La Sabiduría Antigua. Annie Besant.
Recopilación exclusivamente sin fines de lucro para las
Adicciones.
La Sabiduría Antigua.
Annie Besant.
El pensamiento recto es condición necesaria
de la vida recta. La rectitud de juicio
es indispensable para la rectitud de conducta.
Ya se nos presente con el nombre sánscrito, Brahma-Vidya, o con el de
Teosofía, derivado del griego,
El presente volumen está destinado a ofrecer
al lector una exposición sencilla y clara de la doctrina teosófica, a mostrar
que sus principios generales y sus enseñanzas forman una concepción coherente
del universo, y a suministrar los pormenores necesarios para poner de
manifiesto el encadenamiento recíproco de esos principios y de esas
enseñanzas. Una obra clásica elemental
no puede tener la pretensión de exponer toda la ciencia acopiada en obras de
más abstrusa didáctica; pero debe presentar claramente y de una ojeada los
datos fundamentales del asunto, de modo que si bien haya mucho que añadir, haya
poco que quitar. En el cuadro que forma
un libro semejante, el estudiante podrá colocar los detalles que le sugieran
sus estudios ulteriores.
Echando una ojeada sobre las grandes
religiones de la humanidad, se ve cuánto tienen de común en ideas dogmáticas,
morales y filosóficas. El hecho está
universalmente reconocido; pero su explicación se discute de modo muy
diverso. Pretenden unos que las
religiones han germinado en el campo de la ignorancia humana, donde la
imaginación las cultivó, elaborándolas gradualmente desde las formas más
groseras como el animismo y el fetichismo.
Sus analogías se deben así a los fenómenos universales de la naturaleza,
imperfectamente observados y explicados a capricho. Semejante escuela da como clave universal el
culto del sol y de los astros. Para otra
escuela, la clave no menos universal está en el culto fálico. El miedo, el deseo, la ignorancia y la
admiración llevaron al salvaje a personificar los poderes de la naturaleza, y
luego los sacerdotes se aprovecharon de esos terrores y esperanzas,
transformando los mitos en Biblias y los símbolos en hechos, mediante sus
imaginaciones melancólicas y sus inquietantes contiendas; como la base era en
ambas la misma, la semejanza en los resultados era inevitable. Así hablan los doctores de la Mitología
comparada, y bajo el peso de tal cúmulo de pruebas, las gentes sencillas callan,
aunque no queden convencidas por completo.
No pueden, en efecto, negar las analogías; pero se preguntan con vaga
inquietud: Las concepciones más sublimes de los hombres, sus más halagüeñas
esperanzas, ¿sólo son el resultado de los sueños del salvaje o de las
adivinaciones de los ignorantes? Los
grandes héroes y mártires de la humanidad, todos los que han vivido, trabajado
y sufrido, ¿murieron en la ilusión
forjada por los hechos astronómicos o por las disimuladas obscenidades de los
bárbaros?
La segunda explicación de la base común a
las varias religiones humanas, postula la doctrina de una enseñanza original,
que indica una fraternidad de grandes instructores espirituales. Semejantes maestros, fruto de los ciclos
pasados de la evolución, tuvieron por misión instruir y guiar a la humanidad
nacida sobre nuestro planeta. Ellos
transmitieron a las razas y a las naciones, a su vez, las verdades
fundamentales de la religión bajo la forma más adecuada a las necesidades
especiales de aquellos que debían recibirlas.
Según este sistema, los fundadores de las grandes religiones son
miembros de la fraternidad única, y fueron ayudados en su misión por una
pleyade de individuos un poco menos elevados que ellos, iniciados y discípulos
de grados diversos, eminentes por su intuición espiritual, por su saber
filosófico o por la pureza de su moral.
Tales hombres son los que han dirigido a los pueblos nacientes, los que
los civilizaron y dieron leyes (Como monarcas los gobernaron; como filósofos
los instruyeron; y como sacerdotes los guiaron). Así es que todos los pueblos
de la antigüedad se arrogan hombres eminentes, semidioses y héroes de los que
se descubren vestigios en las respectivas literaturas, códigos y monumentos.
Muy difícil parece negar la existencia de
semejantes hombres, en presencia de la tradición universal de los documentos
escritos aun subsistentes, y de las ruinas prehistóricas, para no citar otros
testimonios que recusaría el ignorante.
Los libros sagrados de Oriente son los más fidedignos testimonios de la
grandeza de quienes los escribieron.
¿Qué puede compararse con la sublimidad espiritual de su pensamiento
religioso, con el esplendor intelectual de su filosofía, con la amplitud y
pureza de su moral? Ahora bien; cuando
hallamos que cuanto esos libros contienen sobre Dios, sobre el hombre y el
universo, son enseñanzas substancialmente idénticas, bajo múltiple variedad
aparente, no será temerario referirlas a un cuerpo céntrico y original de
doctrina. A este cuerpo doctrinal le
damos el nombre de Sabiduría Divina, que es lo que significa la palabra griega
Teosofía.
Como origen y base de todas las religiones,
a la Teosofía no se le puede oponer ninguna otra. La Teosofía purifica y revela el alto
significado interno de tanta doctrina adulterada por el error en su exposición
exotérica y pervertida por la ignorancia y
Para ser teósofo no hay necesidad de dejar
de ser cristiano, budista o indo. Basta
con que el hombre sondee profundamente en el corazón de su propia fe, que
abrace las verdades espirituales con gran firmeza, y que comprenda sus
enseñanzas sagradas con más amplio espíritu.
Después de haber dado origen a las religiones, la Teosofía las justifica
y defiende; pues roca y cantera es de donde se sacaron y extrajeron. Ante el tribunal de la crítica intelectual
viene a justificar la Teosofía las más profundas aspiraciones y los más nobles
sentimientos del corazón humano.
Comprueba las esperanzas que nos forjamos sobre el hombre y ennoblece
más nuestra fe en Dios.
La verdad de esta aserción se evidencia más
cuanto más estudiamos las diversas Escrituras santas del mundo. Algunas selecciones operadas en el conjunto
de materiales disponibles bastarán para establecer el hecho y guiar al
investigador en la búsqueda de nuevas pruebas.
Las verdades fundamentales de la religión
pueden resumirse así:
1º-
La Existencia real, única, eterna, infinita e Incognoscible.
2º- De ella procede el Dios manifestado
que desenvuelve su unidad en dualidad, y ésta en trinidad.
3º- De la Trinidad manifestada proceden
las innumerables inteligencias Espirituales, guías de la actividad cósmica.
4º- El hombre, reflejo de Dios
manifestado, es, por lo tanto, fundamentalmente trino; y su “Yo” interno y real
es eterno y uno con el “Yo” universal.
5º- Evoluciona por encarnaciones
repetidas, a las cuales le impele e deseo y de las que se liberta por el
conocimiento y el sacrificio, llegando a ser divino en acto como lo ha sido
siempre en potencia.
La China, cuya civilización está reducida a
estado fósil, fue poblada en otros tiempos por los Turanios, cuarta subdivisión
de
Este libro se atribuye a Ko Yuan (o Hsuan),
un Taoísta de la dinastía de Wu (222 –
227 J.C.). Se cuenta que este sabio
alcanzó la condición de inmortal y se la da generalmente este título. Se le representa realizando milagros,
entregado a la templanza y muy excéntrico en sus procedimientos.
Al naufragar cierta vez, surgió de las aguas
con los vestidos enjutos y anduvo tranquilamente sobre las olas. Ascendió a los cielos en pleno día. Estos relatos pueden quizás atribuirse a
invenciones de época muy posterior.
Hechos semejantes se atribuyen con
frecuencia a los iniciados de diferentes grados y no son necesariamente puras
fantasías. Lo que Ko Yuan dice a este
propósito en su libro nos interesará sin duda mucho más:
“Cuando alcancé el verdadero Tao, había
recitado ya este Ching (libro) diez mil veces.
Es lo que practican los espíritus celestes, y jamás fue comunicado a los
sabios de este mundo inferior. Se me dio
por el Jefe Divino del Hwa Oriental quien lo había recibido del Jefe Divino de
la Puerta de Oro y éste de
Ahora bien; el título de Jefe Divino de la
Puerta de Oro era el de un iniciado que gobierna el imperio tolteca en la
Atlántida, y su empleo parece indicar que el Clásico de la Pureza fue llevado
de la Atlántida a China cuando los turanios se separaron de los toltecas. Esta idea la corrobora el contenido de este
tratadito que tiene por asunto el Tao, literalmente “la Vía”, nombre que
designa la Realidad una en la antigua religión turania y mongola. Así leemos:
“El Gran Tao no tiene forma corporal, pues
El es quien ha engendrado y nutrido el cielo y
Tal es el Dios manifestado como unidad; pero
la dualidad aparece enseguida:
“El Tao (aparece bajo dos formas: el Puro y
el Confuso) posee (las dos condiciones de) movimiento y reposo. El cielo es puro y la tierra es confusa; el
cielo se mueve y la tierra está quieta.
Lo masculino es puro y lo femenino es confuso; lo masculino se mueve y
lo femenino está quieto. Lo radical
(Pureza) desciende, y el producto (Confuso) se extiende en todo sentido, y así
fueron engendradas todas las cosas.”
Este pasaje es interesantísimo, porque
evidencia los dos aspectos activo y receptivo de la naturaleza, estableciendo
la diferencia entre el Espíritu generador y la Materia criadora; distinción
familiarizada posteriormente.
En el Tao Teh Ching, la doctrina tradicional
sobre lo Inmanifestado y lo manifiesto se expresa claramente:
“El Tao que puede suceder no es el Tao
eterno e inmutable. El nombre que puede
ser nombrado no es el nombre eterno e inmutable. El que no tiene nombre es El que ha
engendrado el cielo y la tierra; el que no posee nombre es la Madre de todas
las cosas... Bajo estos dos aspectos es
idéntico en realidad; pero a medida que el desarrollo se produce, recibe
diferentes nombres. Al conjunto lo
llamamos Misterio.”
Los que estudian la Cábala recordarán uno de
los Nombres Divinos: “El Misterio oculto”.
Más adelante leemos:
“Hubo algo indefinido y completo que vino a
la existencia antes que el cielo y
Es interesante encontrar aquí esta noción de
fusión y reabsorción de la Vida-Una, noción tan familiar en la literatura
inda. El versículo siguiente nos parece,
por lo tanto, muy familiar:
“Todas las cosas bajo el cielo han salido de
Eso considerado como existente (innominado).
Esa existencia, ella mima ha salido de Eso considerado como no existente
(e innominado).”
A fin de que el Universo pueda llegar a ser,
lo Inmanifestado debe engendrar lo Único, de donde proceden la Dualidad y la
Trinidad:
“El Tao produjo el Uno; el Uno produjo el
Dos; el Dos produjo el tres; los Tres produjeron todas las cosas. Todas las cosas dejan tras sí la obscuridad
(de donde han salido) y avanzan para abrazar la luz (de la que emergen) en
tanto que se armonizan por el soplo de vida.”
El “Soplo del Espacio” estaría mejor
traducido. Habiendo salido Todo de Eso,
Eso existe en Todo:
“El Gran Tao penetra todas las cosas. Se le encuentra a la derecha y a la
izquierda... envuelve todas las cosas
como en un traje y no tiene la pretensión de dominarlas. Puede nombrarse en las cosas más
pequeñas. Todas las cosas retornan (a su
raíz y desaparecen) sin saber que es El quien preside su vuelta. Puede nombrarse en las cosas más grandes.”
Chwang-ze (400 a J.C.) en su exposición de
enseñanzas antiguas, alude a las inteligencias espirituales procedentes del
Tao:
“Tiene en sí mismo su raíz y razón de
ser. Antes que hubiera cielo y tierra,
en los más remotos tiempos, existía con toda seguridad. De El proviene la misteriosa existencia de
los espíritus y la misteriosa existencia de Dios.”
Sigue una lista de los nombres de esas
inteligencias. Como el papel
preponderante que desempeñan tales seres en la religión china es muy conocido,
creo inútil multiplicar las citas sobre el particular.
El hombre es considerado como una trinidad,
y el Taoísmo, según Mr. Legge, reconoce en él, espíritu, inteligencia y cuerpo;
división que aparece clara en el Clásico de la Pureza, cuando se dice que el
hombre debe libertarse del deseo para unirse con el Único:
“El Espíritu del hombre ama la pureza, pero
su pensamiento le trastorna. El
pensamiento del hombre ama la tranquilidad, pero sus deseos le arrastran. Si pudiera deshacerse constantemente de sus
deseos, su pensamiento se tranquilizaría.
Si su pensamiento queda limpio, su espíritu se purifica........ La razón
por la cual los hombres son incapaces de llegar a ese estado, estriba en que no
limpian su pensamiento ni abandonan sus deseos.
Si el hombre llega a eximirse de sus deseos, cuando mira interiormente
su pensamiento no es él; cuando exteriormente su cuerpo no es él; y cuando
dirige sus ojos más lejos, hacia las cosas de fuera, nada hay de común entre
ellas y él.”
Tras la enumeración de las etapas que
conducen al estado de tranquilidad perfecta se pregunta:
“En ese estado de reposo independiente del
lugar ocupado, ¿cómo puede surgir el deseo?
Y cuando ningún deseo surge, entones nace la calma real y el verdadero
reposo. Esta, calma real llega a ser una
cualidad constante y responde (sin error) a las cosas exteriores. Ciertamente esa cualidad real y constante
tiene en su posesión
Las palabras inspiración del, añadidas por el traductor, velan más bien que
esclarecen el sentido; porque entrar en el Tao está conforme con la idea expresada y con lo que se dice en
otras escrituras sagradas.
El Taoísmo insiste mucho en la abdicación
del deseo. Un comentador del Clásico de
la Pureza observa que la comprensión del Tao depende de la absoluta pureza, y
que “la adquisición de esa pureza absoluta depende enteramente de la abdicación
del Deseo; urgente lección práctica que surge de este tratado.”
El Tao Teh Ching dice: “Siempre sin deseos
hemos de hallarnos si queremos profundizar todo el misterio, pues poseídos por
el deseo, sólo podremos conocer lo externo.”
No parece que la reencarnación se enseñara
de modo que pudiera comprenderse, aunque se encuentran pasajes que implican una
admisión tácita de la idea fundamental, considerando al ser a través de
sucesivos nacimientos, así animales como humanos. Chwang-ze nos refiere la historia original e
instructiva de un moribundo al que su amigo dice:
“El Creador es grande en verdad” ¿Qué hará
de ti ahora? ¿Dónde te llevará? ¿Hará de ti el hígado de un ratón o la pata de
un insecto? Szelai respondió:
Dondequiera que un Padre diga a su hijo que vaya, al este, al oeste, al sur o
al norte, el hijo obedece... He aquí un gran fundidor ocupado en fundir el
metal. Si el metal se endereza de pronto
(en el crisol) y dice “yo quiero ser un
(espada parecida al) Moijsh”, el gran fundidor encontraría la cosa
seguramente extraña. Pues del mismo
modo, si una forma en camino de amoldarse gritara: “Yo quiero ser un hombre,
quiero ser un hombre”, el Creador encontraría la cosa con toda seguridad
sorprendente. Una vez comprendido que el
cielo y la tierra no son sino un vasto crisol y el Creador un gran fundidor, ¿a
qué parte podrá obligarnos ir que no nos convenga? Nacemos como de un sueño tranquilo y morimos
en calmoso despertar.”
Si pasamos a la quinta raza,
“Quiero eso: multiplicar para el bien del
Universo.”
El supremo Logos, Brahman, es triple: ser,
consciencia y bondad; y de él se dice:
“De Este procede la vida, la inteligencia y
todos los sentidos; el éter, el aire, el fuego, la tierra que lo soporta todo.”
En ninguna arte se pueden encontrar
descripciones más grandiosas del Ser Divino que en las escrituras indas. Son tan familiares que bastarán para el caso
breves indicaciones. He aquí algunas
muestras de esas joyas preciosas que se encuentran con profusión:
“Manifestado, próximo, moviéndose en lo
secreto, permanece grave donde reposa todo lo que se mueve, todo lo que respira
y cierra los ojos. Entiende que hay que
adorar. Esto, a la vez ser y no ser, lo
mejor, más allá del conocimiento de todas las criaturas. Luminoso, más sutil que lo sutil; de El han
salido los mundos con sus habitantes.
Esto es el imperecedero Brahman; Esto es también Vida, Voz y
Pensamiento... En la diadema de oro más
elevado, está el inmaculado, el invisible Brahman; es la pura luz de las Luces,
conocida por los que conocen el yo... el
imperecedero Brahman esta delante, detrás, a la derecha, a la izquierda,
arriba y abajo, penetrando todas las
cosas. Brahman es en verdad Todo y lo
mejor”.
“Más allá del Universo, Brahman, el Supremo,
el Grande, está oculto en todos los seres según sus cuerpos respectivos, soplo
único de todo el Universo, el Señor; conociéndole (los hombres) se hacen
inmortales. Conozco ese Espíritu
poderoso, Sol que brilla más allá de las tinieblas... yo le conozco
indestructible, antiguo, el alma de todos los seres, omnipresente por
naturaleza, el que es llamado Sin Nacimiento por los que conocen a Brahman, a
quien llaman el Eterno.”
“Cuando no hay tinieblas ni día ni noche ni
ser ni no ser, Shiva únicamente (subsiste) todavía. Es indestructible. Debe ser adorado por Savitri; de El ha salido
la Sabiduría antigua. Ni en el principio
ni en el fin, ni en su medio puede comprenderse. No hay nada comparable a El, cuyo nombre es
gloria infinita. La mirada no puede
determinar su forma, pues no pueden contemplarla los ojos. Los que le conocen por el corazón y por la
inteligencia, moran en su corazón y se inmortalizan.”
La idea de que el hombre en su yo interior
es idéntico al yo del universo (“Yo soy Aquél”), esa idea, impregna tan
profundamente todo el pensamiento indo, que comúnmente se designa al hombre
como: “la ciudad divina de Brahma”, “la ciudad de las nueve puertas”, y se dice
“que Dios reside dentro de su corazón”.
“No hay más que una manera de ver el Ser
indemostrable, eterno, inmaculado, más elevado que el éter, sin nacimiento,
Cuando se considera a Dios como Aquel que
desarrolla el universo, aparece con toda claridad su triple carácter, en Shiva,
Vishnu y Brahma, o también en Vishnu durmiendo sobre las aguas. El Loto nace de su seno y en el Loto
Brahma. El hombre es igualmente triple
según el Mundakopanishad, el yo está condicionado por el cuerpo físico, el
cuerpo sutil y el cuerpo mental, elevándose luego, fuera de todos esos medios,
en el único sin dual. De la Trimurti
(Trinidad) proceden los numerosos dioses encargados de dirigir el universo, y
de ella se dicen en él:
“Adorad, ¡OH dioses!, a Aquel que, imagen
del año, cumple el ciclo de sus días.
Adorad esa Luz de las luces, como la eterna vida.” (VI –iv – 16.).
Es superfluo decir que el brahmanismo enseña
la doctrina de la reencarnación, pues
toda su filosofía de la existencia descansa sobre la peregrinación del alma a
través de sucesivas muertes y nacimientos.
No hay un solo libro que no reconozca esta verdad. El hombre está unido por sus deseos a esa
rueda de cambio, y en consecuencia debe librarse de ella por el conocimiento,
la devoción y la extinción de los deseos.
Cuando el alma conoce a Dios se liberta.
La inteligencia purificada por el conocimiento le contempla. El conocimiento unido a la devoción halla la
morada de Brahma. Quien conoce a Brahma,
se convierte en Brahman. Al cesar los
deseos, el mortal se hace inmortal, y alcanza a Brahma.
El
budismo, en su modalidad septentrional, está completamente de acuerdo con las
religiones más antiguas, pero en su modalidad meridional parece haber
abandonado la idea de
En cuanto a la reencarnación y al Karma, son
en el budismo doctrinas tan fundamentales, que no es preciso insistir en ello
sino para señalar la vía de la liberación, y para observar que como el Señor
Buddha fue un indo que predicaba a los indos, considera en todo momento en sus
enseñanzas que sus oyentes conocen y profesan las doctrinas brahmánicas. Fue purificador y reformador, pero no
iconoclasta; atacó los errores introducidos por la ignorancia, más no las
verdades fundamentales de
“Los seres que siguen el sendero de la Ley,
que ha sido bien enseñada, alcanzan la otra orilla del gran mar de los
nacimientos y de los muertos, tan difícil de franquear.” (Udanavarga. XXIX-37)
El deseo es lo que ata al hombre, y debe
desembarazarse de él:
“Para el preso en las cadenas del deseo es
durísimo libertarse, dice el Bienaventurado.
Los hombres constantes que no se preocupan de la dicha conseguida por
los deseos, rechazan sus lazos y se alejan enseguida (hacia el Nirvana)... La humanidad no tiene deseos duraderos: los
deseos son transitorios en quienes los experimentan. Libertaos de lo perecedero y no os detengáis
en el lugar de la muerte.” (Ibíd. II-6-8.)
“El que ha extinguido el deseo de los bienes
terrenos, el estado de pecado, los lazos de la vista y de la carne, que ha
descuajado el deseo, ése, digo que es un Brahman.” (Ibíd. XXXIII-68)
Y el Brahman es el hombre “que está en su
último cuerpo”. Y se dice que está en
él, quien “conoce sus moradas (existencias) anteriores; que ve el cielo y el
infierno; el Muni que ha encontrado el medio de poner fin al nacimiento.”
(Ibíd. XXXIII-55.)
En los exotéricos libros santos hebreos, la
idea de la Trinidad no surge claramente, aunque la dualidad sea evidente, y el
Dios de que se habla en ellos sea sin duda alguna el Logos y no el único
Inmanifestado:
“Yo Soy el Señor y no hay otro; Yo he
formado la luz y he creado la obscuridad; he hecho la paz y he creado el mal;
Yo soy el Señor que ha hecho todas esas cosas.” (Is. XLVII-7.)
Filón, sin embargo, expone claramente la
doctrina del Logos; y se la encuentra también en el cuarto Evangelio:
“En el principio era el Verbo (Logos), y el
Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios...
Todas las cosas fueron hechas por él; y nada de lo que fue hecho, se
hizo sin él.” (San Juan I-i-3.)
En la Cábala está claramente enseñada la doctrina del Uno,
de los Tres, de los Siete y de los múltiples:
“El Anciano de los ancianos, el Desconocido
de los desconocidos, tiene forma y al mismo tiempo no
Myer indica que la “forma” no es el Anciano
de todos los ancianos, que es el Ain Soph.
Más adelante dice:
“Hay en el Santo de Arriba tres luces que se
unen en una, y son la base de la Torah, y ésta abre la puerta a todos... ¡Venid
y ved el misterio de la palabra! Aquí
hay tres grados y cada uno existe por sí mismo, y, sin embargo, todos son Uno y
están unidos en Uno y no están separados
entre sí... Los Tres proceden de Uno, Uno existe en tres, es la fuerza entre
Dos, Dos alimentan Uno, Uno nutre múltiples lados, y así Todo es Uno.” (Ibíd. 373-375-376.)
Es evidente que los hebreos enseñaron la
doctrina de la pluralidad de dioses. “¿Quién es parecido a ti, ¡OH Señor!,
entre los dioses?” (Éxodo. XV-II.).
Consideraban también multitud de seres servidores y subordinados: los
“hijos de Dios”, los “Ángeles del Señor”, las “diez cohortes angélicas”.
Sobre el comienzo del universo el Zohar
enseña:
“En el comienzo era la Voluntad del Rey
anterior a toda existencia manifestada por emanación fuera de esta
Voluntad. Ella dibujó y grabó en la luz
suprema y resplandeciente del Cuadrante (Tétrada sagrada), las formas todas de
las cosas que, ocultas, debían aparecer
manifestarse.” (Myer.__ La Cábala, Págs. 194-195.)
Nada puede existir en donde la Divinidad no
está inmanente. En lo que respecta a la
reencarnación, se enseña que el alma esta presente en la mente divina antes de
venir a
“Todas las almas están sujetas a la
revolución (metempsicosis); pero los hombres no conocen los caminos del Señor,
¡bendito sea! Ignoran la manera cómo
fueron juzgados en todo tiempo: antes de haber venido a este mundo y después de
dejarlo.” (Ibíd., página 198).
En las Escrituras exotéricas, así hebraicas
como cristianas, se encuentran rastros de esta doctrina, como, por ejemplo, en
la creencia de la vuelta de Elías, y más tarde en su reaparición en la persona
de Juan Bautista.
Si miramos a Egipto, encontraremos allí
desde la antigüedad más remota, la Trinidad conocidísima de Ra (el Padre);
Osiris-Isis, como dualidad o Segundo Logos; y Horus. Recuérdese el grandioso himno a Amón-Ra:
“Los Dioses se inclinan ante Tu majestad
exaltando las almas del que las ha engendrado... y te dicen: Paz a todas las
emanaciones del Padre inconsciente de los padres conscientes de los dioses...
¡OH Tú, productor de los seres!, adoramos las almas que emanan de Ti. Tú nos engendras, ¡OH Desconocido!, y te
saludamos adorándote en cada alma dios que desciende de Ti y vive en nosotros.”
(Citado en
Los “Padres conscientes de los dioses” son
los Tres Logos; el “Padre inconsciente” es
En los fragmentos del Libro de los muertos,
podemos estudiar las concepciones de la reencarnación del alma humana, de su
peregrinación hacia el Logos y de su unión fidelísima con El. El famoso papiro del “escriba Ani triunfante
en la paz” está lleno de rasgos que recuerdan al lector las Escrituras de otras
creencias. Tales son su viaje a través
del mundo inferior, la esperanza de restituirse a su cuerpo (forma que toma la
reencarnación en los egipcios), y en fin su identificación con el Logos:
“Osiris Ani dice: Yo soy el Gran Uno, hijo
del Gran Uno. Yo soy el fuego, hijo del
fuego... He unido mis propios huesos y me he hecho entero, sano y joven una vez
más. Yo soy Osiris, el Señor de la
eternidad.” (XLIII, i, 4.)
En el examen crítico del libro de los
muertos por Pierret encontramos este sorprendente pasaje:
“Yo soy el
Ser de los nombres misteriosos, que se prepara a sí mismo las moradas para
millones de años” (Pág. 22). “Corazón,
que me viene de mi madre, mi corazón es necesario a mi existencia sobre
En la religión de Zoroastro encontramos la
concepción de
“Supremo en omnisciencia y en bondad, sin
rival en esplendor, la región de la luz es la residencia de Ahura-Mazda.” (The Bundahis. __Sacred Books of
the. East V.3-4__V.2)
A él se rinde homenaje en primer lugar en el Yasna, la
principal obra litúrgica de los zoroastrinos:
“Yo proclamo y cumpliré mi Yasna (culto)
hacia Ahura-Mazda, el Creador, el radiante, el más grande y el mejor, el más
hermoso (?) (Para nuestra concepción), el más firme, el más sabio y aquel entre
todos los seres cuyo cuerpo es el más perfecto, el que cumple sus fines mas
infaliblemente por el orden equitativo que ha establecido; hacia el que pone
nuestras almas en la vía recta, el que irradia a lo lejos su gracia creadora de
alegría, que nos ha hecho y formado, alimentado y protegido, el Espíritu bienhechor
entre todos...” (S.
B. of the E. XXXI, Págs. 195-196.)
El adorador rinde luego homenaje a los Ahmeshaspends y a
otros dioses; pero el Dios supremo manifestado, el Logos, no se representa
aquel como Tri-Unidad. Como entre los
hebreos, hubo en el culto exotérico la tendencia a perder de vista esta verdad
fundamental. Felizmente podemos
encontrar la huella de su enseñanza
originaria, aunque desapareciera de las creencias populares. El Dr. Haug, en su Ensayo sobre los Parsis
(Vol. V de Trübner´s Oriental series), dice que Ahura-Mazda (Aubarmazd u
Hormazd) es el Ser Supremo y que de él fueron engendradas “dos causas
primordiales, que, aunque diferentes, estaban unidas y produjeron el mundo de
las cosas materiales, así como el mundo del espíritu” (página 303).
Esos dos principios fueron llamados gemelos
y están presentes en todas las cosas, así en Ahura-Mazda como en el
hombre. El uno engendra lo real, el otro
lo no real, y estos dos aspectos se convirtieron posteriormente en los genios
antagonistas del Bien y del Mal; pero en la enseñanza primitiva formaban
evidentemente el Segundo Logos, cuyo signo característico es la dualidad.
Lo bueno y lo Malo son sencillamente la Luz
y las Tinieblas, el Espíritu y la Materia, los gemelos esencialmente de
universo, los Dos procedentes del Uno.
Criticando la idea posterior de los dos
genios, dice el Dr. Haug: “Tal es la noción zoroastriana original de los
Espíritus creadores, que forman sencillamente dos partes del Ser Divino. Pero ulteriormente, a consecuencia de errores
y falsas interpretaciones, esta doctrina del gran fundador fue adulterada y
llegó a corromperse. Spentomainyush (El
Espíritu Bueno) fue considerado como uno de los nombres del mismo Ahura-Mazda,
y como razón Angromainyush (El Espíritu Malo) estaba separado por completo de
Ahura-Mazda, se consideró como su perpetuo enemigo. Así nació el dualismo de Dios y del Diablo”
(Pág. 205).
La opinión de Dr. Haug parece corroborada
por el Gatha Ahunavaiti dado a Zoroastro o Zaratushtra por los arcángeles el
mismo tiempo que otros Gathas.
“En el principio había una pareja gemela,
dos Espíritus, cada uno de actividad particular, a saber: el bien y el mal... Y
esos dos espíritus unidos crearon la primera cosa (las cosas materiales): uno
la realidad, otro la no-realidad... Y para socorrer esta vida (para
acrecentarla) Armaiti acudió con sus riquezas, la inteligencia buena y
verdadera. Ella, la eterna, creó el
mundo material...
Todas las
cosas perfectas, reconocidas como los seres mejores, se recogen en la morada
magnífica de la Buena inteligencia, la Sabia y la Justa.” (Yasna, Págs.
149-151.)
Aquí encontramos los tres Logos. Ahura-Mazda, el primero (el principio),
Mithra era un dios subordinado, la Luz del Cielo, como
Varuna era el cielo mismo, una de las grandes inteligencias directoras. Las más elevadas de esas inteligencias fueron
los seis Ahmeshaspends, presididos por Vohuman, el Buen Pensamiento de
Ahura-Mazda. Ellos son los “que
administran toda la creación material”. (S. B. of the East, V. Pág. 10, nota.)
La reencarnación no se consigna en las obras que se han
traducido hasta el presente, y tal creencia no se encuentra tampoco en los
países modernos. Pero encontramos en
ellos la idea de que el Espíritu, en el hombre, es una chispa cuyo fin es ser
un día llama y reunirse con el Fuego Supremo; lo cual implica un desarrollo
para el cual es indispensable el renacimiento.
El Zoroastrismo quedará incomprendido mientras no se hallen los Oráculos
Caldeos y los escritos que a ellos se refieren, porque realmente de ahí procede
su origen.
Yendo hacia Occidente, hacia Grecia, encontramos el sistema Órfico,
del que Mr. G. R. S. Mead nos habla en su obra titulada Orpheus. La inefable obscuridad, Tres veces
desconocida, tal era el nombre dado a
“Según la teología de Orfeo, todas las cosas
proceden de un principio inmenso, al que la pobre y débil concepción humana nos
obliga a designar con un nombre, aunque sea completamente inefable. Ese principio es, según el lenguaje referente
de los egipcios, una obscuridad tres veces desconocida, en cuya contemplación
toda ciencia se convierte en ignorancia.” (Thomas Taylor, citado en Orpheus,
Pág. 94.)
De ahí procede
“La primera tríada que se puede manifestar
al intelecto no es sino una reflexión o representación de lo que no puede
manifestarse. Sus hipóstasis son: a) el
Bien que es supra-esencial; b) el Alma (el alma del mundo), esencia
auto-determinante; c) El Intelecto (o la Inteligencia), que es una esencia
indivisible e inmutable.” (Ibíd., Pág. 94.)
Luego viene una serie de Triadas siempre
descendentes, que con decreciente esplendor reproducen las características de
la primera hasta llegar al hombre, que “contiene en sí mismo potencialmente la
suma y la substancia del universo... la raza de los hombres y de los dioses es
una”. (Pindar, que era uno de los pitagóricos, citado por San Clemente, Strom,
v, 709.) “Por eso se ha llamado al hombre microcosmos o mundo pequeño, para
distinguirle del macrocosmos, universo o mundo grande”. (Ibíd., Pág. 271.)
El hombre
posee el vodg (Nous) o inteligencia
real, el soloy (Logos) o parte
racional y el akoyoc (alogos) o parte
irracional; las dos primeras forman cada una Triada nueva, y presentan así la
división septenaria más elaborada. El
hombre era considerado también como poseedor de tres vehículos: el cuerpo
físico, el cuerpo sutil y el cuerpo cruciforme o auyoelong (Augoeides), que
“es el cuerpo causal o vestido Kármico del alma, donde se acumula su destino, o
mas bien todos los gérmenes de la causalidad pasada. Esta es aquí el “alma hilo”, como se le
llama a veces, el cuerpo que pasa de encarnación en encarnación”. (Ibíd., Pág.
284.)
En cuanto a la reencarnación: “de acuerdo
con todos los adeptos a los misterios en todos los países, los órficos creían
en ella”. (Ibíd., Pág. 292.)
Mr. Mead cita en apoyo de su aserto
numerosos testimonios y demuestra que Platón, Empédocles, Pitágoras y otros
enseñaron tal doctrina. Únicamente por
la virtud podían los hombres ligarse de
Taylor, en las notas a sus “Obras Selectas
de Plotino”, cita un pasaje de Damascio a propósito de las enseñanzas de Platón sobre lo que hay
más allá del Uno,
“Parece, en verdad, que Platón nos lleva
inefablemente a través del Uno como intermediario hasta lo Inefable más allá
del Uno, que es actual objeto de nuestra discusión. Llega por una ablación del Uno, como llega al
Uno por una ablación de las demás cosas... Lo que está más allá del Uno debe
honrarse con perfectísimo silencio... El Uno, en verdad, quiere existir por sí
mismo sin ningún otro. Pero lo
Desconocido más allá del Uno es absolutamente inefable, y confesamos que no
podemos conocerle ni ignorarle, aunque está recubierto por nosotros de un velo
de súper ignorancia. Por consecuencia,
estando próximo de Eso, el Uno está por sí obscurecido: pues estando próximo
del principio inmenso, si se me permite decirlo así, está en cierto modo en el
santuario de ese silencio verdaderamente místico... El principio está por
encima del Uno y de todas las cosas, porque es más sencillo que cada uno de
ellos” (páginas 341 – 343).
Las escuelas pitagóricas, platónica y
neoplatónica tienen tantos puntos de contacto con el pensamiento indo y budista
que es evidente su derivación de una fuente única. R. Garbe, en su obra Die
Samkhya Philosophie (III. Págs. 85-105)
señala esos puntos, y su opinión puede resumirse así:
Lo más sorprendente es la semejanza __o
mejor dicho, la identidad— de la doctrina del Uno o del Único en los Upanishads
y en la escuela de Elea. La doctrina de
Xenófanes sobre la unidad de Dios y del Cosmos y sobre la inmutabilidad del
Único, y más aún
Las doctrinas de Anaxágoras y de Demócrito
están en muchísimos puntos en íntima conformidad con las doctrinas indas,
especialmente las ideas del segundo sobre la naturaleza y el papel de los
dioses. Lo mismo puede decirse de
Epicuro, sobre todo respecto de algunos detalles. Pero sobre todo en las doctrinas de Pitágoras
encontramos más íntima y frecuente identidad en la enseñanza y en la
argumentación, y la tradición explica esas analogías diciendo que el mismo
Pitágoras visitó la India y aprendió en ella su filosofía.
En tiempos más recientes vemos que algunas
ideas notoriamente sankhyas y budistas juegan un papel preponderante en el
pensamiento gnóstico. El extracto
siguiente de Lausen, citado por Garbe (Pág. 97), nos ofrece un ejemplo:
“El budismo, en general, establece una
distinción clarísima entre el Espíritu y la Luz, no considerando a esta última
como inmaterial. Sin embargo, se
encuentra también en esta religión una
enseñanza que se aproxima mucho a la doctrina gnóstica. Según esa enseñanza, la Luz es la
manifestación del Espíritu en la materia, en la que la Luz puede aminorarse y
totalmente obscurecerse. En este último
caso la Inteligencia acaba por caer en completa inconsciencia. De
Garbe observa aquí, que la concordancia
entre los puntos examinados del gnosticismo con los de
Pasando
a la religión cristiana, contemporánea de los sistemas gnóstico y neoplatónico,
encontraremos sin esfuerzo la mayoría de las básicas enseñanzas que nos son familiares.
El triple Logos aparece en
Es indiscutible
La unidad de enseñanza moral no es menos
sorprendente que la identidad de las concepciones del universo y los
testimonios de todos los que, fuera de su prisión de carne, llegan a la
libertad de las esperas superiores. Es
claro que ese cuerpo de enseñanza primordial fue confiado a guardas
inteligentes que lo enseñaron en las escuelas y formaron los discípulos. La identidad de esas escuelas y su
disciplina se evidencia al estudiar su enseñanza moral, las condiciones
impuestas a los discípulos y los estados mentales y morales a que llegaban.
En el Tao Teh Ching encontramos una
distinción mordaz entre las diversas categorías de estudiantes:
“Los estudiantes de la clase más elevada,
cuando oyen hablar del Tao, lo practican sinceramente. Los de la clase media, tanto parecen seguirle
como abandonarle; y los estudiantes de la clase inferior, cuando oyen hablar de
él, se ríen grandemente.” (S. B. of East, XXXIX. Op. cit. XLI-i).
En el mismo leemos:
El sabio pone su propia persona la última,
hallándola, sin embargo,
En los indos había discípulos escogidos,
considerados como dignos de instrucción especial, a quienes el “Gurú”
transmitía la enseñanza secreta, mientras que las reglas generales de la vida
moral pueden recopilarse en las Leyes de Manu. Los Upanishads, el Mahabharata y
muchos otros tratados:
“Que se diga lo que es verdad y lo que
agrada; que no se profiera ni verdad desagradable ni falsedad agradable: tal es
la ley eterna. (Manu, IV. i38.)
No haciendo mal a ningún ser se acumulan poco
a poco méritos espirituales (IV.238.)
Para ese hombre dos veces nacido que no ocasiona el menor daño a los
demás seres creados, no habrá daño alguno (de ninguna parte) el día en que se
liberte de su cuerpo. (VI.40.) Aquel que
sufre con paciencia las injurias, no insulta a nadie ni se hace a consecuencia
de su cuerpo (perecedero) enemigo de ninguno.
El que no responde con cólera a la cólera, con su pensamiento fijo en el
Yo buscando en el Yo su refugio, purificados por el fuego de la sabiduría,
muchos entran en mi Ser. (Bhagavad Gita,
IV. io) El supremo gozo para el yogui,
cuyo manas (la inteligencia) está en calma, cuya naturaleza pasional está
apaciguada, es estar sin pecado y ser como un Brahman. (VI.27.). El hombre que no tiene resentimientos con
ningún ser, el hombre amigo y compasivo, sin apegos, sin egoísmos, equilibrado
en el placer y en el dolor, amante de perdón, que siempre está atento, es
armonioso, y dueño de sí. Y el que ha
consagrado su pensamiento (manas) y su corazón (buddhi), ese amigo mío, me es
querido en verdad.” (XII. 13-14.)
Pasemos a Buda. Le encontramos rodeado de arhats a quienes
transmite enseñanzas secretas. Su
doctrina pública nos enseña que:
El sabio, por la sinceridad, la virtud y la
pureza, se transforma en una isla que marea alguna puede sepultar. (Udanavarga,
IV. 5) El sabio en este mundo conserva
preciosamente la fe y la sabiduría, que son sus grandes tesoros, y rechaza toda
otra riqueza. (X.9.) Quien alimente
rencor contra los que le quieren mal, jamás podrá ser puro; y en cambio, quien
no lo alimenta, pacifica a los que le odian.
Como el odio es fuente de miseria para la humanidad, el sabio no conoce
el odio. (XIII.12.). Triunfad de la ira
no encolerizándonos, triunfad del mal por el bien, triunfad de la mentira por
la verdad (XX.18.)
El Zoroastrismo enseña a loar a
Ahura-Mazda. Dice:
“¿Lo hermosísimo, lo puro, lo inmortal, lo
brillante, todo esto es bueno. Honremos
al espíritu bueno, al reino bueno, la ley buena, y la buena sabiduría. (Yasna,
XXXVII.) Que el contento, la bendición,
la inocencia y la sabiduría de los puros descienda a este lugar. (Ibíd.,
LIX.) La pureza es el mejor bien. Los dichosos son los más puros en pureza
(Ashem vohu.) Todos los buenos
pensamientos, las buenas palabras, las buenas acciones se realizan con
conocimiento. Todos los malos
pensamientos, las malas palabras, y las malas acciones se realizan sin
conocimiento. (Mispa Kumata.)”
(Extractos del Avesta en Ancient Iranian and Azoroastrian Morals, por
Dhunjibhoy Jamsetji Medhora.)
Los hebreos tuvieron sus “escuelas de
profetas” y en su Cábala y obras exotéricas encontramos las enseñanzas morales
aceptadas:
“¿Quién subirá la cuesta del Señor y se
mantendrá en su santo lugar? El que
tenga limpios el corazón y las manos, el que no esté henchido de vanidad ni
jure en falso (PS. XXIV.3, 4.) ¿Qué
exige de ti el Señor, sino obrar justamente, ser misericordioso e ir
humildemente con tu Dios? (Mich VI.8.) Los labios de la verdad se afirmarán
para siempre, pero una lengua embustera sólo durará un instante. (Prov. XII.
19.) ¿Por ventura no es ésta la abstinencia que escogí? : rompe las ataduras de
impiedad, desata los pesados haces, despacha libres a aquellos que están
quebrantados y quebranta todo yugo.
Parte con el hambriento tu pan y a los pobres y peregrinos mételos en tu
casa; cuando vieres al desnudo cúbrelo y no desperdicies su carne (Is. LVIII.
6,7.)”
También el maestro cristiano tenía
enseñanzas secretas para los discípulos y les hacia esta recomendación: “No
arrojéis a los perros lo que es sagrado, ni echéis margaritas a los puercos.”
(Mat.VII.6.) Para la enseñanza pública
podemos tomar las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña así como los
siguientes preceptos:
“Más yo os digo: Amad a vuestros enemigos;
haced bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y
calumnian... Sed, pues, perfectos, así
como vuestro Padre celestial es perfecto. (Mat.V. 44, 48.) El que halle su alma la perderá, y el que
perdiere su alma por mí la hallará. (X.39.).
Cualquiera, pues, que se humillare como este niño éste es el mayor en el
reino de los cielos. (XVIII.4.) Mas el
fruto del espíritu es: caridad, gozo, paz, paciencia benignidad, bondad,
longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. Contra esas cosas no hay ley. (Galátas. V.22,
23.) Amaos los unos a los otros, porque
el amor viene de Dios y quien ama nace de Dios y le conoce. (Juan, IV.7.)
La escuela de Pitágoras y la de los
neoplatónicos perpetuaron la tradición en Grecia. Sabemos que Pitágoras adquirió parte de su
saber en la India, así como Platón estudió y fue iniciado en las escuelas de
Egipto. De las escuelas griegas tenemos
informaciones muy precisas, más que de otra alguna de
“Es menester ante todo entregarnos a Dios
por completo. Cuando un hombre reza, no
debe pedir ningún beneficio particular, plenamente convencido de que recibirá
lo que
El matrimonio no era unión animal, sino
lazos espirituales. Por eso, a su vez,
la mujer debía amar al esposo más que a sí misma y obedecerle en todo. Es interesante hacer notar que los mejores
caracteres de mujer que nos presenta la Grecia antigua, fueron formados en la
escuela de Pitágoras, los mismos que los del hombre. Los autores antiguos dicen que esta
disciplina logró formar, no sólo mejores ejemplos de castidad de pureza y de
sentimiento, sino también de sencillez de modales, perfecta delicadeza y gusto
sin precedentes para las cosas más serias.
Esto está admitido hasta por los autores cristianos. (Véase Justino, XX.4...) Entre los miembros de la escuela, la idea de
justicia presidía todas las acciones, observaban la más estricta tolerancia y
la más perfecta compasión en sus mutuas relaciones; porque la justicia es el
principio de toda virtud, según Polo (ap. Stob. Serm. VIII, edi. Schow, p.232.) La justicia
mantiene el alma en paz y en equilibrio.
Es la madre del orden armónico en todas las comunidades, y la que
engendra la concordia entre el esposo y la esposa, y el amor entre el amo y el
siervo.
Todo pitagórico estaba ligado por su
palabra, debiendo, en fin, vivir el hombre de tal modo que estuviese dispuesto
a morir en cualquier instante (Hipólito. Filos, VI. — Ibid. P. 263-267.)
Interesante es la manera cómo se consideran
las virtudes en las escuelas neoplatónicas.
Se establece en ellas clara distinción entre la simple moralidad y el
desarrollo espiritual. En otros
términos, como dice Plotino, “el fin no está en ser inmaculado, sino en llegar
a Dios”. El primer grado consistía en
hallarse sin pecado al adquirir las “virtudes cívicas”, que hacen al hombre
perfecto en su conducta (las virtudes físicas y éticas formaban los grados
inferiores); la razón dirigía y embellecí entonces a la naturaleza
irracional. Luego venían las “virtudes
catárticas” propias de la razón pura, libertadoras de los lazos de la
generación; después las “virtudes teóricas”, que elevaban el alma al contacto
de las naturalezas superiores a la suya;
y finalmente las “virtudes paradigmáticas”, que le dan a conocer el verdadero
ser.
“Síguese de ahí que el que obra según las
virtudes cívicas es un hombre justo, pero el que obra por las virtudes
catárticas únicamente es un hombre demoníaco, o mejor un buen demonio. El que obra por las virtudes teóricas, ése es
un Dios; y el que lo hace según las virtudes paradigmáticas, ése es el Padre de
los dioses”. (Nota en La Prudencia
intelectual, p.325-332.)
Gracias a diversas prácticas, los discípulos
aprendían a abandonar su cuerpo para elevarse a regiones superiores. Como una hierba se saca de su vaina, el
hombre interior debía deslizarse de su cubierta exterior o corporal. El “cuerpo luminoso” o “cuerpo radiante” de
los indos es el “cuerpo fusiforme” de los neoplatónicos, el en que el hombre se
eleva para encontrar el yo, “que no puede percibirse ni por el ojo ni por la
palabra ni por los demás sentidos (literalmente, Dioses), ni por la autoridad
ni por los ritos religiosos. Sólo por la
sabiduría serena, por la pura ciencia, se puede ver, en la meditación, al Único
Indivisible. Ese yo sutil lo conocerá la
inteligencia en que la quíntuple vía (los sentidos) esté dormida. La inteligencia de toda criatura está
invadida por esas vías, pero en cuanto se purifica, se manifiesta el Yo en
ella”. (Mundakopanishad, III. II, 8, 9.)
Sólo entonces puede entrar el hombre en la región donde la
separación no existe, donde las “esferas han cesado”. G. R. S. Mead, en su
introducción a Plotino de Taylor, cita un pasaje de Plotino en que describe una región que es
evidentemente el Turîya de los indos.
“Ven igualmente todas las cosas, no las
sometidas a la generación, sino aquellas en que reside
Descripción totalmente insuficiente, porque
ésa es una región que ningún idioma humano puede describir. Únicamente quien tuvo los ojos abiertos, pudo
trazar esas líneas.
Las concordancias que existen entre las
religiones del mundo llenarían seguramente un gran volumen; pero el imperfecto
esbozo que precede debe bastar como prefacio al estudio de la Teosofía, y como
introducción a esta nueva y completa exposición de las verdades antiguas que
alimentaron al mundo. Todas esas
semejanzas revelan una fuente única, y esa fuente es la Hermandad de
Larga tarea nos aguarda. Comenzando por el plano físico, subiremos
lentamente la escala del mundo; pero antes de entrar en este pormenorizado
estudio, nos podrá ser útil echar una ojeada a vista de pájaro sobre la
evolución y su objeto.
Antes que comenzara a existir nuestro
sistema, un Logos lo concibió todo en su inteligencia. Todas las fuerzas, todas las formas, todas
las cosas que, cada cual a su hora, surgirán a la vida objetiva, todo está
primeramente como idea en el pensamiento divino.
El Logos trazó entonces la esfera de
manifestación en cuyo interior quería desplegar su energía; y se limitó a sí
mismo para ser la vida de su Universo.
A medida que observamos, vemos dibujarse
gradualmente siete zonas sucesivas de diferente densidad. Siete
grandes regiones aparentes, en cada una de las cuales nacen centros de energía,
torbellinos de substancia cósmica que se separan entre sí. En fin, la separación y a condensación se
efectúan, al menos en lo que respecta a nuestro sistema actual, y vemos ante
los ojos un sol central, símbolo físico del Logos, y siete grandes cadenas
planetarias, compuestas cada una de siete globos. Si limitamos ahora el campo de observación a
la cadena de que forma parte nuestro mundo, la veremos recorrer oleadas
sucesivas de vida, formando los reinos de la naturaleza: primero los tres
reinos elementales; luego los reinos mineral, vegetal, animal y humano. Limitando nuestra mirada al globo terrestre y
a las regiones que le rodean, observaremos la evolución humana, y veremos al
hombre desenvolver su sí mismo su propia conciencia por medio de larga serie de
ciclos vitales.
Concentrando, en fin, nuestra mirada en un
solo individuo, podemos seguir su crecimiento.
Veremos que cada ciclo de vida contiene una triple división, y que está
unido a todos los ciclos pasados cuyos resultados cosecha, y a todos los ciclos
futuros, cuyos gérmenes siembra, por ley ineludible. De suerte que el hombre puede subir la
pendiente en cada ciclo vital contribuyendo a elevarse en mayor grado de pureza, de devoción, de inteligencia
y de utilidad, hasta llegar donde están los que llamamos Maestro, prontos a
satisfacer a sus hermanos menores la deuda contraída con los Mayores.
Acabamos de ver que la fuente de que todo universo
procede es un Ser Divino manifestado, al que
La palabra salida del Silencio,
La Voz,
el Sonido por el que los mundos surgen a la existencia...
Echemos
desde luego una ojeada sobre la evolución del “espíritu—materia”, a fin de
comprender mejor la naturaleza de los materiales que nos ofrece el plano del
mundo físico. La posibilidad misma de la evolución yace en las potencialidades
sumergidas y ocultas en el espíritu—materia de ese mundo físico. Todo el
proceso de la evolución es un desarrollo gradual, espontáneamente impelido
desde el interior y solicitado exteriormente por seres inteligentes que pueden
retardar o acelerar la evolución, sin sobrepujar nunca la norma de las
capacites inherentes a los materiales. Es, pues, necesario que nos formemos idea de esas
etapas primordiales de llegar a Ser universal; pero como la tentativa de una
dilucidación detallada nos llevaría más allá de los límites que nos impone este
tratado elemental, debemos contentarnos con una breve exposición.
Saliendo
de las profundidades de
Por la misma fuente sabemos que el Logos se
desarrolla en sí mismo, de sí mismo, en una triple forma.
El primer Logos, fuente del ser.
De el procede el segundo Logos, manifestando un
doble aspecto, vida y forma, principio de dualidad; los dos polos de la
naturaleza ante la cual se tejerá la trama del universo:
VIDA-
FORMA, ESPIRITU- MATERIA, POSITIVO-NEGATIVO, ACTIVO RECEPTIVO, PADRE-MADRE DE
LOS MUNDOS
En fin, el tercer Logos, inteligencia universal, en
la que existe el arquetipo de toda cosa y es fuente de los seres, manantial de
las energías formadoras y tesoro donde están almacenadas todas las formas
ideales que se han manifestado y elaborado en la materia en los planos
inferiores durante la evolución del universo.
Estos arquetipos son fruto de los universos
pasados, transmitidos para servir de germen al universo presente.
La manifestación fenoménica de un universo
cualquiera, en espíritu y materia, es finita como extensión y transitoria como
duración. Pero las raíces del espíritu y la materia son eternas.
Un profundo escritor ha dicho que el Logos percibe
la raíz de la materia (MULAPRAKRITI) como velo que cubre
El Logos se
reviste de ese velo para producir la manifestación.
Se sirve del como de limite voluntariamente
impuesto únicamente para hacer posible su actividad y del toma la materia para
elaborar esos universos, siendo la vida animación que guía y rige toda
forma. (Por esto ciertos libros sagrados
de Oriente le llaman El Señor de Maya, porque Maya o ilusión es el principio de
De lo que pasa en los planos más elevados del
universo, el séptimo y el sexto, no podemos tener sino muy vaga idea. La
energía del Logos, al moverse en un torbellino de inconcebible rapidez, “abre
agujeros en el espacio”, en la raíz de la materia; y ese remolino de vida
limitado por una envoltura perteneciente a Mulaprakriti, forma el átomo
primordial. Los átomos primordiales y sus agrupaciones diversas, diseminados en
todo el universo, forman todas las subdivisiones del espíritu—materia del
sétimo plano, una parte de esos innumerables átomos primordiales determinan
torbellinos en el seno de agregados más densos de su propio plano. El átomo
primordial, revestido así de una cubierta de espirales constituidas por
combinaciones más densas del séptimo plano, viene a ser el último elemento de
espíritu—materia, es decir, el átomo del sexto plano. Los átomos del sexto
plano, con la infinita variedad d combinaciones que forman entre sí,
constituyen las diversas subdivisiones del espíritu—materia del sexto plano cósmico.
