Ensayos Sobre Budismo Zen. DAISETZ TEITARO SUZUKI.
Recopilación
exclusivamente sin fines de lucro para las Adicciones.ENSAYOS SOBRE BUDISMO
ZEN.DAISETZ TEITARO
SUZUKI
Del
mismo autor:
Introducción al Budismo Zen *
La
Doctrina Zen del Inconsciente *
Ensayos sobre Budismo Zen (Primera Serie) * Ensayos sobre Budismo
Zen (Segunda Serie) *
Ensayos sobre Budismo Zen (Tercera Serie) * Manual of Zen Buddhism
Studies in Zen Living in Zen
* Publicados por Editorial Kier, S.'A.
ENSAYOS SOBRE BUDISMO ZEN
(PRIMERA SERIE)
Doctor en Literatura
Ex
Profesor de Filosofía
Budista en la Universidad
Otani. Kyoto
(PRIMERA SERIE)
CUARTA EDICIÓN
Versión española de la tercera
edición inglesa de
HÉCTOR V. MOREL
EDITORIAL KIER S.A.
Av. Santa
Fe 1260
(1059) Buenos
Aires - Argentina
Titulo original en inglés:
Essays in Zen Buddhism
Ediciones en inglés:
Primera edición: 1949
Segunda edición: 1958
Tercera edición:.Enero de 1970 por Rider &
Co,
178-202
Great Portland Street, Londres Wl. Inglaterra
Ediciones en castellano:
Editorial Kier, S.A.; Buenos
Aires años: 1973-1975-1981 -1995
Dibujo de tapa:
Baldessari
I.S.B.N.: 950-17-1011-4
LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA
Queda hecho el depósito
que marca la ley 11.723
© 1995 by Editorial Kier, S.A.; Buenos Aires Impreso en la Argentina.
Printed in Argentina.
PREFACIO
El muy fructífero desarrollo del Budismo en el Lejano Oriente
tuvo como resultado la evolución del Zen y del Shin. El Zen alcanzó su madurez
en la China y el Shin en el Japón. El vigor y la vitalidad que aun tiene el Budismo
después de más de dos mil años de historia
llegará a captarse al entrar en contacto con estas dos ramas del
Budismo. Una apela a la recóndita conciencia religiosa de la humanidad,
mientras que la otra toca los aspectos intelectuales y prácticos de la mente
oriental, que es más intuitiva que discursiva,
más mística que lógica. Si el Zen es
el ala ultra "del auto-poder" del Budismo, el Shin representa el ala
del otro extremo, conocida como el "poder ajeno", y estos dos
extremos se sintetizan en la iluminada conciencia búdica.
Desde la publicación de mi breve nota sobre Budismo Zen en el Journal of the Páli Text Society, en
1907, nada importante fue publicado en inglés sobre la materia, excepto
"Religión del Samurai" (Religión
of the Samurai), del profesor Kwaiten Nukariya, en 1913. De hecho, incluso
en japonés o chino, esta rama del Budismo recibió muy ligera atención de parte
de los modernos escritores especializados en Budismo. Esto se debe a las
peculiares dificultades que acompañan su estudio.
Los "Goroku" ("dichos") son la única forma literaria
en que se expresa el Zen; y para entender esto se requiere
alguna instrucción práctica especial sobre el Zen, pues el mero conocimiento
del chino, clásico e histórico, dista de ser suficiente; hasta con el
conocimiento magistral de la filosofía del Budismo general, se descubre que el
Zen es muy difícil de sondear. Algunos de
esos eruditos a veces procuran
explicar la verdad y desarrollo del Zen, pero fracasan tristemente en hacer justicia al tema.
Por otra parte, los denominados maestros Zen son incapaces de
ofrecer su conocimiento a la luz del pensamiento moderno. Sus años intelectualmente más productivos los pasaron en la Sala de
Meditación, y cuando se graduaron exitosamente en ello se los considera adeptos
integralmente versados en los koans. Hasta ahí todo va bien; pero
lamentablemente, desde el punto de vista de la erudición, se contentan con esto, y no demuestran ningún vívido interés
por la psicología y filosofía del Zen. De manera que el Zen queda
sellado, silenciosamente, en los "Dichos" de los maestros y en el estudio técnico de los koans; vale decir, quedan incapacitados como para salir de la
reclusión de los claustros.
Por supuesto, sería un gran error tener la noción, aunque sea
por un momento, de que el Zen podría dominarse mediante su presentación filosófica o su descripción psicológica; pero esto no debe significar que el Zen no ha de captarse
inteligentemente o no ha de tornarse accesible a través de nuestros medios
corrientes de razonamiento. No es menester que mencione que mis intentos de las
siguientes páginas son algo adecuado al enfoque racional del tema. Pero como
experimento tentativo de presentar al Zen desde el punto de vista de nuestro
sentido común y como un lineamiento directo de la fe budista como se la
proclamara en sus inicios, o más bien como se la comprendiera, por parte del
Buda, espero haber enderezado mis esfuerzos hacia la eliminación de algunas
dificultades que, por lo común, nos asedian en el dominio del pensamiento Zen. Hasta dónde
tuve buen éxito
o en qué cabal medida
fracasé, esto naturalmente queda a criterio del lector.
El libro es una colección de los Ensayos originalmente publicados en
The Eastern Buddhist, excepto uno sobre la "Historia del Budismo Zen" que fue escrito
especialmente para este tomo;
pero todos ellos fueron totalmente revisados y en algunas partes reescritos por
entero,
añadiéndose nuevos capítulos. A este libro seguirá muy pronto una segunda serie de Ensayos,
en los que se tratarán más puntos importantes en la constitución del
Zen.
La publicación de estos Ensayos en forma de libro se debe,
principalmente, al libérrimo estímulo, material y moral, del señor Yakichi
Ataka, de Osaka, viejo amigo del autor, que no olvidó la promesa formulada,
mitad en serio y mitad soñadoramente, en nuestros tiempos de juventud. El autor
también debe muchísimo a su esposa por la preparación y revisión del
manuscrito, sin lo cual el libro habría evidenciado muchas más imperfecciones de las que ahora
tiene en varios sentidos.
Por último, al lanzar al mundo esta humilde obra, no escrita en la lengua natal del autor, éste no puede dejar de pensar en su extinto maestro Zen, Soyen Shaku, de Engakuji, Kamakura, con el pesar de que su vida no se hubiese prolongado unos años más todavía, no sólo en pro del Budismo japonés sino también de sus amigos que lo lloran. Este es el séptimo año en el que los arces dispersan sus hojas de color carmesí sobre su tumba, en Matsuga-oka. ¡Que su espíritu no despierte ni una vez de su profunda meditación para criticar el libro que ahora está frente al lector)
DAISETZ TEITARO
SUZUKI
Kyoto, Octubre de 1926.
INTRODUCCIÓN 1
El Zen, en su esencia, es el arte de ver dentro de la naturaleza
del propio ser, y señala el camino de la esclavitud hacia la libertad.
Al hacernos beber directamente en la fuente de la vida,
nos libera de todos los yugos que los seres finitos sufrimos comúnmente en este
mundo.
Podemos
decir que el Zen libera todas las energías apropiada y naturalmente almacenadas
en cada uno de nosotros, que, en circunstancias ordinarias, se hallan
trabadas y distorsionadas de modo que no encuentran un cauce adecuado para entrar en
actividad.
Nuestro cuerpo se parece a una batería eléctrica en la que yace,
en forma latente, un poder misterioso. Cuando este poder no se pone convenientemente en funcionamiento, se enmohece y marchita, o se desvía y expresa
anormalmente. Por tanto, el objeto del Zen es salvarnos de enloquecer o quedar
disminuidos. Esto es lo que quiero decir con libertad, dando libre juego a
todos los impulsos creadores y benévolos que inherentemente yacen en nuestros
corazones.
1 Una popular disertación preparada por el autor para estudiosos del Budismo, en 1911. Se publicó por primera vez en
The Etutern Bvddhist, bajo el titulo
"El Budismo Zen como Puríficador y Liberador
de la Vida". Puesto que trata el Zen en su aspecto general, decidí
servirme de ella como Introducción de este libro.
Generalmente
somos ciegos ante este hecho, vale
decir, de que estamos en posesión de
todas las facultades necesarias que
nos harán felices y amables en sentido recíproco. Todas las pugnas que observamos a nuestro alrededor derivan
de esta ignorancia. Por ende, el Zen quiere que abramos un "tercer
ojo", como lo llaman los budistas, hacia la región hasta ahora
inimaginada, que se nos cierra a través de nuestra propia ignorancia. Cuando
desaparece la nube de la ignorancia, se
manifiesta la infinitud de los cielos, donde por primera vez intuimos
la naturaleza de nuestro propio ser.
Entonces conocemos el significado de la vida, sabemos que no se trata de ciega lucha
ni de mero despliegue de fuerzas brutales, y mientras no sepamos, en definitiva, cuál es el significado último de la vida,
habrá en ella algo que nos hará sentir infinitamente bendecidos por vivir en
ella, contentándonos con ella en toda su evolución, sin plantear cuestiones ni
albergar dudas pesimistas.
Mientras estemos llenos de vitalidad sin despertar al
conocimiento de la vida, no podremos comprender la seriedad de todos los
conflictos implícitos en ella, que por el momento, en apariencia, se hallan en
un estado de quietud. Pero tarde o temprano llegará el tiempo en que tengamos
que mirar la vida frente a frente y resolver sus enigmas más desconcertantes y
acuciantes. Dice Confucio: "A los quince años mi mente estaba orientada
hacia el estudio, y a los treinta
supe dónde estar." Este es uno de los más sapientes juicios del sabio chino. Todos
los psicólogos estarán de acuerdo con esta afirmación suya; pues,
hablando en general, los quince años constituyen aproximadamente la edad en la que el adolescente empieza a mirar en derredor con gravedad y a indagar el
significado de la vida. Para entonces todos los poderes espirituales
seguramente ocultos en la parte subconsciente de la mente eclosionan casi
simultáneamente. Y cuando esta eclosión
es demasiado precipitada y violenta, la mente puede perder su equilibrio en forma más o menos permanente; de
hecho, son demasiados los casos de postración nerviosa registrados durante la
adolescencia, que principalmente se deben a esta pérdida del equilibrio mental.
En la mayoría de los casos el efecto no es muy grave y la crisis puede pasar
sin dejar hondas huellas. Pero en algunos temperamentos, ya sea a través de
tendencias inherentes o por obra de la influencia ambiental sobre su dúctil
constitución, el despertar espiritual los conmueve hasta
las profundidades mismas de su personalidad. Este es el tiempo en que se reclamará
elegir entre el "No Eterno" y el "Sí Eterno". Esta elección
es la que Confucio significa con "estudio"; no se trata de estudiar
los clásicos, sino de sumirse hondamente en los misterios de la vida.
Normalmente, el inicio de la lucha es el "Sí Eterno",
o "Hágase tu voluntad'; pues la vida es, después de todo, una forma de
afirmación, por más negativamente que la conciban los pesimistas. Pero no
podemos negar el hecho de que en este mundo hay muchas cosas que volcarán
nuestras mentes demasiado sensitivas en otra dirección, haciéndonos exclamar
con Andreyev en La Vida del Hombre: "Maldigo
todo lo que me diste. Maldigo el día en que nací. Maldigo el día en que moriré.
Maldigo toda mi vida. ¡Hado insensible, te lo arrojo todo de vuelta a tu rostro
cruel! (Maldito seas, maldito seas eternamente! Con mis maldiciones te
conquisto. ¿Qué más puedes hacerme?... Con mi último pensamiento gritaré en tus
orejas de asno: ¡Maldito seas, maldito seas!" Esta es una terrible
acusación a la vida, es una completa negación de la vida, es un cuadro muy lúgubre del destino del hombre sobre la
tierra. "Sin dejar rastros" es muy cierto, pues nada sabemos
de nuestro futuro,
salvo que todos fenecemos, incluso la tierra misma de la que
provenimos. En verdad, hay cosas que justifican el pesimismo.
La vida, como la vive la mayoría
de nosotros, es sufrimiento. El hecho
no se niega. Mientras la vida sea una forma de lucha, no puede ser sino dolor. ¿Acaso la lucha no significa el impacto
de dos fuerzas en conflicto, procurando cada una alcanzar el extremo de la otra? Si se pierde la batalla, el resultado es la muerte, y
la muerte es lo más pavoroso del mundo. Aunque se conquiste la muerte, uno
queda solo, y la soledad es, a veces, más intolerable que la lucha misma. Puede
ser que no se tenga conciencia de todo esto, y que sigamos complaciéndonos en
aquellos goces momentáneos que nos procuran
los sentidos. Pero esta inconciencia no altera en lo mínimo los hechos de la vida. Por
más que los ciegos nieguen insistentemente la existencia del sol, no pueden
aniquilarlo. El calor tropical los despellejará, y si no toman la precaución
debida serán barridos de la faz de la tierra.
El Buda estaba
perfectamente en lo cierto cuando propuso su "Noble Verdad Cuádruple”, y la
primera consiste en que la vida es dolor. ¿No venimos todos al mundo
vociferando y, en un sentido, protestando? Para decir lo menos sobre el
particular, salir del tibio seno materno hacia
un medio
ambiente frío y prohibitivo fue con seguridad un doloroso incidente. Él crecimiento se acompaña siempre de dolor. La dentición
es un proceso más o menos doloroso. La pubertad por lo común se acompaña de una
perturbación mental al igual que física. El desarrollo del organismo llamado
sociedad está también
marcado por dolorosos cataclismos, y en la actualidad somos testigos de uno de sus dolores de parto. Podemos
razonar y decir con calma que todo esto
es inevitable, que mientras toda reconstrucción signifique destrucción del
antiguo régimen, no podemos sino experimentar una dolorosa operación. Mas este
frío análisis intelectual no alivia cualquier atormentador sentimiento que
debamos padecer. El dolor infligido inmisericorde- mente en nuestros nervios es
inerradicable. La vida, detrás de toda argumentación, es una dolorosa lucha.
Sin embargo, esto es providencial. Pues cuanto más se sufre, con
más hondura crece el carácter, y con la profundización del carácter se lee más
penetrantemente en los secretos de la vida. Todos los grandes artistas, todos
los grandes dirigentes religiosos, y todos los grandes reformadores sociales
surgieron de intensísimas luchas en las que se enzarzaron con bravura, y muy frecuentemente con lágrimas y corazones sangrantes. A no ser que se
coma el pan con dolor, no puede gustarse la vida real. Mencio tiene razón
cuando dice que cuando el Cielo quiere perfeccionar a un gran hombre, lo pone a
prueba de todos los modos posibles, hasta que éste sale triunfante de todas sus
dolorosas experiencias.
Según mi parecer, Oscar Wilde siempre está en pose o en busca de
un efecto; puede ser un gran artista, pero en él hay algo que me aleja. Empero,
exclama en su De Profunáis: "En
estos últimos pocos meses, después de terribles dificultades y luchas, pude
comprender algunas de las lecciones ocultas
en el corazón del dolor.
Los clérigos y las personas
que emplean frases
carentes de sabiduría, a veces hablan del sufrimiento
como si fuese un misterio. En realidad es una revelación. Se disciernen cosas,
nunca discernidas antes. Se produce una aproximación al conjunto histórico
desde un punto de vista diferente." Se observará aquí qué efectos
santificantes produjo la vida de prisión sobre su carácter. Si hubiese padecido
una prueba similar al comienzo de su carrera, habría podido producir obras
mucho mayores que las que tenemos de él en la actualidad.
Somos demasiado
egocéntricos. La caparazón
del ego, en la que vivimos, es durísima para crecer.
Nos parece
llevarla a cuestas todo el tiempo, desde la niñez hasta el tiempo en que,
finalmente, fallecemos. Sin embargo, recibimos muchas oportunidades para
traspasar esta caparazón, y la primera y máxima de todas tiene lugar cuando alcanzamos la adolescencia. Esta es
la primera vez en que el ego
llega realmente a reconocer al "otro". Me refiero al despertar del
amor sexual. Entonces un ego, íntegro
e indiviso, empieza
a sentir una especie de partición en sí mismo.
El amor, profunda- mente dormido hasta entonces en
su corazón, levanta su cabeza y provoca una gran conmoción en éste. Pues el
amor, ahora sacudido, exige de inmediato la afirmación del ego y su
aniquilación. El amor hace que el ego se pierda en el objeto que ama, pero al
mismo tiempo quiere tener al objeto como de su propiedad. Esto es
contradicción, y una gran tragedia vital. Este sentimiento elemental debe ser
uno de los medios divinos por el que el hombre es acuciado a avanzar en su
marcha ascendente. Dios brinda las tragedias para perfeccionar al hombre. El máximo acopio de
literatura jamás producida en el mundo no es sino el rasgueo de la misma cuerda
del amor, y nunca parecemos cansarnos de él. Pero no es éste
el tópico que aquí
nos preocupa. Lo que deseo subrayar en este aspecto
es que, a través del despertar del amor, vislumbramos la infinitud de las
cosas, y que este atisbo impulsa al joven hacia el Romanticismo o el
Racionalismo, según su temperamento, ambiente y educación.
Cuando la caparazón del ego se rompe y es asumido el "otro" en su propio cuerpo,
podemos decir que el ego se negó o que el ego dio sus primeros pasos hacia el
infinito. En lo religioso aquí sigue una intensa lucha entre lo finito y lo infinito,
entre el intelecto y un poder superior, o, más claramente, entre la carne y el
espíritu. Este es el problema de problemas que puso a muchos jóvenes en manos
de Satanás. Cuando un hombre maduro recuerda estos tiempos juveniles no deja de
sentir una especie de estremecimiento que recorre todo su ser. La lucha a
entablarse debe seguirse sinceramente hasta los treinta años de edad, cuando
Confucio afirma que supo dónde estar.
Entonces la conciencia religiosa está plenamente despierta, y se busca con más
fervor en todas direcciones todos los medios posibles de escapar de la lucha o
de llevarla a término. Se lee libros, se asiste a disertaciones, se aceptan sermones
con avidez, ensayándose diversos ejercicios o disciplinas religiosas. Y
naturalmente también llega a indagarse el Zen.
¿Cómo resuelve el Zen el problema
de problemas?
En primer lugar, el Zen propone su solución apelando, de modo
directo, a los hechos de la experiencia personal y no al conocimiento libresco.
La naturaleza del propio ser donde aparentemente se entabla la lucha entre lo
finito y lo infinito se capta mediante una facultad superior al intelecto. Pues
el Zen dice que es este último el que primero nos hizo formular la pregunta que
no puede responderse por sí, y que por tanto ha de hacerse a un lado para dar
cabida a algo superior y más esclarecedor. Pues el intelecto tiene en sí una
cualidad peculiarmente perturbadora. Aunque plantea preguntas suficientes como
para alterar la serenidad mental, con demasiada frecuencia es incapaz de dar
respuestas satisfactorias a aquéllas. Sobresalta la bienaventurada paz de la ignorancia pero no restaura
el estado anterior
de las cosas ofreciendo algo más. Porque señala la ignorancia a menudo
se lo considera esclarecedor, mientras el hecho es que perturba, sin procurar,
necesariamente y siempre, luz sobre
su sendero. No es final, aguarda algo superior a él mismo para la solución de
todas las preguntas que plantea, sin entrar a considerar las consecuencias. Si
fuese capaz de procurar un nuevo orden dentro
de la perturbación y de establecerlo de una vez por todas, no hubiese
habido necesidad de la filosofía después de sistematizado por un gran pensador,
por un Aristóteles o por un Hegel.
Pero la historia del pensamiento demuestra que cada nueva estructura alzada por
un hombre de intelecto extraordinario es seguro que será derribada por los que
le sigan. Este constante derribar y construir está muy bien en lo que atañe a
la filosofía misma; pues la naturaleza inherente del intelecto, como yo la
encaro, lo exige, y no podemos hacer detener el progreso de la indagación
filosófica así como no podemos hacerlo con nuestra respiración. Mas cuando se
llega a la cuestión de la vida misma, no podemos esperar la solución última que
nos ofrezca el intelecto, aunque lo pudiese hacer. No podemos suspender
siquiera por un instante nuestra actividad vital por la filosofía, para
desentrañar sus misterios. Que los misterios sigan como están, pero debemos
vivir. El hambre no puede esperar
hasta obtener un análisis completo
del alimento y determinar el valor nutritivo de cada elemento. Para los muertos
no es de valor alguno el conocimiento científico del alimento.
Por tanto, el Zen no confía en el intelecto
para la solución de los
problemas más profundos.
Con la experiencia personal se significa llegar al hecho de
primera mano y no a través de intermediarios,
cualesquiera sean éstos. Su analogía
favorita es: se necesita un dedo para señalar
la luna, pero ¡ay de quienes confunden al dedo con la luna! Es bienvenida una
canasta para llevar nuestro pescado a casa, pero cuando el pescado está seguro
sobre la mesa ¿para qué preocuparnos eternamente por la canasta? He aquí el
hecho, agarrémoslo con las manos desnudas no sea que se nos escape; esto es lo
que el Zen propone que hagamos. Así como la naturaleza aborrece al vacío,
el Zen aborrece todo lo que es intermedio entre el hecho y nosotros mismos. Según el Zen no hay pugna
en el hecho mismo tal como entre lo finito y lo infinito, entre la carne y el
espíritu. Estas son distinciones ociosas, ideadas por el intelecto para sus
propios intereses. Quienes las toman demasiado en serio o quienes tratan de
leerlas dentro del hecho mismo de la vida son los que confunden al dedo con la
luna. Cuando tenemos hambre, comemos; cuando tenemos sueño, nos acostamos; ¿y
dónde encaja aquí lo infinito y lo finito?
¿No somos
completos en nosotros mismos, y cada cual en sí mismo? Basta la vida como se la
vive. Sólo cuando el intelecto perturbador ingresa y procura asesinarla,
dejamos de vivir y nos imaginamos carentes de algo. Dejemos
en paz al intelecto; tiene su utilidad
en su propia esfera, y no
interfiramos con el fluir de la corriente vital. Si estamos tentados a mirar en
ella, hagámoslo mientras la dejamos fluir. El hecho de fluir bajo ninguna
circunstancia debe detenerse ni interferirse; por el momento nuestras manos
están sumergidas en esa corriente, su transparencia se altera, cesa de reflejar
nuestras imágenes, propias desde el inicio, y que así lo seguirán siendo hasta
el fin del tiempo.
En cuasi correspondencia con las "Cuatro Máximas" de la Secta Nichiren, el Zen tiene cuatro
afirmaciones propias:
"Transmisión especial
fuera de las Escrituras;
Independencia de palabras y letras;
índice directo
del alma humana;
Visión dentro de
la propia naturaleza y logro del Estado
Búdico".2
Esto resume todo cuanto proclamó el Zen como religión. Por
supuesto, no debemos olvidar que hay un trasfondo histórico
en este audaz pronunciamiento. Para el tiempo
de la introducción del Zen en la China, la mayoría de los budistas
eran afectos a la discusión de cuestiones elevadamente metafísicas, o se
contentaban con la mera observación de los preceptos éticos estatuidos por el Buda, o con llevar una vida letárgica, enteramente absorta en la contemplación
de lo efímero de las cosas mundanas.
Todos no llegaban
a captar el hecho de la vida misma, que fluye por completo fuera de estos
vanos ejercicios del intelecto o la imaginación. Bodhidharma y su sucesores
reconocieron este lastimoso estado de cosas. De ahí que proclamasen "Las Cuatro Grandes Afirmaciones" del Zen,
antes citadas. En una palabra, quieren significar que el Zen tiene su propio
método de señalar hacia la naturaleza del propio ser, y que cuando esto se
cumple, se alcanza el Estado Búdico, en el que se armonizan en una unidad de
orden superior todas las contradicciones y perturbaciones causadas por el
intelecto.
Por esta razón el Zen nunca explica sino que indica, no apela al
circunloquio, ni generaliza. Siempre encara hechos, concretos y tangibles.
Lógicamente considerado, el Zen puede estar lleno de contradicciones y repeticiones. Pero como se halla por
encima de todas las cosas, sigue su camino serenamente. Como lo expresó
apropiadamente un maestro Zen: "con su bastón casero al hombro, sigue
directamente por entre las montañas que se elevan una sobre otra". No
compite con la lógica, simplemente recorre su sendero
de hechos, dejando
todo el resto librado a su propio destino. Sólo cuando la
lógica, descuidando sus propias funciones, procura seguir las huellas del Zen,
éste proclama de viva voz sus principios y, a la fuerza, desaloja a la intrusa.
El Zen no es enemigo de nada. No hay razón para que antagónico al intelecto
que, a veces, puede emplearse en pro de la causa del Zen mismo.
Para demostrar con unos pocos ejemplos cómo el Zen encara los hechos fundamentales de la existencia, se
han escogido los siguientes:
Rinzai3 (Lin-chi) pronunció
una vez un sermón, diciendo:
"Sobre una masa de carne rojiza
se sienta allí un hombre verdadero
que no tiene título; todo el tiempo él entra y sale de sus órganos
sensorios. Si no habéis testificado todavía el hecho, ¡mirad! ¡mirad!" Se
adelantó un monje y preguntó: "¿Quién es
este hombre verdadero, carente
de título?" Rinzai descendió directamente
de su silla de paja y aferrando al monje, exclamó: "¡Habla! ¡Habla!"
El monje permaneció irresoluto, sin saber qué decir; entonces el maestro,
dejándolo marchar, observó: "¡Qué materia sin valor es este hombre
verdadero carente de título!" Luego Rinzai se encaminó de vuelta a su cuarto.
Rinzai
se destacó por su trato "rudo"
y directo para con sus discípulos.
Nunca le gustaron los ambages, generalmente
característicos de los métodos de un maestro tibio. Debió obtener esta
precisión de su maestro Obaku (Huango-po), quien le golpeó tres veces mientras
le preguntaba cuál era el principio fundamental del Budismo. Huelga decir que
el Zen nada tiene que ver con un mero golpear o sacudir rudamente al
consultante. Si se toma esto como esencia constitutiva del Zen, se cometerá el mismo grave error de
quien confundió el dedo con la luna.
Como en todo lo demás, y muy particularmente en el Zen, todas sus manifestaciones o demostraciones externas
jamás deben considerarse como finales. Sólo indican el modo en que han
de considerarse los hechos. Por tanto, estos índices son importantes, no
podemos manejarnos bien sin ellos. Pero una vez atrapados en ellos, somos como
enmarañadas redes, estamos sentenciados; pues el Zen nunca puede comprenderse.
Alguien puede pensar que el Zen siempre trata de atraparnos en
la red de la lógica o mediante el señuelo de las palabras. Una vez descarriado
el rumbo, se está atado a una condenación eterna, nunca se alcanzará la libertad, por la que el corazón se siente
tan fervoroso. Por tanto,
Rinzai aferra con sus manos
desnudas lo que se nos presenta directamente a todos nosotros. Si se abre
nuestro tercer ojo, sin opacamientos, conoceremos de modo muy inequívoco dónde nos conduce
Rinzai. En
2Véase también
el Ensayo titulado Historia del Budismo
Ztn,
pág. 177.
3 El fundador de la Escuela
Rinzai del Budismo Zen, muerto en el año 867.
primer lugar
debemos introducirnos en el espíritu mismo del maestro y entrevistar allí mismo
al hombre interior. Ningún acervo de explicaciones verbales nos conducirá jamás
dentro de la naturaleza de nuestro propio yo. Cuando más se explica, más se
aparta uno de sí mismo. Es como procurar aferrar la propia sombra.
Se corre tras ella
y ella escapa de nosotros a idéntico promedio
de velocidad. Cuando se comprende esto, se lee en las honduras del
espíritu de Rinzai u Obaku, y empieza a apreciarse la real benevolencia de
éstos.
Ummon4 (Yün-mén) fue otro gran maestro del Zen a
fines de la dinastía T'ang. Tuvo que perder una pierna para alcanzar la
intuición del principio vital del que surge todo el universo, incluida su
humilde existencia. Antes de que se le permitiese verlo, debió visitar
en tres ocasiones a su maestro
Bokuju (Mu-chou), que fuera discípulo principal de Rinzai, bajo dirección de
Obaku.
El maestro preguntó: "¿Quién eres?" "Soy Bun-yen
(Wén-yen)", respondió el monje. (Su nombre era Bun-yen, y Ummon era el
nombre del monasterio donde se estableció después.) Cuando al monje que buscaba
la verdad se le permitió trasponer la puerta, el maestro lo aferró por el pecho
y le exigió: "|Habla! ¡Habla!" Ummon vaciló; entonces el maestro lo
empujó a través de la puerta, diciendo: "¡Oh, cofrade
bueno-para-nada!"5 Al cerrarse de prisa la puerta, quedó atrapada
una pierna de Ummon,
y se quebró. El intenso
dolor resultante de esto, despertó aparentemente al pobre cofrade
hacia el máximo
hecho vital. Dejó de ser un monje solícito, que suplicaba piedad; la iluminación así
ganada pagó con exceso la pérdida de su pierna. Sin embargo, él no fue un
ejemplo aislado a este respecto; hubo muchos en la historia del Zen, deseosos
de sacrificar una parte del cuerpo por la verdad. Dice Confucio: "Si un
hombre entiende el Tao por la mañana, lo sigue entendiendo incluso cuando muere
por la tarde."
Algunos podrían pensar que la verdad es más valiosa que la mera
vida, la mera vida vegetativa o animal.
Pero en el mundo, ¡ay!,
hay demasiados cuerpos
vivos revolcándose en el
barro de la ignorancia y la sensualidad.
Esto es lo que, en el Zen, resulta
dificilísimo de entender.
¿Por qué este sarcástico vituperio?
¿Por qué
esta aparente crueldad? ¿Qué falta cometió Ummon para merecer perder su pierna?
El era un pobre monje que buscaba la verdad, fervorosamente ansioso de obtener
la iluminación del maestro. ¿Fue
realmente necesario que el maestro, según su modalidad interpretativa del Zen,
le cerrase tres veces la puerta, y que cuando la abriese a medias, la cerrase
de modo tan violento, tan inhumano? ¿Era ésta la verdad sobre el Budismo
que Ummon estaba
tan ansioso de lograr? Mas el resultado de todo esto
fue singularmente lo que ambos deseaban.
En cuanto al maestro, se contentó al ver que el discípulo alcanzaba intuir los secretos de su
ser; y en cuanto al discípulo, estuvo reconocidísimo por todo lo que se hizo a
su respecto.
Evidentemente,
el Zen es lo más irracional e inconcebible del mundo. Y he aquí por qué dije
antes que el Zen no estaba sujeto al análisis lógico ni al enfoque intelectual.
Debe experimentarlo directa y personalmente
cada uno de nosotros en su espíritu interior. Así como dos bruñidos espejos
refléjame mutuamente, el hecho y nuestro propios espíritus deben enfrentarse recíprocamente sin intermediarios. Una vez logrado
esto, somos capaces
de atrapar la vida, el hecho
palpitante.
Hasta entonces la
libertad es una palabra vacía. El primer
objeto fue escapar de la
esclavitud en la que se encuentran todos los seres finitos, pero si no cortamos
la cadena de la ignorancia con la que estamos atados de pies y manos, ¿dónde
habremos de buscar la liberación? Y esta cadena de la ignorancia es producto
nada más que del intelecto y de la
infatuación sensual, que se adhiere estrechamente a todo
pensamiento que podamos tener, a todo sentimiento que podamos consentir. Son
difíciles de descartar, son como ropa mojada como lo expresaran
convenientemente los maestros Zen. "Nacimos libres e iguales."
Cualquier cosa que esto signifique social o políticamente, el Zen sostiene que
es absolutamente cierto en el dominio espiritual, y que todos los otros grillos y esposas que creemos llevar
nos son impuestos después por
ignorar la verdadera condición de la existencia. Todos los tratos, a veces
literales y otras veces físicos, dados muy libérrima y benevolentemente por los
maestros a las almas
4 El fundador
de la Escuela Ummon del Budismo Zen, muerto en el año 996.
5 Literalmente, vieja y desmañada barrena de la dinastía
Ch'to.
indagadoras,
tienden a retrotraerlas al estado original de libertad. Y esto nunca se
comprende realmente hasta que lo experimentemos una vez, personalmente, a
través de nuestro esfuerzo, con independencia de cualquier representación
ideativa. Por tanto, el punto de vista último del Zen es que, descarriados por
la ignorancia, hallamos una grieta en nuestro
propio ser; que desde el comienzo
mismo no era menester una pugna entre lo finito y
lo infinito; que la paz que buscamos tan afanosamente después, estuvo
allí todo el tiempo.
Sotoba (Su Tung-p'o), el célebre poeta y estadista
chino, expresa la idea en el verso siguiente:
Brumosa lluvia en Monte
Lu
Y olas que se agitan en Che-chiang ... Si allí no estuviste todavía tú, Mucho, seguro, te pesará.
Mas una vez allí,
y de
vuelta en tu hogar,
¡Cuan definido
todo observarás! Brumosa
lluvia en Monte Lu
Y olas que se agitan
en Che-chiang . ..
Esto es lo que también afirma Seigen Ishin (Ch'ing-yüan
Wei-hsin), según el cual, "Antes que un hombre estudie Zen, para él las montañas son montañas, y las aguas son aguas; y después que
intuye la verdad del Zen mediante
la instrucción de un buen maestro, las montañas no son para él montañas, y las aguas no son aguas; mas
luego de esto, cuando alcanza realmente la morada del descanso, las montañas
son otra vez montañas y las aguas son aguas".
A Bokuju (Mu-chou), que vivió en la segunda
mitad del siglo
IX, se le preguntó en una ocasión: "Tenemos que vestirnos y
comer todos los días; ¿comó eludiremos todo eso?" El maestro replicó:
"Nos vestimos, comemos." "No te entiendo", dijo el consultante." "Si no
entiendes, ponte tu ropa y come tu comida."
El
Zen siempre trata hechos concretos y no se complace en generalizaciones. Y no
deseo buscar cinco patas al gato, pero si procuro agotar mis comentarios
filosóficos sobre Bokuju, puedo decir esto: Todos somos finitos, no podemos
vivir fuera del tiempo y el espacio; en la medida en que somos creados de la
tierra, no hay modo de asir el infinito; ¿cómo podemos librarnos de las
limitaciones de la existencia? Esta es tal vez la idea planteada en la primera
pregunta del monje, a la cual el maestro replica: La salvación debe buscarse en
lo finito mismo; no hay nada infinito aparte de las cosas finitas; si buscas
algo trascendental, eso te segregará de este mundo de relatividad, que es lo
mismo que aniquilarse. No quieres la salvación a costa de tu propia existencia.
Si es así, bebe y come, y halla tu
modalidad de libertad con este beber
y comer. Esto fue demasiado para el
consultante quien, por tanto, confesó que no entendía lo que quería decir el
maestro. Por ende, este último continuó: Entiendas o no, sigue de igual forma
viviendo en lo finito, con lo finito; pues mueres si dejas de comer y de
mantenerte caliente a causa de tu aspiración hacia lo infinito. No importa como
luches, el Nirvana ha de buscarse en medio del Samsara (nacimiento-y-muerte).
Ni un iluminado maestro Zen ni un ignorante de primer grado pueden eludir a las
denominadas leyes de la naturaleza. Cuando el estómago está vacío, ambos están
hambrientos; cuando nieva, ambos han de ponerse una franela extra. Sin embargo,
no quiero decir que ambos sean existencias materiales, sino que son lo que son,
aparte de sus condiciones de evolución espiritual. Como lo dicen las escrituras
budistas, la oscuridad de la cueva se convierte en iluminación cuando arde una
antorcha de intuición espiritual. No se trata de que algo llamado
oscuridad deba sacarse
introduciendo después algo conocido con el nombre de iluminación, sino que la
iluminación y la oscuridad son sustancialmente una misma cosa desde el
principio mismo; el cambio de una a la otra tuvo lugar sólo interior o
subjetivamente.
Por tanto,
lo finito es lo infinito, y viceversa. No hay
dos cosas separadas, aunque nos veamos obligados a concebirlas así, intelectualmente. Esta es la idea, lógicamente interpretada, que tal vez contiene
la respuesta que Bokuju diera al monje.
El error consiste
en que dividimos en dos lo que real y absolutamente es una
sola cosa. ¿La vida que vivimos no es una sola, y no la cortamos en pedazos al
aplicarle temerariamente el cuchillo asesino de la cirugía intelectual?
Al pedirle los monjes
que pronunciase un sermón, Hyakujo
Nehan (Pai-chang Nieh-p'an) les dijo
que trabajasen en la granja, luego de lo cual les daría una charla sobre el
gran tema del Budismo. Hicieron lo que se les dijo, y reclamaron del maestro el sermón, mas éste, sin proferir
palabra, extendió meramente sus brazos abiertos hacia los monjes. Quizás,
después de todo,
nada hay de misterioso en el Zen. Todo está abierto
para su total contemplación. Si se
come la comida, se conservan
pulcras las ropas y se trabaja en la granja cosechando arroz o legumbres, se está haciendo todo lo
exigible en la tierra, y lo infinito se concreta en uno mismo.
¿Cómo se concreta?
Cuando se le preguntó
a Bokuju qué era
él Zen, recitó una frase sánscrita de un Sútra:
¡Mahápraj-nápáramitá!" (en japonés: Makahannyaharamiil). El
consultante puso de manifiesto
su incapacidad para entender el significado de la extraña frase, y el maestro
la comentó diciendo:
"Mi manto está totalmente gastado
después de tantos
años de uso. Y partes de él, que colgaban
flojamente en hilachas,
volaron a las nubes."
Después de todo, ¿el infinito es un mendigo,
de ese estilo, sacudido por la pobreza?
Sea lo que fuere, hay algo sobre el
particular que jamás podemos perder de vista, vale decir, la paz o la pobreza (pues la paz
sólo es posible en la pobreza) se obtiene tras feroz batalla entablada con toda
la fuerza de nuestra personalidad.
El contento derivado de una actitud mental ociosa o
de laissez-faire es algo
aborrecible en grado sumo. En esto no existe
Zen, sino holgazanería y mero vegetar.
La batalla debe entablarse con pleno
vigor y masculinidad. Sin esto, cualquiera sea la paz obtenida, es un
simulacro, y carece de hondos cimientos; la primera tormenta que afronte lo
derribará.
El Zen pone sumo énfasis
en esto. En verdad, la virilidad moral que ha de hallarse
en el Zen, aparte de su vuelo místico, deriva de entablar la batalla
de la vida con coraje e intrepidez.
Por tanto, desde el punto de vista
ético, el Zen puede considerarse una disciplina orientada hacia la
reconstrucción del carácter. Nuestra vida corriente sólo toca
el linde de la personalidad, no produce una conmoción en las partes más
profundas del alma. Aunque despierte la conciencia religiosa, la mayoría de
nosotros pasa a la ligera sobre ésta, de modo que no deja en el alma rastros de enconada
lucha. De manera que estamos hechos como para vivir en la
superficialidad de las cosas.
Podemos ser despiertos, brillantes, y todo lo demás,
pero lo que producimos carece de hondura, de sinceridad, y no
apela a los sentimientos recónditos. Algunos son cabalmente incapaces de crear
algo, salvo sustitutos o imitaciones, delatores de su carácter superficial, y
ausencia de experiencia espiritual. Si bien el Zen es primordialmente
religioso, asimismo modela nuestro carácter moral. Sería mejor decir que una
experiencia espiritual profunda está obligada a efectuar un cambio en la
estructura moral de la propia personalidad.
¿Cómo es esto así?
La verdad del Zen es tal que cuando queremos comprenderla en
profundidad debemos experimentar una gran lucha, a veces muy prolongada, y que
impone constante vigilancia. Disciplinarse en
el Zen no es tarea fácil. En una
ocasión, un maestro Zen observó que la vida de un monje sólo puede alcanzarla el hombre de gran fuerza
moral, y que ni siquiera
un ministro de Estado puede esperar convertirse
exitosamente en monje. (Anotemos aquí que, en la China, llegar a ser ministro
de Estado era considerado el logro máximo que podría esperar un hombre de este
mundo). No es que la vida monástica requiera la austera práctica del ascetismo
sino que ella implica la elevación de los propios poderes espirituales hasta el
grado más elevado. Todas las expresiones o actividades de los grandes maestros
Zen derivaron de esta elevación. No pretendieron ser enigmáticos ni sumirnos en
la confusión. Son el efluvio de un alma llena de profundas experiencias. Por
tanto, a no ser que nos elevemos a la misma altura de los maestros, no podremos
ganar el mismo criterio rector sobre la vida. Dice Ruslán: "Y téngase por
seguro también, si de algo vale el autor, que no se captará su significado de
golpe; no, a su total significado no se llegará, de modo alguno, por largo tiempo. No es que deje de decirse lo que se quiere
significar, incluso con palabras rudas; sino que no puede decírselo todo, y lo
que resulta aun más extraño, no se lo dirá, sino de un modo oculto y en
parábola, a fin de asegurarse que usted lo necesita. No puede advertir
cabalmente cuál es la razón de esto, ni analizar la cruel reticencia de
aquellos sabios que les hace ocultar su pensamiento más profundo. Ellos no le
dan esto a modo de ayuda, sino de recompensa, y se asegurarán que lo merece antes de permitirle que lo
alcance." Y esta llave del tesoro real de la sabiduría sólo se nos da tras
lucha moral, paciente y dolorosa.
Por lo común, la mente es sacudida plenamente con toda clase de estupidez intelectual y
desecho
pasional. Por supuesto, esto, a su modo, es útil en nuestra vida cotidiana. No
hay que negarlo. Mas principalmente debido a estas acumulaciones nos tornamos
miserables y gemimos bajo el
sentimiento de esclavitud. Cada vez que queremos efectuar un movimiento,
aquellos nos encadenan, y lanzan un pesado velo sobre nuestro horizonte
espiritual. Sentimos como si estuviéramos viviendo constantemente bajo
restricción. Anhelamos naturalidad y libertad, pero no parecemos alcanzarlas.
Los maestros Zen saben esto, pues atravesaron una vez por las mismas
experiencias. Ellos quieren que nos liberemos de estos fatigosos agobios que,
en realidad, no tenemos que acarrear a fin de vivir una vida de verdad e
iluminación. De manera que pronuncian unas pocas palabras y demuestran con la
acción que, cuando esto se comprenda correctamente, nos liberará de la opresión
y tiranía de estas acumulaciones intelectuales. Pero la comprensión no nos llega tan fácilmente. Al estar tanto tiempo acostumbrada a la opresión,
la inercia mental se vuelve
difícil de eliminar. De hecho caló muy hondo en las raíces de nuestro ser, y la
estructura total de la personalidad está invertida. Él proceso de
reconstrucción está manchado de lágrimas y sangre. Mas la altura escalada por
los grandes maestros no puede alcanzarse de otro modo; la verdad del Zen jamás
puede alcanzarse a menos que se la ataque con la fuerza plena de la
personalidad. El pasaje está sembrado de cardos y zarzas, y la subida es en extremo resbaladiza. No es un pasatiempo
sino la tarea más seria de la vida; los holgazanes jamás se atreverán a
intentarla.
Es un yunque en el que, en verdad,
su carácter es martillado una y otra vez.
Un maestro respondió, al preguntársele "¿Qué es el
Zen?": "Aceite hirviendo sobre fuego llameante." Debemos
sufrir esta escaldante experiencia antes que el Zen nos sonría
diciendo: "Aquí está tu
hogar."
Esta es una de las expresiones de los maestros Zen que agitarán
una revolución en nuestras mentes: Hókoji (P'ang-yün), que al principio fuera
confuciano, preguntó a Baso (Ma-tsu, 788): "¿Qué clase de hombre
es quien no se acompaña
de alguna cosa?" El maestro replicó:
"Te lo diré cuando hayas tragado de un sorbo
todas las aguas del Río Occidental."
¡Qué respuesta irrelevante a la más grave
cuestión jamás planteada en la historia
del pensamiento!
Suena casi sacrilega cuando
sabemos cuántas almas
hay, abrumadas bajo el peso de esta pregunta. Mas la seriedad de Baso no
deja lugar a dudas, pues es bien conocida por todos los estudiosos del Zen.
De hecho, el surgimiento del Zen después del sexto patriarca,
Hui-néng, se debió a la brillante carrera de Baso, que fue origen de más de ochenta maestros
plenamente calificados, y Hójotó, uno de los primerísimos discípulos laicos
del Zen, ganó reputación bien
merecida como el Vimalakírti del Budismo chino.
Una charla entre aquellos dos veteranos maestros Zen no podría
ser un ocioso pasatiempo. Por más fácil y hasta descuidada que pueda parecer,
hay oculto en ella una preciosísima gema de la literatura sobre el Zen. No
sabernos a cuántos estudiosos del Zen hizo transpirar y prorrumpir en llanto la
inescrutabilidad de esta afirmación de Baso.
Para dar otro ejemplo: un monje preguntó
al maestro Chin de Chósa (Chang-sha Ching- ch'én): "¿Dónde fue Nansen
(Nan-ch'üan) después de su muerte?"
El maestro replicó:
"Cuando Sckitó (Shih-t'ou) estaba aun en la orden
de jóvenes novicios, vio al sexto patriarca." “No estoy preguntando sobre el joven novicio. Lo que deseo saber es:
¿Dónde fue Nansen después
de su muerte?" "A ese respecto"
—dijo el maestro— "eso lo hace
pensar a uno."
La inmortalidad del alma es otra gran cuestión. La historia de la religión
está construida sobre esta única pregunta, casi podría decirse.
Todos quieren saber sobre la vida después
de la muerte.
¿Dónde vamos
cuando desaparecemos de esta tierra?
¿Existe realmente otra vida? ¿O el fin de
ésta es el fin de todo? Si bien puede haber muchos que no se preocupen sobre el
significado último del Solitario, "Sin compañía", quizás no haya uno
sólo que, al menos en una oportunidad, en su vida, no se haya preguntado sobre
su destino después de la muerte.
Si Sekitó vio o no al sexto patriarca, siendo joven, no parece
tener ninguna conexión inherente con la desaparición de Nansen. Este último era el maestro
de Chósa, y naturalmente el monje le preguntó adonde había pasado
el maestro finalmente. La respuesta de Chósa no es respuesta, juzgada según las
reglas corrientes de la lógica. De ahí la segunda pregunta, que es aun una
suerte de equivocación salida de labios del maestro. ¿Qué explica este
"hace pensar a uno"? Esto pone de relieve que el Zen es una cosa y la
lógica, otra.
Cuando no llegamos a efectuar esta distinción y esperamos que el Zen nos dé algo
lógicamente
coherente e intelectualmente esclarecedor, interpretamos por completo errónea-
mente el significado del Zen. ¿No declaré,
al comienzo, que el Zen trata sobre
hechos y no sobre
generalizaciones? Y este es el punto preciso donde el Zen sé dirige
directamente hasta los cimientos de la
personalidad. Por lo común, el intelecto no nos conduce allí, pues no
vivimos en el intelecto, sino en la voluntad. El Hermano Lawrence dice la
verdad cuando expresa (La Práctica de la
Presencia de Dios) "que debemos efectuar una gran diferencia entre los
actos intelectivos y los volitivos: que los primeros son, comparativamente, de
poco valor, y los otros, todo."
La literatura Zen desborda afirmaciones de este estilo, que
parecen haberse pronunciado tan casualmente, tan inocentemente, pero aquellos
que realmente conocen lo que es el Zen darán testimonio de que todas las
expresiones caídas tan naturalmente de labios de los maestros semejan venenos
mortales, que una vez ingeridos provocan dolor tan violento que los intestinos
se retuercen nueve veces y más, como dirían los chinos. Mas es sólo tras ese dolor y turbulencia
que se eliminan todas las impurezas internas y se nace con una perspectiva
vital cabalmente nueva. Es raro que el Zen evolucione inteligiblemente cuando
se atraviesan estas luchas mentales. Pero el hecho es que el Zen es una
experiencia real y personal, y no un conocimiento que se logre mediante análisis
o comparación. "No hables de poesía, salvo a un poeta; sólo el enfermo
sabe cómo compadecerse del enfermo."
Esto explica toda la situación. Nuestras mentes han de estar de tal modo maduras
como para ponerse a tono con
las de los maestros. Cúmplase esto, y al hacerse sonar una cuerda, la otra
responderá inevitablemente. Las notas armónicas siempre son el resultado de la
resonancia simpática de dos cuerdas o más. Y lo que el Zen hace por nosotros es preparar nuestras
mentes para que sean receptáculos productivos y evaluativos de los viejos
maestros. En otras
palabras, el Zen libera psicológicamente cualquier género de energías que
almacenemos, de las que no somos conscientes en circunstancias corrientes.
Algunos dicen que el Zen es autosugestión. Pero esto no explica nada.
Cuando
se menciona la palabra "Yamato-damashi", ésta parece despertar, en la
mayoría de los japoneses, una ferviente pasión patriótica. A los niños se les
enseña a respetar la bandera del sol naciente, y cuando los soldados desfilan
con la enseña, aquellos saludan involuntariamente. Cuando a un niño se le reprocha porque no actúa
como un pequeño samurai, deshonrando el nombre de su antepasado, de inmediato junta valor y resiste las tentaciones. Todas estas ideas
son ideas liberadoras de energía para los
japoneses, y esta liberación, según algunos psicólogos, es autosugestión. Los
convencionalismos sociales y los instintos imitativos pueden también
considerarse autosugestiones. Así es
la disciplina moral. A los
estudiantes se les da un ejemplo,
para que lo sigan o imiten. La idea se arraiga en ellos gradualmente, a través
de la sugestión, y finalmente llegan a actuar como si fuese propia. La
autosugestión es una teoría estéril, no explica nada.
Cuando dicen que el Zen es autosugestión, ¿logramos
alguna idea más clara acerca
del Zen?
Algunos piensan
que es científico llamar a ciertos fenómenos
con términos de nuevo cuño, y eso los
contenta como si los empleasen de modo esclarecedor. Los psicólogos más
profundos son los que deberían encarar el estudio del Zen.
Algunos piensan que aun existe en nuestra conciencia una región
desconocida, todavía no explorada integral y sistemáticamente. A veces se la llama el Inconsciente o el Subconsciente. Es un territorio lleno
de imágenes oscuras, y es natural que la mayoría de los científicos tema
recorrerlo. Pero esto no debe tomarse como una negación del hecho de su
existencia. Así como nuestro campo corriente de la conciencia está lleno de
toda clase posible de imágenes, benéficas y dañinas, sistemáticas y confusas,
claras y oscuras, forzadamente afirmativas y débilmente evanescentes; de igual
modo lo está el Subconsciente como reservorio de toda forma de ocultismo y
misticismo, entendiendo con ese término todo lo conocido como latente, anormal,
psíquico o espiritualista.
También puede esconderse allí la facultad
de intuir la naturaleza del propio ser, y eso puede ser lo que el Zen
despierta en nuestra conciencia.
De cualquier modo, los maestro:
hablan figuradamente de la apertura
de un tercer ojo. 'Satori" es la denominación popular que se da esta apertura o despertar.
¿Cómo ha de efectivizarse esto?
Mediante la meditación sobre aquellas expresiones o acciones que
afluyen directamente de la región interior, inopacada
por el intelecto o la imaginación, y que tienden
exitosamente a exterminar
todos los disturbios surgidos
de la ignorancia y la
confusión.6
Sobre este asunto puede interesar a los lectores familiarizarse
con algunos de los métodos 7 utilizados por los maestros para abrir
el ojo espiritual del discípulo. Es natural que usen con frecuencia los diversos distintivos religiosos que llevan al salir de la Sala del Dharma. Por lo general se trata del Tiossu",8
del "shippe",9 del 'nyoi",10 o del "shujvo" (o cayado). El
citado en último término parece haber sido el instrumento más favorito, usado
para demostrar la verdad del Zen.
Permítaseme citar
algunos ejemplos de su empleo.
Según Yeryó (Hui-léng), de Chókei (Chang-ch'ing), "cuando uno sabe qué es el cayado,
toca a su término el estudio que, de por vida, se dedicó al Zen."
Esto nos recuerda la flor de Tennyson, en el muro agrietado.
Pues cuando entendemos la razón del cayado, sabemos "qué es Dios y qué es
el hombre"; vale decir, intuimos la naturaleza de nuestro propio ser y
esta intuición finalmente pone coto a todas las dudas y anhelos que alteraron nuestra
tranquilidad mental. El significado del cayado en el Zen puede, de esa manera, comprenderse prestamente.
Yesei (Hui-ch'ing), de Bashó (Pa-chiao), probablemente del siglo
x, efectuó en una oportunidad la siguiente
declaración: "Cuando tengas un cayado,
te daré uno; cuando no tengas
ninguno, te lo quitaré." Esta es una de las afirmaciones más
características del Zen, pero más tarde, Bokitsu (Mu-chi),
de Daiyi (Ta-wei), se atrevió a desafiarla diciendo
lo que la contradice
directamente, esto es: "En lo que a mí concierne, difiero de él. Cuando
tengas un cayado, te lo quitaré; y cuando no tengas ninguno, te daré uno. Esta
es mi afirmación. ¿Puedes emplear el cayado? ¿O no puedes? Si puedes, Tokusan
(Té-shan) será tu vanguardia y Rinzai (Lin-chi) tu retaguardia. Pero si no
puedes, que sea reintegrado a su maestro original."
Un monje se acercó a Bokuju, diciendo: "¿Cuál es la
afirmación que sobrepasa (a la sabiduría) de todos los Budas y Patriarcas?" De inmediato el maestro blandió
el cayado ante la
congregación y dijo: "A esto lo llamo cayado; ¿cómo le llamáis
vosotros?" El monje que formuló la pregunta no pronunció palabra. El
maestro, empuñándolo nuevamente, dijo: "Una afirmación que sobrepase (la
sabiduría) de todos los Budas y Patriarcas ... ¿No fue esa tu pregunta,
monje?"
Quienes consideran con descuido afirmaciones tales como la de
Bokuju, pueden tenerlas como carentes absolutamente de sentido. No parece muy interesante si la vara se llama cayado o no, en la medida en que lo que se trata
es la sabiduría divina que traspasa los límites de nuestro conocimiento. Pero
la afirmación efectuada por Ummon, otro gran maestro del Zen, es tal vez más
accesible. Aquél alzó en una ocasión su cayado ante una congregación,
observando: "Leemos en las escrituras que los ignorantes confunden esto
con algo real, los hinayanistas lo
resuelven en la no-entidad, los Pratyeka-buddhas lo consideran alucinación,
mientras que los Bodhisattvas admiten su realidad aparente que, sin embargo y
en esencia, es vacío." "Pero — continuó el maestro— vosotros, monjes,
lo llamáis simplemente cayado, cuando veis uno.
¿Caminad o sentaos, según os plazca,
pero no os quedéis irresolutos,"
Tenemos el mismo cayado, viejo e insignificante, en las todavía
más místicas afirmaciones de Ummon. Un día su anuncio fue el siguiente:: "Mi cayado se convirtió
en dragón, y tragó todo el
universo; ¿dónde estarán la gran tierra con sus montañas y ríos?"
En otra ocasión,
Ummon, citando a un antiguo
filósofo budista que dijo: "Golpea el vacío del espacio y oirás una voz; golpea un
pedazo de madera y no hay sonido", blandió su cayado y, golpeando el
espacio, gritó: "¡Oh, cómo hiere!" Luego, golpeando la mesa,
preguntó: "¿Algún
6 El
Zen tiene su propio método para practicar las denominadas meditaciones, pues
los métodos Zen han de distinguirse de
lo que se entiende popular
o hinayanísticamente con ese término.
El Zen nada tiene en común
con el mero quietismo ni con el perderse en el trance.
Puede ser que tenga ocasión
de hablar más sobre el particular en otra
parte.
7 Véase el Ensayo
titulado Métodos Prácticos de Instrucción Zen.
8 Originalmente, adminiculo para ahuyentar mosquitos.
9 Vara de bambú, de pocos pies de largo.
10 Asimismo, vara o bastón, modelado
caprichosamente, confeccionado con material de toda clase. Significa
literalmente: "como uno desea o piensa" (cinta, en sánscrito).
ruido?" Un monje respondió: "Sí, hay ruido." 11
Entonces el maestro exclamó:
"¡Oh ignorantes!"
Si sigo con cosas de este estilo no terminaría nunca. De modo
que concluyo, esperando que alguno de vosotros
me formule las siguientes preguntas: "¿Estas expresiones tienen
algo que ver con la propia intuición de la
naturaleza del propio ser? ¿Hay alguna relación posible entre aquellas charlas,
aparentemente sin sentido, sobre el cayado, y el problema de importancia total
sobre la realidad de la vida?"
Como respuesta añado estos dos pasajes, uno de Jim-yo
(T'zu-ming) y el otro, de Yengo (Yün- wu): En uno de sus sermones, dijo Jimyo:
Tan pronto se eleva una partícula de polvo, allí se manifiesta la gran tierra en su integridad. En un león se revelan
millones de leones,
y en millones de leones se
revela un león. Ciertamente, hay miles y
miles de ellos, pero conoced solamente uno, uno sólo." Al
decir esto, alzó su cayado y continuó: "Aquí está mi cayado, ¿pero
dónde está aquel único león?" Prorrumpiendo en un
"Kwatz" (he), bajó el
cayado, y abandonó el pulpito.
En el Hekigan (Pi-yen-lu),12 Yengo expresa la misma idea en su comentario introductorio al "Zen del dedo
único", de Gutei (Chukchih i chih
t'ou ch'an).13
"Se
levanta una partícula de polvo y allí está la gran tierra; brota una flor y con
ella brota el universo. ¿Pero dónde ha de fijarse nuestra mirada cuando el
polvo todavía no se agitó ni la flor brotó aún? Por tanto, se dice que, igual
que al cortar un ovillo de hilo, se tiñe todo del mismo color. Ahora bien, despójate de toda enmarañada relación y redúcela a pedazos, pero no pierdas
el rastro de tu tesoro interior; pues es a través de
lo alto y lo bajo que universalmente responden y lo avanzado y lo retrasado que no formulan
distinción, que cada cual se manifiesta con perfección plena."
Espero que el anterior esbozo
sobre el Zen dará al lector una idea general,
aunque necesariamente vaga
sobre el Zen tal como éste es y como se lo enseñó en el Lejano Oriente durante
más de mil años.
En lo que sigue
procuraré, en primer término, buscar
el origen del Zen en la iluminación espiritual del Buda; pues
al Zen con frecuencia se le criticó por desviarse demasiado lejos de lo que
popularmente se entiende como doctrina del Buda, tal como éste la enseñó, en
especial en los Agamas y Nikáyas. Si bien el Zen, tal como es, no hay duda que
es producto genuino de la mentalidad china, la línea de su evolución debe
remontarse a la experiencia personal del fundador hindú. A menos que se
entienda esto, en relación con las características psicológicas del pueblo, el desarrollo del Zen entre los budistas
chinos sería ininteligible. Después de todo, el Zen es una de
las escuelas mahayánicas del Budismo, despojada de su atavío hindú.
11 Esto recuerda una de las observaciones del maestro Ten (Chan), de Hofukvi (Pao-fu),
quien, al ver que se acercaba
un monje, blandió su cayado
y golpeó un pilar, y luego
al monje. Cuando éste, naturalmente, dio un grito de
dolor, el maestro dijo:
"¿Cómo es que esto no se hiere?"
12 Hekiganshu: colección de cien "casos" con comentarios
poéticos de Secchó (Haüeh-tou) y notas en parte
explicativas, y en parte críticas, de Yengo. El libro llegó
a Japón durante
la época de Kamakura, y aún desde entonces es el más importante de
los libros de texto Zen, en especial para los seguidores de la escuela Rinzai.
13 Gutei fue discípulo
de Tenryu (Tien-lung), probablemente hacia el fin de la dinastía fang. Cuando, al principio, residía en un
pequeño templo, fue visitado por una monja viajera, que se introdujo
directamente en el templo sin quitarse el cubre-cabeza. Llevando su cayado consigo, dio
tres vueltas en torno de la silla de meditación donde estaba sentado Cutei. Luego le dijo: "Di una palabra sobre
el Zen, y me quitaré el sombrero." Repitió
esto tres veces, pero Gutei no supo qué decir.
Cuando la monja estaba a punto de marcharse, Gutei sugirió: "Se
está haciendo tarde; ¿por qué no pasas la noche aquí?" Jissai (Shih-chi), tal era el nombre de la monja, dijo: "Si
dices una palabra sobre el
Zen, me quedaré." Como él era
aun incapaz de decir una palabra, ella se marchó.
Este fue un
golpe terrible para el pobre Gutei, quien se
lamentó tristemente: "Si bien tengo forma humana, parece que carezco de vigor viril." Entonces
resolvió estudiar y dominar el Zen. Cuando estaba a punto de iniciar sus
"desplazamientos" Zen, tuvo la visión del dios de la montaña
diciéndole que no se alejase de su templo, pues llegaría allí muy pronto,
un Bodhisattva encarnado y le iluminaría sobre la verdad del Zen. Lo cierto es que al día siguiente se presentó un maestro Zen llamado Tenryu
(Tien-lung). Gutei narró al maestro la humillante experiencia del día anterior y su firme decisión de alcanzar
los secretos del Zen. Teriryu se limitó a levantar uno de sus dedos, sin decir
nada. Sin embargo, esto fue suficiente como para abrir la mente
de Gutei de inmediato en cuanto al significado último del Zen, y se cuenta que
desde entonces Gutei nada hizo ni
dijo salvo alzar un dedo ante todas las preguntas que se le formularon respecto
del Zen.
En su templo había un niño, quien,
viendo el hábito del maestro,
lo imitó al preguntársele sobre qué clase de prédica practicaba generalmente su
maestro. Cuando el niño le contó esto al maestro, mostrándole el dedito
levantado, el maestro se lo cortó con un cuchillo. El niño salió corriendo,
gritando de dolor, pero Gutei le llamó indicándole que volviese. El niño así lo
hizo, el maestro alzó su propio dedo, y
el niño, instantáneamente,
comprendió el significado del "Zen del único dedo", tanto según
Tenryu como según Gutei.
He intentado escribir una historia del Zen en la China después
de Bodhidharma, que es el autor real de la escuela. El Zen fue sosegadamente
madurado y transmitido por los cinco patriarcas sucesivos, tras la desaparición
del primer propagador procedente de la
India. Cuando Hui-néng, el sexto patriarca, empezó a enseñar el evangelio del
Budismo Zen, éste ya no era hindú sino integralmente chino, y lo que llamamos
actualmente Zen, en la forma presente, se remonta a él. De manera que el curso
definidamente modelado por el sexto patriarca para el desarrollo del Zen en la
China ganó su fuerza no sólo en volumen sino también en contenido a través del erudito manejo
de los descendientes espirituales de Hui-néng. Por lo tanto,
la primera parte de la
historia china del Zen se cierra naturalmente con él. Como el hecho central del
Zen se basa en el logro del "Satori" o apertura del ojo espiritual,
traté luego el tema. El enfoque es algo popular, pues la idea principal consiste en presentar el hecho de que existe algo parecido a comprensión
intuitiva de la verdad del Zen, lo cual es "satori", y asimismo en
ilustrar sobre la singularidad del "satori", tal como lo experimentan
los devotos del Zen.
Cuando entendemos el significado del "satori" en el
Zen, es lógico que deseemos conocer algo sobre los métodos por los cuales los
maestros procuran generar tan revolucionaria experiencia, más o menos mental,
en las mentes de los estudiantes. Algunos de los métodos prácticos del Zen a
los que recurren los maestros están clasificados bajo cierta cantidad de
títulos, pero aquí no intenté ser cabalmente exhaustivo en esta clasificación.
La Sala de Meditación es una institución muy peculiar del Budismo Zen, y quienes
quieren saber algo sobre el Zen y su sistema educativo
no pueden ignorar
el tema. Este órgano
único del Budismo Zen, sin embargo, jamás
fue descripto antes. Espero que el
lector halle aquí un tópico bastante
interesante para su investigación integral. Si bien el Zen afirma ser el ala
"ultra-abrupta" del Budismo, tiene una bien marcada graduación en su
avance hacia la meta última. De ahí el capítulo final sobre "Los Diez
Cuadros de Pastoreo de la Vaca".
Hay muchos tópicos
más con los que debería
estarse familiarizado en el estudio
del Budismo Zen, y algunos de
ellos, considerados por el autor como más importantes, serán tratados en la
segunda serie de Ensayos.
EL
ZEN COMO INTERPRETACIÓN CHINA DE LA DOCTRINA
DE
LA ILUMINACIÓN
Prefacio
Antes de proceder
a la discusión de la idea principal
de este ensayo, que es la de considerar al Zen como método chino de aplicar la
doctrina de la Iluminación a nuestra vida práctica, deseo
efectuar
algunas observaciones preliminares, relativas a la actitud de algunos críticos
del Zen y, por ende, definir la posición del Zen en el cuerpo general del Budismo. Según ellos, el Budismo Zen no es Budismo;
es algo muy extraño al espíritu del Budismo, y una de aquellas aberraciones que a menudo vemos
desarrollarse en la historia de cualquier religión. De manera que piensan que el Zen
es una anormalidad que prevalece entre las personas
cuyo pensamiento y sentimiento
fluyen por un cauce distinto de la corriente principal del pensamiento budista.
Si este alegato es cierto o no, se decidirá, por un lado, cuando entendamos qué
es en realidad la esencia o espíritu genuino del Budismo, y, por el otro,
cuando sepamos el estado exacto de la doctrina Zen con respecto a las ideas
rectoras del Budismo, tal como se las acepta en el Lejano Oriente.
Asimismo; puede resultar deseable conocer algo acerca del
desarrollo de la experiencia religiosa en
general. Cuando no estamos totalmente preparados
para entender estas cuestiones a la luz de la historia y la filosofía de la
religión, podemos llegar a aseverar dogmáticamente que el Zen no es Budismo
precisamente porque parece tan diferente en su superficie de lo que algunas
personas, con cierto conjunto de nociones preconcebidas, consideran que ha de
ser el Budismo. Por tanto, la afirmación de mi posición
con respecto a estos puntos allanará el camino
hacia el desarrollo de la tesis principal. En
verdad, superficialmente, en el Zen hay algo tan raro e incluso irracional como
para horrorizar a los piadosos adherentes literales del denominado Budismo
primitivo, haciéndolos declarar que el Zen no es Budismo sino una anomalía
china de éste.
¿Qué extraerían, por ejemplo,
de afirmaciones como éstas?
En los Dichos de Ñan-ch'üan leemos que, cuando Tsui,
gobernador del Distrito de Ch'i, preguntó al quinto patriarca de la secta Zen
—vale decir, Hung-jén— cómo era que teniendo quinientos seguidores, Hui-néng,
con preponderancia sobre todos los demás, se destacaba por haber recibido el
manto ortodoxo de transmisión como el sexto patriarca, el quinto patriarca
replicó: "Cuatrocientos noventa y nueve discípulos míos entienden bien lo
que es el Budismo, salvo uno: Hui-néng. Este es un hombre que no ha de ser medido con un cartabón
corriente. De ahí que el manto
de la fe le haya sido transmitido a él."
Sobre esto, comenta Nan-ch'üan: "En la era del Vacío no hay
palabra alguna; tan pronto aparece el
Buda sobre la tierra, existen las
palabras; de ahí nuestra adhesión a los signos... Y así como ahora nos aferramos con tanta firmeza
a las palabras, nos limitamos de variados modos, mientras en el Gran Camino no
existen, absolutamente, cosas tales como ignorancia o santidad. Todo lo que
tiene nombre, por eso se limita. Por tanto, el viejo maestro de Chiang-hsi
declaró que "no hay mente, ni Buda, ni nada."
De este modo deseó guiar a sus seguidores, mientras en esta
época ellos se esfuerzan en vano por experimentar el Gran Camino hipostatizando
tal entidad como mente. Si el Camino pudiese dominarse de este modo, bueno
sería que esperasen hasta la aparición del Buda Maitreya (que se dice que será al fin del mundo) y que entonces
despertasen al pensamiento iluminativo. ¿Cómo podrían éstos
esperar la liberación espiritual? Bajo el quinto
patriarca, la totalidad de sus quinientos discípulos, salvo Hui-néng, entendió
bien el Budismo.
El discípulo
laico, Néng, fue muy singular
en esté aspecto, pues no entendió para nada el Budismo.1 Entendió sólo el Método y nada
más."
Estas no son afirmaciones Zen muy extraordinarias, pero a la
mayoría de los críticos del Zen los deben incitar
a la abominación. Se niega lisa y llanamente el Budismo, y su conocimiento es considerado indispensable para el dominio
del Zen, del Gran Camino,
que, por el contrario, está identificado más o menos con la
negación del Budismo. ¿Cómo es esto? En las páginas siguientes hay un intento
de respuesta a esta pregunta.
1 Compárese esto con la afirmación del sexto patriarca, al preguntársele cómo había llegado
a suceder al quinto
patriarca: "Porque no entiendo el Budismo." Permítaseme también citar
un pasaje del Kena-Upanishad, en el
que los lectores pueden hallar una singular coincidencia entre el vidente
brahmánico y aquellos maestros Zen,
no sólo en el pensamiento sino también en el modo que lo expresan:
"Lo concibe
quien no Lo concibe; Quien Lo concibe,
no Lo conoce. No Lo entienden quienes
Lo entienden; Lo entienden quienes no Lo
entienden."
Lao-tzé, fundador
del misticismo taoísta,
respira el mismo espíritu cuando dice: "Quien lo conoce no habla;
quien habla no lo conoce."
La
Vida y Espíritu del Budismo
Para aclarar este punto y justificar la afirmación del Zen de
que transmite la esencia del Budismo y no sus formales artículos de fe, tal
como lo registra la letra, es necesario despojar al espíritu del Budismo de todas sus envolturas y apéndices externos, que, al atascar
el accionar de su original fuerza vital, tienden a que
confundamos lo inesencial con lo esencial. Sabemos que la bellota difiere mucho
del roble, pero mientras haya continuidad de crecimiento, su identidad es una
conclusión lógica. Ver realmente dentro de la naturaleza de la bellota es
seguir la huella de un desarrollo ininterrumpido
a través de diversas etapas
históricas. Si la semilla sigue
siendo semilla y no significa nada más, en ella no hay vida; es la pieza
acabada de una obra y, salvo como objeto de curiosidad histórica, carece de valor alguno en nuestra experiencia religiosa. De manera
parecida, para determinar la naturaleza del Budismo debemos seguir toda su
línea evolutiva y ver cuáles son sus simientes más sanas y vitales que lo
trajeron al estado actual de madurez. Si hacemos esto, veremos de qué manera el
Zen ha de reconocerse como una de las diversas fases del Budismo y, de hecho,
como su factor más esencial.
Por tanto, para comprender plenamente la constitución de cualquier religión
existente, de larga historia,
es aconsejable separar a su fundador de su doctrina, como poderosísimo
determinante del desarrollo de esta última.
Con esto quiero decir, en primer lugar, que el denominado
fundador no tuvo idea, al principio, de ser el fundador de sistema religioso alguno, después evolucionado bajo su nombre; en segundo lugar, que para sus
discípulos, mientras vivía, su personalidad no era considerada como
independiente de su doctrina, al menos hasta donde ellos tenían conciencia del
hecho; en tercer lugar, que lo que inconscientemente trabajaba en sus mentes
con respecto a la naturaleza de la personalidad de su maestro pasó a primer
término tras su fallecimiento, con toda la intensidad posible que, de modo
latente, cobrara fuerza en ellos, y por último, que la personalidad del fundador evolucionó tan potentemente en la mente
de sus discípulos como para convertirse en núcleo de su
doctrina; vale decir, la doctrina sirvió para explicar el significado del fundador.
Es un gran error pensar que cualquier sistema
religioso existente fue legado por su fundador
a la posteridad como el
producto plenamente madurado de su mente, y, por lo tanto, que lo que los
seguidores tuvieron que hacer con su fundador religioso y su doctrina fue
abrazar tanto al fundador como a su doctrina como una herencia sagrada, como un
tesoro que no ha de profanarse con el contenido de la experiencia espiritual
individual de sus discípulos. Así este criterio no llega a considerar en qué consiste
nuestra vida espiritual, y fosiliza a la religión
en su mismo meollo. Sin
embargo, este conservadorismo estático se opone siempre al sector progresista
que observa un sistema religioso desde un punto de vista dinámico. Y estas dos
fuerzas que se ven en mutuo conflicto, en todo campo de la actividad humana,
entretejen la historia de la religión, como en otros casos. De hecho, la
historia es, por doquier, el registro de estas luchas. Mas el hecho mismo de
que haya tales pugnas religiosas demuestra que éstas existen con alguna
finalidad y que la religión es una fuerza viva; pues aquéllas traen
gradualmente a la luz las implicancias ocultas de la fe original y la
enriquecen de modo inimaginado al comienzo. Esto tiene lugar no sólo con
respecto a la personalidad del fundador sino también con relación a su
doctrina, y el resultado es una asombrosa complicación, o más bien confusión,
que a veces nos impide ver apropiadamente la constitución de un sistema
religioso vivo.
Mientras el fundador deambulaba aun entre sus seguidores y
discípulos, éstos no distinguieron entre la persona de su líder y su doctrina;
pues la doctrina se interpretaba en la persona
y la persona se explicaba
vivamente en la doctrina. Abrazar
la doctrina era seguir sus
pasos, vale
decir, creer en él. Su presencia entre ellos era suficiente como para
inspirarlos y convencerlos de la verdad de su doctrina. Es probable que no la
comprendieran cabalmente, pero su autorizado método expositivo no dejaba en sus
corazones sombras de duda en cuanto a su verdad y valor eterno. Mientras vivió
entre ellos y les habló, su doctrina y su persona apelaron a ellos como una unidad individual. Hasta cuando se recogieron en un lugar solitario y meditaron sobre la verdad de su
doctrina, haciendo esto como forma de disciplina espiritual, la imagen de su
persona estuvo siempre ante sus ojos mentales.
Pero las cosas fueron diferentes cuando su personalidad
majestuosa e inspiradora dejó de verse encarnada. Su doctrina estaba todavía
allí, sus seguidores podían recitarla perfectamente de memoria, pero su conexión personal con el autor se había perdido,
se había roto para siempre la cadena viva que ligaba a éste y su
doctrina en forma unificada. Al reflexionar
sobre la verdad de la doctrina, no
pudieron dejar de pensar en su maestro como un alma mucho más profunda y noble
que ellos mismos. Gradualmente se desvanecieron las semejanzas que, consciente
o inconscientemente, fueran reconocidas como existentes en formas diversas
entre el líder y la disciplina, y al eclipsarse aquéllas, el otro aspecto, vale
decir, el que lo diferenció tan definidamente de sus seguidores, vino a
afirmarse con mayor énfasis e irresistibilidad. El resultado fue la convicción
de que él debió provenir de una fuente espiritual cabalmente única. Así continuó el proceso constante
de deificación hasta que, unos siglos después
de la muerte del Maestro, se convirtió en manifestación directa del Ser Supremo; de hecho, fue el Supremo
encarnado; contaba con una humanidad divina, perfectamente
realizada. Fue Hijo de Dios o el Buda y Redentor del mundo.
Entonces se
lo considerará en sí, independientemente de su doctrina; ocupará el centro de interés en los ojos de sus seguidores. Por
supuesto, la doctrina es importante, pero lo es, principalmente por provenir de
labios de espíritu tan elevado, y no necesariamente como reservorio de la
verdad del amor o la Iluminación. En verdad, la doctrina ha de interpretarse
a la luz de la personalidad divina del maestro.
Este predomina ahora sobre el sistema íntegro;
él es el centro de donde irradia los rayos de la Iluminación; la
salvación sólo es posible creyendo en él como salvador.2
En torno de esta personalidad o de esta naturaleza divina se
desarrollarán ahora diversos sistemas filosóficos, esencialmente basados en su
propia doctrina, pero más o menos modificados
de acuerdo a las experiencias espirituales de los discípulos. Esto quizás no hubiese
tenido lugar jamás si la personalidad del fundador no fuese tal como para
excitar los hondos sentimientos religiosos en los corazones de sus seguidores,
lo cual equivale a decir que lo que más atrajo a éstos hacia
la doctrina no fue primordialmente la doctrina misma
sino lo que le dio vida, y sin lo cual nunca hubiese
sido lo que fue. No nos convence siempre la verdad de una afirmación por su
formulación lógica sino principalmente porque la recorre un impulso vital
inspirador. Primero nos golpea éste y luego procuramos certificar su verdad. Se
necesita comprensión, pero ésta sola jamás nos moverá a arriesgar el destino de
nuestras almas.
Una de las
más grandes almas religiosas del Japón confesó una vez:3 "No me
preocupa ir al infierno o a otra parte, sino, que porque mi viejo maestro me enseñó a invocar
el nombre del Buda,
practico la doctrina."
2 El
concepto de Dharmakáya, aparte del cuerpo físico (rú-pakáya) del Bucia fue
lógicamente inevitable, como leemos en el Ekottara-Agama,
XLIV: "La Vida del Sákyamuni-Buddha es extremadamente larga; la razón
consiste en que mientras su cuerpo fisico entra en el Nirvana, existe su
cuerpo-Ley." Mas al Dharmakáya no podría hacérselo actuar directamente
sobre las almas sufrientes, pues era demasiado abstracto y trascendental;
querían algo más concreto y tangible,
hacia lo cual pudiesen sentirse
personalmente íntimos. De ahí el concepto
de otro cuerpo búdico, vale decir, el Sambhogakáya o Vipákaja-Buddha, que
completa el dogma del Cuerpo Triple (Trticáya).
8 La
fe absoluta que Shinian tenía en la doctrina de Hónan, como lo evidencia esta
cita, demuestra que la secta Shin es resultado
de la experiencia interior
de Shinran y no producto razonado de su filosofía. Primero llegó su experiencia, y para explicársela a si mismo y comunicarla a los demás, recurrió, como
verificación, a diversas Sútras. De manera que escribió La Doctrina, Práctica, Fe y Logro, fundamentando intelectual y
escrituralmente la fe Shin-shu. En religión, como en los demás asuntos
de la vida humana, la creencia
precede al razonamiento. Es
importante no olvidar este hecho cuando se sigue el desarrollo de las ideas.
Esto no fue una ciega aceptación del maestro, en quien había algo que apelaba profundamente a la propia alma,
abrazando el discípulo algo con todo su ser. La mera lógica jamás nos conmueve; debe haber algo que
trascienda el intelecto. Cuando Pablo insistía en que "si Cristo no hubiese resucitado, vana sería vuestra fe; aun estáis en vuestros
pecados", no apelaba a nuestra idea lógica sobre las cosas, sino a
nuestros anhelos espirituales. No interesa si las cosas existieron como hechos
de historia cronológica o no; nuestra preocupación vital era el cumplimiento de
nuestras recónditas aspiraciones; incluso los denominados hechos objetivos
podrían modelarse como para rendir el mejor resultado ante los requerimientos
de nuestra vida espiritual. La personalidad del fundador de cualquier sistema
religioso, que sobrevivió a través de siglos de evolución, debe haber tenido
todas las cualidades que se adecuan plenamente a tales requerimientos
espirituales. Tan pronto la persona y su doctrina son separadas, después de su
muerte, en la conciencia religiosa de sus
seguidores, si fue lo suficientemente grande, de inmediato ocupará el
centro del interés espiritual de aquellos y todas sus doctrinas tenderán a
explicar este hecho de diversos modos.
Para exponerlo más concretamente: ¿En qué proporción el
Cristianismo, por ejemplo, tal como el de hoy
en día, es la doctrina de
Cristo? ¿Y cuánta es la contribución de Pablo, Juan,
Pedro, Agustín, e incluso Aristóteles? La magnífica estructura de la
dogmática cristiana es obra de la fe cristiana tal como la experimentaron
sucesivamente sus líderes; no es la obra de una sola persona, ni siquiera de
Cristo. Pues la dogmática no se relaciona necesariamente y siempre con hechos
históricos que más bien son secundarios en importancia en comparación con la
verdad religiosa de la Cristiandad: esta última es más bien lo que ha de ser que lo que es o lo que fue. Tiende
al establecimiento de lo que es
universalmente válido, lo cual no ha de comprometerse por el hecho, o ausencia
de éste, de elementos históricos, como lo sostienen algunos de los modernos
expositores de la dogmática cristiana. Si Cristo realmente proclamó ser el
Mesías o no, es una gran discusión histórica aun no resuelta entre los teólogos
cristianos. Algunos dicen que no introduce diferencia alguna en lo que atañe a
la fe cristiana el que Cristo haya proclamado o no ser el Mesías. A pesar de
todas esas dificultades teológicas, Cristo es el centro de la Cristiandad. El
edificio cristiano está construido en torno
a la persona de Jesús. Los budistas
pueden aceptar algunas
de sus doctrinas y simpatizar con el
contenido de su experiencia religiosa, pero mientras no abriguen fe en Jesús
como "Cristo" o “Señor”, no serán cristianos.
Por lo tanto, el Cristianismo está constituido no sólo por la
doctrina de Jesús sino también por todas las interpretaciones dogmáticas y
especulativas, relativas a la personalidad de Jesús y su doctrina, acumuladas
desde la muerte del fundador. En otras palabras, Cristo no fundó el sistema
religioso conocido por su nombre, sino que sus seguidores lo convirtieron en su
fundador. Si aun estuviese entre ellos, resulta muy improbable que certificase
todas las teorías, creencias y prácticas ahora impuestas a los autotitulados
cristianos. Si se le preguntase si la erudita dogmática de sus seguidores es su
religión, no sabría cómo responder. Con toda probabilidad confesaría completa
ignorancia respecto de todas las sutilezas filosóficas de la teología cristiana
de la actualidad. Mas desde el moderno punto de vista cristiano, nos asegurarán
más definidamente que su religión ha de referirse a "un punto
de vista unitario y a un básico
carácter original", lo cual es Jesús como Cristo,
y que cualquiera haya sido la múltiple construcción y transformación experimentada en el cuerpo
de su religión, ello no
interferiría en su específica fe cristiana. Son cristianos como lo fueron
muchos hermanos de su comunidad primitiva;
pues existe una continuación histórica de la misma fe a lo largo de todo su
crecimiento y desarrollo, lo cual es su necesidad interior. Considerar la forma
cultural de una época particular como algo sagrado, y que se la transmita por
siempre como tal, es suprimir nuestros anhelos espirituales, en pos de una
validez eterna. Creo que ésta es la posición asumida por los modernos
cristianos progresistas.
¿Y qué ocurre entonces acerca de los modernos budistas
progresistas con respecto
a su actitud hacia la fe budista, que constituye la esencia del
Budismo?
¿Cómo conciben sus discípulos al Buda?
¿Cuál es la naturaleza y valor del Estado Búdico?
Cuando el Budismo
se define meramente como la doctrina
del Buda, ¿esto
explica la vida del
Budismo en su desplazamiento a través del curso de la historia? ¿La vida del
Budismo no es el desarrollo de la vida espiritual interior del Buda mismo antes
que su exposición sobre el particular, lo cual se halla registrado como el
Dharma en la literatura budista? ¿En la doctrina verbal del Buda no hay algo
que da vida a esto y que subyace en todos los argumentos y controversias que
caracterizan la historia del Budismo en toda el Asia? Sobre esta vida se
esfuerzan por echar mano los budistas progresistas.
Por tanto, no está muy de acuerdo con la vida y doctrina del
Buda considerar al Budismo meramente como sistema de doctrinas y prácticas
religiosas, establecidas por el mismo Buda; pues es más que esto, y comprende,
como sus elementos constitutivos más importantes, todas las experiencias y especulaciones de los seguidores del Buda, en
especial con respecto a la personalidad de su maestro y las relaciones de éste
con su propia doctrina. El Budismo no salió de la mente del Buda armado en
plenitud, como lo hiciera Minerva de Júpiter. La teoría de un Budismo perfecto
desde el principio es su punto de vista estático, y se aparta de su crecimiento
continuo y sin fin. Nuestra experiencia religiosa trasciende las limitaciones
del tiempo, y su contenido en eterna expansión requiere una forma más vital que
crecerá sin violencia para sí. En
la medida en que el Budismo es una religión viva y no una momia histórica,
rellena con materiales muertos e infuncionales, debe ser capaz de absorber y
asimilar todo lo que es útil para su crecimiento. Esto es lo más natural
para cualquier organismo dotado de vida. Y esta vida
puede hallarse bajo formas y construcciones divergentes.
Según los eruditos
del Budismo pali y de la literatura agámica, todo lo que el Buda
enseñó, hasta donde llegó su doctrina
sistemática, parece resumido
por la Noble Verdad Cuádruple, la Dodécupla Cadena de Causalidad, el Óctuple Sendero de la Vida
Recta, y la doctrina del
No-ego (Anátman) y Nirvana. Si éste fuese el caso, lo que llamamos Budismo
primitivo seria un asunto muy simple al considerar
solamente el aspecto doctrinario. En estas doctrinas no había nada muy
prometedor que eventualmente construyese una magnífica estructura que habría de
conocerse como Budismo, abarcando al Hínáyana y al Maháyána.
Si queremos entender integralmente el Budismo debemos bucear
hondamente en su fondo, donde yace su espíritu vivo. Quienes se satisfacen con
una visión superficial de su aspecto dogmático pueden seguir hasta el espíritu
que explicará verdaderamente la vida interior del Budismo. A algunos de los
discípulos inmediatos del Buda no, les llegó la apelación de las cosas más profundas de sus doctrinas, o no tuvieron
conciencia de las reales fuerzas
espirituales que los impulsaban hacia su Maestro.
Debemos mirar por debajo si queremos entrar
en contacto con el ímpetu
vital siempre creciente del Budismo. Por más grande que fuese el Buda, él no
podría convertir a un chacal en león, ni un chacal comprendería al Buda, por
encima de su naturaleza bestial. Como afirmaran después los budistas, sólo un Buda entiende a otro Buda; si
nuestra vida subjetiva no se eleva al mismo nivel que el Buda, se nos escapan
muchas cosas que estructuran su vida interior; no podemos vivir en ningún otro mundo que
no sea el nuestro.4
Por lo tanto, si los budistas primitivos leyeron tanto en la vida de su
Maestro, como lo registran sus escritos, y nada más, esto no prueba que todo lo
perteneciente al Buda está extinguido por eso. Probablemente hubo otros
budistas que penetraron más hondo en su vida, pues su propia consciencia
interior tenía contenido más rico. De manera que la historia de la religión se
convierte en la historia de nuestro propio desarrollo espiritual. El Budismo ha
de ser contenido biológicamente, por así decirlo, y no mecánicamente. Si
asumimos esta actitud, incluso la doctrina de la Noble Verdad Cuádruple se
muestra preñada de verdades aun más profundas.
4
Esto lo entendió muy bien el mismo Buda al alcanzar primero la Iluminación;
sabía que lo captado en su estado iluminado de la mente no podía impartirse a
los demás, y que si lo impartiese, no lo entenderían. He aquí por qué, al
principio de su carrera religiosa, expresó el deseo de entrar en el Nirvana sin
tratar de hacer girar la Rueda del Dharma. Leemos en unos de los Subas
pertenecientes a la clase agámica de
la literatura budista, titulado Sufra sobre
la Causa y Efecto en el Pasado y en el Presente (fascículo II):
"Fueron cumplidos mis votos originales, el Dharma (o Verdad) que alcancé
es demasiado profundo para que lo entiendan. Sólo un Buda es capaz de entender
lo que hay en la mente de otro
Buda. En esta era de las Cinco Manchas (pañca-kasháyá), todos los seres
están envueltos en codicia, ira, locura, falsedad,
arrogancia y adulación; tienen pocos dones, son estúpidos, y no tienen
entendimiento para comprender el Dharma que alcancé. Aunque hiciese girar la
Rueda del Dharma, con seguridad se confundirían y serían incapaces de
aceptarlo. Por el contrario, se complacen en la difamación y por ello, al caer
en senderos malignos, sufren toda suerte de dolor. Es mejor que permanezca
silencioso y entre en el Nirvana." En el Sufra sobre la Historia de la
Disciplina, considerado traducción anterior del texto precedente, vertido
al chino por un erudito budista hindú, Ta-li, y por un riberano, Mangsiang, en
el año 197 de nuestra era, ninguna referencia se hace a la resolución del Buda
de guardar silencio sobre su Iluminación, sólo que lo que alcanzó fue la
omnisciencia que se halla más aÚá del entendimiento, sin poder explicarse, pues su elevación era inescalable y su profundidad insondable, "conteniendo en ella todo el universo y
penetrando hasta lo impenetrable"... Cf. el Mahápadána Suttanta (Dígha Nikáya¿ XIV), y el Ariyapariyosana Suttam (Majjhima, XXVI).
El Buda no fue un metafísico y, naturalmente, evitó discutir
sobre tales temas pues eran estrictamente teóricos, sin significado práctico
para el logro del Nirvana. Podría haber tenido sus propias ideas sobre aquellos
problemas psicológicos que, para entonces, ocupaban las mentes de la India.
Pero como otros líderes religiosos, su interés principal estuvo en el resultado
práctico de la especulación y no en la especulación como tal. Estaba demasiado
ocupado en tratar de librarse del dardo ponzoñoso que atravesara su carne, no deseaba indagar
en la historia, objeto y constitución del dardo; pues la vida era demasiado
breve para eso. De modo que encaró al mundo tal cual era; vale decir, lo
interpretó como apareció ante su intuición religiosa y de acuerdo con su propia valorización. No pretendió ir más allá.
Llamó a su modo de contemplar el mundo y la vida, "Dharma", un
término muy vasto y dúctil, aunque no fue un término primeramente utilizado por
el Buda; pues había estado en boga un tiempo antes que él, principalmente en el
sentido de rito y ley, pero el Buda le dio una más honda significación
espiritual.
Por la crítica que le lanzaron sus contrarios puede apreciarse
que el Buda fue práctico y no metafísico: "Como
Gautama se halla siempre solo, sentado en un cuarto vacío, perdió su
sabiduría... Hasta Sáriputra, que es su discípulo mejor y más sabio, se parece
a un bebé, tan estúpido y sin elocuencia."5 Sin embargo, en esto se halla la semilla de una futura evolución. Si el Buda se hubiese entregado a la teorización, jamás
podría esperarse que se desarrollase su doctrina. La especulación puede ser
honda y sutil, pero si carece de vida espiritual, pronto se agotan sus
posibilidades. El Dharma estuvo siempre en maduración, porque fue misteriosamente creativo.
Evidentemente,
el Buda tuvo un concepto muy pragmático del intelecto y dejó sin resolver
muchos problemas filosóficos, por innecesarios para el logro de la meta final
de la vida. Esto era para él muy natural.
Mientras vivió entre sus discípulos, fue la ilustración viva de lo implícito en
su doctrina. El Dharma se manifestaba en él en todos sus aspectos vitales, y no
había necesidad de complacerse en ociosas especulaciones en cuanto el
significado último de conceptos tales como Dharma, Nirvana, Atman (ego), Karma,
Bodhi (iluminación), etc. La personalidad del Buda era la clave para la
solución de todos estos conceptos. Los discípulos tenían plena conciencia de
este hecho. Cuando juzgaron haber entendido el Dharma, no supieron que esta
comprensión en realidad se refugiaba en el Buda. De algún modo, su presencia
tenía efecto pacificador y satisfactorio de cualquier angustia espiritual que tuvieran; pensaban
hallarse cobijados entre los brazos de una madre
amante y consoladora; para ellos el Buda era en realidad así.6 Por lo
tanto, no tuvieron necesidad de acuciar
demasiado al Buda para que los iluminase
sobre muchos de los problemas
filosóficos de los que podrían haber desarrollado conciencia. Fácilmente
se reconciliaban a este respecto con la renuencia del Buda a introducirlos en
el corazón de la metafísica. Pero al mismo tiempo esto dejó mucha cabida para
que los budistas posteriores desarrollasen sus propias teorías no sólo como la
doctrina del Buda sino también, principalmente, en cuanto a su relación con la
personalidad de aquél.
6 C. Samyukta Agama (chino),
Fascículo XXXII.
6 En
toda la literatura agámica se
advierte que la personalidad del Buda era objeto de admiración y culto tanto, o
quizás más que, sus extraordinarios atributos intelectuales. Para citar uno o
dos ejemplos: "Cuando Subha-Manáva Todeyyaputta vio al Bendito sentado en
los bosques, el Brahmán fue conmovido por la bella serenidad de su personalidad
que brilló con máximo resplandor, como la luna entre las estrellas; sus rasgos
eran perfectos, re- fulgiendo como una montaña dorada; su dignidad era
majestuosa, con todos sus sentidos bajo control perfecto, tan tranquila y libre
de todas las pasiones oscurecedoras, y tan absolutamente calmo con su mente
sometida y silenciosamente disciplinada." (El Agama Medio, fase. XXXVIII.)
Esta admiración hacia su personalidad después evolucionó en deificación de su
ser, y se suponía que res-guardaba de todo mal, moral y físico, el pensar en él
o sus virtudes. "Cuando aquellos seres que practicaron malas acciones con
sus cuerpos, bocas, o mentes, piensen en los méritos del Tathágata en el momento
de sus muertes, se librarán
de los tres senderos malignos
y nacerán en los cielos; hasta los más viles nacerán en los
cielos," (El Ekottara-Agama, fase. XXXII.) "Dondequiera aparezca
Sra-mana Cautama, ningún espíritu ni demonio puede acercársele; por lo tanto,
invitémosle aquí y todos aquellos dioses malignos (que nos acosaron) se
marcharán." (Lúe. cit.) Fue muy
natural para los budistas que después convirtieran al Buda en objeto primero de
Recogimiento (smrti), lo cual,
pensaron, impedLía que sus mentes vagasen, ayudándolos a realizar el objetivo final de la vida budista.
Estas afirmaciones demuestran claramente que mientras, por un lado, la doctrina
del Buda fue aceptada por sus seguidores como el Dharma bello en su inicio,
bello en el medio, y bello en el
fin, su persona fue, por otro lado, considerada como llena de poderes
milagrosos y virtudes divinas de modo
que su mera presencia bastaba para crear una atmósfera muy auspiciosa no sólo espiritual sino también
materialmente.
La entrada del Buda en el Nirvana significó para sus discípulos
la pérdida de la Luz del Mundo,7 a través de la cual tenían esa esclarecedora visión de las cosas. El Dharma estaba allí, y en él procuraron ver al Buda, como se
les enseñara, pero esto no tuvo el mismo efecto vivificante de antes; la
Hermandad observó regularmente los preceptos consistentes en muchas normas,
pero en alguna medida se perdió la autoridad de estas proscripciones. Se
recogieron en silencio y meditaron sobre la doctrina del Maestro, pero la
meditación no fue tan vitalizadora y satisfactoria pues siempre fueron
asediados por las dudas y, como consecuencia natural, se reanudaron sus
actividades intelectuales. De ahí en más todo debió explicarse según el alcance
total de la facultad racional.
El metafísico empezó a afirmarse contra la sencilla y fervorosa
devoción del discípulo. Lo que fuera aceptado como autorizado mandato
procedente de labios
del Buda se examinó entonces
como tema de discusión filosófica. Dos facciones se aprestaron a dividir
el campo entre ellas, y el radicalismo se opuso al conservadorismo, y entre las
dos alas se armaron escuelas de tendencias diversas. Los Sthaviras compitieron con los Mahásamg-hikas, con veinte o más escuelas
diferentes, que representaban distintos grados de divergencia.8
Sin embargo, no podemos excluir del cuerpo del Budismo todos los
criterios divergentes sobre el Buda y su
doctrina como algo extraño y no
perteneciente a los elementos
constitutivos del Budismo. Pues
estos criterios son, exactamente, los que sostienen la estructura del Budismo,
y sin ellos la estructura misma sería una completa inentidad. El error de la
mayoría de los críticos de cualquier religión existente, con larga historia de desarrollo, consiste en
concebirla como un sistema completo que ha de aceptarse como tal, mientras el
hecho es que cuanto sea orgánico y espiritual —y así consideramos a la
religión— carece de perfiles geométricos que puedan trazarse sobre el papel con
regla y compás. La religión rehusa ser definida objetivamente, pues esto sería
establecer un límite para el crecimiento
de su espíritu. De manera que saber qué
es el Budismo consistirá en introducirse en la vida del Budismo y en entenderlo
desde dentro, tal como se desarrolla objetivamente en la historia. Por lo tanto, la definición del Budismo debe ser la de la fuerza vital que lleva hacia adelante un movimiento espiritual llamado
Budismo. Todas estas doctrinas, controversias, construcciones e
interpretaciones ofrecidas después de la muerte del Buda respecto de su
persona, vida y doctrina fueron lo que constituyó esencialmente la vida del Budismo
hindú, y sin éstas no podría haber existido la actividad espiritual que se
conocería como Budismo.
En una palabra,
lo que constituyó la vida y espíritu
del Budismo es nada más que la vida
y espíritu interiores del mismo Buda;
el Budismo es la estructura erigida en torno a la conciencia recóndita de su
fundador. El estilo y el material de la estructura externa puede variar a
medida que la historia avanza, pero el significado interior del Estado Búdico
que sostiene todo el edificio sigue siendo el mismo y está siempre vivo.
Mientras Estuvo sobre la tierra, el Buda procuró hacerlo inteligible de acuerdo
a la capacidad de sus seguidores inmediatos; vale decir, estos últimos hicieron
lo mejor de su parte para comprender el significado más profundo de los diversos
discursos de su maestro, en los
que señaló el camino hacia la liberación final. Como se nos dijo, el Buda platicó "con
una sola voz",9 pero ésta fue
interpretada y entendida por sus devotos de tan múltiples maneras como resultó posible. Esto fue inevitable, pues cada uno de
nosotros tiene su propia experiencia interior que ha de explicarse en términos
de propia creación, variando naturalmente en hondura y amplitud. En la mayoría
de los casos, estas denominadas experiencias individuales interiores no
pudieron, sin
7
Cuando el Buda entró en el Nirvana, los monjes se lamentaron: "El
Tathágata desapareció muy pronto, el Honrado
por el Mundo desapareció muy pronto, la Gran Ley falleció muy pronto; todos los seres quedaron por siempre relegados a la miseria; pues se marchó el Ojo del Mundo." Sus lamentos eran indescriptibles, yacieron en el suelo como enormes árboles
con las raíces, troncos y ramas, arrancados en su totalidad y reducidos a
pedazos, arrollándose y retorciéndose como una
serpiente muerta. Tan exageradas expresiones de pesar fueron
muy naturales para aquellos budistas cuyos corazones se orientaban hacia la
personalidad de su maestro más que hacia sus doctrinas sensatas y racionales.
Cf. el Parínibbdna-svttanta Pali.
8 Si se desea
una relación más o menos detallada de las diversas
escuelas budistas surgidas
pocos siglos después
del Buda, ver el Samayabhedo-paracana-cakra, de
Vasumitra. El profesor Sui-sai Funahashi publicó recientemente un excelente comentario sobre este libro.
9 Cf.
Eí Sukliávatí-vyúJw (editado por Max
Muller y B. Nan-jo), pág. 7, donde tenemos: "Buddhasvaro
anantaghoshah"; vale decir:
la voz del Buda es de infinitos
sonidos. Ver también
el Saddharma-ptmdaríka (pág. 128), donde leemos: "Savarena
cai-kena vadámi dharmam": Predico la ley con una sola voz. Es bien
conocida entre los maháydnistas la
parábola del agua de un solo sabor (ekarasam
varí), productora, de modos diversos, de hierbas, arbustos y demás.
embargo, ser tan hondas
y firmes como para exigir
una fraseología absolutamente original, pero
pueden contentarse con nuevas interpretaciones de los antiguos términos,
puestos en uso en un tiempo por un antiguo líder espiritual original.
Y de este modo toda gran religión
histórica crece enriquecida en
su contenido e ideas. En algunos casos este enriquecimiento puede significar el
superdesarrollo de superestructuras que terminan sepultando por completo el
espíritu original. Allí es donde se requiere juicio crítico, pues no debemos
olvidar de reconocer el principio vivo aun en actividad. En el caso del Budismo
no debemos descuidar
la lectura de la vida interior del mismo Buda, afirmándose en la historia
de un sistema religioso designado con su nombre. La afirmación de los
seguidores del Zen en el sentido de que transmiten la esencia del Budismo, se basa en su creencia de que el
Zen se aferra al espíritu vivificante del Buda, despojado de todos sus atavíos
históricos y doctrinales.
