realmente desalentador, para
quienes hemos amado los principios y verdades sostenidos originalmente por la
teosofía, comprobar la degeneración del hermoso impulso inicial.
No cabe la menor duda de que el movimiento
iniciado por Helena Petrovna Blavatsky fue parte integrante de un plan jerárquico.
Siempre han existido sociedades teosóficas a través de las edades —el nombre
del movimiento no es nuevo—, pero H. P. B. le dio una luz y publicidad que
proporcionó una nueva nota e hizo surgir a la superficie un grupo, olvidado y
secreto, haciendo posible que el público de todas partes respondiera a esta
tan antigua enseñanza. La deuda que el mundo ha contraído con la señora Besant
por el trabajo realizado, que puso a disposición de las masas de todos los
países, los principios básicos de la enseñanza teosófica, es algo que nunca
podrá pagarse. No existe razón alguna valedera que haga olvidar la estupenda y
magnífica tarea que realizó para los Maestros y la humanidad. Quienes en estos
últimos cinco años la han atacado violentamente, constituyen un puñado de
pulgas atacando a un elefante.
En 1920 esta situación llegó a su culminación. La
brecha entre la autoritaria sección esotérica y las mentes democráticas de la
Sociedad Teosófica, se ha ampliado constantemente.
El señor Wárrington y los dirigentes y asistentes de la
sección esotérica, en Norteamérica, representaban un grupo; el otro grupo era
dirigido por Foster Bailey y B. P. Wadia. Esta situación prevalecía cuando se
realizó la famosa convención de 1920, en Chicago. Nunca había asistido yo a una
convención, y decir que me desilusionó, me desagradó y me resultó chocante,
sería expresarlo con suavidad. Se había reunido un grupo de hombres y mujeres
provenientes de todos los lugares de los Estados Unidos, que presumiblemente
se ocupaban de impartir enseñanza y difundir la fraternidad. El odio y el
rencor, la animadversión personal, las maniobras políticas, resultaban tan
afrentosas y chocantes, que hice la promesa de no asistir jamás en mi vida, a
otra Convención Teosófica. Después del señor Warrington, éramos las autoridades
más altas de la comisión directiva de la Sociedad Teosófica, pero constituíamos
una minoría. Desde el primer momento de la convención se evidenció que la
sección esotérica ejercía el control, y como los que representaban la
fraternidad y la democracia eran numéricamente inferiores fueron, por lo tanto,
derrotados.
Entre las autoridades había teósofos muy descontentos, pues eran
controlados por la sección esotérica y reconocían que empleaba métodos
abusivos. Muchos hicieron todo lo posible por demostrarnos un espíritu
amistoso. Algunos, al término de la Convención, se convencieron de la rectitud
de nuestra posición y nos lo comunicaron. Otros, que asistieron a la Convención
sin prevenciones, pusieron todo su interés en nuestro sector y dieron su
apoyo. Sin embargo, fuimos vencidos a pesar de todo, y la sección esotérica se
mostró agresivamente triunfante. No nos quedó otro remedio que volver a
Crotona, y la situación era tal, que eventualmente Wárrington tuvo que
renunciar como presidente de la Sociedad Teosófica en Norteamérica, pero retuvo
su cargo en la sección esotérica. Fue remplazado por el señor Rogers, que demostraba
una oposición mucho más personal que el señor Wárrington, que se daba cuenta de
nuestra sinceridad, y aparte de las diferencias de la organización, existía un
fuerte afecto entre él, Foster y yo. El señor Rogers era de menor envergadura y
nos expulsó de los cargos que ocupábamos, en cuanto entró en el poder. Así
terminó nuestra época en Crotona y finalizó nuestro esfuerzo por servir
lealmente a la Sociedad Teosófica
CAPITULO QUINTO
Este capítulo indica una destacada línea de
demarcación entre el mundo donde actué y el mundo en que actúo ahora, 1947.
Aparece un ciclo totalmente nuevo. Hasta este momento había sido simplemente
Alice Bailey, dama de la sociedad, madre y trabajadora eclesiástica. Ocupaba el
tiempo como quería y nadie sabía nada de mí; había podido arreglar los días a
mi gusto, excepto en lo concerniente a las niñas; nadie me solicitaba
entrevistas; no tenía que corregir pruebas de imprenta ni pronunciar conferencias,
y por sobre todo, no me llegaba la interminable correspondencia ni tenía que
escribir infinidad de cartas. Algunas veces me pregunto si el público tendrá la
menor idea del cúmulo de cartas que dicto y recibo. No exagero cuando digo que
algunos años he dictado más de 10.000 cartas y una vez que tomé el tiempo que
tardaba en atender la correspondencia diaria, constaté que me llevó cuarenta y
ocho minutos sólo el abrir los sobres sin extraer las cartas. Considerando todo
esto, a lo cual debe agregarse los miles de circulares firmadas y las cartas
escritas a asociaciones nacionales (las cuales no he firmado personalmente),
podrá comprenderse por qué un día le dije a mi esposo que en mi lápida debieran
poner este epitafio: “Murió ahogada en papeles”. Actualmente el término medio es de 6.000 cartas por año, porque he delegado
la respuesta de mucha correspondencia a personas que pueden dedicar más tiempo,
pensamiento y consideración, para responderla. A veces las firmo, otras no; aquí quiero expresar mi
profundo agradecimiento, especialmente al señor Víctor Fox y a una o dos
personas más, que en mi nombre han escrito cartas muy buenas y he recibido yo
la respectiva gratitud y no ellos. A esto lo llamo servicio desinteresado
—escribir una carta firmada por otro, el cual recibe el agradecimiento. Toda
esta etapa de mi vida, 1921 a 1931, es relativamente cansadora. Me resulta
difícil darle un tono más iluminador o conferirle algo que sirva para aliviar
la monotonía de esos años. Ni Foster Bailey ni yo habíamos proyectado llevar
una vida así, y con frecuencia hemos dicho que, de haber sabido lo que el
futuro nos deparaba, jamás hubiéramos iniciado lo que emprendimos. Es un
ejemplo sobresaliente de la veracidad del proverbio, “la ignorancia es una
bendición”.
Después de la bochornosa
convención anual de la Sociedad Teosófica de Chicago, Foster y yo regresamos a
Crotona, completamente desilusionados y profundamente convencidos de que la Sociedad
se regía estrictamente por directivas personales, poniendo el énfasis sobre la
posición, devoción, simpatías y antipatías personales y por la imposición de
las decisiones de la personalidad sobre el conjunto de seguidores. Simplemente
no sabíamos qué hacer o sobre qué línea trabajar. El señor Wárrington, como
dije, ya no era presidente de la Sociedad, habiéndolo sustituido el señor L. W.
Rogers. Mi esposo seguía siendo secretario nacional, yo era todavía editora de
la revista y presidenta de la comisión directiva de Crotona.
Nunca olvidaré la mañana en que
el señor Rogers asumió el cargo de la oficina y fuimos a expresarle nuestro
deseo de continuar sirviendo a la Sociedad Teosófica, nos miró y preguntó:
“¿Creen ustedes que podrían serme de utilidad?” Nos encontramos así sin
trabajo, dinero, ni futuro, con tres criaturas y sin saber qué podíamos hacer.
Se inició un movimiento para echarnos de Crotona, pero Foster cablegrafió a la
señora Besant y de inmediato sofocó la intentona. Fue algo demasiado crudo.
El momento era muy difícil. Aún
no nos habíamos casado, y Foster vivía en una carpa en los terrenos de Crotona.
Como dama inglesa, y muy circunspecta, siempre vivía conmigo una mujer en
calidad de acompañante, en prevención a las malas lenguas. Una de las cosas que
he intentado hacer y creo que tuve éxito, fue proteger el ocultismo de la
difamación. He procurado hacer del ocultismo una vocación respetable, logrando
un éxito sorprendente. Por eso mientras las niñas eran pequeñas y esperaba el
momento de volverme a casar, vivía conmigo alguna amiga de cierta edad.
Después de mi segundo matrimonio mi esposo y mis hijas fueron mi mejor
protección. Además diré que nunca me interesó hombre alguno que no fuera mi
esposo, Foster Bailey. Por otra parte pienso que ninguna mujer verdaderamente
decente y que se respete a sí misma, podría vivir en tal forma que mientras sus
propios hijos crecen, hallen en su conducta motivos de crítica. Esto ha sido
benéfico para el actual movimiento ocultista, pues hoy la palabra ocultismo
tiene un significado respetable, e innumerables personas dignas están
dispuestas a ser reconocidas por el resto del mundo como estudiantes de
ocultismo. Tengo la sensación que ello constituye una de las cosas que me ha
asignado el destino y no creo que el campo del ocultismo caiga nuevamente en el
descrédito como ha sucedido desde 1850 hasta ahora.
Aún se escriben libros difamando
a las señoras Blavatsky y Besant, y uno se pregunta qué finalidad persiguen sus
autores. Hasta donde he podido cerciorarme, la moderna generación de
estudiantes investigadores, carece del menor interés en pro o en contra de sus
caracteres. No tiene importancia la aprobación o desaprobación de la conducta
de ambas. Lo que interesa son sus enseñanzas y la verdad. Esto es saludable y
correcto. Me gustaría que esos escritores modernos que se pasan meses en
revolver inmundicias, tratando de probar que alguien fue ruin, se dieran cuenta
de la estupidez de sus actividades. No afectan la verdad ni impiden lealtad a
quienes la conocen; tampoco alteran la tendencia hacia el conocimiento
ocultista ni perjudican a nadie, sino a ellos mismos.
La vida en este mundo de
posguerra es demasiado importante para que cualquier hombre o mujer se ocupe de
difamar y rebajar a personas que han muerto hace décadas. Hay mucho trabajo
que realizar en el mundo y una verdad que debe ser reconocida y proclamada,
pero no hay lugar para quienes difaman y calumnian por dinero a ciertas
personalidades a fin de satisfacer a los enemigos de una enseñanza. Ésta es una
de las razones por las que escribo esta autobiografía. Aquí están los hechos.
Durante esos primeros días,
nadie hubiera creído que llegaría el momento en que la enseñanza dada y el
trabajo, al que Foster y yo nos dedicábamos, asumiría grandes proporciones,
pues sus diversas ramas son hoy reconocidas internacionalmente y ha ayudado a
muchos miles de personas. Estábamos solos, con unos pocos seguidores
desconocidos, para hacer frente a uno de los más poderosos grupos del mundo, de
los denominados esotéricos. Carecíamos de dinero y no teníamos porvenir.
Nuestras finanzas, el día en que nos sentamos a considerar la situación y
preparar planes para el futuro, eran exactamente un dólar y ochenta y cinco
centavos; fin de mes; se debía el alquiler, la cuenta del mes anterior del
almacenero, del gas, de la luz y de la leche. Como no estábamos casados,
ninguna de esas responsabilidades correspondía a Foster, pero en esos días él
compartía todas las cosas conmigo. No percibíamos sueldo de la Sociedad
Teosófica, ni siquiera mi pequeña renta. Aparentemente nada podía hacer.
Personalmente, en lo que a mí
respecta, y aunque se me reconoce en el mundo como instructora de meditación,
nunca he perdido mi hábito de orar. Creo que los verdaderos ocultistas emplean
la plegaria y la meditación alternativamente, de acuerdo a las necesidades, y
ambas son igualmente importantes en la vida espiritual. Lo que ocurre con la
oración es que generalmente el ser humano hace de ella una cosa totalmente
egoísta y un medio para adquirir algo para el yo separado. La verdadera oración
no pide nada para el yo personal, sino que es utilizada por quienes tratan de
ayudar a otros. Algunas personas se creen demasiado elevadas para orar y
consideran la meditación como algo muy superior y más adecuado a su alto grado
de desarrollo. Para mí fue suficiente saber que Cristo no sólo oró, sino que
nos enseñó el Padrenuestro. Considero también la meditación como el proceso
mental por el cual podemos adquirir un claro conocimiento de la divinidad y
tener una percepción del reino de las almas o reino de Dios. Es una modalidad
del cerebro y de la mente y de gran necesidad para las personas irreflexivas
del mundo. La oración es de naturaleza emocional y corresponde al corazón,
empleándose universalmente para satisfacer el deseo. Ambas deben ser empleadas
por los discípulos aspirantes del mundo. Más adelante me ocuparé de la
Invocación, síntesis de ambas. De todos modos, en ese momento de necesidad
material, me dediqué a la oración como de costumbre y esa noche oré. A la
mañana siguiente, al ir a la galería, encontré el dinero necesario, y al cabo
de uno o dos días Foster Bailey recibió una carta del señor Ernest Suffern,
ofreciéndole un empleo en Nueva York, relacionado con la Sociedad Teosófica de
esa ciudad, con un sueldo de trescientos dólares mensuales. Además nos ofreció
la compra de una casa en un barrio situado al otro lado del río Hudson. Foster
aceptó la oferta y partió para Nueva York, y me quedé al cuidado de mis hijas
hasta ver lo que acontecía.
En esa época vivía conmigo
Augusta Craig, comúnmente llamada “Craigie” por quienes la conocían y
apreciaban. Esporádicamente vivió largos años con nosotros, y mis hijas y yo
la queríamos mucho. Era una persona excepcional, rebosante de ingenio y
mentalidad. Nunca encaraba un problema desde un solo ángulo o del punto de
vista general. Quizá se debió a que había contraído matrimonio cuatro veces y
tenía una vasta experiencia de los hombres y sus asuntos. Era una de las pocas
personas a quien podía recurrir para pedirle un consejo, pues nos entendíamos
perfectamente. Poseía una lengua cáustica, pero al propio tiempo tal encanto,
que tanto el cartero, como el lechero y el repartidor de hielo, si eran
solteros, trataban de conquistarla. No quería saber nada con ellos. Llegó a la
conclusión que era muy interesante vivir conmigo, y no me abandonó hasta pocos
años antes de su muerte, principalmente, según me dijo, porque no le gustaban
los ancianos, pero luego se retiró a vivir a un asilo de ancianos en California.
Sin embargo, como tenía más de setenta años cuando me dejó, creyó que sus
compañeras podrían aprovechar sus experiencias. No creo que le agradara estar
con otras ancianas, pero pensó que las beneficiaria grandemente, y puedo
garantizar que así fue. Ella me hizo mucho bien.
Hacia fines de 1920, Foster me
escribió para reunirme con él en Nueva York; partí dejando a las niñas al
cuidado de Craigie, pues sabía que las quería y estaban seguras y cuidadas.
Viajé hasta Nueva York donde Foster me esperaba, llevándome a un departamento
en Yonkers, cerca de su vivienda. Poco tiempo después fuimos una mañana al
Registro Civil para pedir la licencia de matrimonio, solicitando al encargado
que nos recomendara un clérigo para la ceremonia matrimonial, e inmediatamente
nos casamos. Regresamos enseguida a la oficina para revisar el trabajo de la
tarde, y desde ese momento lo hemos continuado durante 26 años.
La etapa siguiente fue amueblar
la casa que el señor Suffern había comprado para nosotros en Ridgefield Park,
Nueva Jersey. Luego Foster salió en busca de las niñas. Me quedé para preparar
las cortinas y proveer las necesidades de la casa, muchas de las cuales nos
habían sido proporcionadas por el señor Suffern, esperando ansiosamente el
regreso de mi esposo con las tres niñas. Craigie no vino con ellas, lo hizo
después.
Nunca olvidaré su llegada a la
gran Estación terminal. Jamás vi a un hombre más cansado y agotado que Foster
Bailey. Los cuatro aparecieron en el andén; Foster con Ellie en brazos y Dorothy
y Mildred colgadas de su chaqueta. Grande fue nuestra alegría al poder
acomodarnos en el nuevo hogar. Era la primera vez que las chicas visitaban esa
parte del país. Nunca habían visto nieve y pocas veces usado zapatos, lo cual
para ellas constituyó una experiencia de civilización completamente nueva. Cómo
se las arregló con las niñas lo ignoro; creo que es el momento de decir que
resultó un padrastro maravilloso para ellas. Mientras fueron pequeñas nunca les
hizo vislumbrar que no era su propio padre, por eso su deuda para con él es muy
grande. Creo que le aman y bien que lo merece.
Este nuevo ciclo de vida
significó reajustarnos a numerosos cambios. Por primera vez, además de la
intensa presión que significaba la realización del trabajo para los Maestros y
otras personas, tuve también que combinar los cuidados de la familia, el mantenimiento
de la casa, la educación de las niñas y lo más difícil para mí: la creciente
publicidad. He detestado la publicidad. Nunca me gustó la curiosidad del
público ni la creencia tan arraigada que cuando se es escritor o
conferenciante, necesariamente no debe tener vida privada. Creen que todo lo
que uno hace es asunto de ellos y que se ha de decir lo que ellos quieren y conducirse
también como ellos desean.
Nunca olvidaré el día cuando
dije en Nueva York, a un auditorio de más o menos 800 personas, que todos
ellos podían alcanzar cierto grado de realización espiritual si les
interesaba, pero demandaría sacrificio de su parte, como había ocurrido en mi
propia vida. Les expliqué que había aprendido a planchar la ropa de las niñas
etc., mientras leía un libro sobre temas espirituales o de ocultismo, sin
quemar las prendas; que podían controlar su pensamiento y aprender a
concentrarse mentalmente y a orientarse espiritualmente pelando papas o
limpiando guisantes, porque lo mismo había hecho yo, que no creía en la
necesidad de sacrificar a la familia y su bienestar, por nuestras urgencias
espirituales. Al finalizar la conferencia una mujer se puso de pie y públicamente
me amonestó por haberme referido a asuntos triviales delante de tanta gente.
Le repliqué: “No creo que la comodidad de la propia familia sea un asunto tan
trivial; tengo siempre presente el trabajo realizado por cierta mujer, maestra
y conferencista muy renombrada, cuyos seis hijos jamás la veían, quedando la
responsabilidad de su cuidado en manos de quien quisiera tomarse ese trabajo”.
Personalmente no siento el menor
aprecio por quien llega a una realización espiritual a expensas de su familia o
amigos. Esto sucede muy a menudo en los distintos grupos ocultistas. Cuando se
me acerca la gente para contarme que sus familiares no simpatizan con sus
aspiraciones espirituales, les hago las siguientes preguntas: “¿Deja sus libros
de ocultismo por todas partes, donde molestan a los demás? ¿Exige silencio
absoluto en la casa mientras hace su meditación matutina? ¿Deja que la familia
se prepare la cena mientras asiste a una reunión?”. Es aquí donde los
estudiantes esotéricos se convierten en tontos y desacreditan al ocultismo. La
vida espiritual no debe vivirse a expensas de los demás, y si la gente debe
sufrir las consecuencias de nuestro intento de ganar el cielo, no es correcto.
Si hay alguien en el mundo que
me enferma, cansa y hastía, es el tipo de ocultista técnico y académico.
Otro tipo que me fastidia es el del tonto que cree estar en contacto con los
Maestros y habla misteriosamente de las comunicaciones que ha recibido de
Ellos. Cuando me refiero a tales comunicaciones acostumbro a decir: “Creo que
esto es lo que el Maestro dice”, “Creo que esta es la enseñanza, pero empleen
ustedes su propia intuición, pues quizá no sea así”. Tal vez alguien me
considere escurridiza como una anguila, pero doy plena libertad a la gente.
Este contacto con el público
comenzó lentamente en 1921, lo que originó un período muy difícil de mi vida.
Siempre he presentido que, astrológicamente, debía tener a Cáncer en el ascendente,
porque me gusta ocultarme y hacerme invisible, y el versículo de la Biblia que
me ha parecido de gran importancia, es el que se refiere a “la sombra de una
gran roca en la tierra sedienta”.
Muchos astrólogos de renombre se
han divertido tratando de confeccionar mi horóscopo. La mayoría han establecido
a Leo en el ascendente, porque me consideran muy individualista. Sólo uno de
ellos estableció a Cáncer en el ascendente; poseía visión interna y simpatizaba
con mi sentir acerca de la publicidad, creo que eso lo inclinó a establecerlo
como mi signo ascendente, aunque sin embargo creo que es Piscis. Mi esposo y
una de mis hijas son de Piscis; Piscis es el símbolo del médium o “mediador”.
No soy médium, pero sí una especie de “mediador” entre la Jerarquía y el
público. Quisiera que observen que digo público y no grupos ocultistas. Sé y
creo que el público común está más preparado para recibir un conocimiento
sensato de los Maestros y una normal y sensible interpretación de la verdad
oculta, que los miembros del grupo ocultista corriente.
Mis hijas habían llegado a la
edad en que el cuidado físico normal que absorbe la atención de toda madre, se
convertía en exigencias emocionales. Este ciclo, que dura hasta alcanzar la pubertad,
es extremadamente difícil, tanto para los hijos como para las madres. No tengo
la plena seguridad como madre, de haber reaccionado bien o actuado
prudentemente, y quizá se deba simplemente a mi buena estrella que hoy mis
hijas me quieran. Tuvieron una educación más normal que la mía, puesto que
estuve en manos de extraños, gobernantas y maestros, y quizá por eso me fue
difícil comprenderlas. Tenía una idea muy exaltada sobre lo que debían ser las
relaciones entre madre e hijos. En cambio las mías no tienen la misma idea.
Alguien debía cuidarlas, y también al mismo tiempo oponerse a sus deseos.
Aprendí muchísimo en este corto período de años y ese conocimiento me resultó
valioso cuando me vi en situación de ayudar a otras madres a solucionar sus
problemas. Echando una mirada retrospectiva, honestamente no creo que mis
hijas tuvieron muchas causas para estar en desacuerdo conmigo, pues
sinceramente traté de comprenderlas y simpatizar con ellas; pero desde un
punto de vista general me fastidia el comportamiento de los padres en este país
y en Gran Bretaña.
En los Estados Unidos somos
demasiado blandos y condescendientes con nuestros hijos, de manera que tienen
muy poco sentido de responsabilidad y autodisciplina, en cambio en Gran Bretaña
la disciplina, las exigencias paternas, la supervisión y el control son
suficientemente fuertes como para que se rebele cualquier criatura. En ambos
países el resultado es el mismo: rebeldía. La joven generación británica me
parece, por lo que he podido colegir, que se halla en un estado de total
anonadamiento acerca de lo que quiere hacer y debe sustentar la joven
generación en este mundo, mientras que la escandalosa conducta de los soldados
del ejército norteamericano, cuando actuaron en Europa y en otras partes, ha
dañado seriamente el prestigio de los Estados Unidos en el mundo entero. No
culpo a los muchachos norteamericanos sino a las madres y padres, a los
docentes y a los oficiales del ejército, por no haberles proporcionado un
sentido de orientación, de responsabilidad y verdaderas normas de vida. En
verdad no podemos culpar totalmente a nuestros jóvenes de haberse descarriado
durante la guerra y cuando fueron a ultramar.
Cuando fui a Europa y a Gran
Bretaña en el verano de 1946, obtuve información directa de los nativos de
distintos países respecto a su conducta, a las decenas de miles de hijos
ilegítimos que dejaron atrás, carentes de todo cuidado y sin ser reconocidos,
así como también de las cientos de jóvenes con quienes se casaron para
abandonarlas después. Una de las cosas más interesantes que descubrí, fue saber
la gran estima que les merecía las tropas de negros, debido a su cortesía y
delicadeza con las mujeres, pues nunca se aprovechaban de una muchacha, a no
ser que ella estuviera dispuesta. Esta crítica a los jóvenes norteamericanos
puede extenderse a las tropas británicas más disciplinadas. Repetidas veces en
Inglaterra les he dicho a personas que criticaban a las tropas norteamericanas,
“está muy bien, y estoy dispuesta a creer todo lo que digan de ellos, pero qué
me dicen de las indecentes jóvenes inglesas, francesas y holandesas, pues se
necesitan dos para ese juego”. Si bien los muchachos norteamericanos tenían demasiado
dinero y aunque los oficiales les daban libertad de acción cuando estaban en
servicio activo, las mujeres de otras nacionalidades son también culpables. Es
comprensible que estas muchachas famélicas y desnutridas prefirieran irse con
soldados norteamericanos cuando ello significaba tener pollo y pan para sus
familias. No digo esto para disculparlos, pero debo exponerlo porque es la
realidad de los hechos.
Todo el problema sexual y la
relación entre los sexos quizá sea uno de los problemas mundiales que tendrán
que ser resueltos en el siglo venidero. Cómo será resuelto no me corresponde
decirlo. Supongo que mayormente es una cuestión de educación correctiva y de
inculcar a la juventud, en los últimos años de su adolescencia, el concepto de
que la muerte es el precio del pecado. Uno de los hombres más limpios que
conocí y que nunca se descarrió, según se dice en sentido puritano, me dijo
que la única razón de su pureza radicaba en el hecho de que a los diecinueve
años su padre lo había llevado a un museo de medicina y le mostró algunos
resultados de la mala conducta. No creo en el empleo del temor para corregir la
conducta y las debilidades, pero probablemente la evidencia objetiva de la
pecaminosidad material tiene su valor.
Tampoco tengo la intención de
ocuparme de este tema con mayores detalles, pero tiene que ver con el problema
que enfrenté cuando nos instalamos en la casa de Ridgefield Park. Debía enviar
a mis hijas a las escuelas públicas de Nueva Jersey. Estaba habituada a la idea
de la educación mixta, pero para un grupo de escolares menores de diez años
exclusivamente. Por mi parte, yo no era producto del sistema educativo mixto,
ni me agradaba mucho para niñas que iban llegando a la adolescencia, pero no
tenía otra alternativa y tuve que afrontar la situación.
Contando con un hogar apropiado
y con la influencia paternal adecuada, hoy no conozco mejor sistema que el de
la educación mixta. El asombro de mis hijas casi fue cómico cuando llegaron por
primera vez a Inglaterra y se dieron cuenta cómo las chicas inglesas
consideraban a los jóvenes. Comprobaron que las inglesitas sobreestimaban a los
muchachos, que estaban impregnadas de misterio referente al sexo y no sabían
cómo tratar a los varones; en cambio la joven norteamericana, educada en la
misma clase a la par de los varones, comiendo, yendo, viniendo y jugando
juntos, tenía una actitud más sensata y sana. Espero que no pasará mucho para
ver implantado, en todos los países del mundo, el sistema de educación mixta.
Pero detrás de estos sistemas debe estar el hogar para complementar y
neutralizar aquello de que carece el sistema escolar. Es esencial enseñar a los
jóvenes de ambos sexos, mutuas y correctas relaciones y mutuas responsabilidades,
y darles mucha libertad, basada en la confianza, dentro de ciertos límites
recíprocamente elegidos.
Mis tres niñas comenzaron a
concurrir a la escuela pública. No puedo decir que se hayan destacado. Todos
los años pasaban de grado, pero no recuerdo que fueran las primeras de la clase
o estuvieran en el cuadro de honor. No lo considero un deshonor para ellas. Las
tres poseían una fina mentalidad y probaron ser ciudadanas altamente
inteligentes, pero no les interesaba particularmente la escuela. Recuerdo que
Dorothy me trajo un editorial del New York Times, cuando era alumna de la
escuela secundaria. El editorial se refería a los modernos sistemas
educativos, señalando su utilidad para las masas. No obstante, dicen que dichos
sistemas educativos no eran adecuados para criaturas muy inteligentes,
creadoras o bien dotadas. “Eso”, dijo mi hija, “somos nosotras, y por esta
causa no hacemos mayores méritos en la escuela”. Probablemente tenía razón; me
cuidé bien de decírselo. Lo malo de la educación mixta estriba en las clases
demasiado numerosas y en que todos no pueden recibir la debida atención. Recuerdo
que un día le pregunté a Mildred por qué no había hecho sus deberes y me
contestó: “Mamá, calculo que por haber sesenta niños en mi clase, el maestro
tomará tres semanas para llegar a mi, y por el momento no es necesario hacer
nada”. De todos modos hicieron sus cursos, graduándose normalmente, y ello fue
suficiente. Sin embargo, eran grandes lectoras. Constantemente se encontraban
con personas inteligentes y escuchaban conversaciones de interés; estaban en
contacto, por intermedio de Foster y mío, con gente de todas partes del mundo,
siendo su educación realmente muy amplia.
Durante todo este tiempo, Foster
actuaba como secretario en la Asociación Teosófica de Nueva York, una
organización independiente, no oficial; yo cocinaba, cosía, hacía todo el
trabajo de la casa y escribía libros. Todos los lunes por la mañana Foster y yo
nos levantábamos a las cinco y hacíamos el lavado semanal, incluso el de las
sábanas, porque era poco el dinero que entraba. Más o menos en el último año de
mi vida pude liberarme de algunos quehaceres domésticos.
En esa época, Foster organizó el
“Comité de los 1.400” —creado con el objeto de llevar a la Sociedad Teosófica a
sus principios originales. Este comité era una réplica diminuta de la gran separación
que había alcanzado su punto álgido en la guerra mundial de 1939; constituía
esencialmente una lucha entre las fuerzas reaccionarias y conservadoras de la
Sociedad y las nuevas fuerzas liberales que bregaban para lograr la
restauración de los principios originales de la Sociedad. Fue una lucha entre
un grupo seleccionado, aislacionista, superior, que se consideraba más sabio y
espiritual que el resto de los miembros, contra los que amaban a sus semejantes
y creían en el progreso y en la universalidad de la verdad. Era una reyerta
entre una facción excluyente y un grupo incluyente. No fue un enfrentamiento de
doctrinas sino de principios, y Foster dedicó mucho tiempo a organizar la
lucha.
B. P. Wadia volvió de la India,
y al principio teníamos la esperanza de que daría mayor fuerza a nuestro
empeño. Sin embargo, descubrimos que su intención era asumir, con la ayuda de
Foster y del “Comité de los 1.400”, la presidencia de la Sociedad en este país.
Pero Foster no había organizado las cosas para poner en el poder a un hombre
que representara al comité. Éste se había organizado para presentar a los
miembros de la Sociedad Teosófica los problemas actuales involucrados y los
principios en juego. Cuando Wadia descubrió esto, amenazó con apoyar e
interesarse por la “United Lodge of Theosophists”, una organización rival y muy
sectaria, que representaba la actitud fundamentalista de la Sociedad Teosófica,
conjuntamente con uno o dos grupos teosóficos que representaban el punto de
vista de los teólogos ortodoxos, quienes sostenían que la última palabra la
había dicho H. P. B., que nada más debía agregarse, y si no se aceptaba la
interpretación que ese grupo daba a lo que H. P. B. expresó y significó, no se
podía ser buen teósofo. Esto explica por qué estos grupos fundamentalistas son
tan reducidos.
El Comité de los 1.400 continuó
su labor. Al efectuar la siguiente elección eligieron a los miembros (o más
bien la sección esotérica ordenó la elección) y en consecuencia la labor del
comité llegó a su término. Wadia apoyó, como dijo que lo haría, a la “United
Lodge of Theosophists”, y regresó oportunamente a la India, donde fundó una de
las mejores revistas sobre ocultismo que existen actualmente. Se llama “The
Aryan Path”, y es muy buena. El término “aryan” (ario) no tiene nada que ver
con la aplicación que Hitler le dio. Se refiere al sistema ario de valoración
espiritual y al modo como la gente de la quinta raza raíz se acerca a la
realidad.
Mientras tanto, comencé a dictar
un curso sobre la Doctrina Secreta; había alquilado una habitación en la
avenida Madison, donde además de dictar clases podía citar a las personas para
una entrevista. Este curso comenzó en 1921 y era muy concurrido. Asistían
regularmente personas de diversas ramas teosóficas y grupos de ocultismo. Un
día vino Richard Prater, antiguo asociado de W. Q. Judge y discípulo de H. P.
Blavastky, y la semana siguiente trajo a todos los que integraban su curso
sobre la Doctrina Secreta.
Menciono esto para bien de la
“United Lodge of Theosophists” y para quienes sostienen que el verdadero linaje
teosófico proviene de H. P. B. por intermedio de W. Q. Judge. Todo lo que sé
de teosofía me fue enseñado por amigos personales y discípulos de H. P. B., y
esto lo reconoció Prater. Más adelante me dio las instrucciones de la sección
esotérica, que recibiera de H. P. B. Son idénticas a las que había visto yo
allí, pero esta vez sin compromiso de ninguna clase, y se me dejó en libertad
para emplearlas en cualquier momento, y así lo hice. Cuando Prater falleció,
hace años, su biblioteca llegó a nuestras manos con las antiguas ediciones de
la revista “Lucifer” y de la Revista Teosófica, más otros escritos esotéricos
que había recibido de H. P. B.
En uno de los papeles recibidos,
H. P. B. expresaba su deseo que la sección esotérica se llamara Escuela Arcana.
Esto nunca se había hecho, entonces decidí cumplir con el deseo de la venerable
dama y dar a la escuela este nombre. Considero que fue un gran privilegio y
felicidad haber conocido a Prater.
Otra antigua discípula de Madame
Blavatsky y del Coronel Olcott, la señorita Sarah Yacobs, me proporcionó las
placas fotográficas de los retratos de los Maestros que recibió del coronel
Olcott; por eso guardo un recuerdo feliz de que los discípulos y amigos
personales de H. P. Blavatsky aprobaban lo que yo estaba dispuesta a realizar.
Tuve su apoyo y ayuda, hasta que pasaron al más allá. Cuando los conocí ya eran
ancianos. La actitud de los actuales dirigentes y miembros teosóficos siempre
me ha divertido. Jamás aprobaron mi enseñanza, sin embargo venía directamente
de discípulos entrenados personalmente por ella, siendo por lo tanto más exacta
que la impartida por quienes no conocieron a H. P. B. Menciono esto para bien
del trabajo y quiero que se reconozca su fuente de origen.