Y el átomo del sexto plano, a su vez, determina un torbellino en el seno de los
agregados más densos de su propio plano, y con esos agregados más densos como
envoltura, viene a ser lo más sutil de espíritu—materia, es decir, el átomo del
quinto plano. El mismo proceso se repite luego para formar sucesivamente el
espíritu—materia de los planos cuarto, tercero, segundo y primero. Tales son
las siete grandes regiones del universo, al menos en lo que concierne a su
constitución material. Por analogía, podremos formarnos una idea más clara de
ello, cuando comprendamos perfectamente las modificaciones del espíritu—materia
de nuestro propio mundo físico. (El estudiante encontrará esta concepción más
clara si considera los átomos del quinto plano como Atma, los del cuarto como
Atma envuelta en la substancia de Buddhi, los del tercero como Atma envuelto en
la substancia de Buddhi Manas y Kama; y los del segundo plano como Atma
envuelta en la substancia de Buddhi Manas Kama y Sthula. Sólo la cubierta
externa es activa en cada plano; pero los principios internos, aunque latentes,
no dejan de estar presentes y prontos a despertar a la vida activa en el arco
ascendente del ciclo de la evolución)
Él término espíritu- materia se emplea con objeto
de significar que no hay materia muerta.
Toda materia es viva y las partículas más pequeñas
tienen vida.
La ciencia afirma con verdad al decir “no hay
fuerza sin materia ni materia sin fuerza”
La fuerza y
la materia están unidas por indisoluble lazo a través de todas las edades de la vida del universo y
nada puede separarlas.
La materia es la forma y no hay forma que no
exprese vida; el espíritu es vida, y no hay vida que no este limitada por una
forma.
TAMBIEN EL LOGOS,
EL SEÑOR SUPREMO, TIENE EL UNIVERSO POR FORMA,
MIENTRAS
DURA LA MANIFESTACION.
La involución de la vida del
Logos como fuerza animadora de cada partícula y su envolvimiento sucesivo en el
espíritu- materia de los diferentes planos, de suerte que los materiales de
cada uno, además de las energías que le son propias, contienen en estado
latente u oculto todas las posibilidades de forma y de fuerza pertenecientes a
los planos superiores, esos dos hechos evidencian la evolución cierta y dan a
la mas ínfima partícula las potencias que, gradualmente transformadas en
poderes activos la capacitan para entrar en las formas de seres mas elevados.
La evolución puede resumirse así en una sola frase, diciendo que”:
Es el tránsito de las potencias latentes al estado
de poderes activos”.
La segunda gran oleada de evolución, la evolución
de la forma del yo—conciencia, se examinarán más adelante.
Estas tres corrientes de evolución que pueden
observarse en la tierra con relación a la humanidad; fabricación de materiales,
construcción de la casa y desarrollo del ser que vive en ella, o mejor, según
los términos antes empleados, evolución del espíritu –materia, evolución de la
forma y evolución del yo – conciencia.
Si el lector
puede fijarse puede en esta idea, se obtendrá una indicación precisa y útil
para guiarse a través del laberinto de los hechos.
Podemos pasar ahora al examen detallado del plano
físico, en el que nuestro mundo existe y al que pertenece nuestro cuerpo
carnal.
Lo que
ante todo nos llama más la atención cuando examinamos los materiales de este
plano, es su inmensa diversidad.
Los objetos que nos rodean son de variedad
infinita, minerales, vegetales, animales, todos difieren en su constitución.
Además la materia dura o blanda, transparente u
opaca, tenaz o maleable, dulce o amarga, agradable o nauseabunda, coloreada o
incolora. De esa conjunción surgen, como clasificación fundamental los tres
grandes estados generales de la materia: sólido, líquido y gaseoso.
Un examen más atento nos muestra que los sólidos,
líquidos y gases están constituidos por combinaciones de cuerpos simplicísimos,
llamados por los químicos elementos, que también pueden existir en estado
sólido, líquido y gaseoso sin intercambiar de naturaleza.
Así el elemento químico oxigeno entra en la
composición de la madera formando con algunos otros elementos las fibras
leñosas sólidas; existe igualmente en la savia, formando con otros elementos
una combinación líquida, el agua; y finalmente subsiste por sí mismo como gas.
Bajo estas tres condiciones es siempre oxigeno, y
puede además reducirse de estado gaseoso a liquido y de este al sólido sin
dejar de ser oxigeno puro; y lo mismo ocurre con los demás elementos.
Obtenemos así tres subdivisiones o estados de la materia en explano físico: los sólidos,
los líquidos y los gases. Obtenemos así tres subdivisiones o estados de la
materia en el plano físico: los sólidos, los líquidos y los gases. Prosiguiendo
nuestra indagación encontramos un curto estado, el éter; e investigaciones
todavía más minuciosas nos enseñan que el éter existe bajo cuatro estados tan
claramente definidos como los estados sólido, líquido y gaseoso. Tomemos el
oxígeno como ejemplo. Así como puede reducirse del estado gaseoso al líquido, y
de esta al sólido, también puede elevarse a partir del estado gaseoso, a través
de los cuatro estados etéreos, de los que el último está constituido por el
último átomo físico. Cuando este átomo físico se descompone, la materia
abandona por completo el plano físico y pasa al plano superior inmediato. La
lámina adjunta presenta tres cuerpos en el estado gaseoso y en los cuatro
estados etéreos. Se observará que la estructura del último átomo físico es la
misma para todos, y que la diversidad de los elementos químicos se debe a la
diversidad de combinaciones que forman entre sí esos últimos átomos físicos. La
séptima subdivisión del espíritu—materia física está formada, pues, por átomos
homogéneos. La sexta, por combinaciones heterogéneas muy sencillísimas de esos
átomos, cada una de los cuales se conduce como unidad nueva. La quinta y la
cuarta lo están por combinaciones de creciente complejidad, condiciéndose cada
una también como unidad. La tercera, en fin, se compone de organizaciones
todavía más complicadas, consideradas por los químicos como los átomos gaseosos
de los elementos. En esta subdivisión, gran número de las combinaciones
consideradas ha tomado nombres especiales: oxígeno, nitrógeno, cloro, etc., y
cada combinación nuevamente descubierta otro nombre a su vez. La segunda
subdivisión se compone de combinaciones en estado líquido; unas consideradas
como elementos, como el bromo; otras como compuestos, como el agua. En fin, la
primera subdivisión contiene los sólidos que se consideran como elementos:
yodo, oro, plomo etc; o como compuestos: madera, piedra, creta, etc.
El plano
físico puede servir de modelo al estudiante, según ese tipo general, podrá por
analogía formarse idea de las subdivisiones del espíritu—materia de los demás
planos. Cuando el teósofo habla de un plano, entiende una región completamente
compuesta del espíritu—materia en todas las combinaciones que se derivan de un
tipo especial de átomo. Tales átomos fundamentales son a su vez unidades
complejas organizadas de materia análoga. Su vida es la vida del Logos, velada
bajo mayor o menor número de envolturas, según el plano considerado. Su forma
se compone de la materia más grosera o materia sólida del plano inmediato
superior. Un plano no es, pues, sólo una idea metafísica, sino una subdivisión
de la naturaleza.
Hasta
ahora hemos estudiado los resultados de la evolución del espíritu—materia en
nuestro mundo físico, subdivisión la más inferior del sistema a que
pertenecemos. Durante edades sin cuento la corriente de evolución del
espíritu—materia formó la substancia cósmica, y en los materiales de nuestro
globo vemos el resultado de ese trabajo de elaboración.
Pero
cuando estudiamos los seres que habitan este mundo físico, tenemos que
considerar la evolución de las formas constituyentes de los organismos aparte
de los materiales.
Cuando la
evolución de los materiales alcanzó un grado suficiente, la segunda gran oleada
de vida procedente del Logos dio el impulso a la evolución de la forma y fue la
fuerza organizadora (En tanto que Atma-buddhi es indivisible en acción, y por
esto denominada la Mónada, todas las formas tienen Atma-Buddhi como vida
reguladora.) de su universo, ayudado en la construcción de formas por medio de
combinaciones de espíritu—materia, por innumerables cohortes de seres llamados
constructores ( Algunos de estos Constructores son inteligencias espirituales
de orden elevadísimo; pero el nombre se aplica también a los elementos o
espíritus de la naturaleza. —V. más adelante el capítulo XII.)
La vida del Logos que reside en el corazón de cada
forma es la energía central directora y regente.
Es
imposible estudiar aquí al pormenor esa construcción de las formas sobre los
planos superiores. Baste decir que todas las formas existen como idea en la
inteligencia del Logos, y que por esa segunda oleada de vida se manifiesten
para servir de modelos a los constructores. En el tercero y el segundo plano,
las primeras combinaciones de espíritu—materia están organizadas de manera que
pueden fácilmente agruparse en formas para desempeñar momentáneamente el papel
de unidades independientes y encargarse de dar poco hábito de estabilidad al
espíritu—materia cuando se encuentra bajo forma de organismo. Este proceso
determina en el tercero y segundo plano la existencia de tres reinos llamados elementales,
y las de substancia que se forma en
ellos llevan generalmente el nombre de esencia elemental. Esta esencia se moldea, por agregaciones, en formas que
subsisten cierto tiempo para dispersarse en seguida. La vida expansiva del
Logos, o Mónada, evoluciona descendiendo a través de esos tres reinos, y
alcanza fácilmente el plano físico, donde comienza a agrupar en torno de ella
las partículas de éter que mantiene en formas diáfanas atravesadas por
corrientes vitales. En esas formas se congregan los materiales más densos,
constituyendo los primeros minerales. Estos evidencian admirablemente, como
puede comprobarse viendo cualquier obra de cristalografía, los datos numéricos
y geométricos que sirven para la construcción de las formas. Igualmente nos
aseguramos por muchísimos testimonios, de que la vida obra en todos los cuerpos
minerales, aunque se encuentre en ellos verdaderamente aprisionada, limitada y
reducida en sumo grado. El fenómeno de la “fatiga de los metales” muestra que
son también cosas vivas. Pero baste decir aquí que la doctrina oculta los
considera como tales, puesto que sabe, según acabamos de ver, como la vida se
encuentra involucionada en ellos.
Habiendo
adquirido una gran estabilidad de forma en muchos de los minerales, La Mónada
evolutiva elabora una plasticidad más grande en el reino vegetal, continuando
esa plasticidad con estabilidad provista de organización. Estos caracteres de
estabilidad y plasticidad combinados, adquieren todavía expresión más
equilibrada en el reino animal y alcanzan finalmente el sumo equilibrio en el
hombre, cuyo cuerpo físico está constituido por compuestos más instables, que
permiten una gran adaptación, pero que se unen por una fuerza central de
combinación que resiste a la disgregación general hasta en las condiciones más
diversas.
El cuerpo
físico del hombre contiene dos divisiones esenciales; el cuerpo denso, cuyos
elementos están formados de las tres subdivisiones del plano físico, sólido,
liquido y gaseoso; y del doble etéreo, de un gris violeta o azulado
compenetrado con el cuerpo material compuesto de materiales tomados de las
cuatro subdivisiones superiores del mismo plano.
La función
general del cuerpo físico consiste en recibir los contactos del mundo exterior
y transmitirles al interior como efectos materiales para trabajar sobre ellos, a fin de allegar
conocimiento al ser consciente que reside en el cuerpo.
El doble etéreo llena, además del papel
especial de intermediario, el de agente transformador, gracias al cual la
energía vital irradiada por el sol pueda adaptarse al uso de las partículas más
densas.
El sol
separa nuestro sistema el gran observatorio
de fuerzas eléctricas, magnéticas y vitales, que derrama con abundancia.
Estas
corrientes vivificadoras se asimilan por el doble etéreo de los minerales, los
vegetales y los hombres y se transforman en las diversas energías vitales
necesarias para cada ser. (La vida solar
así apropiada recibe el nombre de PRANA y viene a ser el soplo de vida de cada
criatura. PRANA es el nombre que sirve para designar la vida
universal asimilada por una entidad de la que esta separada)
El doble
etéreo las absorbe, las especializa y las distribuye por el cuerpo material. Se
ha observado que, en estado de buena salud, el doble etéreo transmite también
una cantidad de energía vital mucho mayor que la exigida por el cuerpo físico
para su mantenimiento.
El
excedente irradia en todos sentidos y puede utilizarse por los organismos más
débiles.
Se da el
nombre de aura de salud a la porción de doble etéreo que se desborda del cuerpo
físico y que lo rodea algunos centímetros en todos los sentidos.
Se le
puede observa sobre toda la superficie del cuerpo en líneas que irradian como
los radios de una esfera.
Estas
líneas se inclinan hacia el suelo cuando hay poca vitalidad y la salud esta
debilitada; pero cuando las fuerzas reviven, irradian de nuevo
perpendicularmente a la superficie del cuerpo.
Esta es la
energía vital, especializada por el doble etéreo, que el magnetizador gesta
para restaurar las fuerzas o curar la enfermedad, y a la que se mezclan
comúnmente otras corrientes más sutiles.
Tal es la
causa de la depresión de la energía vital que atestigua el agotamiento del
magnetizador cuando prolonga el exceso de trabajo.
El cuerpo
humano es sutil o denso en su contextura, según los materiales tomados del
plano físico para su composición.
Cada
subdivisión de la materia suministra substancias más sutiles o más densas.
Compárese,
por ejemplo, el cuerpo de un carnicero con el delicado sabio. Ambos contienen sólidos; pero cuanto
difiere su cualidad.
Sabemos
también que se puede refinar un cuerpo grosero y hacerse más basto uno
delicado.
El cuerpo
cambia sin cesar.
Cada
partícula es una vida y las vidas van y vienen.
Un cuerpo
vibrante las atrae al mismo diapasón que ellas y la rechaza un cuerpo de
naturaleza opuesta.
Todas las
cosas viven en vibraciones rítmicas, se atraen por la armonía y se separan por
la disonancia.
Un cuerpo
puro rechaza las partículas impuras porque tienen una vibración incompatible
con la suya; y al contrario, un cuerpo grosero las atrae por el acuerdo de esas
vibraciones.
De lo que
se infiere que si el cuerpo cambia su ritmo de vibración arroja gradualmente de
su seno los elementos constituyentes que no pueden vibrar al unísono,
reemplazándolos con otros tomados de la naturaleza externa mas en armonía con
él.
La
naturaleza suministra los materiales vibrando según todos los modos posibles y
cada cuerpo ejerce su selección mas adecuada.
En la construcción primitiva de los cuerpos
humanos, la selección debiese a la Monada de la Forma; pero ahora el hombre es
un ser consciente y preside, por lo tanto, su propia construcción.
Por su pensamiento hace resonar la tónica de
su armonía individual y determina los ritmos que son los factores más poderosos
en las modificaciones continuas de su cuerpo físico y sus demás cuerpos.
A medida que aumenta su conocimiento, aprende
a edificar su cuerpo físico con ayuda de una nutrición pura, facilitando él
ponerle a diapasón. Aprende así a vivir según el axioma de la pureza: “Alimento
puro, pensamiento puro y un continuo recuerdo de Dios”.
La criatura más elevada, si vive sobre el
plano físico, es sobre este plano el virrey del Logos, responsable según la
extensión de sus poderes, del orden, paz, y buena armonía que debe reinar en
dicho plano.
Y ese deber no pude cumplirse
sin la triple condición que acabamos de enunciar.
El cuerpo físico, al tomar sus elementos de
todas las subdivisiones del plano físico, es apto para recibir impresiones de
toda clase y responder a ellas.
Los primeros contactos serán las más
sencillas y groseras clases, y como la vibración emitida por la vida interior en respuesta a la
excitación externa suscita entre las moléculas del cuerpo movimientos
correspondientes, poco a poco el sentido del tacto se desarrolla sobre la superficie del organismo permitiendo
reconocer la presencia de objetos.
A medida que se forman los órganos
especiales, para recibir las vibraciones de determinados géneros, el valor del
cuerpo aumenta y se prepara para ser un dic en explano físico el vehículo de
una entidad propiamente consciente.
Cuantas mas impresiones diversas puede
recibir, mayor Será su utilidad, porque solo las impresiones a que pueda
responder llegaran a la conciencia de ser encarnado.
Aun ahora,
a nuestro alrededor, en la naturaleza física, hay una infinidad de vibraciones
que se nos escapan por completo, porque nuestro cuerpo físico es incapaz de
recibirlas, es decir, de vibrar al unísono.
Bellezas
inimaginables, sonidos armoniosos y sutilidades delicadas chocan contra los
muros de nuestra prisión y pasan inadvertidas.
Aun no se ha desarrollado el cuerpo perfecto que
vibrara respondiendo a todos los estremecimientos de la naturaleza como arpa
cólica al soplo del céfiro.
Cuando el
cuerpo puede recibir las vibraciones las trasmite a los centros físicos de su
sistema nervioso sumamente complejo. Igualmente las vibraciones etéreas que
acompañan a todas las vibraciones de los materiales más densos, se reciben por
el doble etéreo y se transmiten a los centros correspondientes.
La mayoría
de las vibraciones de la materia densa se transforman en energía química, en
calor o en otras formas de energía física.
Las
vibraciones etéreas ocasionan acciones magnéticas y eléctricas y se transmiten
al cuerpo astral, donde alcanzan la inteligencia.
Así es
como las informaciones del mundo exterior llegan al ser consciente que habita
en él cuerpo o al “Señor del cuerpo” como se le llama a veces.
A medida
que las vías de información se perfeccionan por el ejercicio del ser consciente
se desarrolla gracias a los materiales que suministran a su pensamiento.
Ahora bien:
El bien:
hombre de nuestros días ha evolucionado todavía poco y su doble etéreo no es
suficientemente armónico para transmitirle regularmente las impresiones
recibidas independientemente del cuerpo material, así como tampoco, para
fijarlas en el cerebro.
A veces
sin embargo, la transmisión se efectúa y tenemos entonces la clarividencia en
su forma más inferior, visión por el doble etéreo de los objetos cuya envoltura
más material es un cuerpo etéreo.
Como
veremos hombre anima una serie de vehículos: físico, astral y mental, y es
importante saber y recordar que, en nuestra evolución ascendente, el vehículo
inferior, el cuerpo físico denso, es el primero que rige y racionaliza la
conciencia.
El cerebro
físico es el instrumento de la conciencia en estado de vigilia sobre el plano
físico, y en el hombre puro evolucionado la conciencia funciona aquí de un modo
más efectivo que en cualquier otro vehículo. Sus potencias son inferiores a las
de los vehículos más sutiles, pero sus realizaciones son más grandes, y el
hombre se conoce como “yo” en el cuerpo físico antes de descubrirse en los
demás.
Pero si
esta mas evolucionado que el promedio de su raza, no se revelara aquí abajo
sino en los limites permitidos por su organismo físico, porque de conciencia
únicamente puede manifestar sobre el plano físico lo que el vehículo físico es
capaz de recibir.
En general
el cuerpo denso y el cuerpo etéreo no se separan jamás en la vida terrestre.
Funcionan
juntamente, en el estado normal, como las cuerdas altas y bajas de un mismo
instrumento cuando se efectúa un acorde; pero ejercen además funciones
distintas, aunque coordinadas. En condiciones de poca salud o de
sobreexcitación nerviosa el doble etéreo puede proyectarse anormalmente en gran
parte fuera del cuerpo denso.
Este
ultimo tiene entonces una conciencia muy vaga o se haya en estado de trance
según sea la mayor o menor proporción de substancia etérea exteriorizada. Los
anestésicos del cuerpo la mayor parte
del doble etéreo, de suerte que la conciencia no puede afectar su vehículo
material ni ser afectada por él, rompiéndose el lazo de comunicación.
En las
personas de organización ahora llamadas MEDIUMS, la separación del cuerpo
etéreo y del cuerpo denso se efectúa fácilmente, y el doble etéreo
exteriorizado suministra en gran medida la base física necesaria a las
“materializaciones”.
Al dormir,
cuando la conciencia deja el vehículo físico que utiliza en estado de vigilia,
el cuerpo denso y el cuerpo etéreo descansan conjuntamente.
Pero en la
vida del sueño físico funciona
independientemente uno del otro hasta cierto punto.
Las
impresiones recibidas en la vigilia se producen automáticamente en el cuerpo, y
el cerebro material y el cerebro etéreo se llenan ambos de imágenes
fragmentarias e incoherentes, donde las vibraciones se atropellan, por decirlo
así, entre ellas mismas, produciendo las combinaciones más grotescas.
Las
vibraciones externas vienen igualmente a afectar esos dos vehículos, y las
combinaciones (asociaciones) frecuentemente repetidas en estado de vigilia son
traídas nuevamente a la actividad por corrientes astrales de la naturaleza
análoga.
Las imágenes producidas en nuestro sueño
engendradas espontáneamente o
suscitadas por una fuerza externa, se
hallan determinadas en gran parte por la pureza o impureza de nuestros
pensamientos en estado de vigilia.
Al acaecer el fenómeno que se llama muerte,
la conciencia se evade y despoja al cuerpo etéreo de la envoltura densa.
Rompe
así el lazo magnético que unía esas dos partes del cuerpo físico en la vida
terrestre, y el ser consciente permanece envuelto por algunas horas, en su
vestido etéreo.
A veces se manifiesta en tal estado a las personas que están cerca del. Bajo una forma nebulosa, vagamente
consciente y muda; el fantasma.
El
doble puede igualmente verse después que el ser consciente se ha evadido del, flotando sobre la tumba
donde el cadáver material yace, y se disgrega lentamente con el tiempo.
Cuando llega el momento de renacer, el
cuerpo denso, en su desarrollo prenatal, sigue paso a paso al doble etéreo que
esta constituido gradualmente con anticipación. Puede decirse que esos dos cuerpos determinan los límites en que el ser consciente ha de vivir y
trabajar durante su vida terrestre. Este asunto se esclarecerá más
completamente en el capítulo IX, que tiene por objeto el Karma.
El plano astral es la región del universo
vecina, si podemos emplear esta palabra, del plano físico.
En el
plano astral la vida es más activa y la forma más plástica que en él físico.
El
espíritu –materia se encuentra allí, por lo tanto, más altamente vitalizado y
más sutil que en todos los grados del mundo físico.
En efecto:
según hemos visto ya, el último átomo físico que constituye el éter más sutil,
tiene como envoltura innumerables agregados de la materia astral más grosera.
Se dice la
palabra vecino la cual es muy impropia, porque sugiere la idea de que los
planos del universo están dispuestos en zonas concéntricas de modo que al
término de uno señale el principio del otro; cuando más bien son esferas
concéntricas penetradas mutuamente y separadas entre sí, no por oposición, sino
por diferencia de constitución; lo mismo que el aire y el agua y el éter en el
sólido más denso, la materia astral penetra en toda la sustancia física.
El mundo
astral está sobre nosotros, bajo nosotros, alrededor de nosotros y también nos
atraviesa.
Vivimos y
nos movemos en él, pero es intangible, invisible, silencioso e imperceptible,
porque estamos separados de él por la presión del cuerpo físico, y las
partículas físicas son demasiado densas para vibrar bajo la acción de la
materia astral.
En este capítulo vamos a estudiar el
aspecto general del plano astral, dejando a un lado, para considerarlas
separadamente, las condiciones especiales que presenta la vida de ese plano con
relación a los seres humanos que lo atraviesan llenándolo de la tierra al
cielo.
El espíritu—materia del plano astral
tiene subdivisiones análogas a las del plano físico que acabamos de describir
en el capítulo dedicado a dicho plano.
Encontraremos
aquí, como en el plano físico, innumerables combinaciones que forman los
sólidos, los líquidos, los gases y los éteres astrales.
Pero en
este plano la mayoría de las formas materiales tienen, cuando se las compara
con las formas del plano físico, un brillo y una traslucidez que les ha valido
el epíteto impropio, pero que aceptado por el uso no hemos de cambiarlo.
Como no
hay nombres especiales para las subdivisiones del espíritu—materia astral,
podemos emplear las designaciones terrestres.
La idea
esencial que hemos de fijar, es lo que los objetos astrales son combinaciones
de materia física, y que la disposición del mundo astral se asemeja muchísimo a
la de la tierra, estando constituida en gran cantidad por los dobles astrales
de los objetos físicos.
Una
particularidad, sin embargo, detiene y desconcierta al observador poco
acostumbrado, en parte, a causa de la traslucidez de los objetos astrales, y en
parte también a consecuencia de la naturaleza misma de la visión astral (la
conciencia está menos sujeta en la materia astral sutil que en su prisión
terrestre); toda cosa es transparente: en anverso y el reverso, lo interior y
lo exterior, son visibles al mismo tiempo.
Hace falta
mucha experiencia para ver correctamente los objetos, y aquel que ha
desarrollado la visión astral sin estar todavía al corriente de su empleo, se
expone a ver todas las cosas trastocadas y a cometer los más disparatados
yerros.
Otra característica sorprendente, que
desconcierta a veces al principiante, es la rapidez con que cambian de
contornos las formas astrales, sobre todo las que no se relacionan con ninguna
matriz terrestre.
Una entidad astral puede modificar su
aspecto por completo con pasmosa rapidez, porque la materia astral toma forma
bajo cada impulso del pensamiento, y la vida retoca constantemente esa forma
para darse nueva expresión.
Cuando la
gran oleada de vida de la evolución de la forma atraviesa de alto a bajo el plano astral, constituyendo
sobre este plano el tercer reino elemental, la Mónada atrae a su alrededor
combinaciones de materia astral, y da esas combinaciones, conocidas con el
nombre de esencia elemental, una vitalidad particular y la propiedad
característica de tomar forma instantáneamente bajo el impulso de las
vibraciones mentales.
Esa
esencia elemental forma muchísimas variedades en cada subdivisión del plano
astral.
Podemos
formarnos una idea de ello suponiendo el aire visible; fenómeno producido por
un gran calor que hiciese la atmósfera perceptible bajo la forma de ondas
vibrantes, y que nos pareciera animado de un movimiento ondulatorio continuo
iluminando de cambiantes colores como los del nácar.
Esa misma atmósfera elemental responde
sin cesar a las vibraciones del pensamiento, del sentimiento y del deseo.
Las formas
surgen en ella bajo el impulso de esas fuerzas como las burbujas en el agua
hirviente.
La duración de la forma así engendrada
depende de la fuerza de impulsión que la origina; la nitidez de sus contornos,
de la precisión del pensamiento; y su coloración, de la cualidad del mismo.
(Intelectual, religioso, pasional, etc.)
Los pensamientos vagos e inconsistentes
que engendran con frecuencia las inteligencias poco desarrolladas, reúnen en
torno de ellos, cuando llegan al mundo astral, nubes difusas de esencia
elemental que van de aquí para allá atraídas por otras nubes de análoga
naturaleza, se detienen en el cuerpo astral de las personas cuyo magnetismo
bueno o malo los atrae y se disuelven al fin después de cierto tiempo para
reintegrarse en la atmósfera general de esencia elemental.
Mientras
conservan su existencia separada, son entidades vivas que tienen por cuerpo la
esencia elemental y por vida animadora un pensamiento.
Se les da
entonces el nombre de elementales artificiales o pensamientos—formas.
Los pensamientos claros y precisos tienen
forma definida, un contorno firme y limpio y su aspecto varía al infinito.
Están
modeladas por la vibraciones del pensamiento de un modo análogo al de las
figuras que encontramos en el plano físico determinadas por las vibraciones del
sonido.
Las
figuras vocales y las figuras mentales ofrecen gran analogía entre sí, porque
la naturaleza, a pesar de su infinita variedad, es en cuanto a sus principios
muy económica y reproduce los mismos procedimientos operatorios en todos los
planos sucesivos a su imperio.
Esos
elementales artificiales, claramente delimitados, tienen una vida más larga y
más activa que sus hermanos nebulares, y ejercen una acción muchísimo más
poderosa sobre el cuerpo astral, y a través de él sobre el mental, de aquellos
de donde han salido.
Originan
por su contacto vibraciones análogas a ellos y los pensamientos se extienden
así de inteligencia a inteligencia sin necesidad de expresión física.
Además
pueden dirigirse por el pensador hacia la persona que desea alcanzar, y su
potencia depende de la fuerza de su voluntad y de la intensidad de su potencia
mental.
En los hombres de cultura media, los
elementales artificiales creados por el sentimiento o el deseo son más
vigorosos y precisos que los creados por el pensamiento.
Así, una
explosión de ira dará una potente fulguración roja, claramente dibujada, y una
cólera sostenida engendrará un peligroso elemental de color rojo, puntiagudo,
dentellado, pero bien organizado para dañar.
El amor,
según su cualidad, determinará formas más o menos admirables de color y de
dibujo, que podrá ofrecer todos los tonos desde el carmín hasta los matices más
exquisitos y delicados del rosa, semejantes a los pálidos reflejos de la aurora
o del crepúsculo, en nubes difusas o en formas protectoras de vigorosa ternura.
Comúnmente
las amantes oraciones de una madre afectan formas angélicas cerca del hijo, que
apartan de él las influencias perniciosas que sus propios pensamientos pudieran
atraer.
Un rasgo característico de esos
elementales, es que dirigidos por la voluntad hacia determinada persona, están
animados de la tendencia a cumplir la voluntad del ser que los crea.
Un
elemental protector se colocará cerca de su objeto, buscando todas las
oportunidades de alejar el mal, de atraer el bien, no conscientemente, sino por
espontáneo impulso que lleva por la línea de menor resistencia.
Del mismo
modo, un elemental animado por un pensamiento malo, gravitará alrededor de su
víctima espiando la ocasión para dañarle.
Pero ni
uno ni otro pueden producir impresión, a menos que haya en el cuerpo astral de
la persona a quien se dirigen algún elemento susceptible de vibrar acorde con
ellos facilitando su fijación.
Si no
encuentra en esa persona materia análoga para ello, entonces, por una ley de su
misma naturaleza, vuelven a lo largo de la trayectoria que han recorrido,
siguiendo la estela magnética que han dejado tras si y caen sobre su propio
creador con una fuerza proporcional a la de su proyección.
Conocidos
son los casos en que un pensamiento de odio mortal, impotente para alcanzar a
quien iba dirigido, a causado la muerte de su proyector.
En cambio
los pensamientos saludables, dirigidos a una persona indigna, recaen como
bendiciones sobre aquel que los engendra.
La comprensión, siquiera rudimentaria,
del mundo astral, obrará como poderoso estímulo del buen pensamiento.
Hará nacer
en nosotros la noción de una gran responsabilidad respecto a los pensamientos,
las emociones y los deseos que hemos desencadenado en esa región.
Hay muchas
fieras, que desgarran y devoran, entre los pensamientos de que el hombre puebla
el plano astral.
Pero por
ignorancia y no sabe lo que hace.
Uno de los
fines que se propone la enseñanza teosófica levantando parcialmente el velo del
mundo desconocido, es dar a los hombres una base más firme de conducta, una
apreciación más racional de las causas sólo visibles por sus efectos en el
mundo terrestre.
Pocas
doctrinas hay más importantes por su alcance moral que esta doctrina de la
creación y dirección de los pensamientos—formas, o elementales artificiales.
Por ella
aprende el hombre que el pensamiento no le afecta exclusivamente, que sus
pensamientos no le afectan a él solo, sino que en cada instante de su vida pone
en libertad, en el ambiente, ángeles y demonios de cuya creación es responsable
y de cuya influencia se le pedirá cuenta.
Al conocer
la ley regularán los hombres su pensamiento en concordancia de la misma.
Si en vez de considerar los elementales
artificiales separadamente, los tomamos en conjunto, comprenderemos sin
dificultad la importante acción que ejercen en la producción de los
sentimientos nacionales y de la raza, y por lo tanto en la formación de los
prejuicios.
Todos
crecemos en una atmósfera en que pululan elementales acopiadores de ciertas
ideas.
Los
prejuicios nacionales, la manera nacional de considerar las cosas, los tipos
nacionales de sentimiento y de pensamiento, todo eso obra sobre nosotros desde
que nacemos y aun antes de nacer.
Todo lo
vemos a través de esa atmósfera que refracta más o menos los pensamientos y en
la que vibra nuestro propio cuerpo astral acordonándose con ella.
De ahí que
la misma idea sea apreciada diferentemente por un indo, un inglés, un español o
un ruso.
Las
concepciones fáciles para uno son casi inabordables para otro.
Estamos
todos dominados por nuestra atmósfera nacional, es decir, por esa porción del
mundo astral que más inmediatamente nos rodea.
Los
pensamientos de los demás, vaciados así en el mismo molde, obran sobre nosotros
y provocan vibraciones sincrónicas, refuerzan los puntos de concordancia que
nos rodean y afinan y suavizan las divergencias.
Esa
influencia continua, sufrida por medio de nuestro cuerpo astral, nos imprime el
sello nacional y traza en nuestras energías mentales los canales por donde se
deslizarán más fácilmente.
Día y
noche esas corrientes influyen sobre nosotros y la misma inconsciencia en que
nos hallamos sobre su acción nos la hace más afectiva.
Como la
mayoría de las gentes tiene más receptividad que iniciativa, reproduce así
automáticamente los pensamientos que hasta ellos llegan.
Y de esa
manera se alimenta y refuerza la atmósfera nacional.
Cuando el hombre comienza a ser sensible
a las influencias astrales ocurre, a veces que se abate de pronto, o se siente
por lo menos exaltado por un terror completamente inexplicable y casi
irracional, que arroja sobre él una fuerza capaz de paralizarle.
Toda
resistencia es inútil contra ello y no puede por lo menos de indignarse quien
la sufre.
La mayoría de los hombres han debido
experimentar más o menos, en tal caso, ese temor indefinible, ese dolor, al
aproximarse un invisible no sé qué, el sentimiento de una presencia misteriosa,
de no estar solo.
Este
sentimiento procede, en parte, de una hostilidad que anima al mundo elemental
natural contra la raza humana, hostilidad debida a la reacción sobre el astral
de las fuerzas destructoras puestas en juego por la humanidad en el plano
físico.
Pero es
también atribuible a la presencia de elementales artificiales de naturaleza
hostil, engendrados por el pensamiento del hombre.
Los
pensamientos de odio, envidia, venganza, rencor, mala intención y descontento
se producen por millones, de suerte que el plano astral esta lleno de
elementales artificiales cuya vida consiste en tales sentimientos.
¡Qué
oleadas de desconfianza y de suspicacia nos encontramos también, como veneno
arrojado por el ignorante contra todos los que por su maneras o su aspecto
tienen para él algo raro y poco común!
La ciega
desconfianza respecto de todo forastero, el desdeñoso menosprecio hacia
naturales de otras comarcas, contribuyen también a las malas influencias del
mundo astral.
Tales
pensamientos crean día y noche en el plano astral legiones ciegamente hostiles,
y el choque sobre nuestro propio cuerpo astral engendra ese sentimiento de
terror vago, resultante de las vibraciones antagónicas que se sienten sin poder
comprenderlas.
Además de los elementales artificiales,
el mundo astral contiene una población densa, en la que se omiten, como lo
hacemos aquí, los seres humanos desembarazados de su cuerpo físico por la
muerte.
Encontramos
aquí innumerables legiones de elementales naturales o espíritus de la
naturaleza, divididos en cinco clases: del éter, del fuego, del aire, del
agua y de la tierra.
Los cuatro
últimos fueron llamados por los ocultistas de
Es inútil
decir que otras dos clases complementan el septenario; pero no nos interesan
por ahora, puesto que aun no se manifiestan.
Estos son los verdaderos elementales o
criaturas de los elementos tierra, agua, aire, fuego y éter.
Estos
seres tienen por misión realizar las actividades que se refieren a sus
elementos respectivos.
Constituyen
los canales a través de los que las energías divinas operan en medios diversos;
y son en cada elemento la expresión viva de la ley.
A la
cabeza de cada una de esas divisiones se encuentra un Ser superior (I)
(llamados deva o dios por los indos. —El estudiante querrá conocer, sin duda,
los nombres sánscritos de los cinco dioses de los elementos manifestados. Helos
aquí: Indra, señor del Akasha o éter del espacio. Agni, señor del fuego.
Pavana, señor del aire. Varuna, señor del agua. Kshiti, señor de la tierra),
jefe de un ejército poderoso, inteligencia suprema y directora de la
demarcación de la naturaleza que los elementales de la clase considerada
administran y en donde realizan sus energías.
Agni, el dios del fuego, es, por lo
tanto, una entidad espiritual superior que preside las manifestaciones del
fuego en todos los planos del universo y ejerce su administración por medio de
las legiones de elementales del fuego.
Una vez
conocida la naturaleza de esos seres y los métodos que permiten dirigirles, se
hacen posibles y comprensibles los llamados milagros u obras mágicas, que
atraen de cuando en cuando la atención de la prensa.
El
procedimiento es el mismo, ya se admita francamente como resultado de las artes
mágicas, ya se atribuya a los espíritus.
Existen
personas que pueden tomar en sus manos una braza de carbón encendido sin
experimentar daño alguno.
El
fenómeno de la levitación (suspensión de un cuerpo grave en el aire sin sostén
visible) y el que consiste en andar sobre el agua, pueden efectuarse con el
auxilio de los elementales del aire y del agua respectivamente, aunque se
emplee con frecuencia otro método.
Como los elementos entran en la
constitución del cuerpo humano y uno de ellos predomina en él según la
naturaleza de la persona, todo ser está relación con los elementales, y
aquellos que particularmente le son favorables predominan en el mismo.
Las,
consecuencias de este hecho, frecuentemente observable, se atribuyen por el
vulgo a la “suerte”.
Se dice
que una persona “tiene buena mano” para los cuidados de las plantas, para
encender el fuego o para encontrar manantiales, etc.
La
naturaleza, con sus fuerzas ocultas, nos advierten a cada paso; pero somos muy
tardos en recibir sus indicaciones.
La
tradición oculta muchas veces una verdad en un proverbio o en una fábula; pero
nosotros hemos pasado ya, según parece, la edad de todas esas “supersticiones”.
Encontramos igualmente en el plano astral
espíritus de la naturaleza—este nombre les cuadra mejor que el de
elementales—que se ocupan de la construcción de formas en los reinos mineral,
vegetal, animal y humano.
Hay
espíritus de la naturaleza que dirigen las energías vitales en las plantas, que
construyen los cuerpos, molécula por molécula, en el reino animal, y que
presiden la construcción del cuerpo astral de los minerales, las plantas y los
animales, así como de la construcción del cuerpo físico humano.
Tales son
la hadas y los silfos de las leyendas,
“los seres pequeños” que juegan tan gran papel en la demótica o folklore en
cada nación, los niños encantadores e irresponsables de la naturaleza,
fríamente relegados por la ciencia en manos de las nodrizas.
Día vendrá
en que los sabios más esclarecidos de futuras épocas los restituyan al lugar
que les corresponde en el orden natural; pero entre tanto el poeta y el
ocultista creen en su existencia, uno por la intuición de su genio y otro por
la visión de sus sentidos internos ampliamente desarrollada.
La
multitud se burla de ambos, del segundo sobre todo; pero no importa: la
sabiduría se rehabilitará un día por sus hijos.
La circulación activa de las corrientes
de vida en el doble etéreo de las formas minerales, vegetales y animales,
despierta poco a poco de su estado latente la materia astral implicada en su
constitución atómica y molecular.
Semejante
materia empieza a vibrar muy débilmente primero en los minerales.
La Mónada
de la Forma ejerce su poder organizador y atrae sobre sí algunos materiales con
cuya ayuda los espíritus de la naturaleza construyen el cuerpo astral mineral,
masa difusa sin organización precisa.
En el reino vegetal, el cuerpo astral se
encuentra más organizado y comienza a manifestarse su característica especial:
la sensación; así pueden observarse en la mayoría de las plantas, sensaciones
sordas y difusas de bienestar o de enfermedad, que son el resultado de la
actividad creciente del cuerpo astral.
Las
plantas gozan vagamente del aire, del sol y de la lluvia, que buscan como a
tientas, mientras se alejan cuando esas condiciones son nocivas.
Unas
buscan la luz, otras la oscuridad, responden a las excitaciones y se adaptan a
las condiciones externas; en fin, en algunos tipos más elevados, aparece
definido el sentido del tacto.
En el reino animal, el cuerpo astral está
más desarrollado, y en los individuos superiores alcanza una organización
bastante clara para mantener su conexión durante cierto tiempo después de la
muerte del cuerpo físico, y para tener existencia independiente en el plano
astral.
Los espíritus de la naturaleza que
presiden la construcción del cuerpo astral animal y humano han recibido el
nombre especial de elementales del deseo (I) (Se les llama kamadevas, dioses
del deseo) Porque están poderosamente animados por deseos de toda clase que
introducen continuamente en la constitución de los cuerpos astrales del hombre
y de los animales, las variedades de esencia elemental análogas a las de que su
propia forma está compuesta, de suerte que esos cuerpos adquieren, como parte
integrante de su estructura, los centros sensoriales y las diversas actividades
pasionales.
Esos
centros se excitan a la actividad por los impulsos que reciben de los órganos
físicos densos y se trasmiten a través de los órganos físicos etéreos hasta el
cuerpo astral, y mientras los centros astrales no son atacados, el animal no
experimenta ni placer ni dolor.
Herid una
piedra y no expresará dolor; contiene moléculas físicas densas y etéreas, pero
no tiene cuerpo astral organizado.
El animal,
en cambio, siente dolor inmediatamente al choque, porque posee centros astrales
de sensación, que los elementales del deseo han tejido con su propia
naturaleza.
Como en la obra de esos elementales sobre
el cuerpo astral interviene una nueva consideración, terminaremos desde luego
la revista de habitantes del plano astral, antes de pasar al examen de la forma
astral humana más compleja.
Según acabamos de decir, el cuerpo del
deseo (I) (Kamarupa es el nombre
teosófico del cuerpo astral, de Kama, deseo, y rupa, forma.), O cuerpo astral
de los animales lleva en el plano astral existencia independiente, aunque
efímera, así que la muerte destruye su envoltura física.
En los
países “civilizados” esos cuerpos astrales animales contribuyen muchísimo al
sentimiento general de hostilidad de que se ha hablado más arriba.
La matanza
organizada en los mataderos y la afición al deporte de la caza, lanzan todos
los años al mundo astral millones de seres llenos de horror, de temor y de
aversión hacia el hombre.
El número
comparativamente mínimo de los seres a quienes se deja morir en paz, se pierde
entre las innumeras legiones de los asesinados; y las corrientes que engendran,
arrojan del mundo astral sobre las razas humanas y animales influencias que
tienden a acrecentar su división porque de un lado suscitan el temor y la
desconfianza “instintivas” y de otro la propensión a la crueldad.
Semejantes sentimientos se han excitado
sobremanera hace algunos años por los métodos fríamente meditados de tortura
científica, conocidos con el nombre de vivisección; métodos cuyas crueldades
sin cuento han introducido nuevos horrores en el mundo astral por su reacción
sobre los culpables, agregando al mismo tiempo el abismo que separa al hombre
de sus “pobres parientes”.
Independientemente de lo que podemos
llamar la población normal del mundo astral, encuéntrense en él transeúntes
llevados por su trabajo y que no podemos por menos de mencionar.
Algunos de
ellos vienen de nuestro propio mundo terrestre, mientras otros vienen de
regiones elevadas.
Entre los primeros, muchos son Iniciados
de diversos grados, algunos de ellos miembros de
La
abnegación que irradian el amor y la devoción caracterizan a los primeros; y el
egoísmo, el odio y la arrogancia son los signos de los segundos.
Entre
ambos hay clases cuyo motivo es mixto, que no han comprendido claramente la
necesidad de evolucionar hacia el Ser Único o hacia el Yo separado. A estos les
llamamos grises, y se dirigen a uno u otro de ambos grupos indicados.)
Todos son hombres que viven
en un cuerpo físico y que han aprendido a despojarse a voluntad de su envoltura
corpórea para obrar, en plena conciencia, en su astral.
Los hay de
todos los grados de saber y virtud; benéficos y malhechores, fuertes y débiles,
pacíficos y terribles.
Encontramos
aquí además muchos aspirantes jóvenes, no iniciados todavía, que aprenden a
servirse de su vehículo astral y que se ocupan en obras de beneficencia o de
maleficio, según el sendero que se disponen seguir.
Se
encuentran igualmente en este plano simples psíquicos y otros soñolientos,
errando a la ventura mientras sus cuerpos físicos duermen o se hallan en
trance.
Viene, en fin, la multitud de hombres
ordinarios.
Millones
de cuerpos astrales flotan así inconscientes del mundo que los envuelve, a una
distancia mayor o menor de los cuerpos físicos profundamente dormidos.
En cada
una de esas formas astrales, la conciencia humana se repliega sobre sí misma
absorta en sus pensamientos, retirada, por decirlo así. En lo íntimo de su seno
astral.
Como veremos muy pronto, el ser consciente
de su vehículo astral, se escapa cuando el cuerpo duerme, y pasa al cuerpo
astral; pero permanece inconsciente de lo que le rodea hasta que el cuerpo
astral está bastante desarrollado para funcionar independientemente del cuerpo
físico.
Alguna vez se puede ver en este plano a
un discípulo (Chela) que ha franqueado el umbral de la muerte, y se prepara a
una reencarnación inmediata bajo la dirección de su Maestro.
Goza
evidentemente de plena conciencia, y trabaja como los demás discípulos que tan
sólo se separan de su cuerpo físico dormido.
Veremos
que en cierto grado le esta permitido al discípulo reencarnar inmediatamente
después de la muerte.
Debe
entonces esperar en el mundo astral una ocasión favorable para renacer.
Los seres humanos ordinarios, en vías de
reencarnación, pasan igualmente a través del plano astral como se indicará
luego.
No tiene
ninguna relación consciente con la vida general del plano; pero las actividades
pasionales y sensorias de su pasado determinaron una afinidad entre ellos y
algunos elementales del deseo, y estos últimos se agrupan a su alrededor
favoreciendo la construcción del nuevo cuerpo astral para la existencia
terrestre que se prepara.
Pasemos al
examen del cuerpo astral humano durante el período de existencia física.
Estudiaremos
su naturaleza y su constitución al mismo tiempo que sus relaciones con el mundo
astral; y para ello consideraremos sucesivamente: A) el cuerpo astral de un
hombre poco evolucionado; B) el de un hombre medianamente evolucionado; y C) el
de un hombre espiritualmente desarrollado.
A) —El
cuerpo astral de un hombre poco
evolucionado forma una masa nebulosa mal organizada e imprecisa.
Contiene
materiales (materia astral y esencia elemental) tomados de todas las
subdivisiones del plano astral, pero con predominio de los elementos
procedentes del astral inferior; de suerte que es denso y de textura gruesa, a
propósito para responder a todas las excitaciones relativas a las pasiones y a
los apetitos.
Los
colores engendrados por los ritmos vibratorios de esos materiales son
compactos, cenagosos y sombríos.
Los
matices dominantes son: rojo oscuro y verde sucio.
Ningún
cambiante, ni chispazo alguno hay en esos cuerpos astrales.
Las
diversas pasiones se manifiestan en forma de vagas oleadas pesadísimas, o muy
violentas, como relámpagos.
Así la
pasión sexual producirá una oleada de carmín sucio, y la ira un relámpago rojo
siniestro.
El cuerpo astral es mayor que el físico,
y se extiende 25 a 30 centímetros alrededor de aquél, en el caso que
consideramos.
Los
centros de los órganos sensorios claramente señalados, actúan cuando les afecta
desde fuera; pero en reposo, las corrientes vitales son apáticas, y el cuerpo
astral permanece inerte e indiferente porque no recibe excitación de los mundos
físico ni del mundo mental (I) (El
estudiante reconocerá aquí el predominio de
Característica
constante del estado primitivo es que la actividad se determina más bien por
excitación externa que por iniciativa interna del ser consciente.
Para que
una piedra se mueva es preciso empujarla; una planta crece bajo la acción de la
luz y de la humedad; y un animal se hace más activo cuando le aguijonea el
hambre.
El hombre
poco desarrollado necesita excitarse de una manera análoga.
Es
menester que la inteligencia haya evolucionado parcialmente para que empiece a
tomar la iniciativa de la acción.
Los
centros de las facultades superiores (I) (Las
siete ruedas. Estos centros se llaman así por el aspecto giratorio que
presentan, parecido a las ruedas de fuegos artificiales cuando se ponen en
movimiento); emparentados con el funcionamiento independiente de los sentidos
astrales, apenas son visibles.
En este
grado, el hombre necesita toda suerte de sensaciones violentas para su
evolución, a fin de sacudir su naturaleza y ejercitarse en la actividad.
Los
choques violentos, tanto de placer como de dolor, procedentes del mundo
externo, son necesarios para despertar y aguijonear la acción que tanto más se
acrecienta y favorece, cuanto más numerosas y violentas sean las sensaciones.
En este
estado primitivo, la calidad importa poco: la cantidad y el vigor son
condiciones esenciales.
La moralidad del hombre dimanará de sus
pasiones.
Un leve
movimiento de abnegación en sus relaciones con la esposa, con el hijo o el
amigo, constituirá el primer paso en el camino ascendente.
Este
movimiento provocará vibraciones en la materia más sutil del cuerpo astral, y
atraerá hacia él mayor proporción de esencia elemental de la misma naturaleza.
El cuerpo
astral renueva constantemente sus materiales por influencia de las pasiones.
Apetitos, deseos y emociones.
Todo buen
impulso fortifica las partes más sutiles de ese cuerpo, expulsa algunos
elementos groseros y permite la recepción de materiales más delicados,
atrayendo sobre sí elementales de naturaleza benéfica, que ayudan a favorecer
el proceso de renovación.
Todo mal
impulso produce en cambio efectos contrarios; tiende a fortificar los elementos
groseros, a expulsar los elementos sutiles, hace entrar en el cuerpo astral
materiales impuros y atrae elementales que favorecen el proceso de deterioro.
En el caso que consideramos, las
potencias morales e intelectuales del hombre son de tal modo embrionarias, que
podemos decir que la construcción de su cuerpo astral y su modificación se
cumple más bien en él que por él.
Esas
operaciones dependen antes de circunstancias externas que de su propia
voluntad; pues como acaba de decir, el carácter distintivo de su ínfimo grado
de evolución estriba en que el hombre está moviendo desde el exterior por medio
de su cuerpo, y no desde el interior mediante su inteligencia,
Así denota
considerable progreso el que el hombre pueda moverse por su voluntad, por su
propia energía, por su iniciativa, en vez de moverse por el deseo, es decir,
por la respuesta a una atracción o a una repulsión externa.
Durante el sueño, el cuerpo astral, que
sirve de envoltura al ser consciente, se desliza fuera del organismo físico,
dejando juntamente dormidos el cuerpo denso y al etéreo.
Pero en
este grado, la conciencia del hombre no está despierta todavía en su cuerpo
astral, porque no puede encontrar nada
parecido a los contactos violentos que le estimulan cuando está en forma
física.
Sólo los
elementales de naturaleza densa pueden afectarle, provocando en su envoltura
astral vibraciones difusas que se reflejan en el cerebro etéreo y denso, donde
determinan los sueños de sexualidad bestial.
En el
cuerpo astral flota inmediato al cuerpo físico, retenido por su poderosa
atracción, y no puede alejarse de él.
B) — En el
hombre medianamente desarrollado desde el punto de vista moral e intelectual,
el cuerpo astral manifiesta inmenso progreso respecto del tipo anterior. Sus
dimensiones son más considerables, sus materiales de naturaleza diversa mejor
escogida, y las esencias, más sutiles, dan al conjunto cierta potencia
luminosa; mientras que la expresión de las emociones superiores determina en él
admirables corrientes de color.
La forma
del cuerpo es menos vaga y ondulante que en el caso anterior; es clara,
precisa, y reproduce la imagen de su poseedor.
Este
cuerpo astral está evidentemente en camino de ser un vehículo práctico para uso
del hombre interior, vehículo límpido y establemente organizado, apto al mismo
tiempo para funcionar, prestar servicio y mantenerse independientemente del
cuerpo físico.
No
obstante su gran plasticidad, tiene forma determinada, a la que vuelve
invariablemente así cesa el esfuerzo que ha modificado su aspecto. Su actividad
es constante y está en vibración perpetua, revistiendo tonos cambiantes que
varían al infinito.
Las
“ruedas” son más claramente visibles, aunque no funcionen todavía (I) (Notarán
aquí la preponderancia de la guna rajásica o cualidad—pasional de la
naturaleza.)
Esta forma
astral responde vivamente a todos los contactos que lleguen a ella a través del
cuerpo físico, y la afectan igualmente las influencias internas procedentes del
ser consciente.
La memoria
y la imaginación estimulan, pues, el cuerpo astral, y éste, a su vez, pone el
cuerpo físico en actividad en vez de estar movido exclusivamente por él como en
el caso anterior.
La purificación sigue siempre la misma
marcha: expulsión de elementos inferiores por la producción de vibraciones
contrarias, y asimilación de materiales más sutiles en reemplazo de los
eliminados.
Pero en el
caso presente, el desarrollo moral e intelectual del hombre coloca esta
construcción casi enteramente en sus propias manos, puesto que las excitaciones
de la naturaleza exterior no le balancean de un lado para otro, sino que
razona, juzga y resiste o cede según lo que estima bueno.
Por el
ejercicio de su pensamiento conscientemente dirigido puede afectar
profundamente a su cuerpo astral, cuyo perfeccionamiento prosigue desde
entonces con rapidez creciente.