Algunos Problemas
Vitales del Budismo
Para los budistas primitivos el problema no se presentó bajo
esta luz; vale decir, no comprendieron que el centro de toda su dogmática y
controversias consistía en afirmar la real vida interior del Buda, que
constituyera su fe activa en el Buda y su doctrina. Sin saber con exactitud por qué, al principio sostuvieron, después del fallecimiento del Buda, un fuerte
anhelo de especular sobre la naturaleza de su personalidad. No tuvieron el poder como para controlar
el constante e insistente grito de este deseo que desbordaba en lo más
recóndito de sus corazones.
¿Qué constituía el Estado
Búdico? ¿Cuál era la esencia
del Estado Búdico?
Preguntas de
este estilo los asediaban, una tras otra, destacándose con más nitidez las que
resultaban más vitalmente interesantes. Nos
referimos a las relativas a la Iluminación del Buda, a su ingreso en el Nirvana,
a su vida anterior como Bodhisattva (vale decir, como alguien capaz de Iluminación), y a su doctrina,
considerado todo según la modalidad de entender al Buda. De manera que su doctrina
dejó de ser considerada independientemente de su autor, la verdad
de la doctrina estaba tan
orgánicamente conectada con la personalidad del Buda, debía creerse en el
Dharma pues era la encarnación misma del Estado Búdico, y no necesariamente
porque fuese tan lógicamente coherente o filosóficamente sostenible. El Buda
era la clave de la verdad del Budismo.
Cuando la atención se concentra así en la persona del Buda como
el autor del Dharma, la cuestión de su experiencia interior conocida como
Iluminación se convierte en vitalísima. Sin esta experiencia el Buda no podría
haber sido llamado Buda; de hecho, el término "Buda", el Iluminado,
fue su propia hechura. Si un hombre
entiende lo que es la iluminación o
realmente la experimenta en sí mismo, conoce todo el secreto de la naturaleza
superhumana del Buda y con él el
enigma de la vida y el mundo. La esencia del Budismo debe radicar entonces en
la Doctrina de la Iluminación Perfecta. En la mente iluminada del Buda hubo muchas
cosas que no divulgó, ni pudo divulgar, a sus
discípulos. Cuando rehusó responder preguntas metafísicas, no fue porque la
mentalidad de los consultantes no estuviese lo bastante desarrollada como para
comprender las implicancias plenas de aquéllas. Sin embargo, si los budistas
desearan realmente conocer a
su maestro, y su doctrina, deberían estudiar los secretos de la Iluminación.
Como entonces carecían de maestro vivo,
tuvieron que resolver
los problemas por sí mismos,
dentro de sus posibilidades,
y nunca se cansaron de agotar su ingenio intelectual sobre aquellos. Entonces
se adelantaron diversas teorías, y el Budismo creció más rico en contenido, y
llegó a reflejar algo eternamente
válido, además de la mera doctrina personal de un individuo. Cesó de ser algo
meramente
histórico, y se convirtió en un sistema siempre vivo, en desarrollo, y que
impartía energía. Se produjeron varios Sútras y Shastras mahayánicos para
desarrollar distintos aspectos del contenido
de la Iluminación, tal como la concretara el Buda. Algunos
de ellos fueron
especulativos, otros místicos, y aun otros, éticos y prácticos. De
manera que en la idea de la Iluminación se concentró todo el pensamiento
budista.
Después atrapó
la seria atención
de los filósofos budistas el Nirvana como ideal de la vida budista.
¿Era una
aniquilación de la existencia, o de las pasiones y deseos, o la disipación de
la ignorancia, o un estado de ausencia-del-ego?
¿El Buda entró realmente en un estado de cabal extinción, dejando a todos los
seres sensibles librados a su propio destino? ¿El amor que despertó en sus
seguidores se desvaneció con su deceso? ¿No habría de regresar para estar con
ellos a fin de guiarlos, iluminarlos, escuchar su angustia espiritual? El valor
de una gran personalidad como la del Buda no podría perecer con su existencia
física; debería permanecer con ellos por siempre, como algo de validez eterna.
¿Cómo podría reconciliarse esta noción con la aniquilante teoría del Nirvana,
que tanto prevalecía entre los discípulos personales ¿el Buda? Cuando la historia
entra en conflicto
con nuestra idea evaluativa,
¿ésta no puede interpretarse a satisfacción de nuestros anhelos religiosos?
¿Cuál es la autoridad objetiva de los
"hechos" si no los sostiene una autoridad afirmada interiormente?
Entonces se presentaron distintas interpretaciones en los textos mahayánicos sobre
las implicancias del Nirvana
y los demás conceptos afines que se hallan en la doctrina "original"
del Buda.10
¿Cuál es la relación entre la Iluminación y el Nirvana? ¿Cómo
llegaron los budistas a concretar el Arhantado? ¿Qué los convenció
de su logro? ¿La Iluminación de un Arhat es igual a la del Buda? Responder estas
preguntas y muchas otras de íntima conexión con ellas fue la tarea impuesta a
distintas escuelas del Budismo hínayánico
y mahayánico.
Si bien disputaron mucho, jamás olvidaron que todos eran
budistas y cualquiera fuese la interpretación dada a estos problemas, fueron
fieles a su experiencia budista. Adhirieron con firmeza al fundador de su
religión y sólo desearon interiorizarse integralmente de la fe y doctrina como primeramente las promulgara el Buda. Algunos
de ellos fueron naturalmente más conservadores y desearon imponer el
método ortodoxo y tradicional de comprender el Dharma; mas hubo otros, como en
todo campo de la vida humana, cuya experiencia interior significaba más para
ellos, y para armonizar esto con la autoridad tradicional recurrieron a la
metafísica en su alcance más pleno. No hay duda que sus esfuerzos fueron
honestos y sinceros, y cuando pensaron haber resuelto las dificultades o
contradicciones se contentaron tanto interior como intelectualmente. De hecho,
no tenían otro medio de salir del interregno espiritual en el que se
encontraban a través del crecimiento natural e inevitable de su vida recóndita.
Este fue el método que el Budismo debió desarrollar si es que contaba con
alguna vida por desarrollar.
Si bien la Iluminación y el Nirvana se relacionaban íntimamente
con el concepto mismo del Estado Búdico, hubo otra idea de gran importancia
para la evolución del Budismo, que, sin embargo, no tenía aparentemente
conexión directa, aunque no en su significado último, con la personalidad del
Buda. Esta idea demostró naturalmente ser muy fructífera en la historia de la
dogmática budista junto con las doctrinas de la Iluminación y el Nirvana.
Con esto me refiero a la doctrina del no-Atman que niega la existencia de una ego-sustancia en nuestra vida psíquica.
Cuando la noción sobre el Atman regía la mentalidad hindú, fue
un audaz anuncio del Buda el considerarla como la fuente de la ignorancia y la transmigración. La teoría
de la Originación (pratítya-samutpáda) que parece estructurar el cimiento de la doctrina
del Buda se resuelve así, finalmente, en el hallazgo de un
malvado "maquinador" que trabaja detrás de toda nuestra inquietud
espiritual. Cualquiera sea la interpretación dada a la doctrina del no-Atman en
los primeros tiempos del Budismo, la idea llegó a extenderse también a las
cosas inanimadas.
10 Aquí encontramos la justificación de una interpretación "mística" de los libros sagrados
de cualquier religión. La doctrina de Swedenborg sobre la Correspondencia surge así
esciarecedora. La filosofía del misticismo Shingon refleja, de alguna manera,
la idea de correspondencia, aunque
naturalmente ésta se basa en un conjunto
diferente de ideas
filosóficas. Múltiples interpretaciones sobre algo son siempre posibles no sólo
debido a la presencia de los elementos subjetivos en todo juicio, sino también
debido a las complicaciones infinitas de la relación objetiva.
No sólo no había ego-sustancia detrás de nuestra
vida mental, sino que tampoco
había ego en el mundo físico, lo cual significaba
que en realidad no podíamos separar la acción del actor, la fuerza de la masa,
o la vida de sus manifestaciones. Hasta
donde llega el pensamiento, podemos establecer estos dos pares
conceptuales como limitándose mutuamente, pero en la realidad de las cosas
deben ser todos uno sólo, pues no podemos
imponer nuestro método lógico de pensar a la realidad en su concretez.
Cuando transferimos esta separación del pensamiento en la realidad, encontramos
muchas dificultades no sólo intelectuales sino también morales y espirituales,
por lo que después sufrimos una angustia inexpresable. Esto lo sintió el Buda,
y a esta mezcla la denominó Ignorancia (avidyá). La
doctrina mahayánica del Súnyatá
fue una conclusión natural. Mas no necesito efectuar observación alguna aquí en
cuanto a que la teoría del Súnyatá no es nihilismo ni acosmismo, sino que tiene
su trasfondo positivo que la sostiene y vitaliza.
Entonces, dentro del orden natural del pensamiento, correspondía
a los budistas esforzarse para hallar una explicación filosófica de la Iluminación y del Nirvana
en la teoría del no-Atman o Súnyatá, y esto al máximo de
su poder intelectual y a la luz de su experiencia espiritual.
Finalmente
determinaron que la Iluminación no era algo exclusivamente perteneciente al
Buda, sino que cada uno de nosotros
podría alcanzarla si se librase
de la ignorancia, abandonando el concepto
dualista de la vida y del mundo; después llegaron a la conclusión de que el
Nirvana no era desvanecerse en un estado de inexistencia absoluta, lo cual era
un imposible según nuestros cálculos sobre los hechos reales de la vida, y que el Nirvana, en su significado último, era
una afir- mación, una afirmación que trascendía los opuestos de toda índole. Esta comprensión metafísica del problema fundamental del Budismo señala los rasgos de la filosofía mahayánica. En
cuanto a su lado práctico, en el que la teoría del Súnyatá y la doctrina de la Iluminación se unen y concretan armónicamente en la vida, o en
el que los budistas aspiran a entrar en la consciencia interior del Buda, como
le fuera revelado bajo el árbol bódhico, nos
referiremos a ello en la parte siguiente.
Casi todos los eruditos budistas del Japón concuerdan en que
todas estas ideas características sobre el Maháyána
pueden seguirse sistemáticamente en la literatura hinayánica; y que todas las reconstrucciones y transformaciones
que se supone que los mahayanístas introdujeron
en la forma original del Budismo, en realidad no son sino una ininterrumpida
continuación de la unidad original del espíritu y vida budistas y, además, que
hasta el denominado Budismo primitivo, como se lo expone en los cánones palis y
los textos agámicos del Tripitaka
chino, es también el resultado de una elaboración por parte de los primitivos
seguidores del Buda. Si el Maháyána no
es el Budismo propiamente dicho, tampoco lo es el Hínayána, por la razón
histórica de que ninguno de los dos representa la doctrina del Buda como la
predicara el Maestro mismo. A no ser que se limite el uso del término
Budismo muy estrictamente y sólo a una forma de él, nadie puede rehusarse muy bien a incluir
al Maháyána y al Hínayána en la misma denominación. Y según mi opinión, considerando la
relación orgánica existente entre el sistema y la experiencia, y el hecho de
que el espíritu del mismo Buda está presente en todas estas construcciones,
resulta apropiado que se use el término Budismo en un sentido amplio,
comprensivo e íntimo.
No hay lugar aquí como para entrar en detalles sobre la relación
orgánica existente entre el Hínayána y el Maháyána; pues el objeto de este
ensayo es delinear el curso evolutivo del Budismo Zen antes de alcanzar la
forma actual. Tras esbozar mi posición con respecto a la definición del Budismo
y el Maháyána en general, como manifestación de la vida y pensamiento budistas,
o más bien de la experiencia interior
del mismo Buda, el paso siguiente será ver dónde se halla la fuente del
Zen y cómo éste es uno de los sucesores y transmisores legítimos del espíritu
del Buda.
El
Zen y la Iluminación
El origen del Zen, como sucede con todas las demás formas del
Budismo, ha de buscarse en la Perfecta Iluminación Suprema (anuttara-samyak-sambodhi) alcanzada por el Buda mientras estaba
sentado bajo el árbol bódhico, cerca
de la ciudad de Gaya. Si esta Iluminación
carece de valor y significación en cuanto al desarrollo del Budismo, entonces
el Zen nada tiene que ver con el Budismo, y se trata de algo completamente
distinto, creado por el genio de Bodhidharma, que visitara la China a
principios del siglo VI. Pero si la Iluminación es la razón
de ser del Budismo, vale decir, si el Budismo
es un edificio erigido sobre la base sólida de la Iluminación,
concretada por el Buda y estructurada en su ser, el Zen es la columna central
que sostiene toda la estructura y compone la línea directa de continuación
extraída del contenido de la mente iluminada del Buda.
Según la tradición, se considera que el Zen fue transmitido por
el Buda a su principal discípulo, Mahákásyapa, cuando el Buda extendió un
manojo de flores ante su congregación, y el significado de esto fue captado de
inmediato por Mahákásyapa, quien le sonrió en silencio. La historicidad de este incidente se critica con justicia, pero conociendo el valor de la Iluminación no podemos atribuir la autoridad del Zen sólo a un
episodio como éste. De hecho, el Zen no sólo fue transmitido a Mahákásyapa sino
también a todos los seres que sigan los pasos del Buda, el Iluminado.
Como verdaderamente hindú, la idea del Buda sobre la meditación
ascética consistía en alcanzar el Vimoksha (o simplemente el Moksha, la liberación) de la esclavitud del
nacimiento y la muerte. Para alcanzar la meta había en él diversos caminos
expeditos. Según los filósofos brahmánicos
de aquellos tiempos, el gran fruto de la liberación no maduraría abrazando
la verdad religiosa, ni practicando el ascetismo
o la castidad, ni mediante
erudición, ni mediante la propia
liberación de las pasiones. Cada uno, dentro de su modalidad, era un medio excelente, y si se lo practicase con rigor o se los practicase todos juntos, el
resultado sería la emancipación de alguna índole. Mas los filósofos hablaron de
métodos y no dieron información alguna, digna de confianza, relativa a su real
experiencia espiritual, y lo que el Buda deseaba era esta comprensión por sí,
una experiencia personal, una real intuición de la verdad, y no un mero discurrir
sobre métodos, ni un jugueteo con conceptos.11
El detestaba todo razonamiento filosófico, llamándolos drishti o darsana, pues
no lo llevaban a ninguna
parte, ni procuraban resultados prácticos en su vida espiritual. Jamás se
contentó hasta comprender íntimamente el Bodhi como la verdad que se presentó
de inmediato a su conciencia trascendental y cuya naturaleza absoluta era tan interior, tan autoconvincente que
no tuvo duda alguna respecto de su validez universal.
El
Buda explicó el contenido de esta Iluminación como el Dharma que debía
percibirse directamente (san-ditthika), más
allá de los límites del tiempo (akalika);
que debía experimentarse personalmente (ehipassika);
totalmente persuasivo (opariayika]; y
que debía entenderse por los sabios, cada cual por sí (paccattam veditab-bo viññuhi). Esto significaba que el Dharma
debía captarse intuitivamente y no alcanzarse analíticamente mediante
conceptos. La razón de por qué el Buda rehusó con tanta frecuencia responder a
problemas metafísicos se debió, en parte, a su convicción de que la verdad
última debía comprenderla cada cual mediante su propio esfuerzo; 12 pues todo cuanto podía lograrse a través de la comprensión discursiva era la superficie de las cosas
y no las cosas mismas, pues el conocimiento conceptual jamás satisfizo
plenamente el propio anhelo religioso. El logro del Bodhi no podía ser la
acumulación de sutilezas dialécticas. Y ésta es la posición asumida por el Budismo
Zen con respecto a lo que considera una realidad final. Sobre esto, el Zen sigue fielmente el mandato
del Maestro.
11 Cf.
los Sútras: Teviija, Maháli,
Brahmajála, etc., en el Dígha Nikáya.
Ver también el Surta Nipáía, en especial el Atthakavagga, uno de los primeros
textos budistas que poseemos en la actualidad. Allí leemos sobre "Ajjhattasanti"
(paz interior), que no puede alcanzarse mediante filosofía, tradición ni buenas
acciones.
12 En
todos los Agamas queda en evidencia que el Buda jamás dejó de hacer presión
sobre sus discípulos respecto de la
idea de que la verdad última debía comprenderla cada cual por sí y en si. Por
doquier hallamos frases corno esta: "sin depender de otro, él creyó, pensó
o disolvió sus dudas, o alcanzó la autoconfianza en la Ley." De esta
autodeterminación se desprendió la consciencia de que se detuvieron o agotaron todas las malas filtraciones
(ásrava), culminando en la
realización del Arhantado, que es la meta de la vida budista.
Por doquier, incluso en
la denominada literatura hínayánica queda en evidencia que el Buda tuvo sobre la naturaleza de las cosas una intuición de
orden superior a la obtenible a través del razonamiento lógico corriente. Para
citar tan sólo un ejemplo del Brahmajála
Sutta, en el que el Buda se refiere a todas las escuelas heréticas
existentes en su tiempo, invariablemente se remite, después de refutarlas,
a la comprensión más honda del Tathágata que trasciende sus
especulaciones, "retorciéndose como una anguila". El hecho de que discutan sólo por discutir y
para demostrar la agudeza de su facultad analítica sobre el alma, la vida
futura, la eternidad y otros importantes temas espirituales, no produce
beneficio real alguno para nuestro bienestar interior. El Buda bien sabía
adonde conducían finalmente estos razonamientos y cuan
triviales y malsanos eran después
de todo. De modo que leemos
en el Brahmajála Sutta: "Respecto de
éstos, Hermanos, el Tathágata sabe
que estas especulaciones a las que así se arriba, sobre
las que así se insiste,
tendrán tal y tal resultado, tal y tal efecto en el estado futuro de
quienes confían en ellas. Eso sabe, y sabe también otras cosas de mucho más
allá (que van más allá de aquellas especulaciones): y si bien tiene aquel
conocimiento, no se infatúa, y así, no disminuido en su brillo, guarda en su
corazón, concretada, la ruta de escape de aquéllas; entendió, tal como
realmente son, el surgimiento y desaparición de las sensaciones, su dulce
sabor, su peligro, cómo no puede confiarse en ellas; y al no apegarse a nada (a
ninguna de aquellas cosas por las que los hombres están ávidos), él, el
Tathágata, está liberado totalmente." 13
Si bien el ideal del Arhantado consistió sin duda en entrar en
el Nirvana sin dejar nada detrás (anupádhi-sesha),
cualquier cosa que esto signifique, no ignoraba el significado de la
Iluminación; de ninguna
manera podía obrar así sin poner en peligro su propia razón de ser. Pues el Nirvana, en su
esencia, no era nada más que la Iluminación, siendo el contenido idéntico en
uno u otro caso. La Iluminación era el Nirvana
alcanzado aun en vida, y ningún
Nirvana fue jamás posible sin obtener la Iluminación. Esta última puede que
tenga en sí una connotación más intelectual que el primero, que es un estado
psicológico concretado a través de la Iluminación. En el denominado Budismo primitivo
se habla tanto de Bodhi
como de Nirvana. Mientras no se subyuguen las pasiones (klesa), y mientras la mente permanezca
envuelta en la ignorancia, ningún budista puede soñar siquiera en obtener un
Moksha (liberación) que es el Nirvana, y esta liberación de la Ignorancia y las
pasiones fue obra de la Iluminación. Por lo general se entiende el Nirvana en
su aspecto negativo, como extinción total de todo, del cuerpo y del alma, pero
en la realidad de la vida jamás puede prevalecer ese concepto negativo, y el
Buda nunca se refirió al Nirvana para que se lo interpretase así. Si en el
Nirvana no hubiese nada afirmativo, los mahayanistas
nunca hubieran podido hacer evolucionar después su concepto positivo.
Aunque los discípulos inmediatos del Buda no tuviesen conciencia de esto,
siempre estuvo implícito en ello el pensamiento de la Iluminación. La
Iluminación alcanzada por el Buda después de una semana de meditación bajo el
árbol bódhico no podría carecer de
consecuencias para sus discípulos-Arhats, por más que éstos aplicasen
negativamente este principio para el logro de su objetivo vital.
En efecto, el verdadero significado de la Iluminación lo
plantearon los mahayanistas no sólo
en sus implicancias intelectuales sino también en sus significados morales y religiosos. El resultado fue el concepto
del Estado Bodhisáttvico en
contraposición al Estado del Arhantado, el
ideal de su escuela rival. El Arhat y el Bodhisattva son esencialmente lo
mismo. Pero los mahayanistas, percibiendo
un sentido más hondo en la
Iluminación, como importantísimo elemento constitutivo en el logro de la meta
final del Budismo, que es libertad espiritual (ceio-vimutti), como lo afirman los Nikáyas, no desearon que
actuase sólo en ellos, sino que quisieron verlo concretado en todo ser sensible
e incluso insensible. No fue sólo
este el anhelo de los mahayanistas, sino que también
hubo una base objetiva sobre la que se justificase y concretase el anhelo. Se
trataba de la presencia, en todo
individuo, de una facultad que los mahayanistas
denominaron Praiñá.14 Este era el principio que posibilitaba
la Iluminación tanto en nosotros como en el Buda. Sin Prajñá no podía haber
Iluminación, que era el supremo poder espiritual con que contamos. El intelecto o lo que los eruditos budistas conocen corrientemente como Vijñána, era relativo en su actividad, sin poder comprender la verdad última de la Iluminación. Y se debía a esta verdad
última que pudiéramos elevarnos sobre
el dualismo de la materia y el espíritu, de la ignorancia y la sabiduría, de la
pasión y el desapego. La
13 Los Diálogos del Buda, Libros Sagrados
de los Budistas, Tomo II, pág. 29.
14 De
hecho, el término prajña, o pañña en pali, no es de propiedad exclusiva de los mahayanistas, pues también lo emplean
con plenitud sus rivales discípulos del Buda. Sin embargo, estos últimos no
enfatizaron en especial la idea de la iluminación y su significado supremo en
el cuerpo del Budismo, y como consecuencia el Prajñá fue comparativamente descuidado por los hinayanistas. Por el otro lado, el mahayismo puede
designarse como la religión
del Prajña por excelencia. Incluso se lo deifica y adora con suma reverencia.
Iluminación consistía en comprender personalmente la verdad,
última, absoluta y capaz de afinación. De esa manera, todos somos ahora
Bodhisattvas, seres de la Iluminación, si no en la práctica, entonces
potencialmente. Los Bodhisattvas son también Prajñá-sattvas, pues
universalmente estamos dotados de Prajñá, que, al operar plena y
verdaderamente, concretará en nosotros la Iluminación, e intelectualmente (en
su sentido supremo) nos elevará por encima de las apariencias, lo cual es un
estado que los budistas nikáyicos designan como "emancipación de la mente
o razón" (pañña-vimutti
o sammad-añña vimutti).
Si Gautama se convirtió
en Buda en virtud de la
Iluminación, y luego, si todos
los seres están dotados de Prajñá y son capaces de la
Iluminación —vale decir, si de esa manera son Bodhisattvas— la conclusión
lógica será que los Bodhisattvas son todos Budas, o destinados a ser Budas tan
pronto obtengan las condiciones suficientes. De ahí la doctrina mahayáníca de
que todos los seres, sensibles o insensibles, están dotados de naturaleza
búdica, y que nuestras mentes son la mente búdica y nuestros cuerpos son el
cuerpo búdico. Antes de su Iluminación, el Buda era un mortal corriente, y
nosotros mortales corrientes, seremos Budas en el instante en que nuestros ojos
mentales se abran a la Iluminación. ¿En esto no vemos claramente el curso más natural y lógico de las cosas
que nos conducen hacia la principal doctrina del Zen como después se
desarrolló en la China y el Japón?
Cuan
extensa e intensamente influyó el concepto de la Iluminación sobre el
desarrollo del Budismo mahayánico, puede
apreciarse en la composición del Saddhar-mapundarika,
que en realidad es una de las más profundas
protestas mahayánicas
contra el concepto
hinayánico de la Iluminación
del Buda. Según el último, el Buda la alcanzó en Gaya, cuando meditaba bajo el
árbol bódhteo, pues consideraban al
Buda como un ser mortal igual que ellos, sujeto a condiciones históricas y
psicológicas. Mas los mahayanistas no
se contentaron con esa interpretación realista, de sentido común, acerca de la
personalidad del Buda; vieron en esto algo que
caló muy hondo en sus corazones y quisieron entrar en contacto inmediato con eso. Lo
que buscaron al fin se les dio y descubrieron que la idea de que el Buda era un
alma corriente constituía una ilusión, que el Tathátaga arribó a su Perfecta
Iluminación Suprema "muchos cientos de miles de miríadas de kotis de eones
atrás", y que todos aquellos "hechos" históricos de su vida,
registrados en la literatura agámica o
nikáyica son "hábiles
ardides" (upá-ya- kausalya) para
guiar a las criaturas hacia una madurez plena, para que entren en el Camino del
Bada.16 En otras palabras, esto significa que la Iluminación es la
razón absoluta del universo y la esencia del Estado Búdico, y que, por lo
tanto, obtener la Iluminación es comprender en la propia consciencia interior,
la verdad última del mundo que existe por siempre.
Mientras
el Pundaríka hace hincapié sobre el
aspecto búdico de la Iluminación, el Zen dirige su atención principalmente
hacia el aspecto iluminativo del Estado
Búdico. Cuando este último aspecto se considera intelectualmente, tenemos
la filosofía de la dogmática budista, que estudian
los eruditos de las escuelas
Tendai (t'ien-tai), Kegon (avatamsaka), Hossó (dharmalaksha), y otras. El Zen se aproxima a esto desde el lado
práctico de la vida; vale decir, para producir la Iluminación en la vida misma.
Viendo que la idea de la Iluminación jugó tan importante papel
en el desarrollo del Budismo mahayánico, ¿cuál
es su contenido? ¿Podemos describirla inteligiblemente de modo que nuestro
intelecto analítico la capte y convierta en objeto del pensamiento? La Noble
Verdad Cuádruple no fue el contenido
de la Iluminación; tampoco lo fue la Dodécupla Cadena
de Causalidad ni el Óctuple Sendero Recto. La verdad que
refulgió en la consciencia del Buda no fue un pensamiento capaz de desarrollo
discursivo. Cuando exclamó:
"Por la rueda sin fin, de nacimiento y muerte,
Buscando en vano, yo me impuse prisas, Para
hallar al constructor del edificio este.
¡Nacimiento incesante!; ¡Qué desdicha!
|Oh
constructor! ¡Te he
descubierto!
¡Jamás reerigirás este edificio!
15 Esto no es otra cosa que "la
apertura del puro ojo del Dharma"
(vírajam
vítamalam dhamma-cakkhum udapádi), a lo que se refieren con
frecuencia los Agamas cuando se alcanza el Arhantado.
16 Léase, por ejemplo, el capítulo XV, titulado: "Duración de la Vida del Tathágata."
¡Las vigas todas, ahora ya están rotas!
¡Y el aguzado techo yace en ruinas!
¡Esta mente, de la demolición ya dueña,
Vio, de todo deseo,
su postrimería." 17
debió haber
captado algo mucho más profundo que la mera dialéctica. Debió haber existido
algo fundamentalísimo y ultérrimo que, de inmediato, apaciguó todas sus dudas,
no sólo las dudas intelectuales sino también la angustia espiritual. En verdad,
cuarenta y nueve años de su vida
activa en pos de la Iluminación consistieron en comentarios sobre el
particular, y con todo no agotaron su contenido; tampoco lo explican cabalmente
todas las especulaciones posteriores de Nágárjuna, Asvaghosha, Vasubandhu, y Asanga. En el Lankávatára el
autor hace confesar
al Buda que desde su Iluminación hasta su ingreso en el
Nirvana no pronunció palabra.18
Por lo tanto, incluso con toda su memoria y erudición, Ananda no
pudo sondear el fondo de la sabiduría del Buda, viviendo todavía éste. Según la
tradición, el logro del Arhantado por
parte de Ananda tuvo lugar en la época de la Primera Convocación, de la que no
se le permitió participar, a pesar de secundar al Buda durante veinticinco
años. Pesaroso por ese hecho, pasó toda la noche deambulando al aire libre, y cuando
estaba a punto de dejarse
caer en su estera, totalmente agotado, de repente llegó a comprender
la verdad del Budismo, que se le escapara durante
todos esos años a pesar de su conocimiento e ilustración.
¿Qué significa esto? Es evidente que el Arhantado no es asunto de erudición; es algo que se concreta en un
abrir y cerrar de ojos tras
prolongada y ardua aplicación al
asunto. Puede ser que el curso preparatorio ocupe un largo período, pero la crisis irrumpe en un punto al
instante, y sé es Arhat, o Bodhisattva, o incluso Buda. El contenido de la
Iluminación debe ser cabalmente simple en su naturaleza, y con todo,
tremendo en su efecto. Vale decir, intelectualmente, debe trascender todas
las complicaciones implícitas en su exposición epistemológica; y
psicológicamente, debe ser la reconstrucción íntegra de la propia personalidad.
Un hecho tan fundamental elude naturalmente lo descriptible, y sólo puede
captarse mediante un acto intuitivo y a través de la experiencia
personal. Se trata realmente del Dharma en su sentido supremo. Si
"agitando un pensamiento" la Ignorancia entró en nuestra vida, el despertar de otro pensamiento
debe poner coto a la Ignorancia, produciendo la Iluminación.19
Y en esto existe el pensamiento que habrá de ser objeto de la
consciencia lógica o del razonamiento empírico; pues en la Iluminación, el
pensador, lo que se piensa y el pensamiento, están fundidos en el acto único de intuir la esencia
misma del Yo. No es posible otra explicación
del Dharma; de ahí la apelación a la vía
negativa. Y esto alcanzó su climax en la filosofía sunyática de Ná-gárjuna que se basa en la doctrina de la literatura
praj-naparamítica del Budismo.
De modo que vemos que la Iluminación no es resultado de un
proceso intelectual en el que una idea sucede a la otra en una
secuencia, para terminar,
finalmente, en la conclusión o juicio.
En la Iluminación no hay proceso ni juicio; es algo más fundamental, algo que
torna posible el juicio, y sin lo cual no puede tener lugar forma alguna de juicio. En el juicio hay un
sujeto y un predicado; en la
Iluminación el sujeto es predicado, y el predicado es sujeto; aquí se funden en
uno sólo, pero no como uno del que pueda afirmarse algo, sino como uno del que
surge el juicio. No podemos trascender esta unidad absoluta; todas las
operaciones intelectuales se detienen aquí; cuando se esfuerzan por ir más
allá, dibujan un círculo en el que se repiten eternamente. Este es el muro
contra el cual golpearon en vano todas las filosofías. Esta es una térra incógnita, en la que prevalece el principio: "Credo quia absurdum est." Sin embargo, esta región oscura revela sus secretos
cuando la ataca la voluntad, mediante la fuerza de la propia
17 Dhammanadam, 153, 154.
18 Ata
etasmátokáranan mahámate mayedam nktam: yám ca rátrim tathágato 'bhisambuddho
yám ca rátrim parínirvasyati atirantara ekam api aksharam
tathágatena na udáhritam na udáharishyati. Lankávatára, capítulo
III, pág. 144. Ver también Capítulo VII, pág. 240. (Por esta razón, oh Mahámati, te digo:
Durante el tiempo transcurrido entre la noche de la Iluminación del Tathágata y
la noche de su entrada en el Nirvana, no pronunció palabra ni afirmación
alguna.)
19
Según El Despertar de la Fe, de
Asvaghosha, la Ignorancia significa el despertar repentino de un pensamiento (cuta) en la consciencia. Esto puede interpretarse de variadas formas,
pero como concepto
de la Ignorancia, no como proceso que requiera cierta
duración de tiempo,
sino como suceso
que tiene lugar de repente;
su desaparición, que es
la Iluminación, debe asimismo ser un suceso instantáneo.
personalidad íntegra.
La Iluminación es la que alumbra esta región oscura,
cuando todo se ve de un vistazo, y todas las indagaciones
intelectuales encuentran aquí su razón última. Hasta aquí puede estarse
intelectualmente convencido de la verdad de cierta proposición, pero de algún
modo eso no ingresó en la propia vida, la verdad carece todavía de confirmación
última, y no puede dejarse de sentir un vago sentido de irresolución y
desasosiego. Entonces llega la
Iluminación de un modo misterioso, sin aviso previo, y todo se ajusta, y se es
Arhat o incluso, Buda. Los ojos del dragón
ya se definen, no es más una imagen muerta
pintada en una tela, y los vientos
y lluvias se convierten ahora en voluntarios
siervos.
Resulta por demás evidente que la Iluminación no es la
consciencia de perspicacia lógica o plenitud
analítica; es algo más que un sentido
intelectual de conclusividad; en ella hay algo que compromete al campo íntegro de la
consciencia, no sólo arrojando luz sobre la serie total de eslabones soldados
con el fin de resolver los problemas de la vida, sino también dando un
sentimiento de finalidad a toda la angustia espiritual que fue siempre tan
desasosegante para la propia alma. Los eslabones lógicos, por más
minuciosamente ajustados y perfectamente engarzados que estén, por sí mismos no
llegan a pacificar al alma de manera muy integral.
Necesitamos
algo más fundamental o más inmediato para esa finalidad, y yo sostengo que una
mera revisión del Noble Sendero Óctuple o de la Dodécupla Cadena de Causalidad
no da por resultado el logro del Anuttara-samyak-sambodhi. El Buda debe haber
experimentado algo que caló mucho más profundamente en su conciencia recóndita
que la mera captación intelectual de verdades empíricas. Debe haber entrado en
contacto con lo que torna posibles nuestras operaciones intelectuales; de hecho,
aquello que condiciona la existencia misma
de nuestra vida, consciente.
Cuando Sáriputra vio a Asvajit,
advirtió qué tranquilo
continente ofrecía éste, con todos sus
órganos sensorios bien controlados, y qué claro y
brillante era el color de su piel, Sáriputra no pudo contenerse y le
preguntó quién era su maestro y qué doctrina le enseñaba. A esto respondió
Asvajit: "El gran Sákyamuni, el Bendito, es mi maestro, y su doctrina es
ésta, en sustancia:
"El Buda ha dicho que la causa
de todas
ks cosas surge
de una causa;
Y también,
cómo todas las cosas dejan
de existir... Esto es lo que
proclama el Poderoso Monje."
Se afirma que al oír esta exposición sobre el Dharma, surgió en
la mente de Sáriputra una percepción clara y definida del Dharma en el sentido
de que cuanto está sujeto
a origen, queda sujeto a cese. Entonces Sáriputra
alcanzó el estado inmortal y beatífico, perdió la visión y se absorbió durante
miríadas de kalpas.
Este es el punto sobre el que deseo llamar la atención: ¿hay en
esta estrofa algo intelectualmente destacable, extraordinario y por completo
original, como para despertar de modo tan milagroso a Sáriputra de su habitual
modalidad de pensamiento? En lo que atañe al Dharma (Doctrina) del Buda, en
estas cuatro líneas no había nada de relieve. Se dice que son la sustancia del Dharma; si así fuese,
puede afirmarse que el Dharma está más bien vacío de sustancia,
¿y cómo
podría haber hallado aquí Sáriputra una verdad lo suficientemente concreta y
eficiente como para apartarlo de la vieja rutina? La estrofa por la que se
señala que no sólo Sáriputra sino también Maudgalyáyana alcanzaron la
conversión, en realidad no tiene nada característico del pensamiento budista,
lo bastante fuerte como para producir tan
gran resultado. Por tanto, la razón
de esto debe buscarse en otra parte; vale decir, no en la verdad formal
contenida en la estrofa, sino en el estado subjetivo de aquel en cuyos oídos llegó a caer y en quien despertó una visión de otro
mundo. Fue en la mente del mismo Sáriputra que se abrió a la comprensión clara
y definida del Dharma; en otras
palabras, el Dharma se reveló en él como algo surgido de él mismo y no como una
verdad externa que afluyese en él. En un sentido, el Dharma estuvo en él todo
el tiempo, pero no se hallaba consciente de su presencia hasta que fue
pronunciada la estrofa de Asvajit. No fue un mero recipiente pasivo en el que
se escanció algo que no era genuino de su Yo. Oír la estrofa le dio una
oportunidad de experimentar el momento supremo. Si la comprensión de Sáriputra
hubiese sido intelectual y discursiva, su diálogo posterior con Ananda no
hubiese tenido lugar como sucedió. En
el Samyutta-Nikáya, III, 235 y siguientes, leemos:
Ananda vio que Sáriputra llegaba
de muy lejos, y le dijo: "¡Hermano Sáriputra, sereno, puro y radiante es tu rostro! ¿Cuál fue hoy el
humor de Sáriputra?"
"Estuve sólo en el Dhyána, y
nunca se me ocurrió el pensamiento: ¡Yo lo estoy alcanzando! ¡Yo lo conseguí! ¡Yo emergí de él!"
Advertimos aquí la diferencia entre
una comprensión intelectual y una comprensión espiritual, que es
la Iluminación. Cuando hizo referencia a Sáriputra con su continente tan
sereno, puro y radiante, no explicó esto con la lógica sino que se limitó a
plantear el hecho tal como lo interpretaba subjetivamente. Corresponde a los
psicólogos decidir si esta interpretación suya fue correcta o no.
Lo que deseo
hacer ver aquí es que la comprensión de Sáriputra sobre la doctrina de la "causalidad y el cese" no
fue resultado de su análisis intelectual sino una captación intuitiva de su
propio proceso vital interior. Entre la Iluminación del Buda, cantada en el
Himno de la Victoria, y la intuición de Sáriputra, con respecto al Dharma como doctrina de causalidad, hay una íntima conexión de acuerdo al modo en que sus mentes
trabajaron. En uno, primero llegó
la Iluminación y luego su expresión; en el otro, primero se dirigió una
afirmación definida y luego llegó la intuición; aquí el proceso es inverso. Mas
sigue sin variantes la inadecuación de la relación entre lo antecedente y la
consecuencia. Uno no explica lo suficiente a la otra, cuando sólo se toma en
consideración la comprensión lógica e intelectual. La explicación no debe buscarse
en la verdad objetiva contenida
en la doctrina de causalidad, sino en el estado de la consciencia misma
correspondiente al sujeto iluminado. De lo contrario, ¿cómo computaríamos el
establecimiento de una fe tan firme en la autorrealización o autoliberación, como ésta?" Destruyó
todas las malas pasiones
(ásava);
alcanzó la emancipación del corazón
(cetovimutti) y la emancipación del intelecto (paññatñmutti); aquí,
en este mundo visible,
entendió, comprendió y dominó por sí mismo el Dharma; buceó profundamente en él; trascendió la duda; hizo a un lado la
perplejidad; ganó plena confianza; vivió la vida; hizo lo que debía hacerse;
destruyó el grillo del renacimiento; comprendió el Dharma como es
verdaderamente en sí."20
He aquí por qué el Lankáwtára-Sútra se esfuerza tanto en decirnos que el lenguaje es completamente
inadecuado como expresión y comunicación del estado interior de Iluminación. Si bien sin lenguaje
podemos pasar muy mal, al menos, nuestra vida práctica, debemos precavernos muy
deliberadamente de confiarnos demasiado, traspasando los límites de su función.
El Sútra da la principal razón de esto, y consiste en que el lenguaje es
producto de dependencia causal, sujeto
a cambio, inestable, mutuamente condicionado, y basado en el falso juicio sobre la verdadera naturaleza
de la consciencia. Por esta razón el lenguaje no puede revelarnos el
significado último de las cosas (paramártha).
La célebre analogía del dedo y la luna es muy apropiada para ilustrar la
relación existente entre el lenguaje y el sentido, entre el símbolo y la
realidad.
Si la Iluminación del Buda contuvo realmente tanto de eso, que
él mismo no pudo demostrarla ni ilustrarla suficientemente con su "lengua larga
y delgada" (prab-hútatanujihva) a
lo largo de vida prolongada y pacífica, entregada a meditar y discurrir, ¿los
inferiores a él cómo podrían esperar captarla, alcanzando la emancipación espiritual? Esta es la posición
asumida por el Zen: por
tanto, para comprender la verdad de la Iluminación debemos ejercitar algún otro
poder mental, distinto a la intelección, si es que estamos en posesión de
aquél.
El discurrir no llega a alcanzar la meta, pero con todo tenemos
una insaciada aspiración en pos de lo inalcanzable. ¿Tendremos entonces que
vivir y morir atormentados así, eternamente? Si es así, ésta es la situación más lamentable en la que nos hallamos
en la tierra. Los budistas
se contrajeron muy fervorosamente a la solución del problema y al fin
llegaron a advertir que, dentro de nosotros, tenemos todo lo que necesitamos.
Este es el poder intuitivo poseído por el espíritu y capaz de comprender la
verdad espiritual que nos demostrará todos los secretos de la
20 Esta es la fórmula usual que se da como calificativo de un Arhat, la cual se hallará
en todos los Nikáyas.
21 Capítulo II: "Sobre la Habilidad."
vida,
estructurando el contenido de la Iluminación del Buda. No es un proceso
intelectual corriente de razonamiento, sino un poder que captará
algo fundamentalísimo, en un instante
y en sentido directo. Prajñá
es el nombre que los budistas dieron a este
poder, como ya dije, y el Budismo Zen
aspira, en su relación con la doctrina de la Iluminación, a despertar el Prajñá mediante el ejercicio de la
meditación. Leemos en el Saddharma-pundaríka:
"Oh Sáriputra, la Ley verdadera, que entendiera el Tathágata, no puede
ser razonada; se halla más allá de los límites del razonamiento. ¿Por qué? Porque el Tathágata aparece en el mundo
para llevar adelante un gran objetivo, consistente en hacer que todos los seres
acepten, vean, penetren y comprendan el conocimiento y la intuición
conquistados por el Tathágata, y asimismo en hacerlos entrar en el sendero del
conocimiento y la intuición alcanzados por el Tathágata... Quienes aprendan
esto del Tathágata también alcanzan su Perfecta Iluminación Suprema.21
Si ese fue el único gran objetivo de la aparición del Buda sobre la tierra,
¿cómo entramos en el sendero de la intuición y concretamos la Perfecta
Iluminación Suprema? Y si este Dharma de la Iluminación está más allá de los
lindes de la comprensión, ningún acopio filosófico nos aproximará más a la
meta. ¿Entonces, cómo aprendemos del Tathágata? Decididamente, no de su boca,
ni de los registros de sus sermones, ni de la práctica ascética, sino de
nuestra consciencia interior a través del ejercicio del dhyána. Y ésta es la
doctrina del Zen.
23
Diálogos del Buda, Parte III, pág.
35. 86
La Iluminación y la Libertad Espiritual
Cuando la doctrina de la Iluminación apela a la experiencia
interior del budista y se capta de inmediato su contenido sin medio conceptual
alguno, la única autoridad en su vida espiritual habrá de hallarla
dentro de sí mismo; naturalmente, el tradicionalismo o institucionalismo perderán
toda su fuerza valedera. Entonces, según el budista, las proposiciones serán verdaderas —vale decir, vivas— porque están de acuerdo con su
intuición espiritual; y sus acciones
no permitirán una norma externa de juicio; en la medida que sean el inevitable
reflujo de su vida interior, son buenas, hasta
santas. El resultado directo de esta interpretación de la Iluminación será la
erección de una libertad espiritual absoluta, en todo sentido, que además conducirá a una ilimitada expansión de
su perspectiva mental, trascendiendo los estrechos límites del Budismo
monástico y escolástico. Sin embargo, esto no iba, desde el punto de vista mahayanístico, contra el espíritu del
Buda.
Ahora tendrá que cambiar la constitución de la Hermandad. Al
principio del Budismo, fue una congregación de monjes sin hogar que se
sometieron a cierto conjunto de reglas ascéticas de vida. En esto, el Budismo
fue posesión exclusiva de la élite, y el
público genérico o el grupo upasákico que
aceptó la Fórmula del Triple Refugio fue una especie de apéndice de la
Hermandad regular o profesional. Cuando el Budismo se hallaba aun en su primera
etapa de desarrollo, hasta las monjas (bhikshuní)
tenían prohibido entrar en la comunidad; el Buda las aceptó tan sólo
después de gran renuencia, profetizando que entonces el Budismo viviría
únicamente la mitad de su vida normal.
Por este hecho prestamente
colegimos que la doctrina del Buda y
la doctrina de la Iluminación tendían a ser practicadas y captadas sólo
entre limitadas clases del pueblo. Si bien el Buda consideró los diversos
elementos de su congregación con. perfecta imparcialidad, sin abrigar
prejuicios en cuanto
a sus
diferencias sociales, raciales y demás, el beneficio pleno de su doctrina no
pudo extenderse más allá de los lindes monásticos. Si en ella no hubiese nada que pudiese beneficiar a la humanidad en general, era natural
esperar esta exclusividad. Pero la doctrina de la Iluminación era algo que no
podía mantenerse así, aprisionado; tenía en sí muchas cosas que desbordarían
todas las limitaciones impuestas. Cuando el concepto del Estado Búdico
se afirmó enfáticamente, la comunidad monástica y autoexcluyente ya no pudo
mantenerse en su posición; la religión de monjes y monjas se convertiría en religión de laicos y laicas. La disciplina ascética
que conducía al Anúpádhisesha-
Nirvána tuvo que dar paso a un sistema doctrinal que hiciese que cualquiera
alcanzase la Iluminación, demostrando el Nirvana en su vida diaria. En todos
los Sútras mahayánicos se afirma
vehementemente esta tendencia general del desarrollo del Budismo, demostrando
cuan intensa era la lucha entre el conservadurismo y el progresismo.
Este espíritu de libertad, que es el poder que impulsa al
Budismo "a atravesar la caparazón monástica, haciendo aflorar la idea de
la Iluminación con perenne vigor ante las masas, es el impulso vital del
universo; esta actividad espiritual sin obstáculos, y todo cuanto interfiere
con ella, está destinado a la derrota.
De manera que la historia
del Budismo es también
la historia de la libertad en la propia vida espiritual, intelectual y moral.
La aristocracia moral y el formalismo
disciplinario del Budismo primitivo no pudieron constreñir nuestro espíritu
durante un lapso muy prolongado. Como la doctrina de la Iluminación fue en
incremento en cuanto a su interpretación cada vez más íntima, el espíritu se
elevó por sobre el formalismo de la disciplina budista. No era absolutamente
necesario abandonar el hogar y seguir las huellas de los monjes peregrinos a
fin de alcanzar el fruto supremo de la Iluminación. La pureza interior, y no la
piedad externa, fue lo necesario para la vida budista. A este respecto eran tan
buenos los Upasakas como los Bhikhus. El hecho lo ilustra con mucha elocuencia
el Vimalakírti-Sútra. El protagonista
aquí es Vimalakírti, un filósofo
laico, ajeno a las reglas de
la Hermandad. Ninguno de los discípulos del Buda lo equiparó en profundidad,
amplitud y sutileza de pensamiento, y cuando
el Buda dijo a aquellos que lo
visitasen en su cuarto de enfermo, todos se excusaron por una razón u otra, salvo Mañjusrí, que
es el Prajñá encarnado según el Budismo mahayánico.
El hecho de que los devotos laicos se afirmaran así incluso a
expensas de los Arhats, puede también espigarse de otras fuentes distintas al Vimalakírti, pero especialmente de los
Sútras: Srímalá, Gandhavyúha, Vaj-rasamádhi, Cadrottara-dáriká, etc. Lo más digno de notar sobre
el particular es que la mujer desempeña importante papel en diversas
ocasiones. No sólo está dotada de talento filosófico, sino que se halla en pie
de igualdad con el hombre. Entre los cincuenta y tres filósofos o líderes del
pensamiento a quienes visitara Sudhana en su peregrinación religiosa,
entrevistó a muchas mujeres en distintas etapas de la vida, algunas de ellas
hasta cortesanas. Todas discurrieron sabiamente con el insaciable buscador de
la verdad.
¡Qué
distinto estado de cosas cuando se
compara esto con la renuente admisión de las mujeres en el Sangha en los
primeros tiempos, del Budismo! Después, puede que el Budismo haya perdido algo
de austeridad, de aislamiento, y hasta de santidad, lo cual impacta con viveza
nuestra imaginación religiosa, pero ganó en democracia, en pintoresquismo, y en gran medida,
en humanidad.
El espíritu libre,
que vaga más allá de los muros monásticos de la Hermandad, ahora sigue su
consecuencia natural y se esfuerza por trascender las reglas disciplinarias y
el formalismo ascético de los hinayanistas
Las reglas morales formuladas por el Buda a sus seguidores, al ser
convocados por las contingencias de la vida, se
referían en mayor o menor medida a lo
externo. Cuando el Buda permaneció con ellos como espíritu viviente de
la Hermandad, estas reglas fueron expresiones directas de la vida subjetiva;
mas con la desaparición del Buda se tornaron rígidas y no llegaron a
conformarse al espíritu interior de su autor, y los seguidores de la
Iluminación se rebelaron contra ellas, sosteniendo: "el espíritu que da
vida". Reclamaron perfecta libertad de espíritu, incluso de acuerdo a la
modalidad de los antinomianistas. Si el espíritu fuese puro, ningún acto corporal podría ensuciarlo; podría vagar
por doquiera quisiese con absoluta inmunidad. Incluso descendería al infierno,
si fuese necesario o expeditivo así hacerlo, en pro de la salvación de los
depravados. Pospondría indefinidamente el ingreso en el Nirvana si hubiese todavía
almas que salvar y
mentes que iluminar. Según la "letra que mata", a ningún budista se le permitía ingresar
en tabernas, ni familiarizar con pupilas de casas carentes
de respetabilidad; en pocas palabras, no se les permitía
pensar siquiera un instante en violar cualquiera de los preceptos
morales. Mas
a los mahayanistas se les permitía
toda clase de "recurso" o "argucia" si estaban iluminados y
con sus espíritus integralmente purificados. Ellos vivían en un reino que
estaba más allá del bien y del mal, y
mientras se mantuviesen allí, ningún acto de ellos podría clasificarse ni
juzgarse según la medida corriente
de la ética; no eran morales ni inmorales. Estos términos relativos carecían de aplicación en un
reino gobernado por espíritus libres, que se elevaban por sobre el mundo relativo de las diferencias y
oposiciones.
Este era un terreno muy resbaladizo para los mahayanistas. Estando realmente
iluminados y sumergidos en las honduras de la espiritualidad, todos sus actos
eran un acto creativo de Dios, mas en esta forma extrema de idealismo, no tenía
cabida la objetividad, y consiguientemente ¿quién podría distinguir entre libertinaje y espiritualidad? A pesar de esta trampa,
los mahayanistas estaban en
su derecho al seguir coherentemente todas las implicancias de la doctrina de la
Iluminación.
Resultó inevitable que se apartasen de la compañía
de los hinayanistas.
La doctrina de la Iluminación conduce a la intimidad de la propia
experiencia espiritual, que no
puede ser analizada intelectualmente sin implicar, en alguna medida,
contradicciones lógicas.
Aquélla
busca atravesar toda barrera de la inteligencia que pueda alzarse contra ella;
anhela la emancipación en toda forma; no sólo en la comprensión sino también en
la vida misma. De esa manera, los seguidores inescrupulosos de la Iluminación pueden
degenerar en adeptos
del libertinaje. Si los mahayanistas se hubiesen quedado aquí,
sin ver más allá, dentro de la naturaleza real del Prajñá, con seguridad
hubiesen corrido la suerte de los Hermanos del Espíritu Libre, pero supieron
cómo la Iluminación concreta su significado verdadero en el amor hacia todos
los seres y cómo la libertad del espíritu tiene su propio principio a seguir
aunque no se le imponga nada externo. Pues la libertad no significa ilegalidad, y no es propia destrucción y
aniquilación, sino creación, por su fuerza vital superior, de todo lo que es
bueno y bello. Esta creación es lo que los mahayanistas llaman "hábil ardid" (upáya-kausalya), por el que la Iluminación se une armónicamente al
amor. La Iluminación, concebida intelectualmente, no es dinámica, y se detiene
al iluminar el sendero que recorrerá el amor. Pero el Prajñá es más que
meramente intelectual, produce Karúna (amor o compasión), y con su cooperación
logra la gran finalidad de la vida: salvar a todos los seres de la Ignorancia,
las pasiones y la miseria. Entonces no conoce fin en idear toda clase de medios
para llevar adelante sus funciones teleológicas.
El Saddharma-Pundaríka considera
la aparición del Buda sobre la tierra y su vida en la historia como los
"hábiles ardides" de la salvación del mundo por parte del Ser Supremo
de la Iluminación Eterna. Sin embargo, esta creación deja de existir como
creación en su sentido perfecto cuando el creador toma consciencia de sus
implicancias teleológicas;22 pues existe entonces aquí una escisión
en su consciencia que controlará el afluir espontáneo del espíritu, y entonces
la libertad se perderá en su origen. Tales argucias, al asumir
consciencia de sus finalidades, no son más "hábiles ardides", y según
el Budismo no reflejan el perfecto estado de Iluminación. De manera que la
doctrina de la Iluminación ha de ser complementada con la doctrina del Ardid (upáya), o puede decirse que esta última
ha de evolucionar por sí desde el principio cuando se la concibe dinámicamente
y no como estado meramente contemplativo de la consciencia. Los budistas
primitivos ponían en evidencia la tendencia a considerar a la Iluminación como
esencialmente reflexiva o como un estado de tranquilidad. Alguna vez
convirtieron esto en algo muerto o completamente carente de creatividad. Sin embargo,
esto no reveló
todo lo contenido en la Iluminación. El elemento efectivo o volitivo que
22 A
este respecto no puede omitirse decir una palabra sobre lo que en Budismo se
conoce como el "acto carente-de- esfuerzo o carente-de-finalidad" (anúbhogacaryá) o "los votos
originales de carencia-de-finalidad" (anábhogapranidhána).
Esto corresponde, si lo juzgamos correctamente, a la idea cristiana, de no
permitir que la mano derecha srpa lo que hace la izquierda. Cuando el espíritu
alcanza la realidad de la iluminación, y como resultado, se purifica integralmente de toda mancha,
intelectual y afectiva, se desarrolla tan perfectamente que cuanto haga será
puro, desinteresado, y conducente al bienestar del mundo. Mientras seamos
conscientes de los esfuerzos que realizamos para vencer nuestros impulsos y
pasiones egoístas, hay una mancha de construcción y artíficiosidad, que
interfiere a la inocencia y libertad espirituales, y el amor, que es la virtud
genuina de un espíritu iluminado, no puede estructurar todo lo que está
implícito en él y que tiende a ejercitarse por la preservación de sí. Los
"votos originales" son el contenido del amor y empiezan a ser
operativos, anabhoga (sin finalidad),
sólo cuando la iluminación es realmente creativa. En esto es donde difiere la
vida religiosa de la mera moralidad, aquí es donde la mera enunciación de la
Ley de Causalidad (pratítya-samutpáda) no
constituye la vida budista, y es aquí donde el Budismo Zen mantiene su razón de ser contra
el alegado positivismo de la escuela hina-yánica y el alegado nihilismo de la escuela prajñá-paramítica.
impulsó al Buda a salir de su Ságaramudrá-Samádhi —samádhi
en el que se reflejó
todo el universo en su consciencia como la luna estampa su imagen sobre
el océano— se desarrolló ahora en la doctrina del Ardid. Pues la voluntad es
más fundamental que el intelecto y estructura el principio último de la vida.
Sin la voluntad "ideativa" y auto-reguladora,
la vida sería el loco despliegue de una mera fuerza ciega. El libertinaje de "un espíritu libre" se regula así, ahora,
para actuar en la gran obra de la salvación universal. Su
actividad creadora ideará todos los medios posibles por amor hacia todos los
seres animados e inanimados. El Dhyána es uno de aquellos ardides que
mantendrán a nuestras mentes en equilibrio y bien controladas por la voluntad.
El Zen es el resultado de la disciplina dhyánica
aplicada al logro de la Iluminación.
El
Zen y el Dhyána
El término "Zen" (ch'an
en chino), es una forma abreviada de Zenna
o Ch'anna, que es la versión china de
dhyána
o jhána, y por este solo hecho
es evidente que el
Zen tiene mucho que ver con esta práctica
llevada adelante desde los primeros
tiempos del Buda, y, en verdad, desde el principio de la cultura hindú. El
Dhyána se traduce generalmente como meditación y, hablando en general, la idea
es meditar sobre una verdad, religiosa o filosófica, de modo que ésta puede ser
integralmente comprendida y profundamente grabada en la consciencia interior.
Esto se practica en un lugar silencioso, fuera de todo el ruido y la confusión
del mundo. La literatura de la India abunda en estas alusiones; y
"sentarse solo, en un lugar silencioso, y consagrarse a la meditación
exclusivamente", es la frase que se halla por doquier en los Agamas.
La siguiente conversación entre Sandhana, un budista, y
Nigrodha, un asceta, registrada en el
Udambarika Síhanada Súttanta,23
arrojará mucha luz sobre el hábito del Buda. Dice Sandhana: "Mas el
Exaltado frecuenta los huecos
solitarios y alejados del bosque (donde
el ruido, donde el sonido difícilmente existe, donde soplan las brisas que
llegan de los pastos), pero escondidos de los ojos humanos, apropiados para la
auto-comunión." A esto responde el asceta vagabundo: "Mira ahora,
amo, ¿sabes con quién habla el Samana Gotama? ¿Con quién mantiene conversación?
¿Por intermedio de quién alcanza la lucidez de la sabiduría? La intuición del Samana Gotama es arruinada por su hábito de aislamiento.
No se halla cómodo dirigiendo una asamblea. No se inclina a la conversación. De
modo que se mantiene apartado de los demás, en lugares solitarios. Tal como una
vaca de un sólo ojo que, caminando en círculo, sigue sólo la orilla, así es el
Samana Gotama."
Asimismo, leemos
en el Sámañña-phala Sutta:24 "Entonces, el maestro de tan excelente cuerpo de preceptos
morales, dotado de esta tan excelente auto-represión de los sentidos, dotado de
este tan excelente contenido, escoge algún sitio solitario en su camino —en los
bosques, al pie de un árbol, en la ladera de una colina, en la hondonada de una
montaña, en una cueva rocosa, a la vera de un sepulcro, o sobre un fardo de paja, a campo abierto.
Y al regresar de allí, tras su recorrida en procura de
limosnas, se sienta, efectuada la comida, con las piernas cruzadas, manteniendo
erecto su cuerpo y con su inteligencia alerta y concentrada."
Además, en la época del Buda, parece que las discusiones sobre milagrería y sofisticación eran tarea principal de los ascetas,
vagabundos y metafísicos brahmánicos. De
manera que el Buda era acuciado con frecuencia a unirse a los
debates sobre cuestiones filosóficas y asimismo a realizar milagros para que el
pueblo abrazase su doctrina. El comentario de Nigrodha sobre el Buda demuestra
concluyentemente que el Buda desaprobó en gran medida el razonamiento huero,
consagrándose a las cosas prácticas y productoras de resultados, así como que
siempre estuvo fervorosamente enfrascado en la meditación, alejado del mundo.
Cuando Chien-ku, hijo de un
23 Diálogos del Buda,
Parte III, pág. 35. 86
24 Ibíd , Parte I,
pág. 82.
acaudalado comerciante de Nálanda, pidió al Buda que lo pusiese al frente de sus discípulos, el
Buda lisa y llanamente se rehusó, diciendo: "Mis discípulos están
instruidos para que se sienten en soledad, silenciosamente, y para que mediten con fervor sobre el Sendero.
Si tuviesen algo meritorio,
que lo oculten, y si tuviesen faltas, que las confiesen."25
Nunca es bastante una apelación a la comprensión analítica para
entender integralmente la intimidad de una verdad, en especial cuando
ésta es religiosa, y la mera
compulsión mediante una fuerza externa tampoco es adecuada
para producir en nosotros una transformación espiritual.
Debemos
experimentar en nuestra cons-ciencia más íntima todo lo quo está implícito en
una doctrina, cuando podamos no sólo entenderla sino también ponerla en
práctica. Entonces no habrá discrepancia entre el conocimiento y la vida. El Buda supo esto muy bien, y
se esforzó por producir conocimiento de la meditación; vale decir, hacer que la sabiduría creciese
de la experiencia personal y
espiritual. Por tanto, el método budista para la liberación consistió en la
disciplina triple: reglas morales (síla), tranquilización (sa-mádhi), y sabiduría (prajñá). Mediante el Síla, la propia conducta se regula exteriormente, mediante el Samadhi se alcanza
la quietud, y mediante el Prajñá tiene lugar la comprensión real. De
ahí la importancia de la meditación en el Budismo.
El hecho de que esta disciplina triple fuese unos de los rasgos
más característicos del Budismo desde los tiempos primitivos, se halla bien
atestiguado por la circunstancia de que la fórmula siguiente, extraída del Maháparinibbána-Sutta, se cita
repetidamente en el Sútra como si fuese un tópico discutido a menudo por el
Buda para edificación de sus seguidores: "Tal y tal es conducta recta (síla); tal y tal es contemplación
fervorosa (samádhi); tal y tal es
inteligencia (prajñá). Grande llega a
ser el fruto y grande el beneficio del intelecto cuando se rodean de fervorosa
contemplación. La mente rodeada
de inteligencia se libera totalmente de las intoxicaciones (ásrava); vale
decir, de la intoxicación del devenir (Abháva), de la intoxicación de la
ilusión (drishti), de la intoxicación
de la ignorancia (avidyá)." 25*
El Samádhi y el dhyána
son, en gran proporción, sinónimos e intercambiables,
pero estrictamente, el samádhi es un estado psicológico realizado mediante el
ejercicio del dhyána. Este último es el proceso y el primero es la meta. Las
escrituras budistas se refieren a múltiples samádhis, y antes de pronunciar un
sermón, el Buda entra por lo general
en samádhi,26 pero pienso que nunca
en dhyána. Este es practicado y ejercitado. Pero con frecuencia, en la China,
el dhyána y el samádhi se combinan para crear una sola palabra, ch'an-ting, que significa un estado de
quietud, alcanzado mediante el ejercicio de la meditación o dhyána. Hay algunos
otros términos análogos a estos dos, que se concilian con la literatura budista
al igual que con otros sistemas religiosos hindúes. Son: Sampatti (unión); Samáhita (recogimiento del pensamiento); Samatha (tranquilización); Cittaikágratá (concentración); Drishta-dharmasukha-vihára (inmanencia en la bienaventuranza de la Ley percibida); Dhárani o Dhárana (abstracciones); etc. Todos se conectan con la idea central del dhyána, que consiste en tranquilizar la turbulencia de las pasiones
auto-afirmativas y en provocar
un estado de identidad absoluta en el que la verdad se capta en su intimidad;
vale
25 El texto pali correspondiente a este Sútra chino del Dírgha-Agama es el Kevaddha Sutta, pero falta el pasaje citado
aquí. Ver también el Lohicca (Lou-ché)
y el Sámañña-phala en los Agaroas
chinos, en los que el Buda narra cómo
la vida esencial de un recoleto consiste en la realización de la iluminación y
la destrucción de las malas pasiones. La aplicación constante, la concentración
fervorosa y la constante vigilia: sin éstas, ningún budista podría esperar la
obtención de la finalidad de su vida.
25* La
versión es de Rhys Davids, quien declara en nota de pie de página: "La
palabra que aquí traduje como 'contemplación fervorosa' es el Samádhi, que en
los Cinco Nikáyas ocupa casi la misma posición que la fe en el Nuevo
Testamento, y esta parte muestra que la importancia relativa
del Samádhi, Paññá y Síla desempeñó
un papel en el Budismo primitivo, así como la distinción entre fe, razón y obras, efectuada después
en la teología occidental.
Sería difícil hallar un pasaje en el que el criterio budista dela relación
entre estas ideas conflictivas se
exprese con mayor belleza de pensamientos, o con igual forma sucinta."
¿Pero, por que conflictivas?
26 En el Maháyutpatti se enumeran ciento ocho samádhis.
Por doquier leemos sobre "innumerables samádhis". Los hindúes fueron grandes
adeptos de este ejercicio, y se refieren
a menudo a muchos maravillosos logros espirituales.
decir, un estado de Iluminación. Es asimismo evidente
la tendencia analítica
de los filósofos en este
sentido cuando distinguen cuatro o cinco clases de dhyána.27
El primer dhyána es un ejercicio en el que la mente se hace
concentrar sobre un sólo objeto hasta que todos los burdos elementos afectivos
se desvanecen de la consciencia, excepto los sentimientos serenos de júbilo y
paz. Pero el intelecto sigue aún activo, el juicio y la reflexión operan sobre
el objeto de la contemplación. Cuando también se sosiegan estas operaciones
intelectuales y la mente se concentra simplemente en un sólo punto, se dice que
alcanzamos el segundo dhyána, pero los sentimientos de júbilo y paz todavía
están allí. En la tercera etapa del dhyána, se obtiene la serenidad perfecta,
a medida que se ahonda la
concentración, pero las más
sutiles actividades mentales no se desvanecen y al mismo tiempo subsiste un
sentimiento gozoso. Cuando se alcanza la cuarta y última etapa, desaparece
incluso este sentimiento de íntimo gozo, y lo que ahora prevalece en la
consciencia es la perfecta serenidad de la contemplación. Son controlados todos
los factores intelectuales y emotivos, proclives a perturbar la tranquilidad espiritual; y la mente,
en absoluta compostura, permanece absorta en la
contemplación. En esto tiene lugar un equilibrio plenamente ajustado entre
Samatha y Vipasayana; vale decir, entre la tranquilización o cese y la
contemplación.
En toda la disciplina budista se busca siempre esta armonía.
Pues cuando la mente se vuelve hacia un curso u otro, se torna demasiado pesada
(styánam) o demasiado entregada a la
contemplación. El ejercicio espiritual debe ser gobernado hacia
adelante, sin el obstáculo de una
ni otra tendencia; ambas deben chocar contra el sendero medio.
Además, hay cuatro etapas del dhyána, llamadas
"Arúpa-vimoksha", practicadas por quienes trascendieron la última
etapa del dhyána. La primera consiste en contemplar la infinitud del espacio, sin la perturbación de la multiplicidad de la materia;
la segunda, consiste
en contemplar la infinitud de
la consciencia, en contraposición a
la primera; la tercera tiende
a ir más allá de la
diferencia entre el espacio y el pensamiento; y la cuarta consiste en eliminar
incluso esta consciencia de indistinción; en estar, de esa manera,
completamente libre de cualquier rastro de intelección analítica. Además de
estos ocho ejercicios Samapatti ("unión"), denominados así
técnicamente, el Buda a veces se refiere a otra forma de meditación considerada
claramente budista. Esto contrasta más o menos definidamente con lo precedente
al no ser tan exclusivamente intelectual sino parcialmente efectiva, pues
aspira a poner coto plenamente a la operación del Samjñá (pensamiento) y del
Vedita (sensación); vale decir, de los elementos esenciales de la consciencia.
Es casi un estado de muerte, de extinción total, excepto que en éste se tiene
vida, calor, y los órganos sensorios en perfecto estado. Pero de hecho es
difícil distinguir este Nirodha-vimoksha (liberación mediante cese) del último
estado de meditación Aruppa (o Arúpa); en ambos la consciencia deja de
funcionar hasta en sus actos más simples y fundamentales.
Sea esto lo que fuere, es evidente que el Buda, y los demás
líderes hindúes del pensamiento, se esforzaron por hacer que sus discípulos
captasen en sí mismos el contenido de la Iluminación por medio del dhyána, o la
concentración. Así se les hizo progresar en forma gradual desde un ejercicio
comparativamente simple hasta la etapa suprema de la concentración en la que el
dualismo de la Unidad y la Multiplicidad se desvaneciese hasta el punto de un
total cese mental. Aparte de estos ejercicios
espirituales generales, el Buda dijo varias veces
a sus seguidores que meditasen
sobre tales temas28 que los convertirán en amos de sus pasiones perturbadoras y
de sus marañas intelectuales.
Ahora podemos
ver cómo el Zen desarrolló este sistema de ejercicios espirituales. El Zen adoptó
la
27
Esta serie de dhyánas también fue adoptada por los budistas, en especial los hinayanistas. Sin duda, el concepto mahayánico del dhyána deriva, o más bien
evolucionó, de aquélla, y cuánto difieren de los dhyánas hinayánicos se apreciará después, a medida que avancemos. La descripción detallada de estos dhyánas
se da en los Agamas;
ver por ejemplo el Sámañña-phala Surta, en el
que se discuten los frutos
de la vida de un recoleto. Estos ejercicios mentales no fueron estrictamente budistas; fueron enseñados y practicados en mayor o menor medida
por todos los filósofos y mendicantes hindúes. Sin embargo,
el Buda no se contentó
con ellos, porque
no procurarían el resultado que ansiaba
obtener; vale decir, no conducían a la iluminación. He aquí la razón de porqué abandono
a estos dos viejos maestros, Arada y Udraka, con los que
iniciara su vida lejos del hogar.
28 Por
ejemplo, los diez tópicos' de meditación son: Buda, Dharma, Sangha, Moralidad,
Caridad, Cielo, Serenidad, Respi- ración, Impermanencia y Muerte. Los cinco tópicos
de tranqui-lización son: Impureza, Compasión, Respiración, Originación
y Buda. Los cuatro tópicos de recogimiento son: Impureza del Cuerpo, Males de
los Sentidos, Cambio Constante del Pensamiento, y Transitoriedad de la
Existencia.
forma
externa del dhyána como el método más práctico de concretar la finalidad en
vista, pero en cuanto a su propia modalidad de interpretar el espíritu del
Buda. El dhyána practicado por los budistas primitivos no estaba plenamente de
acuerdo con el objeto del Budismo, que no es otro que la obtención de la Iluminación y su demostración en la propia vida cotidiana. Eliminar la consciencia de modo que nada perturbe la
serenidad espiritual era un estado mental demasiado negativo como para que lo
buscasen quienes aspiraban a desarrollar el contenido positivo de la propia
mente iluminada del Buda. La tranquilización no era la finalidad real del
dhyána, como tampoco la absorción del ser en un samádhi fue e1 objeto de la
vida budista. La Iluminación había de encontrarse
en la vida misma, en sus expresiones más plenas y libres, y no en su cese.
jQué fue lo que hizo
que el Buda pasase toda su vida en peregrinación religiosa? ¿Qué lo impulsó a
sacrificar su propio bienestar, de hecho toda su vida, por el bien de sus
semejantes? Si el dhyána careciese de objeto positivo, excepto el de pacificar
las pasiones y gozar de la absorción en el inconsciente, ¿por qué el Buda abandonó su asiento bajo el árbol bódhico y salió hacia el mundo? Si la
Iluminación fuese un mero estado negativo de cese, el Buda no habría hallado en
sí impulso alguno que lo acuciase a su ejercicio por medio de los demás. Los
críticos olvidan a menudo este hecho cuando procuran
entender el Budismo,
simplemente, como un sistema doctrinario como el que registran los Agamas y la literatura
budista pali. Como dije antes, el Budismo es asimismo un sistema construido por sus discípulos sobre la personalidad del mismo Buda,
en el que se afirma más definidamente el espíritu del
Maestro. Y esto es lo que intentó el Zen a su modo: desarrollar la idea de la
Iluminación más profunda, positiva y comprensivamente,
mediante la práctica del dhyána y de
conformidad con el espíritu del Budismo en general, en el que la vida se
afirmará, purificada de sus impulsos ciegos y santificada mediante la intuición
de sus valores reales.
El Zen y el Lankávatára
De los muchos Sútras introducidos en China desde el siglo I de nuestra era, el único en el que los principios del Zen están
expuestos más expresiva y directamente que cualquier otro, al menos
ateniéndonos a los existentes en la época de Bodhidharma, es el Lankávatára Sútra. El Zen, como lo
afirman con justicia sus seguidores,
no basa su autoridad en documentos escritos, sino que apela directamente a
la mente iluminada del Buda. Rehusa hacer algo exteriorizadamente, en todas sus
variadas modalidades; incluso los Sútras y todos aquellos resabios literarios,
comúnmente considerados sagrados y provenientes directamente de labios del
Buda, son descartados, como ya vimos, por no tocar los hechos íntimos del Zen.
De ahí su referencia al diálogo místico entre el Iluminado y Mahákásyapa sobre
un ramo de flores. Pero Bodhidharma, fundador del Zen en la China, entregó el Lankávatára a su primer discípulo chino,
Hui-k'é, como la única literatura existente en aquella época en la China, en la
que se enseñaban los principios del Zen.
Cuando el Zen enfatiza incondicionalmente sobre la propia
experiencia inmediata como hecho final sobre la cual se establece, bien puede
ignorarse todas las fuentes escriturales como completamente inesenciales para su verdad;
y apoyados en este principio, sus seguidores mucho descuidaron el estudio del Lankávatára. Mas para justificar la
posición del Zen ante aquellos que aun no la captaron pero que desean aprender
algo a este respecto, puede citarse una autoridad externa y recurrirse a argumentos conceptuales en armonía perfecta
con su verdad. He aquí por
qué Dharma escogió este Sútra entre los muchos existentes en la China de su
tiempo.
Debemos acercarnos al Lankávatára
con esta disposición mental.
Todavía hay en existencia tres traducciones chinas del Sútra.
Había una cuarta, pero se perdió. La primera, en cuatro tomos, la preparó
Cunabhadra durante la dinastía
Lu-Sung (443 d. C.); la segunda, en
diez tomos, es producto de la pluma de Bodhiruci, de la dinastía Yüan-Wei (513
d. C.); y la tercera, en siete tomos, es de Sikshánanda, de la dinastía T'ang
(700 d. C.). La citada en último término es la más fácil de entender y la
primera, la más difícil, y fue ésta, la más difícil, la que Dharma entregara a
su discípulo Hui-k é, como conteniendo la "esencia de la mente". En
forma y contenido traducción refleja el texto primitivo del Sútra, y en están
escritos todos los comentarios con los que a actualidad contamos en el Japón.
Las características especiales de este Sútra, que lo distinguen de los demás escritos
mahayánicos son, para expresar lo máximo, dignos de nota:
primero, porque el tónico central no está desarrollado sistemáticamente en la
mayoría de los demás Sútras, pues todo el libro es una serie de notas de
extensión diversa; en segundo lugar, porque el Sútra está exento de fenómenos
supernaturales en su totalidad, y
está lleno de profundas ideas filosóficas y religiosas concernientes a la
doctrina central del Sútra, que son muy difíciles de comprender, debido a la concisión expresiva
y a
la naturaleza abstrusa
del tópico central;
en tercer término,
porque está en forma de diálogos,
exclusivamente, entre el Buda y el Bodhisattva Mahamati, mientras en los demás
Sútras mahayánicos las figuras
principales son, por lo general, más de uno, además del Buda, que se dirige a ellos por turno; y por último,
porque no contiene
Dháranís ni Mantrams, aquellos signos y
fórmulas mágicos, que se supone tienen poder milagroso. Estas peculiaridades
son bastantes como para hacer que el Lankavatara
ocupe un puesto único en toda la tradición de la escuela mahayánica.
En esta caracterización del Lankavatara
Sútra me refiero al primer texto chino de Gunabhadra. Los dos últimos
tienen el agregado de tres nuevos capítulos: uno de ellos, que forma el primer
capítulo, es una especie de introducción a todo el Sútra, dando la idea
principal de lo que se discute en el cuerpo del texto mismo; los dos restantes
se añaden al final. De éstos, uno es una breve colección de Dháranís, y el
otro, que es la conclusión, se conoce como el capítulo del Gáthá, escrito
totalmente en verso, resumiendo el contenido de todo el Sútra. Sin embargo, no
hay párrafo alguno que componga la "terminación regular" en la que
toda la congregación se une loando al Buda y dando seguridades de la observancia de sus instrucciones. No hay duda que estos tres
nuevos capítulos son de incorporación posterior.
La tesis principal del Lankávatára
Sutra es el contenido de la Iluminación; vale decir, la propia experiencia interior del Buda (pratyátmagati) concerniente a la gran verdad
religiosa del Budismo mahayánico. La mayoría de los lectores
del Sútra, singularmente, no llegaron a advertir esto, y afirman que
principalmente explica los Cinco Dharmas, las Tres Características de la Realidad
(svabháva), las Ocho Clases
de Consciencia (vijñá-na)
y las Dos Formas de No-
Ego (nairátmya).
Es verdad que el
Sútra refleja la escuela psicológica del Budismo por la que abogaran
Asanga y Vasubandhu, cuando, por ejemplo, se refiere al Alayavijñána
como reservorio de todas las simientes kármicas; mas éstas y otras referencias
no constituyen, de hecho, el pensamiento central del Sútra; se las emplea
meramente para explicar la "noble comprensión de la experiencia interior
por parte del Buda" (pratyátmáryajñána).
Por tanto, cuando Mahamati concluye su alabanza de las virtudes del Buda
ante toda la asamblea en la cima del Monte Lanká, el Buda se define en grado sumo en su declaración sobre el tema principal de su discurso acerca de este Sútra. Sin
embargo, citemos primeramente la canción del Bodhisattva Mahamati, puesto que ella resume,
de modo conciso y definido,
toda la esencia del Budismo mahayánico, y al mismo
tiempo ilustra mi afirmación relativa a la unión de la Iluminación y el Amor.
El
himno dice así:
"Cuando pasaste
revista al mundo con tu sabiduría y compasión, semejaste la flor etérea,
de la que no puede decirse
si es creada o evanescente, pues las categorías del ser y del no-ser no se le
aplican.
"Cuando pasaste
revista a todas las cosas con tu sabiduría y compasión, fueron
como visiones, más allá del alcance de la mente
y la consciencia, pues las categorías del ser y del no-ser
no se le aplican.
"Cuando pasaste revista al mundo con tu sabiduría y compasión, eso eternamente semejó
un sueño, tal que
no podemos decir si es permanente o está sujeto a destrucción, pues las
categorías del ser y del no- ser no se le aplican.
"En el Dharmakáya, cuya auto-naturaleza es una visión
y un sueño, ¿qué hay que alabar?
La
existencia real existe donde no surge pensamiento de naturaleza ni no-naturaleza.
"De aquel cuya apariencia está más allá de los sentidos y de los objetos sensorios, y que no ha de ser
visto por ellos ni en ellos, ¿cómo puede predicarse alabanza o culpa, oh Muni?
"Con tu sabiduría y compasión, que realmente desafían
todas las calificaciones, comprendes la
naturaleza desinteresada de las cosas y estás eternamente limpio de pasiones y
del obstáculo del conocimiento.
"No te desvaneces en el Nirvana,
ni mora el Nirvana en ti; pues esto trasciende el dualismo de lo
iluminado y la iluminación al igual que las alternativas del ser y del no-ser.
"Quienes ven al Muni, tan sereno y más allá del nacimiento, están separados de los anhelos
y permanecen puros en esta vida y después."
Después de esto, el Buda dice: "Hijos del Jina, me
preguntáis algo que creéis corresponde plantear. Os hablaré del estado de mi logro interior (pratyát-magatigo-caram." Esto
es concluyente; nada queda
por discutir acerca del tema del Lankávatára.
Los cinco Dharmas, las tres Características, etc., sólo se refieren,
durante la exposición del Buda, al tópico principal.
Las
dos últimas traducciones, que, como dijimos antes, contienen algunos capítulos
extras, están divididas, una en diez y la otra en dieciocho capítulos, mientras
la primera, de Gunabhadra, sólo se desarrolla en un capítulo para todo el
libro: "Lo Esencial de todas las palabras del Buda." El primer
capítulo extra, que no se halla en el texto de Gunabhadra, se destaca
porque esboza todo el Sútra en forma de diálogo entre el Budu y Rávana, Señor de los Yakshas, en la Isla de Lanká. Cuando el Buda, al salir del palacio del Naga, contempla el castillo de Lanká, sonríe
y observa que éste fue el lugar donde todos los Budas del
pasado predicaron sobre la excelente comprensión de la Iluminación, realizada
en la consciencia íntima de aquellos, la cual se halla más allá del análisis lógico y no es un estado mental alcanzable por el Tírthya, Srávaka o Pratyckabuddha. Luego, el Buda añade que,
por esta razón, será propuesto el Dharma a Rávana, Señor de los Yakshas. En
respuesta a ello, este último, efectuando toda clase de valiosas ofrendas al
Buda, canta en loor de su intuición y virtudes: "Oh Señor, instrúyeme
sobre el sistema doctrinal basado en la auto- naturaleza de la mente;
instrúyeme sobre la doctrina del no-ego, libre de prejuicios y manchas, sobre
la doctrina revelada en su consciencia más recóndita."
Al final de este capítulo, el Buda ratifica su doctrina de
captación íntima, que es la Iluminación: "Semeja ver la propia imagen en
un espejo o en el agua; semeja ver la propia sombra a la luz de la luna o de
una lámpara; además, semeja escuchar la propia voz, resonando en el valle:
debido a que el hombre se apega a sus propias falsas presunciones, discrimina
erróneamente entre la verdad y la falsedad, y debido a esta falsa
discriminación, no llega a trascender el dualismo de los opuestos, y en verdad
abraza la falsedad, y no puede alcanzar la tranquilidad. Por tranquilidad se
entiende la unidad de propósito (o unidad de las cosas), y por unidad de propósito se entiende el ingreso en el más excelente samádhi,
por el que se produce
el estado de noble comprensión de la auto-realización, que es el
receptáculo del Estado del Tathágata (tathágatagarbha)."
Por estas citas podemos apreciar fácilmente por qué Bodhi-Dharma
recomendó la especial lectura de este Sútra por parte de sus discípulos. Mas a
fin de grabar mejor en el lector la gran importancia del Laiikávatára Sútra, en el estudio histórico del Zen de la India y de la China, cito
unos pocos pasajes más, que demuestran cómo la doctrina de la auto-realización
está desarrollada en el Sútra.
Según el autor,
el anuttara-samyak-sambodhi alcanzado
por el Muní de los Sákyas, por el que se convirtió en el Buda, se logra
trascendiendo las ideas de ser y no-ser (násy-asti-tikalpa).
Al ser éste el error fundamental —abrigar el dualismo— debe desembarazarse
do él, como primer paso necesario para alcanzar el estado de auto-realización.
El error deriva de no percibir la verdad de que todas las cosas son vacías (súnya), increadas (anutpáda), no-dualistas (advaya), y carecen de caracteres
inmutablemente individualistas (nihsvab-hávalakshana).
Con el vacío de las cosas se señala principalmente que, al ser la
existencia de éstas tan integral y
mutuamente condicionante, en ninguna parte obtiene la falsa noción de
individualidad distintiva, y que cuando el análisis se lleva hasta su
consecuencia lógica, no existe nada que separe un objeto de otro de un modo
final; por lo tanto, dice el Sútra: "Sva-para-ubhaya-abhávát" (no
existe uno, ni otro, ni ambos). En segundo lugar, las cosas son increadas,
porque no son auto-creadas, ni son creadas por un medio externo. En tercer
lugar, como la existencia de las cosas es recíprocamente
condicionante, el concepto dualista del mundo no es último, y de esa manera se
trata de un
error, debido a esta equivocada discriminación (vikalpa) de buscar al Nirvana fuera del Samsára (nacimiento y
muerte) y al Sarnsára fuera del Nirvana. En cuarto lugar, este principio
recíproco significa la negación de la individualidad como realidad absoluta,
pues no existe nada que mantenga absolutamente su individualidad por sobre todas las condiciones de la relatividad o
del devenir mutuo; de hecho, ser es devenir.
Por estas razones, sólo podemos comprender la verdad de la
Iluminación trascendiendo el primer estado intelectivo, que, según el Lankávatára, es el Parikalpa, o Vikalpa
(discriminación). La advertencia contra este Vikalpa,
que es la tendencia analítica de la mente, o digamos, la disposición
fundamentalmente dualista de la consciencia, es el estribillo constante del
Sútra, mientras que, por otro lado, nunca deja de subrayar la importancia de la
auto- realización, alcanzada al vencer esta tendencia fundamental.
De manera que, trascendiendo la condición intelectual, se logra
el Paramárthasatya, que es la verdad última, y que subjetivamente constituye el
Pratyátmajñana; asimismo, es la ley eternamente inmanente del universo (pauránasthiti-dharmatá). Esta verdad,
íntimamente lograda, tiene muchos nombres, como se aprecia en las diversas
relaciones en que se refiere a las
actividades humanas, morales, espirituales, intelectuales, prácticas y
psicológicas. El "Bodhi" es la iluminación y se emplea muy
genéricamente, tanto en la literatura mahayánica
como hinayánica, para designar a
la mente en la que la Ignorancia está completamente eliminada; el Tathatá
(talidad) o el Bhútatá (realidad) es metafísico. El Nirvana es concebido como
estado espiritual en el que se aquieta todo disturbio pasional; el
Tathágatagarbha es más psicológico que ontológico; el Citta se usa como
perteneciente a la serie de términos mentales tales como Manas, Manovijñána, y
otros Vijñánas, y no siempre es sinónimo de Bodhi o Pratyátmajñana, a no ser que
se lo califique con adjetivos de pureza; el Súnyatá es un término negativo y
definidamente epistemológico, y los eruditos budistas, en especial los de la
escuela prajñá-paramítica, mostraron mucha predilección por este término,
y vemos que el Lankávatára
también se complujo en su utilización. Sin embargo, huelga decir que estos
sinónimos sólo son útiles como señales indicadoras del camino hacia el
contenido de la auto-realización.
Además de esto, tenemos dos o tres frases, repetidas con mucha
frecuencia, para caracterizar la idea central del texto mahayánico. De hecho, cuando el sentido de estas frases se capta
junto con el discurso psicológico del
Citta y del Vijñána, se torna transparente toda
la filosofía del Zen, tal como se la expone, y con ello, la tendencia general
del pensamiento mahayánico .Lasfrases
son: "Vág-vikalpa-ahita", o
"vág-akshara-prati-dfodpanam
vinihata", e "sásvata-uccheda-sad-asad-
drish-tt-vívariita" Con éstas se saluda
muy frecuentemente al lector en el Sútra. La
primera frase y la segunda significan que el contenido interior de la noble comprensión se halla más allá del
alcance de las palabras y del
razonamiento analítico, y la tercera frase dice que la verdad última no ha de
hallarse en el eternalismo, ni en el nihilismo, ni en el realismo, ni en el
no-realismo.
El Sútra a veces llega a esto: "Oh Mahámati, debido a que
los Sútras son predicados a todos los seres de acuerdo con sus modalidades de
pensamiento, y no dan en el blanco en lo concerniente al sentido verdadero; las palabras no pueden restablecer la verdad tal corno es. Es como espejismo, por el cual los animales, engañados,
juzgan erróneamente la presencia de agua donde en realidad no la hay; aun así,
todas las doctrinas de los Sútras tienden a satisfacer la imaginación de la
noble comprensión. Por tanto, oh Mahámati, acomódate al sentido, y no acapares palabras ni doctrinas."29
El
significado de estos adjetivos y frases, es que no es posible ninguna
interpretación conceptual de la Iluminación o auto-realización, y que la comprensión debe surgir de nuestra
conciencia íntima, con independencia de la doctrina escritural o de cualquier
otra ayuda. Pues todo lo que se necesita para
conducirnos al logro
del Pratyátmáryajñána está dentro de nosotros mismos,
sólo que se trata de
un estado de confusión debido al juicio erróneo (vikalpa) albergado e infuso (vasana)
en la mente desde el tiempo sin inicio. Requiere confirmación o transmisión
directa y personal de los Budas, pero
hasta estos últimos son incapaces de despertarnos hacia un sublime estado de Iluminación, a
no ser que concentremos nuestros esfuerzos espirituales en la obra de la
auto-emancipación. Por tanto, el Sútra recomienda la meditación (dhyána) al igual que los medios para
alcanzar la verdad de la consciencia más íntima.
29 Lankávatám, Edición Nanjó,
pág. 77.
Sin embargo, la idea del dhyána, como está explicada en el Lankávatara, difiere de lo que
generalmente conocemos en la literatura hinayánica?30 vale decir de aquellas clases de
dhyána mencionadas en la primera parte de este ensayo. El Sútra distingue
cuatro dhyánas: el primero es practicado por los que carecen de instrucción .(bálopacárika), tales como los
Srávakas, los Prat-yekabuddhas, y los devotos del Yoga. Estos
fueron instruidos en la doctrina
del no-átman, y respecto del mundo como impermanente, impuro y productor
de sufrimiento; siguen persistentemente estos pensamientos hasta realizar el
samádhi de la extinción del pensamiento.
El segundo dhyána se designa como "revisor de afirmación" (artha-pravicaya), con lo que se indica
un examen intelectual de las afirmaciones o proposiciones, budistas o
no-budistas, tales como "Cada objeto tiene sus marcas individuales",
"No hay Atman personal", "Las cosas son creadas por un medio
externo", o "las cosas
están mutuamente determinadas"; y después del examen de estos temas, el
practicante de este dhyána vuelve su pensamiento sobre la no- atmanidad de las cosas (dhar-manairátmya)
y sobre los rasgos característicos de las diversas etapas (bhúmi) del
Estado Bodhissátvíco, y finalmente, de acuerdo con el sentido
allí implícito, prosigue su
examen contemplativo. El tercer dhyána se llama "Apegarse a la
Talidad" (tathatálambana), por
lo que se comprende que la discriminación de las dos formas de no- atmahidad todavía se debe a una
especulación analítica y que cuando las cosas se perciben verazmente (yathábhútam), tal análisis no es
posible, pues entonces sólo se obtiene la unidad absoluta. El cuarto y último es el Tathágata-dhyána". Con éste se ingresa en la etapa del Estado Búdico en la que se disfruta de la
triple beatitud perteneciente a la noble comprensión de la auto-realización y
se cumplen actos maravillosos en favor de todos los seres sensibles.
En estos dhyánas observamos una perfección gradual de la vida
budista, que culmina en la suma perfección espiritual del Estado Búdico, que
está por encima de todos los estados intelectuales, y más allá del alcance de
la consciencia relativa. Aquellos actos maravillosos e impensables (acintya), surgidos de la libertad
espiritual, se llaman técnicamente "actos cumplidos sin sentido de utilidad"
(anábhogacaryá'), o "actos sin propósito" como se refiere
en otra parte, y significan la perfección de la vida budista.
De esa manera, el Lankávatára
fue transmitido por el Bodhidharma a su primer discípulo Hui-w'é, como el documento
más esclarecedor sobre
la doctrina Zen. Pero el desarrollo del Zen
en la China no siguió naturalmente la
línea indicada en el Sútra, vale decir, según la modalidad
hindú; el suelo en el que se trasplantó el dhyána del Lankávatára no favoreció su crecimiento, del mismo modo que como
ocurrió en el clima original. El Zen estaba inspirado por la vida y espíritu
del dhyána del Tathágata, pero creó su propia modalidad de manifestación. En
verdad, fue ahí donde demostró su maravilloso poder de vitalidad y adaptación.
30 Sin embargo, en el Samyukta Agaraa,
fascículo XXXIII, pág. 93b. (Anguttara-Nikáya, XI, 10), hay un Sútra que trata sobre
el verdadero dhyána
(éjámyajhaña) que
ha de distinguirse del dhyána
no ejercitado (khalunkajhaña). Este último es comparado a un caballo mal disciplinado,
guardado en un establo, que no piensa en sus deberes sino solamente en el
forraje de que disfruta. De modo parecido, nunca pueden practicar exitosamente
el dhyána quienes emprenden el ejercicio por mera satisfacción de sus objetivos
egoístas; pues nunca llegarán a entender la verdad tal cual es. Si se desea
la emancipación y el verdadero
conocimiento, deben eliminarse la ira, la modorra, la inquietud y la
duda, y entonces puede alcanzarse el dhyána, que no depende de ninguno de los
elempntos, del espacio, de la consciencia, de la nada, ni de lo impensable; el
dhyána no depende de este mundo ni de aquel mundo, ni de los cuerpos celestes,
ni de oír, ver, recordar ni reconocer; el dhyána no depende de las ideas de
apego ni búsqueda; el dhyána no guarda conformidad con el pensamiento ni la
contemplación. Entonces e! "verdadero dhyána", como lo describe este
Sútra de los Nikáyas, es más del Maháyána <lDe del denominado Hinayána.
102
La Doctrina
de la Iluminación, como Zen, en la China
Para entender cómo la doctrina de la Iluminación o
auto-realización llegó a traducirse
en la China como Budismo Zen, debemos ver primero en qué varía la mente china
de la hindú, en general. Una vez hecho esto, el Zen se presentará como un
producto naturalísimo del suelo chino, en el que el Budismo fue trasplantado
exitosamente a pesar de muchas condiciones adversas. Entonces, a grandes
rasgos, los chinos están por encima de todos los pueblos muy prácticos, mientras
los hindúes son visionarios y altamente especulativos. Tal vez no podamos
juzgar a los chinos como inimaginativos y carentes de sentido dramático, pero
cuando se los compara con los habitantes de la tierra natal del Buda, parecen
tan grises, tan sombríos...
Los
rasgos geográficos de cada país se reflejan singularmente en el pueblo. ¡La
exuberante imaginación tropical contrasta con tanta vivacidad con la lúgubre
frigidez de la practicidad común! Los hindúes son sutiles en el análisis y
encandilantes en fulgor poético; los chinos son criaturas de la vida terrena,
trabajan mucho y pesadamente, pero no se remontan por los aires. Su vida
cotidiana consiste en cultivar el suelo, en juntar las hojas secas, en acarrear
agua, en comprar y vender, en ser filiales, en observar los deberes sociales,
en desarrollar un elaboradísimo sistema de cortesía. Ser práctico significa, en
un sentido, ser histórico, observando el progreso del tiempo y registrando sus
huellas a medida que quedan detrás. Los chinos muy bien pueden ufanarse de ser
grandes documentadores, en contraposición a los hindúes, con su carencia de
sentido del tiempo. No satisfechos con los libros impresos en papel y con tinta, los chinos llegaron
a grabar profundamente sus acciones en la piedra,
desarrollando un arte litográfico especial. Este hábito de
registrar los acontecimientos desarrolló su literatura, y son sumamente
literarios y nada inclinados a la guerra; aman una vida pacífica, de cultura.
Su debilidad consiste en que ansían sacrificar los hechos en beneficio de los
efectos literarios, pues no son muy exactos y científicos. El amor hacia la
delicada retórica y las bellas expresiones ahogó con frecuencia su sentido práctico, pero aquí también se halla su
arte. Bien reprimida incluso en esto, su sobriedad nunca alcanza aquella forma
fantástica que encontramos en la mayoría de los textos mahayánicos.
Los chinos son grandiosos en
muchos sentidos; su arquitectura es ciertamente grande; sus logros literarios
merecen el agradecimiento del mundo, pero la lógica es uno de sus puntos
fuertes; no lo son, en cambio, su filosofía ni su imaginación. Cuando el
Budismo, con toda su dialéctica e imaginería característicamente hindúes fue
introducido por primera vez en la China, debe haber hecho tambalear la mentalidad china. Mire sus dioses con muchas cabezas y brazos,
algo que jamás entró en sus mentes, de hecho en la de ninguna otra nación que no fuera la de los hindúes.
Piense en la riqueza de
simbolismo de la que todos los seres de la literatura budista parecen estar
dotados. El concepto matemático del infinito, el plan bodhissátvico de la
salvación del mundo, el maravilloso proscenio antes que el Buda inicie sus
sermones, no sólo en sus perfiles generales sino también en sus detalles
—audaces, pero precisos, remontándose en vuelo, pero seguros en cada uno de sus
pasos— éstos y muchos otros rasgos deben haber sido cosas de maravilla para el
pueblo chino, práctico y afanado sobre la tierra.
Una cita de un Sútra mahayánico
convencerá a los lectores sobre la diferencia entre las mentes hindú y
china, con respecto a sus poderes imaginativos. En el Saddharma-pundanka, el Buda desea instruir
a sus discípulos sobre al lapso transcurrido desde que lograra
su Iluminación Suprema; no
sólo afirma que es un error pensar que su Iluminación tuvo lugar incontables
años atrás bajo el árbol bódhico, en
la ciudad de Gaya; tampoco dice, de
modo genérico, que eso sucedió épocas atrás, lo cual es muy probablemente la
modalidad china, sino que describe de modo muy analítico en qué época tan
remota llegó a la Iluminación.
"Pero, jóvenes de buena familia, la verdad es que muchos
cientos de miles de miríadas de kotis de eones atrás, llegué a la Iluminación
Suprema y Perfecta. A modo de ejemplo, jóvenes de buena familia, supongamos que
existan los átomos de la tierra de quinientos mil miríadas de kotis, que exista
algún hombre que tome uno de estos átomos de polvo y luego se interne en
dirección oriental cinco millones de miríadas de kotis de mundos por delante, para depositar allí ese átomo de polvo; que el hombre
separe, de esta manera, de todos aquellos mundos, la masa
total de la
tierra, y de igual manera, y por el mismo acto, tal como se supone, deposite
todos aquellos átomos en la
dirección oriental. Ahora bien, jóvenes de buena familia, ¿pensaríais que
alguien podría pesar, imaginar, contar o determinar la cantidad de estos
mundos? Habiendo hablado así el Señor, el Bodhisattva Mahásattva Maitreya y
toda la hueste de Bodhisattvas replicaron: Son
incalculables, oh Señor, aquellos
mundos, incontables, más allá del alcance del pensamiento. Ni siquiera todos
los Srávakas y Pratye-kabuddhas, oh Señor, con su conocimiento aryático, podrán imaginarlos, contarlos
o determinarlos. También para nosotros, oh Señor, los que somos Bodhisattvas que nos hallamos
en el lugar del que no hay regreso, este punto está más allá de la esfera de
nuestra comprensión; tan innumerables, oh Señor, son aquellos mundos.
"Dicho esto, el Buda habló a aquellos Bodhisatlvas
Mahásattvas de la manera siguiente: Os anuncio, jóvenes de buena familia, y os
declaro: Por más numerosos que sean aquellos mundos donde aquel hombre deposita
aquellos átomos de polvo y donde no los deposita,
no hay, jóvenes de buena familia, en todos aquellos cientos de miles de
miríadas de kotis de mundos, tantos átomos de polvo como hay cientos de miles
de miríadas de kotis de eones desde que llegué a la Iluminación Suprema y
Perfecta.31
Tal concepto de número y tal método descriptivo jamás entraría
en la mente china. Por supuesto, los chinos son capaces de concebir la larga
duración y los grandes logros, en lo cual no están en zaga a nación alguna; pero expresar su idea de la vastedad
según la modalidad
de los filósofos hindúes
estaría más allá de su comprensión.
Cuando las cosas no encuadran en la descripción conceptual y sin
embargo han de ser comunicadas a los demás, los medios al alcance de la mayoría
de las personas consistirían en guardar silencio, o declararlas simplemente
como más allá de las palabras, o recurrir a la negación diciendo "no es
esto", "no es aquéllo", o si se fuese filósofo, a escribir un
libro que explique cuan lógicamente imposible era discurrir sobre tales temas;
pero los hindúes hallaron un método muy nuevo de ilustrar las verdades filosóficas
que no pueden aplicarse al razonamiento analítico: recurrieron, para su
ilustración, a los milagros o fenómenos sobrenaturales. De manera que
convirtieron al Buda en un gran mago; no sólo al Buda sino también a casi todos los principales personajes que aparecieron en las escrituras, convertidos en magos.
Y según mi criterio éste es uno de los rasgos más encantadores de los textos mahayánicos; esta descripción de los
fenómenos sobrenaturales guarda conexión con la
.enseñanza
de la doctrina abstrusa. Alguien puede pensar que esto es completamente
infantil e injurioso para la dignidad del Buda, como maestro de solemnes verdades
religiosas. Mas ésta es una interpretación superficial del
asunto. Los idealistas hindúes sabían más y mejor; tenían una imaginación más penetrante,
que emplearon con eficiencia siempre
que el intelecto se entregó
a una tarea que excedía sus
facultades.