Del curso sobre la Doctrina
Secreta, que dictaba en la Avenida Madison, surgieron en todo el país grupos de
estudiantes que recibían esas lecciones. Las clases se ampliaron y prosperaron,
hasta que despertaron definidamente el antagonismo teosófico, y el Dr. Jacob
Bonggren me advirtió que mis clases eran atacadas. Bonggren era un antiguo
discípulo de H. P. B.; sus escritos fueron publicados en los primeros números
de la revista y me enorgullece el hecho de haber recibido su apoyo en esos
días.
En 1921 formamos un pequeño
grupo de meditación con cinco hombres, mi esposo y yo, reuniéndonos
generalmente los martes por la tarde, después del trabajo, para conversar
acerca de las cosas de interés, considerar el Plan de los Maestros de Sabiduría
y meditar sobre la parte que nos correspondía desempeñar en él. Este grupo se
reunió constantemente en el verano de 1922 a 1923. Entre tanto yo continuaba
escribiendo para El Tibetano, y ya se habían editado los libros: “Iniciación
Humana y Solar”, “Cartas sobre Meditación Ocultista” y “La Conciencia del
Átomo”.
La gente se inclina a creer que
si alguien escribe un libro sobre un tema técnico, como la meditación, debe
saber todo lo que a ello se refiere. Empecé a recibir cartas de todas partes
del mundo, de gente que me pedía enseñarles a meditar o ponerlos en contacto
con los Maestros de Sabiduría. Esta última petición siempre me ha causado
gracia. No soy de esas instructoras ocultistas que pretenden saber con
exactitud lo que el Maestro quiere que se realice, o que tiene el poder de
presentar a los Maestros ante curiosos y tontos. Así no se establece contacto
con los Maestros. No son objeto de atracción para curiosos, crédulos e
ignorantes. Sólo el servidor altruista de la raza y el que interpreta
inteligentemente la verdad, puede hacer contacto con Ellos.
He difundido la enseñanza tal
como la he recibido de El Tibetano, pero la responsabilidad es Suya. Como
Maestro de Sabiduría sabe lo que yo no sé, y tiene acceso a los archivos y
verdades que están sellados para mí. Creer que sé todo lo que se dice en Sus
libros, es falso. Como discípulo en entrenamiento puedo saber más que el lector
común, pero no tengo el vasto conocimiento que posee El Tibetano; siento
regocijo, con frecuencia, cuando algún teósofo antagonista me describe (podría
dar nombres, pero no lo haré) como esa “señora peculiar que tiene su oído
pegado al ojo de la cerradura de Shamballa”. Pasará mucho tiempo antes de
adquirir el derecho de “entrar en el lugar donde la Voluntad de Dios es
conocida” y, cuando lo haga, no necesitaré el ojo de la cerradura.
En el verano de 1922 fui con mi
familia, por tres semanas, a Amagansett, en Long Island, y me dediqué a
escribir una carta semanal al grupo de estudiantes, para ser leída y estudiada
durante nuestra ausencia. En muchos casos estas cartas resultaron oportunas
para quienes inquirían sobre meditación, el camino hacia Dios y el plan
espiritual para la humanidad, de modo que les enviaba copias a medida que las
escribía. Cuando regresamos a Nueva York, en septiembre, tuvimos que considerar
la forma de manejar la correspondencia acumulada (como consecuencia del
incremento de la venta de libros), de satisfacer la demanda de clases sobre la
Doctrina Secreta y encarar los pedidos de ayuda espiritual. Por eso en abril de
1923 organizamos la Escuela Arcana.
Fuimos apoyados por los cuatro o
cinco hombres que se reunían con mi esposo y yo, los martes por la tarde. Dos
de ellos, desde hace veinticuatro años, trabajan con nosotros, y los otros dos
han pasado al más allá. Al principio no teníamos la menor idea de cómo
organizar este trabajo. Ninguno, excepto uno, había pertenecido a una escuela
por correspondencia, ni sabíamos cómo manejar las cosas. Sólo teníamos buena
intención y un ardiente deseo de ayudar, y tres libros sobre temas ocultistas.
Desde esa época han pasado por la escuela más de 30.000 personas; las que
ingresaron hace 10, 12 ó 18 años todavía están con nosotros, y la obra de la
Escuela Arcana se conoce y aprecia en casi todos los países del mundo,
exceptuando Rusia y cuatro países más.
De haber tenido el menor atisbo
de la extensa y absorbente tarea que nos esperaba, dudo que hubiéramos tenido
el valor de emprenderla. De haber sabido los dolores de cabeza y desasosiegos
que me traería y las responsabilidades que debe asumir una escuela esotérica,
sé que no hubiera intentado emprender este trabajo, pero los tontos se
precipitan donde los mismos ángeles temen caminar, y me precipité.
Sin embargo, no podría haber
hecho nada sin el apoyo y sabiduría de mi esposo. Tiemblo sólo de pensar en
los errores que hubiera cometido, los juicios equivocados en que pude haber incurrido
y las consecuencias legales que todo eso me pudo traer y en lo cual me habría
visto envuelta. Su clara mentalidad jurídica, su impersonalidad y calma para
permanecer inalterable, cuando yo creía que podía excitarse, me han salvado
constantemente de mis errores.
No resulta fácil dirigir una escuela esotérica, ni
tampoco asumir la responsabilidad de enseñar a las personas la verdadera
meditación. Es difícil hollar el estrecho sendero del filo de la navaja, que
pasa entre el psiquismo superior, o percepción espiritual, y el psiquismo
inferior, que muchas personas comparten con gatos y perros. No es fácil
discriminar entre una corazonada psíquica y una percepción intuitiva; tampoco
es fácil hacerse cargo espiritualmente de la vida de las personas y darles lo
que necesitan cuando voluntariamente se ponen en nuestras manos para recibir
entrenamiento. Nada de esto yo hubiera podido realizar en la extensión lograda,
si no fuera por la maravillosa ayuda de quienes trabajaban en la Sede y los
estudiantes secretarios. Comenzamos con una habitación; ocupamos actualmente
(1947) dos pisos en la calle 11, West 42nd. Street, con un considerable
personal y Sedes en Inglaterra, Holanda, Italia y Suiza. Además del personal de
la Sede, tenemos un grupo de ciento cuarenta secretarios, estudiantes
avanzados que ayudan en la instrucción de los demás estudiantes. Debido al
desinterés y voluntaria ayuda prestada constantemente durante estos años por
los secretarios, diseminados por todo el mundo, hemos podido continuar la
tarea.
Cuando se inició el trabajo, había determinado que
todas las actividades del grupo debían regirse por ciertos principios básicos.
Ansío dejar bien aclarado esto porque lo creo fundamental y debería regir en
todas las escuelas esotéricas. Después que yo haya desaparecido quiero estar
segura que estos principios determinarán las normas a seguir. La instrucción
básica impartida en la Escuela Arcana es la misma que se ha dado a los
discípulos a través de las edades. Por lo tanto, si la Escuela Arcana tiene éxito,
no tendrá un gran número de miembros en este siglo. Los que están preparados
para ser instruidos en las leyes espirituales que rigen a los discípulos, son
raros de encontrar, aunque debemos esperar que el número se acreciente. La
Escuela Arcana no es una entidad para discípulos probacionistas. Está destinada
a ser una escuela de entrenamiento para quienes pueden actuar, directa y
conscientemente, bajo la dirección de los Maestros de Sabiduría. Existen hoy en
el mundo muchas escuelas para probacionistas que realizan un trabajo noble,
grande y necesario.
Durante
mucho tiempo me sentí muy desconcertada respecto a la razón por la cual la
Sociedad Teosófica y, en especial, los miembros de la sección esotérica, eran
tan amargamente antagónicos respecto al trabajo que yo intentaba llevar a
cabo. Sabía que no se debía a nuestras actividades anteriores dentro de esa
Sociedad, sino que se basaba en otra cosa, y eso me desconcertaba. Siempre me
había parecido, y me sigue pareciendo, que hay en el mundo lugar para varios
cientos de escuelas esotéricas verdaderas y que todas podrían colaborar,
complementándose unas a otras.
Cavilé sobre esto durante mucho tiempo, hasta que,
a principios de 1930, encontrándome en Paris, pregunté al señor Marcault,
presidente de la Sociedad Teosófica de Francia, a qué se debía este
antagonismo. Me miró con cierto asombro y contestó que, lógicamente, no le
parecía bien que en vez de hacer ingresar gente a la sección esotérica, me la
llevara a mi grupo. Lo miré igualmente asombrada y repliqué que en la Escuela
Arcana contábamos con cuatro tipos distintos de teósofos, otros tantos de
rosacruces y que ninguno de ellos había querido entrar en la Sociedad
Teosófica, de la cual él y yo éramos miembros. Le recordé que en la sección
esotérica nadie era admitido sin antes haber sido miembro de la Sociedad
durante dos años, y le pedí que explicara por qué las personas preparadas para
recibir entrenamiento esotérico debían esperar dos años en un grupo
exclusivamente exotérico. No supo qué responder, y su desconcierto aumentó
cuando señalé (ahora reconozco que fue una mala táctica de mi parte) que era
lamentable que la Escuela Arcana y la sección esotérica no pudieran trabajar
juntas. Puntualicé que la sección esotérica era en el mundo la mejor escuela
para probacionistas, porque activaba los fuegos de la aspiración y nutría la
devoción de sus miembros, pero en cambio, nuestra escuela daba entrenamiento
para llegar a ser “discípulos aceptados”, es decir, para quienes estaban en las
últimas etapas del sendero de probación, y hacíamos hincapié en la
impersonalidad y en el desarrollo mental. Agregué que nuestra tarea era
deliberadamente selectiva, quedándose sólo aquellos que en realidad estudiaban
fervorosamente y manifestaban signos de verdadera cultura mental. Le dije que
rechazábamos cientos de personas de tipo emocional o devocional, y que si
trabajábamos juntos podían ser transferidas muchas personas a la sección
esotérica. No le complació ni le impresionó bien, y por cierto no pude culparlo.
No quise que mi manifestación invalidara ninguna de las dos, pues para mí ambos
grupos eran igualmente necesarios; cumplían un propósito espiritual, y ya se
tratara de un probacionista o un discípulo, seguían siendo seres humanos
espiritualmente orientados, que requerían entrenamiento y disciplina.
El sentido de posición y categoría ha sido la
maldición de la Sociedad Teosófica y de muchos grupos ocultistas. Como he dicho
a menudo a los secretarios, la antigüedad en la Escuela Arcana no es un signo
de desarrollo espiritual y en su grupo pueden tener un principiante mucho más
avanzado que ellos en el sendero del discipulado. Otra cosa me deja perpleja, y
es cuando la gente cree que una persona emotiva, de fuertes sentimientos,
sensible y perceptiva, tiene menos importancia que una de tipo mental. Nadie
puede existir sin corazón o sin cabeza, y el verdadero estudiante ocultista es
una combinación de ambas cosas. Los dirigentes de la Sociedad Teosófica no
permiten a los miembros de la Escuela Arcana ingresar en la sección esotérica,
sin haber renunciado antes a nuestra escuela. Esto es un gran error y parte de
la gran herejía de la separatividad.
Nosotros no exigimos tal separación; decimos a los
estudiantes que si la escuela logra profundizar su vida espiritual, ampliar su
horizonte y acrecentar su percepción mental, les corresponde aplicarlo en la
iglesia, la sociedad, organización o grupo, hogar o comunidad, que el destino
les ha deparado. Por eso tenemos estudiantes activos que son miembros de
diversas logias teosóficas, y cada una se considera única y verdadera; también
hay estudiantes que pertenecen a cuatro grupos distintos de rosacruces y miembros
de las iglesias católica y protestante, de la Christian Science y de la Unity y
de todas las organizaciones conocidas con una base espiritual o religiosa.
Aceptamos otros que no tienen creencia alguna, pero están dispuestos a aceptar
una hipótesis y probar su validez. Por eso la Escuela Arcana es apolítica y no
sectaria y profundamente internacional en sus ideas. Su nota clave es el
servicio. Sus miembros pueden pertenecer a cualquier secta y partido político,
y trabajar en ellos siempre que recuerden que todos los caminos conducen a Dios
y que el bienestar de la humanidad debe regir todos sus pensamientos. Ante
todo, en esta escuela se le enseña al estudiante que las almas de los hombres
son una.
Quisiera agregar además, que la creencia en la
Jerarquía espiritual de nuestro planeta aquí se enseña científicamente, no
como doctrina sino como un reino existente y demostrable en la naturaleza.
Hemos tenido demasiada enseñanza clerical acerca del reino de Dios y el reino
de las almas. Estos términos equivalen a la frase empleada anteriormente, la
Jerarquía espiritual del planeta.
En esta escuela se desarrolla la verdadera
obediencia ocultista, que no implica obediencia a mí, a otro dirigente de la
escuela ni a algún otro ser humano. No se exige ni se pide a los estudiantes
juramento alguno de adhesión u obligación personal hacia ningún individuo. Sin
embargo, se les enseña a obedecer rápidamente los dictados de su propia alma. A
medida que la voz del alma se intensifica y se hace familiar, con el tiempo se
transformarán en miembros del reino de Dios y serán llevados ante el Cristo.
En 1923, establecimos así una escuela sin carácter
doctrinario ni sectario, basada en la Sabiduría Eterna, llegada hasta nosotros
desde la misma noche de los tiempos. Iniciamos una escuela que tiene un
propósito definido y un objetivo específico, una escuela incluyente y no
excluyente, que orienta a sus discípulos hacia una vida de servicio, lo cual
constituye el camino de acercamiento a la Jerarquía, en vez de la egoísta
auto-cultura espiritual. Estuvimos de acuerdo en que el trabajo debía ser
arduo, pesado y difícil, para poder eliminar a los ignorantes. Una de las cosas
más fáciles de fundar en el mundo es una escuela ocultista donde el individuo
se interesa en sí mismo, siendo muy común, pero nada de eso queríamos.
Poco a poco aprendimos a organizar el trabajo, a
instruir al personal, a sistematizar los ficheros y a adoptar esos sistemas
comerciales que aseguran la rápida atención de nuestros estudiantes. Hemos
mantenido financieramente a la escuela, sobre una base de aportes voluntarios,
sin cobrar por el estudio. De esta manera no tenemos ninguna obligación
pecuniaria con los estudiantes y nos reservamos el derecho de rechazarlo o
eliminarlo en cualquier momento, si no aprovecha la enseñanza. No tenemos
ningún subsidio ni acaudalado donante para la obra. Se sostiene con los
pequeños aportes de los muchos, lo cual es más sólido y seguro.
Creo que es todo lo que tengo que decir acerca del
comienzo de la Escuela Arcana y su funcionamiento. Constituye el corazón de
todo lo que hacemos. Tenemos hoy varias secciones: británica, holandesa,
italiana, suiza y sudamericana. Además, el trabajo ha sido organizado en
Turquía y África occidental y hay miembros en muchos otros países. Las
lecciones de la Escuela Arcana se publican en muchos idiomas; los estudiantes
son atendidos por secretarios que hablan el mismo idioma. Las actividades de
servicio abarcan un campo amplio, pero no me ocuparé aquí de ellas.
Los seis años siguientes, 1924 a 1930, fueron algo
monótonos. Los recuerdo claramente como un ciclo en que día tras día, semana
tras semana, mes tras mes, hacía siempre lo mismo, mientras llevaba adelante
la Escuela Arcana. Continuamente escribía artículos y lecciones para la
escuela; concedía entrevistas y, en 1928, cada veinte minutos recibía a
alguien. Nunca me dejé llevar por el engreimiento, creyéndome una gran persona.
Esto se debía a que no cobraba nada.
En esos años, en todas partes, pronunciaban
conferencias psicólogos de todo tipo. Psicoanalistas de cualquier especie
concedían entrevistas y cobraban elevados honorarios. Por mi parte, nunca cobré
nada, dedicaba el día entero en atender personas con algún problema que
esperaba solución. En Nueva York había entonces una mujer que cobraba 500
dólares por una consulta de media hora, teniendo un sinnúmero de personas que
esperaban ser atendidas. Puedo asegurar que nunca dio tan buenos consejos como
los que yo daba gratuitamente.
En esa época descubrí definidamente uno de los
misterios de la naturaleza humana. Comprobé que la gente está dispuesta a
revelar a un extraño los asuntos más íntimos de su vida diaria, sus relaciones
sexuales con sus esposos o esposas. Creo que mi reacción en contra de esto
tenía su base en mi educación inglesa, porque en América se habla a los
desconocidos con más libertad que lo que acostumbra hacer la otra parte de la
raza anglosajona. Con toda sinceridad digo que nunca me agradó. Que exista
cierta reticencia es útil y correcto y siempre me he dado cuenta que cuando una
persona ha sido demasiado franca y se ha abierto en una conversación íntima,
generalmente termina detestándolo a uno —un tipo de odio inmerecido e
injustificado contra la persona en quien se ha confiado. Nunca me han
interesado las relaciones sexuales de la gente, pero comprendo que son un
factor muy importante para la armonía individual.
La cuestión del sexo está hoy muy difundida. Soy
una inglesa conservadora que siente horror por el divorcio y le desagradan las
polémicas acerca del sexo, pero, sin embargo, sabe muy bien que la moderna
generación no está totalmente equivocada. Sé que la actitud victoriana era
malsana y perniciosa. El secreto y misterio con que rodeaban el problema del
sexo, resultaba peligroso para los jóvenes inocentes, respecto a una vida
creadora natural. Los rumores, los secretos, las informaciones a puertas cerradas,
originan interrogantes entre los jóvenes, dando por resultado un pensar
aberrante, por eso resulta difícil perdonar a los padres victorianos.
Actualmente sufrimos la consiguiente reacción. Es muy posible que la juventud
sepa demasiado, pero personalmente creo que esta condición es mucho más segura
que la que yo conocí.
Cuál es la solución al problema sexual de las
razas no lo sé; pero sé que algunos países regidos por la ley inglesa y presumiblemente
por la ley holandesa y otras más, el mahometano puede tener varias esposas. Los
americanos, los ingleses o los de cualquier nación, siempre han tenido
innumerables relaciones sexuales. De esta promiscuidad y de la búsqueda de una
respuesta, se hallará eventualmente la verdadera solución. Los franceses no lo
han resuelto, pues en la nación francesa se ha demostrado que “la mente es el
matador de lo real”. Los franceses son tan realistas, que olvidan a menudo lo
bello, espiritual y subjetivo, y esto indica una gran falla en su cerebro. El
Senado se reúne sin reconocer a la Deidad; las Logias Masónicas son proscritas
por las Grandes Logias de otros países, pues no reconocen al Gran Arquitecto
del Universo, y sus relaciones sexuales se basan en un concepto puramente
utilitario, que tendría una sólida base siempre que no existiera en el mundo
nada más que la vida material.
Hoy, 1947, el mundo sufre de demencia sexual. Gran
Bretaña, Estados Unidos y otros países están colmados de casos de divorcio; la
juventud se casa en el entendimiento de que si la unión no resulta feliz, puede
ser disuelta, y ¿quién puede decir que no es razonable? Los hijos ilegítimos,
como resultado de la psicosis de la guerra, en todos los países son la regla y
no la excepción. Dondequiera que marchen los ejércitos, dejan como saldo
cientos de miles de hijos ilegítimos. La iglesia lanza su anatema contra los
modernos puntos de vista del matrimonio y la desilusión que ello trae, pero no
ofrece solución, y tanto la Iglesia Católica, como la Episcopal de los Estados
Unidos y Gran Bretaña, sostienen que obtenido el divorcio, un nuevo casamiento
constituye adulterio.
A este respecto recuerdo muy bien que, para
asistir a la mañana temprano a una pequeña iglesia en Tunbridge Wells, cerca
de nuestra sede, y recibir la comunión, pedí permiso al párroco, pues
Inglaterra es un país muy pequeño y mi familia muy conocida. El párroco
respondió que tenía que pedir permiso al obispo, éste lo negó, y el rector me
dijo que no podía recibir la comunión. Miré fijamente al rector unos minutos, y
le dije: “Pude haber venido de América como mujer ligera, que bebe, juega a los
naipes, y con media docena de amantes, permitiéndoseme recibir la comunión por
no estar divorciada. Veinte años atrás se me otorgó el divorcio con total
aprobación del obispo y del clero de la diócesis, porque conocían los hechos,
pero ahora no puedo recibir la comunión —yo que he tratado de servir a Cristo
desde que tuve 15 años”. Hay algo que fundamentalmente no está bien en la
Iglesia Anglicana, y algo igualmente erróneo aquí, en la Iglesia Episcopal,
pues una vez me dijo un obispo: “Nunca me diga que una persona es divorciada,
porque si lo ignoro, no causo daño, pero si lo sé, me veo obligado a negarle la
comunión”. Los comentarios huelgan.
Creo que estamos en camino de lograrle solución al
problema sexual. ¿Cuál será esa solución? no lo sé, pero confío en la pureza
innata de la humanidad y en el progresivo desenvolvimiento del propósito de
Dios. Puede que la solución salga de una educación correcta, lograda en
nuestras escuelas, unida a una correcta actitud de todos los padres del mundo
para con sus hijos e hijas adolescentes. La actitud actual se basa en el temor,
la ignorancia y la reticencia. Llegará el momento en que educadores y padres
conversarán abierta y directamente con los jóvenes, sobre los hechos de la
vida, y la regulación de las relaciones sexuales, y presiento que ese momento
se aproxima a pasos agigantados. La juventud es muy sana, pero su ignorancia
frecuentemente constituye la causa de las dificultades. Si conocieran los
hechos (los hechos brutales al desnudo) sabrían qué hacer. Esas conversaciones
estúpidas sobre florecillas y semilleros, y los niños que trae la cigüeña, y
ejemplos similares y abundantes del problema sexual, resultan un insulto a la
inteligencia humana, y nuestros jóvenes poseen una inteligencia muy elevada.
Personalmente quisiera que los jóvenes
adolescentes, de ambos sexos, concurrieran a un médico comprensivo capaz de
explicarles la verdad lisa y llana. Que se gestara en la joven generación el
respeto por su función como futuros padres de la próxima generación, y que los
padres actuales, hablando en sentido general, dieran a los jóvenes más libertad
para solucionar sus propios problemas. La experiencia me ha enseñado que se
puede confiar en ellos cuando saben las cosas. El varón y la mujer comunes no
son degenerados por naturaleza, ni corren riesgos cuando saben que existen. Me
agradaría que el médico encarara el problema sexual, hablándoles a los jóvenes
desde el punto de vista de la paternidad y desde el ángulo de los peligros de
la promiscuidad, además de advertirles seriamente sobre la homosexualidad, que
constituye hoy una de las mayores amenazas que acechan a los jóvenes de ambos
sexos. Al explicarles los hechos y discutir el cuadro con toda claridad,
podemos confiar en nuestros jóvenes pero, sinceramente hablando, no confío
mucho en los padres, principalmente porque están llenos de temores y no tienen
confianza en sus hijos.
Éstas son palabras preliminares, pues en los años
siguientes tuve que afrontar el problema juvenil. Tengo tres hijas muy
atractivas y los muchachos comenzaban a cortejarlas. En la sede veía gente y
más gente; en mi hogar, muchachos y más muchachos. Así aprendí a conocer y
apreciar a ambos grupos. Confío en la joven generación y la respeto y aprecio.
En esa época nos cambiamos de Ridgefield Park a
Stanford, en Connecticut. Un amigo nuestro, el señor Graham Phelps-Stokes,
tenía una casa desocupada en Long Island Sound y nos permitió ocuparla
gratuitamente durante varios años. Era más espaciosa y bonita que la de
Ridgefield Park y me gustaba mucho. Siempre recordaré las mañanas pasadas allí.
En la planta alta de un ala del edificio había una amplia habitación que
abarcaba el espacio correspondiente a las dependencias de servicio del piso
bajo. Tenía ventanas en tres lados del aposento y allí vivía yo y trabajaba.
Craigie estaba con nosotros y, aunque el trabajo de la casa era agotador, como
las niñas crecían, ya prestaban ayuda. Foster y yo acostumbrábamos a viajar a
Nueva York casi todos los días de la semana, pues Craigie cuidaba de las niñas,
que estaban en plena adolescencia y eran extraordinariamente bonitas, y no
quisimos que ingresaran en la escuela pública. Entonces la población de
Stanford era en su mayor parte extranjera, y las tres niñas, hermosas y rubias,
eran irresistibles para los jóvenes italianos que las seguían a todas partes.
Presenté mi problema a una amiga que estaba en buena posición, y costeó sus
estudios en Low Hayward School, colegio particular de alta categoría para
señoritas, al que concurrían diariamente durante nuestra permanencia en
Stanford.
No me es posible recordar cuántos muchachos las
asediaban. Dos de ellos aún son amigos y nos visitan de vez en cuando, aunque
se han casado y tienen familia. Se nos presentan esporádicamente, pues siempre
existe entre nosotros esa disposición hondamente arraigada, que elimina toda
tirantez y nos permite retomar el hilo de una amistad íntima, sin tener en
cuenta el tiempo transcurrido desde la última vez que nos vimos. He olvidado a
los demás. Venían y se iban. Un recuerdo que persiste en mí es el de tantas noches
pasadas en esa habitación de tres grandes ventanales, esperando que se
encendieran las luces de un automóvil, lo cual indicaba que una de las chicas
despedía a su novio. Esa actitud mía molestaba mucho a mis hijas, pero he
pensado siempre que era una buena medida psicológica. Como madre siempre supo
dónde estaban, con quiénes estaban y cuándo llegaban mis hijas; nunca tuve que
lamentar mi terquedad en ese sentido, aunque con frecuencia lamenté las horas
de sueño perdidas. Mis tres hijas nunca me causaron angustia, y jamás me dieron
motivos para desconfiar de ellas, por eso aprovecho esta oportunidad, ahora
que están casadas y viven su propia vida, para decir que fueron muy buenas,
sensatas, sensibles y muy decentes.
Así pasaron los años. Desde 1925 a 1930 fueron
años de adaptación, dificultades, alegrías y progreso. Poco tengo que decir.
Constituyeron años normales, de trabajo, formación y estabilización de la
Escuela Arcana. Se publicaron los libros de El Tibetano, y a nuestro alrededor
se reunían grupos de hombres y mujeres que no sólo eran amigos adictos, que
habían trabajado entonces con nosotros, sino que aún se dedican lealmente a servir
a la humanidad.
Pocas veces tomábamos vacaciones en verano, pues
la casa estaba sobre el Sound y tenía su propia playa, por lo cual mis hijas
podían hartarse de nadar y sacar almejas. Tengo mucha habilidad para preparar
sopa de almejas. Gracias a la generosidad de un amigo, teníamos un automóvil y
podíamos ir a Nueva York o a donde quisiéramos. Prácticamente todos los
domingos permanecíamos en casa para recibir a nuestros amigos y huéspedes, que
con frecuencia sumaban entre veinte y treinta personas. Los reuníamos a todos
sin establecer diferencias, jóvenes y viejos, gente de buena o ninguna posición
social, y creo que todos se divertían. Servíamos pasteles, bebidas, té y café,
y sin tener en cuenta quienes eran, todos debían ayudar a lavar la vajilla y
ordenar la sala al terminar el día.
Había un gato y uno perro con características
propias. El perro era de policía, nieto de “Rin Tin Tín” y muy valioso. Se
suponía que estaba para protegernos y ahuyentar a los ociosos vagabundos, pero
por cierto no lo hacía. Quería a todo el mundo y daba la bienvenida a cuanto
vago se acercaba a la casa. Era demasiado educado, sensitivo y nervioso, por lo
tanto había que darle bromuro constantemente para calmar sus nervios. No
existía en él la menor sombra de maldad y todos lo queríamos. En cambio porque
el gato sólo me quería a mí, nadie lo quería. Era un enorme y magnifico
ejemplar que recogimos cuando pequeño. Únicamente quería estar conmigo. No
aceptaba alimento de nadie que no fuera yo. Rehusaba entrar en la casa si no me
encontraba en la planta baja, al extremo que Foster construyó una escalera que
iba del jardín a la ventana de mi dormitorio, y agujereó la persiana para que
pudiera entrar en la habitación; desde ese momento se sintió completamente
feliz y no volvió a usar la puerta, saltando desde la escalera hasta mi cama.
El trabajo aumentaba aceleradamente en esos años.
Mi esposo había empezado a editar la revista “The Beacon”, que satisfizo una
verdadera necesidad, como lo hace actualmente. Yo daba por lo general de seis a
ocho conferencias públicas por año, y como no se cobraba entrada, mi auditorio
llegaba fácilmente al millar de asistentes. A su debido tiempo, constatamos que
muchas de las personas que asistían a las conferencias eran sencillamente
curiosos. Concurrían a todas las conferencias gratuitas sin importarles el
tema y nunca se beneficiaban por lo que oían. En consecuencia, llegó la hora en
que decidimos cobrar entrada, aunque solamente consistió en 25 centavos. De
inmediato la concurrencia disminuyó a la mitad, lo cual nos complació
muchísimo, pues los asistentes querían escuchar y aprender y valía la pena
hablarles.
Siempre me ha gustado dar conferencias, y durante
estos últimos veinte años nunca supe lo que es sentirse nerviosa en un
estrado. Me gusta la gente y confío en ella, y un auditorio es para mí
simplemente una persona agradable. Dar conferencias es lo que más me gusta, e
impedida actualmente de hacerlo por mi salud constituye una de mis más grandes
privaciones. Mi médico no lo aprueba y mi esposo se aflige sobremanera, de modo
que ahora sólo hablo en la conferencia anual.
Al comenzar este período entablé una amistad que
ha significado tanto, para mí, como mi casamiento con Foster Bailey. Una
amiga, combinación de sencillez, dulzura y altruismo, trajo a mi vida tal
riqueza y belleza, como nunca había soñado. Durante diecisiete largos años
marchamos juntas por el sendero espiritual. Le dediqué todo el tiempo
disponible y constantemente lo pasaba en su casa. Nos divertían las mismas
cosas, nos interesaban las mismas ideas y cualidades. Entre nosotras no había
secretos; conocía todo lo que ella sentía acerca de las personas, las circunstancias
y el medio ambiente. Me complace pensar que durante los últimos diecisiete años
de su solitaria vida, no estuvo totalmente sola. Comprenderla, permanecer a su
lado, dejarla hablarme libremente y sentirse segura al hacerlo, era la única
compensación a su interminable bondad para conmigo. Durante años me visitó, y
hasta su muerte, en 1940, jamás me compré una prenda. Todavía sigo usando los
vestidos que me dio. Todas las joyas que tengo me las obsequió ella. Cuando
vine a este país yo había traído hermosas puntillas y joyas, pero todo tuvo que
venderse para pagar las cuentas del almacenero, y ella hizo posible su
reemplazo. Corrió con los gastos de escuela de mis hijas y siempre nos pagó los
pasajes de ida y vuelta a Europa y Gran Bretaña. Éramos tan intimas, que si yo
me enfermaba lo sabia automáticamente. Recuerdo que una vez me enfermé estando
en Inglaterra, hace algunos años, y a las pocas horas me envió por cable 500
libras esterlinas porque sabía que estaba enferma y las necesitaba.
Nuestras relaciones telepáticas han sido
extraordinarias y continúan aún después de su muerte. Las cosas que ocurrían
en su propia familia, después de su deceso, las discutía conmigo telepáticamente.
Aunque yo no tenía forma de saberlo, posteriormente descubría de qué se
trataba, y todavía frecuentemente hago contacto con ella. Poseía un penetrante
y profundo conocimiento de la Sabiduría Eterna; pero la gente le inspiraba
miedo, temía ser incomprendida, de que la quisieran por su dinero y la
embargaba un básico y profundo temor a la vida. Creo que le serví de algo,
porque respetaba mi razonamiento y comprobaba que casi siempre coincidíamos.
Actuaba como válvula de seguridad. Sabía que no trascendería cualquier cosa que
me confiara. Hasta el momento de morir me tuvo en su mente, y pocos días antes
de su deceso recibí una carta, puesta en el correo por otra persona, que apenas
pude descifrar, contándome sus cuitas. Una de las cosas que espero ver
realizadas cuando pase al más allá es, como lo prometió, encontrarla
esperándome. Reíamos de las mismas cosas y nos divertimos mucho mientras se
hallaba en la tierra. Gustábamos de los mismos colores y con frecuencia me he
preguntado por qué razón merecí tal amiga en el presente.
Dos veces al año me obsequiaba ocho o nueve
vestidos, conociendo exactamente mi gusto y los colores que me sentaban bien.
Cuando recibía esas cajas con hermosos vestidos, sacaba del guardarropa un
número equivalente de prendas del año anterior, que enviaba a alguna amiga en
precaria situación económica. No acostumbro acumular cosas, porque sé lo que es
necesitar un tipo de vestido o tapado y no poder adquirirlo. La pobreza, para
quienes deben guardar ciertas apariencias por haber pertenecido a la aristocracia,
es una experiencia mucho más amarga que la pobreza para las otras clases, pues
no les agrada recibir limosnas ni pueden salir a mendigar, pero se les puede
inducir a aceptar lo que necesitan, si se les escribe, diciéndoles: “He
recibido un obsequio de vestidos nuevos, siéndome imposible usar todos los que
tengo. Me sentiría avara quedándome con ellos, de modo que le envío un par de
vestidos y espero que me haga el favor de aceptarlos”. La felicidad
proporcionada a esas personas se debía por lo tanto a mi amiga y no a mí.