Y para
llegar a ese resultado no es necesario que el hombre comprenda con exactitud el
modus operandi, como para ver tampoco necesita comprender las leyes de la luz.
Durante el sueño, ese cuerpo astral bien
desarrollado, se desliza, como ordinariamente, de su vestidura física, pues no
está tan retenido cerca de él como en el caso precedente.
Va a lo
lejos en el mundo astral, arrastrado por las corrientes astrales, en tanto que
el ser consciente, en el interior del cuerpo, incapaz de dirigir todavía sus
movimientos, aunque despierto, se ocupa en gozar sus propias imágenes y
actividades mentales.
Puede igualmente recibir a través de su
envoltura astral impresiones que transforma enseguida en imágenes mentales.
De esta
manera el hombre adquiere conocimientos fuera del cuerpo físico y puede
trasmitirlos al cerebro bajo la forma de sueño o de visión.
Y aun
cuando los lazos de la memoria cerebral faltaren, los conocimientos adquiridos
podrán infiltrarse insensiblemente hasta la conciencia en estado de vigilia.
C) —El
cuerpo astral de un hombre espiritualmente desarrollado está compuesto de las
partículas más sutiles de cada sub división de materia astral, con
preponderancia de las calidades más elevadas.
Ese cuerpo
forma, pues, un objeto admirable de luz y de color.
Tonos
desconocidos en la tierra nacen en él bajo los impulsos que preceden de la
inteligencia purificad.
Las
“ruedas de fuego” justifican ahora el nombre que se les da, y su movimiento
rotatorio denota la actividad de los sentidos superiores.
Un cuerpo
semejante es un vehículo de conciencia en la más amplia acepción de la palabra.
En el
curso de la evolución fue vivificado en cada uno de los órganos y dirigido bajo
el poder absoluto de su poseedor.
Cuando en
esa envoltura, el hombre deja su cuerpo físico, no experimenta la menor
solución de continuidad en su estado consciente.
Deja
sencillamente su vestido más grueso y se liberta de un gran peso.
Se puede
mover en todos los sentidos en los límites de la esfera astral con rapidez
increíble, no hallándose por las condicionantes de la vida terrestre.
Su cuerpo
responde a su voluntad, refleja su pensamiento y le obedece; sus medios de
servicio se centuplican y sus poderes están totalmente guiados por su virtud.
Las
ausencias de partículas densas en su cuerpo astral le eximen además de
responder a las seducciones de objetos inferiores del deseo.
Semejantes
tentaciones no pueden alcanzarle y se separan de él.
Todo el
cuerpo vibra solamente para responder a las más elevadas emociones; el amor se
derrama en abnegación y la energía se yugula por la paciencia.
Dulce,
tranquilo, sereno, lleno de fuerza, pero sin agitación alguna, tal es el hombre
a quién “todos los siddhis están prontos a servir” (I) (Aquí predomina la guna sáttvica, la cualidad de armonía,
felicidad y pureza. Los siddhis son los poderes hiperfísicos.)
El cuerpo astral es un puente tendido
sobre el abismo que separa la conciencia humana del cerebro físico.
Los
impulsos recibidos por los órganos sensoriales y trasmitidos, como se ha visto,
a los centros densos y etéreos, pasan enseguida a los centros astrales
correspondientes.
Una vez
allí, los elabora la esencia elemental y los transforma en sensaciones, para
presentarle finalmente al hombre interior, como objetos de su conciencia, las
vibraciones correspondientes suscitadas por las vibraciones astrales en la
materia del cuerpo mental.
Por medio
de estas sucesivas gradaciones del espíritu—materia, de sutilidad creciente,
pueden transmitirse al ser consciente los groseros contactos de los objetos
terrestres.
Del mismo
modo, las vibraciones determinadas por su pensamiento pueden pasar por el mismo
puente hasta el cerebro físico para suscitar en él vibraciones físicas
correspondientes a las vibraciones mentales.
Tal es la
normal y regular manera cómo la conciencia recibe las impresiones del exterior
y las devuelve a su vez al exterior.
En esa
transmisión y paso de vibraciones en uno y otro sentido consiste principalmente
la evolución del cuerpo astral.
Esa doble
corriente obra sobre él a un tiempo en lo interior y exterior, determina su
organización y auxilia su general crecimiento.
A medida que el cuerpo astral se
desarrolla, se afina su contextura, su forma exterior gana nitidez y se
completa su organización interna.
Impelido a
responder a la conciencia con perfección creciente, gradualmente se hace apto
para servirle de vehículo separado y trasmitirle con precisión las vibraciones
recibidas directamente del mundo astral.
La mayoría
de los lectores tendrán, sin duda, alguna experiencia de esas impresiones que
proceden de fuente externa sin que puedan atribuirse a contacto físico, y que
no tardan en confirmarse por algún hecho material.
Así el
cuerpo astral siente a menudo las impresiones directamente y las trasmite a la
conciencia, mostrándose muchas veces bajo forma de previsiones comprobadas a no
tardar.
Cuando el hombre está avanzado el grado
varía según los individuos por una serie de consideraciones que no son de este
lugar) se establecen comunicaciones entre el cuerpo físico y el astral, y entre
éste y el mental.
La
conciencia pasa entonces sin interrupción de un estado a otro, y el recuerdo no
presenta esas lagunas que, en el hombre ordinario, interponen una fase de
inconsciencia al paso de un plano a otro.
El hombre
puede además ejercer libremente sus sentidos astrales mientras su conciencia
funciona en el cuerpo físico.
Las más
amplias vías de información, abiertas por los sentidos hiperfísicos, vienen a
ser peculio de su conciencia en estado vigilia.
Los
objetos que fueron antes para él materia de fe, se convierten en materia de
conocimiento, y puede comprobar personalmente la exactitud de gran parte de las
enseñanzas teosóficas respecto de las regiones inferiores del mundo invisible.
.................................................
Cuando se divide el hombre en
“principios”, es decir, en maneras de manifestarse la vida, los cuatro
inferiores, designados con el nombre de “cuaternario inferior”, se consideran
funcionantes en los planos astral y físico.
El cuarto
principio es entonces Kama, el deseo, es decir, la vida en función en el cuerpo
astral y condicionada por él.
Semejante
principio está caracterizado por el atributo de la sensibilidad, que se
manifiesta bajo la forma rudimentaria de sensación, o bajo la más compleja de
la emoción o cualquiera otra manera mediadora.
Todo esto se resume en la palabra “deseo”; es
decir, lo atraído o rechazado por los objetos según proporcionen gusto o
disgusto al “yo” personal.
El tercer
principio es Prana, la vida especializada para el mantenimiento del organismo
físico.
El segundo
principio es el doble etéreo, y el primero el cuerpo denso.
Estos tres
principios actúan en el plano físico.
En clasificaciones ulteriores H. P.
Blavatsky descarto de la lista de los principios prana y el cuerpo físico
denso: prana, por ser la vida universal, y el cuerpo físico denso por no ser
sino el complemento del cuerpo etéreo, formado de materiales siempre cambiantes
insertos en la matriz etérica.
Adoptando
esta manera de ser, llegamos a la grandiosa concepción filosófica de
La vida
misma permanece idéntica en el centro, pero se muestra bajo apariencias
diferentes, cuando se la mira desde fuera, según el género de materia que
contiene uno u otro cuerpo.
En el
cuerpo físico, es Prana, que vitaliza, rige y coordina; y en el astral es Kama,
que siente, goza y sufre.
La
encontraremos todavía bajo otros aspectos al pasar a los planos más elevados;
pero la idea fundamental es siempre la misma, y también una de las ideas raíces
de la Teosofía, una de esas ideas que, claramente fijadas, sirven de hilo
conductor a través del intrincado laberinto de nuestro mundo.
EL KAMALOKA
Este término significa literalmente:
lugar o sitio del deseo, y sirve, como ya se ha dicho, para designar una parte
del plano astral, una región separada del resto de ese plano, no como lugar
distinto, sino como el estado consciente especial en que se encuentran los
seres que hay en él (I) (Los indos
llaman a este estado Pretaloka, el lugar de los Pretas. Un preta es el ser
humano que ha perdido su cuerpo físico, pero que no se ha despojado del vestido
de la naturaleza animal. No puede ir muy lejos con ese vestido, y queda preso
en él hasta que sobreviene la disgregación.)
Contiene los
seres humanos privados del cuerpo físico por el golpe de la muerte, destinados
a sufrir ciertas transformaciones purificatorias antes de entrar en la vida
pacífica y feliz propia del hombre verdaderamente dicho, del alma humana. (I) (El alma es el intelecto humano, el lazo entre
el Espíritu Divino en el hombre, y su personalidad inferior. Es el Ego el
individuo, el Yo que se desarrolla por
Esta región representa y engloba las
condiciones atribuidas a los diferentes estados intermedios, infiernos o
purgatorios, que todas las grandes religiones consideran como residencia
temporal del hombre tras el abandono de su cuerpo físico y antes de su entrada
en el cielo.
No
contiene lugar alguno de tortura externa, porque el infierno eterno, en el que
creen algunos sectarios de espíritu estrecho, no es sino una pesadilla de la
ignorancia, del odio y del miedo.
Comprende
sin embargo, a decir verdad, condiciones de sufrimiento, temporales y
purificadoras, efectos de causa que ha realizado el hombre durante su vida
terrestre.
Son así
tan naturales y tan inevitables como las consecuencias de nuestras derrotas en
el mundo, porque vivimos en un universo regido por leyes, según las cuales,
todo germen debe fructificar según su especie.
La muerte
en nada cambia la naturaleza mental y moral del hombre, y el cambio de estado
al pasar de un mundo a otro destruye su cuerpo físico pero deja al hombre tal
cual era.
El estado Kamaloka se encuentra en cada
una de las subdivisiones del plano astral, de suerte que podemos considerar el
Kamaloka como comprendido de siete regiones que se designarán a continuación:
primera, segunda, y tercera región, y así hasta la séptima contando de abajo
hacia arriba. (I) (Estas regiones se
numeran frecuentemente de arriba abajo. Esto importa poco, y aquí se numeran de
abajo hacia arriba según el método adoptado en esta obra.)
Se ha visto ya que entran en
la composición del cuerpo astral materiales tomados de todas las subdivisiones
del plano; pero la recombinación especial de estos materiales es lo que separa
a los hombres de una región de los de otra, aunque los de una misma región
pueden comunicarse entre sí.
Las siete
regiones de las subdivisiones correspondientes al plano astral, difieren en
densidad, y la densidad de la forma exterior de la entidad purgatorial
determina la región se encuentra limitada.
Estas
diferencias en el estado de la materia impiden el paso de una región a otra.
Las gentes
de una región no pueden comunicarse con las de otra, como el pez no puede
comunicarse con el águila.
El medio
necesario para la vida de uno sería fatal para la vida del otro.
Al morir el cuerpo físico, el doble
etéreo, con Prana y los demás principios, todo el hombre por consiguiente,
menos el cuerpo denso, se retira del tabernáculo de carne (término que designa
perfectamente la envoltura exterior del ser.)
Todas las
energías vitales que irradian al exterior vuelven al interior reunidas con
Prana; su retirada se manifiesta por el sopor que invade a los órganos físicos
de los sentidos.
Los
órganos están prestos a servir como siempre; pero el ser interior que gobierna,
el que ve por ellos, él oye, toca, siente y gusta, se va; sin él, solo son los
sentidos simples agregados de materia, viva, es verdad, pero sin poder alguno
de percepción.
Lentamente
el sueño del cuerpo se retira, envuelto en el doble etéreo y absorto en la
contemplación del panorama de su vida pasada, que se desarrolla ante él, a la
hora de la muerte, hasta en sus menores detalles.
En ese
cuadro están todos los sucesos de su vida, grande y pequeños.
Ve sus
ambiciones realizadas o fallidas, sus esfuerzos, triunfos, derrotas, amores y
odios.
La
tendencia predominante del conjunto surge claramente; el pensamiento director
de la vida se afirma y se imprime profundamente en el alma, señalando la región
en donde pasará la mayor parte de su existencia póstuma.
Solemne es
el instante en que el hombre, frente a frente de su vida, oye salir de labios
de su pasado el augurio de su porvenir.
En breve
espacio de tiempo se ve como es, reconoce el fin de su vida y sabe que la ley
es poderosa, justa y buena.
Luego de
roto el lazo magnético entre el cuerpo denso y el etéreo, estos asociados de
toda una vida se separan, y salvo en casos excepcionales, el hombre cae en
apacible inconsciencia.
La calma y el respeto deben presidir la
conducta de quienes rodean el lecho del moribundo, a fin de que un silencio
solemne facilite el examen de su pasado al alma que se va.
Los gritos
y lamentos ruidosos producen sobre ella penosa impresión y pueden perturbar el
mantenimiento de su impresión.
Es desde
luego a la vez impertinente y egoísta interrumpir por el disgusto de una
pérdida personal, la calma que le debe ayudar y apaciguar.
La
religión ha prescripto sabiamente oraciones para los agonizantes, porque
mantienen la calma y provocan aspiraciones desinteresadas que ayudan al
moribundo.
Como todo
pensamiento amante, contribuyen a defender y proteger.
Algunas horas después de la muerte, unas
treinta y seis por regla general, el hombre se retira del cuerpo etéreo.
Este
último, abandonado a su vez como cadáver inerte, queda cerca del cadáver denso
y comparte con él su suerte.
Si el
cuerpo denso se entierra, el doble etéreo flota sobre la tumba, disgregándose
lentamente; y la penosa impresión que muchas personas experimentan al visitar
los cementerios, se debe en gran parte a la presencia de los cadáveres etéreos
en descomposición.
Por el
contrario, cuando se quema el cuerpo, el doble etéreo se dispersa rápidamente,
porque pierde su punto de apoyo y su centro de atracción física.
Esta es
una de las razones, entre otras muchas, para preferir la cremación a la
inhumación, como medio de disponer de los cadáveres.
La retirada del hombre de su doble etéreo
va acompañada de la retirada de Prana, que vuelve desde entonces al gran
depósito de la vida universal; mientras que el ser humano, presto a pasar a
Kamaloka, sufre una recomposición de su cuerpo astral, por lo que éste podrá
someterse a las transformaciones purificadoras que necesita la liberación del
hombre mismo. (I) (Esta recomposición
determina lo que los indos llaman Yätanä o cuerpo de sufrimiento; o bien en
caso de hombres perversos, que tengan en su cuerpo astral preponderancia de
elementos densísimos, el Dhruvam, o cuerpo fuerte.)
Durante la
vida terrestre, los diversos estados de la materia astral se mezclan con la
formación del cuerpo astral, como hacen los sólidos, los líquidos y los gases
en el interior del cuerpo físico.
La
recomposición del cuerpo astral después de la muerte, apareja la separación de
esos materiales por orden de densidad, en una serie de envolturas o capas
concéntricas, la más sutil dentro y la más densa fuera, estando cada capa
formada por la materia de una sola subdivisión del plano astral.
El cuerpo
astral viene a ser, pues, un conjunto de siete capas superpuestas, un séptuple
estuche de sustancia astral, donde puede decirse muy bien que el hombre está
preso, pues solo la ruptura de esas capas le ha de libertar.
Se
comprenderá ahora la importancia capital de la purificación del cuerpo astral
durante la vida terrestre.
El hombre
queda detenido en cada una de esas subdivisiones del Kamaloka hasta que la
envoltura de materia de esa subdivisión esté suficientemente disgregada para
permitirle pasar a las subdivisiones siguientes.
Además,
según la actividad conscientemente desplegada por el ser durante su vida en tal
o cual estado de la materia astral, se encontrará despierto y consciente en la
región que le corresponda después de su muerte; o bien no hará sino pasar,
inconscientemente, absorto por sueños agradables y quedar retenido durante el
tiempo que en aquel estado exija la disgregación mecánica de su envoltura.
El hombre espiritualmente desarrollado, que
ha purificado su cuerpo astral hasta el punto de que los elementos estén
tomados tan sólo de la materia más sutil de cada subdivisión del plano, no hará
sino atravesar el Kamaloka sin detenerse en él.
Su cuerpo
astral se disgregará con rapidez extrema y quedará sin disgusto en el lugar que
su destino le asigne, según el grado de evolución que haya alcanzado.
Un hombre menos evolucionado, pero cuya
vida haya sido pura y sobria, que no haya estado apegado a las cosas de la
tierra, atravesará el Kamaloka con vuelo menos rápido; soñará pacíficamente,
inconsciente de lo que lo rodee, mientras su cuerpo mental vaya desechando
sucesivamente las diversas capas astrales, y despertará por fin al alcanzar las
moradas celestes.
Otros, menos desarrollados todavía,
despertarán después de haber atravesado las regiones inferiores del plano
astral, readquiriendo conciencia en la división que corresponda a su actividad
consciente durante la vida terrestre, pues el ser se despierta al contacto de
las impresiones familiares, aunque las reciba entonces directamente por el
cuerpo astral sin auxilio del cuerpo físico.
Los que
hayan vivido en el seno de las pasiones animales despertarán en la región que
corresponda a esas pasiones, pues cada hombre se coloca exactamente en el sitio
que él mismo se asigna.
El caso de supresión brusca de la vida
física por accidente, suicidio, asesinato o muerte repentina bajo cualquier
forma que sea, merece atención especial, porque difiere de la muerte ordinaria
que sigue al agotamiento de las energías vitales por vejez o enfermedad.
Si la
víctima es pura y de tendencias espirituales, será objeto de protección
especial y dormirá tranquilamente hasta el término de su existencia física
normal.
Pero si es
de otro modo, quedará consciente, aunque incapaz de darse cuenta de que ha
perdido su cuerpo físico, y obsesionada a veces durante algún tiempo por la
escena fatal de horrores a que no puede sustraerse.
En todo
ese tiempo quedará en la región del plano astral con la que esté en relación
por la zona más externa de su cuerpo astral.
Para un
alma semejante, la vida regular del Kamaloka comienza cuando ha agotado la
trama de su existencia terrestre normal; y tiene conciencia muy viva de los
objetos físicos astrales que la rodean.
Un asesino
ejecutado por su crimen, continúa (según el testimonio de uno de los Maestros
que instruyeron a H. P. Blavatsky) viviendo
y reviviendo en Kamaloka la escena del crimen y los sucesos siguientes,
repitiendo sin cesar su acto diabólico, volviendo a pasar por todos los
terrores de la prisión y del suplicio.
Del mismo
modo, un suicida repetirá automáticamente los sentimientos de desesperación y
temor que precedieron a su crimen, y renovará casi indefinidamente con lúgubre
persistencia el acto fatal y la lucha de la agonía.
Una mujer
muerta el llamas, presa de terror loco después de esfuerzos desesperados para
escaparse, creó tal tempestad de emociones tumultuosas, que cinco días después
luchaba todavía desesperadamente viéndose rodeada de llamas y rechazando
violentamente todos los esfuerzos que se hacían para tranquilizarla.
Otra
mujer, en cambio, ahogada en una tempestad, murió con el corazón tranquilo y
lleno de amor, teniendo a su niño en brazos, más allá de la muerte pudo ser
observada, durmiendo sosegadamente y soñando con su marido y sus hijos que se
le aparecían en dichosas visiones tan límpidas como la realidad.
En los casos más comunes, la muerte por
accidente es un desventaja real, resultado de alguna falta grave (1) (No es necesario por una falta cometida
en la vida presente. La ley de casualidad se estudiará con detenimiento en el
capítulo IX); pues el hecho de tener plena conciencia en las regiones
inferiores del Kamaloka, estrechamente unidas a la tierra, entraña
inconvenientes y hasta peligros.
El hombre
está absorto por proyectos e intereses que han ocupado su vida y tiene
conciencia de la presencia de las gentes y de las cosas que a ello se refieren.
Se siente
casi irresistiblemente lanzado a efectuar todos sus esfuerzos para influir en
negocios a que sus pasiones y sentimientos le atan todavía.
Se
encuentra, pues, ligado por sus deseos al mundo físico, aunque ha perdido ya
todos los órganos habituales de actividad.
El único
medio para llegar a la paz en apartar resueltamente su pensamiento de la tierra
y fijarlo en cosas más altas; pero el número de los que tienen valor para tal
esfuerzo es comparativamente muy reducido, a pesar de los auxilios que siempre
ofrecen los trabajadores del plano astral, cuya tarea consiste en ayudar y
guiar a los que han dejado este mundo (I)
(Estos trabajadores son discípulos de algunos de los Grandes Maestros que guían
y ayudan a la humanidad y que tienen el deber especial de socorrer a las almas
necesitadas de asistencia.)
Con
frecuencia esas almas sufrientes, incapaces de soportar su inacción forzada,
buscan la ayuda de un sensitivo con el que puedan relacionarse para ocuparse
una vez más en los negocios terrestres.
A veces
también, obsesionando a algún médium disponible, se esfuerzan en emplear su
cuerpo para sus propios fines.
Contraen
así grandes responsabilidades para lo por venir.
No sin
razón oculta la Iglesia nos enseña esta oración: “De guerra, de asesinato y
muerte repentina, líbranos Señor:”
Podemos ahora considerar una a una las
subdivisiones del Kamaloka para formarnos idea de las condiciones que el hombre
separa, en este estado intermedio, por los deseos que nutre durante su vida
física.
Porque es
preciso recordar que la suma de vitalidad en cualquiera de las capas, y por
consiguiente el período de la detención correspondiente, dependen de la suma de
energía comunicada durante la vida terrestre al género de materia astral de la
que esa capa se compone.
Si las
pasiones más bajas han sido activas, la materia astral más densa, fuertemente
vitalizada predominará en cantidad.
Este
principio tiene aplicación a través de todas las regiones del Kamaloka, de
suerte que el hombre, durante su misma vida, puede darse cuenta exactísima del
porvenir inmediato que se prepara cada día siguiente a la muerte.
La primera división, la más inferior,
contiene las condiciones que responden a los diferentes géneros de “infiernos”
descritos por los libros santos indos y buddhistas.
Es preciso
comprender que el hombre, al pasar de uno a otro de esos estados purgativos, no
se desembaraza realmente de las pasiones y de los viles deseos que le han
llevado allí.
Semejantes
elementos persisten, porque son parte integrante de su carácter y quedan
latentes, como en germen, en la mente, para estallar y formar su naturaleza
pasional cuando esté pronto a renacer en el mundo físico.
Su
estancia en la más baja región del Kamaloka se debe exclusivamente a la
presencia, en su cuerpo Kámico, de gran proporción de materia perteneciente a
esta región; y queda prisionero en ella hasta que la capa de que se compone
está suficientemente disgregada para permitir al hombre ponerse en contacto con
la región inmediata superior.
La atmósfera de ese lugar es sombría,
pesada, triste, deprimente en grado inconcebible; parece impregnada de todas
las influencias más opuestas al bien.
Tal es su
carácter esencial, engendrado por los mismos cuyas malas pasiones le han
llevado a ella.
Todo deseo
y sentimiento hórrido encuentra allí los materiales más adecuados para su
expresión.
No falta
nada de lo que puede haber en un lugar más infecto, sin contar con que todos
los horrores que se ocultan a la vida física se manifiestan allí en toda su
espantosa desnudez.
El
carácter repugnante de esta región acrecentase por el hecho de que, en el mundo
astral, la forma de adapta al carácter.
El hombre
presa de pasiones malsanas tiene, pues, todo el aspecto de lo que es.
Los
apetitos bestiales dan al cuerpo astral aspecto bestial, y las terribles
formas, semi—humanas, semi—animales, son la vestidura más adecuada a las almas
parecidas a las bestias.
En el
mundo astral nadie puede ser hipócrita ni disimular sus malos pensamientos bajo
el velo de apariencia virtuosas.
Todo lo
que es un hombre, se ofrece en su forma y en su aspecto exterior, irradiando
belleza cuando su pensamiento es noble, y infundiendo fealdad cuando es vil.
Se
comprenderá, pues fácilmente, cómo los Maestros, tales como Buddha, con la
visión infalible de aquellos a quienes todos los mundos están abiertos,
pudieron describir lo que veían en esos infiernos con un lenguaje de terrible
realismo, que parece increíble a los lectores de hoy, porque olvidan que las
almas, una vez libertadas de la materia grosera y poco plática del mundo
físico, se aparecen bajo la forma que les corresponde, teniendo exactamente el
aspecto de lo que son en verdad.
En este
mismo mundo de aquí abajo, un facineroso envilecido tiene por lo general
aspecto repugnante.
¿Qué habrá
de esperar, pues, de la materia astral plástica, que se adapta al menor impulso
de los deseos criminales?
Es
completamente natural, pues, que un hombre tal revista forma horrible y que se
manifieste con verdadero lujo de odiosas transformaciones. Conviene recordar
que la población de ese abismo del Kamaloka se compone de la escoria de la
humanidad; asesinos, bandidos, criminales de todo género, borrachos,
libertinos; en una palabra, de todo lo más vil del género humano.
Nadie se
encuentra allí, con la conciencia despierta a lo que le rodea a no ser un
culpable de un crimen brutal, de una crueldad obstinada y persistente, o
víctima de algún vicio abyecto.
Las únicas
personas de carácter más elevado que sin embargo se encuentran retenidas allí
por algún tiempo, son los suicidas que poniendo fin a sus días intentaron
sustraerse a los castigos terrestres.
No hacen
sino agravar su situación.
No se
encuentran allí, naturalmente, todos los suicidas, porque el suicidio puede
haberse efectuado por motivos muy diversos; se encuentran los que cobardemente
quisieron evitar las consecuencias de sus propias acciones.
Aparte de la lobreguez del lugar y de las
compañías abyectas que encuentra, el hombre mismo es allí el creador inmediato
de su propia miseria.
Como no
experimenta otro cambio que la pérdida de su velo corporal, manifiesta sus
pasiones con toda su fealdad original y su brutal desnudez.
Llenos de
apetitos feroces e insaciables, inflamados de venganza, odio y concupiscencias
que no pueden satisfacer, por falta de órganos, las almas vagan furiosas y
ávidas a través de aquél lúgubre ambiente.
Se
congregan en los peores lugares de la tierra, cerca de las casas de lujuria, de
los sitios de embriaguez, excitando los concurrentes asiduos a esos lugares a
la deshonestidad y a la violencia, buscando el momento de obsesionarlos y
llevarlos a los mayores excesos.
La
sofocante atmósfera que se observa en esos sitios se debe en gran parte a la
presencia de esas entidades ligadas a la tierra, poseídas de pasiones abyectas
y de infames deseos.
Los
médium, a menos que no tengan carácter noble y puro, son principalmente el
objeto de sus ataques.
Con
frecuencia, faltos de voluntad, debilitados por el abandono pasivo de su cuerpo
a la ocupación temporal de otras entidades desencarnadas, quedan poseídos por
esos seres malos y arrastrados a la intemperancia y a la locura.
Los
asesinos ejecutados, llenos de terror, de odio y de venganza in—saciados,
renuevan sin cesar su crimen por impulso maquinal y reproducen mentalmente los
terribles sucesos, envolviéndose en una atmósfera de pensamientos—formas
(formas creadas) de crimen.
Llevados
hacia cualquiera, alimentan sentimientos de odio o de venganza e incitan a
cometer el crimen que meditan.
Se verá a
veces, en esta región, aun asesino constantemente seguido por su víctima, a
cuya angustiosa presencia no puede sustraerse, forma inerte que persigue sus
pasos con persistencia inquebrantable, a pesar de los esfuerzos que haga aquél
para desembarazarse de ella.
Y la
víctima, a menos que no tenga carácter vil, es inconsciente, y su propia
inconsciencia contribuye a acrecentar el horror en el culpable a quién persigue
maquinalmente.
Aquí también encontramos el infierno del
vivisector, pues la crueldad atrae el cuerpo astral los materiales más densos y
las combinaciones más repugnantes de la materia astral.
Vive entre
las formas de sus mutiladas víctimas, gimientes, trémulas, aullantes,
vivificadas no por las almas de los mismos animales, sino por la vida elemental
estremecida de odio contra el sacrificador.
Este
mismo, con regularidad automática, repite sus nefastos experimentos, consciente
de su horror, imperiosamente lanzado a infligir de nuevo el tormento por la
costumbre contraída en su vida terrestre.
Antes de abandonar esta triste región
recordaremos que no hay en ella castigos arbitrariamente infligidos por lo
exterior, sino que son inevitable efecto de las causas que ha puesto en juego
cada uno.
Durante su
vida física, esos hombres cedieron a los más viles impulsos, atrajeron y
asimilaron a su cuerpo astral los materiales que únicamente pueden vibrar en
respuesta a esos impulsos.
Ahora,
pues, ese cuerpo que ellos mismos construyeron, se convierte en prisión de su
alma y ha de caer arruinado antes de que logre evadirse de él.
¿El
borracho no tiene forzosamente que vivir aquí abajo, en su repugnante cuerpo
físico, abrazado por el alcohol?
Pues la
misma ley le obligará vivir en Kamaloka, en su cuerpo astral no menos
repugnante.
La semilla
sembrada se recoge según su especie; tal es la ley en todos los mundos y nadie
puede sustraerse a ella.
A decir
verdad, el cuerpo astral no es allí ni más escandaloso ni más horrible que
cuando el hombre vivía sobre la tierra y producía en torno a él una atmósfera
fétida por sus emanaciones astrales; pero las gentes de la tierra no se daban
cuenta de su fealdad, porque astralmente son ciegas.
Cuando consideramos, además, a esos
desgraciados que son nuestros hermanos, podemos consolarnos pensando que sus
sufrimientos son temporales y que dan a la vida del alma una lección sumamente
necesaria.
Bajo la
reacción de las leyes de la naturaleza que violó, aprende la existencia de
estas leyes y la miseria que inevitablemente dimana de no observarla en la vida
y conducta del hombre.
La
naturaleza no nos economiza nada; pero en último término sus lecciones son
elocuentes, porque aseguran nuestra evolución y conducen al alma a la conquista
de la inmortalidad.
Pasemos a una región menos sombría.
La segunda
subdivisión del mundo astral puede considerarse como reproducción astral del
mundo físico.
Con
efecto, la materia de esta región predomina en la composición en la composición
del cuerpo astral de los objetos materiales, así como en la mayoría de los
hombres.
Ninguna
región esta más estrechamente relacionada con el mundo físico.
La mayoría
de los “muertos” residen aquí durante cierto tiempo y gran número de ellos
tienen aquí plena conciencia.
Se
interesaron por la nimiedades y trivialidades de la existencia, se apegaron a
las fruslerías; muchos se dejaron dominar por su naturaleza inferior y murieron
llevados vivos sus apetitos, deseos y goces físicos.
Cómo tal
fué el empleo de sus energías vitales, edificaron su cuerpo astral con
materiales que responden con facilidad a los contactos físicos.
Después de
la muerte, este cuerpo astral sólo puede retenerlos en la proximidad de objetos
terrestres.
Estas
gentes son, en su mayoría, descontentos, ambiciosos, inquietos, con más o menos
sufrimiento según su intensidad de los deseos que no pueden satisfacer.
Algunos
sufren de hecho una angustia real y en ella permanecen largo tiempo hasta que
se limpian de sus concupiscencias terrenas.
Muchos de
ellos prolongan inútilmente su estancia tratando de comunicarse con la tierra,
de llevar a ella los intereses a que están ligados, a favor de los médium que
les prestan el cuerpo físico, supliendo así la carencia del suyo propio.
De esta región proviene, en general, la
vana charlatanería, tan conocida del que haya frecuentado las secciones
espiritistas públicas—charla de portera y moralidad de la casa de huéspedes.
El
elemento femenino está en mayoría.
Estas
almas, ligadas a la tierra, tienen por lo general escasa inteligencia, y sus
comunicaciones no revisten otro interés, para el que ya está convencido de la
existencia del alma después de la muerte, que el que tendría su conversación en
la tierra.
Además,
como aquí abajo, esos desgraciados son tanto más afirmativos cuanto más
ignorantes e imponen a sus fieles, como última concepción del mundo invisible,
el conocimiento limitado que ellos mismos tienen.
Después de
la muerte, como antes de ella,
Confunden las hablillas de su
pueblo
con los
grandes rumores del universo.
Se encuentran también en esta región las
gentes que muertas con alguna preocupación tratan de comunicarse con sus amigos
a fin de arreglar el asunto terrestre que les preocupa.
Si no
logran manifestarse, o trasmitir su deseo a
algún amigo bajo la forma de sueño, pueden ocasionar muchas molestias por golpes u otros ruidos hechos
para atraer la atención o provocados inconscientemente por sus impacientes
esfuerzos.
En tal
caso, una persona competente hará obra de caridad comunicando con la entidad
angustiada para saber lo que desea.
Esta
intervención bastará en ocasiones para devolver la quietud amenazada.
En esta
región, el alma está fácilmente expuesta a fijar su atención en la tierra,
aunque no lo solicite espontáneamente.
Semejante
flaco servicio lo hacen con demasiado frecuencia los tristemente apasionados y
el ardiente deseo que de su querida presencia sienten los amigos que dejó en la
tierra.
Los
pensamientos—formas engendrados por estos sentimientos, se posan alrededor del
alma y la despiertan de pronto cuando duerme apasiblemente.
Otras
veces, cuando tiene conciencia, su atención queda violentamente atraída hacia
la tierra de que debe alejarse.
En el
primer caso, sobre todo, el egoísmo inconsciente de los amigos que hay en la
tierra, perjudica a los muertos amados, de tal modo, que esos mismos amigos
serían los primeros en lamentarlo si fueran conscientes.
Quizá la
comprensión de los sufrimientos infligidos sin necesidad por esta causa a los
que abandonaron la tierra, ayude a algunos a reconocer la autoridad de los
preceptos religiosos que ordenan la sumisión a la ley divina y la represión del
dolor excesivo y tumultuoso.
La tercera
y la cuarta región del Kamaloka difieren poco de la segunda y pueden
considerarse casi como etéreas.
La cuarta
es más sutil que la tercera, pero las características generales de las tres
regiones son las mismas.
Encontramos
aquí almas de un tipo más evolucionado, y aunque estén retenidas en este lugar
por la envoltura debida a la actividad de los interese terrestres, su atención
se dirige por lo general hacia adelante y no hacia atrás.
Mientras
no se les llama por fuerzas a los negocios de la vida física, pasan sin
preocuparse de ellos.
Permanecen,
sin embargo, accesibles todavía a las impresiones terrestres, y el interés cada
día más débil que tienen por los asuntos mundanos puede despertarse por los
clamores de aquí abajo.
Un gran
número de personas instruidas y reflexivas que , no obstante, se dejaron
absorber por los cuidados del mundo, tienen conciencia en esas regiones.
Se les
puede obligar a comunicarse por los médium, pero es raro que busquen por sí
mismos tal comunicación.
Sus
palabras tienen con toda evidencia mayor valor que las que preceden de los de
la segunda región.
No
ofrecen, sin embargo, más interés que la conversación de esas mismas personas
en su vida.
La
iluminación espiritual no procede, por lo demás, del Kamaloka.
La quinta
subdivisión del Kamaloka ofrece muchas características nuevas.
Su aspecto
es claramente luminoso o radiante y muy atractivo para quien sólo está
acostumbrado a los sombríos colores de la tierra, justificando el epíteto de
astral, estrellado, que se da al conjunto del plano.
Aquí se
encuentran todos los cielos materializados que tan importantes papel desempeñan
en las religiones del mundo.
Las
cacerías celestes del piel roja; en el Walhalla del escandinavo; el paraíso
lleno de Huríes, del musulmán;
Los
rígidos devotos que se apegan desesperadamente a la “letra que mata”,
encuentran aquí la satisfacción literal de sus deseos.
Gracias a
su `potencia imaginativa, alimentada por la corteza estéril de los libros
santos del mundo, construyen
inconscientemente con materia astral los castillos en el aire en que sueñan.
Las
creencias religiosas más extrañas encuentran aquí su realización informe y
temporal, y los sectarios de las letras de todas las religiones, deseosos de su
exclusiva salvación en el cielo más materialista que pueda imaginarse,
encuentran satisfacción en este lugar que les conviene perfectamente, rodeados
como se hallan de las mismas condiciones a las que ajustaron su fe.
Los
religiosos y filántropos que no tuvieron otro propósito que ejecutar sus
propios caprichos e imponer al prójimo su manera de ver, en vez de trabajar
desinteresadamente por el acrecentamiento de la virtud y de la dicha humanas,
se encuentran aquí a sus anchas y organizan reformatorios, asilos y escuelas
con plena satisfacción personal; y en ocasiones se regocijan al meter mano
astral en cualquier asunto terreno, a favor de un médium dócil al que dirigen
con la mayor condescendencia.
Edifican
astralmente iglesias, casas escuelas, reproduciendo los cielos materiales que
ambicionaron, y aunque a la mirada
clarividente puedan parecer sus construcciones imperfectas, y con algo
dolorosamente grotesco, para ellos nada dejan de desear.
Los
sectarios de una misma religión se reúnen y cooperan de maneras diferentes,
formando comunidades que difieren entre sí tanto como las comunidades análogas
de aquí abajo.
Cuando se
les atrae hacia la tierra, buscan en general, correligionarios y compatriotas,
no por afinidad natural, sino porque las barreras del idioma persisten en
Kamaloka, como denotan los mensajes recibidos en los círculos espiritistas.
Las almas
de esta región toman a veces vivo interés por las tentativas efectuadas para
establecer comunicaciones entre este mundo y el suyo; y de ahí que de la
religión inmediatamente superior
provengan los espíritus guías de gran número de médium.
Esas almas
saben generalmente que hay ante ellas una posibilidad de existencia más
elevada, y que están destinadas a pasar, tarde o temprano, a mundos donde la
comunicación con esta tierra no les será posible.
La sexta región del Kamaloka asemejase a
la quinta, pero es mucho más sutil.
Se
encuentra poblada principalmente de almas más evolucionadas, que acaban de
gastar la envoltura astral, a través de la cual sus energías mentales se
manifestaron en gran parte durante la vida física.
Su detención se debe al preponderante papel
desempeñado por el egoísmo de su vida intelectual y artística, y a que
prostituyeron sus talentos, de un modo refinado y delicado, en pro de la
naturaleza sensible.
Les rodea
todo cuanto de más bello en Kamaloka, porque su pensamiento creador modela la
sustancia luminosa de su estancia pasajera en paisajes admirables, en
palpitantes océanos de luz, en montañas con picos de nieve, en fértiles
llanuras y en escenas de hechizante belleza, aun comparadas con lo más
exquisito de la tierra.
Se
encuentran igualmente aquí los devotos de las religiones, pero de tipo más
elevado que de la subdivisión precedente, con sentimientos más justo de sus
propias limitaciones.
Todos
confían seguramente en dejar su estancia actual para pasar a más elevada esfera.
La séptima y superior subdivisión del
Kamaloka, está ocupada casi exclusivamente por los intelectuales, hombres y
mujeres, que tuvieron sobre la tierra vigorosos materialismo o estuvieron de
tal modo sujetos a los medios por los cuales el mental inferior adquiere
conocimientos en el cuerpo físico, que continúan persiguiendo esos
conocimientos según el antiguo método, aunque con facultades más desarrolladas.
Recuerda
uno instintivamente cuan hostil era Carlos Lamb a quién la idea de que en el
cielo había de adquirir el conocimiento por “no sé que raro procedimiento de
intuición” en vez de adquirirlo en “sus queridos libros”.
Más de un
sabio vive durante años, y siglos a veces (según H. P. Blavatsky) en una
verdadera biblioteca astral, recorriendo ávidamente todas las obras que tratan
de su tema favorito, perfectamente satisfecho de su suerte.
Quienes
concentraron toda su energía en una dirección cualquiera de investigación
intelectual y abandonaron el cuerpo físico sin calmar su sed de conocimientos,
continúan persiguiendo su objeto con infalible persistencia, unidos por ese
trabajo al mundo físico.
Con
frecuencia tales hombres son todavía escépticos en cuanto a las posibilidades
superiores que les aguardan, retroceden ante la
perspectiva de lo que les parece realmente una segunda muerte, la
pérdida de la conciencia que precede al nacimiento del alma a la vida superior
del cielo.
Los
políticos, los hombres de estado y los hombres de ciencia permanecen algún
tiempo en esta región, despojándose lentamente de su envoltura astral, sujetos
todavía a la existencia terrestre por el vivo interés que prestan a los
movimientos en que tan gran papel desempeñaron y por el esfuerzo que hacen para
efectuar astralmente aquellos proyectos que la muerte les impidió realizar.
Para todos, salvo para la ínfima minoría
que no experimentó sobre la tierra un sólo movimiento de amor desinteresado o
de aspiración intelectual, que vivió sin reconocer jamás algo elevado que su
yo; para todos llega, tarde o temprano, un tiempo en que por fin se desatan las
ligaduras del cuerpo astral.
El alma
adquiere momentáneamente conciencia de lo que le rodea, conciencia semejante a
la que sigue a la muerte física, pues se despierta por un sentimiento de
felicidad intensa, inmensa, insondable, imposible de imaginar aquí abajo, de la
felicidad del mundo celeste, del mundo a que por naturaleza pertenece el alma.
Pudo haber
nutrido muchas pasiones viles y bajas, muchas codicias vulgares y sórdidas;
pero ha visto resplandores de naturaleza más elevada, resplandores
interrumpidos, esparcidos, de una región más pura.
Entonces,
estos resplandores maduran por ser ya época de la cosecha, y los pobres y
débiles recogen el fruto que les pertenece.
Por esto
va el hombre muy lejos a recoger esa cosecha celeste, a fin de comerla y
asimilarse sus frutos.
El cadáver astral, como se le llama a
veces, o el cascarón astral de la entidad de que es parte, se compone de restos
de las siete capas concéntricas anteriormente descritas, restos mantenidos en
conjunto por la remanencia magnética del alma.
Cada capa
o corteza, a su vez, se disgrega hasta reducirse a fragmentos esparcidos, que
quedan sujetos, por la atracción magnética, a las capas que todavía subsisten.
Cuando
todas quedan reducidas a semejante condición, incluso la séptima, la más
interna, el hombre mismo escapa dejando tras sí esos restos.
El
cascarón flota luego a través del mundo astral, repitiendo de una manera
automática sus vibraciones acostumbradas, y a medida que el magnetismo
remanente va perdiéndose, se descompone el cascarón cada vez más y acaba por
disolverse del todo, restituyendo sus materiales al fondo común de la materia
astral, como el cuerpo físico devuelve al mundo físico los elementos de que se
componía.
El cascarón astral va de un lado a otro
según las corrientes astrales, y si no esta muy descompuesto puede vitalizarse
por el magnetismo de las almas encarnadas en la tierra, siendo así capaz de
alguna actividad.
Absorbe el
magnetismo como una esponja el agua, repitiendo con intensidad marcadísima las
vibraciones a que ha estado acostumbrado en otro tiempo.
Semejantes
vibraciones se ponen de manifiesto generalmente bajo la acción de algún
pensamiento común al alma desaparecida y a sus amigos terrestres, y el
cascarón, así vitalizado, puede desempeñar muy regularmente el papel de
inteligencia comunicante.
Se
distingue, sin embargo, aparte del empleo de la visión astral, por la
repetición automática de los pensamientos familiares, así como por la carencia
de toda idea original y de todo conocimiento adquirido después de la muerte
física.
Así como las almas pueden hallar en su
progreso obstáculos opuestos por los amigos ignorantes e irreflexivos, es
posible, igualmente, que reciban socorro por esfuerzos sabios y bien dirigidos.
Por eso,
todas las religiones, que conservan algún vestigio de la oculta sabiduría de
sus fundadores, prescriben preces u oraciones fúnebres.
Estas
oraciones, como las ceremonias que las acompañan, son más o menos eficaces
según el conocimiento, el amor y la fuerza de voluntad que las anima.
Tienen por
base el principio universal de la vibración, según la cual está construido,
modificado y conservado el universo.
Los
sonidos engendran vibraciones y modelan la materia astral en formas
determinadas que el pensamiento anima por medio de las palabras.
Estos
pensamientos—formas se dirigen hacia la entidad que está purgando, y obran
sobre su astral precipitando su disolución.
Con la
decadencia del saber oculto, estas ceremonias han venido a ser cada vez menos
eficaces y hasta de utilidad casi nula.
Sin
embargo, cuando se efectúan por un hombre de saber, ejercen la influencia
apetecida.
Por lo
demás, cada uno puede ayudar a sus muertos amados enviándoles pensamientos de
amor y de paz, y haciendo votos por un rápido progreso a través del Kamaloka y
por su liberación de las trabas astrales.
Que
nuestros muertos no sigan solitarios su camino, sin el auxilio de nuestros
pensamientos—formas más cariñosos, abandonados a los ángeles custodios que
deben guiarlos y animarlos en su marcha hacia la dicha.
EL PLANO MENTAL
SABIDURÍA ANTIGUA
Según su nombre indica, el plano mental es
el dominio propio de la conciencia cuando actúa como pensamiento.
En el
plano de la inteligencia, no en función por medio del cerebro, sino en su
propio mundo, libertada de las ligaduras del espíritu—materia físico. La
palabra inglesa man (hombre) viene de la sánscrita man, raíz del verbo que
significa pensar.
Así man
(hombre significa pensador, designándose al hombre por la inteligencia como su
más característico atributo.
En inglés encontramos únicamente la
palabra mind (mente) para designar a la vez la propia conciencia intelectual y
los efectos producidos sobre el cerebro físico por las vibraciones de la
conciencia.
Pero
debemos considerar ahora la conciencia intelectual como entidad distinta, como
individualidad y ser real.
Las
vibraciones de su vida son pensamientos son imágenes y no palabras.
Esta
individualidad es Manas, el Pensador (I) (De
Es él yo
que revestido de la materia de las subdivisiones superiores del plano mental
trabaja bajo las condiciones que esa materia le impone.
Sobre el
plano físico se revela su presencia por las vibraciones que transmite al
cerebro y al sistema nervioso.
Estos
órganos responden a las vibraciones de su vida por las vibraciones simpáticas;
pero a causa de la densidades sus materiales, no pueden reproducir sino una
parte muy débil de las vibraciones recibidas, y aún de manera muy imperfecta.
Del mismo
modo que la ciencia afirma la existencia de una inmensa serie de vibraciones
del éter, serie de la cual sólo percibimos un fragmento, el espectro solar
luminoso, el aparato físico del pensamiento, el cerebro y el sistema nervioso,
no pueden pensar sino un pequeño fragmento de la inmensa serie de vibraciones
mentales emitidas por el Pensador en su propio mundo.
Los
cerebros muy receptivos responden a un grado que convenimos en denominar gran
potencia intelectual; y los excepcionalmente receptivos responden a lo que se
llama genio.
En fin,
los cerebros excepcionalmente inertes responden solamente al grado denominado
idiotez.
Cada uno
de nosotros envía a su cerebro millones de ondas mentales a las que el órgano
puede responder por la densidad de sus materiales; y lo que se llama poder
mental de un hombre está en relación directa con esta sensibilidad.
Antes de
estudiar al Pensador convendrá considerar el mundo que ocupa, es decir, el
plano mental mismo.
El plano mental es el que sigue al
astral.
No está
separado de él sino por la diferencia de los materiales, lo mismo que el plano
astral del plano físico.
Podemos
así repetir en la comparación del plano mental y del astral lo ya dicho al
comparar el plano astral y el plano físico.
La vida
sobre el plano mental es más activa que en el astral y la forma en él es más
plástica.
El
espíritu—materia se halla mucho más vitalizado y sutil que la materia del mundo
astral.
El átomo
más sutil de materia astral contiene en su cubierta esferoidal innumerables
agregados de la materia mental más densa, de suerte que la disgregación del
átomo astral pone en libertad una cantidad de materia mental de variedades muy
densas.
En tales condiciones, se comprenderá que
es muy activa la acción de las fuerzas vitales sobre este plano, puesto que la
masa que ha de mover es infinitamente menor.
La materia
está animada de un movimiento continuo e incesante, toma forma al menor
estremecimiento de vida, y se adapta sin vacilación a los menores matices de
esas vibraciones.
La
substancia mental, como se la ha llamado, hace aparecer denso, pesado y
empañado al espíritu—materia astral, tan maravillosamente luminoso cuando se le
compara con la materia física.
Pero la
ley de analogía conserva todo su valor, y será para nosotros un hilo conductor a través de esta
región súper—astral, lugar que es nuestro lugar de nacimiento, nuestra
verdadera patria, aunque lo ignoremos, presos como estamos en un país de
destierro, y a pesar también de la extravagancia que reviste a nuestros ojos la
descripción de esta región gloriosa.
Aquí
también, como en los dos planos inferiores, hay siete subdivisiones del
espíritu—materia; y aquí también, estas variedades forman innumerables
combinaciones de toda clase de complejidad, constituyendo los sólidos, los
líquidos, los gases y los éteres del plano mental.
Esto no es
más que una manera de hablar, porque la palabra sólido parece absurda aun
hablando de las formas más sustanciales de la materia mental, y no tenemos
otros calificativos de los que se basan sobre las condiciones físicas.
Bástenos
comprender, por lo demás, que este plano sigue la ley y orden general de la
naturaleza, que apareja para nuestro globo una base septenaria; y que las siete
subdivisiones de su materia decrecen en densidad con relación unas a otras como
los sólidos, los líquidos, los gases y los éteres; y que la séptima y última
subdivisión se hallan exclusivamente compuesta de los más sutiles átomos
mentales.
Estas subdivisiones se clasifican en dos
grupos, a los que se les ha dado el nombre no muy apropiados y al primer
intento ininteligible, de: “no formal” y “formal” (I) (En sánscrito Arupa y Rupa. —Rupa significa
forma, envoltura, cuerpo.)
Las cuatro
subdivisiones inferiores constituyen el segundo grupo, y los tres superiores el
primero.
Esta
agrupación es necesaria porque hay una distinción muy real, aunque es muy
difícil de definir.
Estas
regiones corresponden en la conciencia humana a las mismas divisiones de la
inteligencia, como se verá más claramente luego.
Quizás se
podría expresar mejor semejante distinción diciendo que, en las cuatro
subdivisiones inferiores, las vibraciones de la conciencia dan origen a formas,
imágenes o representaciones, apareciendo cada pensamiento como una forma viva;
mientras que en las tres subdivisiones superiores, aunque la conciencia también
produce vibraciones, parece más bien emitirlas como una ola poderosa de energía
viva que no se incorpora en imágenes distintas mientras está en esa región
superior, sino que engendra formas múltiples, ligadas entre sí por una
condición común, desde que penetra en los mundos inferiores.
La más
íntima analogía que se puede encontrar para la concepción que se trata de
exponer es la de los pensamientos abstractos y los concretos.
La idea
abstracta de un triángulo no tiene forma, pero sirve para designar todas las
figuras limitadas por tres líneas rectas, cuyos ángulos suman dos rectos.
Tal idea,
condicionada, pero sin forma, al proyectarse en el mundo inferior, dará origen
a una infinita variedad de triángulos, rectángulos, isósceles, escálenos, de
colores y dimensiones variados, que satisfagan todas las condiciones;
triángulos concretos con propia y definida forma.
Es impotente la palabra para mostrar
claramente la diferencia entre las dos maneras de actuar la conciencia en ambas
regiones; porque las palabras son símbolos de imágenes, pertenecen a las
operaciones del mental inferior en el cerebro y se basan exclusivamente sobre
sus operaciones.
Mientras
que la región “sin forma” pertenece a la razón pura, que jamás trabaja en los
estrechos límites del lenguaje.
El plano mental es el que refleja
En sus regiones superiores
existen todas las ideas arquetipos que se hallan actualmente en vías de
evolución concreta; y en sus regiones inferiores esas ideas se elaboran en
formas sucesivas para reproducirse enseguida en el mundo astral y en el físico.
La materia del plano es
susceptible de combinarse al impulso de vibraciones mentales, y puede formar
cuantas combinaciones sea capaz de imaginar el pensamiento.
De la misma manera que el
hierro puede convertirse en arado para el labrador o en espada para el
guerrero, la materia mental puede modelarse en formas que aprovechen o
perjudiquen.
La vida del Pensador, en
vibración continua, modela la materia que le rodea, y su obra se educa a la
voluntad que la engendra.
En esta región el pensamiento
y la acción, el propósito y el hecho son la misma cosa.
El espíritu—materia es el
esclavo dócil de la vida y se adapta espontáneamente a cada impulso creador.
Por su velocidad y sutilidad, estas
vibraciones que modelan en pensamientos—formas la materia del plano mental, dan
también nacimiento a exquisitas coloraciones constantemente cambiantes: ondas
de tintes varios como las irisadas del nácar, pero etéreas y luminosas en grado
incomparable, que resbalan sobre todas las superficies y penetran todas las
formas, de modo que cada una de ellas ofrece una armonía de colores
tornasolados, vivos, luminosos y delicados, como no se conocen en la tierra.
Las palabras son incapaces de
expresar la exquisita belleza y brillo de las combinaciones de esa materia
sutil, trémula de vida y de movimiento.
Todos los videntes que lo
atestiguan, indos, buddhistas, y cristianos hablan con éxtasis de su gloriosa
belleza y confiesan que son incapaces de describirla.
Parece que toda descripción,
por hábiles que sean sus términos, no sirven sino para rebajarla.
Los pensamientos—formas juegan
naturalmente un papel considerable entre las criaturas vivas que actúan en el
plano mental.
Asemejase a las que hemos
hallado en el mundo astral, salvo que son mucho más luminosas, más
brillantemente coloreadas, más vigorosas, más persistentes y más vitalizadas.
A medida que las cualidades
intelectuales superiores se señalan más claramente en quién las engendra,
presentan un contorno más definido y tienden a una singular perfección
geométrica, al mismo tiempo que ha una pureza de luz y de color no menos
admirable.