Debemos entender
que la motivación de los mahayanistas, que hicieron que el Buda cumpliese todas estas hazañas mágicas, fue ilustrar
a través de imágenes lo que en la misma naturaleza de las cosas no podría hacerse según un método
corriente expedito al intelecto humano. Cuando el intelecto fracasó en el
análisis de la esencia del Estado Búdico, su rica imaginación llegó en auxilio,
visualizándolo. Cuando tratamos de explicar lógicamente la Iluminación, siempre
nos hallamos envueltos en contradicciones. Mas cuando se apela a nuestra imaginación simbólica —en especial, si se
está generosamente dotado de esta facultad— el asunto se comprende más prestamente. Al menos,
éste parece haber sido el método hindú de concebir la significación del
sobre-naturalismo.
Cuando Sáriputra preguntó a Vimalakírti cómo era posible que un
cuarto tan pequeño como el suyo, con un sólo asiento, pudiese acomodar a todas
las huestes de Bodhisattvas, Arhats y Devas, sumando muchos miles, que llegaban
allí con Mañjusrí para visitar al filósofo, que estaba enfermo, Vimalakírti replicó:
"¿Estáis aquí para buscar sillas
o el Dharma? ... Quien busca al Dharma lo halla buscándolo en la nada." Luego,
al saber por Mañjusrí dónde conseguir asientos, pide a un Buda llamado
Sumerudíparája que le suministre 32.000 asientos de león, majestáticamente
decorados y
31 Según la versión
inglesa de Kcm: Libros Sagrados
del Oriente (Saered
Books of the East),
Tomo XXI, pág. 299- 300
altos como
84.000 yojanas. Una vez traídos, su cuarto, anteriormente lo suficientemente
amplio como para un sólo asiento, acomodó entonces a todo el séquito de
Mañjusrí, y cada uno se sentó cómodamente en una silla celestial, y con todo la
ciudad íntegra de Vaisáli y el resto del mundo no parecieron reparar en este
atestado desborde. Sáriputra se asombró, fuera de toda medida, al presenciar
este suceso sobrenatural, pero Vimalakírti explicó que para quienes entienden
la doctrina de la emancipación espiritual, hasta el Monte Sumeru podría ser
aprisionado en una semilla de mostaza, y podrían hacerse fluir las olas de los
cuatro grandes océanos dentro de un solo poro de la piel (romakúpa), sin
siquiera dar sentido alguno
de incomodidad a cualquiera de los peces, cocodrilos, tortugas y
otros seres vivientes que allí moran; el reino espiritual no estaba atado al
espacio ni al tiempo. Citemos otro ejemplo del primer capítulo del Lankávatára sútra, que no aparece en la
antiquísima traducción china. Cuando el Rey Ravana, a través del Bodhisattva Mahámati, pidió al Buda que revelara
el contenido de su experiencia interior, el rey advirtió de repente que su residencia
montañosa se convertía en innumerables montañas de piedras preciosas, decoradas
muy artísticamente con celestial grandeza, y sobre cada una de estas montañas
vio al Buda manifestado. Y ante cada Buda estaba el Rey Ravana con todo su
séquito, al igual que todos los países de los diez sectores del mundo, y en
cada uno de aquellos países aparecía el Tathágata, ante quien, nuevamente,
estaba el Rey Ravana, sus familias, sus palacios, sus jardines, todo decorado
exactamente en el mismo estilo que el suyo propio.
Asimismo,
estaba el Bodhisattva Mahámati en cada una de estas innumerables asambleas,
pidiendo al Buda que declarase el contenido de su experiencia espiritual
interior; y cuando el Buda concluyó su discurso sobre el tema, con cientos de
miles de exquisitas voces, toda la escena se desvaneció repentinamente, y el Buda con todos sus Bodhisattvas y sus seguidores ya no estaban más; entonces el Rey Ravana se encontró totalmente
solo en su viejo palacio, y reflexionó: "¿Quién fue el que formuló la
pregunta? ¿Quién fue el que escuchó? ¿Qué fueron aquellos objetos que aparecieron ante mí? ¿Eso fue sueño? ¿O un fenómeno
mágico?" Además reflexionó: Todas las cosas se parecen a esto, todas son
creaciones de la propia mente. Cuando la mente discrimina, hay multiplicidad de
cosas; mas cuando no discrimina, mira dentro del estado verdadero de las cosas." Al reflexionar de ese modo, oyó voces en el aire y en su propio palacio, que decían:
"|Oh Rey, bien reflexionaste! ¡Debes comportarte según este
criterio!"
La literatura mahayánica no
es la única que documenta el poder milagroso del Buda, que trasciende todos los
estados relativos del espacio y el tiempo, al igual que de las actividades
humanas, mentales y físicas. De ningún modo las escrituras palis le van en zaga al Maháyána
en este aspecto. Para no hablar del triple conocimiento del Buda, que
consiste en el conocimiento del pasado, del futuro, y de su propia emancipación; él puede también
practicar lo que se conoce como los tres prodigios, que son el
prodigio místico, el prodigio de la educación, y el prodigio de la
manifestación. Pero cuando examinamos cuidadosamente los milagros descriptos en
los Nikáyas, vemos que no tienen otro objetivo en vista que la magnificación y
deificación de la personalidad del Buda.
Los documentadores de estos milagros
deben haber pensado
que así podrían
engrandecer más a su maestro,
elevándolo muy por encima de los mortales corrientes, en la estimación de sus
rivales. Desde nuestro moderno punto de vista fue muy infantil de su parte
imaginar que cualquier acto desacostumbrado, cumplido por su maestro, atraería,
como leemos en el Kevaddha Sutta, la
atención del pueblo hacia el Budismo, reconociendo su valor superior por ese
mero relato; pero en aquellos antiguos tiempos de la India, las masas, para no
decir que incluso los eruditos, pensaban muchísimo en el sobrenaturalismo, y
era natural que los budistas hicieran el mejor uso posible de esta creencia.
Pero cuando llegamos a los Sútras mahayánicos
percibimos de inmediato que los milagros descriptos aquí, en escala mucho
mayor, nada tienen que ver con el sobrenaturalismo como tal, ni con ninguna
motivación ulterior tal como el propagandismo o auto-agrandamiento, sino que
están esencial e íntimamente conectados con la doctrina misma que está expuesta
en los textos. Por ejemplo,
en el Prajñá-páramitá Sútra todas las
partes del cuerpo del Buda emiten simultáneamente innumerables rayos que
iluminan de inmediato los más remotos confines de los mundos, mientras que, en
el Avatamsaka Sútra, las diferentes
partes de su cuerpo lanzan rayos de luz en diferentes ocasiones. En el Saddharma- puñdaríka Sútra un rayo de
luz sale de dentro del círculo del cabello, entre las cejas del Buda, que ilumina
más de un millón ochocientos países budistas del sector oriental, revelando en ellos
a todos los
seres, incluso a los habitantes del infierno más profundo, llamado Avici. Es
evidente que los escritores mahayánicos de
estos Sutras tenían en sus mentes algo muy diferente de los compiladores hinayánicos de los Nikáyyas en sus narraciones sobre el poder milagroso del Buda. Lo que fue eso, aquí lo señalé de un modo muy
genérico. Sin duda, un estudio
sistemático y en detalle del sobrenaturalismo mahayánico sería interesante.
Creo que, en todo caso, las referencias anteriores bastarán para establecer mi tesis de que la razón de que se introdujera el
sobrenaturalismo en la literatura mahayánica
del Budismo consistió en demostrar la imposibilidad intelectual de
comprender los hechos espirituales.
Mientras la
filosofía agotó sus recursos para explicarlos lógicamente, Vimalakírti (igual
que Báhva, un místico védico), permaneció en silencio; no satisfechos con esto,
los escritores mahayánicos hindúes introdujeron después el simbolismo sobrenaturalista, pero correspondió a los budistas Zen chinos inventar
sus propios métodos
de encarar, según
sus propias necesidades e intuición las dificultades
de comunicar la propia experiencia espiritual, la más elevada y la más
profunda, conocida en el Budismo como Iluminación.
Los
chinos no tienen, como los hindúes, la aptitud de esconderse en las nubes del
misterio y del sobrenaturalismo. Chwang-tzé y Lieh-lzé fueron los que más se aproximaron, en la antigua
China, al tipo mental
hindú, pero su misticismo no está a punto de acercase al de los mahayanistas hindúes
en grandeza, en elaboración, y en el alto vuelo de la imaginación.
Chwang-tzé hizo lo mejor que pudo cuando se remontó por los aires en el lomo
del Tai-p'eng, cuyas alas se elevaron como nubes suspendidas; y Lieh-tze hizo
lo propio cuando pudo comandar las alas y nubes como si fuesen sus aurigas. Los
taoístas posteriores soñaron con ascender a los cielos después de muchos años
de disciplina ascética, bebiendo un elixir vital preparado con diversas hierbas
extrañas. Así es como en la China tenemos tantos ermitaños taoístas que viven
en las montañas, apartados de la morada humana. Sin embargo, no está
documentado en la historia que haya santos o filósofos chinos, capaces de
igualar a Vimalakírti o Mañjusrí, ni siquiera a alguno de los Arhats. El
veredicto confuciano de que ningún hombre superior habla jamás de milagros,
prodigios ni sobrenaturalismo, es la verdadera expresión de la psicología
china. Los chinos son integralmente prácticos. Deben tener su propio método
interpretativo de la doctrina de la Iluminación, como se aplica a su vida
cotidiana, y no pudieron dejar de crear el Zen como expresión de su experiencia
espiritual más íntima.
Si la imaginería del sobrenaturalismo no apeló al sobrio carácter
chino, ¿cómo se la ingeniaron los seguidores chinos de la Iluminación para expresarse?
¿Adoptaron el método intelectual de la filosofía del Súnyatá'? No; esto tampoco
era de su gusto, ni estaba dentro del alcance de su calibre intelectual. El Prajñá-páramitá fue una creación hindú y
no china. Pudieron haber producido un Chwanz-tzé o aquellos soñadores taoístas
de las Seis Dinastías, pero
no un Nágárjuna ni un
Sankára.
El
genio chino iba a demostrarse de algún otro modo. Cuando los chinos empezaron a
asimilar íntimamente el Budismo como doctrina de la Iluminación, el único curso
que abrieron a sus mentes prácticas y concretas fue producir el Zen. Cuando
llegamos al Zen después de ver todos los maravillosos milagros desplegados por
los escritores mahayánicos hindúes, y
después de las especulaciones elevadamente abstractas de los pensadores mahyanícos, ¿qué cambio de escenario
tenemos aquí? De la frente del Buda no salen rayos, no se ponen de relieve los
séquitos de Bodhisattvas, nada hay que golpee particularmente nuestros sentidos
como raro o extraordinario, o como más allá de la inteligencia, más allá del
alcance del razonamiento lógico. Las personas con las que nos asociamos son
todas mortales corrientes, como
nosotros; no enfrentamos ideas abstractas, ni sutilezas dialécticas. Las montañas se elevan en su altura
hacia el cielo, todos los ríos desembocan en el océano. Las plantas brotan en la primavera y las flores
florecen de rojo. Cuando la luna brilla serena, los poetas se embriagan
suavemente y entonan una canción de paz eterna. ¡Cuan prosaico, cuan corriente,
podemos decir! Mas aquí estaba el alma china, y en ella llegó a crecer el
Budismo.
Cuando un monje pregunta
quién es el Buda, el maestro señala
su imagen en la Sala del Buda; no se da explicación ni se sugiere argumento
alguno. Cuando la mente es tema de discurso, un, monje pregunta: "De todos
modos, ¿qué es la mente?" "La mente", —dice el maestro—.
"No entiendo, Señor." "Tampoco yo", es la pronta respuesta
del maestro. En otra ocasión, un monje se preocupa por la cuestión de la inmortalidad. "¿Cómo puedo escapar
de la esclavitud de nacimiento y muerte?" El maestro responde: "¿Dónde estás?"
Los adeptos del Zen, por costumbre, jamás desperdician el tiempo respondiendo a
preguntas, ni son disquisitivos. Sus respuestas son siempre concisas y
definitivas, siguiendo a las preguntas con la rapidez del relámpago. Alguien
preguntó: "¿Cuál es la fundamental doctrina del Buda?" Dijo el
maestro: "En este abanico hay bastante brisa como para
refrescarme." "¡Qué muy precisa respuesta! Aquella fórmula inevitable del Budismo, la Noble
Verdad Óctuple, aparentemente no tiene cabida en el esquema de la doctrina Zen,
como tampoco nos amenaza aquella afirmación persistentemente enigmática del Prajñá-para-mitá; "taccittam
yaccittam acittam".
Una vez, Ummon (Yiin-mén) apareció en el pulpito, y dijo:
"En esta escuela del Zen no se necesita palabras; ¿cuál es, entonces, la
esencia última de la doctrina Zen?" Así, al proponer la pregunta, extendió
sus brazos, y sin otra observación descendió
del pulpito. Este era el modo en que los budistas chinos interpretaban
la doctrina de la Iluminación, éste era el modo con que expusieron el Pratyátmajñánagocara del Lankávatára. Y para los budistas
chinos" éste era el único modo, y la experiencia íntima del Buda debía
demostrarse, no intelectual ni analíticamente, ni de manera sobrenatural, sino
directamente en nuestra vida práctica. Pues la vida, en tanto y en cuanto se la
viva in concreto, está por encima de
los conceptos al igual que de las imágenes. Para entender esto tenemos que
bucear en ella y entrar en contacto con ella personalmente; extraer o cortar un
pedazo para inspeccionarlo, la asesina; cuando se piensa haber penetrado
la esencia de ella, ya no existe más, pues cesó de existir, y permanece inmóvil
y disecada totalmente. Por esta razón las mentes de la China, desde la
llegada de Bodhidharma, trabajaron sobre
el problema de cómo mejor presentar la doctrina de la Iluminación en su atavío genuino, para adecuar sus
modalidades de sentir y pensar, y no fue hasta después de Hui-néng (Yenó) que
resolvieron satisfactoriamente el problema y se cumplió la gran tarea de
construir una escuela que se conocería, de allí en adelante, como Zen.
El que el Zen fuese
algo que la mente china
quiso poseer cuando
comprendió integralmente la doctrina del Budismo, está probado por
dos hechos históricos irrefutables; primero, después del establecimiento del
Zen, fue esta doctrina la que rigió en China mientras que las demás escuelas
del Budismo, excepto la secta de la Tierra Pura no llegaron a
sobrevivir; y segundo, antes que el
Budismo se tradujese en Zen, jamás llegó a constituir una relación íntima con
el pensamiento genuino de la China, con lo cual me refiero al Confucianismo.
Veamos primero cómo el Zen vino a regir la vida espiritual de la
China. El sentido íntimo de la Iluminación no se entendió
en la China, excepto intelectualmente, en los primeros
tiempos del Budismo. Esto era
natural, considerando que en este aspecto la mente china era superada por la
hindú. Como dije antes, la audacia y sutileza de la filosofía mahayánica asombró con justicia a los
chinos que, antes de la introducción del Budismo, prácticamente carecían de un
sistema de pensamiento digno de llamarse así, excepto la ciencia moral. En esta
última eran conscientes de su propia fuerza; hasta devotos budistas como
I-ching (Gijó) y Hs'üan-chuang (Genjó) lo reconocieron, con todo su ardor en
pro de la psicología yogacárica y la
metafísica avatamsákica; pensaban que
su país, en lo atinente a cultura moral, descollaba en la tierra de su fe o al
menos nada tenía que aprender de aquélla.
Como los Sútras y Shastras mahayánicos
fueron traducidos en rápida sucesión por eruditos capaces, ilustrados y
devotos, tanto nativos como hindúes, la mentalidad china fue inducida a
explorar una región a la que no se aventuraran desde muy atrás. En las
primitivas historias biográficas chinas sobre el Budismo, descubrimos
comentaristas, expositores y filósofos, incontables traductores y adeptos del
denominado dhyána. Los estudiosos budistas al principio estuvieron muy ocupados
en asimilar intelectualmente las diversas doctrinas propuestas en la literatura
mahayánica. Estas doctrinas no sólo
eran profundas y complicadas sino que también se contradecían recíprocamente, a
menos superficialmente. Si los eruditos tenían que introducirse en las honduras
del pensamiento budista, debían de algún modo desenredar estas marañas. Mas si
fuesen suficientemente críticos podrían hacerlo con comparativa facilidad, lo
cual, sin embargo, era algo que nunca podía esperarse de aquellos budistas
primitivos; pues aun en
estos tiempos modernos
los estudiosos budistas, en algunos puntos,
se considerarán como no
muy devotos ni ortodoxos. Todos ellos no abrigaban ni siquiera una sombra de
duda sobre lo genuino de los textos mahayánicos,
en el sentido de que documentaran fiel y literalmente las palabras mismas
del Buda, y por tanto debieron idear algunos sistemas conciliatorios entre las
diversas doctrinas enseñadas en las Escrituras. Debieron averiguar cuál era el
primer objeto de la aparición del Buda en el mundo ignorante, corrompido y
entregado al karma y la transmigración eterna. Tales esfuerzos de parte de los filósofos budistas desarrollaron lo que ha
de designarse definidamente como Budismo chino.
Mientras continuaba, por una parte, esta asimilación
intelectual, el aspecto práctico del Budismo también era estudiado asiduamente.
Algunos seguían los textos vináyicos y
otros se consagraban al dominio del
dhyána. Pero lo que ahora se conoce
como dhyána no era el dhyána del Budismo Zen; era meditación,
concentración del propio pensamiento sobre algunas ideas tales como la
impermanencia, la ausencia del ego en las cosas, la cadena de causalidad, o los
atributos del Buda. Incluso Bodhidharma, el fundador del Budismo Zen, era considerado por los historiadores
como perteneciente a esta clase de adeptos dhyánicos,
y no se apreciaban plenamente sus peculiares méritos como maestro de una
escuela de Budismo, enteramente nueva. Esto era inevitable; el pueblo chino no
estaba aun muy dispuesto a aceptar la nueva forma, pues sólo había captado
inadecuadamente la doctrina de la Iluminación en todas sus conexiones.
Sin embargo, la importancia de la Iluminación en sus aspectos
prácticos no era pasada por alto completamente en el laberinto de
complejidades doctrinales.
Chihi' (Chigi, 531-597),
uno de los fundadores de la escuela
T'ien Tai y máximo filósofo
budista de la China, despertó plenamente al significado del dhyána como
medio para alcanzar la Iluminación. Con todas sus facultades analíticas, su
especulación tuvo espacio suficiente para la práctica del dhyána. Su obra sobre
"La Tranquilización y la Contemplación" es explícita en este punto.
Su idea era llevar adelante ejercicios intelectuales y espirituales en perfecta
armonía, y no subrayar parcialmente ninguno de los dos, ni el Samádhi ni el
Prajñá, a expensas del otro.
Lamentablemente,
sus seguidores se tornaron cada vez más unilaterales hasta que descuidaron la
práctica del dhyána en pro de la intelectualización. De ahí su actitud antagónica posterior para con quienes abogaban por el Budismo Zen,
de lo cual, sin embargo, este último, hasta cierto punto, también es
responsable.
Se debió a Bodhidharma (muerto en el año 528),32 que el Zen llegase a ser el Budismo de la China.
El fue quien inició este movimiento que demostró ser tan fructífero entre un pueblo entregado
a los asuntos prácticos de la vida. Cuando declaró su mensaje, aun teñido con
colores hindúes, no pudo ser enteramente independiente de la tradicional
metafísica budista de la época. Su alusión al Vajra-samádhi y al Lankávatára
era natural, pero las semillas del Zen fueron sembradas por sus manos.
Entonces se quedó con sus discípulos genuinos para ver que estas semillas
creciesen en armonía con el suelo y el clima. Insumió unos doscientos años el
que las semillas del Zen rindiesen su fruto, rico y vigoroso
en la vida, y plenamente aclimatado, aunque reteniendo intacta la esencia
de lo que constituye el Budismo.
Hui-néng (637-713), el sexto patriarca después de Bodhidharma, fue realmente el fundador chino
del Zen;
117
pues a
través de él y de sus seguidores directos el Zen pudo despojarse de los atavíos
tomados en préstamo de la India, empezándose a usar los propios diseños,
cosidos por manos nativas. Por supuesto, el espíritu del Zen era el
mismo que el llegado a la China,
transmitido sin interrupción desde el
Buda, pero la forma de expresión era integralmente china, pues se trataba de su
propia creación. Después de esto el surgimiento del Zen fue fenomenal. La energía latente, almacenada durante el tiempo de
aclimatación, irrumpió de repente en labor activa, y el Zen casi tuvo una
marcha triunfal a través de toda la tierra de Cathay. Durante la dinastía T'ang
(618-906), cuando la cultura china alcanzó su consumación, los grandes
maestros Zen se sucedieron uno tras otro en la construcción de monasterios y en
educar monjas al igual que discípulos laicos, eruditos no sólo en los clásicos
confucianos sino también en la tradición maha-yánica
del Budismo.
Tampoco los
emperadores les iban en zaga en tributar su respeo a estos videntes del Zen,
invitándoseles a presentarse en la corte a fin de pronunciar sermones a estos
personajes augustos. Cuando el Budismo fue perseguido por razones políticas, lo cual causó la pérdida
de
32 En cuanto a esto y lo que sigue,
véase el Ensayo
titulado: Historia del Budismo Zen desde Bodhidharma hasta Hui-néng"
muchos
documentos valiosos, obras de arte, y la decadencia de algunas escuelas, el Zen
fue siempre el primero en recuperarse y renovar sus actividades con redoblada
energía y entusiasmo, A través
de las Cinco Dinastías, en la primera
mitad del siglo x, cuando
China se dividió nuevamente en reinos menores,
y la situación política en general parecía
desfavorable para que medrasen los sentimientos religiosos, el Zen
prosperó como antes y los maestros mantuvieron sin perturbaciones sus centros
monásticos.
Con el surgimiento de la dinastía Sung (960-1279) el Zen alcanzó
la cima de su evolución e influencia, mientras las demás sectas del Budismo
dieron signos de rápida decadencia. Si se abre
la historia en las páginas de las dinastías Yüan (1280-1367) y Ming
(1368-1661), el Budismo se encuentra identificado con el Zen. El Kegon
(Avatamsaka), Tendai (T'icn-tai), Sanron (San-lun), Kusha (Abhidharma-kosa),
Hossó (Yogácára) y Shingon (Mantra), si no quedaron barridos por completo
por la persecución, sufrieron tremendamente por falta de sangre
nueva. Tal vez tenían que morir de cualquier forma por no haber sido asimilados
por completo por el pensamiento y sentimientos chinos; había demasiados
elementos hindúes que impedían una plena aclimatación. De cualquier modo, el
Zen, como esencia de la mente del Buda, continuó floreciendo de manera que
cualquier mentalidad china inclinada hacia el Budismo llegó a estudiar el Zen y
dejó de lado el resto de las escuelas budistas aun en existencia, aunque en una
última etapa de su actividad productiva. La única forma de Budismo que retiene
su vitalidad hasta cierto
punto, incluso hasta
nuestros días, es el Zen, más o menos
modificado para acomodar la tendencia de la Tierra
Pura desarrollada inmediatamente después de la introducción
del Budismo en la China.
La razón de este estado de cosas se hallaba
en la historia religiosa de la China, y fue así
que el Zen se despojó de imágenes,
conceptos y modos de pensar importados de la India junto con el pensamiento
budista; y por propia consciencia el Zen creó una literatura original, mejor adaptada a la exposición de la verdad de
la Iluminación. Esta literatura fue única en muchos sentidos, pero estaba en
perfecto acuerdo con el modus operandi mental
de la China y fue natural que lo impulsase al máximo. Bodhidharma enseñó a sus
discípulos a mirar directamente dentro de la esencia de la doctrina del Buda,
descartando las maneras externas de presentación; les dijo que no siguiesen la
interpretación conceptual y analítica de la doctrina de la Iluminación. Los adherentes literales de
los Sútras objetaron esto e hicieron todo lo posible por impedir el desarrollo
de la doctrina del Dharma. Pero a pesar de la oposición, aquélla evolucionó.
Los discípulos dominaron el arte de captar el hecho central del
Budismo. Una vez cumplido esto, procedieron a.
demostrarlo según sus propios métodos, usando su propia terminología, sin
entrar a considerar el modo tradicional, o más bien importado, de expresión. No
abandonaron por entero la antigua manera de hablar; pues se refieren a Buda, Tathágata, Nirvana, Bodhi, Trikáya, Karrna,
transmigración, emancipación, y muchas otras ideas constitutivas del cuerpo del
Budismo; pero no mencionan la Dodécupla Cadena de Originación, la Noble Verdad
Cuádruple, ni el Recto Sendero Óctuple. Cuando leemos la literatura Zen sin que
se nos hable de su relación con el Budismo, puede ser que no lleguemos a reconocerlo en cosas tales que, por lo general,
se consideran específicamente budistas.
Cuando Yakusan (Yüeh-shan, 751-834) vio a un monje, la preguntó:
"¿De dónde vienes?" "¿Vengo del Sud del Lago."
"¿El Lago desborda agua?" "No, señor, todavía no desborda."
"Es raro", dijo el maestro, "¿por qué no desborda después de
tanta lluvia?" A esta última pregunta el monje no pudo dar respuesta
satisfactoria; entonces Ungan (Yün-yen), uno de los discípulos de Yakusan,
dijo: "Desborda, ciertamente", mientras Dósan (Tung-shan), otro de
sus discípulos, exclamó: "¿En qué kalpa no pudo desbordar?"
¿Detectamos en estos diálogos algún rastro de Budismo? ¿No parece que estuvieran
hablando de un asunto que sucede muy corrientemente? Pero, según los maestros,
sus charlas están, hasta el borde, llenas de Zen, y la literatura Zen abunda
ciertamente en tales trivialidades aparentes. De hecho, en lo que atañe a su
fraseología y modalidad demostrativa, el Zen parecería no tener nada en común
con el Budismo y algunos críticos casi están justificados al designar al Zen
como una anomalía china del Budismo, como se refirió al principio de este
Ensayo.
En la historia
de la literatura china, los escritos Zen conocidos como Yü-lu (Goroku) forman
por sí una clase, y se debe a
ellos que se conserve el coloquialismo chino de la dinastía T'ang y de la
primitiva dinastía Sung. Los hombres de letras de la China desdeñaron escribir
en otro estilo que no fuera el clásico, escogiendo deliberadamente palabras,
frases y expresiones tales que enalteciesen la
gracia de la
composición. Toda la literatura con que contamos, perteneciente a aquellos
tiempos prístinos de la cultura china es, por tanto, modelo de tan cultivado
estilo. Los maestros Zen no desdeñaron necesariamente el clasicismo; se
entregaron a la literatura superior tanto como sus contemporáneos; eran también
muy educados e instruidos; pero hallaron en el coloquialismo un medio mejor y
más poderoso para la expresión de sus experiencias íntimas. Este es, en
general, el caso de los reformadores espirituales, que quieren expresarse a
través del medio más íntimo a sus sentimientos y que están mejor adaptados a su
modalidad original de considerar las cosas. Hacen todo lo posible por evitar la
nomenclatura en boga, que rebosa viejas asociaciones que tienden a carecer de
propósitos vitales y, por lo tanto, de efectos vivificantes. Las experiencias
vivas deben expresarse en un lenguaje vivo y no con imágenes y conceptos
gastados. Por lo tanto, los maestros Zen hicieron lo que pudieron para ayudar a
emplear y utilizar libremente las
palabras y frases vivas de la época.
¿Esto no demuestra que en la China, el Budismo cesó, a través del Zen, de ser
una importación foránea y que se transformó en una creación original de la
mente nativa? Y precisamente, porque el Zen pudo convertirse en un producto
genuino, sobrevivió a todas las demás
escuelas del Budismo. En otras palabras, el Zen fue la única forma en la que la
mentalidad china pudo acomodar, apreciar y asimilar la doctrina budista de la
Iluminación.
Espero
haber demostrado cómo el Budismo —vale decir, la doctrina de la Iluminación—
debió transformarse en Zen, en la China, y a través de esta transformación el
Zen sobrevivió a las demás escuelas del Budismo. Enfoquemos ahora el segundo
punto, como dijimos antes, en el que veremos cómo el Zen llegó a crear la
filosofía Sung. Cuando digo que el Budismo no afectó en realidad el pensamiento
chino hasta convertirse en Zen, a través del cual el genio creador chino empezó
a formular su filosofía sobre un lineamiento mucho más hondo y más idealista
que el del período Ante-Ch'in, habrá muchos que objetarán
este criterio. Es cierto que el Budismo
empezó a ejercer su influencia entre los pensadores
chinos incluso durante la última dinastía Han, como vemos, por ejemplo, en el
"Ensayo sobre la Razón y el Error", de Mou-tzé, escrito entre los
años 190 y 220 de nuestra era. Después de esto hubo muchos escritores que
discutieron las doctrinas budistas del Karma, la Causalidad y la Inmortalidad;
pues éstas fueron algunas de las ideas introducidas desde la India a través del
Budismo.
Sin embargo, los budistas mantuvieron acaloradas controversias
con los taoístas desde el siglo VI en adelante.
La modalidad con la que el Budismo
ejerció su influencia sobre el Taoísmo fue no sólo en forma de
controversia sino también en la modelación real de su pensamiento y literatura.
Hubo muchos puntos de contacto entre el Taoísmo y el Budismo: y naturalmente el
primer objeto contra el que trabajó el Budismo, al crecer en importancia y
poder no sólo como sistema religioso sino también como filosofía y poseedor de
una inagotable riqueza de conocimiento, fue el Taoísmo; si bien se admitió que
el Budismo, a su vez, tomó muchas cosas del Taoísmo a fin de tornarse más
fácilmente aceptable para las mentes nativas. En conjunto, el Taoísmo debe más
al Budismo en cuanto a su organización, ritos, literatura y filosofía. El
Taoísmo sistematizó, según el modelo budista, todas las supersticiones
populares, genuinas de la China, y construyó
una mezcla religiosa en la que los elementos hindúes se hallan mezclados
más o menos incongruentemente con el Laotzeanismo y el popular deseo de
inmortalidad, bienestar mundano, y lo que llaman "pureza".
Mas el Taoísmo,
como creencia popular,
está lleno de supersticiones que no están en contacto vital con la principal corriente
religiosa del pensamiento ortodoxo chino que es representado, mantenido y
abrigado por los literatos, incluidos los funcionarios gubernamentales. En
mayor medida, el Taoísmo es la versión popular y supersticiosa del Budismo,
pero habrá muchos críticos (quien escribe
esto es uno) que más bien vacilarán en considerar la esencia del Budismo suficientemente transcripta
en los términos de los taoístas. A no ser que los confucianos no se sintiesen
impulsados a asimilar el pensamiento budista dentro de su sistema, tan
naturalmente que intentaren reconstruir la estructura total de las ideas
confucianas, no meramente por reconciliación, sino para ahondarla, enriquecerla
y resucitarla, no podemos decir que el Budismo entrase en la vida del
pensamiento chino, convirtiéndose en posesión real de la mente china. Pero esto
se hizo durante la dinastía Sung, cuando los filósofos confucianos introdujeron
las ideas budistas en su doctrina, y reconstruyeron todo el
sistema sobre una nueva base que, sin embargo, la consideraban el curso
necesario para el desarrollo del Confucianismo. Sea lo que fuere, no hay duda
que la filosofía Sung se enriqueció y profundizó absorbiendo los puntos de
vista budistas.
En esto, concuerdan todos los historiadores del desarrollo intelectual chino.
Sin embargo, hay una pregunta que puede formularse, concerniente
a esta reconstrucción general del Confucianismo sobre el esquema idealista
budista. ¿Si el Zen no hubiese
evolucionado en China como interpretación nativa de la Doctrina de la Iluminación, y preparado el camino
para el surgimiento de grandes escritores confucianos, tales como Chou-Tun I
(1017- 1073), los hermanos
Cheng, Ch'eng-Hao (1032-1085) y Ch'eng I (1035-1107), y Chu Hsi (1130-
1200), habría habido un renacimiento de la doctrina ortodoxa china? Según mi
parecer, sin el Zen, la dinastía Sung no hubiese visto la fenomenal eclosión de
lo que los historiadores chinos llaman la "Ciencia de la Razón". Como
ya dijimos, el Zen fue la única forma en que el Budismo pudo entrar en la
mentalidad china. Al ser este el caso, cuanto produjesen después en los
dominios del pensamiento no pudo sino estar matizado por el Zen. Obsérvese cómo
fue recibida por los pensadores nativos la escuela psicológica de Yogácára.
Primero fue propugnada, propuesta y comentada por Hsüang-chuang y sus grandes
discípulos, mas este profundo estudio de la mente humana era demasiado
analítico, incluso para las mejores mentes de la China, y no prosperó mucho
después de Hsüan-chuang.
¿Cómo se produjo entonces la filosofía del Prajñá-páramitá? Fue
traída a la China, en el siglo I, inmediatamente después de la introducción del
Budismo, y luego fue sostenida e interpretada más aptamente por Kumára-jíva y
sus discípulos chinos. Tuvo una mejor perspectiva que el Yogácára pues su
contraparte china se hallaba en la doctrina de Lao-tzé y sus seguidores.
Aquellos dos grupos de filósofos, budistas y laotzeanos, pueden clasificarse
como pertenecientes al mismo tipo de pensamiento; pero incluso en este caso los
chinos no demostraron ninguna gran disposición como para abrazar este sistema sunyático. ¿Por qué fue esto? La razón
era evidente, viendo que a pesar de cierto acuerdo entre las dos escuelas sobre
bases muy amplias, la modalidad sunyática
de pensamiento era, por completo, demasiado metafísica, de demasiado alto
vuelo, o, según el punto de vista
chino, demasiado in nubibus, y la
tendencia práctica de las mentes nativas no llegaron naturalmente a evolucionar
sobre ello; incluso en los discípulos de Lao-tzé y Chwang-tzé se hallaba la mancha
o la virtud del utilitarismo, hondamente arraigada en todas las modalidades de sentimiento
chinas.
Además
de la escuela madhyamíkica de
Nágárjuna y la escuela yogacárica de
Asanga, ambas desarrolladas en el país del mismo Buda, estaban la filosofía
Tendai de Chih-i y el sistema avatamsákico
de Hsien-srou (643-712). Estos últimos fueron, en un sentido, creaciones de
los pensadores budistas nativos,
y si hubiesen sido asimilables por parte de sus compatriotas, no se las habría descuidado, y su estudio, en
vez de reducirse dentro de un estrecho círculo de especialistas budistas,
hubiese desbordado dentro de las fronteras confucianas al igual que taoístas.
Que no lo fueron lo demuestra el hecho de que eran todavía foráneas y una
especie de traducción, no literal, ciertamente, sino más o menos conceptual.
Por lo tanto, al budismo no le quedó otro camino que transformarse en Zen antes
de poder aclimatarse integralmente y crecer como planta nativa. Una vez logrado
esto por la naturaleza inherente del Budismo, tuvo lugar esta realización; el
Zen se convirtió en carne y huesos del pensamiento chino e inspiró a los
confucianos de la dinastía Sung a reconstruir el cimiento de su filosofía sobre
los planos idealistas del Budismo.
Podemos ahora concluir que el Zen, a pesar de lo tosco y
extraordinario de sus rasgos externos, pertenece al sistema general del
Budismo. Y por Budismo entendemos no sólo la doctrina del Buda como la
documentan los Agamas primitivos, sino también las posteriores especulaciones,
filosóficas y religiosas, relativas a la persona y vida del Buda. Su grandeza
personal fue tal que ocasionalmente hizo que sus discípulos adelantasen teorías en algún
sentido contrarias al consejo que se suponía había dado su Maestro. Esto
fue inevitable. El mundo, con todo su contenido, tanto individualmente como en
conjunto, está sujeto a nuestra interpretación subjetiva, que no es una
interpretación caprichosa ciertamente, sino la eclosión de nuestra necesidad
interior, de nuestros anhelos religiosos. Hasta el Buda como objeto de propia
experiencia religiosa no pudo escapar
a esto; su personalidad estaba constituida de tal suerte
que despertase en nosotros todos los pensamientos y sentimientos que, en
la actualidad, corren bajo la denominación de Budismo. Las ideas más
significativas y fructíferas provocadas por el Buda se relacionaban con la
Iluminación y el Nirvana. Estos dos hechos se pusieron de relieve más
destacadamente en su larga y pacífica vida de setenta y nueve años, y todas las
teorías y creencias relativas al Buda son intentos para entender estos hechos
según los términos de
nuestra experiencia religiosa. De manera
que el Budismo evolucionó hasta
tener un significado mucho más amplio que el que
entiende la mayoría de los eruditos.
La Iluminación y el Nirvana del Buda fueron en su vida dos ideas
separadas, como se desarrolló en la historia hace tantos siglos, pero desde el
punto de vista religioso han de considerarse
como una sola idea. Vale decir, entender
el contenido y el valor
de la Iluminación es lo mismo que comprender la significación del
Nirvana. Apoyándose en esto, los mahayanistas
desarrollaron dos corrientes de pensamiento: una consistía en confiar en nuestros
esfuerzos intelectuales hasta el máximo de sus posibilidades, y el otro, en
proseguir el método práctico adoptado por el Buda, en verdad por todos los
hindúes buscadores de la verdad, empeñados en hallar en la práctica del dhyána
algo que conduzca directamente hacia la Iluminación. Huelga decir que, en ambos
esfuerzos, el impulso original yace en la íntima consciencia religiosa de los
budistas piadosos.
Los textos mahayánicos, recopilados
durante unos pocos siglos después del Buda, testimonian el criterio aquí
presentado. De éstos, el único compuesto expresamente para propagar la doctrina
de la escuela Zen es el Lankávatára en
el que el contenido de la Iluminación, hasta donde lo admiten las palabras, es
presentado desde un punto de vista psicológico, filosófico y práctico. Cuando
aquél fue introducido en la China y asimilado integralmente según los métodos
chinos de pensar y sentir, la principal tesis del Sútra llegó a demostrarse de
un modo tal como el que actualmente se considera característicamente Zen. La
verdad tiene muchas avenidas de aproximación, a través de las cuales se da a conocer
a la mente humana. Pero la
elección que ésta efectúe depende de ciertas
limitaciones bajo las cuales opera. La superabundancia de la
imaginación hindú con el resultado del sobrenaturalismo y del maravilloso
simbolismo, y el sentido chino de lo práctico y su amor hacia los concretos
hechos cotidianos de la vida, tuvieron como consecuencia el Budismo Zen. Ahora
podrá entender, aunque sólo a modo de intento, la mayoría de los lectores en la
actualidad, las siguientes definiciones del Zen ofrecidas por los maestros:
Cuando se le preguntó a Jóshu qué era el Zen, respondió: "Hoy está nublado
y no contestaré." Ante la misma pregunta, ésta fue la réplica de Um-mon: "Eso es." En otra ocasión el maestro no fue afirmativo, pues dijo:
"Ninguna palabra que deba predicarse."
Al ser éstas algunas definiciones dadas sobre el Zen por los
maestros, ¿en qué relación concibieron al Zen como sustentador de la doctrina
de la Iluminación, enseñada en los Sútras?
¿Lo
concibieron según la modalidad del Lankávatára
o según la del Prajñá-páramitá? No,
el Zen tenia que ser dueño de su propio método; la mente china rehusó
seguir ciegamente los modelos hindúes. Si esto es aun discutible, léase lo
siguiente:
Un monje preguntó a Kan (Chien), que vivía en Haryo (Pa-ling):
"¿Hay alguna diferencia entre la doctrina
del Patriarca y la de los Sútras,
o no?" El maestro dijo:
"Cuando llega el tiempo
frío, las aves vuelan a los árboles, mientras que el pato desciende a las
aguas."
Ho-yen (Fa-yen) de Gosozan (Wu-tsu-shan) comentó esto, diciendo:
"Él gran maestro de Pa- ling expresó sólo una mitad de la verdad. Yo no hubiera
sostenido eso así. Lo mío es: Cuando
se recoge agua en las manos, la luna se refleja en ellas; cuando se
tocan flores, el aroma se impregna en el manto."
LA ILUMINACIÓN Y LA IGNORANCIA
I
Aunque parezca extraño, el hecho es que los estudiosos budistas
se absorben demasiado en el estudio de lo que consideran la doctrina del Buda y
la exposición del Dharma por sus discípulos, mientras descuidan por completo el
estudio de la experiencia espiritual del Buda. Sin embargo, según mi criterio, lo primero que tenemos
que hacer para dilucidar el pensamiento budista
es indagar en la naturaleza
de esta experiencia personal del Buda, que según está documentado se presentó
a su consciencia más íntima en el instante de la Iluminación (sambodhi). Lo que el Buda enseñó a sus
discípulos fue el producto consciente de su elaboración intelectual para hacerles
ver y comprender lo que él mismo vio y comprendió. Este
producto intelectual, aunque presentado filosóficamente, no penetra
necesariamente en la esencia interior de la Iluminación experimentada por el
Buda. Por tanto, cuando
queremos captar el espíritu del Budismo, que esencialmente se desarrolla partiendo del contenido de la Iluminación, tenemos que familiarizarnos
con el significado de la experiencia del fundador, experiencia en virtud de la
cual él es ciertamente el Buda y el fundador del sistema religioso que lleva su
nombre. Veamos qué documentación tenemos de esta experiencia, y cuáles fueron
sus antecedentes y consecuencias.1
En el Dígha-Nikáya hay un Sútra conocido como el Mahápadána Suttanta, en el que se
representa al Buda iluminando a sus discípulos respecto de los seis Budas que
que le precedieron. Los hechos relativos a sus vidas como Bodhisattvas y Budas
son casi idénticos en cada caso, excepto
en detalles incidentales: pues se supone que todos los Budas tuvieron un sólo
y mismo curso. Por tanto, cuando Gautama, el Buda del Kalpa actual, habla de
este modo sobre sus predecesores, incluyendo la historia de la Iluminación, está
simplemente recapitulando su propia vida terrena, y todo cuando aquí afirma le
ocurrió a sus predecesores, excepto asuntos tales como parentesco, rango
social, lugar de nacimiento, duración de la vida, etc., que deben ser considerados, asimismo, como ocurridos
a él mismo. Esto es especialmente
cierto en cuanto a su experiencia
espiritual conocida como Iluminación.2
Cuando el Bodhisattva, como se designa al Buda antes de lograr
el Estado Búdico, meditaba aislado de los demás, se le ocurrió
esta consideración: "En
verdad, este mundo
cayó en perturbación (kiccha); uno nace, envejece y muere, y cae de un estado y surge en
otro. Además, nadie conoce el modo de escapar de este sufrimiento, ni siquiera
de la decadencia y la muerte. ¿Cuándo se hará conocer el modo de escapar de
este sufrimiento, de la decadencia y la muerte?" Pensando de ese modo, el
Bodhisattva razonó que la decadencia y la
muerte surgieron del nacimiento, el nacimiento
1 La
historia de la Iluminación se halla
referida en el Dígha-Nikáya, XIV, y también
en la Introducción a los Relatos de Játaka,
en el Mahávastu, y en el
Majjhima-Nikáya, XXVI y XXXVI, y además en el Samyutta-Nikáya, XII. Estos
varían medianamente en los detalles, mas no en lo material.
La traducción china del Safra sobre la Causa y Efecto en el Pasado y en el Presente, que parece ser una
versión posterior al Mahápadána pali, ofrece
un relato algo diferente, pero en lo que atañe a mi punto de
argumentación, el resultado principal sigue siendo prácticamente el mismo. El Buddhacarita de Asvaghosha es
altamente poético. El Lalita-vistara pertenece al Maháyána. En este Ensayo traté de extraer mi material, principalmente, de Los Diálogos del Buda, traducidos por Rhys Davids; Los Dichos Afines, traducidos por la señora Rhys Davids; el Majjhima-Nikáya,
traducido por Silacára, y el mismo escrito, traducido por Neumann; los Agamas
chinos y otros.
2 La
idea de que en el pasado hubo algunos Budas más, Parece haberse originado en
los inicios de la historia del Budismo, como lo anotamos aquí, y su evolución ulterior, combinada con la Mea del Játaka, culminó
finalmente en el concepto del Bodhisattva, que es uno de
los rasgos característicos del Budismo mahayánico.
Los seis Budas del pasado, después ascendieron a veintitrés o
veinticuatro en el Buddha-vamsa y en
el Prajñá- páramitá, e incluso a cuarenta y dos en el Lalita-vistara. Entre los pueblos
de la antigüedad parece general la idea de predecesores o precursores. En la China,
Confucio proclamó haber transmitido su doctrina, recibida
de Yao y Shun, y Laotzé del Emperador Huang. En la India,
el Jainismo, que tiene muchas semejanzas con el Budismo, no sólo en la doctrina sino también
en la personalidad del fundador,
menciona veintitrés predecesores, que corresponden en mayor o menor grado, y de modo tan íntimo, a
los del Budismo.
del devenir, el devenir del apego, el apego del anhelo, hasta que llegó al condicionamiento mutuo de
nombre-y-forma (ñama-rúpa) y
cognición (viññána) 3 Luego razonó integralmente desde el
llegar-a-ser de este cuerpo entero
del mal hasta
su cesar-de-ser final,
y ante este pensamiento surgió en el Bodhisattva una intuición (cakkhu) 4 de las cosas no oídas antes, y surgió el
conocimiento, y surgió la razón, surgió la sabiduría, surgió la luz. (Bodhisattsa pubbe ananussutesu dhammesu
cakkhum udapádi, ñánam udapádi, paññá udapádi, vijjá udapádi, áloka udapádi,)
Entonces exclamó: "Penetré este Dharma, hondo y difícil de percibir, difícil de entender,
calmo, sublime, no mera dialéctica, sutil, inteligible, sólo para los sabios. (Dhammo gambhíro duddaso duranubodho santo panito atakkávacaro nipuno
vedaníyo.) Mas ésta es una raza que se consagra a las cosas a las que se apega; que se
consagra a ellas, que se deleita en eso. Y para una raza que se consagra a las
cosas a las cuales se apega, que se consagra a ellas, que se deleita en eso,
éste es un asunto difícil de percibir, vale decir, que esto es condicionado por aquello, y todo lo que sucede es
por medio de la causa.
Esto es también un asunto difícil de discernir: la tranquilización de todas las actividades de la vida, el renunciamiento a todos los substratos del renacimiento, la destrucción del deseo, la muerte de la pasión, la
quietud del corazón, el Nirvana."
Entonces el Buda pronunció el verso siguiente
en el que expresó su renuencia a predicar en gran
escala el Dharma al mundo —el Dharma realizado en él mediante el ñaña— el
Dharma que él observó visiblemente, cara a cara, sin instrucción tradicional
alguna:
"Esto que con bastante
trabajo yo gané,
¿Por qué he de hacerlo
conocer
a
gentes por odio y
deseo consumidas?
¡No es esta la Verdad5 que puedan comprender, contra la corriente del
pensamiento común, honda, sutil, difícil, delicada,
invisible, mientras
sean, de la pasión esclavos, cubiertos por la lobreguez de la Ignorancia.6
Según esta referencia, transmitida por los recopiladores de los Nikáyas,
confirmada también por la
otra literatura con que contamos acerca de la Iluminación del Buda, lo que
destelló en la mente de éste debió haber sido una experiencia muy
desacostumbrada, que no ocurre en nuestra consciencia cotidiana, ni siquiera en
la consciencia de un hombre sabio, ilustrado y reflexivo. De manera que el
3 Es muy dudoso que el Buda tuviese un esquema muy
definido y claro de la teoría de Causalidad, Dependencia u Originación, como, de variadas
maneras, la traduce
el Paticca-samuppáda. En el presente
Sútra él no va
más allá del Viññána (consciencia o cognición), mientras que en la forma
ahora aceptada la Cadena se inicia con la Ignorancia (avifíá). Sin embargo, no
hay razón para que consideremos la Décupla Cadena de Causalidad como la más primitiva y autorizada de la doctrina del
Paticca-samuppáda. En muchos
aspectos, el Sútra mismo muestra evidencias de una compilación posterior. El punto que deseo discutir aquí se refiere principalmente a los esfuerzos intelectuales del Buda para explicar las realidades de la vida mediante la teoría de la causalidad. El que el
Buda considerase a la Ignorancia
como el principio del nacimiento y la muerte, y por tanto, de la miseria en el
mundo, es un hecho bien establecido en la historia del Budismo.
4 Cakkhu significa literalmente: ojo. A menudo
se lo halla combinado con términos tales como paññá (sabiduría o razón), buddha o samanta (omni-rotundo),
cuando significa una facultad que trasciende la comprensión relativa corriente.
Como se advirtió en otra parte, es significativo que en el Budismo, tanto mahayánico como hinayánico se subraye tanto
la visión (passato), y especialmente en este caso, la mención de un "ojo" que ve directamente dentro de las cosas nunca presentadas antes a la propia mente, es
muy digna de notar. De hecho, es este cakkhu
o paññá-cakkhu lo que, al
trascender la condicionalidad de la Noble Verdad Cuádruple o la Cadena de la
Originación, penetra (sacchikato) en
el terreno mismo de la consciencia, de donde surge la oposición de sujeto y
objeto.
5 Aquí, como en el verso siguiente, "la verdad" significa Dharma.
6 Además de esto,
tenemos otro verso que se supone fue recitado por el Buda en el instante de
la Iluminación Suprema; se conoce
como el Himno de la Victoria. Fue citado en mis Ensayos
anteriores sobre el Budismo Zen y la Doctrina de la Iluminación. E1 Himno es desconocido en la literatura mahayánica.
El Lalita-vistara tiene
sólo esto:
"Chinna vartmopasanta rajáh sushká ásravá
na punah sravánti;
Chinne vartamani vartata
duhkhasyaisho 'nta ucyate."
Buda deseó
naturalmente desaparecer en el Nirvana,
sin intentar propagar
el Dharma, pero abandonó
esta idea cuando el Gran Brahma le habló así, en verso:
"Tal como sobre un risco, en la cumbre
de la montaña un hombre contemplaría a la gente que está abajo,
así
tú, Sabiduría bella y ascendente,
Oh Vidente
de todo, cima excelsa de la Verdad, mira hacia abajo,
libra de aflicción, a las naciones,
hundidas en el dolor, oprimidas por nacimiento y senectud.
¡Surge, Héroe! ¡Conquistador en la batalla!
¡Libre de culpas! ¡Señor del bando
peregrino!
¡Recorre el mundo, Maestro
sublime y bendito!
¡Enséñanos la Verdad, habrá quienes la entiendan!"
No hay duda que fue
esta experiencia espiritual la que
convirtió al Bodhisattva en Buda, en el Perfectamente Sabio, el Bhagavat, el
Arhat, el Rey del Dharma, el Tathágata, el Omnisciente y el Conquistador. En esto concuerdan todos los documentos con que contamos, tanto hinayánicos como mahayánicos.
Entonces se suscita
aquí la pregunta más significativa de la historia
del Budismo: ¿Qué fue lo que en
esta experiencia hizo que el
Buda conquistase la Ignorancia (avifíá, avidyá) y lo
liberase de Manchas (ásava, ásrava)?
¿Guál fue la intuición o visión de las cosas que él tuvo y que "antes
jamás se presentó en su mente? ¿Su doctrina del sufrimiento universal se debió
a la Sed, al Deseo (tanhá, trishná) y
al Apego (upádána?) ¿Fue mediante su
teoría de causalidad que ubicó el origen del dolor y del sufrimiento en la
Ignorancia?
Resulta muy evidente que su actividad intelectual no fue causa
efectiva de la Iluminación. "No ha de captarse mediante la mera
lógica" (atákkávacara), es la
frase que se encuentra constantemente en la literatura budista, pali y
sánscrita. La satisfacción que el Buda experimentó en este caso fue, por
completo, demasiado profunda, demasiado penetrante y de alcances demasiado
lejanos en cuanto al resultado como para ser un asunto de mera lógica. La
solución intelectual de un problema es bastante satisfactorio en cuanto se
elimine lo que lo obstruye, pero no es suficientemente fundamental para entrar
en las honduras de nuestra vida anímica. No
todos los eruditos son santos ni todos los santos son eruditos. El estudio
intelectual efectuado por el Buda sobre la Ley de Originación (paticca-samuppáda), por más perfecto e
integral que sea, no podría darle seguridad
completa de su triunfo sobre la Ignorancia, el Dolor, el
Nacimiento y las Manchas. Seguir las cosas hasta su origen o sujetarlas a un
esquema de concatenación es una cosa, pero someterlas, sujetarlas a la realidad de la vida, es otra cosa muy distinta. En un caso solo está
activo el intelecto, mas en el otro está la actividad volitíva, y la voluntad
es el hombre. El Buda no fue el mero descubridor de la Dodécupla Cadena de
Causalidad; él aferró en sus manos la cadena y la rompió en pedazos para que no
lo atase nuevamente a la esclavitud.
Su intuición alcanzó el fondo de su ser y lo vio realmente como
era, y la visión fue como la visión de su mano con sus propios ojos; no hubo
reflexión, inferencia, juicio, comparación, ni desplazamiento hacia atrás ni
hacia adelante, paso a paso; vio la cosa y su terminación; nada había que hablar al respecto, ni que
argüir ni explicar. La visión fue algo completo
en sí mismo; no condujo
a nada dentro ni fuera, ni más acá ni más allá. Y fue esta integralidad, esta finalidad, la que
tan enteramente satisfizo al Buda, quien entonces
supo que la cadena estaba rota y que
él era un hombre liberado. Por tanto, la experiencia que el Buda tuvo sobre la
Iluminación no puede entenderse refiriéndola al intelecto que atormenta pero no
llega a satisfacer.
La
experiencia psicológica del Buda sobre la vida como dolor y sufrimiento fue
intensamente real y lo transportó hasta las honduras mismas de su ser, y en
consecuencia la reacción emocional que experimento al tiempo de la Iluminación
fue proporcional a esta intensidad del sentimiento. Por lo tanto, lo más
evidente es que no pudo descansar satisfecho con una observación o estudio intelectual de los hechos de la vida. A fin de introducir un perfecto estado de tranquilidad en las agitadas
olas que se elevaban en su corazón, tuvo que recurrir a algo conectado más
profunda y vitalmente con su ser más íntimo. Por todo lo que podemos decir de
ello, el intelecto es, después de todo, un espectador, y cuando efectúa algún
trabajo es como un
asalariado
para mejor o para peor. El solo no puede producir el estado mental denominado
iluminación. El sentimiento de libertad perfecta,
el sentimiento de "aham hi araha loke, aham
sattha anuttaro", no podría surgir sólo de la consciencia de una superioridad intelectual. En la mente del Buda debe haber habido una
consciencia mucho más fundamental que sólo podría acompañarse de la propia
experiencia espiritual profundísima.
Para explicar esta experiencia espiritual, los escritores
budistas agotan su conocimiento de palabras relativas a la compresión, lógica o
de otra índole. "Conocimiento" (vij-já),
"comprensión" (pajánaná), "razón"
(ñaña), "sabiduría" (pañña), "penetración" (abhisameta), "realización" (abhísambuddha), "percepción" (sañiánanam), e "intuición" (dassana),7 son
algunos de los términos
que emplean. En verdad, en tanto nos reduzcamos a la intelección, por más
profunda, sutil, sublime y esclarecedora que ésta sea, no llegaremos a ver dentro
de la esencia del asunto.
He aquí la razón de porqué hasta los denominados budistas primitivos, que algunos consideran positivistas, racionalistas,
y agnósticos, estaban obligados a dar por sentada alguna facultad que encaraba
las cosas muy por encima del conocimiento, vale decir las cosas que no apelan a
nuestro ego empírico.
El relato mahayánico sobre
la Iluminación, tal como se encuentra en el Lalita-vístara
(capitulo sobre el "Abhi-sambodhana") es más explícito en cuanto
a la índole de actividad mental o sabiduría que convirtió al Bodhisattva en el
Buda. Pues el Buda alcanzó el conocimiento perfecto (abhisambodha) a través del
"ekacittekshana-sam-yuktaprajñá". ¿Qué es este Prajñá? Es la
comprensión de un orden superior al que habitualmente se ejercita para adquirir
el conocimiento relativo. Es una facultad intelectual y espiritual, por cuya
actividad el alma puede romper
las cadenas de la intelección.
Esta es siempre dualista en cuanto a
resultado cognoscitivo de sujeto y objeto,
mas en el Prajñá que se ejercita "al unísono con
unicidad-de-visión-pensante", no hay separación entre conocedor y conocido, todo se observa (ikshana) en un solo pensamiento (ekacitta), y la iluminación es
el resultado de esto. Explicando de esta manera la operación
del Prajñá, los mahayanistas lograron
avanzar al clarificar más la naturaleza del sambhodi: pues cuando
la mente invierte su habitual curso de acción y, en vez de dividirse
externamente, retorna a su íntima morada original de la unidad, empieza a captar el estado de "unidad-de-visión-pensante", donde la Ignorancia cesa en sus intrigas y las Manchas no tienen vigencia.
Así
podemos ver que la Iluminación es un estado absoluto de la mente, en el que no
tiene lugar la "discriminación" (parikalpana
o vikalpa), así se denomina, y esto requiere un gran esfuerzo mental para
concretar este estado de apreciar todas las cosas "en un solo
pensamiento". De hecho, nuestra consciencia, tanto lógica como práctica,
se entrega en demasía al análisis y la ideación; vale decir, cortamos las realidades en elementos, a fin de entenderlas; mas cuando se las ensambla
para armar el conjunto original, sus elementos
quedan definidos demasiado manifiestamente, y no observamos el conjunto
"en un solo pensamiento". Y como obtenemos la iluminación cuando se
logra el "pensamiento único", tenemos que esforzarnos para trascender
nuestra consciencia relativa, que se apega a la multitudinariedad y no a la
unidad de las cosas. El hecho más importante que yace detrás de la experiencia
de la Iluminación es, por tanto, que el Buda efectuó el más esforzado intento
para resolver el problema de la Ignorancia y su supremo poder volitivo debió
ponerse de manifiesto para procurar un triunfal resultado en la lucha.
Leemos
en el Katha-Upanishad: "Así como
el agua de la lluvia caída de la cima de una montaña se desplaza hacia abajo
por todas las vertientes, de igual manera ocurre con quien ve una diferencia
entre las cualidades que se desplazan por todos lados.
Como el agua pura escanciada sobre agua pura sigue siendo la misma, oh Gautama,
es el yo del pensador que conoce." Este escanciar agua pura sobre agua
pura es, tal como se presenta aquí, "apreciar todas las cualidades en un
solo pensamiento", que finalmente corta la desesperantemente enmarañada
red lógica, fundiendo todas las
diferencias y semejanzas en la
unidad absoluta del conocedor (jñánin) y lo conocido (jñeya). Sin
7 El
Mahdvyutpatti, CXLH, da una lista de trece términos que denotan el acto de comprender con matices más o
menos definidos en cuanto al
significado: buddhi, mati, gati, matam, drishtam, abhisamitáví, samyagavabodha,
suprarividdha, abhilak-shita, gátímgata, avabodha, pratyabhijñá y menire.
embargo, esto, según nuestra
vida dualista práctica,
es una reversión, una distorsión, un reajuste.
Eckhart, el gran místico alemán, se unifica singularmente con la
"unidad-de-visión-pensante" de las
cosas, según la concretaron los budistas, cuando
expresa así su opinión: "Das Auge darin ich Gott
sebe, ist dasselbe Auge, darin' Gott mich sieht. Mein Auge und Gottes Auge ist
ein Auge und ein Gesicht und ein Erkennen und eine Liebe."8 La
idea de la reversión se halla expresada más claramente en el símil de Jacobo
Boheme sobre el "umgewandtes Auge", con lo que se reconoce a Dios.
Por lo tanto, la Iluminación debe abrazar no sólo a la voluntad
sino también al intelecto. Es un acto intuitivo nacido de la voluntad. La
voluntad quiere conocerse como es en sí misma, yathábhútam dassana, libre de todas sus condiciones cognoscitivas.
El Buda alcanzó esta meta cuando se produjo en él una nueva intuición al
término de su razonamiento siempre circular de decadencia y muerte hasta
Ignorancia, y de Ignorancia hasta decadencia y muerte, a través de los doce eslabones
del Paticca-samuppáda. El Buda debió recorrer el mismo terreno
una y otra vez, pues se hallaba en un impasse intelectual del que no podía avanzar. No repitió el
proceso, como originalmente se imaginó, para su propia edificación filosófica.
El hecho fue que no supo cómo escapar de esta interminable
rotación de ideas; en este extremo había nacimiento, había decadencia y muerte,
y en el otro extremo había Ignorancia. No podían negarse los hechos objetivos;
los confrontó con audacia e incomodidad, mientras la Ignorancia malograba el
progreso de su facultad cognoscitiva desplazándose mucho más adelante o hacia
atrás. Estaba cercado por ambos lados;
no sabía cómo hallar la salida; primero
se dirigió hacia un camino y luego hacia otro, siempre con el
mismo resultado: la cabal inutilidad de toda su labor mental. Pero tenía
voluntad indomable; quería, con el supremo esfuerzo de su voluntad,
introducirse en la verdad misma del problema; golpeó y golpeó hasta que se
abrieron las puertas de la Ignorancia: y ya franqueadas, ofrecieron un nuevo
panorama que jamás se presentó antes a su visión intelectual. De manera que
pudo exclamar ante Upaka, el asceta desnudo, con quien se encontró en
su camino hacia Benares, después de
la Iluminación:
"Omniconquistador, conocedor
de todo, de toda mancha y
defecto liberado, renunciando a todo, del deseo despojado,
me enseñé
a mi mismo, ¿A quién
diré Maestro? Lo que supe no
me lo enseñó ninguno,
mi igual no existe
aquí en la tierra. De
celestial o humano nacimiento no hay nadie que me iguale.
Ciertamente,
logré yo liberarme, soy del mundo,
maestro inigualado, solo,
perfecto iluminado,
Moro en la
paz eterna." 9
Cuando hablamos de Iluminación tendemos
a pensar en su aspecto
epistemológico y a olvidar
la presencia de un tremendo poder volitivo que está detrás de aquélla: de
hecho, el poder que estructura la esencia íntegra del individuo. En especial, como
sucede en el Budismo, el intelecto se adelanta en forma destacada, tal vez más de lo que debe, en la concreción del ideal
de la vida budista; los estudiosos se sienten tentados a ignorar la
significación de la voluntad como factor esencialmente determinante en la
solución del problema último. De manera que su atención se
8 Franz Pfeiffer, pág. 312, Mai tensen, pág. 29.
9 Según la versión inglesa
del Bhikkhu Sílácará.
El original pali es el siguiente:
Sabbábhibhú sabbavídú 'ham asmi,
Sabbesu
dhammesu anúpalitto, Sabbamjaho tanhakkhaye vimutto Savam abhiññáya
kam uddiseyyam.
Na me
ácaríyo atthi, sadiso me na vijjatí, Sadevakasrnin lokasmim no 'tthi
me patipuggalo. Aham hl araba
loke, aham satthá anuttaro,
Eko 'mhi sammasambuddho, sitibhúto
'smi, nibbuto. Dígha-Nikáya,
XXVI
dirigió demasiado
a la doctrina del Patícca-samuppáda o del Ariyasacca, considerando que ésta constituía la doctrina final
del Budismo. Pero en esto, lamentablemente, fallaron; no estuvieron en lo cierto al confundir al Budismo con una especie
de cultura ética, declarando que no es más
que un sistema de preceptos morales (síla),
sin un alma, sin un Dios, y consiguientemente, sin una promesa de
inmortalidad. Sin embargo, las verdaderas ideas budistas sobre Ignorancia,
Causalidad y Conducta Moral tenían un fundamento mucho más hondo en la vida
anímica del hombre. La Ignorancia no era una ignorancia cognoscitiva, sino que significaba la oscuridad de la perspectiva espiritual. Si la
Ignorancia fuese nada más que cognoscitiva, su clarificación no podría tener
por resultado la iluminación, la liberación de los Grillos y Manchas, o
Tóxicos, como refieren algunos
estudiosos palis. La intuición del Buda penetró
en las honduras de su ser
a voluntad, y supo lo que esto era, yathábhútam, o lo conoció
en su tathábháva (eso o talidad) y se elevó sobre sí mismo como Buda
supremo y sin par. La expresión "Anuttara- samyaksambodhi" fue
empleada así, para designar este conocimiento preeminentemente espiritual,
concretado por él.
La Ignorancia, que es antítesis de Iluminación, adquiere aquí,
por tanto, un sentido mucho más profundo que
el atribuido hasta entonces. La
Ignorancia no consiste meramente en no saber
o no estar familiarizado con una teoría, sistema o ley; no comprende
directamente los hechos últimos de la vida como expresión de la voluntad. En la
Ignorancia, saber está separado de actuar, y el conocedor está separado de lo
que se conoce; en la Ignorancia, el mundo se afirma como distinto del yo; vale
decir, siempre hay dos elementos que se hallan opuestos. Sin embargo, ésta es
la condición fundamental de la cognición, lo cual significa que tan pronto
tiene lugar la cognición, existe la Ignorancia que se apega a su acto mismo. Cuando pensamos sabemos algo,
hay algo que no sabemos. Lo
desconocido está siempre detrás de lo conocido, y no llegamos hasta este
conocedor desconocido, que es, ciertamente, la compañía inevitable y necesaria
de todo acto o cognición. Sin embargo, queremos conocer a este conocedor desconocido, no podemos dejar que siga
incógnito, sin comprenderlo ni ver realmente qué es; vale decir, la
Ignorancia ha de ser iluminada. Esto implica
una gran contradicción, al menos epistemológicamente. Pero hasta que
trascendamos este estado no hay paz mental, la vida se torna insoportable. En
su búsqueda del "constructor" (gahákara),
el Buda fue siempre abordado por la Ignorancia, por un conocedor
desconocido detrás del conocer. Durante largo tiempo no pudo echar mano sobre este enmascarado hasta
trascender el dualismo de conocedor y conocido. Esta trascendencia no fue un
acto cognoscitivo, fue autocaptación, fue despertar espiritual y fuera del
alcance del razonamiento lógico, y por tanto sin la compañía de la Ignorancia.
El conocimiento que el conocedor tiene sobre sí, en sí —vale decir, como él es
para sí mismo— es inalcanzable mediante cualquier proceso intelectivo que no
permite que trascienda sus propias condiciones. La Ignorancia se somete sólo
trascendiendo su propio principio. Esto es un acto volitivo. La Ignorancia, en
sí, no es mala, ni es la fuente del mal, pero cuando ignoramos la Ignorancia, lo que ella significa en nuestra vida, entonces tiene lugar una interminable concatenación de males. El tanhá (deseo) es considerado la raíz del mal que sólo puede vencerse cuando
se entiende la Ignorancia en
su significado más profundo y apropiado.
II
Por
tanto, los estudiosos budistas delatan una cabal ignorancia al relegar la
Ignorancia al pasado, al tratar de explicar la razón de ser de la Dodécupla
Cadena de Causalidad (paticca-samuppáda)10
desde el punto de vista temporal. Según ellos, los primeros dos factores (angáni) del Paticca- samuppáda
pertenecen al pasado, mientras los ocho siguientes pertenecen al presente, y
los dos últimos al futuro. La Ignorancia, con la que se inicia la serie de los
Nidánas, no tiene límites temporales, pues no pertenece al tiempo sino a la voluntad, igual que la iluminación. Cuando
ingresa el concepto temporal, la iluminación, que es, negativamente, la
disipación de la Ignorancia, pierde todo su carácter final, y empezamos a mirar
en derredor en busca de algo que la trascienda. Las Cadenas estarían siempre en
torno de nosotros, atándonos, y las Manchas serían nuestro estado eterno.
Ningún dios cantaría al Despierto como "inmaculado loto, libre del polvo
de la pasión, surgido del lago del conocimiento; sol que destruye la oscuridad
de la ilusión; luna que aleja el abrasador calor de los pecados inherentes de
la existencia".11
Si la Iluminación hiciese temblar a todo el universo en los seis
modos distintos registrados en los Sútras, la Ignorancia, sobre la que
finalmente prevalecería, debería tener un poder igual, aunque diametralmente
opuesto a aquélla, en valor y virtud,
como la Iluminación. Confundir a la Ignorancia con un término intelectual y
luego interpretarla en términos de relación temporal, destruye por completo su
carácter fundamental como la primera en la serie de los Doce Nidánas. El poder
extraordinario ejercido por el Buda sobre sus contemporáneos, al igual que sobre la posteridad, no se
debió enteramente a su maravillosa agudeza analítica, aunque así tenemos que
admitirlo en él; se debió, esencialmente, a su grandeza espiritual y profunda
personalidad, derivadas de su poder volitivo que penetró hasta la base misma de
la creación. La derrota de la Ignorancia fue una demostración de este poder
que, por tanto, era invencible, y contra el mal, Mará, con todas sus huestes,
fue cabalmente impotente en cuanto a vencerlo o seducirlo. El hecho de no
llegar a ver el verdadero significado de la Ignorancia en el sistema del
Paticca-samuppáda o en el Ariyasacca concluirá inevitablemente en la
interpretación errónea de la naturaleza esencial de la Iluminación y,
consiguientemente, del Budismo.
Al
principio, que en realidad no es principio y
que no tiene significado espiritual salvo en nuestra vida finita, la
voluntad quiere conocerse, y se despierta la consciencia, y con el despertar de
la consciencia, la voluntad se parte en dos. Una voluntad, total y completa en
sí misma, es ahora, al mismo tiempo, actora y
observadora. El conflicto es inevitable; pues la actora ahora quiere
liberarse de las limitaciones bajo las cuales
fue obligada a colocarse en aras de su deseo de consciencia. En un sentido es capaz
de ver, pero al mismo tiempo hay algo
que, como observadora, no puede ver. En la huella del conocimiento, la Ignorancia sigue con la inevitabilidad del destino; una acompaña al otro; no puede efectuarse separación
alguna entre ambos compañeros. Mas la voluntad como actora se inclina a
retornar a su morada original donde no había aun dualismo, y por tanto
prevalecía la paz.
Este anhelo
en pos del hogar no puede, sin embargo, satisfacerse con una experiencia
prolongada, difícil y fatigosa. Pues lo que una vez se dividió
en dos no puede restablecer su anterior unidad
hasta experimentar alguna lucha. Y la restauración es más que un mero
retorno; el contenido original está enriquecido por la división, la lucha, y el
restablecimiento.
Cuando la división tiene lugar por primera vez, en la voluntad,
la consciencia está tan enamorada de su novedad y aparente eficiencia en
resolver los problemas prácticos de la vida, que olvida su propia misión, que
consiste en iluminar a la voluntad. En vez de volcar sus rayos iluminadores
dentro de sí —vale decir, hacia la voluntad de la que tiene su principio de
existencia— la consciencia se
mantiene ocupada en el mundo objetivo de las realidades y las ideas; y cuando
trata de mirar dentro de sí misma,
hay un mundo de unidad absoluta,
del cual, el objeto que desea conocer es el sujeto mismo. La espada no
puede cortarse a sí misma. La oscuridad de la Ignorancia no
puede disiparse porque es su propio yo. En este punto la voluntad ha de
efectuar un heroico esfuerzo para iluminarse,
10 Corrientemente, la Cadena corre de esta manera:
1. Ignorancia (avijjá, avidyá); 2.
Disposición (sunkhára, sajnskára); 3.
Cons-ciencia (viññána, víjñána); 4.
Nombre y Forma (ñámarúpa); 5. Seis
órganos sensorios (saláyatana, sadáyalana); 6. Tacto (phassa, sparsa);
7. Sentimiento (vedana); 8.
Deseo (tanhá, trshná); 9.
Apego (upádá-•m); 10. Devenir (bháva); 11. Nacimiento (játi), y 12. Vejez y Muerte (iarámaranam).
11 M El Buddhacarita,
Libro XIV.
para
redimirse, sin destruir la consciencia que una vez despertara, o más bien
estructurando el principio que yace en la frase de la consciencia. Esto se cumplió,
como vemos en el caso del Buda, y se convirtió en más que mero Gautama,
fue el Despierto, el Exaltado y el
supremamente Iluminado. En la volición hay realmente algo más que mera
volición, hay pensamiento y visión. Mediante esta visión, la voluntad se ve y,
por ende, se libera y es su propio amo. Esto es conocer en el sentido más fundamental del término, y
en esto consiste la redención budista.
La Ignorancia prevalece mientras permanece engañada
por su propio retoño o su propia
imagen, la consciencia, en lo
cual el conocedor siempre se distingue de
lo conocido. Sin embargo, el engaño
no puede durar, la voluntad desea ser iluminada, ser libre, ser por sí misma. La Ignorancia siempre presupone la
existencia de algo que está afuera y es desconocido. Este incógnito foráneo se denomina generalmente ego o alma, que en
realidad es la voluntad misma en el
estado de la Ignorancia. Por tanto, cuando el Buda experimentó la Iluminación,
de inmediato comprendió que no había Atman, ni entidad anímica como algo
desconocido e incognoscible. La Iluminación disipó la Ignorancia y con ésta
desaparecieron los duendes conjurados desde la oscura cueva del ego. La
Ignorancia, en su empleo genérico, se opone al conocimiento, pero desde el
punto de vista budista, en el que contrasta con la Iluminación,
significa el ego (átman), que es tan enfáticamente negado por el Buda. No hay que
asombrarse por eso, viendo que la
doctrina del Buda se centró en la
doctrina de la Iluminación, de la disipación de la Ignorancia.
Quienes
sólo ven en el Budismo la doctrina del no-átman, y no llegan a indagar dentro
del significado de la Iluminación, son incapaces de apreciar el pleno
significado del mensaje del Buda, dirigido al mundo. Si simplemente negó la
existencia de una ego-entidad desde el punto de vista psicológico, tras reducir
esto a sus factores constitutivos, científicamente puede ser llamado grande en
cuanto a sus facultades analíticas, pero su influencia como líder espiritual no
habría llegado tan lejos ni durado tanto. Su teoría del no-átman no sólo fue
establecida por un moderno método científico, sino que esencialmente fue el
resultado de su experiencia interior. Cuando se entiende la Ignorancia en su
sentido más profundo, su disipación tiene, como resultado inevitable, la
negación de una ego-entidad como base
de todas nuestras actividades vitales. La Iluminación es un concepto positivo,
y a las mentes corrientes les resulta muy difícil comprenderla en sus
significados verdaderos. Pero cuando conocemos qué significa en el sistema
general del Budismo, y concentramos nuestros esfuerzos en su comprensión, todo el resto se encarga de sí, como ocurre con la noción del ego, del apego a éste, la
Ignorancia, las Cadenas, Manchas, etc., Conducta Moral, Contemplación y Comprensión Superior: todas estas tienden
a producir el fin deseado del Budismo; vale decir, la Iluminación. La constante
reiteración del Buda de la teoría de causalidad, refiriendo a sus discípulos
cómo, cuando esto es causa, aquello es efecto, y cómo, cuando desaparece la
causa, también desaparece el efecto, no tiende, como primer objetivo a
familiarizarlos con una especie de lógica formal, sino a hacerles
ver cómo la Iluminación se relaciona causalmente con toda la felicidad
humana, la libertad y la tranquilidad espirituales.
Mientras la Ignorancia se entienda como incapacidad lógica de
conocer, su desaparición jamás podrá procurar la libertad espiritual a la que
la primitiva literatura budista que se conoce hace alusiones tan frecuentes y
enfáticas. Obsérvese como reza la declaración del Arhat, sobre la independencia
espiritual, en los Nikáyas: "Surgió en mí la intuición, tornóse
inconmovible la emancipación de mi corazón, este es mi postrer nacimiento,
ahora no hay renacimiento para mí."12 Esta es una afirmación
muy vigorosa, que demuestra cuan intensa y convincentemente fueron atrapados
los hechos centrales de la vida. En verdad, el pasaje es una de las
caracterizaciones del Arhan-tado, y cuando se lo esboza con mayor plenitud, tenemos
algo parecido a esto: "Para quien así conoce y así ve,13 el corazón se libera de la mancha
del deseo, se libera de la mancha del devenir,
se
12 Nánañ ca pana me dassanam udapádi
akuppa me ceto-vimutti ayam antima játi natthl dáni punabbhavo.
13 "Así conocer, asi ver" (evam janato evam passato) es una de las
frases fijas que encontramos en toda la literatura budista, en el Hínayána y el .Maháyána. Estuviesen o no sus compiladores al tanto de la distinción existente entre conocer y ser según el sentido
que actualmente atribuimos a la teoría
del conocimiento, la unión de conceptos es de
gran significación. Deben haber sido
conscientes de la ineficiencia e insuficiencia de la palabra
"conocer" al describirse la índole del conocimiento obtenido en el
instante de la Iluminación. "Ver"
o "ver cara a cara" significa la inmediatez, perspicuidad suma y certidumbre de tal conocimiento. Como se mencionó
en otra parto, el Budismo
es rico en terminología de este orden
de cognición.
libera de la
mancha de la Ignorancia. En él, así liberado, surge el conocimiento de su
emancipación, y conoce
que el renacimiento fue destruido, que la Vida Superior fue realizada,
que lo que debía hacerse, se cumplió, y que después de la
vida actual no habrá más allá."14 En esencia, el Arhat es el Buda e incluso
el Tathágata, y al principio de la historia
del Budismo la distinción entre estos términos no se
presenta muy definida. De manera que, en gran medida, puede calificarse en los
mismos términos.
Cuando el Buda hablaba a sus discípulos respecto de las diversas
especulaciones prevalecientes en su tiempo, efectuó
las siguientes observaciones acerca del conocimiento de las cosas, según
mandato del Tathágata:
"Conoce eso, y asimismo conoce otras cosas que están mucho
más allá, mucho mejores que aquellas especulaciones; y teniendo ese
conocimiento no se infatúa; y así, refulgente, comprendió en su propio corazón
el modo de huir de ellas; entendió, como realmente son, el surgimiento y
desaparición de las sensaciones, su dulce sabor, su peligro, cómo no puede confiarse
en ellas, sin apegarse a ninguna de aquellas cosas por las que los hombres
están ávidos; él, el Tathágata está totalmente liberado. Estas son aquellas
otras cosas, profundas, difíciles de realizar
y arduas de entender, tranquilizantes, dulces, incaptables mediante
la lógica, sutiles, comprensibles sólo para los sabios, que el Tathágata expuso, habiéndose comprendido y visto cara a cara; y es con respecto a éstas que han de
hablar quienes rectamente alaban al Tathágata de acuerdo con la verdad."15
Estas virtudes por las que se alabaría al Tathágata no derivaron
manifiestamente de la especulación ni del razonamiento analítico. Su visión
intelectual era precisamente tan aguda y de
tan largo alcance
como la de cualquiera de sus contemporáneos, pero él estaba
dotado de una facultad y poder volitivo superiores, ejercitándolos al máximo de su capacidad a fin de producir todas estas virtudes
pertenecientes a la esencia íntegra del Estado de Tathágata. Y naturalmente no
tenía necesidad de enfrentar estos problemas metafísicos que agitaban a los
filósofos de su tiempo; aquellos se resolvieron en él cuando alcanzó su
libertad y serenidad espirituales, íntegramente, en su aspecto sintético, y no
parcial ni fragmentariamente; se trataría de este último caso si se hubiesen presentado a la cognición
del Buda como problemas filosóficos. Bajo esta luz ha de leerse el Maháli Sutta. Algunos estudiosos se preguntan porqué dos ideas
enteramente desconectadas se encaran juntas en un solo cuerpo del Sútra, el
cual, sin embargo, manifiesta cabal ignorancia con respecto a los asuntos
espirituales, pues no llegan a advertir el significado verdadero de la
Iluminación el sistema de la fe budista. Para entender esto necesitarnos la
intuición imaginativa que penetre directamente en el centro de la vida, pues no
siempre los talentos meramente literarios y filológicos lograron desentrañar
sus secretos.
El Maháli Sutta es un
Sútra pali del Dígha-Nikáya, en el que Maháli interroga al Buda en cuanto al objeto de la vida religiosa practicada por sus discípulos, y lo que sigue es la esencia
de su respuesta: Los Budistas no practican la autoconcentración a fin de
adquirir poderes
14 Tassa evam janato evam passato kamasavapi cittam vimuccati bhavasavapi cittam vimuccati avijjasavapi cittam vimuccati, virnuttasmim vimuttamit ñanam hoti. Khina
jati vusitam brahma-cariyam katam karaniyam naparam itthattayatí pajanati.
15 El Brahmajéla
Sutta, pág. 43; según la versión inglesa
de Rhys Davids.
milagrosos de ninguna índole,
como serían: oír voces celestiales o ver visiones
celestiales.16 Hay
cosas más elevadas y dulces que eso,
una de las cuales es la destrucción completa de los Tres Lazos (la ilusión de sí, la duda y la confianza en la eficacia de las buenas
obras y las ceremonias) y el logro
de un estado mental que conduzca a la intuición de las cosas superiores de la
vida espiritual propia.
Cuando se obtiene esta intuición el corazón cobra serenidad, se libera de la mancha de la Ignorancia,
y surge el conocimiento de la emancipación. Las preguntas que formulas, oh
Maháli, respecto de la identidad del cuerpo y del alma son ociosas; pues cuando
alcanzas la intuición suprema y ves las cosas como realmente son en sí mismas
—vale decir, emancipadas de los Lazos, Manchas y Flujos Mortales— aquellas
cuestiones que te molestan, perderán
de inmediato y por completo
su valor y no serán formuladas más del modo que tú lo haces. De ahí que no
sea necesario que responda tus preguntas.
Este diálogo entre el Buda y Maháli
ilustra bien la relación entre la Iluminación y el problema del
alma. No es menester preguntarse porqué el Buda no resolvió claramente la
pregunta siempre recurrente en vez de ignorarla
como lo hizo, hablando de algo en apariencia, desconectado del punto en cuestión.
Este es uno de los ejemplos por los que debemos tratar de intuir el significado
de la Ignorancia.
16 La
idea de realizar milagros sistemáticamente con el poder adquirido mediante
auto-concentración parece haber estado muy en boga en la India, incluso desde
los primeros tiempos de su civilización, y con frecuencia sus seguidores
instaron al Buda para que demostrase su poder de operar milagros. De hecho, su»
biógrafos posteriores lo convirtieron en un milagrero corriente, al menos según
podemos juzgar de acuerdo a la norma ordinaria de lógica y ciencia. Mas desde
el punto de vista del Prajñá-páramitá, según el cual "porque lo que fue
predicado por el Tathágata como posesión de cualidades, eso fue predicado como
no-posesión de cualidades por el Tathágata, y
por lo tanto eso se llama posesión
de cualidades" (yaishá
bhagavan lakshanasampat tathágatena bháshitá
alakshanasampad eshátathágatena bháshita;
tenocyate lakshanasampad iti), la idea de operar
milagros adquiere espiri- tual y absolutamente un nuevo significado. En el Kevaddha Surta se menciona tres podigios, entendidos y realizados por el Buda: t'l prodigio
místico, el prodigio de la educación, y el prodigio de la manifestación. Quien
posee el prodigio místico puede operar los siguientes imposibles lógicos y
físicos: "De uno se convierte en multiforme, de multiforme se convierte en
uno; de visible se convierte en invisible; pasa sin obstáculos al otro lado de
una pared, de un muro o una montaña, como si atravesase- el aire; penetra
ascendente o descendentemente un terreno sólido como si fuese agua; camina sobre el agua sin dividirla, como si fuese
terreno sólido; viaja con las piernas cruzadas a través del cielo como las aves
con sus alas; toca y siente con la
mano hasta la luna y el sol, y a los seres de poder y potencia místicos; llega incluso
corporalmente hasta el cielo de Brahma." ¿Entenderemos esto literal e
intelectualmente? ¿No podemos interpretarlo según el espíritu del idealismo del
Prajñá-páramitá? ¿Por qué? Tacittam yacittam acittam. (El pensamiento se llama
pensamiento porque es no-pensamiento.)
III
Sin embargo, una de las razones por las que el Buda dejó sin
contestar algunas preguntas metafísicas, o sin determinarlas (avyákata), se debió al hecho de que el
Budismo es un sistema práctico de disciplina espiritual y no un discurso
metafísico. Él Buda tuvo, naturalmente, su teoría cognoscitiva, pero ésta fue
secundaria en la medida en que el objetivo principal de la vida budista fue alcanzar
la Iluminación de la que deriva la libertad espiritual. La Iluminación derrota
a la Ignorancia que yace en la raíz del nacimiento y la muerte, echando cadenas
de toda descripción, tanto intelectuales como afectivas. Y esta derrota
de la Ignorancia no puede lograrse salvo mediante
el ejercicio del propio poder volitivo; todos los demás intentos, en especial
los meramente
intelectuales,
son cabalmente fútiles. De ahí-la conclusión del Buda: "Estas cuestiones17
no tienen, por cálculo, el beneficio; no se relacionan con el Dharma, ni con el
desapego, ni con la purificación de los deseos, ni con la quietud, ni con la
tranquilización del corazón,
ni con el conocimiento
real, ni con la intuición de las etapas superiores del Sendero, ni con el
Nirvana. Por ello es que no expreso opinión sobre ellas." Por el otro
lado, lo que el Buda expuso fue: "Lo que es el dolor, lo que es el origen
del dolor, lo que es el cese del dolor, y
el método por el cual puede alcanzarse el cese del dolor." Pues todas éstas son cuestiones prácticas, dominadas por cualquiera que desee realmente cumplir el gran acto de la
emancipación. El hecho de que el Buda se opusiera muchísimo al mero
conocimiento e insistiera muy enfáticamente
sobre la visión real y la experiencia personal del Dharma, cara
a cara, está evidenciado por doquier en los Nikáyas así como también en los
textos mahayánicos. En verdad, éste
fue el punto más fuerte de la doctrina budista. Cuando un filósofo brahmánico se refirió a su conocimiento
de las Tres Vedas y a una unión con
lo que no había visto, el Buda lo
ridiculizó con una de sus recias frases: "De modo que dices que los
Brahmanes no pueden señalar el camino
de unión con aquello que vieron, y encima
dices que ni siquiera uno de ellos, ni uno de sus discípulos, ni uno de sus
predecesores hasta la séptima generación, jamas vio a Brahma. Y además dices
que ni siquiera los Rishis de la antigüedad, cuyas palabras tienen en tan hondo
respeto, pretendieron conocer, o haber visto dónde, o de dónde o por dónde está
el Brahma. Sin embargo, estos Brahmanes, versados en los Tres Vedas dicen,
ciertamente, que pueden señalar el camino de unión con aquello que no conocen
ni han visto... Se parecen a una hilera de ciegos que se aferran uno al otro,
sin que quien está delante, ni quien
está en el medio ni quien está detrás, pueda ver. La charla de aquellos
Brahmanes versados en los Tres Vedas no es sino charla de ciegos: el primero no
ve, el segundo no ve, y tampoco ve el último,"
La Iluminación o la disipación de la Ignorancia, que es el ideal
de la vida budista, podemos ahora verlo muy claramente, no es un acto del
intelecto, sino la transformación o remodelación íntegra del ser a través del ejercicio de la muy fundamental facultad
innata en todos nosotros. La mera comprensión tiene en sí algo
extraño y no parece introducirse tan íntimamente en la vida. Si la Iluminación
tuviese un efecto tan tremendo sobre nuestra perspectiva espiritual como leemos
en los Sútras, no podría ser el resultado de familiarizarse tan sólo con la
doctrina de Causalidad. La Iluminación es la obra del Paññá, que nace de la
voluntad que quiere verse y estar en sí. De ahí el énfasis del Buda sobre la
importancia de la experiencia personal; de ahí su insistencia sobre la
meditación en soledad como medio conducente a la experiencia. La meditación, a través de la cual la voluntad
se esfuerza por trascender la condición investida en el despertar de la
consciencia, de ningún modo es, por tanto, el simple acto de pensar sobre la
teoría de Originación o Causalidad, que se desplaza eternamente en círculo,
partiendo de la Ignorancia y terminando en la Ignorancia. Esto es lo único que
se necesita muchísimo en el Budismo. Todos los demás problemas metafísicos nos envuelven
en una enmarañada madeja, en un montón de hilo enredado.
De manera que hay que liberarse de la Ignorancia no mediante metafísica sino con la lucha de la voluntad. Hecho esto, también nos
libramos de la noción de una ego-entidad que es producto, o más bien base,
de la Ignorancia, de la que depende
y medra. El ego es el
sitio oscuro donde no llegan a
penetrar los rayos del intelecto; es el último escondrijo de la Ignorancia,
donde esta última se aparta, serenamente, de la luz. Una vez puesto al
descubierto y allanado este cubil, la Ignorancia se desvanece como escarcha al
sol. De hecho, estas dos son una sola y misma cosa: la Ignorancia y la idea del
ego. Tendemos a pensar que cuando se echa afuera a la Ignorancia y el ego
pierde su dominio sobre nosotros, no tenemos nada contra lo cual recostarnos y quedamos sujetos al destino de una hoja
seca impulsada de aquí para allá, según se incline el viento. Mas esto no es
así; pues la Iluminación no es una idea negativa que significa
17 Las cuestiones son: ¿El
mundo es eterno? ¿El mundo
no es eterno? ¿El mundo es finito?
¿El mundo es infinito?
Potthapácla-Svtta.
simplemente
la ausencia de la Ignorancia. En verdad, la Ignorancia es la negación de la
Iluminación y no a la inversa. La Iluminación es la afirmación en el sentido
más veraz de la palabra, y por lo tanto el Buda afirmó que quien ve al Dharma ve al Buda, y quien ve al Buda ve
al Dharma, y además que quien quiere ver al Buda no debe buscarlo en la forma,
ni en la voz, etc.
Cuando la Ignorancia rigió por excelencia, el ego se concibió como una idea positiva, y su negación era nihilista. Es muy natural que
la Ignorancia sostenga al ego, en el que halló su hogar original.
Pero con la concreción de la Iluminación, todo el asunto
cambia de aspecto, y el orden instituido por la Ignorancia se
invierte de arriba abajo. Lo que era negativo es ahora positivo, y lo que era positivo es ahora negativo. Los estudiosos del Budismo no deberían olvidar
esta revaluación de las ideas,
que llega junto con la Iluminación. Puesto que el Budismo afirma que la
Iluminación es el hecho último de la vida budista, en él nada hay de negativo,
nada de pesimista.
IV
Como
la filosofía tiende a subrayar indebidamente la importancia de las ideas
abstractas y de las inferencias lógicas, y olvida mantenerse constantemente en
contacto con el mundo real de la experiencia, el Buda, como lo afirmó
repetidamente, rehusó lisa y llanamente suscribir a la teorización (takka o vitakka) a expensas de la
disciplina práctica. La Iluminación fue el fruto de esa disciplina, y la
disipación de la Ignorancia no podía efectuarse por ningún otro medio. Si
pudiese decirse que el Buda tuvo cualquier sistema de pensamiento que gobierne
la orientación total de su doctrina, eso sería lo que podríamos llamar
empirismo radical. Con esto quiero decir que encaró la vida y el mundo tal como
eran y no procuró leerlos según su propia interpretación. Los teóricos pueden
decir que esto es imposible pues introducimos nuestra subjetividad en todos los
actos perceptivos, y lo que llamamos mundo objetivo es realmente una
reconstrucción de nuestras ideas innatas. Esto puede ser así
epistemológicamente, pero espiritualmente un estado de libertad perfecta sólo
se obtiene cuando todos nuestros pensamientos egoístas no se leen en la vida, y
el mundo es aceptado como es, así como un espejo refleja una flor como flor y a
la luna como luna. Por tanto, cuando digo que el Budismo es empirismo radical,
esto no ha de entenderse epistemológicamente sino espiritualmente. Este es realmente el significado de "yathábhútam" o "yathá-tatham", el término
usado con mucha frecuencia en el canon budista y que, de hecho, forma
un importantísimo estribillo del pensamiento budista.
En el Sámañña-Sutta, del
Dígha-Nikáya, se nos refiere, en escala ascendente, cuáles son los frutos
últimos de la vida budista, y la escala concluye en la aceptación
"yathabhútam" de la palabra:
"Con su corazón así sereno, purificado, traslúcido, cultivado, exento
de mal, sutil,
dispuesto a actuar, firme e imperturbable, él dirige
e inclina al conocimiento de la destrucción de las Manchas (ásavá).
Conoce cómo es realmente: “Esto es dolor.”
Conoce cómo es realmente: "Este es el origen
del
dolor.” Conoce
cómo es realmente: "Este es el sendero
que conduce al cese del color.” Conoce cómo
son realmente: “Estas son las Manchas”. Conoce cómo es realmente: “Este es el
cese de las
Manchas.” Conoce cómo
es realmente: “Este es el sendero que conduce al cese de
las Manchas." Para él, que así conoce y así ve, el corazón
está liberado de las Manchas
de los Deseos (kama),
está
liberado de la Mancha de la Existencia (bháva)
está liberado de la Mancha de la Ignorancia (avijjá). En él, así liberado, surge el conocimiento de su
emancipación, y conoce: "Fue
destruido el renacimiento. Fue satisfecha la vida superior. Lo que debía
hacerse, se cumplió.
¡Después de la vida
actual no habrá más allá!"
¿Cómo entenderemos esto? Como en el caso de los Doce Nidánas,
la Noble Verdad
Cuádruple seguramente no llegará a procurarnos su significado más hondo
al aproximarnos a ello intelectualmente. Pues esto no es más que una
reafirmación del dogma de la originación
dependiente,
aunque en forma diferente, y el mismo
principio se ratifica en el Paticca-samuppáda y en el Sriya-sacca. Este último
señala el método práctico para escapar de los lazos del karma mientras que el
primero nos pone de manifiesto los planes de su modus operandi. Como conceptos, ambas fórmulas siguen siendo
precisamente lo que son, vale decir, inefectivas e ineficientes para producir una revolución espiritual. La idea del Buda, de formular la Cuádruple
Verdad, fue verla prácticamente aplicada a la realización de un ideal. La
elaborada disciplina mental explicada en las partes anteriores del Sámaññáphda no es sino preparación de
esta catástrofe final. Sin un corazón sereno, puro y firme, la verdad nunca
puede captarse como realmente es. Un intelecto agudo y penetrante puede conocer
sobre la verdad y el discurrir acerca de ésta, mas para su realización en la
vida se requiere una mente disciplinada.
Los pasajes arriba citados se entienden únicamente cuando se
observan a la luz de la vida espiritual. El Budismo puede ser lógico, pero si
no llegamos a percibir algo más que eso, lo distorsionamos lastimosamente. La
lógica de la doctrina budista es precisamente un aspecto de ésta, y no muy
importante. Incluso podemos considerar esta lógica como incidental en el
Budismo, y los hechizados por ella continúan absolutamente ignorantes del
significado verdadero del Budismo. Conoce
cómo realmente es, "tí yathábhútam pajánátT; debemos llegar a esto; pues
Yathábhútam-ñána-dassana es la intuición que destruye las Manchas (ásavánam khaya-ñána) /produce la
consciencia de la emancipación espiritual (ceto-vimutti).
Sin este Ñaña o Ñána-dassana (penetración o intuición), a un budista no le
sería posible ningún desapego ni libertad, ni aseguraría jamás su liberación
última de la esclavitud de la existencia, como así tampoco el logro de la vida
superior (brahmacarya). El
"conocer así, ver así", no significa una comprensión intelectual de
los hechos o verdades que caen fuera de la esfera de la propia experiencia, sino que es la percepción de los sucesos
que realmente tuvieron
lugar dentro de uno mismo. Hasta sería imposible una
comprensión intelectual cuando no hay experiencia que sostenga su validez. Para
quienes carecen de instrucción espiritual según
los lineamientos de los ejercicios dhyánicos
hindúes, el estado mental que culmina en la contemplación yathábhutámica del mundo será un tópico muy difícil
de ensamblar. Pero el discurso
del Buda sobre los frutos de
la vida samáññica ha de entenderse
únicamente bajo esta luz.
Las Manchas (ásavá), o
Exudaciones (lou), según los
traductoras chinos, son tres, a veces cuatro, en número. Son las Manchas del
Deseo (káma], de la Existencia (bháva), de la Ignorancia (avijjá), y de la Intelección (ditthi). ¿Qué clase de intuición es
ésta que destruye todas estas manchas? ¿Y qué quedará en nosotros después de
tal destrucción? Pueden anticiparse respuestas nihilistas, puesto que nada, salvo el vacío absoluto
será aparentemente el resultado de tal destrucción.
Especialmente, cuando leemos un verso como el siguiente (Sutta- nipáta,
versículos 949 y 1099) podemos sentir razonablemente la tentación de considerar
la doctrina del Buda como absolutamente negativa:
"Lo que está ante ti, descártalo; que nada quede detrás de tí;
si luego no captas
qué hay en medio, en la nada vagarás."18
Pero el hecho es que, desde el punto de vista espiritual, sólo
después de la destrucción de las Manchas y de la liberación de toda forma de
apego, el ser íntimo personal se purifica y se ve como realmente es, no como un ego que contrasta con el no-ego,
sino como algo que trasciende los opuestos y con todo lo sintetiza en sí mismo. Lo que es destruido es el dualismo de las cosas
y no su unidad. Y la liberación significa retornar a la morada original.
Por lo tanto, la intuición es ver la unidad en la multiplicidad y entender la oposición de las dos ideas sin condicionarse mutuamente,
18 Cf.
Dhammapáda, vers. 385. "A
aquél, para quien no existe este lado ni aquel,
ni ambos, al indómito e irrestricto, lo Hamo ciertamente
Brahmán."
surgiendo
ambas de un principio superior; y es
allí donde mora la libertad perfecta. Cuando la mente está lo suficientemente instruida, ve que ni la negación
(niratta) ni la afirmación (afta) se aplican a la
realidad, sino que la verdad consiste
en conocer las cosas
como son, o más bien como
devienen. Una mente realmente sincera e integralmente purificada es preludio
necesario para la comprensión de la realidad en su talidad. Como resultado tenemos "ti yathábhútam
pajánáti", y esto con posterioridad los mahayanistas lo formularon en la
doctrina del Ego o la Talidad (bhútatathatá).
La mente ejercitada que atravesó los cuatro ejercicios dhyánicos, como los prescriben los Nikáyas, evoluciona en lo que se
conoce entre los mahayanistas como el Adarsa-jñánam (espejo-intuición,
intuición especular), que corresponde al Bhúta-ñána del Anguttara Nikáya. Ahora
se torna absolutamente inteligible el último símil del discurso del Buda sobre
los frutos de la vida samáññica. Dice
así:
"Oh rey, precisamente, si en la fragosidad de una montaña
hubiese un estanque de agua, clara, transparente y serena; y un hombre,
de pie sobre la orilla viese con sus ojos, percibiría las ostras y las conchas, la grava y los
guijarros, y los cardúmenes, que se
desplazan y yacen en el interior: él sabría: Este estanque es
claro, transparente y sereno, y dentro de él hay ostras y conchas, arena y
grava, y cardúmenes que se mueven o están quietos."
El
empirismo radical de la doctrina "yailiabhutámica"
del Buda se presenta aquí gráficamente, lo cual nos recuerda al Buda en el Itivuttaka, vers. 109, describiéndose
como el espectador que está sobre la orilla (cakkhumú
puriso tire thito). Entender este símil intelectualmente será pura insensatez. El escritor describe su
actitud mental desde un plano superior de pensamiento, captado por él después de prolongada preparación. Sambodhi o Iluminación es el término
budista que se da a esta realización. La destrucción de las Cuatro
Manchas es la fase negativa
de la experiencia que es la
intuición a la que se dirigió e inclinó la mente serena y transparente del
Buda. Cuando sólo se considera la actividad destructiva, la Iluminación es
aniquilante y negativa; pero cuando
la intuición se franquea a la talidad de
la verdad, es muy enfáticamente afirmativa. He ahí donde está esa "isla
sin parangón que nada posee y que por nada se afana,
llamada Nirvana, destrucción de la decadencia y la muerte". (Sutta-nipáta, vers. 1094). Recuérdese que lo que aquí se destruye es
la decadencia y la muerte, y no la vida; pues es a través de la Iluminación que
la vida es restaurada por primera vez en su libertad y creatividad genuinas.