Encuentro difícil referirme como quisiera, a las
personas que gravitaron mucho en mi vida. Lo siento particularmente en el caso
de esta amiga, y sobre todo en lo que se refiere a mi esposo, Foster Bailey.
Conversé con él a este respecto y convinimos en que no es posible poner en una
autobiografía todo lo que hubiera deseado.
En nuestro camino nos encontramos con otra amistad
interesante, que trajo consigo algunas implicaciones de gran significado, y
que muy probablemente lleguen a realizarse en nuestra próxima vida y no en
ésta. En la ciudad de Nueva York hay un club llamado “Nobility Club”. Uno de
los socios me invitó a ir un día al club a escuchar al Gran Duque Alejandro,
hijo de uno de los zares de Rusia, cuñado del difunto zar Nicolás. Acepté más
por curiosidad que por otra cosa, y me encontré con un salón atestado de lo más
selecto de la realeza y nobleza de esa época, reunida en Nueva York. Nos
pusimos todos de pie cuando hizo su entrada el Gran Duque y ocupó un sillón en
el estrado. Al volver a sentarnos, nos miró con mucha seriedad y dijo: “No sé
si podrán olvidar por un minuto que soy el Gran Duque, porque quiero hablarles
a ustedes de sus almas”. Me enderecé en la silla, entre alarmada y complacida,
y al final de la charla me volví hacia mi amiga, la baronesa..., y le dije: “Me
agradaría poner al Gran Duque en contacto con personas de este país a quienes
no les interesa si es o no un Gran Duque, pero que le apreciarán por sí mismo y
su mensaje”. Fue todo lo que dije y no pensé más en ello.
A la mañana siguiente, estando en mi oficina,
llamaron por teléfono, y una voz anunció: “Su Alteza Imperial agradecería a la
señora Bailey que estuviera en el Ritz a las 11”. De modo que estuve a las 11
en el Ritz. En el vestíbulo me esperaba el secretario del Gran Duque. Me hizo
sentar, y luego de mirarme con solemnidad dijo: “¿qué desea usted del Gran
Duque, señora Bailey?”. Asombrada, lo miré y respondí: “Nada. No tengo la
menor idea por qué he sido llamada”. “Pero”, continúo el señor Roumanoff, “el
Gran Duque dijo que usted quería verlo”. Le respondí que no había dado paso
alguno para ver al Gran Duque ni podía imaginarme por qué me había llamado.
Comenté que había asistido a su charla de la tarde anterior y había
manifestado a una amiga mi deseo de que el orador pudiera conocer a ciertas
personas. El señor Roumanoff me condujo entonces a las habitaciones del Gran
Duque, donde, después de haberle hecho la reverencia de rigor y haberme
sentado, el Gran Duque me preguntó en qué podía servirme, y respondí: “en
nada”. A continuación le dije que había mucha gente en Norteamérica, como por
ejemplo la señora de Dupont Ortiz, que pensaban como él y poseían hermosas
mansiones, pero asistían pocas veces a conferencias, abrigando la esperanza
que tal vez él estaría dispuesto a ponerse en contacto con ellas; luego me
aseguró que haría cuanto le pidiera y agregó: “Conversemos ahora de cosas
importantes”. Pasamos casi una hora hablando sobre temas espirituales y la necesidad
de amor que tiene el mundo. Acababa él de publicar un libro titulado: “La
Religión del Amor”, y ansiaba su difusión más ampliamente.
Cuando regresé a mi oficina llamé por teléfono a
Alice Ortiz y le pedí venir a Nueva York y ofrecer un almuerzo al Gran Duque en
el Hotel Ambassador. Rehusó, y por supuesto insistí para que consintiera.
Entonces ofreció el almuerzo. En la mitad de la reunión, el señor Roumanoff se
volvió hacia mí y me preguntó: “¿Quién es usted señora Bailey?, nada hemos
podido averiguar acerca suyo”. Le aseguré que eso no me sorprendía pues no era
nadie —sólo una ciudadana norteamericana con una educación inglesa. Sacudió la
cabeza con aire azorado y me contó que el Gran Duque estaba dispuesto a hacer
lo que yo quisiera.
Éste fue el comienzo de una verdadera y genuina
amistad que perduró hasta la muerte del Gran Duque, y aún después. Frecuentemente
iba con Foster y yo a Valmy, a pasar unos días. Entre los tres teníamos
interesantes conversaciones. Una de las cosas que en esa amistad ambos
comprendimos profundamente fue la igualdad en todos y si alguien lleva sangre
real o pertenece socialmente a un ser humano de tipo inferior, tiene las mismas
simpatías y antipatías, penas, sufrimientos y alegrías y los mismos anhelos de
progresar espiritualmente. El Gran Duque era un convencido espiritista y nos
entreteníamos celebrando sesiones en la amplia sala de Alice Ortiz.
Una tarde, el señor Roumanoff llamó por teléfono a
mi esposo para pedirle, en caso de estar libres, responsabilizarnos por llevar
al Gran Duque a dos lugares donde él tenía que hablar. Respondimos que nos
complacería hacerlo y lo llevamos, y al final de su charla pudimos rescatarlo
de los cazadores de autógrafos. En el camino de regreso al hotel, volviéndose
repentinamente hacia mí, el Gran Duque dijo: “Señora Bailey, si le dijera que
yo también conozco a El Tibetano ¿significaría algo para usted?” —“Si señor”,
le respondí, “significaría mucho”. —“Pues bien”, continuó el Gran Duque,
“ahora podrá comprender la razón del triángulo formado entre usted, Foster y
yo”. Creo que esa fue la última vez que lo vi. Poco después partió para el sur
de Francia y nosotros para Inglaterra.
Un par de años después, cierta mañana, mientras yo
estaba en cama leyendo, alrededor de las 6.30, con gran sorpresa entro en mi
alcoba el Gran Duque, vistiendo el pijama azul oscuro que solía usar para estar
por casa. Me miró, sonrió, agitó su mano saludándome y desapareció. Fui donde
estaba Foster y le dije que el Gran Duque había muerto. Así era, en efecto. Vi
la nota necrológica en los diarios del día siguiente. Poco antes de irse me
había obsequiado una fotografía, lógicamente autografiada, y al cabo de un año,
más o menos, el retrato desapareció. Como ya había fallecido lamenté esta
pérdida profundamente, después de su muerte; estaba convencida de que algún
cazador de autógrafos la había robado. Varios años más tarde, caminando un día
por la calle 43 de Nueva York, vi de pronto al Gran Duque que se aproximaba.
Me sonrió y continuo su camino, y cuando llegué a mi oficina encontré sobre mi
escritorio la fotografía perdida. Evidentemente existía un vínculo de unión muy
íntimo en el plano espiritual, entre el Gran Duque, Foster y yo. En la próxima
vida sabremos la razón del contacto que tuvimos en ésta, y el por qué de la
amistad y comprensión que se estableció entre nosotros.
Una vida no debe verse como un hecho aislado, sino
como un episodio en una serie de vidas. Lo que se está desarrollando hoy, los
amigos y la familia, con quienes estamos ligados, y las cualidades, el
carácter y el temperamento que mostramos, indican simplemente la suma total
del pasado. Lo que seremos en nuestra próxima vida, resultará de lo que hemos
sido y hecho en ésta.
Fueron
años de arduo trabajo. Mis hijas crecían y los jóvenes las pretendían. La
Escuela Arcana se ampliaba constantemente y yo internamente iba adquiriendo
sentido de seguridad y el reconocimiento de que había hallado el trabajo del
cual me había hablado K. H. en 1895. La Doctrina de la Reencarnación y la Ley
de Causa y Efecto habían resuelto los problemas de mi mente Inquisitiva. Conocí
a la Jerarquía. Se me otorgó el privilegio de ponerme en contacto con K. H.
cuando quisiera, pues podía confiarse que no inmiscuiría mis asuntos
personales en Su ashrama, y le sería de más utilidad en éste y, por
consiguiente, en el mundo. Los libros de El Tibetano se conocían cada vez más
en todas partes. A mi vez, fueron bien recibidos varios libros que escribí,
precisamente para probar que podía realizar el denominado trabajo psíquico, así
como mi trabajo con El Tibetano, y también mantener independiente mi propio
cerebro, y ser un ente humano inteligente. Por los libros y por el acrecentado
número de estudiantes de la Escuela Arcana, Foster y yo estábamos en creciente
contacto con personas de todo el mundo. Nos llovían cartas requiriendo
informes, pidiendo ayuda, solicitando que se establecieran grupos en diferentes
países.
Siempre he sostenido la teoría de que las verdades
más profundas y esotéricas podrían gritarse a la opinión pública desde los
tejados, porque mientras se posea un mecanismo interno para el conocimiento
espiritual, no es posible causar daño alguno. Por lo tanto, los juramentos por
mantener el secreto no tienen significado, pues no hay secretos. Hay solamente
la presentación de la verdad y su comprensión. En la mente del público existe
una gran confusión entre esoterismo y magia. La magia es un modo de trabajar en
el plano físico, en relación con la sustancia y la materia, la energía y la
fuerza, de modo de crear formas mediante las cuales la vida pueda expresarse.
Como en este trabajo deben manejarse fuerzas elementales resulta peligroso, y
hasta los puros de corazón necesitan protección. El esoterismo es en realidad
la ciencia del alma. Concierne al principio viviente, vital y espiritual que
reside en todas las formas. Establece la unidad en tiempo y espacio. Motiva y
complementa el Plan desde el ángulo del aspirante, y constituye la ciencia del
sendero. Instruye al hombre sobre las técnicas del futuro superhombre, y le
permite así entrar en el sendero de la evolución superior.
El programa de estudio de la Escuela se fue
desarrollando gradualmente. Mantuvimos y aún mantenemos, la fluidez del trabajo,
a fin de enfrentar las diversas necesidades, y gradualmente formamos un
personal entrenado para supervisar el trabajo. Hace 15 años (1928) nos
cambiamos a la actual sede, y los pisos 31 y 32 constituyen la Sede de la
Escuela Arcana, de la Lucis Trust, del trabajo de Buena Voluntad y de la Lucis
Publishing Company. Comenzamos con un pequeño grupo de estudiantes; ahora tenemos
grandes proyectos espirituales relacionados con el servicio para la humanidad,
todos sin fines de lucro, que abarcan al mundo entero, y realizables todos por
los estudiantes de la Escuela Arcana.
CAPITULO SEXTO
1930 señala el último año de lo que he denominado
mi vida normal. Desde esa fecha en adelante, me absorbió el trabajo, tanto en
Gran Bretaña y el continente Europeo, como en los Estados Unidos, a lo que debo
agregar los respectivos compromisos y bodas de mis hijas, que por extraño que
parezca me causaron honda emoción. El ritmo casi normal de mi vida entre 1924 y
1930, se quebró definitivamente en 1931. Los seis años a que me refiero, se
caracterizaron por el ritmo monótono y la rutina: levantarse, trabajar para El
Tibetano, constatar que mis hijas también se levantaran, estuvieran listas
para ir al colegio, desayunaran, encargar las provisiones, tomar el tren para
Nueva York a fin de estar en mi oficina a las 10, y luego la monotonía de las
constantes entrevistas, atender la correspondencia, dictar cartas, tomar
decisiones respecto al trabajo de la Escuela Arcana, discutir problemas con
Foster y salir a almorzar. Con frecuencia en las últimas horas de la tarde
tenía que dar clase, y al echar una mirada retrospectiva a esa época, en que
enseñaba los fundamentos de la Doctrina Secreta, la considero la más
provechosa y satisfactoria de mi vida.
En muchos aspectos el libro de H. P. B., La
Doctrina Secreta, resulta anticuado, y su forma de encarar el conocimiento
de la Sabiduría Eterna tiene poco o ningún atractivo para la generación
moderna. Pero quienes realmente lo hemos estudiado y logramos extraer alguna
comprensión de su significado interno poseemos un concepto fundamental de la
verdad, no impartido por ningún otro libro. H. P. B. dijo que la nueva
interpretación de la Sabiduría Eterna sería un acercamiento psicológico. Tratado
sobre Fuego Cósmico, libro que se publicó en 1925, es la clave psicológica
de La Doctrina Secreta. No me hubiera sido posible escribir mis libros
sin realizar previamente un estudio concienzudo de La Doctrina Secreta.
Echando una mirada retrospectiva a mi primera
juventud y a la de mis hijas, me doy cuenta ahora que la adolescencia es un
período difícil. Yo pasé por una situación peor que la de mis hijas, porque
nadie se ocupó de aclararme nada. Ellas pasaron por un período de dificultades,
pero sólo Dios sabe que fue peor lo mío. Tuve que dejar que las acecharan y
esperar que no fueran engañadas y algunas veces lo fueron. Me hicieron sufrir,
pues me consideraban una madre anticuada. Tenía que soportar su opinión sobre mis
puntos de vista que consideraban caducos y que debía recordar mis días de
rebeldía. Había visto y sabía tanto de los males del mundo que sufría
horriblemente por ellas, todo lo cual resultó infundado. Tuve que someterme a
su creencia juvenil de que yo nada sabía respecto al sexo, que ignoraba cómo
se manejaba a los hombres, que nadie se había enamorado de mí, excepto los dos
hombres con quienes me había casado. Mi experiencia era, por supuesto, la de
toda madre que da hijos al mundo, especialmente hijas. Los varones se liberan
antes y guardan silencio y la generalidad de las madres nada saben de sus
andanzas. Por eso los siete u ocho años siguientes fueron muy difíciles para
mí, y aún hoy no tengo la seguridad de haber procedido inteligentemente. De
todos modos, no he causado aparentemente mayores daños y por eso estoy
tranquila.
En el otoño de 1930 pudo
constatarse que la obra de la Escuela Arcana se acrecentaba en Gran Bretaña y
en Europa. Los libros publicados se difundían por todo el mundo y a través de
ellos establecimos contacto con gente de todos los países. Muchas de esas
personas ingresaban en la Escuela Arcana, y la mayoría hablaba inglés. En esa
época no teníamos material en idiomas extranjeros ni secretarios que
conocieran otros idiomas. Lo que hacíamos y lo que ello representaba se
difundía por el mundo principalmente a través de los libros y de las personas
que escribían, a fin de dar a conocer algo sobre la meditación o en conexión
con algún problema.
Los miembros de la Sociedad
Teosófica, descontentos por la estrechez de puntos de vista, también se
pusieron en contacto con nosotros y muchos de ellos ingresaron en la Escuela
Arcana. Cuando solicitaban su ingreso les decía que nada teníamos que objetar
personalmente para su afiliación a la Escuela, pero lo hacían definidamente
quienes dirigían la sección esotérica de esa Sociedad. Bien o mal, siempre les
señalaba que sus almas les pertenecían y que no debían aceptar dictámenes de
nadie, ni de mi parte ni de la de los dirigentes de la sección esotérica. Todo
esto dio por resultado que contamos actualmente en la Escuela Arcana con
muchos de los más antiguos y mejores miembros de la sección esotérica de esa
Sociedad, que no ven nada contradictorio en las dos líneas de acercamiento.
La ridícula teoría promulgada
por la sección esotérica, de que es peligroso practicar dos fórmulas de
meditación simultáneamente, no sólo me ha divertido, sino que siempre fue
equivocada. Por un lado, la misma calidad y vibración actúa a través de dos
acercamientos; por el otro, la práctica de la meditación que asigna la sección
esotérica es tan elemental, que produce poco o ningún efecto sobre los centros.
Sin embargo, es extraordinariamente buena para los que se hallan en el sendero
de probación.
La Escuela Arcana iba creciendo constantemente,
aunque todavía era relativamente pequeña. Cambiamos de local, debido a las
dificultades para alquilar en la ciudad de Nueva York, hasta que en abril de
1928 nos mudamos a la sede actual, 11 West, 42nd Street. Fuimos de los primeros
que habitamos este nuevo edificio, ocupando el último piso, el 32, y aunque
actualmente ocupamos también el piso 31, nos resulta muy reducido y tendremos
que buscar comodidades más amplias.
Habíamos mantenido correspondencia durante cierto
tiempo con una señora que se hallaba en Suiza, poseedora de una gran cultura,
interesada en nuestras enseñanzas, la cual deseaba hacer algo para llevar al
mundo la Sabiduría Eterna. Tenía una hermosa casa a orillas del Lago Maggiore,
en Suiza, donde había construido un salón para conferencias y formado una
nutrida biblioteca. Una noche, en el otoño de 1930, se apareció en nuestra
casa de Stanford, en Connecticut, permaneciendo algún tiempo con nosotros para
conversar sobre diversos temas, exponer varias ideas, conocer cuáles eran
nuestros puntos de vista y ofrecernos su colaboración. Nos sugirió abrir con
nuestra ayuda un centro espiritual en Ascona, cerca de Locarno, en el Lago
Maggiore, libre de sectarismos y abierto a todos los pensadores esotéricos y
estudiantes ocultistas de Europa y de otras partes. Su contribución consistía
en proporcionarnos las hermosas casas que poseía, el salón de conferencias y su
magnífico terreno; Foster y yo debíamos ir para poner en marcha el proyecto,
dar conferencias y clases. Nos ofreció la más amplia hospitalidad, estaba
dispuesta a aceptar que nos acompañaran mis tres hijas si íbamos a Ascona,
corriendo ella con todos los gastos de manutención y alojamiento, menos del viaje.
Lógicamente no podíamos tomar
una decisión drástica, pero prometimos pensarlo cuidadosamente y hacerle saber
lo resuelto, después del año nuevo de 1931.
El asunto involucraba muchos
problemas. Para los gastos de viaje de cinco personas se requiere dinero, y no
estábamos seguros de iniciar tal empresa en esas condiciones. Yo había
permanecido 20 años en América sin volver a Europa, y no podía ir allá sin visitar
previamente mi país, por lo tanto tuvimos en cuenta muchas cosas antes de
llegar a una decisión correcta.
Fue entonces que vino a verme mi
amiga Alice Ortiz para hacerme una proposición, relacionada con la situación.
Sin saber nada del ofrecimiento de Olga Fröbe, me preguntó si quería enviar a
mis hijas a la universidad durante varios años o, si prefería, que viajaran al
exterior, corriendo ella con los gastos, pero yo debía decidir lo que
conviniera a mis hijas. Conversamos cuidadosamente con Foster y decidimos que
un viaje al extranjero era mucho más útil y educativo que cualquier titulo
universitario. Cualquiera puede obtener un título, pero muy pocos pueden
viajar, supongo que en mi decisión influyó el hecho de haber viajado tanto y no
poseer títulos.
Sólo en dos ocasiones he tenido
que lamentar mi carencia de títulos. Se exagera mucho sobre el valor de los
títulos en este país, pero aunque no los poseo, sé que estoy tan bien preparada
como quienes los tienen. No hace muchos años se me pidió que diera una serie de
conferencias en el Colegio de Postgraduados de Washington, D. C. Tenía que
hablar sobre el intelecto y la intuición. Se habían impreso y distribuido los
programas, pero cuando descubrieron que no poseía títulos académicos que
agregar a mi nombre, cancelaron las conferencias. Luego recibí una carta del
presidente de la institución manifestándome que la Facultad estimaba haber
cometido un gran error, pero era demasiado tarde para corregirlo. Poco tiempo
después recibí una invitación de la Universidad de Cornell para hablar a los
alumnos de dicho establecimiento sobre el moderno acercamiento espiritual a la
verdad y dar charlas a pequeños grupos de estudiantes. También esto se canceló
por carecer de títulos académicos.
De cualquier modo, consideré que
mis hijas aprenderían a ser seres humanos más útiles, conociendo mejor a las
personas de otros países —que visitando monumentos y galerías de arte— y
estando en contacto directo con la gente, de modo que descartarnos por completo
la carrera universitaria y decidimos su ingreso en la escuela de la vida.
Considerando esa decisión en el pasado, nunca
lamenté que no siguieran una carrera. Han aprendido a conocer a los seres humanos
y a darse cuenta de que Estados Unidos no es el único país en el mundo.
Descubrieron que hay gente tan simpática y tan inteligente, tan mala y tan
buena, en Gran Bretaña, Suiza, Francia, etc., como las hay en Estados Unidos.
Lo que debemos desarrollar hoy es el ciudadano del
mundo y terminar con el crudo nacionalismo, fuente de tanto odio que vemos en
todas partes. No conozco nada más pernicioso que la frase “América para los
americanos”, ni nada más estrecho que el hábito de los británicos de considerar
extranjeros a todos los demás, o la creencia de los franceses de que ellos son
los guías de todos los movimientos civilizados; esto debe desaparecer. He
encontrado siempre la misma clase de gente en los diversos países en que he
vivido. Algunos pueden ser físicamente más confortables que otros, pero la
humanidad que los habita es la misma.
Supongo haber observado esto más que nadie porque
he deambulado ciudad tras ciudad en Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa,
oyendo a distintas personas su opinión respecto a los demás, la manera como se
ridiculizan, mofan y desprecian mutuamente, y es el sentido de la unicidad de
la humanidad que quise que mis hijas captaran. Creo que tienen un punto de
vista más amplio que las personas que van conociendo y esto es debido a que han
viajado mucho; en mi caso también, no solo he viajado horizontalmente por
diversos países, sino verticalmente de arriba abajo en la escala social.
Aprender a estimar a la gente es una gran cultura, y yo quise a la gente desde
que nací. Uno de los mejores hombres que he conocido en mi vida y a quien
consideré un amigo, era hijo de un emperador. La primera y más querida amiga
que tuve hace 35 años cuando llegué a los Estados Unidos, fue una mujer de
color y en mi conciencia tienen igual importancia y los recuerdo con el mismo
afecto.
Descubrí que mis hijas podían defenderse en
cualquier sector o situación, aunque no tenían más instrucción que la recibida
en las escuelas públicas de Norteamérica. Teniendo capacidad, un hogar donde
se valoran las cosas interesantes y se hacen resaltar los valores humanos,
considero que no hay mejor entrenamiento para la juventud que la educación dada
en las escuelas públicas de Estados Unidos.
En la primavera de 1931 empezamos a hacer nuestros
planes para aceptar la invitación de Olga Fröbe y visitar, por un par de meses,
su casa situada en los lagos italianos. Pueden imaginarse la emoción de los
planes, la compra de equipaje, el arreglo de ropas y las conjeturas de mis
hijas acerca de todo. Nunca en su vida habían salido de los Estados Unidos,
excepto la mayor, Dorothy, que había estado en Hawai. Alice Ortiz proveyó todo con
su generosidad habitual, procurando que tuviésemos la ropa apropiada, además de
pagar totalmente los gastos de viaje.
Elegimos para la travesía uno de los barcos más
chicos que iban directamente de Nueva York a Amberes, Bélgica, y debo reconocer
que la vida de a bordo, con tres hijas que estaban llenas de vida y energías,
resultaba un tanto agotadora. Seguirlas no era broma. Ir en su búsqueda todas
las noches para que fueran a dormir, tampoco era gracioso. No es divertido
para una niña que está bailando alegremente con un oficial, ver a su
progenitora de pie, en un segundo plano, indicando con su presencia que es hora
de ir a la cama. Las chicas eran buenas en demasía, pero también excesivamente
emocionales. Conocían a bordo a todo el mundo, quiénes eran, de dónde venían y
cómo se llamaban, y se habían hecho muy populares. Hace pocos años hallé un
gran paquete que contenía tres disfraces que yo había hecho para mis hijas, a
bordo de ese barco. No era una idea original en modo alguno, porque
representaban la bandera norteamericana; faldas azul oscuro con rayas blancas
y una blusa blanca adornada con estrellas rojas de cinco puntas. No cosí las 48
estrellas en cada blusa por ser mucho el trabajo, pero el efecto general era
muy patriótico y alegre.
Jamás olvidaré el día en que
remontamos el río Scheldt y anclamos en Amberes. Mis hijas nunca habían visto
una ciudad extranjera. Todo les parecía nuevo y extraño, desde el coche de
plaza en el que fuimos al hotel, hasta los acolchados de pluma de las camas.
Paramos en el Hotel Des Flandes, y nos divertimos mucho los pocos días que
permanecimos en Amberes. Los manteles a cuadros del Van Viordinaire, la cocina
extranjera y el café con leche, todo era emocionante para ellas y pleno de
remembranzas para mí.
Una amiga nos acompañó para
estar con nosotros en Ascona, pero se separó después de pasar unos días en
Amberes, porque quería recorrer el Rhin con su hija. Poseía una idea distinta
de la que teníamos Foster y yo, acerca de cómo disfrutar de la permanencia en
un país extranjero. Solía aparecerse por la mañana con la hija de un brazo, y
una gran cartera bajo el otro, preguntándome: “Alice, ¿qué vas a ver esta
mañana? En la guía turística figuran una estatua marcada con tres estrellas,
los cuadros de Rubens y otras cosas más que hay en la catedral. ¿Qué vas a
hacer primero?”. Con gran sorpresa de su parte le respondía que nada de eso,
porque no nos interesaban las estatuas de militares fallecidos ni visitar las
iglesias.
Le explicaba que mi principal
idea era que las niñas se empaparan del medio ambiente del país que visitaban,
y observaran algunos de sus habitantes, cómo vivían y qué hacían en distintas
horas del día. Por eso saldríamos a caminar sin rumbo fijo, tomaríamos café
bajo el toldo de una pequeña cafetería, para poder observar, escuchar y hablar
con la gente. Esto hacíamos, mientras ella iba donde quería. Nunca llevé a mis
hijas a las galerías de arte o a ver estatuas e iglesias, haciendo las cosas
trilladas que hace el turista común. Deambulábamos por las calles, mirábamos
los jardines, íbamos a pasear por los suburbios. Al cabo de unos días mi hijas
habían adquirido un enorme conocimiento acerca de la ciudad y sus alrededores;
de sus habitantes y su historia. Jamás adquiríamos objetos que sirvieran de
recuerdo, pero tomábamos fotografías, comprábamos postales, y descubrimos que
la gente de otros países es igual a nosotros.
Desde Amberes fuimos a Locarno,
en Suiza, último punto al que pudimos llegar por tren y allí nos esperaba Olga
para llevarnos a su hermosa villa donde permanecimos por varias semanas. El
viaje por tren resultó maravilloso para mis hijas, pero para mi fue una jornada
agotadora. Viajamos en el “tren azul”, que atraviesa el Simplón y pasa por el
valle de Cinto.
Resulta imposible tratar de describir la belleza
de los lagos italianos. Según mi parecer, el Lago Maggiore, en cuyas orillas se
halla la villa de Olga, es uno de los más hermosos y extensos de Italia. Parte
de este lago está en territorio suizo, en el cantón de Ticino, pero en su
mayoría corresponde a Italia. Las aguas son intensamente azules, y las pequeñas
villas esparcidas en las laderas de las colinas, que se internan en el agua,
son muy pintorescas. No he conocido nada más hermoso en el mundo que el
panorama que se percibe desde Ronco hacia el lago. Es inútil que trate de
describirlo, pues me faltan palabras para ello, pero ninguno de nosotros jamás
olvidará la belleza del lugar. Es lo que imaginamos en momentos de fatiga y
desilusión; sin embargo, detrás de toda esa belleza, existía corrupción y un
antiquísimo mal.
Este distrito fue en una época el centro donde se
celebraba la misa negra, en Europa Central, y la evidencia de ello perdura en
los caminos de la campiña. Las pequeñas aldeas de los alrededores fueron
abandonadas por sus habitantes, debido, principalmente, a condiciones
económicas, y luego compradas por grupos de alemanes y franceses cuyos
objetivos e ideas distaban mucho de ser correctos y limpios. Los niños que
precedieron a la guerra, especialmente en Alemania, fueron notablemente
inmorales. Se practicaba toda suerte de vicios y maldades, y un buen número de
quienes llevaban ese tipo indeseable de vida, concurría durante el verano a
los lagos italianos. Algún día ese lugar será purificado y podrá llevarse a
cabo el verdadero trabajo espiritual. Una de las cosas con que tuvimos que
bregar fue el espíritu maligno que compenetraba el lugar, la peculiarmente
degenerada y objetable gente que vivía en las orillas del lago.
Tan pronto me di cuenta del
lugar en que nos encontrábamos, donde, a pesar de toda su belleza, acechaba el
mal, se lo expliqué a mis hijas. Tomé la decisión de que no deberían ser tan
inocentes como para enfrentar el peligro, y cuando íbamos por los caminos les
señalaba a esas personas de tipo indeseable. Mis explicaciones no las disfracé
con bonitas palabras. Les dije lisa y llanamente de qué se trataba, incluyendo
la degeneración y la homosexualidad, de modo que pudieran pasar incontaminadas
a través de muchas vicisitudes sin sufrir daño. Como se podrá apreciar, no
guardé secretos ni dejé de hablarles de determinados pecados y sacrílegos
rituales. Les indiqué claramente cuál era el tipo de personas que se dedicaba a
esa clase de cosas, cuyos rasgos eran tan evidentes, que hasta mis hijas se
daban cuenta que en verdad era así. Siempre he creído que no se debe ocultar a
los jóvenes el conocimiento de lo indeseable.
Siempre permití a mis hijas leer lo que quisieran
con la salvedad de que, sabiendo yo que el libro era inmoral, las ponía sobre
aviso y les preguntaba por qué querían leerlo. Mi experiencia me dice que
cuando somos francos y, no obstante, les permitimos leer lo que conceptuamos
poco inteligente, su pureza y rectitud natural sirven de protección. Nunca
leyeron a escondidas, hasta donde yo supe, pues sabían que podían hacerlo con
libertad y también que me expresaría libremente al respecto. De todos modos mis
hijas pasaron tres temporadas veraniegas en Ascona, sabiendo a ciencia cierta
lo que allí ocurría, sin sufrir daño alguno.
El primer verano que pasamos en
Ascona paramos en la casa de Olga, pero después ocupamos una pequeña casa sobre
el lago que estaba en su propiedad. Cerca de nuestra casa había construido un
hermoso salón de conferencias donde se celebraban reuniones por la mañana y por
la tarde. Los jardines eran encantadores, las condiciones para nadar y remar
ideales, y nos pareció que habíamos recibido un regalo del cielo, contando
además con la promesa de futuras y amplias oportunidades de expansión. El
primer año de estar allí, el grupo que se reunía era algo pequeño, pero durante
los dos últimos años fue acrecentándose paulatinamente y creo poder decir que
el trabajo fue exitoso. Allí se reunían personas de todas las nacionalidades;
vivíamos todos juntos durante semanas, llegando a conocernos muy bien. Las
barreras nacionales parecían no existir y todos hablábamos el mismo idioma espiritual.
Allí fue donde conocimos al Dr. Roberto Assagioli,
nuestro representante en Italia durante varios años, y el contacto con él y
los muchos años de labor en común, constituyó uno de los hechos más felices y
dignos de destacar en nuestra vida. En una época fue un destacado especialista
del cerebro en Roma; cuando lo conocimos por primera vez se le consideraba como
el psicólogo más renombrado de Europa. Posee muy buen carácter. No puede entrar
a una habitación sin que su presencia resalte de inmediato por sus cualidades
espirituales extraordinarias. Frank D. Vanderlip en su libro What Next in
Europe (Lo que vendrá en Europa) hace un sorprendente comentario sobre el
doctor Assagioli. Le llama el moderno San Francisco de Asís, y dice que la
mañana que pasó con él en Europa, marcó uno de los acontecimientos más
sobresalientes de su viaje. El doctor Assagioli es judío. En la época en que lo
conocimos en Ascona y cuando más adelante le visitamos en Italia, los judíos
eran bien tratados en ese país. Había aproximadamente 30.000 en Italia,
considerados como ciudadanos italianos y no sufrían restricciones ni
persecuciones.
Las charlas del doctor Assagioli constituían
sucesos de gran trascendencia en las conferencias de Ascona. Daba sus conferencias
en francés, italiano e inglés, y la fuerza espiritual que de él emanaba fue un
estímulo para que un gran número de personas renovara su consagración a la
vida. Durante los dos primeros años, él y yo llevábamos el peso de las
conferencias, aún cuando había otros creadores interesantes y capacitados. El
último año que estuvimos allí, concurrieron muchos profesores alemanes, alterándose
el tono y la calidad del lugar. Algunos de ellos eran muy indeseables, y la
enseñanza que impartían variaba de un plano espiritual relativamente elevado a
una filosofía académica y a un esoterismo espurio. El último año que estuvimos
allí fue en 1933.
El segundo año que fuimos a
Ascona, resultó uno de los más beneficiosos. El Gran Duque Alejandro se reunió
con nosotros, dando charlas muy interesantes; algo muy importante para mí fue
la llegada de Violet Tweedale a Ascona, lo consideré un día de fiesta. Aún la
veo bajar por la colina con su esposo, dominando de inmediato, a todo el grupo,
la fuerza de su personalidad espiritual. Era hermosa, graciosa y majestuosa; pronto
Foster y yo entablamos una verdadera amistad con ella y su esposo. Más adelante
nos alojábamos, con frecuencia, en su hermosa residencia de Torquay en South
Devon. Cada vez que me encontraba cansada o preocupada, iba a verla y
conversábamos. Era una escritora prolífica. Escribió muchas novelas que se
hicieron populares; sus libros sobre psiquismo, basados en sus experiencias
personales, son sensatos e intrigantes, y el último, titulado El Cristo
Cósmico, tuvo amplia y útil difusión.