No hay necesidad de decir
que, en el estado actual de la humanidad, las formas nebulosas e irregulares
predominan como producto habitual de inteligencias mal dirigidas.
No obstante, también se
encuentran en el plano astral pensamientos artísticos de rara belleza, y así no
es extraño que los pintores, después de entrever un instante su ideal en
sueños, se impacienten por no poder expresar su radiante belleza con los colores
de este mundo.
Estos pensamientos—formas están
constituidos por la esencia elemental del plano.
Las vibraciones del
pensamiento modelan la esencia elemental en forma adecuada, de la que el
pensamiento es vida animadora.
Encontramos aquí, pues, los
elementos artificiales idénticos, en su modo de formación, a los del mundo
astral, todo lo que se ha dicho en el capítulo II sobre su generación e
importancia, puede repetirse a propósito de los elementales del plano mental; pero
hay que tener en cuenta la responsabilidad adicional adquirida, a consecuencia
de la mayor fuerza y de la permanencia característica de los elementales de
este mundo superior.
La esencia elemental del plano mental
está formada por la Mónada en el estado de descendencia que precede
inmediatamente a su entrada en el mundo astral.
Constituye entre las cuatro
subdivisiones inferiores del plano mental el segundo reino elemental.
Las tres subdivisiones
superiores, “sin forma”, están ocupadas en el primer reino elemental.
Aquí el pensamiento produce
en la esencia elemental irisaciones brillantes, corrientes coloreadas y
relámpagos de fuego vivo, en vez de incorporarse en formas definidas.
La esencia elemental toma,
por decirlo así, su primera lección de actividad orgánica, de acción combinada;
pero no reviste aún las limitaciones definidas de las formas.
En las dos grandes divisiones del plano
mental viven inteligencias innumeras, cuyo cuerpo inferior está formado de
materia luminosa y de la esencia elemental del plano:
Seres Resplandecientes que
guían el proceso del orden natural y dirigen las legiones de entidades
inferiores de que ya se ha hablado, pero sometidos a su vez, en sus múltiples
jerarquías, a los Soberanos Señores de los siete elementos (I) (Estos seres son los Arupa Devas y los Rupas
Devas de los indos y buddhistas, los Señores de los cielos y la tierra de los
zoroástricos, los Arcángeles y Ángeles de los cristianos y mahometanos.)
Son, como se imagina
comúnmente, seres de gran conocimiento, de inmenso poder y de esplendente
aspecto; criaturas radiantes y
brillantísimas con mil cambiantes parecidos al arco iris de los colores
celestes.
Llenos de real majestad
respiran tranquila energía y tienen expresión de fuerza irresistible.
Aquí se presenta al espíritu
la descripción del gran vidente cristiano cuando habla de un arcángel
poderoso:
“Había un arco iris sobre su
cabeza; su rostro se parecía al sol y sus pies a dos columnas de fuego”
(I) (Apocalipsis, X- I.)
Sus voces son como sonido de
profundas aguas, como eco de la armonía de las esferas.
Son los guías del orden
natural y mandan a legiones inmensas de elementales del mundo astral.
De suerte que sus cohortes
persiguen incesantemente la obra de la naturaleza con regularidad y precisión
infalibles.
En el plano mental inferior hay numerosos
Chelas que trabajan en su cuerpo mental (2)
(Cuerpo ordinariamente llamado Mayavi Rupa o forma ilusoria, cuando este
dispuesto para funcionar independientemente en el mundo mental.) Libertados
temporalmente de la envoltura física.
Cuando el cuerpo carnal está
sumergido en profundo sueño, el Pensador, el hombre real, puede escaparse de él
a fin de trabajar libre de trabas en esta región superior.
De ahí qué, al obrar
directamente sobre la esfera mental de sus semejantes, les sugiera buenos
pensamientos, presentándoles ideas nobles, y los pueda ayudar y confortar más
viva y eficazmente que a través de la prisión del cuerpo físico.
Percibe más claramente sus
necesidades y puede así socorrerlos de manera más perfecta.
Su mayor privilegio y su más
intenso goce consiste en ayudar a sus hermanos que luchan, sin que tengan
conocimiento de sus servicios ni la menor idea del poderoso brazo que les
aligera el yugo, de la dulce voz, que muy por lo quedo los consuela en sus penas.
Ni se les ve ni se les
reconoce.
En la tarea ayuda a amigos y
enemigos con igual placer y la misma libertad, repartiendo entre los hombres
las diversas corrientes bienhechoras dimanantes de los grandes Protectores de
las superiores esferas.
También se hallan algunas veces en esta
región las formas gloriosas de los Maestros, aunque generalmente residan en las
subdivisiones más elevadas del mundo “sin forma”.
También descienden hasta este
plano en ciertas épocas otros Grandes Seres, cuando la compasión requiere de su
parte que se manifiesten en planos inferiores.
Sean humanas o no, estén en su cuerpo o
fuera de él, la comunicación es prácticamente instantánea entre las
inteligencias que funciona conscientemente en este plano, porque se produce con
la rapidez del pensamiento.
Las barreras del espacio han
perdido su fuerza de separación, y para ponerse en contacto un alma con otra basta con dirigir su atención hacia
ella.
La comunicación no sólo es
rápida, como se acaba de decir, sino que es igualmente completa si las almas se
encuentran en el mismo grado de evolución.
Las palabras no pueden
impedir o aminorar la comunicación; el pensamiento pasa de uno a otro ser, o,
mejor dicho, cada ve el pensamiento tal como lo concibe el otro
Las verdaderas barreras entre
las almas son las diferencias de evolución.
El alma menos evolucionada no
conoce en el alma que lo está más, sino aquello que puede percibir, y es
evidente, y es evidente que sólo la más adelantada tiene conciencia de esa
limitación, puesto que la otra recibe todo lo que puede contener.
Cuanto más evolucionada está
un alma, más conciencia tiene de lo que la rodea y más íntimamente se aproxima
a la realidad; pero el plano mental tiene también sus velos de ilusión, aunque
menos numerosos y más transparentes que los del mundo físico.
Cada alma está rodeada de su
propia atmósfera mental, y como todas las impresiones le llegan a través de
esta atmósfera, todas están más o menos expuesta a las ilusiones cuanto más
transparente, pura y menos teñida por la personalidad esté su atmósfera.
Las tres subdivisiones superiores del
plano mental son la morada del Pensador, que reside en una u otra según su
grado de evolución.
La inmensa mayoría
evolucionada en grados diversos, vive en él ínfimo de esos tres niveles.
Un número comparativamente
reducido de almas vigorosamente intelectuales habita en el segundo nivel.
Empleando una frase más
aplicable al plano físico que al plano mental, diremos que el Pensador asciende
a ese segundo nivel cuando en él prepondera la materia más sutil de esa región,
y de este modo opera el cambio necesario.
No hay naturalmente
ascensión, propiamente hablando, ni cambio de lugar; ocurre sólo que el
Pensador comienza a percibir vibraciones de esa materia sutil, que provoca en
él una respuesta, pudiendo él mismo desde entonces emitir fuerzas que hagan
vibrar esas tenues partículas.
Es indispensable que el estudiante se
familiarice con el hecho de que su ascenso en la escala de la evolución no
implica cambio alguno de lugar, sino sencillamente mayor aptitud para recibir
las impresiones.
Todas las esferas están en
torno a nosotros, sean la astral, la mental, la búdica, la nirvánica, o ya se
trate de mundos más elevados aún, hasta la vida del Ser Supremo.
No tenemos necesidad de
movernos para encontrarlas, pues están aquí mismo; pero nuestra grosera
percepción nos aparta de ellas con mayor lejanía que si estuvieran a muchos
miles de kilómetros.
No tenemos conciencia de lo
que nos afecta, de lo que provoca en nosotros vibraciones de respuesta.
A medida que nos hacemos más
receptivos, que nos organizamos con materia más delicada, entramos en contacto
con los mundos más sutiles.
Al hablar, pues de la
ascensión de un nivel a otro, significamos que tejemos nuestros vestidos con
materiales más sutiles y que podemos recibir a través de ellos los—contactos de
mundos semejantes.
Más profundamente significa
esto, que en él Yo envuelto por todos esos vestidos, los poderes divinos pasan
del estado latente al activo y emiten al exterior las vibraciones sutiles de su
vida.
El Pensador que ha alcanzado este segundo
nivel, tiene plena conciencia de lo que le rodea y recuerda su pasado.
Conoce los cuerpos que le
revisten, por medio de los cuales está en contacto con los planos inferiores y
puede influir determinadamente sobre esos cuerpos y dirigirlos.
Prevé las dificultades y
obstáculos que le aguardan como resultado de una conducta descuidada en vidas
anteriores, y se esfuerza en infundirles la energía necesaria para el
cumplimiento de su tarea.
La dirección en que ha de
emplearla se deja sentir a veces en la conciencia inferior como una fuerza
imperiosa e impulsiva que vence toda resistencia y le traza al ser una línea de
conducta cuyas razones no aparecen claras a la confusa visión de los vehículos
astral y mental.
Los hombres que realizaron
grandes acciones nos dan frecuente testimonio de ello, cuando afirman haber
tenido conciencia de una irresistible fuerza interior que los movía,
poniéndolos en a imposibilidad de obrar de otra manera.
Y es que entonces obraban
como hombre reales.
El Pensador, el hombre
exterior, obra conscientemente a través de sus cuerpos, que desempeñan en este
momento su verdadero papel de vehículo de la individualidad.
A medida que la evolución se
cumpla, todos alcanzarán estos altos poderes.
En el tercer nivel, el más elevado de la
región superior del plano mental, residen los Egos de los Maestros y sus
discípulos o Chelas, los Iniciados.
La materia de está región
predomina desde luego en el cuerpo del Pensador.
En el seno de esta región,
foco de las más sutiles energías mentales, ejercen los Maestros su benéfica
tarea en pro de la humanidad, vertiendo a torrentes sobre las regiones
inferiores el ideal sublime, el pensamiento inspirador, el anhelo de fe
sincera, todas las fuerzas espirituales e intelectuales de que tan necesitado
se halla el hombre.
Cada fuerza allí engendrada
irradia en multitud de direcciones como de un foco luminoso, y las almas más
nobles y puras pueden recibir con mayor facilidad sus auxiliadoras influencias.
Un descubrimiento sorprende
de los secretos de la naturaleza; una nueva melodía embelesa el oído de un gran
músico; la resolución de un problema largo tiempo meditado, se ofrece a la
mente del filósofo sublime; una energía nueva de esperanza y de amor caldea el
corazón del filántropo infatigable; y sin embargo, aún entonces se creen
abandonados los hombres y sin auxilio, a pesar de que sus mismas frases; “Se me
ha ocurrido este pensamiento, “Me ha venido esta idea”, “He sido sorprendido
por este descubrimiento”, atestiguan inconscientemente la verdad de que su Yo
no ignora, aunque sea invisible a los ojos del cuerpo.
Pasemos ahora al estudio del Pensador y
de su vehículo, tales como se les encuentra en el hombre que habita en la
tierra.
Se llama cuerpo mental el de
que está revestida la conciencia y por el cual se encuentra condicionada en las
cuatro subdivisiones inferiores del plano mental.
Este
cuerpo está constituido por combinaciones de la materia de las cuatro
subdivisiones.
Al acercarse una nueva encarnación, el
Pensador, el Individuo, que es la verdadera alma humana cuya formación se explicará al fin del capítulo, irradia una
porción de su energía en vibraciones que atraen alrededor de él una envoltura
de materia formada por las cuatro subdivisiones inferiores de su propio plano.
La materia
atraída corresponde a la naturaleza de las vibraciones emitidas; los elementos
más sut6iles responden al llamamiento de las vibraciones más rápidas y toman
forma bajo su influencia; y las combinaciones más groseras responden a las
vibraciones más lentas.
Como un
hilo metálico que vibra espontáneamente, respondiendo a otro hilo del mismo
peso y de la misma tensión, pero que permanece mudo a vibraciones de hilos
diferentes, las materias de diversos órdenes se armoniza en correspondencia con
los diversos órdenes vibratorios.
La
naturaleza, pues, del cuerpo mental del Pensador está exactamente determinada
por las vibraciones que él emite; y ese cuerpo se llama mental inferior, o
Manas inferior, porque está constituido por la materia de las subdivisiones
inferiores del plano mental, y condiciona al Pensador en sus operaciones
ulteriores.
Las
sutilísimas y rapidísimas energías necesarias para mover esa materia y obtener
una respuesta, no se pueden manifestar sino a través de ella.
El
Pensador está forzosamente limitado y condicionado en su expresión.
Esta es la
primera de las cárceles en que se encierra durante su vida encarnada, y
mientras sus energías funcionan en ella, se encuentra excluido en gran parte de
su propio y más elevado mundo, porque su atención se fija en las energías que
tienden al exterior y su vida se proyecta con ellas en el cuerpo mental
inferior, designando con términos de vestidos, estuche, envoltura o vehículo:
expresiones significativas de que el Pensador no es el cuerpo mental, sino que
construye ese cuerpo y se sirve de él para expresar de sí mismo en la región
mental inferior.
No hay que olvidar que las energías del
Pensador, en proceso de exteriorización, atraen cerca de él la materia más
densa del plano astral para formar su cuerpo astral, y que durante la
encarnación de su vida, las energía que se manifiestan a través de los estados
inferiores de la materia mental, se convierten muy fácilmente por ella en
vibraciones lentísimas a las que responde la materia astral, vibrando
continuamente los dos cuerpos de acuerdo hasta llegar a compenetrarse
estrechamente.
Cuanto más
se asimilan las combinaciones de materia densa por el cuerpo mental, más íntima
se hace esa unión, por lo que ambos cuerpos se clasifican juntamente y aun se
consideran como único vehículo (I) (Así
el teósofo habla de Kama—Manas para designar la inteligencia que trabaja en y
con la naturaleza del deseo, afectando la naturaleza animal y afectada por
ella. Los vedantinos clasifican ambos cuerpos juntos y consideran él yo como
funcionante en el Manomayâkosha, envoltura compuesta del mental inferior de las
emociones y de las pasiones. El psicólogo europeo hace del sentimiento una de
las secciones de la triple división del intelecto, e incluye en los
sentimientos las emociones y las sensaciones)
Al abordar
el estudio de la reencarnación veremos la capital importancia de este hecho.
El tipo del cuerpo mental del hombre que
desciende a una encarnación nueva, se determina por el grado de evolución del
mismo hombre.
Como en el
estudio del cuerpo astral, podemos examinar en el cuerpo mental tres tipos de
hombres diversamente evolucionados: A), un individuo no evolucionado; B), un
individuo medianamente desarrollado; C), un individuo espiritualmente
evolucionado.
A) En el individuo no evolucionado es casi
imperceptible el cuerpo mental, porque sólo consta de una pequeñísima
cantidad de materia mental sin
organización, tomada principalmente de las subdivisiones ínfimas del plano.
Sufre casi
exclusivamente la influencia de los cuerpos inferiores; y las tormentas
astrales desencadenadas por el contacto de los objetos sensibles determinan en
él vibraciones de poca intensidad.
Así,
cuando no está estimulado por esas vibraciones astrales, queda casi inerte y
aun responde con pereza al estímulo.
No
engendra interiormente ninguna actividad definida, y sólo los choques del mundo
exterior pueden provocar una respuesta clara.
Cuanto más
violentas son, tanto más contribuyen al progreso del hombre, pues cada
vibración responsiva acelera el desarrollo embrionario del cuerpo mental.
Los
placeres tumultuosos, la cólera, la ira, los sufrimientos, el terror, todas
estas pasiones producen terribles torbellinos en el cuerpo astral y suscitan
débiles vibraciones en la materia del cuerpo mental.
Estas vibraciones provocan un
comienzo de actividad en la conciencia mental y la estimulan a añadir
gradualmente cierta actividad propia a las impresiones recibidas de fuera.
Hemos visto que el cuerpo
mental está tan íntimamente unido con el astral, que ambos obran como un cuerpo
único; pero las facultades mentales nacientes añaden a las pasiones astrales
cierta fuerza y cierta cualidad que no se manifiestan cuando esas pasiones
obran como fuerzas puramente animales.
Las impresiones en el cuerpo
mental duran más que las efectuadas en el astral, y aquél las reproduce de una
manera consciente.
Aquí comienzan la memoria y
la imaginación.
Esta facultad se despierta
poco a poco, a medida que las imágenes del mundo externo obran sobre la
sustancia del cuerpo mental y modelan sus materiales a su propia semejanza.
Tales imágenes, nacidas del
contacto de los sentidos, atraen a ellas
la materia mental más densa y pueden reproducirse a la voluntad por los
nacientes poderes de la conciencia.
Esta reserva de imágenes
acumuladas tiende a estimular la actividad interiormente engendrada, por el
deseo de experimentar una vez más, por medio de los órganos externos, las
vibraciones que han dejado un recuerdo agradable y evitar las que determinaron disgusto.
El cuerpo mental comienza desde entonces
a excitar al astral, y a reanimar en él los deseos que en el animal duermen
mientras no se despiertan por un estímulo físico.
Por esto encontramos en el
hombre poco evolucionado el continuo anhelo de placer que no se nota jamás en
los animales; la codicia, crueldad y doblez desconocidas en el reino inferior.
Los poderes conscientes del
pensamiento, puestos al servicio de los sentidos, hacen del hombre un bruto más
peligroso y feroz que ningún otro, y las fuerzas más profundas y sutiles
inherentes al espíritu—materia mental prestan a la naturaleza pasional una
violencia y agudeza que no se encuentran en las razas inferiores.
Pero estos excesos llevan en
sí mismos, gracias a los sufrimientos de que son causa, el germen de su propia
corrección.
Estas penosas experiencias
obran sobre la conciencia y provocan imágenes nuevas sobre las que la
imaginación actúa, estimulando a la conciencia a resistir a ciertas vibraciones
que le llegan del mundo exterior por mediación de su cuerpo astral, y entonces
comienza a emplear su voluntad para< retener el impulso de las pasiones en
vez de abandonarse a ellas.
Una vez en juego estas
vibraciones de resistencia, atraen al cuerpo mental combinaciones sutilísimas
de materia mental, expulsando las combinaciones groseras que vibran en
respuesta a las notas pasionales del cuerpo astral.
Gracias a esta lucha entre las
vibraciones provocadas por las imágenes pasionales y las vibraciones contrarias
debidas a la reproducción imaginativa de experiencias penosas de otro tiempo,
se desenvuelve el cuerpo mental, empieza a tener organización definida y a
ejercer una iniciativa cada vez mayor frente a las actividades externas.
Mientras la vida terrestre se
aplica a cosechar experiencias, la vida intermedia se emplea en asimilar, como
veremos detalladamente en otro capítulo, esas mismas experiencias.
De suerte que a cada nueva
vuelta a la tierra, el Pensador se encuentra en posesión de mayor conjunto de
facultades para construir su cuerpo mental.
Así, el hombre no
evolucionado, esclavo de sus pasiones, se transforma en medianamente
evolucionado, cuya inteligencia es campo de batalla donde las pasiones y las
potencias mentales luchan con fortuna diversa y con fuerzas casi iguales.
En este período, el hombre
evoluciona gradualmente hacia la dominación de su naturaleza inferior.
B) En el hombre medianamente
evolucionado es más vigoroso y de mayor tamaño el cuerpo mental.
Revela cierta organización y
contiene bastante cantidad de materia de la segunda, tercera y cuarta
subdivisiones del plano mental.
La ley general que rige la
construcción y transformación del cuerpo mental podrá estudiarse aquí con algún
provecho, aunque esté basada sobre el mismo principio que ya vimos operando en
los reinos inferiores de los mundos astral y físico.
El ejercicio vigoriza y la
inacción atrofia y acaba por destruir.
Cada vibración provocada en
el cuerpo mental determina en la región afectada una modificación de sus
elementos constitutivos.
La materia que no puede
vibrar al unísono se elimina y reemplaza por materiales convenientemente
tomadAs de la reservas verdaderamente inagotables que se encuentran alrededor.
Cuanto más se repite un
conjunto de vibraciones, más se desarrolla la región afectada del cuerpo
mental; de ahí, dicho sea de paso, el perjuicio que irroga al cuerpo mental la
especialización exagerada de sus energías.
Este error de método en la
utilización de fuerzas determina un desarrollo desigual y desequilibrado del
cuerpo mental.
En la región continuamente
ejercitada hay tendencia a la plétora, y tendencia a la atrofia en otras
regiones acaso muy importantes.
El ideal está en perseguir un
desarrollo general armónico y proporcionado; y para eso basta el análisis
tranquilo de sí mismo y la justa adaptación de los medios a los fines.
El conocimiento de esta ley permite
explicar algunas experiencias muy conocidas y forja la esperanza en un progreso
seguro.
Cuando se emprende un nuevo
estudio o se introduce un cambio en el sentido de una más elevada moralidad en
la evidencia, las primeras etapas están llenas de dificultades y a veces se
abandona el esfuerzo porque parecen insuperables los obstáculos.
Al comienzo de una nueva empresa mental,
cualesquiera que sea, todo el automatismo del cuerpo mental rehuye el esfuerzo.
Sus materiales, acostumbrados
a vibrar de cierta manera, no pueden adaptarse a los nuevos impulsos.
La primera etapa del trabajo
consiste, pues, principalmente, en realizar esfuerzos preliminares que, aunque
no provoquen en el cuerpo mental vibraciones adecuadas, son cuando menos
indispensables para que surjan las vibraciones armónicas, porque tienden a
rechazar del cuerpo los antiguos materiales refractarios y a atraer
combinaciones simpáticas.
En este tiempo el hombre no
tiene conciencia de progreso alguno, sino de lo inútil de sus esfuerzos y de la
resistencia inerte que encuentra; pero al cabo de cierto tiempo, si persiste,
los materiales nuevamente adquiridos empiezan a funcionar recompensándole los
esfuerzos que creyera estériles.
Finalmente, expulsados todos
los materiales viejos y ya en función los nuevos, triunfa sin el menor esfuerzo
y realiza su deseo..
El período verdaderamente
crítico es el primer paso, o la primera etapa.
Pero si tenemos confianza en
la ley, tan infalible en sus operaciones como todas la s de la naturaleza, y si
renovamos con persistencia nuestros esfuerzos, debemos necesariamente triunfar.
El conocimiento de este hecho
puede servirnos para animarnos en medio de las tribulaciones que de otro modo
nos llevarían a la desesperación.
He ahí, pues, cómo el hombre medianamente
desarrollado puede proseguir sus esfuerzos, descubriendo con gozo que a medida
que resista más y más a las solicitaciones de la naturaleza inferior, pierden
su poder sobre él, porque expulsa de su cuerpo mental todos los materiales que
pueden producir vibraciones simpáticas.
Cuando el
cuerpo mental sólo contenga las combinaciones más sutiles de las cuatro
subdivisiones inferiores del plano mental, adquirirá la forma radiante y
exquisitamente bella del estadio siguiente.
C) El
hombre espiritualmente desarrollado ha eliminado ya del cuerpo mental las
combinaciones groseras, de suerte que los objetos de los sentidos no encuentran
materiales capaces de responder simpáticamente a sus vibraciones.
Este
cuerpo mental sólo contiene combinaciones de las más sutiles, pertenecientes a
las cuatro subdivisiones del mundo mental inferior; además, la substancia del
tercero y cuarto súplanos entra por mucho en la composición de los dos
primeros.
Es, pues,
sensible a todas las operaciones superiores del intelecto, a las impresiones
delicadas de las artes superiores y a todas las puras vibraciones de las
emociones sublimes.
Un cuerpo
tal permite al Pensador revestido de él, expresarse más completamente en la
región mental inferior y en los mundos astral y físico.
Sus
materiales pueden responder a una escala de vibraciones mucho mayor y los
impulsos procedentes de arriba los moldean en un organismo más noble y más
sutil.
Se
aproxima el momento en que ése cuerpo este pronto pana trasmitir todas las
vibraciones emitidas por el Pensador, susceptibles de expresión en las
subdivisiones inferiores del plano.
El Ego
tendrá entonces el instrumento perfecto para desempeñar plenamente su papel en
la región mental inferior.
A modificar en gran manera la educación
moderna y hacerla más útil al Pensador que lo es actualmente, contribuirá una
clara comprensión de la naturaleza del cuerpo mental.
Las
características generales de este cuerpo dependen de las vidas anteriores del
Pensador sobre la tierra; echo del que podremos convencernos íntimamente al
estudiar la Reencarnación y el Karma.
El cuerpo
está construido en el plano mental y sus materiales dependen de las cualidades
que el Pensador ha acumulado en él como resultados de experiencias anteriores.
Todo lo
que puede hacer la educación es dirigir los estímulos exteriores adecuados para
despertar las facultades útiles que ya posee el Pensador; pero al mismo tiempo
debe propender a la atrofia y desarraigo de las malas inclinaciones.
Favorecer
el desenvolvimiento de las facultades innatas y no recargar la memoria con
abrumador cúmulo de palabras: tal es el objeto de la educación verdadera.
La memoria
no necesita cultivo como facultad distinta, porque depende de la atención, es
decir, de la firma concentración del pensamiento sobre el objeto estudiado y de
la afinidad natural que existe entre el objeto y la inteligencia del niño.
Si el
objeto agrada, es decir, si la inteligencia tiene aptitudes en tal sentido, no
hará falta la memoria para sostener la atención.
Por esto
la educación, orientándose hacia las facultades innatas del niño, debe arraigar
el hábito de la firme y sostenida concentración de la atención.
Pasemos ahora a la división “sin forma”
del plano mental, a esa región que es la verdadera patria del hombre a través del ciclo de sus
reencarnaciones.
En ella
nace el alma incipiente, el Ego niño, individualidad embrionaria en el momento
en que comienza su evolución humana propiamente dicha.
La forma del Ego, del Pensador, es
ovoide, y por eso H. P. Blavatsky da el nombre de huevo áureo al cuerpo de
Manas que persiste a través de todas las encarnaciones.
Está
formado de la materia de las tres subdivisiones superiores del plano mental,
es de exquisita finura y parece un velo
desde su primera aparición.
A medida
que se desarrolla se convierte en un objeto radiante de gloria y belleza
suprema: “El Ser luminoso”, como justamente se le ha llamado (2) (Este es el Augoeides de los neoplatónicos, o
el cuerpo espiritual de San Pablo)
¿Qué es, pues, el Pensador?
Ya lo
hemos dicho: él Yo divino, limitado o individualizado en una forma sutil
formada por materiales de la región “sin forma” del plano mental (3) (Es decir, él Yo cuando funciona en el
estuche del Discernimiento; el Vignyânamayakosha, la clasificación vedan tina)
Esta materia, aglomerada
alrededor de un rayo del Yo, de un rayo vivo de
Lo
envuelve como un velo traslúcido y lo transforma así en “un individuo”.
La vida
que le anima es la vida del Logos, pero al principio todas las fuerzas de esa
vida están latentes y veladas.
Todo está
en él potencialmente en estado de germen, como el árbol en el germen minúsculo
de la semilla.
Esta
semilla está plantada en la tierra fecunda de la vida humana, a fin de que
vivificadas las fuerzas latentes por el sol de la alegría y la lluvia de las
lágrimas, pueden nutrirse con los jugos del mantillo vital que llamamos
experiencia, y se desenvuelva en árbol potente a imagen del Señor que lo
engendrara.
La evolución humana es
Se reviste
de cuerpos en los planos mental inferior, astral y físico.
Luego de
gastados estos cuerpos a través de las vidas terrestres, astral y mental
inferior, los deja sucesivamente en los diversos estados de ese ciclo de vida,
a medida que pasa de un mundo a otro, pero acumulando siempre los frutos
cosechados, para su aprovechamiento en cada plano.
Al
principio, tan escasamente consciente como el cuerpo físico de un recién
nacido, permanece como en soñolencia hasta que las experiencias obran sobre él
desde lo exterior y le ayudan a despertar la actividad de alguna de sus fuerzas
latentes.
Luego,
poco a poco va desempeñando papel cada vez más importante en la dirección de su
existencia; y finalmente, conseguida la madurez, toma su vida entre sus propias
manos t adquiere siempre creciente imperio sobre su destino futuro.
De extrema lentitud es el crecimiento del
cuerpo permanente que con la conciencia divina constituye lo que llamamos el
Pensador.
Su nombre
técnico es el de cuerpo causal, porque reúne en sí los resultados de todas las
experiencias, los cuales obran como causas y modelan las existencias futuras.
El cuerpo
causal es el único permanente de cuantos el hombre necesita en su encarnación.
Sabemos,
en efecto, que los cuerpos físico, astral y mental inferior se reconstruyen en
cada encarnación.
Cada uno
de ellos, al desaparecer, trasmite su residuo al cuerpo inmediatamente
superior, y todos los residuos se acopian en el cuerpo permanente.
Cuando el
Pensador vuelve a encarnar, exterioriza sus energías, compuestas de sus frutos,
sobre cada plano sucesivo y atrae sobre sí uno tras otros nuevos cuerpos en
armonía con su propio pasado.
En, cuanto
al acrecentamiento del cuerpo causal, es, como hemos dicho, extremadamente
lento, porque sólo puede vibrar en respuesta a impulsos susceptibles de
expresión en la sutilísima materia que lo compone.
Únicamente
se asimila estos impulsos en la textura de su ser.
Las
pasiones, que tan importante papel juegan en las primeras fases de la evolución
humana, no pueden por lo tanto afectar directamente el crecimiento del cuerpo
causal.
El
Pensador sólo asimila las experiencias que pueden reproducirse por las
vibraciones del cuerpo causal; y esas experiencias deben pertenecer a la región
mental, con carácter sumamente intelectual o moral.
Además, su
materia sutil no puede hallar en el plano físico ninguna vibración simpática.
Con un
poco de reflexión comprenderá cada cual cuán pobre es su vida cotidiana en
materiales útiles para el desarrollo de ese cuerpo sublime.
Y de la
lentitud de la evolución proviene la tardanza en el progreso.
Cuando el
Pensador sea bastante potente para manifestarse de un modo más completo en cada
vida sucesiva, la evolución se efectuará a gigantescos pasos.
La persistencia en la iniquidad repercute
sin embargo indirectamente sobre el cuerpo causal y retarda su crecimiento.
Efectivamente,
parece que la prolongada perseverancia en el mal determina cierta incapacidad
para responder a las opuestas vibraciones del bien.
El
crecimiento se retrasa así durante un período considerable, aun después de
haber cesado en la práctica del mal.
Para dañar
directamente al cuerpo causal, hace falta una perversidad muy intelectual y
sutil. El “pecado espiritual”, que mencionan las diversas Escrituras del mundo.
Felizmente
es un caso tan raro como el bien espiritual.
Ni uno ni
otro se encuentran sino en los seres altamente evolucionados, que siguen el
sendero de la derecha o el de la izquierda. (I)
(El sendero de la derecha es el que conduce a la humanidad divina, al
Adeptado puesto al servicio de los mundos. El sendero de la izquierda lleva al
Adeptado que intenta frustrar los progresos de la evolución en provecho de
intereses individuales y egoístas. Se les llama también sendero blanco y
sendero negro.)
La residencia del Pensador, del Hombre
Eterno, es el quinto subplano, el nivel inferior de la región “sin forma” del
plano mental.
Allí están
las grandes masas de la humanidad, apenas despiertas, en la infancia de su
vida.
El Pensador llega con lentitud al estado
consciente, a medida que sus energías obran sobre los planos inferiores y
adquieren en ellos experiencia.
Esta
experiencia es absorbida al mismo tiempo que las energías exteriorizadas del
Pensador, cuando a él vuelven cargadas con la cosecha de una vida.
El Hombre Eterno, él Yo individualizado,
es el verdadero actor en cada uno de los cuerpos que le envuelven.
Su
presencia da el sentimiento del Yo tanto al cuerpo como al intelecto, y el Yo
es el principio que posee conciencia y por ilusión se identifica con aquél
cuerpo en que despliega más activamente sus energías.
Para el
hombre sensual él Yo es el cuerpo físico y el cuerpo de deseo; saca de ellos su
gozo y los considera como a sí mismo porque su vida está en ellos.
Para el
sabio, él Yo es la inteligencia, porque en el ejercicio de ella encuentra su
alegría y en ella concentra su vida.
Un
reducido número puede elevarse hasta las cumbres abstractas de la filosofía
espiritual, para sentir como su Yo el Hombre Eterno cuyo recuerdo se extiende a
través de las vidas pasadas y cuya esperanza abarca las futuras.
Los
fisiólogos nos dicen que el dolor de un corte en un dedo no se siente realmente
en donde la sangre fluye, sino en el cerebro, y que nuestra imaginación lo
proyecta inmediatamente al exterior sobre la parte lesionada.
Dicen que
es ilusoria la sensación de dolor en el dedo, pues la imaginación lo lleva al
punto de contacto con el objeto que ocasiona la herida.
Así un
hombre experimentará dolor en un miembro amputado, o mejor dicho, en el espacio
que ese miembro ocupaba.
De un modo
análogo él Yo único, el Hombre interior, experimenta sufrimiento o placer en
los puntos de sus envolturas corporales que están en contacto con el mundo
exterior; y considera su envoltura como a sí mismo, ignorando que esa sensación
es ilusoria, y que él mismo es él único ser que obra y recoge la experiencia en
cada vehículo.
Con arreglo a estos conceptos,
consideramos ahora las relaciones entre el mental superior y el mental
inferior, y su acción sobre el cerebro.
Manas, el
Pensador, es decir, la mente verdadera, es única, y no otra que él Yo en el cuerpo causal, fuente
de energía innumeras, de vibraciones infinitamente diversas que irradian en
torno de él.
Las más elevadas y sutiles de estas
vibraciones se manifiestan en la materia del cuerpo causal, la única bastante
delicada para responderlas.
Ellas
constituyen lo que llamamos
“Su
verdadera naturaleza es conocimiento”, y reconoce así la verdad a primera vista
por su conformidad con ella.
Las
vibraciones menos sutiles pasan al exterior, atrayendo la materia de la región
mental inferior, y estas vibraciones constituyen el Manas inferior o mental
inferior, que, por lo tanto, está constituido por las energías más groseras del
mental superior, manifestadas en materia más densa.
Esto es lo
que llamamos el intelecto, comprendiendo la razón, el juicio, la imaginación,
la comparación y otras facultades mentales.
Sus
pensamientos son concretos y tiene por método la lógica: discute, razona y
deduce.
Estas
vibraciones obran a través de la materia astral sobre el cerebro etéreo, y
mediante éste sobre el cerebro físico denso, dando origen en él a otras
vibraciones pesadas y lentas en reproducción de aquellas mismas.
Lentas y
pesadas, porque las energías pierden mucho de su actividad, puesto que han de
mover materia más pesada.
Esta
aminoración de energía, cuando se inicia una vibración en un medio sutil para
trasmitirse enseguida a un medio más denso, es cosa familiar para quien ha
estudiado física.
Tocad un
timbre al aire libre y suena claramente.
Tocadlo en
un ambiente de hidrogeno, y las vibraciones del hidrogeno, al conmover a su vez
las ondas atmosféricas aminorarán el sonido.
Las
operaciones del cerebro, en respuesta a choques rápidos y sutiles del
pensamiento, son igualmente débiles; y no obstante, constituyen lo que la
mayoría de los hombres reconoce como estado consciente.
La importancia inmensa del funcionamiento
mental de esa conciencia física proviene de que es el único intermediario por
donde el Pensador puede recoger el fruto de la experiencia.
Mientras
está dirigido por las pasiones, las sigue, y el Pensador, sin nutrición alguna
no puede desarrollarse.
Y mientras
está totalmente absorbida por las actividades mentales del mundo exterior, sólo
puede despertar las energías más ínfimas del Pensador.
Únicamente
el día en que este puede hacer sentir el verdadero objeto de su vida, comienza
a llenar sus funciones más útiles y a recoger las experiencias que despiertan y
nutren las energías más elevadas del Pensador.
A medida
que éste se desenvuelve, se hace cada vez más consciente de sus propios
poderes, así como de las operaciones de sus energías sobre los planos
inferiores, y sobre los cuerpos cuyas energías actúan cerca de él.
Comienza,
en fin, a esforzarse en influir en esos cuerpos, utilizando la memoria del
pasado para guiar su voluntad; y produce entonces sobre ellos las impresiones
que llamamos “conciencia”, si sé refieren a la moral, y “relámpagos de
intuición”, si iluminan el intelecto.
Cuando
estas últimas impresiones son bastante frecuentes para que se las pueda
considerar como normales, designamos su conjunto con la palabra “genio”.
La evolución superior del Pensador está
señalada por él más completo dominio que ejerce en lo sucesivo sobre sus
vehículos inferiores, por su creciente susceptibilidad a su influencia, y por
su contribución, siempre mayor, a su desarrollo.
Los que
quieren colaborar deliberadamente en esta evolución pueden efectuarlo por una
dirección metódica del mental inferior y de la naturaleza moral en esfuerzo
constante y bien dirigido.
El hábito
de un pensamiento sereno, sostenido y perseverante, sobre los objetos de
meditación y estudio que no sean mundanos y exteriores, desenvuelve el cuerpo
mental y lo mejora como instrumento.
El
esfuerzo que tiende a cultivar el pensamiento abstracto es igualmente útil,
porque eleva al mental inferior hacia el mental superior y atrae sobre sí los
materiales más sutiles de su propia región.
Gracia a
métodos semejantes todo hombre puede cooperar activamente a la evolución de su verdadero ser.
Cada
progreso efectuado acelera los progresos siguientes.
Ningún
esfuerzo se pierde, por mínimo que sea; todos producen efecto, y toda
contribución recogida y trasmitida al interior se acopia en el tesoro del
cuerpo causal para utilizarla ulteriormente.
Así la
evolución, aunque lenta y llena de frecuentes soluciones de continuidad, va
siempre en progreso, y
EL DEVACHAN
SABIDURÍA ANTIGUA
Devachán es el nombre que se da al Cielo en
el tecnicismo teosófico.
Traducido
literalmente significa: morada luminosa o morada de los Dioses (I) (Devasthan, el lugar de los Dioses, es
el término sánscrito equivalente. Es el Svarga de los indos, el Sukhâvati de
los buddhistas, el cielo de los zoroastrinos y cristianos, así como el de los
musulmanes menos materialistas.)
Es una
región sumamente protegida del plano mental, de la que están excluidas por
completo la tristeza y el mal por las Altas Inteligencias Espirituales que
presiden la evolución humana, y en la que residen, tras el cumplimiento de su
estancia en Kamaloka, los seres humanos despojados de sus cuerpos físicos y
astral.
La
existencia devachánica comprende dos períodos.
El primero
transcurre en las cuatro subdivisiones inferiores del plano mental, dónde el
Pensador conserva su cuerpo mental y permanece condicionado por él, en tanto
que dura la asimilación de los materiales reunidos con la ayuda de ese cuerpo
durante la vida terrestre que acaba de pasar.
El segundo
se desarrolla en el mundo “sin forma”, donde el pensador, desembarazado de su
cuerpo mental, goza sin trabas de la vida que le es propia, en la plena
conciencia y conocimiento a que ha llegado.
La duración total de la estancia en el
Devachán depende de la calidad de materiales propios para la existencia
devachánica, acopiados por el alma
durante su vida terrestre.
La
recolección de los frutos destinados a consumirse y a asimilarse en el Devachán
comprende todos los pensamientos y todas las emociones puras engendradas
durante la vida terrena, todos los esfuerzos intelectuales y morales y todas
las aspiraciones del mismo orden, todos los recuerdos del trabajo útil
efectuado y los proyectos ideados para el servicio de la humanidad; en una
palabra, todo lo que es susceptible de convertirse en facultades mentales y
morales a fin de ayudar a la evolución del alma.
Ni uno
sólo de esos esfuerzos se pierde, por débil y efímero que haya sido.
Pero las
pasiones egoístas y brutales no tienen allí cabida, porque no encuentran
materiales adecuados para su expresión.
Además,
todo el mal de la existencia pasada, aunque hubiese preponderado sobre el bien,
no puede impedir la recolección del bien que se ha sembrado, por poco que haya
sido éste; la escasez de cosecha puede abreviar la vida celeste, pero el hombre
más depravado, si tuvo una leve aspiración al bien, si experimentó el más
mínimo movimiento de ternura, tendrá en el Devachán un período de existencia
donde el germen del bien anhelado y la chispa del bien efectuado se desenvuelva
en una tenue llama.
En otras épocas, cuando los hombres
sentían el deseo del cielo y regulaban su vida con objeto de saborear sus
delicias, la estancia devachánica era muy larga y duraba veces millares de
años.
En la
época presente, el espíritu humano se apega tanto y tan persistentemente a las
cosas terrenas y tiene tan pocos pensamientos elevados, que el período
devachánico ha quedado reducido a muy corto período.
De un modo
análogo, la estancia en las regiones superior e inferior (I) (Estancia designadas por las palabras:
Devachán Rupa, o Arupa, según se trate de las regiones Rupa o Arupa del plano
mental.) del plano mental es respectivamente proporcional a la suma de
pensamientos realizados en los cuerpos causal y mental.
Todos los
pensamientos pertenecientes al yo personal, a la vida que acaba de extinguirse,
con sus ambiciones, intereses, afectos, esperanzas t temores; todos estos
pensamientos se desarrollan en la esfera devachánica, donde las formas
subsisten todavía; mientras que los pensamientos que pertenecen al mental
superior, a las regiones de la inteligencia abstracta e impersonal, se
desenvuelven y asimilan en la región devachánica “sin forma”
La mayoría
de los hombres no hacen más que entrar en esta región sublime, para salir de
ella inmediatamente.
Algunos
pasan allí gran parte de su existencia celeste, y otros permanecen casi la
totalidad de esta existencia.
Antes de entrar en pormenores fijaremos
algunas de las ideas fundamentales que regulan la existencia devachánica,
aunque ésta difiere hasta tal punto de la vida física, que toda descripción
corre el riesgo de extraviarse por su misma rareza.
Las gentes
vulgares se fijan tan poco en su vida mental, aún en la vivida en su cuerpo
físico, que ante la descripción de la vida mental fuera de él, pierden toda
noción de realidad y les parece estar en el mundo de los sueños.
En primer
término, conviene fijar la idea de que la vida mental es infinitamente más
intensa, activa y más cercana a la realidad que la vida de los sentidos.
Lo que
tocamos, oímos y gustamos, todo lo que hacemos aquí abajo, es mucho menos real
que las cosas que percibimos en el Devachán; pero aun en este estado no vemos
las cosas tales como son, pues cúbrenlas todavía dos velos.
Nuestro
sentimiento de la realidad en este mundo es totalmente ilusorio; no conocemos
los objetos ni los seres tales como son sin tan sólo las impresiones producidas
por ellas en nuestros sentidos, y las conclusiones erróneas con frecuencia, que
nuestra razón deduce del conjunto de esas impresiones.
Pónganse
frente a frente las ideas que de un mismo hombre tienen su padre, su amigo
íntimo, la mujer amada, su rival en los negocios, su mayor enemigo y un
conocido casual, y se verá cuánto difieren esas imágenes.
Cada cual
puede suministrar únicamente la imagen o impresión producida sobre su propio
espíritu, y ¡cuánto difieren esas impresiones del hombre real, visto en su
integridad por los ojos que penetran en todos los velos!
De
nuestros amigos conocemos la impresión que producen sobre nosotros y esa
impresión está estrictamente limitada por nuestra facultad de percibir.
Un niño
puede tener por padre a un gran hombre de estado, lleno de proyectos sublimes;
pero ese guía de los destinos de una nación, sólo es para él su más divertido
compañero de juego y el más seductor narrador de consejas.
Vivimos en
la ilusión, pero tenemos el sentimiento de la realidad y esto basta para
contentarnos.
En el
Devachán estaremos todavía rodeados de ilusiones, pero próximas, en dos grados,
a la realidad, como acabamos de decir; y allí también tendremos un sentimiento
de realidad que nos satisfará completamente.
Las ilusiones terrestres no quedan
desvanecidas, por lo tanto, en el cielo inferior, sino disminuidas; y el
contacto de los seres en esta región es más real y más inmediato.
No hay que
olvidar, en efecto, en efecto, que este cielo forma parte de un basto sistema
de evolución, y que en tanto que el hombre no encuentra su Yo real, su propia
irrealidad le sujeta a las ilusiones.
Un hecho
contribuye, sin embargo, a darnos el sentimiento de realidad en la vida
presente y el de irrealidad cuando estudiamos el Devachán, y es: que
consideramos la vida terrestre en sí misma, sometidos como estamos a toda la
fuerza de sus ilusiones, mientras que contemplamos el Devachán desde el
exterior, libres por el momento de maya.
En el Devachán se invierten las
condiciones, y los que se encuentran en él sienten que únicamente su vida es
real y que la vida terrestre es un tejido de ilusiones y engaños.
En una
palabra, están menos apartados de la verdad que quienes desde la tierra
denigran su morada celeste.
Hemos de notar que el Pensador, revestido
exclusivamente de su cuerpo mental, cuyos poderes puede utilizar libremente,
manifiesta la naturaleza creadora de esos poderes en una medida imposible de
concebir en el plano físico.
El pintor,
el escultor, el músico, tienen en la tierra sueños de exquisita belleza, y
crean sus visiones por la fuerza del pensamiento; pero cuando tratan de
encarnar su sueño en los materiales groseros de la tierra, la obra queda muy
por debajo de la creación mental imaginada.
El mármol
es demasiado rígido para expresar la forma perfecta, y el color muy pálido para
reflejar la perfecta luz.
Pero en el
cielo, todo lo que el artista piensa se plasma directamente en forma, porque la
materia delicada
Y sutil del mundo celeste es la misma
sustancia mental, por el medio en que trabaja normalmente la inteligencia
limpia de toda pasión.
Y esa
materia toma forma a la menor vibración del pensamiento.
Se sigue dé ahí que, en realidad, cada
hombre crea su propio cielo, y que puede acrecentar indefinidamente la belleza
de lo que le rodea, según la fuerza y riqueza de su inteligencia; y así, a
medida que el alma desarrolla sus facultades, su cielo se hace más delicado y
más exquisito.
Ella misma
crea todas sus limitaciones, y a medida que gana en profundidad y expansión, su
cielo se agranda y es más profundo.
Si el alma
es débil y egoísta, pobre y mal desarrollada, la vida celeste participa de ese
carácter mezquino, aunque representa siempre lo que de mejor hay en el alma,
por mediano que sea.
Pero a
medida que el hombre evoluciona, su vida en el Devachán es más completa, más
rica, más real.
Las almas
elevadas entran en relación más íntima y su comunicación es sin cesar más libre
y profunda.
Por el
contrario, una vida terrestre mezquina, vana e inútil, tiene por consecuencia
en el Devachán, una existencia relativamente mezquina e incolora, subsistiendo
sólo en ella los elementos morales y mentales.
No podemos
tener más que lo que somos, y nuestra cosecha es proporcional a nuestra
siembra.
No os
engañéis: nadie se burla de Dios; porque lo que el hombre haya sembrado, eso,
ni, más ni menos cosechará.
Nuestra
indolencia y nuestra avidez quisieran cosechar donde no sembramos; pero en el
universo, en el mundo de la ley,
En el Devachán estaremos dominados por
las impresiones o imágenes mentales que nos formemos de nuestros amigos.
En torno
de cada alma se presentan aquellos a quienes amó sobre la tierra, porque la
imagen de un ser amado, conservada intacta en el fondo del corazón, viene a ser
en el cielo un compañero real y vivo para el alma.
No cambian
allí los que hemos amado; serán para nosotros ni más ni menos lo que fueron
aquí abajo.
Por la
fuerza creadora de nuestro pensamiento en el Devachán modelamos en sustancia
mental, la apariencia externa de nuestros amigos tal como afectó a nuestros
sentidos en la tierra.
Lo que
sólo era para nosotros en el mundo físico una imagen mental subjetiva, viene a
ser en el cielo una forma objetiva en sustancia mental viva, que reside en
nuestra propia atmósfera mental; y lo que era vago aquí abajo, toma intenso y
vivo aspecto.
¿Y que
decir de la verdadera comunión de alma con alma? Es más íntima, más próxima,
más amante que todo lo que conocemos en la tierra; porque, como hemos visto, en
el plano mental no hay barreras entre las almas.
La
realidad de la comunión de las almas es allí proporcional a la realidad de la
vida de las almas.
La imagen
mental de nuestro amigo es nuestra creación propia; su forma es tal como la que
conocimos y amamos, y su obra se manifiesta a la nuestra a través de esa forma
según el grado de simpatía que exista entre sus vibraciones respectivas.
Ahora
bien: ningún contacto es posible con los que hemos conocido en la tierra, si
nuestras relaciones sólo fueron las del cuerpo físico o del cuerpo astral, o si
no hay acuerdo en la vida interior entre ellos y nosotros.
Por esto,
en el Devachán no puede penetrar ningún enemigo, pues únicamente el acuerdo
simpático de los espíritus y de los corazones unen allí a los hombres.
La
separación del corazón y de la inteligencia implica separación en la vida
celeste, pues nada inferior al corazón y a la inteligencia puede encontrar
expresión en ella.
Con
aquellos que nos adelantan en su evolución, nos ponemos en contacto en cuanto
podemos comprenderlos.
Las
inmensas regiones de su ser se extienden fuera de nuestro alcance; pero todo lo
que podemos alcanzar, está en nosotros.
Además,
esos hermanos mayores pueden ayudarnos y nos ayudan efectivamente en nuestra
vida celeste, bajo condiciones que vamos a considerar.
Nos ayudan
a ascender, nos elevan hasta ellos y nos colocan en situación de recibirlos.
No hay,
pues, en el cielo separación de tiempo ni de espacio; pero hay separación por
falta de acuerdo entre espíritus y corazones.
Vivimos, pues, en el cielo con todos los
que amamos y admiramos; y el grado de nuestra comunión con ellos lo determinan
los límites de nuestra capacidad, o de la suya si estamos más avanzados los
volvemos a encontrar bajo las formas en que los amamos sobre la tierra y con el
recuerdo perfeccionado de nuestras relaciones terrestres; porque el cielo es
eflorescencia de cuanto no pudo florecer en la tierra, y los amores frustrados
y tibios de esta vida se desarrollan allí con vigoroso poder.
Como la
comunión es directa, no pueden equivocarse ni de palabra ni de pensamiento que
crea su amigo, o por lo menos todo lo que le es asequible de ese pensamiento.
El Devachán, el mundo celeste, es una
mansión de felicidad y de dicha inefable, pero es también algo más que un
reposo para el peregrino fatigado, pues allí se produce la elaboración y
asimilación de cuanto tiene valor real en las experiencias adquiridas por el
Pensador durante su pasada vida.
Todas
estas experiencias se meditan dilatadamente y se transforman de manera gradual
en facultades morales y mentales, en poderes adquiridos, con los que el hombre
volverá a la tierra en su próxima reencarnación.
No
asimilado a su cuerpo mental el recuerdo, subsistirá sólo para el Pensador que
atravesando ese pasado sobrevivirá inmortal.
Ahora
bien: las experiencias pasadas se trasmutan en aptitudes mentales, de suerte
que si un hombre ha estudiado con profundidad un problema, el efecto de su
trabajo será la creación de una facultad especial que le permita profundizar
sin esfuerzo semejante cuestión cuando se le ofrezca coyuntura en una
encarnación venidera.
Nacerá así
con aptitudes especiales para tal género será estudioso y estará seguro de
triunfar fácilmente.
Todo lo
que ha pensado el hombre sobre la tierra se utiliza así en el Devachán: cada
aspiración se transforma en poder, todos los esfuerzos estériles se convierten
en facultades y en aptitudes.
Las luchas
y las derrotas son materiales para forjar los instrumentos de victoria; y los
sufrimientos y los errores son como brillantes y preciosos metales que se
transformarán en voluntades sabias y justas.
Los
proyectos de beneficencia que en la tierra fracasaron por falta de poder y de
habilidad se elaboran por el pensamiento en el Devachán, ejecutándose, por
decirlo así, detalle por detalle, desarrollándose bajo formas de facultades de
la inteligencia, con poderes y habilidades necesarias.
Semejantes
facultades se utilizarán en una vida futura sobre la tierra, cuando el
estudiante aplicado renazca como genio y el devoto como santo.
La vida
celeste, no es, pues, un simple sueño, ni un paraíso oriental de molicie y
abandono, sino un estado donde la inteligencia y el corazón se desenvuelven
libres de las materias groseras y de los cuidados triviales de la tierra, el
estado en que forjamos las armas para asegurar nuestro progreso futuro tras los
rudos combates terrenales.
Cuando el Pensador ha consumido, en su
cuerpo mental, todos los frutos de su vida terrestre debidos a la actividad de
ese cuerpo, lo abandona para vivir sin trabas en su propia residencia.
Todas las
facultades mentales que encontraban expresión en los niveles inferiores del
plano mental se retraen al interior del cuerpo causal, de la misma manera que
los gérmenes de la vida pasional se absorbieron en el cuerpo mental cuando este
abandonó él cascaron astral a su disolución en el Kamaloka.
Todas esas
energías mentales y pasionales se eclipsan un instante en el cuerpo causal,
como fuerzas latentes faltas de materias en que manifestarse. (I)
( El
estudiante encontrará aquí una sugestión fecunda sobre el problema de la
continuidad de la conciencia tras el cumplimiento del ciclo del universo. Ponga
a Ishvara (el Logos) en lugar del Pensador, y reemplace las facultades, fruto
de la experiencia, por las almas humanas, frutos de un universo, y entonces
entreverá que es la condición indispensable para la continuidad del estado
consciente durante el intervalo que separa dos universos)
El cuerpo
mental, la última vestidura temporal del verdadero hombre, se disgrega
entonces; y sus materiales reingresan en el Océano común de materia, de donde fueron sacados en
el último descenso del Pensador.