Sin embargo, el símil del espejo (ádarsá) puede sugerir que la actitud budista hacia el mundo es
meramente pasiva y carente de aspiraciones dinámicas. No obstante, esto delata
la ignorancia de parte de los críticos de la propia
vida del Buda,
tan desinteresadamente consagrada, durante cuarenta y nueve largos y pacíficos años, a la promoción del bienestar espiritual general
de su pueblo; ni sólo esto, sino que los críticos también olvidaron advertir
las extraordinarias hazañas misioneras de los discípulos del Buda, al igual que
las actividades intelectuales que se desarrollaron en la escuela mahayanista
del Budismo. Sea lo que fuere, el cargo de pasividad imputado al weltanschauung budista está equivocado,
incluso considerado aparte de los hechos históricos del Budismo. La pasividad,
lo advertimos en la Iluminación, es meramente aparente. Como afirmación
general, una cosa absolutamente pasiva escapa a la posibilidad de pensamiento,
a no ser que sea un estado de nada absoluta, sin género alguno de contenido en ella.
En la medida en que la Iluminación es el resultado de muy arduo esfuerzo
espiritual es un estado mental positivo en el que se esconde un inagotable
reservorio de posibilidades; es unidad en la que se aloja un mundo de
multitudinariedad. "Las aguas pequeñas corren ruidosas, el vasto océano se
desplaza silencioso."19 En el vasto océano de la Iluminación
está el silencio de la unidad. Asimismo, los filósofos avatamsákicos la comparan con la inmensa extensión de un océano,
calmo y traslúcido, que refleja todos los brillantes cuerpos celestes, pero
donde, al mismo tiempo, se hallan inocentemente guardadas las posibilidades de
olas rugientes y omni-devoradoras.
Así interroga el Buda en el Maháli
Surta: "Cuando un monje así conoce y ve, ¿eso lo dispondrá a formular la pregunta: ¿El alma es lo mismo que el cuerpo, o el alma es una cosa
y el cuerpo otra?" Es
así evidente que la doctrina del Buda siempre se centró en la realización
práctica de la Iluminación como "asavem bhata-nana", intuición que
destruye las Manchas y
19 Sutta-nipáta, veis. 720. Sanantá yanti kussobbhá, tunhi yáti mahodadbi.
libera de
todo apego (upádána). No rehuyó la
discusión de los problemas metafísicos meramente porque fuesen metafísicos,
sino porque no conducían al logro metafísico del fin postrero de la vida budista, que es la purificación del espíritu y no la demostración de sutilezas
epistemológicas. Debía disiparse la Ignorancia en nuestra experiencia íntima, y no mediante la comprensión intelectual del principio
de originación dependiente, expresada ya sea como Pattica-samuppáda o
Ariya-sacca.
Además, el que la Iluminación consiste en ver dentro de las
cosas "yathábhútam" o "yathátatham", libres de dudas,
imperturbados por la intelección o la teorización, puede espigarse del último gáthá
del Itivuttaka, dónde el Buda es alabado por sus diversas
virtudes. Cito las tres primeras estrofas:
Teniendo la intuición cde todo el mundo,
de todo el mundo como realmente es,
se desapegó
de todo el mundo
y sin comparación en todo el mundo.
A todos sobrepasando en todo, firme, liberado de todos los lazos,
el
reposo supremo le pertenece
a quien logró el Nirvana, sin miedo de parte alguna.
Este Iluminado, tras destruir las Manchas,
imperturbado, y libre de duda,
alcanzó la destrucción de todo karrna,
y
está liberado con la destrucción del substratum."
V
Ver las cosas
"yathábhútam" es, por así decirlo,
el aspecto intelectual o meramente intelectivo de la Iluminación, aunque no
en el sentido de la comprensión discursiva; hay otro aspecto de la Iluminación
que será aquí tema a considerar. Me refiero a su relación con el samádhi o
dhyána. Esto es, como dije antes, preludio de la realización, pero asimismo demuestra que la
realización así alcanzada es algo más que la mera intuición de la verdad. Si la
Iluminación fuese precisamente esta visión o posesión de la intuición, no sería
tan espiritualmente iluminativa como para procurar una liberación completa de
todas las malas pasiones y el sentido de la libertad perfecta. Las intuiciones
no pueden penetrar con tanta hondura en la fuente de la vida, trayendo sosiego
a todas las dudas, cortando todos los lazos del apego, a no ser que la propia
consciencia esté integralmente preparada a introducirse en la Totalidad,
íntegramente, al igual que en la talidad. Nuestros sentidos y nuestra
consciencia corriente son demasiado afectos a ser perturbados y a apartarse de la realización de la verdad.
De manera que se torna
indispensable la disciplina
mental.
Debemos recordar que el Buda cumplió esta disciplina bajo sus dos maestros Samkhya
y que hasta después de su
Iluminación la convirtió en norma para sus discípulos, a fin de que se
entrenaran en los ejercicios dhyánicos. El
mismo se recogió en la soledad cuantas veces se le ofreció la oportunidad. Por
supuesto, esto no era mera complacencia en la contemplación ni en
hacer que el
mundo se reflejase en el espejo de la consciencia. Fue una especie de
preparación espiritual, incluso para el mismo, y hasta después de la
Iluminación. A este respecto, el Buda seguía
simplemente la práctica
de todos los demás sabios y filósofos
hindúes. Sin embargo,
esto no era todo para él; vio un significado más profundo en la
disciplina que el de despertar al sentido espiritual supremo para comprender el
Dharma. En verdad, sin este último despertar, el dhyána, por más sublimante que
fuera, no importaba para la perfección de la vida budista. De modo que tenemos
en el Dhammapáda, veis. 372:
"Sin conocimiento (paññá, prajñá) no
hay meditación (jhána, dhyána), sin
meditación no hay conocimiento: quien tiene conocimiento y meditación está
cerca del Nirvana." Esta dependencia mutua del jhána y del paññá es lo que
distinguió al Budismo del resto de las doctrinas hindúes de la época. El jhána
o dhyána debe desembocar en el paññá, debe desarrollarse en la visión del mundo
como realmente es (yathábhútam); pues
en la meditación, meramente como tal, no hay Budismo. Y esta fue la razón por la que el
Buda no se sintió satisfecho con la enseñanza de sus maestros; eso, para usar sus propias palabras, "no
conducía a la intuición perfecta, al despertar supremo, al Nirvana" (na abhiññáya na sambhodáya na nibbánáya
samvatiati). Morar en la serenidad de la nada era algo bastante gozoso,
pero consistía en caer en un profundo
letargo y el Buda no deseaba pasar durmiendo su vida terrena, sumido en un ensueño. Debía
haber intuición de la vida y del alma
de las
cosas. Para él el paññá o prajñá era parte esencialísima de su doctrina, y ello debía surgir del dhyána, y el dhyána que no concluyese en paññá, de ningún modo era budista.
En verdad, había que
vaciar el bote pero manteniéndose en "una casa vacía" (suññágáram) y no hacer nada es oquedad
y aniquilación; debe abrirse un ojo y ver la verdad plena y claramente, la
verdad (paramam ariyasaccam) que
libera a la vida de sus muchas esclavitudes y estorbos. (Majjhima Nikáya, 140.)
Reza el Dhammapáda nuevamente (vers. 373):
"El monje que ingresó
en su casa vacía, y cuya mente está tranquila, siente
un gozo más que humano
cuando ve la verdad claramente."
De manera que, como el
objetivo de los ejercicios dhyánicos consiste
en preparar la mente para la
realización del paramasacca que
destruye y libera, y como la verdad sólo puede lograrse
mediante el despertar del parama-paññá que es el conocimiento (ñoño) que pone
fin a toda miseria (sabbadukkha), el
Buda nunca deja de inculcar debidamente en las mentes de sus discípulos, la
importancia del paññá; por ejemplo, en su esquema disciplinario general que les
ofrece bajo tres títulos: síla (moralidad), jhána (meditación) y paññá (conocimiento intuitivo). Cualquiera sea el goce sensual que se experimente en los
ejercicios 'jhánicos, el Buda consideraba que mucho distaba de la
meta última de la vida budista; cada
uno de esos goces debía abandonarse pues enmarañan
la mente, interrumpiendo su curso ascendente hacia el despertar del paññá. Sólo
a través de este despertar podría alcanzarse la consciencia de la emancipación
o el retorno a la propia morada espiritual original. Y mediante emancipación el
Buda se refirió a estar libre de toda forma de apego, tanto sensual (rúpam) como intelectual (viññánam). Así se expresa en el
Majjhima Nikáya, 138: Que tu mente no sea perturbada por objetos externos, ni
que se pierda en sus propias ideas. Libérate de los apegos, y no temas. Este es el modo de vencer los sufrimientos
del nacimiento y la muerte.
Mientras
exista el más leve rastro de apego en cualquier parte, interna o externamente, subsiste el substratum
de egoísmo, y con seguridad se creará una nueva fuerza kármica, envolviéndonos
en el eterno ciclo del nacimiento y la muerte. En los Nikáyas se menciona nueve
de esas presuntuosas ilusiones, que en total derivan de las erróneas
especulaciones del egoísmo y conducen naturalmente al apego en un sentido u
otro. Se trata de estas ideas: "Yo soy", "Yo soy eso",
"Yo seré", "Yo no seré",
"Yo tendré forma", "Yo seré sin forma", "Yo
tendré pensamiento", "Yo
seré sin pensamiento", "Yo no tendré
pensamiento ni seré sin pensamiento."20 Tenemos que librarnos
de estos maññitams, conceptos
arrogantes y presumidos, a fin de
alcanzar la meta final de la vida budista. Pues cuando se los haya eliminado,
cesamos de preocuparnos, de albergar odio, de maltratar, y de ser atrapados por
20 El Majjhima-Nikáya, 140, Dhdtuvibhangasuttam. Asmítí bliikkhu mañfiitam etan¡, Ayam aham
asmíti inaññitam etairi; Bhavissan ti
maññnitam etam; Na bhavissan ti maññnitam etam; Snññi bhavíssan ti inaññitam etam; Asaññi bhavissan ti mañ-ñitam etam; Nevasafifiinasaññi bhavisan
ti mañfütain etam,
temores; lo cual es la tranquilización (santi), y Nirvana,
e intuición de la realidad
y verdad de las
cosas. Cuando despierta en nosotros el paññá, es abandonada la moralidad, se
deja detrás la meditación, y sólo
subsiste un iluminado estado de la consciencia en el que el espíritu se mueve
hacia donde quiere.
El símil bien conocido de la balsa (kullúpaman) 21 que
puede parecer algo ininteligible para algunos de os críticos del Budismo,
acostumbrados a un "paisaje intelectual" completamente diferente, es una buena
ilustración de la doctrina budista
del no-apego. La doctrina, "Kullúpamam vo bhikkhave ájánantehi dhammá pi vo pahátabba, pageva
adhammá" (¡Como en una balsa, en verdad, deben ser abandonados todos
los dharmas, y mucho más los adharmas!), es realmente nota clave
fundamentalísima que recorre el curso total de la historia de la dogmática
budista. La filosofía del Prajñá-pára-mitá, que algunos consideran como muy
desviadora del espíritu del Budismo primitivo, de ningún modo se queda en zaga
al sustentar esta doctrina del no-apego; por ejemplo, como lo vemos en él Vajracchediká Sufra. De hecho, la teoría del Súnyatá, como se la
expone en todos los Prajñásútras, no es más que filosofar sobre la doctrina del
no-apego.22 El Vajracchediká dice:
"Tasmád iyam thathágatena sandháya
vág bháshi kolopamam
clharmaparyáyam ájánadbhir dhaimá
eva tá prahátavyáh prágeva
adhanná."
El mismo símil es el siguiente
(Majjhíma Nikáya, 22):
"Con el símil
de la balsa, os enseño mi doctrina, oh monjes; aquélla
está ideada para escapar,
no para retenerla. Escuchad con atención y recordad bien lo que voy a decir.
Suponed que un hombre que realiza un largo
viaje, halla en su camino una
corriente grande y ancha, con el lado
de acá acosado por temores y peligros,
y el lado de allá seguro y
libre de temores, sin bote para cruzar la corriente ni puente
que lo conduzca desde ésta hasta la otra orilla. Y suponed que este hombre se dijese: En verdad ésta es una corriente grande y
ancha, y el lado de
acá está lleno de temores peligros, pero el otro lado es seguro y libre de temores;
y no hay bote ni puente que me
pase de ésta hasta la otra orilla. ¿Qué tal si junto algunas cañas, varas,
hojas y ramas, y las ato todas juntas formando una balsa, y lanzándome con
ésta, trabajando con pies y manos, cruzo con seguridad a la otra orilla? De
modo acorde, oh monjes, suponed que este hombre junte cañas, varas, hojas y
ramas, y las ate todas juntas formando una balsa, y se lance con ella, y
trabajando con pies y manos, alcance
con seguridad la otra orilla. Y
ahora, cruzada la corriente y alcanzada la otra orilla, suponed que el hombre
dijese: En verdad esta balsa mía me resultó muy servicial. Sostenido por esta
balsa y trabajando con pies y manos, crucé a salvo hasta esta otra orilla; ¿qué
tal si ahora alzo la balsa sobre mi cabeza o la pongo sobre mi hombro, y así
marcho donde yo desee ir? ¿Qué pensáis, oh monjes? ¿Al obrar de este modo, este
hombre estaría actuando correctamente con respecto a su balsa?
"¡En verdad que no, oh Señor!
"¿Y qué debería
entonces hacer este hombre si fuese a actuar correctamente con respecto a la
balsa? Oh monjes, el hombre debería cavilar así: ¡En verdad, esta balsa me
resultó servicial!
Sostenido por esta balsa y usando pies y manos, crucé a salvo hasta esta otra orilla.
¿Qué tal si dejo esta balsa sobre la orilla o la
abandono para que se hunda en el agua, para así seguir mi viaje? Obrando así,
oh monjes, el hombre estaría actuando correctamente con respecto a su balsa.
21 Majjhima Nikáya. 22.
22 Cf.
Sutta-Nipáta, vers. 21.
"Confeccioné bien construida balsa,
así dijo Bhagavat; llegué hasta el Nirvana, alcancé la otra orilla, habiendo vencido al torrente de las pasiones;
la balsa carece ya
de utilidad; por tanto, si te
place, llueve ¡oh cielo!"
"De manera similar, también os enseño mi doctrina con la
semejanza de una balsa que sirve, oh monjes, para escapar y no para retenerla. Entendiendo el símil de la balsa, oh monjes,
¡debéis dejar detrás los dharmas, y en cuan mayor medida los
adharmas."23
La doctrina del Buda puede ahora resumirse de la manera
siguiente: Ver las cosas así o "yathábhútam" es lo mismo que lograr
la perfecta libertad espiritual; o podemos decir que cuando nos desapegamos de
las malas pasiones basadas en la equivocada idea del egoísmo, y cuando el
corazón cobra conciencia de su propia emancipación, entonces estamos por
primera vez plenamente despiertos a la verdad como realmente es. Estos"
dos sucesos, ver y estar liberado, son mutuamente dependientes, tan íntimamente
que uno sin el otro es algo que escapa al pensamiento, es algo imposible; de
hecho, son dos aspectos de una idéntica experiencia, sólo separados en nuestra cognición
limitada. El paññá sin jhána no es paññá, y el jhána sin paññá no
es jhána. Iluminación es el término que designa la experiencia identificativa
del paññá y el jhána, de ver "yathábhútam" y abandonar la
balsa-del-dharma de toda denominación. Bajo esta luz debe entenderse lo
siguiente:
"Por lo tanto, oh monjes, cuanto haya de materia (o cuerpo,
rúpam), cuanto haya del pasado,
futuro o presente, cuanto haya de interno o externo, sea burdo o sutil,
mezquino o sublime, lejano o cercano, toda la materia (o cuerpo) ha de
considerarse como realmente es, a la luz del conocimiento perfecto (sammápaññá), de esta manera: "Esto
no me pertenece", "Esto no soy yo", "Esto no es mi
Yo." De igual modo con el resto de los cinco agregados (khanda): vedaná (sensaciones), sañña (conceptos), sankhára (principio formativo), y viññánam (consciencia). Quien al ver así al mundo, se aparta de éste, está verdaderamente liberado
de las malas pasiones y
tiene la consciencia de la libertad. Así se llama a quien removió los
obstáculos y llenó las zanjas, quien destruyó y está libre, cuya lucha terminó,
que dejó caer su carga, y está desapegado."24
En pocas palabras, tiene todas las cualidades del Iluminado, en quien se funden
armoniosamente la voluntad y el intelecto.
23
Aquí dejé sin traducir "dharmas". Pues este término intraducibie,
algunos lo interpretan como "rectitud", otros como
"moralidad", y otros como "cualidades". Es bien conocido
que este es un término difícil de traducir. Los traductores chinos lo
tradujeron como fa, en todas partes,
sin tener en cuenta el contexto. En el presente caso, "dharma" puede
significar "buena conducta", "normas proscriptas de
moralidad", o incluso "cualquier doctrina religiosa considerada
productora de buenos resulta- dos." En el Lankávatára-sútra, capítulo I, también se hace refe- rencia a
trascender el "adharma" y el "dharma", diciendo:
"Dhar-má eva prahatavyáh prágevádharmáh." Y se explica que esta distinción deriva de afirmar falsamente (vikalpagrahanam) el dualismo de lo que
es y de lo que no es, mientras uno es la autc-reflexión del otro. Usted mira en
el espejo y allí descubre una imagen que confunde con una realidad, si bien la
imagen es usted mismo y nadie más. Quien ve así el mundo tiene la visión correcta
de éste, "ya evam pasyati sa samyakpasyati". En verdad, logra el
estado mental en el que su sabiduría interior se revela (svapratyátmaryajñánagocara), y lo
que se llama el Tathága-tagarbha. En esta ilustración, "dharma" y "adharma" son sinónimos de ser (sat)
y no ser (asat) o afirmación (asti) y negación (nésti). Por
tanto, el abandono del dharma y del
adharma (dharmá-dharmayoh prahánam) significa
librarse del dualismo en todas sus complejidades e implicancias.
Filosóficamente, este abandono es identificarse con el Absoluto, y moralmente,
trascender el bien y el mal, lo correcto y lo equivocado. Asimismo, compárese
el Stttta-Nipáta, vers. 886, donde se
considera al dualismo como resultado del
falso razonamiento filosófico: "Takkañ ca
ditthisu pakappayitvá, saccam
musa ti dvayadhammam áhu."
24 Resumido
del Majjhima Nikáya, 22, pág. 139. Cf. también el Samyutta Nikáya, XII, 70, pág. 125.
VI
La Ignorancia es partir del hogar y la Iluminación es regresar a
él. Mientras vagamos, llevamos una vida llena de dolor y sufrimiento, y el
mundo en el que nos encontramos no es morada muy deseable. Sin embargo, a esto
le pone coto la Iluminación, y de esa manera podemos una vez más radicarnos en
el hogar, donde reinan la libertad y la paz. La voluntad se niega en su intento
de intuir su propia vida, y el dualismo prosigue. La consciencia no puede
trascender su propio principio. La voluntad lucha y se desalienta ante su
propia obra. "¿Por qué?", pregunta el intelecto, pero ésta es una
cuestión que ningún intelecto puede esperar jamás resolver, pues se trata de un
misterio profundamente inherente a la voluntad. ¿Por qué el Padre Celestial
tuvo que enviar a su hijo único para
redimir a la creación que era obra de sus manos y que, con todo, vagaba
perdida, lejos de su hogar? ¿Por qué Cristo debió abatirse así sobre el destino de los errantes
hijos de Dios? Este es un misterio
eterno, y ninguna
comprensión relativa está preparada
como para resolver estas cuestiones. Mas el hecho mismo de que tales cuestiones se formulen y amenacen
constantemente la propia paz espiritual demuestra que no son ociosos problemas
metafísicos a resolver por filósofos profesionales, sino que se dirigen
directamente a la propia alma más íntima, que deberá luchar y esforzarse para
someterlos a sí mediante un poder superior y más hondo, mucho más superior y
hondo que la mera dialéctica cognoscitiva.
El relato del hijo pródigo25 es tema favorito de
budistas y cristianos, ¿y en esto no descubrimos algo eternamente verdadero,
aunque trágico e insondable, que yace tan profundamente en todo corazón humano?
Sea lo que fuere, la voluntad al fin
logra reconocerse, retornando a su morada original. La sensación de paz que se
halla en la Iluminación es, en verdad, la de un vagabundo que regresa a salvo
al hogar. El vagabundeo parece haber sido completamente innecesario desde el punto de vista lógico.
¿De qué sirve perderse si es menester encontrarse otra vez? ¿Cuál es el
provecho, después de todo, en este pasar de uno a diez, y de diez a uno?
Matemáticamente, todo esto carece de sentido. Pero el misterio espiritual
consiste en que regresar no es un
mero contar hacia atrás tantas cifras como las que se contaron antes en sentido inverso.
Aquí hay una inmensa
diferencia entre física y psicología. Después de regresar, ya no se
es el mismo de antes. La voluntad, de vuelta de su excursión a través de la
consciencia temporal, es Dios mismo.
En el Vajrasamádhi Sútra, el
Bodhisattva Apratisthita pregunta al Buda por qué el padre fue tan poco
benévolo y no llamó a su hijo
vagabundo antes de que transcurrieran cincuenta años, a lo cual el Buda
responde: "Aquí, los cincuenta años no han de entenderse como indicando
una relación temporal; esto significa el despertar de un pensamiento."
Como lo interpretaría yo, esto significa el despertar de la consciencia; una
escisión de la voluntad que ahora, además
de actora, es conocedora. Sin embargo, quien conoce,
gradualmente se convierte en conocedor y crítico, y hasta aspira a ser director
y regisseur. Con
esto surge la tragedia de la vida,
que el Buda convierte en base de la Noble Verdad Cuádruple. Ese dolor (duhka) es la vida misma, como la vive
la mayoría de nosotros; es la afirmación de los hechos, lisa y llana, y sin
disfraces. Todo esto deriva de la Ignorancia, de nuestra consciencia que no
está plenamente iluminada en cuanto a su naturaleza, misión y función con relación
a la voluntad. La consciencia debe primero reducirse a la voluntad cuando
empieza a elaborar sus "votos originales" (púrvapranidhána), obedeciendo a su verdadero maestro. "El
despertar de un pensamiento señala el inicio de la Ignorancia y es su condición." Cuando aquélla es
derrotada, "un pensamiento" se reduce a la voluntad, que es la
Iluminación. Por lo tanto, la Iluminación es el regreso.
25Respecto de la versión
budista del relato,
véase el Sad-dttarma-pundartca Sátra,
capitulo IV, y el
Vafrasamádht Sútra, capitulo IV (traducción china).
A este respecto, el Cristianismo es más simbólico que el
Budismo. La historia de la Creación, la Caída del Jardín del Edén, el envío de
Cristo, por parte de Dios, para compensar los pecados ancestrales, su Crucifixión y Resurrección, son todos simbólicos. Para ser más explícito, la Creación
es el despertar de la consciencia, o el "despertar de un
pensamiento"; la Caída es la consciencia, perdida en cuanto a su sendero
original; la idea de Dios de enviar a su propio hijo entre nosotros es el deseo
de la voluntad de verse a través de su propio retoño, la consciencia; la
Crucifixión es trascender el dualismo de actuar y conocer, derivado del despertar del intelecto; y finalmente la Resurrección significa el triunfo de la voluntad sobre el intelecto; en otras palabras,
la voluntad que se ve en y a través de la consciencia. Después de la
Resurrección la voluntad no es más esfuerzo a ciegas, ni el intelecto es el mero observador de cómo danza el bailarín. Según la real vida budista estos dos no
están separados; ver y actuar están sintetizados en la vida única, y totalmente
espiritual, y esta síntesis
es denominada por los
budistas Iluminación, disipación de1 la Ignorancia, aflojamiento de
los Grillos, limpieza de las Manchas, etc. De esa manera el Budismo está libre
del simbolismo histórico del Cristianismo; al trascender la categoría del
tiempo, el Budismo intenta lograr la salvación con un sólo acto de la voluntad;
pues el regreso borra todas las huellas del tiempo.
El mismo Buda expresó el sentimiento del retorno cuando su ojo
se abrió por primera vez al Dharma nunca oído antes, al lograr la Iluminación.
El dijo: 'Soy como un vagabundo que, tras perderse en desolado yermo,
finalmente descubre un viejo camino, una vieja senda hollada por sus
predecesores, y que halla, al continuar su camino, villorrios, palacios,
jardines, bosques, estanques de lotos, muros y muchas otras cosas que quienes
le precedieron utilizaron como morada." 26 Superficialmente,
este sentimiento de retorno a una vieja morada familiar parece contradecir la afirmación efectuada
relativa a "una
intuición de las cosas que jamás se presentó a la propia mente"; mas la
contradicción es lógica y no espiritual. Mientras el Buda recorrió la Cadena de
Ori-ginación desde el punto de vista epistemológico —vale decir, mientras
procuró regresar a su voluntad genuina a través del cauce de la consciencia
empírica— no pudo cumplir su finalidad. Sólo cuando atravesó el muro de la
Ignorancia mediante la pura fuerza de su voluntad, pudo recorrer el antiguo
sendero. El sendero fue completamente irreconocible para su ojo inteligente,
que era uno de los mejores en su género; ni siquiera el Buda pudo ignorar la
ley que gobernaba su uso; la Cadena no podía cortarse computando meramente sus
eslabones de causa y efecto
hacia atrás y hacia
adelante. El conocimiento —vale decir, la Ignorancia, condujo a Adán, desde el Jardín del Edén
hacia el mundo de dolor y paciencia (sahaloka),
mas no sería el conocimiento el
que lo reconciliaría con su Padre, sino la Voluntad disipadora de la Ignorancia
y guía hacia la Iluminación.
26 Samyutta XII, 65, Nagara; cf. asimismo uno de
los Prajñá-pdramitá sufras que se
conoce como predicado por Mañjusrí (Catálogo Nanjó, np 21). En el
Sútra hallamos que el Buda, después de mencionar el símil de un buscador de piedras
preciosas, hace referencia a un hombre que se siente, transido
de júbilo cuando la gente
habla gratamente de los
viejos pueblos y villorrios que él una vez visitara. La misma índole de
sentimiento gozoso la expresa quien escucha el discurso
sobre el Prajñá-páramitá y lo entiende;
pues en sus vidas pasadas
estuvo presente en la asamblea reunida en tomo del Buda que
pronunció sermones sobre el mismo tópico. El hecho de que la comprensión de la
doctrina del Prajñá-páramitá es
una forma de memoría es altamente esclarecedor cuando se lo
considera en relación con la teoría
de la Iluminación como se la expone aquí.
El que la guía de la Iluminación
se acompañe del sentimiento de retorno o remembranza lo advierte también inconfundiblemente el autor del Kena-Upanishad (VI, 50):
Ahora, con respecto al Atman:
Es como si algo forzase su camino en la consciencia y la consciencia de pronto
recordase:
tal estado mental ilustra el despertar del conocimiento del Atman."
Sonadanda el Brahmán tuvo esta expresión cuando captó el
significado del discurso del Buda sobre las características del verdadero
Brahmán (según versión inglesa de Rhys Davids): "¡Excelentísimo, oh
Gotama, excelentísimo! Es como si un hombre tuviese que construir lo derruido,
o revelar lo oculto, o señalar el camino correcto al extraviado, o procurar una luz en la oscuridad de modo que, quienes tienen
ojos, puedan ver las
formas externas; precisamente así, el venerable Gotama me hizo conocer la
verdad en múltiples figuras"
El sentido del retorno o el de reconocer viejos conocimientos,
experimentado en el momento de la Iluminación, es un hecho familiar para los
estudiosos del Budismo Zen. Para citar un ejemplo, Chi-i (531-597),
generalmente conocido por su título honorario de Chih-ché Taishih, fue fundador
de la escuela T'ien-tai de filosofía budista, en la China. Fue también
preparado en la meditación por su maestro Hui-szé (513-577), y aunque no
perteneció al linaje ortodoxo de maestros Zen, se lo tiene por tal. Cuando acudió
al maestro, éste dispuso que se ejercitase en un Samádhi conocido como
"Fa-hua San-mei" (saddkaTmapundaríkasamádhi).
Mientras se ejercitaba en esto, halló cierto pasaje del Sútra, y su mente se
abrió, y de inmediato comprendió la afirmación a la que se refería su maestro,
que era ésta: que él, junto con el maestro, asistió personalmente a la
congregación del Buda en la Cumbre del Buitre, donde el Buda habló sobre el
Sútra. Luego el maestro dijo: "Si no fuese por tí, nadie podría ver la
verdad; y si no fuese por mí, nadie podría dar testimonio de ella". Los
maestros Zen observan a menudo que la santa congregación de la Cumbre del
Buitre está aun en sesión. Sin embargo, esto no debe confundirse con el recuerdo del pasado, que es uno de los dones
milagrosos de los santos budistas. Nada tiene que ver con esa memoria, pues en
la Iluminación hay más cosas que las implícitas en las meras relaciones
temporales. Incluso cuando los Prajñá-páramitá-súttas
se re- fieren expresamente a la presencia personal previa en el discurso
sobre el tema, ésta no es una forma de mera recordación; la comprensión no es
un fenómeno psicológico, el prajñá penetra mucho más en las honduras de la
propia personalidad. El sentido de retorno a algo familiar, a aquello con lo
que se está integralmente familiarizado, significa realmente la voluntad
radicándose una vez más en su vieja
morada, después de muchos años de temerario vagabundeo, ahora con un inmenso tesoro de experiencia y llena
de sabiduría que iluminará su carrera interminable.
VII
Aquí
no estará por completo fuera de lugar efectuar unas pocas observaciones
concernientes al criterio popular que identifica la filosofía de Schopenhauer
con el Budismo. Según este punto de vista, se supone que el Buda enseñó la
negación de la voluntad de vivir, sobre lo que insistieron los pesimistas
alemanes, pero nada se halla más allá de la comprensión correcta del Budismo
que este negativismo. El Buda no considera que la voluntad sea ciega,
irracional, y que por tanto haya de
ser negada; lo que realmente niega es la noción de ego-entidad debida a la
Ignorancia, de cuya noción derivó el deseo,
el apego a las cosas impermanentes, y el dar
curso a los impulsos egoístas. El objeto que el Buda tiene
siempre en vista y jamás olvida de manifestar, cuantas veces
lo juzga oportuno, es la Iluminación de la voluntad
y no su negación. La razón de por qué no apoya la vida como
la vive la mayoría de nosotros es porque ésta es producto de la
Ignorancia y del egoísmo, que jamás cesan de lanzarnos en el abismo del dolor y
la miseria. El Buda señaló el camino para escapar de esto mediante la
Iluminación y no mediante la aniquilación.
La voluntad, tal como es en sí misma, es un acto puro, y allí no
hay mancha de egoísmo; éste se despierta únicamente cuando el intelecto, a
través de su propio error, se enceguece en cuanto al accionar correcto de la
voluntad y reconoce aquí falsamente el principio de la individuación. De manera
que el Buda quiere una voluntad iluminada y no su negación. Cuando la voluntad
está iluminada, y por ende, cuando el intelecto es apropiadamente dirigido para
que siga su curso original, estamos liberados de los grillos que nos impuso la
falsa comprensión, y purificados de todas las manchas
que manan de la voluntad
sin ser correctamente interpretadas. La Iluminación y la emancipación son
las dos ideas centrales del Budismo.
El argumento que Asvaghosha pone en boca del Buda contra Arada
(o Alara Káláma), el filósofo samkhya, es esclarecedor sobre
el particular. Cuando
Arada dijo al Buda que liberase al alma del cuerpo como cuando el pájaro
vuela de la jaula o el tallo de la caña es aflojado de su vaina, lo cual
tendría como resultado el abandono del egoísmo, el Buda razonó del siguiente
modo: "Mientras el alma continúe, no hay abandono del egoísmo. El alma no
se libera de las cualidades mientras no se libera del número y todo lo demás;
por tanto, mientras no haya liberación de las cualidades, no habrá liberación
declarada para ella. No hay separación real de las cualidades y su sujeto; pues
el fuego no puede ser concebido aparte de su forma y calor.
Antes del
cuerpo no habrá nada corporizado, de igual modo antes de las cualidades no
habrá sujeto; ¿cómo, si el alma fue originalmente libre, pudo llegar a estar
atada? La conocedora del cuerpo (el alma),
que es descorporizada, debe conocer
o desconocer; si conoce debe haber algún objeto por conocer, y si existe
este objeto, no es liberado. O si se declarase que el alma desconoce, entonces
¿de qué te sirve esta alma imaginada? Incluso sin esa alma, la existencia de la ausencia de conocimiento es notoria
como, por ejemplo, en un tronco o en una pared. Y puesto que cada abandono
sucesivo está obligado a estar aun acompañado de las cualidades, sostengo que el logro absoluto de nuestra finalidad
sólo puede hallarse
en el abandono de todo.27
Mientras se mantenga el concepto dualista con respecto a la
liberación del alma, no habrá libertad verdadera, como ciertamente lo declaró
el Buda. "El abandono de todo" significa la trascendencia del dualismo de alma y cuerpo, de sujeto y objeto, de lo que conoce y de lo que es conocido, de "eso es" y
"eso no es", de alma y ausencia-de-alma; y esta trascendencia no se
alcanza negando meramente el alma o la voluntad, sino echando luz sobre su
naturaleza, comprendiéndola como es en sí misma. Este es el acto de la
voluntad. Una contemplación intelectual, por
la que abogan los filósofos Samkhyas no conduce a la liberación espiritual, sino al reino de la pasividad
que es su "reino de la nada". El Budismo enseña la liberación y no la
aniquilación; aboga por la disciplina espiritual y no por el torpor o vacío
mental. En el curso corriente y personal de la vida debe haber cierto
alejamiento, debe haber cierta apertura de una nueva perspectiva en la noción
personal si se desea ser verdadero seguidor del Buda. Su aversión al ascetismo y al nihilismo, al igual que al hedonismo, se torna inteligible
cuando se la aprecia bajo esta luz.
El relato del Majjhima-Nikáya sobre la entrevista del Buda con
los pensadores Samkhyas difiere algo de la del poeta del Maháyána, pero en un
sentido brinda mejor apoyo a mi argumento con respecto
a la Iluminación del Buda. La razón de por qué no estaba
satisfecho con la doctrina y
disciplina de Alara Káláma y Uddaka se expresa así: "Esta doctrina no
conduce al desvío, al desapasionamiento, al cese, a la quietud, a la
penetración perfecta, al despertar supremo, al Nirvana, sino sólo al logro del
Reino de la Nada." ¿Qué entendió entonces el Buda por Nirvana, que
literalmente significa aniquilación o cese, pero que aquí se agrupa con términos tales como despertar, desvío
(vale decir, revaluación), y penetración, y que contrasta con la nada? Sin duda, hasta donde podemos
juzgar por estas calificaciones, aquel Nirvana es un
concepto positivo que señala cierta experiencia determinable. Cuando acudió a
la vera del Nairanjana y tomó asiento en suave hierba, bajó la sombra, en un
sitio apacible, preparó su mente para no abandonar el lugar hasta comprender en
sí mismo qué había sido desde que se alejó,
errante, de su hogar. Según el
Lalitavistara, en ese instante formuló
su voto (prantdhana):
"Oue mi cuerpo se seque en este asiento, que mi piel, huesos y carne se destruyan:
mientras no alcance el Bodhi, tan difícil
de lograr durante tantoskalpas,
mi
cuerpo y pensamiento
no se apartarán de este sitio." 28
27 Buddhacarita,
según versión inglesa
de E. B. Cowell, pág. 131-132.
28 Edición de Lefmann,
pág. 289.
Así decidido, el Buda finalmente llegó a concretar ]a Iluminación Suprema
por la que se esforzara durante
muchas vidas. ¿Cómo
difiere esto de sus anteriores logros bajo la guía de Unddaka y Alara Káláma? Dejemos que él
mismo se exprese:
"Entonces, discípulos, sujeto yo mismo al nacimiento, pero
percibiendo la miseria de las cosas sujetas al nacimiento, y buscando la incomparable seguridad del Nirvana que está exento de nacimiento, alcancé esa
seguridad incomparable, incluso el Nirvana que está exento de nacimiento.
"Sujeto yo mismo al crecimiento y la decadencia, pero
percibiendo la miseria de las cosas sujetas al crecimiento y la decadencia, y
buscando la incomparable seguridad del Nirvana que está libre de crecimiento y decadencia, alcancé
esa seguridad incomparable, incluso el Nirvana que está libre de crecimiento y
decadencia.
"Sujeto-yo mismo a la enfermedad, y percibiendo la miseria
de las cosas sujetas a la enfermedad, y buscando
la incomparable seguridad
del Nirvana que está libre de la enfermedad,
alcancé esa seguridad incomparable, incluso el Nirvana que está libre de
enfermedad.
"Sujeto yo mismo a la muerte, pero percibiendo la miseria de las cosas sujetas a la muerte,
y buscando la incomparable seguridad del Nirvana que es inmortal,
alcancé esa seguridad incomparable, incluso el Nirvana que es inmortal.
"Sujeto yo mismo a la aflicción, pero percibiendo la miseria de las cosas sujetas a la aflicción y buscando la incomparable
seguridad del Nirvana que está exento de aflicción, alcancé esa seguridad
incomparable, incluso el Nirvana que está exento de aflicción.
"Sujeto yo mismo a la mancha,
pero percibiendo la miseria de las cosas
sujetas a la mancha y buscando la incomparable seguridad del
Nirvana que es inmaculado, alcancé esa seguridad incomparable, incluso el
Nirvana que es inmaculado.
"Entonces vi y supe: 'Estoy
seguro de la liberación; éste es mi nacimiento final;
¡nunca más retornaré a esta
vida'!" 29
Cuando el Nirvana
es calificado como innacido, inmortal, inmaculado, exento de aflicción, y libre
del crecimiento y de la decadencia y la enfermedad, parece bastante negativo.
Pero si nada se afirmase siquiera en estas negaciones, el Buda no podría
descansar en "la seguridad incomparable" (anuttaram yogakkheman) del Nirvana ni tener seguridad de la
emancipación final. De manera que lo que el Buda negó, podemos ver que fue la
Ignorancia como causa verdadera del nacimiento y la muerte, y esta Ignorancia fue disipada por el esfuerzo
supremo de la voluntad
y no mediante el mero razonamiento dialéctico ni la
contemplación. Se afirmó esto y el intelecto despertó ante su significado
verdadero. Todos los deseos, sentimientos, pensamientos y anhelos, así
iluminados, cesan de ser egoístas y ya no son más causa de manchas, grillos ni
muchos otros obstáculos, que en cantidad son referidos en toda la literatura
budista, en el Maháyána y en el Hínayána. En este sentido, el Buda es el Jiña,
el Conquistador, no un vacuo conquistador de la nada, sino el conquistador de
la confusión, de la oscuridad y de la Ignorancia.
29Ariyapapariyesana-sutta, Majjhima-Nikáya, XXVI,
pág. 167.
HISTORIA DEL BUDISMO ZEN
DESDE BODHIDHARMA HASTA HUI-NENG (YENO)
(520-713 d.C.)
Mi
intención es efectuar aquí un estudio integralmente crítico y científico de la
historia del Budismo Zen; pues esto presupone algún conocimiento de la
evolución del Budismo en la China, y hasta donde llega mi saber, no existen
libros de texto sobre el tema, el alcance de los lectores de la presente obra.
El objeto principal de este Ensayo
será, por tanto,
familiarizarlos primeramente con la
historia tradicional del Zen como la narran sus seguidores del Japón y la
China. Su investigación crítica seguirá cuando los lectores estén preparados en
un nivel como para encarar esa tarea.
El origen tradicional del Zen en la India antes de su introducción en la China, como lo documenta
la literatura Zen, está tan mezclado con leyendas
que no pueden extraerse allí hechos confiables.
En los tiempos en los que aun no existía el estudio crítico de nada y cuando
las cosas, especialmente relativas a la religión, se creían a granel, no
podríamos esperar nada más. Puede que ahora sea demasiado tarde como para procurar desentrañar los misterios que envuelven el origen del Zen en la
India, excepto en un sentido general y lógico, partiendo de los hechos
históricos ya conocidos, concernientes al desarrollo del Budismo mahayánico. De hecho, el Budismo Zen,
como ya se discutió, es el producto de la mente china, o más bien la
elaboración china de la Doctrina de la Iluminación. Por tanto, cuando queremos
narrar la historia del Zen, puede que sea mejor en algunos aspectos no
dirigirse a la India sino permanecer en la China y estudiar la psicología y filosofía
de su pueblo y las condiciones
circundantes que hicieron posible que el Zen alcanzase exitosa evolución en la
tierra de los celestiales, recordando siempre que se trata de una
interpretación práctica de la Doctrina de la Iluminación.
Sin embargo, algunos eruditos pueden objetar este modo de
encarar el tema, sobre la base de que si el Zen es una forma de Budismo, o
incluso su esencia, como lo sostienen sus seguidores, no puede ser separado de
la historia general del Budismo en la India. Esto es absolutamente cierto, mas
en lo que atañe a los hechos, el Zen como tal no existió en la India —vale decir, en la forma con que hoy en día
lo tenemos; y por tanto cuando tratamos de ir más allá de la China para buscar
su origen y desarrollo, la única vía franca para nosotros será la que seguí en
mis Ensayos anteriores, aquí reunidos. Vale decir, debemos
considerar al Zen como la interpretación
china de la Doctrina de la Iluminación, que está expuesta en toda la literatura
budista, con mucha intensidad en el Maháyána y más o menos provisionalmente en
el Hínayána. A medida que esta doctrina continuó, creció con firmeza hasta
ocupar las mentes de los seguidores del Buda y controlar en general el curso
del desarrollo del pensamiento budista; ¿pues no fue a través de la Iluminación
que el Gautama se convirtió en el Buda, en el Iluminado? ¿Y no es el objeto del
Budismo seguir las huellas de su fundador
en el logro de la emancipación final? Pero los adherentes chinos del Bodhismo 1 o
los sostenedores de la Iluminación no desearon tragar sin digerir el Budismo hindú. De manera que la imaginación
práctica del pueblo chino llegó a crear el Zen, y lo desarrolló con lo mejor de
su capacidad para adecuarlo a sus propios requerimientos religiosos.
Cuando comparamos el Zen, como producto acabado, con la Doctrina
de la Iluminación, como esta última
empezó a desarrollarse en el Budismo
primitivo, hallamos una brecha amplia y aparentemente intraspasable
entre los dos. Sin embargo, esto era de esperar, naturalmente.
Consideremos los siguientes hechos.
Al principio el Buda fue algo tímido
como para revelar
los secretos íntegros de la razón del Estado Búdico, pensando que sus
discípulos no eran muy capaces de seguir cada paso dado por él mismo. El
sentimiento que tuvo en primer lugar, después de la Iluminación, lo gobernó en
casi todo el curso de su vida terrena. Era éste: que la Perfecta Iluminación
Suprema alcanzada por él era un objetivo demasiado sublime como para
1 Se
emplea para designar
la escuela que sostiene la Doctrina de la Iluminación (sambodhi.)
que los
seres sensibles se afanaran por éste, y que aunque se los revelara, no lo
comprenderían plenamente y lo mancillarían para su propio
desmerecimiento. ¿El no pensó incluso
en entrar en el Nirvana inmediatamente después de la
Iluminación? Toda su vida, a pesar del consejo del Brahmadeva, parece haber sido controlada por este
sentimiento —la renuencia a revelar toda su auto-realización íntima (pratyátmajñána según la terminología
del Lan-kávatára).
Decididamente, el Buda mismo
podría haber comunicado, lo que lograra,
a todos sus discípulos,
sin reservas, mas la impresión que recogemos de la literatura agámica o nikáyica es que rehusó
realmente hacerlo así. Al menos éste fue el modo con que los escritores
primitivos de los libros canónicos intentaron
representar a su maestro,
cualesquiera hayan sido sus
motivaciones. Al ser éste el caso,
la idea de la Iluminación no avanzó tan plena y destacadamente en la literatura
hinayánica como para llamar de inmediato
nuestra atención. Mas como lo señalé, esta idea se halla sepultada sólo
superficialmente entre las otras ideas menos importantes, y puede manifestarse
con facilidad siguiendo lógica y
psicológicamente el curso de los sucesos relativos a los escritos canónicos concernientes a la
Iluminación del Buda.
Los escritores primitivos concibieron la Noble Verdad Cuádruple
o la Dodécupla Cadena de Causalidad, o el Óctuple Sendero de Rectitud, como
doctrina central del Budismo, la cual incluyó asimismo en el aspecto
psicológico, la teoría del no-ego (anátman).
Pero cuando reflexionamos, tanto filosóficamente como desde el punto de vista Zen, sobre la vida del Buda y el principio ultimo del Estado Búdico,
no podemos dejar de pensar en esta Iluminación
como la parte más significativa, esencial y fructífera del Budismo. Por
tanto, lo que el Buda deseó realmente impartir a sus discípulos debe decirse
que fue la Doctrina de la Iluminación, a pesar de la interpretación o
comprensión hinayanista de lo que se conoce como Budismo primitivo.
Mas
mientras el Budismo floreció en la India, esta idea central suya siguió siendo
lo que era; vale decir, tal como se la desarrolló en la mayoría de los Sútras mahayánicos. Sólo después de
Bodhidharma, que lo introdujo en la China, la idea se arraigó allí y creció
hasta lo que ahora designamos específicamente como escuela Zen del Budismo. Por
lo tanto, la historia del Zen, hablando propiamente o en su sentido más estricto, puede considerarse que se inicia en la China.
El suelo de la India era demasiado meta-físico, demasiado rico en imaginación
romántica, para que el Zen creciese como tal en su forma pura. :
Si bien el logro del Estado Búdico o Arhantado fue la meta última de su
doctrina, el Buda fue práctico y siempre estuvo cerca de los hechos de la vida,
e insistió, en sus sermones corrientes, sobre una vida regida por normas
morales. Tampoco tuvo deseo alguno de revelar intelectual ni metafísicamente el contenido de la Iluminación, que puede ser experimentada mas no explicada. Jamás dejó de subrayar
el significado de la auto-realización, pues el Nirvana
o Iluminación tenía que alcanzarse personalmente a
través del propio esfuerzo personal en la propia consciencia íntima. La Noble
Verdad Cuádruple o la Dodécupla Cadena de Causalidad o la Teoría del No- ego
fueron guía intelectual hacia la realización de la vida budista. Tal doctrina
no podría tener significado práctico alguno, excepto como guía final hacia la
Iluminación.
El Buda jamás pensó que sus seguidores llegarían a acentuar
enteramente su doctrina sobre estas estructuras intelectuales que no podían
mantenerse por sí sin el apoyo de un espíritu interior. El Óctuple Sendero
de la Rectitud fue una guía ética hacia la Iluminación, y como tal lo
consideraba el Buda. Quienes no tienen una intuición respecto de su enseñanza,
más elevada que la de leer en
ella un significado moral, la
confunden con una especie de cultura
ética y nada más. Piensan que el
Budismo es positivismo como filosofía, y su Hermandad (samgha) un cuerpo de ascetas morales. Alaban al Buda como
originador de un sistema religioso científico, libre de supersticiones
espiritualistas que con tanta frecuencia y abundancia crecen en torno a la religión. Pero nosotros estamos
mejor informados porque estos comentarios no están plenamente de acuerdo con la
doctrina del Buda, pues sólo reflejan un aspecto de ella, sin observar interior
y cabalmente todo el campo. Si estos críticos encaran la práctica del dhyána
como constitutiva de la esencia del Budismo, junto con las consideraciones
precedentes, puede decirse que se acercarían más a la meta; mas incluso este
dhyána es una forma de ejercicio espiritual que preparará el camino hacia
la realización final del Nirvana.
El dhyána no distingue,
en sí mismo, el Budismo de los demás sistemas filosóficos-religiosos que
existieron en la India en la época del Buda. Por lo tanto, para entender el Zen
como expresión de la Doctrina de la Iluminación, que es la razón del Budismo,
debemos esperar el surgimiento de los movimientos
mahayánicos. Y cuando esto se introdujo en la China
por medio de Bodhidharma, evolucionó hasta lo que actualmente
conocemos por el nombre de Budismo Zen.
I
La historia legendaria del origen del Zen en la India se
desarrolla así: En una ocasión, Sákyamuni se contraía a la prédica ante una
congregación de sus discípulos, en el Monte del Santo Buitre. No recurrió a
ningún discurso verbal prolongado para explicar su tema, sino que simplemente
alzó un ramo de flores ante la asamblea, el cual le había sido ofrecido por uno
de sus discípulos laicos. Ni una palabra salió de su boca. Nadie entendió el
significado de esto, excepto el viejo y venerable Mahákásyapa, quien sonrió
silenciosamente al maestro, dando muestras de entender plenamente el
significado de esta enseñanza silenciosa pero elocuente de parte del Iluminado.
Este último, percibiendo esto, abrió su boca de lengua-de-oro y proclamó
solemnemente: "Tengo el más precioso tesoro, espiritual y trascendental,
que en este instante te entrego, oh venerable Mahákásyapa." . Por lo
general, los seguidores ortodoxos del Zen toman ciegamente este incidente como
origen de su doctrina, con lo que, según ellos, se revela la mente más íntima del Buda al igual que el
secreto de la religión. Como el Zen proclama ser la esencia más íntima del Budismo y haber sido transmitido directamente por el Buda a su máximo
discípulo, Mahákásyapa, sus seguidores buscan naturalmente la ocasión
particular en la que tuvo lugar esta
transmisión entre el maestro y el discípulo. Sabemos, de un modo general, que
Mahákásyapa sucedió al Buda como líder de la Fe, pero en cuanto a su
transmisión especial del Zen, carecemos de documentos históricos en los
escritos budistas hindúes que actualmente poseemos. Sin embargo, este hecho es
mencionado especialmente, por primera vez, por lo que sabemos, en una historia
Zen, china, llamada Los Registros de la
Propagación de la Lámpara, compilada por Li Tsun-hsü, en 1029, y asimismo
en Los Relatos de la Transmisión Ortodoxa
del Dharma, compilados por
Chi-sung en 1064, donde este incidente solo se menciona como no muy auténtico históricamente. En Los Registros de la Transmisión de la
Lámpara, escritos en 1004, primera historia
Zen subsistente, el autor no documenta hecho particular alguno de la vida
del Buda relativa a la transmisión Zen. Como todas las historias primitivas
sobre el Zen se han perdido, en la actualidad no tenemos medios para determinar
con justeza cuándo se inició la tradición del Zen en la China. Es probable que
comenzase a hablarse del Zen entre sus seguidores al establecerse su religión
en la China, a fines del siglo VIII.
En aquellos tiempos debió haber alguna necesidad de inventar una
leyenda tal en pro de la autoridad del Budismo Zen; pues como el Zen se
fortaleció, las demás escuelas budistas ya en existencia sintieron celos de su
influencia popular y lo atacaron, como carente de documentos autorizados de su
transmisión directa desde el fundador del Budismo, lo cual era proclamado por los devotos del Zen. Este fue el caso
en especial cuando los últimos esclarecieron tanto la enseñanza doctrinal
discutida en los Sútras y Sastras, que pensaron que la autoridad última del Zen
derivaba de la experiencia personal directa de aquellos. Insistieron mucho en
esto último; mas no fueron, ni pudieron ser, tan críticos e independientes como
para ignorar por completo la autoridad del Budismo histórico, y "quisieron
de algún modo hallar el documento de que el Buda entregó el Zen a Mahákásyapa,
y de Mahákásyapa hasta el patriarca vi-gésimooctavo, Bodhidharma, que se convirtió
en el primer patriarca del Zen en la China. De esa manera llegó a
establecerse, según los historiadores del Zen, una sucesión de veintiocho
patriarcas hindúes, mientras que, de acuerdo con otras escuelas, hubo sólo
veintitrés y veinticuatro patriarcas después del fundador. Cuando los
historiadores necesitaron la transmisión especial del Zen desde el Buda hasta
Mahákásyapa, juzgaron necesario el vacío entre el patriarca
vigésimotercero o vigésimocuarto y el mismo
Bodhidharma, que según ellos era el vigésimooctavo.
Desde el punto de vista crítico moderno no interesaba muy mucho
si el Zen se originó con Bodhidharma en la China o con el Buda en la India, en la medida en que el Zen es
verdadero, y tiene un valor duradero. Y asimismo, desde el punto
de vista de los historiadores, que procuran determinar científicamente la fuente
evolutiva que dio por resultado el Budismo Zen, sólo es importante hallar una
conexión lógica entre la Doctrina mahayánica
de la Iluminación, en la India, y su aplicación práctica a las realidades
de la vida, por parte de los chinos; y en
cuanto a cualquier línea especial de transmisión en la India antes de
Bodhidharma, como lo establecieran los devotos del Zen, no es asunto que
preocupe mucho ni de gran importancia. Pero tan pronto el Zen es formulado en
un sistema independiente, no sólo con sus rasgos característicos sino también
con sus hechos históricamente certificables, los historiadores necesitarán
seguir su línea de transmisión completa y no
interrumpida; pues en el Zen, como veremos
después, es de suma importancia para sus seguidores que esté debidamente
certificado o aprobado (abbhanumodana) por
el maestro en cuanto a la genuinidad o
carácter ortodoxo de su realización. Por
lo tanto, al ser el Zen producto del suelo chino por la semilla hindú de la
Iluminación, como sostengo, no necesita establecerse en la India línea especial
alguna de transmisión, a no ser de un modo lógico y genérico tal como el
intentado en mis anteriores Ensayos.
Los veintiocho patriarcas del Zen, considerados por sus seguidores como la línea
ortodoxa de transmisión, son
los siguientes:
1.
Sákyamuni.
2.
Mahákásyapa.
3.
Ananda.
4.
Sanavása.
5.
Upagupta.
6.
Dhritaka.
7.
Micchaka.
8.
Buddhanandi.
9 Buddhamitra.
10. Bhikshu Parsva.
11.
Punyayasas.
12.
Asvaghosha.
13.
Bhikshu Kapimala.
14.
Nágárjuna.
15.
Kánadeva.
16.
Arva Ráhulata.
17.
Samghanandi,
18.
Samghayasas.
19.
Kumárata.
20. Jayata.
21. Vasubandhu.
22. Manura.
23. Haklenayasas.
24. Bhikshu Simha.
25. Vásasita.
26. Punyamitra.
27. Prajñátara.
28. Bodhidharma.
Para
ser coherentes con el criterio de que el Zen fue "una transmisión especial
del Buda, fuera de su enseñanza doctrinal", los historiadores del Zen
extendieron su transmisión incluso más allá de Sakyamuni; pues, según la
tradición ya prevaleciente entre los budistas primitivos, hubo al fin seis
Budas antes del Buda del kalpa actual, que fue el Muñí de los Sákyas; y estos
diversos Budas tuvieron que dejar, cada uno, un gáthá de la "transmisión
del Dharma" que sistemáticamente se preserva en la historia del Zen. Ahora
bien, ¿si los seis Budas del pasado tuvieron sus gáthás, por qué no aquellos patriarcas entre Sakyamuni
y Bodhidharma, todos inclusivamente? O si alguno de ellos tuvo alguna clase de
gáthá, ¿por qué no el resto de ellos también? De modo que todos legaron sus gáthás de transmisión, regularmente, anteponiendo las palabras: "Y
ahora te entrego
el ojo-tesoro de la Gran Ley,
que guardarás y tendrás siempre presente." Sin duda, se trata de
creaciones ficticias de la imaginación histórica, tan altamente ejercitada por
los escritores de la historia Zen,
evidentemente inspiradas por un celo extraordinario hacia su fe ortodoxa.
Los traductores de estos versos
patriarcales son, según el autor
de los Registros de la Transmisión Correcta, Chih-chaing-liang-icu, de la Primera
dinastía Wei, y Na-lien-yashé, de la
Wei Oriental; el primero llegó de la India Meridional y el último de Kabul.
Su libro, conocido como el Relato de la
Sucesión según la Ley, desapareció después de repetidas persecuciones
llevadas a cabo por las dinastías reinantes, pero las historias de estos
patriarcas fueron citadas al menos en los dos libros, el Pao-lin Ch'uan y el Shéng-chou
Chi, ambos compilados antes de la Transmisión de la Lámpara, en donde se hace referencia a ellos.
Pero también se perdieron tiempo después de Kaisu (Ch'i-sung), en la dinastía
Sung. Por tanto, en la actualidad, la Transmisión
de la Lámpara es la
historia primitiva del Zen, donde están registrados detalladamente los veintiocho patriarcas y sus versos de
transmisión legal.
Para citar como ejemplos
dos de los gáthás de seis Budas,
el primer Buda Vipasyi declara:
"Este cuerpo
nacido de lo Amorfo,
semeja magia por la que toda forma e imagen aparecen:
los seres
fantasmales con mentalidad y consciencia carecen
de realidad desde el mismo principio;
el mal y la felicidad son vacuos, carecen
de moradas."
El gáthá del sexto Buda, Kásyapa,
que precedió precisamente al Muni de los Sákyas,
reza así:
"Pura e inmaculada es la naturaleza de todos los seres sensibles; desde el principio mismo no hay
nacimiento ni muerte;
este cuerpo,
esta mente... son fantasmal creación;
y en la transformación fantasmal no hay pecados ni méritos."
Cuando el Buda perteneciente a la era actual ordenó
a Mahákásyapa que fuese el transmisor
ortodoxo de la Buena Ley, pronunció el siguiente verso:
"El Dhartna
es, en última instancia, dharma
que es no-dharma; Dharma que es no-dharma es, asimismo, dharma;
Como ahora te entrego
este no-dharma;
¿A
qué llamamos el Dharma?
¿Después de todo, dónde está el Dharma?2
El sexto
patriarca, Dhritaka, dice:
"Penetra en la verdad
última de la mente,
y no tendrás cosas ni no-cosas;
iluminados y no-iluminados... son lo mismo; no hay mente ni cosa."
El patriarca vigésimosegundo, Manura, da así su opinión:
"La
mente se desplaza con las diez mil cosas:
hasta cuando
se mueve, está serena. Percibe su esencia
a medida que se mueve, y no hay júbilo ni
aflicción."
En estos gáthás advertimos la enseñanza generalmente
característica del Budismo mahayánico como
prevalecía en la India. Como dije antes,
en lo que atañe al aspecto doctrinal del Budismo, el Zen nada tiene
en particular que ofrecer como propio; pues su razón de ser
3 Esta traducción no es del todo satisfactoria. 186
consiste en que es una experiencia espiritual y no en que es un sistema especial
de filosofía o de
ciertos dogmas conceptualmente sintetizados. Sólo tenemos Zen cuando la especulación budista mahayánica se reduce a
las cosas reales de la vida y se convierte en la expresión directa de la propia
vida interior, y esto no se produjo hasta que el Budismo fue trasplantado en la China y se lo hizo crecer nutrido por un pueblo
cuyo giro mental práctico rehusaba tragar la tradición hindú sin digerir. La forma de pensamiento, como la adoptada
en los denominados versos patriarcales, no apelaba a la mente china. Cuando penetraron en el pensamiento
mismo, desearon expresarlo a su modo, desearon vivir el pensamiento como era
natural para ellos, y no guardarlo como algo importado del exterior, no
inherentemente perteneciente a su psicología.
Cuando Bodhidharma dio plena sanción
a sus discípulos, se supone
que compuso el siguiente
gáthá:
"La razón original de mi venida a este país
fue transmitir la Ley a fin de salvar a los confusos; una flor de cinco pétalos se
abre
y la producción del fruto vendrá de por sí."
Mediante esta "producción del fruto", ¿Dharma
profetizó el desarrollo posterior pleno del Zen
en la China? Se supone que los "cinco pétalos" significan los cinco
Padres Zen de la China, después de Dharma,
cuando el Zen llegó a reconocerse como rama del Budismo con un mensaje propio. Carecemos de medios para
decidir si este gáthá fue realmente profético y perteneciente al mismo Dharma,
o si fue compuesto por algún historiador Zen después del sexto patriarca,
Hui-néng, (Yenó). Lo único cierto históricamente es que la doctrina de Dharma
empezó a aclimatarse en la China unos doscientos años después de él, asimilándola el pueblo de la manera
que mejor se adaptaba a su idiosincracia mental. El Zen, en su forma actual, no
maduraría en otra parte que no fuera la China. La India era demasiado
metafísica, o demasiado entregada a la imaginación mística. Era el hogar del
Yuishüa (Yogácára), del Shingon (escuela mántríca),
del Kegon (Avatamsaka) o del Sanron (Súnyatá o Mádhyamika). En cuanto al
Zen, necesitaba una mente que ya estuviese empapada profundamente en las ideas
y sentimientos laotzeanos, pero sin poderse desapegar de los detalles de la
vida diaria. La reserva, el romanticismo, cierto
temperamento práctico,
y con todo un carácter
parejo, firme, bien equilibrado: esto era necesario para que el Zen evolucionase
hasta su forma actual. Vale decir, que si el Budismo mahayánico, como lo expusieran Nágárjuna y Asvaghosha, y el Vimalakírti, Prajñápáramitá, y otros
Sútras, en especial el Lankávatára, no
hubiese sido elaborado por el genio chino, el Zen como tal no habría llegado a
existir.
No estaría aquí completamente fuera de lugar demostrar, mediante
ejemplos concretos, cómo difiere el método hindú del método típicamente chino
en la demostración de la verdad del Budismo Zen. Como reiteradamente lo ilustré, el Budismo,
ya sea primitivo o evolucionado, es una religión
de libertad y emancipación, y el objetivo último de su disciplina es
liberar al espíritu de su posible esclavitud de modo que pueda actuar
libremente de acuerdo con sus propios principios. Esto es lo que quiere decirse
con no-apego (apratishtitacittam). La idea es negativa en cuanto a que se refiere a desatar los nudos del
intelecto y la pasión, mas el sentimiento implícito es positivo, y el objeto
final es alcanzado sólo cuando el espíritu es restablecido en su actividad
original. El espíritu conoce su propio método, y lo que podemos hacer es
liberarlo de todos los obstáculos que nuestra ignorancia amontonó delante de
él. "Derribarlos" es, por tanto, la nota recurrente de la doctrina
budista.
El
método budista de inculcar la idea es éste: un Brahmán llamado Uñas-negras
llegó hasta el Buda y le ofreció dos
enormes árboles florecidos que llevaba en cada una de sus manos mediante su
poder mágico. El Buda le llamó, y cuando el Brahmán respondió, el Buda dijo:
"¡Derríbalos!" El Brahma derribó el
árbol florecido de su mano
izquierda, ante el Buda. Este reclamó nuevamente que los dejara caer; entonces, Uñas-negras dejó caer el otro árbol florecido, de su mano derecha. El Buda
persistió aun en su orden. Dijo el Brahmán: "Ahora no tengo nada que dejar
caer. ¿Qué quieres que haga?" "Nunca te dije que abandonases tus
plantas florecidas", dijo el Buda; "lo que quiero que hagas es
abandonar tus seis objetos del sentido, tus seis órganos del sentido, y tus seis consciencias. Una vez
abandonados todos éstos, sin quedar nada más por abandonar, entonces estarás
liberado de la esclavitud de nacimiento-y-muerte”.
En contraste con esta charla
del Buda, clara,
aunque algo indirecta, el caso siguiente, de Jóshu
(Chao-chou) 3 es directo ,y conciso, y ordena el asunto
de modo más inequívoco. Un monje acudió ante el maestro y le preguntó:
"¿Qué ocurre cuando un hombre no trae nada consigo?" "¡Tíralo!", fue la inmediata
respuesta de Jóshu. "¿Qué va a tirar si no está cargado
con nada?" "De ser
asi, ¡acarréalo!"
Los
maestros Zen se deleitan con las paradojas, y esta observación de Jóshu es típica.
El problema de la emancipación es importante, pero el más importante aun es: "¿Quién o qué es el
Buda?" Cuando se domina esto, el Budismo rindió su servicio pleno. ¿Qué
pensaron los filósofos hindúes del Buda? Hubo una anciana señora que vivió en
la época del Buda. Había nacido en la misma época que el Buda y vivía en la
parte oriental de la ciudad. Tenía singular aversión contra el Buda y nunca
deseó verle. Cuantas veces éste pasaba cerca, ella escapaba.
Mas cualquiera fuera el camino
por donde se volviese, lo encontraba, ya fuera al Este o al
Oeste.
¡Cubrió su rostro con las manos y he aquí que vio al Buda entre sus dedos!
Esto es bello y
esclarecedor.
Lo que sigue es el método Zen de encarar
el tema: Un monje acudió ante Ch'i-an,
que era uno de los discípulos de Ma-tsu, y preguntó: "¿Cuál es el
cuerpo original de Vairochana?" El maestro dijo: "¿Querrías
alcanzarme el cántaro de agua?" El monje se lo alcanzó al maestro, como se
lo pidiera. Entonces el maestro le
solicitó que lo retornase al lugar de donde lo
tomara. El monje así lo hizo. Mas al no obtener respuesta alguna, según
pensaba, con respecto a la primera pregunta, interrogó nuevamente: "¿Cuál
es el cuerpo original del Buda Vairochana?" El maestro expresó
su pesar, diciendo:
"¡Largo tiempo transcurrió desde la partida
del viejo Buda!" Estos dos ejemplos bastarán
para ilustrar dónde la mente Zen china se desvía de la hindú.
3
Jóshu (778-897) fue uno de los primitivos maestros Zen de la dinastía T'ang,
cuando esta doctrina empezó a florecer con nuevo vigor. Alcanzó
la avanzada edad de ciento
veinte años. Sus sermones fueron
siempre breves y precisos, y
sus respuestas, célebres, por resultar tan naturales pero, al mismo tiempo, tan
resbaladizas, tan difíciles de atrapar.
II
La historia del Zen data de la llegada de Bodhidharma (Bodai-Daruma) desde el Oeste, en el año 520 de nuestra era. Llegó a la
China con un mensaje especial, que se resume en las siguientes lineas:
"Transmisión especial
fuera de las escrituras;
independencia de palabras y letras; indicación directa del alma del hombre;
intuición de la naturaleza y logro del Estado Búdico."
Estas cuatro líneas,
descriptivas de los principios de la doctrina
Zen, a diferencia de las demás
escuelas del Budismo ya existentes en la China, fueron formuladas después y no
por el mismo Dharma. No podemos decir con exactitud quien fue el autor real,
pues carecemos de información definida sobre este tema. Un historiador,
Tsung-chien, que compiló desde el punto de vista de Tien-tai una historia
budista titulada El Correcto Linaje de Ja
Doctrina Sákya en 1257, lo atribuye a Nansen Fu-gwan; probablemente la
fórmula se originó en aquellos tiempos en que, en el "Oeste del Río"
y en el Sud del Lago", florecían Baso (Ma-tsu), Hyakjo (Pai- chang), Obaku
(Huang-po), Sekitó (Shih-tou) y Yakusan (Yüeh-shan). Desde entonces se los
consideró característicamente Zen, y fue
Dharma quien insufló este espíritu en las mentes de los budistas chinos. Estos, por
un lado se entregaban en mayor o menor medida a filosofar, y por el otro, a
practicar la contemplación. No estaban familiarizados con el método directo del
Zen que consistía en ver directamente dentro de la verdad de la Iluminación
y alcanzar el Estado Búdico
sin atravesar
tantas etapas preparatorias proscriptas por los eruditos.
Nuestro conocimiento de la vida de Bodhidharma proviene de dos
fuentes. Una, que es el documento más primitivo sobre él, es de Tao-hsüan, en
sus Biografías de los Altos Sacerdotes, compiladas
al comienzo de la dinastía T'ang, 645 de nuestra era. El autor fue el fundador
de la secta vináyica en la China y
esclarecido erudito que, sin embargo, vivió antes del movimiento de la nueva
escuela que se conocería como Zen, y alcanzó su madurez con Hui-néng, el sexto
patriarca, que tenía nueve años de edad cuando Tao-hsüan escribió sus Biografías. La otra fuente es Registros
de la Transmisión de la Lámpara, 1004
de nuestra era, compilados por Tao-
yüan a principios de la dinastía Sung. Esto
fue escrito por un monje Zen
después que éste fuese reconocido plenamente como rama especial del Budismo, y
contiene dichos y actos de sus maestros. El autor a menudo se remite a algunas
primitivas historias de Zen como autoridades; sin embargo, aquéllas se perdieron
y en la actualidad sólo se conocen por los títulos.
Es muy natural que estos dos relatos sobre la vida de
Bodhi-Dharma varíen en diversos puntos. El primero fue escrito cuando el Zen no
se había establecido aun plenamente como escuela, y el segundo correspondió a
uno de los maestros Zen. En el primero, Dharma, el fundador del Zen, es tratado
como uno de los otros muchos sacerdotes budistas eminentes en diversos campos,
como traductores, comentaristas, eruditos, seguidores del Vinaya, maestros
de meditación, poseedores de virtudes milagrosas, etc., y naturalmente Dharma no podía
ocupar en una historia tal
ningún puesto muy prominente que lo distinguiera de los otros "altos
sacerdotes". Se lo describe meramente como uno de aquellos "maestros
de meditación", cuyo concepto del dhyána no difería del viejo y
tradicional, practicado por los seguidores del Hinayana.
Tao-hsuan no entendió
el mensaje de Dharma en su significado pleno, aunque pudo leer en él algo que no correspondía totalmente a la
denominada "práctica de meditación". Y por ello es que a veces los
eruditos arguyen que no hay mucho Zen en el relato de Tao-hsuan sobre Dharma,
digno de su primer promulgador chino,
y que, por ende, Dharma
no podría así considerarse como lo reclaman
los seguidores de la escuela Zen del Budismo. Mas esto no es hacer
justicia al Zen, ni a Tao-hsuan, quien nunca pensó en escribir una historia Zen
antes que el Zen llegase a conocerse como tal. Tao- hsuan no pudo ser un
historiador profético. Si bien la biografía dte Tao-yüan contiene mucho de
dudoso respecto de la vida de Bodhidharma, en especial la parte de su vida
antes de llegar a la China, tenemos
razón en creer que la mayor parte del relato de Tao-yüan sobre los actos de
Dharma después de su llegada a la China es histórica. Con respecto a esto
último, Tao-hsuan debe tomarse como complemento de Tao-yüan. No está muy de acuerdo
con el espíritu de una opinión crítica
justa ser parcial con una autoridad a expensas de la otra, sin sopesar
debidamente todas las circunstancias históricamente conocidas, que
contribuyeron a la preparación de estas historias.
Según Tao-hsuan, Bodhidharma dejó muchos escritos o dichos que
aparentemente todavía circulaban en la época del autor de las Biografías de los Altos Sacerdotes, pero
el único escrito auténtico del fundador del Zen, que poseemos en la actualidad,
es muy breve, y se preserva en las Biografías
de Tao-hsuan al igual que en los Registros
de Tao-yüan. Hay algunos otros ensayos atribuidos a Dharma,4
pero la mayoría de ellos, aunque hondamente impregnados del espíritu del Zen,
son espurios, salvo uno hacia el que me inclino a considerarlo genuinamente
suyo. Es el titulado "Sobre la
Pacificación del Alma", Junto con el primero, que generalmente se conoce
con el título de "Meditación sobre Cuatro Actos", tenemos sólo dos trozos de escritos, considerados legados de Dharma. Aunque no pienso que la "Meditación
sobre Cuatro Actos" sea la
mejor muestra posible de escrito legado por el fundador del Zen, que nos
introduzca directamente en la esencia misma del Zen, daré aquí su versión como
el ensayo más digno de confianza, perteneciente a Bodhidharma, el primer patriarca
del Zen en la China.
De este escrito, como
dije antes, hay dos versiones; una,
la de las Biografías y la otra la de
los Registros, y en algunos
puntos no concuerdan cabalmente. El sentido
principal es el mismo, pero varían en detalles. La pregunta es
ahora: "¿Cuál es la más original? Cronológicamente, las
4 Seis Ensayos de Bodhidharma
es el libro en el que se recogen
los denominados escritos
de Bodhidarma. Véase, asimismo el Ensayo "Sobre el
Satori", que sigue.
Biografías fueron
compiladas antes que los Registros, pero
éstos presuponen algunos escritos primitivos
que fueron utilizados para su compilación. Carecemos de medios
como para determinar la confiabilidad de los documentos así utilizados, y entonces la
autoridad de las Biografías no es
absoluta. Por lo tanto, el único medio provechoso de juzgar el
mérito respectivo de las dos versiones consiste en compararlas desde el punto
de vista literario y ver qué luz derramará tal comparación sobre la naturaleza
de cada una. El resultado al que arribé es que el autor de las Biografías usó lo preservado en los Registros, lo cual es más fiel al
original si hubiese otra versión de esa índole además de ésta. La razón de esta
conclusión es que el escrito de Dharma aparece muy mejorado después de la
edición de Tao-hsuan, autor de las Biografías;
pues tuvo que editarlo para sus propios fines. Así editado, el escrito de
Dharma es ahora de mejor estilo; vale decir, más conciso, más preciso, y más
refinado. Por esta razón la traducción siguiente es efectuada de los Registros de Tao- yüan, donde el autor
estuvo muy en lo justo al reproducir el original como estaba.
"(Bodhidharma), el Maestro de la Ley, fue el tercer hijo de
un gran rey Brahmán del Sud de la India, de las Tierras Occidentales. Era
hombre de inteligencia maravillosa, brillante y de mucho alcance; entendió
completamente todo lo que aprendió. Como su ambición era dominar la doctrina
del Maháyána, abandonó la vestimenta blanca del laico y
se puso el negro manto monacal, deseando cultivar las semillas de la
santidad. Practicó la contemplación y la tranquilización; supo bien lo que era
el verdadero significado de los asuntos mundanos. Era diáfano por dentro y por
fuera; sus virtudes eran más que un modelo para el mundo. Se lamentaba
muchísimo por la declinación de la enseñanza ortodoxa del Buda en las regiones
más distantes de la tierra. Finalmente se decidió a cruzar la tierra y el mar,
llegar a la China y predicar su doctrina en el reino de Wei. Aquellos que
sentían inclinaciones espirituales se reunieron en su derredor llenos de
devoción, mientras que quienes no pudieron elevarse por sobre sus
consideraciones unilaterales hablaron de él calumniosamente.
"Para esa época había solamente dos monjes, llamados
Tao-yíh y Hui-k'é, quienes si bien eran todavía jóvenes, tenían fuerte voluntad
y deseo de aprender cosas superiores. Juzgando una gran oportunidad de sus
vidas contar con tal maestro de la Ley en su propia tierra, se sometieron a su
instrucción durante varios años. Le siguieron muy reverentemente, le formularon
preguntas para iluminarse, y observaron bien sus directivas. El Maestro de la
Ley, impulsado por el espíritu de sinceridad de aquellos, los disciplinó con
respecto al verdadero sendero, diciéndoles: 'Este es el modo de obtener la paz
de la mente', y 'Este es el modo de conducirse en el mundo', y 'Este es el modo
de vivir armónicamente con vuestro medio circundante', y 'Este es el upáya
(medio)'. Siendo éstos los métodos mahayánicos
para mantener tranquila la mente, hay que precaverse contra sus erróneas
aplicaciones. Con esta pacificación mental se significa Pi-kuan; 5 con esta conducta, los Cuatro Actos;
con esta armonía
de las cosas, la protección contra la calumnia y la mala disposición; y con este Upáya, el
desapego.
"Así expuse 6 brevemente la historia de lo que sigue.
"Hay muchos modos de ingresar en el Sendero, mas hablando
brevemente, aquellos son de dos clases. Uno
es el 'Ingreso mediante la Razón' y el otro el 'Ingreso mediante la Conducta'. Con el 'Ingreso mediante la Razón'
queremos significar la comprensión del espíritu del Budismo con el auxilio de
la doctrina escritural. Entonces
llegamos a tener profunda fe en la Verdadera
Naturaleza que es única e igual en todos los seres sensibles. La razón de por qué no se manifiesta se
5 Esta es la frase más significativa del escrito de Dharma. La dejé sin traducir pues esto se explicará después plenamente.
6 El autor de esta historia
o nota preliminar
es T'an-lin (Donrin),
quien según el Dr. Tokiwa, de la
Universidad Imperial
de Tokyo, fue un erudito
que participó en la traducción de diversas obras
sánscritas. Asimismo, es
mencionado con respecto a Yeka (Hui-k'é)
en la biografía de este último,
hecha por Tao-hsüan. Si Donrin fue más erudito, como podemos apreciarlo por
esta identificación, que genuino maestro Zen, le resultó muy natural escribir
esta "Meditación sobre los Cuatro Actos", que principalmente apela,
como lo afirma, a la interpretación erudita del Zen. Si bien la doctrina de Pi-kuan es enfáticamente Zen, en la
"Meditación" hay mucho que se presta a filosofar sobre el Zen
debe a la
sobreenvoltura de los objetos externos y los pensamientos falsos. Cuando, abandonando lo falso y abrazando lo verdadero, en la simplicidad del pensamiento se mora en el
Pi-kuan, se descubre que no hay yo ni otro, que masas
y élite es de una sola esencia,
y uno se aferra a esta
creencia y jamás se aparta de ella. Entonces no seremos guiados por instrucción
literaria alguna, pues estamos en silenciosa comunión con el principio mismo,
libre de discriminación conceptual, ya que estamos serenos e inactivos. Esto se
llama 'Ingreso mediante la Razón'.
"Con el 'Ingreso
mediante la Conducta' se significan los Cuatro Actos en los que están incluidos
todos los demás actos. ¿Cuáles son los. cuatro? 1) Cómo compensar el odio; 2)
Ser obediente al karma; 3) No buscar nada; y 4) Estar de acuerdo con el Dharma.
"1)
¿Qué significa '¿Cómo compensar el odio"? Quienes se disciplinen en el
Sendero han de pensar así cuando tengan que luchar con condiciones adversas:
Durante innumerables épocas pasadas
vagué a través de una multiplicidad de existencias, entregándome en todo ese
lapso a detalles baladíes
de la vida a expensas
de lo esencial, creando de ese modo ocasiones infinitas para el odio, la mala
voluntad y las malas acciones. Si en esta vida no se cometieron infracciones,
han de recogerse ahora los frutos de las malas acciones del pasado. Ni los
dioses ni los hombres pueden predecir lo que me sucederá. Me someteré
voluntaria y pacientemente a todos los males que caigan sobre mí, y jamás me
lamentaré ni quejaré. En el Sútra se dice que no hay que preocuparse por los
males que te sucedan. ¿Por qué?
Porque mediante la inteligencia podemos reconocer (toda la cadena de
causalidad). Cuando surge este pensamiento, concordamos con el principio pues
utiliza lo mejor posible el odio y lo convierte en ayuda en su avance hacia el
Sendero. Esto se llama el 'método de compensar el odio'.
"2) Con ser obediente al karma' se significa esto: No hay
yo (atman) en cualesquiera de los seres producidos por la interacción de
Acondiciones kármicas; el dolor y el placer que sufrimos son asimismo los
resultados de nuestra acción anterior. Si soy recompensado con fortuna, honor,
etc., éste es el resultado de mis acciones pasadas, que por razón de
causalidad, afectan mi vida actual. Cuando se extingue la fuerza del karma, el
resultado que ahora disfruto desparecerá; ¿de qué sirve entonces alegrarse de
ello? Con ganancia o pérdida, aceptemos el karma ya sea que nos traiga una u
otra; el espíritu mismo no sabe de acrecentamiento ni de decrecimiento. El viento del contentamiento
no lo conmueve, pues está silenciosamente en armonía con el sendero. Por tanto,
esto se llama 'ser obediente al karma'.
"3) Con 'no buscar nada' se significa esto: Los hombres
del mundo, en eterna confusión, están apegados por doquier a una cosa u otra, lo cual se llama
búsqueda. Sin embargo, los sabios entienden la verdad y no se parecen al vulgo.
Sus mentes moran serenamente en lo increado, mientras el cuerpo se vuelve de
acuerdo con las leyes de causalidad. Todas las cosas están vacías y nada hay
deseable ni que deba buscarse.
Dondequiera exista el mérito de la refulgencia lo que sigue es
el demérito de la lobreguez. Este mundo triple en el que estamos demasiado
tiempo se parece a una casa que se incendia; todo el que tiene cuerpo, sufre, ¿y quién conocerá jamás qué es el
reposo? Debido a que los sabios están integralmente familiarizados con esta
verdad, jamás se apegan a nada que deviene, sus pensamientos están sosegados,
nunca buscan. Dice el Sútra: Dondequiera haya búsqueda, tendrás sufrimientos;
cuando cesa la búsqueda, tienes la bendición. De manera que no buscar es, en
verdad, el camino hacia la verdad. Por tanto, os predico que no 'busquéis
nada'.
"4) Con 'estar
de acuerdo con el
Dharma' se significa que la razón, en su esencia,
es pura, a lo
cual llamamos Dharma, y que esta razón es el principio del vacío en todo lo que
se manifiesta, pues se halla por encima de manchas y apegos, y en él no hay Yo
ni Otro. Dice el Sútra: en el Dharma no hay seres sensibles, porque está libre
de las manchas del ser; en el Dharma no hay Yo porque está libre de la mancha
del yo. Cuando los sabios entienden esta verdad y creen en ella, su conducta
estará 'de acuerdo con el Dharma'.
"Como el Dharma, en esencia, no tiene deseo de poseer, los
sabios están siempre prestos a practicar la caridad con su cuerpo, vida,
bienes, y nunca escatiman y nunca saben lo que significa mala disposición. Como
tienen comprensión perfecta de la triple naturaleza el vacío, están por encima
de la parcialidad y del apego. Sólo debido a su voluntad de limpiar sus manchas
a todos los seres, llegan a estar entre éstos como si les pertenecieran, mas no
están apegados a la forma. Esto se conoce como el aspecto interior de su vida.
Sin embargo, saben también cómo beneficiar a los demás,
y asimismo cómo glorificar el sendero de la iluminación. Así como con la virtud de la
caridad, lo mismo ocurre con las otras cinco virtudes (en el
Prajñápáramitá).
El hecho de que los sabios practiquen las seis virtudes de la perfección es
liberarse de confusos pensamientos y, con todo,
no son conscientes de sus acciones. Esto se
llama 'estar de acuerdo con el Dharma'."
La doctrina de los Dos Ingresos está tomada, evidentemente, del Vajrasamádhi-sútra; 7 y la de los Cuatro Actos es una ampliación de
la segunda forma de Ingreso como se halla expuesto en el Sútra. Una comparación con el pasaje extraído de allí
aclarará el punto de inmediato:
"Dijo el Buda: Los dos ingresos son 'Ingreso mediante la
Razón' e 'Ingreso mediante la Conducta'. 'Ingreso mediante la Razón' significa
tener profunda fe en que todos los seres sensibles son idénticos en esencia a la verdadera naturaleza que no
es unidad ni multiplicidad; sólo está
oculta por los objetos externos. La naturaleza, en sí misma, no
parte ni llega. Cuando un hombre, en unidad de pensamiento, mora en el chüeh-kuan,
intuirá claramente la naturaleza
búdica, de la cual no podemos decir si existe o no, y en la que no hay yo ni
otro. Asimismo descubrirá que la naturaleza es la misma tanto en las masas como en la
élite.
De manera que se
afirma en el terreno del corazón diamantino y jamás se aparta de allí; es
sereno e inactivo, y libre de discriminación conceptual. Esto se llama 'Ingreso
mediante la Razón'.
"Ingreso mediante la Conducta" significa no ser vacilante ni reclinarse en la mente ni estar en
sus sombras, cambiando como una corriente. Dondequiera estés, serena tu
pensamiento y no busques nada. Que sea como la gran tierra, inconmovida incluso
en medio de furiosa tormenta. Renunciando en tu corazón a todos los
pensamientos egoístas, salva a todos los seres para que crucen a la otra
orilla. No hay nacimientos, signos, apego ni abandono; en la mente de un
Bodhisattva no hay salida ni entrada. Cuando esta mente que no sale ni entra,
ingresa en lo que jamás se penetró, eso se llama ingreso. Este es el modo en el
que el Bodhisattva entra en el Dharma. El Dharma no está vacío de forma, y el
Dharma del no-vacío no se desecha como no- entidad. ¿Por qué? El Dharma que es no-entidad está lleno de virtudes. No es mente
ni sombras, es puro en su
talidad."
Al comparar estos dos textos el lector se impresionará ante el
muy importante y asombroso cambio efectuado por Bodhi-Dharma en su cita, que
consiste en sustituir pi-kuan por chüeh- kuan. Pi significa corrientemente
"pared" o "precipicio", y a menudo se encuentra combinado
con li "estar", en frases
tales como pi li wan jen, para
describir una pared inescalable, o para representar figuradamente la actitud,
por ejemplo de Acala-Vidyárája que está erecto.
¿Cuál fue la razón de que
Dharma cambiase chüeh, "despertar",
o "estar iluminado" por una palabra que aparentemente carece
de relación orgánica
con el siguiente kuan, "percibir"
o "contemplar"? La nueva combinación es muy importante,
pues altera el sentido de todo el contexto en el que se presenta.
Tao-hsüan,
el autor de las Biografías, se
refiere al tai ch'éng pi kuan (contemplación
mahayanista de la pared) en
sus notas comentando el Zen, como la
obra meritísima que Dharma llevó a cabo en la China. Por esta razón habló del
Brahmán pi-kuan —vale decir, Brahmán que- contempla-la-pared— y en el
Japón se supone que los monjes pertenecientes a la escuela Sotó del Zen siguen
el ejemplo del fundador de su religión cuando mantienen la práctica de sentarse
enfrentando la pared
mientras meditan. Mas ésta es, evidentemente, una interpretación superficial de la frase pi-kuan; ¿pues cómo el mero contemplar
una pared podría poner en marcha en el mundo budista un movimiento
revolucionario como el implícito en la vida de Dharma escrita por Tao- hsüan.8
¿Una práctica inocente cómo podría provocar una terrible oposición entre los
estudiosos de aquellos días? Según mi opinión, pi-kuan tiene un sentido
mucho más profundo, y debe entenderse a la luz del siguiente pasaje
de los Registros, que
es citado de una obra conocida como el Pieh-chi, que significa un documento especial
de existencia anterior:
"El maestro estuvo primero en el monasterio Shórinji (Shao-lin-szé) durante
nueve años, y cuando
instruyó al segundo patriarca, lo hizo únicamente de este modo: 'Mantente,
externamente, fuera de
7 Traducido al chino durante la dinastía norteña
Liang, que duró desde 397 hasta 439 d. C. Se perdió
el nombre del traductor.
8 Leemos en las Biografías
de Tao-hsüan que dondequiera estuvo
Bodhidharma, enseñó al pueblo su doctrina Zen, mas como todo el país estaba en esa época enfrascado en discusiones escolásticas, se
suscitó mucha calumnia contra
la meditación, al conocerse el mensaje de Bodhidharma.
toda
relación e, interiormente, no tengas palpitaciones (anhelos, ch'uan) en tu corazón;9
cuando tu mente se parezca a una pared que se alza erecta, puedes entrar en el
Sendero.' Hui-k'é procuró explicar variadamente (o discurrir sobre) la razón de
la mente, mas no llegó a comprender la verdad misma. El maestro dijo simplemente: "¡No! ¡No!" y nunca se propuso
explicar a su discípulo qué era
la esencia mental en su estado"
sin-pensamiento (vale decir,
en su puro ser). (Después) dijo Hui- k'é:
"Ahora sé cómo mantenerme fuera de toda relación." "La
conviertes en una aniquilación total, ¿o no?",
interrogó el maestro. "No, maestro", replicó Hui-k'é: "No la
convierto en aniquilación total." "¿Cómo atestiguas tu
afirmación?" "Porque eso lo conozco siempre de manera muy
inteligible, pero expresarlo en palabras...eso es imposible." Entonces el
maestro dijo: "Esa es la esencia mental misma transmitida por todos los
Budas. No albergues dudas sobre ello."
De hecho, este pasaje resume el mensaje
especial contenido en la doctrina
de Dharma, y en él podemos obtener una respuesta adecuada
con respecto al significado exacto de pi-kuan.
El término debe haber sido novedoso en su época, y la originalidad de sus
enfoques residen realmente en el
sentido creador de la palabra pi. Era
tan concreta, tan gráfica, y en ella
no había nada abstracto ni conceptual. De ahí la especial referencia de
Tao-hsuan a la doctrina de Dharma como el Tai-chéng
pi-kuan (contemplación mahayanista de la pared). Si bien no había nada específicamente Zen en la doctrina de los "Dos Ingresos y Cuatro
Actos", la enseñanza del pi-kuan, de la
contemplación de la pared, fue la que convirtió a Bodhidharma en el primer
patriarca del Budismo Zen en la China.
El autor de la Correcta
Transmisión de la Doctrina Sákya interpreta pi-kuan como significando el estado mental en el que no "entra
el polvo externo". Esto puede estar muy bien, mas no se nos dice dónde
halla autoridad que respalde esta modalidad interpretativa. ¿Tuvo en cuenta la
observación formulada por Dharma a Hui-k'é, como se halla registrada en el
documento conocido como Pieh-chi? Cualquiera
sea el caso, el sentido subyacente en "contemplación de la pared" debe hallarse en la condición
subjetiva de un maestro Zen, que esté altamente concentrado y rigurosamente
excluyente respecto de todas las ideas e imágenes sensuales. Entender la frase pi-kuan como significando simplemente
"observación de la pared" sería puro absurdo. Si el mensaje
específico de Dharma como fundador del Zen en la China ha de buscarse en alguna
parte de sus escritos, que aun subsisten, esa debe corresponder a la "contemplación
mahayanista de la pared".
Además de este escrito, que es el único dejado por Dharma, con
el que contamos en la actualidad, tenemos
el Lankiávatára-sútra, el Vajrasamádhi-sútra y el Vajrac-chediká-sútra, a través de los cuales
también podemos vislumbrar la doctrina central
de Bodhidharma. El Zen, a diferencia de las demás escuelas del
Budismo, carece de Sútras particulares que se denominen "canon
fundamental", sobre el cual basen sus seguidores los principales dogmas de
su escuela; pero Dharma recomendó el Lankávatára
a su primer discípulo, Hui-k'é (Yeka), como conteniendo la doctrina más
íntimamente relacionada con el Zen, y después de él este documento escritural
llegó a ser estudiado principalmente por los estudiosos del Zen.10
En cuanto a la importancia del Vajrasamádhi,
como expositor de la filosofía del Zen, podemos entenderla fácilmente por
la referencia al Sútra que hizo Dharma en su escrito, como ya se señaló, con
respecto al Vajracchediká-sútra, la
mayoría de las personas considera que nada tiene que ver con el Zen antes del
quinto patriarca, Hungjén (Gunin); pues éste fue quien, por primera vez, lo
introdujo entre sus propios discípulos, mientras el mismo Dharma no hizo
alusión de ninguna especie a aquél, que era uno de los más populares textos
budistas de la
9 ¿Es posible que este pasaje tenga alguna referencia con el Vajrasamádhi en el que Bodhisattva Manábala
habla de una "mente
flaccida" y de una "mente
fuerte"? La primera, que es con
la que cuenta la gente más
corriente, "palpita" (o anhela o ansia) muchísimo, impidiendo alcanzar exitosamente el Tathágata-dhyána, mientras la "mente fuerte" es
característica de quien ingresa en el reino de la realidad (bhútakoti). Mientras en la mente haya
"palpitaciones" (o
anhelos), no está libre, no está liberada, y
no puede identificarse con la talidad de la razón. La mente
debe ser "fuerte" o firme y segura, dueña de sí y concentrada, antes
de estar lista para la realización del Tathágata-dhyána que trasciende el
alcance de los denominados cuatro dhyánas y ocho samádhis.
10 Este tema fue tratado
en otro lugar, aunque mis bien como un
esbozo, elaborándoselo más en un Ensayo
independiente Posterior.
China. Pero
según el Prefacio de Hui-néng al Vajracchediká,
que aun se conserva, "incluso desde la llegada de Dharma desde el
Oeste, éste quiso propagar el significado de este Sútra y condujo al pueblo
hacia la comprensión de la Razón y hacia la intuición de la Naturaleza".
Si en realidad éste fuese
el caso, Dharma
para decir lo menos al respecto debe haber conocido
algo de este Sútra desde el inició mismo
de su carrera en la China, y en un sentido la conexión entre éste y el Zen debe
haber sido más fundamental que la existente entre el Lankávatára y el Zen, Entonces, la noción
prevaleciente de que el Vajracche-diká sólo
se puso en boga después de Hung-jén y Hui-éng, debe reverse. Sea lo que fuere,
el Lankávatára es material demasiado
difícil para consumo popular, y resultó natural que este Sútra llegase gradualmente a ser reemplazado por el Vajracchediká a medida
que el Zen cobró cada vez más poder e influencia. Como uno de los Sútras
pertenecientes a la clase prajñáparamítica
de la literatura budista, la doctrina del Vajracchediká era comparativamente
simple y tenía algo muy afín a las ideas laotzeanas de vacío e inacción.
No fue difícil para el chino promedio seguir
su filosofía del Súnyatá; de hecho, esto concordó bien con
cierto aspecto del pensa-
miento chino.11
Sin embargo, según los seguidores del Zen toda la literatura era
como un dedo apuntando a la luna, y en
sí no tenía mucho que realmente llevase a la visión de la propia naturaleza
interior; pues esta visión era una que debe alcanzarse mediante el propio
esfuerzo personal, aparte de la mera comprensión de la letra. Todos los Sútras budistas,
incluyendo el Lankávatará, el Vajrasamádhi y el Vajracchediká no podían ser de
mucha ayuda para los buscadores de la verdad, realmente fervorosos, puesto que
su idea consiste en asir los hechos desnudos con sus propias manos
desenguantadas. Esto sólo era posible al abrirse, por sí misma, la propia
consciencia interior, desde dentro a través de su magnánimo esfuerzo. La
literatura es sólo de utilidad cuando indica el camino, no es la cosa misma.
La primera parte de la vida de Bodhidharma mientras estuvo en la
India, según la narración de los Registros, puede que no sea muy digna de crédito por contener una gran dosis de ficción, pero la última parte no
puede desecharse tan fácilmente. Aquí es donde se complementa la historia de
las Biografías escritas por
Tao-hsuan, redactadas sin embargo por un buen historiador, que nada sabía
de la evolución futura del Zen. Luego,
según los Registros,
el primer gran personaje
que Dharma entrevistó al llegar a la China fue el rey de Liang, máximo patrono
budista de la época. Y la entrevista tuvo lugar de la siguiente manera:
El Emperador
Wu de Liang preguntó a Dharma:
"Desde el inicio
de mi reinado construí tantos templos, copié tantos libros sagrados, y sostuve
a tantos monjes y monjas... ¿Cuál pensáis que podría ser mi merito?"
"!No hay mérito de ninguna especie,
señor!", replicó Bodhidarma claramente. "¿Por qué?", preguntó el Emperador,
atónito.
"Todas éstas son acciones inferiores", así comenzó la significativa respuesta
de Dharma, "que harán que su autor nazca en la
tierra o en los cielos otra vez. Todavía muestran huellas de mundanalidad, son
como las sombras que siguen a los objetos. Aunque parezcan realmente
existentes, no son más que meras no-entidades. En cuanto a una verdadera acción
meritoria, está llena de pura sabiduría y es perfecta y misteriosa, y su
naturaleza real está más allá de la captación de la inteligencia humana. Algo
como esto no ha de buscarse mediante logro mundano alguno."
11 A
este respecto deseo efectuar algunas observaciones contra ciertos eruditos que
consideran a la filosofía del Súnyatá como fundamento real del Zen. Tales
eruditos yerran cabalmente al no captar el verdadero significado del Zen, que, por sobre
todo, es experiencia y nada de filosofía
ni dogma. El Zen jamás puede construirse sobre conjunto
alguno de criterios metafísicos o psicológicos; estos pueden plantearse después de tener lugar la experiencia Zen pero
nunca antes. La filosofía del Prajñápáramitá nunca puede preceder al Zen, sino
que debe seguirlo siempre. Los eruditos budistas, como los de la época de
Dharma, tienen demasiada tendencia a identificar la doctrina y la vida, la
teoría y la experiencia, la descripción y el
hecho. Cuando se permite el desarrollo de esta confusión, el Budismo Zen cesa
de producir una interpretación inteligente y satisfactoria. Sin el hecho de la
Iluminación bajo el árbol bódhico cerca
del Nairañjaná, ningún Nágárjuna podría jamás esperar escribir un solo libro
sobre la filosofía del Prajñá
Entonces, el Emperador
Wu interrogó nuevamente a Bodhidharma: "¿Cuál es el primer principio
de la santa doctrina?"
"¡El vasto vacío,
y en éste no hay nada que pueda llamarse santo,
señor!", respondió Dharma. "¿Quién es entonces quien
ahora está frente a mí?"
"¡No sé, señor!"
La respuesta era bastante simple,
y también bastante
clara, mas el piadoso e ilustrado Emperador budista no llegó a captar el
espíritu que impregnaba toda la actitud de Dharma.
Viendo que no había otra ayuda que prestar al Emperador, Dharma
se marchó de sus dominios y se recogió en un monasterio del estado de Wei,
donde se sentó en silencio a practicar la "contemplación de la pared", según se dice, durante nueve largos años, hasta que se le conoció como el Brahma Pi-kuan.12
Un
día, un monje, Shén-kuang, le visitó y le suplicó fervorosamente que lo
iluminase sobre la verdad del Zen, pero Dharma
no le prestó atención. Shén-kuang no iba a contrariarse, pues sabía que todos los grandes líderes
espirituales del pasado habían sufrido muchas descorazonadoras pruebas a fin de
alcanzar el objeto final de su
aspiración. Una tarde estuvo en medio de la nieve esperando que Dharma notara su presencia
hasta que, al final, la nieve que caía rápidamente lo hundió casi hasta las rodillas.
Finalmente, el maestro se volvió y dijo: "¿Qué deseas que
haga por ti?" Kuang le dijo: "Vengo a recibir tus invalorables
instrucciones; te ruego abras tu puerta de misericordia, y extiendas tu mano de
salvación a este pobre mortal sufriente." "La incomparable doctrina
del Budismo", replicó Dharma,
"sólo puede comprenderse después de dura disciplina de soportar lo que es muy difícil de soportar, y
practicando lo que es muy difícil de practicar. A los hombres de virtud y
sabiduría inferiores no les es permitido entender nada acerca de esto. Todos
sus esfuerzos quedarán en la nada".
Por ultimó, Kuang se cortó el brazo izquierdo
con la espada13 que portaba,
y lo presentó ante el
maestro como prenda de su sinceridad, con el
deseo de que le instruyese sobre la doctrina
de todos los Budas. Dharma dijo: "Esto no ha de buscarse a través
de otro."
"Mi alma no está aun pacificada. Te ruego, maestro,
que la pacifiques." "Trae aquí tu alma, y la
pacificaré."
Kuang vaciló por un momento
y finalmente dijo:
"La busqué durante
estos muchos años ¡y
todavía soy incapaz de atraparla!"
"!Vaya! ¡Está pacificada de una vez por todas!" Esta fue la sentencia de Dharma.14
Entonces Dharma le dijo que cambiase su nombre por el de Hui-k'é.
Transcurrieron nueve años, y Dharma deseó regresar
a su país natal. Convocó
a sus discípulos y dijo: "Llegó el tiempo de mi partida y quiero
ver cuáles son vuestros logros."
"Según mi parecer", dijo Tao-fu, "la
verdad está por encima de la afirmación y la negación, pues éste es el sentido en el
que se mueve."
Dharma dijo: "Obtuviste mi piel."
Seguidamente se acercó la monja Tsung-ch'ih y dijo: "Como yo lo entiendo,
se parece a la
visión de Ananda respecto de la Tierra Búdica de Akshobhya: se la ve una vez y
jamás nuevamente."