Constituía una de las pocas
psíquicas en el mundo en quien se podía creer totalmente. Inteligente en grado
sumo, poseía un agudo sentido del humor y un espíritu investigador bien
desarrollado. Siendo una gran estudiosa de los libros de El Tibetano, yo le
proporcionaba todos sus escritos en cuanto los recibía. Tenía amistades en
todos los estratos sociales, y cuando murió, no hace mucho tiempo, cientos de
personas, además de mi esposo y yo, evidenciamos un sentimiento de haber
sufrido una pérdida irreparable. Su esposo me obsequió el broche que ella
usaba constantemente, y lo llevo siempre conmigo, recordándola con profundo
amor y afecto.
Todos los años, después de nuestro viaje al
extranjero, regresábamos a los Estados Unidos por unos meses, dejando generalmente
a las niñas en Inglaterra. Si era necesario alquilábamos una casa, que un
amigo, estudiante de la escuela, puso a nuestra disposición durante dos años,
en Ospringe Place, Kent.
Por esa fecha mis tres hijas se casaron. Como ya
he dicho, Dorothy se casó con el capitán Morton, seis meses mayor, y muy
apropiado para ella. Forman uno de esos matrimonios realmente felices, que da
gusto ver. Creo que ambos son muy afortunados. Terence es para Dorothy, uno en
un millón, parco, inteligente, amable y firme, cuando debe serlo, y Dorothy,
ingeniosa, chispeante, profunda pensadora y buena psicóloga, de temperamento
vivaz, alma de artista, enamorada de su esposo. Ellison se casó algún tiempo después
con un oficial, compañero de Terence, llamado Arthur Leahy. Tanto Arthur como
Terence son, al escribir esto, coroneles que prestan servicio activo en el
exterior. Mi segunda hija, Mildred, volvió con nosotros por un año, a los Estados
Unidos, y se casó con Meredith Pugh; su matrimonio fue muy desgraciado, aunque
nada indicaba que lo sería. Surgieron circunstancias tan drásticas, que en
cuatro meses Mildred se comprometió, se casó y se divorció, con un hijo en
camino. El niño fue la recompensa por lo que sufrió. No es necesario dar
detalles sobre esto. Mildred se comportó en todo momento, en esa dificultosa
situación, con serenidad, aplomo e inteligencia. Cuando vino a verme, en
Inglaterra, me maravilló su falta de rencor o espíritu de venganza y
represalias, pero también me asombró de que con una apariencia tan enfermiza,
pudiera continuar viviendo.
En esos años en que mi esposo y yo pasábamos cinco
meses en Gran Bretaña y Europa y siete en los Estados Unidos, el trabajo de la
escuela se acrecentaba constantemente. La labor realizada en Ascona, durante
tres años, había atraído a la escuela un gran número de personas de distintas
nacionalidades, y éstas, que habían ingresado por la lectura de los libros
publicados, conjuntamente con otras, formaron núcleos en muchos países de
Europa, con los cuales pudimos erigir el futuro trabajo. La tarea realizada en
España, bajo la supervisión de Francisco Brualla, marchaba muy bien, contando
ya con varios cientos de estudiantes españoles, en su mayoría hombres. El
trabajo en Gran Bretaña también avanzaba. Estudiantes, en pequeños grupos,
esparcidos por todo el mundo, comenzaban a ingresar en la escuela.
Uno de tales grupos, formados en la India, me
interesaba sobre manera. Existía una organización denominada Sudha Dharma
Mandala, fundada por Sir Subra Maniyer. Era una orden ocultista, aparentemente
muy elevada. Por casualidad leí uno de los libros publicados por esa orden y
descubrí que varios dirigentes de la Sociedad Teosófica actuaban en la misma,
después de pasar por la sección esotérica de dicha Sociedad. No tengo costumbre
de afiliarme a organizaciones, pero de todos modos escribí al dirigente de la
orden solicitando mi ingreso, pero no recibí respuesta. Al año siguiente, como
aún no había tenido noticias, escribí nuevamente y encargué algunos libros,
incluyendo el correspondiente cheque para el pago. No recibí respuesta ni los
libros, aunque el cheque fue cobrado. Al cabo de unos meses envié la copia de
mi carta anterior al dirigente de la orden; tampoco obtuve contestación.
Abandoné el intento y pensé que se trataría de una de esas falsas
organizaciones preparadas para engañar a los incautos occidentales.
Tres años más tarde fui a Washington, D. C., para
dar una serie de conferencias en el hotel New Willard. Al terminar una de ellas
se me aproximó un hombre, llevando una pequeña valija en la mano, y me dijo:
“He recibido orden del Suddha Dharma Mandala de entregarle estos libros”. Me
entregó los que yo había pedido y con eso se restableció mi fe en la rectitud
de esa organización. Durante un tiempo no tuve más noticias. Luego recibí una
carta de uno de los miembros del grupo, donde me decía que Sir Subra Maniyer
había fallecido, que mi libro Tratado sobre Fuego Cósmico había
sido su constante compañero, y que en su lecho de muerte había pedido a los
siete miembros más antiguos de la orden que ingresaran en la Escuela Arcana y
recibieran mi enseñanza. Así lo hicieron, y durante años este interesantísimo
grupo de antiguos estudiantes hindúes trabajó con nosotros. Por su edad
avanzada, fueron muriendo uno tras otro, y ya no tengo contacto con ninguno.
Ellos reverenciaban a H. P. Blavatsky, y me resultó muy interesante este
contacto.
Otro vínculo con H. P. B. se produjo por medio de
un pequeño grupo adicto a Sinnett, que se afilió a la Escuela Arcana, siendo mi
amiga Lena Rowan-Hamilton la primera en hacerlo. Injertaron en la vida de la
escuela algo de la antigua tradición y un fuerte sentido de relación con la
fuente de origen de la Antigua Sabiduría, cuando en el siglo diecinueve vertía
su luz en Occidente.
Uno de los desarrollos más interesantes producido
en la escuela, ha sido la constante rigidez de los requisitos de ingreso. Cada
vez eran más numerosos los rechazos de estudiantes enfocados exclusivamente en
el nivel emocional y recalcábamos la necesidad de poseer algún enfoque y
desarrollo de la mente, para proporcionar un entrenamiento más avanzado en los
grados superiores.
A medida
que los años pasan y las necesidades del mundo son más urgentes, también
aumenta, paralelamente, la necesidad de discípulos entrenados. El mundo debe
ser salvado por quienes poseen inteligencia y amor; la aspiración y las buenas
intenciones no bastan.
Durante los años de gira por Europa, conocimos
muchos tipos de ocultismo en distintos países. En todas partes pudimos ponernos
en contacto con pequeños grupos que se ocupaban de hacer algunas exposiciones
de la verdad esotérica y resaltar determinados aspectos de la Sabiduría
Antigua. Los primeros indicios de una ascendente oleada espiritual podían
constatarse en todas partes: Polonia, Rumania, Gran Bretaña y América. Parecía
como si la puerta de acceso a una nueva vida espiritual, se hubiera abierto para
la humanidad y evocara el correspondiente surgimiento de las fuerzas del mal,
que culminó con la guerra mundial; no creo que esta ascendente oleada haya sido
interrumpida por la guerra. Confío que nos llevará a la intensificación de esa
urgencia espiritual, y que aquellos de nosotros que trabajamos en la viña del
Maestro, estaremos muy ocupados, en los años futuros, organizando, animando e
instruyendo a los que están espiritualmente despiertos.
Una de las razones que me impulsaron a escribir
esta autobiografía fue que, tanto yo como nuestro grupo asociado, estuvimos en
situación de observar y reconocer ciertos desarrollos que ocurrieron en este
planeta bajo la guía e influencia de la Jerarquía. Se nos ha utilizado para
iniciar el trabajo que está destinado a inaugurar la nueva era y la futura
civilización, especialmente desde el ángulo espiritual. Echando una mirada
retrospectiva a los años transcurridos, resulta evidente lo que la Jerarquía
definidamente ha realizado por nuestro intermedio.
Al expresar esto no lo hago para vanagloriarme ni
por propia satisfacción. Constituimos solamente uno de los numerosos grupos con
quienes trabajan los Maestros de la Sabiduría, y todo grupo que lo olvide está
propenso a convertirse en un satisfecho aislacionista, por tanto, corre el
peligro inminente de sucumbir. Se nos ha permitido hacer ciertas cosas. Otros
discípulos y grupos han tenido la responsabilidad de iniciar nuevos proyectos,
bajo la guía de sus propios Maestros. Si todos estos proyectos se llevan a cabo
por inspiración jerárquica y con espíritu de verdadera humildad y comprensión,
contribuye a los factores de una gran empresa espiritual que inició la
Jerarquía en 1925. A una de esas dramáticas expresiones del propósito
jerárquico quiero referirme ahora.
En 1932, cuando nos hallamos en Ascona, recibí una
comunicación de El Tibetano, que apareció ese otoño en forma de folleto, bajo
el título de El Nuevo Grupo de Servidores del Mundo. Tuvo un significado
épico, aunque muy pocas personas comprenden todavía su verdadero sentido.
La Jerarquía espiritual de nuestro planeta
consideró que un grupo estaba en proceso de formación, el cual contenía el
núcleo de la futura civilización mundial, caracterizándose por las cualidades
que distinguirían esa civilización durante los próximos 2.500 años. Esas
cualidades son, primordialmente, un espíritu de inclusividad, un potente deseo
altruista de servir a nuestros semejantes, más un definido sentido de
orientación espiritual, emanado del aspecto interno de la vida. Este nuevo
grupo de servidores del mundo incluye dos sectores bien definidos. Una parte
del grupo mantiene una íntima relación con la Jerarquía espiritual. Está
compuesto de aspirantes que se preparan para el discipulado, guiados por
algunos discípulos de los Maestros; éstos a su vez están dirigidos y guiados
por unos pocos discípulos mundiales, y trabajan en tan amplia escala, que su
labor es decididamente de alcance internacional. Dicho grupo actúa como
intermediario definido entre la Jerarquía espiritual del planeta y la humanidad.
Por su intermedio los Maestros de Sabiduría, dirigidos por Cristo, elaboran
planes gigantescos para la salvación del mundo.
La tentativa de llevar adelante a la humanidad por
nuevos y más definidos caminos, y en mayor escala que nunca, ha sido posible
por el advenimiento de la era acuariana, que tiene una importancia astronómica
y astrológica.
Existe actualmente un fuerte prejuicio en el mundo
contra la astrología, lo cual es comprensible, constituyendo también una
definida protección para los crédulos y los tontos. Las predicciones
astrológicas, según mi punto de vista, son una amenaza y un obstáculo. Si una
persona es muy evolucionada, regirá a sus propios astros, realizará lo que no
está predicho, y su horóscopo, por lo tanto, será inexacto y carecerá de
sentido. Si una persona es subdesarrollada, existe entonces la probabilidad de
que sus astros le condicionen totalmente, siendo su horóscopo exacto, desde el
ángulo de la predicción. Cuando esto sucede y la persona acepta el dictamen, de
su horóscopo, su libre albedrío es infringido y actuará exclusivamente dentro
de los límites impuestos por el horóscopo, y como resultado no hará ningún
esfuerzo personal para liberarse de los posibles factores determinantes.
Con frecuencia me sonrío cuando la gente se jacta
y dice que su horóscopo es exacto y que todo ha sucedido de acuerdo al mismo.
En realidad lo que dicen significa, soy una persona mediocre, sin libre
albedrío, condicionada por los astros y, por lo tanto, no tengo la menor
intención de progresar en esta vida. Los buenos astrólogos evitan confeccionar
este tipo de horóscopos. Los mejores en este campo se preocupan
fundamentalmente de delinear el carácter, lo cual resulta sumamente útil; luego
tratan de descubrir de qué manera puede confeccionarse el horóscopo del alma
para conocer el propósito de la vida del individuo en encarnación, y por lo
tanto establecerse una clara distinción entre las tendencias establecidas de la
personalidad, a través de muchas encarnaciones, el propósito emergente y la
voluntad del alma.
Sin embargo, al considerar lo que astrológicamente
implican los hechos astronómicos, el asunto es muy distinto. La gente ha oído
decir que estamos en tránsito hacia el signo de Acuario, lo cual significa que
de acuerdo al zodíaco, el recorrido imaginario del Sol en los cielos, el Sol
parece desplazarse a través de la constelación de Acuario. En la actualidad es
una realidad astronómica y nada tiene que ver con la astrología. Sin embargo,
la influencia que ejerce el signo por el cual atraviesa el Sol en un periodo
mundial determinado, es irrefutable y puede ser probada aquí y ahora.
Antes de la dispensación judía, cuando Moisés sacó
de Egipto al pueblo de Israel, el Sol estaba en Tauro; atravesaba el signo del
Toro. Entonces aparecieron en la tierra los misterios mitraicos que tuvieron
como centro el sacrificio del toro sagrado. El pecado de los hijos de Israel en
el desierto, que provocó la irá de Moisés, cuando al descender de la montaña
del Señor les encontró adorando al becerro de oro, consistió en que habían
retrocedido a una pasada y caduca religión, la cual debió ser trascendida. La
dispensación judía estaba regida por el signo de Aries, el carnero, a través
del cual el sol atravesaría durante los 2.000 años siguientes. Tenemos después
la aparición de la víctima propiciatoria en la historia de los judíos y
también, en la Biblia, la narración del carnero atrapado en las zarzas, todo lo
cual se debió a la influencia del tránsito del Sol por los signos del toro y
del carnero.
Un aspecto, independientemente de los
descubrimientos de la astrología académica, que hoy muy pocos pueden llegar a
vislumbrar, produjo estas reacciones naturales. Alguna influencia, emanada de
los signos del toro y del carnero, produjo la simbología que condicionó la vida
religiosa de los pueblos de esa era. Esto se evidenció aún más cuando se
produjo el tránsito del Sol en la siguiente constelación, el signo de Piscis,
los Peces. Luego apareció Cristo y la simbología del pez, cuya característica
se destaca en el Evangelio. Los discípulos de Cristo eran en su mayor parte
pescadores. Realizó el milagro de los peces, y ordenó a Sus apóstoles que,
después de Su muerte, bajo la égida de San Pedro, se convirtieran en pescadores
de hombres. De allí que la mitra que usa el Papa simboliza la cabeza de un pez.
Actualmente, según la astronomía, transitamos por
el signo de Acuario, el portador de agua, o de la universalidad, porque el agua
es un símbolo universal. Antes de su muerte, Cristo envió a Sus discípulos a
buscar al portador de agua, que los llevó a un aposento en el piso alto, donde
se instituyó el sacramento de la comunión, lo cual indica que Cristo reconocía
el advenimiento de una nueva era que sucedería a Su dispensación, en la cual
entramos ahora. El famoso cuadro de Leonardo da Vinci, “La Ultima Cena”, es un
gran símbolo de la era acuariana, porque todos nos reuniremos dirigidos
amorosamente por Cristo, cuando se establezca la fraternidad y los hombres se
agrupen enlazados por la relación divina. Las antiguas barreras entre un hombre
y otro y una nación y otra se irán derribando lentamente, durante los próximos
2.000 anos.
A fin de inaugurar e instituir esta tarea, la
Jerarquía anunció la aparición en la tierra, del nuevo grupo de servidores del
mundo, dirigido y guiado por discípulos y aspirantes espirituales no
separatistas, que consideran a todos los hombres iguales, sin distinción de
color o credo, y están dedicados a trabajar incesantemente para promover la
comprensión internacional, la participación económica y la unidad religiosa.
El segundo sector del nuevo grupo de servidores
del mundo, está formado por hombres y mujeres de buena voluntad. Hablando
textualmente, no son aspirantes espirituales ni particularmente se interesan en
el Plan, y poseen poco o ningún conocimiento sobre la Jerarquía planetaria. No
obstante, desean fervientemente ver establecidas las rectas relaciones entre
los hombres y aspiran a que prevalezca en la tierra, la justicia y la bondad.
Bajo la dirección de los discípulos mundiales y sus colaboradores, tales personas
pueden ser entrenadas en forma práctica y efectiva y expresar la buena
voluntad. De esta manera pueden realizar un trabajo básico y fundamental,
preparando al mundo para que exprese más plenamente el propósito espiritual y,
además, familiarizar al género humano sobre la necesidad de manifestar rectas
relaciones humanas, en toda comunidad, nación y, con el tiempo,
internacionalmente.
El actual desorden provocado por la guerra mundial
ha preparado eficazmente la escena. El mal que producen las incorrectas
relaciones humanas, la agresión perversa y la discriminación racial, son tan
evidentes, que sólo un tonto o ignorante no verá la necesidad de la activa
buena voluntad. Infinidad de personas bien intencionadas aceptan teóricamente
la realidad de que Dios es amor, y gozosamente esperan que Él haga evidente ese
amor en la humanidad.
De esta manera el nuevo grupo de servidores del
mundo fue introducido en la conciencia de la humanidad moderna. El folleto que
bosquejaba este ideal, escrito por El Tibetano, se distribuyó profusamente,
seguido por otros sobre el mismo tema, los cuales ampliaban el tópico básico
del propósito espiritual y de la buena voluntad. El Tibetano trazó en ellos un
procedimiento definido a seguir. Estipuló que se debían preparar listas con los
nombres de hombres y mujeres de buena voluntad, residentes en los distintos
países del mundo. Sugirió la organización de lo que se denominó Unidades de
Servicio en todos los países. Describió el tipo de enseñanza que debían
recibir, e inmediatamente nos dedicamos a llevar a cabo esas sugerencias y
requerimientos.
Desde 1933 a 1939 nos abocamos a la difusión de la
doctrina de la buena voluntad, a la organización de las Unidades de Servicio en
19 países y a buscar hombres y mujeres que respondieran a la visión de El
Tibetano, dispuestos a hacer todo lo posible para promover rectas relaciones
humanas y propalar entre los hombres la idea de la buena voluntad.
Foster y yo estuvimos siempre en desacuerdo con el
énfasis puesto sobre la paz. Durante años los grupos pacifistas del mundo se
ocuparon de esparcir la idea de la paz, recopilando nombres de personas que
endosaban la idea de paz y —¿quién no lo hace?— presentaban en todas partes la
demanda de una paz obligatoria. Creemos que eso es como uncir el caballo detrás
del carruaje.
Los días transcurridos entre la primera y segunda
guerra mundial fueron de violenta propaganda pacifista, y la idea de la paz
adquirió proporciones. Se recopilaron millones de nombres que pedían la paz.
Las potencias del Eje recibieron con beneplácito la propaganda pacifista,
porque representaba una condición somnífera, donde no se tomaría medida alguna
para que las naciones se armaran contra posibles agresores. No se tuvo en
cuenta el hecho de que las guerras derivan mayormente de las malas condiciones
económicas y poco se hizo para corregirlas. La gente moría de hambre; en todas
partes del mundo la mayoría percibía sueldos muy magros; en ningún país se
abolió el trabajo infantil, aunque los esfuerzos realizados lograron algo; la
superpoblación del mundo acrecentaba constantemente las dificultades. También
en todas partes existían condiciones propicias para inducir a la guerra, aunque
por todo el mundo surgía el clamor de “paz en la tierra”.
En Belén los
ángeles cantaban: “Gloria a Dios en las alturas” —la consumación y meta final.
“Paz en la tierra” —en lo que a toda la humanidad concierne— y “Buena Voluntad
entre los hombres”, primer paso absolutamente necesario. Ante todo debe haber
buena voluntad si queremos la paz, y esto se ha olvidado. La gente trató de
iniciar un período de paz antes de manifestar buena voluntad. No puede haber
paz si la buena voluntad no actúa como factor condicionante de todas las
relaciones humanas.
Otro hecho revolucionario aconteció cuando El
Tibetano dictó el Tratado sobre Fuego Cósmico. Se cumplió la profecía de
H. P. B., de que se daría la clave psicológica de la creación cósmica. Ella
declaró que en el siglo XX un discípulo informaría respecto a los tres fuegos
referidos en La Doctrina Secreta: el fuego eléctrico, el fuego solar y
el fuego por fricción. Esta profecía se cumplió cuando llegó a manos del
público el Tratado sobre Fuego Cósmico, que alude al fuego del espíritu
puro o vida; al fuego de la mente, que vitaliza todos los átomos del sistema
solar y crea el medio por el cual pueden evolucionar los Hijos de Dios; se
refiere también al fuego de la materia, que produce atracción y repulsión, ley
básica de la evolución, y mantiene las formas unidas, a fin de proporcionar
vehículos para la vida evolutiva y, posteriormente, cuando las formas han
servido su propósito, las rechaza para que dichas vidas evolutivas sigan su
camino hacia la evolución superior. El verdadero significado de ese libro sólo
será comprendido al finalizar este siglo. Contiene un penetrante y profundo
conocimiento técnico, fuera del alcance de la comprensión del lector común. Es
un libro de enlace, porque toma ciertas ideas y frases orientales básicas y las
presenta al estudiante occidental, y al mismo tiempo lleva a la práctica los
vagos conceptos metafísicos de Oriente.
El tercer hecho excepcional de El Tibetano,
realizado en estos últimos meses, ha sido presentar el programa y dar ciertas
indicaciones acerca de los rituales sobre los cuales será fundada la nueva
religión mundial.
Durante mucho tiempo se hizo evidente la
existencia de un punto de contacto entre las religiones exotéricas de Occidente
y las creencias esotéricas de Oriente. En los niveles esotéricos o acercamiento
espiritual a la divinidad, siempre ha existido uniformidad entre Oriente y
Occidente. Las técnicas que sigue el místico buscador occidental de Dios, son
idénticas a las que sigue el buscador oriental. En cierta etapa, en el sendero
de retorno a Dios, todos los caminos se unen, y por lo tanto el procedimiento
es uniforme en las etapas subsiguientes. Las etapas para la meditación son
idénticas. Esto lo verificará cualquiera que estudie las obras de Meister
Eckhart y Los Aforismos de la Yoga de Patanjali. Todas las grandes
expansiones de conciencia delineadas en la filosofía hindú y la expresión de
esas cinco grandes expansiones representadas en las cinco crisis de la vida de
Cristo, narradas en el Nuevo Testamento, son también las mismas. Cuando el
hombre comienza a buscar a Dios conscientemente y a someterse también
conscientemente a la disciplina y sufrimiento, descubrirá su identificación
con los buscadores de Oriente y Occidente, con los que existieron antes de la
venida de Cristo y con los buscadores actuales.
A fin de poner en claro la relación que existe
entre Oriente y Occidente, escribí el libro La Luz del Alma. Es un
comentario de Los Aforismos de la Yoga de Patanjali, que probablemente
vivió y enseñó hace unos 9.000 años antes de Cristo. El Tibetano me proporcionó
la paráfrasis del antiguo texto sánscrito, pues no conozco ese idioma; yo
escribí los comentarios porque ansiaba presentar una interpretación de los
aforismos, mejor adaptada al tipo de mente y conciencia occidental que la común
presentación oriental.
Además, escribí el libro De Belén al Calvario, a
fin de dilucidar el significado de los cinco episodios principales de la vida
de Cristo: el nacimiento, el bautismo, la transfiguración, la crucifixión y la
resurrección, estableciendo su relación con las cinco iniciaciones delineadas
para el discípulo oriental. Ambos libros tienen una conexión definida con la
nueva religión mundial.
Llegará el momento en que habrán de fusionar la
obra del Gran Maestro de Oriente, el Buda, que vino a la Tierra y alcanzó la
iluminación, trasformándose en guía e instructor de millones de orientales, y
la obra de Cristo, que vino como instructor y salvador, siendo reconocido
primero en Occidente. No hay divergencia ni conflicto en Sus enseñanzas.
Tampoco hay rivalidad entre Ellos. Ambos se destacan como los dos instructores
y salvadores más grandes del mundo. Uno ha acercado a Dios a los pueblos de Oriente,
y el otro hizo lo mismo con los de Occidente.
Tal es el tema desarrollado por El Tibetano en su
opúsculo: La Nueva Religión Mundial. Señala que Buda preparó a los pueblos
para el sendero del discipulado, mientras que Cristo los preparó para la
iniciación. En el opúsculo mencionado, El Tibetano describe un ritual celebrado
en el gran día del Buda, el Festival Wesak (Festival de Vaisakha) de la Luna
llena de mayo, y otro en el domingo de Pascua, determinado por la Luna llena de
abril, ambos dedicados al Buda iluminado y al Cristo resucitado, mientras que
la Luna llena de junio está destinada al Festival de la Humanidad, siendo el
mayor acercamiento anual a Dios bajo la guía del Cristo. Los otros plenilunios
de cada mes, constituyen festivales menores en los cuales se consideran y
destacan las cualidades espirituales necesarias para entrar en el discipulado
y recibir la iniciación.
Otra actividad revolucionaria de El Tibetano fue
llevar a la atención pública, el hecho del paulatino acercamiento de la Jerarquía
a la humanidad, la restauración de los antiguos Misterios y la posible
exteriorización y manifestación, en el plano físico, de los Maestros y Sus
grupos de discípulos, reunidos en lo que se denomina técnicamente ashramas.
Por lo tanto, implícito en este intento, tenemos
el significado del segundo advenimiento de Cristo. Vendrá trayendo consigo a
Sus discípulos. Los Maestros volverán a estar en la tierra, como lo estuvieron
hace millones de años en la infancia de la humanidad. Por un lapso nos
abandonaron y desaparecieron detrás del velo que separa lo visible de lo
invisible. Esto fue hecho con la finalidad de que el hombre tenga tiempo de
desarrollar su libre albedrío, llegue a ser un adulto que emplea su mente, tome
sus propias decisiones y finalmente se oriente hacia el reino de Dios,
esforzándose conscientemente por hollar el sendero de retorno. Esto ha tenido
lugar en tan amplia escala, que existe la posibilidad de que los Maestros
rompan con su silencio y sean conocidos nuevamente por los hombres en el siglo
venidero. Con este fin ha estado trabajando El Tibetano, y muchos de nosotros
hemos colaborado con Él.
El Tibetano instituyó, además, las nuevas reglas
para discípulos, que darán mayor libertad al discípulo individual que las
conocidas en el pasado. Hoy no se exige obediencia. El discípulo es considerado
un agente dotado de inteligencia, y se le deja en libertad para cumplir con los
requisitos como lo considere mejor. No se pide guardar secreto, ya que no se
admite a ningún discípulo en un ashrama o lugar de iniciación, mientras
subsista el menor peligro de no guardar silencio. Los discípulos se instruyen ahora
telepáticamente, y ya no es necesario la presencia física de un Maestro.
Tampoco se hace hincapié sobre el desarrollo personal. Las necesidades de la
humanidad se presentan como el mayor incentivo de desarrollo espiritual. A los
discípulos se les enseña hoy a trabajar en grupo, manteniendo ante ellos la
posibilidad de recibir iniciaciones grupales, lo cual constituye una idea y
visión completamente nuevas. Ya no son obligatorias las disciplinas físicas.
Se considera que el moderno discípulo, inteligente, que ama y sirve, no las
necesita. Debe haber superado sus apetitos físicos y estar libre de ellos a fin
de servir. Gran parte de esta enseñanza se ha dado en el libro, recientemente
publicado, El Discipulado en la Nueva Era, que contiene las
instrucciones que El Tibetano dio a un grupo de Sus discípulos esparcidos por
el mundo, algunos de los cuales he conocido. Ésta es la primera vez en la
historia de la Jerarquía, según sabemos, que se publicaron y llegaron a manos
del público, las instrucciones detalladas e impartidas por el Maestro a su
grupo de discípulos.
En los párrafos precedentes he tratado de
describir someramente algunas de las actividades iniciadas por El Tibetano, en
el intento de emitir, conjuntamente con otros miembros de la Jerarquía, la
nota clave de la nueva era, y sobre la cual los cursos superiores de la Escuela
Arcana ponen el mayor énfasis.
Algunos estudiantes han estado con nosotros
durante veinte años o más. Realizaron finalmente su trabajo y están cosechando
los resultados. Esperamos desarrollar más adelante ciertos grupos que emplearán
algunas de las técnicas tratadas por El Tibetano en Tratado sobre los Siete
Rayos, que probablemente será el más importante. Describe la nueva
escuela de curación. Enseña la técnica para construir el sendero de luz entre
el alma y el espíritu, del mismo modo que el hombre ha creado un sendero entre
él y su alma. Recalca también la nueva astrología esotérica, que se refiere a
los propósitos del alma y al sendero que el discípulo debe hollar. Da también
las catorce reglas que deben seguir los iniciados. Este tratado de cinco
volúmenes, es por lo tanto un compendio completo de la vida espiritual, y
presenta nuevas formulaciones de antiguas verdades, que guiarán a la humanidad
durante la era de Acuario.
En 1934 empezamos a visitar otras partes de
Europa. Durante los cinco años siguientes fuimos, en diversas ocasiones, a
Holanda, Bélgica, Francia e Italia y, por regla general, mientras estábamos en
Europa, íbamos a Ginebra, Lausana o Zurich, donde permanecíamos una corta
temporada. Gentes de distintos puntos de Europa venían a vernos allí. Era algo
revelador para nosotros, después de tantos años de trabajo, encontrarnos frente
a un auditorio en Rotterdan, Milán, Ginebra o Amberes, y hallar las mismas cualidades
en las personas, exactamente como en Gran Bretaña, y los Estados Unidos. Se les
podía decir las mismas cosas, pues tenían la misma visión de la fraternidad y
el discipulado. Sus reacciones eran las mismas. Comprendían y deseaban la misma
liberación y tenían las mismas experiencias espirituales.
Me acostumbré a hablar mediante un intérprete.
Cuando daba conferencias en Italia, el doctor Assagioli servía de intérprete, y
cuando estaba en Holanda, el dirigente de nuestro trabajo, Gerhard Jansen
(llamado generalmente Gerry por quienes lo tratan y aprecian), oficiaba de
traductor. Solía observarlo entre una multitud cosmopolita y conversar con
igual facilidad en seis idiomas distintos. Antes de la guerra realizó un
magnífico trabajo en Holanda. Prácticamente, todas las lecciones de la Escuela
se tradujeron al holandés, y estuvo al frente de un grande y ansioso grupo de
estudiantes. Los trabajos realizados en Holanda y España constituyeron dos
puntos brillantes, y a pesar de los diferentes temperamentos de ambos países,
su aspiración fue similar.
Aquí
termina el manuscrito
Mi Trabajo
Por El Tibetano
En el mes de noviembre de 1919 me
puse en contacto con Alice A. Bailey y le pedí que escribiera y publicara
algunos libros que debían aparecer, con el fin de impartir la verdad en forma
correlativa. Rehusó de inmediato, argumentando que no simpatizaba con la
denominada literatura ocultista, difundida entre el público por los diversos
grupos de esa índole; que nunca había escrito para el público y, además, que le
desagradaba profundamente toda clase de trabajos y escritos psíquicos. Cambió
de parecer al explicarle que la relación telepática era algo ya comprobado y un
asunto de interés científico, que ella no era clarividente ni clariaudiente y
que nunca lo sería y, sobre todo, que la prueba de la verdad es la verdad
misma. Le dije que si aceptaba escribir durante un mes, el material trascrito
le demostraría contener la verdad, pues enfocaba reconocimiento y comprensión
intuitiva y abarcaba cuanto fuera de valor para la nueva e inminente era
espiritual. Esto contribuyó a superar su aversión a tal tipo de trabajo, como
también a las diversas e imperantes presentaciones ocultistas de la verdad;
entonces estipuló que los escritos fueran publicados sin pretensiones de
ninguna especie y que las enseñanzas demostrarían o no su valor, de acuerdo a
sus propios méritos.
Los Libros
El primer libro publicado fue Iniciación Humana y
Solar, resultado de su primer esfuerzo en este tipo de trabajo, base de
los demás libros. Escribió para mí durante casi veinticinco años. Los libros
se publicaron de acuerdo a un propósito profundo y subyacente que quizá deseen
conocer y ha tenido amplia aceptación mundial.
En Iniciación Humana y Solar se trató de
dar a conocer la realidad de la existencia de la Jerarquía, que H. P. B.
ya había difundido mediante insinuaciones y enunciados, pero no en forma
ordenada. La Sociedad Teosófica había enseñado la existencia de los Maestros,
a pesar de que H. P. B. manifestara a la sección esotérica que lamentaba
profundamente haberlo hecho. Estas enseñanzas fueron erróneamente interpretadas
por los posteriores dirigentes teosóficos, quienes cometieron varios errores
fundamentales.
La descripción que daban de los Maestros se
caracterizaba por una imposible infalibilidad, olvidando que Ellos también
evolucionan. La enseñanza impartida fomentó un creciente interés por el
autodesarrollo y un intenso enfoque sobre la liberación y el desenvolvimiento
personales, pues las personas consideradas como iniciados y discípulos
avanzados, eran mediocres y sin mayor influencia fuera de la Sociedad
Teosófica, exigiendo total devoción a los Maestros y a Sus personalidades.
Decían que estos Maestros interferían en la organización de esos grupos
esotéricos que afirmaban trabajar bajo Su dirección. Se Les hacia responsables
de los errores cometidos por los dirigentes de los grupos, los cuales se escudaban
detrás de las siguientes declaraciones: “el Maestro me dio instrucciones para
que dijera...”, “el Maestro desea que se haga el siguiente trabajo”, o “el
Maestro quiere que los miembros hagan esto o aquello”. Quienes obedecían, eran
considerados buenos y a los que no se interesaban ni obedecían, se los
consideraba como renegados. Se infringía constantemente la libertad individual
y se justificaban las debilidades y ambiciones de los dirigentes. A. A. B., en
conocimiento de esto, rehusó tomar parte en tales actividades, pues ésta es la
historia de la generalidad de todos los grupos esotéricos que atraen al
público. Aunque yo hubiera querido trabajar en esas condiciones —algo que
ningún miembro de la Jerarquía hace— ella no habría colaborado conmigo.