Así el
cuerpo causal sólo subsiste como receptáculo y tesoro de cuanto ha sido
asimilado en la vida pasada.
El
Pensador, cumplido uno de los ciclos de su gran peregrinación, reposa por un
momento en su región natal.
En este instante, su estado consciente
depende por completo del grado de evolución conseguido.
En las primeras fases de su vida, el
Pensador no puede sino dormir inconscientemente, al dejar los cuerpos que le
servían de vehículos en los planos inferiores.
Su vida
palpita dulcemente en él, asimilando algunos resultados, casi insignificantes,
de su existencia terrestre, que pueden entrar en sus substancias, pero no tiene
conciencia de lo que le rodea.
Ahora
bien: a medida que progresa, este período de su vida adquiere más importancia y
ocupa una parte más considerable de su existencia celeste.
Adquiere
conciencia de sí, y por consiguiente de lo que le rodea, del no—yo; y la
memoria le presenta todo el panorama de su vida a través de las edades pasadas.
Ve las
causas que en la última existencia terrestre produjeron sus efectos, y estudia
las nuevas causas que ha engendrado en esta última encarnación; absorbe y
asimila en la textura de su cuerpo causal todo cuanto hay de más noble y
sublime en el capítulo de la existencia que acaba de pasar; y por su actividad
interior desarrolla y coordina los materiales que lo componen.
Se pone
también en contacto directo con las grandes almas, estén encarnadas o no en
aquel instante, y de su comunicación con ellas recibe enseñanzas de más firme
sabiduría y más grande experiencia.
Cada vida
celeste es sucesivamente más rica y profunda.
A medida
que la potencia receptiva del Pensador se desarrolla, el saber entra en él en
poderosas oleadas y más y más aprende a comprender las operaciones de la Ley y
las condiciones del progreso evolutivo.
Torna así
cada a la vida terrestre con mayor sabiduría, con poder más efectivo, con
visión más clara del fin de la vida y con discernimiento más claro del sendero
que a él conduce
Por poco evolucionado que esté el
Pensador, llega para él un momento de visión clara en el instante de su vuelta
a la vida de los mundos inferiores.
En un
momento ve su pasado con las causas que contiene, preñadas de lo porvenir, y
ante sus ojos desfila el plan general de su próxima encarnación.
Poco
después las nubes de la materia inferior surgen en torno de él y su visión se
pierde en las tinieblas.
Comienza
el ciclo de una nueva encarnación; se despiertan los poderes del mental
inferior y sus vibraciones reúnen los materiales de la región correspondiente
para la formación del cuerpo mental, primer paso del nuevo ciclo.
Estas
indicaciones deben bastar por ahora, pues se tratarán de un modo más especial
en los capítulos consagrados a la Reencarnación.
Hemos dejado el alma adormecida,
despojada de los últimos o jirones o restos de su cuerpo astral, presta a pasar
del Kamaloka al Devachán, del purgatorio al cielo.
La
conciencia adormecida se despierta a un sentimiento de gozo inefable, de
felicidad indecible, de paz que sobrepuja a toda comprensión..
Las
melodías más dulces resuenan en torno a ella, los matices más delicados
fascinan sus ojos; la atmósfera misma parece un conjunto de música y de color,
y todo el ser se inunda de luz y de armonía.
Luego, a
través de la bruma de oro, aparecen sonriendo con dulzura, las figuras amadas
sobre la tierra, idealizadas por la belleza que expresan sus emociones más
nobles, más sublimes, sin la menor sombra de los cuidados y de las pasiones de
los mundos inferiores.
¿Quién
podrá referir la felicidad de ese sueño, la gloria de esa primera aurora de la
existencia celeste?
Vamos a estudiar ahora detalladamente las
condiciones que distinguen las siete sub—divisiones del Devachán.
Recordaremos
que, en las cuatro subdivisiones inferiores, estamos en el mundo de formas, o
mejor dicho, en un mundo donde todo pensamiento toma inmediatamente forma.
Este mundo
“formal” pertenece a la personalidad, y cada alma se encuentra allí, por
consiguiente, rodeada de todos los elementos de su vida pasada que han
penetrado en su inteligencia y pueden expresarse en pura sustancia mental.
La primera región, la inferior, es el
cielo de las almas menos evolucionadas, cuya más alta emoción sobre la tierra
fué un amor acendrado, sincero y a veces desinteresado hacia la familia y los
amigos.
Puede
haber ocurrido también que hayan experimentado admiración amante por una
persona más pura y mejor que ellas, o que hayan deseado llevar una vida más
elevada, o hayan tenido algún anhelo de expansión mental y moral.
Sin
embargo, no disponen todavía de los materiales necesarios para modelar las
facultades y su vida va así en progresión muy lenta.
Sus
afectos de familia, alimentados un poco acrecentados, renacerán después de
cierto tiempo con una naturaleza emocional y una tendencia más acentuada a
reconocer un ideal superior y a obrar conforme al mismo.
Entretanto
gozan de toda dicha que pueden contener; su vaso es pequeño, pero está colmado
de felicidad, y su goce celeste se extiende a todo lo que pueden concebir.
La pureza
de esta existencia y su armonía obran sobre sus facultades embrionarias, que
solicitan dulcemente su atención, y comienzan a sentir los primeros
estremecimientos interiores, precursores indispensables de todo nacimiento.
El segundo grado de la vida devachánica
comprende los fieles de todas las religiones, cuyo corazón durante la vida
terrestre se dirigió con amor hacia Dios, cualquiera que haya sido el nombre o
la forma de adoración.
La forma
puede haber sido menguada, pero su corazón se ha elevado por la aspiración, y
allí encuentran el objeto de su culto y de su amor.
El Ser
Divino les espera, tal como lo concibieran en la tierra, pero revestido de la
radiante gloria de las substancias del Devachán, más hermosa y divina de lo que
pueden imaginar los sueños más exaltados.
Es Ser
Divino se limita a sí mismo para ponerse al alcance de su adorador; y
cualquiera que sea la forma bajo que haya sido adorado, en ella se ofrece a las
ávidas miradas del bienaventurado, cuyo corazón esta henchido por la
correspondencia del Amor divino.
Las almas
se abisman allí en éxtasis religioso, adorando al Único bajo las formas que su
piedad prefirió en la tierra, en medio de su devoto entusiasmo en comunión con
el Ser adorado.
En la
morada celeste ningún creyente está desamparado, porque el Ser Divino es
siempre visible bajo la forma familiar a cada uno.
Al
resplandor de esa comunión, las almas crecen en pureza y en devoción, y cuando
vuelven a la tierra estas cualidades se encuentran sumamente desarrolladas.
No cabe
imaginar, sin embargo, que toda su existencia celeste se deslice en éxtasis
devoto, pues tienen también muchas ocasiones de edificar y fortalecer las demás
cualidades de corazón y de la inteligencia.
En la tercera región encontramos a los
eres sinceros y nobles que consagraron sus servicios a la humanidad sobre la
tierra y fundieron de un modo generoso su amor a Dios en forma de trabajo para
el hombre.
Recogen
allí el fruto de sus buenas obras y desarrollan al mismo tiempo su disposición
para servir y la sabiduría que utilizarán después.
Los
proyectos de amplia beneficencia se suceden ante el pensamiento del filántropo.
Como un
arquitecto, traza los planos del futuro edificio que construirá al regresar a
la tierra, y madura los designios que ejecutará en su día.
Como un
Dios creador, concibe de antemano un mundo de bondad, que se manifestará en la
grosera materia física cuando llegue oportunidad de tiempo.
Estos
serán los grandes filántropos de la tierra en los siglos venideros y encarnarán
con dones innatos de amor desinteresado y realizadora fuerza.
El cuarto cielo es seguramente el que
entre todos ofrece más variado carácter, porque en él se despliegan los poderes
de las almas más avanzadas, en cuanto pueden expresarse en el mundo de las
formas.
Se
encuentran allí los primates del arte y de las letras, ejerciendo todos sus
poderes de forma color y armonía, creando facultades mayores, con las que al
renacer volverán a la tierra.
Los más
potentes genios musicales de la tierra, que sobre ellas derramaron torrentes de
armonía superior a toda descripción, así como el genio de Beethoven ya sin
sordera, hacen este cielo más armonioso, arrancando a las esferas más altas
inefables melodías que resuenan vibrantes por todos los ámbitos celestes.
Encuéntranse
también allí los maestros de la pintura y de la escultura, aprendiendo colores
nuevos y líneas de no soñada armonía.
Hay
también otros, fracasados a pesar suyo en sus grandes aspiraciones, que se
ocupan en transformar sus deseos en poderes y sus sueños en facultades y serán
maestros en otra vida.
Igualmente
se encuentran allí los verdaderos sabios e indagadores de la naturaleza,
aprendiendo los secretos de las cosas.
Ante sus
ojos se deslizan los sistemas del mundo, mostrando su mecanismo oculto con la
trama delicadísima y compleja de las leyes que regulan sus transformaciones.
Y éstos
volverán a la tierra con intuiciones ciertas de las vías misteriosas de la
naturaleza y serán los autores de los grandes “descubrimientos” del porvenir.
En este
cuarto cielo se encuentran también los estudiantes de una sabiduría más
profunda, los celosos y respetuosos neófitos que han buscado a los Instructores
de la raza, los que han querido ardientemente encontrar un Maestro y han
meditado con paciencia las enseñanzas de cualquiera de los grandes maestros
espirituales de la humanidad.
Allí
realizan sus aspiraciones y reciben la instrucción que creyeron buscar
inutilmente; sus almas beben con avidez la sabiduría celestial, y sentados a
los pies del Maestro crecen y progresan a grandes pasos.
Estos
renacen sobre la tierra para instruir e iluminar y volverán al mundo con el
sello de función sublime de instructores de la humanidad.
Muchos estudiantes que ignoran estas
operaciones sutilísimas, se preparan un lugar en el cuarto cielo, mientras en
el mundo terrestre meditan con verdadera devoción las páginas de cualquier
maestro genial, las enseñanzas de cualquier alma elevada.
Forman
así, sin saberlo, un lazo entre ellas y el maestro que aman y veneran; y en el
mundo celeste se manifestará este lazo del alma, atrayendo a una mutua comunión
a las almas que une entre sí.
Semejantes
al sol que adentra simultáneamente sus rayos en gran número de habitaciones,
estando iluminada cada una según su total capacidad para recibirlo, esas
grandes almas del mundo celeste bañan con sus rayos centenares de imágenes
mentales de ellas, creadas por sus fieles discípulos.
Estas
imágenes están llenas de vida y animadas de la esencia misma del ser que
representan, de suerte que cada estudiante tiene su maestro por instructor, sin
poder monopolizarlo, sin embargo, en perjuicio de los demás.
El hombre reside, pues, en los cielos
“formales”, durante un período determinado por la abundancia de materiales
recogidos sobre la tierra.
Todo lo
bueno que ha podido cosechar en la última vida personal encuentra allí su
completo desarrollo, su realización total, hasta en los pormenores.
Después,
según hemos visto, cuando todo está extinguido, apurada ya la última gota del
cáliz de la dicha y consumida la última migaja del festín celeste, todo cuanto
se ha transformado en facultad, todo lo de valor permanente, queda absorbido en
el interior del cuerpo causal, y el Pensador se despoja de los últimos restos
del cuerpo mental, por medio del que ha manifestado sus energías en las
regiones inferiores del mundo celeste.
Despojado
del cuerpo mental, continúa en su propio mundo a fin de elaborar cuantos
elementos de la cosecha asimilada puedan encontrar en esta región elevada
materiales propios para su expresión.
El gran número de almas vulgares, no
hacen, por decirlo así, más que tocar un instante el nivel inferior del mundo
“sin forma”.
Allí se
refugian momentáneamente, puesto que todos sus vehículos inferiores se han
dispersado; pero se hallan en tan embrionario estado que todavía no son capaces
de poseer ningún poder activo para funcionar independientemente en esta región.
Esas almas
quedan inconscientes desde que se disgrega el cuerpo mental.
Tan sólo
por un instante puede reaccionar su conciencia; el recuerdo ilumina su pasado,
como un relámpago, y así ven las causas más salientes.
Un
relámpago de previsión igualmente breve, ilumina su porvenir y ven los efectos
que han de realizarse en la próxima existencia.
Tal es la
única experiencia del mundo “sin forma” concedida a la mayoría, porque allí,
como en todas partes, la cosecha es proporcional a la siembra, y si no se
sembró nada, ¿cómo esperar cosecha?
Ahora bien: muchas almas sembraron
durante su vida terrestre, con pensamientos profundos y noble conducta, mucho
grano cuya recolección pertenece a esta quinta región celeste; así, es grande
ahora su recompensa por haberse emancipado de la servidumbre de la carne y de
las pasiones, y comienzan a sentir la vida real del hombre, la existencia
sublime del alma misma, despojada de las vestiduras que pertenecen a los mundos
inferiores.
Aprenden,
además, las verdades por visión directa, y ven las causas fundamentales de la
que son efecto los objetos concretos.
Aprenden,
además, las verdades por visión directa, y ven las causas fundamentales de las
que son efecto los objetos concretos.
Estudian
las unidades subyacentes, cuya presencia está disfrazada en los mundos
inferiores por la engañadora variedad de pormenores aparentes.
Obtienen
así un profundo conocimiento de la Ley y aprenden a conocer sus operaciones
inmutables bajo los fenómenos al parecer más dispares.
He aquí
cómo se graban en el cuerpo indestructible las convicciones firmes e
inquebrantables que en la vida terrestre se revelarán como certezas profundas e
intuitivas del alma por encima y más allá de todo razonamiento.
Aquí
todavía estudia el hombre su pasado, separando cuidadosamente el complejísimo
haz de las causas que ha engendrado.
Nota sus
mutuas reacciones, las fuerzas resultantes que de ellas proceden, y ve en parte
cuáles serán sus efectos en las existencias que le reserva el porvenir.
En el sexto cielo encontramos las almas
más avanzadas, que durante su vida terrestre sólo experimentaron débil apego a
las cosas temporales y cuyas energías estuvieron consagradas por completo a la
vida superior, intelectual y moral.
Para ellas
el pasado no tiene velos, su recuerdo es perfecto y sin discontinuidad alguna;
se preparan para la próxima vida la actividad de las energías destinadas a
neutralizar un gran número de fuerzas contentivas y a reanimar y fortalecer a
los que trabajan por el bien.
Tan clara
memoria les permite adoptar determinaciones precisas y enérgicas sobre lo que
ha de hacerse y lo que ha de omitirse; y pueden fijar sus decisiones en los
vehículos inferiores, en la existencia que se prepara, imposibilitando algunos
males incompatibles con esa naturaleza íntima que el ser siente en sí,
haciendo, por lo contrario, inevitables algunas costumbres que responden a las
exigencias irresistibles de una voz interior que no tolera contradicción
alguna.
Tales
almas vienen al mundo con las más nobles y elevadas cualidades que hacen
imposible una existencia vulgar y señalan al niño desde la cuna como uno de los
campeones de la raza.
El hombre que llega a este sexto cielo ve
desfilar ante sí los inmensos tesoros de
Puede
bañarse en el insondable océano de
En este
horizonte agigantado, los fenómenos toman su justo valor relativo, y hombre ve
allí la justificación de los “caminos del Señor”, que dejan de ser para él
“insondables” en cuanto se refieren a la evolución de nuestros mundos
inferiores.
Los
problemas que se propuso inútilmente en la tierra y cuyas soluciones escaparon
siempre de su ávida inteligencia, los resuelve por su intuición que rasga los
velos fenoménicos y descubre los ocultos eslabones de la no interrumpida cadena
de las causas.
Aquí
también el alma goza de la presencia inmediata y de la plena comunión de las
grandes almas que han cumplido su evolución en nuestra humanidad.
Libertada
de las trabas que pone “el pasado” terreno, gusta “el eterno presente” de una
vida inmortal y continua.
Aquellos a
quienes en la tierra llamamos “muertos ilustres” son arriba vivientes
gloriosos, y el alma, embriagada con su presencia, vibra al contacto de su
potente armonía haciéndose cada vez más semejante a ellos.
Más sublime, más admirable brilla todavía
el séptimo cielo, patria intelectual de los Maestros y de los Iniciados.
Alma
alguna puede residir en él si no ha franqueado en la tierra la estrecha puerta
de la Iniciación, la puerta “que conduce a la vida eterna” (I) (El
iniciado sale del camino ordinario de la evolución y va hacia la perfección
humana por un sendero más corto y escarpado)
Este mundo
es la fuente de los más poderosos impulsos intelectuales y morales que se
extienden sobre la tierra, y de él se derraman, en reparadoras corrientes, y
las más sutiles energías.
La vida
intelectual del mundo tiene su raíz en él, y de él recibe el genio sus más
puras inspiraciones.
Para las
almas que allí tienen su morada, poco importa que estén o no sujetas a los
vehículos inferiores.
Su
conciencia sublime no se interrumpe jamás ni su comunión con los que le rodean.
Cuando
“encarnan” pueden comunicar esta conciencia a sus vehículos inferiores en
proporción mayor o menor, según lo juzguen oportuno.
Sus
determinaciones están guiadas cada vez más por la voluntad de los grandes
Seres, identificados con
He aquí un bosquejo de las siete zonas
celestes, a una de las cuales pasa el hombre a su hora, tras el “cambio que
llamamos muerte”.
Porque la
muerte es tan solo un cambio que liberta parcialmente al alma librándola de sus
más pesadas cadenas.
Es el
nacimiento a una vida más larga, el regreso del alma a su verdadera patria tras
breve destierro en la tierra; el paso de la prisión de aquí abajo a la
atmósfera libre de arriba.
La muerte
es la más grande ilusión terrestre.
No existe
la muerte: sólo cambian las condiciones de vida, porque la vida es continua,
sin interrupción ni posibilidad de solución de continuidad.
“El
espíritu es nonato, eterno, inmemorial, constante”; no perece al morir los
cuerpos de que se ha revestido.
Creer en
la muerte del espíritu cuando el cuerpo cae en el polvo, sería como creer que
los cielos se hunden cuando se rompe un ánfora. (comparación empleada en el
Bhagavad Purana.)
LOS PLANOS
BÚDDHICO Y NIRVÁNICO
Hemos visto que el hombre es un ser
inteligente y dotado de conciencia, es decir, el Pensador, revestido de
envolturas o de cuerpos pertenecientes a los planos mental inferior, astral y
físico
Quédanos
por estudiar ahora el Espíritu, que es su Yo más íntimo, la fuente de donde
procede.
Este Espíritu Divino, rayo emanado del
Logos y participe de su Esencia, posee la triple naturaleza del Logos mismo: y
la evolución del hombre como hombre consiste en la manifestación gradual de los
tres aspectos que se desenvuelven desde el estado latente al estado afectivo,
repitiendo en miniatura en el hombre la evolución del mismo universo.
Por eso se
ha llamado microcosmos al hombre al llamar macrocosmos al universo.
Y por eso
también se le ha llamado el espejo del universo, la imagen o el reflejo de Dios
(I) (<<Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza>>) (Génesis, I. 26.)
En, fin el
viejo axioma:
“Como es
arriba, así es abajo” expresa la misma correspondencia.
La presencia de esa
divinidad encubierta garantiza, además, el triunfo final del hombre.
En el
resorte oculto, la potencia motora por la que la evolución es, a la par,
posible e inevitable; la fuerza ascensional que vence lentamente todos los
obstáculos y todas las dificultades.
Es la
presencia que Matthew Arnold presentía vagamente cuando hablaba de “la Potencia
que fuera de nosotros mismos tiende hacia la perfección”.
Pero se equivocaba al
decir: “fuera de nosotros mismos”; porque en verdad es el más íntimo Yo de
todos; no nuestro yo separado, sino nuestro Yo. (Atma, el reflejo de
Paramârmâ.)
Este Yo es él Único, y por eso se le
llama la Mónada (se le llama la Mónada
ya se trate de la Mónada del espíritu—materia, o Atma, o de la Mónada de
Y
semejantes potencias tienen que manifestarse por los choques procedentes de los
contactos con los objetos del universo en que la Mónada se proyecta.
El roce
engendrado solicita en respuesta las vibraciones de la vida sometida a esa
excitación; y las energías de esa vida, pasan una a una, del estado latente al
activo.
La Mónada
humana, así llamada para distinguirla, presenta, como hemos visto, los tres
aspectos del Ser Divino, porque es la imagen perfecta de Dios; y en el ciclo de
la evolución humana, los tres aspectos se desarrollan sucesivamente.
Estos
aspectos son los grandes atributos de
Los tres
Logos manifiestan respectivamente estos atributos con toda la perfección que
requieren los límites de la manifestación.
En el hombre se
desenvuelven estos aspectos en orden inverso: inteligencia, felicidad y
existencia, significando esta última la manifestación de los poderes divinos.
Hasta ahora, en nuestro estudio de la
evolución humana, hemos observado el desarrollo del tercer aspecto de la
Divinidad oculta, o sea el de la conciencia como inteligencia.
Manas, el
Pensador, el alma humana, es la imagen de la inteligencia universal, del tercer
Logos, y toda aquella larga peregrinación en los tres planos inferiores está
aplicada a la evolución de este tercer aspecto: el intelectual de la naturaleza
divina en el hombre.
Mientras
dura la evolución, podemos considerar las otras energías divinas como, por
decirlo así, en estado de incubación en el ser humano, sin desarrollar aún
activamente sus fuerzas en él.
Están
replegadas en sí mismas, in--manifestadas.
Sin
embargo, la preparación de estas fuerzas, anterior a su manifestación, prosigue
poco a poco.
Gradualmente
despiertan del sueño de la no—manifestación, que llamamos estado latente, por
la energía siempre creciente de las vibraciones de la inteligencia.
El aspecto
beatífico del Yo comienza desde entonces a emitir sus primeras vibraciones, y
las palpitaciones nacientes de su vida manifestada se sienten de un modo vago.
Este
aspecto beatífico se llama Buddhi en términos teosóficos.
Es una
palabra derivada de otra sánscrita que significa sabiduría, y el principio así
designado pertenece al cuarto plano del universo, el plano búddhico, donde
todavía subsiste la dualidad, pero sin separación.
Se trata
aquí de valerse inútilmente de palabras para exponer esta idea, porque las
palabras pertenecen a los planos inferiores donde dualidad y separación son lo
mismo.
Se puede,
no obstante, dar concepto aproximado diciendo que es un estado en que cada uno
es él mismo, con una claridad e intensidad a la que no se aproxima ninguno de
los mundos inferiores, y donde cada uno siente al mismo tiempo que contiene a
todos los demás, siendo uno e inseparable con ellos. (Recuerde el lector la
Introducción y vuelva a leer la
descripción de este estado dada por Plotino, que comienza por estas palabras:
“Ven igualmente todas las cosas...>> Y note las frases siguientes:
<<Cada una es igualmente a todas las demás>>, y <<en cada
una, sin embargo, predomina una cualidad diferente>>.)
Lo más análogo en la tierra
a este estado, es la condición de dos personas unidas por un amor puro e
intenso, que hace de ellas como un ser único, de suerte que piensan, obran y
viven al unísono, sin barrera entre ellas, sin distinguir entre lo mío y lo tuyo
y sin separación de ninguna especie (Por esta razón, la felicidad del amor
divino ha sido simbolizada, en muchas escrituras sagradas, por el amor
profundísimo de los esposos, como en el Bhagavad—Gita de los indos y El Cantar
de los Cantares de Salomón. Este es también el amor de que hablan los místicos sufíes y todos los místicos.)
El débil
eco de esta región determina a los hombres a buscar la dicha en la unión con el
objeto de su deseo, cualquiera que éste sea.
El
aislamiento completo es la completa miseria.
Encontrarse
desnudo, despojado de todo, suspendido en el vacío del espacio, en soledad
absoluta, sin nada más que la propia individualidad; sentirse aislado de todo
cuanto existe, encerrado siempre en él yo separado... es lo más intensamente
horrible que pueda concebir la imaginación.
La
antítesis de este infierno es la unión, y la perfecta unión es, por lo tanto,
la perfecta felicidad.
Cuando entra en actividad este aspecto
beatífico del Yo, sus vibraciones, análogamente a lo que sucede en los planos
inferiores, atraen hacia ellas la materia del plano en que actúan.
Así se forma gradualmente
el cuerpo búddhico o cuerpo de la bienaventuranza (1), perfectamente designado
con este nombre. (1) (El Anandamayakosha o estuche de beatitud de los
vedantinos. Es también el cuerpo del sol, el cuerpo solar de que a veces hacen mención
los Upanishads y otros libros) La única
manera de contribuir a la edificación de esta forma gloriosa, consiste en
cultivar el amor puro, desinteresado, universal, benéfico, el amor que “no
ansía nada para sí, que no conoce la parcialidad, que se da sin reservas”.
Esta
efusión espontánea del amor es el más característico de los atributos divinos,
el amor que lo da todo y nada pide.
Este amor
crea el universo, lo conserva y dirige a la perfección y a la felicidad.
Y cada vez
que el hombre extiende sobre todos los que lo necesitan, sin predilecciones ni
diferencias, sin anhelo de recompensa, con el puro y espontáneo goce de la
efusión, desarrolla el aspecto beatífico del Dios que hay en él y prepara el
cuerpo de belleza e inefable dicha en el que se alzará el Pensador, libre de
los límites de la separación, para hallarse consciente de su propia
individualidad y al mismo tiempo uno con todo lo que vive.
Esta es
“la morada no construida con manos, la morada eterna en los cielos” de que
habla San Pablo, el gran iniciado cristiano, que encomia la caridad y el amor
puro sobre toda virtud, porque ella únicamente contribuye en la tierra a
edificar esa gloriosa morada.
Por
análoga razón los budistas llaman a la separatividad “la gran herejía”, y por
eso también la “unión” es el fin que se proponen los indos.
Alcanzar
la liberación, es libertarse de las limitaciones que nos dividen, y del
egoísmo, raíz del mal, que una vez desaparecido, extingue para siempre el
sufrimiento.
El quinto plano, el plano nirvánico,
corresponde al supremo aspecto humano del Dios que hay en nosotros.
Los
teósofos llaman a este aspecto Atma, o él Yo.
Este es el
plano de la existencia pura, de los poderes divinos manifestados tan
completamente como pueden serlo en nuestro quíntuple universo.
Lo que
existe más allá, sobre el sexto y séptimo planos, está sumido en la in
vislumbrada Luz de Dios.
Esa
conciencia átmica o nirvánica es la que han alcanzado los Grandes Seres,
primicias de nuestra humanidad, que han cumplido ya el ciclo de la evolución
humana y a los que se les llama Maestros.
(Se les llama también Mahatmas o grandes
espíritus, y Jivanmuktas o almas libertadas. Están unidos a los cuerpos físicos
con el fin de ayudar
Estos han
resuelto en sí mismos el problema que consiste en aliar la esencia de la
individualidad con la ausencia de toda separación, y viven inmortales como
inteligencias, perfectas en sabiduría, amor y poder.
Cuando la Mónada humana emerge del seno
del Logos, asemejase a un finísimo hilo de luz, aislado por una cubierta de
substancia búddhica, que se desprende del luminoso océano de Atma, del hilo
pende una chispa que se rodea de una envoltura ovoide perteneciente a la
región arrúpica o “sin forma” del plano
mental.
“La chispa
pende de la llama por el sutilísimo hilo de Fohat. (Libro de Dzyan, estancia VII. 5. Doctrina Secreta, I.)
A medida
que la evolución progresa, es mayor y opalescente este huevo luminoso, y el
hilo tenue se transforma en un canal cada vez más amplio, a través del cual
fluye con más abundancia la vida átmica.
Finalmente
estos tres elementos se funden, el tercero en el segundo y los dos en el
primero, quedando unidos como una llama a otra llama de suerte que no es
posible distinguirlos.
La evolución humana en el cuarto y quinto
planos pertenecen a un período futuro de nuestra raza; pero aquellos que
escogen el difícil sendero de un progreso más rápido, pueden efectuarlo desde
luego, como se explicará más adelante.
En este
sendero el cuerpo de bienaventuranza evoluciona rápidamente, el hombre comienza
a vivir más conscientemente en esta región sublime, y conoce la felicidad que
engendra la carencia de barreras exclusivas, y la sabiduría que entra a
torrentes cuando desaparecen los límites del intelecto.
El alma se
separa entonces de la rueda que gira en los mundos inferiores y adivina la
completa libertad del plano nirvánico.
La conciencia nirvánica es la antítesis
de la aniquilación; es la existencia elevada a realidad e intensidad
inconcebibles para quién sólo conoce la vida de los sentidos y de la mente.
Comparar
la conciencia nirvánica con la del hombre sujeto a la tierra, fuera poner en
parangón el esplendor del sol con un menguado candil.
Confundir
el Nirvana con la aniquilación, so pretexto de que en el Nirvana han
desaparecido los límites de la conciencia terrestre, es como si un hombre no
conociese más luces que las del candil, negara la posibilidad de luz alguna sin
mecha empapada en aceite.
El Nirvana
existe.
Los que
han entrado en él y viven esta vida gloriosa lo atestiguan en las Escrituras
sagradas.
Además,
también lo atestiguan los hijos de nuestra raza que han subido esta escala
sublime de la humanidad perfecta, y se encuentran en relación con la tierra a
fin de que nuestra raza, en su larga peregrinación, pueda subir sin tropiezo
los peldaños.
En el Nirvana residen los Seres poderosos
que han cumplido su evolución humana en universos anteriores y que salieron del
seno del Logos cuando éste se manifestó para poner nuestro universo en
existencia.
Son sus
ministros en el gobierno de los mundos, los perfectos agentes de su voluntad.
Los
Señores de todas las Jerarquías de dioses y de seres que viven bajo sus órdenes
en los planos inferiores, tienen allí su residencia, porque el Nirvana es el
corazón del universo de donde irradian todas las corrientes de vida cósmica, el
corazón desde donde el Gran Aliento envía palpitaciones de vida a todas cosas,
y el corazón a donde vuelve ese Aliento el día en que el universo toca a su
término.
El Nirvana
es
El Nirvana es la Gloria sin
velos,
La fraternidad humana, mejor dicho, la
fraternidad de todas la cosas, encuentra base firme y sólida en los planos
espirituales: átmico y búddhico.
Fuera de ellos no hay unidad real, no existe
ninguna simpatía perfecta.
El
intelecto es, en el hombre, el principio separativo que distingue él yo del
no—yo, que tiene conciencia en sí mismo y considera toda cosa como exterior y
extraña.
Es el
principio de combatividad que lucha y se afirma.
Descendiendo
a la base, a partir del plano intelectual, el mundo nos presenta una escena de
lucha tanto más áspera cuanto más parte toma en ella intelecto.
La
naturaleza pasional no es espontáneamente luchadora sino bajo el aguijón del
deseo, cuando encuentra algún obstáculo entre ella y el objeto apetecido; pero
a medida que el intelecto inspira su actividad, se torna cada vez más agresiva,
porque trata entonces de satisfacer sus propios deseos futuros, y tiende a
apropiarse una parte cada vez mayor de las reservas de la naturaleza.
En cuanto
al intelecto, es por sí mismo batallador, y su naturaleza esencial consiste en
afirmarse diferentemente de los demás.
Y aquí
encontramos la raíz de la separatividad y la fuente inagotable de las
disensiones humanas.
Ahora bien, cuando la conciencia alcanza
el plano búddhico, la unidad se percibe inmediatamente.
Es como si
el rayo separado, divergente respecto a los otros, se llegase hasta el sol
mismo, fuente idéntica de todos los demás.
Supongan
un ser vivo en el sol, inundado de luz, con la única misión de difundirla.
Semejante
ser no establecería diferencia alguna entre los diversos rayos y con la
misma complacencia vertería la luz en
todas las direcciones.
Pues lo
mismo puede decirse del hombre que ha alcanzado conscientemente el plano
búddhico.
Siente
vivamente en sí la fraternidad de que los demás hablan como de algo ideal, y se
extiende hacia cualquiera que de su auxilio necesite, prodigando socorro
mental, moral, astral o físico, según la necesidad sentida.
Considera
a todos los seres como a él mismo, siente que todo lo que posee es tan de ellos
como de él, mejor que de él, puesto que siendo menor su fuerza son mayores sus
necesidades. Sucede lo que en una familia cuyos hermanos mayores soportan todas
las cargas y preservan del dolor y la privación a los menores.
Por espíritu fraternal, la debilidad da
derecho a la asistencia, a la protección cariñosa, no pudiendo jamás servir de
pretexto para la opresión.
Precisamente
por haber llegado a tan excelso nivel, manifestaron siempre los fundadores de
las grandes religiones su dulcísima ternura, su desbordante compasión hacia la
humanidad, proveyendo así a las miserias físicas como las aflicciones morales,
según las necesidades de cada cual.
La
conciencia de esta unidad interna, la percepción del Yo Único que reside
igualmente en todos, tal es la única base cierta de la fraternidad.
Otra
cualquiera es deleznable y caduca.
A semejante percepción se añade la idea
que el gado de evolución de todo ser humano o no humano, depende esencialmente
de lo que podemos llamar su edad.
Algunos
comenzaron su peregrinación a través de los tiempos mucho después que otros, y
aunque las facultades sean las mismas para todos, hay quién las desarrolló de
un modo más completo porque tuvo para ello más tiempo que sus hermanos más
jóvenes.
Denostando
y menospreciando el grano porque no es ya flor, la yema no podrá dar fruto ni
el niño ser hombre; y denostando y menospreciando a las almas infantiles que
nos rodean porque no han evolucionado tanto como nosotros, hacemos mal.
No nos
denostemos por no ser todavía como dioses, porque ignoramos cuánto tiempo
ocuparemos el puesto que ocupan hoy nuestros hermanos mayores.
¿Por qué
increpar entonces a las almas más jóvenes que no se parecen todavía a nosotros?
La palabra
“fraternidad” implica identidad de raza y desigualdad de desarrollo.
Y por esto
representa exactamente el lazo que existe entre todas las criaturas del
universo: identidad de Vida esencial y diferencias de grado en la manifestación
de esta vida.
Tenemos
nuestro origen, nuestro método de evolución y nuestro objeto; y las diferencias
de edad y de nivel han de contribuir forzosamente a la formación de lazos más
íntimos y amorosos.
LA REENCARNACIÓN
SABIDURÍA DIVINA
Ya estamos ahora en situación de estudiar
con fruto una de las doctrinas esenciales de
Nuestro concepto de la reencarnación puede
aclararse más y ponerse más en armonía con el orden natural, si la consideramos
como principio universal, y luego pasamos a observar el caso especial de la
reencarnación del alma humana.
Al
estudiarla, este caso especial se arranca generalmente de su sitio en el orden natural, y se le considera, con
gran detrimento suyo, como fragmento dislocado; pues toda la evolución consiste
en una vida evolucionante que pasa de una forma a otra a medida que se
desenvuelve, almacenando en sí misma la experiencia adquirida en dichas formas.
La reencarnación del alma
humana no es la añadidura de un nuevo principio a la evolución, sino la
adaptación del principio universal para adquirir las condiciones que exige la
individualización de la vida en constante desenvolvimiento.
Mr. Lafcadio Hearn (Mr.
Hearn se ha equivocado en la expresión, pero no, según se cree, en el
concepto íntimo. Parte de su exposición del concepto budista de esta doctrina y
el modo de usar la palabra <<Ego>>, extraviará al que lea su
interesante artículo sobre el asunto, si no tiene muy presente la diferencia
entre el ego real y el ilusorio.) ha expuesto este punto, al considerar el
alcance de la idea de la preexistencia en el pensamiento científico de
Occidente.
Dice:
“Con la
aceptación de la doctrina de la evolución, las ideas antiguas vinieron a tierra
y otras nuevas surgieron en todas partes, reemplazando los antiguos dogmas; y
ahora tenemos el espectáculo de un general movimiento intelectual, en
sorprendente dirección paralela con la filosofía oriental.
La rapidez
sin precedente y lo multiforme del progreso científico durante los últimos
cincuenta años, no podían menos de provocar un aceleramiento intelectual,
igualmente sin precedente, entre los no científicos.
Que los
organismos más elevados y complejos se han desenvuelto de los ínfimos y
sencillos; que una sola base física es la substancia de todo el mundo viviente;
que no puede trazarse línea alguna de separación entre el animal y el vegetal;
que la diferencia entre la vida y la no-vida es sólo diferencia de grado y no
de especie; que la materia no es menos
incomprensible que la mente, al paso que ambas sólo son manifestaciones de la
misma realidad desconocida: todas estas cuestiones se han convertido ahora en
vulgaridades de la nueva filosofía.
Después
que por primera vez fué reconocida la evolución física hasta por la teología,
era fácil predecir que no podría retardarse indefinidamente el reconocimiento
de la evolución psíquica, pues quedaba rota la barrera erigida por los antiguos
dogmas que impedía a los hombres mirar hacia atrás.
Y hoy,
para el estudiante de psicología científica, la idea de la preexistencia pasa
del reino de la teoría al de los hechos, probando de plausible modo la
explicación budista del misterio universal.
Consideremos la Mónada de forma
Atma—Buddhi.
En esta
forma, en la vida expirada del Logos, yacen ocultos todos los poderes divinos;
pero, como es sabido, están latentes, no manifestados ni funcionantes.
Han de ser
despertados gradualmente por choques externos, pues en la misma naturaleza de
la vida está en vibrar en contestación a las vibraciones que la pulsan.
Como en la
Mónada existen todas las posibilidades de vibración, toda vibración que obre en
ella despertará el poder vibratorio correspondiente, y de este modo, una tras
otra, pasaran todas las fuerzas del estado latente al activo.
En esto
consiste el secreto de la evolución; el medio actúa en la forma de la criatura
viva—téngase presente que todas las cosas viven--, y al trasmitirse esta acción
a la vida por medio de la forma envolvente, la Mónada que está dentro de ella
despierta vibraciones que responden y pasan al exterior desde la Mónada a la
forma, poniendo a su vez en vibración sus partículas y volviéndolas a coordinar
en forma correspondiente o adoptada al choque inicial.
Esto es la
acción y la reacción entre el medio y el organismo, reconocida por todos los
biólogos, y que algunos consideran como explicación suficiente de la evolución.
La
observación paciente y cuidados de esta acción y reacción no da, sin embargo,
explicación alguna de porque el organismo responde así al estímulo; y es
necesario que
Una vez comprendida la idea fundamental
de una vida que encierra la posibilidad de contestar a todas las vibraciones
que lleguen a ella desde el universo exterior, cuyas respuestas son
gradualmente determinadas por la acción de fuerzas externas, conviene
comprender la segunda idea fundamental: la continuidad de la vida y de las
formas.
Las formas
transmiten sus peculiaridades a otras formas que preceden de ellas, las cuales
son parte de su propia substancia y se han separado para llevar una existencia
independiente.
Por
división, por brotes, por lanzamiento de gérmenes, por el desarrollo del fruto
dentro de la matriz, se conserva la continuidad física, derivándose cada nueva
forma de la precedente y reproduciendo sus características.
La ciencia
agrupa estos hechos bajo el nombre de ley de herencia, y sus observaciones
sobre la trasmisión de la forma son dignas de atención y delatan el modo de
obrar de la Naturaleza en el mundo fenomenal.
Pero debe
tenerse presente que esto se aplica a la construcción del cuerpo físico, en el
cual entran los materiales suministrados por los padres.
Los modos de obrar más ocultos, las
operaciones de la vida sin las cuales la forma no existiría, no han sido aún
observadas, por no ser susceptibles de observación física, y este vacío solo
pueden llenarlo las enseñanzas de
Hay continuidad de vida así como
continuidad de forma, y la vida continua—cuyas energías latentes, cada vez en
mayor número, se transforman en activas por el estímulo que reciben en las
formas sucesivas—es la que resume en sí misma las experiencias obtenidas en las
formas sucesivas de que se ha revestido; pues cuando la forma perece, la vida
conserva los anales de esas experiencias en las mayores energías que han
despertado, y se halla pronta a ser un alma de otras formas derivadas de la
antigua, llevando consigo este acopio acumulado.
Mientras
estuvo en la forma anterior, funcionó por su conducto, adoptándola a la
expresión de cada nueva energía despertada; la forma traspasa estas
adaptaciones, grabadas en su substancia, a la parte que separada de ella
constituye su fruto, el cual, siendo de su substancia, ha de tener
necesariamente las peculiaridades que a ésta caracterizan; la vida se vierte
dentro de ese fruto con todos los poderes que ha despertado, y lo moldea aun
más; y así una y otra.
La ciencia
moderna prueba cada día más y más claramente que la herencia toma una parte
siempre decreciente en la evolución de las criaturas superiores, que las
cualidades mentales y morales no se trasmiten de padres a hijos, lo cual es
tanto más patente cuanto más elevadas sean dichas cualidades; el hijo de un
genio es muchas veces un imbécil, y padres vulgares dan nacimiento a un genio.
Debe
existir un substrátum continuo, inherente a las cualidades mentales y morales,
a fin de que puedan acrecentarse, pues de otro modo la Naturaleza, en este
importantísimo ramo de su obra, produciría efectos vagos y sin causa, en lugar
de demostrar en ellos continuidad ordenada.
En este
punto la ciencia está muda; pero
Una vez bien comprendidos estos dos
principios—de la Mónada con potencialidades que se convierten en poderes, y de
la continuidad de la vida y de la forma—procedamos al estudio pormenorizado de
su modo de obrar, y veremos que resuelve muchos de los embarazosos problemas de
la ciencia moderna, así como aquellos otros que más atañen al corazón, de los
que se ocupan el filántropo y el filósofo.
Principiemos por el estudio en la Mónada,
cuando se halla sujeta a las influencias de los niveles arrúpicos de los planos
mentales, del principio mismo de la evolución de la forma.
Sus
primeros estremecimientos para responder a las impresiones de que es objeto,
atraen a su alrededor algo de la materia de este plano, y así tenemos la
evolución gradual del primer reino elemental.
Los
grandes tipos fundamentales de la Mónada son siete, imaginados a veces como
semejantes a los siete colores del espectro solar, derivados de los tres
primeros. (<<Así como es
arriba es abajo. >> Instintivamente recordamos los tres Logos y los siete
Hijos del Fuego primordiales, y en el simbolísmo cristiano a la Trinidad y los
<<Siete Espíritus que están ante el trono>>, y en el Mazdeísmo a
Ahura mazdao y los siete Ameshaspendas.)
Cada uno
de estos tipos tiene peculiar colorido de características, y este colorido
persiste durante el ciclo de eones de su evolución, afectando a todas las
series de cosas vivas a que anima.
Entonces
principia el proceso de subdivisión en cada uno de estos tipos, que continuará
subdividiéndose, hasta llegar a la individualización.
Las
corrientes puestas en acción por las energías incipientes de la Mónada—bastará
seguir una evolución, pues las otras seis son iguales en principio—sólo tienen
una breve vida de forma; sin embargo, cualquiera que sea la experiencia que en
ellas se adquiera, está representada por un aumento de vida que responde en la
Mónada, la cual es fuente y causa; y esta vida que responde consiste en
vibraciones, muchas veces incongruentes entre sí, estableciéndose en la Mónada
una tendencia hacia la separación, agrupándose juntas las fuerzas las fuerzas
que vibran en armonía, determinando lo que pudiéramos llamar acción
concentrada, hasta que se forman varias submónadas, si se nos permite por un
momento esta expresión, parecidas en sus principales características, pero
diferentes en los detalles, como matices de un mismo color.
Estas se
convierten, a su vez, por los impulsos de los niveles inferiores del plano
mental, en las Mónadas del segundo reino elemental, pertenecientes a la región
de la forma de este plano, continuando el proceso con el aumento constante del
poder responsivo de la Mónada, de suerte que cada una es la vida animadora de
formas sin cuento, por cuyo medio recibe las vibraciones; y cuando la forma se
desintegra sigue vivificando constantemente nuevas formas, continuando también
el proceso de subdivisión por las causas ya descriptas.
Cada
Mónada encarna así continuamente en formas y almacena dentro de sí, como
poderes despiertos, todos los resultados obtenidos en las formas que ha
animado.
Podemos
considerar estas Mónadas como las almas de grupo de formas, y a medida que
prosigue la evolución, estas formas muestran cada vez más atributos, siendo
éstos los poderes del alma monádica del grupo, manifestados por medio de las
formas en que se encarna.
Las
innumerables submónadas de este segundo reino elemental llegan pronto a un
estado de evolución en que principian a responder a las vibraciones de la
materia astral y comienzan entonces a obrar en este plano, convirtiéndose en
las Mónadas del tercer reino elemental y repitiendo en este mundo más grosero
todo el proceso verificado en el plano mental.
Hácense
más y más numerosas como almas monádicas de grupos, mostrando más y más
diversidad en los detalles, y a medida que las características especiales se
definen con mayor fijeza, en cada vez menor el número de formas animadas por
cada una.
Mientras
tanto, puede decirse que la fuente de vida del Logos sigue supliendo nuevas
Mónadas que forman en los niveles superiores, de manera que la evolución
prosigue continuamente; y así que las Mónadas más evolucionadas encarnan en los
mundos inferiores, son reemplazadas por las Mónadas nuevamente surgidas en los
superiores.
Por este proceso siempre repetido de la
reencarnación de las Mónadas o almas monádicas de grupos en el mundo astral,
prosiguen aquellas su evolución hasta que se hallan en estado de responder a la
acción ejercida en ellas por la materia física.
Cuando
recordamos que los últimos átomos de cada plano tienen las paredes de sus
esferas compuestas de materia más grosera del plano inmediatamente superior, es
fácil comprender cómo la Mónada se hace apta para responder a la acción de un
plano después de otro.
Cuando en el primer reino elemental se hubo
acostumbrado la Mónada a vibrar en contestación a los choques de la materia de
este plano, pronto empezó a contestar a las vibraciones recibidas, por medio de las formas más
groseras de esta materia, de la materia del plano inmediatamente inferior.
Así en su
revestimiento de las formas compuestas de los materiales más groseros del plano
mental, sé hacia susceptible a las vibraciones de la materia atómica astral; y
una vez encarnada en las formas de la materia astral más grosera, se hace
igualmente idónea para responder a la acción del éter atómico físico, cuyas
esferas tienen sus paredes compuestas de la materia astral más grosera.
De este
modo puede considerarse que la Mónada llega al plano físico, y allí principia,
o, mejor dicho, todas estas almas monádicas de grupos principian a encarnarse
en formas físicas como películas que constituyen los dobles etéreos de los
densos minerales futuros del mundo físico.
En estas
formas o películas construyen los espíritus de la naturaleza los materiales
físicos más densos, formándose de este modo los minerales de todas clases, los
vehículos más rígidos, en los que se encierra la vida evolucionadora, y por los
cuales expresa el mínimum de sus poderes.
Cada alma monádica de grupo tiene su
expresión mineral propia, alcanzando entonces un alto grado de especialización
las formas minerales en que está encarnada.
Estas almas monádicas de grupo son llamadas algunas veces en su
totalidad la Mónada mineral o la Mónada encarnada en el reino mineral.
Desde este momento en adelante, las
despertadas energías de la Mónada toman una parte menos pasiva en
Cuando se deja obrar a la Naturaleza por sí
sola, el proceso es lento, aun cuando los espíritus de la Naturaleza hacen
mucho en la diferenciación de las especies; pero una vez el hombre se ha
desarrollado y principia con sus sistemas artificiales de cultivo a ayudar el
funcionamiento de una serie de fuerzas e impedir el de otras, entonces esta
diferenciación puede efectuarse con rapidez considerable y pronto se
desenvuelven las diferencias específicas.
Mientras que la división efectiva no tiene efecto en el alma monádica de
grupo la sujeción de la forma a las mismas influencias puede volver a destruir
la tendencia separatista; pero completada ya la división, las nuevas especies
quedan definida y firmemente establecidas y prontas a echar retoños propios.
En algunos individuos de larga vida del
reino vegetal principia a manifestarse el elemento de la personalidad, cuyo
pronóstico de individualización se debe a la estabilidad del organismo. En un árbol que viva varias veintenas de
años, la repetida ocurrencia de condiciones similares ejercen análoga
acción: las estaciones que vuelven año
tras otro con los movimientos consecutivos internos que determinan la elevación
de la savia, el brotar de las hojas, el contacto del viento, de los rayos del
sol y de la lluvia, todas estas influencias con su progreso rítmico, despiertan
vibraciones a que responde el alma monádica del grupo, y como la sucesión de
aquéllas se imprime por repetición constante, la ocurrencia de una conduce a la
vaga expectación de su sucesora tantas veces repetida.
La naturaleza jamás desarrolla súbitamente
una facultad, y esta vaga expectación de que hablamos es el preludio de lo que
más tarde serán la memoria y la previsión.
En el reino vegetal aparecen también los
preludios de la sensación, que en los individuos superiores se convierte en los
individuos superiores se convierte en lo que el psicólogo oriental llamaría
sensaciones “macizas” de placer y de disgusto.
Hay que tener presente que la Mónada atrajo a su alrededor materiales de
los planos por donde descendiera, y por tanto puede percibir la acción de estos
planos, haciéndose sentir en primer término los impulsos más vigorosos de las
formas más groseras de materia. Por último, las sensaciones de los rayos
solares, así como el frío de su
ausencia, se imprimen en la conciencia monádica; y su envoltura astral,
vibrando débilmente, ocasiona la especie de ligera sensación maciza de que
hemos hablado. La lluvia y las
corrientes de aire, al afectar la constitución mecánica de la forma y su
aptitud para comunicar vibraciones a la Mónada que le sirve de alma, son otros
“pares de opuestos” cuyas funciones despiertan el reconocimiento de la
diferencia, la cual es la raíz de todas las sensaciones, y más delante de todos
los pensamientos. De este modo, por
medio de las repetidas encarnaciones en las plantas, evolucionan las almas
monádicas de grupos en el reino vegetal, hasta que las que sirven de alma a los
individuos más elevados de dicho reino, llegan a estar en situación de dar el
paso siguiente.
Este paso las lleva al reino animal, en
donde desarrollan lentamente, en sus vehículos físicos y astrales, una
personalidad ya determinada. Siendo el
animal libre para moverse, hállase sometido a mayor variedad de condiciones que
la planta, fija en un solo punto, y esta variedad promueve diferencias. Sin embargo, el alma monádica de grupo que
anima cierto número de animales salvajes de la misma especie o subespecie, si
bien recibe gran variedad de influencias, como quiera que éstas se repiten
constantemente en su mayor parte, y están compartidas por todos los individuos
del grupo, sólo se diferencia lentamente.
Estas influencias ayudan al desarrollo del cuerpo físico y del astral,
por cuyo medio adquiere mucha experiencia el alma monádica del grupo. Cuando perece la forma de un individuo del
grupo, la experiencia adquirida por esta forma se acumula en el alma monádica
de todo el grupo, dándole color, por decirlo así. El ligero aumento de vida que aquélla
obtiene, al verterse en todas las formas que componen su grupo, las hace
partícipes de la experiencia de la forma que pereció, y de este modo, las
experiencias continuamente repetidas, almacenadas en el alma monádica del
grupo, aparecen en las nuevas formas como instintos, como “experiencias
hereditaria acumuladas”. Cuando
innumerables pájaros han muerto víctimas de las aves de rapiña, los polluelos
acabados de salir del huevo se encogen al aproximarse uno de sus hereditarios
enemigos; pues la vida en ellos encarnada conoce el peligro, siendo el instinto
innato la expresión de este conocimiento.
Así se forman los instintos maravillosos que preservan a los animales de
innumerables peligros habituales, al paso que un peligro nuevo los encuentra
desprevenido y los aturde.
Al ponerse los animales bajo la influencia
del hombre, el alma monádica de grupo se desenvuelve con rapidez creciente, y
por causas parecidas a las que afectan las plantas cultivadas, aceleran la
subdivisión de la vida encarnada; la personalidad se desarrolla y se hace más y
más saliente; en las primeras etapas casi puede decirse que es compuesta, pues
tan por completo están dominadas las formas por el alma común, que toda una
mónada de seres salvajes puede actuar como movida por una sola individualidad. Los animales domésticos de tipo superior,
tales como el elefante, caballo, gato, perro, etc., muestran una personalidad
más individualizada; por ejemplo, dos perros pueden obrar muy diferentemente
bajo la influencia de las mismas circunstancias. El alma monádica de grupo encarna en un
número cada vez menor de formas, a medida que se aproxima gradualmente al punto
en que se alcanza la individualidad completa.
El cuerpo de deseo o vehículo Kámico se desarrolla considerablemente, y
después de la muerte del cuerpo físico persiste por algún tiempo con vida
independiente en el Kamaloka.
Finalmente, el número siempre decreciente de formas animadas por un alma
monádica de grupo, llega a la unidad y anima una serie de formas simples, cuyo
estado sólo difiere de la reencarnación humana por la falta del Manas, con sus
cuerpos mental y causal. La materia
mental que trajo consigo el alma monádica de grupo, empieza a hacerse
susceptible a las influencias del plano mental, y entonces el animal se halla
en estado de recibir la tercera gran emanación del Logos; el tabernáculo está
dispuesto para albergar la mónada humana que es triple por naturaleza, siendo
sus tres aspectos respectivamente denominados el Espíritu, el Alma espiritual y
el Alma humana; o sea Atma, Buddhi, Manas.