12 Como afirmé antes,
hay una confusión entre el hábito míen-pi
de Dharma en cuanto
a sentarse, y su doctrina
de la meditación pi-kuan. La confusión se remonta a muy
antiguo, e incluso en la época del
autor de los Registros debe haberse
perdido el significado original de pi-kuan,
contemplación de la pared.
13 A veces se dice que este hombre es
un civil, y otras, un soldado que abrazó el Confucianismo.
14 Como puede apreciarse prontamente, este relato es más o menos ficticio. Me refiero a como Kuan
permanece de pie, en la nieve, y
cómo se corta el brazo para demostrar su fervor y sinceridad. Algunos piensan que el relato de la nieve y el de la automutilación no pertenecen al de Kuang,
sino que están
tomados de otras
fuentes, pues Tao-hsüan no los menciona en su libro. La
pérdida del brazo se debió a una banda de asaltantes que atacaron a Kuang tras
su entrevista con Dharma. No hay manera de verificar estos relatos de modo
alguno. Sin embargo, el conjunto es altamente dramático, y alguna vez, en la historia del Zen, debió existir la necesidad de
entretejer en gran medida la imaginación con los hechos, cualesquiera fuesen.
Dharma dijo: "Obtuviste mi carne."
Tao-yü fue otro discípulo que expuso su opinión, diciendo:
"Los cuatro elementos están vacíos y los cinco skandhas
son no-existentes. Según
mi criterio, no hay cosa alguna captable como real."
Dharma dijo: "Obtuviste mi
hueso."
Por último, Hui-k'é
—vale decir, Shén-kuang— inclinándose reverentemente ante el maestro, se mantuvo de pie, en su sitio,
sin decir nada.
Entonces Dharma
anunció: "Tienes mi tuétano."15
El misterio envuelve
el fin de la vida de Bodhidharma en la China;
no sabemos cómo,
cuándo ni dónde desapareció de esta tierra. Algunos dicen que fue
envenenado por sus rivales, otros dicen que volvió a la India, cruzando el
desierto, y aun otros informan que pasó al Japón.
Concuerdan en una sola cosa; es ésta: era muy anciano,
superando los ciento cincuenta años de
edad cuando falleció, según Tao-hsüan.
15
Según Hsieh-sung, autor de la Correcta
Transmisión De la Ley, Bodhidharma siguió aquí a Nágárjuna en la anatomía
de la comprensión del Zen. Pues Nágárjuna dice en su famoso comentario sobre el
Prajñápáramitá-sútra: "La conducta
moral es la piel, la meditación es la carne, la comprensión superior es el hueso, y la
mente sutil y buena es el
tuétano." "Esta mente sutil", dice Hsieh-sung, es lo transmitido
secretamente desde el Buda hasta sus sucesores en la fe. Luego se refiere a
Chih-I, de la dinastía Sui, quien considera a la mente como morada de todos los
Budas y como el camino medio en el que no hay unidad ni multiplicidad, y que no
puede expresarse adecuadamente en palabras.
III
Después de Bodhidharma, Hui-k'é (486-593) fue el principal exponente del Budismo Zen. Ya era esclarecido erudito antes de
llegar a ser maestro instructor, no sólo respecto de los clásicos chinos sino
también de la tradición budista. Sin embargo, ninguna medida de erudición le
satisfizo; en verdad, parece que tuvo una especie de iluminación a su modo, y quiso que
Dharma la testificase. No inició su prédica tan pronto abandonó al maestro, y
se ocultó entre los estratos inferiores de la sociedad. Evidentemente, rehusó
ser considerado como alto sacerdote de gran sabiduría y comprensión. Sin
embargo, no dejó de predicar silenciosamente la Ley en cuanta ocasión se le
presentó. Fue simplemente callado y modesto, rehusando ponerse en evidencia.
Pero un día
en que discurría sobre la Ley ante la puerta de un templo, un sacerdote
residente, erudito y honrado, predicaba otro sermón en el interior del templo.
Sin embargo, la audiencia dejó al disertante en el interior y se congregó en
torno del monje callejero, vestido probablemente con harapos y sin signos externos de dignidad
eclesiástica. Este alto sacerdote se
enojó por la situación y acusó al monje mendicante, ante las autoridades, de promulgar una falsa
doctrina; entonces Hui-k'é fue arrestado y condenado a muerte. No se declaró
especialmente inocente sino que, con compostura, se sometió diciendo que, de
acuerdo con la ley de karma, tenía una vieja deuda que pagar. Esto tuvo lugar
el año 593 d. C., y cuando lo mataron tenía ciento siete años.
Según Tao-hsüan, la elocuencia de Hui-k'é fluía directamente de
su corazón, sin cubrirse de ilustración ni discursos
eruditos. Cuando predicó
en una importante ciudad sobre
el significado del Zen,
quienes no pudieron elevarse por encima de "la letra que mata"
tomaron su doctrina como herejía, como palabras de un demonio, carentes de
sensatez. En especial, entre aquellos hubo un maestro de meditación, llamado Tao-hüan, que contaba con unos mil adherentes, y de inmediato asumió una actitud ofensiva
para con Hui-k'é. Envió a uno de sus discípulos al expositor del Zen, tal vez
para averiguar qué clase de hombre era en realidad. Tan pronto el
discípulo
entendió cuál era la doctrina del denominado hereje, se impresionó tan
hondamente con este hombre que se convirtió en defensor del Zen. Tao-hüan envió
a otro de sus seguidores para que hiciese regresar al primero, mas siguió el
mismo ejemplo de su predecesor. Fueron enviados, uno tras otro, otros
mensajeros, pero el resultado fue completamente descorazonador. Más tarde, cuando Tao-hüan se encontró con
su primer mensajero, le preguntó:
"¿Cómo fue que tuve que enviar en tu busca tantas veces? ¿No abrí tu ojo después
de haberme esforzado
tanto de mi parte?" Sin
embargo, aquel discípulo respondió místicamente: "Mi ojo estuvo bien desde
el principio, y fue a través de ti
que me puse bizco." Esto despertó la ira del maestro y fue a través de la maquinación de éste, escribe
Tao-hsüan, que Hui-k'é
tuvo que sufrir
la persecución oficial.
Este relato, tomado de las Biografías
de Tao-hsuan, varía del correspondiente a los Registros de Tao-yüan, pero ambos concuerdan en presentar a Hui-k'é
como mártir en manos de su enemigo. No hay duda que en la doctrina Zen de Bodhidharma y su primer
discípulo chino, Hui- k'é, hubo algo ininteligible para la
mayoría de los budistas de la época, preparados en la metafísica abstracta o en los ejercicios de tranquilización, o en
la mera moralidad, del Budismo. Los exponentes del Zen deben haber puesto
énfasis entonces sobre la verdad que debía despertarse en la propia
consciencia, incluso a expensas de la doctrina canónica, según la esclarecen de
modo diverso los Sútras y Sastras, muchos de los cuales ya circulaban en
traducciones. Esto debió excitar a conservadores y literalistas.
Igual que Bodhidharma, Hui-k'é no dejó ningún escrito literario,
aunque sabemos por sus biografías que ambos tenían reunidos
sus sermones y, en el caso de Hui-k'é, "clasificados",16 sea lo que fuere lo que esto signifique.
Sin embargo, los siguientes extractos preservados pueden arrojar luz sobre
la doctrina de Hui-k'é. Un
discípulo laico, llamado Hsiang,
escribió una carta a Hui-k'é: "La sombra sigue al
cuerpo y el eco surge del sonido. Quien persigue la sombra cansa su cuerpo, no
sabe que el cuerpo produce la sombra; y quien intenta detener un eco alzando su
voz, no entiende que la voz es la causa del eco. (De modo parecido) quien busca
el Nirvana cortando los deseos y las pasiones, ha de compararse con quien busca
una sombra aparte de su cuerpo original; y quien aspira al Estado Búdico
pensando que éste es independiente de la naturaleza de los seres sensibles, ha
de compararse con quien trata de escuchar un eco amortiguando su sonido
original. Por tanto, el ignorante y el iluminado marchan por un solo pasaje; el
vulgar y el sabio no han de diferenciarse uno del otro. Donde no hay nombres,
creamos nombres, y debido a estos nombres se forman los juicios. Donde no hay
teorización, teorizamos, y debido a
esta teorización, surge la controversia. Todas son creaciones
fantasmales y no realidades, ¿y quién sabe que está en lo cierto y quién que
está equivocado? Todas son vacío, carecen de sustancia, ¿y quién sabe qué es y
qué no es? Así comprendemos que nuestra ganancia no es ganancia real y nuestra
pérdida no es pérdida real. Este es mi criterio ¿y puedo ser iluminado si estoy
en falta?"
A esto respondió
Hui-k'é: "Verdaderamente, comprendiste el Dharma como es; la verdad más profunda yace en el principio de la
identidad. Esto se debe a la ignorancia de confundir la
gema-mani con un pedazo
de ladrillo, pero observa que cuando despertamos repentinamente a la iluminación, comprendemos que estamos
en posesión de la gema real. El ignorante y el iluminado son de una sola
esencia, en realidad no han de ser separados. Debemos conocer que todas las cosas son como son. Quienes sostienen
un punto de vista dualista
del mundo han de ser
compadecidos, y para ellos escribo esta carta. Cuando sabemos que entre este
cuerpo y el Buda no hay nada que separe a uno del otro, ¿de qué sirve buscar el
Nirvana (como algo externo a nosotros mismos)?"
A continuación de Hui-k'é vino Séng-ts'an, quien lo sucedió como
el tercer patriarca. La entrevista entre el maestro y el
discípulo tuvo lugar de esta manera: Un laico, de cuarenta
años,
16
Según esto, debe haber habido un tomo especial de canones y cartas de Hui-k'é,
compilados evidentemente por sus discípulos y admiradores antes de ser
documentados por escrito V revisados completamente por el mismo autor.
También en el caso de Bodhidharma, según Tao-hsüan, sus dichos estuvieron en circulación en la
época de Tao-hsüan, vale decir, a principios de w dinastía T'ang.
que padecía féng-yang17 según
los Registros acudió a Hui-k'é y le pidió: "Sufro de féng-yang; te ruego me limpies de mis
pecados."
"Trae aquí tus pecados", dijo Hui-k'é, y te limpiaré
de ellos."
El discípulo
laico quedó silencioso un rato y finalmente dijo: "Cuando busco mis pecados
los hallo inalcanzables."
"Entonces terminé de limpiarte por completo. De aquí en adelante refúgiate
en el Buda, en el Dharma, y en el Samgha (Hermandad), y
mora allí."
"Estando frente a ti, oh maestro", preguntó
Séng-ts'an, "sé que perteneces a la Hermandad, pero te ruego me digas ¿qué son
el Buda y el Dharma?"
El maestro
repitió: "La Mente es el Buda, la Mente el Dharma; y el Buda y el Dharma no son dos.
Lo
mismo ha de decirse de la Hermandad (samgha)."
Esto satisfizo al discípulo, que
entonces dijo: "Hoy, por primera vez, comprendo que los pecados no están
dentro, fuera ni en el medio;
así como es la Mente, así es el Buda, así es el Dharma;
no son dos:"18 Luego fue ordenado por Hui-k'é como monje
budista y después de esto huyó del mundo por
completo y nada más se conoce de su vida. Esto se debió en parte
a la persecución sufrida por el
Budismo, que llevara adelante el Emperador de la dinastía Chou.
Fue en el duodécimo año de K'ai-huan, de la dinastía
Sui (592 d.C.), que halló un discípulo digno de ser su sucesor. Su nombre era Tao-hsin. Este preguntó
al maestro:
"Te ruego
me muestres el camino hacia
la liberación."
"¿Quién te colocó jamás en la esclavitud?"
"Nadie."
"Si es así", dijo el maestro,
"¿por qué me pides la
liberación?"
Esto colocó al joven novicio en la ruta hacia la iluminación
final, alcanzándola después de estudiar muchos años con el maestro. Cuando
Séng-ts'an juzgó que el tiempo estaba maduro para consagrarlo como sucesor suyo
en la fe, le entregó, como prenda de correcta transmisión de la Ley, el manto que procedía
de Bodhidharma, el quinto patriarca del Zen en la China.
Murió en el año 606
d. C. Si bien mucho es oscuro a su respecto,
su pensamiento es espigado de una composición métrica conocida como Hsin-hsin-ming,
o "Inscripto en la Mente Creyente", que es una de las más
valiosas contribuciones efectuadas por el maestro para la interpretación de la
doctrina Zen.
Sigue aquí una traducción algo libre, del
poema:
INSCRIPTO EN LA MENTE
CREYENTE 19
El Método
Perfecto no sabe de dificultades excepto que rehusa efectuar
preferencias:
sólo cuando
se libera de odio y amor
se revela plenamente y sin disfraz.
Basta la diferencia de una décima de pulgada para que el cielo y la tierra queden separados:
si
quieres verlo manifiesto,
no
asumas pensamiento en su favor ni en su contra.
17 Algunos entienden que se trata de lepra.
18 En
el Vimalakírti, capítulo III,
"Los Discípulos", tenemos lo siguiente: "No os preocupéis por
los pecados que cometisteis, oh monjes", dijo Vimalakírti, "¿Por qué? Porque
los pecados, en su esencia, no están dentro, fuera ni en el medio. Como nos enseñara el
Buda, todas las cosas están manchadas cuanto está manchada la Mente; todas las
cosas son puras cuando « Mente es pura; y la Mente no está dentro, fuera ni en el medio. Así como es
la Mente, tales son los pecados y manchas, tales son todas las cosas;
jamás trascienden la talidad de la verdad."
Alzar lo que gustas
contra lo que te disgusta... Esta es la enfermedad de la
mente:
cuando no se entiende
el profundo significado (del Método) se
perturba la paz de la mente y nada se gana.
(El Método)
es perfecto como el vasto espacio,
sin faltarle nada, sin nada superfluo:
en verdad,
se debe a efectuar elección que su talidad se pierda de
vista.
No persigas
las complicaciones externas, no mores en el vacío interior;
cuando la mente reposa
serena en la unidad de las cosas, el dualismo se desvanece de por
sí.
Y cuando
no se entiende integralmente la unidad
de dos modos se sustenta la pérdida:
la negación
de la realidad puede conducir
a su negación absoluta,
mientras apoyar el vacío puede resultar en su contradicción.
Verbalismo e intelección...
Cuando más nos acompañamos de ellos, más nos descarriamos; por tanto, fuera el
verbalismo y la intelección
y no habrá lugar al que no puedas pasar
libremente.20
Cuando retornamos a la raíz, ganamos
el significado;
cuando perseguimos los objetos externos, perdemos la razón. En el momento en que nos
iluminamos por dentro, trascendemos el vacío y el mundo que nos enfrenta.
Las transformaciones que se suceden
en un mundo vacío que nos
enfrenta,
parecen todas reales debido
a la Ignorancia:
procura no
buscar lo verdadero, cesa tan solo de abrigar
opiniones.
19 Hsin es una
de aquellas palabras chinas difíciles de traducir. Cuando los estudiosos
hindúes procuraron traducir las obras sánscritas budistas al chino,
descubrieron que había cinco clases de términos sánscritos que no podían traducirse satisfactoriamente al
chino. Así, en el Tripitaka chino encontramos palabras tales como prajñd, bodhi, buddha,
nirvana, dhyána, bodhí-sattva, etc., casi siempre sin traducir;
y actualmente aparecen en su forma original- en la terminología budista
técnica. Si pudiésemos dejar hsin en
esta traducción con todos sus
matices en cuanto a significado, nos ahorraríamos las múltiples dificultades
que enfrentamos en su versión al español. Pues hsin significa mente, corazón, alma, espíritu —cada cual
unitariamente al igual que todos inclusivamente. En esta composición del tercer
patriarca del Zen tiene a veces una connotación intelectual, mas en otras ocasiones puede
traducirse apropiadamente como "corazón". Pero como la nota
predominante del Budismo Zen es más intelectual que todo lo demás, aunque no en
el sentido que sea lógica ni
filosófica, aquí decidí traducir "hsin" por "mente" más
bien que por "corazón".
20
Esto significa: Cuando no se entiende apropiadamente la unidad absoluta de las
cosas, tanto la negación como la afirmación tenderán
a ser un criterio unilateral de la realidad.
Cuando jos budistas
niegan la realidad
de un mundo objetivo, no quieren decir que
crean en el vacío incondicionado de las cosas;
saben Que hay algo real que no puede descartarse. Cuando
sostienen w doctrina del vacío, esto no significa que todo es nada sino una
vacía oquedad, lo cual conduce a una autocontradicción. La filosofía del Zen
evita el error de la unilateralidad implícita tanto en el realismo como en el
idealismo.
No te entretengas con el dualismo, evita cuidadosamente perseguirlo;
tan pronto
tengas lo correcto
y lo erróneo,
lo que sigue es confusión, la mente se pierde.
Los dos existen debido
al uno
pero ni
siquiera te aferres a este uno; cuando la mente
única no está perturbada,
las diez mil cosas no ofrecen ofensa.
Cuando
ellas no ofrecen ofensa, es como si no existieran, cuando la mente no es perturbada, es como si no hubiese
mente. El sujeto se aquieta cuando el objeto cesa,
el objeto
cesa cuando el sujeto se aquieta.
El objeto es
un objeto del sujeto, el sujeto es un sujeto
de un objeto:
conoce que
la relatividad de los dos reside únicamente en la unidad del vacío.
En
la unidad del vacío los dos son uno,
Y cada uno de los dos contiene en sí la totalidad de las diez mil cosas; Cuando no se efectúa
discriminación entre esto y aquello,
¿Cómo puede
surgir un criterio
unilateral y prejuicioso?
El Gran Método es calmo y de espíritu
abierto, nada es fácil, nada es difícil:
los
propósitos pequeños son irresolutos, cuando más se apresuran más se demoran.
El apego jamás se mantiene dentro de los lazos,
es seguro que marche en sentido equivocado:
déjalo ir flojo, que las cosas sean como fueren,
mientras la esencia ni parte ni mora.
Obedece a la naturaleza de las cosas, y estarás
en concordia con el Método, calmo y cómodo y libre de
molestia;
mas cuando
tus pensamientos están
atados, te alejas
de la verdad, se tornan más pesados y torpes, y de ningún modo son
sensatos.
Cuando no son sensatos, el alma está turbada;
¿De qué sirve,
entonces, ser parcial
y unilateral?
Si
quieres recorrer el curso del Único Vehículo
no
tengas prejuicios contra
los objetos-de-los-seis-sentidos.
Cuando no tienes prejuicios contra los objetos-de-los-seis-sentidos, a la vez te
identificas con la Iluminación;
el sabio es
no-activo, mientras el ignorante lo ata; mientras en el mismo Dharma no hay individualización, ignorantemente se
apegan a objetos particulares.
Son
sus propias mentes
las que crean ilusiones:
¿No es esa la máxima de las contradicciones?
La Ignorancia engendra el dualismo
del reposo y del desasosiego, Los iluminados carecen de
gustos y disgustos:
todas las formas de dualismo
medran ignorantemente por la mente misma
son como visiones y flores en el aire:
¿Por qué debemos perturbarnos tratando de agarrarlas? Ganancia y pérdida, correcto y
erróneo...
¡Fuera con ellos de una vez por todas!
Si un ojo
nunca se duerme todos los sueños cesan
de por sí:
si
la mente retiene
su unidad,
las
diez mil cosas son de una sola
talidad.
Cuando se sondea el hondo misterio
de la talidad única de
repente olvidamos las complicaciones externas:
cuando se ve
a las diez mil cosas en su unidad, retornamos
al origen y seguimos siendo
lo que somos.
Olvidamos el porqué de las cosas,
y
alcanzamos un estado más allá de la
analogía:
el
movimiento detenido no es movimiento,
y el reposo puesto
en movimiento no es reposo. Cuando no se obtiene más el
dualismo,
ni
siquiera la unidad
misma sigue siendo
como tal.
El fin último de las cosas, donde no pueden ir más allá, no está sujeto a reglas ni medidas:
la mente
en armonía (con el Método)
es el principio dela identidad, en el que hallamos todas las
acciones en un estado de quietud;
Las
irresoluciones son descartadas por completo, y
la fe recta es restablecida en su rectitud
genuina;
Ahora nada es retenido, nada es memorizado,
todo es vacío, lúcido,
auto-iluminativo,
no
hay mancha, ni ejercicio, ni derroche de energía:
he
aquí donde jamás alcanza el pensamiento,
he
aquí donde la imaginación fracasa
en sus mediciones.
En el reino superior
de la Talidad Verdadera no
hay "otro" ni "yo";
cuando se pide una identificación directa sólo podemos decir: "No dos.21
21 Le.: Tat tvam asi.
Al
no ser dos todo es lo mismo,
todo lo que es, está comprendido en ello:
los sabios
de los diez sectores, todos entran en esta fe absoluta.
Esta fe absoluta está más allá de la prisa (tiempo)
y de la extensión (espacio). Un instante es diez mil años;
no interesa
cómo están condicionadas las cosas, ya sea con "ser" o "no ser", eso se manifiesta por doquier
ante ti.
Lo infinitamente pequeño es tan grande como grande
puede ser,
cuando se olvidan las condiciones externas;
lo infinitamente grande es tan pequeño como pequeño puede ser,
cuando se ponen fuera de la vista límites objetivos.
.
Lo que es lo mismo con lo que no lo es,
lo que no es lo mismo con lo que es:
donde no pueda obtenerse este estado de cosas,
asegúrate de no entretenerte.
Uno
en todos, todos en uno...
Si
sólo se comprende esto,
¡No
te preocupes más por no ser perfecto!
La mente creyente
no está dividida, e indivisa es la mente
creyente...
He
aquí donde fallan
las palabras,
pues esto no pertenece
al pasado, al futuro ni al
presente.
Bajo Ta-hsin (580-651), el cuarto patriarca, el Zen fue dividido en dos ramas.
Una se conocía como Cozusan (Niu-l'ou Shan), y no subsistió mucho después del fallecimiento de su fundador, Fa-jung, quien vivió en el
Monte Niu-t'ou, considerándoselo como no perteneciente a la línea ortodoxa del
Zen. La otra rama fue dirigida por Hung-jén,
que es considerado por los historiadores corno el quinto patriarca, y fue su
escuela la que sobrevivió. Acudió al maestro cuando era todavía meramente un
niño, y lo que complació al maestro durante su entrevista fue el modo con que
respondía. Cuando Tao-hsin preguntó cuál era su nombre familiar (hsing}, le dijo:
"Tengo una naturaleza (hsing), y
no es corriente." "¿Cuál es?"
"Es la Naturaleza-Búdica (fo-hsing)."
"¿No tienes nombre,
entonces?"
"No, maestro", dijo el niño, "pues está vacío en su naturaleza".
Aquí hay un juego de palabras;
los caracteres que denotan "nombre familiar" y "naturaleza" se pronuncian hsing. Cuando Tao-hsin se refería al "nombre familiar" el
joven seguidor lo tomó, deliberadamente, por "naturaleza", expresando
su opinión mediante una figura del lenguaje.
La entrevista de Tao-hsin con Fa-jung, el fundador de la escuela
Nuy-t'ou del Zen, fue significativa, demostrando dónde diferían sus opiniones y
cómo uno llegó a convertirse en la comprensión ortodoxa del Zen. Fue durante la
era Chén-kuan, de la dinastía T'ang, que Tao-hsin, al enterarse de la presencia
de un santo extraordinario en las montañas
Niu-t'ou, decidió ver de quién se
trataba. Cuando Tao-hsin llegó al templo budista en las montañas, preguntó por
el hombre y se le informó sobre un solitario anacoreta que nunca se levantaba
de su asiento ni saludaba a la gente siquiera cuando se le acercaba. Cuando
Tao-hsin se internó más en las montañas, lo vio tal como le contaran, sentado
en silencio y sin prestar atención a la presencia de extraños. Entonces le
preguntó al ermitaño qué estaba haciendo allí. "Estoy contemplando la
Mente", fue la respuesta. Entonces
Tao-hsin
preguntó: "¿Quién es el que contempla? ¿Cuál es la Mente que es
contemplada?" Fa-jung no estaba preparado como para responder tales
preguntas. Juzgando que el visitante era un hombre de profundo conocimiento, se
levantó de su asiento y, saludándole, le preguntó quién era. Cuando descubrió
que el visitante no era otro personaje que el mismo Tao-hsin, cuya reputación
no desconocía, le agradeció la visita. Fue entonces que se introdujeron en una
pequeña choza cercana, donde charlaron de religión, cuando Tao-hsin vio algunos
animales salvajes, tales como tigres y lobos que rondaban por el lugar, y alzó
sus manos como si estuviese grandemente atemorizado. Fa- jung observó:
"Veo que esto está todavía
contigo." El cuarto patriarca contestó de inmediato: "¿Qué ves todavía?" No hubo respuesta de parte del
ermitaño. Después de un rato el patriarca dibujó el ideograma "Buda" (fo), sobre la piedra en la que Fa-jung tenía el hábito de sentarse
a meditar. Al ver
esto, Fa-jung miró como si estuviese conmovido. Dijo el patriarca: "Veo
que esto está todavía contigo." Mas Fa-jung no llegó a ver el significado
de esta observación y fervorosamente
le imploró que lo instruyera sobre la doctrina última del Budismo. Esto se
cumplió, y Fa-jung se convirtió en
fundador de la escuela
Niu-t'ou del Budismo
Zen. Tao-hsin murió a la edad de setenta y dos años, 651 d.C.
Hung-jén, 601-674, el quinto patriarca, llegó de la misma provincia
que su predecesor, Ch'i-chou,
ahora en el distrito de Fupei. Su templo estaba situado en Wang-mei Shan
(Montaña del Ciruelo Amarillo), donde predicó y dio lecciones de Zen a sus
quinientos alumnos. Algunos lo proclaman como el primer maestro Zen que intentó
interpretar el mensaje del Zen de acuerdo con la doctrina del Vajracchediká-sútra. Aunque no puedo
coincidir cabalmente con esta opinión, por la razón ya referida en otra parte, podemos considerar al quinto patriarca como el inicio
de un giro en la historia
del Zen, que se abrió a una perspectiva plena bajo el sexto patriarca.
Hui-néng. Hasta entonces los seguidores del Zen se habían mantenido callados,
aunque trabajando firmemente, sin despertar la opinión del público; los
maestros se habían retirado a las montañas o en el ajetreo del mundo donde
nadie pudiera hablar nada de sus actos. Pero al fin llegó el tiempo de una
proclamación plena del Zen, y Hung-jén
fue el primero que apareció
en el campo, preparando el camino de su
sucesor, Hui-néng.
Además de esta línea ortodoxa de patriarcas, hubo algunos
expositores esporádicos del Zen a lo largo de los siglos VI y VII. Se mencionan
algunos de ellos, pero debe haber habido muchos más, que fueron olvidados por
completo o totalmente desconocidos por el mundo. Los dos que mejor se conocen
son Pao-chih (muerto en el año 514) y Fu-hsi (muerto en el año 569); y sus
vidas se hallan documentadas en los Registros
como "adeptos del Zen, que no se mostraron al mundo, aunque fueron
bien conocidos en su época". Esta es una fraseología extraña, y es difícil
de saber definidamente qué significa "no se mostraron al mundo". Por lo común esto se
aplica a quien no ocupa puesto reconocido alguno en un monasterio oficialmente
registrado. Mas entre aquellos que se hallan clasificados bajo este título hay,
al menos, uno a quien la designación no se aplica con propiedad; pues Chi-i fue
un importante alto sacerdote que ocupó un puesto eclesiástico influyente
durante la dinastía Sui. Sea lo que fuere, los registrados aquí no pertenecen a la escuela
Zen ortodoxa. Los seguidores de Tendai (T'ien-tai) objetan el que dos de sus Padres, Hui-szé y Chi-i, sean mencionados como
"adeptos del Zen, que no se mostraron al mundo, aunque eran bien conocidos
en su época". Piensan que estos dos son grandes nombres de la historia
de su escuela y no deben referirse
indiferentemente en los registros de los maestros Zen. Pero desde el punto de vista
Zen esta clasificación es justificable en razón de que la Tendai, excepto en metafísica, es otra corriente del Zen, iniciada independientemente
de la línea de Bodhidharma, y si se
hubiese permitido que esto tomase un curso evolutivo más práctico, con seguridad el resultado sería
el Zen con que ahora contamos. Mas su aspecto
metafísico llegó a ser
subrayado a expensas del aspecto práctico, y por esta razón los filósofos Tendai estuvieron siempre en guerra con el Zen, en especial con
el ala ultra-izquierda, que fue inflexible en denunciar una apelación al
raciocinio, el discurso literario y el aprendizaje de los Sútras. Según mi
criterio, el Tendai es una variación del Zen y sus primeros promulgadores
pueden ser clasificados, con justicia, como maestros Zen, aunque no del linaje
perteneciente a Shih-t'ou, Yüeh-shan, Ma-tsu, Lin-chi, etcétera.
De manera que si bien hubo en los siglos VI y VII algunas otras
líneas del Zen a punto de desarrollarse, la iniciada por Bodhidharma fue
llevada adelante, sin interrupciones, por Hui-k'é, Shéng-t'san, Tao-hsin y
Hung-jen, quienes demostraron ser los más fructíferos y exitosos. La
diferenciación de las dos escuelas bajo el quinto patriarca, por Hui-néng y
Shén-hsiu, ayudó a un progreso
ulterior del Zen puro, mediante
la eliminación de elementos inesenciales o más bien inasimilados. El que la escuela de
Hui-néng sobreviviera a la otra demuestra que su Zen estaba en perfecto acuerdo
con la psicología y modalidades de pensamiento chino. Los elementos que se hallaron
como agregados al Zen de Bodhidharma y sus sucesores hasta Hui-néng, fueron algo
injertado y no genuino del genio chino. Y por tanto, cuando el Zen llegó a
establecerse plenamente bajo Hui-néng
y sus seguidores, no tuvo nada más que obstruyese su libre desarrollo hasta casi convertirse en el
único poder rector en el mundo chino del Budismo. Debemos observar con cuidado
cómo Hui-néng llegó a ser el sucesor de Hung-jén y dónde difirió de su escuela
rival, bajo Shén-hsiu.
IV
Hui-néng (638-713) llegó de Hsin-chou, en las regiones sureñas
de China. Su padre murió cuando él era todavía joven. Sostuvo a su madre vendiendo leña en la ciudad. Un día en que salía de una casa donde vendiera un poco
de combustible, oyó que un hombre recitaba un Sútra budista. Las palabras
tocaron hondamente su corazón. Al averiguar de qué Sútra se trataba y dónde era
posible conseguirlo, surgió en él el anhelo de estudiarlo con el maestro. El
Sútra era el Sútra de Diamante
(Vajracchediká-sútra), y el maestro era el quinto patriarca que residía en
Ciruelo Amarillo, Chin-chou. Huinéng de algún modo se las arregló para obtener
bastante dinero para sostener a su anciana madre durante su partida.
Le llevó cerca de un mes llegar a Ciruelo Amarillo, donde de inmediato
procedió a ver a Hung-jén al frente de quinientos monjes (a
veces se dice que son setecientos o hasta mil). Durante la primera entrevista
el patriarca preguntó:
"¿De dónde vienes? ¿Y qué quieres
aquí?"
"Soy un labrador de Hsin-chou y deseo convertirme en Buda."
"Así que eres sureño", dijo el patriarca, "pero los sureños
no tienen Naturaleza-Búdica. ¿Cómo podrías esperar alcanzar el Estado Búdico?"
Sin embargo,
esto no descorazonó al audaz buscador de la verdad, pues al punto respondió:
"Puede haber sureños
y norteños, mas en lo que atañe a la Naturaleza-Búdica ¿cómo podrías
efectuar tal distinción en ella?"
Esto agradó muchísimo al maestro. A Hui-néng se le asignó, en la
Hermandad, el oficio de desgranador de arroz.
Se dice que durante más de ocho meses estuvo
empleado en esta labor servil, cuando el quinto patriarca deseó
elegir su sucesor espiritual entre sus muchos discípulos. Un día anunció que a
quien demostrase cabal comprensión de la religión le daría el manto patriarcal,
proclamándolo su legítimo heredero. Shén-hsiu (muerto en el año 706), el más erudito de todos
los discípulos y plenamente versado en la tradición de su religión, y por tanto
considerado por sus hermanos en la fe dueño de incalificado derecho al honor,
compuso una estrofa expresando su opinión, y la fijó en la pared exterior de la
sala de meditación; rezaba así:
Este cuerpo
es el árbol bódhico,
ten
cuidado de mantenerlo siempre limpio, el
alma es como un brillante espejo;
y
no dejes que en él se
amontone el polvo."
Todos los que leyeron estas líneas quedaron grandemente
impresionados y en secreto abrigaron la idea de que el autor de este gáthá
sería, con seguridad, recompensado con el premio. Mas al despertar a la mañana
siguiente les sorprendió ver otro escrito
al lado de éste, que decía
así:
"El Bodhi no
es como el árbol,
el brillante
espejo en ningún lado brilla;
como desde el inicio
no hay nada,
¿dónde puede amontonarse el polvo?"
Quien escribiera estas líneas era un laico insignificante de la
servidumbre del monasterio, quien pasó la mayor parte de su tiempo desgranando
arroz y cortando leña para la Hermandad. Tenía
un aire tan modesto que nadie
pensó jamás mucho en él, y por tanto la comunidad integra se agitó al ver este desafío a su
autoridad reconocida. Mas el quinto patriarca vio en este modesto monje un futuro líder de la humanidad, y decidió transferirle el manto de su oficio. Sin embargo, tenía algunos
temores sobre el particular; pues la mayoría
de sus discípulos no estaban
lo bastante
iluminados como para apreciar algo de la profunda intuición religiosa existente
en las líneas del desgranador de
arroz, Hui-néng: y si éste fuese recompensado públicamente, honrándosele,
aquellos podrían perjudicarlo. De manera que el quinto patriarca hizo a
Hui-néng ocultamente una seña, para que fuese a su cuarto a medianoche, cuando
el resto de la Hermandad ya estuviese dormida. Entonces le dio su manto como
insignia de su autoridad y en reconocimiento de su insuperado logro espiritual,
y con la seguridad de que el futuro de su fe sería más brillante que nunca.
Entonces el patriarca le aconsejó que sería prudente que escondiese su luz bajo un celemín hasta que llegase
el tiempo apropiado
de su aparición pública y propaganda activa, y asimismo que el manto transmitido desde Bodhidharma como signo de la fe no debería
ser entregado más a los
sucesores de Hui-néng, puesto que el Zen era ahora plenamente reconocido por el
mundo externo en general y no
había más necesidad de simbolizar la fe mediante la transferencia del manto.
Esa noche Hui-néng abandonó
el monasterio.
Este relato está tomado de la literatura dejada por los
seguidores del sexto patriarca y, naturalmente, es parcial en su favor. Si
tuviésemos otro registro dejado por Shén-hsiu y su escuela, el relato aquí reproducido podría diferir
materialmente. De hecho, al menos tenemos un documento que refiere la relación
de Shén-hsiu con Hung-jen. Es la inscripción recordatoria sobre su lápida
sepulcral, escrita por Chang-shuo, uno de sus discípulos laicos. En esta
inscripción, se menciona a Shén-hsiu como al único a quien el Dharma fuera
transmitido por su maestro, Hung-jén. A juzgar por esto, la autoridad patriarcal de Hui-néng
no era indiscutida en la época, o el orden ortodoxo de la
sucesión no se estableció hasta algún tiempo después, cuando la escuela de
Hui-néng afianzó su autoridad sobre todas las demás escuelas del Zen que
podrían existir entonces. Lamentablemente, esta inscripción recordatoria no da
otra información concerniente a la relación de Hui-néng con Hung-jén, pero
incluso de la narración anterior podemos reunir ciertos hechos de importancia
que arrojarán luz sobre la historia del Zen.
En primer lugar,
¿qué necesidad había
de presentar a Hui-néng como un rústico
sin instrucción, en contraste con la erudición y amplia
información atribuida a Shén-hsiu? ¿O Hui-néng
era realmente un ignorante tal, incapaz de leer nada escrito? Pero el Fa-pao-t'an-ching, colección de sus
sermones, contiene pasajes
citados de Sútras
tales como el Nirvana, el Vajracchediká, el Lanká-
catára, el Saddharma-pundaríka, el Vimalakírti, el Ami-tébha, y el Bodhisattvasüa-sútra. ¿Esto
no evidencia el hecho de que el autor no estaba completamente desfamiliarizado con la literatura
mahayánica? Es probable que no fuera un esclarecido erudito en
comparación con Shén-hsiu, pero en los relatos de su vida podemos determinar
algún esfuerzo sistemático enderezado a convertirlo en más iletrado
de lo que realmente era. Permítaseme preguntar: ¿qué leemos en este
intento que es obra de varios editores? Según mi opinión, este énfasis sobre el
contraste entre los dos discípulos
más eminentes del quinto patriarca fue, al mismo tiempo, el énfasis sobre el
carácter real del Zen, como independiente de la erudición y la intelectualidad. Si el Zen es, como lo proclaman sus
seguidores, "una transmisión especial fuera de la doctrina escritural", su comprensión debe ser
posible hasta para los iletrados y sin filosofía. La grandeza de Hui-néng como maestro Zen es exaltada al máximo.
Esta, con toda probabilidad, es la razón, por la que el sexto patriarca fue
presentado como iliterato, irrazonablemente y, a veces, hasta dramáticamente.
En segundo lugar, ¿por qué el manto patriarcal no fue
transferido más allá de Hui-néng? Si Hung-jén le aconsejó que lo conservase
consigo, ¿qué implica en realidad el consejo? El que la vida del posesor del
manto estuviese amenazada, señala el
hecho de que había una disputa entre los discípulos de Hung-jén. ¿Consideraban el manto como símbolo
de autoridad patriarcal? Pero
¿qué
ventajas, materiales o espirituales, resultaban de su propiedad? ¿Llegaría
ahora la doctrina de Bodhidharma a creerse como la transmisión genuina del
Buda? Y por esa razón, ¿el manto cesó en realidad
de significar algo relativo a la verdad del Zen? De ser así,
cuando Bodhidharma declaró por
primera vez su misión especial como maestro del Zen, ¿fue considerado hereje y
perseguido en consecuencia? La leyenda de que fue envenenado por sus maestros
rivales de la India parece corroborar esto. En todo caso, la cuestión del manto
está profundamente conectada con el status de las diversas escuelas budistas de
la época, y asimismo con su influencia más firme que antes sobre las mentes
populares.
En tercer lugar, concita naturalmente nuestra atención el
secreto observado en todas sus transacciones por Hung-jén y Hui-néng,
concerniente a la transmisión del Dharma. Elevar un desgranador de arroz, que ni siquiera
es monje ordenado, al rango de patriarca, aunque
sólo de
nombre, para suceder a un gran maestro que está a la cabeza de varios cientos de discípulos, parece ser causa real de envidia, celo y
hasta odio. Pero si se estuviese en realidad lo bastante iluminado como para
hacerse cargo del importante puesto
de liderazgo espiritual, ¿un esfuerzo combinado de maestro y discípulo no
resistiría toda la oposición? Tal vez ni siquiera la iluminación podría
oponerse a las pasiones humanas, tan irracionales y elementales. Sin embargo,
no puedo dejar de imaginar un intento de parte de los biógrafos de Hui-néng al
dramatizar toda la situación. Es muy probable que me equivoque, y debieron
haber existido algunas condiciones históricas que ahora ignoramos debido a la
falta de documentos.
Tres días después de la huida de Hui-néng de la Montaña del
Ciruelo Amarillo, las nuevas de lo ocurrido en secreto
corrieron por todo el monasterio, y un grupo de monjes indignados, encabezados por uno llamado Ming, persiguieron al fugitivo
Hui-néng quien, de acuerdo con las
instrucciones de su maestro, abandonara silenciosamente la Hermandad. Cuando
sus seguidores lo alcanzaron al cruzar un paso montañoso lejos del monasterio,
dejó caer su manto sobre una roca cercana y
dijo al monje Ming: "Este manto simboliza nuestra fe patriarcal y
no ha de ser quitado por la fuerza. Sin embargo, si así lo deseas, llévatelo
contigo."
Ming procuró levantarlo, pero era tan pesado como una montaña.
Se detuvo, vaciló
y tembló de terror. Al fin dijo: "Vengo aquí
a obtener la fe y no el manto. ¡Oh monje, hermano mío, te ruego disipes mi
ignorancia!"
Dijo el sexto patriarca: "Si bienes por la fe, detén todos
tus anhelos. No pienses en el bien, no pienses
en el mal, y ve a qué se parece en este momento
tu propia cara original, que tienes incluso antes de tu propio
nacimiento."
Al
ser así requerido, Ming percibió de inmediato la verdad fundamental de las
cosas, que hasta entonces buscara en lo externo. Ahora entendió todo, como si
hubiese tomado una copa llena de agua
fría, degustándola a satisfacción. Por la inmensidad de su emoción estaba
literalmente bañado en lágrimas y transpiración, y acercándose muy reverentemente al patriarca le saludó, preguntándole: "Además de este
sentido oculto que corporizan estas significativas palabras, ¿hay algo que sea
secreto?”
El patriarca respondió: "En lo que te mostré no hay nada escondido. Si reflexionas dentro
de tí mismo y reconoces tu
propia cara, que existió antes del mundo, el secreto está en ti mismo."
Cualesquiera sean las circunstancias históricas que rodearan a
Hui-néng en aquellos tiempos remotos, es cierto que en esta afirmación de
"ver la propia cara, incluso antes de haber nacido", encontramos la
primera proclamación del nuevo mensaje, que fue destinado a desarrollar una
larga historia del Zen y a convertir a Hui-néng en realmente
digno del manto patriarcal. Aquí podemos ver qué nueva perspectiva habría logrado
Hui-néng en la apertura del tradicional Zen hindú. En él no reconocemos nada de Budismo
en cuanto a fraseología, lo cual significa
que abrió su propio curso al
presentar la verdad del Zen según su experiencia original
y creadora. Antes que él la experiencia Zen tuvo algunas cosas prestadas, tanto en expresión como en método, para expresarse. Decir
"Tú eres el Buda",
o "Tú y el Buda son uno", o "El Buda está viviendo en ti",
es algo demasiado sabido, demasiado chato, porque es demasiado abstracto,
demasiado conceptual. Esos conceptos contienen una verdad profunda pero no son
concretos ni lo bastante vivificantes como para despertar de la insensibilidad
a nuestras almas dormidas. Están llenos, en demasía, de abstracciones y
fraseología erudita. La simplicidad mental de Hui-néng, inmaculada en cuanto a
erudición y filosofía, podía captar la verdad de primera mano. De ahí su
inusual frescura en el modo con que
manejaba el problema. Podemos volver a esto nuevamente, más tarde.
V
Hung-jén murió, 675 a. C., cuatro años 22 después que
el Dharma fuera transmitido a Hui- néng. Tenía setenta y cuatro años. Pero
Hui-néng no inició su labor misionera hasta algunos años después, pues de acuerdo con el consejo de su maestro vivió
recluido en las montañas. Un día juzgó que ya era tiempo de salir al mundo.
Entonces contaba treinta y nueve años, y era el primer año de I-féng (676 d.
C.) durante la dihastía T'ang. Acudió al templo Fa-hsing, en la provincia de Kuang, donde un sacerdote
erudito, Yin-tsung, hablaba
sobre el Nirvana Sútra. Vio a algunos monjes que discutían
sobre el gallardete que flamea. Uno de ellos dijo: "El gallardete es un
objeto inanimado, y es el viento el que lo hace flamear." Contra esto
observó otro monje que: "El viento y el gallardete son cosas inanimadas, y
el flamear es un imposible." Un tercero protestó: "El flamear se debe
a cierta condición de causa y condición"; mientras un cuarto propuso una
teoría, diciendo: "Después de todo, no hay gallardete flameando sino que
es el viento el que se mueve por sí." La discusión se tornó muy animada
cuando Hui-néng interrumpió con esta observación: "No es el viento ni el
gallardete sino vuestra mente que flamea." Esto hizo detener de inmediato
la acalorada discusión. El sacerdote-erudito Yin-tsung fue conmovido
grandemente por la afirmación de Hui-néng, tan concluyante y autorizada. Al
averiguar muy prestamente quién era este Hui-néng, Yin-tsun le pidió que lo
iluminase sobre la doctrina del maestro de la Montaña del Ciruelo Amarillo. La
esencia de la réplica de Hui-néng fue la siguiente:
"Mi maestro no tuvo especial instrucción que dar,
simplemente insistió sobre la necesidad de ver dentro de nuestra Naturaleza a
través de nuestros propios esfuerzos; él nada tuvo que ver con la meditación ni con la liberación, pues cuanto puede ser denominado conduce al dualismo, y el Budismo no es dualista.
Dominar esta no-dualidad de la verdad es el objetivo del Zen. La
Naturaleza-Búdica que todos poseemos, y la visión dentro de lo que constituye
el Zen, es indivisible en opuestos como bien y mal, eterno y temporal, material
y espiritual. E1 dualismo se ve en la vida debido a la confusión
del pensamiento; los sabios, los iluminados, ven dentro de la realidad, sin el obstáculo de las
ideas erróneas."
Este fue el inicio de la carrera de Hui-néng como maestro Zen.
Su influencia parece haber sido inmediata y de largo alcance. Tuvo muchos discípulos, que sumaron miles. Sin embargo
no anduvo predicando y buscando
prosélitos. Sus actividades se limitaron a su
propia provincia del Sud, y su
cuartel general fue el monasterio Pao-lin, en T'sao-ch'i. Cuando el Emperador
Kao- tsung se enteró que Hui-néng sucedió
a Hung-jén como uno de los descendientes espirituales de Dharma
en la fe Zen, le envió un funcionario de la Corte con un mensaje imperial, pero
Hui- néng rehusó concurrir a la capital, prefiriendo quedarse en las montañas.
Sin embargo, el mensajero se mostró deseoso de instruirse en la doctrina Zen,
para transmitírsela a su augusto amo en la Corte. En lo principal, Hui-néng
dijo lo siguiente:
"Es un error pensar que sentarse silenciosamente, en
contemplación, sea esencial para la liberación. La verdad del Zen
se abre por sí desde dentro y nada tiene
que ver con la práctica
del dhyána. Pues en el Vajracchediká leemos que quienes
procuran ver al Tathágata en una de sus actitudes especiales, como estar
sentado o acostado, no entienden su espíritu, y que el Tathágata es designado
Tathágata porque no viene de ninguna parte ni se marcha hacia parte alguna, y
por esa razón es el Tathágata. Su aparición no tiene origen
y su desaparición no tiene
destino, y esto es Zen.
Por tanto, en el Zen no hay nada que ganar, no hay nada que entender; ¿qué haremos entonces
con estar con las piernas cruzadas y practicar el dhyána? Algunos tal vez piensen que es menester comprensión para
iluminar la oscuridad de la ignorancia, pero la verdad del Zen es absoluta: en
cuanto no existe dualismo, no existe condicionalidad. Hablar de ignorancia o
iluminación, o de Bodhi y Klesa (sabiduría y pasiones), como si fuesen dos
objetos separados que no pueden fundirse en uno solo, no es mahayanístico. En el Maháyána toda forma
posible de dualismo es condenada pues no expresa la verdad última. Todo ello es
manifestación de la Naturaleza-Búdica, que no está
22 Sin embargo,
hay una variación de cinco a quince
años, según diferentes autoridades
manchada por pasiones, ni purificada con la iluminación. Está por encima
de todas las categorías. Si quieres ver qué es la naturaleza de tu ser, libera tu mente del pensamiento de relatividad y verás, por tí mismo, cuan serena es y, con todo,
cuan plena de vida."
Mientras
Hui-néng trabajaba por la causa del Zen en el Sud, Shén-hsiu, que representaba
otra escuela, estaba activo en el Norte. Antes de convertirse al Budismo, era
un ilustrado confuciano y destinado, de esa
manera, desde el principio, a perfilarse como
una figura diferente, en comparación con su condiscípulo Hui-néng. El Emperador
Wu, de la dinastía T'ang, fue uno de los devotos seguidores de Shen-hsiu,
y naturalmente se congregó en su
derredor una gran cantidad
de cortesanos y funcionarios del Gobierno. Guando
llegó al trono el Emperador
Chung-tsung, 685 d. C., fue el más reverenciado, y Chang-shuo, uno de los
ministros de Estado, fue quien inscribió un esbozo biográfico y laudatorio en
la piedra recordatoria erigida sobre su tumba al morir. Uno de sus sermones
documentados dice:
"La enseñanza de todos los
Budas
existe originalmente en la propia Mente:
buscar la Mente sin el propio Yo,
es como escapar del padre."
Murió en el año 706 d. C., siete años antes de Hui-néng. Su
escuela, conocida como Norteña, en contraste con la escuela Sureña de Hui-néng
prosperó mucho mejor en el Norte que aquélla en el Sud. Pero cuando Ma-tsu
(muerto en el año 788) y Shih-t'ou (700-790) iniciaron su propaganda activa en el Sud y finalmente echaron los cimientos de la doctrina
Zen, la escuela de Shén-hsiu
no encontró sucesores capaces y finalmente desapareció por completo, de modo
que todos los registros que tenemos de sus movimientos provienen de la escuela
rival. De manera que ocurrió que Hui-néng, y no Shén-hsiu, fue reconocido como
el sexto patriarca del Budismo Zen en la China.
La diferencia entre la escuela Sureña y la Norteña del Zen, es la inherente a la mente humana; si a una
la llamamos intelectual o intuitiva, la otra ha de considerarse pragmática. La razón
de porqué la escuela Sureña
se conoce como "abrupta"
o "instantánea" (yugapad)
frente a la escuela
"gradual" kramavrittya del
Norte, se debe a que aquélla sostiene que la llegada de la iluminación es
instantánea, y no admite gradación alguna, pues en ella no hay etapas
progresivas; mientras la escuela Sureña enfatiza el proceso de arribar a la
iluminación que es naturalmente gradual, requiriendo mucho tiempo y
concentración. Hui-néng abogó grandemente
por el idealismo absoluto, mientras Shén-hsiu fue un realista y rehusó ignorar
un mundo de particularidades donde el Tiempo rige sobre todas nuestras
acciones. Un idealista no ignora necesariamente el aspecto objetivo de la realidad, pero sus ojos siempre están
fijos en un punto que se sostiene por sí,
y efectúa sus estudios desde este punto absoluto. De manera
que la doctrina de lo abrupto es el
resultado de contemplar la multitudinariedad de las cosas en la unidad absoluta.
Todos los místicos
verdaderos son seguidores de la escuela
"abrupta". El vuelo de lo exclusivo a lo exclusivo
no es, ni puede ser, un proceso gradual. La doctrina
de Shén-hsiu ha de considerarse como la advertencia práctica a aquellos
que están realmente enfrascados en el estudio del Zen, pero no llega, a
describir el carácter de la experiencia conocida como "la visión dentro de la propia
Naturaleza", que fue el especial
mensaje de Hui-néng, a diferencia de los de otras escuelas budistas. Fue por
demás natural que la escuela de Shén-hsiu no sobreviviese como rama del Zen,
pues éste no podría ser otra cosa que un acto instantáneo de intuición. Puesto
que franquea de repente un mundo hasta allí insoñado, es un salto abrupto y
separado de un plano del pensamiento a otro. Hsiu perdió de vista el último
objeto del Zen cuanto subrayó el proceso de alcanzar el fin. Como consejero
práctico fue excelente y plenamente meritorio.
Las ideas de instantaneidad y graduación en la captación de la
verdad del Zen derivan originalmente del Lankávatára (edición de Nanjó, pág. 55), donde
se efectúa esta distinción con respecto a limpiar la propia mente de
su corriente de ideas e imágenes. Según el Sútra, esta limpieza es, en un
sentido, gradual, pero en otro, abrupta o instantánea. Cuando se considera esto
como la maduración de una fruta, el modelado de una vasija, el crecimiento de
una planta, o el dominio de un arte, que tiene lugar gradualmente y en el
tiempo, es un acto de proceso
gradual; mas
cuando es comparable a un espejo que refleja objetos, o al Alaya que reproduce
todas las imágenes mentales, la limpieza de la mente tiene lugar
instantáneamente. Así el Sutra
reconoce los dos tipos de mentes: en algunos la limpieza hasta un estado de
iluminación puede ser obtenida
gradualmente después de prolongada práctica de la meditación, quizás a través
de muchas vidas sucesivas; pero en otros puede llegar totalmente de repente,
hasta sin esfuerzos previamente conscientes. La división de las dos escuelas,
con respecto a la concreción abrupta de la iluminación, se basa no sólo en las
afirmaciones del Sútra sino también, en última instancia, en los hechos de la psicología. Sin embargo, el punto en cuestión no fue un asunto de tiempo; ya sea que la iluminación
tuviera lugar como un acto de un instante o no, dejó de preocuparnos; pues la
diferencia ahora evolucionó en orden a la de su actitud y perspectiva
filosóficas generales para con el hecho de la iluminación misma. De manera que la cuestión
del tiempo físico se volcó en la de la psicología en su aspecto más
profundo.
Cuando se
pone énfasis sobre el proceso, se olvida el fin, y el proceso mismo llega a identificarse con el fin.
Cuando un discípulo de Shén-hsiu acudió ante Hui-néng para que lo instruyera
sobre el Zen, le preguntó
cuál era la doctrina de Shén-hsiu, y el discípulo informóle así: "Mi
maestro por lo común nos
enseña a detener la actividad de nuestras mentes y a sentarnos en silencio, en
meditación, por largo tiempo, de un tirón, sin acostarnos." A esto
respondió Hui-néng: "Detener la
actividad de la mente y sentarse en silencio, en meditación, es una enfermedad
y no es Zen, y nada provechoso se gana estando sentado largo tiempo." Entonces le dio el siguiente gáthá:
"Cuando
se vive, uno se sienta y no
yace, cuando se muere,
uno yace y no se
sienta;
¡un conjunto de maloliente esqueleto!
¿De
qué sirve el trabajar y afanarse asi?"
Esto demuestra exactamente dónde se halla
Hui-néng en relación
con su rival Shén-hsiu, que se preocupa así de los detalles
prácticos del proceso del Zen. Aquellos dos gáthás inscriptos en la pared del
monasterio, en la Montaña del Ciruelo Amarillo, mientras todavía estaban bajo
la tutela de Hung-jén, son demasiado elocuentes como para poner en evidencia
los rasgos característicos de las dos escuelas.23
Después,
cuando Hui-néng interrogó al monje norteño sobre la doctrina de su maestro
respecto de la moralidad (síla),
meditación (dhyána),
y sabiduría (prajñá), el
monje dijo: "Según mi maestro Hsiu, la moralidad consiste en no hacer
nada que sea malo; la sabiduría, en practicar reverentemente
todo lo que sea bueno; y la meditación, en purificar el corazón." Hui-néng
replicó: "Mi criterio es absolutamente diferente. Toda mi doctrina
resulta del concepto
de la Naturaleza- del-Yo, y quienes afirman la existencia de algo
fuera de esto, delatan su ignorancia sobre la naturaleza de aquello. La Moralidad, la Meditación y la Sabiduría... todas éstas son formas de la Naturaleza-del-Yo. Cuando en ésta no hay
nada equivocado, tenemos moralidad; cuando está libre de ignorancia, es
sabiduría; y cuando no está perturbada, es meditación. Ten una cabal
comprensión, de una vez por todas, en
cuanto a la esencia de la Naturaleza-del-Yo, y comprende que nada dualista se
obtiene en ella; pues aquí nada tienes que particularmente se distinga como
iluminación, o ignorancia, o liberación, o conocimiento, y, con todo, de esta
nada resulta un mundo de particularidades como objetos del pensamiento. Para
quien una vez tuvo una intuición de su propia Naturaleza, no ha de recomendarse
ninguna postura especial como forma de meditación; todo y cualquier cosa son
buenos para él, sentado, o acostado, o de pie. Disfruta perfecta
libertad de espíritu,
se desplaza como lo siente,
y con todo no hace nada equivocado, está actuando
siempre de acuerdo con su Naturaleza-del-Yo; su obra es su juego. Esto es lo que llamo 'visión dentro de la propia
Naturaleza'; y esta visión es instantánea en igual medida que la actividad lo
es, pues no hay proceso de graduación de una etapa a la otra.”
23 Estos relatos, ya sean Verdaderamente históricos o no, concernientes a la controversia existente entre los dos
líderes del Zen a principios de la dinastía
T'ang, prueban cuan caldeada era la rivalidad entre el Norte y el Sud.
Los mismos Sermones del Sexto
Patriarca (Fa-pao-t'anching) parecen escritos con el único objeto
de refutar a los opositores de la escuela "abrupta".
VI
Algunos sermones del sexto patriarca se conservan en el libro
conocido como el Sútra de la Plataforma sobre el Tesoro de la Ley (Fapao-t'an-ching). Por lo general se dio título
de "Sútra" a los escritos
atribuidos al Buda o a los de algún modo conectados con éste, y el que se
honrase tanto esa colección de los sermones de Hui-néng, demuestra qué puesto
significativo ocupa en la historia
del Budismo chino.
"El Sútra de la Plataforma" se relaciona con la famosa
plataforma de ordenación erigida por Gunabhadra, primer traductor del Lankávatára, de la dinastía Liu- sung,
420-470 d. C. En la época de la erección, durante la dinastía Liang, al igual
que después, Chih-yüeh profetizó (según otra autoridad, Paramártha) que unos
años después un Bodhisattva encarnado sería ordenado sobre esta plataforma,
pronunciando sermones sobre el "sello espiritual" del Buda. De manera
que el "Sútra de la Plataforma" significa la doctrina ortodoxa del
Zen predicada desde esta plataforma.
Los sermones aquí preservados son meros fragmentos de los
pronunciados durante los treinta
y siete años de la activa vida misionera de Hui-néng. Incluso de estos
fragmentos, cuánto ha de considerarse genuino y autorizado es una cuestión que
por ahora no podemos responder definitivamente, pues el libro parece haber
sufrido las vicisitudes del destino, demostrando en parte el hecho de que el
mensaje Zen del sexto patriarca fue extraordinario en muchos aspectos como para despertar antagonismo y mala interpretación entre los budistas.
Después, cuando este antagonismo alcanzó su clímax, se
informa que el libro fue quemado por contrariar la doctrina genuina del
Budismo. Sin embargo, salvo unas pocas frases
y pasajes, que de inmediato pueden ser rechazados como espurios, podemos
tomar al Sútra de la Plataforma como
expresando en conjunto el espíritu y la doctrina del sexto patriarca del Zen.
Las principales ideas
de Hui-néng, que lo convierten en el real fundador chino del Budismo Zen, pueden resumirse así:
1.
Podemos decir que el Zen arribó a su
propia consciencia por Hui-néng. Si bien Bodhidharma lo trajo de la India y lo
trasplantó exitosamente en la China, en su tiempo no comprendió plenamente su especial mensaje. Fueron necesarios más de
dos siglos antes de que tomase conciencia de sí y supiese
cómo expresarse en el modo genuino de la mente china; la modalidad hindú en que fuera expresada su doctrina original, como ocurrió con Bodhidharma y sus discípulos inmediatos, debió ceder,
por así decirlo, para convertirse en verdaderamente china. Tan pronto se
cumplió esta transformación o trasplante en manos de Hui-néng, sus discípulos
procedieron de inmediato a elaborar todas sus implicancias. El resultado fue lo
que tenemos como escuela Zen del Budismo. ¿Cómo entendió entonces Hui-néng el
Zen?
Según él, el Zen era la "visión dentro de la propia
Naturaleza". Esta es la frase más significativa, jamás acuñada en el desarrollo del Budismo Zen. En torno a ella ahora se cristaliza el Zen, y sabemos dónde dirigir nuestros esfuerzos y cómo representarlo en nuestra consciencia.
Después de esto el progreso
del Budismo Zen fue rápido.
Es verdad que esta frase se presenta
en la vida de Bodhidharma en los Registros
de la Transmisión de la Lámpara, pero es en la parte de su vida en la que no podemos depositar mucha confianza.
Aunque la frase la usara realmente Dharma, no es necesario que éste la
considerara la esencia del Zen, para distinguirse de las otras escuelas del
Budismo. Sin embargo, Hui-néng fue plenamente consciente de su significado, e
inculcó inequívocamente la idea en las mentes de quienes le escuchaban.
Cuando efectuó su primera declaración del Zen para beneficio de Yi-tsung, la afirmación fue cabalmente inconfundible:
"Hablamos de ver dentro de nuestra propia Naturaleza, y no de practicar el
dhyána ni de obtener la liberación." Aquí tenemos la esencia del Zen, y
todos sus sermones posteriores son ampliaciones de esta idea.
Por "Naturaleza" entendió
Naturaleza-Búdica, o, más particularmente desde el punto de vista intelectual, Prajñá. Dice que este
Prajñá lo poseemos todos, mas debido a la confusión del pensamiento no llegamos
a concretarlo en nosotros. Por lo tanto, debemos ser instruidos y guiados
apropiadamente por un adepto del Budismo Zen, cuando abramos un ojo espiritual
y
veamos, por nosotros mismos,
dentro de la Naturaleza. Esta Naturaleza no conoce multiplicidad, es unidad absoluta, al ser
la misma en el ignorante al igual que en el sabio. La diferencia deriva de la
confusión y la ignorancia. Las personas hablan tanto, piensan tanto del Prajñá,
pero fracasan por completo en concretarlo en sus propias mentes. Es como hablar
de comida todo el día; por más que hablemos quedamos siempre con hambre. Se
explicará la filosofía del Súnyatá durante diez mil años, pero mientras no se
vea aún dentro de la propia Naturaleza, eso carece absolutamente de valor.
Además, hay algunas personas que consideran que el Zen consiste en sentarse en
silencio, con la mente vacía, exenta de pensamientos y sentimientos. Aquéllas
no saben qué es Prajñá, qué es Mente. Eso llena el universo y jamás cesa de
trabajar. Es libre, creador, y al mismo tiempo se conoce. Conoce todo en uno y
uno en todo. Este misterioso accionar de Prajñá surge de su propia Naturaleza.
No se dependa de la letra y que el propio Prajñá ilumine dentro de uno mismo.
2.
El
resultado inevitable de esto fue la enseñanza
abrupta" de la escuela Sureña.
La visión es un acto instantáneo hasta donde el ojo
mental se adentró en la verdad total de un vistazo: la verdad que trasciende el dualismo de toda forma;
es abrupta por cuanto no sabe de gradaciones,
ni de desarrollo continuo. Léase el pasaje siguiente del Sutra de la Plataforma, donde se da la esencia
de la doctrina abrupta:
"Cuando se entiende la doctrina abrupta no hay necesidad de
disciplinarse en las cosas externas. Permítase tan sólo que un hombre tenga
siempre una visión correcta dentro de su propia mente, y jamás le mancharán los
deseos ni los objetos externos. Esto es la visión dentro de su Naturaleza. Oh
mis amigos, no tengáis morada fija dentro ni fuera,24 y vuestra
conducta será perfectamente libre y desencadenada. Quitad vuestro apego y
vuestra marcha no sabrá de obstrucciones de ninguna índole... Los ignorantes se
harán sabios si logran abruptamente una comprensión y abren sus corazones a la
verdad. Oh mis amigos, hasta los Budas se parecerán a nosotros, comunes mortales, si carecen de iluminación, y hasta los mortales serán Budas si están
iluminados. Por tanto sabemos que todas las cosas están en nuestras propias
mentes. ¿Por qué no vemos entonces,
instantáneamente, dentro de nuestras mentes, y descubrimos allí la verdad de la
Talidad? En el Sútra sobre la Conducta Moral del Bodhisattva leemos que todos
somos puros en nuestra Naturaleza-del-Yo,
y que cuando conocemos nuestras
mentes, vemos dentro de
esta Naturaleza y todos alcanzamos el Estado Búdico. Dice el Vimalakírti Sútra: 'Una apertura
instantánea nos conduce dentro de la Mente Original.' Oh mis buenos amigos,
mientras estuve con mi maestro Jen comprendí la verdad en el momento en que le
oí hablar y tuve una vislumbre
instantánea (i. e. abrupta) dentro de la verdadera esencia de la Talidad. Esta es la razón por la que ahora me esfuerzo, por medio de esta
doctrina, en conducir a los buscadores
de la verdad hacia una realización instantánea (i. e. abrupta) del Bodhi.
Cuando por vosotros mismos miréis dentro de vuestras mentes, percibiréis de
inmediato qué es la Naturaleza Original...
"Quienes conocen por sí mismos no buscan nada externo. Si
adhieren al criterio de que la liberación llega a través de ayuda externa, a
través de los oficios de un amigo bueno y sabio, están enteramente en falta.
¿Por qué? En vuestra propia mente hay un conocedor, y esto es lo que hace que
comprendáis la verdad por vosotros mismos. Cuando la confusión reina en
vosotros y se apoyan falsos criterios, ninguna
cuota doctrinal de otros amigos vuestros, buenos y
sabios, os será de utilidad para vuestra salvación. Cuando, por el otro lado,
vuestro Prajñá
24Esta
es una cantilena constante en la doctrina de los Sútras del Prajñápáramttá: despertar
el propio pensamiento donde no hay morada
de ninguna índole (no kvacit.
pratíshtítam cittam utpádayitavyam) .Cuando Jóshu acudió a Ungo, este preguntó: "|Oh, viejo
vagabundo! ¿Cómo es que no buscas una morada para tí?" "¿Dónde está mi morada?" "Hay un viejo
templo, en ruinas, al pie de esta montaña." "Ese es un sitio
apto para tu viejo yo",
respondió Jóshu. Después, acudió a Shúyúsan, quien le formuló la misma
pregunta, diciendo: "¡Oh, viejo vagabundo! ¿Por qué no te
estableces?" "¿Dónde está el lugar para que yo me establezca?"
"!Como! Este viejo vagabundo ni siquiera sabe cómo establecerse por si
mismo." Jóshu dijo: "Durante estos treinta años me dediqué a entrenar
caballos, y hoy fui pateado por un burro!"
genuino refulge,
todos vuestros pensamientos confusos se desvanecen en un instante. Sabiendo así qué es vuestra Naruraleza-del-Yo, alcanzáis el
Estado Búdico, mediante esta sola comprensión, este único conocimiento."
3.
Cuando se pone énfasis sobre la
visión dentro de la Naturaleza-del-Yo y se sostiene la comprensión intuitiva
contra la erudición y la filosofía, sabemos que, como una de sus conclusiones
lógicas, el viejo criterio de la meditación empieza a ser desdeñado como mera
disciplina de tranquilización mental. Y esto fue exactamente lo que ocurrió con
el sexto patriarca. Desde el principio del Budismo hubo dos corrientes de
pensamiento concernientes al significado de la meditación: uno consistió, como
Arada y Udraka, los dos maestros del Buda, en considerarlo como la suspensión
de todas las actividades psíquicas o la limpieza de la consciencia de todas sus
modalidades; y el otro, en considerar a la meditación simplemente como el medio
más eficaz para entrar en contacto con la realidad última. Esta diferencia
fundamental de criterios con respecto a la meditación, fue una causa de
impopularidad, al principio, de Bodhidharma entre los budistas, estudiosos y
maestros de dhyána chinos, de la época, Asimismo fue un factor de divergencia
entre la escuela Niu-t'ou del Zen y la doctrina ortodoxa del cuarto patriarca, al igual que entre las escuelas Norteña
y Sureña del Budismo Zen, después del quinto patriarca. Hui-néng, el sexto patriarca, surgió como un vigoroso defensor
del intuitivismo y rehusó
interpretar el significado del dhyána estáticamente, por así decirlo.
Pues la Mente, según él, en el
estado supremo de meditación no era un mero ser, una mera abstracción exenta de
contenido y trabajo. Quiso captar algo que se hallaba en el cimiento de todas
sus actividades mentales y físicas, y este algo no podría ser un mero punto
geométrico, debía ser la fuente de energía y conocimiento. Hui-néng no olvidó
que la voluntad, después de todo, era la realidad última, y que la iluminación
debía entenderse como más que intelección, más que silenciosa contemplación de
la verdad. La Mente o Naturaleza-del-Yo debía captarse en medio de su
elaboración o funcionamiento. El objeto del dhyána era no detener el accionar
de la Naturaleza-del-Yo sino hacernos hundir en su corriente y atraparlo en su
misma acción. Su intuitivismo era dinámico. En
los siguientes diálogos, Hui-néng y sus discípulos emplean aun la
vieja terminología, pero lo importante de esta discusión ilustra el punto que
queremos especificar. Hsüan-chiao primero estudió la filosofía de
Tien-tai y después al leer el Vimalakirti
descubrió su Naturaleza-del-Yo. Al aconsejársele que viese al sexto
patriarca a fin de que su experiencia fuese certificada o testificada, acudió a
Tsao-ch'i. Dio tres vueltas alrededor del maestro, y alzando su cayado se
plantó ante él. El maestro dijo: "Se supone que los monjes observan
trescientas reglas de conducta y ochenta mil reglas menores; ¿de dónde vienes,
tan lleno de orgullo?"
"El nacimiento-y-la-muerte es un asunto
de grave preocupación, ¡y el tiempo
a nadie espera!", dijo el
filósofo de T'ien-tai.
"¿Por qué no captas aquello
que es innacido y ves dentro de lo que es intemporal?", preguntó el maestro.
"Lo innacido
es lo que capta, y lo intemporal es lo que ve dentro." "Eso es así, eso es
así", coincidió el maestro.
Concluido esto, Hsüan-chiao acudió nuevamente a Hui-néng con su atuendo
completo de monje budista, e
inclinándose reverentemente ante el maestro deseó despedirse de él.
El
maestro le dijo: "¿Por qué te marchas
tan pronto?"
"¿No es que desde el principio mismo
existe una cosa tal como el movimiento? ¿Y entonces por qué
hablas de ser tan pronto?"
"¿Quién
sabe que no hay movimiento?", replicó el maestro. "Allí", exclamó
Hsüan-chiao, "¡tú mismo
formulas un juicio!"
"Verdaderamente, comprendes el propósito de lo que es innacido."
"¿Cómo podría
jamás lo innacido
tener un propósito?", preguntó Hsüan-chiao.
"Si no hubiese propósito, ¿quién podría juzgar jamás?"
"Los juicios se formulan
sin propósito alguno." Esta fue la conclusión de
Chiao.
Entonces el maestro
expresó su profundo
aprecio hacia el criterio de Hsüan-chiao sobre el
tema, diciendo: "¡Has dicho bien!"
Chi-huang era adepto
de la meditación, habiéndola estudiado con el quinto
patriarca. Después de veinte
años de disciplina juzgó que entendía bien el significado de la meditación o
samádhi.
Hsüan-t-sé,
sabedor de su logro, le visitó y dijo: "¿Qué estás haciendo allí?"
"Estoy entrando en samádhi." "Hablas de entrar, pero ¿cómo
entras en samádhi? ... ¿Con una mente llena de pensa- mientos o con una mente
carente de pensamientos? Si dices con una mente carente de pensamientos, todos
los seres no-sensibles, como las plantas o los ladrillos podrían alcanzar el
samádhi. Si dices con una mente llena de pensamientos, todos los seres
sensibles podrían alcanzarlo."
"Cuando entro en samádhi", dijo Chih-huang, "no soy consciente
de estar lleno de pensamientos ni carente de pensamientos." "Si no
eres consciente de una ni otra cosa, estás perfectamente en samádhi todo el
tiempo; ¿por qué hablas entonces de entrar en él o salir de él? Sin embargo, si
realmente hay que entrar o salir, no es el Gran Samádhi." Chih-huang no
supo cómo responder. Después de un rato preguntó quién era el maestro de
Hsüan-t-sé y cuál era su comprensión del samádhi. Hsüan-t-sé le dijo: "Mi maestro
es Hui-néng, y según él (la
verdad última) yace místicamente
serena y perfectamente silenciosa; no han de separarse sustancia y función; son de una sola Talidad. Los cinco skandhas
son vacíos en su naturaleza, y los seis objetos sensorios no tienen realidad.
(La verdad no sabe) de entrar ni de salir, ni de estar tranquilo ni perturbado.
El dhyána, en esencia, no tiene morada fija.
Sin apegarte a una morada,
permanece sereno en el dhyána. El dhyána, en esencia, es
innacido; sin apegarte al pensamiento del nacimiento (y-la-muerte), piensa en el dhyána. Ten tu mente como si fuese el espacio y, con todo, no tengas
pensamiento del espacio." Al aprender así el
criterio del sexto patriarca sobre el samádhi o el dhyána, Chih-huang acudió al
maestro mismo y le pidió que lo iluminase más. El patriarca le dijo: "Lo
que te dijo Hsüan-t'sé es verdad. Ten tu mente como si fuese el espacio y, con
todo, no sostengas pensamiento alguno de vacío. Entonces la verdad tendrá su
actividad plena sin impedimentos. Todo movimiento de tu voluntad surge
de un corazón inocente, y los ignorantes y los sabios
tendrán igual trato en tus manos.
Sujeto y objeto perderán su distinción, y la esencia y la apariencia serán de
una sola talidad. (Una vez captado así un mundo de unidad
absoluta) has alcanzado el samádhi eterno."
Para tornar todavía
más clara y más definida
la posición del sexto patriarca sobre el tema de
la meditación, permítaseme citar otro incidente de su Sútra de la Plataforma' En una oportunidad, un monje se refirió a
un gáthá compuesto por Wo-luan, que dice así:
Yo, Wo-luan,
conozco un recurso
por el que borro todos mis pensamientos:
el mundo objetivo no agita más la mente y mi iluminación madura diariamente."
Al oír esto, el sexto patriarca observó:
"Eso no es iluminación, sino que conduce
a uno a un estado de
esclavitud. Escucha mi gáthá:
"Yo,
Hui-néng, no conozco recurso, mis pensamientos no son suprimidos:
el mundo objetivo siempre
agita la mente ,
¿y de qué sirve
la Iluminación que madura?"
Esto bastará para demostrar que Hui-néng, el sexto patriarca,
por un lado no era quietista, ni
nihilista que abogara por la doctrina del vacío absoluto, mientras que, por el otro lado, tampoco era idealista, en el sentido de
negar un mundo objetivo. Su dhyána estaba lleno de acción, más por encima de un
mundo de particularidades, en la
medida en que no era llevado por éste ni en éste.
4.
El método con que Hui-néng
demostraba la verdad del Zen era puramente chino y no hindú. No recurrió a la terminología abstracta ni al misticismo romántico. El método era directo,
claro y elevadamente práctico. Cuando el monje Ming acudió a él y le pidió
instrucción, dijo: "Muéstrame tu rostro original antes de que
nacieras." ¿La afirmación no es absolutamente ajustada? Nada de discurso
filosófico, nada de razonamiento elaborado, nada de imaginería mística, sino un dicho directo e inequívoco. En esto, el sexto patriarca desbrozó el camino y
sus discípulos siguieron sus pasos con rapidez y eficiencia. Adviértase
con qué brillantez Lin-chi utilizó este método en su sermón sobre "un
verdadero hombre sin título". (Ver la Introducción.)
Para dar otro ejemplo. Cuando Hui-néng vio a Huai-jang, de
Nanyüeh, dijo: "¿De dónde vienes?", a lo que siguió: "¿Cómo
es que vienes así?" Le llevó
ocho largos años a Huai-jang contestar la pregunta satisfactoriamente. Después
esta modalidad de pregunta se convirtió en
una forma
casi establecida de saludo entre los maestros Zen. Nanyüan preguntó a un monje
recién llegado: "¿De dónde vienes?" "Soy de Han-shang" El
maestro dijo: "Estás en falta, tanto como yo." Hsiang-yén preguntó a
San-shéng: "¿De dónde vienes?" "De Lin-chi." "¿Traes
su espada?" San-shéng levantó el cobertor de su asiento (tso-chu), golpeó a Hsiang-yén en la
boca y se marchó. El Venerable Ch'en preguntó a un monje: "¿De dónde
vienes?" "De Yang-shan." "¡Eres un mentiroso!", fue el veredicto
del maestro. Otra vez preguntó
a otro monje: "¿De dónde vienes?" "Del Oeste del
Río, señor." "¿Cuántas sandalias gastaste?" Es evidente que este
monje tuvo un tratamiento más gentil.
Esta diferencia de método entre los hindúes y los chinos a
menudo suscitó la cuestión en cuanto a la diferencia, si la hubiera,
entre el "Tathágata Dhyána" y el "Dhyána Patriarcal". Por ejemplo, cuando Hsiang-yén mostró a Yang-shan su canción
sobre la pobreza, éste dijo: "Entiendes
el Tathágata Dhyána pero todavía
no el Dhyána Patriarcal." Cuando se le preguntó
sobre la diferencia, Mu-chou replicó: "Las montañas verdes son montañas
verdes, y las nubes blancas son nubes blancas."
VII
Hui-néng murió a la edad de setenta
y seis años, en el año 713 d. C., cuando la dinastía Tang disfrutaba tiempos apacibles y la
cultura china alcanzaba el punto más excelso de su historia.
Unos cien
años después del fallecimiento del sexto patriarca, Liu Tsung-yüan, uno de los
más brillantes literatos en la historia de la literatura china redactó una
inscripción recordatoria en su lápida sepulcral en ocasión de ser honrado por
el Emperador Hsien-tsung con el título póstumo de Gran Espejo (tai-chien), y allí leemos:
"En sexta transmisión después de Dharma,
existió Tai- chien. Primero
se le ocupó en labores domésticas y trabajo servil. Sólo unas pocas palabras
del maestro fueron suficientes y de inmediato entendió el profundísimo
significado que aquéllas transmitían. El maestro se impresionó grandemente, y
al fin le confirió las insignias de la fe.
Tras eso se escondió
en el distrito Sureño; nadie tuvo noticias
de él durante dieciséis años,
basta que juzgó que el tiempo estaba maduro para que él saliese de su
reclusión. Se estableció en Tsao-ch'i25 y empezó a enseñar. Una vez
se dijo que el número de sus discípulos alcanzó a varios miles.
"Según su doctrina, la inacción es realidad, el vacío es
verdad, y el significado último de las cosas es vasto e inmóvil. Enseñó que la
naturaleza humana, tanto en su inicio como en su término, es cabalmente buena y
no requiere desbrozo artificial de ninguna índole, pues tiene su raíz en lo que
es sereno. El Emperador Chung-tsung tuvo noticias de él y en dos ocasiones le
envió su cortesano pidiéndole que se presentase en la Corte, mas no logró
hacerle salir. De modo que el Emperador contó, en reemplazo, con sus palabras,
y las tomó como guía espiritual. La doctrina (del sexto
patriarca) en detalle es generalmente accesible hoy en día; todos quienes
hablan sobre el Zen descubren su fuente de información en T´sao-ch'i."
Después, de Hui-néng
el Zen se dividió en diversas escuelas, dos de las cuales sobrevivieron hasta esta época, tanto en
la China como en el Japón. Una, representada por Hsing-szé, de Ch'ing-yüang
(muerto en el año 740), continúa actualmente como la escuela Sotó (E'sao-tung)
25 Este es el nombre del lugar donde Hui-néng
tuvo su cuartel general
Zen.
del Zen, y
la otra, que siguió la línea de Huai-jang, de Nan-yüeh (677-744), es ahora
representada por la escuela Rinzai
(Lin-chi). Aunque muy modificado en diversos aspectos, el principio y espíritu del Budismo Zen vive todavía como en
los tiempos del sexto patriarca, y como una de las grandes herencias
espirituales de Oriente aún ejerce su influencia única, en especial entre el
pueblo culto del Japón.
SOBRE EL SATORI: LA REVELACIÓN
DE UNA NUEVA VERDAD
EN
EL BUDISMO ZEN
I
La esencia del Budismo Zen consiste en adquirir un nuevo punto
de vista para contemplar la vida y las cosas en general. Con esto quiero decir
que si deseamos introducirnos en la más recóndita vida del Zen, debemos
abandonar todos nuestros hábitos corrientes de pensamiento, que controlan
nuestra vida cotidiana; debemos tratar de ver si existe algún otro método de juzgar las cosas,
o más bien, si nuestro
método corriente es siempre suficiente como para darnos la satisfacción última de nuestras necesidades espirituales. Si en algo nos sentimos
insatisfechos con esta vida, si en nuestro modo corriente de vivir hay
algo que nos priva de libertad en su sentido más santificado, debemos
esforzarnos por hallar, en alguna
parte, un método que nos dé un
sentido de finalidad y contento. El Zen nos propone que hagamos esto y nos
asegura la adquisición de un punto de vista nuevo, en el que la vida asume un
aspecto más fresco, más hondo y más satisfactorio. Sin embargo, esta
adquisición es, real y naturalmente, el máximo cataclismo mental que puede
experimentarse en la vida. No es tarea fácil, es una especie de bautismo de
fuego, y hay que atravesar la tormenta, el terremoto, la demolición de montañas
y la fragmentación de rocas.
A esta adquisición de un nuevo punto de vista en nuestro enfoque
de la vida y el mundo, los estudiantes japoneses del Zen lo llaman popularmente
"satori" (Wu en chino). En realidad es otro nombre de la Iluminación (annutiara-samyak-sambodhi), que es la
palabra usada por el Buda y sus seguidores hindúes ya desde su realización bajo
el árbol bódhico, junto al Río Nairañjaná. En chino hay otras
frases diversas que designan
esta experiencia espiritual, cada una de las
cuales tiene una connotación especial, intentando demostrar cómo se interpreta
este fenómeno. En todos los casos no hay Zen sin satori, el cual es, en verdad,
el Alfa y el Omega del Budismo Zen.
El Zen exento de satori es como sol sin luz ni calor. El Zen puede perder toda su literatura,
todos sus monasterios, y todas sus galas; mas mientras en él haya satori,
sobrevivirá hasta la eternidad. Quiero poner énfasis en este hecho
fundamentalísimo, concerniente a la vida misma del Zen; pues hay algunos —incluso
entre los mismos estudiantes del Zen— que, ciegos ante este hecho central,
tienden a pensar, cuando el Zen fue explicado lógica o psicológicamente, o como una de las filosofías budistas que puede resumirse utilizando frases
budistas elevadamente técnicas y conceptuales, que el Zen está agotado, y que
en él nada queda que lo convierta en lo
que es. Pero mi planteo es: la vida del Zen empieza con la apertura del satori (kai wu en chino).
El satori puede definirse
como contemplación intuitiva dentro de la naturaleza de las cosas, en
contradistinción con la comprensión analítica o lógica de él. En la práctica,
significa el desenvolvimiento de un nuevo mundo hasta
allí no percibido en la confusión de una mente adiestrada dualistamente. O
podemos decir que con el satori nuestro medio circundante íntegro es
contemplado desde un ángulo de percepción cabalmente inesperado. Sea lo que
fuere, el mundo, para quienes lograron un satori, no es más el viejo mundo que
acostumbraba ser, incluso con todas sus fluyentes corrientes y ardientes
fuegos, nunca es nuevamente el mismo. Dicho lógicamente, todos sus opuestos y
contradicciones se unen y armonizan en un conjunto orgánico y coherente. Esto es misterio y milagro, pero según
los maestros Zen eso se cumple todos los días. De manera
que el satori puede tenerse solamente a través de nuestra única experiencia
personal de él.
Su semejanza o analogía se logra de un modo más o menos débil y
fragmentario cuando se resuelve un difícil problema matemático, o cuando se realiza
un gran descubrimiento, o cuando se logra un repentino
medio de escape en medio de muy desesperadas complicaciones; en pocas palabras,
cuando se exclama: ¡Eureka! ¡Eureka! Pero esto sólo se refiere al aspecto
intelectual del satori, que, por tanto, es necesariamente parcial e incompleto, y no entra en contacto con los
cimientos mismos de la vida considerada como un conjunto indivisible. El
satori, como experiencia Zen, debe referirse a la vida íntegra. Pues lo que el
Zen propone realizar es la revolución, y la revolución también de uno mismo
como unidad espiritual. Resolver un
problema
matemático concluye con la solución; eso no afecta la vida total de uno mismo.
Lo mismo ocurre con las demás
cuestiones particulares, prácticas o científicas; no entran en el tono
vital básico del individuo en
cuestión. Mas la apertura del satori es la reestructuración de la vida misma. Cuando es genuino —pues hay mucho simulacros de
él— sus efectos sobre la propia vida moral y espiritual son revolucionarios, y
son tan enaltecedores y purificadores como exigentes. Cuando se le preguntó a
un maestro qué constituía el Estado Búdico, respondió: "El fondo del balde está agujereado." Por eso podemos
apreciar qué revolución completa se produce mediante esta experiencia
espiritual. El nacimiento de un hombre nuevo es realmente cataclísmico.
Según la sicología de la religión este enaltecimiento de la
propia vida total se llama "conversión". Pero como el término por lo
general lo emplean los conversos cristianos, no puede aplicarse en su sentido estricto a la experiencia budista, en especial a la de los seguidores
del Zen; el término tiene un matiz demasiado afectivo o emocional como para
ocupar el lugar del satori, que está por encima de lo meramente intelectual. Como sabemos,
la tendencia general del Budismo es más intelectual
que emocional, y su doctrina de la
Iluminación lo distingue agudamente del punto de vista cristiano respecto de la
salvación; el Zen, como una de las escuelas mahayánicas,
comparte naturalmente gran cantidad de lo que podemos llamar
intelectualismo trascendental, el cual no desemboca en dualismo lógico. Cuando
se lo expresa poética o
figuradamente, el satori es "la
apertura de la flor mental",
o "la remoción del obstáculo", o "el abrillantamiento de los trabajos mentales".
Todo esto tiende
a significar el despeje de un pasaje
de algún modo bloqueado, que impide la actividad libre y franca de una
maquina o un pleno despliegue de los trabajos interiores. Con la remoción de la obstrucción, ante uno
se abre un nuevo panorama, irrestricto en extensión, y que alcanza hasta el fin del tiempo. Como de esa manera la vida
se siente cabalmente libre en su actividad, lo cual no ocurría antes del
despertar, ahora se complace hasta el más pleno alcance de sus posibilidades, y
alcanzar esto es el objeto de la disciplina Zen. A menudo esto se toma como
equivalente de "vacío de interés y
pobreza de propósito". Mas según los maestros Zen, la doctrina del
no-logro se preocupa de la actitud subjetiva de la mente que va más allá de las
limitaciones del pensamiento. No niega los ideales
éticos, ni los trasciende; simplemente, es un estado interior de la conciencia sin
referencia a sus consecuencias objetivas.
II
La llegada de Bodhidharma (Bodai-daruma
en japonés, Pu-tí Ta-mo en chino)
a la China, a principios del siglo
VI, consistió simplemente en introducir este elemento del satori en el cuerpo del Budismo, cuyos defensores se
hallaban a la sazón enfrascados en sutilezas de discusión filosófica o en la
mera observancia literal del ritual y las normas disciplinarias. Con la "transmisión absoluta del sello espiritual",
proclamada por el primer patriarca, se significa la apertura del satori,
obteniendo un ojo para ver dentro del espíritu de la doctrina budista.
El sexto
patriarca, Yenó (Hui-néng), se distinguió porque sostuvo el aspecto de satori
del dhyána contra la mera tranquilización mental de la escuela norteña del Zen
bajo el liderazgo de Jinshu (shén-hsiu). Baso (Ma-tsu), Obaku (Huang-po),
Rinzai (Lin-chi) y todas las otras estrellas que iluminaban los primeros
tiempos del Zen, en la dinastía T'ang, abogaron por el satori. Sus actividades
vitales estaban incesantemente dirigidas al avance de éste; y como prestamente podemos
reconocerlo, diferían de los meramente absortos en la contemplación o en
la práctica del denominado dhyána. Estuvieron vigorosamente en contra del
quietismo, declarando que sus adherentes eran ciegos mentales y que vivían en
la cueva de la oscuridad.
Por
lo tanto, antes de seguir
es aconsejable entender
claramente este punto,
de modo que no
quede duda sobre el significado último
del Zen, que de ninguna
manera consiste en desperdiciar la propia vida en una práctica
inductora del trance, sino en ver dentro
de la vida del propio ser o en abrir un ojo del satori.
En Japón hay un libro que lleva por título Seis Ensayos de Shoshitsu (vale decir, de Bodhidharma, el primer
patriarca del Zen); el libro contiene, sin duda, algunos dichos de Dharma, pero
la mayoría de los ensayos no son suyos; probablemente fueron compuestos durante la dinastía T'ang, cuando el Budismo Zen empezó a hacer que su influencia se sintiese de modo
más general entre los budistas chinos. Sin embargo, el espíritu que impregna el libro concuerda
perfectamente con el principio del Zen. Uno de los Ensayos titulado
"Kechimyakuron", o Tratado
sobre el Linaje de la Fe", discute
la cuestión del Chien-hsing,1
o satori, que, según el autor, constituye la esencia del Budismo Zen. Los
pasajes siguientes son extractos.
"Si deseas buscar al Buda, debes ver dentro de tu propia
Naturaleza (hsing) pues esta
Naturaleza es el mismo Buda. Si no has visto dentro de tu propia Naturaleza,
¿de qué sirve pensar en el Buda, recitar los Sútras, observar el ayuno o
mantener los preceptos? Al pensar en el Buda, tu causa (i. e. acto meritorio)
puede rendir fruto; al recitar los Sútras tu inteligencia puede tornarse
más brillante; al mantener los preceptos puedes
nacer en los cielos; al practicar la caridad puedes ser abundantemente
recompensado; pero en cuanto a buscar al Buda, estás muy lejos de éste. Si no
comprendieras todavía claramente tu Yo, deberías ver a un maestro sabio y
obtener una cabal comprensión en cuanto a la raíz del nacimiento-y-la-muerte.
Quien no ha visto dentro de la propia
Naturaleza, no ha de llamarse maestro sabio.
"Cuando no se
alcanzó ésto (ver dentro de la
propia Naturaleza), uno no puede escapar de la trasmigración del
nacimiento-y-la-muerte, por más versado que se esté en el estudio de las
sagradas escrituras en las doce divisiones. Jamás llegará a uno el tiempo de
salir de los sufrimientos del mundo triple. Antiguamente hubo un Bhikshu
Zenshó (Shan-hsing2) quien
era capaz de recitar
la totalidad de las doce divisiones de las escrituras, pero no pudo salvarse de la
trasmigración, pues no tuvo la intuición de su propia Naturaleza. Si esto
ocurrió con Zenshó,
¿qué ha de
suceder con los modernistas que, al ser capaces de discurrir sólo sobre unos
pocos Sútras y Sastras, se consideran exponentes del Budismo? Ellos son,
verdaderamente, mentecatos. Cuando no se entiende la Mente, resulta
absolutamente carente de valor recitar la vana literatura y discurrir sobre
ella. Si quieres buscar al Buda, debes ver dentro de tu propia Naturaleza, que
es el mismo Buda. El Buda es un hombre libre, un hombre que no trabaja ni
acumula. Si en vez de ver dentro
de tu propia Naturaleza, te alejas y buscas
al Buda en las cosas externas, jamás le alcanzarás.
"El Buda es tu propia Mente; no cometas el error de
inclinarte (hacia los objetos externos). Buda es una palabra occidental, y en
este país significa "naturaleza iluminada"; e "iluminado"
quiere decir "espiritualmente iluminado''. Es la propia
Naturaleza espiritual de la iluminación la que responde al mundo externo, entra en contacto con los
objetos, alza las cejas, provoca el parpadeo,
y mueve las manos y las piernas.
Esta Naturaleza es la Mente,
y la Mente es el Buda,
1 Hsing significa naturaleza, carácter,
esencia, alma, o lo que es innato a uno. "Ver dentro de la propia
Naturaleza" es una de las frases fijas usadas por los maestros Zen, y de hecho es el objeto declarado de toda la
disciplina Zen. Él satori es su expresión más popular. Cuando se ingresa en la
intimidad de las cosas, hay satori. Sin embargo, al ser éste un término amplio,
puede usarse para designar cualquier clase de comprensión integral, y sólo en el Zen tiene significado restringido. En este artículo
empleé el término
como lo más esencia! en el
estudio del Zen; pues "ver dentro de la propia Naturaleza" sugiere la
idea de que el Zen tiene algo concreto y sustancial que nosotros debemos ver
interiormente. Esto es engañoso, aunque admito también que satori es una
palabra vaga y naturalmente ambigua. A los fines corrientes, no demasiado
estrictamente filosóficos, el satori responderá a la apertura del ojo mental, y todas las veces que chen-shing se refiere a esto, significa lo mismo. En cuanto al criterio del sexto patriarca
sobre "ver dentro de la propia Naturaleza", véase el texto
titulado Historia del Budismo Zen.
2 Según el Maháparinirvána-sútra, traducido al chino por Dharmaraksha, 423 d.C., Tomo XXXIII, fue uno de los tres hijos del Buda cuando aún era
Bodhisattva. Era muy ilustrado en
toda la tradición budista, pero sus puntos de vista tendían a ser nihilistas y
finalmente cayó en el infierno.
y el Buda es
el Camino, y el Camino es el Zen. Esta simple palabra, Zen, está más allá de la
comprensión de los sabios y de los ignorantes. Ver directamente dentro de la
propia Naturaleza original: esto es Zen. Aunque seas bien ilustrado en cientos
de Sútras y Sastras, aun sigues siendo ignorante en Budismo si aun no has visto
dentro de tu Naturaleza original.
El Budismo no está allí (en la mera erudición) La verdad suprema es insondablemente
profunda, no es objeto de charla ni discusión, y ni siquiera los textos
canónicos tienen el modo de ponerla a nuestro alcance Veamos de una vez dentro
de nuestra propia Naturaleza original y tendremos la verdad, aunque seamos
cabalmente iletrados y no sepamos una palabra ...
"Quienes no han visto dentro de su propia Naturaleza,
pueden alcanzar los Sútras, pensar en el Buda, estudiar prolongadamente,
trabajar arduamente, practicar la religión durante los seis períodos del día,
sentarse largo tiempo y nunca echarse a dormir, y ser de vasta erudición y bien
informados sobre las cosas; y pueden
creer que todo esto es Budismo. Todos
los Budas de sucesivas épocas sólo
hablan de ver dentro de la propia Naturaleza. Todas las cosas son
impermanentes; hasta que logres intuición de tu Naturaleza, no digas: 'Tengo el
conocimiento perfecto.' Quien obra así comete realmente una falta muy grave.
Ananda, uno de los diez grandes discípulos del Buda, fue conocido por su amplia
información, pero no tuvo intuición alguna del Estado Búdico, porque se inclinó
demasiado a lograr información solamente ..."
El sexto patriarca, Hui-néng (Yenó), insiste en esto de modo muy
inequívoco cuando responde a la pregunta: "En cuanto a lo que te comisionó
el quinto patriarca de Huang-mei, ¿cómo diriges e instruyes a los demás en ello?" La contestación fue: "No hay dirección ni instrucción; sólo hablamos
de ver dentro de la propia Naturaleza y no de practicar dhyána ni de buscar, en
consecuencia, la liberación." En otro lugar se los designa como los
"confusos" e "indignos de ser consultados"; son los de
mente huera, que se sientan en silencio, sin tener pensamiento alguno; mientras
los "incluso ignorantes, si de repente comprenden la verdad y abren sus
ojos mentales, son, después de todo, sabios, y
pueden alcanzar incluso el Estado Búdico". Además, cuando se informó al patriarca
sobre el método de instrucción adoptado
por los maestros de la escuela norteña del Zen, que consistía en detener
toda actividad mental,
estar absorto, silenciosamente, en la contemplación, y sentado con las
piernas cruzadas durante el lapso más prolongado, de un tirón, declaró que
tales prácticas eran anormales y desajustadas, distando de la verdad del Zen, y
añadió esta estrofa ya citada en otra parte:
“Cuando se vive, uno se sienta y no
yace; cuando se muere,
uno yace y no se sienta;
¡Montón de huesos malolientes!
¿De qué vale trabajar
y afanarse así?"
Durante su estada en Demboin, Baso acostumbraba estar sentado
con las piernas cruzadas, todo el día, meditando. Su maestro, Nangaku
Yejo (Nan-yüeh Huai-jang, 677-744), al verle le
preguntó:
"¿Qué buscas aquí, sentado
así, con las piernas cruzadas?" "Mi deseo es
convertirme en un Buda."
Luego el maestro
tomó un pedazo de ladrillo
y empezó a pulirlo vigorosamente sobre una piedra que
estaba cerca.
"¿Por qué trabajas así, maestro mío?", preguntó Baso.
"Trato de convertir esto en un espejo."
"Ninguna cuota de arduo trabajo convertirá al ladrillo en espejo, señor."
"De ser así, ninguna dosis de postura
sedentaria con las piernas cruzadas,
como tú lo haces, te convertirá en un Buda", dijo el
maestro.
"¿Qué haré entonces?"
"Esto se parece a conducir una carreta; cuando no se mueve, ¿azotarás a la carreta
o al buey?" Baso no respondió.
El maestro continuó: "¿Practicas esta postura sedentaria,
de piernas cruzadas, a fin de alcanzar el dhyána
o de alcanzar el Estado
Búdico? Si se trata del dhyána, el dhyána no consiste
en sentarse ni acostarse; si se trata del Estado Búdico, el Buda no tiene
formas fijas. Corno no tiene morada en parte alguna, nadie puede cogerlo ni
dejarle ir. Si buscas al Buda sentándote así, de piernas cruzadas, lo asesinas.
Mientras no te liberes de sentarte así,3 jamás llegarás a la
verdad."
Todas estas son afirmaciones claras, y no dejan dudas en cuanto
al fin último del Zen, que no consiste en hundirse en un estado de torpor
sentándose en silencio según la modalidad de un santo hindú ni en tratar
de excluir todas las agitaciones que parecen surgir
de ninguna parte,
y después de un lapso desaparecer ... adonde nadie
sabe.
Estas observaciones preliminares ayudarán al lector a considerar
cuidadosamente las siguiente "Preguntas y Respuestas" (conocidas como
Mondó en japonés); pues éstas
ilustrarán mi tesis de que el Zen aspira a la apertura del satori, o a la
adquisición de un nuevo punto de vista con respecto a la vida y al universo. Los maestros Zen, como ahora
veremos, siempre se hallan tratando
de aprovechar todo incidente
de la vida, aparentemente trivial, a fin de hacer que las mentes de los
discípulos fluyan dentro de un cauce hasta entonces completamente inadvertido. Es como romper
una cerradura oculta, y la
marea de las nuevas experiencias mana por la abertura. Además, es como el reloj
que marca las horas; cuando llega la hora señalada, suena, y se libera la cabal
percusión del sonido. La mente parecería tener algo de este mecanismo; cuando
se alcanza cierto instante, se levanta una pantalla hasta entonces cerrada, se
abre una perspectiva enteramente nueva, y de allí en más cambia el tono de toda la vida personal. Esta resonancia o apertura mental es llamada
satori por los maestros Zen y sobre ello insisten como objeto principal de
su disciplina.
A este respecto, el lector encontrará muy esclarecedoras las
siguientes palabras de Meister Eckhart: "Sobre este asunto un sabio pagano tiene una delicada expresión
concordante con la de otro sabio: "Soy consciente de que
destella en mí algo sobre mi razón. Percibo que eso es algo, mas no puedo
percibir qué es. Sólo me parece que, si pudiera concebirlo, comprendería toda
la verdad." 4
; 3Vale decir, mientras no te liberes de la idea de que estar así
sentado, de piernas cruzadas, conduce al Estado Búdico. Ue.<,de los tiempos
primitivos del Zen, en la China, la tendencia quictista recorrió toda la historia junto con
la tendencia intelectual que pone énfasis sobre el elemento satori. Incluso hoy
en día estas corrientes se hallan representadas, hasta cierto punto, por el Sotó por un lado,, y el Rinzai, por el otro, si bien cada cual
tiene sus rasgos característicos de excelencia. Mi punto de vista corresponde a la tendencia
intuitivista y no al de la quie-tista; pues la esencia del
Zen radica en el logro del satori.