Luego escribió Cartas sobre Meditación Ocultista.
Estas cartas proporcionaron, en cierta medida, un nuevo acercamiento a la
meditación, basada en el reconocimiento del alma en cada persona y no en la
devoción a los Maestros. A éste siguió Tratado sobre Fuego Cósmico. Este
libro constituye una ampliación (ampliación esperada) de las enseñanzas
difundidas en el libro La Doctrina Secreta sobre los tres fuegos —fuego
eléctrico, fuego solar y fuego por fricción; también presenta la clave
psicológica de La Doctrina Secreta y deberá ser estudiado por los
discípulos e iniciados al finalizar este siglo y comenzar el próximo, hasta el
año 2025.
Después A. A. B. pensó que sería de valor para mí y el
trabajo, escribir libros útiles para los estudiantes, además de la trascripción
de mis escritos y apuntes, en el idioma original inglés, e ideamos hacerlo
juntos, lo cual me incitó a pensar y transmitir ideas, que constituyo mi deber
hacer públicas. El promedio general de los psíquicos y médium no poseen mayormente
un alto grado de inteligencia; A. A. B. deseaba demostrar (para ayudar al
trabajo del futuro) que puede hacerse un trabajo netamente psíquico e
inteligente al mismo tiempo. Por esta razón escribió cuatro libros que son el
producto de su propio esfuerzo:
La Conciencia del Átomo,
El Alma y su Mecanismo,
Del Intelecto a la Intuición,
De Belén al Calvario.
También escribió, con mi colaboración, un libro titulado
La Luz del Alma, donde doy una paráfrasis en inglés, de los Aforismos
sánscritos de la yoga de Patanjali, colaborando ella en los comentarios y
consultándome ocasionalmente para estar segura del significado.
A éste siguió Tratado sobre Magia Blanca, escrito
hace unos años, que en forma de capítulos enviaba a los estudiantes avanzados
de la Escuela Arcana, únicamente como material de lectura. Es el primer libro
publicado que trata del entrenamiento y control del cuerpo astral o emocional.
Se han escrito muchos libros ocultistas sobre el tema del cuerpo físico y su
purificación; también sobre el vehículo etérico o vital y la mayoría es
recopilación de otros libros, antiguos y modernos. En este libro se intenta
entrenar, al aspirante moderno, en el control de su cuerpo astral, con ayuda de
la mente, a medida que es iluminada por el alma.
El siguiente fue Tratado sobre los Siete Rayos; es
un libro muy extenso y aún no ha sido terminado. (En la actualidad ya está
completa la serie de este tratado. Nota de los editores.) Consta hasta ahora de
cuatro tomos, dos de los cuales ya fueron publicados; el tercero está por
publicarse y el último está en preparación. Los tomos I y II tratan sobre los
siete rayos y sus siete tipos psicológicos, poniendo los cimientos para la
nueva psicología, pues la psicología moderna, por más que sea materialista, ha
establecido bases sólidas. El tomo III está íntegramente dedicado al tema de la
astrología esotérica y constituye en sí una unidad completa. Está destinado a
difundir la nueva astrología, basada en el alma, no en la personalidad. El
horóscopo confeccionado por la astrología ortodoxa predice la suerte y el
destino de la personalidad, y cuando dicha personalidad está poco evolucionada
o medianamente desarrollada, puede ser y con frecuencia es asombrosamente
correcto. Sin embargo, en los casos de personas muy evolucionadas, aspirantes,
discípulos e iniciados, que comienzan a controlar sus estrellas y por
consiguiente sus acciones, no resulta tan exacto. Los sucesos y acontecimientos
de sus vidas son impredecibles. La nueva y futura astrología se esfuerza por
dar la clave del horóscopo del alma, condicionado por el rayo del alma y no por
el rayo de la personalidad. He impartido bastante como para capacitar a los
astrólogos, que tengan interés y posean una nueva inclinación, a predecir el
futuro desde el ángulo de este nuevo acercamiento. La astrología es una ciencia
fundamental y necesaria. A. A. B. no es versada en ello ni sabe confeccionar un
horóscopo, tampoco conoce los nombres de los planetas ni las casas que rigen.
Por lo tanto, soy absolutamente responsable de lo que aparece en él y en todos
mis libros, excepto, como ya he explicado, el libro La Luz del Alma.
El tomo IV versa sobre el tema de la curación y la
construcción del puente, el antakarana, que elimina la separatividad existente
entre la mónada y la personalidad. También se dan las Catorce Reglas que deben
dominar quienes se preparan para la iniciación. (Posteriormente, El Tibetano y
A. A. B. decidieron publicar estas reglas en un tomo aparte. Por lo tanto,
dentro de breve tiempo aparecerá el tomo V de Tratado sobre los Siete Rayos).
Quisiera llamar la atención acerca de este último tema, recordándoles que A. A.
B. nunca hizo la menor alusión, pública o privada, de que es un iniciado. Sabe
que ello es contrario a la Ley y oyó a muchas personas de escasa luz espiritual
o capacidad intelectual, hacer tal afirmación, produciendo el consiguiente
daño, menoscabando la idea de la Jerarquía y la naturaleza del adepto, ante
los ojos del público observador. Soy absolutamente responsable de las Catorce
Reglas y de su elucidación y aplicación. A. A. B. nunca pretendió ser más que
un discípulo activo ocupado en el trabajo mundial (lo cual no se puede negar) y
ha reiterado constantemente que la legítima palabra “discípulo” no admite
controversia, así como también es la más exacta para ser aplicada a las
distintas categorías de trabajadores de la Jerarquía, desde el discípulo
probacionista, apenas afiliado a algunos discípulos de la Jerarquía, hasta la
influencia misma de Cristo, el Maestro de Maestros e Instructor de ángeles y
hombres. Constantemente se opone, con mi total aprobación, a la malsana
curiosidad respecto de títulos y categorías, lo cual constituye una plaga en
muchos grupos esotéricos y conduce a la competencia desmedida, envidia,
críticas y pretensiones, que caracterizan a la generalidad de esos grupos
ocultistas, inutilizando la mayoría de sus publicaciones e impidiendo al
público recibir las enseñanzas en toda su pureza y sencillez. Estado y titulo,
categoría y posición, nada significan. Lo que vale es la enseñanza, es decir,
su verdad y su llamado intuitivo. Esto debe tenerse constantemente presente.
Los discípulos aceptados, reconocen al Maestro internamente —lo cual puede ser
corroborado por sus discípulos y utilizado por el Maestro como condición real—,
lo conocen, aceptan Sus enseñanzas y es considerado por ellos como su
Maestro, pero no lo hacen con el mundo externo.
Mis libros han sido publicados constantemente durante
años. Cuando haya terminado el Tratado sobre los Siete Rayos y editado
un pequeño libro titulado Espejismo (Glamour) y también EL
Discipulado en la Nueva Era, A. A. B. habrá terminado su trabajo en
colaboración conmigo, entonces podrá reasumir su tarea como discípulo en el
Ashrama de su propio Maestro.
La Escuela
La siguiente fase del trabajo que procuraré ver
realizado, funciona ordenadamente. Mi deseo (como también el de muchos que
están asociados con la Jerarquía) fue establecer una escuela esotérica cuyos
miembros tuvieran libertad, no se vieran obligados a hacer juramentos ni a
contraer compromisos; se les proporcionara meditación, estudios y enseñanza
esotérica, dándoles libertad para hacer sus propios ajustes e interpretar la
verdad de acuerdo a su capacidad; presentándoles diversos puntos de vista y al
mismo tiempo transmitirles esas verdades esotéricas más profundas que podrían
reconocer, si en ellos despertara la idea de los misterios y, aunque leyeran u
oyeran algo acerca de los mismos, no los perjudicara aunque carecieran de
percepción para reconocer la verdad tal como es. Dicha escuela fue establecida
en 1923 por Alice A. Bailey, con ayuda de Foster Bailey y de algunos
estudiantes con comprensión y visión espirituales. A. A. B. estableció como
condición, que yo no interviniera en la Escuela Arcana ni controlara sus planes
y programas de estudio. En esto A. A. B. actuó en forma inteligente y correcta
y apruebo plenamente su actitud. Tampoco fueron usados mis libros como texto.
Sólo, durante los últimos años, uno de ellos, Tratado sobre Magia
Blanca, fue adoptado como texto de estudio, ante los continuos
requerimientos de muchos estudiantes. También fue utilizada durante dos años,
en una sección del cuarto grado, la enseñanza sobre el antakarana (que
aparecerá en el tomo V del Tratado sobre los Siete Rayos). Además se dio
en otra sección como material de lectura, enseñanza sobre espejismo (glamour).
En la Escuela Arcana no se exige obediencia a nadie, ni
tampoco “obediencia al Maestro”, pues ningún Maestro dirige la Escuela. En cambio
se recalca la existencia del Maestro en el corazón, el alma, que es el
verdadero hombre espiritual dentro de cada ser humano; tampoco se enseña
teología ni se obliga al estudiante aceptar determinada interpretación o
presentación de la verdad; un miembro de la Escuela puede aceptar o rechazar la
existencia de los Maestros, de la Jerarquía, de la reencarnación o del alma y
continuar siendo miembro de la misma. No se exige ni se pide lealtad a la
Escuela ni a A. A. B. Los estudiantes pueden trabajar en cualquier grupo
ortodoxo, ocultista, esotérico, metafísico o iglesia y ser no obstante miembro
de la Escuela Arcana. Sólo se les pide considerar dichas actividades como campo
de servicio, donde puedan proporcionar ayuda espiritual, obtenida a través de
los estudios de la Escuela. Los dirigentes y colaboradores avanzados de muchos
grupos esotéricos, también trabajan en la Escuela Arcana y, sin embargo, son
totalmente libres para poder dedicar su tiempo, lealtad y servicio a sus
propios grupos.
Después de veinte años, la Escuela Arcana entra ahora en
un nuevo ciclo de crecimiento y utilidad —juntamente con toda la humanidad—,
para lo cual se están haciendo los debidos preparativos. El principio
fundamental es servicio basado en el amor a la humanidad. El
trabajo de meditación está equilibrado y va paralelo al estudio y al esfuerzo
de enseñar a los estudiantes a prestar servicio.
El Nuevo Grupo de
Servidores del Mundo
Otro aspecto de mi trabajo se concretó hace más de diez
años, cuando comencé a escribir ciertos folletos para el público, en los cuales
llamaba la atención sobre la situación mundial y el nuevo grupo de servidores
del mundo. Traté de introducir en la Tierra —si puedo utilizar tal expresión—
una exteriorización o símbolo del trabajo de la Jerarquía. Esto constituyó un
esfuerzo para unir, hasta donde fuera posible subjetiva y objetivamente, a
todas las personas de propósitos espirituales y de profundo amor a la
humanidad, o a quienes trabajaban activamente en muchas naciones, ya sea en
organizaciones o individualmente. Éstos son legión. Unos pocos son conocidos
por los trabajadores de la Escuela, por A. A. B. y F. B. Conozco a miles de
éstos, pero ellos no los conocen. Todos trabajan bajo la inspiración de la
Jerarquía y, consciente o inconscientemente, cumplen con sus funciones como
agentes de los Maestros. Forman un grupo íntimamente unido en el aspecto
interno, por la intención y el amor espirituales. Algunos son ocultistas que
trabajan en diferentes grupos esotéricos; otros, místicos que trabajan con
visión y amor; muchos pertenecen a religiones ortodoxas y, aún otros, no
reconocen en absoluto a ninguno de los llamados grupos espiritualistas. Sin embargo,
a todos les anima el sentido de responsabilidad por el bienestar humano y se
han comprometido internamente a ayudar a sus semejantes. Este grupo es
actualmente el Salvador del mundo y salvará al mundo e inaugurará la nueva era
después de la guerra. Los folletos que he escrito (el primero de los cuales se
titula Los Próximos Tres años, editado en 1932 con el titulo de El
Nuevo Grupo de Servidores del Mundo), explican sus planes y propósitos y
sugieren los modos y métodos para colaborar con dicho grupo, ya existente y
activo en muchos campos.
Quienes son influidos por el nuevo grupo de servidores
del mundo y tratan de trabajar con él como agentes del mismo, se denominan
hombres y mujeres de buena voluntad. En 1936 hice un gran esfuerzo para ponerme
en contacto con tales personas, cuando aún había una pequeña posibilidad de
evitar la guerra. Muchos recordaron esta campaña y su relativo éxito. La
palabra escrita y hablada, a través de la radio, llegó a millones de personas,
pero no hubo un número suficiente que se interesara espiritualmente por dar los
pasos necesarios y detener el odio, el mal y la agresión, que amenazaban
envolver al mundo. La guerra estalló en 1939, a pesar de todos los esfuerzos de
la Jerarquía y Sus trabajadores, paralizando el trabajo de buena voluntad. Esa
parte del trabajo, en la que habían tratado de servir los miembros de la
Escuela Arcana, y que trajo como resultado la formación de diecinueve centros
de servicio, en diversas naciones, fue temporalmente abandonada —pero sólo
temporalmente, hermanos míos, porque la buena voluntad y la expresión de la
voluntad al bien es la “fuerza salvadora” que anima al nuevo grupo de
servidores del mundo.
Quisiera puntualizar el hecho de que la tarea de
introducir al nuevo grupo de servidores del mundo y organizar el trabajo de
buena voluntad, no tiene en absoluto nada que ver con la Escuela Arcana,
excepto en lo que se refiere a la oportunidad que se les dio a los miembros de
la Escuela para ayudar en ese movimiento. Se les otorgó plena libertad de
hacerlo o no. Un sinnúmero de ellos no hizo esfuerzo alguno, demostrando así
que se valieron de la libertad que se les otorgó y enseñó.
Cuando estalló la guerra y el mundo estuvo envuelto en el consiguiente
caos, horror, desastre, muerte y agonía, numerosas personas, espiritualmente
orientadas, optaron por permanecer alejadas de la lucha. No era la mayoría,
pero si una poderosa y ruidosa minoría. Consideraban cualquier actitud
partidaria como una violación a la ley de fraternidad, y estaban dispuestas a
sacrificar el bien de toda la humanidad por el sentimental anhelo de amar a la
humanidad, en forma tal que no implicaba acción ni decisión de su parte. En
vez de decir “defenderé a mi patria, tenga razón o no”, decían “defenderé a la
humanidad, tenga o no razón
Cuando escribí el folleto titulado La
Actual Crisis Mundial y sucesivamente artículos sobre la situación del
mundo, expresé que la Jerarquía apoyaba la actitud y los objetivos de las
naciones aliadas, que luchaban por la liberación de toda la humanidad y por el
alivio de los pueblos sufrientes. Esto, lógicamente, obligó a la Jerarquía a no
apoyar en forma alguna al Eje. Muchos de los colaboradores, en el trabajo de
buena voluntad, y algunos miembros de la Escuela, interpretaron tal declaración
como de carácter político y creyeron que la absoluta neutralidad, en lo que
concierne al bien y al mal, era la actitud que debían mantener las personas con
inclinaciones espirituales. No pensaron con claridad, y confundieron el amor
fraternal con el hecho de abstenerse de tomar partido a favor de uno de los
bandos, olvidando las palabras de Cristo: “El que no está conmigo, está contra
mí”. Repetiré lo que he dicho con frecuencia: La Jerarquía y Sus miembros,
incluyéndome, aman a la humanidad pero no desean apoyar el mal, la agresión, la
crueldad y el aprisionamiento del alma humana. Con el fin de que todos avancen
en el camino hacia la luz, defienden la libertad, la oportunidad, el bienestar
del género humano y, sin discriminación, la bondad y el derecho de pensar, hablar
y trabajar libremente, que cada hombre posee. Por lo tanto, no pueden apoyar a
las naciones o a los habitantes de cualquier nación que vaya en contra de la
libertad y la felicidad humanas. Saben que en su amor y comprensión de las
circunstancias, en una vida o en vidas posteriores, la mayoría de quienes ahora
son enemigos de la libertad humana, serán a su vez libres y hollarán el Camino
Iluminado. Mientras tanto, toda la fuerza de la Jerarquía está de parte de las
naciones que luchan por liberar a la humanidad y de aquellos que en cualquier
nación trabajan en ese sentido, Si fuera en detrimento de los valores
espirituales el estar a favor del bien y de la libertad, entonces la Jerarquía
trabajaría para cambiar la actitud de los pueblos, respecto a lo que es
espiritual.
Por ser responsable Alice A. Bailey de
transcribir los folletos, y F. B. de su publicación y distribución, se ha
encontrado ante la difícil posición de ser el blanco de la crítica y ataques.
Sin embargo, ella sabe que el tiempo reajusta todas las cosas, y que el trabajo
realizado, si está correctamente motivado, oportunamente probará su propio
valor.
Por consiguiente, me he interesado en tres
aspectos del trabajo: los libros, la Escuela Arcana y el nuevo grupo de
servidores del mundo. Los impactos mundiales hechos por estos tres aspectos del
trabajo, fueron efectivos y útiles. La parte útil del trabajo realizado es lo
que interesa, no la crítica e incomprensión de quienes pertenecen al viejo
orden y a la era pisceana, pues son incapaces de ver el surgimiento de las
nuevas formas de vida y los nuevos acercamientos a la verdad.
Todo este tiempo he permanecido detrás de
la escena. Soy responsable de los libros y folletos, que llevan la autoridad
de la verdad —si la verdad existe en ellos—, pero no la autoridad de mi
nombre, ni la categoría que puedan adjudicarme o que me otorgan los curiosos,
los investigadores y los devotos. No he dictado ninguno de los programas de la
Escuela Arcana ni he interferido en sus planes de estudio, y de ellos es
responsable A. A. B. Mis libros y folletos fueron puestos a disposición de los
estudiantes de la Escuela y del público.
He tratado de ayudar en el trabajo de
buena voluntad, del cual es responsable Foster Bailey, sugiriendo e indicando
cuál es la tarea que el nuevo grupo de servidores del mundo está tratando de
realizar, pero no lo he hecho en forma autoritaria, ni jamás lo haré. Los
resultados de estas actividades fueron buenos; ha habido poca incomprensión
pues ella es inherente a las facultades y actitudes personales de quienes
critican. La crítica es sana mientras no se torne destructiva.
El
Entrenamiento Personal
Paralelamente a estas principales
actividades, desde el año 1931 he estado entrenando a un grupo de hombres y
mujeres, dispersos por todo el mundo, en la técnica del discipulado aceptado,
entendido académicamente. De entre un grupo de muchos y posibles neófitos,
señalé aproximadamente a 45 personas —algunas conocidas personalmente por A. A.
B. y otras totalmente desconocidas— que habían demostrado disposición para el
entrenamiento, y podía ser probada su aptitud para el trabajo grupal del nuevo
discipulado. Estas personas recibieron directamente mis instrucciones
personales y ciertas enseñanzas generales, aunque basadas lógicamente en las
antiguas reglas, que involucraban el nuevo acercamiento a la Jerarquía y a la
vida espiritual. Estas instrucciones estarán en breve a disposición del
público, pero no se darán indicaciones acerca de las personas así entrenadas,
ni se impartirá información al respecto; nombres, fechas y lugares serán
cambiados, aunque las instrucciones permanecerán tal como fueron dadas.1
Estas personas comprobarán mi identidad,
por haber mantenido contacto directo conmigo. Saben quien soy desde hace años,
pero han conservado mi anonimato con gran cuidado y verdaderas dificultades,
debido a que centenares de personas en el mundo han hecho conjeturas respecto a
mi identidad y algunas han acertado quien soy. Actualmente, y a pesar de todo
lo que A. A. B. y mis discípulos hicieron, se admite generalmente que soy un
Maestro, y a tal efecto se me ha dado un nombre. Lo afirmé a mi grupo de aspirantes
especialmente elegidos, cuando lo descubrieron internamente por sí mismos.
Hubiera sido torpe e inútil no hacerlo, y al comunicarme con ellos y escribir
instrucciones sobre el nuevo discipulado, ocupó lógicamente el lugar que me
correspondía. Algunas de estas instrucciones fueron consideradas, por mí y A.
A. B., como apropiadas y útiles para un uso más general, y luego incorporadas
en una serie de escritos intitulados: Etapas del Discipulado, editados
bajo mi nombre en la revista The Beacon. Fueron cuidadosamente revisados
antes de su publicación, excepto uno, en el que A. A. B., bajo la presión del
excesivo trabajo, omitió la supresión de un párrafo en el cual se refería a mí
como Maestro. Este párrafo apareció en The Beacon en julio de 1943 y le
produjo un gran disgusto. Cometió este descuido después de tantos años de
ocultar mi identidad como Maestro, quedando así públicamente reconocida.
En relación con esto, hay tres puntos
sobre los cuales deseo llamar la atención.
Hace años, manifesté en Tratado sobre
Magia Blanca que era un iniciado de cierta categoría, pero que se debía
mantener mi anonimato. Años más tarde, debido a aquel error de A. A. B.,
aparentemente me vi en la posición de contradecirme, y por lo tanto cambiar mi
actitud, pero en realidad no hice tal cosa. La difusión de las enseñanzas
alteran las circunstancias, y las necesidades de la demanda humana exigen a
veces un cambio en el acercamiento. No hay nada estático en la evolución de la
verdad. Desde hace tiempo intento hacer lo necesario para presentar al público,
en forma más definida y atrayente, la existencia de la Jerarquía y Sus
miembros.
Manifesté claramente a A. A. B., hace unos
años (como lo hizo su propio Maestro), que su deber principal como discípulo
era familiarizar al público con la verdadera naturaleza de los Maestros de
Sabiduría, para contrarrestar la impresión errónea que el público había
recibido. Lo logró hasta cierto grado, pero no en la amplitud esperada. A. A.
B. se sintió cohibida ante esta tarea por el desprestigio en que había caído el
tema debido a las falsas presentaciones de los diferentes instructores y grupos
ocultistas, además de las ridículas explicaciones que daban los ignorantes
acerca de nuestra identidad. H. P. B., su predecesora, manifestó en ciertas
instrucciones enviadas a la sección esotérica de la Sociedad Teosófica, que
lamentaba amargamente haber mencionado a los Maestros, dando Sus nombres y Sus
funciones. La misma opinión sostuvo A. A. B. Los Maestros, tal como son
presentados por la Sociedad Teosófica, tienen una vaga semejanza con la
realidad. Ha traído mucho bien este testimonio de Su existencia, pero hicieron
gran daño los torpes detalles a veces impartidos. Ellos no son como se Les
describe: no dan órdenes a Sus seguidores (o mejor dicho devotos) para hacer
esto o aquello o para formar ésta u otra organización; tampoco señalan a nadie
como la encarnación de un personaje de suprema importancia, pues saben muy bien
que los discípulos, iniciados y Maestros, son conocidos por su trabajo, sus
obras y actos y no por sus palabras, y tienen que demostrar su categoría por el
trabajo realizado.
Los Maestros trabajan en muchas
organizaciones por medio de Sus discípulos; pero no exigen, por su intermedio,
la total obediencia de los miembros de determinada organización, ni excluyen de
las enseñanzas a quienes están en desacuerdo con las actividades de la
organización o las interpretaciones de sus dirigentes. No son separatistas ni
antagonizan con los grupos que trabajan bajo la dirección de distintos
discípulos o Maestros. Cualquier organización por la que Ellos se interesen
será incluyente y no excluyente. Tampoco promueven cuestiones respecto a las
personalidades, apoyando a una y rechazando a otra, simplemente porque las
opiniones de un líder sean o no apoyadas. No son personas extravagantes ni mal
educadas, tal como las describen los dirigentes mediocres de muchos grupos;
tampoco eligen, como discípulos consagrados y trabajadores prominentes, a
hombres y mujeres de evidente inferioridad, desde el punto de vista mundano,
ocupados en reivindicaciones y en el arte de atraer la atención sobre sí mismos.
El discípulo en probación podrá ser un devoto, pero debe poner el énfasis sobre
la purificación y la adquisición de una comprensión inteligente, respecto a la
fraternidad y necesidad humana. Para ser un discípulo aceptado, que actúe
directamente bajo la dirección de un Maestro y esté activo en el trabajo
mundial, ejerciendo una creciente influencia, se requiere polarización mental,
desarrollo del corazón y sentido de los verdaderos valores.
Los Maestros presentados al público por
algunos movimientos como el “Yo soy”, constituyen una tergiversación de la
realidad. Los distintos movimientos teosóficos (desde la época de H. P. B.) no
han demostrado inteligencia ni buen criterio en la elección de quienes la
organización proclama como iniciados o importantes miembros de la Jerarquía.
Habiendo conocido todo lo dicho y
observado los malos efectos causados por la enseñanza impartida acerca de los
Maestros, A. A. B. extremó Sus esfuerzos a fin de presentar la verdadera
naturaleza de la Jerarquía, Sus metas y sus miembros; procuró poner el énfasis
—como lo hace la Jerarquía— sobre la humanidad y el servicio prestado al mundo,
y no sobre un grupo de instructores, que aunque trascendieron los habituales
problemas y experiencias de la personalidad en los tres mundos, están aún en
proceso de entrenamiento, preparándose (bajo la dirección de Cristo) para
hollar “el Sendero de la Evolución Superior”, tal como se lo denomina. El
nombre con que nos conocen algunos discípulos en el Tíbet, da un indicio de
nuestra etapa de realización. Denominan a la Jerarquía la “sociedad de mentes
iluminadas y organizadas” —iluminadas por el amor y la comprensión, por una
profunda compasión e inclusividad, por el conocimiento del plan, a fin de
captar el propósito, sacrificando su propio progreso inmediato para ayudar a
la humanidad. Eso es un Maestro.
El segundo punto a tratar, lo expondrá en
forma interrogativa: ¿Qué daño puede ocasionar el hecho de señalar con el dedo
a un Maestro y reconocerlo como tal, siempre y cuando su comportamiento
corrobore esta declaración y su influencia sea mundial?
¿Ha producido algún daño este inadvertido
descuido de A. A. B., evidenciándome como Maestro? Mis libros, portadores de
mi influencia, han llegado a los más lejanos lugares de la tierra y estimulan y
ayudan. El trabajo de buena voluntad que he sugerido, y que F. B. está llevando
a cabo voluntariamente, ha llegado literalmente a millares de personas por
medio de folletos, la radio, el uso de la Invocación, los Triángulos, y
mediante la palabra y el ejemplo de los hombres y mujeres de buena voluntad.
Durante los veinticinco años que A. A. B.
trabajó conmigo en el campo esotérico, nunca trató de beneficiarse por el hecho
de que yo soy uno de los numerosos Maestros, reconocido hoy por millares de
personas. No se ha respaldado en mi, ni en su propio Maestro; no nos ha hecho
responsables por lo que ella ha realizado; tampoco inició ni emprendió su
trabajo sobre la base de que el Maestro “lo ordenó”. Sabe que la tarea del Maestro
consiste en poner al discípulo en contacto con el Plan, y que por propia iniciativa
y cierta medida de sabiduría y de amor, el discípulo se esfuerza
inteligentemente para hacerse cargo de la parte que le corresponde en la
materialización del Plan. Comete errores, y aunque no presenta quejas al
Maestro, paga el precio, aprendiendo la lección. Cuando tiene éxito no acude al
Maestro para que lo alabe, pues sabe que no lo hará. Lucha contra la mala
salud, la envidia y el antagonismo de quienes tienen menos éxito o temen la
competencia, y no acude al Maestro para recibir fuerza a fin de mantenerse
firme. Trata de caminar a la luz de su propia alma y permanecer fuerte en su
propio Ser espiritual, y así aprende a ser Maestro, aprendiendo.
El tercer punto sobre el que quisiera
llamar la atención es, que el nuevo ciclo que vendrá al finalizar la guerra —la
realidad de la existencia de la Jerarquía y el trabajo de los Maestros por
intermedio de Sus discípulos—, debe ser llevado a conocimiento del público.
Los discípulos de todas partes presentarán al mundo, acrecentadamente, el plan
jerárquico para lograr la fraternidad, la vida y la inclusividad espirituales.
Esto no lo realizarán apoyándose en las frases (tan prevalecientes entre los
tontos), “el Maestro me ha elegido a mí”, o “el Maestro apoya mis esfuerzos”, o
“soy el representante de la Jerarquía”, sino mediante una vida de servicio,
recalcando que los Maestros existen y que son conocidos por muchas personas;
que el Plan consiste en el desarrollo evolutivo y el progreso educativo hacia
una meta espiritual inteligente; que la humanidad no está sola y que la
Jerarquía existe; que Cristo está con Su pueblo; que el mundo está lleno de discípulos
ignorados, debido a que trabajan silenciosamente; que existe el nuevo grupo de
servidores del mundo; que los hombres y mujeres de buena voluntad se hallan en
todas partes; que a los Maestros no les interesa absolutamente las personalidades,
sino que utilizan a hombres y mujeres pertenecientes a todas las tendencias,
creencias y nacionalidades, siempre que los aliente el amor, sean inteligentes,
tengan mentes entrenadas y posean además influencia magnética y radiante, lo
cual atraerá a las personas hacia la verdad y la bondad, pero no hacia el
individuo, ya sea Maestro o discípulo. Los Maestros no se preocupan, en
absoluto, por la lealtad personal; están exclusivamente dedicados a aliviar el
sufrimiento, a promover la evolución de la humanidad y a indicar los objetivos
espirituales. Ellos no esperan el reconocimiento de Su trabajo ni la alabanza
de Sus contemporáneos, sino sólo el acrecentamiento de la luz en el mundo y el
desenvolvimiento de la conciencia humana.
Agosto 1943.
Los Métodos
Aplicados en la Recepción de:
“TRATADO SOBRE FUEGO CÓSMICO“
Cuatro métodos han sido aplicados por El
Tibetano para trasmitir esta enseñanza al público.
1. Clariaudiencia.
En las primeras etapas — durante los dos
primeros años— el material contenido en los dos primeros libros fue dictado por
El Tibetano a la señora Bailey mediante la clariaudiencia. En determinados y
prefijados momentos, se establecía el contacto, mediante una vibración que ella
aprendió a reconocer; luego oía clara y nítidamente su voz, que le dictaba
palabra por palabra.
2. Telepatía.
A medida que la señora Bailey iba
acostumbrándose a esta tarea, y producían efecto la disciplina y dieta
necesarias, el trabajo fue cambiando gradualmente y el Tratado sobre Fuego
Cósmico se trasmitió en forma telepática. La señora Bailey se ponía en
contacto con El Tibetano en determinado momento y si Él estaba libre y disponía
de tiempo, se comunicaba telepáticamente con ella. La información era
impartida con gran rapidez y la detallada enseñanza se plasmaba con tal
claridad en su conciencia, que podía escribirla sin cambiar una sola palabra.
El libro se publicó tal como fue recibido, excepto leves cambios, a veces en el
tiempo de un verbo, pues el inglés de El Tibetano, resulta un poco arcaico y
desusado cuando quiere emplear Su propia redacción, y no permitía que la señora
Bailey interpretara Sus pensamientos, como lo hace frecuentemente. Antes de
recibirse la información y transcribirse adecuadamente, debía practicar cierto
proceso de meditación, donde los temas particulares a tratar constituyeran los
pensamientos simiente para el esfuerzo meditativo. Esto debe ser precedido por
la adquisición de un conocimiento sintético de todo cuanto se haya escrito
previamente sobre el tema. La facultad mental, o cuerpo mental, debe ser por lo
tanto amplia y altamente organizada, con gran acopio de material y controlada
adecuadamente. Con esta base puede impartirse sin temor, un conocimiento que
trasciende la experiencia personal o el conocimiento previo del receptor.
Éste es el método aplicado entre El
Tibetano y la señora Bailey, lo cual evidencia que no se apreciará el verdadero
valor del tratado hasta después de un profundo estudio y meditación y de
muchas lecturas complementarias. Sin embargo, el lenguaje empleado es tan
claro y lúcido y el material utilizado tan coordinado, que lleva adelante el
razonamiento con lógica precisión, y cualquier persona inteligente, aún en la
primera lectura, hallará una experiencia inspiradora, que iluminará ignotas regiones
de la conciencia, incitando a estudios posteriores más profundos, lo cual es
muy deseable.
Dicho tratado es un buen ejemplo del
verdadero método telepático. Después de una cuidadosa lectura de los datos
impartidos en él, evidentemente la señora Bailey no podía haber formulado esta
enseñanza, porque se refiere a procesos cósmicos que lógicamente ignora. Su
contribución al trabajo fue el gran interés inicial puesto en estos temas,
durante veinte años de práctica de meditación, muchos años de estudio y
reflexión y su dominio de un inglés claro y vigoroso.
3. Visión clarividente.
A la señora Bailey le fueron presentados
los diversos símbolos que aparecen en los libros (y son muchos), que luego
describió. Este proceso sólo es posible con la ayuda de un poderoso
colaborador. El Tibetano plasmaba el símbolo o grabado deseado, sobre una de
las sutiles diferenciaciones del éter, manteniendo al mismo tiempo la
vibración de los vehículos del discípulo, en el grado requerido; entonces las
imágenes aparecían claras y perfectas para ser estudiadas, en forma análoga a
una exquisita obra maestra pictórica expuesta en alguna galería de arte. El
cuadro no puede retirarse, pero el observador puede estudiarlo y describirlo y
el artista copiarlo, aunque son imposibles de reproducir los efectos del color
en la materia física densa.
A la señora Bailey le fueron también
presentadas siete grandes figuras de Ángeles o Devas, correspondientes a los
siete globos de la cadena terrestre, que quizá posteriormente sean incluidos en
la segunda edición.