Sin duda alguna, en el transcurso de los ciclos de la evolución, la
mónada evolucionadora de la forma podría desenvolver el Manas por medio del
desarrollo progresivo; pero ni en la pasada raza humana ni en los animales al
presente, no es tal el curso de
Además, esta emanación de vida llega a las
formas en evolución, no de un modo directo, sino por intermediarios. Cuando la raza ha alcanzado el punto en que
es apta para recibir la mente, los grandes seres llamados Hijos de la Mente
lanzan en los hombres la chispa monádica de Atma-Buddhi-Manas, necesaria para
la formación del alma embrionaria. Y
algunos de estos grandes seres encarnaron realmente en formas humanas, para
servir de guías e instructores a la humanidad en su infancia. Estos Hijos de la Mente habían completado su
propia evolución intelectual en otros mundos, y vinieron a este mundo más
joven, nuestra tierra, con objeto de prestar auxilio a la evolución de la raza
humana. Son, en realidad, los padres espirituales
de nuestra raza.
Otras inteligencias de grado mucho más
inferior, hombres que habían evolucionado en ciclos precedentes en otro mundo,
encarnaron también entre los descendientes de la raza que recibió sus almas
infantiles del modo descrito. A medida
que esta raza se desenvolvía, mejorábanse los tabernáculos humanos, y miríadas
de almas que estaban esperando la oportunidad de encarnar, lo verificaron entre
sus hijos. Estas almas, parcialmente
desenvueltas, se mencionan también en los anales antiguos como Hijos de la Mente,
porque poseían mentalidad, aunque relativamente poco desarrollada; almas niños,
pudieran llamarse, para distinguirlas de las almas embrionarias de la masa de
la humanidad y de las almas adultas de aquellos grandes Maestros. Estas almas niños, a causa de su más
desenvuelta inteligencia, constituyeron los tipos directores en el mundo
antiguo, las clases superiores en inteligencia, y, por tanto, aptas para
adquirir conocimientos y para dominar a las masas de los hombres menos
desarrollados. De este modo se han
originado en el mundo las enormes diferencias mentales y morales que separan a
las razas más desarrolladas de las menos desenvueltas, distinguiendo, aun
dentro de los límites de una misma raza, al elevado pensador y al filósofo del
tipo casi brutal de los hombres más perversos.
Estas diferencias dependen sólo del grado de evolución, de la edad del
alma, y han existido siempre en toda la historia de la humanidad de este
globo. Retrocédase cuanto se pueda en
los anales históricos, y se encontrarán siempre juntas la inteligencia elevada
y la baja ignorancia; y los anales ocultos, que nos llevan aún mucho más lejos,
cuentan parecida historia de los primeros milenios de
Se comprenderá mejor la evolución del alma,
considerándola desde el punto en que la dejamos, cuando el hombre-animal se
hallaba en estado de recibir y recibió el alma embrionaria. Para evitar toda mala inteligencia posible,
conviene explicar que desde este momento no existieron dos mónadas en el
hombre, o sea la que había construido el tabernáculo humano y la que descendió
a este tabernáculo, y cuyo aspecto inferior era el alma humana. Citando otro símil de H. P. Blavatsky,
diremos que así como dos rayos de sol pueden pasar a través del agujero de un
postigo y mezclarse formando uno solo, aun cundo eran dos, así sucede con estos
rayos de Sol supremo, el divino señor de nuestro universo. Cuando el segundo rayo penetró en el
tabernáculo humano, se confundió con el primero, añadiendo meramente al mismo
nueva energía, y brilló, y a la mónada humana, ya como unidad, principió su
gran tarea de desenvolver en el hombre los poderes superiores de aquella Vida
divina de donde procedía.
El alma embrionaria, el Pensador, tenía en
un principio por cuerpo mental embrionario, la envoltura de materia mental que
la mónada de forma había traído consigo, pero que aun no había sido organizada
para ningún posible funcionamiento. Era
tan sólo el mero germen de un cuerpo mental unido al germen de un cuerpo
causal, y durante muchas Vidas dominaron en absoluto al alma los fuertes deseos
naturales, precipitándola en el torbellino de sus propias pasiones y apetitos,
donde era combatida por las furiosas olas de su propia animalidad sin freno.
Por repulsiva que en el primer momento pueda
aparecer esta vida primitiva del alma, mirándola desde el estado más elevado
que consideramos, es sin embargo necesaria para la germinación de las semillas
de
Lentamente en verdad, pues apenas si algo
pensaba; y por tanto, apenas si hacia algo para la organización del cuerpo
mental; y hasta que en éste no estuvieron grabadas gran número de percepciones
como imágenes mentales, no hubo material sobre el que pudiera basarse al acción
mental iniciada internamente; ésta principia cuando al juntar dos o más de
estas imágenes mentales, resulta de ella alguna deducción, por elemental que
sea. Esta deducción fue el principio del
razonamiento, el germen de todos los sistemas de lógica que la inteligencia
humana ha desenvuelto o se ha asimilado desde entonces. Todas estas inducciones se hicieron en un
principio en beneficio de la naturaleza de deseos, para aumentar los goces y
disminuir el dolor; pero cada una de ellas aumentaba la actividad del cuerpo
mental y le estimulaba a obrar más prontamente.
Vemos, pues, que en este período de su
infancia el hombre no tenía conocimiento del bien ni del mal: éstos no existían
para él. El bien es lo que está de
acuerdo con la voluntad divina, es lo que ayuda al progreso del alma, lo que
tiende a fortalecer la naturaleza superior del hombre y a educar y subyugar la
inferior; el mal es lo que retarda la evolución, lo que detiene al alma en los
estados inferiores después de aprendidas las lecciones que en ellos se enseñan;
lo que tiende al predominio de la naturaleza inferior sobre la superior, lo que
asimila al hombre con el bruto, en vez de identificarle con el Dios que debiera
desenvolver. Antes que el hombre supiera
lo que era el bien, tenía que conocer la existencia de la ley, y esto sólo
podía saberlo propendiendo a cuanto le atraía desde el mundo externo,
abalanzándose a todo objeto de deseo, y luego aprendiendo por la experiencia,
dulce o amarga, si su goce estaba en armonía o en oposición con
Ya hemos dicho que el desenvolvimiento en
aquellas primeras etapas era muy lento, porque no existía más que el albor de
la acción mental, y cuando el hombre abandonaba su cuerpo físico al morir,
empleaba la mayor parte del tiempo en Kamaloka, pasando en sueño un corto
período devachánico para la asimilación inconsciente de leves experiencias
mentales, no bastante desarrolladas aún para la vida activa celeste, la cual
tenía en perspectiva para mucho más adelante.
Sin embargo, el cuerpo causal permanente existía allí, como receptáculo
de sus cualidades, que conservaba para mayor desenvolvimiento en la próxima
vida terrestre. La función que el alma
monádica de grupo representaba en los primeros grados de la evolución, está
representada en el hombre por el cuerpo causal, y esta entidad permanente es la
que en todos los casos hace posible
No debemos pasar por alto la circunstancia
de que, en aquellos primeros tiempos, el medio ambiente producía mucha variedad
en el tipo y en la naturaleza del progreso individual. En último término, todas las almas tienen que
desarrollar sus poderes por sí mismas; pero el orden en que se desarrollan
estos poderes depende de las circunstancias en que se halla colocada el
alma. El clima, la fertilidad o
esterilidad de la naturaleza, la vida de la montaña o de la llanura, de los
bosques interiores o de las costas oceánicas, y otras innumerables
circunstancias despertarán a la actividad una serie u otra de energías
mentales. Una vida de grandes trabajos,
de lucha incesante con la naturaleza, desarrollará poderes muy diferentes de lo
que ese desenvolverían en medio de la
abundancia exuberante de una isla tropical; ambas series de poderes son
necesarias, pues el alma tiene que conquistar todas las regiones de la
naturaleza; pero de este modo pueden desarrollarse diferencias sorprendentes
aun en las almas de la misma edad, pudiendo aparecer una más adelantada que
otra, según que el observador aprecie más los poderes “prácticos” o los
“contemplativos” del alma, las energías activas externas o las tranquilas
facultades internas de meditación. El
alma perfeccionada lo posee todos; pero el alma en progreso tiene que
desarrollarlos sucesivamente, y esto da
lugar a otra de las causas de la inmensa variedad que se encuentra en los seres
humanos.
Y nuevamente debemos hacer presente que la
evolución humana es individual. En un
grupo animado por una sola alma monádica, se encontrarán los mismos instintos
en todos los individuos que compongan dicho grupo, porque el receptáculo de las
experiencias es su alma monádica, la cual vierte su vida en todas las formas
que de ella dependen. Pero cada hombre
tiene su vehículo físico propio, y sólo uno a la vez, siendo el receptáculo de
todas las experiencias el cuerpo causal que vierte su vida en su vehículo
físico único, y no puede afectar ningún otro, porque con ninguno está
relacionado. De aquí que las diferencias
individuales sean entre los hombres mayores que jamás lo hayan sido entre
animales estrechamente relacionados, y de aquí también que la evolución de las
cualidades no pueda estudiarse en al masa de los hombres, sino siempre en el
individuo continuado. La imposibilidad
de semejante estudio prohíbe a la ciencia explicar por qué algunos hombres
gigantescamente intelectuales y morales, se hallan tan por encima de sus
semejantes: sin que se pueda trazar la evolución intelectual de un Shankara o
de un Pitágoras ni la evolución moral de un Gautama o de un Jesús.
Consideremos ahora los factores en la
reencarnación, toda vez que es preciso un conocimiento claro de los mismos para
explicar algunas dificultades, tales como la supuesta falta de memoria y otras
con que tropiezan los que no están familiarizados con esta idea. El
hombre, a su paso, después de la muerte, por Kamaloka y Devachán,
pierde, uno después de otro, sus diversos cuerpos: el físico, el astral y el
mental. Estos se desintegran todos, y
sus partículas vuelven a mezclarse con los materiales de sus respectivos
planos. La relación del hombre con el
vehículo físico queda por completo destruida; pero los cuerpos astral y mental
transmiten al hombre real, al Pensador, los gérmenes de las facultades y
cualidades resultantes de las actividades de la vida terrestre, los cuales se
almacenan en el cuerpo causal, como simiente de sus próximos cuerpos astral y
mental. Así. Pues, sólo queda entonces
el hombre real, el labrador que ha entrojado la cosecha para vivir de ella
hasta su completa asimilación. Despunta
el alba de una nueva vida, y tiene que partir de nuevo a su trabajo hasta el
anochecer.
La nueva vida principia con la vivificación
de los gérmenes mentales, los cuales atraen materiales de los planos mentales
inferiores, hasta formar con ellos un cuerpo mental que representa exactamente
el grado mental del hombre, expresando todas sus facultades mentales como
órganos; las experiencias del pasado no existen como imágenes en este nuevo
cuerpo, pues perecieron al perecer el antiguo cuerpo mental, y sólo permaneció
la esencia, los efectos de aquéllas como facultades; eran el alimento de la mente,
los materiales que ésta convertía en poderes, y en el nuevo cuerpo reaparecen
como tales poderes, determinan sus materiales y forman sus órganos. Cuando el hombre, el Pensador, se ha
revestido así de un nuevo cuerpo para su próxima vida en los planos mentales
inferiores, vivifica los gérmenes astrales para proveerse de cuerpo astral que
le sirva de vehículo en el plano astral.
Este cuerpo representará exactamente su naturaleza de deseos, y
reproducirá fielmente las cualidades que desenvolvió en el pasado, de la misma
manera que la semilla reproduce el árbol padre.
De este modo se encuentra el hombre completamente dispuesto para su
próxima encarnación, y la única memoria de los sucesos de su pasado se
encuentra en su cuerpo causal, su peculiar forma permanente, el único cuerpo
que pasa de una vida a otra.
Mientras tanto, una acción independiente de
él trabaja para proveerle de un cuerpo físico adecuado a la expresión de sus
cualidades. Los lazos que formó y las
deudas que contrajo con otros seres humanos en pasadas vidas, contribuirán a
determinar el lugar de su nacimiento y su familia. ¿Fue origen de dicha o de desgracia para
otros? ; Esto será un factor que determine las condiciones de su futura
vida. ¿Su naturaleza de deseos estuvo
disciplinada o irregular y sin freno?: esto se tendrá en cuenta para la
herencia física del nuevo cuerpo.
¿Cultivó ciertos poderes mentales, tales como el artístico?: en este
punto también la herencia es un factor importante, pues requiere delicadeza en
al organización nerviosa y en la sensibilidad táctil; y así sucesivamente en
variedad sin fin. El hombre puede que
tenga en sí, y tendrá seguramente, muchas cualidades características
incongruentes, de modo que sólo algunas hallen expresión en un solo cuerpo, y
así se elegirá una parte de sus poderes adecuada a una expresión
simultánea. Todo esto lo hacen ciertas
poderosas Inteligencias espirituales, llamadas generalmente los Señores del
Karma, porque su función es inspeccionar los efectos de las causas que
constantemente ponen en acción los pensamientos, deseos y actos. Tienen en sus manos los hilos del destino que
cada hombre tejió, y guían al que ese reencarna hacia el ambiente determinado
por su pasado, y que inconscientemente escogió en sus vidas anteriores.
Determinadas de este modo la raza, la nación
y la familia, estos grandes Seres proporcionan lo que puede llamarse el molde
del cuerpo físico—a propósito para la expresión de las cualidades del hombre y
para la extinción de las causas que ha puesto en acción—y el nuevo doble
etéreo, copia de aquél, queda formado en el claustro materno por obra de un
elemental cuyo poder estimulante es el pensamiento de los Señores del
Karma. El cuerpo denso está construido
sobre el doble etéreo, molécula por molécula, copiándolo exactamente; y aquí la
herencia física domina por completo dentro de los materiales provistos. Además, los pensamientos y pasiones de la
gente que le rodea, especialmente de los padres, influyen en la tarea del
elemental constructor, y de este modo los individuos con quienes el hombre
formó lazos en el pasado, afectan las condiciones físicas, en desarrollo, para
su nueva vida en
Los grados ascendentes de conciencia, a través de
los cuales pasa el Pensador conforme va reencarnando durante el largo ciclo de
sus vidas en los tres mundos inferiores, están claramente determinados; y la
necesidad de muchas existencias para hacer experiencia de ellos, si ha de
desarrollarse por completo, convencerá a las personas reflexivas de la verdad
de la reencarnación.
En el
primer grado, todas las experiencias son sensaciones; el trabajo de la mente
sólo consiste en reconocer que el contacto con ciertos objetos va seguido de
una sensación de placer, mientras que al contacto con otros sigue una sensación
de dolor. Estos objetos forman imágenes
mentales, que bien pronto comienzan a obrar como estímulos que impulsan a la
búsqueda de cosas con el placer asociadas, cuando no se tienen delante,
apareciendo así los gérmenes de la memoria y de las iniciativas mentales. A esta tosca división primera del mundo
externo, síguese la más compleja idea de la significación de la cantidad en
materia de placer y de dolor, conforme se ha expuesto.
En este
punto de la evolución, la memoria es poco duradera, o en otros términos, las
imágenes mentales son muy transitorias.
Aún no ha surgido en la mente del Pensador la idea de deducir del pasado
el porvenir, ni siquiera de un modo rudimentario, y sus acciones van guiadas
por las influencias del mundo externo, o a lo sumo, por el incentivo de sus
apetitos y pasiones que ansían satisfacción, de suerte que por esto lo rechazará
todo, por conveniente que sea para su futuro bienestar; la exigencia del momento
prevalece sobre toda otra consideración.
En los libros de viajes se encuentran ejemplos numerosos de almas
humanas en esta situación embrionaria; y en tal concepto, quienes se detengan a
considerar las condiciones mentales de los pueblos más salvajes, y las comparen
con las de la masa media de las naciones civilizadas, no podrán menos de
convencerse de la necesidad de las múltiples existencias
No hay
para qué decir que las aptitudes morales no están más desarrolladas que las
mentales; aun no se ha concebido la idea de bien y del mal. No es posible introducir ni la más elemental
noción de estos conceptos en un entendimiento falto de todo desarrollo. El bien y el placer son para él términos
sinónimos, según aparece en el notable caso del salvaje australiano, mencionado
por Carlos Darwin. Acosado aquél por el
hombre, dio muerte al ser viviente que más a mano tenía, para servirle de
alimento, recayendo la suerte en su propia mujer. Un europeo le echó en cara lo perverso de su
acción, mas no le produjo impresión alguna; pues de la censura de que era una
mala cosa el comerse a su mujer, sólo dedujo que el extranjero creía que era un
alimento nauseabundo o indigesto; y en su consecuencia, rectificó a su
interpelante, sonriéndose tranquilamente, y diciendo con satisfacción que
“estaba muy buena”. Mídase con el
pensamiento la distancia moral que separa a este hombre de San Francisco de
Asís, y se concluirá que ha de haber una evolución para las almas como la hay
para los cuerpos; y que de no ser así, tendríamos en al esfera del espíritu
milagros absurdos y creaciones dislocadas.
Dos
caminos hay por donde el hombre puede salir gradualmente de esta situación
mental embrionaria. Uno, que le dirijan
y dominen hombres mucho más desarrollados; y otro, el crecer lentamente sin
ayuda. Este último implicaría el
transcurso de milenios sin cuento; pues sin ejemplo y sin disciplina,
abandonado el hombre a los mudables choques de los objetos externos y al
contacto con otros hombres, como él faltos de desarrollo, sólo con gran
lentitud podrían despertarse las energías internas. Ya hemos visto que cuando la masa de la
humanidad, considerada en su tipo medio, recibió la chista que dio el ser al
Pensador, encarnaron como Maestros algunos de los más grandes Hijos de la
Mente, y que también tomaron carne otros muchos Hijos menores de la Mente, que
se hallaban en diversos grados de la evolución, los cuales constituyeron la ola
más elevada de la progresiva corriente humana. Estos gobernaron a los menos
desarrollados, bajo la benéfica autoridad de los grandes maestros; y la
impuesta obediencia a reglas elementales de buen vivir (al principio muy
elementales ciertamente) apresuró en gran manera el desarrollo de las
facultades intelectuales y morales de las almas embrionarias. Prescindiendo de todo otro testimonio, los
restos de civilizaciones gigantescas que hace mucho tiempo desaparecieron y que
muestran habilidades y concepciones intelectuales muy por encima de lo que era
posible a la masa de la humanidad, entonces en la infancia, bastan para aprobar
que existían en al tierra a cabo grandes empresas.
Continuemos estudiando la primera etapa de la evolución de
Al
principio de la evolución humana, el deseo es dueño absoluto del hombre y le
acosa por todas partes; en el punto medio de la evolución, el deseo y la
voluntad chocan de continuo en alternadas victorias; al terminar la evolución,
el deseo ha muerto, y la voluntad domina sin oposición ni rivalidades. Mientras el Pensador no está lo bastante
desarrollado para ver directamente, guía a la voluntad por medio de la razón;
mas como ésta sólo puede deducir sus conclusiones del acopio de imágenes
mentales que constituyen su experiencia,
y como quiera que este acopio sea limitado, la voluntad ordena constantemente
acciones erróneas. Los sufrimientos que
de estos errores proceden, aumentan el caudal de las imágenes mentales,
suministrando así a la razón mayor copia de materiales de donde sacar sus
conclusiones. Así se realiza el
progreso; así se origina
El
problema consiste en resolver el conflicto conservando la voluntad libre;
determinar la voluntad a lo mejor, siendo lo mejor objeto de elección. Debe escogerse lo mejor, pero por un acto de
volición autonómica, que dimane rectamente de una necesidad ordenada de
antemano. La certeza de una ley
impulsiva ha de obtenerse de voluntades innumerables, cada una de las cuales
sea libre de determinar su propio curso.
La solución de este problema es sencilla una vez conocido, por más que
la contradicción parezca irreductible a primera vista. Que el hombre sea libre de determinar sus
propios actos, pero que cada uno de éstos produzca un resultado inevitable; que
el hombre discurra libremente entre todos los objetos del deseo y escoja el que
quiera, pero que sufra las consecuencias de su elección, agradables o penosas,
y al cabo rechazará espontáneamente los objetos cuya posesión trae aparejado el
dolor, no apeteciéndolos ciertamente desde el punto y hora en que haya adquirido
la completa experiencia de que su posesión acaba en quebranto. Luchando por lograr el placer y evitar la
pena, procurará que no le aplasten las tablas de la ley; y la lección se
repetirá el número de veces que sea necesario, a cuyo fin proporcionarán las
reencarnaciones tantas vidas como requiera el más perezoso discípulo. Poco a poco desaparecerá el deseo de los
objetos que producen al cabo sufrimiento, y aunque la cosa se presente envuelta
en todo su tentador espejismo, la rechazará no por impulsión externa, sino por
libre elección. Ha dejado ya de ser
apetecible; ha perdido su poder.
Así
sucederá con cada cosa después de otra.
La elección de los objetos marcha más y más en armonía con la ley,
conforme el tiempo avanza. “Muchos son
los senderos del error; el de la verdad es uno”; recorridos los primeros y visto que todos
terminan en sufrimiento, no cabe perplejidad en escoger el camino de la verdad,
trazado por el conocimiento. Los reinos
inferiores trabajan armoniosamente a impulsos de la ley; el reino humano es un
caos de voluntades en pugna, en rebelión y en lucha contra la ley; pero llega
el momento en que se desenvuelve dentro de él una unidad más noble, una
elección armoniosa de voluntaria obediencia, que, por estar fundada en el
conocimiento y en el recuerdo de los resultados de la desobediencia, es
estable, sin que haya tentación capaz de quebrantarla. El hombre ignorante y falto de lecciones está
siempre en peligro de caer; más, conocido el bien y el mal por propia
experiencia, al escoger el bien está eternamente por encima de toda posibilidad
de cambio.
En la
esfera de la moral se denomina generalmente conciencia a la voluntad, y está
sujeta a las mismas dificultades que en los demás campos de su actividad. Mientras las acciones recaen sobre asuntos
muchas veces repetidos, y cuyas consecuencias son tan familiares a la razón
como al Pensador mismo, la conciencia se expresa con prontitud y firmeza. Pero cuando se presentan problemas nuevos,
sobre cuya solución guarda silencio la experiencia, no puede la conciencia
expresares con certeza; su respuesta será vacilante, porque solo podrá deducir
consecuencias dudosas, y el Pensador es incapaz de expresarse, porque su
experiencia nunca se aplicó a las circunstancias que por primera vez se le
ofrecen. De aquí que la conciencia
resuelva a menudo erróneamente; esto es, que la voluntad, falta de dirección
segura, ya por parte de la razón, ya de la intuición, guíe las acciones por mal
camino. Y no podemos omitir las
influencias externas que afectan a la mente: formas de pensamientos de los
demás, ya sean amigos, individuos de la familia o conciudadanos. Todos estos rodean y compenetran la mente con
su propia atmósfera, falseando el aspecto de todas las cosas, desfigurando sus
verdaderas proporciones. Así influida la
razón, se ve privada con frecuencia del reposo necesario para juzgar ni aun
conforme a los dados de su experiencia propia, y acaba por deducir conclusiones
falsas, engañada por el instrumento falaz de que se ha servido para el estudio
de asunto.
La
evolución de las facultades morales está estimulada por las afecciones, aun
animales y egoístas, de la infancia del Pensador. Las leyes de la moral están establecidas por la
razón iluminada, que discierne las en cuya conformidad la Naturaleza se mueve,
e induce al hombre a proceder en armonía con la voluntad divina. Pero cuando no interviene fuerza alguna
exterior, el impulso a al obediencia de estas leyes radica en el amor en esa
deidad oculta en el hombre, que procura difundirse y entregarse a los
demás. La moralidad comienza para el
Pensador niño, cuando por primera vez se siente movido por el amor hacia la
esposa, el hijo o el amigo, cuando se siente inclinado a hacer algo en provecho
del ser querido, sin idea alguna de provecho personal. Esta es su primera victoria sobre la
Naturaleza inferior, en cuya completa sumisión consiste la perfección
moral. De aquí la importancia de no
destruir las afecciones ni empeñarse jamas en debilitarlas, según practican
muchas bajas especies de ocultismo. Por groseros
en impuros que sean los efectos, ofrecen siempre posibilidades de evolución
moral, la cual se impiden a sí mismos los fríos de corazón y los que se aíslan
dentro de sí propios. Es más fácil tarea
purificar el amor que crearlo. Por esto
dijeron los grandes Maestro, que más cerca están del reino de los cielos los
pecadores que los fariseos y los escribas.
La tercera
gran etapa de la conciencia comprende el desarrollo de los más elevados poderes
intelectuales. Ya no sólo se alimenta el
pensamiento de las imágenes mentales suministradas por las sensaciones, ya no
especula únicamente sobre los objetos concretos ni se limita a los atributos
que diferencian unos de otros, sino que habiendo aprendido a distinguirlos con
claridad por la apreciación de sus desemejanzas, comienza a agruparlos por
razón de algún atributo especial que es común a objetos diversos y constituye
su lazo de unión. Así deduce este común
atributo y lo extrae, colocando todos los objetos que lo poseen aparte de los
que carecen de él, y de este modo desarrolla la facultad de reconocer la
identidad en al diversidad: primer paso hacia el reconocimiento futuro de lo
Uno como fundamento de lo múltiple. Así
va clasificando el Pensador cuanto le rodea, desarrollando, en consecuencia, la
facultad de sintetizar, aprendiendo a construir al mismo tiempo que a
analizar. Da entonces un paso más, y concibe
la propiedad común como idea separada de todos los objetos en que aparece;
formando así imágenes mentales de especie superior a las de los objetos
concretos: imágenes de ideas que no tienen existencia fenomenal en el mundo de
las formas, sino que existen en los niveles mas elevados de plano mental y
ofrecen materia en que el mismo Pensador ejerce su actividad. La mente inferior
almacena la idea abstracta mediante la razón, y al hacerlo, tiende raudo el
vuelo hasta tocar los límites del mundo sin forma, desee donde confusamente
vislumbra lo que hay más allá. El
Pensador considera estas ideas y vive habitualmente en medio de ellas; y
ejercitado y desarrollado ya el poder de razonar sobre lo abstracto, el
Pensador comienza a encontrarse realmente en su propio mundo, comienza la vida
de activo funcionamiento en su propia esfera.
Los hombres que esto alcanzan, se cuidan poco de los sentidos, de la
observación externa, de la aplicación del pensamiento a las imágenes de los
objetos exteriores; sus poderes se dirigen hacia dentro, sin buscar fuera sus
satisfacciones. Reposan tranquilos en sí
mismos, creciendo en el estudio de los problemas filosóficos, en la inspección
más profunda del pensamiento y de la vida, antes procurando desentrañar las
causas que desvariar en al acumulación de efectos, y acercándose día tras día
al reconocimiento de Uno, que se oculta tras las infinitas variedades de la
Naturaleza visible.
En la
cuarta etapa de la conciencia se ve el Uno; y al franquear las barreras
levantad por el intelecto, la conciencia abarca el mundo y ve todas las cosas
en sí misma y como partes de sí mima, se ve a sí mima como un rayo del Logos, y
por lo tanto, como una con El. ¿Qué es
el Pensador entonces? Ha llegado a ser Conciencia; y en tanto que el alma
espiritual puede usar a voluntad cualquiera de sus vehículos, no esta aquél forzado
a usarlos ni siquiera los necesita para su plena y consciente vida. Ya han concluido las reencarnaciones
forzosas; el hombre ha vencido a la muerte: ha alcanzado
Para
completar esta parte de nuestro estudio, se requiere comprender la vivificación
sucesiva de los diferentes vehículos de la conciencia, y su ingreso, uno
después de otro, en la esfera de la vida activa, como instrumentos armoniosos
del alma humana.
Hemos
visto que el Pensador, desde los comienzos de su vida separada, ha tenido
vestiduras de materia mental, astral etérea y física densa. Por estos medios su vida trasciende al
exterior como puente de la conciencia, a lo largo del cual todos los impulsos
del Pensador llegan hasta el cuerpo físico denso, y todas las impresiones del
mundo externo le alcanzan a él. Pero
este uno general de los cuerpos sucesivos, como partes de un todo encadenado es
cosa muy diferente de la vivificación de cada uno de ellos para servir
alternativamente de vehículo a la conciencia, con independencia de los
inferiores. Esta vivificación de los
vehículos es lo que vamos a considerar.
El que
primero debe reducirse a orden armonioso de actividad, es el vehículo inferior;
el cuerpo físico denso. Es preciso
afinar el cerebro y el sistema nervioso, y hacerlos delicadamente sensibles a
todas las impresiones que caen dentro de al escala de su poder vibratorio. En los albores de la especie humana, cuando
este cuerpo físico se componía de la más grosera clase de materia, la gama era
muy limitada: el órgano físico de la mente sólo podía responder a las más
lentas vibraciones. Como era natural,
respondía con mucha mayor prontitud a las impresiones del mundo externo
causadas por objetos semejantes a él por su materia.
Su
vivificación como vehículo de la conciencia, consiste en que se le haga
sensible a las vibraciones que parten del interior; y la rapidez de esta
vivificación depende de que la naturaleza inferior ayude en su obra a la más
elevada, de que se someta lealmente a servir a su misterioso director. Cuando después de muchas y muchas vidas, la
naturaleza inferior comienza a columbrar que existe sólo por el alma, que todo
ese valor consiste en la ayuda que pueda proporcionarle y que sólo puede
conquistar la inmortalidad fundiéndose en ella, proseguirá su evolución a pasos
de gigante. Antes de esto la evolución
ha sido inconsciente; al principio el único objeto de la vida era la
satisfacción de la naturaleza inferior, y mientras esto fue preliminar
necesario para despertar las energías del Pensador, nada propendió directamente
a convertir el cuerpo en vehículo de conciencia. Su acción directa sobre ésta comienza cuando
la vida del hombre establece su centro en el cuerpo mental, cuando el
pensamiento comienza a dominar
Entonces
comienza la personalidad a someterse deliberadamente a disciplina y a posponer
sus pasajeras satisfacciones a los intereses permanentes de la individualidad
inmortal. Emplea en el desarrollo de las
facultades mentales el tiempo que podía malgastar en la consecución de groseros
placeres; todos los días destina algunas horas a estudios serios; el cerebro se
entrega gustoso a las impresiones que proceden del interior, en vez de las que
recibe del exterior; se siente arrastrado a responder a un orden consecutivo de
pensamientos, y aprende a refrenarse en la libre emisión de sus propias
imágenes, inútiles e inconexas, fruto de pasadas impresiones aprende a
permanecer en reposo cuando no es requerido por su maestro, para corresponder a
vibraciones, no para iniciarlas. Con el
tiempo empezará a discernir los alimentos que mejor pueden suministrar al
cerebro la substancia y proscribirá el uno de los más groseros, tales como la
carne, la sangre, y el alcohol, formándose un cuerpo puro con alimentos puros. Y así, poco a poco, las vibraciones de orden
inferior dejarán de encontrar materia dispuesta a responder a su acción, y en
consecuencia, llegará a ser el cuerpo físico un vehículo idóneo de la
conciencia, reflector delicado de las impresiones del pensamiento, sutilmente sensible a las
vibraciones producidas por el Pensador.
El doble
etéreo se conforma tan estrictamente a la constitución del cuerpo denso, que no
precisa estudiar por separado su purificación y vivificación. Normalmente no sirve de vehículo separado de
la conciencia, sino que actúa simultáneamente con su compañero más denso, y
cuando se halla apartado de él por accidente o por muerte, responde muy
débilmente a las vibraciones que parten del interior. Sus funciones no son, en realidad, de
vehículo de Prana, de la fuerza vital individualizada, y su desencajamiento del
cuerpo denso, al cual lleva las corrientes de vida, es, por tanto, perturbador
y dañino.
El segundo
vehículo de conciencia que debe vivificarse es el cuerpo astral. Cuando durante el sueño abandona al cuerpo
físico y flota en el mundo astral, alcanzada ya su completa organización, la
conciencia que hasta entonces ha actuado dentro de él, comienza, no sólo a
recibir por su medio las impresiones de los objetos astrales que constituyen la
llamada conciencia del sueño, sino también a percibir, mediante sus sentidos,
objetos de aquel plano: esto es, comienza a relacionar las impresiones que recibe
con los objetos que las producen. Estas
percepciones son confusas al principio, como en las primeras percepciones que
la mente recibe cuando le sirve de instrumento el cuerpo físico de un niño, las
cuales deben corregirse en uno y otro caso por
El tercer
vehículo de conciencia, el cuerpo mental, es rarísima vez vivificado para
actuar independientemente, sin la instrucción directa de un maestro, y su
funcionamiento pertenece entonces a la vida del discípulo, en el estado actual
de al evolución humana. Según ya hemos
visto, se recombina para funcionar separadamente en el plano mental, y esto
requiere también experiencia y educación a fin de que se halle por completo bajo
el dominio de su dueño. Es un hecho
común a estos tres vehículos de conciencia, pero que en los sutiles induce más
fácilmente a error que en el denso, que estos vehículos están sujetos a
evolución, y que a medida que progresan, aumenta su capacidad para recibir y
responder a las vibraciones. ¿Cuántos
tonos no percibe el oído amaestrado, que le pasan inadvertidos al que no lo
está, el cual oye sólo la nota fundamental?
A medida que se aguzan los sentidos físicos, el mundo aparece más y más
lleno; y en donde el campesino sólo ve el surco y el arado, la mente cultivada
se fija en la flor del arbusto y del álamo temblón, en al arrebatadora melodía
de la alondra y en el zumbido de alas diminutas en el vecino bosque; en los
conejos que corren a través de los entrelazados helechos, y en las ardillas que
juguetean en las ramas de las hayas; en
los graciosos movimientos de las cosas silvestres; en los fragantes aromas del
campo y de la selva; en los espléndidos
cambiantes del cielo matizado de nubes y en las luces y sombras fugaces
de las colinas. Tanto el campesino como
el hombre culto tienen ojos, ambos tienen cerebro; pero ¡cuán diferentes sus
poderes de observación, cuán distintas sus facultades para recibir
impresiones! Lo mismo sucede en otros
mundos. Cuando los cuerpos astral y
mental principian a funcionar como vehículos separados de conciencia, se
encuentran, por decirlo así, en el grado de percepción del campesino, y sólo
llegan a su conciencia fragmentos del mundo astral y mental con extraños y engañadores
fenómenos; pero rápidamente se desarrollan abarcando mayor radio y aportando a
la conciencia un reflejo cada vez más exacto de lo que les rodea. Aquí, como en otras partes, debemos tener
presente que nuestro conocimiento no es el límite de los poderes de la
Naturaleza, y que en el mundo astral y mental, lo mismo que en el físico, somos
aún niños que nos ocupamos en recoger conchas arrojadas por las olas, mientras
quedan inexplorados los tesoros ocultos del Océano.
El
desarrollo del cuerpo causal como vehículo de conciencia, sigue en tiempo
oportuno el desarrollo del cuerpo mental, y presenta al hombre un estado de
conciencia aun más maravilloso; retrocede hacia el pasado sin límites, y avanza
hasta penetrar las eventualidades del porvenir.
Entonces el Pensador no sólo adquiere la memoria de su pasado, pudiendo
rastrear el propio desarrollo a través de la larga sucesión de vidas encarnadas
y desencarnadas, sino que también es capaz de recorrer su pasado en la tierra,
y aprender las grandes lecciones de la experiencia del mundo, estudiando las
leyes ocultas que rigen la evolución y los profundos secretos de la ida,
escondidos en el seno de
Cuando se
desarrolla el cuerpo búdico como vehículo de conciencia, el hombre entra en la
dicha de la unión y conoce con certidumbre completa, con realidad vívida, su
unidad con todo lo que es. Así como en
el cuerpo causal, el elemento predominante de la conciencia es el conocimiento
y por último la sabiduría, así la felicidad y el amor son los elementos
predominantes de la conciencia en el cuerpo búdico. La serenidad de la sabiduría determina
principalmente al primero, al paso que la compasión más tierna fluye de modo
inextinguible del segundo; cuando a esto se añade la fuerza divina y reposada
que caracteriza el funcionamiento de Atma, entonces la Humanidad se corona con
la divinidad, y el Dios-hombre se manifiesta en plenitud de poder, sabiduría y
amor.
Al
desarrollo apresurado sucesivo de los vehículos superiores, no sigue
inmediatamente la facultad de aportar a los inferiores toda la parte de
conciencia de aquellos que éstos pueden percibir. En este punto difieren grandemente los
individuos, según sus circunstancias y según obren, pues este apresuramiento en
el desarrollo de los vehículos ocurre rara vez hasta que se alcanza el
discipulado probatorio, y entonces los deberes por cumplir dependen de las
exigencias del tiempo. Al discípulo y
aun al aspirante al discipulado se le enseña a poner sus facultades al servicio
del mundo; y la participación de la conciencia inferior en el conocimiento de
la superior se determinan principalmente por las necesidades de la obra en que
el discípulo está ocupado. Es necesario
que el discípulo pueda usar por completo de sus vehículos de conciencia en los
planos superiores, en tanto que su obra haya de efectuarse tan sólo en ellos;
pero el aportar el conocimiento de esta obra al vehículo físico, que no
interviene para nada en ella, es asunto sin importancia, y el que pueda o no
hacerlo, se determina generalmente por el efecto que una y otra circunstancia
deba tener en la eficacia de su trabajo en el plano físico. En el estado presente de la evolución, la
violencia que se hace al cuerpo físico cuando la conciencia superior le obliga
a vibrar en consonancia con ella, a menos que las circunstancias externas sean
muy favorables, puede ocasionar desarreglos nerviosos y sensibilidad histérica
con todas sus nocivas consecuencias. De
aquí que la mayor parte de los que poseen desarrollados los vehículos
superiores de conciencia, y que al mismo tiempo deben efectuar sus trabajos más
importantes fuera del cuerpo, permanezcan apartados de los centros de
población, para traer a la conciencia física el conocimiento que emplean en los
planos superiores, preservando de este modo al vehículo físico sensitivo del
uso grosero y del bullicio de la vida ordinaria.
Las
preparaciones principalmente necesarias para recibir en el vehículo físico las
vibraciones de la conciencia superior son:
su purificación de los materiales groseros por medio de alimento puro y
vida pura; el dominio completo de las pasiones y la formación de carácter y
mente equilibrados, que no se afecten por el tumulto y las vicisitudes de la
vida externa; la costumbre de la meditación tranquila sobre asuntos elevados,
apartando el pensamiento de los objetos de los sentidos y de las imágenes mentales
que provocan, y fijándolo en cosas superiores; el abandono de toda
precipitación, especialmente de aquella, desasosegada y excitable de la mente,
que mantiene al cerebro en constante trabajo, pasando de un asunto a otro; un
amor real de las cosas del mundo superior, por cuya virtud se nos presenten con
más atractivo que los objetos del bajo mundo, haciendo que la mente descanse
satisfecha en su compañía, como en la del amigo predilecto. En resumen, las preparaciones son muy
semejantes a las requeridas para la separación consciente de “alma” y “cuerpo”,
las cuales he expuesto en otra parte y aquí repito para aleccionamiento del
estudiante como sigue:
“Debe
comenzar por extrema sobriedad en todas las cosas, cultivando un estado mental
uniforme y sereno; su vida debe ser pulcra y sus pensamientos puros,
manteniendo su cuerpo estrictamente sujeto al alma, y acostumbrando a su mente
a ocuparse en temas nobles y elevados; debe practicar habitualmente
“La
libertad fuera del cuerpo puede obtenerse de otras maneras: por un arrobamiento
intenso de devoción, o por sistemas especiales empleados por un gran maestro
con sus discípulos. Cualquiera que sea
el medio, el fin es el mismo: la liberación del alma en completa conciencia,
pudiendo examinar su nuevo medio ambiente en regiones fuera del círculo de
acción de
Los que
hayan comprendido bien las principales ideas bosquejadas en las anteriores
páginas, verán que tales ideas son de por sí la mayor prueba de que la
reencarnación es un hecho en
Como diría un mahometano, su destino pende desde el
instante de su nacimiento; pues el destino del hombre depende de su carácter y
del medio en que vive, y cada nueva alma lanzada al mundo, tiene que ser
condenada al sufrimiento o a la dicha con arreglo a las circunstancias que la
rodean y al carácter impreso en ella. La
predestinación en su forma más repulsiva, es la única alternativa de
Si se
admite que el Alma del salvaje está destinada a vivir y a desarrollarse, y no
condenada por toda la eternidad a su presente estado infantil, sino que su
evolución se verificara después de la muerte y en otros mundos, entonces se
admite el principio de la evolución del Alma, y sólo queda la cuestión del
sitio donde tiene lugar. Si todas las
Almas estuviesen en la tierra en el mismo grado de progreso, mucho pudiera
decirse sobre la necesidad de otros mundos para la evolución de las Almas en
los grados superiores al estado infantil.
Pero nos vemos rodeados de Almas muy avanzadas y nacidas con nobles
cualidades mentales y morales. Por
paridad de razonamiento, tenemos que suponer que han evolucionado en otros
mundos antes de su único nacimiento en éste, y entonces habría de sorprendernos
el que un mundo que presenta condiciones a propósito, así para las Almas que se
encuentran en la infancia, como para las más avanzadas, sólo esté destinado a
una sola visita pasajera de aquéllas durante el período inmenso de su
desarrollo, y que todo el resto de la evolución haya de verificarse en mundos
semejantes a éste, e igualmente aptos para proporcionarles la diversidad de
condiciones necesarias para su progreso en sus diferentes etapas, tal como las
vemos cuando nacen aquí.
Al
estudiar el mundo que nos rodea, observamos que podemos encaminar nuestros
pensamientos por diversas vías que nos llevan a la misma meta de
Si las
cualidades mentales y morales se consideran como acumulación de los resultados
de la vida civilizada, entonces nos vemos frente al hecho de que a los hombres
de más talento del presente, sobrepujan los gigantes intelectuales del pasado,
y de que ningún hombre de nuestra época alcanza la altura moral de algunos
santos históricos. Por otra parte,
tenemos que considerar que el genio no tiene padre ni hijos; que aparece repentinamente
y no como la meta de una familia que haya venido desarrollándose gradualmente,
y que por regla general es estéril, o bien que si tiene un hijo, es un hijo del
cuerpo y no de
¿De qué
modo, si no por la reencarnación, pueden explicarse los “niños prodigio”? Consideremos, por ejemplo, el caso del doctor
Young, el descubridor de la teoría ondulatoria de la luz, un hombre cuyos
méritos no han sido aún reconocidos en toda su magnitud. A los dos años, sabía leer “con mucha
soltura”; y antes de los cuatro había llegado
a leer por dos veces toda la Biblia; a los siete principió la aritmética
y dominó el Tutors Assistant (Ayuda del Maestro) de Walkingham, antes de llegar
a la mitad del mismo bajo la dirección de un preceptor; y unos cuantos años más
tarde, aún en el colegio, posee el latín, el griego, las matemáticas, la
teneduría de libros, el francés, el italiano, el manejo y la fabricación del
telescopio, y muestra gran afición hacia la literatura oriental. Destinado a los catorce años, en compañía de
otro muchacho año y medio mas joven que él, a estudiar bajo la dirección de
determinado maestro, que no llegó a tomarse a su cargo. Young enseñó al otro muchacho.
Sir
William Rowan Hamilton demostró facultades aun más precoces. Principió a aprender el hebreo cuando apenas
tenía tres años, y a los siete, según declaró uno de los catedráticos del
Trinity College de Dublín, había demostrado mayor conocimiento de esta lengua
que muchos aspirantes a cátedra. A los
trece años sabía trece idiomas, entre los cuales, además de las lenguas
clásicas y europeas modernas, se contaba el persa, árabe, sánscrito y
malayo. A los catorce años dirigió una
carta de bienvenida al embajador persa en una visita de éste a Dublín, el cual
declaró “que no había creído que hubiera en Inglaterra un hombre capaz de
escribir en su lengua”. Un pariente suyo
escribe lo siguiente: “Me acuerdo que
cuando tenía seis años contestaba a cualquier pregunta difícil de matemáticas,
y luego corría alegremente a jugar con un carrito. A los doce años luchó con Colburn, el
muchacho calculista americano, que entonces se exhibía como una curiosidad en
Dublín, y no siempre llevaba lo peor de la contienda”. A los dieciocho años el doctor Brinkley
(Astrónomo Real de Irlanda) dijo de él en 1823: “Este joven no diré que será,
sino que es el primer matemático de su siglo.”
En el colegio su carrera no tuvo precedentes, pues, entre muchos
competidores de más que ordinario mérito, fue siempre el primero en todas las
materias y en todos los exámenes.
Compare el
hombre reflexivo estos muchachos con algunos medio idiotas y aun con la
generalidad de los chicos; observe cómo principiando con tales ventajas llegan
a ser directores del pensamiento, y pregúntese luego si tales Almas no tienen
pasado alguno tras sí.
El
parecido de familia se explica generalmente por la “ley de la herencia”, pero
las diferencias en el carácter mental y moral que constantemente se ven en una
misma familia, se dejan sin explicación.
La reencarnación explica el parecido por el hecho que por medio de la
herencia física puede proveerla de un cuerpo a propósito para expresar sus
características; y explica las diferencias atribuyendo el carácter mental y
moral al individuo mismo, al paso que demuestra que los lazos forjados en el
pasado le han conducido a encarnarse en relación con algún otro individuo de
La
diferencia sorprendente que, para la asimilación de cierta clase especial de
conocimientos, se nota entre personas de facultades intelectuales casi iguales,
es otra “huella” de
La principal dificultad que muchos tienen para
admitir la doctrina de la reencarnación, es la falta de memoria respecto del
pasado. Sin embargo, cada día confirman
el hecho de haber olvidado mucho de la vida presente, pues los primeros días de
la niñez están borrosos, y los de la infancia en vacío completo. Deben advertir también que los sucesos
pasados y por completo desaparecidos de su conciencia normal, se encuentran,
sin embargo, escondidos en obscuras cavernas de la memoria, y pueden
presentarse vívidamente en ciertas enfermedades o bajo la influencia del
magnetismo. Hay ejemplo de un moribundo
que habló una lengua sólo conocida en su infancia, y que le había sido
desconocida durante su larga vida; en el delirio, sucesos largo tiempo
olvidado, se han presentado de un modo vívido a
Del mismo
modo que el recuerdo de una parte de la vida presente se halla fuera de los
límites de la conciencia ordinaria y sólo se muestra de nuevo cuando hallándose
el cerebro en estado súper-sensitivo, puede responder a vibraciones que
ordinariamente no es capaz de percibir, así también el recuerdo de las vidas
pasadas se halla almacenado fuera del alcance de la conciencia física. Se halla todo en el Pensador, que es el único
que persiste vida tras vida y tiene el libro de memorias a su alcance, pues es
el único “yo” que ha pasado por todas las experiencias que en él se
registran. Por otra parte, puede
imprimir el recuerdo del pasado en su vehículo físico, así que lo haya
purificado de modo que responda a sus fugaces y sutiles vibraciones, y entonces
el hombre de carne puede compartir el acumulado conocimiento del pasado. La dificultad de la memoria no consiste en el
olvido, pues el vehículo inferior, o sea el cuerpo físico, no ha pasado nunca
por las vidas anteriores de su dueño; consiste en la absorción del cuerpo
actual en su medio ambiente presente, en su grosera insensibilidad para
responder a las delicadas vibraciones, únicas por las cuales puede hablar el
alma. Los que quieran recordar el
pasado, no deben tener concentrado todo su interés en el presente, sino que
deben purificar y refinar el cuerpo hasta que pueda recibir las impresiones de
las esferas más sutiles.
Sin
embargo, la memoria de las vidas pasadas la posee un considerable número de
personas que han llegado a adquirir la sensibilidad necesaria del organismo
físico, no siendo ya para ellas la reencarnación mera teoría, sino asunto de
conocimiento personal. Así saben cuánto
más rica es la vida presente con el recuerdo de las pasadas, viendo que los
amigos de este breve día son los mismos de hace mucho tiempo con lo que los recuerdos
antiguos fortalecen los lazos del pasajero presente. La vida gana en seguridad y en dignidad
cuando se la ve con una extensa perspectiva tras sí, y cuando los amores de
antaño reaparecen en los amores de hoy.
La muerte se reduce a su propia insignificancia, como un simple
incidente de la vida, el cambio de un escenario por otro, como un viaje que
separa los cuerpos, pero que no puede separar al amigo del amigo. Se ve que los lazos del presente no son más
que eslabones de una cadena de oro que se extiende en el pasado, pudiendo
afrontarse el porvenir con la alegre confianza que proporciona la idea de que
estos lazos subsistirán, y que forman parte de aquella cadena no interrumpida.
De vez en
cuando vemos niños que han aportado recuerdos de su inmediato pasado, las más
veces cuando han muerto en la niñez y vuelven a nacer casi inmediatamente. En Occidente son estos casos más raros que en
Oriente, porque en Occidente las primeras palabras de tal niño serían escogidas
con incredulidad, y pronto perder la confianza en sus propios recuerdos. En Oriente, donde la creencia en la
reencarnación es casi universal, se escuchan los recuerdos del niño para
comprobarlos a su debida oportunidad.
Hay otra
consideración respecto de la memoria, que merece estudiarse. La de los sucesos pasados, permanece como
hemos dicho, únicamente en el Pensador; pero los resultados de estos sucesos,
convertidos en facultades, se hallan al servicio del hombre encarnado. Si el total de estos sucesos pasados se lanza
dentro del cerebro físico, como una vasta masa de experiencias sin orden ni
arreglo, el hombre no podría guiarse por al manifestación del pasado ni
utilizarlo para su ayuda presente.
Obligado a escoger entre dos tendencias de acción, tendría que elegir
sucesos similares en carácter, entre los desordenados hechos de su pasado, ver
cuáles fueron sus resultados, y después de un estudio largo y penoso, llegar a
alguna conclusión que probablemente sería viciosa por no haber tenido en cuenta
algún factor importante que se recordó tiempo después de haber pasado el
momento de
Sin
embargo, desde estos puntos de vista, la mente vuelve a apoyarse en la
necesidad fundamental de la reencarnación, para explicar la vida y no ver en
ella al hombre como mero juguete de la injusticia y
EL KARMA
Una vez
seguida la evolución del alma humana a través de vidas sucesivas, podemos
estudiar la gran ley de causalidad que preside los renacimientos y que se llama
Karma.
Karma es un término sánscrito que significa
literalmente “acción”.
Supuesto es que toda acción es efecto de causas
anteriores, y que cada efecto viene a ser a su vez la causa de otros, esta
noción de causa y efecto es elemento esencial en la vida de acción.
Por esto el término acción o Karma se usa en el
sentido de “casualidad” y designa la serie ininterrumpida, el encadenamiento de
causas y efectos de que se compone toda actividad humana.
De ahí la frase que se emplea a veces al hablar de
un acontecimiento: “es mi Karma”; es decir, “este hecho es efecto de una causa
puesta en juego por mí en el pasado.”
Ninguna existencia está aislada; cada vida es el
fruto de cuantas la han precedido y el germen de todas las que siguen en el
agregado total de vidas de que se compone la existencia continua de la
individualidad humana.
No hay “suerte” ni hay “accidente”.
Cada suceso está ligado a las causas antecedentes y
a los efectos consiguientes, pensamientos, acciones y circunstancias producen
del pasado e influyen en el porvenir.
Como nuestra ignorancia nos vela igualmente lo
pasado y lo futuro, nos parece que los sucesos surgen de repente del hado, que
son accidentales; pero esta apariencia es ilusoria y proviene exclusivamente de
nuestro escaso saber.
De la misma manera que el salvaje, ignorante de las
leyes físicas del universo, considera los sucesos como carecientes de causa y
como milagros las operaciones de las leyes físicas, un gran número de hombres,
desconocedores de las leyes mentales y morales, consideran los acontecimientos
mentales y morales como sin causa y los miran cual resultado de las leyes
desconocidas o como buena o mala “suerte”
Cuando
surge por primera vez en el horizonte del pensamiento humano la idea de una ley
intransgredible e inmutable, en el reino hasta entonces vagamente atribuido al
azar, aparece en tal instante un sentimiento de impotencia, como de parálisis
mental y moral.
El hombre se siente sujeto por la férrea mano de un
destino inflexible y el “kismet” del resignado musulmán parece ser la única
forma filosófica posible.
Lo mismo puede sentir el salvaje cuando su admirada
inteligencia concibe por primera vez la idea de una ley física, al ver que cada movimiento de su cuerpo y cada
movimiento de la naturaleza exterior se efectúan por medio de leyes inmutables.
Poco a poco llega a saber que esas leyes fijan las
condiciones indispensables de toda acción, sin prescribir por ello la acción
misma; de suerte que el hombre permanece siempre libre, aunque limitado en sus
actividades externas por las condiciones del plano en que obra.
Aprende además que estas condiciones le subyugan y
frustran sus más vigorosos esfuerzos cuando las ignora o cuando conociéndolas
se opone a ellas; pero que las hace sus esclavas y auxiliares cuando las
comprende, conoce su dirección y calcula su fuerza.
En
verdad, la ciencia es únicamente posible en el plano físico, porque las leyes
de éste son inviolables e inmutables.
Sin leyes naturales no podría haber ciencia alguna.
Un investigador realiza cierto número de
experimentos para conocer cómo opera la naturaleza; y una vez adquirido este
conocimiento, puede adoptar las disposiciones necesarias para llegar a
determinado resultado.
Si fracasa, sabe que ha olvidado seguramente una
condición imprescindible, o que su conocimiento de las leyes no es completo
todavía, o que se equivocado en los cálculos.