4. W.Lehmann,
Meister
Eckhart. Góttingen, 1917, jiág. 243. Citado
por el profesor Rudolf Otto en
The Idea of the
Holy, P&g. 201.
III
Las
constancias que ahora citaremos no brindan siempre la historia total de la
evolución mental que conduce a un satori; vale decir, desde el primer momento
en que el discípulo acudió al maestro hasta el último instante de la
realización, con todas las intermitentes vicisitudes psicológicas que ha de
experimentar. Los ejemplos son sólo para demostrar que toda la disciplina Zen
cobra significado cuando tiene lugar este giro del gozne mental hacia un mundo
más amplio y profundo. Pues cuando se abre este mundo sabio y más hondo, la
vida cotidiana, hasta su cosa más trivial, se carga con las verdades del Zen. Por lo tanto,
por un lado, el satori
es una cosa muy prosaica y práctica, pero, por el
otro lado, cuando no se lo entiende,
es algo misterioso. Pero después de todo,
¿la vida misma no está llena de prodigios, misterios e insondabilidades,
que mucho exceden nuestra comprensión discursiva?
Un monje pidió a Jóshu (Chao-chou Tsung-shén, 778-897) ser
instruido en el Zen. El maestro le dijo: "¿Tomaste o no tu desayuno?"
"Sí, maestro, lo tomé", respondió el monje. "Si es así, lava tus
platos", fue la réplica inmediata
que, según se dice, al punto abrió la mente del monje a
la verdad del Zen.
Esto basta para demostrar qué cosa trivial
es el satori; mas para apreciar qué papel importante desempeña en el Zen este
trivialísimo incidente de la vida, será necesario añadir algunas
observaciones efectuadas por los maestros,
y a través de ellas el lector
podrá vislumbrar el contenido
del satori.
Ummon (Yü-mén Wén-yen, muerto en el año 949), que vivió poco
después de Jóshu, comentó:
"¿Hubo o no alguna instrucción
especial en la observación de Jóshu? ¿Si la hubo, cuál fue? ¿Si no la hubo, cuál fue el satori que el monje alcanzó?" Tiempo
después, Umpó Monyetsu (Yün-feng Wén- yüeh, 997-1062) replicó
mordazmente, diciendo: "El
gran maestro Ummon no sabe cuál es cuál, y de
ahí su comentario. Fue completamente innecesario; se pareció a pintar piernas a
una víbora y hacer crecer barba a un eunuco. Mi criterio difiere del suyo: ¡ese
monje que parece haber alcanzado satori va al infierno tan directamente como
una flecha!"
Ahora
bien, ¿qué significa todo esto: la
observación de Jóshu acerca del lavado de platos, el logro del satori
por parte del monje, las alternativas de Ummon, y la certidumbre de Monyetsu?
¿Hablan oponiéndose recíprocamente? ¿No se trata de mucho ruido y pocas nueces? Es aquí donde el Zen es
difícil de captar y, al mismo tiempo, difícil de explicar. Agreguemos algunas
preguntas más. ¿Cómo hizo Jóshu que se abriera el ojo del monje con tan
prosaica observación? ¿Tuvo entonces la observación algún significado oculto
que llegó a coincidir con el tono mental del monje? ¿Cómo estuvo el monje tan
mentalmente preparado para el golpe final del maestro, cuyo servicio consistió
tan sólo en apretar el botón, por así decirlo? Por lo que se ve nada se
obtiene de satori con un lavado de platos; tendremos que
buscar por otra parte la verdad del Zen. En cualquier caso, no decir que Jóshu
nada tuvo que ver con la realización del monje. De ahí la observación de Ummon,
que es algo enigmática, pero ajustada. En cuanto al comentario de Monyetsu, es lo que técnicamente se conoce como Nenro, "manipuleo y juego" o "criticismo juguetón”.
Aquél parece efectuar una desdorosa observación sobre Ummon, mas en verdad está
uniendo sus manos a las de sus predecesores.
Tokusan (Teh-shan Hsüan-chien, 779-865) era muy erudito en el
Sutra de Diamante (Vajracchediká). Sabedor
que existía algo como el Zen, que ignoraba todas las escrituras documentadas,
echando mano directamente de la propia alma, acudió ante Ryutan (Lung-t'an)
para ser instruido en la doctrina. Un día Tokusan estaba sentado en el
exterior, tratando de ver dentro del misterio del Zen. Ryutan dijo: "¿Por
qué no entras?" Tokusan replicó: "Está oscuro como boca de
lobo." Se encendió una vela, que fue alcanzada a Tokusan. Cuando éste
estaba a punto de tomarla,
Ryutan apagó la llama súbitamente, y entonces se abrió la mente de Tokusan.5
Hyakujo (Pai-chang Huai-hai, 724-814)
salió un día a asistir
a su maestro Baso (Ma-tsu).
Vieron volar una bandada de gansos salvajes
y Baso preguntó: "¿Qué son?"
"Son gansos salvajes, señor." "¿De dónde vuelan?"
"Se volaron, señor."
Baso, tomando abruptamente la nariz de Hyakujo, se la retorció.
Abrumado por el dolor,
Hyakujo se quejó en voz alta: "¡Oh! ¡Oh!"
"Dices que se volaron", comentó
Baso, "mas todos ellos estuvieron aquí desde el principio mismo."
Esto hizo que la espalda de Hyakujo se humedeciese con fría transpiración. Tuvo el satori.
¿Hay alguna conexión, de algún modo posible, entre lavar los platos, apagar
una vela y retorcer
la nariz? Debemos decir con Ummon: Si no hay ninguna, ¿cómo pudieron todos
llegar a la comprensión de la verdad del Zen? Si la hay, ¿qué relación interior
existe? ¿Qué es ese satori?
¿Qué nuevo
punto de visión de las cosas es éste? Mientras nuestra observación se limite a
aquellas condiciones que precedieron a la apertura
del ojo de un discípulo, tal vez no podamos
comprender plenamente dónde reside la solución última. Se trata de asuntos de
ocurrencia
5 En Místicos y Santos del
Islam, pág. 25, de Claud Field, leemos sobre Hasan Basri: "Otra vez vi
a un niño que venía hacia mí sosteniendo en la mano una antorcha
encendida." "¿De dónde trajiste la luz?", le pregunté. De
inmediato la apago y me dijo: "Oh Hasan, dime dónde se fue, y te diré de
dónde la traje." Por supuesto, aquí el paralelismo es sólo aparente, pues Tokusan obtuvo
su iluminación de una fuente
cabalmente diferente de la del mero
apagarse de la vela. Con todo, el paralelismo es, en sí mismo, lo bastante
interesante como para citarse aquí
cotidiana, y
si el Zen se halla objetivamente entre ellas, cada uno de nosotros es un
maestro antes que se nos hable de ello. Esto es, en parte, verdad, en cuanto en
el Zen no hay nada construido artificialmente, pero si la nariz ha de ser retorcida o la vela apagada realmente a fin de quitar la
escama del ojo, nuestra intención debe dirigirse interiormente al accionar de
nuestras mentes, y es allí donde podremos captar la relación oculta existente
entre los gansos voladores, los platos lavados y la vela apagada, y cualesquiera otros sucesos que entretejen los infinitamente variados patrones de la
vida humana.
Con Daiye (Tai-hui, 1089-1163), el gran maestro Zen de la
dinastía Sung, hubo un monje llamado Dóken (Tao-chien) que pasó muchos años
estudiando Zen, sin bucear aun sus secretos, si es que los tiene.
Estaba desanimado cuando
se lo envió con un recado a una ciudad
lejana. Un viaje que
requiriese medio año para concluirlo sería con seguridad más bien un obstáculo
que una ayuda para su estudio. Sogen (Tsung-yüan), uno de sus cofrades, se
apiadó de él y le dijo: "Te acompañaré en este viaje y haré todo lo que pueda por ti. No hay razón que no puedas seguir
con tu meditación incluso mientras viajas." Partieron juntos.
Una
tarde Dóken imploró desesperadamente a un amigo que le ayudase a resolver el
misterio de la vida. El amigo dijo: "Quiero
ayudarte en todo sentido, pero hay cinco cosas en las que no puedo ayudarte
para nada. Estas debes buscarlas por ti mismo." Dóken expresó el deseo de
saber cuáles eran. "Por ejemplo", dijo el amigo, "cuando tienes
hambre o sed, el que yo coma o beba no llena tu estómago. Debes beber y comer
por ti mismo. Cuando necesitas responder a los reclamos de la naturaleza, debes
encargarte de ellos por ti mismo, pues no puedo serte de utilidad alguna. Y
luego no habrá nadie más, salvo tú, que lleve este cadáver tuyo (i. e. cuerpo) por este camino." Esta observación abrió al punto
la mente del monje buscador de la verdad, quien, transportado por su
descubrimiento, no supo cómo expresar su júbilo. Entonces Sogen le dijo que ya
había cumplido su labor y que su compañía ulterior carecía de significado
después de esto. De modo que se despidieron y Dóken quedó sólo para proseguir el viaje. Seis meses
después, Dóken regresó
a su monasterio. Sucedió
que su maestro, Daiye, le encontró cuando descendía de la montaña, y efectuó la
siguiente observación: "Esta vez lo sabe todo." Podríamos
puntualizar: ¿qué fue lo que destelló en la mente de Dóken cuando su amigo le
dio aquel consejo práctico?
Kyógen (Hsian-yen) fue discípulo de Hyakujo. Al morir el maestro
se dirigió a Yisan (Wei- shan, 771-853), discípulo principal de Hyakujo.
Yisan le expresó:
"Me dijeron que estuviste con mi difunto maestro Hyakujo, y
asimismo que tienes notable inteligencia; pero la comprensión del Zen por este
medio concluye necesariamente en comprensión intelectual y analítica, lo cual
no es de mucha utilidad. Empero, puede que hayas tenido una intuición de la
verdad del Zen.
Permíteme conocer
tu opinión sobre
la razón del nacimiento-y-la-muerte; vale decir, de tu
propio ser antes que tus padres te hicieran nacer."
Interrogado de tal suerte, Kyógen no supo cómo responder. Se
retiró a su cuarto y buscó asiduamente entre las notas que tomara de los
sermones pronunciados por su difunto maestro.
Al fracasar en su búsqueda de un pasaje apropiado que pudiese presentar
como su propio criterio, regresó ante Yisan y le imploró que le instruyese en
la fe del Zen. Pero Yisan le dijo: "En
realidad, nada tengo para impartirte, y si tratase de hacerlo, después tendrías
ocasión de hacerme objeto del ridículo. Además,
cualquier cosa en que te instruya es mía y jamás será tuya." Kyógen
quedó contrariado y consideró que su principal discípulo fue descortés.
Finalmente se decidió a quemar todas
sus notas y recordatorios que no eran de ayuda para su bienestar espiritual, y,
retirándose por completo del mundo, pasó el resto de su vida en soledad y
simplicidad de acuerdo con las normas budistas. Razonaba así: "¿De qué
vale estudiar Budismo, tan difícil de comprender y tan sutil como para recibir
instrucciones de otro? Seré un simple monje paria, sin perturbarme el deseo de dominar cosas tan profundas para el pensamiento." Abandonó a Yisan
y construyó una choza cerca de la tumba de Chu (Hui-chung), el Maestro
Nacional, en Nan-yang. Un día estaba escardando y barriendo el suelo, y al caer
un trozo de roca, chocó con un bambú, y el sonido
producido por la percusión elevó
inesperadamente su mente
a un estado de satori.
La pregunta propuesta por Yisan se tornó transparente; su júbilo no tuvo
límites, sintió como si encontrase nuevamente a su padre perdido. Además, llegó
a comprender la gentileza de su abandonado cofrade principal que rehusó instruirle.
Pues entonces supo que esto no le hubiese ocurrido si Yisan hubiese sido lo
bastante descortés explicándole las cosas.
He aquí el verso que compuso poco después de su logro,
del que podemos obtener una idea
de su satori:
"Un choque me hizo olvidar todo mi conocimiento anterior; para nada se necesita la disciplina artificial;
en
todo movimiento sostengo
el antiguo método, y nunca caigo en la rutina del
mero quietismo; dondequiera camino no dejo rastros,
y mis sentidos no están engrillados por reglas de conducta;
todos quienes alcanzaron la verdad
declaran por doquier que éste es el orden supremo."
IV
Debemos admitir que en el Zen hay algo que desafía la
explicación, y que ningún maestro, por más ingenioso que sea, puede conducir a
sus discípulos a través del análisis intelectual. Kyógen o Tokusan contaron con
bastante conocimiento acerca de las doctrinas canónicas o de los discursos
expositivos del maestro; mas cuando se les requirió lo real, fracasaron en
expresarlo significativamente ya fuera para satisfacción íntima
o para la aprobación del maestro.
Después de todo, el satori no es algo que haya de lograrse mediante la
comprensión. Pero una vez que nos apoderamos de la clave, todo parece
desnudarse ante nosotros; entonces el mundo entero asume un aspecto diferente.
Quienes saben, reconocen este cambio interior. El Dóken anterior a la
iniciación de su misión y el Dóken posterior a la realización eran
aparentemente la misma persona; pero tan pronto Daiye le vio supo lo que había
tenido lugar en él, aunque no pronunció palabra. Baso retorció la nariz de
Hyakujo, y éste se convirtió en un alma tan salvaje como para tener la audacia
de arrollar la estera antes que el discurso del maestro apenas comenzase (ver
más adelante). La experiencia por la que atravesaron interiormente no es una
cosa muy elaborada, complicada e intelectualmente demostrable; pues ninguno de
ellos trató además de exponerla mediante una serie de discursos eruditos;
simplemente hicieron esto o aquello, o pronunciaron una simple frase
ininteligible para los extraños, y el asunto en total fue comprobado muy
satisfactoriamente por el maestro y el discípulo. El satori no puede ser un
fantasma, vacío, sin contenido y carente de valor real, si bien debe ser la experiencia más simple posible,
quizás porque es el fundamento mismo de todas las experiencias.
En cuanto a la apertura del satori, todo lo que el Zen puede
hacer es indicar el camino y dejar el resto, en su totalidad, librado a la
propia experiencia; vale decir, siguiendo la indicación y llegando a la meta;
esto ha de hacerlo uno mismo, sin ayuda ajena. Con todo lo que el maestro puede
hacer, es inútil tratar que el discípulo capte la cosa a menos que se halle
plenamente preparado en su interior para ello. Así como no podemos hacer que un
caballo beba contra su voluntad, la captación de la realidad última debe ser
realizada por uno mismo. Así como la flor brota por propia necesidad interior,
la contemplación dentro de la propia naturaleza debe ser resultado del propio
florecimiento. Es aquí donde el Zen es tan personal y subjetivo, en el sentido
de ser interior y creativo. En la literatura agámica o nikáyica encontramos con mucha frecuencia, frases tales
como: "Atta-dípá viharatha attá saraná anaññá-sa-raná", o "sayam
abhiññá", o "Ditha-dhammo pattadham-mo vidita-dhammo pariyogálha-dhammo aparappaccayo satthu sásane"; éstas demuestran que la
Iluminación es el despertar, dentro de uno mismo y sin depender de los demás,
de un sentido interior en la propia conciencia capacitándonos para crear un
mundo de eterna armonía y belleza: el hogar del Nirvana.
Dije que el Zen no nos brinda auxilio
intelectual alguno, ni que malgasta el tiempo en discutir la cuestión con
nosotros; sino que meramente sugiere o indica, no porque quiera ser indefinido,
sino porque es realmente lo único que puede hacer por nosotros. Si pudiese,
haría algo para ayudarnos a llegar a la comprensión. De hecho, el Zen está
agotando todos los medios posibles para hacer
eso, como podemos apreciarlo en todas las latitudes de los
grandes maestros para con sus
discípulos. 6 Cuando
realmente los derriban, nunca ha de dudarse de su afectuosidad. Se limitan a
esperar el tiempo en que las mentes de sus discípulos maduren totalmente para
el momento final. Cuando éste llega, la oportunidad de abrir un ojo a la verdad del Zen se halla por
doquier. Puede captarse esto al oír un sonido inarticulado, o escuchar una
observación ininteligible, o al observar el brotar de una flor, o al encontrar
cualquier incidente trivial de todos
los días, tal como tropezar, arrollar una estera, usar una pantalla, etc. Todas
éstas son condiciones suficientes que despertarán el propio sentido interior.
Evidentemente, es un suceso insignificante, pero su efecto sobre la mente
sobrepasa infinitamente todo lo que podría esperarse de él. Basta el leve toque
de un alambre en ignición, y tiene lugar una explosión que sacude los cimientos mismos de la tierra. De hecho, todas las causas del satori
están en la mente.
He aquí por qué cuando
suena el reloj, todo cuanto
allí yacía surge como una erupción volcánica o refulge como un rayo.7
El Zen llama a esto "retorno al propio hogar"; pues sus seguidores
declararán: "Ahora te encontraste; desde el mismo inicio nada se mantuvo
alejado de ti. Fuiste tú mismo
quien cerró el ojo al hecho.
En el Zen no hay nada que explicar, nada que enseñar,
que se sume a tu conocimiento. A no ser que eso crezca de ti mismo,
ningún conocimiento es realmente de valor para tí; es un plumaje prestado que
nunca crece."
Kózankoku (Huang
San-ku), estadista poeta confuciano, acudió a Kwaido (Hui-t'ang, 1024- 1100)
para ser iniciado en el Zen. El maestro Zen le dijo: "En el texto hay un
pasaje con el que estás tan cabalmente familiarizado que describe
apropiadamente la doctrina del Zen. ¿No declaró Confucio: "Pensáis que os estoy
restringiendo algo, oh discípulos míos.
En verdad, nada os restringí"? Sankoku trató de
contestar, mas de inmediato Kwaido le hizo guardar silencio diciendo:
"¡No, no!" El discípulo confuciano sintió turbada la mente, y no supo
cómo expresarse. Un tiempo después efectuaron una caminata por las montañas. El
laurel silvestre estaba en plena floración
y el aire era fragante. El maestro
Zen preguntó: "¿Lo hueles?"
Cuando el confuciano respondió afirmativamente, Kwaido dijo: "¡Vaya, no
restringí nada!" Esta sugerencia del maestro condujo al punto a la
apertura de la mente de Kózankoku. ¿No es ahora evidente que el satori no es
algo que haya de imponerse a otro, sino que es auto-crecimiento desde dentro?
Aunque nada se nos quita, es a través del satori que logramos la cognición del
hecho, al convencernos que todos somos suficientes para con nosotros mismos.
Por tanto, todo lo que el Zen procura es afirmar que hay algo como
auto-revelación, o apertura del satori.
6 Véase el Ensayo
titulado "Métodos Prácticos de Instrucción
Zen".
7 El
simil del rayo en el Kena-Upanishad (IV-30),
como suponen algunos eruditos, no es describir el sentimiento de terror inexpresivo con respecto a la naturaleza de Brahmán, sino que ilustra
la irrupción del rayo sobre
la consciencia.
"A—a—ah" es aqui muy significativo.
V
Como
el satori acomete hacia el hecho primario de la existencia, su logro señala un giro en la propia vida. Sin embargo, el logro debe ser amplio y bien definido a fin de producir un resultado
satisfactorio. Para que merezca el nombre de "satori", la revolución
mental debe ser tan completa como para hacer que sintamos real y sinceramente
que tuvo lugar un bautismo de fuego espiritual. La intensidad de este
sentimiento es proporcional a la cantidad de esfuerzo que puso en ejecución
quien procedió a la apertura del satori. Pues en el satori hay una gradación,
tanto en su intensidad, como en toda nuestra actividad mental. Quien posee un
tibio satori no puede sufrir una revolución espiritual como la de Hinzai, o
Bukkó (Fo-kuang), cuyo caso es citado luego. E1 Zen es asunto del carácter y no del intelecto,
lo cual significa que el Zen nace de la voluntad como primer principio de la
vida. Un intelecto brillante puede que fracase en revelar todos los misterios
del Zen, mas un alma vigorosa abrevará
hondamente en la fuente inagotable. No sé si el
intelecto es superficial y sólo toca el linde de la propia personalidad, pero
el hecho es que la voluntad es el
hombre mismo, y el Zen apela a ella. Cuando nos tornamos penetrantemente
conscientes del accionar de este medio, existe la apertura del satori y la comprensión del Zen. Como dicen, la
víbora no creció dentro del dragón; o, más gráficamente, un perro común
—misérrima criatura que menea la cola en procura de comida y simpatía, y que es pateada tan cruelmente por los niños de la calle— se
convirtió ahora en león de dorada cabellera cuyo rugido aterroriza a muerte a
todos los seres de débil mentalidad.
Por tanto, cuando Rinzai se sometió mansamente a los
"treinta golpes" de Obaku, fue digno de lástima; tan pronto alcanzó
el satori fue un personaje muy diferente, y su primera exclamación consistió en
esto: "Después de todo, no hay mucho en el Budismo de Obaku". Y
cuando vio nuevamente al regañón Obaku, le devolvió el favor dándole una
bofetada en el rostro. "¡Qué arrogancia,
qué desvergüenza!", exclamó
Obaku; mas había razón en la rudeza
de Rinzai, y el viejo maestro no pudo sino complacerse
con este trato de su Rinzai anteriormente lloroso.
Cuando
Tokusan logró intuir la verdad del Zen, tomó todos sus comentarios sobre el Sútra de Diamante, que otrora valorara
tanto y considerara indispensables, de tal suerte que tenía que llevarlos
consigo dondequiera fuese;
y les prendió fuego, reduciendo a la nada todos los manuscritos.
Entonces exclamó: "Por más profundo
que sea tu conocimiento sobre filosofía abstrusa, es como un trozo de cabello
ubicado en la vastedad del espacio; y por más importante que sea tu experiencia
en cosas mundanas, es como una gota de agua lanzada dentro de un abismo insondable."
Al día siguiente del incidente de los gansos voladores, al que
hicimos referencia en otra parte, Baso apareció en la sala de predicación, y estaba a punto de hablar ante la congregación, cuando se adelantó
Hyakujo y empezó a enrollar la estera.8 Sin protestar, Baso
descendió de su asiento y regresó a su cuarto. Luego llamó a Hyakujo
y le preguntó por qué había arrollado
la estera antes de
que él pronunciase una palabra.
"Ayer me retorciste la nariz", replicó
Hyakujo, "y eso fue muy doloroso".
"¿Dónde estuvo entonces vagando tu pensamiento?" dijo Baso,
"Hoy ya no me duele, maestro."
¡De qué diferente manera se conduce ahora! Cuando fue retorcida
su nariz era un cabal ignorante de los secretos del Zen. Ahora es un león de
dorada cabellera, es amo de sí mismo, y actúa tan libremente como si fuese dueño del mundo, empujando
incluso a su propio maestro
hasta derribarlo.
No hay duda que el Satori se ahonda en la raíz misma de la individualidad. El cambio que con él se logra es muy destacable, como vemos
por los ejemplos antes citados.
8 Esta se extiende ante el Buda y sobre ella el maestro cumple
su ceremonia de reverencia,
y el
arrollarla significa,
naturalmente, la terminación de un sermón.
VI
Algunos maestros dejaron bajo
la forma poética conocida como "Ge"
(gáthá) lo que percibieron o sintieron en el instante en
que se produjo la apertura de su ojo mental. El verso tiene el nombre especial
de "Toki-no-ge",9 y por las traducciones siguientes el
lector puede extraer sus propias conclusiones sobre la naturaleza y contenido
del satori, tan altamente estimado por los seguidores del Zen. Pero hay algo sobre lo que me agradaría llamar la
atención, y es que el contenido de estos gáthás es tan variado y distinto en lo
que atañe a su sentido literal e inteligible que podemos quedar perplejos en
cuanto a cómo efectuar una comparación de estas exclamaciones diversas. Al ser
a veces versos meramente descriptivos
de los sentimientos del autor en el momento del satori, el análisis es
imposible a no ser que el crítico mismo los haya experimentado una
vez en su propia vida interior. No obstante, estos versos serán de interés
para los estudiosos de la psicología del misticismo
budista, incluso como expresiones meramente emocionales del momento supremo.
El verso siguiente
es de Chókei (Chang-ching, muerto en 932), cuyos ojos se abrieron
cuando arrollada la estera:
"¡Cuan engañado
estuve! ¡En verdad,
cuan engañado!
¡Levanta la estera y ven a ver el mundo!
“¿En qué religión crees?”, tú preguntas.
Alzo mi hossu 10 y golpeo tu boca."
Hoyen (Fa-yen) de Gosozan (Wu-tso-shan), que murió en el año 1104, sucedió a Shutan (Shou- tuan), de Haku-un (Pai-yün), y fue
el maestro de Yengo (Yüan-wu); compuso el verso siguiente cuando se abrió su
ojo mental por primera vez:
"Un lote de tierra
labrantía yace en silencio, junto a la colina,
cruzando mis manos sobre
el pecho, pregunto al viejo labriego gentilmente:
'¿Con cuánta asiduidad lo vendiste y lo volviste
a comprar?" Me placen los
pinos y bambúes que convidan con refrescante brisa."
Yengo (Yüan-wu, 1063-1135) fue uno de los máximos
maestros de la dinastía Sung y el autor de un libro de texto Zen conocido como el
Hekiganshu. Su verso contrasta
notablemente con el de su maestro, Hoyen, y el lector encontrará difícil
exhumar algo de Zen del siguiente romanticismo:
"El pato dorado no exhala más humo oloroso detrás de las cortinas
de brocado;
en medio
de cantos y toques de flauta, él se retira,
totalmente ebrio y sostenido
por otros: feliz
acontecimiento en la vida de un joven romántico,
sólo a su novia le está permitido
conocerlo."
Yenju, de Yómeiji (Yung-ming Yen-shou, 904-975), que perteneció
a la escuela Hógen de Budismo Zen, fue el autor de un libro llamado
Shukyóroku ("Registro del Espejo
de la Verdad") en
cien opúsculos, y floreció a principios de la dinastía Sung.
Su realización tuvo lugar cuando oyó la caída de un atado de leña contra el
suelo.
"¡Algo cayó! No es otra cosa;
a
derecha e izquierda, nada terreno existe:
ríos y montañas y la gran
tierra...
En todos ellos se
revela el Cuerpo del Dharmarája."
9 Tou chi chía, que
significa "el verso de la comprensión mutua", que tiene lugar cuando la mente del maestro y la
mente del discípulo se funden recíprocamente.
10 Originariamente, era un espantador de mosquitos, pero ahora es símbolo de autoridad religiosa. Tiene mango corto, de
poco más de un pie de largo, y un penacho más largo de pelo, por lo común
de cola de caballo o yak.
El primero de los dos versos siguientes es de Yódai-nen (Yang Tainien, 973-1020), estadista de la dinastía Sung, y el segundo, de Iku, de
Toryó (Tu-ling Yü) que fue discípulo de Yógi (Yang-ch'i, 1024-1072), fundador
de la Rama Yógi de la escuela Rinzai:
"Una rueda
de molino, octogonal, corre por el aire;
un león dorado se convirtió en perro:
si quieres esconderte en la Estrella
Norte,
gira en redondo y enlaza tus manos
detrás de la Estrella Sud."
"Tengo una gema que refulge coruscantemente,
estuvo sepultada largo
tiempo bajo preocupaciones mundanas;
esta mañana
desapareció el velo polvoriento y se restauró
su lustre, iluminando ríos y
montañas y diez mil cosas."
Presenté aquí una cantidad suficiente de versos para demostrar cómo varían uno del otro y cómo es imposible sugerir cualquier
explicación inteligible sobre el contenido del satori, por mera comparación o análisis de aquéllos. Algunos
se entienden fácilmente, supongo como expresión
del sentimiento de una nueva revelación; mas en cuanto a lo que esa
revelación es en sí misma, eso requerirá cierto monto de conocimiento personal
para poder describirla más inteligentemente.
Cualquiera
sea el caso, todos estos
maestros dan testimonio de que, en
el Zen, existe algo a través de lo cual es admitido en un nuevo mundo
evaluativo. El viejo modo de ver las cosas es abandonado y el mundo adquiere
nueva significación. Algunos de esos maestros declararían que estaban
"engañados" o que su "conocimiento anterior" fue arrojado
al olvido, mientras
otros confesarían que, hasta ese instante, no tenían
conciencia de la nueva belleza que existe en la "refrescante brisa" y
en la "brillante gema".
VII
Cuando nuestra
consideración se limita al aspecto objetivo del satori
como se lo ilustra hasta
aquí, no parece tratarse de algo muy extraordinario esta apertura del ojo a la
verdad del Zen. El maestro efectúa algunas observaciones, y si éstas llegan a
ser lo bastante oportunas, el discípulo arribará al punto a la realización y
verá dentro de un misterio hasta entonces insoñado. Parecería que todo depende
de qué clase de disposición anímica o que estado de preparación mental se tiene
en el momento. Después de todo, puede sentirse la tentación de pensar que el
Zen es un asunto casual; mas cuando
sabemos que a Nangaku (Nan-yüeh) le llevó ocho largos años contestar la
pregunta: "¿Quién es el que de
esa manera llega hacia mí?", comprenderemos el hecho de
que hubo en él muchísima angustia y tribulación mentales que debió sufrir antes
de poder llegar a la solución final y declarar: "Aunque se afirme que es algo, se yerra por completo." Debemos
procurar observar dentro del aspecto psicológico del satori, donde se revela el
mecanismo interior de la apertura de la puerta hacia los secretos
eternos del alma humana. Esto se efectúa
mejor citando a algunos de los maestros cuyas
afirmaciones introspectivas están documentadas.
Kóhó (Kao-féng, 1238-1285) fue uno de los grandes maestros
de la última parte de la dinastía
Sung. Cuando
el maestro le permitió.por primera vez dedicarse al "Mu de Yóshu",11
se esforzó arduamente en el problema. Un día su maestro Set-sugan (Hsüeh-yen),
le preguntó repentinamente: "¿Qué es lo que transporta por ti este tu cuerpo sin vida?" El pobre no supo qué hacer con la pregunta, pues el maestro era cruel, y a esto seguía por lo
común un golpe tremendo. Tiempo después, una noche, en medio del sueño, recordó
el hecho de que, una vez, con otro maestro, se le dijo que averiguase el
significado último de la afirmación: "Todas las cosas retornan al
Uno",12 y esto le mantuvo levantado toda esa noche y eso
sucedió durante varios días y noches.
Hallándose en este estado de extrema tensión mental, se sorprendió un día observando el verso
de Coso Hoyen en su propio retrato, que en parte decía:
"Cien años: treinta y seis
mil mañanas;
¡Esto misino,
viejo amigo, sigue
adelante por siempre!"
Esto hizo que, al punto,
se disolviese su duda eterna
sobre: "¿Qué es lo que transporta por ti este tu cuerpo
sin vida?" Fue bautizado y se convirtió en un hombre completamente nuevo.
En su Koroku ("Dichos Registrados")
nos deja un relato de aquellos tiempos de esfuerzo mental en la siguiente
narración: "En los viejos tiempos, cuando yo estaba en Sókei
(Shuang-ching), y antes de que transcurriese un mes tras mi regreso a la Sala
de Meditación de allí, una noche, hallándome
profundamente dormido, me encontré de repente fijando
mi atención en la pregunta: "¿Todas las cosas retornan
al Uno, pero ¿adónde retorna este Uno?" Mi atención estaba tan
rigurosamente fija en esto, que descuidé el sueño, olvidé la comida, y no
distinguí el Este del Oeste, ni la mañana de la noche. Ya fuese que extendiese
al mantel, colocase las escudillas, atendiese mis necesidades naturales, me
moviese o descansase, o hablase o guardase silencio, mi existencia íntegra estaba envuelta por la pregunta:
"¿Adónde retorna este Uno?" Ningún otro pensamiento perturbó jamás mi
conciencia; no, aunque quisiese agitar la mínima porción de pensamiento
irrelevante hacia el pensamiento central, no podría hacerlo así. Era como estar
atornillado o pegado por más que procuré librarme, el pensamiento rehusó
moverse. Estando en medio de una multitud o congregación tenía la sensación de
que yo mismo era todos. Desde la mañana hasta la noche, y desde la noche hasta
la mañana, tan transparentes, tan tranquilos, tan majestuosamente por encima de
todas las cosas eran mis sentimientos. ¡Absolutamente puros, sin una partícula de polvo! Mi único
pensamiento cubría la eternidad; tan calmo era el mundo exterior, me hallaba
tan olvidado de la existencia de los demás.
Como idiota, como imbécil, transcurrieron así seis días y noches cuando entré al Templo con el resto,
recitando los Sútras, y sucedió que alcé la cabeza y miré el verso de Goso.
Esto me hizo despertar repentinamente del hechizo, y brotó en mí el significado de "¿Quién transporta este tu cuerpo
sin vida?", la pregunta que una vez me formulara mi viejo maestro. Sentí como si
este espacio ilimitado se rompiese en pedazos, y la gran tierra se aplanase por
completo. Me olvidé de mí mismo, olvidé el mundo; era como un espejo que
refleja a otro espejo. ¡Ensayé mentalmente diversos koans y los encontré tan transparentemente
claros. Ya no estaba engañado en cuanto al maravilloso
accionar del Prajñá (la sabiduría trascendental)." Después, cuando Kóhó
vio a su viejo maestro, éste se apresuró a preguntarle: "¿Qué es lo que
transporta este tu cuerpo
sin vida?" Kóhó barbotó: "¡Kwatz!" Entonces el maestro
tomó una vara,
listo para darle un golpe, mas el discípulo
la detuvo, diciendo: "Hoy no puedes
darme un golpe." "¿Por qué no puedo?",
fue la pregunta del maestro. Sin embargo, en lugar de replicarle, Kóhó abandonó
la habitación rápidamente.
Al día siguiente, el maestro le preguntó:
11
Este es uno de los más célebres koans y por lo general se le da al iniciado
como "iluminador". Cuando un monje preguntó a Jóshu si en un perro
había Naturaleza Búdica, el maestro respondió: "¡Mu!" (wu en chino), que significa
literalmente: "no". Pero como hoy en día lo entienden los seguidores
de Rinzai, eso no significa nada negativo como puede sugerírnoslo
corrientemente el término; se refiere a algo muy afirmativamente positivo, y se le dice al novicio que lo averigüe por
si mismo, sin depender de los demás (aparapaccaya),
pues no se le dará explicación alguna, ya que no hay ninguna posible. Este
koan se conoce vulgarmente como "Mu o Muji de Jóshu". El koan es un
tema, afirmación o pregunta
formulados al estudiante del Zen en pro de una solución, lo cual lo conducirá hacia la intuición espiritual. El tópico será
encarado integralmente en la Segunda Serie de los Ensayos sobre Budismo Zen.
12 Otro koan para principiantes. Una vez un monje preguntó
a Jóshu: "Todas las cosas retornan
al Uno, pero ¿dónde retorna
el Uno?" A lo cual, el maestro contestó: "Cuando yo estaba en la
provincia de Seiju (Ts'ingchou) tuve una vestimenta monacal Que pesaba siete
kin (chin).
"Todas las cosas
retornan al Uno, pero ¿adónde
retorna el Uno?" "El perro está lamiendo
el agua hirviente del caldero."
"¿De dónde sacaste esta insensatez?", le reprochó el maestro.
"Mejor que lo averigües tu mismo", fue la pronta respuesta. El maestro quedó bien satisfecho.
Hakuin (1683-1768 )13 es otro de aquellos maestros
que documentaron por escrito su primera experiencia Zen, y leemos, en su libro
titulado Orategama, el siguiente
relato: "A los veinticuatro años de
edad estuve en el Monasterio Yegan de
Echigo. (Como en aquella época mi tema era el "Mu de Jóshu") me contraje asiduamente a él. Durante
días y noches no dormí,
olvidé comer y acostarme, cuando tuvo lugar muy
abruptamente una gran fijación mental14 (tai-i). Tuve la sensación de congelarme en un campo helado que se
extendía por miles de millas, y dentro de mí había una sensación de suma
transparencia. No existía el ir hacia adelante ni el resbalar hacia atrás; yo
parecía un idiota, un imbécil, y no había nada, salvo el "Mu de
Jóshu". Aunque asistí a las disertaciones de mi maestro, me sonaban a una
discusión que se sucedía en una sala lejana, a muchas yardas de distancia.
Algunas veces mi sensación era la de volar por el aire. Pasé varios días en este
estado, cuando una noche sonó la campana del templo, que alteró todo en conjunto.
Fue como si se rompiese una jofaina de hielo o se
abatiese una casa hecha de jade. De
repente, al despertar de nuevo descubrí que yo mismo era Gantó 15 (Yen-t'ou),
el viejo maestro, y que a través de todos los móviles cambios del tiempo no se había perdido ni una porción
(de mi personalidad). Cualquiera fuera la
duda e indecisión que yo tuviese artes, estaba completamente disuelta como un
pedazo de hielo derretido. Grité con fuerza: "¡Qué maravilloso! ¡Qué
maravilloso! No hay nacimiento-y-muerte del que haya que escapar, ni hay
conocimiento supremo alguno (Bodhi) por
el que haya que pugnar. Todas las complicaciones 16 pasadas y
presentes, que suman mil setecientas, no son dignas siquiera de la molestia de
describirlas."
El caso de Bukkó (Fo-kuang), el Maestro Nacional,17
fue más extraordinario que el de Kakuin, y afortunadamente también en este caso
tenemos su propia documentación detallada. "A los catorce años",
escribo Bukkó, "subí a Kinzan. A los diecisiete me decidí a estudiar
Budismo y empecé a desentrañar los misterios del "Mu de Jóshu". Yo
esperaba concluir el asunto en un año, pero después de todo no llegué a
comprensión alguna. Pasé otro año sin mucho provecho, y tres años más, sin descubrir tampoco
mi progreso. En el año quinto o sexto,
si bien no se produjo en mí cambio especial alguno, el "Mu" se
adhirió a mí tan
13 Se trata del fundador de la moderna
escuela japonesa Rinzai
del Zen. Todos los maestros
pertenecientes actualmente a esta escuela
en el Japón remontan a Hakuin su linaje de transmisión.
14 Literalmente,
"una gran duda", pero no significa
eso, pues el término "duda" no se entiende
aquí en su sentido corriente. Significa
un estado de concentración llevada
a su cima suprema.
15 Gantó (Yen-t'ou, 828-887) fue uno de los
grandes maestros Zen de la dinastía T'ang. Fue asesinado por un forajido y se dice que su grito de muerte
llegó a muchas millas a la redonda. Cuando Hakuin estudió por primera
vez el Zen, este trágico incidente en la vida de un eminente maestro Zen
que se supone se halla por encima de todas las dolencias humanas, le perturbó muchísimo, y se preguntó
si el Zen era realmente el evangelio de la salvación. De ahí esta alusión a
Gantó, Nótese asimismo que lo que Hakuin descubrió
fue una persona viva y no
una razón abstracta ni algo conceptual. El Zen nos conduce,
en última instancia, a algo vivo, funcional, y
esto se conoce como "ver dentro de la propia Naturaleza" (chien-hsing).
16 Los
koans (kung-an) a veces se llaman
"complicaciones", (ké-t'éng); literalmente
significan "enredaderas y wistarías"
que se enroscan y enmarañan, pues según los maestros no debería existir
algo como el koan en la naturaleza misma del Zen, siendo una invención
innecesaria que enmaraña y complica las cosas más que antes. La verdad del Zen no tiene necesidad de koans. Se supone que hay mil setecientos koans que ponen
a prueba lo genuino
del satori.
17
Tsu-yüan (1226-1286) llegó al Japón cuando la familia Mojó estaba en el poder,
en Kamakura. Fundó el monasterio Engakuji, que es uno de los principales
monasterios Zen del japón. Hallándose todavía en la China, sn templo fue invadido por soldados de la dinastía
Yüan, que amenazaron con matarlo, pero Bukkó quedó
impertérrito y pronunció
sosegadamente el verso siguiente:
"En todo el cielo y la tierra no hay una porción de suelo en la que pueda insertarse un solo palo; me complace que todas las cosas
sean vacías, yo mismo y el mundo;
honrada sea la espada,
de tres pies de largo,
blandida por los grandes espadachines Yüan;
pues esto se parece a cortar una brisa primaveral con el resplandor de un
relámpago."
inseparablemente
que no pude librarme de él ni siquiera mientras dormía. Todo este universo me pareció que no era otra cosa que el "Mu" mismo. Mientras tanto, un viejo monje me dijo que lo dejase de lado por un
tiempo y viese cómo marchaban las cosas a mi respecto. De acuerdo con este
consejo, descarté por
completo todo el asunto y me senté en silencio. Pero debido a que el "Mu" me había
acompañado tan largo tiempo, de ningún modo me pude librar de él por más que lo
intenté. Cuando estaba sentado, yo olvidaba que estaba sentado; tampoco tenía conciencia de mi propio cuerpo. No
prevalecía nada, salvo una sensación de cabal vacío mental. Así pasó medio año. Como pájaro
escapado de su jaula, mi mente, mi conciencia, se desplazó en derredor (sin restricciones) a veces hacia
el Este, otras,
hacia el Oeste, y otras hacia
el Norte o el Sud. Sentado18 durante dos
días sucesivos, o durante un día y una noche, no sentí fatiga alguna.
"En esa época había
en el monasterio unos novecientos
monjes residentes, entre los cuales se hallaban muchos devotos
estudiosos del Zen. Un día, estando sentado,
sentí como si mi mente y
mi cuerpo se separasen una del otro y perdiesen la oportunidad de volverse a
unir. Todos los monjes que me rodeaban pensaron que yo había muerto, pero un
monje anciano que se hallaba allí, dijo que yo estaba yerto en un estado de
inmovilidad al quedar absorto en profunda meditación, y que si se me cubría con
mantas calientes, por mí mismo recobraría el sentido. Esto demostró ser cierto,
pues al fin me desperté saliendo de ese estado; y cuando pregunté a los monjes que estaban cerca de mi asiento cuánto tiempo había estado en esa condición, me dijeron que un día y una
noche.
Después de esto, me mantuve todavía en mi práctica de postura
sedentaria. Entonces pude dormir un poco. Al cerrar los ojos, se presentó ante éstos una vasta extensión de vacío, que entonces asumió la forma de un corral. Caminé y
caminé por este pedazo de tierra hasta familiarizarme cabalmente con el
terreno. Pero tan pronto abriéronse mis ojos, la visión desapareció por
completo. En otra ocasión, bien avanzada
la noche, estaba
yo sentado y mantuve abiertos
los ojos, y tuve conciencia de estar sentado en mi asiento.
De repente, llegó a mi oído el sonido de un golpe sobre la tabla, frente al
cuarto del monje principal, y eso me reveló de inmediato y plenamente al
"hombre original". Luego no se produjo más aquella visión que se
presentaba cuando yo cerraba los ojos. Bajé prestamente de mi asiento, corrí
hacia afuera, bajo la luz de la luna, y subí a la casa-jardín llamada Ganki,
donde, contemplando el cielo, reí estrepitosamente: "¡Oh, cuan grande es
el Dharmakáya! ¡Oh, cuan grande e inmenso por siempre jamás!"
"Desde
entonces mi júbilo no conoció límites. No pude sentarme en silencio en la Sala
de Meditación; vagué sin propósito definido
por las montañas, caminando en una y otra dirección.
Pensé en el sol y la
luna atravesando en un día el espacio de 4.000.000.000 de millas de anchura.
'Mi morada actual está en la China',
reflexioné entonces, 'y dicen que el distrito
de Yang es el centro de la tierra'. Si es así, este
lugar debe estar a 2.000.000.000 de millas de distancia de donde sale el sol;
¿y cómo es que tan pronto sale, sus rayos no se "demoran en golpear mi
cara?" Reflexioné nuevamente: "Los rayos de mi propio ojo deben
deshacerse tan instantáneamente como los del sol cuando alcanza a aquellos; mis ojos, mi mente, ¿no son el Dharmakáya
mismo?" Al pensar así, tuve la
sensación de que todos los lazos se rompían y quebraban en pedazos, habiéndome atado durante
tantas edades. ¡Cuántos años innumerables había estado yo sentado en el
hormiguero!
¡Hoy en día
en todos los poros de mi piel están todas las tierras búdicas de los diez
sectores! Pensé para mi coleto: 'Aunque
no tenga un satori mayor,
ahora soy auto-suficiente para conmigo mismo.'"
He aquí el verso compuesto por Bukkó en el momento
del satori, describiendo sus sentimientos íntimos:
"De un sólo golpe destruí por completo la cueva de los fantasmas;
¡Mira, allí huye el férreo rostro
del monstruo Nata! Mis
oídos están sordos y mi lengua, atada;
¡si la tocas vanamente, la estrella ardiente
brota!"19
18 Vale decir, sentado, con las piernas
cruzadas, en meditación.
19 Esta vivida expresión
nos recuerda el símil del relámpago en el
Kena-Upanishad (IV, 30):
"Este es el modo en que Eso (vale decir, Brahmán) ha de ilustrarse:
Cuando los relámpagos se aflojan,
a... a... |ah!
Cuando eso hizo que los ojos se cerrasen, a... a... ¡ah!
El resplandor del relámpago es también la analogía favorita de
los maestros Zen; la inesperada eclosión de satori dentro del campo corriente de la consciencia tiene algo de la naturaleza del relámpago. Llega de modo tan repentino, y cuando se produce,
el mundo al punto se ilumina y se revela
en su integridad y en su unidad
armónica; mas cuándo se desvanece, todo se retrotrae a
su vieja oscuridad y confusión.
VIII
Estos casos bastarán para demostrar aquí qué proceso mental ha
de experimentarse antes de que tenga lugar la apertura del satori. Por
supuesto, éstos son ejemplos destacados y altamente acentuados, y todo satori
no es precedido por tal grado extraordinaria de concentración Mas una
experiencia más o menos similar a éstas debe ser el antecedente necesario de
todo satori, en especial del que ha de experimentarse al iniciarse el estudio. Entonces
el espejo de la mente o el campo de la conciencia parece estar
purificado tan integralmente como para no dejar en él ni una partícula de
polvo.
De manera que cuando se suspende temporalmente toda la acción
mental, incluso desaparece la consciencia del esfuerzo de
mantener concentrada una idea en el centro de la atención; vale decir, cuando,
como dicen los seguidores del Zen, la mente está tan completamente poseída o
identificada con su objeto del pensamiento que se pierde hacia la consciencia
de la identidad como cuando un espejo refleja a otro espejo, el sujeto tiene la
sensación de vivir en un palacio de cristal, totalmente transparente, refrescante, vivaz y real. Pero aun no
se llegó al final, y éste es
meramente el estado preliminar que conduce a la consumación llamada satori. Si
la mente permanece en este estado de fijación,
no habrá ocasión de que se
despierte a la verdad del Zen. E1 estado de la "Gran Duda" (tai-gi), como se lo conoce
técnicamente, es el antecedente. Esto debe interrumpirse y explotarse en la
etapa siguiente, la cual consiste en la contemplación dentro de la propia
naturaleza o la apertura del satori.
La explosión, pues no se trata de otra cosa, tiene lugar
generalmente cuando este equilibrio delicadamente balanceado se inclina por una
razón u otra. Es lanzada una piedra en una extensión de agua en perfecta
quietud, y de inmediato la perturbación se expande por toda la superficie. Es
algo parecido a esto. Repica un sonido en la puerta de la consciencia tan
herméticamente cerrada, y de
inmediato se refleja en todo el ser del individuo. Este despertó en el sentido más vivido de la palabra.
Sale bautizado en el fuego de la creación. Vio la obra de Dios en su propio
taller. Puede que la ocasión no surja necesariamente al oír la campana de un
templo, puede ser leyendo un verso, o viendo algo que se mueve, o la irritación
del sentido del tacto, y entonces eclosiona en satori un estado de
concentración muy elevadamente acentuado. Sin embargo, puede ser que la
concentración no se sostenga hasta un grado casi anormal como en el caso de Bukkó. Puede que dure tan sólo un segundo
o dos, y si se trata del género correcto de concentración, y el maestro
la maneja bien, seguirá la inevitable apertura de la mente.
Cuando el monje Jó (Ting) preguntó
a Rin-zai: "¿Cuál es el principio último del Budismo?", el maestro descendió de inmediato de su asiento, aferró al
monje, le abofeteó y lo apartó de sí a empellones. El monje quedó estupefacto.
Un circunstante sugirió: "¿Por qué no haces una reverencia?"
Obedeciendo la orden, Jó estaba a punto de inclinarse, cuando abruptamente
despertó a la verdad del Zen.
En este caso, la autoabsorción o concentración de Jó
aparentemente no duró mucho; la inclinación fue el punto de giro, quebró el hechizo y no le hizo
recobrar el sentido, el sentido corriente de la conciencia, sino la consciencia
interior de su propio ser. Por lo general carecemos de documentos relativos
a la actividad interior previa al satori,
y puede pasarse
a la ligera el suceso como un
incidente meramente feliz o alguna treta intelectual carente de trasfondo más
hondo. Cuando leemos esos documentos, tenemos que proveernos por nuestra propia
experiencia, cualquiera sea ésta, todas las necesarias condiciones antecedentes
para forzar el satori.
IX
Hasta aquí el fenómeno llamado
satori en el Budismo Zen ha sido encarado como constitutivo
de la esencia del Zen, como punto de giro de la propia vida, que abre la mente
a un mundo más vasto y hondo, como
algo que se recoge incluso de un incidente muy trivial
de la vida cotidiana; y luego
expliqué cómo el satori ha de surgir de la propia vida interior, y no con ayuda
externa alguna sino sólo indicando el camino hacia él. Luego procedí a
describir qué cambio introduce el
satori en la propia idea de las cosas, vale decir, cómo altera totalmente la
anterior valoración de las cosas en general, haciendo que entonces nos apoyemos
sobre una base enteramente diferente. A título ilustrativo fueron citados
algunos versos compuestos por los maestros en el momento de lograr el satori.
En su mayoría describen los sentimientos que experimentaran, como los de Bukkó,
Yódainen, Yengo y otros, típicos de su clase, pues casi carecen de elementos
intelectuales. Si se procura extraer algo de estos versos mediante un mero
proceso analítico, el resultado será una gran contrariedad. El aspecto
psicológico del satori, que Hakuin y otros narran minuciosamente, será de gran interés para aquellos que están ansiosos de efectuar una indagación
psicológica del Zen. Por supuesto, no lo harán sólo estas narraciones, pues hay
muchas otras cosas que considerar a fin de estudiar esto integralmente, entre
las cuales puedo mencionar la actitud budista general hacia la vida y el mundo,
y la atmósfera histórica en la que se hallan los estudiantes del Zen.
Deseo cerrar este Ensayo efectuando unas pocas observaciones generales, a modo de
recapitulación, sobre la experiencia budista conocida como satori.
1) Las
personas imaginan con frecuencia que la disciplina del Zen consiste en inducir
un estado de autosugestión a través de la meditación. Como podemos apreciarlo
por los diversos ejemplos antes citados, el satori no consiste en la producción
de cierto estado premeditado mediante un pensamiento intenso acerca de él. Es
tomar conciencia de un nuevo poder de la mente, que la capacitó para juzgar las
cosas desde un nuevo punto de vista. Ya desde el desenvolvimiento de la
consciencia fuimos conducidos a responder
a las condiciones internas y externas de cierta manera conceptual y analítica. La disciplina del Zen consiste
en volcar de una vez por todas esta estructura construida
artificialmente y en remodelarla sobre una nueva base. La estructura anterior
se llama "Ignorancia" (avidyá) y
la nueva estructura se llama "Iluminación" (sambodhi). Por tanto, es evidente que meditar sobre una afirmación metafísica o simbólica, que es
producto de nuestra consciencia relativa, no desempeña papel alguno en el Zen,
como me referí a esto en la Introducción.
2)
Sin
el logro del satori nadie
puede entrar en el misterio
del Zen. Es el fulgor
repentino de una nueva Verdad que hasta entonces no se
soñó jamás. Es una especie de
catástrofe mental que tiene lugar totalmente de repente después de tanto
amontonar material intelectual y demostrativo.
El amontonamiento alcanzó su límite y todo el edificio ha de derrumbarse
ahora, cuando he aquí se abre un nuevo cielo ante su examen pleno. El agua se
congela súbitamente cuando alcanza cierto punto, el líquido se convirtió en
sólido, y ya no fluye más. El satori cae sobre nosotros, desprevenidos, cuando
pensamos haber agotado todo nuestro ser. En
lo religioso, éste es un nuevo nacimiento, y en lo moral, la revalorización de
la propia relación para con el mundo. Este ahora se presenta vestido con
diferente ropaje que cubre toda la fealdad del dualismo, que según la
fraseología budista se llama engaño (maya)
nacido del razonamiento (tarka) y del
error (vikalpa).
3) El
satori es la razón de ser del Zen, y sin el cual el Zen no es Zen. Por tanto, todo arbitrio (upáya), disciplinado o doctrinal, se
dirige al logro del satori. Los maestros Zen no tuvieron paciencia como para que el satori
llegase por sí; vale decir, para que llegase esporádicamente y como a su antojo. Buscaron
con fervor algún medio para hacer que las personas comprendiese deliberada y
sistemáticamente la verdad del Zen. Sus presentaciones manifiestamente
enigmáticas respecto de éste tendieron, en su mayor parte, a crear un estado
mental en sus discípulos, que pavimentaría el camino hacia la iluminación del
Zen. Todas las demostraciones intelectuales y
persuasiones exhortativas, hasta entonces llevadas adelante por la
mayoría de los líderes religiosos y filosóficos, no pudieron producir el efecto
deseado. Los discípulos se desviaban cada vez más. En especial cuando el
Budismo fue introducido en la China con todos sus bagajes hindúes, con sus
abstracciones altamente metafísicas, y en un complicadísimo sistema de
disciplina moral, los chinos no llegaron a captar el punto central de la
doctrina del Budismo. Daruma, Yenó, Baso
y otros maestros advirtieron el hecho. El resultado natural fue la proclamación del Zen; el satori fue
ubicado por encima de la lectura de los Sútras y de la discusión erudita de los
Sastras, y llegó a identificarse con el Zen. Por lo tanto, el Zen sin satori es como el pimiento sin su
picor. Pero al mismo tiempo no debemos olvidar que hay algo como el demasiado
satori, que en verdad ha de ser detestado.
4)
; Este énfasis sobre el Zen del
satori, por sobre todo lo demás, torna muy significativo el hecho de que el Zen no es un sistema dhyánico como lo practican en la India
y en otras escuelas budistas
diferentes al Zen. Por dhyána se entiende popularmente una clase de meditación
o contemplación; vale decir, la fijación del pensamiento, en especial en el
Budismo mahayánico, sobre la doctrina
del vacío (súnyatá). Cuando la mente
está tan preparada como para realizar el estado del vacío perfecto, en el que
no queda rastro alguno de consciencia, habiendo desaparecido incluso la
sensación de estar inconsciente —en otras palabras, cuando todas las formas de
la actividad mental son barridas del campo de la conciencia, que ahora se
parece a un cielo exento de toda mota de nubes, a una mera extensión amplia de
azul— se dice que el dhyána alcanzó su perfección. Esto puede llamarse éxtasis
o trance, pero no es Zen. En el Zen debe haber satori; debe haber un cataclismo
mental general que destruya las viejas acumulaciones de la intelectualidad y
eche los cimientos de una nueva fe; debe existir el despertar de un nuevo sentido
que reverá todas las viejas cosas desde un ángulo perceptivo enteramente
renovado. En el dhyána no existe ninguna de estas cosas, pues es meramente un
ejercicio aquietador de la mente. Como tal tiene, sin duda, sus propios méritos,
mas el Zen no ha de identificarse con tales dhyánas. Por
ello el Buda no se mostró satisfecho con sus dos maestros Sankhyas, en cuya doctrina las meditaciones eran tantas
etapas de auto-abstracción o aniquilación del pensamiento.
5) El
satori no es ver a Dios tal cual es, como pueden afirmarlo algunos místicos
cristianos. Desde sus mismos inicios el
Zen aclaró su tesis principal, que consiste en ver dentro de la obra de la
creación y no en entrevistar al creador mismo. Este puede que se halle muy ocupado moldeando su
universo, pero el Zen puede continuar su propia obra aunque aquél no se halle
allí, pues no depende de su apoyo. Cuando capta la razón de vivir la vida, se
queda satisfecho. Hoyen, de Goso-zan, acostumbraba extender su mano y preguntar
a sus discípulos por qué se llamaba mano. Cuando se conoce la razón, hay satori y tenemos Zen. Mientras que con respecto
al Dios del
misticismo existe la captación de un
objeto definido, y cuando se tiene a Dios, se excluye lo que no es Dios.
Esto es auto-limitación. El Zen quiere libertad absoluta, incluso de Dios.
"Sin morada", significa eso; "Limpia tu boca hasta cuando pronuncies la palabra 'Buda'",
implica la misma cosa. No es que el Zen quiera ser morbosamente profano
y ateo, sino que conoce lo incompleto de un nombre. Por eso
cuando a Yakusan (Yüeh-shan) se le pidió que disertase, no profirió palabra y
en vez de ello descendió del pulpito y se alejó hacia su habitación. Hyakujo
(Pai-chang) se limitó a dar unos pocos pasos adelante, permaneció en silencio y
abrió sus brazos: esta fue su exposición sobre un gran principio del Budismo.
6) El
satori es la experiencia individual más íntima y por tanto no puede expresarse
con palabras ni describirse de manera alguna.
Todo cuanto podemos
hacer a modo de comunicación de la experiencia a los
demás, es sugerir o indicar, y esto sólo a modo de tentativa. Quien lo tuvo entiende prestamente cuando se le dan
tales indicaciones, mas cuando procuramos vislumbrarlo a través de indicaciones
dadas, fracasamos cabalmente. Entonces
nos parecemos al hombre que dice que ama a la mujer más bella del mundo y que
sin embargo nada sabe de su prosapia o posición social, de su nombre personal o
familiar, nada sabe de su individualidad tanto
física como moral.
Además, nos parecemos al hombre que levanta una escalera
en un sitio de confluencia de cuatro caminos, para ascender con ella
hasta el piso superior de una mansión, y que
con todo no sabe con precisión
dónde está la mansión, si en el Este o el Oeste, en el Norte o el Sud. El Buda fue muy preciso cuando
ridiculizó a todos aquellos filósofos y vanos charlatanes de su tiempo, que
meramente se ocuparon de abstracciones, rumores vacuos e indicaciones
infructíferas. Por tanto el Zen
quiere que alcemos la escalera precisamente en el frente del palacio mismo a
cuyo piso superior hemos de ascender. Cuando
podemos decir: "Esta es la
personalidad, esta es la casa", entrevistamos cara a cara al satori y lo
realizamos por nosotros mismos. (Ditthe va dhamme sayam abhiñña
sacchikatvá.)
7)
El satori no es un estado morboso de
la mente, ni un tema propio de la psicología anormal. Si se trata de algo, es un estado
mental perfectamente normal.
Cuando hablamos de cataclismo
mental, podemos ser inducidos a considerar al Zen como algo separado del común de la gente.
Esta es una opinión equivocada acerca del Zen, sostenida lamentablemente por críticos
prejuiciosos. Como lo declaró Nansen (Nanch'üan) es nuestro "pensamiento
cotidiano". Más tarde, cuando un monje preguntó al maestro20
qué había querido decir con "pensamiento cotidiano", le dijo:
"Bebiendo
te, comiendo arroz, paso mi tiempo
tal como viene;
observando el río, contemplando las montañas,
¡Cuán sereno
y descansado verdaderamente me siento!"
Todo depende del ajuste del gozne
ya sea que la puerta
se abra hacia adentro o hacia afuera.
Hasta en el
guiñar de un ojo, cambia toda la cuestión, y tenemos Zen, somos tan perfectos y
normales como siempre. Más que eso, mientras
tanto hemos adquirido algo enteramente nuevo. Todas las actividades mentales
funcionan ahora según una clave diferente, que es más satisfactoria, más
pacífica, y más plena de goce que algo tenido jamás. Se altera el tono de la
vida. Hay en ella algo rejuvenecedor. Las flores primaverales lucen más bellas,
y el río de la montaña corre más fresco y transparente. La revolución subjetiva
que produce este estado de cosas no
puede llamarse anormal. Cuando la vida
se torna más disfrutable y su extensión
es tan vasta como el universo mismo,
debe haber en el satori algo cabalmente saludable y digno para que se pugne por
su logro.
8)
Se supone que vivimos en el mismo
mundo, pero ¿quién puede decir que lo que vulgarmente llamamos una piedra
caída ante esta ventana sea la misma
cosa para todos
20 Pao-tz'u Wén-ch'in, discípulo
de Pao-fu Ts'ung-chan, que murió en el año 928 d'.C.
nosotros?
Según el modo con que la miremos, para algunos la piedra cesa de ser piedra,
mientras que para otros sigue siendo por siempre un indigno espécimen
del producto geológico. Y esta divergencia inicial
de criterios concita
una serie interminable de divergencias posteriores en nuestras vidas moral y
espiritual. ¡Basta retorcer apenas, por así decirlo, nuestra modalidad de
pensamiento, y qué mundo de
diferencias surgirá eventualmente
entre uno y otro! Lo mismo ocurre
con el Zen; el satori es este retorcer, o más bien este atornillar, no en el
sentido equivocado, sino en un sentido más profundo y pleno, y el resultado es
la revelación de un mundo de valores enteramente nuevos.
Además, usted y yo tomamos una taza de te. El acto es similar en
apariencia, ¿pero quién puede decir qué vasta brecha hay subjetivamente entre usted y yo? En su acto de beber puede no haber Zen, mientras el mío está lleno
hasta el borde de Zen. La razón es que uno se desplaza en el círculo lógico y
el otro está fuera de él; vale decir, en un caso se afirman las denominadas
rigurosas normas intelectivas, y el actor, hasta cuando actúa, es incapaz de
liberarse de estas ataduras intelectuales;
mientras en el otro caso, el sujeto descubrió un nuevo sendero
y no es del todo
consciente de la dualidad de su acto; en él la vida no está partida entre
objeto y sujeto, ni entre quien actúa y lo actuado. En ese instante beber
significa para él el hecho en conjunto, el mundo en conjunto. El Zen vive y,
por tanto, es libre, mientras nuestra vida "corriente" está en la
esclavitud; el satori es el primer paso hacia la libertad.
9)El satori
es la Iluminación (sambodhi). En
la medida en que el Budismo es la doctrina
de la Iluminación, como
sabemos que lo es, desde su literatura más primitiva hasta la última, y en la
medida en que el Zen asegura que el satori es su culminación, el satori debe
decirse que representa el espíritu mismo de la doctrina budista. Cuando se anuncia
como la transmisión del citta búdico (fo-hsin),
sin depender de la exposición lógica ni discursiva de los escritos
canónicos, ya sea el Hínayána o el Maháyána, de ningún modo exagera su
característica fundamental que lo distingue de las demás escuelas budistas
surgidas en Japón y China. Sea esto lo que fuere, no hay duda que el Zen
es uno de los bienes más preciosos y en muchos aspectos más destacables,
legados al pueblo oriental. Aunque se lo considere la forma budista del
misticismo especulativo, desconocido para Occidente en la filosofía de Plotino,
Eckhart, y sus seguidores, su literatura completa solamente, a partir del sexto
patriarca, Yenó (Hui-néng, 638- 713), tan bien conservada, es digna del estudio
serio de eruditos y buscadores de la verdad. Y entonces todo el cuerpo de
koans, que sistemáticamente gradúan el progreso del despertar espiritual, es en
la actualidad el tesoro maravilloso en manos de los monjes Zen del Japón.
MÉTODOS PRÁCTICOS DE INSTRUCCIÓN ZEN
"¿Qué
es el Zen?" Esta es una de las preguntas más difíciles de responder. Me
refiero a la satisfacción del que interroga, pues el Zen rehúsa, hasta a modo de tentativa, ser definido o descripto
de manera alguna. El mejor modo de entenderlo será, por supuesto,
estudiarlo y practicarlo al menos unos años en la Sala de Meditación.
Por tanto, incluso después que el lector haya leído totalmente este Ensayo, aún
estará desconcertado en cuanto al significado real del Zen. De hecho, es la
naturaleza misma del Zen la que
elude toda definición y explicación;
vale decir, el Zen no puede ser convertido en ideas, jamás puede ser descripto
en términos lógicos. Por esta razón los maestros Zen
declaran que
es 'independiente de la letra', siendo 'una transmisión especial fuera de las
enseñanzas ortodoxas'. Pero la finalidad de este Ensayo no es precisamente
demostrar que el Zen sea algo ininteligible y que de nada sirva intentar
discurrir a su respecto. Mi objeto, por el contrario, será aclararlo hasta el
máximo de mi capacidad, por más imperfecta e inadecuada que ésta sea. Y hay
diversos modos de hacer esto. El Zen puede ser encarado psicológicamente,
ontológicamente, epistemológicamente, o históricamente, como lo hice en la
primera parte de este libro hasta cierto punto. Todos esos aspectos son
extremadamente interesantes, cada cual en su
curso, pero se trata de una gran empresa que requiere años de
preparación. Por lo tanto, lo que propongo hacer aquí será una exposición
práctica del tópico central, brindando algunos aspectos ¿el modus operandi de la instrucción Zen como la desarrollan los maestros para la iluminación de los discípulos. La lectura de estos
relatos nos ayudará
a introducirnos en el espíritu
del Zen hasta los límites
de su inteligibilidad.
I
Tal
como lo concibo, el Zen es el hecho último de toda filosofía y religión. Todo
esfuerzo intelectual debe culminar en él, o más bien debe comenzar en él, si es
que ha de rendir frutos prácticos. Toda fe religiosa debe brotar de él si ha de
demostrarse cabalmente eficiente y vívidamente funcional en nuestra vida
activa. Por tanto, el Zen no es necesariamente la fuente del pensamiento y la
vida budistas solamente; está también muy vivo en el Cristianismo, el
Mahometanismo, el Taoísmo e incluso en el Confucianismo
positivista. Lo que hace que todas estas religiones y filosofías sean vitales e
inspiradoras, sosteniendo su utilidad y eficiencia, se debe a que en ellas está
presente lo que podemos designar como el elemento Zen. El mero escolasticismo y
el mero sacerdotalismo jamás crearán una fe viva. La religión requiere algo
interiormente impulsor, energético y capaz de realizar la labor. El intelecto
es útil en su sitio, pero cuando trata de cubrir todo el campo de la religión reseca
la fuente de la vida. El sentimiento (o la mera fe) es tan ciego que
atrapará cualquier cosa que se le cruce, aferrándose a ella como la realidad
final. El fanatismo es bastante vital en cuanto atañe a su explosividad, pero
no se trata de una religión verdadera, y su consecuencia práctica es la
destrucción de todo el sistema, para no hablar del destino de su propio ser. El
Zen es lo que hace que el sentimiento religioso se desplace a través de su
canal legítimo y lo que da vida al intelecto.
El Zen hace esto dando
un nuevo punto
de vista para contemplar las cosas, un nuevo modo de
apreciar la verdad y belleza de la vida y del mundo, descubriendo una nueva
fuente de energía en los más recónditos recovecos de la conciencia, y
concediéndonos un sentimiento de plenitud y suficiencia. Vale decir, el Zen
opera milagros reviendo todo el sistema de la propia vida interior y
franqueando un mundo hasta entonces jamás soñado. Esto puede llamarse
resurrección. Y el Zen tiende a poner énfasis sobre el elemento especulativo,
aunque confesamente se oponga a esto más que nada en todo el proceso de la
revolución espiritual, y a este respecto el Zen es verdaderamente budista. O
quizás sea mejor decir que el Zen utiliza la fraseología perteneciente a las
ciencias de la filosofía especulativa. Evidentemente, el elemento sentimental
no es tan destacadamente visible en el Zen como en las sectas de la Tierra Pura
donde el "bhakti" (la fe) es todo
en todos; por el otro lado, el Zen pone énfasis sobre la facultad de ver (darsana) o conocer (vidyá) aunque no en el sentido de razonar sino en el de captar intuitivamente.
Según la filosofía
del Zen somos demasiado esclavos
del modo convencional de pensar, que es extremadamente dualista. No se admite "interpenetración"
alguna, no tiene lugar la fusión de opuestos en nuestra lógica cotidiana. Lo
que pertenece a Dios no es de este mundo, y lo que es de este mundo es incompatible con lo divino.
Lo negro no es blanco,
y lo blanco no es negro.
El tigre es tigre, y el gato
es gato, y nunca serán uno. El agua
fluye, la montaña se eleva. Así es como marchan las cosas e ideas en este
universo de sentidos y silogismos. Sin embargo, el Zen altera este esquema
del
pensamiento
y lo sustituye con uno nuevo en el que no existe la lógica, ni el ordenamiento
dualista de las ideas. Creemos principalmente en el dualismo debido a nuestra
doctrina tradicional. El que las ideas correspondan realmente a los hechos es
otro asunto que requiere una
investigación especial. Por lo común no
indagamos en el asunto, sólo aceptamos lo que se nos instila en las mentes;
pues aceptar es más conveniente y práctico, y la vida, hasta cierto
punto, aunque no en la realidad, con ello se hace más
cómoda. Por naturaleza somos conservadores, no porque seamos perezosos, sino porque nos gusta el sosiego y la paz, incluso superficialmente. Mas llega el tiempo en
el que la lógica tradicional no es más sustentadora de la
verdad, pues empezamos a
experimentar contradicciones, cismas y, consiguientemente, angustia espiritual.
Perdemos el confiado sosiego que experimentábamos cuando seguimos ciegamente los métodos tradicionales de pensar. Eckhart dice que todos buscamos el sosiego quizás conscientemente o no, así como la piedra no puede dejar de desplazarse
hasta entrar en contacto con la tierra. Evidentemente, el sosiego que nos
pareció disfrutar antes de despertar a las contradicciones implícitas en
nuestra lógica, no fue el sosiego
real, la piedra se mantuvo
en caída hacia el suelo.
¿Dónde está entonces el suelo del no-dualismo en el
que el alma puede real y ciertamente
estar tranquila y bendecida? Para citar nuevamente a Eckhart: "La gente simple concibe que hemos de
ver a Dios como si El estuviese de ese lado y nosotros de éste. No es así; Dios
y yo somos uno en el acto de mi percepción de El." En esta unidad
absoluta de las cosas el Zen establece los cimientos de su filosofía.
La idea de la unidad absoluta no es propiedad exclusiva del Zen;
hay otras religiones y filosofías que
predican la misma doctrina. Si el Zen, como los demás nonismos o teísmos, se
hubiese limitado a establecer este principio sin contar específicamente con nada conocido
como Zen, hace tiempo que hubiera dejado de existir como tal. Mas en el
Zen hay algo único que estructura su vida y
justifica sus reclamos de ser la más preciosa herencia de la cultura
oriental. El siguiente "mondó" o diálogo (literalmente, pregunta y
respuesta) nos dará un atisbo de los métodos del Zen. Un monje preguntó a
Jósh'u (Chao-chou), uno de los máximos maestros de
la
China: "¿Cuál es la única palabra última
de la verdad?"
En vez de darle cualquier
respuesta específica efectuó una contestación simple, diciendo: "Sí".
Naturalmente, el monje no llegó a apreciar sentido alguno en esta clase de
réplica, e interrogó por segunda vez. Ante esto, el maestro le gritó: "¡No
soy sordo! 1 ¡Véase cuan
irrelevantemente (diría yo) se encara aquí el omni-importante problema de la unidad absoluta
o de la razón última!
Pero esto es característico en
el Zen; aquí es donde el Zen trasciende la lógica y vence a la tiranía e
interpretación errónea de las ideas. Como dije antes, el Zen no se fía del
intelecto, no confía en los métodos tradicionales y dualistas del razonamiento,
y maneja los problemas siguiendo su propia modalidad original.
Citemos otro ejemplo antes de avanzar más dentro del tema
propiamente dicho. El mismo viejo Jóshu fue interrogado en otra oportunidad: "Una luz se divide en cientos de miles de luces, ¿puedo preguntar dónde se origina esta
luz única?"2 Esta pregunta, como la men-
1 Otra vez, al ser
interrogado Jóshu sobre la "primera palabra", tosió. El monje observó: "¿Esto no se trata
de aquello?" "¿Por qué? ¿A un viejo
no le está permitido toser?" Esta fue
la rápida réplica del viejo maestro. Jóshu tuvo
aún otra ocasión de expresar
su opinión sobre
la palabra única.
Un monje le preguntó: "¿Cuál es la palabra
única?" El maestro le interrogó: "¿Qué dices?"
"¿Cuál es la palabra única?" Repetida la pregunta, Jóshu dio su
veredicto: "Tú la conviertes en dos".
Shuzan
(Shu-shan) fue interrogado en una ocasión:
"Un viejo maestro dice: 'Hay una
sola palabra que, cuando se la
entiende, borra los pecados de innumerables kalpas'.
¿Cuál es esta palabra única?" Shuzan respondió: "Precisamente bajo tu nariz." "¿Cuál es el significado
último de esto?" "Esto es todo lo que puedo decir": esta fue la conclusión del maestro.
2 Hay muchos mondos que dan a entender el mismo
tópico. El más conocido es el de Jóshu,
citado en otra parte; de los otros mencionamos el siguiente. Un monje preguntó
a Risan (Li-shan): "Todas las cosas se reducen
al vacío,
¿pero dónde
se reduce el vacío?" Risan respondió: "La
lengua es demasiado
corta para explicártelo." "¿Por qué es demasiado
corta?" "Dentro y fuera, es de una sola talidad", dijo el
maestro.
Un monje
preguntó a Keisan (Ch'i-shan): "Cuando se disuelven las relaciones, todo se reduce al vacío; ¿pero dónde se reduce el vacío?" El maestro llamó
al monje, y éste replicó:
"Sí". Entonces el maestro le llamó la atención
diciendo: "¿Dónde está el vacío?" El monje dijo: "Por
favor, dímelo tú." Keisan
respondió: "Se parece al persa
que prueba un pimiento." Si bien la luz única es una cuestión
etiológica en la medida
en que el punto de discusión
es su origen, las cuestiones aquí referidas son teleológicas, porque
la reducción última del vacío es el tópico por resolver.
Mas como el Zen trasciende el tiempo
y la historia, sólo reconoce
un curso sin principio ni fin del devenir. Cuando conocemos el origen de la
luz única, asimismo conocemos dónde termina el vacío.
cionada en último término,
es uno de los problemas
filosóficos más hondos
y desconcertantes. Pero el viejo maestro no perdió mucho
tiempo en responder la pregunta, ni recurrió a discusión verbal alguna. Simplemente arrojó una de sus sandalias, sin efectuar observación alguna. ¿Qué quiso
decir con eso? Para entender todo esto es necesario que adquiramos un
"tercer ojo", como dicen, y aprender a mirar las cosas desde un nuevo
punto de vista.
¿Cómo es este nuevo modo de mirar las cosas, demostrado por los
maestros Zen? Sus métodos son naturalmente fuera de lo común, inconvencionales,
ilógicos, y consiguientemente incomprensibles para los no iniciados. El objeto
de este Ensayo será describir aquellos métodos clasificados bajo los siguientes
títulos generales: I. Método Verbal,
y II. Método Directo. El primer método
puede dividirse en: 1) Paradoja; 2) Trascendencia de los Opuestos;
3) Contradicción;
4) Afirmación; 5) Repetición; y 6)
Exclamación. El Método denominado Directo,
significa un despliegue de fuerza física, y puede subdividirse en diversos
grupos tales como: gesto, postura, cumplimiento de un conjunto
definido de actos, dirección de los demás
para que se desplacen, etc. Mas
como no deseo ofrecer aquí ninguna clasificación científica y rotunda de los
métodos con que los maestros Zen tratan a sus discípulos a fin de iniciarlos en
los misterios del Zen, no intentaré ser exhaustivo en este artículo. Más
adelante daré un enfoque completo sobre el Método Directo. Consideraré
satisfecho mi intento si logro que el lector adquiera aquí cierta comprensión
respecto de las tendencias y peculiaridades generales del Budismo Zen.
II
Es bien sabido que todos los místicos son afectos a las
paradojas para exponer sus propias opiniones.
Por ejemplo, un místico cristiano
puede decir: "Dios es real, empero es nada, es vacío infinito; es al mismo tiempo
omni-ser y no-ser. El reino divino es real y objetivo; y al mismo tiempo está
dentro de mí mismo. Yo mismo soy el cielo y el infierno." Otro ejemplo es
la "oscuridad divina" o el "móvil inmóvil" de Eckhart. Creo
que podemos escoger al azar tales expresiones de la literatura mística y
recopilar un libro de irracionalidades místicas. A este respecto el Zen no es
una excepción, mas en su modo de expresar así la verdad, hay algo que podemos
designar como característicamente Zen. Ofreceré unos pocos ejemplos. Según Fudaishi (Fu-ta-shih):
"Ando con las manos
vacías y con todo la espada está en mis manos;
marcho a pie, y con todo a grupas de un buey
voy cabalgando:
cuando traspongo
el puente,
he aquí que el agua no fluye, pero el puente
sí."
Esto suena como completamente fuera de razón, pero de hecho el
Zen abunda en esas irracionalidades gráficas. "La flor no es roja, ni el
sauce es verde", es una de las más conocidas expresiones del Zen, y se la
considera igual en su afirmativa: "La flor es roja y el sauce es
verde." Para ubicarlo en una fórmula lógica, leámoslo así: "A es a la
vez A y no-A." De ser así, yo soy yo y con todo tú eres yo. Un filósofo
hindú afirma Tat twan asi,
Tú eres eso. De ser así, el cielo es el infierno y Dios es el
Demonio. ¡Para los piadosos cristianos ortodoxos, qué doctrina chocante es el
Zen!
Cuando el señor Chang bebe, el señor Li se embriaga.
El "silencioso pero tronante" Vimalakírti confesaba
que estaba enfermo porque todos sus semejantes estaban enfermos. Debe decirse
que todas las almas sabias y amantes son encarnaciones de la Gran Paradoja del universo. Pero estoy entrando
en disgresiones. Lo que
quería decir era que el Zen es más audazmente concreto en sus paradojas que las
demás
doctrinas
místicas. Estas se reducen, en mayor o menor medida, a afirmaciones generales
relativas a la vida, a Dios o al mundo,
pero el Zen lleva sus aseveraciones paradójicas dentro de todo detalle
de nuestra vida cotidiana. No vacila en negar lisa y llanamente todos nuestros
más familiares hechos de la experiencia. "Estoy aquí escribiendo y con
todo no he escrito una palabra. Tal vez usted esté leyendo esto ahora y con
todo no hay en el mundo una persona que lea. Soy cabalmente ciego y sordo, pero
todo color es reconocido y todo sonido es discernido." Los maestros Zen
seguirían de modo parecido, indefinidamente. Basho (Pa-chiao), monje coreano
del siglo IX, pronunció una vez un sermón que decía así: "Si
tienes un cayado (shujo, o chu-chang en chino), te daré uno; si no
lo tienes, te lo quitaré."
Cuando Jóhu, el gran maestro Zen a quien mencioné
reiteradamente, fue interrogado sobre lo que le daría si acudiera a él un
semejante castigado por la pobreza, replicó: "¿Qué falta en él?3
En otra ocasión cuando se le dijo: "Si un hombre acude a ti con nada, ¿qué le dirías?", su respuesta
inmediata fue: "¡Tírala!" Podemos preguntarle: "Si un hombre no
tiene nada, ¿qué tirará? Si un hombre es pobre,
¿puede decírsele que se basta a sí mismo? ¿No está necesitado de todo? Cualquiera
sea el significado de estas respuestas de Jóshu, las paradojas son cabalmente
enigmáticas y desconcertantes para nuestro intelecto preparado lógicamente.
"Llévate los bueyes del granjero y márchate con la comida del
hambriento" es una frase favorita de los maestros Zen, quienes piensan que
así podemos cultivar mejor nuestra granja espiritual y hartar al alma
hambrienta de la sustancia de las cosas. Se cuenta que a Okubo Shibun, famoso
por pintar el bambú, se le pidió que ejecutase
un kakemono que representase un bosque de bambú. Dio su consentimiento y
pintó con todo su reconocido arte un
cuadro en el que el bosquecillo
íntegro de bambú era rojo. El cliente, al recibirlo, se maravilló
ante el extraordinario arte con que había sido ejecutada la pintura y,
acudiendo a la residencia del artista, le dijo: "Maestro, vine a
agradecerte el cuadro; pero, discúlpame, al bambú lo has pintado de rojo."
"Bien", gritó el maestro, "¿de qué color lo desearías?"
"Por supuesto, negro", replicó el cliente. "¿Y quién",
preguntó el artista, "vio jamás un bambú de hojas negras?" Cuando se está tan acostumbrado a cierta
modalidad de considerar las cosas, ¡está tan lleno de dificultades dar un giro
y empezar sobre una nueva línea de
procedimiento! El verdadero color del bambú quizás no es rojo, negro ni verde,
ni ningún otro color que conozcamos. Tal vez es rojo, al igual que tal vez es
negro. ¿Quién lo sabe? Las paradojas imaginadas puede ser que, después de todo,
no sean paradojas
8
Otra vez se le dijo a un monje: "!Aférrate a tu pobreza!" la
respuesta de Yegu (Nan-yüan Hui-yung) a su monje castigado por la pobreza fue
más consoladora: "Posees un puñado de gemas." El tema de la pobreza
es omni-importante en nuestra experiencia religiosa, pobreza no sólo en el
sentido material sino también en el espiritual. E1 ascetismo debe tener como
principio sustentador un sentido mucho más hondo que el de refrenar meramente
los deseos y pasiones humanos; en él
debe haber algo positivo y altamente
religioso. "Ser pobre de espíritu",
cualquiera sea el significado que pueda tener esta frase en el Cristianismo, es rico en significación para los
budistas, en especial para los seguidores del Zen. Un monje, Sei-jei
(Ch'ing-shi) acudió a Sozan (Tas'ao-shan), gran maestro de la escuela Sotó de
China, y le dijo: "Soy un pobre monje solitario: te ruego tengas piedad de
mi." "¡Oh monje, adelántate!" Cuando el monje se acercó al
maestro, éste entonces exclamó: "Después de disfrutar tres tazas llenas de
fino chiu (licor) destilado en
Ch'ing-yüan, ¿aún protestas porque tus labios no están para nada húmedos?"
Con relación a otro aspecto de la pobreza, cf. el poema de Hsiang-yen sobre
ésta.
.
III
La forma siguiente en la que el Zen se expresa es la negación de
los opuestos, que en algo corresponde a la "vía negativa" mística. La cuestión
consiste en no ser "atrapado", como dirían los maestros, en ninguna de las cuatro
proposiciones (catushkotía):
1) "Es A";
2)
"Es no-A";
2) "Es A y no A";
y 4) "No es A ni no-A".
Cuando efectuamos una negación o una afirmación, estamos seguros
de introducirnos en una de estas fórmulas lógicas de acuerdo con el método
hindú de razonamiento. En la medida en que el intelecto se mueva en el surco
dualista corriente, esto es inevitable. Corresponde a la naturaleza de nuestra
lógica que se exprese así cualquier afirmación que efectuemos. Mas el Zen
piensa que la verdad puede ser alcanzada cuando
no se la afirma ni se la niega. Este es, en verdad, el dilema de la
vida, pero los maestros Zen insisten siempre en eludir el dilema. Veamos si
logran escaparse.
Según Ummon: "En
el Zen hay libertad absoluta;
a veces niega y otras
veces afirma; sigue uno u otro curso a su antojo."
Un monje le preguntó: "¿Cómo niega?"
"Con el paso del invierno llega la primavera." "¿Qué ocurre cuando
llega la primavera?"
"Llevando un cayado sobre los hombros, paseemos
por los campos, hacia el Este o el Oeste,
hacia el Norte o el Sud, y marquemos los pesados pasos para contento de
nuestro corazón."
Este era un modo de liberarse demostrado por uno de los máximos
maestros de la China. He aquí
otro modo.
Por
lo general los maestros marchan con una vara corta, conocida como shippé (chu-pi), o al menos así lo hacían en la
antigua China. No interesa que sea un shippé o no; de hecho, cualquier cosa responderá a nuestros propósitos. Shuzan, célebre maestro
Zen del siglo x blandió
su vara y dijo a un grupo de sus discípulos;
"No llaméis shippé a esto; si lo hacéis, afirmáis. Tampoco neguéis que es
un shippé; si lo hacéis, negáis. Aparte de la afirmación y la negación,
¡hablad, hablad!" La idea consiste en liberar nuestras mente de marañas
dualistas y sutilezas filosóficas. Un monje salió de la fila, quitó el shippé
de la mano del maestro y lo arrojó al piso. ¿Esta es la respuesta? ¿Este es el modo de responder al pedido del maestro
para que "hablen"? ¿Este es el modo de trascender las cuatro
proposiciones, las condiciones lógicas del pensamiento? En pocas palabras,
¿éste es el modo de ser libre? En el Zen nada es estereotipado, y habrá quien
pueda resolver la dificultad de manera muy diferente. Es aquí donde el Zen es
original y creativo.
Ummon expresó la misma
idea con su cayado, que alzó, diciendo:
"¿Qué es esto? Si
decís que es un cayado, vais derecho al infierno;
pero si no es un cayado, ¿qué es?"
El
método de Hima (Pi-mo) se desvía en cierto modo de esto. Acostumbraba llevar
una vara ahorquillada y siempre
que un monje acudía a él y hacía una reverencia, aplicaba
la vara en el cuello del monje, diciendo: "¿Qué demonio te enseñó a ser un monje
sin hogar? ¿Qué demonio te enseñó a andar errante? Ya sea que digas algo o que
no digas nada, lo mismo has de morir bajo mi horquilla:
¡habla, habla, sé rápido!"
Tokusan (Té-shan) fue otro monje
que blandía una vara al mismo efecto;
pues acostumbraba decir:
"¡No importa lo que digas o lo que no digas, lo mismo tendrás treinta
golpes!"
Cuando
dos facciones de monjes discutían sobre la propiedad de un gato, el Maestro
Nansen (Nan-ch'üan P'u-yüan, 749-835)
salió, tomó al animal y les dijo: "Si podéis
decir una palabra,
éste se salvará: si no, será
muerto." Por supuesto, con "una palabra" quiso decir la que
trascendiese la
afirmación y la negación, como cuando se le pidió a Jóshu "una sola palabra de la verdad última".
Nadie respondió, entonces el maestro mató al pobre animalito. Nansen parecería
un budista cruel, pero su punto era el siguiente: Decir "esto es" nos
envuelve en un dilema; decir "esto no es" nos coloca en el mismo aprieto. Para alcanzar la verdad debe evitarse este dualismo. ¿Cómo evitarlo? No sólo mediante
la pérdida de la vida de un gato, sino también mediante
la pérdida de la vida y el alma, si no se llega a
trasponer este impasse. De ahí el
drástico procedimiento de Nansen. Más tarde, por la noche, Jóshu, que era uno
de sus discípulos, regresó y el maestro le contó el incidente del día. De
inmediato Jóshu se quitó una de sus sandalias de paja y colocándosela sobre la
cabeza empezó a alejarse. Ante esto, el maestro dijo: "¡Qué lástima que
no
estuvieses hoy con nosotros, pues podrías haber salvado al gato!" Sin
embargo, esta extraña conducta fue el modo con que Jóshu afirmó la verdad que trasciende el dualismo de "ser" (sai) y
"no ser" (asat).
Mientras Kyózan (Yang-shan, 804-899) residía en Tóhei
(Tung-ping), de Shao-chou, su maestro Isan (Wei-shan, 771-853) —ambos eran célebres maestros
Zen de la dinastía Tang— le
envió un espejo acompañado por una carta. Kyózan exhibió el espejo ante una
congregación de monjes y dijo: '¡Oh monjes, Isan envió aquí un espejo! ¿Este
espejo es de Isan o mío? Si decís que es de Isan, ¿cómo es que el espejo está
en mis manos? Si decís que es mío, ¿no llegó procedente de Isan? Si efectuáis una afirmación apropiada, será retenido aquí. Si no podéis, será roto en pedazos." Dijo esto tres
veces, pero nadie hizo siquiera un intento de responder.
Entonces el
espejo fue roto. Esto es algo
parecido al caso del gato de Nansen. En ambos casos los monjes fracasaron en
salvar a la víctima inocente o al valioso tesoro, simplemente porque sus mentes
no estaban aun libres del intelectualismo y eran incapaces de atravesar las
marañas alzadas deliberadamente por Nansen en un caso y por Kyózan en el otro.
El método Zen de preparar a sus
seguidores aparece así completamente
fuera de razón e innecesariamente
inhumano. Mas los ojos del maestro están siempre sobre la verdad absoluta y con todo al alcance en este mundo de particularidades. Si puede lograrse
esto, ¿qué interesa
si se rompe una cosa conocida
como valiosa y se sacrifica un animal? ¿No es más importante la recuperación
del alma que la pérdida de un reino?
Kyógen (Hsiang-yen), discípulo de Isan (Wei-shan) con quien nos
familiarizamos precisamente ahora, dijo en
uno de sus sermones: "Esto se parece al hombre sobre un precipicio de mil
pies de altura; está allí colgando con la rama de un árbol entre sus dientes;
los pies están muy lejos del suelo, y sus manos no se aferran a nada. Suponed
que viniera otro hombre a plantearle una pregunta: "¿Cuál es el
significado de que el primer patriarca viniera aquí procedente del Oeste?"
Si este hombre abriese la boca para contestar, es seguro que caería y perdería
su vida; pero si no respondiese, debería decirse que ignoraba al consultante.
¿En este momento crítico, qué tendría que hacer?"
Esto es ubicar la negación
de los opuestos de un modo
muy gráficamente ilustrativo. El hombre sobre el precipicio se halla atrapado
en un dilema de vida y muerte, y no puede haber sutilezas lógicas. El gato
puede ser sacrificado ante el altar del Zen, el espejo puede ser roto en el
piso, ¿pero qué hay respecto de nuestra propia vida? Se dice que el Buda, en
una de sus vidas anteriores, se lanzó dentro de las fauces de un monstruo
devorador de hombres, a fin de obtener la estrofa total de la verdad. El Zen,
al ser práctico, quiere que tomemos la misma noble determinación de renunciar a
nuestra vida dualista en pos de la iluminación y la paz eterna. Pues el Zen dice
que su puerta se abrirá cuando se alcance esta determinación.
El dualismo lógico de "ser" (asti) y "no ser" (nasti)
lo expresan frecuentemente los maestros Zen mediante términos tan contrastados como los utilizados en nuestra charla cotidiana: "tomar la vida" y "dar la vida", "capturar" y "liberar", "dar" y "quitar", "entrar en contacto"
y "apartarse de", etc. En
una ocasión Ummon alzó su cayado y declaró: Todo el mundo, el cielo y la
tierra, debe completamente su vida y muerte a este cayado." Salió un monje
y preguntó: "¿Cómo muere?" "¡Retorciéndose en agonía!"
"¿Cómo es restaurado a la vida?" "Mejor que hubieses sido
cocinero." "Cuando no se lo hace morir ni vivir, ¿qué dirías?"
Ummon se levantó de su asiento y dijo:
"Mo-hé-pan-jé-po-lo-mi-ta!" (Mdhá-prajñá-
páramitá). Esta fue la síntesis
de Ummon, la "palabra unida" de la verdad última,
en la que se unifican concretamente la tesis y la síntesis,
y a la que resultan
inaplicables (rahita) las
cuatro proposiciones.
IV
Llegamos
ahora a la tercera clase, que definí como "contradicción", con la que
me refiero a la negación del maestro Zen, implícita o expresamente, de lo que
él mismo afirmó o de lo que fue afirmado por otro. A la misma pregunta
su respuesta es a veces "No",
y otras "Sí". O a un hecho bien
conocido y plenamente establecido le da una negación calificada. Desde un punto
de vista corriente el maestro no merece confianza, empero éste parece pensar
que la verdad del Zen requiere tales contradicciones y negaciones; pues el Zen
tiene su propia norma que, para nuestras mentes con sentido común,
consiste precisamente en negar todo lo que apropiadamente tenemos
por verdadero y real. A pesar de estas confusiones
aparentes, la filosofía del Zen es guiada por un principio vasto que, una vez captado, hace que su
confusión se convierta en clarísima verdad.
Un monje preguntó
al sexto patriarca de la secta
Zen de la China, que floreció a fines del siglo VII y
principios del VIII: '¿Quién alcanzó los secretos de Wobai (Huang-mei) ?"
Wobai es el nombre de la montaña donde el quinto patriarca, Hung-jén,
acostumbraba residir, y era un hecho
bien conocido que Hui-néng, el sexto patriarca, estudió con él el Zen y lo
sucedió en la línea ortodoxa de transmisión.
Por tanto, no se trataba,
en realidad, de una pregunta
corriente, que buscase
información sobre hechos. Tenía un objeto cabalmente ulterior. La
réplica del sexto patriarca fue: "Quien entiende el Budismo, alcanzó los
secretos de Wobai."
"¿Los alcanzaste, entonces?" "No, no los alcancé."
"¿Cómo es",
preguntó el monje,
"que no los alcanzaste?".
La respuesta fue: "No entiendo el Budismo." 4
¿No entendía realmente
el Budismo? ¿O es que no entender es entender?
Esta es también la filosofía
del Kena-Upanishad.
La auto-contradicción del sexto patriarca es algo blanda
e indirecta cuando
se la compara con la de Dogo (Tao-wu). Este sucedió a
Yakusan (Yüeh-shan Wei-yen, 751-834), mas cuando Gohó le preguntó si conocía al
viejo maestro de Yakusan, lisa y llanamente lo negó, diciendo: "No, no lo
conozco." Sin embargo,
Gohó insistió. "¿Por qué no lo conoces?" "No
lo conozco, no lo conozco", fue la enfática aseveración
de Dogo. Este rehusó así, singularmente, dar razón alguna, excepto negando simple y
forzadamente el hecho que resultaba
evidente para nuestro
conocimiento basado en el
sentido común.
Los estudiosos del Zen conocen mejor que el caso recién citado
otra contradicción enfática e inequívoca de Tesshikaku (T'ieh-tsui). Este era
discípulo de Jóshu (Chao-chou). Cuando visitó a Hógen (Fa-yen-Wén-i, muerto en el año 958), otro gran maestro
Zen, éste le preguntó cuál era el último lugar del cual llegaba,
Tesshikaku replicó que venía de Jóshu. Hogen
le dijo:
“Tengo entendido
que una vez el ciprés
fue tema de su charla.
¿Eso fue realmente
así?"
Tesshikaku fue positivo en su negación, diciendo: "No tuvo tal charla."
Hógen protestó: "Últimamente,
todos los monjes que llegan provenientes de Jóshu
hablan de su referencia al ciprés en
respuesta a la pregunta de un monje: "¿Cuál fue el objeto real de la
llegada de Bodhidharma a Oriente?" "¿Cómo" dices que Jóshu no hizo tal referencia al ciprés?"
Entonces Tesshikaku barbotó:
"Mi difunto maestro
nunca efectuó tal charla; si tienes a bien,
no lo aludas desdeñosamente,"
Hógen mucho admiró esta actitud
de parte del discípulo del famoso Jóshu, y dijo: "¡Verdaderamente, eres hijo de
un león!"
En la literatura Zen, la llegada
de Dharma procedente del Oeste —vale decir,
de la India— se convierte con mucha frecuencia en tema de discusión. Cuando
se formula una pregunta respecto del objeto real de su llegada a
la China, aquélla se refiere al principio último del Budismo, y nada tiene que ver con su motivación personal que
hizo que cruzase el océano, descendiendo en
algún punto de la costa Sud de la
China. La cuestión no consiste aquí en el hecho histórico. Y a esta
pregunta omni-importante se le da numerosas respuestas, tan variadas e
inesperadamente dispares, pero según los maestros Zen todas expresan la verdad
de su doctrina.
Esta contradicción, negación
o aseveración paradójica es el resultado inevitable del modo con
que el Zen contempla la vida. Todo el énfasis de su disciplina es puesto sobre
la captación
intuitiva de la verdad interior, hondamente escondida en nuestra consciencia. Y esta verdad,
así revelada o despierta dentro de
nosotros mismos, desafía la manipulación intelectual,
o al menos no puede ser impartida a
los demás a través de fórmula dialéctica alguna. Debe surgir de nosotros
mismos, crecer dentro de nosotros
mismos, y unificarse con nuestro propio ser. Lo que los demás — vale decir, las ideas o imágenes—
pueden hacer es indicar el camino
donde reside la verdad. Esto es lo
que hacen los maestros Zen. Y las indicaciones que ellos proporcionan son natural
e inconvencionalmente libres y renovadoramente originales. Como sus ojos están
siempre fijos en la verdad última, todo cuanto pueden ordenar es utilizado para
cumplir esa finalidad, sin tener en cuenta sus condiciones ni consecuencias
lógicas. Esta indiferencia para con la lógica es afirmada a veces
deliberadamente, para que conozcamos precisamente que la verdad del Zen es
independiente del intelecto. De ahí la afirmación del Prajñá-páramitá-Sútra, de "No tener Dharma alguno sobre el cual discutir: esto es discutir acerca del Dharma". (Dharmadesaná dharmadesaneti
subhiíte pásti sa kascid ahormo yo djarrnadesana namotpalabhyate.)
Haikyu (P'ei Hsiu), ministro de estado de la dinastía T'ang, fue
devoto seguidor del Zen con Obaku. Un día le mostró un manuscrito en el que se
basaba su comprensión del Zen. El maestro lo tomó, y poniéndolo a su lado, no efectuó movimiento alguno para leerlo,
permaneciendo en silencio durante un rato. Luego dijo: "¿Entiendes?"
"Absolutamente, no", respondió el ministro. "Si aquí tienes
comprensión", dijo el maestro, "hay
algo de Zen. Pero si ello se
remite a papel y tinta, nuestra
religión no ha de encontrarse en lado alguno." Algo análogo a esto ya lo
advertimos en la entrevista de Hua-kin con Shóju Rónin.
Al ser un hecho vivo, el Zen está
únicamente donde se manejan hechos vivos. La apelación al intelecto es real y viva mientras surja directamente dé la vida. De lo contrario, ningún monto de
logro literario ni de análisis intelectual resulta de provecho en el estudio
del Zen.
Hasta
aquí el Zen no parece ser sino una filosofía de la negación y la contradicción,
mientras, de hecho, tiene su lado afirmativo, y en esto consiste la unicidad
del Zen. En la mayoría de las formas del misticismo, especulativo o emocional, sus aseveraciones son generales y abstractas,
y en ellas no hay mucho que específicamente las diferencie
de algunos aforismos filosóficos.
Blake, por ejemplo, canta:
"Ver un mundo en un grano de arena, y un cielo en una flor silvestre,
sostén el infinito en la palma de tu mano
yla eternidad en una hora."
Además, escuche
los exquisitos sentimientos expresados en las líneas de Wither:
"Con el
murmullo de una fuente, o el mínimo
susurro de una rama;
con una margarita, cuyas
hojas se esparcen calladas, cuando Titán va a la
cama;
o
con un arbusto o un
árbol umbrío.. .
Ella pudo inculcarme
más de lo que puede, en otros más sabios,
todo lo bello de la naturaleza."
No es muy difícil entender los sentimientos poéticos y místicos
expresados por almas elevadamente
sensitivas, aunque no todos comprendamos con exactitud cómo los sintieron.
Hasta cuando Eckhart declara
que "el ojo con el que veo a Dios es el mismo con el que Dios
me ve a mí", o cuando
Plotino se refiere a "aquello a lo que la mente, al volverse, piensa antes
de pensarse", no encontramos que eso esté por completo más allá de nuestra
comprensión para captar su significado en lo que a las ideas atañe y que éstas
tratan de transmitir en estas expresiones místicas. Pero cuando llegamos a las
declaraciones de los maestros Zen, quedamos enteramente desconcertados en cuanto a cómo tomarlas. Sus afirmaciones son
tan irrelevantes, tan inapropiadas, tan irracionales, y tan sin sentido —al menos
superficialmente— que quienes no obtuvieron el modo Zen de contemplar las cosas, difícilmente puedan acertar con su cara o ceca, como solemos decir.