También se le presentaron extractos de
antiguos manuscritos; se le permitió leer ciertas estanzas y se le mostraron
los datos existentes en los archivos jerárquicos, que ella tradujo
superficialmente, siendo corregidos por El Tibetano. No es necesario el
conocimiento de las lenguas arcaicas para realizar este tipo de trabajo, pues
los más antiguos manuscritos son ideográficos y simbólicos y, al haber
suficiente estímulo, el observador se da cuenta del significado y puede
transcribirlo.
4. La Recordación, al despertar, de lo visto u oído durante el sueño de la noche, cuando se
está fuera del cuerpo físico.
Éste fue el método empleado en las
estanzas que aparecen al final del libro, y también en los diagramas. Algunas
de las definiciones que figuran en ese libro se obtuvieron de esta manera.
Extraído de la
revista “The Beacon”, junio 1925.
¿QUÉ ES UNA ESCUELA ESOTÉRICA?
Por Alice
A. Bailey
Existen en la actualidad muchas
escuelas supuestamente esotéricas que son relativamente modernas y se
establecieron durante los últimos sesenta años. No me refiero a esa Escuela
Esotérica que siempre ha existido y está presente en todas partes del mundo.
No posee un nombre determinado, tampoco está representada por organización
exotérica alguna ni tiene directores. Esta única y verdadera escuela ha llenado
siempre la necesidad de esos buscadores que —a través de las épocas— han solicitado
ser admitidos en los misterios, y lo han logrado después de cumplir con los
requisitos. Me refiero, en cambio, a las innumerables escuelas místicas,
metafísicas, teosóficas, rosacruces y a las órdenes ocultas que existen en
todas partes. Tales organizaciones están compuestas por personas que poseen una
devota intención espiritual, animadas por grandes aspiraciones, reunidas
alrededor de un instructor y de ciertas enseñanzas. El instructor imparte su
interpretación personal de la enseñanza académica ocultista y acentúa la
necesidad de hollar el sendero y lograr la pureza y formación del carácter,
adoptando por lo general la posición de única y máxima autoridad.
Esta etapa, en la historia del esoterismo,
ha sido un buen trabajo de preparación, porque presentó al público la
naturaleza de la doctrina secreta, la enseñanza esotérica y el gobierno
interno del mundo. La realidad de la existencia de los Maestros de Sabiduría
—que trabajan con la Jerarquía planetaria bajo la dirección de Cristo— ha sido
ampliamente difundida, ya sea en términos de la teosofía ortodoxa y de las
conjeturas metafísicas hindúes, o bajo la terminología cristiana. Ya se ha
impartido mucho conocimiento. El complicado proceso de la creación divina y la
consiguiente manifestación de Dios, constituye un gran estímulo para el
desenvolvimiento mental, pero con frecuencia trae muy poca comprensión. Las
escuelas esotéricas se ocupan de desarrollar la comprensión. Han difundido
últimamente ciertas reglas elementales destinadas, primeramente, a purificar la
naturaleza emocional o de deseos; han tratado extensamente cuestiones como la
diversidad de planos, los fuegos creadores y la diferenciación de la sustancia,
así como también los diversos septenarios que condicionan la vida, la
conciencia y la forma. Nada de esto es enseñanza esotérica. Han enseñado
devoción a los Maestros, pero presentándolos en forma inadecuada. Expresan que
tales Maestros se interesan especialmente por el instructor del grupo, y a los
amigos personales del instructor con frecuencia se les dice que el Maestro los
ha aceptado en el circulo interno de sus discípulos. Dentro de estos grupos se
erige, casi sin excepción, un círculo íntimo de adherentes, devotos del
instructor, quienes obedecen ciegamente a él y a los supuestos mandatos del
Maestro, trasmitidos por su intermedio, violando así la ley oculta de que un
Maestro no debe dar órdenes ni esperar obediencia. Por lo general los grupos
esotéricos son hoy organizaciones herméticas, con miembros seleccionados;
fomentan un malsano sentido de misterio y presentan únicamente a medias esas
verdades, que sirven sólo al propósito de testimoniar la existencia de lo
real.
Por lo tanto, no existe hasta ahora una
verdadera escuela esotérica. Su formación es todavía una esperanza —esperanza
que ha llegado a la etapa en que puede hacerse la debida preparación para su
establecimiento.
Lo antedicho no constituye en manera
alguna una condenación al servicio lealmente prestado, pero sin inspiración.
Los estudiantes deben saber que las escuelas con las cuales estén
familiarizados son de carácter preparatorio únicamente, adoleciendo de muchas
fallas, basadas en la flaqueza o fortaleza de los instructores que las
fundaron; en consecuencia, prepondera el énfasis sobre la personalidad, la
demanda de lealtad y la errónea interpretación y aplicación de la enseñanza. No
obstante ello, han sido jalones útiles para el futuro.
En verdad, no ha llegado aún el momento
para establecer verdaderas escuelas esotéricas. La humanidad no está preparada.
Sin embargo, en la actualidad, hay bastantes personas inteligentes que
justifican la formación de escuelas más avanzadas de entrenamiento, las cuales
sentarán las bases para las escuelas futuras, que irán apareciendo de acuerdo
con la Ley de Evolución. Las escuelas esotéricas no son una excepción en el
proceso evolutivo, y aparecen siempre en respuesta a la demanda del género
humano y cuando su desarrollo mental lo requiere. En los próximos setenta años
se fundarán las nuevas escuelas. Las actuales deben empezar a renovarse,
abandonar lo no esencial y aislar las verdades realmente esotéricas, para
tener una clara visión del objetivo del entrenamiento esotérico, lo cual aún
no se ha hecho. Debe conocerse la disciplina a que se someterá el neófito en el
futuro, y también impartirse las técnicas correctas; todo ello será elevado a
un nivel superior al alcanzado en el presente. La enseñanza tiene que
independizarse de su actual tendencia teológica y pronunciamiento autocráticos.
Las numerosas escuelas ocultistas internas y diversas secciones esotéricas,
han sido desgraciadamente culpables de los pronunciamientos dogmáticos.
Más adelante aparecerán instructores que
tendrán una verdadera comprensión de la naturaleza espiritual de la autoridad,
la cual no se basará en pretensiones ni en el misterio, sino en una vida vivida
de acuerdo con los ideales más elevados y en la presentación de una enseñanza
que evocará el respeto y la respuesta intuitiva del discípulo. El instructor
del futuro señalará simplemente el camino, lo recorrerá con el discípulo y
destacará las antiguas reglas, pero con una nueva interpretación, y no (corno
sucede con frecuencia) colocándose entre el grupo y la luz, o entre el
aspirante y el Maestro.
Estas escuelas preparatorias ya están en
proceso de formación, y la fundación de la Escuela Arcana, en 1923, fue
parte de este esfuerzo espiritual. A principios del próximo siglo surgirá, de
dichas escuelas, la primera verdadera Escuela de Iniciación.
Hasta la fecha, las llamadas escuelas esotéricas se
ocuparon de los aspirantes que están en el sendero de probación o
purificación. Las que ahora se forman, como la Escuela Arcana, se ocupan de
entrenar discípulos y prepararlos para hollar el sendero del discipulado y,
en fecha posterior, ponerlos en contacto directo con los Maestros. Las nuevas
escuelas que se establezcan en el próximo siglo admitirán y prepararán
discípulos para hollar el sendero de la iniciación.
Tenemos así un esfuerzo unificado y
gradual del cual son responsables los Maestros. Las escuelas que ahora están en
formación para entrenar discípulos son de carácter intermedio y tienen por
objeto establecer un puente entre las escuelas esotéricas del pasado y las
verdaderas escuelas que aparecerán más adelante, lo cual podría resumirse así:
I.
Escuelas
Esotéricas del Pasado
Con éstas
estamos muy familiarizados, y son las escuelas internas de los numerosos grupos
teosóficos, las órdenes rosacruces y las incontables organizaciones místicas y
metafísicas. Aunque de carácter definidamente esotérico, son útiles para
despertar el interés del público. Proporcionan valiosa información respecto a
los tres mundos de la evolución humana —físico, emocional y mental—, siendo
exclusivamente para los neófitos que se hallan en el sendero de probación. Se
ocupan del acercamiento a Dios por medio del corazón y también del profundo
instinto humano, si el hombre puede descubrirlo.
II.
Escuelas
Esotéricas del Presente
Las escuelas que se establecen ahora
poseen un mayor conocimiento esotérico, que se está correlacionando y
aplicando. Gran parte es todavía teórico, pero la teoría debe siempre preceder
a la práctica. Dichas escuelas llevarán la enseñanza más allá del punto
alcanzado en las primitivas escuelas, trasladándola de los tres mundos al reino
del alma. Se ocuparán de los valores esotéricos y serán de naturaleza mental,
poniendo el énfasis sobre el conocimiento de Dios y no sobre la idea de
ir a tientas detrás de una divinidad presentida. Las mejores escuelas
del pasado lograron la integración de la personalidad e hicieron realidad el
dualismo esencial del místico. Las nuevas escuelas persiguen una fusión más
elevada, la de la personalidad integrada y el alma. Revelan que detrás del
dualismo del místico, etapa necesaria, existe la realidad oculta de la
identificación con lo divino.
III.
Escuelas
Esotéricas del Futuro
Estas escuelas
serán verdaderamente esotéricas, porque para entonces la humanidad estará
preparada. Evocarán y entrenarán la conciencia superior del discípulo,
enseñándosele a trabajar conscientemente en niveles espirituales y a actuar
como alma en los tres mundos de la evolución humana, por medio de una
personalidad altamente inteligente. Los discípulos serán preparados para la
iniciación, y los iniciados serán entrenados para iniciaciones mayores y
superiores. Harán hincapié sobre el correcto manejo de las energías y fuerzas,
sobre la sabiduría, como resultado del conocimiento aplicado, y sobre los planes
y trabajos de la Jerarquía. Desarrollarán la intuición, y producirán una
fusión aún más elevada entre el hombre espiritual y el Ser universal.
Dividiré en acápites lo que tengo
que decir respecto a las escuelas:
·
Algunas
definiciones del esoterismo.
·
Cómo se forma
una Escuela Esotérica.
·
Verdades
fundamentales enseñadas en las nuevas escuelas.
El estudio de estos temas ayudará
a conocer en qué consiste la enseñanza esotérica, y a trabajar como
esoteristas, recibiendo el entrenamiento necesario y aprendiendo a hollar el camino correctamente. Los dirigentes o
instructores de las actuales seudo escuelas esotéricas deben enfrentar la
realidad por dura que sea. Si son honestos y sinceros lo harán gustosamente,
se adaptarán a las necesidades de la época, valorarán correctamente el lugar
que ocupan en la escala de la evolución y decidirán hacia dónde deben dirigir
sus esfuerzos. Nada puede detener los planes jerárquicos, tal como han sido
delineados. Quienes no pueden enfrentarse a sí mismos, ni realizar un trabajo
de verdadero valor, descubrirán que sus escuelas han caducado —esto ya sucede
en todas partes. Los que se dan cuenta de la situación y pueden percibir el
futuro, avanzan hacia una acrecentada utilidad, una reconstrucción vital y un
servicio más amplio.
Algunas Definiciones del Esoterismo
Las palabras “esotérico” y “oculto”
significan aquello que está escondido; indican lo que se halla detrás de las
apariencias externas y señalan las causas que producen apariencias y efectos;
se refieren al sutil mundo de energías y fuerzas, que todas las formas externas
velan y ocultan, y a lo que debe conocerse antes de desarrollar la conciencia
iniciática.
En el pasado se hicieron resaltar las
fuerzas subjetivas, que no dejan de ser fuerzas materiales ocultas en el ser
humano, y frecuentemente los poderes psíquicos, tales como la clarividencia y
la clariaudiencia, que el hombre comparte en común con los animales. En las
antiguas escuelas se ha acentuado de manera extraordinaria la pureza física y
todo lo concerniente a la purificación de las formas, mediante las cuales el
alma debe manifestarse. Esta purificación no es de carácter esotérico ni un
indicio de desarrollo esotérico o espiritual, sino únicamente un paso
preliminar muy necesario, pues hasta no emprender tal purificación es
imposible realizar un trabajo más avanzado. Las disciplinas físicas son
necesarias y útiles y deben aplicarse en todas las escuelas para principiantes,
pues mediante ellas el neófito adquiere hábitos de pureza y construye el tipo
de cuerpo que el discípulo necesita para iniciar el verdadero trabajo
esotérico.
Este entrenamiento elemental permite al
neófito transferir su conciencia, del mundo tangible del vivir cotidiano, a
los mundos de las fuerzas más sutiles de su personalidad. Llega así a darse
cuenta de las energías que debe manejar, y presiente vagamente lo que hay
detrás de ellas —el alma en su propio mundo, el reino de Dios.
Ahora las nuevas escuelas se ocupan de los
valores más esotéricos. Entrenan al discípulo para trabajar como alma, en los
tres mundos, y lo preparan para actuar como discípulo aceptado, en el grupo de
un Maestro. La mayoría de las escuelas del pasado han descuidado la etapa de
integración de la personalidad y también el conocimiento de la vida en los tres
mundos, sobre lo cual se debe instruir al principiante. En cambio han ofrecido
la tentadora perspectiva de hacer contacto con un Maestro y con Su grupo, antes
de ser el aspirante una personalidad coordinada, calificado como “inteligente”,
y de haber establecido contacto con su alma. Se ha hecho y se hace hincapié
sobre la devoción, devoción al instructor del grupo, a sus verdades enunciadas
y al Maestro, además de la firme determinación de merecer el titulo de
“discípulo”, para decir algún día “conozco a tal o a cual Maestro”. Mientras
tanto, no se ha dado al principiante una verdadera idea del discipulado ni de
sus responsabilidades. Las nuevas escuelas en formación imparten a sus
estudiantes ideas muy diferentes y emplean técnicas de entrenamiento muy distintas.
1.
Una escuela esotérica enseña la relación existente entre el alma, el
hombre espiritual, y la personalidad. Ésta es para el estudiante la principal
línea de acercamiento, constituyendo el contacto con el alma su primer gran
esfuerzo. Llega a conocerse a sí mismo y se esfuerza por actuar conscientemente
como alma y no sólo como personalidad activa. Aprende a regular y dirigir su
naturaleza inferior mediante el conocimiento técnico de su constitución, y a
hacer fluir la luz, el amor y el poder del alma. Por el alineamiento, la
concentración y la meditación, establece contacto permanente con su ser
espiritual interno y está bien encaminado para convertirse en un útil servidor
de la humanidad.
2. Una escuela esotérica es la ampliación, en el
mundo físico externo, del grupo interno o Ashrama de un Maestro. El discípulo
individual aprende a considerarse un canal para el alma y una avanzada de la
conciencia del Maestro; una verdadera escuela esotérica es además la avanzada
de algún grupo subjetivo espiritual o ashrama, condicionado e impresionado por
el Maestro, como el discípulo lo es por su alma. Por lo tanto, un grupo de esta
naturaleza está en relación directa con la Jerarquía.
3. Una verdadera escuela esotérica trabaja en
cuatro niveles de servicio y experiencia. Esto permite al discípulo acercarse
a la humanidad y utilizar todas sus facultades. En las verdaderas escuelas
espirituales, aprobadas y apoyadas por los Maestros, se enseña al discípulo a
servir a la humanidad y no a ponerse en contacto con un Maestro, como ocurrió
con la mayoría de las escuelas esotéricas del pasado. El contacto con el
Maestro depende de la calidad del servicio que el discípulo presta a sus
semejantes. Con frecuencia esto lo pasan por alto los instructores que acentúan
el logro y el perfeccionamiento individuales. Las nuevas escuelas en formación
tratan de entrenar a los hombres para satisfacer las necesidades del mundo y
servir espiritualmente en los cuatro niveles de la actividad consciente,
enumerados a continuación:
a.
En el nivel
del mundo externo se enseña al discípulo a vivir normal, práctica, efectiva y
espiritualmente en el mundo de la vida cotidiana. Nunca debe ser extravagante
ni raro.
b.
En el nivel
del mundo de significados se enseña al discípulo las causas que originan los
hechos y circunstancias, individuales y universales. De esta manera se prepara
al aspirante para actuar como intérprete de los acontecimientos y como portador
de luz.
c.
En el nivel
del alma, su propio mundo, el discípulo se convierte en un canal para el amor
divino, pues la naturaleza del alma es amor, inspirando y curando al mundo.
d.
En el nivel
del ashrama o grupo del Maestro, a medida que se le revela gradualmente el Plan
jerárquico, aprende a colaborar con éste, adquiriendo el conocimiento que le
permitirá dirigir algunas de las energías que producen los acontecimientos
mundiales. Así lleva a cabo los propósitos del grupo interno al cual está
afiliado. Inspirado por el Maestro y Su grupo de discípulos e iniciados
activos, imparte a la humanidad conocimientos definidos acerca de la Jerarquía.
4. Una escuela
esotérica entrena al discípulo para el trabajo grupal. Le enseña a abandonar
sus planes personales en bien del propósito grupal —que está siempre dirigido a
servir a la humanidad y a la Jerarquía. Sin perder nada de su identidad
individual ni particular, se sumerge en las actividades grupales,
contribuye con su dedicación al Plan, sin que ninguna idea proveniente del
no-yo influya en su forma de pensar.
5. Una escuela
esotérica no se funda en la autoridad de algún instructor ni en las exigencias
de que se le reconozca y obedezca. No se basa en las pretensiones de personas
generalmente mediocres que afirman ser iniciados, y que en virtud de ello
hablan con autoridad dogmática. La única autoridad reconocida es la de la
verdad misma, percibida intuitivamente y sometida al análisis mental y a la
interpretación del discípulo. El discípulo (que trabaja con alguno de los
Maestros) inicia una escuela esotérica sin ejercer ninguna autoridad, excepto
la que le otorga una vida vivida lo más ajustadamente posible a la verdad,
además de la medida de la verdad que puede impartir a su grupo. La obediencia
que el dirigente del grupo debe inculcar a su grupo de estudiantes es el
reconocimiento de la responsabilidad y lealtad conjuntas a las intenciones y
propósitos grupales y —dados como sugerencias, no como órdenes. Las
declaraciones o exigencias del instructor del grupo, para que se le reconozca
autoridad y se le preste obediencia y lealtad incondicional, lo señalan como
principiante y simple aspirante, aunque tenga buenas intenciones y
sentimientos, e indica que no es un discípulo a cargo del trabajo de la
Jerarquía.
6. Un grupo
esotérico se preocupa del completo desarrollo del discípulo. La formación del
carácter y la aspiración altruista se consideran ya existentes, pero no se les
da gran importancia a las virtudes comunes, a una vida externa pura, a la
bondad, al buen carácter, ni a la total carencia de auto imposición. Estas
cualidades son consideradas esencialidades básicas y existentes en cierta
medida, pero su mayor desarrollo es una cuestión personal del discípulo y no
del instructor o del grupo. Se le da importancia al desarrollo mental, a fin de
que el discípulo sea inteligente, analítico —pero no criticador— y posea un
rico y bien organizado equipo mental. La cabeza y el corazón son considerados
de igual importancia y similarmente divinos. La Jerarquía trabaja con los estados
de conciencia de los hombres de cualquier clase, raza o nación. Los discípulos
aprenden a trabajar en la misma forma, para llegar oportunamente a ser Maestros
de Sabiduría. Esto lo obtienen superando todas las dificultades y obstáculos
mediante el poder de sus propias almas. Así algún Maestro activo ahora en el
mundo, queda libre para realizar un trabajo diferente y más elevado.
7. Una escuela
esotérica es el medio por el cual la vida del discípulo se enfoca en el alma;
los mundos físico, emocional y mental, no son para él la esfera principal de
sus actividades. Estos mundos son meramente su campo de servicio, y la
personalidad se convierte en aquello por cuyo medio su alma sirve. Aprende a
trabajar totalmente desde niveles espirituales, y su conciencia está firmemente
centrada en el alma y en el ashrama de su Maestro. La escuela esotérica le
enseña cómo lograrlo, a establecer contacto con su alma, vivir como alma,
reconocer al Maestro y a trabajar en el grupo de un Maestro. Aprende la técnica
por la cual puede registrar impresiones del Maestro, responder a la intención
del grupo y así ser cada vez más sensible al Plan, en el cual se han
comprometido colaborar su Maestro y el Ashrama. Aprende a desempeñar su parto
en la tarea de elevar la conciencia de la raza, empleando consciente y
directamente la mente entrenada, la naturaleza emocional controlada y el
cerebro receptivo. Entonces desempeña eficientemente la doble y difícil función
del discípulo: vive como alma en la vida diaria y trabaja conscientemente en
relación con la Jerarquía.
Hay muchas otras definiciones de lo que es una escuela
esotérica, pero he elegido las más sencillas y las que se han de captar primero
si se quiere lograr un correcto progreso. El discípulo es llevado paso a paso,
por el sendero, hasta el momento en que está preparado para esos grandes
desenvolvimientos de conciencia denominados “iniciaciones”. Entonces comienza a
hollar conscientemente el sendero de iniciación, que las escuelas
esotéricas harán conocer al público en el futuro.
La Escuela Arcana se esfuerza por cumplir con los siete requisitos de las escuelas
esotéricas. No se ocupa, ni jamás se ha ocupado, de preparar a los discípulos
para las iniciaciones. Procura que sus estudiantes establezcan los contactos
preliminares y trabajen como verdaderos servidores en el mundo. Actualmente no
existe ninguna verdadera escuela esotérica que entrene para la iniciación. Las
que pretenden hacerlo engañan al público. Se puede dar entrenamiento acerca de
la vida del discipulado, pero académicamente entendido. El entrenamiento en la
vida del iniciado debe comprobarse individualmente y por medio de contactos en
el mundo del ser espiritual.
Cómo se Forma una
Escuela Esotérica
Una escuela esotérica no es creada por algún discípulo
que recibió órdenes de su Maestro. El discípulo que inicia una escuela
preparatoria de ocultismo lo hace por propia voluntad. Es su definida y auto
elegida tarea. Sirvió lo mejor que pudo en el Ashrama de un Maestro; conoce las
necesidades del mundo; ansía intensamente servir, y es consciente de que
aprende continuamente y de los métodos por los cuales ha aprendido y
progresado en el sendero. Por lo tanto, es un trabajador consciente de su deber
como discípulo, está en contacto con su alma y es cada vez más sensible a la
impresión del Maestro. Generalmente no proyecta iniciar una escuela esotérica;
en su mente no se configura una definida y planificada organización; ansía
simplemente satisfacer las necesidades que lo circundan. Debido a que está en
contacto con su alma y —en el caso de discípulos más avanzados— con el Maestro
y el Ashrama, su vida diaria llega a ser magnética, radiante y dinámica y, en
consecuencia, atrae hacia él a quienes puede ayudar, reuniéndolos a su
alrededor. Se convierte en el punto central de vida de un organismo
viviente, y no en el dirigente de una organización. Tal es la diferencia
entre el trabajo de un aspirante bien intencionado y la de un discípulo
entrenado. El mundo está lleno de organizaciones, a cuyo frente hay alguien con
móviles generalmente sanos, pero cuyos métodos y acercamientos hacia quienes
trata de servir, son similares a los del mundo comercial; podrá crear una
organización útil, pero no fundar una escuela esotérica. El discípulo se
convierte en el centro de un grupo vital y radiante, que crece y alcanza sus
objetivos, porque la vida en el centro se desarrolla de adentro a fuera. Por
la fuerza de su vida logra el éxito, no por un sistema de propaganda. Raras
veces o nunca, tiene éxito comercial.
La gente responde a la nota emitida y a las verdades que
se enseñan, y la influencia del grupo aumenta constantemente hasta que el
discípulo es responsable de un grupo de aspirantes. Según la medida de contacto
con su alma, y su respuesta sensible a las sugerencias del Maestro y a las
impresiones del Ashrama con el cual está afiliado, así será la fuerza y
utilidad del grupo con el cual trabaja. Poco a poco irá reuniendo a su
alrededor a quienes pueden ayudarlo en la enseñanza, según la sabiduría y el discernimiento
que demuestre en la elección de sus colaboradores, será el éxito de su
servicio. No asume autoridad alguna sobre el grupo ni sobre sus colaboradores,
excepto la autoridad que le otorga su mayor conocimiento, sabiduría y luz; esto
le hace un punto inconmovible de poder, contra el cual las interpretaciones
insignificantes y métodos se estrellan y desaparecen. Enseñan ciertos principios
ocultos, inalterables, que el grupo aceptará fácilmente y sin controversia, y
precisamente esos principios son los que le llevaron a efectuar ese trabajo. Si
en sus colaboradores observa signos de desarrollo espiritual los coloca en
posiciones de responsabilidad, a medida que se van capacitando. Vive
continuamente como aprendiz y condiscípulo, hollando con ellos el sendero. La
tónica del verdadero dirigente esotérico es humildad, lo que indica visión y
sentido de proporción, y le enseña que cada paso adelante en la vida espiritual
revela las etapas que aún le quedan por dominar. La diferencia entre discípulo
entrenado y principiante reside en que este último posee visión limitada y se
inclina a creer que el camino es más fácil de lo que realmente es; entonces se
sobrestima. En cambio, el discípulo tiene una amplia visión y sabe cuánto falta
para convertirla en realidad.
Las escuelas esotéricas se pueden dividir en diferentes
categorías, dependiendo del grado de evolución del instructor. La comprensión
subconsciente al respecto, lleva al dirigente mediocre a tratar de imponer su
trabajo y llamar la atención sobre sus esfuerzos, mediante ruidosas
declaraciones, pretendiendo familiaridad con el Maestro y, a veces, con toda la
Jerarquía, exigiendo así reconocimiento. Esto significa ser principiante, pues
debe saberse que una verdadera escuela esotérica es iniciada siempre por un
discípulo, y ésta es su tentativa de servicio y no el campo de expresión de un
Maestro. El discípulo —no el Maestro— es el único responsable del éxito o
fracaso de la escuela. Los Maestros no son responsables de las escuelas
que hoy existen, ni de las que están en proceso de formación. Tampoco
establecen normas ni solucionan problemas. En la medida en que el discípulo
dirigente esté en contacto consciente y humilde con el Maestro y Su Ashrama,
así afluirá a la escuela el poder del grupo interno; esto se manifestará como
luz y sabiduría espirituales, no como dirección, mandato u órdenes concretas,
ni como responsabilidad transferida del dirigente al Maestro. El discípulo toma
sus propias decisiones, entrena a sus colaboradores, anuncia sus propias normas,
interpreta la Sabiduría Eterna de acuerdo con la luz que hay en él, y supervisa
el entrenamiento dado a los estudiantes. Cuanto más avanzado, menos hablará el
discípulo de su Maestro, y señalará más eficazmente el camino hacia la
Jerarquía, acentuando también la responsabilidad individual y los principios
básicos ocultos.
Las escuelas que existen hoy en el mundo pueden
dividirse en tres grupos:
1. Hay un sinnúmero de seudo escuelas esotéricas, iniciadas
por aspirantes los cuales desean ayudar a sus semejantes, impulsados por
amor a la enseñanza, cierta medida de amor a la humanidad y algo de ambición
personal. En resumidas cuentas, sus métodos son exotéricos; la enseñanza que
imparten se funda en lo que ya se ha dado y conoce; enseñan pocas novedades,
aunque las disfracen con distintos grados y misterios. Emplean los libros
comunes sobre ocultismo o recopilan de otros sus propios libros de texto,
extrayendo frecuentemente los detalles espectaculares y sin importancia y
omitiendo lo espiritual y esencial. Anuncian sus escuelas por cualquier medio,
y con frecuencia hacen resaltar el aspecto comercial. Exigen obediencia;
menosprecian y critican a otras escuelas; enseñan adhesión exclusiva al
dirigente, y lealtad a su interpretación de la verdad; realizan un trabajo
útil entre las masas, familiarizándolas con la existencia de los Maestros y la
doctrina secreta, y brindándoles la oportunidad para el desarrollo espiritual.
Ocupan un lugar definido en el plan de la Jerarquía; pero no son escuelas esotéricas,
ni sus dirigentes discípulos, sino aspirantes en el sendero de probación, y no
muy avanzados.
2. Existen también cierto número de escuelas esotéricas,
iniciadas por discípulos, que están aprendiendo mediante el esfuerzo de
ayudar a su grupo, la forma de enseñar y servir. Estas escuelas son pocas,
comparadas con las del primer grupo, y numéricamente muy pequeñas, porque el
dirigente se ajusta más a las reglas ocultas y se esfuerza por cumplir con los
requisitos espirituales. Trata de enseñar humildemente y sin pretensiones; se
da cuenta de que está alcanzando poco a poco el conocimiento del alma y que su
contacto con el Maestro no es frecuente. Comúnmente presenta la verdad en forma
académica y teológica, pero rara vez es personalmente autoritario. Su
influencia y radiación aún no son muy potentes, pero es cuidadosamente vigilado
por el Maestro, porque constituye un valor positivo en potencia y se confía en
que aprenderá generalmente por sus errores. Atrae mucho menos público que el
primero y ruidoso grupo, pero da un entrenamiento más sensato y prepara a los
principiantes en los fundamentos de la Sabiduría Eterna. Su trabajo se halla
entre los grupos del pasado y los que hoy se van formando.
3. Están apareciendo ya las nuevas escuelas
esotéricas iniciadas por discípulos más avanzados. Lógicamente debe ser
así, pues la tarea es más difícil, e involucra la enunciación de una nota tan
clara que hará surgir nítidamente la diferencia entre lo nuevo y lo antiguo, y
se darán ciertas verdades e interpretaciones nuevas. Esta presentación nueva y
más avanzada se funda en antiguas verdades; pero se interpretarán
diferentemente y despertarán antagonismo en las antiguas escuelas. Estos
discípulos más avanzados emiten una radiación de mayor potencia; su influencia
y trabajo mundial, mucho más amplios, evocan antagonismo y rechazo en los
grupos del pasado, pero también respuesta de muchos que pertenecen a esos
grupos que han superado los métodos antiguos, han esperado un nuevo
acercamiento a Dios y están preparados para un llamado más espiritual. Ellos se
convierten en puntos focales de actividad espiritual, en los antiguos grupos y
en su medio ambiente, lo cual conduce a:
a.
Que los grupos
del pasado rechacen a quienes respondan a la nueva enseñanza esotérica,
expulsándolos de su grupo.
b.
Que las nuevas
escuelas tomen forma, gracias a este rechazo, en respuesta a la enseñanza
impartida por un discípulo más poderoso y desinteresado.
c.
Que el público
sea consciente del nuevo movimiento, surgiendo así un profundo interés por las
cosas esotéricas relacionadas con la Jerarquía.
Estos discípulos, a
quienes se les confía la difícil tarea de inaugurar las nuevas escuelas, son
conocidos técnicamente como discípulos mundiales. Su influencia penetra en
todas direcciones, quebrantando y perturbando las escuelas del pasado y
liberando a quienes están preparados para las nuevas enseñanzas; crean nuevas
escuelas intermediarias entre las antiguas y las futuras Escuelas de
Iniciación; impresionan la conciencia de los hombres, ampliando el punto de
vista del público en general y presentando a la humanidad nuevos conceptos y
renovadas oportunidades. Esto ya está ocurriendo. Los investigadores, por lo
tanto, deban aprender a diferenciar entre el trabajo de un aspirante bien
intencionado, que funda una escuela de esoterismo para principiantes, el trabajo
de un discípulo que está aprendiendo a ser instructor y el de los discípulos
mundiales que están derribando los antiguos métodos e instituyendo nuevos y
más adecuados, para la enseñanza de la verdad oculta. La Escuela Arcana es
parte de este último esfuerzo mundial.
Existen también ciertas escuelas espúreas, bien
conocidas y espectaculares, que atraen a los curiosos e ignorantes.
Afortunadamente ejercen un breve ciclo de influencia. Causan temporalmente
mucho daño, pues deforman la enseñanza y dan una idea falsa respecto a los Maestros
y al sendero, pero su poder de perdurar es prácticamente nulo. Los otros tipos
de escuela realizan un buen trabajo y satisfacen la necesidad de quienes
responden a su tónica. Sin embargo, las escuelas antiguas están desapareciendo,
las del segundo grupo se mantendrán activas aún durante largo tiempo, dando
instrucción elemental, entrenando a discípulos en los métodos de trabajo y en
la forma de servir. El último y nuevo, tipo de escuela acrecentará su poder y
preparará a los discípulos de la nueva era para las futuras Escuelas de
Iniciación.