Vuelve al estudio, rectifica el método y repasa
serenamente las operaciones, convencido de que a todo problema bien planteado
debe responder la naturaleza con exactitud matemática.
El hidrógeno y el oxígeno no le darán agua hoy y
ácido prúsico mañana; el fuego que le quema no le helara mañana.
Si el agua puede ser hoy líquida y sólida mañana,
es porque han cambiado las condiciones circunstanciales, y el regreso a las
condiciones primitivas restablecerá el resultado originario.
Cada nueva información respecto de las leyes de la
naturaleza engendra un nuevo poder,
porque todas las energías de la naturaleza se convierten en fuerzas utilizables
en manos del hombre, a medida, que las comprende.
Aquí tiene aplicación el proverbio: “Saber es
poder”; pues el uso que puede hacerse de las fuerzas depende del conocimiento
que de ellas se tenga.
Escogiendo aquellas de que quiere servirse,
equilibrándolas entre sí y neutralizando las energías que se oponen a sus
designios.
El sabio puede determinar de antemano el resultado
y provocar la realización de los cálculos.
Comprendiendo y manipulando causas puede producir
efectos; y así la rigidez de la naturaleza, que al principio parece paralizar
la acción humana, puede emplearse por el hombre para producir infinita variedad
de resultados.
La perfecta rigidez de cada fuerza considerándola
aisladamente determina la perfecta flexibilidad de sus combinaciones; pues
habiendo fuerzas de toda especie, que se mueven en todas direcciones y están
todas sujetas a cálculo, se puede operar una selección combinando las fuerzas
elegidas de manera que produzcan el resultado apetecido, es preciso el
conocimiento, pues el ignorante camina de tropiezo en tropiezo contra las leyes
inmutables, viendo fracasar todos sus esfuerzos, mientras que el sabio sigue un
orden metódico, y prevé, provoca o impide cuanto se relaciona con el anhelado
objeto, que al fin logra no por azar, sino porque conoce las leyes.
El uno es juguete y esclavo de la naturaleza; el
otro es el dueño que utiliza las energías cósmicas, dirigiéndolas en el sentido
que su voluntad escoge.
Lo que
es verdad en los dominios físicos de la ley, también lo es en los mundos moral
y mental que igualmente son dominios de la ley.
También en ellos el ignorante es esclavo y el sabio
dueño.
También la inviolabilidad y la inmutabilidad
consideradas primeramente como paralizadoras de todo esfuerzo, se reconocen
luego como condiciones indispensables de seguro progreso y de previsora
dirección del porvenir.
El hombre puede llegar a ser dueño de su destino
tan sólo porque este destino yace en los dominios de la ley, en donde el
conocimiento puede edificar una ciencia del alma y poner en manos del hombre la
facultad de gobernar su porvenir y escoger igualmente su carácter y
circunstancias futuras.
El conocimiento del Karma que parecía paralizar
todo esfuerzo, se convierte en fuerza inspirante, en sostén y elevadora fuerza.
El Karma
es. Por tanto, la ley de causalidad, la ley de causa y efecto.
Formalmente la anunció el iniciado cristiano San
Pablo: “No os engañéis. Nadie se burla de Dios; porque lo que quiera que el
hombre siembre, aquello también recogerá.”
El hombre admite constantemente fuerza en los
planos donde funciona.
Estas fuerzas que cualitativamente son efectos de
sus actividades pasadas, resultan al mismo tiempo causas de él emanadas en cada
uno de los mundos que habita.
Producen determinados efectos tanto en él mismo
como en los demás; y a medida que esas Causas, emanadas de él como de un foco,
irradian por todo el campo de su acción, es responsable de los efectos que
engendran.
Así como el imán tiene su campo magnético, el
ambiente en que todas sus fuerzas, mayores o menores, actúan según su potencia,
cada hombre posee también un campo de acción en donde obran las fuerzas que
emite.
Estas fuerzas se trasmiten en líneas curvas que
regresan al punto de partida, al foco del cual emanaron.
Como el
asunto es muy complicado, lo subdividiremos, y estudiaremos las subdivisiones
una por una.
En su
vida ordinaria, el hombre emite tres clases de energías, que pertenecen a los
tres mundos que habita.
En el plano mental, las energías mentales originan
las causas que llamamos pensamientos; el plano astral, las energías astrales
producen lo que llamamos deseos; y, en fin, en el plano físico, las energías
físicas suscitadas por las dos anteriores se designan con el nombre de
acciones.
Convendrá estudiar sucesivamente en sus operaciones
estas tres clases de energía para comprender las tres clases de efectos que
respectivamente producen, si queremos cargo del papel que cada una de esas
categorías de fuerzas desempeña en las complejas combinaciones que ponemos en
juego, y cuyo conjunto podemos llamar “nuestro Karma”.
Cuando el hombre, adelantándose a sus semejantes,
logra más elevados, llega a ser un centro de elevadas fuerzas; pero por ahora
podemos prescindir de estas fuerzas de orden espiritual y limitarnos a la
humanidad vulgar que efectúa su ciclo de reencarnación en los tres mundos.
Al
estudiar las tres clases de energía que hemos enumerado, debemos distinguir
entre su efecto en el hombre que las emite y los que se encuentran en su esfera
de acción; porque cualquier error en este punto podría sumir al estudiante en
insuperables dificultades.
Hemos
de recordar, por lo tanto, que cada fuerza obra en su propio plano y reacciona
sobre el plano inferior proporcionalmente a su intensidad.
El plano en que se engendra le da su especial
característica y al relacionar en los planos inferiores determina vibraciones
de la materia sutil o grosera de dichos planos, de conformidad con su
originaria naturaleza.
El motivo generador de la actividad determina el
plano a que pertenece la fuerza.
Es
necesario ahora distinguir entre: 1º Él
Karma, pronto a manifestarse en la vida presente bajo la forma de sucesos
inevitables; 2º. , El Karma de carácter, que se manifiesta por las tendencias
provinentes de la experiencia acumulada
y susceptibles de modificarse en la vida presente (el Ego) que las creó en el
pasado; y 3º. , Él Karma en vías de formación, destinado a influir, y Kriyamâna
(en formación.)
Además
hemos de tener en cuenta que sobre el carácter y los sucesos futuros. (El
estudiante conoce estas divisiones con el nombre de Prarabdha (comenzado),
Sanchita (acumulado), manifestándose en parte en las tendencias del individuo
al formar su Karma individual, el hombre se relaciona con los demás seres, pues
entra en la composición de grupos diversos como la raza, nación y familia,
participando del Karma colectivo de cada uno de estos grupos.
Se comprende desde luego que el estudio
del Karma es sumamente complejo.
A pesas de
ello, los principios fundamentales de su operación, antes expuestos, bastan
para dar una idea coherente de su alcance general, pudiendo estudiarse los
pormenores según se nos ofrezcan ocasiones para ello.
Lo
esencial es no olvidar que el hombre engendra su propio Karma, que crea
paralelamente sus facultades y sus limitaciones, y que, trabajando siempre
mediante las facultades que ha creado y bajo el peso de las limitaciones que se
ha impuesto, permanece siempre el mismo, la viviente alma capaz de acrecentar o
de reducir sus limitaciones.
El mismo ha forjado las cadenas que le
sujetan, y puede limarlas hasta romperlas o remacharlas más fuertemente.
El mismo
ha construido también la casa que habita, y puede a su antojo embellecerla,
derruirla o reedificarla.
Sin cesar
trabajamos en la plática arcilla que podemos modelar a nuestro gusto; pero la
arcilla se endurece y llega a ser como el hierro, conservando la forma que le
hemos dado.
Un
proverbio del Hitopadesa dice:
“Mirad: la
arcilla se ha endurecido como hierro;
Pero el
alfarero moldea
Hoy el
dueño. El hombre lo fue ayer.”
Así
todos somos dueños de nuestro porvenir, cualesquiera que sean los obstáculos
que tengamos en el presente como consecuencia del pasado.
Vamos ahora a seguir, en el orden
indicado, las divisiones establecidas anteriormente para facilitar el estudio
del Karma.
Tres clases de causas ejercen sus
efectos sobre su creador y en todo lo que éste influye.
La primera
de estas causas está constituida por nuestros pensamientos.
El
pensamiento es el factor más poderoso en la creación del Karma humano, porque
manifiesta la operación de las energías del Yo en la materia mental, materias
cuyas modalidades más sutiles forman el vehículo mismo de la individualidad y
cuyas especies más densas responden todavía con prontitud a las menores
vibraciones de la conciencia.
Las
vibraciones que designamos con el nombre de pensamiento, consecuencia directa
de la actividad del Pensador, originan forma
de substancia mental o imágenes mentales que, según hemos visto, modelan
el cuerpo mental del Pensador.
Cada
pensamiento modifica este cuerpo, y las facultades mentales innatas de cada
vida son el resultado del funcionamiento del pensamiento en las vibraciones
anteriores.
No hay
poder razonador ni mental que no haya sido creado por el hombre mismo con el
auxilio de pensamientos pacientemente repetidos.
Además, ni
una sola de las imágenes mentales así creadas se pierde; todas ellas
contribuyen a la formación de las facultades, y la suma de un cuerpo cualquiera
de imágenes mentales sirve para construir una facultad correspondiente, que se
acrecienta por cada pensamiento adicional, es decir, cada vez que se crea una
imagen mental del mismo orden.
Conociendo
esta ley el hombre puede gradualmente construir el carácter mental que desee
poseer, pudiendo efectuar con precisión semejante a la del albañil que levanta
una pared.
La muerte
no interrumpe su obra; al contrario, librándole de las trabas del cuerpo,
facilita el proceso de asimilización de las imágenes mentales en el órgano
definido que denominamos facultad.
El hombre
trae consigo esta facultad cuando vuelve al plano físico, presto a renacer, y
una parte del cerebro de su nuevo cuerpo se adapta para servir de órgano a esa
facultad, del modo que se verá más adelante.
El
conjunto de esas facultades constituye el cuerpo mental con el que comienza su
nueva vida sobre la tierra; y su cerebro y su sistema nervioso se conforman dé
manera que suministran al cuerpo mental los necesarios medios de expresión en
el plano físico.
Así, las
imágenes mentales creadas en una vida aparecen como características y
tendencias mentales en la siguiente.
Por eso
dice uno de los Upanishads:
“El hombre
es un ser de reflexión; lo que refleja en esta vida llega ser en la siguiente”
Tal es la
ley que pone en mano la construcción de nuestro carácter mental.
Si
construimos bien, la ventaja y el honor serán nuestro premio; y si hacemos mal,
nos acarrearemos pérdida y disgusto.
El
carácter mental es, pues, un sorprendente ejemplo del Karma individual en su
acción sobre el individuo que lo crea.
Además, este mismo individuo que
estudiamos, influye sobre los otros con su pensamiento, pues las imágenes que
construyen su propio cuerpo mental, originan en el espacio vibraciones del
mismo orden y se reproducen en formas secundarias,
Los
pensamientos se encuentran, por lo general, mezclados con algún deseo, y sus
formas contienen además cierta porción de materia astral, por lo se designa
aquí a esas formas de pensamientos secundarios con el nombre de imágenes
astro-mentales.
Semejantes
formas destácanse del ser que las crea para vivir independientemente, en cierto
modo, permaneciendo, sin embargo, en relación con él por un lazo magnético.
Se ponen
así en contacto con los demás individuos a que afectan y establezcan lazos
kármicos entre ellos y él, influyendo además en cierta medida sobre el ambiente
futuro del individuo considerado.
Atase así
los lazos que, en vidas ulteriores, han de agrupar a ciertas personas para el
bien o para el mal, los lazos que nos rodean de parientes, amigos y enemigos,
poniendo en nuestro camino a los que están destinados a ayudarnos o a
combatirnos, a los que han de favorecernos y a los que han de perjudicarnos.
He aquí
por qué unos nos aman sin que hayamos hecho en esta vida nada para ello,
mientras que otros nos odian aunque tampoco hayamos hecho nada para merecer su
odio.
El estudio
de estos resultados nos permite formular un principio fundamental: al mismo
tiempo que nuestros pensamientos obran sobre nosotros, creando nuestro carácter
mental y moral, determinan, por su acción sobre el prójimo, nuestros futuros
asociados humanos.
La segunda clase de energías se compone
de nuestros deseos, de nuestro apetito respecto a los objetos que nos atraen
desde el mundo exterior.
Como
quiera que en los deseos del hombre haya siempre un elemento mental, podemos
extender el término “imágenes mentales” para incluir en él las que se
manifiestan en gran parte en la materia astral.
Los
deseos, al obrar sobre el que los crea, construyen y modelan su cuerpo de deseo
o cuerpo astral, y labran su destino en el Kamaloka tras la muerte,
determinando, en fin, la naturaleza del cuerpo astral de su próxima
encarnación.
Cuando los
deseos son bestiales, intemperantes, crueles o asquerosos, son causa fecunda de
enfermedades congénitas, de cerebros débiles y enfermos que engendran la
epilepsia la catalepsia, y desórdenes nerviosos de toda suerte.
De ahí
proceden también las deformidades y deformaciones físicas, y en los casos
extremos las monstruosidades.
Los
apetitos bestiales de naturaleza anormal pueden establecer en el mundo astral
lazos que retengan por algún tiempo al Ego, en un cuerpo astral formado por
dichos apetitos, en sujeción al cuerpo astral de los animales en quienes sean
peculiares dichos apetitos, retardando así su reencarnación.
Cuando el
individuo no sufre esta pena, su cuerpo astral, en forma de bestia, imprime a
veces la huella de sus características en el cuerpo físico en formación durante
el período prenatal.
Tal es el
origen de los monstruos semi-humanos que aparecen de cuando en cuando.
Siendo los deseos fuerzas de
exteriorización que se apegan a los objetos externos, impelen siempre al hombre
hacia el medio en que pueda satisfacerlos.
El deseo
de las cosas terrestres sujeta al alma al mundo exterior y la arrastra hacia el
lugar donde los objetos deseados pueden obtenerse más fácilmente.
Por eso se
dice que el hombre nace según sus deseos.
Los deseos
son, pues, una de las causas determinantes del lugar de la reencarnación.
Las imágenes astro-mentales producidas
por los deseos ejercen sobre nuestros semejantes una acción análoga a la de las
imágenes de igual naturaleza producidas por los pensamientos.
Los
deseos, por consecuencia, nos ligan también a los demás hombres.
Nos ligan
comúnmente por los poderosos lazos del amor y del odio, pues en el grado actual
de evolución, los deseos de un hombre vulgar son, por lo general, más fuertes y
sostenidos que sus pensamientos.
Desempeñan,
pues, un gran papel en la determinación del ambiente social de las vidas
futuras y pueden ponerle en contacto con algunas personas y someterle a ciertas
influencias, sin que pueda sospechar las relaciones, que hay entre ellas y él.
Supongamos
que un hombre que, emitiendo un pensamiento de odio terrible y vengativo, haya
contribuido a provocar en otro el impulso del crimen.
El creador
de semejante pensamiento está unido por su Karma al autor del crimen, aunque
jamás se hayan encontrado ambos en el plano físico; y él bajo la forma de un
perjuicio causado por el criminal.
Con
frecuencia, una desgracia imprevista, inesperada y en apariencia totalmente
inmerecida, es efecto de causa semejante; y mientras la conciencia inferior se
revuelve bajo un sentimiento de injusticia, el alma aprende una lección que no
olvidará jamás.
Nada
inmerecido hiere al hombre, pero su falta de memoria no cohonesta la
trasgresión de la ley.
Vemos,
pues, que nuestros deseos, en su acción sobre nosotros mismos, forman nuestra
naturaleza astral e influyen en gran manera, a través de ella, sobre el cuerpo
físico de nuestra próxima reencarnación; que desempeñan un importante papel en
la determinación de nuestro lugar de nacimiento; y finalmente, que por su
acción sobre los demás, ayudan a atraernos, en cualquier vida futura, a los
seres humanos a que nos asociaremos.
La tercera clase de energías se
manifiesta en el plano físico bajo forma de acciones y engendra Karma por su
efecto sobre los demás, pero no afecta sino muy poco al hombre interior.
Las
acciones son efectos de los pensamientos y deseos del pasado, y el Karma que
representan está en su mayor parte agotado por el mismo hecho que efectúan.
Pueden,
sin embargo, afectar al hombre indirectamente, en cuanto suscitan en él nuevos
pensamientos, deseos y emociones; pero en los deseos y no en las acciones
mismas reside la fuerza generadora.
Es
igualmente cierto que las acciones frecuentemente repetidas producen en el
cuerpo físico un hábito que tiene por efecto limitar la expresión del Ego en el
mundo exterior; pero este acto no sobrevive al cuerpo, y el Karma de la acción,
en lo que respecta a su efecto sobre el alma, se contrae a una sola
encarnación.
Otra cosa
sucede cuando estudiamos el efecto de nuestras acciones sobre los demás, la
dicha o la desgracia que causan, y la influencia que ejercen como ejemplos.
Nos ligan
así a nuestros semejantes, gracias a esa influencia, y constituyen, por lo
tanto, un tercer factor en la futura
determinación de la que ha de rodearnos.
Son
también el factor esencial en la determinación de lo que podría llamarse
nuestro medio ambiente no humano.
Generalmente hablando, el ambiente material,
favorable o desfavorable, en el que venimos al mundo, depende del efecto
ejercido por nuestras acciones pasadas al derramar la felicidad o la miseria
entre los demás.
Los
efectos físicos producidos sobre el prójimo por nuestros actos físicos, se
neutralizan en la operación del Karma, al rodearnos de condiciones buenas o
malas para una existencia futura.
Si hemos
de procurado a los hombres dicha material a costa de nuestros esfuerzos, esa
acción revierte sobre nosotros en forma de circunstancias felices que tienden a
nuestra vida material; y si hemos sido causantes de la miseria física para
nuestro prójimo, recogeremos entonces el Karma de circunstancias físicas
deplorables que llevan al sufrimiento físico.
En ambos
casos, las consecuencias del acto físico son independientes del motivo del
acto, lo que nos lleva a considerar la segunda gran Ley:
CADA FUERZA OPERA EN SU
PROPIO PLANO-
Si
un hombre siembra la dicha para los demás en el plano físico, cosechará
condiciones que propendan a su propia felicidad en el mismo plano; y el motivo
que presidió a la acción no intervendrá para nada en el resultado.
Un hombre
puede sembrar trigo con intento de arruinar a su vecino, pero la perversión de
su propósito no hará que en vez de trigo nazca cizaña.
El motivo
es una fuerza mental o astral, según se proceda de la voluntad o del deseo, y
reacciona, en consecuencia, sobre el carácter mental o moral o sobre la
naturaleza astral.
La
producción de la dicha física por la acción es una fuerza física que actúa en
el plano físico.
“Por sus
acciones afecta el hombre a sus semejantes en el plano físico; extiende en
torno a sí la dicha o la desgracia, acrecentando o disminuyendo el bienestar
humano que puede proceder de motivos muy diversos, buenos, malos o mixtos.
Un hombre
puede ejecutar una acción que difunda el bien, por simple benevolencia o por
ardiente deseo de favorecer a sus semejantes.
Supongamos
que por tal motivo ceda un parque a una ciudad para esparcimiento de los
habitantes.
Otro hacer
parecida acción por vanidad, para obtener, por ejemplo un titulo nobiliario.
Otro, en
fin, lo hará por un motivo mixto, desinteresado en parte y en parte egoísta.
Los
motivos afectarán respectivamente a los caracteres de estos tres hombres en sus
encarnaciones futuras, en bien, en mal, o de una manera mixta.
Pero el
efecto que la acción produce al proporcionar solaz a gran número de seres, no
depende del motivo del donante.
Cualquiera
que sea la causa del don, el efecto es el mismo y la gente goza por igual del
parque; y el gozo debido a la acción del donante, da a éste un crédito kármico
cuya deuda se le pagará escrupulosamente.
Nacemos en
un medio confortable y hasta lujoso, según la alegría difundida por él, y su
sacrificio de bienes físicos le dará la recompensa debida y el fruto kármico de
su acción.
Esta en su
derecho; pero el uso que haga de su posición, la dicha que encuentre en sus
riquezas, dependerá esencialmente de su carácter; aquí también alcanza la
recompensa debida, porque cada semilla fructifica según su especie.
Verdaderamente
los caminos del Karma son iguales.
No rehúsa
el malvado la justa reversión de una acción benéfica; pero le da también el
carácter que mereció por su intención aviesa, de suerte que en medio de sus
riquezas es pobre y queda descontento y taciturno.
El hombre
bueno no escapará al sufrimiento físico si extiende la miseria física por
acciones erróneas debidas a un buen motivo.
La miseria
que ocasione, le proporcionará miseria en su futuro ambiente físico; pero la
intención pura ennoblecerá su carácter, haciendo manar de él una fuente de
dicha eterna, de suerte que estará tranquilo y satisfecho en el seno de su
turbación.
Muchos
enigmas podrían resolverse por la aplicación de esos principios a los hechos
que observamos en torno a nosotros.
La diferencia entre el efecto del motivo
y el de la acción material se debe a que cada
fuerza posee las condiciones del plano en que se ha engendrado.
Cuanto más
elevado y poderoso sea éste, más poderosa será la fuerza.
El motivo
es, pues, mucho más importante que la acción, y una mala acción hecha con buen
propósito allega al agente mucho más bien que una acción determinada por malas
intenciones.
Al
reaccionar el motivo sobre el carácter crea a la larga una serie de efectos,
porque las acciones futuras, determinadas por dicho carácter, quedarán
influidas por el mejoramiento o perversidad del mismo carácter.
La acción,
por el contrario, al allegar a su autor la dicha o la desgracia física según su
efecto sobre el prójimo, no entraña ninguna fuerza generadora, y se agota por
su mismo esfuerzo.
Cuando un
conflicto de deberes aparentes dificulta reconocer el sendero de la justicia,
el hombre que reconoce el Karma esfuérzase en escoger el mejor camino, sacando
el mejor partido posible de su razón y su juicio.
Es
absolutamente escrupuloso en cuanto al motivo, prescindiendo de toda
consideración egoísta, purifica su corazón, obra sin temor, y si yerra, acepta
voluntariamente el sufrimiento que resulta de ello, como una lección que dará
su fruto algún día.
Su elevada
intención ennoblece su carácter en lo futuro.
Este principio general de que la fuerza
pertenece al plano en que se engendra, tiene un alcance inmenzo.
Si la
fuerza emitida está determinada por el anhelo de objetos materiales, obra en el
plano físico y atrae al actor a este plano.
Si aspira
a objetos celestes, actúa en el plano devachánico y lleva al actor a este
plano; y si la fuerza no tiene otro móvil que el divino servicio, se engendra
en el plano espiritual y en nada puede sujetar al individuo puesto que nada
ansía.
Las tres claves del Karma.—El Karma en
sazón es el que está a punto de cosecharse, siendo, por consiguiente,
inevitables.
De todo el
Karma del pasad tan sólo, una porción puede agotarse en el curso de una misma
existencia, pues ciertas clases de Karma son de tal modo incompatibles, que no
pueden cumplirse en un sólo cuerpo, sino que necesitan para su realización
muchos cuerpos de tipo diferente.
Hay deudas
contraídas con las demás almas, y todas esa almas no se encontrarán
simultáneamente encarnada.
Hay así
Karma que debe efectuarse en determinado país o posición social, aunque el
mismo individuo tenga otro Karma que necesite ambiente enteramente distinto.
En
consecuencia, el hombre no podrá pagar, en una encarnación, sino parte de su
Karma total.
Los
grandes Señores del Karma escogen esta parte, según diremos más adelante, y el
alma va a donde ha de encarnar en familia, país, situación y cuerpo apropiados
para agotar la acumulación de causas escogidas, destinadas a producir sus
correspondientes efectos.
Estas
causas determinan el período de la encarnación, dando al cuerpo sus
características, poderes y limitaciones, relacionando con el individuo las
almas encarnadas en la época en que contrajo obligaciones con ellas, rodeándola
de parientes, amigos y enemigos.
Estas
causa determinan, además, las condiciones sociales en que el individuo nace con
las ventajas e inconvenientes que de ello resultan; fijan los límites de las
energías mentales que podrá manifestar, modificando la organización cerebral y
nerviosa que le servirá de instrumento; combinan, en fin, todo lo que es, en su
Karma, puede proporcionar penas y alegrías compatibles entre sí en el curso de
la existencia presente.
Todo esto
es el Karma en sazón y puede formularse en el horóscopo echo por un astrólogo
competente.
En todo
esto el hombre no tiene facultad de elección, porque ya está hecha y fijada
desde el pasado.
No le
queda más remedio que satisfacer sus deudas
hasta el último denario.
Los cuerpos físicos, astral y mental de
que el alma se reviste para el nuevo período de su existencia terrestre, son,
como hemos visto, resultado directo de su pasado y constituyen una parte muy
importante del Karma en sazón.
Limitan
por todas lados el alma del hombre, y su pasado se presenta ante él para
juzgarle, señalando los límites que se ha impuesto a sí mismo.
El sabio
reconoce que no puede sustraerse a estas condiciones y las acepta gozosamente,
tal como son, esforzándose en aminorarlas de un modo gradual.
Hay otra clase de Karma en sazón que es
de gran importancia: el de las acciones inevitables.
Toda
acción es el término final de una serie de pensamientos; tomando de ejemplo la
química, podemos referirnos al caso de las soluciones saturadas y considerar
que añadiendo pensamiento a pensamiento de la misma especie, resulta al fin que
un sólo pensamiento nuevo, o un simple impulso o una vibración de fuera, basta
para producir la cristalización, es decir, el acto expresivo del pensamiento.
Si
reiteramos con persistencia pensamientos del mismo género, de venganza por
ejemplo, alcanzaremos por fin el punto de saturación, y el menor impulso les
hará cristalizar en crimen.
O bien
podemos almacenar persistentemente pensamientos de auxilio al prójimo hasta el
punto de saturación, y cuando llegue la oportunidad de estímulo cristalizará en
acto de heroísmo.
Un hombre
puede traer al nacer un Karma en sazón de este género, y la primera vibración
que se ponga en contacto con este conjunto de pensamientos dispuestos a actuar,
bastará para precipitarle inconscientemente y sin voluntad preconcebida en el
hecho.
No tiene
tiempo de pensar, se halla en un estado en que la menor vibración del mental
provoca la acción, en una situación de equilibrio inestable en que el menor
choque determina la caída.
En
semejantes circunstancias se sorprenderá comúnmente el hombre de haber podido
cometer un crimen tal o cual, o un acto de sublime abnegación.
“Lo he
hecho sin pensar”, exclama ignorando que la frecuencia de sus pensamientos hizo
el acto inevitable.
Cuando un
hombre ha querido varias veces ejecutar una acción, su voluntad acaba por
fijarse irrevocablemente en esta, y el momento de la realización es tan solo
cuestión de circunstancia.
Mientras
piensa, es libre de elección, puede oponer a un pensamiento otro nuevo y
destruir de un modo gradual la tendencia primitiva por la reiteración de
pensamientos contrarios; pero si el inmediato estremecimiento del alma responde
al estímulo de realizar el hecho,
entonces se extingue la facultad de elección.
Esto
entraña la solución del viejo problema de la fatalidad y el libre albedrío.
Por el
ejercicio de su libre albedrío se crea el hombre gradualmente fatalidades para
sí mismo, y entre estos dos extremos se interponen todas las condiciones de
libertad y de fatalidad de donde resultan las internas luchas de que tenemos
conciencia.
Continuamente
creamos hábitos por la repetición de las acciones deliberadamente efectuadas
por la voluntad, y llegando a ser un hábito una limitación, ejecutamos
automáticamente las acciones.
Tal vez
deduciendo que el hábito en cuestión es malo, nos propongamos laboriosamente
extirparlo mediante pensamientos de naturaleza opuesta; y tras muchas e
inevitables recaídas, la nueva corriente de pensamientos toma su curso y
recobramos por entero nuestra libertad, de la que nos aprovechamos para forjar
enseguida nuevas ligaduras.
Así es
como los pensamientos-formas de otro tiempo persisten y vuelven a limitar
nuestra capacidad mental, mostrándose en forma de prejuicios individuales y
nacionales.
Las
mayorías de las gentes no conocen que están limitadas de este modo, y
permanecen serenamente atadas a sus cadenas, ignorantes de su esclavitud; pero
los que aprendan la verdad acerca de su propia naturaleza, se libertan.
La constitución de nuestro cerebro y de
nuestro sistema nervioso es una de las más señaladas fatalidades en la vida.
Los
tenemos inevitablemente así por efecto de nuestros pensamientos pasados y se
nos presentan como un obstáculo contra el cual nos sublevamos.
Dichos
órganos pueden mejorarse lenta y gradualmente, aminorándose con ello las
limitaciones; pero es imposible destruirlas de repente.
Otra forma de Karma en sazón se presenta
cuando los malos pensamiento del pasado han formado alrededor del hombre una
corteza de malas acciones que le aprisionan y contraen a una vida perversa.
Semejantes
acciones son, como hemos dicho, inevitables consecuencias de su pasado, y
algunas veces pueden quedar en suspenso durante muchas vidas en que no han
tenido ocasión de manifestarse, mientras el alma ha progresado y se ha
desarrollado.
Llega una
existencia en que la corteza de maldad pretérita encuentra ocasión de
manifestarse, y a causa de ello el alma es impotente para que prevalezcan de
pronto las cualidades adquiridas después.
Como un
polluelo pronto a nacer, esta oculta en el cascarón que la envuelve y que solo
es visible al ojo exterior.
Al cabo de
tiempo se acaba este Karma y cualquier suceso aparente debido al azar, la
palabra de un gran Maestro, un libro, una conferencia, rompe el cascarón de
donde el alma surge súbitamente libre.
Tale son
las conversiones prodigiosas, al mismo tiempo súbitas y perseverantes, los
milagros de la gracia divina de que oímos hablar en ocasiones, de cosas todas
completamente comprensibles para quien conoce el Karma y lo ajusta al dominio
de la Ley
El Karma acumulado que se manifiesta por
el carácter, esta contrariamente al Karma en sazón sujeto siempre a
modificaciones.
Puede
decirse que consiste en tendencias vigorosas o débiles, según la fuerza mental
que ha contribuido a su formación.
Estas
tendencias pueden reforzarse o debilitarse por nuevas corrientes de fuerza
mental dirigidas en el mismo sentido o en el contrario.
Si
encontramos en nosotros tendencias deplorables, podemos aplicarnos a la obra de
eliminarlas.
Comúnmente,
arrastrados por la ola impetuosa del deseo, somos impotentes para vencer la
tentación; pero cuando más tiempo resistamos, más seguros estaremos de la
victoria.
Cada
acontecimiento de esta naturaleza es un paso hacia el éxito, pues la
resistencia que oponemos destruye parte de la energía y disminuye, en
consecuencia la suma disponible para lo porvenir.
El Karma en vías de formación lo hemos
estudiado ya.
El Karma colectivo.—Consideremos la acción
del Karma sobre un grupo de personas.
Las
fuerzas kármicas que obran sobre cada individuo en su calidad de miembro del
grupo, introducen un factor nuevo en su Karma individual.
Sabemos
que cuando cierto número de fuerzas obran sobre un sistema o grupo de puntos
materiales relacionados entre sí, cada punto, además de su movimiento peculiar,
participa del movimiento total del sistema, que se efectúa en la dirección
resultante de la combinación de todas las fuerzas.
Del mismo
modo, el Karma de un grupo humano es la resultante de las fuerzas kármicas de
los individuos que constituyen el grupo, y todas siguen la dirección de la
resultante.
Un Ego es
atraído por su Karma individual hacia determinada familia, a consecuencia de
los lazos contraídos en las vidas anteriores, que le sujetan estrechamente a
algunos Egos que componen esa familia.
La
familia, por ejemplo, es rica por herencia, que se presenta a reclamar un
descendiente del hermano mayor del abuelo, hermano a quien se suponía fallecido
sin hijos, la fortuna se escurre de las manos del padre de familia y le deja
abrumado de deudas.
Es muy
posible que nuestro Ego no hay tenido jamás la menor relación con ese heredero,
con quien el padre de familia ha contraído en el pasado ciertas obligaciones
que han provocado la catástrofe.
A pesar de
eso, está amenazado de sufrirla porque se encuentra comprometido en el Karma de
familia.
Si hay en
su pasado individual alguna falta susceptible de borrarse por el sufrimiento
que ocasiona el Karma de familia queda obligado a él; a menos que lo solvente
alguna “circunstancia imprevista”, quizá por un extraño benévolo que se siente
inclinado a adoptarlo.
Ese hombre
desde luego ha sido su deudor en el pasado.
Este hecho resalta con más claridad
todavía las catástrofes colectivas, como los accidentes ferroviarios,
naufragios, inundaciones, ciclones, terremotos aéreos, etc.
Un tren
choca con otro a causa, por ejemplo, de que los maquinistas, conductores y
empleados de la línea, creyéndose mal remunerados, enfocan contra la compañía
en bloque sus pensamientos o disgustos o de odio.
Aquellos
que tengan en su Karma acumulado (aunque no necesariamente en su Karma en
sazón) la deuda de una vida bruscamente segada, morirán en la catástrofe a fin
de pagar su deuda; pero quienes no tengan tal deuda en su pasado, llegarán
providencialmente tarde para tomar el tren o resultarán milagrosamente ilesos.
El Karma colectivo puede englobar a un
individuo en las desgracias resultantes de una guerra encendida por un país.
También en
este caso, puede pagar ciertas deudas de su pasado que no estén necesariamente
comprendidas en Karma en sazón de su vida presente.
En ningún
caso puede sufrir el hombre lo que no ha merecido; pero si surge una ocasión
imprevista para satisfacer una deuda del pasado, bueno es que la solvente.
“Los Señores del Karma” son las grandes
inteligencias espirituales que llevan las cuentas del Karma y efectúan las
complejas operaciones de la ley kármica.
H. P.
Blavatsky menciónalos en
Los
Lipikas ajustan las cuentas kármicas de todos los seres humanos; con una
sabiduría a la que nada escapa, escogen y combinan una parte de esa cuenta para
trazar el plan de una existencia terrestre determinada.
Suministran
la idea del cuerpo físico que será la vestidura del alma encarnada, de modo que
sirva a la expresión de sus capacidades y limitaciones.
Esta idea,
recogida por los Mahârâjas, sirve de base a un modelo al pormenor, que después
de elaborado transmiten a uno de sus agentes inferiores.
Esto
último lo reproduce exactamente en el doble etéreo, como matriz del cuerpo
denso; y los materiales de uno y de otro se forman de la madre, sujetos a la
herencia física.
La raza,
el país, los padres se escogen según su aptitud para suministrar al cuerpo físico del Ego
reencarnado los materiales apetecidos y el ambiente que le conviene en su
primera edad.
La
herencia física de las familias produce ciertos tipos de fisonomía y sirve para
proporcionar ciertas combinaciones materiales especiales.
Las
enfermedades hereditarias y la sensibilidad del aparato nervioso implican
combinaciones determinadas de materia física, susceptibles de transmisión.
El Ego que
ha desarrollado en sus cuerpos mental y astral ciertas peculiaridades,
necesita, para su expresión en el plano físico, peculiaridades especiales del
cuerpo físico, y tendrá de sus padres cuya herencia física responda a las
condiciones requeridas.
Así un Ego
dotado de facultades musicales de orden elevado, encarnará en una familia de
músicos, donde los materiales que sirven para la construcción del doble etéreo
y del cuerpo denso habrán sido elaborados de antemano y podrán prestarse a sus
necesidades; además el tipo hereditario del sistema nervioso le suministrará el
aparato delicado necesario para la expresión de sus facultades.
Un Ego de
carácter perverso nacerá en una familia grosera y viciosa, donde los cuerpos
contengan las combinaciones más viles, capaces de responder a los impulsos de
su naturaleza mental y astral.
Y un Ego
que se haya dejado arrastrar hasta el exceso por sus cuerpos astral y mental
inferior, que se haya abandonado, por ejemplo, a la embriaguez, encarnará en
una familia donde el sistema nervioso esté sumamente debilitado, y los padres
ebrios le suministrarán para su desarrollo físico materiales malsanos.
Así es
como la dirección de los Señores del Karma adecuan los medios a los fines y
asegura el cumplimiento de la justicia.
El Ego
trae consigo sus tesoros kármicos, sus facultades y sus deseos, y recibe el
cuerpo físico más conveniente a la expresión de sus características
individuales.
Una vez indicado que el alma debe volver
a la tierra hasta que haya satisfecho todas sus deudas y agotado su Karma
individual; y que por otra parte, en cada existencia, sus pensamientos y sus
deseos engendran nuevo Karma, y se presenta el problema siguiente:
“¿Cómo
romper definitivamente estas ligaduras constantemente renovadas?
“¿Cómo
puede conseguir el alma su liberación?”
Esto nos
lleva a la “cesación del Karma y al estudio de las condiciones necesarias para
la liberación.
Ante todo es preciso comprender con
claridad cuál es, en el Karma, el elemento que nos sujeta.
Dirigiendo
el alma sus energías hacia lo exterior, se sujeta hacia cualquier objeto, y por
este lazo se encuentra un día sujeta al lugar donde su deseo pueda realizarse
por la unión con el objeto cualquiera, tendrá que volver al lugar en donde
pueda gozar de ese objeto.
El buen
Karma sujeta al alma tanto como el malo, porque todo deseo, ya tenga por objeto
las cosas de aquí abajo, ya las alegrías celestes, debe atraer al alma hacia el
lugar de su satisfacción.
La acción está movida por el deseo; y un
acto se efectúa no por él mismo, sino por algún objeto deseado, con el fin de
conseguir los resultados, o en términos técnicos, a fin de “gozar del fruto de
la acción”.
Los
hombres trabajan, no porque quieran arar, construir o tejer, sino porque desean
los frutos del cultivo, de la construcción o del tejido, bajo forma de dinero o
de bienes.
El abogado
defiende, no porque quiera exponer los áridos detalles de un negocio, sino
porque está ávido de riquezas, de renombre y de distinciones.
En todas
partes, alrededor de nosotros, las gentes trabajan por algo, y el agujón de su
actividad está en el fruto que consiguen y no en el trabajo mismo.
El deseo
del fruto les impele a la acción y el goce de este fruto viene naturalmente a
recompensar su esfuerzo.
El deseo es, por lo tanto, el elemento
que nos liga al karma, y cuando el alma no desea ningún objeto ni en la tierra
ni en los cielos, ha roto el lazo que la sujetaba a los lazos que la sujetaba a
la rueda de la reencarnación, ha cumplido sus revoluciones a través de los tres
mundos.
La acción por sí misma no tiene ningún poder
sobre el alma, porque una vez efectuada se desliza en el pasado; pero el deseo
del fruto, renovado sin cesar, suscita de nuevo la actividad del alma, forjando
a cada momento nuevas cadenas.
Haríamos
muy mal, pues, en experimentar disgusto viendo a los hombres constantemente
impelidos a la acción por el látigo del deseo, porque el deseo sirve para
despertar la inteligencia, sobreponerse a la pereza y a la inercia. (El
estudiante recordará que estos vicios indican la preponderancia de
Ved al
salvaje que sueña tendido perezosamente sobre la hierba; estimula su actividad
por el deseo de alimentarse, a fin de satisfacerlo ha de cultivar la tierra con
paciencia, habilidad y constancia.
Así es
cómo desenvuelve sus cualidades mentales.
Saciada el
hambre, cae en el estado bruto satisfecho.
Concíbese,
pues, el papel preponderante que el agujón del deseo ha debido desempeñar en la
evolución de las cualidades mentales, y que servicios han prestado a la
humanidad los deseos de fama y gloria póstumas.
Hasta para
aproximarse a la divinidad, el hombre necesita de las excitaciones del deseo; y
sus deseos se hacen más puros y menos egoístas a medida que se eleva.
Pese a
ello, sujétanle siempre a la rueda del nacimiento y para librarse debe
destruirlos.
Cuando el hombre comienza a aspirar a la
liberación, se le enseña la práctica de la “renuncia a los frutos de la
acción”, aprendiendo con ello a suprimir gradualmente el deseo de posesión.
Primero se
priva deliberada y voluntariamente de un objeto, adquiriendo así el hábito de
prescindir de él sin violencia alguna.
Tras
cierto tiempo no hecha de menos el objeto y se da cuenta de que el deseo
desaparece de su espíritu.
Al llegar
a este grado no ha de descuidar sus deberes, sino al contrario, cumplirlos
todos con cuidadosa atención, permaneciendo completamente indiferente al fruto
que pudiera allegarle.
Una vez
conseguida la perfección en esto, cuando no tenga ni deseo ni repugnancia por
ningún objeto, no engendrará más Karma
Al cesar
de pedir cualquier cosa de la tierra o del cielo, ya no le llamarán ni una ni
otro
No desea
nada de lo que le puedan dar, y rompe así todo lazo común entre ellos y él.
Tal es la
cesación del Karma individual, al menos en lo que respecta a la producción de
nuevo Karma.
Pero el alma no únicamente ha de cesar de
forjarse nuevas cadenas, sino que debe desembarazarse de las viejas, ya
permitiendo que se desgasten gradualmente, ya quebrantándolas de un modo
sistemático.
Para
romper las cadenas es necesario un conocimiento capaz de mirar hacia el pasado,
a fin de ver las causas puestas en juego que producen sus efectos en el
presente.
Supongamos
que una persona, mirando a través de sus vidas anteriores, encuentra algunas
causas destinadas a producir todavía un suceso en lo futuro; y supongamos,
también, que semejantes causas sean pensamientos de odio hacia quién le ha
hecho mal, y que, dentro de un año, deben ocasionar, en la tierra, un tormento
al autor del daño.
La persona
en cuestión podrá introducir una nueva causa para combinarla con las causas del
pasado cuya acción quiere modificar; y podrá, por ejemplo, equilibrarlas por
esfuerzos de pensamientos de amor y benevolencia que las neutralicen,
impidiendo así el suceso, sin ello inevitable, que habría engendrado a su vez
nuevos disgustos kármicos.
Así el
hombre que sabe, puede neutralizar las fuerzas procedentes del pasado,
oponiendo fuerzas iguales y contrarias, y puede en este camino “quemar su Karma
por el conocimiento”.
Y de esta
manera análoga poner fin al Karma engendrado en esta vida y destinado a
producir sus efectos en existencias futuras.
El hombre que trata de libertarse puede
todavía estar sujeto por obligaciones contraídas con las demás almas en el
pasado, por los perjuicios que les haya ocasionado y por los deberes que le
liguen a ellas.
Utilizando
su conocimiento puede encontrar a esas almas, ya estén en este mundo o en los
otros dos, y buscar la ocasión de serles útil.
Un alma
con la que tenga alguna deuda kármica, puede estar encarnada al mismo tiempo
que él; puede pues, unirse a ella y pagar su deuda, desatando así un lazo que,
abandonado al curso de los sucesos, hubiera podido necesitar de nueva
reencarnación o embarazarle en una nueva futura.
Esto
permite explicar la extraña y enigmática línea de conducta que a veces adopta
un ocultista.
Si, por
ejemplo, el hombre sabio se une estrechamente a una persona considerada por los
espectadores ignorantes como absolutamente indigna de su compañía, es que aquél
está ocupado por completo de pagar una deuda kármica que sin extinguirla
hubiera impedido o retardado su progreso.
Los que no tienen conocimientos adecuados
para revisar sus vidas anteriores pueden, sin embargo, agotar numerosa causas
que han puesto en juego en su existencia presente.
Pueden
examinar con cuidado cuanto les ocurre y anotar todas las circunstancias en que
hayan ocasionado o recibido perjuicios; neutralizarán las causa de la primera
categoría prodigando pensamientos de amor y de auxilio, realizando también en
el plano físico actos de socorro hacia la persona perjudicada siempre que sea
posible; y las de las segunda categoría podrán neutralizarse por pensamientos
de perdón y benevolencia.
Así es
como todos pueden aligerar su deuda kármica y acelerar el día de la liberación.
Las gentes pías que devuelven bien por
mal, según el precepto de todos los grandes Fundadores religiosos, agotan de un
modo inconsciente el Karma engendrado en el presente y destinado, si no, a
producir sus efectos en el porvenir.
Nadie
puede tejer con ellos un lienzo de odio, si rehúsan, suministrar al tejido,
hilos de odio y si persisten en neutralizar cada pensamiento de odio con un
pensamiento de amor.
Si un alma
irradia en todos sentidos la compasión y el amor, los pensamientos de odio no
hallarán sitio en donde atacarla.
“El
Príncipe de este mundo llega y nada
encuentra en mí.”
Todos los
Grandes Instructores conocieron la ley y basaron sus enseñanzas en ella; y
aquellos que por veneración y por devoción hacia ellos obedecen sus preceptos,
se benefician de la aplicación de la Ley aunque no conozcan como opera.
El
ignorante que siga las instrucciones de un sabio obtendrá resultados
sirviéndose de las leyes de la naturaleza, aunque no las conozca.
El mismo
principio rige en los mundos súper-físicos.
Muchos
hombres que no tienen tiempo de estudiar, y que no pueden sino aceptar por
autoridad de los expertos las reglas que deben guiar su conducta diaria,
satisfacen inconscientemente sus deudas kármicas.
En los países donde el rústico y el
labrador admiten la reencarnación y el Karma, estas creencias extienden una
aceptación tranquila de los males inevitables, y contribuyen a asegurar en la
vida cotidiana la tranquilidad y el contento.
El hombre
agobiado por el infortunio no se rebela contra Dios ni contra sus semejantes,
pues considera sus desdichas como
resultado de pasados yerros.
Los
aceptan con resignación sacando de ellas el mejor partido posible, evitando las
inquietudes y cuidados que el ignorante agrava su situación, ya penosa de por
sí.
Comprende
que sus existencias futuras dependen de sus propios esfuerzos, y que la ley que
le proporciona sufrimiento le dará igualmente la dicha si siembra la semilla
del bien.
De aquí
una gran paciencia y una concepción
filosófica de la existencia que tienden directamente a asegurar la estabilidad
social y el general contento.
El pobre y
el ignorante no estudian metafísica sutil y profunda, pero comprenden a fondo
sus sencillísimos principios: que cada hombre renace sobre la tierra repetidas
veces, y que cada vida siguiente se modela sobre las que le han precedido.
Para ellos
el renacimiento es tan cierto e inevitable como el amanecer y el ocaso del Sol;
forma parte del orden natural de las cosas contra el que es inútil sublevarse.
Cuando la
Teosofía coloque estas viejas verdades en el lugar en que el pensamiento
occidental les pertenece, harán poco a poco su camino en el cristianismo, se
infiltrarán gradualmente en todas las clases sociales y extenderán por todas
partes la comprensión de la vida y la aceptación de los resultados del pasado.
Entonces
desaparecerá la inquietud que procede de la impaciencia y desesperación del hombre que ve la vida
como incomprensible e injusta, sin poder sacar de ella provecho alguno; este
disgusto dejará lugar a la calma y a la paciencia, fruto de una inteligencia
esclarecida por el conocimiento de la Ley, fuerza que caracteriza a la
actividad razonable y equilibrada de los que sienten que están formados para la
eternidad.
SABIDURÍA ANTIGUA
El estudio de la ley del Sacrificio
sigue, naturalmente, al estudio de la ley kármica; y como observaba un Maestro,
es igualmente necesario para el mundo conocer una y otra.
Por un
acto de sacrificio espontáneo se manifestó el Logos para emanar el Universo;
por el sacrificio alcanza el hombre la perfección. (1)
(1) El
indo recordará las primeras palabras del Brihadâranyakopanishad, proclamando
que el Alma universal nace del sacrificio; el discípulo de Zoroastro, recordará
que Ahura—Mazda produce también de un acto de sacrificio; el cristiano, en fin,
recordará el Cordero (símbolo del Logos) inmolado desde el origen del mundo.)
Síguese de
aquí, que toda religión procedente de
Tratando de comprender, aunque
imperfectamente, cual es la naturaleza del sacrificio del Logos, podeos evitar
el general error de considerar el sacrificio como algo esencialmente penoso, ya
que por esencia es una efusión espontánea y gozosa de la vida a fin de que
otros puedan participar de ella.
No
sobreviene el dolor, a menos que en el ser que sacrifica haya desacuerdo entre
la naturaleza superior, cuyo gozo consiste en dar, y la inferior cuya satisfacción es recibir y guardar.
Sólo este
desacuerdo introduce el elemento dolor; y en la perfección suprema, en el
Logos, no puede haber desacuerdo.
El Único
es el acorde perfecto del Ser, síntesis de infinitos acordes melodiosos, donde
la vida, la sabiduría y la belleza se funden en la tónica una de la existencia.
Al objeto de manifestarse, se impone el
Logos un límite a su vida infinita.
Esto es lo
que se llama un sacrificio.
Simbólicamente
en el océano de la luz infinita cuyo centro está en todas partes y su
circunferencia en ninguna, surge una
esfera inmensa, llena de luz viva, un Logos; y la superficie de esta esfera es
la voluntad que ha de limitarse a sí misma a fin de producir su manifestación;
es el velo en que se envuelve a fin que en el interior pueda tener forma el
universo.
(Esto es,
el poder de auto—limitación por el cual se crean todas las formas. Su vida aparece como Espíritu, su Mâyâ como Materia, siendo
ambos inseparables mientras dura la manifestación.)
Este
universo, por el que se efectúa el sacrificio, no existe aún; su futuro SER
yace en
A él debe
su concepción y deberá su vida múltiple.
SINO POR
EL SACRIFICIO VOLUNTARIO DEL SER DIVINO
AL IMPONERSE FORMA A FIN DE EMANAR MIRÍADAS DE ELLAS
DOTADAS
CADA UNA DE UNA CHISPA DE SU VIDA Y SUSCEPTIBLE
POR ELLO
DE EVOLUCIONAR HASTA SU IMAGEN PERFECTA”.
Se ha
dicho:
“El
sacrificio primordial de que procede el nacimiento de los seres se llama
(Karma)”.
Y este
paso a la actividad fuera del reposo perfecto, de la existencia en sí, se ha
reconocido siempre como sacrificio del Logos.
Este
sacrificio se perpetúa a través de la duración del Universo, porque la vida del
Logos es el único sostén de cada vida separada.
El mismo
circunscribe su vida en cada una de las formas infinitas que engendra,
soportando todas las restricciones y limitaciones que implica cada una.
De
cualquiera de ellas puede resurgir, no importa en que momento, el señor
infinito, llenando con su gloria el Universo; pero sólo por una sublime
paciencia, por una expansión lenta y gradual, puede desarrollarse cada forma
hasta ser, como Él, un centro independiente de ilimitado poder.
Por esto
se encierra en formas, y soporta toda imperfección hasta que su criatura
alcanza la perfección y es semejante a Él, y una con Él, conservando intacto el
hilo de su memoria individual.
Esta
efusión de la vida del Logos en las formas, constituye parte del sacrificio
original y entraña la dicha del Padre Eterno al enviar sus hijos al mundo en
forma de vidas separadas, a fin de que cada una pueda envolver una identidad
imperecedera y acordar su nota en armonía con las demás para entonar el himno
eterno de felicidad, inteligencia y vida.
Esto
indica la naturaleza esencial del sacrificio, cualesquiera que sean los
elementos que se entremezclen en esta noción fundamental.
El
sacrificio es la efusión espontánea de la vida divina, a fin de hacer de ella
partícipes a los demás seres, de traer otros a la existencia y de mantenerlos
hasta que puedan subsistir por sí mismos, y esto es expresión de la alegría
divina.
Porque
siempre es gozoso el ejercicio de la actividad como expresión de la potencia
del operante.
El pájaro
goza entonando sus gorjeos, y vibra entusiasmado por su canto.
El pintor
se regocija en las creaciones de su obra, en el plasmo de su idea.
La
actividad esencial de la vida divina no puede ejercerse sino en don, puesto
nada hay que pueda recibir. Si necesita ser activa (y toda vida manifestada es
movimiento activo) debe necesariamente efundirse. De aquí que el signo del
espíritu sea el don, porque el espíritu es la vida divina activa en todas las
formas.
Pero la actividad esencial de la materia
consiste, por otra parte, en recibir; y al recibir las influencias vitales e
organiza en formas mantenidas por la continuidad de dichas influencias que al
cesar las disgregan. Toda la actividad de la materia tiene este carácter
receptivo, y sólo por recibir subsiste como forma; por esto siempre toma,
sujeta y retiene. La persistencia de la forma depende de su poder de abarque y
contención. Así atraerá hacia ella todo cuanto pueda, cediendo de mal grado lo
que haya de dejar. Tener y retener es su única alegría, y el dar es muerte para
ella.