La verdad es que hasta los místicos
de alto vuelo son incapaces
de librarse totalmente de la mancha
intelectiva, y por regla general dejan "rastros" por los que se puede
alcanzar su santa morada. "El vuelo de soledad en soledad" de Plotino
es una gran expresión mística que demuestra cuan profundamente escudriñó el
santuario interior de nuestra consciencia. Mas
respecto de
ello hay aun algo especulativo o metafísico, que al fusionarse con las
expresiones Zen citadas más adelante, tiene, como dirían los maestros, un aroma
místico en la superficie. Mientras los maestros se complazcan en negaciones,
negativas, contradicciones o paradojas, la mancha de la especulación no está
cabalmente lavada. Naturalmente, el Zen no se opone a la especulación, pues
ésta es asimismo una de las funciones de la mente. Mas el Zen recorrió un
sendero completamente único,
pienso, en la historia del misticismo, ya sea oriental
u occidental, cristiano o
budista. Unos pocos ejemplos bastarán para ilustrar mi criterio.
Un monje le preguntó a Jóshu: "Leí en el Sútra que todas
las cosas retornan al Uno, ¿pero adónde retorna este Uno?" El maestro respondió: "Cuando yo estaba en la provincia de Tsing,
tenía un manto que pesaba siete chin."
Cuando se le preguntó a Kórin (Hsiang-lin Yüan) cuál era el
significado de la llegada de Bodhidharma desde el Oeste, su réplica fue:
¡"Luego de estar sentado largo tiempo, uno se siente fatigado." ¿Cuál es la relación lógica entre la pregunta y la respuesta? ¿Esto se refiere
a que Dharma estuvo nueve años sentado contra la pared, como lo sostiene la tradición? De ser así, ¿su propaganda fue mucho ruido y
pocas nueces para nada, salvo que se sintió fatigado? Cuando Kwazan (Hé-shan)
fue interrogado sobre qué era el Buda, dijo: "Sé cómo tocar el tambor,
¡rub-a-dub, rub-a-dub! (chieh ta Jtu).
Cuando Baso Dóichi enfermó, uno de sus discípulos acudió a averiguar sobre su
estado. "¿Cómo te sientes hoy?" "Nichimen-butsu,
Gwachhnenbutsu!", fue la contestación, que literalmente significa:
"Buda rostro de sol, Buda rostro de luna!"
Un monje preguntó a Joshú: "Cuando el cuerpo
se desmorona en pedazos y retorna al
polvo, allí mora eternamente una sola cosa.
Esto me lo dijeron, pero ¿dónde mora esta cosa única?" El maestro replicó: "Esta mañana hay
otra vez viento." "Cuando se le preguntó a Shuzaa (Shou- shan) cuál
era la enseñanza principal del Budismo, citó un verso:
"Junto
al castillo del rey de Ch'u, fluye hacia el Este la corriente
del Ju."
"¿Quién es el maestro de todos los Budas?", fue la
pregunta planteada a Bokuju (Mu-chou), quien
como respuesta se limitó a canturrear una melodía: "Ting-ting, tung-tung, ku-ti, ku-tung!" Al preguntársele qué era el Zen,
el mismo maestro dio la siguiente respuesta: "¡Na-mu-sambo!" (namoratnatrayáya).
Sin embargo, el monje confesó que no podría entenderlo; entonces el maestro
exclamó: "!Oh rana miserable! ¿De dónde es este malvado karma tuyo?"
En otra ocasión la misma cuestión suscitó una respuesta diferente:
"Makahannyaharamii!" (maháprajñápáramitá).
Al no comprender el monje el significado
último de la frase, el maestro prosiguió:
"Mi manto está todo gastado tras tantos años de uso,
y partes
de él, que cuelgan flojamente en andrajos, fueron
aventados hacia las nubes."
Citemos otro caso de Bokuju. Una vez un monje le preguntó:
"¿Cuál es la doctrina que va más allá de los Budas y los Padres?" El
maestro, alzando de inmediato su cayado, dijo a la congregación: "A
esto lo llamo cayado, ¿y cómo le llamarías?" No se adelantó
respuesta entonces el maestro, blandiendo nuevamente el
cayado preguntó al monje: "¿No me preguntaste, acerca de la doctrina que
va más allá de los Budas y los Padres?"
Una vez le preguntaron a Nanyin Yegu (Nan-yüan Hui-yung), qué
era el Buda, y dijo: "¿Qué no es el Buda?" En otra ocasión su
respuesta fue: "Nunca le conocí." Hubo todavía otra ocasión en la que
dijo: "Espera a que haya uno, pues entonces te lo diré." En lo que
atañe a Nanyin no parece ser muy incomprensible, pero lo que sigue desafiará
nuestro análisis intelectual más agudo. Cuando el monje que interrogaba replicó
ante la tercera afirmación del maestro, diciendo: "De ser así, en tí no
hay Buda", el maestro aseveró
con presteza: "Allí estás en lo cierto." Esto concitó una pregunta más: "¿Dónde estoy en lo cierto,
señor?" "Este es el día treinta del mes", replicó el maestro.
Kisu Chijo (Kuei-tsung Chih-ch'ang) fue uno de los capaces
discípulos de Baso (Ma-tsu). Estaba escardando el jardín cuando un erudito
budista, versado en la filosofía del Budismo, acudió a ver al maestro. Acertó a pasar cerca de ellos una víbora y el maestro
la mató de inmediato con una pala. El
monje-filósofo observó: "¡Cuánto tiempo hace que he oído hablar del nombre
de Kisu, y cuan
reverentemente
he pensado en éll ¿Pero qué veo ahora sino un monje de rudos modales?"
"Oh, mi monje erudito", dijo el maestro, "mejor es que regreses
a la Sala y tomes allí una taza de te". La réplica de Kisu, como surge
aquí, es muy ininteligible en lo que atañe a nuestro conocimiento, basado en el
sentido común, acerca de los asuntos mundanos; pero según otro informante, está
documentado que cuando el monje reprochó a Kisu, éste dijo: "¿Quién es el de rudos modales,
tú o yo?" Entonces el
monje replicó: "¿Qué es de rudos modales?" El maestro alzó la pala.
"¿Qué es refinado?" Entonces asumió la actitud como de matar la
víbora.
"De ser así", dijo el monje,
"te conduces de acuerdo con la ley." "Ya es suficiente respecto de mi conducta legal o ilegal"; y
preguntó el maestro: "De todos modos, ¿cuándo me viste matando la
víbora?" El monje no contestó.
Tal vez esto sea suficiente para demostrar con cuánta libertad
el Zen trata aquellos abstrusos problemas filosóficos que siempre fatigaron el ingenio humano
desde la alborada
de la inteligencia. Permítaseme concluir esta parte con el ejemplo de
un sermón pronunciado por Coso Hoyen (AVu- tsu Fa-yen); pues un maestro Zen
ocasionalmente —no, muy frecuentemente— desciende al nivel dualista de
comprensión y procura pronunciar un discurso para edificación de sus
discípulos. Pero por ser un sermón Zen, esperamos naturalmente
algo insual en él. Coso fue uno de los más capaces maestros Zen del siglo XII. Fue maestro de Yengo (Yüan-wu) famoso
como autor del Hekiganshu. Uno de sus
sermones dice así:
"Ayer descubrí un tópico que juzgué podría
comunicároslo, discípulos míos,
el día de hoy. Pero un hombre viejo como yo tiende a
olvidar, y el tópico escapó por completo de mi mente.
Simplemente, no puedo recordarlo." Diciendo esto, Goso permaneció en silencio cierto rato, pero al
final exclamó: "¡Me olvido, me olvido, no puedo recordar!" Sin embargo, prosiguió: "Sé que en los Sútras hay un mántram conocido como El Rey de la Buena Memoria. Pueden recitarlo los olvidadizos, y lo olvidado volverá nuevamente. Bien,
debo intentarlo." Entonces recitó el mántram "Om o-lo-lok-kei sváha!" Aplaudiendo
y riendo de buen grado, dijo: "Recuerdo, recuerdo; era
esto: Cuando buscáis al Buda, no podéis
verlo: cuando buscáis al patriarca, no podéis verlo. El melón es dulce hasta
los tallos, la calabaza amarga es amarga hasta las raíces."
Entonces descendió del pulpito
sin otra observación.
VI
AI referirse Eckhart, en uno de sus sermones, a la relación
entre Dios y el hombre, dice: Es como si uno se encontrase ante una elevada
montaña y gritase: "¿Estás allí?" El eco devuelve: "¿Estás
allí?" Si uno grita: "¡Sal!", el eco responde: "¡Sal!"
Algo parecido a esto es lo que se observa en las respuestas de los maestros Zen
clasificadas ahora bajo el título de "Repetición". Puede que resulte
difícil para los no iniciados introducirse en el significado interior de
aquellas repeticiones de loro que a veces suenan a remedo de parte del maestro.
En este caso, ciertamente, las palabras son meros sonidos, y el sentido
interior ha de leerse en el eco mismo, si
lo hay en alguna parte. Sin embargo, la comprensión debe surgir de la propia
vida interior, y lo que el eco hace es brindar esta oportunidad de
auto-despertar a los fervorosos buscadores de la verdad. Cuando la mente toma un giro así, como para estar totalmente lista para penetrar
en la nota cierta, el maestro
gira la llave y canta su propia melodía, no aprendida de nadie más, sino
descubierta dentro de ella misma. Y este giro de la llave en forma de
repetición en este caso es lo que nos interesa en las siguientes citas.
Chósni (Ch'ang-shui Tzu-hsüan) preguntó una vez a Yekaku
(Hui-chiao) de Monte Roya (Lang-yeh), que vivió en la primera mitad del siglo XII:
"¿Cómo es que lo Originalmente Puro tiene
que llegar a producir de repente montañas,
ríos y la gran tierra?" La pregunta está tomada
del Súrangama-sútra en el que Purna pregunta
al Buda cómo lo Absoluto llegó a hacer evolucionar este mundo fenoménico. Pues éste es un gran problema filosófico que desconcertó a las mentes máximas de todas las épocas.
Hasta aquí todas las interpretaciones que estructuran la historia del pensamiento se
demostraron insatisfactorias en un sentido
u otro. Chósui, que en un sentido era también estudiante de filosofía, acudió a
su maestro para ser iluminado sobre el tema. Pero la respuesta del maestro no
fue respuesta, tal como nosotros la entendemos, pues meramente repitió
la pregunta: "¿Cómo es que lo Originalmente Puro tiene que llegar a producir
de repente montañas, ríos y la gran tierra?" Traducido a nuestro idioma
este diálogo pierde mucho de su sabor. Permítaseme escribirlo en japonés-chino:
Chósui preguntó: "¿Shó-jó hon- nen
un-ga kos-sho sen-ga dai-ji?", y el maestro contestó como un eco: "¿Shó-jó hon-nen un-ga kos-sho sen-ga
dai-jíf"
Sin embargo, esto no es bastante. Más tarde, en el siglo XIII,
otro gran maestro Zen, Kido (Hsü-t'ang), comentó esto de una manera todavía más desconcertante. Un día encaró su sermón de este modo: "Cuando Chósui preguntó a Yekaku:
'¿Shó-jó
hon-nen un-ga kos-sho
sen-ga dai- ji?' la
pregunta fue repetida en eco al mismo que interrogaba, y se dice que entonces se abrió el
ojo espiritual del discípulo. Ahora quiero preguntaros cómo pudo suceder esto.
¿No eran exactamente iguales la pregunta y la respuesta? ¿Qué razón halló
Chósui en esto? Permítaseme comentarlo." Luego golpeó su silla con el
hossu y dijo: "Sho-jo hon-nen un-ga
kos-sho sen-ga dai-ji?" Su comentario complica el asunto en vez de
simplificarlo.
Esta fue siempre una gran cuestión filosófica: la cuestión de la
unidad y la multiplicidad, de la
mente y la materia, del pensamiento y la realidad. El Zen, al no ser idealismo
ni realismo, propone su propio medio de solución como lo ilustra el caso de lo
Originalmente Puro. El siguiente caso también resuelve el problema a su modo.
Un monje preguntó a Chósa Keishin: "Al transforman (chuan) las montañas, los rios y la tierra, ¿cómo los reducimos en
el Yo?" El maestro replicó: "Al
transformar el Yo, ¿cómo producimos las montañas, los ríos y la tierra?" El monje confesó su ignorancia; entonces el maestro dijo:
"En esta ciudad al Sud del Lago, la gente medra
bien:
arroz barato,
combustible en abundancia y vecindario próspero,"
Tósu Daido (Tou-tzú
Tai-t'ung), de la dinastía T'ang, que murió en el año 914, contestó "El
Buda" al preguntársele "¿Qué
es el Buda?" Ante la pregunta: "¿Qué es el Tao?" dijo:
"Tao." Y a la pregunta: "¿Qué es el Dharma?" contestó:
"El Dharma."
Cuando Jóshu preguntó a Kwanchu (Tai-tz'é Huan-chung), del siglo
IX: "¿Qué es el ser (o sustancia) del Prajñá?", Kwanchu, sin dar
contestación alguna, simplemente repitió la pregunta: "¿Qué es el ser del
Prajñá?" Y esto produjo una jovial carcajada de parte de Jóshu. Prajñá
puede traducirse como inteligencia suprema, y
Mañjusrí es considerado por los mahayanistas como la corporización del
Prajñá. Pero en este caso Mañjusrí nada tiene que ver con esto. La pregunta se
relaciona con el concepto sustancial
del Prajñá, que, al ser una forma de actividad mental, requiere algo para morar
en él. Según la filosofía budista;
hay tres conceptos fundamentales para
explicar el problema de la existencia: Sustancia o Ser (bháva), Apariencia o
Aspecto (laksha-na), y Función o
Actividad (kritya). O, para usar los
términos del Mádhyamika, los tres
conceptos son actor, acto y acción. Al ser el Prajñá
una acción intelectual, debe haber un medio o sustancia detrás
de él. De ahí la pregunta:
¿Qué es el ser o cuerpo del Prajñá? Ahora bien, la respuesta o eco expresado
por Kwanchu no explica nada; en lo atinente a su significado conceptual
quedamos perplejos. Los maestros Zen no nos dan ninguna clave literal para
manejar lo que apreciamos superficialmente.
Cuando
tratamos de entenderlo intelectualmente, escapa de nosotros, y por tanto hay
que aproximársele desde otro plano de la inconsciencia. A no ser que nos movamos en el mismo plano
en que están los maestros, o a no ser que abandonemos nuestro modo de razonar
basado en el denominado sentido común, no hay puente posible que nos transporte
sobre el abismo que divide nuestra intelección de sus repeticiones
aparentemente de loro.
En
este caso, como en los demás, la idea de los maestros es mostrar el modo en que
ha de experimentarse la verdad
del Zen, pero no en el lenguaje
ni con el lenguaje que ellos usan y que todo
usamos, como medios para comunicar las ideas. El lenguaje, en el caso de que
recurran a las palabras, sirve como expresión de sentimiento, disposiciones
anímicas o estados interiores, pero no de ideas, y por tanto se torna
enteramente incomprensible cuando buscamos su significado en las palabras de
los maestros como corporización de ideas. Por supuesto, las palabras no han de
descartarse por completo, en la medida
en que corresponden a los sentimientos o experiencia.
Conocer esto es más importante en la comprensión del Zen.
Entonces, el lenguaje de los maestros Zen es una especie de
exclamación o jaculatoria, salida directamente de la experiencia espiritual
interior de aquellos. En la expresión misma no ha de buscarse significado alguno, sino dentro de nosotros
mismos, en nuestras
mentes, que despiertan a la misma
experiencia. Por tanto, cuando entendemos el lenguaje de los maestros Zen, es
nuestra comprensión y no el sentido del lenguaje lo que refleja las ideas y no
los sentimientos experimentados. De manera que es imposible hacer que entiendan
el Zen quienes todavía no tuvieron
ninguna experiencia Zen, así como es imposible que la gente comprenda la
dulzura de la miel si nunca la probó antes. Para esa gente, la
"dulce" miel seguirá siendo siempre una idea por completo carente de
sentido; vale decir, la palabra carece de vida para ellos.
Goso
Hoyen primero estudió la escuela Yogácára de la filosofía budista y descubrió
el siguiente pasaje: "Cuando el Bodhissattva ingresa en el sendero del
conocimiento, descubre que el intelecto discriminativo se identifica con la Razón, y que el mundo objetivo está fundido con la Inteligencia, y no ha de efectuarse
distinción entre el que conoce y lo conocido." Los anti-yogacáricos refutaron esta afirmación,
diciendo que si el que conoce no se distingue de lo conocido, ¿cómo es posible
el conocimiento? Los yogacáricos no
podían responder a esta crítica, cuando Hsüan-chuang, que para esa época estaba
en la India, se interpuso y salvó del aprieto a sus hermanos en la fe. Su
respuesta fue: "Eso es como beber agua; se sabe por uno mismo si está fría
o no." Cuando Coso leyó esto, se preguntó: "¿Qué es lo que hace que
uno conozca así por sí mismo?" De este modo inició su periplo Zen, pues al
ser filósofos sus amigos yogacáricos no
pudieron iluminarle, y finalmente acudió a un maestro Zen para que le
instruyera.
Antes de proseguir con el tópico
siguiente, permítaseme citar
otro caso de repetición, Hógen Mon-yeki (Fa-yen Wen-i), fundador
de la rama Hógen del Budismo Zen, floreció a principios del siglo x. Preguntó a uno de
sus discípulos: "¿Qué entiendes por este:
'Deja que la diferencia sea siquiera de un décimo de pulgada, y se ensanchará
tanto como el cielo y la tierra?" El discípulo dijo: "Deja que la
diferencia sea siquiera de un décimo de pulgada, y se ensanchará tanto como el
cielo y tierra." Sin embargo, Hógen le dijo que esa respuesta jamás
serviría. El discípulo contestó: "No
puedo hacerlo de otro modo. ¿Cómo lo entiendes?" El maestro replicó al punto: "Deja que la diferencia sea
siquiera de un décimo de pulgada, y se ensanchará tanto como el cielo y la
tierra."5
Hógen fue un gran maestro de repeticiones, y hay otro ejemplo
interesante. Después de procurar entender la verdad íntima del Zen con
cincuenta y cuatro maestros, Tokushó (Té-shao, 907-971) finalmente acudió a
Hógen; pero cansado de efectuar esfuerzos especiales para dominar el Zen, se
limitó a reunirse con los monjes del lugar. Un día en que el maestro subió a la
plataforma, un monje preguntó: "¿Qué es una gota de agua que chorrea de la
fuente de So6 (Ts'ao)?" El maestro
dijo: "Esa es una gota de agua que chorrea
de la fuente de So."
El monje no pudo descifrar nada de la repetición y
quedó como perdido; mientras que a Tolcushó, que se hallaba junto a él, se le
abrió por primera vez el ojo espiritual ante el significado interior del Zen, y
se disolvieron integralmente todas las dudas que, en secreto, albergaba su
corazón.
Después de ello fue un hombre
completamente nuevo.
Casos como éste demuestran concluyentemente que el Zen no ha de
buscarse en las ideas ni en las palabras,
pero que, al mismo tiempo,
éstas demuestran que sin ideas ni palabras
el Zen no puede transmitirse a los demás. Captar el significado
exquisito del Zen que se expresa con palabras y con todo no se expresa en ellas,
es un gran arte que sólo ha de alcanzarse después de muchos vanos
intentos. Tokushó, quien después de esa experiencia llegó finalmente a
comprender el misterio del Zen, dio luego lo mejor de sí para expresar el
criterio que lograra con Hógen. Fue mientras residía en el Monasterio del
Prajñá cuando pronunció el siguiente
B Si
esto se traduce
literalmente, se alarga
demasiado y pierde mucha
de su fuerza original. En chino se lee asi: Hao
U yu ch'a fien ti hsüan chüeh. Mejor podría traducirse:"La diferencia
de una pulgada y el cielo y la tierra se dividen."
6 Vale decir, Ts'ao-ch'i, donde acostumbraba residir
el sexto patriarca
del Zen. Es el lugar de nacimiento del Budismo Zen chino.
"mondó" y sermón. Cuando Tolcushó entró en la Sala, un monje le preguntó: "Entiendo que éste fue un dicho
de un sabio de la antigüedad: Cuando un hombre ve al Prajñá, está atado a éste;
cuando no lo ve también está atado a éste. Ahora deseo saber cómo es que un
hombre que ve al Prajñá podría estar atado a él." El maestro dijo:
"Me dices qué es lo que es visto por el Prajñá." El monje preguntó:
"Cuando un hombre no ve al Prajñá, ¿cómo podría estar atado a él?"
"Me dices", dijo el maestro, "si hay algo que no es visto por el
Prajñá." Luego el maestro prosiguió: "El Prajñá visto no es Prajñá,
ni el Prajñá no visto es Prajñá: ¿cómo podría aplicarse el predicado, visto o
no visto, al Prajñá? Por tanto, se dice desde la antigüedad que cuando falta
una cosa, no está completo el Dharmakáya; cuando una cosa es superflua, el
Dharmakáya no está completo: y además, que cuando hay una cosa que ha de ser
afirmada por el Dharmakáya, no está completa; cuando no hay nada que haya de
afirmar el Dharmakáya, no está completo.
Esta es, ciertamente, la esencia del Prajñá."
La
"repetición" vista bajo esta luz podría perfilarse como inteligible hasta cierto grado.
VII
Como se explicó
en la parte precedente, el principio subyacente en los diversos
métodos de instrucción
utilizados por los maestros Zen consiste en despertar cierto sentido en la
propia consciencia del discípulo, por
medio del cual éste capta intuitivamente
la verdad del Zen. Por tanto, los
maestros siempre apelan a lo que podemos designar como "acción
directa" y son renuentes a perder tiempo en largos discursos sobre el
particular. Sus diálogos son siempre medulosos
y aparentemente no controlados por las reglas de la lógica. El método "repetitivo", como en otros
casos, demuestra concluyentemente que la denominada respuesta no tiende a
explicar sino a señalar el camino por donde el Zen ha de ser intuido.
Concebir la verdad como algo externo, que ha de ser percibido
por un sujeto perceptor, es dualista y apela al intelecto para su comprensión,
pero según el Zen vivimos precisamente en la verdad, por la verdad, y de ésta
no podemos ser separados. Dice Gensha (Hsüan-sha): "Estamos aquí como si
la cabeza y los hombros se hallasen sumergidos debajo del gran océano, ¡y con
todo, cuan lastimosamente extendemos nuestras manos pidiendo agua!" Por
tanto, cuando un monje le preguntó: "¿Qué es mi yo?", respondió de
inmediato: "¿Qué harías con un yo?" Cuando se analiza esto
intelectualmente, él quiere decir que cuando empezamos a hablar sobre el yo,
establecemos inmediata e inevitablemente el dualismo de yo y no-yo, cayendo así
en los errores del intelectualismo. Estamos en el agua, éste es el hecho, y quedémonos así, diría el Zen,
pues cuando empezamos a suplicar agua nos ponemos en relación externa respecto
de ella y se nos quita lo que hasta aquí fue nuestra propia voluntad.
El caso siguiente puede interpretarse bajo la misma luz. Un
monje acudió a Gensha diciéndole: "Entiendo que dices que el universo todo es un cristal
trasparente. ¿Cómo capto el sentido de esto?" El maestro dijo: "El
universo todo es un cristal trasparente, ¿y de qué sirve entenderlo?" Al
día siguiente el maestro mismo preguntó al monje: "El universo todo es un
cristal trasparente, ¿y cómo lo entiendes?" El monje replicó: "El
universo todo es un cristal trasparente, ¿y de qué sirve entenderlo?" "Sé", dijo el maestro,
"que estás viviendo
en la cueva de los demonios." Si
bien esto parece otro caso de "Repetición", hay en
él algo diferente, algo más
intelectivo, por así decirlo.
Sea
lo que fuere, el Zen jamás apela
a nuestra facultad
racional, sino que señala directamente
el objeto
mismo que uno quiere tener. Cuando Gensha, en cierta ocasión, agasajaba con un té a un oficial del
ejército llamado Wai, éste le preguntó: "¿Qué significa cuando dicen que a
pesar de tenerlo todo el día no lo conocemos?" Gensha, sin responder a la
pregunta, levantó un trozo de pastel y se lo ofreció. Después
de comer el pastel el oficial interrogó nuevamente al maestro, y éste entonces observó:
"No lo conocemos aunque lo usamos todos los días." Esta es
evidentemente una lección
objetiva. Otra vez un monje acudió a
él y quiso saber cómo ingresar en el sendero de la verdad.
Gensha preguntó: "¿Oyes el murmullo de la fuente?" "Sí, lo
oigo", dijo el monje. "Hay un modo de ingresar", fue la
instrucción del maestro. De manera que el método de Gensha consistía en hacer
que el buscador de la verdad comprendiese dentro de sí, directamente, qué era
ésta, y no en hacer que meramente poseyese un conocimiento de segunda mano. "Ein begriffener Gott ist kein
Gott", declara Terstegen.
De manera que no hay que maravillarse porque los maestros Zen
formulen con frecuencia expresiones exclamatorias7 en respuesta a preguntas, en vez de dar una respuesta inteligible. Cuando se usan palabras, si es que son inteligibles, quizás
tengamos la impresión de que podemos de algún modo descubrir la clave para
llegar al significado, mas cuando se pronuncia una expresión inarticulada
quedamos absolutamente perplejos en cuanto a cómo encararla, a no ser que
estemos robustecidos con algún conocimiento previo tal como el que, en alguna
medida, intenté brindar
a mis lectores.
De todos los maestros Zen acostumbrados a formular
exclamaciones, los más notables son Ummon y Rinzai, el primero por su
"¡Kwan!" y el segundo por su "¡Kwatz!" Al término de una
temporada estival, Suigan (Ts'ui-yen) efectuó la siguiente observación:
"Desde el principio de esta
temporada estival hablé mucho; ved si mis cejas están todavía allí." Esto se refiere
a la tradición de que
cuando un hombre efectúa falsas afirmaciones sobre el Dharma del Budismo
perderá todo el pelo de su rostro. Como
durante el verano Suigan pronunció
muchos sermones para edificación de sus discípulos, si bien ninguna cantidad de
charla puede jamás explicar qué es la verdad, quizá sus cejas y barba podrían
para entonces haber desaparecido por completo. En lo que atañe a su significado
literal, esta es la idea de su observación, cualquiera sea el Zen que oculte
por debajo.
Hofuku (Pao-fu), uno de los maestros, dijo: "Quien se
convierte en salteador tiene corazón traidor." Chó-ken (Ch'ang-ch'ing), otro maestro, observó:
"¡Cuan densos se vuelven!" Ummon,
uno de los máximos maestros hacia el fin de la dinastía T'ang, exclamó:
"¡Kwan!
Kwan
significa literalmente la puerta de un paso fronterizo en el que son
inspeccionados los viajeros y su equipaje. En este caso, sin embargo, el
término no significa nada de esa índole; es simplemente "¡Kwan!", una
exclamación que no admite ninguna interpretación analítica ni intelectual.
Secchó, el recopilador original del Hekigan,
comenta sobre esto: "Eso es como quien además de perder su dinero, es incriminado", mientras
que Hakuin tiene esto para decir: "Ni
siquiera un puño airado golpea un rostro sonriente." Algo parecido a esto es lo único que podemos comentar sobre una expresión como
la de Ummon. Cuando intentamos algo que se aproxime a una interpretación
intelectual del tema, estamos "a diez mil millas de distancia, más allá de
las nubes", como dirían los chinos.
Si
bien Rinzai es considerado el autor de "¡Kwatz!" (he), tenemos un antecedente previo a éste; pues Baso, sucesor de Nangaku (Nan-yüeh), y trascendente en la historia del Zen,
expresó "¡Kwatz!" a su
discípulo, Hya-kujo (Pai-chang), cuando éste acudió al maestro por segunda vez
para que le instruyera en el Zen. Se dice que este "¡Kwatz!"
ensordeció los oídos de Hyakujo durante los tres días siguientes. Pero se debe principalmente
a Rinzai que este grito particular fuese utilizado más efectiva y sistemáticamente, y que después llegase a
ser uno de los rasgos especiales del Zen Rinzai a diferencia de las demás escuelas. De hecho, sus seguidores
abusaron tanto del grito, que él tuvo que efectuar
la siguiente observación: "Todos os entregáis
tanto a aprender mi grito (he), pero quiero pediros esto: Suponed que un hombre
sale de la sala Este y otro de la sala Oeste, y suponed que ambos,
simultáneamente, gritan: '¡Kwatz!'; y con todo os digo que en esto el sujeto y
el predicado son claramente discernibles. ¿Mas cómo los discerniréis? Si sois
incapaces de discernirlos, de aquí en más os está prohibido imitar mi
grito."
Rinzai distingue cuatro
clases de "¡Kwatz!" El primero,
según él, se parece a la espada sagrada de Vajra-rája; el segundo semeja el león
de dorada cabellera echado en el suelo; el tercero es similar al diapasón o la
hierba usados como señuelo; y el cuarto es el único que no funciona para nada
como "¡Kwatz!"
Una vez Rinzai preguntó a su discípulo, Rakucho (Le-p'u):
"Un hombre utilizó una vara y otro recurrió al "¡Kwatz!" ¿Cuál de ellos piensas que intimó más con la verdad?" El discípulo
contestó: "¡Ninguno de ellos!" "¿Qué es entonces lo más íntimo?" Rakuho gritó: "¡Kwatz!" Entonces Rinzai lo
golpeó.
Blandir la vara fue el método más favorito de Tokusan y por lo general contrasta
con el grito de Rinzai; pero aquí Rinzai es quien emplea la vara y la
especialidad de éste es asumida de manera muy eficaz por su discípulo Rakuho.
Además de estas
"hábiles argucias" (upáya-kausalya) enumeradas hasta aquí bajo siete títulos, hay unas pocas "argucias" más, aunque aquí no voy a ser muy exhaustivo sobre el particular.
Una de ellas es "silencio". Vimalakírti guardó
silencio cuando Mañjusrí le interrogó sobre la doctrina de la no-dualidad, y
tiempo después un maestro comentó que su silencio fue "ensordecedor como
el trueno". Un monje pidió a Basho Yesei (Pa-chiao Hui-ch'ing) que le
mostrase el "rostro original sin el auxilio de ningún concepto
intermediario, y el maestro, manteniéndose en su asiento, quedó en silencio.
Cuando a Shifuku (Tzé-fu) se le pidió una palabra adecuada a la comprensión de
quien interrogaba, no pronunció ninguna, simplemente guardó silencio. Bunki (Wén-hsi) de Koshu (Hang-chou) fue discípulo de Kyózan (Yang-shan); un monje le preguntó: "¿Qué es el yo?", pero
él permaneció silencioso. Como el monje no supo qué hacer con eso, preguntó
nuevamente, a lo cual el maestro respondió: "Cuando el cielo está nublado,
la luna no puede brillar." Un monje preguntó a Sozan (Ts'ao-shan):
"¿Cómo es el silencio inexpresable como para que se lo revele?"
"Yo aquí no lo revelo." "¿Dónde lo revelarías?"
"Anoche, a medianoche", dijo el maestro, "perdí tres monedas
junto a mi lecho".
A veces los maestros se sientan en silencio "durante un
corto lapso" (liang-chiu), ya
sea como respuesta a una pregunta como cuando están en el pulpito. Este liang-chiu no siempre expresa meramente
el paso del tiempo, como podemos verlo en los casos siguientes: Un monje acudió
a Shuzan (Shou-shan) y le preguntó:
"Ten a bien tocar una melodía en un arpa sin cuerdas." El maestro guardó silencio
y le dijo: "¿La oyes?" "No, no la oigo." "¿Por qué", dijo el maestro, "no
la pediste más fuerte?"
Un monje preguntó a Hof uku (Pao-fu): "Me dijeron que
cuando se quiere conocer el sendero de lo
increado, debe conocerse su origen. ¿Cuál es el origen, señor?" Hofuku
guardó silencio por un rato y luego preguntó a su sirviente: "¿Qué me preguntó
el monje ahora?" Cuando el monje repitió la pregunta, el maestro lo expulsó,
exclamando: "¡No soy sordo!"
A continuación podemos mencionar el método de contra-pregunta,
en el que las preguntas no son respondidas con afirmaciones concretas sino con
contra-preguntas. En el Zen, hablando en general, una pregunta no lo es en su
sentido corriente —vale decir, no se la formula simplemente en procura de
información— y por tanto es natural que lo que ordinariamente corresponde a una
pregunta no sea una respuesta. Alguna
autoridad Zen enumera dieciocho diferentes clases de preguntas, frente a las
cuales podemos distinguir dieciocho respuestas correspondientes. De manera que
una contra- pregunta es a su modo una respuesta esclarecedora. Un monje pidió a
Jimyo (Tzé-ming) que "expusiese la idea de la llegada de Dharma procedente
del Oeste", y el maestro dijo: "¿Cuándo viniste?" Cuando se le
preguntó a Rasan Dokan (Lo-shan Tao-hsien): "¿Quién es el amo del mundo
triple?", dijo: "¿Entiendes cómo comer arroz?" Tenryu (T'ien-lung), el maestro de Gutei, fue llamado
por un monje que le preguntó: "¿Cómo somos liberados del mundo triple?"
Le replicó: "¿Dónde estás en este preciso
momento?" Un monje le preguntó
a Jóshu: "¿Qué dirías si un hombre estuviese sin una pulgada de ropa encima?"
"¿Qué es lo que dices que no tiene
encima?" "Una pulgada de ropa encima, señor." "Muy
gracioso es esto, ¡no tener una pulgada de ropa!", respondió el maestro.
Si seguimos de esta manera, puede que no haya término
en cuanto a este modo de encarar las diversas "argucias" ideadas
por los maestros Zen para beneficio de sus discípulos sedientos de verdad. Permítaseme concluir esta parte citando dos casos más en los que se emplea una especie
de razonamiento circular, pero desde otro punto de vista podemos detectar aquí
una huella de monismo absoluto en el que están borradas todas las diferencias.
Sin embargo, queda por verse si los maestros Zen concuerdan con este criterio;
pues si bien se afirma la absoluta identidad de meum et tuum, tampoco se niega los hechos de la individualización.
Un monje le preguntó
a Daizui (Tai-sui): "¿Cuál es mi Yo (del
discípulo)?"
"Ese es mi Yo (del maestro)", respondió el maestro. "¿Cómo es que mi Yo es tu
Yo?"
El último
dicho fue: "Ese es tu Yo"."
Para entender esto de un modo lógico,
pongamos "ignorante", o "confundido", o "humano" en lugar de "mi Yo (del
discípulo)", y en lugar de "tu Yo (del maestro)" pongamos
"iluminado", o "del Buda",
o "divino", y puede ser que vislumbremos lo que ocurre
en la mente de Daizui.
Pero sin su observación última "Ese es tu Yo", todo el asunto
puede resolverse en una forma de filosofía panteísta. En el caso de Sansho
Yenen (San-shéng Huí-jen) y Kyozan Yejaku (Yang- shan Huí-chi), el pensamiento
de Daizui se presenta más concretamente. Yejaku preguntó a Yenen: "¿Cuál
es tu nombre?" y Yenen replicó: "Mi nombre es Yejaku." Yejaku
protestó: "Yejaku es mi nombre." Entonces Yenen dijo: "Mi nombre
es Yenen", lo cual provocó una alegre carcajada de Yejaku. Estos diálogos
recuerdan el famoso dicho hindú "Tat
tvam así", pero la diferencia entre esto y "Mi
nombre es Yejaku" es la existente entre la filosofía vedántica y el
Budismo Zen, o entre el idealismo hindú y el realismo o practicidad china. Esto
último no generaliza, ni especula sobre un plano superior que no se apoye en la
vida tal como la vivimos.
Según la filosofía de la escuela Kekon (Avatamsaka) del Budismo,
hay un mundo espiritual en el que un objeto particular retiene dentro de sí,
fundidos, todos los demás objetos particulares, en lugar de que todos los objetos
particulares estén absorbidos en el Gran Todo. De modo que en este mundo sucede de tal
suerte que cuando se alza un ramo de flores o se señala un pedazo de ladrillo,
todo'' el mundo se ve reflejado aquí en su multitudinariedad. De ser así, puede
decirse que los maestros Zen se mueven también en este reino místico que revela
sus secretos en el momento de la iluminación suprema (anuttara-samyak-sambodhi).
VIII
Llegamos ahora al rasgo más característico del Budismo Zen, por
el que se distingue no sólo de todas las demás escuelas budistas, sino también
de todas las formas de misticismo conocidas por nosotros. Hasta aquí la verdad del Zen fue expresada
por medio de palabras, articuladas o de otra índole, por
más enigmáticas que puedan parecer superficialmente: pero ahora los maestros
apelan a un método más directo en vez del medio verbal. De hecho, la verdad del
Zen es la verdad de la vida, y la vida significa vivir, moverse, actuar, no
meramente reflexionar. Por lo tanto, ¿no es
lo más natural del Zen que su desarrollo se oriente hacia la acción, o más bien
a vivir su verdad, en vez de demostrarla o ilustrarla con palabras, vale decir,
con ideas? En vivir realmente la vida no hay lógica, pues la vida es superior a
la lógica. Imaginamos que la lógica influye sobre la vida, pero en realidad el hombre no es una
criatura racional en la medida en que lo imaginamos; por supuesto,
razona, pero no actúa de acuerdo con el resultado de su razonamiento puro y
simple. Hay algo más fuerte que el raciocinio.
Podemos llamarlo impulso, o instinto, o más comprensivamente:
voluntad. Donde actúa esta voluntad hay Zen, pero si se me pregunta si el Zen es filosofía
de la voluntad, más bien vacilaría
en dar una respuesta positiva. El Zen ha de explicarse, si es que debe
explicarse, más bien dinámicamente antes que estáticamente. De manera que
cuando levanto la mano, hay Zen. Mas cuando afirmo que levanté la mano, allí no
hay más Zen. Tampoco hay Zen alguno cuando doy por sentada la existencia de
algo que puede llamarse voluntad o algo más. No es que la afirmación o
presunción sea errónea, sino que lo que se conoce como Zen se halla a tres mil
millas de distancia, como dicen. Una afirmación es Zen sólo cuando, en sí
misma, es un acto y no se refiere a nada que se afirme en él. En el dedo que
apunta a la luna no hay Zen, pero
cuando es considerado el dedo mismo
que apunta, con completa independencia de cualquier
referencia externa, hay Zen.
La vida se delinea en el lienzo llamado tiempo; y el tiempo
jamás se repite: una vez que se fue, se fue para siempre; y lo mismo ocurre con
un acto; una vez realizado, nunca se deshace. La vida es una pintura sumiye que debemos ejecutar de una vez y
para siempre, sin vacilación, sin intelección, sin que sean permisibles ni posibles las correcciones. La vida no se parece a una pintura al óleo, que puede borrarse y
realizarse una y otra vez hasta que el artista quede satisfecho. Con la pintura
sumiye, cualquier pincelada afectuada
por segunda vez tiene por resultado una mancha; la vida la abandonó. Todas las
correcciones se ponen en evidencia al secarse la tinta. Lo mismo ocurre con la
vida. Jamás podemos retractarnos de los actos que cometimos una vez; no, lo
experimentado una vez por la consciencia, no puede ser borrado jamás. Por tanto, el Zen debe ser captado cuando la cosa sucede, ni antes ni después.
Es un acto de un solo instante. Cuando Dharma estaba a punto de abandonar la
China, como narra la leyenda, preguntó a sus discípulos qué habían comprendido
del Zen, y uno de ellos que
resultó ser una monja, replicó: "Es
como la contemplación de Ananda dentro del reino del Buda Akshobhya; se lo ve
una sola vez y jamás se repitió." Este carácter elusivo, irrepetible e
inatrapable de la vida es delineado gráficamente por los maestros
Zen que lo compararon con un
relámpago o chispa producido por la percusión de piedras: shan tien kuang, chi shih huo, es la frase.
La idea del método directo, a
la que apelan los maestros, consiste
en atrapar esta vida efímera en el momento en que se escapa y no después
que huyó. Mientras huye, no hay tiempo para evocar la memoria ni para construir
ideas. El razonamiento de nada sirve aquí. Puede utilizarse el lenguaje, mas esto fue asociado desde hace tiempo con la ideación, y perdió su sentido directo o su ser por sí mismo. Tan pronto
se emplean palabras, expresan significado, razonamiento; representan algo que
no les pertenece; carecen de conexión directa con la vida, excepto como débil
eco o imagen de algo que ya no está allí. Esta es la razón de porqué los
maestros evitan a menudo expresiones o afirmaciones que resulten inteligibles
en cualquier sentido lógico. El objetivo de aquellos es concentrar la atención
del discípulo en la cosa misma que éste desea captar y no en algo que se halle
en la más remota conexión posible y que sea capaz de pertur- barle. Por lo
tanto, cuando intentamos descubrir el significado en dharánís, en exclamaciones o en una hilera sin sentido de palabras
tomadas como tales, estamos muy lejos de la verdad del Zen. Debemos penetrar en
la mente misma como fuente de vida, de la que nacen todas estas palabras. Blandir
una vara, gritar
"¡Kwatz!" o patear
una pelota, debe entenderse en este sentido; vale decir, como la más directa
demostración de vida, no como la vida misma. De manera que el
método directo no es siempre la violenta afirmación de la fuerza vital, sino un
gentil movimiento corporal, la
respuesta a un llamado, el escuchar el murmullo de una corriente, o el canto de
un pájaro, o cualquiera de nuestras más comunes afirmaciones cotidianas de la
vida.
Reiun (Ling-yün) fue interrogado: "¿Cómo eran las cosas antes de la aparición del Buda en el
mundo?" Levantó su hossu. "¿Cómo eran las cosas después de la aparición del Buda?' Levantó nuevamente el hossu.
Alzar el hossu fue método muy favorito de muchos maestros para demostrar la
verdad del Zen. Como lo declaré en otra parte, el hossu y el cayado fueron las
insignias religiosas de los maestros, y resultaba natural que los utilizasen
tanto cuando los monjes se les aproximaban para interrogarles. Un día Obaku Kiun (Huang-po Hsi-yün) ascendió al
pulpito, y tan pronto se reunieron los monjes, el maestro alzó su cayado
y los echó a todos.
Al retirarse aquellos, los llamó, y ellos volvieron sus cabezas. El
maestro dijo: "La luna parece un arco, menos lluvia y más viento." De
manera que el cayado fue blandido efectivamente por los maestros, pero ¿quién
pensaría jamás que una caña se convertiría en instrumento para ilustrar la profundísima verdad de
la religión?
Jóshu fue el más rápido en réplicas medulosas, y sus "Dichos"
(Goroku)
están llenos de ellas,
pero también fue un adepto del método directo. Cuando estaba en el pulpito, un
día un monje salió de la fila y le hizo reverencias. Sin embargo, sin esperar
nuevos movimientos de parte del monje, Jóshu enlazó sus manos y dio un saludo
de despedida. El método de Hyakujo Isei (Pai- chang Wei-cheng) fue algo diferente. Le decía a los monjes:
"Abridme la granja y os hablaré del gran principio (del Zen)." Una
vez que los monjes concluyeron con la atención de la granja y regresaron ante
el maestro para su discurso sobre el gran principio, éste se limitó a extender
sus
brazos abiertos,
sin decir nada.
Un monje
acudió a Yenkwan An, el Maestro Nacional, y quiso conocer cuál era el cuerpo
original del Buda Vairochana. El maestro le pidió que le alcanzase
el cántaro y aquél así lo hizo. Entonces el maestro dijo: "Ponlo de vuelta donde lo sacaste." El monje obedeció
fielmente, pero al no decírsele cuál era el cuerpo original
del Buda, planteó
la pregunta una vez más: "¿Quién es el Buda?" El maestro contestó:
"¡Hace tiempo que se fue!" En este caso el método directo fue más
bien practicado por el monje mismo
bajo la dirección del maestro, pero lamentablemente
el estado espiritual del discípulo no estaba lo bastante maduro como para
captar el significado de su propio "método directo", y ¡dejemos al
"viejo Buda"! Algo parecido a este caso puede hallarse en lo
siguiente:
Sekisó (Shih-shuang) preguntó
a Yenchi (Yüan-chih), discípulo de Yakusan
(Yüeh-shan): "Si después de tu muerte
alguien me preguntase acerca del hecho
último, ¿qué debería., decirle?" El
maestro no respondió, sino que en vez de ello llamó al niño sirviente, quien
llegó de inmediato. Le dijo: "Llena el cántaro" y quedó silencioso
durante un rato. Entonces preguntó a Sekisó: "¿Qué me preguntaste
antes?" Sekisó planteó nuevamente la pregunta; entonces el maestro se
levantó de su asiento y abandonó la habitación.
Como observaran algunos maestros, el Zen es nuestra
"disposición mental corriente"; vale decir, en el Zen no hay nada
sobrenatural ni inusual ni altamente especulativo, que trascienda nuestra vida
cotidiana. Cuando tenemos sueños, nos vamos a dormir; cuando tenemos hambre,
comemos, tal como las aves del cielo y los lirios del campo, "sin
preocuparos por vuestra vida, ni por lo que comeréis o beberéis; ni por vuestro
cuerpo, ni por lo que os pondréis". Este es el espíritu del Zen. De ahí que no se dé ninguna
instrucción especialmente didáctica o dialéctica en el estudio del Zen, salvo la que en el
caso siguiente proporciona Dogo.
Ryutan
Sóshin (Lung-t'an Sui-hsin) fue discípulo de Tenno Dogo (Tao-wu). Secundó al
maestro como uno de sus sirvientes personales. Estuvo con él por un tiempo cuando,
un día, dijo al maestro. "Desde que acudí a ti, no fui instruido
para nada en el estudio de la mente." El maestro replicó: "Desde que llegaste a mí,
siempre te estuve indicando cómo
estudiar la mente." "¿De
qué modo, señor?" "Cuando me trajiste una taza de té, ¿no te la acepté? Cuando me serviste
comida, ¿no di cuenta de ella? Cuando me haces reverencias, ¿no te las devuelvo?
¿Cuándo descuidé jamás el darte
instrucciones?" Ryutan dejó su cabeza gacha por un rato, cuando el maestro
le dijo: "Si quieres ver, ve directamente en ello; mas cuando tratas de
pensar en ello, se pierde por completo."
Dogo Yenchí (Tao-wu Yüan-chih) y Ugan Donjo (Yün-yen Tan-shéng), estaban como sirvientes del
maestro Yakusan (Yüeh-shan) y éste observó: "En verdad os diré que evitéis
hablar de aquello adonde nuestro
intelecto no puede llegar; si así obráis,
os crecerán cuernos. Oh Yenchi,
¿qué dirás a esto?" Entonces
Yenchi se levantó de su sitio y abandonó el cuarto. Ungan preguntó al maestro:
"¿Cómo es, señor, que el Hermano Chi no te contesta?" "Hoy me
duele la espalda", dijo Yakusan. "Mejor que te dirijas al mismo Yenchi,
pues él entiende." Ungan acudió a su cofrade y le interrogó así: "Oh
Hermano Mayor, ¿por qué no contestaste recién
a nuestro maestro?" "Mejor es que vuelvas
al maestro mismo y se lo preguntes." Esto fue lo que el pobre Ungan pudo
obtener de su hermano mayor.
Hubo otro movimiento favorito, practicado a menudo por los
maestros Zen, consistente en llamar al que preguntaba, o a alguien
más. A este respecto ya se ofreció
un caso de éstos en otra
parte. Los siguientes son típicos y clásicos. Chu, el Maestro Nacional, llamó a
su monje sirviente tres veces, a lo cual éste respondió regularmente. El
Maestro le dijo: "Pensé no haber sido justo contigo, pero fuiste tú quien
no fue justo conmigo."8
8 Un
monje interrogó a Hsüan-sha: "¿En qué consiste la idea del llamado del
Maestro Nacional a su sirviente?" Hsüan-sha dijo: "El sirviente bien
lo sabe." Yün-chü Hsi comentó esto: "¿El sirviente sabe realmente o
no?" Si decimos que lo sabe, ¿por qué el Maestro Nacional
dice: "Eres tú quien no es justo conmigo"? Pero si el sirviente no lo sabe, ¿qué ocurre con la afirmación
de Hsüan-sha? ¿Cuál seria nuestro criterio en este caso?"
Hsüan-chiao Cheng
le dijo a un monje:
"¿Cuál es el punto que el sirviente
entiende?" El monje replicó: "Si
no lo entendió, nunca habría
respondido." Hsüan-chiao dijo: "Pareces entender algo."
Un monje
preguntó a Fa-yen: "¿En qué consiste 3a idea del llamado del Maestro
Nacional a su sirviente?" Fa-yen dijo: "Ahora vete y vuelve
en otra ocasión. "Yün-chü observó:
"Cuando Fa-yen dice esto, ¿conoce
realmente cuál es la idea del Maestro Nacional? ¿O no
conoce?"
Un monje se acercó
a Chao-chou con la misma
pregunta, a lo cual replicó:
"Es como escribir
caracteres en la oscuridad: si bien los caracteres no
se forman propiamente, sus perfiles pueden seguirse claramente.
Esta llamada y
respuesta tuvo lugar también tres veces entre Mayoku (Ma-ku)
y Ryosui (Liang-sui), que al final hizo exclamar a
este último: "¡Oh este estúpido cofrade!"
Esta argucia de llamar y responder fue practicada con
frecuencia, como se ve en los siguientes casos: Un alto dignatario gubernamental llegó hasta Ungo Dóyó (Yiin-chü
Tao-ying) y le preguntó: "Me
dijeron que El Honrado por el Mundo tuvo una frase secreta y Mahákásyapa no la
mantuvo oculta. ¿Cuál era la frase secreta?" El maestro llamó: "¡Oh
honrado dignatario!", y el oficial respondió. "¿Entiendes?", preguntó el maestro. "No, Reverendo Señor", fue su natural
respuesta. "Si no
entiendes, está la frase secreta; si entiendes, está Mahákásyapa plenamente
revelado."
Haikyu (P'ai-hsiu) fue gobernador local de Shinan (Hsin-an)
antes de ser designado ministro de Estado. Una vez visitó un monasterio budista
de su distrito. Mientras recorría las estancias del monasterio, halló un delicado
fresco y preguntó
a los sacerdotes que lo acompañaban de quién era el
retrato. "Fue uno de los altos sacerdotes", le contestaron. Entonces
el gobernador se volvió hacia ellos y preguntó: "Aquí está el retrato,
pero dónde está el alto sacerdote?" Todos no supieron cómo contestarle.
Entonces preguntó si allí había monjes Zen. Le replicaron: "Hace poco
tenemos un recién llegado en este
monasterio; nos hace algún trabajo
servil y tiene una apariencia muy similar a la de un monje Zen." Entonces éste fue traído a presencia del gobernador,
quien de inmediato le dijo: "Tengo una pregunta en la que deseo ser
iluminado, mas estos caballeros escatiman su respuesta. ¿Puedo pedirte me des
una palabra por ellos?" "Deseo
humildemente que me preguntes", solicitó el monje cumplidamente. El
funcionario repitió la primera pregunta; entonces el monje llamó en alta voz y
con claridad: "¡Oh Haikyu!" Haikyu respondió al punto: "¡Aquí
estoy, señor!" "¿Dónde está ahora el alto sacerdote?",
repreguntó el monje. Esto abrió el ojo del gobernador al sentido de la
contra-pregunta del monje, en la que entonces pudo leer la solución de su
primera indagación.
El caso entre Yisan (Wei-shan) y Kyózan (Yang-shan) fue más
intelectual y, hasta cierto punto, más inteligible que este mero llamado
y respuesta. Kyózan fue el principal discípulo de Yisan,
y uno de los rasgos peculiares
de esta escuela consistió en la demostración de la verdad del Zen en forma
concordante entre maestro y discípulo. Una vez salieron a recoger hojas de té.
El maestro dijo a Kyózan: "Recogiendo todo el día hojas de té, oigo sólo
tu voz y no veo tu cuerpo; manifiesta tu cuerpo original y déjame verlo."
Kyózan sacudió la planta de té. Yisan dijo: "Sólo lograse su función, no lograste su sustancia." Kyózan
expresó: "Maestro, ¿cómo
es entonces según tu criterio?" El maestro estuvo un rato silencioso, luego el discípulo
dijo: "Oh maestro,
sólo lograste la sustancia,
no lograste la función." "Te libras de mis veinte golpes",
concluyó el maestro. Según la ontología budista se distinguen tres conceptos,
como se refirió antes: sustancia o cuerpo; apariencia; y función o actividad. El "cuerpo" o bháva corresponde a la idea de masa o ser; la "apariencia" (lakshana) a la de la
forma; y "función" (kritya) a
la de la fuerza. Los filósofos budistas consideran toda realidad analizable
dentro de estas tres nociones. Sin embargo, a veces el segundo concepto, la
"apariencia", es absorbido
en el del "ser", o "cuerpo". Sin función no existen los objetos, pero la función
no puede tener lugar
sin algo que funcione. Las dos
ideas, según los filósofos budistas, son así inseparables de
nuestra comprensión del universo. Mas Yisan y Kyózan no eran metaf'ísicos y no
podrían argumentar sobre el particular. Uno sacudió el árbol y el otro
permaneció en silencio. No podemos decir que haya Zen en esta actitud
silenciosa y en esta sacudida, si los interpretamos filosóficamente, pero podemos recoger algo de Zen en sus
observaciones sobre el "cuerpo" y la "función", junto con
su método directo.
Hasta aquí el método directo no tuvo carácter violento alguno
como para implicar lesión corporal o choque nervioso, pero los maestros
no tenían escrúpulos si juzgaban necesario sacudir rudamente a los discípulos. Rinzai fue célebre por
su tratamiento directo e incisivo; la punta de su espada atravesaba el corazón
de su oponente. El monje Jó (Ting) fue uno de sus discípulos, y cuando preguntó
al maestro cuál era el principio fundamental del Budismo, Rinzai bajó de su
silla de paja y asiendo al monje le abofeteó con la palma de su mano, dejándole
ir. Jó permaneció en silencio, sin saber qué hacer ante todo ese proceder,
cuando un monje circunstante le acusó de no hacer reverencias al maestro. Al
hacer esto, Jó despertó de repente a la verdad del Zen. Después, al cruzar un
puente, encontró a un grupo de tres
estudiantes budistas; uno de ellos le preguntó: "El río del Zen es hondo y su fondo
debe ser sondeado. ¿Qué significa esto?" Jo, discípulo de Rinzai, aferró
al punto a quien lo
interrogaba y estaba a punto de lanzarlo por encima del puente, cuando sus dos
amigos intercedieron, pidiéndole a Jó un trato misericordioso para con el
ofensor. Jó soltó al estudiante, diciendo: "Si no fuese por la intercesión
de sus amigos, de inmediato le hubiese hecho sondear el fondo del río." Para esta gente
el Zen no era broma,
ni mero juego de ideas;
por el contrario, era algo
muy en serio en lo que se jugaba la vida.
Rinzai era discípulo de Obaku (Huang-po), pero estando con el
maestro no obtuvo instrucción alguna sobre el Zen; pues siempre que le
interrogaba sobre la verdad fundamental del Budismo, Obaku lo golpeaba. Pero
fueron estos golpes los que abrieron los ojos de Rinzai a la verdad última del Zen, haciéndole exclamar:
"¡Después de todo, no hay mucho en el Budismo
de Obaku!" Lo poco que quedó de Zen en China y Corea
pertenece a la escuela de Rinzai. Sólo en Japórt la rama Sotó florece tanto
como la de Rinzai. El vigor
y la
vitalidad del Budismo Zen, aún presentes en la escuela Rinzai del Japón, derivan de los
tres golpes tan misericordiosamente propinados a su pobre discípulo. De hecho,
hay más verdad en un golpe o puntapié que en la verbosidad del discurso lógico. Cualquiera sea el caso, los maestros
Zen eran seriamente formales dondequiera se les pidiese la demostración del Zen. Véase el
ejemplo siguiente.
Cuando Tó-Impo (Téng Yin-féng) empujaba un carro, vio que su
maestro estiraba sus piernas de modo que sobresalían bastante en el camino. Le
dijo: "¿Tendrías a bien recoger tus piernas?" El maestro le replicó:
"Lo que se estiró una vez, jamás se contrae." "De ser así",
dijo Tó, "lo que una vez se empujó, jamás se vuelve atrás." Su carro
arrolló directamente las piernas del maestro, que de esa manera resultaron heridas.
Más tarde, Baso ascendió a la Sala de Predicación llevando un hacha, y dijo a los monjes allí reunidos:
"Quien hirió las piernas del viejo maestro hace un rato, salga de la
congregación." Tó se adelantó y estiró su cuello listo para recibir
el hachazo, pero el maestro,
en vez de cortar la cabeza del
discípulo, bajó el hacha en silencio.
Tó-Impo
estaba listo para ofrendar su vida a fin de reafirmar la verdad de su acción
por la que el maestro resultó herido. El remedo o la simulación prevalecen por
doquier, y por tanto Baso quiso aseverar lo genuino de la comprensión del Zen
por parte de Tó. Cuando algo está en juego, los maestros no vacilan en
sacrificarlo todo. En el caso de Nansen fue sacrificado un gato; Kyózan rompió en pedazos un espejo; una mujer adherente del Zen incendió
toda su casa; y otra mujer arrojó su criatura al río. Este último
caso es extremo y tal vez el único
de ese género jamás registrado en la historia del Zen. En cuanto a casos
menores, como los antes mencionados, son cuantiosos y los maestros Zen los
consideran casi temas del curso de estudios.
IX
Si bien no intenté ser muy exhaustivo en la descripción de todos
los diferentes métodos de demostración, o más bien de comprensión, de la verdad del
Zen, a los que recurren
los maestros de diversas
escuelas, las aseveraciones efectuadas hasta aquí con respecto a ellos pueden
ser suficientes como para darnos, al menos, una vislumbre de algunos de los
rasgos peculiares del Budismo Zen. Cualquiera sea la explicación dada por críticos
o eruditos a la filosofía del Zen, debemos primero de todo adquirir un nuevo punto de vista para contemplar
las cosas, lo cual se halla
completamente fuera de nuestra esfera corriente de la consciencia. Este nuevo
punto de vista se logra más bien cuando alcanzamos los límites últimos de
nuestra comprensión, dentro de los que pensamos que siempre estamos atados y
que somos incapaces de atravesarlos. La mayoría de las personas se detienen
ante estos límites y fácilmente se persuaden de que no pueden ir más allá. Pero
hay algunas cuya visión mental es capaz de penetrar en este velo de contrastes
y contradicciones, y lo logran abruptamente. Golpean la pared con cabal
desesperación y he aquí que aquella cede paso inesperadamente y se abre un
mundo enteramente nuevo. Las cosas hasta
allí consideradas prosaicas y corrientes, y hasta ataderas, se disponen ahora dentro de un esquema cabalmente nuevo. Se
desvanece el viejo mundo de los sentidos, y llega a ocupar su lugar algo
enteramente nuevo. Nos parece hallarnos en el mismo medio circundante objetivo,
pero subjetivamente estamos rejuvenecidos, nacimos otra vez.
Wu Tao-tzé,
o Godoshi, fue uno de los máximos pintores de la China, y vivió en el reino del
Emperador Hsuan-tsung, de la dinastía
T'ang. Su última
pintura, según la leyenda, fue un paisaje que le encargara el Emperador
para una de las paredes de su palacio. El artista ocultó la obra completa con
una cortina hasta el arribo del Emperador, corriéndola entonces para dejar a la
vista su vasta pintura. El Emperador observó admirado una escena maravillosa:
bosques y grandes montañas, y nubes en inmensas distancias de cielo, y hombres
sobre las columnas, y pájaros en vuelo. "Mira", dijo el pintor,
"en la cueva, al pie de esta montaña, mora un espíritu." Al golpear
las manos, la puerta de entrada a la cueva se abrió. "El interior es bello
más allá de las palabras", continuó. "Permíteme mostrarte el
camino." Diciendo esto, pasó al interior; la puerta se cerró tras él; y
antes que el atónito Emperador pudiese hablar o moverse, todo se desvaneció en
la blanca pared ante sus ojos, sin que quedase rastro alguno del pincel del
artista. A Wu Tao-tzé no se le vio más.
Había desaparecido el artista, borrándose toda la escena; pero
de esta nada, surge un nuevo mundo espiritual, en el que moran los maestros
Zen, cumpliendo toda clase de travesuras, afirmando toda clase de absurdos que,
con todo, están en perfecto acuerdo con la naturaleza de las cosas, en la que
un mundo se desplaza despojado de todas sus falsedades, convencionalismos,
simulaciones y oblicuidades intelectuales. A no ser que nos introduzcamos en este mundo de realidades, la verdad del Zen será un libro eternamente sellado.
He aquí lo que quiero decir
con adquirir un nuevo punto de vista independiente de la lógica y de la
comprensión discursiva.
Emerson expresa el mismo criterio dentro de su modalidad
característica: "Por encima de estas actividades (vale decir, combinación
matemática, gran poder de abstracción, transmutaciones de la imaginación,
incluso versatilidad y concentración) están los saltos mortales, los hechizos y
las resurrecciones, introducidos por la imaginación. Al despertar esto, el
hombre parece multiplicar su fuerza diez o mil veces. Esto abre el delicioso
sentido de dimensión indeterminada, e inspira un hábito mental audaz. Somos tan
dúctiles como el gas de la pólvora, y la frase de un libro, o la palabra que se
deja caer durante la conversación, liberan nuestra fantasía, e instantáneamente
nuestras cabezas se bañan con galaxias, y nuestros pies recorren el piso del
abismo. Y este beneficio es real, porque estamos facultados para estas
ampliaciones y, una vez traspasados los lindes, jamás seremos otra vez los misérrimos pedantes que fuimos."
He aquí una buena ilustración de la diferencia existente entre un "miserable pedante" y quien
"traspasó los lindes". Hubo un monje llamado Gensoku (Hsüan-tsé), uno
de los principales funcionarios del monasterio bajo el maestro Zen Hógen
(Fa-yen), de principios del siglo x.
Jamás acudió
al maestro para efectuar indagaciones acerca del Zen, de modo que un día el
maestro le preguntó por qué no acudía. El funcionario principal respondió:
"Cuando estuve con Seibo (Chi'ng-féng) logré una idea con respecto a la
verdad del Zen." "¿Cuál es entonces tu comprensión?", preguntó
el maestro. "Cuando pregunté a mi maestro quién era el Buda, éste me
dijo: "Pintg-ting T'ung-tzé viene por fuego." "Es una buena
respuesta", dijo Hógen, "pero probablemente la interpretas mal.
Déjame ver cómo tomas su significado." "Bien", explicó el
funcionario, "Pintg-ting es el Dios del Fuego; cuando el mismo viene por
fuego, es como yo mismo que, siendo un Buda desde el principio mismo, quiere
saber qué es el Buda. No es necesaria pregunta alguna, pues ya soy el mismo
Buda." "¡Vaya!", exclamó el maestro. "Precisamente como yo
lo pensé. Estás completamente equivocado." Soku, el funcionario principal,
se ofendió mucho al ser reprobada su opinión y abandonó el monasterio. Hógen
dijo: "Si regresa, puede salvarse; si no regresa, está perdido." Tras
recorrer cierta distancia, Soku reflexionó que un maestro de quinientos monjes
como Hógen no lo reprendería sin causa, y regresó ante el viejo maestro,
expresándole su deseo de que le instruyese en el Zen. Hógen le dijo:
"Pregúntame y te contestaré." "¿Quién es el Buda?", la
pregunta llegó de labios del ahora monje penitente. Tin-ting T'ung-tzé viene
por fuego." Esto hizo que sus ojos se abriesen a la verdad del Zen, muy
distinta de la que antes entendiese acerca de ella. Ya no era más un
"pedante" de segunda mano sino una alma viva y creadora. No necesito
repetir que el Zen rechaza ser explicado, sino que ha de ser vivido. Sin esto,
toda charla no es sino una idea, lastimosamente vacua y miserablemente
insatisfactoria.
Sigue otro relato que ilustra la peculiaridad de la comprensión Zen a diferencia de nuestras
comprensiones
intelectuales corrientes, que se basan en ideas y representaciones. Aquí se repite la misma frase que en el
caso precedente, y en lo que atañe a su sentido literal, no tenemos razón para suponer que produjo efectos
diferentes sobre la mente del receptor. Pero como dije en otra parte, el Zen es la apertura de la propia consciencia interior,
ocasionada por algún suceso
externo incidental que puede ser de naturaleza puramente física, pero que puede
evocar alguna operación mental. Por tanto, esta apertura es algo que nosotros,
como ajenos, no pertenecientes a la
vida interior del individuo a quien se refiere, no tenemos medios para juzgar
de antemano; sólo sabemos cuándo se produce la apertura; pero los maestros
parecen conocer cuándo va a tener lugar esta apertura y cómo se ha de producir
por propia experiencia. Los estudiosos de la psicología Zen hallarán un
interesante problema para investigar.
Suigan Kashin (Ts'ui-yen K'é-chén) fue discípulo de Jimyo
(T'zuming, 986-1040), uno de los máximos maestros Sung y bajo el cual la escuela
Rinzai del Zen se dividió
en dos ramas, Woryu
(Huang-lung) y Yógi (Yang-ch'i). Kashin estaba muy orgulloso de ser uno de los
discípulos del maestro; aun no era realmente maestro, pero pensaba que lo era.
Cuando mantenía una charla con otro de los discípulos de Jimyo fue sorprendido
en falta y convirtióse en el hazmerreír. Su amigo recogió un pedazo de teja
rota y colocándola sobre una roca chata, le dijo: "Si puedes decir una
palabra a este respecto, concederé que eres realmente discípulo de Jimyo."
Kashin vaciló, miró en una y otra dirección, tratando de formular alguna
respuesta. Su amigo estaba impaciente, y barbotó: "Al dudar y vacilar no
has atravesado todavía la ilusión, ni siquiera soñaste jamás lo que es la
verdadera intuición del Zen." Kashin estaba totalmente avergonzado de sí
mismo. De inmediato retomó a su maestro, quien le reprochó con severidad,
diciendo que venía antes de la terminación del verano, lo cual era contra las
disposiciones. Bañado en lágrimas, explicó cómo había sido censurado por su
cofrade y que ésa era la razón de que estuviese allí contrariando las normas
monásticas. El maestro le preguntó abruptamente: "¿Cuál es el principio
fundamental del Budismo?" Kashin replicó:
"jEn las cimas de las montañas
no se amontonan nubes, y
cuán serenamente se refleja la luna en las olas!"
Los ojos del maestro relampaguearon de indignación, y tronó:
"¡Qué vergüenza! ¡Tener tal opinión un provecto
como tu! ¿Cómo
puedes esperar ser liberado del nacimiento-y-la-muerte?"
Kashin imploró fervorosamente que lo instruyera. El maestro le dijo:
"Pregúntame." Entonces repitió la primera pregunta del maestro:
"¿Cuál es el principio fundamental del Budismo?" El maestro barbotó:
"|En las cimas de las montañas
no se amontonan nubes, y
cuán serenamente se refleja la luna en las olas!"
Esto abrió
el ojo de Kashin, y después de eso fue otro hombre.
Permítaseme concluir
con un sermón de Coso (Wu-tsu), de quien ya hicimos mención:
"Si la gente me pregunta a qué se parece el Zen le diría que es como aprender el arte de robar.
El
hijo de un ladrón vio envejecer a su padre y pensó: 'Si es incapaz de llevar
adelante su profesión, ¿quién ganará el pan en esta familia, salvo yo mismo?
Debo aprender el oficio." Interiorizó de la idea a su padre, quien la
aprobó. Una noche el padre llevó al hijo a una casa grande, forzó la cerca,
entró a la casa, y abriendo un gran baúl le dijo al hijo que fuese a sacar vestidos. Tan pronto el hijo se
introdujo en el baúl, hizo caer la tapa y aseguró la cerradura.
Entonces el padre
salió al patio, y golpeando fuertemente la puerta despertó
a toda la familia,
al tiempo que silenciosamente se deslizó por el agujero que
anteriormente practicara en la cerca. Los moradores se excitaron, encendieron
velas pero descubrieron que los ladrones se habían dio. El hijo, que todo el
tiempo permaneciera seguramente confinado en el baúl, pensó en su cruel padre.
Estaba grandemente mortificado cuando surgió en él una buena idea. Hizo un ruido
que sonó parecido al chillido de una rata. La familia dijo a la sirvienta que
tomase una vela y examinase el baúl, Al ser abierta la cerradura de la tapa,
salió el prisionero, apagó la luz de un soplido, hizo a un lado a la sirvienta
y huyó. Los moradores corrieron tras él. Al advertir un pozo junto al camino,
tomó una gran piedra y la tiró al agua. Todos los perseguidores se
congregaron
alrededor del pozo tratando de hallar al ladrón ahogándose en el oscuro
agujero. Mientras tanto, él estaba de vuelta y seguro en casa de su padre, imputándole el haberse podido
escapar por poco. El padre le dijo: 'No te ofendas, hijo mío, Dime solamente cómo te escapaste.' Cuando el hijo le narró todas
sus aventuras, el padre observó: "¡Ya lo lograste; aprendiste el arte!'"
LA
SALA DE MEDITACIÓN, Y LOS IDEALES
DE LA DISCIPLINA MONÁSTICA
I
Para vislumbrar el aspecto práctico
y disciplinario del Zen
tenemos que estudiar
la institución conocida como
la Sala de Meditación. Se trata de un
sistema educativo muy peculiar de la
secta Zen. La mayor parte de los principales monasterios pertenecientes a esta
secta están dotados de Salas de Meditación, y en la vida del monje Zen, más que
en cualquier otra parte, nos acordamos de la Sala de Meditación de la Hermandad
Budista (Sam-gha) de la India. Este
sistema fue fundado por el maestro Zen chino, Hyakujo (Pai-chang, 720-814),
hace más de mil años. Hasta su época los monjes acostumbraban vivir en
monasterios pertenecientes a la secta vináyica,
que eran gobernados por un espíritu que no estaba muy de acuerdo con los
principios del Zen. Como éste floreció
cada vez más y sus seguidores aumentaron en cantidad e influencia,
necesitaron su propia institución, exclusivamente consagrada a la promoción de
sus objetivos.
Según
Hyakujo, los monasterios Zen no debian ser hinayanistas
ni mahayanistas, pues debían unir los métodos disciplinarios de ambas escuelas
de un modo nuevo y original, mejor adaptado
a la realización de los ideales Zen, como lo concibieran los maestros de los
primeros tiempos.
El libro original
recopilado con Hyakujo,
dando detalladas normas
para el monasterio Zen; se perdió. El
único con que ahora contamos fue recopilado durante la dinastía Yuan tomado de
la vida monástica real de aquella época, que a la sazón se suponía era una fiel
continuación de la vieja institución, aunque,
naturalmente, con algunas
modificaciones y transformaciones debidas a exigencias históricas. Este libro fue recopilado bajo
los auspicios del Emperador reinante, Shud, y se lo conoce como "La
Edición Imperial de las Disposiciones del Monasterio Zen". En el Japón los
monasterios Zen nunca se establecieron en tan gran escala como en la China, y
como resultado todas las disposiciones, como se detallan en la Edición
Imperial, no fueron practicadas. Pero se adoptó su espíritu y todo lo aplicable
a la vida y condiciones japonesas. En ninguna
parte se perdieron de vista los ideales de la vida Zen. Y antes de continuar deseo
hablar brevemente de uno de tales ideales, expuestos
ante la vista de todos los estudiantes Zen, pues en realidad es el rasgo más importante y
digno de nota de la vida monástica Zen.
Esto es, en verdad, lo que distingue al Zen de las demás
escuelas budistas originadas en la China, y ha de ser considerado muy característicamente Zen, y al mismo
tiempo como animador de su larga historia.
Con esto me refiero a la noción de trabajo
o servicio. Hyakujo
dejó un dicho famoso que fue el principio guía de su vida, y que es
preeminentemente el espíritu de la Sala de Meditación. Es éste: "Sin
trabajo, no hay comida." Cuando sus devotos discípulos lo juzgaron
demasiado viejo para trabajar en el jardín, que era su ocupación cotidiana
además de las disertaciones y la educación de los monjes en el Zen, escondieron
todos sus implementos, pues no prestaba atención a sus repetidas reconvenciones
orales. Entonces rehusó comer, diciendo: "Sin trabajo, no hay
comida."
En conjunto, las Salas de Meditación son así consideradas como elemento vital en la vida de un monje. Es algo muy práctico, y
principalmente consiste en labor manual, como barrer, limpiar, cocinar,
juntar leña, cultivar
la granja, o pedir limosna
en villorrios lejanos
o cercanos. No se considera ningún
trabajo por debajo de la dignidad de los monjes,
y entre ellos prevalece un
sentimiento perfecto de hermandad y democracia. Por más duro o minúsculo que
sea un trabajo, desde el punto de vista corriente, no lo rehuyen. Creen en la
santidad del trabajo manual. Se mantienen ocupados de todos
los modos posibles; no son ociosos,
como algunos de los denominados monjes o mendicantes
lo son, al menos físicamente, como en la India, por ejemplo.
En esta santificación del trabajo podemos ver bien reflejada la
actitud práctica de la mente china. Cuando dije que el Zen era la
interpretación china de la doctrina de la Iluminación, el concepto Zen del
trabajo no entró esencial ni teóricamente en mi conclusión. Mas desde el punto de vista práctico, el trabaja es parte tan integral de la vida Zen en la actualidad que uno no puede
concebirse como independiente
del otro. En la India los monjes son
mendicantes; cuando
meditan se
retiran a un silencioso rincón, lejos de las preocupaciones mundanas; y en la
medida en que son sostenidos económicamente por sus devotos seglares, no se
entregan a ningún trabajo servil coma
están acostumbrados a hacerlo los monjes Zen chinos y japoneses. Lo que salvó
al Budismo Zen de deteriorarse en quietismo o mera gimnasia intelectual, que
fue en mayor o menor medida el destino que cayó sobre las otras escuelas del Budismo,
se debió, con seguridad, al evangelio del trabajo. Aparte de su valor
psicológico, demostró ser un medio eficiente
para la preservación de la salud y cordura
del Budismo Zen a través de su larga historia evolutiva.
Sea cual fuere esta importancia histórica del trabajo, Hyakujo
debe haber tenido un profundo
conocimiento de la psicología humana cuando convirtió al trabajo en espíritu
rector de la vida monástica. Su idea de "Sin trabajo, no hay comida",1
no se originó necesariamente en una valorización económica ni ética de la vida. Su única motivación no fue que nadie merece su pan cotidiano si no lo ganó con el sudor
de su frente. Es cierto, hay virtud en no comer el pan de la holgazanería, y
hubo muchos budistas, desde los primeros tiempos del Budismo, que juzgaron muy
desgraciado vivir de ganancias y ahorros ajenos; pero el objetivo de Hyakujo,
si bien podría haber sido concebido inconscientemente, fue más bien
psicológico, a pesar de su franca declaración: "Sin trabajo, no hay
comida." Eso tendía a evitar a sus monjes una inactividad mental o un
desequilibrado desarrollo de la mente que, demasiado a menudo, es resultado del
hábito meditativo de la vida monacal.
Cuando los músculos no se ejercitan para la ejecución de
verdades espirituales, o cuando la mente y el cuerpo no se someten a la prueba
práctica, la separación tiene, por lo general, resultados adversos. Como la
filosofía del Zen consiste en trascender el concepto dualista de carne y
espíritu, su aplicación práctica es natural que consista, hablando
dualísticamente, en tornar a los nervios y músculos en siervos muy prestos y absolutamente obedientes de la mente, y en no hacernos decir que el
espíritu verdaderamente está presto pero la carne es débil.
Cualesquiera
sean las verdades religiosas de esta última afirmación, psicológicamente esto
deriva de una falta de canal dispuesto entre la mente y los músculos. A no ser
que las manos estén habitualmente preparadas para realizar la labor del
cerebro, la sangre cesa de circular parejamente en todo el cuerpo, y se congestiona en alguna parte, especialmente en el cerebro. El resultado será no sólo un
estado enfermizo del cuerpo en general sino también un estado de torpor o sopor
mental en el que las ideas se presentan como si fuesen nubes que se mecen. Uno
está plenamente despierto y, con todo, la mente está llena de los sueños y
visiones más salvajes que, de ningún modo, se relacionan con las realidades de
la vida. Las fantasías son fatales para el Zen y quienes
lo practican considerándolo una forma de meditación tienden,
en demasía, a ser
visitados por este insidioso enemigo.
La insistencia de Hyakujo sobre el trabajo manual salvó al Zen de
caer en la trampa del antinomianismo al igual que de la modalidad alucinatoria
de la mente.
Aparte de estas consideraciones psicológicas, hay una razón
moral que no debe escapar de nuestra atención al estimar la sabiduría de
Hyakujo al instituir el trabajo como parte vital de la vida Zen. Pues la
sensatez de las ideas debe, al final, probarse mediante su aplicación práctica.
Cuando en esto fracasan —vale decir, cuando no pueden llevarse a cabo en la
vida, cotidiana, produciendo armonía y satisfacción duraderas y dando beneficio
real a todos los que se le refieren, tanto a uno mismo como a los demás— no puede decirse que idea alguna sea sensata
y práctica. Si bien la fuerza física no es norma como para juzgar el
valor de las ideas, éstas, por más coherencia lógica que tengan, carecen de
realidad cuando no están unidas a la vida.
Especialmente en el Zen, las ideas abstractas que no convencen
a uno en la vida práctica, no son
de valor alguno. La convicción ha de ganarse a través de la experiencia y no a
través de la abstracción, lo cual significa que carece de base realmente
sólida, salvo cuando puede comprobarse en nuestra vida activa y eficiente. La
aseveración moral o 'el dar testimonio" debe
1
Literalmente: “Un día de no trabajar
es un día de no comer”.
Cf. II Tesalonicenses III, 10: “si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” . Es
digno de nota que San Francisco de
Asis convirtió esto en la primera regla de su hermandad.
estar muy
por encima del juicio intelectual; vale decir, la verdad debe ser producto de
las propias experiencias que se viven. La ociosa ensoñación no es su negocio,
insistirán los seguidores del Zen. Por supuesto, éstos se sientan en silencio y practican "zazen";2 pues quieren reflexionar sobre cualquier
lección lograda durante
el trabajo. Pero como siempre
se oponen a la
meditación, ponen en acción cuantas reflexiones efectuaron durante horas de
estar sentados en silencio, comprobando su validez en el campo vital de lo
práctico. Estoy fuertemente convencido que si el Zen no pusiese fe en poner en
acción sus ideas, la institución mucho antes de esto se hubiese hundido en un
mero sistema somnífero e inductor de trance, de modo tal que todo el tesoro
reflexivamente acumulado por los maestros chinos y japoneses habría sido
desechado como materia putrefacta.
Quizá con el apoyo inconsciente de estas razones, todos los
seguidores del Zen consideraron el valor del trabajo o servicio como uno de sus ideales
religiosos. Sin duda, la idea fue puesta en vigencia en gran medida por
la industriosidad y practicidad características del pueblo chino, por el cual el Zen fue principalmente
elaborado. El hecho es que si hay algo sobre lo que insisten muy enfáticamente los maestros Zen como expresión
práctica de su fe, eso es servir a los demás,
trabajar por los demás; no ostentosamente, en verdad, sino en secreto, sin
hacer que los demás se enteren de
ello. Dice Eckhart: "Lo que el hombre absorbe por la contemplación, lo
vuelca en amor." El Zen diría: "vuélcalo en el trabajo",
significando con trabajo la realización activa y concreta del amor. Tauler
convirtió el hilar y confeccionar calzado y otros menesteres caseros en dones del Espíritu Santo; el Hermano
Lawrence convirtió el cocinar en algo sacramental; George Herbert escribió:
"Quien barre un cuarto
según tus leyes torna excelente eso y la
acción."
Todo esto expresa
el espíritu del Zen en lo que atañe a su aspecto
práctico. De manera
que los místicos son todos
hombres prácticos; distan de ser visionarios cuyas mentes están demasiado
absortas en cosas no terrenas o de otro mundo, para preocuparse de su vida
diaria. La noción común de que los místicos
son soñadores y contempladores de estrellas debe corregirse, pues no
se funda en los hechos. En verdad, psicológicamente, hay una relación muy
íntima y profunda entre un giro mental práctico y cierto tipo de misticismo; la
relación no es meramente conceptual ni metafísica. Si el misticismo es verdadero,
su verdad debe ser práctica, verificándose en todo acto nuestro, y, muy
decididamente, no lógica, para ser verdadera sólo según nuestra dialéctica.
Canta un poeta Zen conocido como Hokoji: 3
"¡Cuán maravillosamente sobrenatural, y cuán milagroso es esto!
¡Saco agua y llevo leña!"
2 Tso-chan es uno de aquellos
términos budistas compuestos intregrados por sánscrito y chino. Tao significa
en chino: sentarse y chán significa dhyána o fhána. La transliteración plena
del término es chánna pero se usa abreviando el primer ideograma. La combinación
tso-chán deriva del hecho que el dhyána se practica sentado con las piernas
cruzadas, considerada por los hindúes la mejor forma de sentarse para largo rato de meditación. Según algunos médicos
japoneses, en ella el centro
de gravedad reposa firmemente
en las regiones inferiores del cuerpo y cuando se alivia la cabeza de una
desacostumbrada congestión sanguínea, todo el sistema trabaja en perfecto orden
y la mente queda en una disposición adecuada para introducirse en la verdad del
zen.
3 Fue
el célebre discípulo confuciano de Baso (Ma-tsu), y su esposa e hija
fueron también devotos seguidores del Zen. Cuando juzgó que había llegado el
tiempo de morir, dijo a su hija que observase el curso del sol y le hiciese saber cuando fuese el mediodía.
La hija regresó de prisa y dijo al
padre que el sol ya había pasado el meridiano y que estaba a punto de ocultarse. Ho salió, y mientras observaba
dicho eclipse, ella entró, ocupó el
asiento de su padre y murió en
meditación. Cuando el padre vio a-su hija ya en el Nirvana, dijo: "¡Qué
niña perspicaz que es!" Ho falleció unos días después.
II
La Sala de Meditación (Zendó,
en japonés, y Ch'an T'ang, en
chino), como se construye en Japón, es por lo general un edificio rectangular,
de variadas dimensiones, según la cantidad de monjes que deba alojar. La de
Engakuji,4 Kamakura, era de unos 36 pies por 65 pies. Los pisos, de
unos seis pies de ancho por tres pies de alto, se levantan a lo largo de las
alas más largas del edificio, y se deja un espacio vacío en el medio, a todo lo
largo de la Sala. Este espacio es utilizado para practicar un ejercicio conocido
como "kinhin" (ching hsing), que
significa literalmente "marcha del sútra". El espacio asignado a cada
monje sobre el piso tatami no excede una estera,
de tres por seis pies, donde se sienta, medita y duerme por la noche. La manta
de cada uno no es más que un gran cobertor acolchado, tanto en verano como en
invierno. No tiene regularmente almohada, salvo la que confeccione
temporariamente con sus bienes privados. Sin embargo, éstos se reducen a casi
nada: pues son el kesa (kasháya, en
sánscrito) y el kojomo (manto sacerdotal), unos pocos libros, una navaja, y un
juego de cuencos, todos los cuales se colocan en una caja de unas trece por
diez por tres y media pulgadas de largo. Al viajar, esta caja es transportada delante, sostenida
con una faja que cuelga del cuello. De manera que los
bienes en total se desplazan con el dueño. "Un vestido y un cuenco, bajo
un árbol y sobre una piedra",
fue la descripción gráfica de la vida monacal de la India. Comparado con esto,
el moderno monje Zen debe decirse que está aprovisionado en abundancia. Sin
embargo, sus necesidades se reducen al mínimo, y nadie puede dejar de llevar
una vida simple, quizá simplísima, si la ajusta al modelo del monje Zen.
El Budismo considera el deseo de posesión como la peor pasión
por la que pueden obsesionarse los mortales.
De hecho, es lo que causa demasiada miseria en el mundo, debido a un fuerte impulso de adquisitividad. Como se desea el poder,
los fuertes siempre
tiranizan a los débiles: como se codicia la riqueza,
los ricos y los pobres siempre entrechocan sus espadas de amarga enemistad. Se
declaran las guerras internacionales, prosigue siempre el desasosiego social, a
no ser que el impulso de tener y retener se desarraigue por completo. ¿No puede
reorganizarse una sociedad sobre una base enteramente diferente de la que
estamos acostumbrados a ver desde el inicio de la historia? ¿No podemos esperar
jamás el cese de la acumulación de la riqueza y de empuñar
el poder meramente por el deseo de engrandecimiento individual o nacional? Al
desesperar de la cabal irracionalidad de los asuntos mundanos, los monjes
budistas llegaron al otro extremo y se apartaron incluso de los goces
razonables y perfectamente inocentes de la vida. Sin embargo, el ideal Zen de
colocar las pertenencias del monje en una
pequeña caja un poco más grande que un pie cuadrado y tres pulgadas de alto es
su muda protesta, aunque hasta ahora inefectiva, contra el actual orden de la
sociedad.
A este respecto será interesante leer la admonición dejada por
Daitó, el Maestro Nacional (1282-1337), a sus discípulos. El fue el fundador de
Daitókuji, Kyoto, en 1326, y se dice que pasó
casi un tercio de su vida, que no fue muy larga, entre
los estratos más bajos de la sociedad, bajo el puente de Cojo,
mendigando su comida, realizando toda clase de trabajo servil, y despreciado
por la denominada gente respetable del mundo. No se preocupó por la
magnificencia de una vida de templo, próspera y altamente honrada, llevada por
la mayoría de los sacerdotes budistas de aquellos tiempos, ni pensó mucho en
esos actos piadosos y santurrones que sólo testimonian la superficialidad de la
vida religiosa de aquellos. Sólo se contrajo a la vida más simple y al pensamiento
más elevado. La admonición dice así:
"Oh vosotros,
monjes, que estáis aquí en este monasterio de la montaña, recordad
que estáis reunidos por gracia de la religión y no
por gracia de vestidos y comida. Mientras tengáis espaldas (vale decir,
cuerpos) tendréis vestidos para usar, y mientras tengáis boca tendréis comida
para comer. Tened siempre presente, a lo largo de las doce horas del día, de
aplicaros al estudio de lo Impensable.
4 Este templo histórico desgraciadamente fue destruido por el terremoto de 1923, con muchos otros edificios
. El tiempo pasa como una flecha; no
permitáis jamás que vuestras mentes sean perturbadas por preocupaciones
mundanas. Estad siempre, siempre en vigilia. Después
que me marche, algunos de vosotros puede ser que tengan finos templos en
prósperas condiciones, torres y salas y libros santos, todos decorados en oro y plata, y que los devotos se apiñen ruidosamente en las salas;
algunos puede ser que pasen horas leyendo los Sútras y
recitando dharánís, y, sentados largo tiempo en contemplación, puede que no se
entreguen al sueño; puede ser que, comiendo una vez por día y observando los
días de ayuno, y a lo largo de los seis períodos del día, practiquen todos los
actos religiosos.
"Aunque así se consagren a la causa, si sus pensamientos no
moran realmente en el Método misterioso e intransmisible de los Budas y los Padres, puede
ser que aun lleguen a ignorar la ley de causalidad
moral, concluyendo en una ruina completa de la religión. Todos ellos pertenecen
a la familia de los espíritus malignos; por más que se prolongue mi partida del
mundo, no han de ser llamados mis descendientes.
Basta sin embargo que haya tan sólo un individuo, que viva en el
yermo, en una choza techada con un montón de paja, y que pase sus días comiendo
las raíces de legumbres silvestres cocinadas en una olla derrengada; pero si
uni-mentalmente se aplica al estudio de sus propios asuntos (espirituales), él
es precisamente quien tiene conmigo una entrevista diaria y sabe ser agradecido por su vida.
¿Quién jamás despreciará a
tal persona? Oh monjes, sed diligentes, sed diligentes." 5
En la India, los monjes budistas nunca comen carne por la tarde.
Propiamente hablando, comen sólo una vez al día, pues su desayuno no es
desayuno en el sentido inglés ni norteamericano. De modo que tampoco se supone
que los monjes Zen tomen cualquier comida por
la noche. Mas no podría ignorarse la necesidad climática
de la China y el Japón, y tienen,
en cierta medida, una comida por la noche; pero para tranquilizar su
conciencia la llaman "comida medicinal" (yüeh-shih). El desayuno, que es tomado a la mañana, muy temprano,
cuando todavía está oscuro, consiste en gachas de arroz y legumbres encurtidas (tsukemono).
La comida principal, a
las 10 de la mañana, es arroz
(o arroz mezclado con
cebada), sopa de legumbres, y encurtidos. Por la tarde, a las cuatro, tienen
sólo lo que quedó del almuerzo; no se
cocina nada en especial. A no ser que se los invite afuera o se les brinde un
trato fuera de lo común en la casa de algunos generosos benefactores, las
comidas son como las ya descriptas, año tras año. Su lema es pobreza y
simplicidad.
Sin embargo, no debe considerarse al ascetismo como el ideal de
la vida del Zen. En lo que atañe al significado último del Zen, no es ascetismo
ni cualquier otro sistema ético. Si parece abogar por la doctrina
de la supresión o la del desapego, el hecho supuesto
está meramente en la
superficie; pues el Zen, como escuela del Budismo, hereda más o menos su
desacuerdo hacia la disciplina
hindú. Sin embargo, la idea central de la vida monástica no consiste en
desperdiciar sino en emplear al máximo posible las cosas tal como las
recibimos, lo cual es también el espíritu del Budismo en general. En verdad el
intelecto, la imaginación y otras facultades mentales al igual que con respecto
a los objetos físicos que nos rodean, sin eximir a nuestros propios cuerpos, nos
fueron dados para el desarrollo y magnificación de los poderes supremos que
poseemos como entidades espirituales y no meramente para satisfacción de
nuestros caprichos o deseos individuales, que
seguramente conflictuan y lesionan los intereses y derechos defendidos por los demás. Estas
son algunas de las ideas interiores que subrayan la simplicidad y pobreza de la
vida monástica.
5 En los monasterios de algún modo conectados con el autor de esta admonición, esto se lee, o más bien, se canta,
antes de iniciarse una disertación o Teisho.
III
Como la urbanidad
en la mesa practicada por los monjes
es algo que ha de considerarse como peculiarmente Zen, se ofrecerá aquí
alguna descripción de aquélla.
Cuando es la hora de la comida se hace sonar un gong, y los monjes salen en procesión de la Sala
de Meditación llevando sus cuencos al comedor. Las mesas bajas están dispuestas
sin aditamentos. Se sientan cuando el jefe hace sonar la campana. Se colocan
los cuencos, que, de paso, están confeccionados con madera o papel, y bien bruñidos. El juego consiste
en cuatro o cinco platos,
uno dentro del otro. Mientras ordenan
los platos y aguardan a los monjes
que sirven la sopa y el arroz,
se recita el Prajñá-páramitá-hridaya-sútra,6 seguido de las "Cinco Meditaciones" sobre la comida, que son: "Primero: ¿de qué soy digno?
¿De dónde proviene esta ofrenda? Segundo: Al aceptar esta ofrenda, debo
reflexionar sobre la deficiencia de mi virtud. Tercero: Proteger mi propio
corazón, alejarme de faltas tales como codicia, etc., es lo esencial. Cuarto:
Esta comida es ingerida como buena medicina a fin de mantener al cuerpo en estado saludable. Quinto: Esta comida es aceptada
para asegurar el logro espiritual." Después de estas
"Meditaciones" continúan pensando en la esencia del Budismo: "El
primer bocado es para cortar todos los males; el segundo bocado es para
practicar todo el bien; el tercer bocado es para salvar a todos los seres
sensibles de modo que todos finalmente alcancen el Estado Búdico."
Ahora están listos para alzar sus palillos, pero antes de que
realmente participen del espléndido almuerzo, han de recordarse los demonios o
espíritus que viven en algún lugar del mundo
triple; y cada monje, al tomar
unos siete granos de arroz
de su propio cuenco, los ofrece
a aquellos invisibles, diciendo: "Oh vosotros, demonios y otros seres
espirituales, ahora os ofrezco esto, y que esta comida llene los diez sectores
del mundo y que con ella se alimenten todos los demonios y otros seres
espirituales."
Mientras se come, prevalece el silencio. Los platos se manejan sin ruido; no se pronuncia
una sola palabra; no se conversa. Comer es para ellos un asunto
serio. Cuando se quiere un segundo
cuenco de arroz, el monje junta sus manos delante. El monje-camarero lo
advierte, da la vuelta con el recipiente del arroz llamado chachi, y se sienta ante el que tiene hambre. Este levanta su
cuenco y pasa ligeramente su mano en torno al fondo antes de entregárselo al
camarero. Con esto quiere significar que quita cualquier suciedad adherida al
cuenco y que pueda ensuciar la mano del monje-camarero. Cuando se llena el
cuenco, el comensal mantiene sus manos juntas. Si no quiere demasiado, se
restriega gentilmente las manos, lo cual significa: "Suficiente, gracias."
AI concluir la comida no se deja nada. Los monjes comen todo cuanto
se les sirve, "juntando
los fragmentos restantes". Esta
es su religión. Después de servirse
un cuarto plato de arroz, por lo general concluye la comida. El jefe da
palmadas en las tablas de madera y los monjes camareros traen agua caliente.
Cada comensal llena con agua el cuenco más grande,
y en él son lavados todos
los platos más pequeños, y se los seca con un trozo de tela que lleva cada
monje.
Entonces da la vuelta
un balde de madera para recibir el agua sucia.7 Cada monje recoge
sus platos y los envuelve una vez más, diciendo:
"Ahora terminé de comer y mi cuerpo físico está bien nutrido: siento como si mi poder volitivo
sacudiese los diez sectores del mundo y dominase pasado,
presente.
6 No debo olvidar mencionar que después de leer el Hridaya Sufra, son invocados los siguientes nombres de los Budas y
otros:
1.El Buda Vairochana en su inmaculado Cuerpo de la
Ley; 2. El Buda Vairochana en su perfecto Cuerpo de la Bienaventuranza; 3. El Buda Sakyamuni, en sus manifestaciones infinitas como Cuerpo de la Transformación;
4. El Buda
Maitreya que ha de llegar en un tiempo futuro;
5. Todos los Budas del pasado, del presente y del futuro en las diez divisiones del mundo; 6. El grande
y santo Bodhisattva Mañjusri; 7. El grande
y moralmente perfecto
Bodhisattva Samantabhadra; 8. El grande y compasivo Bodhisattva
Avalokiteshvara; 9. Todos los venerables Bodhisattva-mahásattvas; y 10.
Mahaprajñápáramitá.
7 Cuando el balde para recibir
el agua sucia
da la vuelta, se recuerda
otra vez a los seres espirituales: "Esta agua en la que fueron lavados mis cuencos sabe a néctar de los
cielos. Ahora ofrezco ésta a los numerosos espíritus del mundo: ¡qué todos se
harten y satisfagan! Om ma-kura-sai (en pekines, mo-hsui-lo-hsi) sváhá!"
y futuro:
¡que al volcarse la causa y el efecto para bienestar general de todos los
seres, ganemos todos infaliblemente en poderes milagrosos!" Las mesas
quedan ahora vacías como antes, salvo los granos de arroz ofrecidos a los
seres espirituales al comienzo de la comida. Se golpean las tablas de madera, se dan gracias,
y los monjes abandonan la estancia en ordenada procesión
tal como entraron
IV
La industriosidad de los monjes es proverbial. En los días en
que no está asignado estudio, por lo general
se los ve, inmediatamente después
del desayuno, hacia
las cinco y media en verano y las seis y
media en invierno, en la parte
externa del monasterio, o en los villorrios vecinos,
pidiendo limosna o trabajando
en la granja anexa al Zendó. Mantienen en perfecto orden el monasterio, tanto
dentro como fuera. A veces, cuando decimos: "Esto se parece a un
monasterio Zen" queremos significar que
el lugar se conserva en el orden más pulcro posible. Cuando salen a pedir
limosna recorren millas hacia las afueras. Por lo común, el Zendó tiene algunos
benefactores cuyas casas
son visitadas regularmente por
los monjes, obteniendo provisiones de arroz y legumbres. A menudo los vemos por
los campos empujando una carreta cargada de zapallos o papas. Trabajan tan
duramente como los campesinos comunes. A veces se dirigen a los bosques para
juntar leña en general.
También
saben algo de agricultura. Como tienen que sostenerse a sí mismos en estas
condiciones, son a la vez granjeros, peones y obreros
especializados. Pues con frecuencia
construyen su Sala de Meditación bajo la dirección de un arquitecto.
Estos monjes constituyen un cuerpo que se gobierna a sí mismo.
Tienen sus cocineros, prefectos, gerentes, sacristanes, maestros de ceremonia,
etc. Parece que en los tiempos de Hyakujo hubo diez de esos oficios, aunque no
se conocen detalles debido a que las Disposiciones se perdieron. Si bien el
maestro de un Zendó es su padre espiritual, su gobierno no le concierne directamente. Esto queda para los cofrades
más ancianos de la comunidad, cuyo carácter fue puesto a prueba durante muchos años de
disciplina. Cuando se discuten los principios del Zen, puede ser que nos
maravillemos de su metafísica profunda y sutil, si es que la hay, y que
imaginemos qué grupo de pensadores graves, cetrinos, cabizbajos y
desmundanalizados deben ser estos
monjes. Pero en su vida real son, después de todo, mortales comunes contraídos a
trabajos serviles, pero joviales, jocosos, deseosos de ayudarse mutuamente, sin
desdeñar labor alguna que por lo común se considere baja e indigna de manos
educadas. Entre ellos está siempre de manifiesto el espíritu de Hyakujo.
No es que sólo los monjes trabajaran sino que también el maestro
compartía la faena de aquellos. Esto, de acuerdo con Hyakujo, era cooperar e igualar la labor entre todos sin distinción
de rango. Por tanto, el maestro, junto con sus discípulos, trabajaba en la
granja, plantaba árboles, arrancaba
la mala hierba del jardín, recogía hojas de té y se dedicaba a toda clase de
trabajos manuales. Al utilizar esas oportunidades, les daba lecciones prácticas
en el estudio del Zen, y los discípulos tampoco dejaban de apreciar sus
instrucciones.
Jóshu estaba barriendo el patio y un monje le preguntó:
"¿Cómo es que una mota de polvo entró en este suelo santo?" A esto
respondió Jóshu: "¡Aquí llega otra!" En otra ocasión, cuando el maestro
se encontraba nuevamente barriendo el piso, Liu, ministro
de Estado, visitó
el templo y dijo al maestro
jardinero: "¿Cómo es que un gran sabio como tú tiene que barrer el
polvo?"
"Llega de afuera",8 replicó
Jóshu.
Nansen estaba trabajando fuera del monasterio con sus monjes
y Jóshu, que había quedado encargado de vigilar en caso de incendio, gritó
de repente: "¡Fuego! ¡Fuego!" La alarma hizo que
todos los monjes regresaran corriendo al dormitorio. Al ver esto, Jóshu cerró
la puerta y declaró: "Si pudieseis decir
una palabra, las puertas se abrirían." Los monjes no
supieron qué decir. Sin embargo,
Nansen, el maestro,
tiró la llave dentro de la sala a través de una ventana.
Entonces Jóshu abrió la puerta.
Mientras trabajaba en la granja, un monje partió en dos una
lombriz con su pala; entonces preguntó al
maestro Chósa (Chang-sha Ch'én):
"La lombriz está cortada en dos y ambas partes todavía se retuercen: ¿en
cuál de ellas está presente la naturaleza búdica?" El maestro le dijo:
"¡No tengas ilusión!" Pero el monje insistió: "No
puede evitar este retorcerse, señor." "¿No ves que el
fuego y los elementos del aire aún no se han dispersado?"