Las Verdades que
se Enseñan en las verdaderas Escuelas Esotéricas
Debe observarse que muchas de las verdades impartidas
hasta ahora bajo el término “esotéricas”, no lo han sido, o son totalmente
“exotéricas”. Las verdades esotéricas del pasado son fundamentalmente verdades
exotéricas en el presente. Durante los últimos cien años, las doctrinas
esotéricas y la enseñanza secreta de la Sabiduría Eterna —dadas al público
frecuentemente bajo juramento de guardar secreto— han llegado a ser de
propiedad pública. La naturaleza del hombre, según se enseñaba en las escuelas
de misterios del pasado, es reconocida, entre otros, con el nombre de
psicología moderna. Los misterios del cuerpo etérico, del astral y del mental,
son tratados por nuestras universidades en cursos de psicología que se ocupan
de la vitalidad, la naturaleza emocional y la mentalidad del ser humano. La
creencia en los Maestros fue un secreto celosamente guardado, pero hoy se habla
de Ellos en las tribunas públicas de nuestras grandes ciudades. La práctica de
la meditación y sus técnicas eran temas cuidadosamente reservados, y al público
se le decía que su enseñanza era peligrosa; hoy esta idea ha sido desvirtuada y
gran número de personas meditan para lograr el alineamiento, establecer
contacto con el alma y adquirir su conocimiento. La verdad también ha estado
velada y oculta por un cúmulo de enseñanza secundaria que ha desviado el
interés del investigador y concentrado su atención en los fenómenos, por la
importancia que le atribuyen. La postura, el empleo de antiguas fórmulas,
palabras y mántram, los ejercicios de respiración, las insinuaciones
misteriosas para elevar el fuego kundalini, el despertar de los centros y otros
aspectos atrayentes del ocultismo secundario, han llevado a las personas a
perder de vista el hecho de que gran parte de lo dicho, por pertenecer al reino
de los fenómenos, se relaciona con el cuerpo físico, con su correcto ajuste, su
vitalización y energetización y, por lo tanto, con los efectos y no con las
causas esenciales de dichos efectos. Todos estos resultados fenoménicos serán demostrados
sin peligro, normal y sensatamente, así como automáticamente, cuando el hombre
interno, emocional y mental, esté en armonía con el mundo espiritual y empiece
a funcionar como ser espiritual. Este acercamiento secundario a la verdad ha
hecho mucho daño a la causa del verdadero ocultismo y ha perturbado
considerablemente las mejores mentes en el campo espiritual.
En las escuelas que están en formación se acentuará el
conocimiento del alma, el conocimiento espiritual, la comprensión de las
fuerzas superiores y el conocimiento directo de la Jerarquía espiritual que
rige la vida de nuestro planeta, y la comprensión (desarrollada progresivamente)
de la naturaleza divina y del Plan que, obedeciendo a la voluntad de Dios,
condiciona cada vez más los asuntos del mundo. En dichas escuelas se estudiarán
las leyes que rigen al individuo, a la humanidad y a los reinos de la naturaleza,
y la Ciencia de las Relaciones (a medida que se va desarrollando en nuestro
mundo evolucionante) será de interés práctico para el discípulo. Cuando éste
establezca rectas relaciones consigo mismo, con el mundo del ser espiritual,
con el mundo del vivir humano y con todas las formas de vida divina, automáticamente
tendrá lugar el despertar de su propia naturaleza, sus centros se
convertirán en fuentes vitales de poder espiritual y toda su constitución
entrará en actividad rítmica y tendrá la consiguiente utilidad. Sin embargo,
todo esto ocurrirá en virtud del correcto ajuste con Dios y con el hombre, su
creciente comprensión del propósito divino y su conocimiento de las diversas
técnicas y leyes científicas que condicionan todos los fenómenos, incluso al
hombre.
Quisiera exponer con claridad que la Escuela Arcana, por
ser una de las escuelas intermedias más nuevas, se ocupa de los fundamentos
comunes de la doctrina secreta, pero sólo como base de la nueva enseñanza que
se va desarrollando. Los ejercicios respiratorios se dan únicamente después de
varios años de estudio, sin hacer resaltar su importancia, porque la
respiración correcta —esotéricamente comprendida— no depende del control de los
pulmones ni del aparato respiratorio, sino de la orientación correcta y del
ajuste rítmico de la vida al orden espiritual y a las circunstancias.
Se estudia la psicología del hombre interno cuando
condiciona los centros del cuerpo vital; sin embargo, se pone de relieve el
aspecto psicológico y no los centros; éstos funcionarán correctamente cuando
el pensamiento sea sano y el hombre viva con éxito la vida dual del discípulo:
rectas relaciones con el mundo de las almas y la Jerarquía, y rectas relaciones
con sus semejantes en la vida diaria.
Después de una enseñanza preliminar acerca de las bases
generales, y de un período de comprobación del grado de comprensión del estudiante,
además de algunas instrucciones básicas sobre la naturaleza de la meditación,
las nuevas escuelas enseñarán las siguientes materias:
1. La Ciencia de Impresión. El estudiante aprende
a ser sensible a las “impresiones” que llegan de su propia alma y, más tarde,
del Maestro y del Ashrama. Se le enseña a interpretar correctamente tales
impresiones a través de su mente entrenada e iluminada; aprenderá también a
diferenciar entre lo que llega de su propio subconsciente, lo que registra
telepáticamente como procedente del mundo del pensamiento y de las mentes de
otros hombres, y lo que procede del mundo del ser espiritual.
2. La Ciencia de Unificación. El
estudiante aprende la integración y coordinación, el contacto y la fusión entre
el ama y la personalidad y, más tarde, la relación directa entre el aspecto
espiritual más elevado y su yo personal. Esto lleva progresivamente al
constante desarrollo de la conciencia, preparando al estudiante para aprovechar
la enseñanza que recibirá en las Escuelas de Iniciación. Además, estudia la
naturaleza de la iniciación como expresión de grandes expansiones de conciencia
y resultado de la integración autodirigida.
3. La
Naturaleza de la Jerarquía. El estudiante aprende que quien emprende el
entrenamiento necesario y se disciplina, puede conocer a la Jerarquía y hacer
contacto directo con ella. La disciplina debe ser auto impuesta y adaptada a la
naturaleza y grado de desarrollo del discípulo individual. Se estudian los
distintos grados de la Jerarquía, el carácter de las iniciaciones y el trabajo
de Cristo, como Guía de la Jerarquía. De esta manera el discípulo tiene
un cuadro preciso del grupo interno que constituye su meta.
4. La Ciencia
de la Meditación. Esta ciencia y sus técnicas son dominadas gradualmente
en sus distintas etapas: alineamiento, concentración, meditación,
contemplación, iluminación e inspiración; al estudiante se le enseña
el correcto empleo de la mente, el control del pensamiento y la correcta
interpretación de los fenómenos espirituales. Aprende el significado de la
iluminación en su siete etapas, y empieza a vivir, con acrecentada eficacia,
la vida inspirada de un Hijo de Dios.
5. Las
Leyes del Mundo Espiritual. El discípulo estudia estas leyes y las
aplica en sí mismo, en los acontecimientos, en el mundo y en la humanidad, las
cuales incluyen, entre muchas otras:
a.
La Ley de
Causa y Efecto.
b. La Ley de Renacimiento.
c.
La Ley de
Evolución.
d. La Ley de la Salud.
Conciernen a la manifestación del mundo de los valores e
impulsos espirituales, a través del mundo de los fenómenos materiales.
6. El Plan. El estudiante recibe
indicaciones sobre el Plan que custodia la Jerarquía y que subyace en todos los
acontecimientos planetarios, desarrollando el propósito divino; estudia su
actuación en el pasado, que ha llevado a la humanidad a su actual grado de
desarrollo; interpreta los acontecimientos actuales en términos del Plan de
Dios, investigándolos como preludio para el futuro; considera también
profundamente el raso inmediato, invocando así su activa participación. Luego,
cuando sea parte activa y consciente de la Jerarquía, estará familiarizado con
los amplios delineamientos del propósito divino y podrá colaborar
inteligentemente en la tarea inmediata.
7. Energías y Fuerzas. Éstas constituyen la
sustancia misma de la creación y deben ser comprendidas y oportunamente
controladas. El alumno aprende que todo cuanto se manifiesta sobre el planeta
y en él, es sólo un conjunto de fuerzas que producen las formas, y que todo es
movimiento y vivencia. Empieza aprendiendo la naturaleza de las fuerzas que
hacen de él lo que es, como hombre; luego aprende a atraer una fuerza o energía
de orden superior, la del alma, para controlar esas fuerzas. Después estudia la
naturaleza del espíritu, del alma y de la materia, a las cuales generalmente
denomine: vida, conciencia y forma; o vida, cualidad y apariencia. Así obtiene
una vislumbre de la naturaleza de la Trinidad divina y de la naturaleza
eléctrica de todos los fenómenos, incluyendo al ser humano.
8. Psicología
Esotérica. Se la considera también de gran importancia. Señala el cambio de
enfoque de la presentación material de las antiguas escuelas de esoterismo, con
su énfasis puesto sobre los distintos planos, los procesos de desarrollo
material y la constitución de las formas. En las nuevas escuelas se hará
resaltar la naturaleza del alma que anima a las formas, y ese agente creador
que actúa con el mundo material y en él. Se estudiarán los siete tipos
principales de personas; se investigarán sus características, además de su
relación con los siete grupos de que está compuesta la Jerarquía y con los
siete grandes rayos o energías, emanaciones que la Biblia llama “los siete
espíritus ante el trono de Dios”. Así se evidencia la síntesis en toda la
manifestación, y puede verse con claridad el lugar que ocupa la parte dentro
del todo.
Existen muchos estudios subsidiarios que el estudiante
debe conocer antes de ingresar en las futuras escuelas de iniciación; pero lo
antedicho dará una idea del programa general a que se ajustarán las nuevas
escuelas. La Escuela Arcana procura dar una preparación general sobre
tales fundamentos básicos, a fin de que el estudiante pueda aprovechar la
riqueza de literatura y enseñanza que aparecerá en lo que reste del presente
siglo.
El estudiante debe adquirir, ante todo, una idea general
de la enseñanza esotérica, para saber cuál de las numerosas líneas seguirá;
debe aprender a aplicar la enseñanza, en forma práctica, trasmutando la teoría
en práctica y demostrando para sí la necesidad y posibilidad de llegar a vivir
en el mundo de los significados. Entonces reconocerá la relación, en todos los
acontecimientos individuales, humanos y planetarios, y por qué y cómo tienen
lugar dichos acontecimientos. A medida que adquiere conocimiento de la
psicología esotérica, y domina algunas de las técnicas de los procesos de
meditación, podrá ubicarse en el peldaño que le corresponde en la escala de la
evolución; entonces sabrá cuál es su paso inmediato, la siguiente meta de
desarrollo, lo que tiene que dar como servicio a la humanidad y a quién podrá
ayudar.
Empieza así a participar conscientemente en la
gran escuela de la experiencia espiritual, donde hallará oportunamente
respuesta a sus preguntas y solución a sus problemas. Descubrirá que los
principales requisitos para desarrollar con éxito el trabajo esotérico son:
paciencia, continuo esfuerzo, visión y sano juicio discriminativo. Poseyendo
todo esto, más un sentido del buen humor, una mente abierta y sin fanatismos,
el estudiante rápidamente progresará en el “Camino Iluminado”, como se lo
denomine a veces al sendero. Finalmente se encontrará ante el portal de la
iniciación, sobre el que están inscriptas las palabras de Cristo: “Pide y se te
dará; busca y encontrarás; llama y se te abrirá.”
Enero 1944
PRINCIPIOS DE LA ESCUELA ARCANA
Por Alice A. Bailey
A quien ingresa en la Escuela Arcana y
participa activamente en este grupo, deseamos exponerle ciertas ideas
fundamentales o principios que rigen la enseñanza, pues de ello depende el
éxito de su trabajo y el nuestro. Usted emprende una tarea para la cual su vida
actual y las anteriores, lo ha preparado —si es que acepta la Ley de
Renacimiento y las nuevas oportunidades. Lo que va a iniciar es de gran
importancia. Implica probablemente reorientar su vida y sus métodos de vida;
significa aprender las reglas que le permitirán realizar en el quinto reino
los esfuerzos que realiza en el cuarto reino o humano. El quinto reino denominado
a veces reino de Dios, otras la Jerarquía espiritual de nuestro planeta, es un
reino de la naturaleza, tanto como lo son el humano y el animal. Recibirá
también preparación para lograr esas grandes expansiones que trasformarán su
conciencia y harán que sea constantemente consciente del todo universal, en vez de identificarse
con una diminuta fracción de ese Todo, lo cual le permitirá reemplazar la separatividad,
característica del ser humano común, por la síntesis.
Al encarar esta nueva vida de
entrenamiento y progreso, hacia una nueva vivencia espiritual, hay ciertas
proposiciones y condiciones esotéricas esenciales que, una vez comprendidas,
simplificarán su acercamiento a ese reino y a la verdad, y lo ayudarán a
reconocer la sólida base en la que usted se apoya. Quizá esto hará que usted
formule preguntas como las siguientes:
¿Cuál es la finalidad de
la Escuela Arcana?
¿Cuál es la naturaleza de
su enseñanza?
¿Cuáles son los principios que rigen el entrenamiento y
la ayuda que presta?
¿Qué compromisos contraigo al ingresar en la Escuela
Arcana?
¿Cuales son las
características de toda verdadera escuela esotérica?
¿Se ajusta la Escuela Arcana a ellas?
¿Qué conceptos e ideas fundamentales rigen en la Escuela
Arcana?
Los trabajadores y estudiantes de la Escuela Arcana
deben ajustarse a siete principios u objetivos regentes. Un análisis de éstos
facilitará en gran parte el trabajo futuro, pues responderá a todos los
interrogantes y despejará el camino para un progreso comprensivo. Tales
principios son inmutables y nunca se alteran; si llegaran a alterarse
entonces la Escuela Arcana ya no cumpliría con su propósito original.
Métodos y técnicas podrán cambiar, dogmas y doctrinas
aparecer y desaparecer, a medida que la Sabiduría Eterna se manifiesta generación
tras generación y continúa la secuencia de revelaciones, de acuerdo a la
demanda de las necesidades de la humanidad, pero el objetivo subyacente en
todas las escuelas esotéricas (incluyendo a la Escuela Arcana) es siempre el
mismo: revelar la divinidad en el hombre y en el universo, lo cual
conduce inevitablemente al reconocimiento de Dios Trascendente y de Dios
Inmanente. La terminología y la presentación de la verdad una, lógicamente,
cambian de acuerdo a la época, satisfaciendo así la necesidad de los distintos
pueblos del mundo, pero lo que trata de expresarse sigue siendo eternamente
inalterable. Es de esperar que una década tras otra, cambien la técnica y los
métodos de entrenamiento ofrecidos por la Escuela Arcana, en respuesta a las
exigentes demandas de los aspirantes y al desenvolvimiento de la mente de la
humanidad y, en consecuencia, al desarrollo de la cultura y civilización
humanas. Sin embargo estos cambios no podrán conducir a la deformación de la
enseñanza esotérica, ni se harán en desmedro de la verdad; tampoco deben asumir
indebida importancia ni exageradas proporciones, anulando la realidad o
velando la visión.
Los siete principios o proposiciones esenciales son:
1.
La Escuela
Arcana tiene por objetivo el entrenamiento de discípulos, no de discípulos en
probación o aspirante devocionales.
2.
La Escuela
Arcana entrena a hombres y mujeres adultos, para dar el próximo paso en
el sendero de evolución.
3.
La Escuela
Arcana reconoce la existencia de la Jerarquía espiritual del planeta e
imparte instrucciones sobre la forma de acercarse y pertenecer a Ella.
4.
La Escuela
Arcana enseña que: “Las almas de los hombres son una”.
5.
La Escuela
Arcana no pretende tener poder, categoría ni posición espirituales. Destaca la
necesidad de vivir una vida espiritual.
6.
La Escuela
Arcana es no-sectaria, apolítica y de alcance internacional.
7.
La Escuela
Arcana no tiene dogmas teológicos, sino que enseña las doctrinas fundamentales
de la Sabiduría Eterna, tal como ha sido reconocida en todas partes, desde
épocas remotas.
Analicemos cada uno de estos principios fundamentales a
fin de extraer su significado y ver cómo se expresan los métodos y formas de
trabajar de la Escuela Arcana.
1. La Escuela Arcana tiene por objetivo el
entrenamiento de discípulos
Al finalizar la guerra mundial (1914-1945) la Escuela
Arcana contaba casi con veinticinco años de existencia, y durante ese tiempo
había servido a más de 20.000 estudiantes. Su programa de estudio es
progresivo; paso a paso se profundizan los estudios y se intensifica la
práctica de la meditación a medida que el estudiante pasa de un grado a otro.
No imparte enseñanza para desarrollar poderes psíquicos ni enseña al estudiante
la clarividencia y la clariaudiencia; tampoco lo entrena en la magia, en los
rituales mágicos, ni en nada que se relacione con la magia sexual. Pone todo el
énfasis sobre la vida espiritual, la captación mental de la enseñanza
esotérica y las normas y procesos que contribuyen a establecer rectas
relaciones con nuestros semejantes, con la propia alma, con la Jerarquía
espiritual (de la cual el Cristo es el Guía Supremo) y con un Maestro y Su
Ashrama o grupo.
Debido a que la Escuela Arcana está
destinada únicamente al entrenamiento de personas que se convertirán en
discípulos activos y conscientes, su programa de estudio es definidamente
selectivo. El estudio que se exige al estudiante no es fácil ni intenta serlo.
Las normas que sustenta son elevadas, y el trabajo está programado en tal
forma, que aquellos cuyo haber mental y aspiración espiritual son inadecuados a
los requisitos exigidos, automáticamente se eliminan; por sí solos se
dan cuenta que no pueden cumplir con el programa de estudio. El estudiante
nunca es obligado a continuar sus estudios si no demuestra aptitud, pues ello
causa desaliento y un sentido de fracaso que redunda en perjuicio de todos.
El discipulado requiere un corazón amoroso
y una mente aguda y alerta. Las iglesias y los grupos esotéricos hacen resaltar
siempre “el corazón amoroso y la devoción”. Esto es una verdad y necesidad
básicas, pero la mente entrenada, aguda y alerta, tiene igual importancia. Los
Maestros llegan al mundo de los hombres por medio de Sus discípulos, pues es la
forma en que han decidido trabajar. Por lo tanto, buscan personas inteligentes
y autocontroladas, con visión y disciplina espiritual autoimpuesta, mediante
las cuales el trabajo puede llevarse acabo. Por esta razón hemos hecho
intencionadamente difícil el estudio y mantenido elevadas normas y requisitos,
y sólo retenemos a esas personas que pueden utilizar sus mentes o que, por lo
menos, demuestran disposición para emplear y desarrollar los procesos
mentales. Las personas emocionales, aspiracionales y devocionales, pueden
satisfacer sus necesidades en otros grupos y escuelas esotéricos.
En todo el programa de estudio de la
Escuela Arcana el tema predominante es el servicio. El servicio al semejante
es la característica del discípulo y la llave que le abre la puerta a la
iniciación. Por lo tanto, a quienes ingresan en la Escuela Arcana e inician el
nuevo ciclo de entrenamiento, les decimos: estudien, piensen, pruébense a sí
mismos y compruébennos que han captado las enseñanzas, respondiendo a las
lecciones; aprendan a meditar, para hacer contacto con su verdadero yo
espiritual, el alma, y a prestar servicio como expresión de lo que aprenden.
Estas tres cosas deben ser su principal preocupación espiritual, a medida que
cursan los primeros grados. En el transcurso de los años hallarán que se
acrecienta constantemente su conocimiento, relativo al camino hacia la
Jerarquía, y que su vida adquiere un significado más pleno y rico, pues se
logra penetrar en el mundo de los significados. Verán que los siguientes grados
le abrirán sus puertas, porque habrán asimilado el trabajo preliminar
necesario, obtenido cierta medida de conocimiento técnico y académico,
establecido algunos contactos espirituales y alcanzado ciertos grandes
reconocimientos.
2. La Escuela Arcana entrena a hombres y mujeres
adultos, para dar el próximo paso en el sendero de evolución
Al ingresar en la Escuela Arcana usted toma parte en un
nuevo experimento educativo para adultos, basado en tres requisitos; por lo
tanto cada estudiante:
1.
Se compromete
a prestar obediencia esotérica.
2. Considera que tiene libertad para continuar o no, el
programa de estudio de la escuela.
3. Se convierte, si lo desea, en parte de la Escuela
Arcana.
En realidad ¿qué es un adulto? Desde
nuestro punto de vista, es un hombre o mujer que ha alcanzado ciertas
integraciones fundamentales o está tratando conscientemente de lograrlas. Ser
adulto, en verdad, nada tiene que ver con la edad de la persona. Sostenemos —al
igual que la psicología moderna— que el ser humano es una síntesis de la naturaleza
física —actividad vital y suma total de los estados emocional, sentimental y
mental. Frecuentemente estos diversos aspectos no se relacionan entre sí y, en
la mayoría de los casos, están dominados por la naturaleza emocional, y la
mente no tiene oportunidad de actuar. Sin embargo, cuando se ha logrado cierto
equilibrio, cuando la mente, la naturaleza emocional y la persona física vital
constituyen una unidad funcionante, puede decirse que el hombre es adulto.
Puede clasificarse como “personalidad”, porque ha logrado internamente —como
resultado del proceso evolutivo— una serie de integraciones.
Muchos estudiantes de la Escuela Arcana
están abocados a la tarea de integrar la personalidad o de desarrollar la
mente, para ejercer un control eficaz sobre la naturaleza emocional y dirigir
las actividades del individuo en el plano físico. Otros han obtenido cierta
integración de la personalidad y procuran alcanzar una síntesis más elevada, la
del alma y la personalidad, o del yo superior y el yo inferior. Una vez lograda
esta última integración, el hombre puede ser considerado como una “personalidad
fusionada con el alma”. En este punto, o cuando está en proceso de realizarlo,
puede convertirse en un discípulo aceptado, técnicamente entendido.
La obediencia esotérica a la cual nos referimos, es la obediencia del hombre —la
personalidad— a su propia alma. No es la obediencia a un instructor o a un
conjunto doctrinario. En ningún grado de la Escuela Arcana se exige al
estudiante promesas o juramentos. Debido a que los estudiantes ingresan en la
Escuela por su propia voluntad, presumimos que procurarán cumplir, también
voluntariamente, con los requisitos. Sin embargo, esto nada tiene que ver con
la obediencia esotérica; es simplemente cuestión de sentido común. La
obediencia esotérica es la reacción espontánea de la mente a los deseos o a la
voluntad del alma. Significa que el aspirante al discipulado se está entrenando
para ser sensible a las impresiones provenientes del alma, que luego se apresura
a obedecer. La finalidad de la meditación es ante todo, lograr esta
sensibilidad y permitir al estudiante trabajar guiado por la luz de su alma.
Por este medio, y siguiendo el sendero de la obediencia esotérica la
personalidad se hará progresivamente más sensible a las impresiones del alma.
El personal y los secretarios de la
Escuela nunca intervienen en la vida espiritual y esfuerzos del estudiante. La
ayuda prestada en la práctica de la meditación y las sugerencias ofrecidas,
respecto a la vida espiritual, son desinteresadas. Los requisitos nunca son
impuestos; nos complace saber que el estudiante se beneficia por el estudio y
la ayuda prestada; pero si no aprovecha las oportunidades ofrecidas es asunto
suyo.
El objetivo fundamental de la Escuela
Arcana es dejar completamente libre al estudiante. Esto es
necesario si quiere aprender a manejarse a sí mismo inteligentemente y
progresar espiritualmente; puede o no continuar con el estudio, pues es dueño
de abandonar la Escuela si lo desea. Cuando el estudiante no estudia ni envía
sus trabajos e informes de meditación regularmente, llegamos lógicamente a la
conclusión de que no le interesan y que debemos eliminarlo de la lista de estudiantes
activos. También nos reservamos este derecho cuando observamos
que no aprovecha las enseñanzas.
La Escuela Arcana también tiene como norma
no inmiscuirse en la vida privada del estudiante. No se impone disciplina
física ni régimen vegetariano; tampoco se prohíbe fumar ni beber alcohol, como
lo hacen a menudo otras escuelas esotéricas; eso lo considera de su propia
incumbencia, pues cree que dada la correcta enseñanza, hará por sí solo los
reajustes necesarios. Sabe que el alma impone su propia disciplina a su
instrumento, la personalidad. La tarea de la Escuela Arcana consiste en
enseñarle a conocer su propia alma y a obedecer sus requisitos. Por lo tanto,
no impone al estudiante normas de vida ni se inmiscuye en sus asuntos privados.
A medida que transcurre el tiempo, el alma impondrá al estudiante sus propias
normas, si es sincero y está realmente interesado. Tampoco formula preguntas
ni escucha habladurías. La Escuela sabe que todos debemos aprender a ser
Maestros, aprendiendo, para que el Maestro en el corazón pueda asumir control.
El objetivo de la Escuela consiste en ayudar al estudiante a controlarse,
enseñándole las antiguas reglas que rigen el sendero del discipulado, adaptadas
a las condiciones modernas y a la comprensión mental más avanzada del
aspirante moderno.
También el estudiante es libre de servir
cómo y dónde quiere. No se le obliga a emprender una u otra actividad, como
hacen otros grupos esotéricos. Como organización no exige ser servida; no
tiene logias ni centros, no obliga a asistir a reuniones y conferencias; el
estudiante tiene plena libertad de trabajar en cualquier grupo, iglesia,
organización y actividad social o benéfica. La Escuela sostiene que si imparte
algo de valor espiritual, debe ser aprovechado y utilizado por el estudiante
en el medio ambiente (cualquiera sea) que evoca su interés o demanda su
lealtad. La plena libertad para trabajar y servir fuera de la Escuela Arcana,
constituye la razón por la cual han ingresado tantos estudiantes, afiliados a
otras Escuelas y asociaciones. En la Escuela Arcana hay muchos teósofos y
rosacruces, lo mismo que muchos de la Christian Science (Ciencia Cristiana),
eclesiásticos de todas las denominaciones, protestantes y católicos, y hombres
y mujeres de diversas ideas religiosas y políticas, los cuales se sienten
libres, y verdaderamente lo son.
Además los estudiantes de la Escuela
Arcana pueden formar su propio grupo y dar expresión a sus propias ideas y
modalidades de servicio, sin que la Escuela interfiera. Frecuentemente ellos lo
hacen. Sin embargo, no asume responsabilidad por dichos grupos ni los considera
como parte de la Escuela Arcana o afiliados a ella; tampoco los patrocina ni
responde por lo que tales grupos imparten. En cambio aprobará todo esfuerzo que
proporcione al estudiante un campo de servicio y su intento de difundir la Enseñanza
de la Sabiduría Eterna. Considera que es indicio saludable cuando un estudiante
trata de trabajar de esta manera, pues la necesidad de esta enseñanza en el
mundo es muy grande y puede llegar a miles de personas.
Finalmente, este experimento en la
educación del adulto, es excepcional, en el sentido de que los estudiantes más
avanzados se convierten en colaboradores instructores de la Escuela y, como
secretarios, supervisan el trabajo de los estudiantes menos avanzados. Todo
estudiante puede ser secretario si ha captado la enseñanza, es inteligente y
ama a sus semejantes. En 1947, había alrededor de ciento cuarenta secretarios
de todas las nacionalidades, y su número aumenta a medida que la Escuela va
creciendo, y lo hace con rapidez. Estos secretarios pertenecen a todas las
nacionalidades. El estudio en los grados más avanzados es atendido por el grupo
de la Sede.
3. La Escuela Arcana reconoce la
existencia de la Jerarquía espiritual
La Escuela está libre de dogmas y
doctrinas. No pide que el estudiante acepte ésta o aquélla verdad, y si éste
rechaza lo que la Escuela cree y acepta, es asunto suyo. Ello no implica que
exista diferencia alguna entre los trabajadores de las Sedes; es indiferente
que un estudiante rechace la doctrina del renacimiento o se niegue a creer en
la Jerarquía y en los Maestros de Sabiduría. Todo lo que se le pide es que
investigue y analice las razones en favor o en contra de tales creencias, y
luego se ajuste a lo que considera correcto. Sin embargo ciertas creencias de
origen muy antiguo son generalmente aceptadas, ya sea como verdades conocidas,
premisas fundamentales o hipótesis interesantes. Se le sugiere al estudiante
mantener esta actitud o acercamiento a la verdad, pues la Escuela cree que
deben considerarse las verdades presentadas como campo propicio de
investigación honesta. Esto puede aplicarse también a la creencia en la
existencia efectiva de la Jerarquía espiritual; esta verdad está encarada desde
el ángulo del desarrollo evolutivo; se considera que el orden jerárquico de
los Seres que forman la Jerarquía, constituye el quinto reino de la naturaleza,
inevitable resultado de la experiencia de la vida en el cuarto reino, el
humano. La enseñanza cristiana respecto al reino de Dios, se refiere a la
Jerarquía espiritual. Si esta premisa es verdadera, la existencia de este reino
puede considerarse científicamente como parte integrante del gran proceso
evolutivo, en su sistema de seres vivientes que avanzan en ordenada progresión
desde el átomo más diminuto hasta Dios mismo.
En los primeros grados de la Escuela se
enseña muy poco sobre esto, excepto la consideración e interrelación de la
existencia del Plan divino y el hecho del desarrollo de la conciencia en el
hombre y en todas las formas. Posteriormente el estudiante dirige su atención
hacia esos Seres que inspiran e imparten la verdad a la humanidad, y a ello se
refiere el trabajo de meditación; no obstante, si no le atrae, se le
proporciona como alternativa otra meditación, en la que es omitida toda
referencia a la Jerarquía espiritual. En los grados superiores (en los cuales
se ingresa por invitación) se supone que el estudiante cree en la existencia de
los Maestros de Sabiduría, iniciándoselo en el entrenamiento elemental para el
discipulado. Llegado a este punto, se analiza el trabajo realizado en los
grados anteriores y, quienes pueden continuar, se clasifican en dos categorías:
1.
Los que no
dudan de la existencia de la Jerarquía espiritual, de la cual Cristo es el
Guía.
2.
Los que aún
dudan, pero aceptan la enseñanza como hipótesis activa.
Entonces se les instruye sobre las reglas
que rigen el sendero del discipulado; si son aceptadas y seguidas
persistentemente, conducen a millares de personas de la “oscuridad a la luz” y
del cuarto al quinto reino de la naturaleza. Se le enseñan las leyes y reglas
del Ashrama de un Maestro. El Ashrama es ese centro de luz y poder espirituales
donde el Maestro reúne a Sus discípulos para instruirlos sobre el Plan, del
cual se convierten en agentes.
Discipulado es un término técnico que
indica aptitud para la enseñanza, disposición para el desarrollo del Plan para
la humanidad y un profundo amor hacia el semejante. El estudiante que aprende
la aplicación de estas antiguas reglas a su vida cotidiana, adquirirá con el
tiempo un conocimiento personal de la Jerarquía y del Plan, que Ella custodia.
Dicho Plan, Dios Trascendente, se desarrolla mediante los procesos evolutivos,
los cuales con el tiempo revelan la existencia de Dios Inmanente.
El estudiante no está obligado a aplicar
estas reglas o a seguir el sendero del discipulado, sin embargo, sabemos por
experiencia que al enfrentarse con la oportunidad ofrecida, acepta el
entrenamiento o se retira de la Escuela, por lo menos temporalmente.
En los grados superiores de la Escuela
Arcana se hace hincapié sobre la naturaleza del Plan, el nuevo ciclo evolutivo
en el cual la humanidad está entrando ahora, y el inminente retorno de Cristo,
según las enseñanzas de todas las religiones del mundo. Los cristianos esperan
el advenimiento de Cristo, los judíos la venida del Mesías, los budistas la
llegada del Boddhisattva, los hindúes el Avatar y los mahometanos la aparición
de Iman Mahdi. La universalidad de esta enseñanza, más la expectativa general, representan
el principal argumento de la naturaleza real de la verdad involucrada. La
amplia aceptación de cualquier verdad, en cualquier civilización y cultura y
en el transcurso de las épocas, indica un hecho espiritual divinamente
presentado. En la actualidad, la atracción de estas verdades debe ser mental y
científica, y no simplemente emocional y mística, como ha sucedido
generalmente hasta ahora.
4. La Escuela Arcana enseña que
“las almas
de los hombres son UNA”
Esta verdad surge normalmente de cualquier
consideración del Plan evolutivo y demuestra ser una realización progresiva
para quienes intentan llevar a la práctica las reglas de la vida espiritual, y
así ajustarse a las leyes qué rigen el reino de Dios. Durante los últimos
trescientos años se ha impartido mucha enseñanza acerca de la hermandad y de la
relación fraternal entre los hombres. En la Escuela Arcana se estudian los
fundamentos de esta creencia y la inclusividad de la Vida divina que anima a
todos los reinos subhumanos, a la familia humana y a las vidas superhumanas,
que se extienden más allá de lo estrictamente humano hasta la luz misma de la
eternidad.
Esto se acepta prácticamente por el
aspecto internacional en desarrollo de la Escuela Arcana. Sus estudiantes
pertenecen a todas las naciones y religiones. Las lecciones y escritos de la
Escuela están disponibles en inglés, francés, alemán, italiano, holandés,
castellano, y se están traduciendo al polaco, griego, rumano y armenio. En
este sentido se ha progresado mucho. Los secretarios de la Escuela pertenecen
a todas las nacionalidades. Al estudiante se le asigna a veces un secretario
de distinta nacionalidad, lo cual contribuye a fusionar a los hombres en una
gran fraternidad espiritual, sin diferencia de raza, nación o religión. La
Invocación que emplean los estudiantes diariamente, ha sido traducida a más de
cincuenta idiomas y dialectos.
En la Escuela Arcana tratamos de
contrarrestar la “gran herejía de la separatividad”, característica del
pensamiento moderno, y de sentar las bases para ese nuevo mundo, del cual
surgirá una civilización basada en la creencia de que “las almas de los hombres
son Una”. El aislamiento, la desunión y el individualismo son
expresiones de una arraigada separatividad, que desdichadamente ha
caracterizado a la humanidad; esto subyace en el fondo de las diferencias
religiosas, políticas e ideológicas y es la fecunda fuente de todas las
guerras. La solución de este problema mundial reside en la aparición de un
grupo espiritual (cuyos miembros pertenezcan a todas las razas y naciones) que
se una con la finalidad de hollar el sendero del discipulado, de modo de traer
a la manifestación el reino de Dios y expresar rectas relaciones humanas. Dicho
grupo reconocerá a los grupos de ideales, origen y metas similares, y
expresará una unidad espiritual fundamental. Los miembros de este grupo pondrán
el énfasis sobre los puntos de contacto y no sobre las diferencias; procurarán
colaborar con todos los grupos que poseen sana visión y objetivo espiritual,
sin perder a la vez su individualidad e integridad.