Fácilmente podemos ahora ver cómo surge la
idea de que el sacrificio fue sufrimiento. Mientras la vida divina se deleita
en el ejercicio de su actividad con la donación, aun cuado incorporada en una
forma no cuida de si esta forma perece por el don y preocúpase únicamente de
que es una expresión pasajera y un medio de su individual crecimiento. Por el
contrario, la forma que siempre escapársele las fuerzas vitales clama
angustiada y ejerce su actividad en retener la vida, resistiendo a la corriente
de difusión. El sacrificio disminuye las energías vitales que la forma reclama
como suyas, agotándolas totalmente, deja que la forma perezca. En el mundo
inferior, éste es el único aspecto cognoscible del sacrificio; y la forma, al
verse próxima al suplicio, grita temerosa de su agonía. ¿Qué hay de
sorprendente, pues, en que los hombres, cegados por la forma, hayan
identificado el sacrificio con la agonizante forma en vez de con la vida libre
que se entrega exclamando alegremente: “Heme aquí, ¡OH Dios!, a tu voluntad
sometido y por ello gozoso”? ¿Qué hay, además de sorprendente en que los
hombres, conscientes de sus naturalezas superior e inferior e identificándose
sin embargo con ésta más que con aquélla, hayan sentido las angustias de la
naturaleza inferior, de la forma, con angustias propias, sintiendo que ellos
aceptan el sufrimiento al resignarse a una voluntad más alta, y consideren el
sacrificio como la aceptación devota y resignada del dolor? Mientras el hombre,
en vez de identificarse con su vida, se confunda con la forma, no podrá
eliminar del sacrificio el elemento dolor. Pero el dolor no puede subsistir en
un ser perfectamente armonizado, porque la forma es entonces el vehículo
perfecto de la vida que con igual complacencia recibe o abandona. El dolor cesa
al cesar la lucha, porque el sufrimiento procede de traqueteos, frotaciones y
movimientos antagónicos, y cuando la naturaleza opera en perfecta armonía no
existen las condiciones de que el dolor dimana.
Siendo así la ley del sacrificio la
evolución de la vida en el universo, vemos que cada peldaño de la escala se
franquea por el sacrificio. Así la vida se efunde para renacer en una forma más
elevada, mientras muere la forma que
El proceso se repite en el reino vegetal,
cuyas formas quedan a su vez sacrificadas para que puedan producirse y crecer
las formas animales. En todas partes, hierbas, semillas y árboles perecen para
que el mantenimiento de los cuerpos animales; sus tejidos se disgregan a fin de
que el animal pueda asimilarse los materiales que los componen para edificar su
cuerpo. De nuevo la ley del sacrificio rige en el mundo y esta vez en el reino
vegetal. La vida subsiste y las formas perecen. La Mónada evoluciona para
producir el reino animal, y los vegetales se sacrifican a fin de que las formas
animales puedan engendrarse y mantenerse.
Hacia aquí la idea del sufrimiento apenas se
asocia a la del sacrificio, pues como visto en el curso de nuestro estudio, los
cuerpos astrales de las plantas no están suficientemente organizados para las
sensaciones agudas de placer o de dolor. Pero cuando consideramos la ley del
sacrificio en el reino animal, no podemos por menos de reconocer que el dolor
se asocia a la ruptura de las formas. Puede decirse que la suma de dolor
ocasionado cuando, en “el estado de naturaleza”, un animal hace a otro presa suya,
es comparativamente insignificante en cada caso particular, habiendo, sin
embargo, dolor; y en verdad se puede decir también, que en el papel que
desempeña ayudando a la evolución de los animales, acrecienta el hombre
considerablemente ese dolor vigorizando los instintos depredatorios de los
animales carnívoros en vez de debilitarlos. Sin embargo, no es {el quien ha
infundido estos instintos en el animal, aunque los haya puesto a su propio
servicio para sus propósitos; y en innumerables variedades de animales
carniceros en cuya evolución no ha ejercido el hombre influencia directa, las
formas se sacrifican para el mantenimiento de otras como en el reino mineral y
vegetal. La lucha por la existencia siguió su curso desde mucho antes que el
hombre apareciese sobre la escena y acelerase la evolución de la vida y de las
formas, mientras el dolor inherente a la destrucción de las formas comenzaba su
larga tarea; hacer sentir a la Mónada evolutiva el carácter transitorio de
todas las formas que perecen y la vida que subsiste.
La naturaleza inferior del hombre ha
evolucionado según la misma ley de sacrificio que rige en los bajos reinos.
Pero con la efusión de la vida divina que da la Mónada humana, sobreviene un
cambio en la manera de operar la ley del sacrificio como ley de vida. En el
hombre, es preciso desenvolver la volunta, la energía automotora,
La experiencia de muchas eternidades,
analizada por una criatura de inteligencia continuamente creciente, habría
podido, sin duda, llevar al hombre a descubrir que el sacrificio es la ley
fundamental de
La lección siguiente traslada la recompensa
del sacrificio a una región más allá del mundo físico. Primeramente el
sacrificio de los bienes materiales debe asegurar el bienestar material; luego
el sacrificio de esos mismos bienes materiales ha de proporcionar dicha en el
cielo más allá de
Gradualmente los hombres se ven inducidos a
subyugar su cuerpo, a dominar su inercia por el cumplimiento metódico de
cotidianos ritos religiosos, de carácter frecuentemente áspero; y sus
actividades se reglamentan y canalizan en direcciones útiles. Se ven impelidos
a vencer la forma y a mantenerla sumisa a la vida, y el cuerpo adquiere el
hábito de prestarse a obras caritativas y benévolas, obedeciendo a las
exigencias de la voluntad aun cuando esta no se halle estimulada todavía sino
por el deseo de recompensa en el cielo. Podemos ver entre los indios, persas y
chinos, como los hombres aprenden a reconocer sus múltiples obligaciones, a
ofrecer por el cuerpo su sacrificio de obediencia y de veneración hacia los
antepasados, los padres y los ancianos; a ser caritativos con delicadeza y
buenos con todo el mundo. Poco a poco los hombres se ven obligados a
desenvolver en el más alto grado el heroísmo y la abnegación, como atestiguan
los mártires que entregan con gozo sus cuerpos a las torturas del potro antes
que apostatar de sus creencias y traicionar su fe. Esperan, en verdad, una
“corona de gloria” en el cielo en recompensa del sacrificio de su forma física;
pero ¿no es ya bastante haber vencido el apego a la forma física y haber hecho
el mundo invisible de tan modo real que se le puede tomar por el visible?
La siguiente etapa se franquea cuando el
sentimiento del deber está claramente establecido; cuando el sacrifico de lo
inferior a los superior se considera como bueno en sí, independientemente de
todo estímulo de recompensa en otro mundo; cuando se reconoce la obligación de
la parte hacia el todo; y en fin, cuando el hombre siente que la forma que
existe para el servicio de los demás, debe en completa justicia a servir a su
vez sin derecho alguno de recompensa. El hombre comienza entonces a comprender
la ley de sacrificio como ley de la vida y a asociarse voluntariamente con
ella. Comienza igualmente a distinguirse él mismo con su pensamiento de la
forma que habita, para identificarse con loa vida evolucionante. Esto le lleva
por grados a experimentar cierta indiferencia por todas las actividades de la
forma, menos por las consistentes en deberes que cumplir, y acaba por
considerarlas a todas como simples instrumentos para la utilización de energías
vitales debidas al mundo y no como acciones cuyo móvil sea el logro de un
resultado. El hombre se eleva así hasta el punto antes ya señalado en este
estudio, punto en donde cesa de engendrar el Karma que le sujeta a los tres
mundos, y en donde se unce a la rueda de la existencia porque es preciso que
gire, pero no a causa de los objetos deseables que su revolución le pueda
procurar.
Más el pleno reconocimiento de la ley del
sacrificio eleva al hombre más allá del plano mental donde el deber se
considera como deber, como “lo que debe hacerse porque es debido”; y le
transporta al plano más elevado de Buddhi, donde se siente la unidad de todos
los “yos” y todas las energía se despliegan en provecho de todos y no de un yo
separado. Únicamente en este plano se siente la ley de sacrifico como delicioso
privilegio, en vez de reconocerse sólo por la inteligencia como verdadera y
justa. En el plano búdico el hombre ve claramente que la vida es una, que el
Logos deriva perpetuamente en libre efusión de amor, y que la existencia
aislada no puede ser sino mezquina y pobre, sin hablar de la ingratitud que
apareja. Allí, el corazón se lanza completamente hacia el Logos en potente
impulso de amor y de adoración, y se entrega en gozosa renuncia a fin de ser
una de las vías por donde su vida descienda e irradie sobre el mundo para ser
portador de su Luz, un mensajero de su compasión, un operario de su reino, como
única vida digna de vivirse para acelerar la evolución humana, servir a
Únicamente en este plano puede obrar el
hombre como uno de los Salvadores del mundo, porque allí es uno con los “yos”
de todos. Identificado con la humanidad una, su fuerza, su amor y su vida
pueden dirigirse hacia cualquiera de los “yos” separados o hacia todos. Se ha
convertido en fuerza espiritual y acrecienta la energía espiritual disponible
en el sistema del mundo al añadir su propia vida. Las fuerzas que antes
empleara en los mundos físico, astral y mental en busca de satisfacciones para
su yo separado, se reúnen para un acto de sacrificio, y transformas así en
energía espiritual, se difunden por todo el mundo como oleada de vida
espiritual. Esta transformación se efectúa según el motivo que determina el
plano en el cual se descarga
Los que comienzan a comprender las
maravillosas posibilidades ofrecidas al que se asocia voluntariamente a la ley
del sacrificio, experimentarán sin duda el deseo de comenzar esta asociación
voluntaria antes de poder elevarse a las alturas cuya vaga descripción acabamos
de hacer. Como toda verdad espiritual profunda, el sacrifico es eminentemente
práctico en su aplicación a la vida cotidiana, y quien comprende su belleza
puede efectuarlo sin vacilar. Una vez tomada la resolución de comenzar la
práctica del sacrificio, el hombre debe señalar con un acto de sacrificio el
comienzo de cada jornada. Antes de que comience la labor del día, él mismo será
la ofrenda hecha a Aquél a quien consagro su vida. Así que despierte, su primer
pensamiento será la consagración de toda su fuerza a su Señor. Luego ofrecerá
en servicio todos los pensamientos, palabras y acciones de la vida diaria,
efectuándolo no por el fruto que reporte, ni como un deber, sino por ser en
aquel instante la mejor manera de servir a Dios. Todo lo que ocurra lo aceptará
como expresión de su voluntad. Gozo, pena, inquietud, éxito, derrota, toda cosa
debe bien recibirla como indicadora del camino de su servicio. Recibe con gozo
las cosas que le llegan y las ofrece en sacrificio; las que se van, las pierde
con gozo; puesto que se van, es que el Señor las necesita. Todas las potencias
de que el ser dispone se consagran con gozo al servicio; cuando le faltan,
acepta la privación con ecuanimidad dichosa; puesto que han dejado de ser
disponibles; no tendrá ya que emplearlas. Igualmente el sufrimiento inevitable,
fruto de un pasado no redimido aún, puede transformarse por la aceptación en
sacrificio voluntario. El hombre que voluntariamente acepta este sufrimiento
puede ofrecerlo en don, y transformarlo así en fuerza espiritual. Cada vida
humana depara ocasiones innumeras de realizar la ley del sacrificio y cada vida
se convierte en una potencia a medida que las ocasiones surgen y se utilizan.
Sin ninguna expansión de su conciencia en estado de vigilia, el hombre puede
llegar a ser un trabajador en los planos espirituales, porque descarga en ellos
energía que desde allí se esparcen profusamente en los mundos inferiores. Su
renunciamiento aquí abajo, en su conciencia inferior, aprisionada en el cuerpo,
despierta responsivos estremecimientos de vida en el aspecto búdico de la
Mónada, que es su verdadero Yo y acelera la época en que esta Mónada será el
Ego espiritual que, por su propia iniciativa, gobierne y rija todos los
vehículos, empleándolos a voluntad según la obra que quiera cumplir. Ningún
otro método asegura un progreso tan rápido ni tan pronta manifestación de todas
las potencias latentes en la Mónada, como la comprensión y práctica de la ley
del sacrificio. Por esto ha sido llamada por un Maestro “La Ley de la Evolución
del Hombre”. Tiene, en verdad, aspectos más profundos y más místicos que todos
los que se han estudiado aquí; pero estos se revelarán, sin palabras, al
corazón tranquilo y amante cuya vida es por completo una ofrenda y sacrificio.
Pertenece al orden de cosas que nos sino oídas en la calma interior; una de
estas enseñanzas que sólo
SABIDURÍA ANTIGUA
Tan imponente es la cuesta escalada por
algunos y que otros tratan de escalar, que al contemplarla por un esfuerzo de
imaginación, se rinde extenuado el pensamiento ante la sola idea de tan
interminable viaje. Desde el alma
embrionaria del ínfimo salvaje hasta el alma espiritualmente perfecta, libre y
triunfante del hombre divino, prosigue el largo proceso, y apenas puede
concebirse que una contenga en germen todo lo que manifiesta otra, y que la
diferencia entre ambas sólo sea de evolución, porque una está todavía en el
comienzo de la “ascensión del hombre” que la otra concluye. Pero al pensar que por debajo del salvaje se
extienden largas series de razas infrahumanas, animales, vegetales, minerales y
esencias elementales, y que por encima del hombre perfecto se elevan en
gradaciones infinitas las jerarquías superhumanas de Choans, Manús, Budas,
Constructores y Lipikas, las poderosas cohortes que ningún mortal puede contar
ni enumerar, entonces la evolución humana con sus grados tan diversos, se
reduce a proporciones muy modestas, considerada como simple peldaño de una
larguísima escala; y la ascensión humana es uno de los grados en la evolución
de las vidas que, como no interrumpida cadena, se extienden, desde la esencia
elemental hasta el esplendor del Dios manifestado.
Hemos
seguido ya la ascensión del hombre desde el nacimiento del alma embrionaria
hasta la efloración de la espiritualidad; hemos estudiado los peldaños
franqueados por la conciencia a medida que, desenvolviéndose, pasa de la vida
de sensación a la del pensamiento; hemos visto al hombre recorrer
incesantemente el ciclo de nacimientos y muertes en los res mundos, recogiendo
en cada uno cosecha apropiada y hallando también en cada uno muchas ocasiones
de progreso. Vamos a seguirle ahora a
través de los estados que finalizan su evolución y a los que está aún por
llegar la mayoría de la humanidad, pero que sus hijos primogénitos han ya
franqueado y que un reducido número de hombres y de mujeres tratan actualmente
de escalar. Esto estados se han
subdividido en dos categorías: 1ª “El Sendero probatorio”; 2ª “El Sendero”
propiamente dicho, o el “Sendero del
discípulo”. Los estudiaremos por orden.
A medida que se desenvuelve la naturaleza
intelectual, moral y espiritual del hombre y que llega a tener conciencia del
objeto de la vida, experimenta el anhelo de asegurar en su propia persona la
realización de este objeto. La repetida
sed de goces materiales, seguida de su completa posesión y de al inevitable
laxitud que la acompaña, le hacen sentir gradualmente la naturaleza efímera y
engañosa de los mejores dones de
Concebid la tierra tan bella como la han
soñado los poetas, suprimid todos los males, aumentado todos los goces, dad a
toda belleza un nuevo brillo, elevadlo todo a la perfección y, sin embargo, el
alma se hastiará apartándose, vacía de todo deseo, de este paraíso
terrestre. He aquí el sentimiento íntimo
que despierta en el fondo del alma esta primera llamada a
Muchas veces este concepto de la vanidad de
las cosas terrenas y celestes ilumina un instante, a modo de relámpago fugaz,
la conciencia del hombre. Luego los
mundos exteriores afirman nuevamente su imperio, y la caricia engaladora de sus
goces ilusorios mece al alma contentándola por un momento. Muchas vidas han de pasarse llenas de nobles
trabajos, de desinteresadas empresas, de puros pensamientos, de acciones
sublimes, antes de que el sentimiento de aniquilación de toda cosa fenomenal
llegue a ser la actitud permanente del alma.
Pero, tarde o temprano, renuncia al cielo y a la tierra, considerándolos
incapaces de satisfacer sus necesidades; y ese instante en que se aparta una
vez para siempre de lo pasajero, en que afirma claramente su voluntad de no
atender sino a lo eterno señala su entrada en el Sendero probatorio. El alma abandona desde entonces el camino
llano y sencillo de la evolución normal, para afrontar la escabrosa pendiente
que conduce a la cumbre del monte, decidida a sustraerse de la servidumbre de
las vidas terrenas y celestes y alcanzar el libre ambiente de la altura.
La tarea que se le impone al hombre en el
Sendero probatorio es completamente mental y moral. Debe prepararse gradualmente para
“encontrarse con su Maestro frente a frente”.
Pero expliquemos antes lo que significa la frase “su Maestro”.
Hay seres elevados pertenecientes a nuestra
raza, seres que han concluido su evolución humana, y a los que hemos aludido ya
como miembros de una Fraternidad cuyo papel consiste en activar y guiar la
evolución humana. Estos grandes seres,
los Maestros, continúan encarnando voluntariamente en los cuerpos humanos a fin
de constituir el lazo de unión entre nuestra humanidad y los seres
sobrehumanos. Ellos permiten que,
mediante ciertas condiciones, cualquiera sea su discípulo con objeto de
apresurar su evolución y ser apto de entrar a su vez en la gran fraternidad
cooperando en el glorioso y bienhechor trabajo a favor del hombre.
Los Maestros velan siempre por la raza y se
fijan en todos los que por la práctica de la virtud, el trabajo desinteresado,
el esfuerzo intelectual consagrado al servicio de los hombres, la devoción
sincera, la piedad y la pureza, destacan de la masa de sus semejantes y son
capaces de recibir más especial asistencia que la concedida a la humanidad en
masa.
Antes de recibir socorro especial, el
individuo debe dar prueba de receptividad también especial, pues los Maestros
presiden la distribución de las energías espirituales que deben activar la
evolución global de la humanidad, y la utilización de estas energías para el
pronto crecimiento de una sola alma no se permite sino en tanto que esta alma
sea realmente capaz de un progreso rápido y pueda enseguida ser a su vez uno de
los servidores de la raza y dar a sus semejantes los socorros que haya
recibido. Así, cuando un hombre,
utilizando completamente el auxilio obtenido por medio de la religión y de la
filosofía, ha llegado por sus propios esfuerzos a la cresta de la ola humana y
demostrado una naturaleza amante, desinteresada y auxiliadora, es objeto de
atención particularísima por parte de los celosos Guardianes de
La entrada en este sendero le convierte en
un discípulo (chela) en expectación de prueba.
Uno de los Maestros le acoge bajo su guarda, reconociéndole como hombre
que se aparte del camino ordinario de la evolución para buscar al Instructor
destinado a guiar sus pasos a lo largo del áspero y angosto sendero. El Instructor le espera en la entrada y, sin
embargo, el neófito no conoce a su Maestro; pero este conoce sus esfuerzos,
guía sus pasos, le coloca en las condiciones más adecuadas para favorecer su progreso
y vela por él con la tierna solicitud de una madre, con la prudencia que nace
de la perfecta intuición. El camino
puede parecer solitario y sombrío, pero “un amigo más íntimo que el mejor de
los hermanos” está siempre allí, y el alma recibe directamente los socorros que
los sentidos no perciben.
Hay cuatro cualidades morales, perfectamente
determinadas, que debe adquirir el chela en expectación de prueba. Tal es la condición impuesta por la sabiduría
de
La primera de estas cualidades es el
discernimiento entre lo real y lo irreal; cualidad que ya ha despuntado en el
alma del discípulo, puesto que es la que le condujo a la entrada del sendero
que seguirá en adelante. La distinción
se acentúa entonces cada vez con más claridad en su espíritu, y llega
gradualmente a liberarte en gran parte de las trabas que le sujetan; pues la
segunda cualidad, la indiferencia por las cosas exteriores, es consecuencia
natural del discernimiento que con toda claridad evidencia su poca valía. El neófito aprende, que la laxitud que roba a
su existencia todo su sabor, se debía a las decepciones constantemente
procedentes de buscar su satisfacción en lo irreal, cuando únicamente lo real puede
satisfacer el alma. Aprende que todas
las formas son ilusorias, que están desprovistas de estabilidad, que se
transforman incesantemente bajo el impulso de la vida, y que nada hay de real
en el mundo son
Las existencias sucesivas de un discípulo
son ordinariamente tempestuosas y atormentadas, pues las mismas cualidades que
en el hombre ordinario se desenvolverán tras una larga sucesión de vidas en los
tres mundos, deben desplegarse sin retardo en el discípulo dirigiéndose a la
perfección por un rápido crecimiento. A
fuerza de pasar bruscamente de la alegría a la tristeza, de la calma a la
tormenta, del reposo al trabajo, el discípulo llega a ver en esas vicisitudes
formas ilusorias, y a sentir, a través de todas ellas, una continua e
invariable corriente de vida. Llega a
serle indiferente el poseer o no las cosas, y su vista s fija cada vez más en
la inconmovible y perpetuamente presente realidad.
Al adquirir esta suerte de intuición y de
estabilidad, el neófito trabaja en el desarrollo de la tercera de las
cualidades requeridas, cuyo conjunto de ser atributos mentales se les exige
antes de permitirle a seguir el Sendero propiamente dicho. No está obligado a poseerlos todos con
perfección; pero todos ellos deben haberlos adquirido, cuando menos
parcialmente, antes de que se le permita ir más adelante.
En primer lugar, el neófito debe adquirir
imperio sobre los pensamientos que crea sin cesar en su inteligencia, agitada y
turbulenta, “tan difícil de subyugar como el viento”. La práctica sostenida y cotidiana de la
meditación y de la concentración, háyase ya establecida, desde antes de la
entrada en el Sendero probatorio, y pone en orden a la mentalidad rebelde; y
así, con concentrada energía trabaja el discípulo para completar su obra,
porque sabe que el inmenso acrecentamiento de potencia central que acompañe a
su rápido crecimiento, constituirá un peligro para sus semejantes y para él
mismo, a menos que no subyugue por completo la fuerza agigantada. Valdría tanto entregar dinamita a un niño
para que jugase, como el confiar los poderes creadores el pensamiento en manos
de un egoísta o de un ambicioso.
En segundo lugar, el chela novicio debe
añadir la posesión exterior a la dominación interior; Debe regular sus palabras
y sus acciones tan rigurosamente como sus pensamientos. La naturaleza inferior debe obedecer a la
inteligencia, como ésta debe obedecer al alma.
Los servicios que el discípulo puede prestar en el mundo externo
dependen del puro y noble ejemplo que su conducta ofrezca a los hombres, lo
mismo que lo que puede hacer en el mundo interno depende de la estabilidad de
sus pensamientos. El descuido respecto a
esas regiones inferiores de la actividad basta muchas veces para estropear una
buena obra. El aspirante deberá
esforzarse en ir hacia un ideal perfecto bajo todos conceptos, a fin de que más
tarde, cuando huelle el sendero, no tropiece y con ello excite los improperios
del enemigo. Ahora bien, como ha hemos
dicho, semejante grado de perfección no se exige todavía en ningún punto, pero
si el aspirante se conduce con prudencia va siempre hacia la perfección, pues
sabe que aun haciéndolo lo mejor quedará siempre por debajo de su ideal.
En tercer lugar, el candidato a la
iniciación debe edificar en su interior la sublime y amplia virtud de
tolerancia: la aceptación pacífica de todo hombre, de todo ser, tal como es,
sin tratar de hacerle otro, sin querer que se pliegue a las exigencias de su
gusto particular. El aspirante comienza
a comprender que
En cuarto lugar, el aspirante debe
fortalecerse, cultivar la paciencia que lo soporta todo, sin debilitarse jamás
y perseguir rectamente el fin de su camino sin interrumpirla. Nada ocurre sino por la Ley, y él sabe que la
Ley es buena. Comprende que el pedregoso
sendero conduce directamente a la cumbre, y sube los espinosos atajos que no
pueden seguirse con tanta comodidad como el camino amplio y frecuentado que
como interminable meandro rodea los flancos del monte. Comprende que ha de satisfacer en brevísimas
existencias todas las obligaciones Kármicas acumuladas en su pasado, y que la
cuantía de los pagos acrece en proporción a la premura del vencimiento.
Las continuas luchas en cuyo seno el
aspirante se halla envuelto, desarrollan gradualmente en él la quinta cualidad
atributiva:
La última cualidad mental, el equilibrio, se
desenvuelve en cierta medida, sin necesidad de esfuerzo consciente, mientras el
aspirante trabaja en la adquisición de las cinco anteriores. El mero hecho de querer seguir el sendero
indica que la naturaleza superior comienza a desplegarse y que el mundo externo
definitivamente se relega a segundo término.
Después, los sostenidos esfuerzos ejecutados para dirigir la vida más
conveniente al discípulo, viene a desatar poco a poco el alma de todos los
lazos que la atan todavía a la vida de los sentidos. A medida que el alma aparta su atención de
los objetos inferiores, disminuye la atracción que éstos ejercen sobre
ella. “Cuando es austero el morador del
cuerpo, los objetos de los sentidos se desvanecen” y pierden enseguida todo el
poder de producir el desequilibrio.
Aprende, pues, el discípulo a moverse, serenamente impasible, entre los
objetos de los sentidos, no teniendo ni deseo ni aversión por ellos. —Los
disturbios intelectuales de toda suerte, las alternativas de alegría y
sufrimiento mental por medio de las bruscas alteraciones introducidas en su
vida por los cuidados siempre vigilantes de su Maestro, todas estas vicisitudes
contribuyen a la fortificación de la preciosa virtud del equilibrio en el aspirante.
Una vez adquiridos estos seis atributos
mentales en suficiente medida, el chela probacionario sólo necesita la cuarta
cualidad: el intenso y profundo deseo de liberación, la sed ardiente del alma
que quiere unirse a Dios, deseo que lleva consigo la promesa de su propia
realización. He aquí al aspirante pronto
a entrar en el estado de verdadero discípulo, pues, una vez afirmado claramente
este deseo, jamás podrá destruirse. El
alma que lo ha experimentado ya no podrá apagar su sed en las fuentes terrenales
cuyas aguas le parecerán insípidas, y más sediento aún se alejará de ellas
hacia la senda vivificante de la Vida real.
Al llegar a este grado, queda “el hombre apto para recibir la
iniciación”, presto para “entrar en la corriente” que le separará pro siempre
de los intereses de la vida terrenal, salvo en lo que en ella pueda servir a su
Maestro y ayudar a la evolución de
Durante los años empleados en adquirir las
cuatro cualidades fundamentales, el chela probacionario habrá realizado
considerables progresos en otros sentidos.
Habrá recibido de su Maestro muchas enseñanzas dadas generalmente
durante el sueño profundo del cuerpo. El
alma revestida de su cuerpo astral bien organizado, se acostumbrará a
utilizarlo como vehículo de su conciencia e irá frecuentemente hacia su Maestro
para recibir de él instrucción e iluminación espiritual. Estará acostumbrado a meditar, y esta
práctica efectiva fuera del cuerpo
físico vivificará y dirigirá más de un poder superior al estado de función
activa. Durante las horas de meditación
en el plano astral, la conciencia llegará a las cimas más elevadas del ser,
conociendo mejor la vida del plano mental.
El neófito aprenderá a emplear en servicio del hombre sus grandísimos
poderes, y gran parte de las horas de libertad que le proporciones el sueño del
cuerpo las empleará en socorrer a las almas llevadas al mundo astral por la
muerte, en auxiliar a las víctimas de los accidentes, en instruir a los
hermanos menos avanzados que él, y en ayudar en gran manera a cuantos necesiten
ayuda. Así el alma colabora, según sus
humildes medios, en el trabajo bienhechor de los Maestros, y se asocia, en la
medida de su esfuerzo, a la obra de
Mientras prosigue el Sendero de la prueba, o
más tarde, se le ofrece al chela el privilegio de cumplir uno de esos actos de
renunciación que señalan el más rápido ascenso del hombre. Se le permite “renunciar al Devachán”, es
decir, renunciar a la gloriosa existencia que le aguarda en las regiones
celestes, después de cruzar por el mundo físico, existencia que en su mayor
parte hubiera pasado en la región media del mundo “arupa” en compañía de los
Maestros y entre los puros y sublimes goces de la sabiduría y del amor. Si el chela renuncia a esta recompensa de una
vida noble y devota, las fuerzas espirituales que hubiese empleado en el
Devachán pueden aplicarse al servicio del mundo, permaneciendo el chela en el
plano astral en espera de un casi inmediato renacimiento en
Ocurre a veces, si bien muy raramente, que
un chela reencarna en un cuerpo que ha atravesado ya la infancia y la primera
juventud como tabernáculo de un “Ego” menos desarrollado. Y cuando un alma viene a la tierra para un
período brevísimo, para quince o veinte años, por ejemplo, se ve obligada a
dejar su cuerpo al llegar a la adolescencia, después de haber surgido todo el
trabajo de primera formación y de hallarse en vías de llegar a ser muy pronto
un vehículo verdaderamente útil para
El progreso del alma del chela continúa,
prescindiendo de que su reencarnación sea normal o anormal; y según ya se ha
visto, llega el momento en que el hombre “está dispuesto a recibir la
iniciación”. Por esta puerta de la
iniciación entra en el Sendero propiamente dicho, como chela ya definitivamente
aceptado.
El Sendero está constituido por cuatro
etapas o grados distintos, y la entrada de cada una está velada por una
iniciación. Cada iniciación va
acompañada de una expansión de la conciencia individual y da así la “clave del
saber”, pertenece al grado correspondiente.
Al mismo tiempo da también la clave del poder, porque en todos los
reinos de la naturaleza saber y poder marchan a la par.
Una vez en el Sendero, el chela viene a ser
el hombre sin hogar, porque o considera la tierra como su morada. No tiene tampoco residencia especial, y su
única patria es el sitio donde pueda servir a su Maestro. Mientras franquea este primer grado del
Sendero debe evitar tres obstáculos llamados técnicamente “trabas” o “ligaduras”, pues como ahora se
dirige a grandes pasos hacia la perfección, trata de eliminar radicalmente los
defectos de carácter, llevando hasta el extremo las tareas que se ha impuesto.
Las tres trabas de que debe librarse el
discípulo antes de ser admitido a la segunda iniciación, son: la ilusión del
“yo” personal, la duda y
Quebrantadas estas tres ligaduras –tarea que
necesita a veces una labor de muchas encarnaciones, pero que puede reducirse
para algunos a los límites de una sola vida –ve el chela abrirse ante él la
segunda iniciación con nueva “clave del saber” y más amplios horizontes. Ve disminuir rápidamente el período de
existencia obligatoria que aún le espera sobre la tierra; porque al llegar a
este punto franqueará la tercera y la cuarta iniciación en su encarnación
actual o en la inmediata (El chela en el segundo grado del Sendero es para el
indo el Kutichaka: El hombre que construye una cabaña y alcanza un lugar de
paz. El budista lo denomina
Sakridâgamin: el que sólo renacerá una vez más.)
En este grado el discípulo debe desarrollar
y hacer mas activas las facultades internas, aquellas que pertenecen a los
cuerpos sutiles, porque en adelante necesitará de ellas para su servicio en las
regiones más elevadas del universo. Si
las hubiese desenvuelto anteriormente, este estado podrá ser entonces
brevísimo. No obstante, el alma puede
verse obligada a franquear una vez más las puertas de la muerte antes de pasar
al siguiente grado.
La tercera iniciación hace del discípulo el
“Cisne”, el ser que remonta su vuelo al Empíreo,
En este tercer grado del Sendero el hombre
debe quebrantar aún dos trabas, la cuarta y la quinta: el deseo y
Encarnación viva del amor divino, franquea
en seguida la puerta de la cuarta iniciación que le admite al cuarto grado del
Sendero. Entonces es el Santo, el
Venerable, el que está “más allá de la individualidad” (Paramahamsa en indo: el
que está más allá del Yo. El budista lo
llama Arhat: venerable.) En este grado
el discípulo permanece, tanto tiempo como desee, limando los últimos eslabones
que le atan aún a las regiones inferiores y le interceptan con su red
sutilísima el camino de la liberación final.
Rechaza toda sujeción hacia la existencia “formal”, y toda sujeción
hacia la vida “sin forma”. Por sutiles
que puedan parecer, estas sujeciones constituyen graves obstáculos, y el hombre
debe ser enteramente libre. Debe moverse
a través de los tres mundos sin que nada pueda detenerle. Los esplendores del “mundo sin forma” deben
ser tan impotentes para seducirle como las bellezas concretas de los mundos de
la forma.
Después el Arhat rechaza –la tarea más
difícil de todas—el último lazo de la separatividad, la facultad que crea el
“Yo” (Ahamkara, más generalmente Mana, orgullo, porque el orgullo es al más
sutil manifestación del Yo individual como distinto de los demás), tendencia
perteneciente a la naturaleza del alma individual, y por la que el individuo se
considera instintivamente como un ser aparte y distinto de los demás. Deben desaparecer las últimas sombras de esta
tendencia, porque, en adelante, la conciencia del hombre reside siempre, aun en
el estado de vigilia, en el plano búdico, donde siente y conoce como Uno el Yo
de todos. Esta tendencia (Ahamkara),
nacida con el alma, es la esencia misma de la individualidad, y persiste hasta
el día en que es absorbido por la Mónada todo lo que en el alma individual
tiene algún valor. En el umbral de la
liberación debe abandonarse la separatividad, dejando a la Mónada su resultado
inestimable, aquel sentimiento de identidad individual tan puro y sutil, que ya
no más oculta en el Ser la conciencia de
Entonces llega al fin del Sendero, al dintel
del Nirvana. Ya durante la última etapa
del Sendero había logrado el chela pasar a este maravilloso estado de
conciencia normal, porque el Nirvana es la morada del ser liberado (Jivanmukta,
“vida libertada” de los indos; el Asekha: “El que nada tiene que aprender” de
los budistas). Ha terminado la ascensión
humana y toca el límite de
Pero ¿ha perdido la tierra su criatura? ¿La humanidad queda privada de su hijo
triunfante? No. Vedle que surge del seno de su divino
resplandor. Reaparece en el umbral del
Nirvana como encarnación viviente de la suprema luz, vestido de gloria
indecible, Hijo de Dios manifiesto. Pero
Su rostro está vuelto hacia la tierra, Sus ojos irradian compasión infinita
sobre los hijos de los hombres, Sus hermanos en
Vuelto a la tierra, el Maestro se consagra
al servicio de la humanidad con mayores fuerzas disponibles que cuando erraba
por el Sendero de
Tales son las etapas, los peldaños de la
ascensión humana. Desde el ínfimo de los
salvajes hasta el Hombre Divino se extiende la escala y llega la meta a que
propende la raza toda, hasta la gloria sin límites que todos alcanzaremos algún
día.
*-
El estudiante querrá sin duda conocer
los nombres técnicos que designan en sánscrito y en pali los grados del Sendero
de prueba. Esto le permitirá hallarlos
en las obras especiales. –Véase al efecto la obra “Protectores Invisibles”, de
C. W. Leadbeater. Biblioteca
Orientalista. –Traducción de Federico Climent Terrer.
(Empleado por los indos) 1- Viveka, discernimiento de lo real y
lo no real 2- Vairâgya, indiferencia hacia lo no
real transitorio. 3- Shama,
dominio del pensamiento Dama, dominio de la conducta. Uparati, tolerancia. Titiksha, paciencia. Shraddhâ, fe. Samâdhna, equilibrio. 4- Mumuksha, deseo de liberación. El hombre
es el Ahikari. (Empleado por los Budistas) 1- Manodvaravajjna, apertura de las puertas de la inteligencia;
convicción adquirida de la fragilidad de las cosas terrenales. 2- Parikamma, preparación para la acción, indiferencia
hacia los frutos de ella. 3- Upacharo, conducta; con las mismas subdivisiones de los indos. 4-Anuloma, orden o sucesión directa,
virtud que procede de las tres procedentes. 4-
El hombre es el Gotrabhu
. SANSCRITO
PALI
SABIDURÍA ANTIGUA
En nuestro presente estado de evolución, tan
sólo podemos indicar sumariamente algunos puntos en el vasto examen del
bosquejo cósmico, en el que nuestro globo desempeña insignificante papel. Entendemos por “cosmos”, un sistema que,
según nuestro punto de vista, parece formar un todo completo, procedente de un
Logos único y mantenido por Su Vida. Tal
es nuestro sistema solar, y así el sol físico puede considerarse como la última
manifestación del Logos al actuar en el centro de Su cosmos. En realidad, cada forma es una de Sus
manifestaciones concretas; pero el sol es su última manifestación como poder
central, fuente de vida y de fuerza que penetra, dirige, regula y coordina
todas las cosas en su sistema.
Un comentario oculto dice: “Surya (el
sol)..., en su reflejo visible, exhibe el último estado del séptimo, el estado
superior de la PRESENCIA universal, lo puro de lo puro, el primer Hálito
manifestado del Siempre Inmanifestado SAT (Seidad). Todos los soles centrales físicos y objetivos
son, en su substancia, el estado último del primer Principio del Hálito” (
Más claro: cada sol es el último aspecto del
“cuerpo físico” del Logos correspondiente.
Todas las fuerzas y energías físicas son
transformaciones de la vida emitida por el sol, Señor y fuente de toda vida en
el sistema. De aquí que en muchas
religiones antiguas el sol fuese símbolo del Dios Supremo; símbolo que, en
verdad, estaba menos expuesto a las falsas interpretaciones del ignorante.
Mr. Sinnett dice con razón:
“El sistema solar es indudablemente en la
Naturaleza un área cuyo contenido nadie, excepto los más elevados seres que
nuestra humanidad pueda concebir, se halla en situación de investigar. Teóricamente podemos creernos seguros –como
lo vemos en el cielo durante la noche— de que el sistema solar no es más que
una simple gota de agua en el océano del gran Kosmos (“Cosmos” con C se refiere
a un solo sistema solar, y “Kosmos” con K al Kosmos universal, o conjunto de
todos los sistemas solares existentes en el incomprensible e infinito
Espacio.—N.del E.); pero gota que a su vez es un océano desde el punto de vista
de la conciencia de seres tan poco desarrollados como nosotros, y, por lo
tanto, sólo podemos esperar al presente adquirir nociones vagas e imperfectas
acerca de su origen y constitución. Sin
embargo, por imperfectas que sean, nos permiten señalar el orden de las series
planetarias a que nuestra evolución pertenece, su lugar especial en el sistema
del cual forma parte, y, sobre todo, nos dan amplia idea de la relativa
magnitud de todo el sistema, de nuestra cadena planetaria, del mundo en que al
presente evolucionamos y de los respectivos períodos de evolución en que como
seres humanos estamos interesados.
Porque, en verdad, no podremos concebir
intelectualmente nuestra posición sin tener alguna idea, por vaga que sea, de
nuestra relación con el conjunto.
Mientras algunos estudiantes se contentan con trabajar en la esfera de
su deber, y dejan a un lado más amplios horizontes para el día en que hayan de
trabajar en ellos, otros necesitan darse cuenta de que ocupan un puesto en un
sistema más vasto, y experimentan un placer intelectual en elevarse muy alto
para obtener la vista general de todo el campo de
Se nos ha dicho que la aparición del Logos
es el anuncio del nacimiento de nuestro cosmos.
“Cuando aparece, todo aparece después de El;
por su manifestación, todo se manifiesta”
Lleva consigo los resultados de un cosmos
pasado, es decir, las inteligencias más espirituales que han de ser sus agentes
auxiliares en la construcción del nuevo universo. Las cosas elevadas entre ellas son “Los Siete”, a que también se da con frecuencia el
nombre de Logos, porque cada una tiene su lugar en el centro de una región
distinta del cosmos, como el Logos es el
centro del conjunto. El comentario
oculto, que ya hemos citado antes, dice:
“Los Siete Seres en el Sol son los Siete
Santos nacidos por sí mismos del poder inherente a la Matriz de
Esta Vida única manifestada es el Logos, el
Dios manifiesto.
De esta división primordial toma nuestro
Cosmos un carácter septenario, y de todas las divisiones siguientes, en su
orden descendente, reproducen esta escala de siete claves. Bajo cada uno de los siete Logos secundarios
se agrupa una séptuple Jerarquía descendente de Inteligencias que forman el
cuerpo gobernante de su reino. Entre
ellas están: los Lipikas, que son los cronistas del Karma del reino y de todas
las entidades que contiene; los Maharajas o Devarajas, que presiden el
cumplimiento de
H.P.Blavatsky llama a los Siete Reinos
constitutivos del sistema solar, los siete centros de Laya. Y dice así:
“Los Siete Centros de Laya son los siete
puntos cero, empleando la palabra cero en el mismo sentido que los químicos
para indicar el punto en que en esoterismo comienza la escala de
diferenciación. Desde estos Centros –más
allá de los cuales nos permite la filosofía esotérica percibir los vagos
contornos metafísicos de los “Siete Hijos” de Vida y de Luz, los Siete Logos de
los filósofos—comienza la diferenciación de los elementos que entran en la
constitución de nuestro sistema solar” (
Cada uno de estos siete reinos planetarios
forma un prodigioso sistema de evolución, teatro grandioso en el que se
desarrollan los estados de una vida de la cual un planeta físico, como Venus,
sólo es encarnación pasajera. A fin de
evitar confusiones, llamaremos Logos planetario al ser que gobierna y dirige la
evolución de cada reino. La meteria del
sistema solar, producida por la actividad del Logos central, suministra al
mismo Logos planetario los materiales brutos que necesita y que elabora por
medio de sus propias energías vitales.
Además, cada Logos planetario especializa para su reino la materia
común. Como el estado atómico en cada
uno de los siete planos de Su reino es idéntico a la materia de un subplano del
sistema entero, establece la continuad a través del conjunto. Así H. P. Blavatsky observa que los átomos
cambian “sus equivalentes de combinación en cada planeta”, quedando idénticos
los átomos, pero formando combinaciones diferentes. Y enseguida dice:
“Así, no solamente los elementos de nuestro
planeta, son aun los de todos sus hermanos en el sistema solar, difieren tanto
unos de otros en sus combinaciones como de los elementos cósmicos de más allá
de nuestros límites solares.... se nos
enseña que cada átomo tiene siete planos de ser o de existencia”. (
Estos son los subplanos de cada gran plano,
como los hemos llamado antes.
En los tres planos inferiores de Su reino de
evolución, el Logos planetario establece siete globos o mundos. Para mayor comodidad, y según la nomenclatura
aceptada los llamaremos A, B, C, D, E, F
y G. Son, las “Siete Ruedas giratorias
que nacen una de otra”, según dice la VI estancia del Libro de Dzyan.
“Los construye a semejanza de viejas Ruedas,
colocándolas en los Centros Imperecederos.”
Imperecederos, porque cada rueda no sólo da
nacimiento a la siguiente, sino que, aunque no lo veamos, se reencarna en el
mismo centro.
Se pueden representar estos globos
dispuestos en tres pares sobre un arco de elipse con el globo central en el
punto extremo.
En general, los globos A y G, el primero y
el séptimo, están en los niveles arúpicos del plano mental; los globos B y F,
segundo y sexto, en los niveles rúpicos; los globos C y E, tercero y quinto, en
el plano astral; y el globo D, cuarto, en el plano físico. H.P.Blavatsky dice de estos globos “que
constituyen una gradación en los cuatro planos inferiores del mundo de
formación”, es decir, en los planos físico y astral y en las dos subdivisiones
rúpica y arúpica del plano mental.
Esto puede representarse por el esquema
siguiente (Es de notar que aquí el mundo arquetípico no es el mundo tal como
existe en el pensamiento del Logos, sino sencillamente el primer modelo
construido):
Arupa A G Arquetípico
Rupa B F Creador o intelectual
Astral
C E
Formador
Físico D Físico
Tal es el orden típico, pero se modifica en
ciertos períodos de
“Cada una de tales cadenas de mundos es la
progenie y la creación de otra anterior y ya muerta; es su reencarnación por
decirlo así” (
Estas siete encarnaciones (manvántaras)
constituyen la evolución planetaria, el campo de acción de un Logos
planetario. Como hay siete de estas
evoluciones planetarias (Mr. Sinnett las llama “siete esquemas de evolución”)
distintas las unas a las otras, constituyen el sistema solar. Esta emanación de los siete Logos procedentes
del Uno, y de las siete cadenas sucesivas de siete globos cada una, está
indicada como sigue en un comentario oculto:
“De una luz, siete luces; de cada una de las
siete, siete veces siete” (
Se enseña que las encarnaciones o
manvántaras de una misma cadena se subdividen también en siete períodos. Una oleada de vida procedente del Logos
planetario recorre la cadena por completo, y siete de estas grandes oleadas de
vida sucesivas –siete rondas, como se las llama técnicamente –constituyen un
manvántara. Así, durante un manvántara,
cada globo tiene siete períodos de actividad, en los que cada uno de ellos, a
su vez, cumple la evolución.
Si consideramos ahora un globo solo, veremos
que durante cada período de actividad, evolucionan en él siete razas –raíces de
una humanidad, al mismo tiempo que seis reinos no humanos, en mutua dependencia
unos de otros. Estos siete reinos
comprenden las normas en todos los grados de la evolución, y ante todos ellos
se extiende la perspectiva de un desenvolvimiento superior. Así, cuando el período de actividad del
primer globo llega a su fin, las formas evolutivas pasan al globo siguiente para continuar su desarrollo. Yendo, pues, de globo en globo hasta que
termina la ronda, y siguen su curso de ronda en ronda hasta el término de los
siete manvántaras. Continúan, empero, ascendiendo
de manvántara en manvántara hasta el fin de las reencarnaciones de la cadena
planetaria, cuando ya los resultados de la evolución planetaria están
definitivamente reunidos por el Logos planetario. Es inútil decir que no sabemos casi nada de
semejante evolución. Los Maestros nos
han indicado tan sólo los puntos más salientes de este prodigioso conjunto.
Tampoco conocemos el proceso evolutivo
durante los dos primeros manvántaras de los siete globos de la cadena
planetaria de que forma parte nuestro globo.
En cuanto al tercer manvántara, sólo sabemos que nuestra luna fue el
globo D de
Menos conocemos aún la que hay ente el globo
D del manvantara lunar (nuestra Luna) y el globo D del manvantara terrestre
(nuestra tierra). Mr. Sinnett, en su
conferencia acerca de El sistema al cual pertenecemos (Folleto publicado en
español por
“La nueva nebulosa terrestre se desarrolló
alrededor de un centro que poco más o menos conservaba la misma relación con el
moribundo planeta que los centros de la Tierra y de la Luna conservan
actualmente entre sí. Pero esta
agregación de materia ocupaba en su condición nebulosa un volumen inmensamente
mayor que el que ahora ocupa la materia sólida de
En el tercer volumen de
“En el comienzo de la evolución de nuestro
globo, la Luna estaba más cerca de la tierra y era mayor que ahora. Se ha alejado de nosotros y sus dimensiones
se han reducido bastante. (La Luna dio
todos sus principios a la Tierra...).
Durante la séptima ronda aparecerá una nueva Luna, y la nuestra se
disgregará hasta desaparecer” (
La evolución durante el manvantara lunar
produjo siete clases de seres, llamados en términos técnicos Pitris
(Antepasados), porque engendraron los seres del manvantara terrestre. Se les menciona en
En este nombre de “Constructores” se
incluyen las in-numeras Inteligencias jerárquicas cuyo poder y estado
consciente varían a lo infinito, según su grado de desenvolvimiento. Estos son los seres que en cada plano
realizan la construcción efectiva de las formas. Los más elevados dirigen y vigilan, mientras
los inferiores labran los materiales, según los modelos que se les dan. Ahora se comprende claramente el papel de los
globos sucesivos de la cadena planetaria.
El globo A es el mundo arquetípico, en el que se construyen los modelos
de las formas que habrán de elaborarse durante
A partir de este punto medio, la naturaleza
de la evolución cambia en cierto modo.
Hasta aquí la atención se ha dirigido, sobre todo, hacia la construcción
de las formas; pero al ascender en el arco se dirige esencialmente hacia la
utilidad de la forma como vehículo de la vida evolutiva. Durante la segunda mitad de al evolución en
el globo D, y luego en los E y F, la conciencia se manifiesta, primero, en el
plano físico, y después en los planos astral y mental inferior por medio de los
equivalentes de las formas elaboradas en el arco descendente. En el arco descendente obra la mónada en la
medida de su fuerza en las formas evolucionantes, y su influencia se manifiesta
de un modo vago bajo la forma de impresiones, intuiciones, etc. En el arco ascendente, la mónada se
manifiesta a través de las formas como su principio director interno. En el globo G se alcanza la perfección de la ronda, y la
mónada reside en las formas arquetipos del globo A y de ellas se vale como de
vehículos.
Durante estos diversos estados, los Pitris
Lunares actúan como almas de las formas, cobijándolas primero para luego
habitarlas. A estos Pitris de la primera
clase incumbe la más ruda tarea durante las tres primeras rondas. Los Pitris de la segunda y tercera clase no
tienen más que infundirse en las formas elaboradas por los anteriores. Estos preparan las formas animándolas durante
cierto tiempo; después pasan ellos a
otras y abandonan esas formas para el uso de la segunda y tercera
categoría. A la conclusión de la primera
ronda, todas las formas arquetipos del mundo universal se han colocado en los
planos inferiores y sólo resta elaborarlas a través de las rondas sucesivas,
hasta que alcancen su máximum de densidad en la cuarta ronda. El “Fuego” es el “elemento” de la primera
ronda.
En la segunda ronda, los Pitris de la
primera clase prosiguen su evolución humana, apuntando tan sólo los estados
inferiores, como el feto los apunta hoy todavía. Al fin de esta ronda, los de la segunda
clase han alcanzado ya el estado de humanidad rudimentaria.
La gran tarea de esta ronda consiste en el
descenso de los arquetipos de la vida vegetal, que alcanzarán su perfección en
la quinta ronda. El “aire” es el
“elemento” de la segunda ronda.
En la tercera ronda, la primera clase de
Pitris adquiere definida forma humana.
Aunque su cuerpo sea gelatinoso y gigantesco, se vuelve, sin embargo, en
el globo D bastante compacto para comenzar a mantenerse en posición vertical;
su aspecto es simiesco y están cubiertos de cerdas. Los Pitris de la tercera categoría alcanzan
el comienzo del estado humano. En esta
ronda, los Pitris solares de la segunda categoría aparecen en el globo D y van
a la cabeza de la evolución humana. Las
formas arquetipos de los animales descienden para ser elaboradas y alcanzan su
perfección al fin de la sexta ronda. “El
“agua” es el “elemento” característico de la tercera ronda”.
La cuarta ronda, ronda central o intermedia
de las siete que constituyen el manvantara terrestre, es muy distintamente
humana, como sus precursoras fueron respectivamente animales, vegetales y minerales.
Está caracterizada por apartar al globo A las formas arquetipos de
La evolución de la humanidad en el globo D,
nuestra Tierra, ofrece de manera muy señalada esta constante diferencia
septenaria de que tan frecuentemente hemos hablado. Siete razas de hombres se habían ya mostrado
en la tercera ronda, y en la cuarta, estas divisiones fundamentales llegaron a
ser clarísimas en el globo C, donde evolucionaron siete razas, con sus
sub-razas. En el globo D, la humanidad
comienza por una Primera Raza –ordinariamente llamada Raza-Raíz—, que apareció
en siete puntos diferentes: “Eran siete, cada uno en su lote”. (
Estos miembros de una humanidad altamente
evolucionada, Seres gloriosos a quienes su aspecto radiante les valió el título
de “Hijos del Fuego”, constituyen una orden sublime entre los Hijos de la
Mente. (Mânasaputra; esta vasta
jerarquía de inteligencias semiconscientes, comprende gran número de
órdenes). Habitaron en la tierra como
Instructores divinos de la joven humanidad.
Algunos de ellos obraron como vehículos de la tercera efusión de vida y
proyectaron en el hombre animal la chispa de vida monádica que dio nacimiento
al cuerpo causal. Así se
individualizaron los Pitris Lunares de las tres primeras clases que forman la
gran masa de nuestra humanidad. Las dos
clases de Pitris Solares ya individualizados (la primera antes de dejar la
cadena lunar y la segunda más tarde) forman dos órdenes inferiores de Hijos de
La quinta raza, la aria, que actualmente
está guiando la evolución humana, fue seleccionada en la quinta sub-raza
atlante, segregando de ella, en el Asia Central, las familias más escogidas, y
el nuevo tipo de raza evolucionó bajo la dirección inmediata de un gran Ser
que, en términos técnicos, se llama un Manú.
Al salir del Asia Central la primera sub-raza, se estableció en la India
al Sur de los Himalayas, y con sus cuatro castas de instructores, guerreros,
comerciantes y obreros (Brahmanes, Kshattryas, Vaishyas y Shudras) llegó a ser la raza dominante en la gran
península India, después de haber sojuzgado las naciones de la tercera y de la
cuarta raza que la poblaron en época remota.
Al fin de la séptima raza de la séptima
ronda, es decir, al concluir el manvantara, la cadena terrestre estará en
disposición de transmitir a la que ha de sucederle los frutos de su vida. Estos frutos serán, por una parte, hombres
perfectos y divinos, los Budas, Manús, Chohans y Maestros, prontos a emprender
la tarea de guiar la evolución bajo las órdenes del Logos planetario; y por
otra parte, multitud de entidades menos evolucionadas en sus respectivos
estados de conciencia, que tendrán aun necesidad de experiencias físicas para
actualizar sus posibilidades divinas.
Después de nuestro manvantara, que es el cuarto, vendrán el quinto,
sexto y séptimo, que aun se hallan envueltos en el misterio de lo porvenir. Después, el Logos planetario reunirá en sí
todos los frutos de su evolución y entrará con sus hijos en un período de
reposo y de felicidad. Nada podemos
decir de este sublime estado. ¿Cómo
podríamos, en la actual etapa de evolución, soñar siquiera su gloria
inimaginable? Tan sólo sabemos, vagamente,
que nuestros espíritus felices “entrarán en la alegría del Señor”, y al reposar
en Él veremos extenderse ante nosotros infinitos horizontes de vida y de amor
sublime, cumbres y abismos de poder y de goce, ilimitados como
Este archivo fue
descargado desde:
http://hermandadblanca.org/archives/libros-del-tibetano/
2007

Comentarios
Publicar un comentario