Estaban Shiko (Tzú-hu) y Shókó (Shéng-kuang) haciendo trabajos
de jardinería cuando sucedió algo parecido; entonces Shókó interrogó al maestro sobre la vida real de
la lombriz. Sin contestarle, el maestro alzó el rastrillo, golpeó primero un extremo de la lombriz
y luego el otro,
y finalmente el espacio entre ambos. Entonces dejó caer el rastrillo y se
marchó.
Un día en que Obaku se hallaba desherbando con una azada, al ver
que Rinzai no tenía una, le preguntó: "¿Cómo es que no llevas ninguna
azada?" Rinzai le contestó:
"Alguien se la llevó, señor." Entonces Obaku le dijo que se acercase pues quería discutir
el asunto con él. Obaku dijo, alzando
su azada: "Es sólo esto, pero todo el mundo es incapaz de
levantarla." Rinzai le quitó la azada al maestro y la levantó diciendo: "¿Cómo es que ahora está en mis manos?" Obaku observó: "¡He
aquí un hombre que hoy efectúa una gran porción de trabajo!"
Entonces regresó a su cuarto.
Otro día, al observar que Rinzai descansaba sobre una azada, Obaku le dijo: "¿Estás cansado?" Rinzai replicó: "Ni siquiera levanté mi
azada y ¿cómo he de estar cansado?" Entonces Obaku lo golpeó; sin embargo
Rinzai arrebató el palo al maestro y lo derribó. Obaku llamó al Yino (karmadána) para que le ayudase a
levantarse, diciendo: "¿Por qué permites la rudeza de este cofrade loco?" Tan pronto estuvo
el maestro nuevamente en pie, golpeó al Yino. Entonces
Rinzai empezó a cavar la tierra y efectuó
este anuncio: "En otros lugares creman, pero aquí todos seréis sepultados
vivos."
La historia
de Isan y Kyózan, cuando
estaban fuera, recogiendo hojas de té, ya fue narrada en uno
de los ensayos precedentes. En verdad, la historia del Zen abunda en incidentes
como los aquí referidos, demostrando cómo los maestros procuran disciplinar a
sus discípulos en toda ocasión posible. Los sucesos de la vida cotidiana,
manifiestamente triviales en la superficie, manejados así por los maestros,
adquieren plena significación. Cualquiera sea el caso, todos estos mondó ilustran muy elocuentemente sobre la tendencia
total de la vida monástica
de la antigüedad, donde el espíritu
de trabajo y servicio estaba tan integral y armónicamente mezclado con el
pensamiento elevado respecto de asuntos hondamente espirituales.
8 Esta cuestión del polvo nos recuerda la observación de Berkeley: "Acabamos de levantar polvo y
entonces no podemos ver el
reclamo."
V
De esa manera, los monjes desarrollan sus facultades cabalmente.
No reciben educación literaria —vale decir, formal— que en su mayor parte se logra por libros e instrucción abstracta. Pero su disciplina y conocimiento son prácticos y
eficientes; pues el principio básico de la vida en el Zendó es "aprender mediante
la acción". Desdeñan
la denominada educación suave, que se parece a aquellas comidas
predigeridas, destinadas a los convalecientes. Cuando una leona da a luz sus
cachorros, es proverbial la creencia de que tres días después los lanza a un
profundo precipicio y observa si pueden subir hasta ella. Quienes no llegan a
aprobar este examen no reciben ningún otro cuidado. Sea esto cierto o no, algo
parecido es el objetivo del maestro Zen, que tratará a los monjes con todos los
modos de aparente malevolencia. Los monjes no tienen ropas suficientes para
vestir, ni comida suficiente como para satisfacerse, ni bastante tiempo para dormir,
y para colmo, tienen muchísimo trabajo que realizar, tanto manual como espiritual.
Las necesidades externas y las aspiraciones internas, si
trabajan armónica e idealmente, terminarán finalmente por producir caracteres
delicados, bien instruidos tanto en el Zen, como en las cosas reales de la
vida. Este sistema educativo único, que todavía continúa en todos los Zendós,
no es tan bien conocido por el laicado, ni siquiera en este país. Y luego las
crueles mareas del comercialismo moderno no dejan
rincón sin invadir,
y antes de mucho tiempo
puede ser que la solitaria isla del Zen se halle
sepultada, como todo lo demás,
bajo las olas del
sórdido materialismo. Los monjes mismos empiezan a no entender el gran espíritu
de los maestros que se sucedieron. Aunque en la educación monástica hay algunas
cosas que pueden mejorarse, su sentimiento altamente religioso y reverencial
debe ser preservado si el Zen ha de vivir muchos años en el futuro.
Teóricamente, la filosofía del Zen trasciende el alcance total
de la comprensión discursiva, y no
está sujeta a reglas de antítesis. Pero éste es un terreno muy resbaladizo, y
hay muchos que fracasan en su intento de caminar derechos. Cuando tropiezan, el
resultado es a veces desastroso. Como algunos místicos medievales, los estudiantes
del Zen pueden convertirse en libertinos, perdiendo todo control sobre sí mismos.
La historia es testigo de esto, y la psicología puede explicar con propiedad el
proceso de tal degeneración. Por ello dice un maestro Zen: "Que el propio ideal se eleve tan alto como la corona de
Vairochana (la divinidad suprema), y que su vida esté tan llena de humildad
como para hacerlo postrar a los pies de un niño." Lo cual equivale a
decir: "Si un hombre desea ser el primero, lo mismo será el último de todos, y siervo de
todos." Por lo tanto, la vida monástica es minuciosamente regulada y todos
los detalles son satisfechos en estricta obediencia al espíritu ya referido.
Humildad, pobreza y santificación interior: estos ideales del Zen son lo que
salvan al Zen de hundirse en el nivel de los antinomianistas medievales. Así
podemos ver cómo la disciplina del Zendó representa un gran papel en las
enseñanzas del Zen y su aplicación práctica en nuestra vida diaria.
Cuando Tanka (Tan-hsia Tien-jan, 738-824), de la dinastía'T'ang,
se detuvo en Yerinji, de la Capital, tenía tanto frío que finalmente tomó una
de las imágenes del Buda, allí entronizadas, y con ella hizo fuego
para calentarse. El guardián del templo, al ver esto, se inquietó
grandemente. "¿Cómo osas quemar mi Buda de madera?"
Tanka, que miraba como buscando
con su vara algo en las cenizas,
le dijo: "Estoy juntando los santos saríras9 en las cenizas."
El
guardián le dijo: "¿Cómo puedes
obtener saríras quemando
un Buda de madera?"
"Si allí no han de hallarse saríras,
¿puedo tomar los dos Budas
restantes para hacer
fuego?", fue la réplica de Tánka.
Tiempo después, el guardián del templo perdió sus cejas por quejarse
de la aparente impiedad de
Tanka, mientras que la ira del Buda nunca alcanzó a Tanka.
9 She-li es una sustancia indestructible, por lo general
en forma de guijarro, que se encuentra en el cuerpo
de un santo, cuando se lo crema.
Aunque se ponga en duda el hecho histórico, éste es un relato
notable, y todos los maestros Zen concuerdan en cuanto al logro espiritual superior de Tanka, profanador del Buda. Después, cuando un monje preguntó a su
maestro acerca de la idea de Tanka al quemar la estatua de un Buda, el maestro
le dijo:
"Cuando tenemos
frío, nos sentamos
alrededor del hogar
con fuego encendido." "¿Entonces estuvo en
falta o no?"
"Cuando tenemos calor,
acudimos al bosque de bambú, junto a la corriente", fue la respuesta. No puedo dejar de citar otro comentario relativo a la historia, pues éste es uno de los temas más significativos en el estudio del
Zen. Cuando Suibi Mugaku (Tsui-wei Wu-hsiao), discípulo de Tanka, estaba
efectuando ofrendas a los Arhats, probablemente tallados en madera, se levantó
un monje y le preguntó:
"Tanka quemó un Buda de madera y ¿cómo es que tú efectúas ofrendas a los Arhats?" E1 maestro le
dijo: "Aunque fuese quemado, no podría incendiarse; y en cuanto al hecho
de que yo efectúe ofrendas, déjame solo como me place." "Cuando se
efectúan estas ofrendas a los Arhats, ¿ellos las reciben, o no?"
"¿Comes todos los días, o no?", preguntó el maestro. Como el monje
permaneció en silencio, el maestro declaró: "¡Es difícil encontrar inteligentes!"
Cualquiera sea el mérito de Tanka desde el punto de vista
puramente Zen, no hay duda que actos como el suyo han de considerarse como
altamente sacrílegos, evitándolos todos los budistas piadosos. Quienes todavía no lograron una comprensión cabal
del Zen pueden llegar a cometer toda
clase de crímenes y excesos, incluso en nombre del Zen. Por esta razón las normas monásticas
son muy rigurosas de modo que desaparezca el orgullo del corazón y se beba hasta las heces
la copa de la humildad.
Cuando Shukó (Chu-hung), de la dinastía Ming, escribía un libro
sobre los diez actos laudables de un monje, acudió a él un cofrade dogmático y
de alto vuelo, y le dijo: "¿De qué sirve escribir ese libro cuando en el
Zen no hay siquiera un átomo que se llame laudable o no?" El escritor le
contestó: "Los cinco agregados (skandha)
se enmarañan y los cuatro elementos (mahábhúta)
crecen exuberantes; .¡como puedes decir que no hay males?" El monje
insistió aún: "En última
instancia, los cuatro elementos están todos vacíos y los cinco agregados no
tienen realidad alguna." Shukó, dándole un moquete en el rostro,
le dijo: "Hay
tantos meramente ilustrados;
no eres todavía lo real; dame otra respuesta." Pero el monje no contestó y
se retiró lleno de airados sentimientos. "Vaya", dijo el maestro
sonriendo, "¿por qué no limpias la suciedad de tu rostro?" En el estudio
del Zen el poder de una intuición omni-iluminadora debe marchar junto con un
profundo sentido de humildad y mansedumbre de corazón.
Permítaseme citar, como ejemplo de educativa humildad, la
experiencia por la que ha de atravesar primeramente el nuevo candidato a monje
cuando se acerca por primera vez a la Sala de Meditación. El candidato puede
llegar debidamente equipado con certificados de sus calificaciones y con sus
bienes monásticos consistentes en los artículos ya mencionados, pero las autoridades del Zendó no lo admitirán
de inmediato en su compañía. Por lo general,
hallarán alguna excusa formal:
puede ser que le digan que el establecimiento no es lo bastante rico como
para recibir otro monje, o que la
Sala ya está demasiado llena. Si ante esto
el candidato se retira en silencio,
en ninguna parte habrá lugar para él, no sólo en ese Zendó especial, que fue su
primera elección, sino en cualquier otro Zendó de todo el país. Pues en todas
partes encontrará un rechazo similar. Si es que realmente quiere estudiar el
Zen, no debe desanimarse ante ninguna excusa de esa índole.
Entonces el candidato, dotado de constancia, se
sentará en el pórtico de entrada, y reclinando su cabeza sobre la caja que
lleva ante sí, aguardará allí en calma. El fuerte sol matutino o vespertino
caerá a veces sobre el monje reclinado en el pórtico, pero se mantendrá en esta
actitud sin alterarse. Al llegar la hora del almuerzo irá a pedir que se lo
admita y se le dé de comer. Esto se le concede,
pues ningún monasterio budista rehusará dar comida o alojamiento a un monje viajero. Sin embargo, después
de comer, el novicio sale nuevamente al pórtico, y prosigue pidiendo que se lo
admita. No se le prestará atención hasta la noche, cuando pide que se le aloje.
Al concedérsele esto, como antes, se quita las sandalias de viaje, lava sus
pies, y se lo conduce a una habitación reservada a esos fines. Pero muy
frecuentemente allí no encuentra lecho, pues se supone que el monje Zen ha de
pasar la noche en profunda meditación.
Permanece de
pie toda la noche, absorto evidentemente en la contemplación de un
"koan".10 A la mañana siguiente
sale, como el día anterior,
al pórtico, y retoma la misma posición
que antes, expresando el
acuciante deseo de ser admitido. Esto puede seguir durante tres, cinco o, a
veces, hasta siete días. De esa manera es probada duramente la paciencia y
humildad del nuevo candidato, hasta que finalmente es aceptado por las autoridades que, aparentemente conmovidas por su fervor y perseverancia,
procurarán alojarlo de algún modo.
Este procedimiento toma visos de algo formal, pero en la
antigüedad, cuando las cosas todavía no se encasillaban en una mera rutina, el monje candidato pasaba muy malos momentos pues en realidad hasta se lo
echaba del monasterio por la fuerza. En las biografías de los viejos maestros
leemos sobre tratamientos aún más duros que les fueron cruelmente aplicados.
La Sala de Meditación está regimentada con severidad y precisión
militares para cultivar virtudes tales como la humildad, la obediencia, la
simplicidad, y el fervor en los corazones monásticos, siempre inclinados a seguir indiscriminadamente los ejemplos extraordinarios de los viejos maestros, o que tienden a poner en práctica, de
modo burdo e inasimilado, las elevadas doctrinas de la filosofía sunyática tal como se halla expuesta en
la clase prajñáparamítica de la
literatura mahayánica. Una vislumbre
parcial de esa vida ya la obtuvimos con la descripción anterior de los modales
en la mesa.
10 El Kung-an es la pregunta sobre un tema,
planteada al estudiante para que la resuelva. Literalmente significa
"documento público", y, según un erudito Zen, se denomina
asi porque como tal sirve para comprobar
lo genuino de la iluminación
que el estudiante expresa haber alcanzado. El término se empleó desde los
primeros tiempos del Budismo Zen, durante la dinastía T'ang. Los denominados
"casos" o "diálogos" (mondó)
se usan, por lo general, como koans. En la segunda serie de los Ensayos se
hallará un capítulo especial dedicado al tema.
VI
En la vida monástica hay un período separado exclusivamente para
la disciplina mental, sin que lo interrumpa labor manual alguna, salvo la
absolutamente necesaria. Se lo conoce como gran "Sesshin" (Ché-hsin)11 y dura una
semana, teniendo lugar una vez al mes durante las denominadas "Estación
Estival" y "Estación Invernal". La estación estival empieza en
abril y termina en agosto,
mientras que la invernal empieza
en octubre y termina en febrero. "Sesshing" significa
"recogimiento o concentración mental". Mientras dura este período los
monjes están confinados en el Zendó, se levantan más temprano que de costumbre,
y se sientan hasta entrada la noche. Durante el período hay una especie de
disertación todos los días. Se usan libros de texto, y los más populares son el
Hekiganshu y el Rinzairoku, siendo ambos considerados los libros más fundamentales
de la escuela Rinzai. El Rinzairoku es
una colección de sermones y dichos del fundador de la secta Zen, Rinzai. El Hekiganshu, como se advirtió en otra
parte, es una colección de cien "casos" o "temas" Zen, con
notas críticas y comentarios poéticos. Huelga
11 No puedo decir cuan remotamente se originó este
"Sesshin" en la historia del Zendó. No se inició con las
Disposiciones de Hyakujo ni en k China, sino en el Japón, probablemente después de Hakuin.
El periodo es generalmente una estada "hogareña", y los monjes
no viajan sino que practican
"Sesshin" y se consagran
al estudio del Zen; pero en la semana especialmente establecida para ello, se sigue el estudio con sumo vigor.
decir que
para la ocasión se emplean muchos otros libros. Para un lector corriente, tales
libros son por lo general una especie de obscurum
per obscuríus. Después de escuchar una serie de disertaciones queda in albis, como
antes. No es que necesariamente sean demasiado abstrusos, sino que al lector todavía le
falta intuir la verdad del Zen.
La disertación es un asunto solemne. Su comienzo es anunciado
mediante una campana, que deja de sonar tan pronto el maestro aparece en la
sala donde tiene lugar lo que se conoce como "Teisho".12
Mientras el maestro ofrece incienso al. Buda y a su desaparecido maestro, los
monjes recitan un breve dharání-sútra llamado "Daihiju",13
lo cual significa "el dharání de la gran compasión". Al ser una
transliteración china del original sánscrito, el mero recitado del Sútra no
brinda sentido inteligible alguno. Probablemente en este caso el sentido no es
necesario; basta la seguridad de que contiene algo auspicioso y conducente al
bienestar espiritual. Lo que es más significativo es el modo con que se
lo recita. Su monotonía,
acentuada con un marcador
de madera conocido
como "mokugyo" (Pez de Madera), prepara
la mente de la
audiencia para lo que ha de ocurrir. Después del Dharání, que es recitado tres
veces, los monjes leen, generalmente en coro, el sérmón-exhortación que dejara
el fundador del monasterio. Hoy en día, en algunos lugares,
se canta a menudo la "Canción de Zazen", de Hakuin. Las que siguen son traducciones de Hakuin y de
Muso Kokushi,14 cuyo
último sermón-exhortación es uno de los
más populares.
SERMON-EXHORTACION DE MUSO KOKUSHI
Tengo tres clases de discípulos: aquellos
que, despojándose de todas las circunstancias que confunden,
y con simplicidad de pensamiento, se contraen al estudio de sus propios asuntos
(espirituales) son de la primera clase. Aquellos que no se concentran tanto en
el estudio, sino que, al dispersar su atención, son afectos a la erudición
libresca, son de la segunda clase. Aquellos que, cubriendo su propio brillo
espiritual, sólo se ocupan de la sucesión de
los Budas y Padres, se llaman de la clase más baja. En cuanto a aquellas mentes
intoxicadas por la literatura secular y dedicadas a establecerse como hombres
de letras, son simplemente laicos con las cabezas rapadas; no pertenecen
siquiera a la ínfima clase. En cuanto a aquellos que sólo piensan en complacerse
con la comida y el sueño, entregándose a la indolencia, ¿pueden llamarse miembros del Manto
Negro? Verdaderamente, como los
designara un viejo maestro, son estantes de ropa y bolsas de arroz. En
la medida en que no son monjes, no debe permitírseles que se llamen discípulos
míos ni que tampoco entren al monasterio y las criptas; hasta una estada
temporaria ha de prohibírseles, para no hablar de su ofrecimiento como
monjes-estudiantes.
Cuando un hombre viejo como yo habla
así, podéis pensar que le falta amor omniabarcante, pero lo principal es dejarlos que conozcan sus propias faltas y que, reformándose, se conviertan en plantas que crezcan en los jardines patriarcales.
12 Vale decir: tí-ch'ang.
Tei significa "llevar en la mano", "exhibir", o "manifestar", y ího,
"recitar". De manera que mediante un Teisho se revive
al viejo maestro ante la congregación y se
presentan a consideración sus discursos más o menos vividamente. No se
trata de una mera explicación o comentario del texto.
13 Dharáni es un término sánscrito
derivado de la raíz dhrí, que
significa "retener". Según la fraseología budista, es una colección,
a veces breve, otras, larga, de frases exclamatorias que no se traducen a otros
idiomas. Por tanto no resultan
inteligibles cuando los leen los monjes, como lo hacen en los monasterios chinos y
japoneses. Pero se supone
que "retienen" en sí, de un modo misterioso, algo que
es muy meritorio y que tiene
el poder de alejar los males. Después los dharinís y los mantrams se confundieron
unos con otros.
14 El
fundador de Tenryuji,
Kyoto. Se le conoce como "Maestro de Siete Emperadores" (1274-1361).
CANCIÓN DE LA MEDITACIÓN, PERTENECIENTE A HAKUIN
Todos los seres sensibles
son, desde el inicio mismo, los Budas:
esto es como el hielo y el agua;
aparte del agua ningún hielo puede
existir.
Fuera de los seres sensibles, ¿dónde
buscamos los Budas?
Al no saber cuan cerca está la Verdad
las
personas la buscan muy lejos.
¡Qué lástima! Se parecen a
quien, en medio del agua,
grita sediento de modo muy implorante; se parecen al hijo de un rico
que vagó lejos del hogar entre los pobres.
La razón de porqué
transmigramos a través
de los seis
mundos Se debe a que estamos
perdidos en la oscuridad de la ignorancia; al ir extraviados cada vez más
en la oscuridad,
¿Cuándo podemos librarnos de nacimiento-y-muerte?
En
cuanto a la Meditación practicada en el Maháyána, no tenemos palabras para
alabarla plenamente.
Las Virtudes
de la Perfección, tales como la caridad
y la moralidad,
y
la invocación del nombre del Buda, la confesión y la disciplina ascética,
y
muchas otras buenas acciones meritorias... Todo esto surge
de la práctica de la Meditación. Incluso aquellos que la practicaron por
primera vez, de una sentada,
se
verán purificados de todo su karma maligno; en ninguna parte hallarán malos
senderos,
pues la Tierra Pura estará cerca,
al alcance de la mano. Con corazón reverente, permitámosles
que escuchen siquiera esta Verdad por una sola vez,
y
que la alaben, y gustosamente la abracen,
y
con seguridad serán bendecidos muy infinitamente.
Pues ellos, al reflexionar dentro de sí mismos,
testifican la verdad de la Auto-naturaleza,
la
verdad de que la Auto-naturaleza es no-naturaleza,
y realmente han trascendido el
alcance de la sofisticación. Para ellos
se abre la puerta de la unidad
de causa y efecto,
y corre directo el sendero de no-dualidad y no-trinidad.
Al morar con la No-particularidad
entre las particularidades, ya sea que vayan o vuelvan permanecen inmóviles por siempre; al aferrar el No-pensamiento en
los pensamientos,
en todo acto suyo oyen la voz de la verdad.
¡Qué ilimitado es el cielo del Samádhi
sin cadenas!
¡Qué transparente la perfecta
luz lunar de la Sabiduría Cuádruple! En ese instante, ¿qué les falta?
Esta precisa tierra es la Tierra del Loto de la Pureza,
y este cuerpo es el cuerpo del Buda.
La disertación dura cerca de una hora. Difiere mucho de una disertación corriente sobre un tema
religioso.
No se explica nada, no se formulan argumentos, no hay
apologética ni razonamientos. Se supone que el maestro reproduce
simplemente en palabras
lo que trata el texto que tiene ante sí. Cuando termina la disertación, se
repiten tres veces los Cuatro Grandes Votos, y los monjes se retiran a sus
cuartos. Los Votos son; "Por innumerables sean los seres sensibles,
formulo el voto de salvarlos a todos;
"Por inextinguibles sean nuestras malas pasiones, formulo
el voto de exterminarlas todas;
"Por inmensurables sean las santas doctrinas, formulo el voto de
estudiarlas;
"Por inaccesible sea el sendero
de los Budas, formulo el voto de alcanzarlo."
VII
Durante el "sesshin", además de las disertaciones,
tienen lo que se conoce como "sanzen".15 Hacer
"sanzen" es acudir al maestro y presentarle la propia opinión sobre
un koan para que la examine críticamente. En los días en los que no transcurre
un "sesshin" especial, el "sanzen" es probable que tenga
lugar dos veces al día, pero durante el período de recoger el pensamiento — que
es el significado de "sesshin"— el monje ha de ver al maestro cuatro
o cinco veces por día. Este acto de ver al maestro no tiene lugar abiertamente;16
se le solicita al monje que acuda individualmente al cuarto del maestro, donde
se desarrolla la entrevista de un modo muy formal
y solemne. Cuando el monje está a punto de cruzar el umbral del cuarto del maestro, efectúa
tres reverencias, postrándose en el piso. Entonces entra al cuarto con
las manos juntas, palma contra palma, ante el pecho, y cuando llega
cerca del maestro, se sienta y hace otra reverencia. Una vez
en el cuarto, se descarta toda convención mundana. Si es absolutamente
necesario desde el punto de vista
Zen, pueden intercambiarse golpes. Manifestar la verdad del Zen con toda la
sinceridad del corazón es aquí la única consideración, y todo lo demás recibe
sólo atención subordinada. De ahí este elaborado formalismo. Pasada la
presentación, el monje se retira del mismo modo que antes. Un
"sanzen" para más de treinta monjes ocupará más de una hora y media,
y éste es también para el maestro tiempo de suma tensión. Realizar esto cuatro
o cinco veces por día debe ser una especie de suplicio para el maestro, si no
goza de buena salud.
En lo que
concierne a su comprensión del Zen se deposita confianza absoluta en el
maestro. Pero si el monje tiene razón suficiente como para dudar de
la capacidad del maestro, en ocasión
del sanzen puede saldar cuentas con
él. Por tanto, esta presentación de opiniones no es un juego ocioso para ninguna
de las partes en cuestión.
En verdad es un asunto muy serio,
y porque así es
la disciplina del Zen, tiene gran valor fuera de su filosofía. Cuan serio es
esto puede colegirse por la famosa entrevista de Shóju y Hakuin, padre del Zen
moderno del Japón.
Una noche de verano, cuando Hakuin presentó su opinión al viejo
maestro, que se estaba refrescando en la veranda, el maestro le dijo: Tonterías
y absurdo". Hakuin repitió en voz alta y más bien satíricamente:
"¡Tonterías y absurdo!" Entonces el maestro lo asió, lo golpeó varias
veces y finalmente lo tiró por la veranda. Eso tuvo lugar poco después de la época de las lluvias, y el pobre Hakuin rodó por el barro y el agua. Habiéndose recobrado después de un rato, subió y se inclinó reverentemente ante el
maestro, quien entonces observó de nuevo: "¡Oh tú, habitante de la oscura caverna!"
Otro día Hakuin pensó que el maestro no sabía cuan profundo era
su conocimiento del Zen y decidió planteárselo de cualquier modo. Tan pronto se
presentó la oportunidad, Hakuin entró en el cuarto del maestro y agotó todo su
ingenio contendiendo con él, dispuesto a no ceder esta vez una pulgada de terreno. El maestro estaba furioso, y finalmente tomó a Huakin,
le dio varias bofetadas y nuevamente lo lanzó por encima del
porche. Cayó a varios pies de distancia, junto a la pared de piedra, y allí
quedó un rato casi sin sentido. El maestro miró hacia abajo y se rió a
carcajadas del
15 San-ch'an significa literalmente "atender o estudiar Zen". Como se lo emplea popularmente en el Japón actual,
además de su significado general, tiene el especial al que se refiere el texto.
16 Antiguamente este era un asunto
abierto, y todos los
mondó (preguntas y respuestas) tenían lugar ante toda la
congregación,
tal como lo establecían las disposiciones de Hyakujo. Pero después se
sucedieron resultados indeseables, tales como mero
formalismo, imitaciones y otros vacuos
absurdos. Por ello en el Zén moderno
todo sanzen es privado, salvo en ocasiones formales.
pobre cofrade.
Esto hizo que Hakuin recobrara
la conciencia. Subió nuevamente todo transpirado.
Sin embargo, el maestro no lo liberó todavía y lo estigmatizó como siempre,
diciendo: "¡Oh tú, habitante de la oscura caverna!"
Hakuin
desesperó y pensó en abandonar por completo al viejo maestro. Un día en que
andaba pidiendo limosna en el villorrio, cierto accidente17 hizo que
de repente se abriese su ojo mental a la verdad del Zen, hasta entonces completamente cerrado para él. Su júbilo no tuvo límites y volvió con un estado mental de suma exaltación.
Antes de cruzar la puerta del frente, el maestro le reconoció y le hizo señas,
diciendo: "¿Qué buenas nuevas has traído hoy a casa? ¡Entra, rápido,
rápido!" Hakuin le contó todo lo ocurrido durante ese día. El maestro le
acarició tiernamente la espalda y le dijo:
"Ahora lo sabes, ahora lo sabes." Después de esto Hakuin no recibió motes jamás.
Tal fue el entrenamiento que debió atravesar el padre del
moderno Zen japonés. ¡Qué terrible fue el viejo Shóju cuando empujó a Hakuin
pared abajo! ¡Pero qué maternal cuando el discípulo, después
de tanto maltrato, salió al fin triunfantemente! En el Zen no hay nada tibio. Si
es tibio, no es Zen. El Zen espera que penetremos en las honduras
mismas de la verdad, y jamás puede
captarse la verdad hasta que retornemos a nuestra desnudez innata, despojadas
de toda falacia, intelectual o de
otra índole. Cada bofetada propinada por Shóju
despojó a Hakuin de sus insinceridades. Todos
vivimos bajo tantos encasillamientos que realmente nada tiene que ver con
nuestro yo más íntimo. Por tanto, para alcanzar a éste, y conquistar el
conocimiento real de nosotros mismos, los maestros Zen recurren a métodos aparentemente inhumanos. Sin embargo, en este caso debe haber fe
absoluta en la verdad del Zen y en la perfecta comprensión de éste por parte del maestro. La falta de esta fe
también significará lo mismo en las propias posibilidades espirituales. Así
exclama Rinzai: "¡Oh vosotros, hombres de poca fe! ¿Cómo podéis esperar
jamás sondear las honduras del océano del Zen?"
17
Mientras andaba, llegó a una casa donde una anciana rehusó darle arroz; se
mantuvo de pie frente a la casa, sin embargo,
mirando corno si no le hubieran dicho
nada. Su mente estaba tan intensamente concentrada en el tópico que
le preocupaba la mayor parte del tiempo.
La mujer se enojó,
porque juzgó que él la ignoraba por completo, queriendo salir con la suya. Lo golpeó con
una gran escoba con la que estaba barriendo y
le dijo que se marchase de inmediato. La pesada escoba aplastó su gran
sombrero monacal y derribó a Hakuin.
Estuvo allí tirado, durante
un rato, y cuando recobró el sentido nuevamente,
todo se tornó claro y transparente para él.
VIII
En la vida del Zendó no hay un período
fijo de graduación como en la educación
escolar. Para algunos la
graduación puede que no tenga lugar siquiera después de estar alojados allí
durante veinte años. Pero con capacidad corriente y un gran monto de
perseverancia e infatigabilidad, pueden sondearse todas las complicaciones de
las enseñanzas del Zen en un lapso de diez años.
Sin embargo, practicar el principio del Zen, en todo momento de
la vida —vale decir, saturarse plenamente del espíritu del Zen— es otra cuestión. Una vida puede
que sea demasiado breve para ello, pues se dice
que hasta Sákyamuni y Maitreya están todavía en la mitad de la preparación de
sí mismos.
Para ser un maestro perfectamente calificado no es suficiente
una mera comprensión de la verdad del Zen. Debe atravesarse un período conocido
como "la larga maduración del vientre sagrado". El término debió
derivar, originariamente, del Taoísmo; y en el Zen de hoy en día significa, hablando
en general, vivir la vida en armonía
con la comprensión. Bajo la dirección de un maestro, un monje puede finalmente
alcanzar un conocimiento cabal de todos los misterios
del Zen;
pero esto es más o menos intelectual, aunque en el más elevado sentido posible.
La vida del monje, tanto dentro como
fuera, debe desarrollarse perfectamente al unísono con este logro. Para hacer esto es necesario
una preparación ulterior, pues lo logrado en el Zendó es, después de todo,
señalar la dirección donde han de ser puestos en acción los más acabados
esfuerzos. Pero ahora no es imperativo permanecer en el Zendó. Por el
contrario, sus logros intelectuales deben ser puestos a prueba nuevamente al
entrar en contacto real con el mundo. Para esta "maduración" no hay normas prescriptas. Cada cual actúa según su propia discreción en las circunstancias
accidentales en que pueda encontrarse. Puede retirarse a las montañas y vivir
como un solitario eremita, o salir al "mercado" y ser activo
participante en todos los asuntos del mundo. Se dice que el sexto patriarca
vivió entre los habitantes de la montaña durante quince años después
de abandonar al quinto patriarca. Fue absolutamente desconocido en el mundo hasta que salió a
escuchar una disertación de Inshu (Yin-tsung).
Chu, el Maestro Nacional de Nan-yang, pasó cuarenta años en
Nanyang y no se mostró en la capital. Pero su vida santa se hizo conocida cerca
y lejos, y ante el acuciante pedido del Emperador finalmente abandonó su choza.
Isan (Wei-shan) pasó varios años en el yermo, viviendo de nueces y con la
amistad de monos y renos. Sin embargo, lo encontraron, y en torno a su refugio
se construyeron grandes monasterios, convirtiéndose en maestro de 1500 monjes.
Kwanzan, el fundador de Myóshinji, Kyoto, se retiró en la Provincia de Mino, y
trabajó como jornalero para los comarcanos. Nadie le reconoció hasta que un día
un accidente reveló su identidad y la corte insistió en que fundase un
monasterio en la capital.'8 Hakuin
se convirtió en guardián de un templo desierto, en Suruga, que fue su única
herencia en el mundo. Podemos describimos su aspecto
ruinoso cuando leemos esto: "No
había techos y las estrellas
brillaban de través durante la
noche. Tampoco había piso alguno. Era necesario tener un sombrero de lluvia y ponerse un par de getas altas para atender algo mientras llovía en la parte principal
del templo. Toda la propiedad
anexa a éste estaba en manos de acreedores, las pertenencias sacerdotales
estaban hipotecadas ante los mercaderes." Este fue el comienzo de la
carrera de Hakuin.
Hay muchos otros notables, la historia del Zen abunda en tales ejemplos. Sin embargo, la idea
no consiste en practicar el ascetismo, sino en la "maduración", como
la designaron apropiadamente, del propio carácter
moral. En el pórtico aguardan muchas
víboras y culebras, y si no las pisoteamos efectivamente, alzan sus
cabezas otra vez, y todo el edificio de cultura moral construido a la vista
puede desmoronarse hasta en un sólo día. El antinomianismo es también la trampa
de los seguidores del Zen contra la que es necesaria una vigilia constante. De
ahí esta "maduración".
18 En
otra parte se hizo referencia a la vida de su maestro, Daitó.
IX
En algunos aspectos, sin duda, esta clase de educación
prevaleciente en el Zendó está a la zaga de los tiempos. Pero sus principios
rectores tales como la simplificación de la vida, el no desperdiciar un momento
ociosamente, la auto-independencia y lo que llaman "virtud secreta",
son sanos para todas las edades.
Especialmente esto último es uno
de los rasgos más característicos de la disciplina Zen. "Virtud secreta" significa practicar
el bien sin pensar
para nada en el reconocimiento, ya sea de los demás o de
uno mismo. Los cristianos puede ser que llamen a esto el acto de "Tu
Voluntad". Un niño se está ahogando, entro en el agua y se salva. Lo que había que hacer se hizo. De eso no se piensa nada más. Me marcho y
no vuelvo jamás. Pasa una nube y el cielo es tan azul y vasto como siempre. El Zen llama
a esto "acto sin mérito", y lo compara al trabajo de un hombre
que llenó un pozo con nieve.
Este es el aspecto psicológico de la "virtud secreta".
Cuando se lo aprecia religiosamente, es para considerar y utilizar al mundo
reverente y agradecidamente, sintiendo como si llevásemos sobre nuestros
hombros todos los pecados del mundo. Una anciana preguntó a Jóshu:
"Pertenezco al sexo que es obstruido en cinco sentidos para alcanzar el
Estado Búdico. ¿Cómo me libraré jamás de ellos?" El maestro respondió:
"¡Que todos los demás nazcan en el cielo y que, este mi humilde yo, continúe
sólo sufriendo en este océano de dolor!" Este es el espíritu del verdadero
estudiante del Zen. Hay otra historia
que ilustra el mismo espíritu de largo sufrimiento. El distrito de Jóshu, donde
estaba situado el monasterio de este maestro
Zen, y donde obtuvo su título popular, era célebre por el
delicado puente de piedra. Un día un monje acudió al maestro y le preguntó:
"Oímos demasiado del espléndido puente de piedra de Jóshu, pero aquí no
veo nada sino un puente de troncos, miserable, viejo y rústico." Jóshu
replicó: "Precisamente, ves el rústico puente de troncos y no llegas a ver
el puente de piedra de Jóshu." "¿Cuál es entonces el puente de
piedra?" "Los caballos van sobre él, los asnos van sobre él",
fue la respuesta de Jóshu.
Esto no parece sino una charla trivial acerca de un puente, pero
considerada desde el punto de vista interior en tales casos, hay una gran
cantidad de verdad que toca el centro de nuestra vida espiritual. Puede ser que
preguntemos qué clase de puente está representado aquí. ¿Jóshu hablaba
solamente de un puente de piedra dentro de su monasterio, que era lo bastante
fuerte para todos cuantos pasasen sobre él? Reflexione cada uno dentro de sí
mismo y vea si está en posesión de un puente sobre el cual pasen no sólo
caballos y asnos, hombres y mujeres, carros pesados y livianos, sino también todo el mundo con sus
insensateces y morbosidades, y que
no sólo es pasado así sino también, muy frecuentemente, pisoteado e incluso maldecido; un puente que sufre todos estos tratamientos, con bien o con desdén,
pacientemente y sin quejarse. ¿Jóshu se refería a esta clase de puente?
Cualquiera sea el caso podemos leer algo de ese estilo en los datos
anteriormente citados.
Pero este espíritu Zen de auto-sufrimiento no debe enfrentarse
en el sentido cristiano de que el
hombre debe pasar todo su tiempo entregado al rezo y la mortificación para la
absolución de sus pecados. Pues un monje Zen no desea ser absuelto de pecados;
ésta es una idea demasiado egoísta, y el Zen está libre de egoísmo. El monje
Zen desea salvar al mundo de la miseria del pecado y en cuanto a su propio
pecado deja que se encargue de sí mismo, pues sabe que no es algo inherente a
su naturaleza. Por esta razón le es posible ser uno de los que son descriptos
como "los que lloran como si
no llorasen; y los que se regocijan
como si no se regocijasen; y los que compran
como si no poseyesen; y los que usan este mundo como si no abusasen de
él."
Dice Cristo: "Más cuando tu des limosna, no sepa tu
izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto."
Esta es la "virtud secreta" del Budismo. Pero cuando prosigue:
"Y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público", allí vemos una profunda división entre Budismo y Cristianismo. Mientras haya pensamiento alguno acerca de alguien, sea Dios o Demonio, que conozca tus arciones, el
Zen diría: "Todavía no eres uno de nosotros." Los actos acompañados
de tal pensamiento son "actos sin mérito", pero llenos de rastros y sombras. Si un Espíritu te sigue, en
ningún momento se apoderará de ti y te pedirá cuentas por lo que hiciste. La
vestidura perfecta no presenta costuras, dentro ni fuera; es de una sola pieza
y nadie puede decir dónde se inició el trabajo y cómo fue tejida. Por tanto, en
el Zen no debe dejarse ningún vestigio de consciencia después de dar limosna, y
mucho menos pensamiento de recompensa siquiera de Dios. El ideal Zen ha de ser:
"el viento que sopla donde quiere, y el sonido que oímos pero no podemos
decir de dónde viene ni adonde va."
Lieh-tzé, el filósofo chino, describió esta estructura mental de
un modo figurado: "Permití que mi mente pensase sin restricciones en
cuanto le pluguiese y que mi boca hablase sobre cuanto le pluguiese; entonces
olvidé si el "esto y no-esto" era mío o de otro, si la ganancia y la
pérdida eran mías o de otro: tampoco supe si Lao-shang-shing era mi maestro y
si Pai-kao era mi amigo. Por dentro y por fuera yo estaba integralmente
transformado; y entonces fue que el ojo pasó a ser similar
al oído, y el oído similar a la nariz,
y la nariz similar a la boca; y no había
nada que no estuviese identificado. La mente estaba concentrada, y la forma
disuelta, y los huesos y la carne todos derretidos: no supe dónde estaba
sostenida mi forma, dónde hollaban
mis pies; me
limité a desplazarme con el viento, hacia el Este y el Oeste; como la hoja de
un árbol separada de la rama, no tenía conciencia si cabalgaba en el viento
o el viento cabalgaba en mí."19Como lo afirmé
antes, los seguidores del Zen no aprueban que los cristianos, ni siquiera los
místicos cristianos, sean demasiado conscientes de Dios, que es el creador y
sostenedor de toda vida y todo ser. Su actitud para con el Buda y el Zen es la
de Lieh-tzé sobre el viento; una completa identificación del yo con el objeto
del pensamiento es a lo que tienden los discípulos de Jóshu, Ummon y otros
líderes del Zen. Esta es la razón por la que todos detestan oír la palabra Buda
o Zen mencionada en su discurso, no porque sean realmente antibudistas sino
porque asimilaron tan integralmente el Budismo en su ser. Escúchese la amable
amonestación de Hoyen, de Gosozan, a su discípulo Yengo:
Coso dijo: "Estás en lo cierto pero tienes una falta
trivial." Yengo preguntó dos o tres veces cuál era la falta. El maestro
dijo al fin: "Tienes, por completo, demasiado Zen." "¿Por
qué?", protestó el discípulo. Si uno está estudiando Zen, ¿no piensas que es muy natural que uno hable acerca de él? ¿Por qué te disgusta
esto?" Goso replicó: "Cuando eso se parece a una conversación
corriente de todos los días, es algo mejor." Estaba con ellos un hombre,
quien preguntó: "¿Por qué odias en especial hablar acerca del Zen?"
"Porque revuelve el estómago de uno", fue el veredicto del maestro.
El modo con que Rinzai se expresa respecto de este punto es
sumamente violento y revolucionario. Y si no estuviésemos familiarizados con
los métodos de las enseñanzas Zen, pasajes como los que se citarán es seguro
que nos harán castañetear los dientes y erizarán nuestros cabellos. Puede ser
que el lector piense que el autor es simplemente horrible, pero todos sabemos
bien cuan fervorosos son sus sentimientos
sobre las falsedades del mundo y cuan
impertérritamente se lanza a través de su confusión
más enmarañada. Sus manos pueden
compararse a las de Jehová
al tratar de destruir los ídolos y producir el fin de las lágrimas. Por
ejemplo, léase lo siguiente, donde Rinzai se esfuerza por despojar su propio
espíritu del último atavío de falsedad:
"Oh vosotros, seguidores de la Verdad:
si deseáis obtener
una comprensión ortodoxa
(del Zen), no seáis
engañados por los demás. Si encontráis cualquier obstáculo, interna o externamente, derribadlo lejos. Si encontráis al Buda,
matadlo: si encontráis al Patriarca, matadlo; si encontráis al Arhat o al padre
o pariente, matadlos a todos sin vacilación: pues éste es el único medio de
liberación. No os enredéis con objeto alguno; estad por encima; pasad y sed
libres. Como veo a los denominados seguidores de la Verdad en todo el país, no
hay ninguno que venga a mí libre e
independiente de los objetos. Al tratarlos, los derribo, vengan de donde
vinieren. Si confían en la fuerza de sus armas, les quito la vida; si confían
en su elocuencia, los hago callar; si confían en la agudeza de sus ojos, los
cegaré. Hasta ahora no hay nadie que se haya presentado ante mí totalmente
sólo, totalmente libre, totalmente único. Todos están invariablemente atrapados
por las vanas tretas de los viejos maestros. En realidad, nada tengo para
daros; todo cuanto puedo hacer es curaros de las enfermedades y libraros de la
esclavitud.
"Oh
vosotros, seguidores de la Verdad, mostraos aquí independientes de todos los
objetos; quiero sopesar el asunto con vosotros. Durante los último cinco o diez
años los esperé en vano y todavía no existen. Son todas existencias espectrales, gnomos ignominiosos, encantadores de bosques
o sotos de bambú;
son espíritus fantásticos del yermo. Enloquecidamente muerden todo
montón de inmundicia. Oh vosotros, ojos de topo, ¿por qué devastáis todas las piadosas
donaciones de los devotos?
¿Pensáis que merecéis el nombre de monjes, cuando aún sostenéis tal idea
errónea (acerca del Zen)? A vosotros os digo: no hay Budas, no hay doctrinas
santas, no hay disciplina, no hay testimonio. ¿Qué buscáis en una casa de la
vecindad? ¡Oh ojos de topo! ¡Os colocáis otra cabeza sobre la vuestra!
¡Qué es lo
que os falta! Oh vosotros, seguidores de la Verdad, lo que utilizáis en este
preciso momento no es otra cosa que lo que utiliza
un Patriarca o un Buda. Pero no me creéis
y buscáis eso externamente. No os entreguéis al error. Afuera no hay realidades, tampoco dentro de vosotros hay nada sobre lo que podáis
echar mano. Adherís al significado literal de lo que os hablo, pero cuan mucho
mejor es haber detenido todos vuestros anhelos, y no hacer nada",
etcétera, etcétera.
De este modo quería Rinzai borrar
todo rastro de conciencia de Dios en la mente del buscador
de la verdad. ¡Cómo esgrime,
a manera de Thor, su rayo de arengas!
XI
Al estado mental
en el que están borrados
todos los rastros
de conciencia conceptual los místicos
cristianos lo llaman pobreza, y la definición de Tauler es: "La pobreza
absoluta es tuya cuando no puedes recordar si alguien jamás te debió o estuvo
en deuda contigo por algo; así como olvidarás todas las cosas en la postrer
jornada de la muerte."
Los maestros Zen son más poéticos y positivos en su expresión
del sentimiento de pobreza; no hacen una referencia directa a las
cosas mundanas. Canta Mumon (Wu-mén):
"Cientos de flores primaverales; la luna otoñal; una refrescante brisa estival; la
nieve invernal:
libra tu mente de todo vano pensamiento.
¡Y cuan agradable es para tí toda estación¡"
O según
Shuan (Shou-an):
"En Nantai
me siento en silencio con incienso encendido, en un día de arrobamiento,
todas las cosas se olvidan,
no es que la mente se detenga y los pensamientos se aparten sino que
en realidad nada hay que mi serenidad perturbe."
Esto no es transmitir la idea de que está sentado ociosamente
sin hacer nada en particular; ni que no tiene otra cosa que hacer que disfrutar
de las fragantes flores del cerezo en la mañana soleada, ni de la luna
solitaria, pálida y argentada; puede ser que se halle en medio del trabajo,
enseñando a los discípulos, leyendo
los Sútras, barriendo
y efectuando tareas agrícolas, como lo
han hecho todos los maestros, y con todo, su mente está llena de felicidad y
quietud trascendentales. Vive en Dios, como dirían los cristianos.
Desaparecieron todos los anhelos del corazón; no hay pensamientos ociosos
estorbando el flujo de la actividad vital, y
de esa manera está vacío y transido de pobreza. Como está transido de
pobreza sabe cómo disfrutar de las "flores primaverales" y de la
"luna otoñal". Cuando se juntan en su corazón las riquezas mundanas
no queda sitio para tales goces celestiales. Los maestros Zen acostumbran
hablar positivamente acerca del contento y las riquezas mundanas. En vez de
decir que tienen las manos vacías, hablan
de la suficiencia natural
de las cosas respecto de ellos. Sin embargo, Yógi (Yang-ch'i), se refiere
a su
desierta habitación donde se
encontró residiendo como guardián. Un
día ascendió a su silla de disertación, en la Sala, y empezó a recitar su
propio verso:
"Mi morada está ahora aquí, en Yógi; ¡cómo castigó
el tiempo las paredes y el techo! Todo el piso
está cubierto de blanco con nieve cristalina,
temblando del cuello hacia abajo, estoy
lleno de pensamientos."
Tras una pausa añadió la cuarta
línea:
"¡Cómo recuerdo
a los antiguos maestros cuya morada no era mejor
que la sombra de un árbol!"
Kyógen (Hsiang-yen) es, aparentemente, más directo en su alusión
a la pobreza:
"La pobreza
de mi último año no fue demasiada pobreza; mi pobreza de este año es pobreza ciertamente;
en mi pobreza del año último no hubo sitio para el punto de una barrena, pero este año hasta la
barrena ha desaparecido."
Tiempo después,
un maestro llamado
Koboku Gen (K'u-mu
Yüan) comentó esta canción de
la pobreza
de Kyógen con el siguiente verso:
" 'Ni
punto de barrena y sitio para ésta* cantan algunos; pero esto no es aún real
pobreza: mientras se tenga conciencia de no tener nada, todavía
sigue existiendo el guardián de la pobreza. Últimamente estoy transido de
pobreza con total conciencia,
pues desde el principio
mismo ni siquiera
veo al que es pobre."
Ummon no estaba transido de pobreza sino delgado y macilento;
pues cuando un monje le preguntó cuáles eran los rasgos especiales de su
escuela, el maestro respondió: "Mi piel está seca y mis huesos
salidos." La corpulencia y la opulencia nunca fueron asociados con la
espiritualidad, al menos en Oriente. De hecho no son ideas incoherentes; pero el amasar fortuna bajo nuestras
condiciones económicas siempre
dio por resultado la producción de caracteres que no marchan muy bien con nuestros
ideales de santidad. Tal vez lo que realizó esto fue nuestra protesta demasiado
enfática contra el materialismo. De manera que no tener nada, ni siquiera
sabiduría y virtud, se convirtió en objeto de la vida budista, aunque esto no
significa que las desdeñe. En el desdén hay, en gran medida, algo impuro, no
purificado del todo; así como los Bodhisattvas verdaderos están incluso por
encima de la pureza y la virtud, ¡en qué mayor medida deberían estarlo por encima
de tan insignificantes debilidades del ser humano! Cuando los budistas se
purifiquen así de todo esto, serán verdaderamente transidos de pobreza, y
delgados y transparentes. El objetivo de la disciplina Zen es alcanzar el
estado de "no-logro" (cittam
nopalabhyate) como se lo expresa técnicamente. Todo conocimiento es
adquisición y acumulación, mientras que el Zen propone privarnos de todas
nuestras posesiones. El espíritu consiste en tornarnos puros y humildes,
integralmente purificados de impurezas interiores. La erudición, por el
contrario, nos torna ricos y arrogantes. Debido a que la erudición es ganancia,
los más instruidos son los más ricos, y por tanto "en mucha sabiduría hay
mucho pesar; y quien incrementa el conocimiento incrementa la aflicción."
Es, después de todo, "vanidad y puja en pos del viento". El Zen
también convalidará calurosamente esto. Dice Lao-tzé: "Los eruditos ganan
todos los días mientras los Taoístas pierden todos los días."20
La consumación de esta clase de pérdida es el "no-logro", que es la
pobreza. La pobreza, con otra palabra, es vacío, súnyatá. Cuando el espíritu está totalmente purificado de su
inmundicia acumulada desde tiempo inmemorial, queda desnudo, sin atavíos ni
adornos. Ahora está vacío, libre, genuino, asumiendo su autoridad innata. Y en
esto hay goce, no esa clase de goce proclive a ser alterado por su contraparte,
el pesar, sino un goce absoluto que es el "don de Dios", que hace que
el hombre "disfrute del bien en toda su faena", y del cual nada puede
quitársele, al que nada puede
añadírsele, y que subsistirá por siempre. Por tanto, el no-logro en el Zen es
un concepto positivo, y no meramente privativo. El modo de pensar de los
budistas es a veces diferente del occidental, y los lectores cristianos con
frecuencia se desconciertan ante la idea del vacío y la demasiado
incondicionada afirmación del idealismo. Sin embargo, de modo singular, todos
los místicos, budistas o no, coinciden en su idea de que la pobreza es el fin
de su desarrollo espiritual.
En el Cristianismo parecemos ser demasiado
conscientes de Dios,
aunque digamos que en El vivimos, nos movemos y tenemos nuestro
ser. El Zen quiere que, de ser posible, se oblitere incluso este último
vestigio de la consciencia de Dios. He aquí por qué los seguidores del Zen nos
aconsejan no demorarnos siquiera donde está el Buda y a pasar apresuradamente
donde no está. Toda la preparación
del monje en el Zendó, tanto en la teoría como en la práctica, se basa
en la noción del "acto sin mérito". Poéticamente, esta idea es así
expresada:
20 El pasaje completo
es: "Quien busca erudición se enriquece diariamente. Quien busca el Tao se empobrece diaria- mente. Se empobrece cada vez más
hasta que llega a la no-acción (wu-wei). Con
no-acción, no hay nada que no pueda lograr." (Capítulo XLVIII.)
"Las sombras
del bambú están
barriendo las escaleras, pero no se agita el polvo:
La luz de la luna penetra hondamente en el fondo
del estanque, pero en el agua
no quedan rastros."
Cuando esto es expresado en los términos
más hindúes y técnicos del Lankávatára-sútra, es como sigue:
"La energía habitual
no está separada de la mente, ni está junto a la mente; aunque envuelta
en la energía habitual, la mente no tiene vestigios diferenciativos.
"La energía habitual,
que se parece a una vestimenta sucia producida por manovijñána, evita que la mente refulja, aunque la
mente misma es un manto de suma pureza.
"Afirmo que el álaya se parece al espacio vacío,
que no es existente ni no-existente; pues el
álaya nada tiene que ver con el ser ni el no-ser.
"A través de la transformación de manovijñána, la mente se purifica de suciedad; se ilumina y entiende ahora íntegramente todas las
cosas: esto predico."21
21 Na visanair bhidhyate cit na cittam vásanaih saha, Abhinnalakshanam pittam vásanaih pariveshtitam, Malavad
vásaná yasya manovijñána-sambhává, Pata-suklopamam cittam vásanair na virájate.
Tathá na bhávo nábhávo gaganam kathyate maya, Alayam hi tathá káya
bhávábháva-vivarjitam. Manovijñána vyávrittam cittam kálushya varjitam,
Sarvadharmávabodhena cittam buddham vadámyaham.
El
Lankávatára, pág. 296
XII
La vida monástica no consiste totalmente en trabajar y sentarse
en silencio a meditar sobre el koan. Hay
algo de vida intelectual, bajo la forma de disertaciones, a lo que ya se hizo referencia. Sin embargo, antiguamente no
había "sesshin" regular, y todas las disertaciones o sermones
dirigidos a la congregación tenían lugar los días de fiesta, los días de
recordación, o en otras ocasiones auspiciosas tales como recepción
de visitantes, honrosas
despedidas de funcionarios o terminación de una cantidad dada de trabajo. De manera que se
aprovechaba toda oportunidad intelectualmente para iluminar a los fervorosos
buscadores de la verdad. Estos discursos, sermones, exhortaciones y observaciones
breves y medulosas, tan característicos del Zen, están documentados en su
literatura, y en conjunto no consisten más que en eso. Si bien proclama
hallarse por encima de las letras, el Zen está lleno de ellas, casi desbordado.
Antes de ofrecer algunos de sus sermones, permítaseme una disgresión y decir
unas pocas palabras acerca del idioma chino como vehículo de la filosofía Zen.
Según mi criterio
el idioma chino está preeminentemente adaptado al Zen; probablemente sea el mejor medio de expresión del Zen a
juzgar tan sólo por su aspecto literario. Al ser monosilábico, el idioma es
terso, y vigoroso; ello hace que una sola palabra transmita tanto significado.
Si bien la vaguedad de sentido es quizás un defecto inevitable que acompaña
estas ventajas, el Zen sabe cómo aprovecharse de aquél, y la vaguedad
misma del idioma
se convierte en arma
poderosísima en manos del maestro. Este dista de querer ser oscuro y
desorientador, pero brota un monosílabo bien escogido cuando cae de sus labios
en palabra rotunda, cargada con todo el sistema del Zen. En este sentido Ummon
es considerado como el principal adepto. Para demostrar cuan extremadamente
lacónicos eran sus dichos se citan los siguientes:
Cuando se la preguntó
cuál era la espada de Ummon, replicó:
"¡Hung!"
"¿Cuál es el pasaje
directo hacia Ummon?" "¡Intimísimo!"
"¿Cuál del Trikáya (Tres Cuerpos de Buda) es el que
pronunciará el sermón?" "¡Al grano!" "Entiendo que todos
los viejos maestros dijeron que cuando conoces (la verdad), todos los
obstáculos kármicos están vacíos desde el principio; pero si no la conoces,
tienes que reintegrar
todas las deudas. Me pregunto si el segundo
patriarca supo esto o no." El maestro replicó: "¡Muy ciertamente!"
"¿Cuál es el ojo del verdadero
Dharma?" "¡Por doquier!"
"Cuando uno comete
parricidio, o matricidio, uno acude al Buda a confesarse; sin embargo,
cuando uno asesina a un Buda o Patriarca, ¿dónde ha de ir a confesarse?"
"¡Evidente!"
"¿Qué es el Tao (sendero, camino
o verdad)?" "¡Anda!"
"¿Cómo es que sin el consentimiento paterno
uno no puede ser ordenado?" "!Qué superficial!"
"No puedo entender." "¡Qué profundo!"
"¿Cuál clase de palabra es la que no proyecta
sombra alguna?" "¡Revelada!" "¿Cómo tienes
ojo en una pregunta?"22 "Ciego."
Basta un monosílabo para liquidar las dificultades. Por lo
general el maestro Zen nada tiene que ver con circunloquios; si hay un orador
directo y llano él es el más directo en dar en el blanco y el más llano en
expresar sus pensamientos sin embarazosos aditamentos. El idioma chino se
adapta eminentemente a estos fines. La brevedad y la fuerza son sus cualidades
específicas, pues cada sílaba simple
es una palabra y a veces forma incluso una frase completa.
Una hilera de pocos sustantivos, sin verbos ni conjunciones a menudo basta para
expresar una frase completa. Naturalmente, la literatura china está llena de
epigramas tajantes y aforismos fecundos. Las palabras son rebeldes e inconexas:
cuando se las junta, parecen muchos pedazos de
roca con nada que las amalgame. No se presentan como orgánicas. Cada eslabón de la cadena tiene una existencia separada e
independiente. Pero al pronunciarse cada sílaba el efecto total es
irresistible. El chino es un idioma místico por excelencia.
Como lo terso y lo
directo es la vida del Zen, su literatura está llena de expresiones idiomáticas
y coloquiales. Los eruditos y filósofos chinos, como todos saben, al ser
partidarios del formalismo clásico, no supieron cómo expresarse sino en un
estilo elegante y altamente pulido. Y consiguientemente, todo lo que nos deja la antigua
literatura china es este clasicismo; a la posteridad no se le legó nada de tradición
popular ni coloquial. Cuanto tenemos de ésta, desde las dinastías T'ang y Sung
ha de buscarse en los escritos de los maestros Zen. Es una ironía del destino
que quienes desdeñaron así el uso de las letras como transmisores de la verdad,
apelando directamente a la
comprensión de una facultad intuitiva, se convirtieran en conductores y
transmisores de los antiguos idiomas y expresiones populares, descartados por
los escritores clásicos, como indignos y vulgares, del cuerpo principal de la
literatura. Sin embargo, la razón es clara. El Buda predicó en el idioma
vernáculo del pueblo; así lo hizo
Cristo. Los textos griegos o sánscritos (o incluso pális) son todos de elaboración posterior, cuando la fe empezó a evaporarse y tuvo oportunidad de afirmarse el escolasticismo. Entonces la religión viva se convirtió en un
sistema intelectual y tuvo que
traducirse en un formalismo elevado pero artificialmente pulido, y por tanto
más o menos altisonante. A esto fue a lo que el Zen se opuso muy enfáticamente
desde el principio mismo, y la consecuencia fue naturalmente que el idioma que
escogió fue el que más apelaba al pueblo en general; vale decir, a sus
corazones abiertos a una nueva luz viva.
22 No
una pregunta corriente formulada sobre la iluminación, sino la que tenga un
aspecto que demuestre alguna comprensión por parte
de quien interroga. Todas esas preguntas ya citadas no deben tomarse
en su sentido superficial o
literario. Por lo general son metáforas. Por ejemplo, cuando se pregunta sobre
una frase carente de sombra, no significa cualquier
unión corriente de palabras
conocidas grarnaticalmente como tales, sino una proposición absoluta cuya verdad está tan más allá de la duda
que todo ser racional la reconocería de inmediato como verdad al oiría.
Además,
cuando se hace referencia al asesinato de un padre o de un Buda, esto en
realidad nada tiene que ver con esos crímenes horribles, pues como lo encontramos en otro lado, en el sermón de Rinzai, el crimen es trascender la relatividad de un mundo fenoménico. Por tanto, en última instancia, esta pregunta implica
lo mismo que preguntar: "¿Dónde ha de reducirse el
uno, cuando los muchos se reduzcan al uno?"
Los maestros
Zen, siempre que pudieron, evitaron
la nomenclatura técnica
de la filosofía budista;
no sólo
discutieron temas que apelasen al hombre llano, sino que utilizaron su lenguaje
cotidiano, que era el vehículo que apreciaban las masas y al mismo tiempo muy
expresivo de las ideas centrales del Zen. Así la literatura Zen se convirtió en
reservorio único de la sabiduría antigua. También en el Japón, cuando Hakuin
modernizó el Zen, utilizó profusamente frases de argot, coloquialismos e incluso canciones
populares. Esta tendencia
neológica del Zen es inevitable, al ver que es creadora y rehusa expresarse con el lenguaje
gastado e inerte de los eruditos y estilistas.
Como resultado, hasta los eruditos
de la literatura china de la actualidad son incapaces de
entender los escritos Zen, al igual que sus significados intelectuales. Así la
literatura Zen llegó a constituir una clase única de obra literaria de la
China, subsistiendo totalmente por sí, fuera del cuerpo principal de la
literatura clásica.
Como dije en otra
parte, el Zen se convirtió verdaderamente en
producto de la mente china al crear así una influencia única
en la historia de la cultura china.
Mientras predominó la influencia
hindú, el Zen no pudo liberarse de la abstracción especulativa de la filosofía
budista, lo cual significaba que el Zen no era Zen en su sentido especializado.
Algunos eruditos piensan que no hay Zen en el denominado Budismo primitivo y
que el Buda de ningún modo fue el autor del Zen. Pero todos debemos recordar
que tales críticos ignoran por entero el hecho de que la religión, cuando se la
trasplanta, se adapta al genio del
pueblo en el cual se la introduce, y que a no ser que lo haga gradualmente,
muere, demostrando que en esa religión no había un alma que le diese vida. El
Zen proclamó desde el principio de su historia en la China que transmite el
espíritu y no la letra del Buda, con lo cual entendemos que el Zen, con
independencia de la filosofía budista tradicional que incluye su terminología y
modalidad de pensamiento, tejió su propia vestimenta desde dentro, así como el
gusano de seda teje su propio capullo. Por tanto, el atavío externo del Zen es
original, adaptándose
maravillosamente bien, sin que tenga remiendos ni costuras: el Zen es
verdaderamente el manto celestial tradicional.
XIII
Antes de concluir no debo olvidarme de dar algunos de los
sermones de los maestros que están documentados principalmente en El Registro
de la Transmisión de la Lámpara al
igual que en los "Dichos":
Dice Jóshu: "Esto se parece a sostener en vuestras manos un
cristal transparente. Cuando llega un extraño
lo refleja como tal; cuando
llega un chino nativo lo refleja como tal. Alzo una
brizna de hierba y la hago trabajar como un áureo-corporizado23 de
dieciséis pies de alto.
Nuevamente
tomo un áureo-corporizado de dieciséis pies de alto y lo hago actuar como una
brizna de hierba. El Buda es lo que constituye los deseos humanos
y los deseos humanos no son
otra cosa que el Estado Búdico." Un monje preguntó:24
"¿Para quién
despiertan los deseos
del Buda?"
23 Esto significa
Buda, a quien
los budistas suponen
dueño de un cuerpo de color
dorado, de dieciséis pies de altura.
24 Por lo general
después del sermón
los monjes salen y formulan
diversas preguntas que encuadran en el tópico del sermón, aunque con frecuencia
se plantean otras que no se le relacionan.
"Sus deseos
despiertan para todos los seres sensibles."
"¿Cómo se libra, entonces,
de ellos?"
"¿De qué sirve librarse
de ellos?", respondió el maestro.
En otra ocasión,
dijo: "Kásyapa entregó
(la Ley) a Ananda. ¿Puedes
decirme a quién
la entregó Bodhidharma?"
Un monje interrumpió: "¿Cómo es que leemos acerca
del segundo patriarca que obtiene su tuétano de Dharma?"25
"No desacredites al segundo patriarca", continuó
Jóshu: "Dharma declara que quien estaba afuera obtuvo la piel y quien estaba dentro obtuvo el hueso. Pero ¿puedes decirme
qué obtiene el que estaba muy
adentro?"
Un
monje dijo: "¿Pero no sabemos todos que hubo uno que obtuvo el tuétano?"
El maestro replicó:
"Sólo obtuvo la piel. Aquí,
en mi lugar, no permito
siquiera que se hable
del tuétano."
"¿Qué es entonces el tuétano?"
"Si así me interrogas no has llegado
siquiera a la
piel."
"¡Qué grande eres!", dijo el monje.
"¿No es ésta tu posición
absoluta, señor?"
"¿Sabes qué hay quien no te aceptará?"
"Si así lo dices,
debe haber uno que tome otra posición." "¿Quién es ese
otro?", interrogó el maestro.
"¿Quién no es ese otro?", replicó el monje. "Te permitiré que hables todo lo que gustes."
Los sermones
son generalmente de esta naturaleza, breves, e ininteligibles, y casi sin
sentido para los extraños. Pero según el Zen, todas estas observaciones son la
exposición más clara y directa de la verdad. Cuando no se recurre al modo lógico y formal
de pensar y con todo se pide al maestro que exprese lo que
entiende en lo más recóndito de su ser, no hay otro modo de hablar que de una
manera tan enigmática y tan simbólica que asombra al no iniciado. Sin embargo,
los maestros mismos son muy serios y si les formulase el más remoto reproche a
sus observaciones, usted recibiría instantáneamente treinta golpes en su
cabeza.
Lo
que sigue procede
de Ummon.
Ummon ascendió a la plataforma y dijo: "Oh vosotros, monjes
venerables. No os confundáis con el pensamiento. El cielo es el cielo, la
tierra es la tierra, las montañas son montañas, el agua es el agua, los monjes son monjes, los laicos son laicos." Hizo una pausa por un rato y continuó:
"!Traedme aquí aquella colina de Ansan y dejádmela ver!"
Otra vez dijo: "El Bodhisattva Vasudeva se convirtió, sin razón alguna,
en cayado." Diciendo esto dibujó en el suelo una
línea con su propio cayado, y continuó: "Todos los Budas tan innumerables
como las arenas están hablando aquí toda clase de necedades." Entonces
abandonó la Sala.
Un día en que ingresó
a la Sala, como de costumbre, para pronunciar un sermón, un monje se apartó de la congregación y le hizo
reverencia, diciendo: "Te suplico me contestes." Ummon llamó en alta
voz: "¡Oh monjes!" Todos los monjes se volvieron hacia el
maestro, que entonces descendió del
asiento.
Otro día, estando
sentado en silencio
por un rato, salió un monje y le hizo reverencias; el maestro le dijo: "¿Por qué tan tarde?" El monje formuló
una respuesta; entonces
el maestro observó: "|Oh
tú, inútil mentecato!"
A veces su sermón desacreditaba mucho al fundador
de su propia fe; pues decía: "Isvara, gran señor del cielo,
y el viejo Sakyamuni están en
medio del patio, discutiendo sobre Budismo. ¿No son ruidosos?"
En otra ocasión dijo:
"Toda la charla que tuve hasta aquí, ¿de qué trata en
total, de todas formas? Hoy, al ser nuevamente incapaz de ayudarme, estoy aquí
para charlar con vosotros una vez más. ¿Hay en este vasto universo algo que se
alce contra vosotros, u os coloque en la esclavitud? Si hay siquiera algo tan
pequeño como la punta de un alfiler que está en vuestro camino u obstruye
vuestro paso, ¡sacadlo por mí! ¿Qué es lo que llamáis Buda o Patriarca? ¿Qué
son los que se conocen como montañas, ríos, tierra, sol, luna o estrellas? ¿Qué
son lo que llamáis los cuatro elementos y los cinco agregados? Hablo así, pero esto no es más que la charla de una anciana
de un villorrio remoto. Si de repente encontrase un monje cabalmente
instruido en este asunto,
sabedor de lo que os hablé, me arrastrará de los pies y me echará escalones
abajo. ¿Y por esto ha de culpársele? Sea lo que fuere esto,
¿por qué razón es así? No os desorientéis con mi charla y procurad efectuar observaciones absurdas. A no ser que hayas
experimentado la totalidad, jamás lo realizaréis. Si sois atrapados, incautamente, por un
anciano como yo, perderéis de inmediato vuestro rumbo y os romperéis las
piernas. ¿Y por ello se me ha de culpar? Al ser esto así, ¿hay entre vosotros
alguien que quiera conocer una o dos cosas sobre la doctrina de nuestra
escuela? iQue salga y lo interrogaré! Después de esto podéis decidiros y ser
libres de salir al mundo, al Este o el Oeste."
Salió un monje y estaba a punto de formular
una pregunta cuando el maestro
golpeó su boca con el cayado, y descendió de su
asiento.
Un día en que Ummon se dirigía
a la Sala de Disertación oyó la campana;
entonces dijo: "En este mundo tan vasto ¿por qué nos
ponemos nuestros mantos monacales cuando la campana suena de este modo?"
Otra vez dijo simplemente: "No
tratéis de agregar
escarcha sobre la nieve; cuidaos
bien, adiós." Y se marchó.
"Mirad, observad, la Sala del Buda se corrió dentro
de los cuartos de los monjes." Luego su
observación fue: "Están haciendo sonar el tambor en Lafu (Lo-fu) y tiene
lugar una danza en Shóju (Shao-chou)."
Ummon se sentó en una silla delante
de la congregación, hubo un rato de silencio y observó:
"Hace demasiado que llueve y ningún día brilló el sol."
Otra vez dijo: "¡Mirad, observad! ¡No queda vida!" Y diciendo esto hizo como si se
cayese.
Entonces preguntó: "¿Entendéis? Si no entendéis, pedidle a este cayado que os ilumine."
Tan pronto se sentó en su silla Yógi (Yang-ch'ih), gran maestro
bajo la dinastía Sung, rio fuertemente: "¡Ja, ja, ja!" y dijo: "¿Qué es esto? Volved a vuestro
dormitorio y tome cada uno una taza de te."
Un día Yógi subió al asiento, y los monjes estaban todos
reunidos. El maestro, antes de pronunciar palabra, arrojó su cayado y bajó, saltando de la silla. Los monjes estaban a punto de dispersarse, cuando llamó: "¡Oh
monjes!" Entonces regresaron; dijo el maestro: "Recoged mi cayado, oh
monjes." Dicho esto, el maestro se marchó.
Yakusan (Yüeh-shan, 751-834)
no pronunció sermones
durante un breve lapso y el secretario principal acudió a él
pidiéndole uno. El maestro dijo: "Entonces, toca el tambor." Tan
pronto estuvo lista la congregación para escucharle, regresó a su cuarto. El
secretario le siguió y dijo "Consentiste en darles un sermón, y ¿cómo es
que no pronunciaste una palabra?" El maestro dijo: "Los Sútras son
explicados por los especialistas en los Sútras, y los Sastras por los
especialistas en los Sastras. ¿Por qué te sorprendes de mí, entonces? (¿No soy
yo un maestro Zen?)"
Un día Coso (Fa-yen) entró en la Sala y se sentó en la silla.
Miró sobre el hombro en una dirección y luego en la otra. Finalmente, blandió en lo alto su cayado y dijo:
"¡Sólo un pie de largo!"
Y sin otro comentario, descendió.
Los hechos
precedentes, escogidos de Ummon y Jóshu y otros, bastarán para familiarizar al
lector qué clase de sermones se desarrollaban en el monasterio para consumo
intelectual y superintelectual de los monjes. Por lo general son breves. Los
maestros no pierden mucho tiempo en explicar el Zen, no sólo porque está más
allá de la humana comprensión discursiva, sino también porque tales
explicaciones no producen beneficios prácticos ni duraderos para la edificación
espiritual de los monjes. Por ello las observaciones del maestro son
necesariamente lacónicas; a veces ni siquiera intentan efectuar discusión o
afirmación verbal alguna sino que levantar el hossu, proferir un grito o
recitar un verso es todo lo que la congregación obtiene del maestro. Sin embargo, algunos
maestros parecen tener su propio
método favorito para demostrar
la verdad del Zen; por ejemplo, Rinzai es famoso por su "Kwatsu" (he en chino), Tokusan por blandir el
cayado, Gutei por levantar un dedo, Hima por su vara ahorquillada, Kwasan por
tocar un tambor, etc.26 Es maravilloso observar qué variedad de
métodos surgió, tan extraordinaria,
26 En cuanto a detalles,
véase "Métodos Prácticos de Instrucción Zen".
tan ingeniosa y tan original, y todo a fin
de hacer comprender a los monjes la misma
verdad,
cuyos aspectos
infinitos, como se manifiestan en el mundo,
pueden ser comprendidos por diversos individuos, cada cual según su capacidad y
oportunidad.
Tomado en conjunto, el Zen es, enfáticamente, un asunto de
experiencia personal; si algo puede llamarse radicalmente empírico, eso es Zen.
Ningún monto de lectura, de enseñanza, de educación ni de contemplación
convertirá a uno en maestro Zen. La vida misma debe ser captada en medio de su
fluir; detenerla para examinarla y analizarla es matarla, dejando, para que se lo abrace,
su frío cadáver.
Por tanto, todo lo de la Sala de Meditación y todo detalle
de su curso disciplinario se
ordena de tal modo que destaque muy eficientemente esta idea. La posición única
mantenida por la secta Zen entre las demás escuelas mahayánicas de China y Japón, a lo largo de toda la historia del
Budismo en el Lejano Oriente, se debe, sin duda, a la institución conocida como
la Sala de Meditación o Zendó.
LOS
DIEZ CUADROS DE PASTOREO
El logro del Estado Búdico o la realización de la Iluminación es
el objetivo de todos los budistas piadosos, aunque no necesariamente en esta
sola vida terrena; y el Zen, como una de las
escuelas mahayánicas, también enseña
que todos nuestros esfuerzos deben dirigirse a este fin supremo. Mientras la mayor parte de las demás escuelas
diferencia múltiples etapas de des- arrollo espiritual e insiste en atravesar
todos los grados, sucesivamente, a fin de alcanzar la consumación de la disciplina budista, el Zen ignora todo esto, y declara audazmente
que cuando veamos dentro de la naturaleza recóndita de nuestro propio ser,
instantáneamente nos convertiremos en un Buda, y que no hay necesidad de
escalar cada peldaño de la perfección a través de ciclos eternos de
trasmigración. Este fue uno de los principios más característicos del Zen, ya
desde el arribo de Bodhidharma, desde el Oeste, en el siglo VI. "Ve dentro de tu propia naturaleza y sé un Buda", se convirtió en la
contraseña de la Secta. Y este "ver" no fue resultado de mucho aprendizaje o especulación; tampoco
se debió a la gracia
del Buda supremo,
conferida a sus ascéticos seguidores; sino que surgió de la especial preparación de la mente, prescripta por los maestros Zen. Al ser esto así, el Zen no
podía reconocer de buen grado forma alguna de graduación en el logro del Estado
Búdico. Este "ver dentro de la propia naturaleza" era un acto
instantáneo. No podía haber en él proceso alguno que permitiese escalas ni
pasos de desarrollo.
Pero para ser precisos, si bien el elemento temporal rige en
forma suprema, éste no fue necesariamente el caso. En la medida en que nuestras
mentes relativas están hechas para comprender una cosa tras otra, por grados y
en sucesión, y no todas de repente y simultáneamente, es imposible no hablar de
algún género de progreso. Incluso el Zen, como algo imposible de demostrar en
un sentido u otro, debe sujetarse a las limitaciones del tiempo. Vale decir,
que, después de todo, hay grados de desarrollo en su estudio; y debe decirse
que algunos captaron la verdad del Zen más honda y penetrantemente. En sí misma la verdad
puede trascender toda forma de limitación, mas cuando ha de ser
comprendida por la mente humana, han de observarse sus leyes psicológicas. El
"ver dentro de la propia naturaleza" debe admitir grados de claridad.
Trascendentalmente todos somos Budas así como somos ignorantes y
pecadores,
si se prefiere; pero cuando
descendemos a esta vida práctica, el idealismo puro debe ceder paso a una forma
más particular y palpable de actividad. Este aspecto del Zen se conoce como
aspecto "constructivo", para contra diferenciarlo del aspecto
"omni barredor". Y aquí el Zen reconoce plenamente grados de desarrollo espiritual entre sus seguidores, pues la verdad
se revela gradualmente en las mentes hasta que se perfecciona el
"ver dentro de la propia naturaleza''.
Hablando técnicamente, el Zen pertenece al grupo de doctrinas
budistas conocidas como "separadas" o "discontinuas" o
"abruptas" (tun, en chino),
en oposición a "continuas" o "graduales" (chien);1 y naturalmente la apertura de la mente, según el Zen, nos llega como asun-
to que sucede separada o repentinamente, y no como resultado de desarrollo
gradual y continuo que ha de seguirse y analizarse en todos sus pasos. La
llegada del satori no se parece a la salida del sol, que se produce
gradualmente, iluminando las cosas, sino que semeja la congelación del agua,
que tiene lugar abruptamente. No hay un estado medio ni crepuscular antes
que la mente se abra a la verdad, en la que prevalezca una especie de zona
neutra, ni un estado de indiferencia intelectual. Como ya lo observamos en
diversos ejemplos de satori, la transición de la ignorancia a la iluminación es
tan abrupta, que el cuzco común, por así decirlo, de repente" se
convierte- en un león de dorada cabellera. El Zen es un ala ultra-separada del
Budismo. Pero esto es cierto sólo cuando se considera la verdad del Zen mismo,
aparte de su relación con la
mente humana en la que se revela.
En la medida en que la verdad
es considerada bajo la luz que brinda a la mente y no puede juzgársela
independientemente de esta última, podemos hablar de su captación gradual y
progresiva en nosotros. Las leyes psicológicas existen aquí como en otras
partes. Por tanto, cuando Bodhidharma estuvo listo para abandonar la China dijo
que Dófuku obtuvo la piel, la monja Sóji la carne y Dóiku el hueso, mientras que Yeka logró el tuétano (o esencia)
del Zen.
Nangaku, que sucedió
al sexto patriarca, tuvo sus acabados
discípulos, pero los logros de éstos diferían en profundidad. Aquél
los comparó con diversos aspectos del cuerpo, diciendo: Todos habéis dado
testimonio de mi cuerpo, pero cada cual captó una parte de éste. Quien tiene
mis cejas es el maestro de modales; el segundo, que tiene mis ojos, sabe cómo
mirar en derredor; el tercero, que tiene mis oídos, entiende cómo escuchar el
razonamiento; el cuarto,
que tiene mi nariz, es bien versado
en el acto de respirar;
el quinto, que tiene mi
lengua, es un gran disquisidor; y finalmente, quien tiene mi mente conoce el
pasado y el presente. Esta graduación sería imposible si sólo se hubiese considerado el "ver
dentro de la propia naturaleza"; pues ver es un acto indivisible, que no
admite etapas de transición. Sin embargo, esto no contradice el principio del
satori, como lo afirmamos repetidamente, para decir que, de hecho, hay en el
ver una captación progresiva, que conduce, con profundidad cada vez mayor,
dentro de la verdad del Zen, culminando finalmente en la propia identificación
completa con éste.
Lieh-tzé, el filósofo
chino del Taoísmo,
describe en el siguiente pasaje
ciertas destacadas etapas de
desarrollo en la práctica del Tao:
"El maestro de Lieh-tzé fue a Lao-shang-shih, y su amigo,
Pai-kao-tzé. Cuando Lieh-tzé estuvo bien adelantado en las enseñanzas de estos dos filósofos,
regresó a su casa cabalgando el
viento. Al tener noticias de esto, Yin-shéng acudió para que lo instruyese.
Yin-shéng descuidó su casa durante varios meses. Jamás perdió oportunidades de
pedir al maestro que le instruyese en las artes (de cabalgar el viento); se lo
pidió diez veces y al ser rechazado en cada ocasión, Yin-shéng se impacientó y
quiso marcharse. Lieh-tzé no le insistió en que se quedase. Durante 'varios meses Yin-shéng se mantuvo apartado
del maestro, pero no sintió que su mente estuviese más tranquilizada. Volvió
nuevamente ante Lieh-tzé y le preguntó el maestro: "¿A qué se debe este
constante ir y venir?" Yin-shéng replicó: "El otro día, yo, Chang
Tai, deseaba que me instruyeras, pero rehusaste enseñarme, lo cual naturalmente me disgustó. Sin
embargo, ahora no siento resentimiento alguno contra tí; de ahí mi
presencia nuevamente aquí."
"'La otra vez pensé', dijo el maestro,
'que lo entendías todo. Pero al ver ahora qué mortal del común eres tú, te diré lo que aprendí
con el maestro. ¡Siéntate y escucha! Habían transcurrido
tres años desde que acudí a mi
maestro Lao-shang y a mi amigo Pai-kao,
y mi mente empezaba a dejar de pensar en lo correcto
y lo equivocado, y mi lengua de hablar de ganancia y pérdida; por ello él me
favoreció tan sólo con una mirada..
Al término de cinco años mi mente empezó nuevamente a pensar en
lo correcto y lo equivocado, y mi lengua a hablar de ganancia y pérdida.
Entonces, por primera vez, el maestro aflojó su expresión y me brindó una
sonrisa. Al cabo de siete años, dejé que mi mente pensase en lo que le
pluguiese, y ya no había cuestión de correcto ni equivocado, dejé que mi lengua
hablase de lo que le pluguiese, y no hubo más cuestión de ganancia ni pérdida.
Entonces, por primera vez, el maestro me hizo señas
para que me sentase junto
a él. Al término de nueve años, dejando que mi mente pensase en
cuanto le pluguiese y dejando que mi lengua hablase de cuanto le pluguiese, no tuve conciencia de si yo o alguien más
estaba en lo correcto o en lo equivocado, si yo o alguien más ganaba o perdía;
tampoco tenía conciencia de que el viejo maestro fuese mi maestro ni de que el
joven Pai-kao fuese mi amigo. Había adelantado tanto interior y exteriormente.
Fue entonces cuando el ojo se pareció al oído, y el oído se pareció a la nariz,
y la nariz a la boca; pues todos eran una sola y misma cosa. La mente estaba
arrobada, la forma disuelta, y los huesos y la carne derretidos; y no supe cómo se sostenía el esqueleto ni qué
hollaban los pies. Me entregué al viento, hacia el Este o el Oeste, como las
hojas de un árbol o como una paja seca. ¿El viento cabalgaba sobre mí? ¿O yo cabalgaba sobre el viento? No lo
supe en un sentido ni en el otro.
"Tu estada con el maestro no cubrió mucho espacio de
tiempo, y ya estás sintiendo resentimiento contra él. El aire no sostendría
siquiera un fragmento de tu cuerpo, ni la tierra sostendría un sólo miembro
tuyo. ¿Entonces, cómo podrías pensar
siquiera en hollar
un espacio vacío y cabalgar
el viento?'"
"Yin-shéng estaba muy avergonzado y se
mantuvo en silencio durante un rato, sin proferir
siquiera una palabra."
Los místicos cristianos y mahometanos también señalan etapas de
desarrollo espiritual. Algunos sufíes describen los "siete valles"2
que han de atravesarse para alcanzar la corte de Simburgh, donde las
"aves" místicas se hallan gloriosamente borradas y, con todo, se
reflejan plenamente en la Imponente Presencia de ellas mismas. Los "siete valles" son: 1) El Valle de la Búsqueda;
2) El Valle del Amor, que no tiene límites; 3) El Valle del
Conocimiento; 4) El Valle de la
Independencia; 5) El Valle de la
Unidad, pura y simple; 6) El Valle del Asombro; y 7) El Valle de la Pobreza y
la Aniquilación, más allá del cual no se avanza. Según
Santa Teresa, hay cuatro grados
de vida mística: Meditación, Silencio, un innumerable grado intermedio,
y el Horizonte de la Unidad; mientras que Hugo
de St. Víctor tiene también
sus cuatro grados:
Meditación, Soliloquio, Consideración, y Rapto. Hay otros
místicos cristianos que tienen sus tres o cuatro etapas de "amor
ardiente" o de "contemplación",»
El Profesor R.A. Nicholson, en sus Estudios sobre el Misticismo Islámico, ofrece una traducción de
"El Poema del Progreso Místico" (Ta'iyya),
de Ibnu 1-Fárid, fragmentos del cual, al menos, son tan exactas
contrapartes del misticismo budista como para hacernos pensar que el poeta
persa está repitiendo simplemente el sentimiento Zen. Dondequiera hallemos
una pieza de literatura mística
no deja de sorprendernos la íntima armonía de pensamiento y sentimiento
que resuena en las honduras del alma humana, sin entrar a considerar sus
diferencias occidentales externas. Los versos nº 326 y 327 del Ta'iyya dicen así:
"Desde Yo soy Ella' me remonté
adonde no hay “hacia”, y con mi retorno perfumé
la existencia (fenoménica):
"Y (retomé) de "Yo soy Yo por gracia de una sabiduría
esotérica y de leyes externas
que fueran instituidas y que podría yo llamar (el pueblo hacia
Dios)."
E1 pasaje, tal como se presenta aquí, no es muy inteligible, pero leamos los comentarios
del traductor, que arrojan demasiada luz sobre el camino por el que fluye el
pensamiento persa:
"Aquí se distinguen tres etapas de la Unidad (iiti-hád): 1) Yo soy Ella', Le. unión
(jarri) sin separación real (tafriqa), aunque se mantenga la
apariencia de separación. Esta es la etapa en
la que al-Halláj dijo: "Ana I-Haqq", "Yo soy Dios".
2) "Yo soy Yo", i.e. la unión
pura sin vestigio
alguno de separación (individualidad). Esta etapa se conoce técnicamente
como la "embriaguez de la unión" (sukrú'jam). La
"sobriedad de la unión" (sawu-'l-jam) i.
e. la etapa en la que el místico
retorna de la unidad pura de la segunda etapa a la pluralidad
en la unidad y a la separación en la unión y la ley en la Verdad, de modo que
mientras continúa estando unido a Dios, Le sirve como un esclavo sirve a su
señor y manifiesta la Vida Divina, en su perfección, a la humanidad.
"'Donde
no hay hacia', i.e. la etapa de 'Yo soy Yo', más allá de la cual no es posible
avanzar excepto por medio de retrogresión. En esta etapa el místico está
enteramente absorto en la unidad
indiferenciada de Dios. Sólo después que ha 'regresado', i.e. entrado en la tercera etapa (la pluralidad en la
unidad), puede comunicar a sus semejantes algún perfume (indicación) de la experiencia por la que atravesó. "Una
sabiduría esotérica", i. e. la providencia Divina manifestada por
medio de la ley religiosa. Al retornar a la consciencia, el místico
"unido" está capacitado como para cumplir la ley y actuar como
director espiritual.
Cuando esto se compara con el progreso
del místico Zen, como se ilustra pictóricamente y se comenta poeticamente
en las siguientes páginas, creemos que los comentarios fueron escritos
expresamente para el Budismo Zen.
Durante la dinastía Sung un maestro Zen, llamado Seikyo, ilustró
las etapas del progreso espiritual mediante una purificación o blanqueamiento
gradual de la vaca hasta que ésta desaparece.
Pero los cuadros,
seis en total, se perdieron.4 Los que todavía
existen, que ilustran
el término de la disciplina Zen de modo muy cabal y coherente, provienen
del ingenioso pincel de Kakuan, monje perteneciente a la escuela
Rinzai. De hecho,
lo suyo es una revisión
y perfección de lo realizado
por su predecesor. Los cuadros son diez en total, y cada uno tiene una breve
introducción en prosa, seguida de un comentario en verso, que más adelante se
traduce. Hubo algunos otros maestros que compusieron estrofas de igual
temática, utilizando las rimas del primer comentarista, y algunas de aquéllas
se encuentran en la edición popular de "Los Diez Cuadros del Pastoreo de
la Vaca".
La
vaca fue adorada por los hindúes desde los períodos prístinos de su historia.
Las alusiones se hallan, con diversas implicancias, en las escrituras budistas. En un Sútra
hinayánico "Sobre el
Pastoreo del Ganado",6 se describen once métodos de atención
apropiada del ganado. De manera similar el
monje debe observar once cosas apropiadamente a fin de convertirse en un buen budista; y si fracasa en esto,
como el vaquero que descuida sus deberes, será condenado. Los once métodos de
atención apropiada del ganado son: 1) Conocer los colores; 2) Conocer los
signos; 3) Rasqueteo; 4) Curación de las heridas; 5) Hacer humo; 6) Recorrer el
sendero correcto; 7) Tener hacia el ganado tiernos sentimientos; 8) Vadear las
corrientes; 9) Pastoreo; 10) Ordeño; 11) Selección. Algunos de los ítems aquí
citados no son totalmente inteligibles.
En el Saddharma-pundaríka, capítulo III, "Una Parábola", el Buda presenta la famosa parábola
de los tres carros —los carros tirados por bueyes, los carros tirados
por cabras y los carros tirados por ciervos— que un hombre promete regalar a
sus hijos si salen de una casa que se incendia. El mejor de los carros es el
tirado por bueyes o vacas (goratha), que
representa al vehículo de los Bodhisattvas, el máximo y más magnífico de todos
los vehículos, que los conduce directamente al logro de la iluminación suprema.
El carro es descripto así en el Sútra: "Confeccionado con siete sustancias preciosas, provisto de asientos,
con una multitud de campanillas colgantes, alto, adornado con gemas raras y maravillosas,
embellecido con guirnaldas, decorado con coronas de flores, alfombrado con
colchones de algodón y cobertores de lana, tapizado con paño y seda blanca,
teniendo en ambos lados almohadones rosados, uncido con bueyes blancos, muy
bellos y veloces, conducido por una multitud de hombres."
De manera que en la literatura Zen se hace referencia, con mucha
asiduidad, a la "blanca vaca en la plaza al aire libre del
villorrio", o a la vaca en general. Por ejemplo, Tai-an de Fu-chou
preguntó a Pai-chang: "Deseo conocer acerca del Buda. ¿De qué se
trata?" Pai-chang respondió: "Es como buscar un buey estando montado
en él." "¿Qué haré después de conocerlo? "Es como ir a casa montado en él." "¿Cómo he de cuidarlo
para estar de acuerdo
con (el Dharma)?" Entonces el maestro le dijo: "Debes comportarte como
un vaquero que, portando un cayado, procura que su ganado no se disperse por
los campos de arroz de un tercero."
"Los Diez Cuadros del Pastoreo de la Vaca", que demuestran las etapas ascendentes de la preparación
espiritual son, sin duda, otro ejemplo de esa índole, más elaborado y
sistematizado que el recién citado.
4 Después que este libro entró
en prensa hallé
una vieja edición
de los cuatros del pastoreo
espiritual de la vaca,
que concluyen con un círculo vacío correspondiente al octavo de esta serie. ¿Esta es la obra de Seikyo, como se la
refiere en el Prefacio de Kakuan? Aquí se presenta a la vaca blanqueándose
gradualmente con el progreso de la disciplina.
5 Véase también
un Sútra del Anguttara Agama, que lleva el mismo
título, que es evidentemente otra traducción del mismo texto. Compárese asimismo "El Pastor,
I", en Los Primero» Cincuenta
Discursos de Cotama el Duda (The First Fifty Discourses of Cotama the Buddha),
Tomo II, de Bhikkhu Sílácára
(Leipzig, 1913). Esta es una traducción
parcial del Majjhima Nikáya del Tripitaka pali. Los once ítems enumerados en la versión china poco difieren de
los ofrecidos. Esencialmente, por
supuesto, en ambos textos son los mismos. Un diccionario budista, llamado
Daizo Hossu se refiere,
al respecto, a la gran obra
mahayánica de Nágárjuna, el Maháprajñápáramitá-Sútra, pero hasta ahora no pude identificar
el pasaje.
LAS DIEZ ETAPAS DEL PASTOREO
-ESPIRITUAL DE LA VACA •
I
En busca de la vaca. Nunca
se perdió, de modo que ¿de qué sirve buscarla? No estamos en íntimos términos
con ella, porque hicimos planes contra nuestra naturaleza más recóndita. Ella
se perdió pues nosotros mismos perdimos nuestro rumbo a través de los engañosos
sentidos. La casa se aleja cada vez más, y nos confunden los atajos y
encrucijadas. El deseo de ganancia
y el temor a la pérdida arden como el fuego; las ideas de correcto y equivocado brotan como una
falange.
¡Sólo en el yermo perdido en la
selva, él busca, busca!
Aguas crecidas,
montañas distantes, sendero
sin término...
Exhausto y desesperado, no sabe dónde ir,
¡Solo en el yermo, perdido en la selva, él busca, busca!
• Los
diez cuadros reproducidos fueron
preparados especialmente para el autor por el Reverendo Seisetsu Seld, Abad de
Tenryuji, Kyoto, que es uno de los principales monasterios históricos Zen, del Japón.
II
Tras las huellas de la vaca. Con
el auxilio de los Sútras e indagando en las doctrinas llegó a entender algo; halló las huellas. Ahora
sabe que las cosas, por más multitudinarias que sean, son de una sola sustancia, y que el mundo
objetivo es un reflejo del yo. Con todo es incapaz de distinguir lo que es
bueno de lo que no lo es; su mente está todavía confusa respecto de la verdad y
la falsedad. Como aun no traspuso la
puerta, se dice que por ahora advirtió los rastros.
Junto al
agua, bajo los árboles, están dispersas las huellas
de la vaca perdida:
Los bosques fragantes
se tornan densos. ¿El halló el
camino?
Por más lejos,
por sobre las colinas y más allá, que haya vagado la vaca,
La nariz de ésta alcanza
a los cielos y nadie puede
ocultarla.
III
Vaca a la vista. El halla el camino
por el sonido; ve dentro del origen
de las cosas, y todos sus
sentidos están en orden armonioso. En todas sus actividades eso está
manifiestamente presente. Eso se parece a la sal en el agua y a la cola en el
color. (Eso está allí, aunque no se lo distinga separadamente.) Cuando el ojo
es dirigido apropiadamente, descubrirá que no hay otra cosa que él mismo.
Allá, encaramado en una rama,
un ruiseñor canta alegremente;
El sol es cálido, la suave brisa
sopla a través del verde sauce
sobre la orilla;
Allí está la vaca en plenitud,
en ningún lado hay sitio para que se oculte;
¿Qué pintor puede reproducirla, con la espléndida cabeza decorada con
majestuosos cuernos?
IV
La vaca está a mano. Después de perderse tanto tiempo en el yermo,
al fin encontró la vaca y puso su mano sobre ella. Pero debido a la imponente presión del
mundo objetivo se aprecia que es difícil controlar a la vaca, pues
constantemente ansia los dulces pastos. La naturaleza salvaje es todavía
indómita, y rehusa por completo ser atada. Si
él desea tenerla completamente sujeta, debe usar libremente el látigo.
Con la energía de toda su alma, al fin pudo echar mano de
la vaca:
¡Pero cuan salvaje
es su voluntad, cuan ingobernable su poder!
A
veces se contonea por la altiplanicie,
cuando he aquí se pierde en un neblinoso
e impenetrable paso de la
montaña.
V
Pastoreo de la vaca. Cuando se desplaza un
pensamiento, le sigue otro, y luego otro; así despierta un tren interminable de pensamientos. A través de la iluminación todo esto se vuelve
verdad; pero la falsedad se afirma cuando prevalece la confusión. Las cosas nos
oprimen, no debido al mundo objetivo sino debido a la mente engañosa del yo. No
aflojéis el cabestro; mantenedlo restringido, y no os consintáis indulgencia.
No permitas separarte del látigo y la
cuerda,
no sea que ella se descarríe por un mundo mancillado;
si se la cuida apropiadamente, crecerá pura y dócil,
incluso sin cadena,
sin nada que la ate, te
seguirá de buen grado.
VI
Vuelta al hogar a lomo de la vaca. La lucha ya
pasó; él ya no se preocupa más de ganancia ni pérdida.
Canturrea una tonada
campestre de leñador,
entona canciones simples de niños pueblerinos. Montado
sobre el lomo de la vaca, sus ojos no están fijos en cosas terrenales. Aunque
se le llamase, no volvería su cabeza; aunque se lo tentase, no se le retendría
más.
Montando la vaca lentamente dirige sus pasos hacia el hogar:
envuelto en la niebla vespertina, ¡cuan armoniosamente se desvanece la flauta a lo
lejos!
¡Entonando una cancioncilla, marcando el compás,
su corazón está lleno de dicha indescriptible!
¿Es menester decir que él es ahora uno de aquellos que conocen?
VII
Olvidada la vaca, el hombre queda sólo. Las
cosas son una sola y la vaca es
simbólica. Cuando sabes que lo que necesitas no es señuelo
ni red sino conejo o pez, esto se parece
al oro separado de la escoria;
se parece a la luna saliendo de entre las nubes. El único rayo de
luz, sereno y penetrante, brilla incluso antes de los tiempos de la creación.
Montado en la vaca él está al fin de regreso en su hogar,
donde he aquí no hay más vaca, ¡y cuan
serenamente él se sienta totalmente sólo!
Aunque el sol rojo se sostiene en el cielo, él
parece estar todavía silenciosamente dormido;
Bajo un techo de paja yacen ociosamente, junto a él, su látigo y su soga.
VIII
La vaca y el hombre se pierden
de vista. Puesta a un lado toda confusión, sólo prevalece la
serenidad; ni siquiera la idea de santidad tiene vigencia. No se demora donde
está el Buda, y donde el Buda no está, pasa rápidamente de largo. Cuando no
existe forma de dualismo, hasta un ser de mil ojos fracasa en detectar una
salida. Santidad ante la que los pájaros ofrecen flores no es sino farsa.7
Todo está vacío, el látigo, la soga, el hombre y la vaca;
¿Quién midió jamás la vastedad del cielo?
Sobre el horno
qué arde en llamas, ni un copo de nieve puede caer:
Cuando obtiene este estado de cosas,
está manifiesto el espíritu del antiguo maestro.
7
Resultará interesante advertir qué diría un filósofo místico sobre esto:
"El hombre llegará a ser verdaderamente pobre y tan libre de su criatura como lo fue al nacer. Y por la verdad
eterna os digo que mientras deseéis cumplir coa la voluntad de Dios, y tengáis
deseo alguno de eternidad y Dios, no seréis verdaderamente pobres.
Sólo tiene pobreza
espiritual verdadera quien nada quiere,
quien nada sabe, quien nada desea." De Eckhart, tal como lo cita Inge en Luz, Vida y Amor (Light, Life and Lave).
IX
Regreso al origen, vuelta a la fuente. Desde el
principio mismo, puro e inmaculado, jamás fue afectado por máculas. Observa con
calma el crecimiento y decadencia de las cosas con forma, mientras
que él mismo mora en la inmóvil serenidad de la no-afirmación. Cuando no se identifica con transformaciones
aparentemente mágicas, ¿qué tiene que hacer con las artificialidades de la
auto-disciplina? El agua fluye azul, la montaña se empina verde. Sentado sólo,
él observa las cosas que sufren cambios.
Retornar al Origen,
regresar a la Fuente: ¡este ya es un paso falso!
Mucho mejor es quedarse en casa, ciego y sordo,
al instante y sin alharaca.
Sentado dentro de la choza
no toma conocimiento de las cosas externas;
Observad el agua que fluye —
nadie sabe adonde; y aquellas flores rojas y frescas— ¿para quién son?
X
Ingreso a la ciudad
con las manos que conceden bien-aventuranza. La puerta de
la humilde morada está cerrada,
y los muy sabios no le conocen.
No han de lograrse vislumbres de su vida interior; pues él recome su propio
rumbo sin seguir los pasos de los antiguos sabios. Entra al mercado
transportando una calabaza; llega al hogar inclinándose contra un bastón. Se lo
encuentra en compañía de bebedores de vino y matarifes; él y ellos están todos
convertidos en Budas.
Con el pecho y los pies desnudos, él entra
en el mercado;
¡embadurnado de barro y cenizas, cuan amplia es su sonrisa!
No es necesario el poder milagroso de los dioses,
pues basta su contacto
y he aquí los árboles muertos florecen en plenitud.
ÍNDICE
Prefacio
Ensayo I Introducción
Ensayo II
El Zen como interpretación china de !a doctrina de la Iluminación
Ensayo 111
La
Iluminación y la Ignorancia
Ensayo IV
Historia del Budismo Zen desdé Bodhidharma hasta Hui-néng (Yeno)
Ensayo V
Sobre el Satori: La revelación de una nueva verdad en el Budismo
Zen
Ensayo VI
Métodos prácticos de instrucción Zen
Ensayo VII
La Sala de Meditación y los ideales
de la disciplina monástica
Ensayo VIII
Los diez cuadros
de pastoreo
Las
diez etapas del pastoreo espiritual de la vaca

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