Por esta razón la Escuela Arcana no forma
grupos o logias, ni organiza reuniones en las diversas poblaciones del mundo,
donde residen sus estudiantes. No desea erigirse en una organización que
compita con los demás movimientos de esta índole. Como ya se ha dicho, los
estudiantes tienen libertad para trabajar en otras organizaciones y no se
espera adhesión a nadie en la Escuela Arcana. Al estudiante se le
enseña a comprender que las almas de los hombres son una y a vivir y aplicar el
poder que otorga esta verdad fundamental. Se le alienta a desarrollar tal
actitud, resumida en las siguientes líneas, constituyendo el anteproyecto sobre
el cual se le pide que amolde su vida:
Los hijos de los hombres son uno y yo soy
uno con ellos.
Trato de amar y no odiar;
Trato de servir y no exigir servicio;
Trato de curar y no herir.
Que el dolor traiga la debida recompensa
de luz y amor.
Que el alma controle la forma externa,
La vida y todos los acontecimientos,
Y traiga a la luz el amor
Que subyace en todo cuanto ocurre en esta
época.
Que venga la visión y la percepción
interna.
Que el porvenir quede revelado.
Que la visión interna sea demostrada.
Que cesen las divisiones externas.
Que prevalezca el amor.
Que todos los hombres amen.
5. La Escuela Arcana no pretende
tener poder, categoría
ni posición espirituales
En el mundo, muchas personas se autoproclaman
discípulos, iniciados y Maestros; en todas partes se elevan voces que
demandan atención; estas pretensiones personales engañan a mucha gente. Falsos
Maestros existen en muchos países donde se engaña al pueblo y se prostituye
públicamente la Divina Ciencia de los Iniciados; iniciados espurios e
impostores dan conferencias por todo el mundo; falsos Cristos surgen en ambos
hemisferios, corroborando la exactitud de las profecías de Cristo, expuestas
en San Mateo 24. Es fácil engañar a la gente que ansía grandemente ser ayudada,
porque reconoce instintivamente que existe cierto grado de desarrollo
espiritual en la humanidad. Las masas poseen la inherente creencia en la
Jerarquía espiritual, y precisamente es lo que los falsos profetas explotan
intencionadamente.
A los estudiantes de la Escuela se les
enseña la verdad (tal como fue dada por Cristo) de que “por sus frutos los
conoceréis”; y se acentúa el hecho de que tales pretensiones, constituyen un
engaño.
Ningún Maestro o iniciado verdadero lo proclama, ni
trata de atraer la atención; en cambio se ocupa intensamente de las “cosas del
reino de Dios”, pues no dispone de tiempo para imponerse a la conciencia de los
hombres.
Maestro es quien ha logrado liberarse del control de la
personalidad o yo inferior; por lo tanto, no desea imponerse ni exigir
reconocimiento. Prefiere trabajar tranquila y silenciosamente detrás de la
escena, ocupándose de la verdad y de la necesidad humana, impulsando a los hombres
en la búsqueda del Maestro en sus propios corazones.
Los trabajadores de la Escuela Arcana trabajan porque
están orientados espiritualmente y no porque desean ser reconocidos como
iniciados. Sólo aspiran a hollar el sendero del discipulado, única y legítima
aspiración que puede tenerse; pretender ser Maestro o iniciado indica engaño y
crasa ignorancia. Por lo tanto, nadie que trabaja en la Escuela Arcana (incluso
la señora y el señor Bailey y el personal de la Sede) puede asignarse una
elevada categoría espiritual; si alguien procediera así, dejaría automáticamente
de ser un trabajador de la Escuela. Podrá decir que es un discípulo, pero no un
iniciado o Maestro.
6. La Escuela Arcana es
no-sectaria, apolítica
y de alcance internacional
La Escuela Arcana está preparada para
ayudar a todo hombre o mujer, cualquiera sea su punto de vista religioso o
político, ideología o nacionalidad. Si es verdad (e indudablemente lo creemos
así) “que las almas de los hombres son UNA”, sostenemos que los conceptos y
aceptaciones de la mente consciente del estudiante, no interfieren en realidad
su capacidad de captar este hecho espiritual ni evitan que haga contacto con su
alma. Sólo pedimos al estudiante que mantenga una mente abierta y esté
dispuesto a ver la vida y los acontecimientos mundiales como un todo; que
considere los asuntos mundiales, políticos, religiosos, sociológicos o
económicos, como un vasto método o campo de experiencia, por medio del cual y
en el cual, el propósito divino se desarrolla lentamente; que investigue de qué
manera su creencia particular se ajusta a ese programa mundial, y si es
excluyente o incluyente en su acercamiento.
Debido a esta actitud de la Escuela
Arcana, hay estudiantes que responden actualmente a todas las tendencias
políticas y pertenecen a todas las religiones. No deben existir barreras y
muros separatistas entre ellos. En realidad ¿cómo podría haberlos? El fondo
religioso y la ideología política de un hombre son determinados generalmente
por su lugar de nacimiento, trasfondo nacional y tradición. En la Escuela
estudian eclesiásticos de todas las denominaciones y personas espirituales que
no pertenecen a ninguna iglesia, y además miembros de todos los partidos
políticos e ideologías. Estudiamos unidos, respetando los puntos de vista de
los demás, y no entramos en discusiones o controversias. A los secretarios no
se les permite discutir cuestiones políticas o religiosas con los
estudiantes a su cargo. Sólo se trata de indicar la meta común, el campo
universal de servicio y los antiguos métodos por los cuales los seres humanos
pueden pasar de lo irreal a lo real.
Durante la guerra (1914-1945) la Escuela Arcana estuvo
de acuerdo con el propósito de las naciones aliadas y en firme oposición con
las que combatían a las Fuerzas de la Luz; esto no fue en forma alguna un movimiento
político; se basó en la convicción espiritual de que el propósito de las
Potencias del Eje contrariaba el Plan de Dios y se oponía a la Jerarquía
espiritual del planeta y al bienestar general de la humanidad. La política del
Eje se fundaba en una perversa separatividad y odio. La decisión de no
permanecer neutrales coincidió con la voluntad de la mayoría de los
estudiantes. Hay quienes sostienen que el esoterista debe mantenerse alejado de
los acontecimientos mundanos, y que el estudiante esotérico no debe tomar parte
en los asuntos de la humanidad, sino estar activo en los reinos espiritual y
mental. Si los asuntos del plano físico están fuera de la esfera de influencia
de la vivencia espiritual, hay algo fundamentalmente erróneo en la
interpretación de la verdad; si el objetivo de nuestro esfuerzo espiritual es
establecer el reino de Dios en la Tierra, entonces los acontecimientos
del plano físico deben convertirse en la preocupación de las personas
espirituales. ¿No será verdad que debido a esta antigua división, entre la vida
espiritual y la acción material, las iglesias de todos los países y la vida
política y económica del mundo, han degenerado hasta llegar a la terrible
situación que la humanidad del siglo XX tiene que enfrentar?
A los estudiantes de la Escuela Arcana se les alienta a
llevar su conocimiento, energía y comprensión espirituales, a los asuntos
humanos, y hacerlo en el nivel físico de la existencia. Pedimos a los
estudiantes de cada nación que estudien el desarrollo efectivo del Plan y su
propósito espiritual, en todos los aspectos de la actividad humana, y que
relacionen la palabra “espiritual” con todas las actividades de la vida
cotidiana, y no sólo, como sucede frecuentemente, con los grupos religiosos
existentes, con la aspiración, la práctica de la meditación y el estudio
esotérico.
Quien firmemente crea que las “almas de los hombres son UNA”,
se verá obligado a poner en práctica tal concepto en la vida diaria; de lo
contrario será un mero teórico, un idealista o un místico impráctico. La
aplicación diaria de la verdad espiritual y esotérica hace práctico, útil e
interesante el trabajo de la Escuela.
Por esta creencia el factor dinero adquiere mucha
importancia. El dinero domina todos los aspectos de nuestra vida en el plano
físico; siendo el factor predominante y controlador de nuestra civilización actual,
muy poco se ha hecho hasta ahora en el mundo para emplear el dinero con fines
verdaderamente espirituales. Mucho dinero se ha invertido en propósitos
filantrópicos y humanitarios; gran parte de éste se halla en manos de los
teólogos de las distintas iglesias, pero la contribución intencional de fondos
dedicados a la obra de los Maestros y a la ayuda de los planes de la Jerarquía
espiritual, es prácticamente nula. Los conceptos incluyentes de la Sabiduría
Eterna y el conocimiento del Plan divino, requiere dinero para que llegue a
las multitudes, pues es precisamente lo que la humanidad espera en la
actualidad. Los místicos, los profesionales espirituales y los esoteristas del
mundo, que consideran el dinero como algo maligno, con el cual no deben asociarse,
son en gran parte culpables. Mucho daño han hecho las Escuelas de pensamiento
que consideran maléfico, perjudicial y erróneo, el deseo de dinero, aún para
llevar a cabo la obra de los Maestros, afirmando que el hombre verdaderamente
espiritual no debe solicitar dinero ni orar para obtenerlo. Una de las mayores
necesidades de hoy es crear grandes fondos para la obra de Cristo y sus discípulos
y para preparar las mentes de los hombres para Su advenimiento. Es necesario
reorientar la tendencia material del dinero y ponerlo a disposición del
trabajo de los Maestros. Ésta es una de las tareas nuevas e inmediatas de los
discípulos mundiales y trabajadores espirituales, y se pide a los estudiantes
de la Escuela Arcana que consideren y reflexionen sobre ello. La Escuela
Arcana, por ejemplo, no establece cuotas por el servicio que presta; la obra
se lleva a cabo con contribuciones voluntarias; anualmente se envía a los
estudiantes el balance para informarlos del monto de la financiación de la
Escuela. Cuando surgen necesidades, se pide a los estudiantes satisfacerlas en
lo posible, habiendo demostrado su amplia generosidad en el transcurso de los
años. La Escuela Arcana no tiene subsidios, ni donantes generosos que aportan
en forma regular y constante. El personal de las Sedes tiene un salario mínimo,
lo cual es parte de su contribución voluntaria a la obra.
7. La Escuela Arcana enseña las
doctrinas fundamentales
de la Sabiduría Eterna.
Presenta las enseñanzas para que el estudiante las
acepte o rechace, de acuerdo a su modo de pensar o deseo. Como bien se sabe, no
hay imposición oficial dogmática ni teológica de la verdad.
Desde el punto de vista de la Escuela Arcana. ¿Cuáles
son los principios esenciales? ¿Qué enseñanzas se consideran necesarias?
1.
Que el reino
de Dios, la Jerarquía espiritual de nuestro planeta, puede materializarse, y se
materializará en la tierra. Creemos que ya está presente y que, más tarde, será
reconocida como el reino culminante de la naturaleza.
2.
Que en el
transcurso de las edades ha continuado la revelación, y que ciclo tras ciclo
Dios se ha revelado a la humanidad.
3.
Que Dios
Trascendente es también Dios Inmanente, y que por medio de los seres humanos,
que en verdad son hijos de Dios (si las palabras de Cristo y de todos los
instructores del mundo significan algo), los tres aspectos divinos
—conocimiento, amor y voluntad— pueden ser expresados.
4.
Que existe
únicamente una vida divina que se expresa por medio de múltiples formas en
todos los reinos de la naturaleza, y por eso los hijos de los hombres son UNO.
5.
Que en cada
ser humano hay un punto de luz, una chispa de la Llama Una. Creemos que el alma
es el segundo aspecto de la divinidad, referido por San Pablo al hablar de
“Cristo en ti esperanza es de gloria”. Nuestra meta es demostrar la
vivencia divina en cada persona, y el discipulado es un paso hacia esa
realización.
6.
Que es posible
alcanzar una última perfección, aunque relativa para el aspirante individual y
la humanidad como un todo, mediante la acción del proceso evolutivo. Tratamos
de estudiar este proceso para reconocer las miríadas de vidas en desarrollo,
cada una en su lugar en el esquema, desde el átomo más humilde, ascendiendo
desde los cuatro reinos reconocidos de la naturaleza hasta el quinto reino, del
cual Cristo es el Guía Supremo, y hasta las excelsas esferas en las que el
Señor del Mundo desarrolla el Plan divino.
7.
Que existen
ciertas leyes inmutables que rigen el universo, de las cuales el hombre se da
cuenta progresivamente a medida que evoluciona. Estas leyes son expresiones de
la voluntad de Dios.
8.
Que la ley
fundamental de nuestro universo se observa en la manifestación de Dios como Amor.
Sobre estos ocho principios fundamentales descansa toda
la enseñanza esotérica. Existen factores subsidiarios y otras enseñanzas que se
pide al estudiante considerar, pudiendo o no aceptarlas, según su criterio.
Estas enseñanzas son: la reencarnación, regida por la Ley de Renacimiento, la
naturaleza cíclica de toda manifestación, la naturaleza y finalidad del proceso
evolutivo, la existencia de la Jerarquía espiritual, la existencia de los
Maestros y Su trabajo y la naturaleza de la conciencia en sus distintas etapas
de conciencia individualizada —la autoconciencia y conciencia espiritual—, que
se manifiesta en el Sendero de Evolución y culmina en el Sendero de Iniciación.
Son presentadas para su aceptación, las mayores y
grandes verdades, porque existen como verdades fundamentales en todas las
religiones del mundo y han evocado reconocimiento universal; el hombre las
conoce instintivamente, ya sea como hipótesis activa, que no son contrarias, o
bien las acepta como realidades, de acuerdo a su grado de evolución. Las
verdades menores se ofrecen simplemente para su consideración, y también como
aspectos o detalles, que complementan o surgen del conjunto de verdades más
fundamentales que, aunque debatibles, millones de personas creen en ellas.
Por lo tanto, estos siete factores rigen el trabajo de
la Escuela Arcana. En consecuencia, pedimos a los estudiantes analizarlos y
aceptarlos mientras estén con nosotros. Han ingresado voluntariamente y pueden
retirarse cuando deseen. No es un camino fácil. Todos tenemos nuestros momentos
de desaliento; ninguno de nosotros ve el mundo perfecto, aunque esperamos que
lo será algún día; tampoco nos vemos perfectos a nosotros mismos como
desearíamos serlo; pero podemos trabajar y percibir muchas y grandes mejoras,
tanto en nosotros como en el mundo. La visión siempre se halla delante; si no
fuera así no habría nada que nos alentara en nuestro esfuerzo. Sin embargo, es
de valor comprender, por lo menos, que parte de nuestra visión puede
convertirse en realidad y que trabajamos para lograrlo.
Año 1947
LA ESCUELA ARCANA, SU Origen
Y PROPÓSITOS ESOTÉRICOS
por foster bailey
éste es el momento propicio para considerar la relación
de la Escuela Arcana con algunos aspectos inmediatos, en los planes de la
Jerarquía. Comprendemos que poseemos un conocimiento muy limitado de esos
planes, pero también nos damos cuenta que, como resultado del trabajo realizado
durante 30 años por El Tibetano, en colaboración con Alice A. Bailey (a la que
nos referimos como A. A. B.), ha sido puesta a nuestra disposición,
especialmente durante los últimos dieciocho años, información que no había llegado
antes a la mayoría de los aspirantes y discípulos sinceros y sensatos del
mundo. Nuestro conocimiento trae responsabilidad. Nuestra posición
privilegiada nos ofrece una oportunidad extraordinaria. En la actualidad, la
situación de la familia humana nos pone frente a una necesidad mundial mucho
más crítica de lo que somos capaces de comprender la mayoría de nosotros.
La Escuela Arcana fue fundada en 1923 por
la señora Bailey. Han transcurrido veintiocho años y constituimos hoy un grupo
de servidores bien organizados, que lleva a cabo ciertos proyectos
espirituales, para los cuales hemos asumido la responsabilidad. Por lo tanto,
es fácil determinar con cierta exactitud nuestra posición, debido a que todos
reconocemos que enfrentamos un nuevo ciclo en la vida del grupo, lo cual
justifica que tratemos de definir cuáles son nuestro origen y propósitos
esotéricos.
Constituimos un grupo esotérico acuariano,
es decir, somos un grupo de discípulos y aspirantes al discipulado, que está
tratando de ayudar a la humanidad en relación consciente con lo más elevado que
se conoce del trabajo jerárquico. Por lo tanto, procuramos ocuparnos de las
causas en vez de neutralizar los efectos desafortunados. Tratamos de comprender
los significados espirituales más profundos que subyacen en los sucesos
mundiales y nos esforzamos por vivir en tal forma, que debiéramos ejemplificar
acrecentadamente cualidades espirituales esenciales.
El hecho de que estamos verdaderamente
relacionados con la Jerarquía, no sólo justifica nuestra existencia como grupo
espiritual en el mundo, sino que es el factor esencial en todas nuestras
futuras empresas. Sin esta relación jerárquica, conscientemente reconocida y
constantemente mantenida, en los días venideros seríamos menos merecedores que
todo el cúmulo de movimientos mundiales de beneficencia y actividades surgidas
espontáneamente en todas partes, que no han obtenido conscientemente vínculo
espiritual.
Durante toda su vida A. A. B. evitó
cualquier afirmación o acción que pudiera interpretarse como una adjudicación
de derechos, respecto a su estado espiritual personal. Esto lo sabemos muy
bien. El trabajo poderoso y sorprendentemente efectivo y fructífero que
realizó, trajo, sin embargo, el reconocimiento inevitable de que realmente era
un esforzado discípulo de los Grandes Seres, que alcanzó un estado adecuado a
su tarea y que, por su intermedio, el impacto directo de la fuerza espiritual,
tal como la maneja la Jerarquía, fue puesto a nuestra disposición.
Retrocedamos a esa época, previamente a la
manifestación externa de nuestro grupo, en el plano físico, de los primeros
días de la niñez de la señora Bailey. Siendo una adolescente, cuando actuaba en
Londres en los círculos aristocráticos, poseedora de una considerable fortuna,
cumpliendo con las actividades y obligaciones sociales, como correspondía a
esas damas jóvenes, se le apareció su Maestro. Su círculo era de un
conservadurismo extremo; su comprensión de la religión y su fidelidad a la
Iglesia Anglicana era cerrada, rígida y dogmática. Su conocimiento del mundo,
fuera de su pequeño círculo de experiencia, era terriblemente escaso.
La visita del Maestro tuvo el propósito de
implantar en la conciencia de su cerebro físico los puntos esenciales del
diseño de su vida, tal como debían desarrollarse. Suficientemente fuerte como
para conocer el programa de servicio al que estaba dedicada y consagrada en el
plano interno, los puntos esenciales fueron elegidos por su propia alma.
En aquella época era un discípulo avanzado
en el Ashrama del Maestro K. H. (un ashrama puede ser considerado como un
centro de energía espiritual viviente en la vida grupal de la Jerarquía). A
medida que transcurrían los años aprendí a beneficiarme de las enseñanzas que
recibí personalmente de ella, llegando a comprender mejor lo que involucra
necesariamente una posición avanzada en el ashrama. Tal posición es la clave de
todo el trabajo que ella realizó. Hay muchos factores involucrados, sobre
algunos de los cuales puedo hablar ahora. A través de las enseñanzas de El
Tibetano, innumerables personas han aprendido mucho acerca de tales cosas, y
otras comparten conmigo el conocimiento de ciertos puntos esenciales, que
constituyen nuestro trasfondo como grupo esotérico.
Cuando nos referimos habitualmente a El
Tibetano, sabemos que en realidad es uno de los Maestros de la Sabiduría,
conocido por algunos de sus asociados como el Maestro Djwal Khul. Se le confió
a D. K., especializado en filosofía esotérica y ley cósmica, la tarea de
proporcionar en nuestra época esa enseñanza de enlace, necesaria para guiar a
los muy apremiados discípulos de los Grandes Seres, y especialmente proveer el
conocimiento necesario de las realidades espirituales, que deberá ponerse a
disposición de la humanidad durante el periodo crítico de nuestra historia
mundial actual, al pasar de la era pisceana a la acuariana. D. K. trabajó con
ese gran discípulo a quien conocemos como H. P. B. Sus escritos, y
especialmente La Doctrina Secreta, fueron un valiente esfuerzo precursor
que irrumpió en los primeros días, que facilitó la realización de lo que ahora
hacemos, que de otro modo no hubiera sido posible. Había llegado el momento
para la siguiente expansión de la enseñanza. D. K. permanecía cerca de K. H.,
de quien había sido discípulo durante mucho tiempo. Era lógico que buscara y
hallara al colaborador necesario, en ese grupo de discípulos que estaban en su
mismo ashrama.
D. K. debía encontrar algún osado y
consagrado discípulo, disponible en el plano físico, para realizar este
trabajo, pero lógicamente tenía otras responsabilidades y actividades, de las
cuales poco sabemos. Además, había llegado el momento en que debía producirse
la expansión planificada, con la consiguiente reorganización de la Jerarquía, y
formarse los ashramas adicionales, buscando y entrenando al personal para los
mismos.
Esta ardua empresa constituye en muchas
maneras, una tarea difícil como es de imaginarse, y la Escuela Arcana ha
ayudado a proporcionar el material utilizable. Por lo tanto, El Tibetano se ha
ocupado, en parte, de la fundación de su propio Ashrama (que ahora se está
consolidando y expandiendo rápidamente), de impartir las enseñanzas contenidas
en dieciocho volúmenes, y de la inauguración de ciertas actividades espirituales
en el mundo, acordes con el plan de operaciones tal como es desarrollado por la
Jerarquía, en un esfuerzo por acelerar la reaparición de Cristo. En los
últimos años hemos llegado a comprender que el retorno de Cristo ha sido en
realidad la nota clave y el objetivo culminante de todo lo realizado.
Es característico de las fuerzas
verdaderamente espirituales y constructivas, que su expresión activa trae
siempre como resultado beneficios definidos. Tal es la potencia de la fuerza
espiritual. El trabajo que El Tibetano ha hecho en los últimos treinta años,
demuestra esta cualidad enormemente significativa y alentadora. Lo mismo tiene
vigencia en la vida de todo discípulo, en proporción a la importancia de su
categoría y a la cantidad de fuerza espiritual que contiene.
Es privilegio y programa inevitable de
todo discípulo avanzado, iniciar en cada encarnación alguna actividad
que sirva al Plan jerárquico y ayudar especialmente en esa parte del Plan, para
lo cual su propio ashrama ha aceptado la responsabilidad. Por esta razón,
antes de su última encarnación física, A. B. proyectó establecer, en el momento
apropiado, una escuela esotérica. Cuando un discípulo presenta y propone una
línea de acción, es aprobada si ello ayuda efectivamente al trabajo ashrámico y
si las circunstancias hacen factible su cumplimiento razonable. Pero, en todo
caso, el discípulo está libre de probar y mientras sea constructivo y útil, y
ayude verdaderamente al Plan, tendrá disponible para su propósito toda la
energía ashrámica que el discípulo individual sea capaz de asimilar. Si se
aleja de su destino espiritual, estas fuerzas no están ya disponibles. La
tentativa en este caso se marchita, y muere en la mayoría de los casos antes de
que el discípulo desaparezca, o inevitablemente, no mucho después. Raros son
en el mundo los movimientos de naturaleza espiritual que sobreviven a los
rigores y confusión de la segunda generación, y tal supervivencia es la verdadera
señal de su genuino origen espiritual.
Nos hallamos hoy frente a la oportunidad
de emplear en tal forma las fuerzas espirituales disponibles en la Escuela
Arcana, como resultado de treinta años de trabajo, que los frutos alcanzados
serán más de lo que sabemos, sólo la parte más pequeña del resultado benéfico
final. Esta rica recompensa nos fue dada por A. A. B. y la recibimos quienes
hemos tenido la buena fortuna de poder acompañarla a través de los años y
llevarla a una utilidad viviente, manteniéndola fiel a la visión. En efecto, su
éxito en crear la conciencia y acción grupales, produjo al final un sentimiento
de responsabilidad mutua y estableció una interdependencia, lo cual ha hecho
que la realización grupal sea nuestra y de ella. La conciencia grupal
adquirida, es la mayor garantía de que actuaremos exitosamente en los días
venideros.
La Escuela Arcana fue proyectada por A. A.
B., como un esfuerzo para ayudar a satisfacer ciertas necesidades definidas en
el campo esotérico. Primero, existía la real necesidad de un creciente número
de discípulos activos en el mundo, que estuvieran dispuestos a llevar adelante
los planes de la Jerarquía. Una escuela esotérica podría proporcionar esas
personas que recibirían entrenamiento preliminar, lo cual resolvería el
problema del personal para el ashrama. Segundo, era necesario un experimento
esotérico para la enseñanza de segundo rayo, que trataría de impartir algo de
la creciente cualidad acuariana. Esto exigía un nuevo énfasis sobre la responsabilidad
grupal y servicio mundial, como esencial del verdadero discipulado en el
futuro. A. A. B. logró, en forma remarcable, impregnar a su escuela de las
cualidades necesarias y, por lo tanto, satisfacer esta exigencia. Este factor
dio, a nuestro trabajo organizado en el mundo, un aspecto precursor,
haciéndonos cada vez más conscientes de que, en medida considerable, todo el
asunto era experimental.
Otra necesidad real en el campo esotérico
fue establecer, para el discipulado, un tipo de enseñanza y acción que ayudara
a contrarrestar la cristalización de las escuelas esotéricas establecidas en la
era pisceana que está pasando. Estos errores y aspectos desafortunados fueron,
en cierto sentido, inevitables, y no justifican la crítica de algún grupo o
trabajo esotérico. Sin embargo, existieron y fueron un obstáculo, evitando la
recepción de las nuevas formas de expresión espiritual. A. A. B. vio esto claramente
y trabajó con persistencia, teniéndolo siempre presente. Este esfuerzo, entre
otros, está ejemplificado por su insistencia en lograr una relación
colaboradora con el trabajo de la Jerarquía, en contraposición con la
actitud del devoto que actúa sobre el principio de obediencia, en forma
infantil. Insistió en llevar una vida de servicio altruista como factor muy
importante, donde las disciplinas del plano físico, particularmente la dieta y
la frecuente y fanática obediencia a las intercaladas citas de Hatha y Laya
Yoga, aparecidas en el mundo occidental y tan prevalecientes entre
los esotéricos, estaban ampliamente fuera de moda y, por lo tanto, eran
obstáculos limitadores.
Además, insistió sobre la libertad y
polarización mentales y la adquisición de una mente entrenada y bien
equipada, para considerar inteligentemente, y con sentido común, las
condiciones mundiales. Sabía que ello reemplazaría al idealismo místico y a
menudo impráctico, de las primeras etapas del entrenamiento espiritual, de
carácter básicamente más emocional, que conduce frecuentemente a la
separatividad y al egoísmo espirituales. Esta posición es bien conocida por
todos nosotros y, en el caso de nuestra propia vida grupal, tuvo su origen en
la sabiduría de A. A. B., en un esfuerzo por satisfacer esta tercer necesidad.
Lo que antecede, sugiere sólo algunos
factores útiles en el proyecto, tal como ella lo concibió originalmente. Otra
consideración que ha afectado a toda la actuación, ha sido la regla de que el
trabajo realizado en la vida de todo discípulo avanzado, no sólo debe ser
objetivamente útil a la Jerarquía y al Ashrama, y tener un efecto práctico en
el mundo, sino ofrecer una oportunidad adecuada para adquirir esa experiencia
propia del discípulo individual, si quiere desempeñar su parte en el trabajo de
equipo, planificado para la siguiente encarnación. La fundación, la conducción
y el perfeccionamiento de la Escuela Arcana fue, en efecto, parte del
entrenamiento de A. A. B., en la realización de su tarea, de la cual ya se
liberó. Este hecho no implica un menor interés o apoyo en su trabajo inaugurado
en esta vida, pues ella está tan profundamente preocupada como nunca lo estuvo
antes.
Sin duda la señora Bailey, se halla, en la
actualidad, subjetiva y telepáticamente, en relación con un gran número de
amigos y estudiantes. Quienes son sensibles, a veces registran impresiones; sin
embargo, no se ocupa de ir detrás de individuos, diciéndoles qué deben hacer o
qué quiere ella que hagan. A. A. B. y El Tibetano establecieron definidamente
que después de su muerte, él no seguiría actuando por intermedio de ningún
canal como lo hizo con ella; tampoco ella trataría de controlar a la Escuela
Arcana ni dirigir sus asuntos o alguna de las actividades de servicio, con
mensajes de ninguna naturaleza.
La humanidad está pasando por la crisis
espiritual más grande, en la larga historia de este planeta. Las implicaciones
son demasiado profundas para nuestra comprensión. Las selecciones que la
humanidad ha estado haciendo en los recientes años, y que aún debe hacer en
los pocos que tiene por delante, son de significado más profundo de lo que
podemos imaginar. Se nos ha enseñado, y lógicamente será verdad, que la
Jerarquía de Maestros no es todopoderosa, de lo contrario habría poca libertad
humana y estaríamos destinados a ser “robots” espirituales. Ella depende de
cómo respondemos a los estímulos espirituales en los momentos de crisis.
Evidentemente el Plan de Dios consiste en que la humanidad logre su propio
destino, a la luz de su propia alma, por el poder de su propia capacidad
intelectual en desarrollo y por su profunda percepción y consagración al
cumplimiento de su destino divino.
En esta luz podemos comprender por qué,
desde el ángulo de un mayor conocimiento y sabiduría de la Jerarquía, se sabe
que ciertas cosas son inevitables para la familia humana y otras están sujetas
a nuestra respuesta a los acontecimientos. Lo que denominamos segunda guerra
mundial, no fue de hecho kármicamente necesaria y se habría evitado la guerra
en el plano físico si se hubieran alcanzado ciertas realizaciones. Este
desarrollo del Plan, por la Jerarquía, durante los últimos doce años, incluía
esa actividad que fue imposible iniciar, porque la humanidad decidió precipitar
la segunda fase del gran conflicto mundial, en el plano físico, desatando una
verdadera guerra.
Esto explica muchas cosas. Significa que
el trabajo efectivo de muchos miembros del nuevo grupo de servidores del
mundo, fue grandemente demorado. La posibilidad de un trabajo efectivo en el
campo de la buena voluntad, fue completamente destruida durante casi un ciclo.
Por lo menos hasta terminar la lucha en el plano físico externo se evitó
momentáneamente que los discípulos y los estudiantes diseminados por todo el
mundo, en contacto con la Escuela Arcana, no pudieran ingresar en nuestras
filas. El desarrollo del programa que solucionaría el problema de la correcta
relación del dinero con el trabajo jerárquico, cesó totalmente. La construcción
de la Red de Luz y Buena Voluntad, estableciendo el movimiento de los
Triángulos, fue casi completamente frustrada. La posibilidad de llevar la Gran
Invocación a todo el mundo, como se hace ahora, no pudo realizarse.
En los oscuros días de 1939, cuando
pareció que todo se derrumbaba y que los esfuerzos heroicos de muchos
discípulos, para ayudar a evitar la guerra, eran inútiles, resultó un poco
difícil vislumbrar cómo podría iniciarse el trabajo, reorganizarse,
refinanciarse y volver a activarlo eficientemente. En esa época, por la bondad
de su corazón y para mi estímulo, El Tibetano me aseguró que terminado el
holocausto de la guerra, se descubriría que los cimientos tan bien y
verdaderamente asentados para todo nuestro trabajo, estarían no sólo intactos,
sino que serían muy adecuados para erigir la estructura necesaria de nuestro
futuro trabajo. Esto me parecía increíble en esa época, porque era
profundamente consciente de las desastrosas consecuencias de la segunda guerra
mundial, pero la afirmación hecha demostró ser verídica: actualmente estamos en
una posición más fuerte y trabajamos y servimos más eficazmente de lo que la
mente finita, en aquel entonces, podía razonablemente creer.
Ahora, nuestro grupo está lleno de luz,
amor y poder. Hoy, la Escuela Arcana, grupo del cual formamos parte, está
funcionando como una gran estación de luz en el cuerpo del nuevo grupo de
servidores del mundo. Somos un punto focal magnético en ese cuerpo, llevándole
potencia y ayudándolo para que su trabajo sea exitoso. Ésta es nuestra posición
alcanzada y constituye para nosotros el hecho más significativo de la hora
presente. No estamos solos. Nuestros esfuerzos se justifican por las
relaciones mantenidas con todos los discípulos activos en todas partes que,
consciente o inconscientemente, integran ese grupo mundial de servidores,
traídos a la existencia por la misma Jerarquía, como parte de la gran aventura
de las nuevas técnicas acuarianas. En efecto, el nuevo grupo de servidores del
mundo es un proyecto sintetizador del campo combinado de operaciones en los
planes de la Jerarquía, involucrando un nuevo tipo de discipulado mundial en
acción grupal. Nuestro verdadero lugar en el esquema de las cosas puede ser
comprendido sólo en términos de nuestra participación en esta vida grupal
mayor.
(Charla dada a los estudiantes en la
Conferencia Anual de la Escuela Arcana, Nueva York, mayo 1950.)
Notas:
1. Las
Instrucciones están disponibles en los Tomos I y II de El Discipulado en la
Nueva Era (ed. en inglés.)
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2004

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